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Capítulo 22

22
CAMPANILLAS

Cuando entraron a la habitación nupcial, Darlan acarició los contornos de madera de la cama y las sábanas de algodón y seda. Luego se sentó al borde, a esperar a que Lord Askard se quitara el saco y la camisa. Intentó encontrar en él algo encantador que pudiera enamorarla en unos años, pero Darlan nunca fue fanática de los pelirrojos y, a decir verdad, ya se había acostumbrado a los hombres con músculos fornidos. Lord Askard probablemente sabía tomar una espada y defenderse con ella, pero no era algo que hiciera con frecuencia. Cuando al fin quitara las campanillas y desnudara a Darlan, descubriría que ella estaba mejor contorneada que él y que no era tan suave como otras chicas de alta alcurnia.
—Lucía dice que no pusiste sola las campanillas —reprochó el hombre. Darlan supuso que hablaba de la vieja aya que quiso echar a Enlil.
—La mitad, así que tú también puedes quitar solo algunas para cumplir con la tradición.
Askard se arrodilló delante de ella y empezó a remover los cascabeles, resignado. Darlan aprobó la atención de su marido, pues había pillado a los guardias y sirvientes que rondaban cerca con la excusa de cuidar o limpiar la casa, aunque de seguro tenían los oídos atentos al tintineo del vestido. Si no escuchaban nada, empezarían a rumorear que el matrimonio no fue consumado en la primera noche y Askard no necesitaba eso. Como un Lord reciente, debía dar buena impresión en todo momento, incluso en la escasa privacidad de la habitación nupcial.
Mientras él quitaba cascabel por cascabel, Darlan se soltó las cintas que sujetaban el vestido desde la espalda, y miró los hombros y el pecho desnudo de su esposo. Por aquí y por allá tenía pecas rojizas que agradaron a la chica, porque le recordaron las que tuvo Alexia en la clavícula. Aunque no le gustaba el color, el cabello de Askard era lo bastante largo y sedoso como para jalarlo y acariciarlo, como ella solía hacerlo con el de Robin. También le estudió el rostro, intentando adivinar qué cara heredaría un hijo de ambos si es que lo tenían.
«Tin-tin-tin. Tan-tan-tan», sonaron las campanillas mientras Askard las ponía sobre la cama.
«Qué tonta», pensó Darlan. «No tendremos un hijo. Él no lo querrá».
«Tan-tan-tan. Tin-tun-tan».
Askard se abalanzó sobre ella y la tumbó en la cama.
«Tin-tintintun-tan. Tintuntintintin-tan», se quejaron los cascabeles, tanto los que resbalaron y cayeron al suelo como los que todavía estaban atados al vestido.
Ella no tembló cuando Askard le separó las piernas con una mano y le sostuvo los brazos con la otra, ni intentó apartarlo cuando plantó los labios sobre los suyos. A decir verdad, le agradó; ese parecía un inicio muy prometedor: no la tomó con rudeza como para lastimarla, pero tampoco perdió el tiempo con rodeos. Los dedos cálidos de Askard sostuvieron un muslo justo en el sitio adecuado para empezar a excitarla, y comenzaron a subir y bajar con delicadeza, acariciándole la piel.
Ella casi lamentó que la noche de bodas no se pudiese repetir.
Askard se separó un instante. Le descubrió el pecho con la mano con que la había sujetado de los brazos. Darlan sonrió. Enlil la llamaba «plana como una tabla», pero ella nunca había escuchado quejas de sus amantes, ni siquiera en sus mentes. Askard tampoco se quejó sino que la miró un rato, como si quisiera grabarla en su memoria, y luego se lanzó otra vez, pero más despacio y suave, casi gentil.
Darlan dejó que le besara el cuello y los pechos, disfrutó la mano que le acariciaba la entrepierna, y por un momento quiso ilusionarse, creer que así sería siempre, todas las noches y todos los días.
Pero no era tonta. Nunca lo fue.
—Cuidado —dijo ella—. No quiero hijos. —El aliento cálido de Askard le hizo cosquillas en la oreja.
—¿No lo sabías, querida? Ese es uno de los objetivos de lo que estamos haciendo ahora.
Askard no se detuvo, pero ella no lo apartó. Simplemente miró el techo, pensando en lo que la esperaba: esa noche jamás se repetiría, simplemente porque Askard no la querría. Ella era solo una ficha, un medio para validar el trono que le había quitado a su abuelo. Askard tal vez la visitaría dos o tres veces más mientras encontraba a una segunda esposa, pero después solo le daría sirvientes y una alcoba gigantesca y solitaria en el castillo del Lord del Sur. Eso era todo lo que podía esperar.
—¿Lo sabías, milord? —susurró ella—. Cuando mi padre pidió la mano de mi madre, mi abuelo se opuso. Él le dijo a mamá: «Si alguna vez me quisiste, no te casarás con él. Desposar a un Tonare te romperá el corazón, lo dividirá entre dos amores: el de tu esposo y el de tus hijos. Si me amas, pequeña Lexie, te olvidarás de Reiner y mantendrás tu corazón intacto. Y así, protegerás también el mío».
Hablar del abuelo la puso triste. No recordaba mucho de él, a pesar de que era ya muchacha la última vez que lo visitó. Su abuelo le había ofrecido caramelos y la apodó «Dar-dan», acarició el cabello de Alexia y pasó llamándola «pequeña Lexie» durante toda la visita. Se puso a Enlil sobre las rodillas, jugó con él y lo arrulló. Su abuelo fue bueno y dulce con la familia, pero también severo y firme en su gobierno. No era de extrañar que todavía los nobles del Sur despreciaran a Reiner por matar a Alexia y al viejo Lord.
—En verdad no quiero hablar de tu abuelo o de tus padres ahora —le susurró Askard al oído.
«No, nunca será posible. No hay amor, ni una pizca. Ni siquiera lástima o vergüenza», pensó Darlan tras escuchar la voz fría de Askard. Él reanudó los besos, la mano en la entrepierna se hizo más violenta y él se pegó más a ella. El juego previo había terminado, pero Darlan no.
—Mi abuelo tenía razón. Al final mi madre tuvo que decidir entre su esposo y sus hijos. Mi padre la traicionó y luego le atravesó el corazón a mi abuelo con la mano de un mercenario cualquiera. Pero yo no seré como ella: yo sí seguiré el consejo que mi madre desoyó.
Los besos y las caricias se detuvieron. Askard se apartó y se sentó en la cama, malhumorado.
—No tienes que preocuparte por eso —dijo sin ni siquiera mirarla—. Yo no te haré decidir entre mí y nuestro hijo. —Darlan rio.
—¡Claro que no lo harás! Porque si tuviésemos un hijo, mi corazón siempre sería de él. —Darlan se sentó también, abrazó a Askard como si lo amara, como si él fuese su vida, pero le susurró con frialdad—: Soy una Tonare. Mis hijos serán una maldición para su padre. Así que si tuviésemos un cachorro, milord, yo te mataría. Y luego tomaría el puesto de mi abuelo y que por derecho es mío.
Su abuelo había tenido más hijos, pero todos murieron niños o en la guerra. Ella era la única descendiente directa además de Enlil. Pero como su hermanito era ya heredero legítimo de una Casa Militar, a ella le tocaba la herencia materna. Qué curioso que Lord Askard jamás lo hubiese pensado de esa forma. De lo contrario, probablemente jamás habría aceptado casarse con su rival política más poderosa: la legítima Dama del Sur.
Esa idea hizo que Darlan se preguntara cuáles eran las intenciones de su padre. Reiner la quería y admiraba. Era ridículo que la condenara a ser una simple esposa cuando tenía la capacidad y el derecho para ser más, mucho más. «A lo mejor quería que yo lo matara», pensó divertida. «Así limpio el desastre que él mismo hizo cuando mató al abuelo, sin que los nobles del Sur armen tanto jaleo por el nuevo muerto».
Pero Askard giró el cuello para mirarla, la besó con dulzura en la punta de la nariz y le sonrió.
—Entonces, milady, ¿por qué no me matas ahora mismo? —La sonrisa de Darlan se desvaneció.
—El Sur ya está bastante inestable. Mi abuelo no habría deseado más calamidades y conflictos políticos en su tierra si era posible evitarlos.
Diablos. Había contado con que sus palabras provocarían a Askard. Si él hubiese intentado golpearla, ella le habría roto el pescuezo sin dudarlo. Pero si su esposo no oponía resistencia, si él no daba el primer golpe, Darlan jamás podría adular a defensa personal en un juicio. Perdería su derecho a gobernar el Sur y sumergiría la región en un nuevo periodo de inestabilidad. Pero si tenía un hijo con Askard, podría matar al nuevo Lord con una buena justificación. Los nobles que estaban descontentos con él la apoyarían, y los que estaban a favor de Askard se contendrían si el siguiente en línea era un hijo legítimo del Lord.
—Pero si me dejas en paz —dijo ella con resignación—, si prometes nunca más tocarme y jamás dejarme preñada, tendrás la lealtad del Sur asegurada. Los fieles a mi abuelo te reconocerán. No tendrás que preocuparte por un hijo capaz de matarte. Y yo me olvidaré del sitio que me corresponde. Serás el legítimo y absoluto Lord del Sur. —Askard sonrió.
—Eso se oye muy bien —luego se inclinó sobre ella y la besó—. Pero entonces faltaría a la promesa que hice a tu padre y mi posición peligraría de nuevo.
Askard la tumbó en la cama y le sostuvo las muñecas con ambas manos, tan fuerte que Darlan no pudo ni mover los dedos. Luego le separó las piernas con una rodilla y se pegó más a ella. «Tintantantantantaaaaaaaaaan». Darlan no supo si eran los cascabeles o su corazón desbocado. Cuando sintió a Askard dentro de ella, todo perdió sonido, color y calidez, excepto la entrepierna, que ardió como hierro en la fragua. Así terminaría su vida como guerrera, como halcón libre, y comenzaría su vida como una simple esposa de adorno.
Los ojos comenzaron a arderle, pero ella se mordió los labios y contuvo las lágrimas. «No llores. Eres una Tonare, la hija orgullosa de un General y la hermana valiente del próximo. Eres la hija de una mujer que se enfrentó con la frente en alto a lo inevitable. La nieta de un Lord que permaneció en su ciudad a pesar de que vio venir la muerte desde lejos. ¡Eres Darlan!».
Pero Askard le mordió el cuello, excitado, y ella ya no pudo contener los gemidos. La molestó que sonaran placenteros, como si disfrutara lo que ese imbécil le hacía, pero la enfureció más no poder apartarlo. Ella era una soldado, sabía zafarse de las garras de un enemigo, revertir una situación incómoda en una favorable. ¿Por qué no podía liberarse ahora, justo cuando más lo necesitaba?
—Ja, ja —rio con suavidad Askard, mirándola con desprecio—. Tranquila, milady, seré más gentil contigo. Esta, y la siguiente, y la siguiente y la siguiente vez. Ambos tenemos que poner de nuestra parte para por lo menos asegurar dos niños.
«¿Dos niños?», se preguntó ella. Estaba tan adolorida y agitada que creyó que se iba a desmayar. Nunca nadie la había tomado como Askard, con tanta violencia y odio, pero una duda la alertó y espabiló. La pregunta debió de asomarse a sus ojos, porque Askard sonrió más, se acercó a su oído y le dijo:
—Necesito un heredero para mí y otro para tu padre. Ese era el trato. —La piel de Darlan se erizó.
—Mi padre ya tiene un heredero.
—No por mucho tiempo.

****

Erilia bostezó. ¡No podía creerse lo aburrido que era la vida de una esposa! En ese lugar no había nada que hacer, excepto leer poesía, tejer o dormir y nunca se le dieron bien las primeras dos y era muy temprano para la tercera.
Hizo cálculos. ¿Estarían Kurt y los demás a salvo? ¿Habrían llegado ya a un sitio seguro en el que pudieran esconder a la auténtica Arianne? ¿O todavía debía darles más tiempo, fingir un rato más antes de que algo saliera mal y alguien notara que hacía falta la esposa del General? Todo lo que tenía que hacer era estar sentada en el sillón, mirar los libros de Arianne y dar alguna que otra señal de vida para que los guardias que rondaban por los pasillos supieran que la habitación estaba ocupada.
«Argh, esto es más aburrido y tedioso de lo que imaginé», se quejó. Era bueno que todo marchara tranquilo y sin problemas, pero ella era inquieta y aventurera. Un poco de acción no le habría caído mal.
Un crujido. La puerta se abrió.
Una daga salió volando de la manga del vestido de Arianne y se incrustó en la pared, con unos cuantos mechones castaños. Enlil contuvo una maldición y se llevó la mano a la sien. Apenas había logrado esquivar la daga, pero tenía el cuero cabelludo irritado por los mechones arrancados. Miró la carita fiera de Erilia, luego arrancó la daga –que había dejado un pequeño boquete en una de las paredes del pasillo–, entró a los aposentos y cerró la puerta.
Con un mohín, estiró la mano para devolver el arma a su dueña. No tenía caso reprocharle, porque debió haberlo previsto: los soldados estaban entrenados para actuar primero y preguntar después. Erilia también lo sabía, así que no pidió perdón por el pequeño accidente.
—Esto es aburrido —se quejó ella.
—Lo sé —la compadeció Enlil—. Por eso Darlan y yo siempre volvemos a la tropa después de estar en casa unos días.
«Pero no, ya no», se corrigió. «Ya Darlan nunca más podrá regresar con nosotros a las filas». Ese pensamiento lo puso triste, así que intentó concentrarse en algo más.
Los sirvientes de Arianne habían bañado a Erilia, y la vistieron y peinaron como a una dama de alta sociedad. La soldado podría engañar a otros empleados, algunos guardias y hasta a algunas esposas. Pero las que eran amigas de Arianne reconocerían la farsa, lo mismo que Selene.
El muchacho sacó un plano de entre la túnica y lo acomodó en un escritorio con pisapapeles.
—Esta es la ruta de escape —explicó mientras señalaba con el dedo—. Algunos aposentos están conectados con bóvedas y pasillos secretos. Cuando sea hora de irnos, iremos por aquí hasta los cuartos de los criados. Ahí la vigilancia es menos estricta.
Enlil dejó que Erilia se aprendiera la ruta de memoria en caso de que tuviera que huir sola, pero la chica miró el plano con una expresión extraña.
—Esto... esto es... repulsivo —dijo al fin—. ¿Por qué toda la mansión es como un laberinto?
En el plano vio algunos pasillos tan estrechos que solo niños habrían podido cruzarlos. Vio bóvedas pequeñas sin salida, otras enormes como refugios y rutas que zigzagueaban de un lado a otro, sin orden ni concierto. Era normal que las casas de familia adinerada tuvieran sus secretos. ¡Diablos, de seguro que Palacio tenía su buena cantidad de pasillos y alcobas escondidas! Pero la Mansión de descanso Tonare tenía toda una segunda mansión secreta dentro de sus paredes.
Enlil esbozó una media sonrisa.
—En mi familia, los cachorros y sus padres se han escondido unos de otros durante generaciones. Por aquí nos hemos escondido, perseguido y escapado por años. —Erilia notó algo más.
—Es un plano hecho a mano.
—Claro, no hay ningún plano oficial —dijo Enlil como si fuera obvio—. A los padres no les sirve que sus hijos conozcan las bóvedas de refugio que construyeron en caso de emergencia, así que se aseguran de que los arquitectos no divulguen el secreto. Y a los hijos nos les sirve que los padres conozcan sus eventuales rutas de escape, así que se las aprenden de memoria y no las comparten con nadie. Las rutas y las bóvedas existen, pero nadie sabe con certeza cuántas son, cuáles se intersecan, cuáles se han derrumbado, cuántas siguen estables y cuáles son rutas y bóvedas trampa, porque por aquí también nos hemos matado.
Enlil señaló algunas secciones marcadas con rojo. Esas eran las que tenían rastros de trampas, púas envenenadas y pisos falsos. Darlan y él las habían encontrado en algunas expediciones y supusieron que los Tonare anteriores se valieron de los pasillos no solo para escapar y esconderse, sino también para dar falsas esperanzas a sus enemigos –hijos o padres, no importaba– y llevarlos a un sitio donde encontrarían muerte en lugar de libertad. Hasta los sirvientes más viejos de la casa contaban la historia de Sablie y Sekli Tonare, padre e hijo que se metieron en el laberinto para matarse el uno al otro, sin que ninguno de los dos saliera jamás. Según los sirvientes, todavía se les podía escuchar merodeando entre las paredes.
A Enlil eso le parecía terrible: seguir persiguiéndose en muerte para acabar con el otro.
—Ahora concéntrate en la ruta —la urgió mientras señalaba el plano—. O de lo contrario te perderás.
Erilia bufó y sonrió con desdén, como si memorizar una ruta fuera cosa de niños. Pero luego escuchó un crujido y una puerta se abrió. Su daga voló de nuevo y en esta ocasión la acompañó un puñal de Enlil. Actuar primero y preguntar después, como dos buenos soldados.
Las armas no quedaron incrustadas en la pared o en la cara de algún intruso, sino que golpearon contra una superficie metálica y rebotaron a un lado de los aposentos. Cuando el mandoble se retiró, vieron a Selene asomada a través de una pared corrediza, pálida y con los ojos abiertos de par en par. Enlil miró a su madrastra, anonadado. ¿Cómo sabía ella de ese pasadizo? El muchacho echó una mirada a su plano y se percató de que él ni siquiera lo había descubierto antes. Entonces...
«... por eso es que lo sabe», pensó. «Sabe que Arianne está embarazada porque la ha estado espiando desde ese pasadizo». Al mirar de nuevo los aposentos, Enlil descubrió un par de pinturas sospechosas. De seguro que alguna o las dos tenían ojos falsos, ideales para que un espía mirara a través de ellos.
—¡Lo sabía! —Selene sonrió de repente y salió de la pared corrediza—. ¡Ja, ja, ja! ¿No te lo dije, acaso no te lo dije? ¡Arianne es una traidora, te ha fallado! ¡Ja, ja, ja! ¡Jajajaja! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
La risa histérica y victoriosa de Selene le acuchilló los oídos. Enlil quiso meterle la mano en la boca para arrancarle la lengua, para callar esa estúpida carcajada de raíz. El rostro de su madrastra seguía muy pálido, pero tenía un par de manchas rojas en las mejillas. Eso, y los ojos desenfocados por el placer, le dieron la apariencia de una lunática.
Pero Enlil seguro puso una expresión igual cuando Reiner salió del pasadizo. El General llevaba el mandoble con el cual repelió las armas de Enlil y Erilia antes de que golpearan a Selene, así como un ceño arrugado que no auguró nada bueno. Erilia dio un pequeño chillido, como el de un ratón, pero la garganta de Enlil se cerró como si un puño lo estrangulara.
Reiner se detuvo apenas entró a la habitación y miró fijamente a su heredero.
—Hijo —saludó después de una pausa. Su voz fue idéntica al acero de su mandoble.
—Padre. —Enlil fue igual de frío y cortante.
Los dos se miraron el uno al otro, sin parpadear, como si el tiempo hubiese suspirado sobre ellos para congelarlos, para sumergirlos en un momento sin antes ni después. Enlil no se atrevió a ver hacia ninguna parte –la puerta, la ventana, el pasadizo– por temor a que Reiner aprovechara para destajarlo en cuanto apartara la mirada. Seguramente el General tampoco bajó la guardia por lo mismo. Los dos habrían permanecido allí toda la noche, toda la semana, de no ser por Selene, que avanzó hacia Erilia y la agarró del cuello.
—¡Ven, pequeña zorra! —chilló la madrastra—. ¡Suplica por tu vida! ¡Al menos ten dignidad para eso!
Pero una soldado primero actúa y después pregunta. Erilia apartó las manos de Selene, giró sobre los talones para ganar impulso y propinó una de sus patadas. Lo habría hecho mejor de no haber estado usando el bonito vestido de Arianne, pero el golpe fue igual de efectivo para noquear a Selene. Erilia tomó otra posición de defensa como para recibir un contraataque. Pero cuando se percató del estado de la mujer, se dio cuenta también de que acababa de herir a la esposa de un General.
Fue entonces cuando la sombra de Reiner se situó frente a ella. Erilia no vio el mandoble en lo alto, pero estuvo segura de que en cualquier momento lo sentiría. Tal vez le cortaría la cabeza y lo último que saborearía sería el hierro en la lengua. O tal vez la partiría por la mitad y lo último que sentiría sería un látigo de hielo en las entrañas.
Pero en lugar de eso, algo como un toro la empujó al suelo. Fue con tanta fuerza y tan de repente que la soldado no tuvo tiempo de reaccionar. Cayó sobre el hombro derecho y se lo dislocó. Soltó una maldición por el dolor, pero sus palabras se perdieron entre los gritos metálicos de la espada de Reiner y la de Enlil, que la había desenfundado. Con una mirada, Erilia comprendió que su amigo la había salvado en el último momento.
Quiso levantarse para ayudarlo, pero estaba mareada. «¡Qué débil!», se regañó. ¡Un hombro dislocado no era excusa! Su comandante se decepcionaría mucho si se llegaba a enterar de que un golpecito tan básico la había confundido. Pero luego se percató de que los contornos de los muebles eran borrosos, como si una neblina los tapara. ¡Y la cabeza, Dios! ¡Comenzaba a dolerle! Los oídos también le zumbaron, como si tuviese abejas dentro. «Esto no es normal», se dijo. «Esto es... el arte de la mente».
CLANK. CLANK. CLANK. Las espadas rugieron, vibraron, acuchillaron el aire. CLANK. CLANK. CLANK. Por cada golpe de acero, Erilia sintió que el zumbido en los oídos y el dolor de cabeza se hacían peor, como si la onda de sonido atacara algún nervio importante para el equilibrio. La soldado ya había estado antes en batalla. Como no había experimentado nada similar a pesar de estar rodeada de espadas más ruidosas y letales que esas dos, comprendió que Reiner y Enlil debían de hacer algún tipo de truco. Quizá usaban el sonido como un potenciador para las artes de la mente, para colarse en la estabilidad del otro y derribarlo. Lástima que el truco también la afectara a ella.
La muchacha se tendió en el suelo, adolorida. La maldita de Selene tenía la suerte de estar noqueada, pero el cerebro de Erilia registraba cada ataque como si ella fuera el objetivo. Se retorció en el piso, tan mareada que creyó que vomitaría. Tan vulnerable que creyó que alguno de los dos Tonare la pisaría en el enfrentamiento. Tan desdichada que creyó que lloraría lágrimas de sangre.
Pero entonces vio un brillo prometedor a unos metros: era su daga y el puñal de Enlil, que habían caído olvidados cuando Reiner los rechazó. Erilia se arrastró hasta ellos, para poner fin a la tortura. Atacar a un superior era penado por ley militar, pero abandonar a un amigo a la suerte era penado por la conciencia y el corazón. Erilia era una soldado, actuaba primero y preguntaba después. Pero ante todo era una buena amiga, así que actuaba primero, segundo y tercero, sin preguntas, sin dudas. Solo con incondicionalidad.
Cuando sus dedos se cerraron alrededor de una empuñadura –no supo si su daga o el puñal de Enlil–, clavó el arma en una pierna, justo detrás de la rodilla, donde la armadura no protegía. Miró la expresión adolorida y furiosa de Reiner, sabiendo muy bien que el General la mataría pero que valdría la pena, porque Enlil estaba a punto de meterle una estocada en el abdomen.
Pero Reiner tenía más años de experiencia militar que ellos dos juntos. Recibió a tiempo el ataque de su hijo, lo mandó a volar con una patada y luego hizo lo propio con Erilia. La soldado chocó al lado de la chimenea, tan fuerte que no pudo respirar. El hombro dislocado, las costillas rotas por el puntapié metálico de Reiner, los oídos zumbantes... Casi deseó que el General la matara de un tajo, porque eso sería misericordia.
En esta ocasión, sí vio el mandoble en lo alto. Sí tuvo tiempo de imaginarse cortada en diagonal, con las tripas por fuera. Pero cuando Reiner dejó caer la espada, la sangre que salpicó no fue de Erilia, sino de Enlil. El muchacho se había interpuesto. Enlil cayó al suelo. Intentó levantarse sobre las rodillas y las manos, pero los miembros le temblaron sin que pudiera controlarse.
Ese sería el fin.
Reiner solo tenía que aplastarle la cabeza con la bota o atravesarle la espalda con el mandoble para dar el golpe de gracia. En lugar de eso, el General le dio un puntapié y lo puso bocarriba, para mirarlo. Enlil no estaba partido a la mitad, como lo temió Erilia y como lo quiso Reiner, sino que apenas tenía una franja carmesí que le corría del hombro derecho a la cadera izquierda. La ropa del banquete de boda estaba destruida, teñida en sangre, pero un peto doble le había salvado la vida, si bien ahora estaba destrozado.
Reiner dejó caer la espada, pero no sobre Enlil, sino al suelo. CLANK-CLANK-CLANK. Esta vez Erilia no sintió un zumbido en los oídos, sino un cuchillo que la espabiló. El arte de la mente ya no tenía sonido que se colara en la cabeza de la soldado.
Por eso vio con claridad los muebles salpicados de sangre, los trozos de armadura encarnados en la piel de Enlil, la daga incrustada en la parte posterior de la pierna de Reiner y, sobre todo, la sonrisa de lado a lado del General. Cuando él se sentó sobre Enlil y le llevó las manos al cuello, Erilia supo que vería a su amigo entornar los ojos y sacar la lengua hasta la muerte.
Reiner apretó.
El aire hizo falta.
Erilia se petrificó.
Reiner sonrió.
Alexia le dio un besito en la punta de la nariz.
Enlil intentó separar a su padre con una mano débil y descoordinada. La otra ni siquiera le respondió.
Erilia no se movió.
Darlan se cortó la trenza y la echó al fuego.
Los dedos empezaron a marcarse en la garganta. Las uñas se le metieron en la piel.
El aire hizo falta.
La mano de Enlil cayó a un costado, fláccida, débil, moribunda.
Cuando el reflejo te responda, seré yo desde otro espejo en el que te estaré sonriendo y extrañando también.
Los ojos de Reiner centellearon. Enlil apartó la mirada y buscó un último punto de apoyo.
Alexia cayó con el cuello roto, al lado del sirviente de cabello caoba.
Erilia tenía los ojos y la boca abierta, a punto de gritar, a punto de...
Cuando sea mayor, prométeme que no me dejarás hacerme malo.
«Tin-tan-tin-tin». Las campanillas en sus dedos, en los de Darlan, en el vestido...
Prométeme que seré un buen padre y, que si no lo soy, protegerás a mi hijo como me protegiste a mí.
La carcajada horrible de Selene. La palidez de Arianne al saberse descubierta.
Erilia al fin gritó. Enlil estiró la mano hacia ella, en busca de ayuda, de consuelo...
... cuando tengas un hijo, él y yo nos miraremos como lo hacemos tú y yo...
«Tin-tan-tin-tin-tun-tun-tan-tin». Los cascabeles, como risas de hadas.
«Ayúdame. Oh, ayúdame». Enlil mantuvo la mano extendida, asustado, aterrado, solitario, pero Erilia no la vio. Solo gritó.
«Tintintin-tantantan. Toooon». Darlan giró en el salón de baile, con Askard, con Reiner, con Enlil, con el fantasma de Alexia, con el del abuelo...
Cuando seas un padre, te enfrentaré tal y como enfrenté al tuyo.
... con el del Joven Capitán, con el de Raykard, incluso con los de Sablie y Sekli Tonare. Todos bailaron al ritmo de las campanillas.
«Tin-tin-tan-tun-tun-tun-tun-tuuuuuuuuuuuuun».
Darlan...
Y cuando ese día llegue, te convendrá retirarte.
El aire...
«Tin-tin-tin-tan-tiiiiiiin».
Las campanillas.
Cuando yo me vaya, vuelve a ser como eras antes.
«Tin-tanti-tiiiin».
La sonrisa de Reiner.
Erilia dejó de gritar. Enlil se dio cuenta de que ya no estaba allí, que ella había huido.
El aire...
Darl...
«Tin-tiiiiin...».
La luz...
«tiiiiiiiin».
El silencio.
La oscuridad.
......
...
.
«...in».
«...aan».
...
...
«....iiin...».
Darl...
«...aaaaan...»
En-en...
«Tiiiin...».
Las camp...
«Tin-tantin».
Las campa...
«Tin-tan-tiiiiiiiiin».
¡En-en!
«Tin-tin-tin-tun-tan-tan».
El vestid...
Alex...
Las campani...
—¡Enlil!
Una cachetada. El aire volvió. Los oídos zumbaron y los cascabeles lloraron. Enlil escuchó sus lamentos en la cabeza, resonando como si todavía giraran en el salón de baile, como si lloraran en una catedral. Sintió las lágrimas de cobre, plata y oro sobre sus mejillas; saboreó el llanto como agua de mar al borde de sus labios.
Lo abofetearon de nuevo, pero no pudo abrir los ojos. Fue como si los tuviera pegados con pegamento, como la garganta, aunque sí logró respirar. Y dolió como los mil demonios. Ardió como si una bola de fuego le tapara la tráquea o como si le echaran agua congelada por la boca.
Alexia y el besito en la nariz.
El sirviente de cabello caoba.
El sonido de bala de cañón del cinturón de Reiner, al dejar caer la espada al suelo luego de que Alexia se lo pidiera.
—¡Deshazte de la espada, por favor!
Pero no fue Alexia, sino Darlan. Al fin el pegamento se derritió. Enlil abrió los ojos a tiempo para ver una figura pálida que se levantó frente a él, como un fantasma, para protegerlo. «Tin-tintintun-tan. Tintuntintintin-tan», suplicaron los cascabeles. Vio el vestido, las campanillas, las cintas a medio poner y comprendió que Darlan estaba allí, junto a él. Alguien le dio unas cachetadas para terminar de despertarlo y Enlil vio a Erilia, con el rostro salpicado de sangre y un buen moretón en el ojo. ¿Se lo habría hecho Reiner? ¿Qué hacía ella ahí si...?
—Por favor, papá, por favor —suplicó Darlan—. ¡Deshazte de la espada, bájala! ¡Te lo imploro!
La muchacha dijo algo más, pero Enlil apenas pudo escucharla por encima del zumbido. Erilia también debió de decir algo, porque Darlan los miró por una fracción de segundo y se tensó más, como para convertirse en una pared en caso de que Reiner se lanzara a terminar el trabajo.
Alguien lo levantó. El mundo dio vueltas. Las campanillas lloraron de nuevo. Alexia sonrió desde un recuerdo. La trenza de Darlan se quemó en el fuego. Enlil apretó los dientes para no desmayarse y sintió el cuerpo ardiente y adolorido de Erilia bajo el suyo, porque le daba apoyo. Qué bárbara. ¿Cómo hacía para sostenerlo en pie si ella tenía un hombro dislocado y unas costillas rotas?
—Por favor, papito, por favor —suplicó otra vez su hermana, con la voz cortada y aniñada—. Baja la espada, ¡déjalo ir! ¡No lastimes a mi hermano!
—¡Me ha traicionado! —gritó Reiner. A pesar de la neblina en su cabeza, a pesar del mareo y el dolor, Enlil creyó reconocer un rastro de auténtica indignación—. ¡Ha preñado a mi mujer!
Entonces se le ocurrió que quizá Reiner había intentado estrangularlo por algo más que la maldición Tonare. A lo mejor ni se dio por enterado de que Erilia era una falsa Arianne y supuso que el amante que la había dejado embarazada era su hijo. Tras haberlos encontrado juntos y planeando escapar, esa resultaba una conclusión bastante coherente.
Enlil no supo si Darlan dijo algo para convencer a Reiner de que estaba equivocado, pero la escuchó llorar. Su madre muerta, su yegua favorita perdida, su trenza en el fuego, su vida estropeada, su cuerpo toqueteado, su sueño de amor truncado... Nada de eso la había hecho derramar una lágrima, pero ahora sí que lloraba. Enlil quiso dar un paso hacia ella, extender una de sus manos adormecidas hacia la cabecita de su hermana preciosa para consolarla, pero el intento casi lo hizo caer de narices al suelo.
Reiner sí pudo hacerlo. El General arrugó el ceño, pero ya no hubo furia en el gesto. Solo un insondable dolor y una vergüenza profunda, como si las lágrimas de su hija fueran un espejo de todas las atrocidades que había cometido en vida. Reiner soltó un suspiro, dejó caer el mandoble y abrió los brazos de par en par, como para recibir a Darlan en ellos.
—Para ese caso podrías pedirme que me corte las manos —rezongó—. Es todo lo que me hace falta.
El niño de cabello caoba y Alexia, los dos muertos, tirados en el piso, con el cuello en ángulos fatales. «No», pensó Enlil. Estaba de vuelta en casa, en la cámara polvorienta donde él y su hermana recibieron en secreto la llegada de Reiner. Estaba de vuelta ahí, en el inicio de la pesadilla, tan lejos y a la vez tan cerca. «No», pensó de nuevo, estirando una manita hacia su madre para salvarla del inminente final.
Solo que su manita era ahora capaz de tomar una espada y destrozarlo todo, y la mujer no era Alexia, sino Darlan. Enlil la vio correr hacia los brazos de su padre...
«No, no, ¡noooo!».
... y la vio llorar asustada y triste, como nunca lo había hecho en brazos de su hermano. Reiner la abrazó, la besó en la cabeza y le dijo una y otra vez que lo sentía, que por favor no llorara, que la amaba, que haría lo que fuera por ella, que le creyera, que lo perdonara.
Darlan era su luz, su único atisbo a la felicidad, pero parecía que Enlil no era la única ancla en el mundo de su hermana. Esa verdad fue tan asfixiante como la estrangulación, tan dolorosa como el cuadro de Alexia con el cuello roto, tan fría y ardiente como los trozos de peto que tenía incrustados en el pecho. No pudo respirar. La oscuridad empezó a llevárselo de nuevo, a arrebatarlo con dedos de sombra. Erilia ya no lo pudo sostener. Pero antes de que el suelo lo recibiera, sintió otros brazos atajándolo. A diferencia de Erilia, que ardía con una fiebre incipiente, Darlan estaba helada.
A Enlil siempre le había parecido cálida, pero esta vez le dio la impresión de que era un trozo de mármol, frío y fuerte, aunque a punto de romperse. «Sonríe», le pidió. «Sonríe, hermanita, sonríe». Ligó sus pensamientos a los de ella, para que comprendiera lo mucho que necesitaba esa sonrisa y unas palabras cálidas después de la falta de aire, de la certeza absoluta de que moriría solo y odiado. Sintió el cariño de Darlan, su tristeza por verlo lastimado y la promesa de que todo estaría bien, que se repondría pronto y nunca lo dejaría morir en soledad.
Pero de inmediato sintió el golpe en el pecho de Darlan, el dolor atroz de la traición. Por un momento se preguntó si acaso veía los residuos de la triste noche de bodas en la mente de su hermana, pero cuando los dedos lo alcanzaron a él se dio cuenta de que no era una ilusión ni un eco del dolor, sino el dolor puro. Bajó la mirada para ver el puño que se insertaba en la boca de su estómago, como para arrancarle las tripas.
Lo más triste y aterrador fue que la mano de Reiner ya estaba teñida con la sangre de Darlan, porque le había atravesado el pecho para alcanzar a Enlil. Su hermana lo había escudado, pero se había roto para protegerlo.
—Te dije que solo necesitaba las manos —masculló el General.
Sus labios estaban estirados, felices porque al fin sostenía en el puño las entrañas de su retoño maldito. Pero sus ojos estaban desorbitados y llorosos, como si solo ellos entendieran, muy en el fondo, el precio que tuvo que pagar para tocar a Enlil.
Había herido a su hija. Había tocado la única vida que se había jurado respetar, la única que lo mantenía cuerdo a pesar de las pérdidas de la maldición.
Había matado a Darlan.
Una oscuridad carmesí cayó sobre los Tonare.

****

—¡Te estás convirtiendo en un demonio! —le reprochó Erilia.
Enlil no respondió. Simplemente continuó como si nada, sentado al escritorio al lado de la ventana, rellenando los formularios de inscripción como si las palabras de la soldado fueran solo brisa muda.
—¡Sal de ahí! —gritó de nuevo la muchacha—. ¡Sal de tu maldita coraza y enfréntalo como un hombre! ¡Hazlo!
—Si ya terminaste de decir tonterías —soltó Enlil sin volverla a ver—, recoge y vete.
—¿Qu...?
—Es todo.
Por un momento, Erilia perdió el aliento. El muchacho que la había salvado dos veces de morir partida a la mitad por la espada de un General... estaba muerto. En su lugar quedaba ese tipo hueco y gris, que solo por casualidad se parecía al amigo que había intentado ayudar en una noche de bodas. Los ojos le ardieron, porque ya era muy terrible haber perdido a una amiga. Y ahora resulta que fueron dos. Siempre dos.
—Eres un grandísimo hijo de puta.
Ahora sí logró que Enlil la mirara, pero no le gustó. Sus ojos fueron idénticos a los de Reiner, furias esmeraldas en una piscina de oscuridad rojiza. Los ojos todavía estaban ensangrentados por el intento de estrangulación. «No metas a mi madre en esto», susurró él en la mente de Erilia. La soldado lo supo entonces, que él estaba perdido, absorto más allá de lo que nadie podría imaginar. Lo sintió acariciarle el cabello desde lejos, pero no con ternura o camaradería, sino con frialdad, como si sus dedos telepáticos fueran garras de muerte helada. Si lo enfadaba un poco más, si le decía las mil y una verdades que necesitaba escuchar, él la mataría sin necesidad de ponerle una mano encima. Le bastaría con un susurro mental.
—Déjalo en paz —le dijo Luke.
El soldado abrazó a Erilia por la espalda, la tomó de la barbilla y le robó un beso para consolarla. Nunca lo habría hecho delante de otro superior. Aunque no eran extrañas, las relaciones entre colegas militares no estaban bien vistas. Pero Luke sabía muy bien que aunque habían perdido a Enlil, todavía había algunas faltas que él les perdonaría por los viejos tiempos.
Erilia contuvo un sollozo y apretó los puños, tanto del brazo en cabestrillo como el que todavía estaba sano. Con un paso se apartó del abrazo de Luke y se marchó, con los ojos resplandecientes por las lágrimas. Las despedidas eran una mierda. Más las definitivas y descorazonadoras como esa.
Cuando los pasos de la muchacha se perdieron, Luke pidió permiso para entrar a la oficina. Enlil no se lo concedió, pero tampoco se lo negó, así que avanzó. Antes de recoger los formularios y las cartas de recomendación para Kurt, Erilia y los demás, Luke puso un paquete sobre el escritorio. Ni él ni Enlil hablaron al respecto. Solo los acompañó la pluma, rasgando el papel. Cuando finalmente Enlil terminó el último formulario y lo colocó con el resto, Luke tomó los papeles y salió.
—Adiós. —En el umbral de la puerta, su voz fue como el graznido de un gorrión en un cementerio. Tan inocente y cálido en un sitio tan desolado y abrumador.
Pero Enlil no le contestó. Solo siguió con el siguiente formulario de inscripción, el que llevaba su nombre. Así que Luke –y con él Erilia y los demás– cruzó la puerta y salió de su vida para siempre.
En algún momento se percató de los grillos y el frío nocturno. A veces su mente divagaba así, sin orden. Se perdía en el besito de Alexia, en el mandoble de Reiner, en la trenza ardiente de Darlan... Enlil tragó el nudo en la garganta y miró el papel que tenía bajo sus manos, el formulario que había llenado hacía horas.
Su nombre. Su nuevo título militar.
Fue entonces cuando lo comprendió de golpe, cuando las lágrimas bajaron.
Estaba solo. Era el último Tonare. Su hermana estaba muerta, su madre estaba muerta, su abuelo estaba muerto, su padre estaba muerto. ¿Y todo por qué? Por una maldición, por un aguijón que lo había punzado aun antes de nacer.
Él estaba muerto por dentro.
La herida en el estómago le ardió. Los dedos fantasmas de Reiner le aruñaron la piel que apenas empezaba a cicatrizar y rasgaron el músculo hasta llegar a las entrañas, para retorcerlas. Enlil intentó apartarlos, ¿pero cómo se podía deshacer de una mano que no estaba allí? ¿Cómo podía huir de un fantasma al que no podía dañar? Lo peor era que si Reiner todavía intentaba matarlo desde el más allá, entonces Darlan todavía estaba entre los dos, atrapada en eterna agonía con el brazo de su padre atravesado en el pecho.
Dolor. Furia. Vergüenza. Tristeza. Soledad.
Por fin el duelo lo alcanzó.
Enlil arrugó el formulario de inscripción, de la misma manera como había arrugado la cara de Reiner después de... de... Las lágrimas le ardieron en las mejillas. Dios, no lo podía recordar. ¿De verdad había matado a Reiner? ¿Cómo lo hizo? Cada vez que pensaba al respecto, solo encontraba un velo carmesí sobre sus recuerdos. Debía de haberlo hecho, sí, mucho antes de que la agonía de Darlan acabara. De lo contrario, no habría sostenido la mano de su hermana sin pensar única y exclusivamente en ella. Si Reiner hubiese vivido entonces, Enlil no habría podido acompañarla como un sabueso fiel.
Lo triste era que... ni siquiera podía recordar eso bien. Darlan pudo haber agonizado unos minutos, unas horas, quizá días, pero el tiempo no jugó claro en ese instante. La última imagen más o menos clara que tenía de ella era de dolor, mientras Darlan se marchitaba en la cama, ahogada por la traición y la sangre. Enlil no solo la vio morir, sino que la sintió.
Se había conectado a ella, a su mente, a sus recuerdos, a la fortaleza de su corazón para que no se marchara, para que se quedara con él hasta el final. Pero hay algunas cosas que simplemente son inevitables. De nada valió la magia de los curanderos, el amor de Enlil o las artes de la mente. Cuando la luz se apagó para Darlan, Enlil lo vio y lo sintió.
Fue como un chispazo, como la explosión de un fuego artificial en una noche cerrada, sin luna ni estrellas. Solo oscuridad.
Alguno de los doctores que intentaron salvarla debió de haberlo notado, porque lo siguiente que Enlil supo fue que un hombre lo zarandeó con fuerza, casi con furia. En su intento por mantener viva la mente de Darlan, la suya casi se apagó con la de ella. Conmoción traumática. Luto. Todo lo que Enlil entendió entonces fue que su sol en la noche se había apagado y que él no tenía una luna de repuesto. Ni siquiera una estrella lejana.
Las lagunas mentales comenzaron. ¿Había matado a Reiner? Sí, se lo repitieron los doctores. Varias veces. Cuando empezaba a dudar, convocaba sus voces para buscar seguridad. ¿Y a Selene? No, a ella no. Entonces tengo que matarla. Y la mató. Eso sí lo recordaba. Enlil había entrenado con mujeres, incluso había golpeado a Darlan en prácticas de combate, pero nunca había apaleado a una por rabia y odio. Pero con Selene se ensañó. La machacó. Siguió golpeándola aun después de muerta. Solo se detuvo porque en algún punto se dio cuenta de que ya no había nada que golpear, que el cuerpo de esa bruja se había deshecho entre sus puños hasta convertirse en una pulpa de sangre y sesos.
Conmoción traumática. Luto.
Era curioso lo fácil que lo excusaban de un acto tan horripilante. ¿Habría sido así cuando Reiner mató a Raykard? ¿Conmoción traumática, luto? ¿Cuándo mató a todos esos bebés indefensos y a sus madres, cuando acabó con Alexia y el sirviente de cabello caoba? ¿Conmoción traumática, luto? ¡Qué broma!
Las lágrimas empezaron a derretirle la cara, o al menos esa fue su impresión. Genial. Apenas si había gruñido cuando murió Darlan, pero ahora no podía parar de llorar. Todo el peso lo estaba asfixiando.
Conmoción traumática. Luto.
Necesitaba un trago. Necesitaba un saco de golpear. Necesitaba a Darlan. Necesitaba a Reiner, para poder dirigir toda esa ira hacia él, para matarlo de nuevo. Necesitaba... necesitaba... Los sollozos lo ahogaron.

«Cuando sea mayor, prométeme que no me dejarás hacerme malo».

El niño dentro de él lloró, porque sí se había hecho malo, porque Darlan no estaba allí para detenerlo y nadie lo haría. Ya fuera por temor, desinterés o resignación, alguien más siempre justificaría sus crímenes contra su propia familia por conmoción traumática, luto o lo que fuera. Por la maldición Tonare.

«¡Te estás convirtiendo en un demonio!».

Todos lo justificarían, menos Erilia. Enlil se avergonzó por la despedida inconclusa que tuvo con sus amigos. «Sí, amigos». La palabra sonó agridulce en su mente. Lo apoyaron hasta el final, intentaron hacerle ver el mal que se hacía a sí mismo...
Y él les falló. Bajo la excusa de agradecerles su ayuda, los despachó con nuevos rangos militares a nuevas tropas, para no verlos nunca más, para no enfrentar en sus rostros el fracaso de la noche de bodas. Era un cobarde.

«El nombre de tu abuelo materno, el nombre de un hombre noble. Es una lástima que llegará el día en que lo manches, tal y como Reiner lo hizo».

Sigfrid tuvo razón. Había manchado el nombre de su abuelo al cometer los crímenes de su padre. Había perdido la batalla contra la maldición Tonare, había perdido su luz, lo había perdido todo.
Las lágrimas se convirtieron en llamas. El dolor se transformó en desesperación y, por primera vez, se dio cuenta de que se odiaba más a sí mismo de lo que alguna vez odió a Reiner. Y eso fue tan malo como ver el último destello de color en la mente moribunda de su hermana.
Los sollozos se convirtieron en rugido. El formulario de inscripción se transformó en un bodoque de papel y Enlil lo lanzó con fuerza, como si fuera un proyectil. Pero no tuvo el efecto esperado. La maldita bola solo rebotó en el suelo un par de veces y ahí se quedó, sin destruir nada, sin destrozar una pared. Ni siquiera se dignó en hacer ruido al tocar el suelo.
Esa fue la gota que colmó el vaso.
Al fin lo dejó salir todo. Con un brazo, limpió el escritorio. Los papeles volaron en el aire. Las plumillas golpearon la pared. Los pisapapeles se estrellaron contra el suelo. El escritorio se levantó y cayó a medio lado, como si un búfalo lo hubiese embestido. Las paredes vibraron, la ventana explotó, hasta las gemas de tecnología antigua –que iluminaban la habitación– hicieron un extraño sonido, como si lanzaran una señal de alerta por la inestabilidad emocional y mágica que percibían.
Pero Enlil se sintió satisfecho hasta que tomó un objeto al alzar –una roca, un pisapapeles, un trozo de vidrio, no lo supo– y lo lanzó contra una pared. Fue entonces cuando escuchó lo que necesitaba, lo que había esperado cuando lanzó el bodoque de papel: algo se hizo trizas.
Como su alma. Como su corazón.
Vio que el espejo de la oficina estaba destrozado en la parte inferior. En el suelo, decenas de vidrios reflejaron la luz. La parte superior del espejo estaba quebrado, pero los trozos todavía se mantenían sujetos en el marco, apenas unidos entre sí. Allí, Enlil miró su reflejo pero no se reconoció. ¿Quién era ese hombre que le devolvía la mirada, desde diferentes ángulos? Avanzó entre el caos de su berrinche y se acercó lentamente al espejo. ¿Quién era él? ¿Quién era ese hombre tan... destrozado que lo miraba ahora? Estaba hecho pedazos, como todo en la oficina. Pero Enlil supo que podía levantar el escritorio, acomodar los papeles, las plumillas, los pisapapeles, cambiar la ventana y el espejo, pero nunca podría reparar el daño que había sufrido.
Nunca podría remendar al hombre del espejo.
La voz de su hermana tintineó en sus recuerdos.

«... cuando estés triste o me eches de menos, todo lo que tienes que hacer es sonreírle a un espejo».

Enlil lo intentó, pero su reflejo no sonrió. Si acaso pareció aún más miserable. Eso no le gustó y arrugó la frente. Si lo que Darlan le había dicho antes era verdad y ella estaba al otro lado del espejo, devolviéndole su expresión... ¿significaba entonces que en algún lugar del más allá ella fruncía el ceño, inmersa en desesperación y tristeza? «No, por favor». Las lágrimas regresaron a los ojos de Enlil y quizá también a los de Darlan. «No, por favor. Que no sufra más. Ya fue suficiente dolor para ella».

«Cuando el reflejo te responda, seré yo desde otro espejo en el que te estaré sonriendo y extrañando también».

Apretó los ojos y respiró profundo para calmarse. Luego lo intentó de nuevo y, en esta ocasión, los labios de su reflejo temblaron un poco. Durante una fracción de segundo, Enlil vio una tímida sonrisa en su rostro y en el de Darlan, así que lo intentó otra vez. La siguiente sonrisa fue un poco más larga, pero cayó junto con las lágrimas. Enlil acarició la superficie rota del espejo, intentando mirar a Darlan allí.
—Es difícil —le dijo a su hermana—. Tan difícil.
Pero supo que tenía que hacerlo. Tenía que superarlo. Poco a poco, día tras día, debía dejar atrás ese dolor, esa culpa. Debía aprender a sonreír. Era lo que Darlan habría querido. Conmoción traumática, luto, alucinaciones o lo que fuera, ¡si en el más allá había espejos, Enlil se encargaría de que el reflejo sonriera para Darlan, para hacerle saber que su En-en estaba bien, que la recordaba, que la amaba, que la honraba!
Quizá no recordaba cómo mató a Reiner porque hizo algo peor que reducirlo a golpes, como a Selene; así que eso convertía a Enlil en un monstruo tan horripilante que ni él mismo podía mirarlo. Lo único bueno de eso era que ya sabía de lo que era capaz, de la maldad que albergaba en su interior. No mentiría. A pesar de que una parte de él estaba avergonzado de los golpes que dio a su madrastra, otra parte mucho más grande lo había disfrutado. Así que le pondría freno. No dejaría que lo consumiera. No dejaría que esa oscuridad lo atrapara y lo hiciera olvidar lo mejor de sí.
No olvidaría el miedo de huir en la noche. La tristeza de ser perseguido y odiado por su propio padre. La desesperación de perder a su madre y hermana. Lo recordaría todo y sería mejor poco a poco, día tras día.
«No me haré malo», pensó como si fuera de nuevo un niño. Aunque Darlan ya no estuviera allí para cumplir la promesa de mantenerlo inocente, él la ayudaría a cumplir. Todos los días, al despertar, sonreiría para su hermana. Y todas las noches, antes de dormir, haría otro tanto. Sonreiría por y para ella. Recordaría por y para ella.
Esta vez la sonrisa que se asomó a sus labios fue un poco más tranquila, más auténtica y más larga. Enlil regresó a su escritorio derribado, tomó una de las hojas y plumillas en el suelo y llenó de nuevo el formulario. Era hora de avanzar, de superarlo, de seguir adelante. Es lo que Darlan habría querido.

«¡Te estás convirtiendo en un demonio!».

La sonrisa se ensanchó un pelín, porque Erilia se había equivocado. No se estaba convirtiendo en un demonio, porque ya lo era. Después de lo que le hizo a Selene, ya no podía dar un paso atrás ni pretender que todo estaba bien. No se escondería detrás de la excusa de una conmoción traumática o el luto. Ya no sería un cobarde.
—Si soy un demonio —pensó en voz alta—, más vale que empiece a llevarme bien con los de mi calaña.
Recordó la montaña de oro que pasó a su lado el día que Reiner los descubrió a las afueras de Masca. Sigfrid, tan imponente y majestuoso, tan todopoderoso y firme. Si Darlan ya no estaba cerca para contener el mal de Enlil, entonces tendría que recurrir a la fortaleza del Primer General para mantenerse a raya. Si la voluntad de Enlil flaqueaba, por lo menos sabría que Sigfrid lo detendría antes de seguir con el ciclo de los Tonare, tal y como detuvo a Reiner aquel día.
«Además...», pensó un poco cínico, «será interesante hacer amistad con él». Y si se convertían en amigos entonces podría pedirle que... Sacudió la cabeza y apartó ese pensamiento.
Se hacía tarde, debía entregar el formulario de inscripción. Debía empezar a moverse, a avanzar, a seguir adelante. Pero cuando iba a salir de la oficina, su pie chocó contra una caja. Era el paquete que Luke había puesto sobre el escritorio antes de marcharse. Enlil lo recogió, preguntándose qué le habría regalado su amigo como despedida. Cuando abrió el paquete, la sonrisa vaciló y los ojos le ardieron, pero esta vez fue mucho más fácil contenerse.
Enlil sacó el cascabel y lo miró. ¡Menudo regalo! La campanilla del vestido de novia tenía muchos recuerdos tristes, pero por cada uno de ellos también había sonrisas, memorias de calidez y afecto. Dolor y consuelo. Desesperación y paz.
Enlil curvó los labios y guardó el cascabel en el bolsillo de la camisa, cerca de su corazón, agradeciéndole a Luke ese símbolo. Ahora, cada vez que una campanilla riera o llorara, él reiría y lloraría también.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2014. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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