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Capítulo 24

24
BIFURCACIÓN


Enlil creyó oír los jadeos mucho antes de que en verdad los escuchara. Cada ráfaga de aire entre las plumas de Munnin le pareció un grito de mujer. Fue cuando llegó a la casa de la colina que los escuchó de verdad. Avanzó hacia la choza como si tuviese una cuerda atada a la cintura. Cada gemido de Zoe jalaba de él.
Pero no, no era Zoe. Era el bebé.
La habitación tenía dos puertas: una interior, otra que conectaba con el patio y las dos estaban abiertas. Enlil se apoyó al marco de la primera puerta, inmóvil y algo pálido a pesar de que estaba entusiasmado e inquieto por dentro, como si quisiera hacer piruetas alrededor de la madre y la partera. De repente sintió el calor. No el que hacía afuera, con ese sol ardiente y la brisa cálida, con sal y arena, sino el del cuarto.
Era Zoe, que ardía como un volcán en erupción.
Cuando vio y olió la sangre que se escurría entre los muslos y manchaba las sábanas, Enlil puso al fin un pie en la habitación. Zoe reparó entonces en él. Le sonrió y lo miró aliviada porque a pesar de la tardanza llegaba justo a tiempo. Su expresión duró una milésima de segundo, porque la cara se le arrugó y ella se concentró de nuevo en dar a luz. Zoe no gritó, pero su puño necesitado de apoyo fue la señal para que Enlil se acercara a sujetarla.
La partera daba instrucciones. Un anciano rezaba al otro lado de Zoe, a la vez que la sostenía de la otra mano. Enlil agudizó el oído porque quería escuchar el primer respiro de su hijo por encima de toda esa conmoción. También quería ser el primero en verlo pero la partera se le adelantó. La mujer sonrió y un chillido agudo inundó la habitación como si fuera agua en un cántaro. La anciana levantó los brazos y mostró un cuerpecito húmedo, coronado con una cara arrugada y roja, roja, roja...
Enlil no había visto muchos bebés, menos un recién nacido, pero supo que ese niño era un milagro. Porque a pesar de estar arrugado como una pasa y sucio como si acabase de ganar una pelea en un cuadrilátero, le pareció la criaturilla más adorable del mundo.
La partera cortó el cordón y le dio el niño a la madre. Luego regresó al pie de la cama y pidió al anciano que buscara otro jarrón de agua caliente.
Zoe balbuceó algo pero Enlil no le prestó atención. Miró en silencio al bebé que no paraba de llorar. La boca abierta de par en par, las encías rojas y vacías. La mano diminuta que ya se había cerrado alrededor del dedo de Enlil. Y el cabello negro. «Como el de Dioné», pensó complacido. «Es tanto hijo mío como suyo».
—Darius...
—¿Hm?
—Darius... —repitió Zoe en un susurro, tan ensimismada como él—. Se llama Darius, «el que defiende el bien».
Enlil guardó silencio de nuevo. Desde hacía mucho tiempo había decidido que su hijo se llamaría Darlan, porque de por sí ese era un nombre masculino. Pero... después de lo que le iba a arrebatar a Zoe, después de lo que le iba a arrebatar a su hijo, ¿podía también arrebatarle su nombre, el regalo que su madre le ofrecía tras venir al mundo? ¿Ese lazo que los uniría aun después de la separación?
Dar–lan. Dar–ius. «Tampoco es que esté tan mal», pensó para consolarse. Asintió en silencio y movió el dedo. Sintió el contraste entre la suavidad de la mano de su bebé y el dedo duro y calloso de un soldado. Zoe se sobresaltó de repente y Enlil temió que dejara caer al niño. Al contrario, Zoe abrazó más fuerte al bebé y llamó la atención de su esposo hacia el patio.
La puerta que daba al exterior era muy ancha, apenas para que tres personas pasaran juntas. Por allí se asomaba una mujer de cabello negro y ojos púrpura. Hubo un momento de silencio, largo y asfixiante, en el que el llanto de Darius se hizo mudo. Zoe miró sin parpadear a la intrusa y Dioné miró hipnotizada al bebé. Otras dos figuras aparecieron detrás de Di y el silencio se rompió.
Las alas oscuras de Munnin y la armadura dorada de Sigfrid habían roto la pausa.
Corin se removió incómoda a los pies de la cama. Trevor dejó caer el tazón de agua que trajo apenas entró a la habitación. Zoe apretó más fuerte a Darius y se encogió contra Enlil, en busca de su protección. Cuando reparó en que su esposo no había reaccionado, cuando notó la familiaridad con la que miró a los intrusos, ella lo vio con los ojos desorbitados.
—Enlil —logró decir a pesar de la garganta seca—. ¿Quiénes son ellos? ¿Quién es ella? —agregó al mirar de reojo a Di, con una incipiente furia en la boca del estómago.
No le gustó la mujer ni un poco. No le agradó su presencia tan súbita que parecía irreal, incorpórea. Cuando la miró fue como si no hubiese nada ahí. Nada que hablara del pasado o el futuro. Nada que pudiese ser mirado con los ojos de una profetiza. Pero sí había algo que podía verse con los ojos de una mujer celosa: una rival. Vio el rostro agradable, los ojos ilusionados y felices que miraban al bebé, y el vestido liliáceo de seda y encajes a juego con los irises.
Era demasiado bonita, joven y elegante como para estar en presencia de una mujer insegura como Zoe.
—¿La conoces? —preguntó de nuevo, ahora con la voz más firme y un poco desdeñosa. También apretó la mano de Enlil y se recostó a él como para decir que era suyo.
Enlil guardó silencio y se mantuvo inmóvil. Cuando Zoe levantó la mirada notó por primera vez que las ropas de su esposo eran tan caras y distinguidas como las de la otra mujer, y que su rostro compartía alguna característica con la cara del hombre en armadura.
Al principio Zoe no supo qué, pues Enlil tenía la barba descuidada y unas arrugas a los lados de la boca y debajo de los ojos. En cambio, el otro aesiriano no había envejecido ni un día y tenía una apariencia tan nítida que nadie podría reprocharle nada.
Pero luego miró los ojos de Sigfrid y supo en qué se parecía a su marido: ambos habían visto escenas que le quitarían el sueño a una persona normal. Aún más, ambos habían cometido actos horribles. No podía decir que eran asesinos, porque había algo en la magnificencia de Sigfrid y en el aspecto bonachón de Enlil que los eximía de ese título. Pero parecían cargar con una mancha indeleble e invisible en sus rostros.
El mundo los había marcado.
No tuvo ni necesitó una visión para sospechar lo que sucedía. Miró otra vez los ojos de Enlil y se aferró a la ilusión de que todo era solo una pesadilla y que despertaría en su cama, todavía embarazada y a tiempo para evitar ese suceso.
Enlil se deshizo de la mano que sostenía la de él y tomó al bebé en un santiamén, rápido como el rayo pero delicado como la brisa. Zoe no pudo hacer nada. Se quedó petrificada en la cama, viendo cómo su esposo caminaba hacia el patio, hacia la mujer de cabello negro y sonrisa resplandeciente.
Y comprendió de golpe que Enlil no era su esposo, sino el de Dioné, y que ella, Zoe, era la otra, la amante, la concubina.
Su peor pesadilla le hizo una visita cuando estaba despierta. Con una carcajada, le mostró lo que se perdería.
La primera vez que el niño abriera los ojos y mostrara los irises de las montañas y el cielo. Sus primeros pasos, vestido de seda y tomado de la mano de Dioné, siempre deseosa de sostenerlo. Los abrazos de oso de su padre. Las carcajadas que reiría montado sobre los hombros de Enlil. Las noches de tormenta en las que estaría a salvo, apretujado contra los cuerpos de su padre y Dioné, quienes lo abrazarían y arroparían en su propia cama. Las carreras en los jardines, las visitas al Palacio de mármol blanco, los mimos y las galletitas de avena de Di, las clases de equitación y puntería, los primeros bailes en la corte, los viajes a caballo junto a Enlil...
Darius sería feliz, oh, tan feliz. Y su familia sería feliz con él, gracias a él.
Mientras tanto, Zoe se marchitaría abandonada y enfurecida en un rincón de la Península. Vedada de la risa de su hijo, perseguida por el arrepentimiento y consumida por la furia y la desesperación. Incluso cuando intentara recuperar al niño, ponerlo en contra de su padre –porque lo intentaría, lo había visto– estaría sola y olvidada. No sería más que un monstruo traicionado.
Gritó. Todas las fuerzas de su cuerpo se materializaron en el aire y lo hicieron vibrar. La escena de la familia falsa y la figura sonriente de su hijo adulto se desvanecieron en ese instante, y dejó en su lugar una tarde ardiente, azotada por el llanto de un bebé. Cuando la visión se esfumó, Zoe notó que se había levantado para detener a Enlil. Aunque había tropezado en el último instante, logró sostenerlo del borde de la camisa antes de que alcanzara a Dioné.
El llanto de Darius también la azotó a ella y gritó las primeras palabras que le vinieron a la cabeza.
Enlil se detuvo y la miró por encima del hombro con la expresión más asustada que jamás había visto en la vida. Supo entonces que ese maldito bastardo embustero tenía corazón, que justo en ese momento lo sostenía en sus brazos, y que haría lo que fuera para protegerlo.
—¡Morirá! —aulló de nuevo Zoe, como si lanzara una maldición con la que se sacara el veneno del pecho—. ¡Si me lo arrebatas, se morirá!
En realidad lo que quiso decir fue que ella mataría a Darius, que acabaría con el crío que la unía a Enlil, pero no encontró a tiempo las palabras adecuadas. La cara de horror de Enlil le dijo que iba por buen camino. Así que mintió. Dijo que si el niño la abandonaba, él moriría de hambre, que regurgitaría la leche de cien nodrizas distintas y se debilitaría hasta la muerte. Dijo que si se la llevaban con él, lo ahogaría con una almohada o lo estrangularía con sus propias manos. Dijo mentira tras mentira, pero al poco tiempo sus palabras comenzaron a tejer otra realidad, otra escena delante de sus ojos.
Había abierto un nuevo camino, una historia alternativa a la que vio antes.
Muy pocas veces había visto algo similar. Aunque era normal que las visiones cambiaran o que los resultados variaran un poco al final, los cambios eran mínimos. Y cuando parecían grandes, era solo porque no había atinado a comprender la visión por primera vez. Sin embargo, había ocasiones en que dos opciones, a veces tres, se abrían delante de ella como una bifurcación y ofrecían giros completamente inesperados en sus visiones.
Esta segunda alternativa en la vida de Darius era muy diferente a la primera. Demasiado.
Zoe vio al niño y sus ojos mestizos. Sus primeros pasos, descalzo y sobre la brizna del patio mientras avanzaba a tientas hacia los brazos de su madre. La primera revolcada en el mar y el miedo a morir con los pulmones hinchados de agua y sal. El ardor y luego el adormecimiento de las mordidas de sanguijuelas marinas. La cabeza palpitante por un día especialmente soleado y la seguridad de los brazos de Zoe cuando el mar bramaba al pie del risco durante las noches de tormenta. Vio los dedos cortados y ásperos por las redes, los brazos bronceados por las labores en la barca y la satisfacción del trabajo arduo y bien hecho tras caída la tarde.
Un Darius criado entre cortesanos.
Otro criado entre campesinos.
Zoe supo de inmediato que la opción más fácil y alegre para su hijo era la primera, con la que viviría lejos de ella, sin conocerla o tan siquiera sospechar la mentira que condujo a su nacimiento. Pero también supo que la segunda sería la más dulce para ella porque sería la más terrible para Enlil. Por eso siguió alimentando los temores del maldito mentiroso, para que al final no tuviera más opción que dejar atrás al niño por el que la había engañado.
—Entonces... si lo dejo... ¿sobrevivirá? —preguntó Enlil.
En sus ojos había una pizca de miedo, otra de tristeza y una buena onza de amenaza. «Si lo dejo y le haces algo», dijeron sus ojos, «si lo dañas en cuanto me vaya, te perseguiré al Infierno mismo y te tomaré una y mil veces hasta que me des un y mil niños sustitutos de este».
Pero Zoe solo necesitaba un bebé. Solo necesitaba un Darius.
—Si me lo arrebatas o me llevas también, morirá.
Lo dijo con odio y certeza, sin rastro de duda. Sus ojos debían de tener el brillo celeste de una pitonisa, porque vio que Enlil le creyó. «Ah», comprendió. «Siempre lo supo. Siempre supo quién soy y de dónde vengo, y quién es y de dónde viene el bebé en sus brazos». Qué irónico. Logró engañarla a pesar de ser profetiza y precisamente porque lo era. Pero si Enlil sabía tanto de ella, lo justo era que también supiese de él.
Esta vez sus ojos sí hallaron un camino hacia el futuro de Enlil. Una nueva visión bailó delante de Zoe y envolvió al soldado como una manta de noche. Zoe lo vio mucho mayor y cansado, con una armadura dorada idéntica a la de Sigfrid, aunque bullida, perforada y manchada con un líquido escarlata que a veces brillaba con tonos dorados, de carmín y plata por la luz de las explosiones y la luna en lo alto.
Estaba en un campo de batalla, en uno de esos infiernos que Enlil ya había visto mil veces distintas en su vida como General. Zoe no distinguió más que varias sombras furiosas alrededor. Debían de ser tanto enemigos como aliados, todos combatiendo, y con tan mal o peor aspecto que Enlil.
Una de esas sombras tomó forma y se irguió delante del General. Zoe no supo si Darius llevaba uniforme, o armadura o una mudada de campesino, pero le dio la impresión de que estaba vestido con telas de desesperación y resentimiento. Lo que sí vio al detalle fue una espada enorme, con una hoja tatuada con runas y tres piedras incrustadas en el mango. Las piedras eran tan celestes como los ojos de un profeta en plena visión.
Darius avanzó impulsado por un fuego idéntico al de Zoe cuando Enlil la traicionó. El General lo vio venir pero no lo rehusó ni escapó. A pesar del cansancio enfrentó las sombras alrededor como un titán, sin tregua, sin prestar atención al dolor cada vez que alguien atinaba a golpearlo. Cuando al fin Darius se detuvo ante él, Enlil se quedó en su sitio, inmóvil.
La espada trazó un arco de plata en medio de las tinieblas y la sangre de Enlil la salpicó.
Antes de que la visión se esfumara, Zoe vio a Enlil caer a los pies de Darius y a Darius inmóvil, relajado, como si lo que acabara de hacer no le importara. Las sombras lo engulleron y el velo que había cubierto la realidad desapareció por completo. Zoe estaba otra vez en su habitación, delante del idiota al que quería ver muerto. Supo que la visión apenas le había quitado una fracción de segundo, el tiempo suficiente para dejarla con un nuevo punzón para picar a Enlil
—Si dejas al niño conmigo —dijo—, Darius sobrevivirá. Lo cuidaré mejor de lo que nunca podrá hacerlo esa usurpadora. —Miró a Dioné por un segundo y la hizo retroceder un paso como si la hubiese abofeteado—. El bebé no morirá. Pero... si lo dejas conmigo... regresará a ti convertido en hombre y te matará sin una pizca de remordimiento. Tú eliges: Darius muere o te mata.
Como sucedió antes para ella, una bifurcación se abrió ahora para Enlil. O dejaba morir al bebé por el que había engañado o lo dejaba vivir para que el niño regresara a matarlo. Enlil la evaluó en busca de una mentira, de una fisura en esa nueva armadura de resentimiento y dolor, pero no encontró ni una.
Aun así, podía intentarlo. Podía apostar. Podía llevarse al niño y cuidarlo día y noche. Él y Dioné jamás permitirían que nada le pasara. No dejarían que muriera de hambre, o de fiebre, o de frío. Lo protegerían con su amor.
Reparó en los chillidos de Darius, tan agudos y filosos como cuchillos de plata. Por un momento pensó en alejarse de Zoe y darle el niño a Dioné para demostrar que ella sería tan buena madre como él padre. Pero recordó la noche en que se arrastró con Darlan por debajo de la mansión en el Sur, y vio desde el escondite la muerte de Alexia. Y luego recordó la mano ensangrentada de Reiner, que se abría paso entre el pecho de Darlan para retorcer las vísceras de Enlil. En esas ocasiones él quiso chillar, gritar y llorar como un niño indefenso. Asustado y resentido porque su padre le había arrebatado las únicas dos personas que lo amaban y lo hacían sentirse seguro en todo el mundo.
¿Podía hacerle eso a Darius? ¿Podía arrebatarle a la madre que lo había engendrado y dado a luz? «Te odio, te odio, te odio», quiso gritarle a Reiner en aquellas noches. «Devuélveme, devuélveme, devuélveme...». No podía ser como Reiner. No podía hacerle lo mismo a su hijo, aun si eso significara que Darius iría a él para matarlo.
—No, ¿qué haces? —preguntó Dioné cuando lo vio inclinarse junto a Zoe para entregarle al niño—. ¡¿Qué haces?! ¡Lo prometiste, prometiste que sería mío, que sería nuestro!
Dioné lo sostuvo del hombro con una mano y estiró la otra para tomar a Darius. Si lograba alcanzar al niño probablemente le dislocaría un bracito o lo dejaría caer en el último momento. Enlil puso al bebé en los brazos de Zoe, se levantó y tomó a Dioné de las muñecas para apartarla. Jamás la había tocado así, con tanta furia ¿pero qué más podía hacer? A menos que fuera severo, a menos que fuera claro hasta la crueldad, Dioné jamás lo comprendería. La próxima vez que intentara tomar a Darius podría lastimarlo en verdad.
—Se quedará aquí —dijo con voz de acero—. No lo tocarás, no le pondrás ni un dedo encima. Jamás será tu hijo.
Creyó que una parte de él lamentaría esas palabras, pero todo su ser estuvo en paz con ellas. A pesar de que los ojos de Di se empañaron y las lágrimas corrieron, Enlil no se arrepintió. Comprendió entonces que aunque amaba a Dioné más de lo que se quería a sí mismo, más de lo que nunca había amado a Alexia, jamás podría amarla más de lo que amaba a Darius.
Porque a Darius lo amaba incluso más que a Darlan.
—Enlil.
Al fin Sigfrid reaccionó. Durante todo ese tiempo había guardado la distancia con Munnin, pero en esta ocasión avanzó hacia la choza con la misma majestuosidad de gigante de la primera vez que Enlil lo vio, cuando encaró a Reiner a las afueras de la Muralla en Masca. Enlil no supo qué fue lo que detonó a Sigfrid, pero vio con claridad que el Primer General estaba cabreado. ¿Quizá porque todos los meses de trabajo adicional se vendrían abajo si Enlil flaqueaba en el último instante? ¿O acaso porque las órdenes del Emperador corrían grave peligro de ser violadas?
Fuera como fuese, Enlil soltó a Dioné con un empujón y avanzó hacia Sigfrid con la misma decisión para detenerlo antes de que se acercara demasiado a Zoe. Supo cuáles eran las intenciones de su amigo: llevarse al bebé así fuera lo último que hiciera. A Sigfrid no le importaba cómo o por qué, pero estaba decidido a que el niño partiera a Masca.
Cuando los dos se detuvieron frente a frente, Enlil supo que esa escena era idéntica a la de Sigfrid y Reiner, Sigfrid y Raykard, Sigfrid y los anteriores padres Tonare. A lo mejor era el momento de saldar la deuda que tenía pendiente, aquella cuyo precio era retroceder. Pero cuando Sigfrid le ordenó que se apartara, Enlil se mantuvo en su sitio. Aunque la escena era casi la misma, el resultado sería diferente.
Esta vez, Sigfrid se retiraría.
—Si das un solo paso más, si estiras aunque sea un dedo hacia mi hijo, lo lamentarás el resto de la vida.
Nunca creyó que amenazaría con semejante tono nada más y nada menos que al mismísimo Demonio Montag. Tampoco imaginó que alguna vez estaría al borde de tirar al olvido la amistad que más apreciaba en el mundo. Pero no dejó traslucir ese punto débil y Sigfrid tampoco, aunque debía de entender que estaban en el momento más crítico de su relación.
—¿Y qué harás? —preguntó el Primer General.
Enlil sabía que era fuerte y una de las pocas personas capaces de sostener una pelea contra su amigo. Quizá era el único que podía hacerlo. Pero también sabía que al final de cuentas Sigfrid era más fuerte que él, porque Enlil ya no estaba en el tope de su juventud y Sigfrid era eternamente joven. Aun así, si ambos llegasen a pelear en serio, a matar, podría herir lo suficiente a Sigfrid como para que necesitara del poder de Istar para salvarse. ¿De verdad estaba dispuesto a llegar al extremo de herir de muerte a su mejor amigo si con eso le podía dar unos minutos de libertad a Darius? «Sí, sí lo estoy». Después de todo, su hijo era lo que más amaba en el mundo, mucho más que a Sigfrid.
—Si estiras un dedo me perderás como amigo —resolvió Enlil. Esta vez Sigfrid no pudo disfrazar la turbación en su rostro, pues de todas las amenazas posibles jamás se esperó esa—. Y si das un solo paso no solo perderás mi amistad, sino que también me desafiarás a un duelo.
—¡Y los dos sabemos muy bien cómo terminaría eso! —estalló Sigfrid tan furioso que se le resaltó una vena en el cuello y otra en la frente.
—Sí —accedió Enlil, listo para tomar posición y empezar a pelear—. Ambos sabemos cómo terminaría eso. Así que la pregunta es: ¿podrás vivir con esa carga, Sig? ¿Podrás vivir los otros tres mil años de vida que te quedan pendientes sabiendo que mataste a tu mejor amigo porque él no quería que tocaras a su hijo?
Sigfrid permaneció inmóvil durante unos segundos, con la mano en la empuñadura y los ojos fijos en los de su amigo. Aun así, Enlil supo que el General no consideraba atacar. Nadie jamás se esperaría que una persona tan cruel y aterradora pudiese ser tan leal, pero Enlil sí lo sabía. Sigfrid era leal al Imperio, al Emperador, a Istar y a su amigo. Una vez que su corazón oscuro y sádico había jurado lealtad, nunca se echaba atrás. Jamás.
Y no lo haría ahora.
Sigfrid dio un paso atrás y luego otro. Después apartó la mano de la espada y la hizo un puño. Enlil nunca lo había visto tan indignado. Casi parecía resentido por ese golpe tan bajo. A lo mejor habría preferido pelear y perder todos los dientes en el proceso en lugar de comprometer su amistad. Cuando Sigfrid dio media vuelta y caminó de regreso a Munnin, Enlil supo que no se hablarían durante meses.
—Mi hijo está fuera de límites —dijo en voz alta para dejar zanjado el asunto—. Fuera-de-límites. Nunca lo olvides.
Sigfrid no se detuvo ni dio un pequeño asentimiento de cabeza, pero Enlil supo que lo escuchó y entendió muy bien lo que decía. Luego miró a Dioné por encima del hombro y le pidió que empezara a caminar. Los dos se irían con Sigfrid.
Lo último que vio de Darius ese día fue su cabecita escondida entre los pechos de Zoe.

****

Las próximas semanas fueron de silencio. Silencio del Emperador, silencio de Dioné, silencio de Sigfrid, ¡hasta la tumba de Darlan se negó a hablarle! Todos se habían confabulado para que se lamentara de su decisión en la casita de la colina, pero con el paso de los días Enlil se convenció de que hizo lo correcto.
A pesar de sentirse solo, el silencio que más echó de menos fue el de Darius. Se suponía que ahora lo estarían mimando y queriendo mucho en la Mansión. Pero cada vez que Enlil pensaba que el bebé podía estarse muriendo bajo ese techo, cada vez que lo imaginaba vomitando y cada vez más delgado y pálido, se decía que hizo lo correcto, lo que todo padre sensato habría hecho.
Había tomado la mejor decisión para su hijo.
Si a cambio debía pagar con la frialdad de su esposa y amigos, que así fuera.
Escuchó una pisada detrás de él. Creyó que se trataba de algún sirviente que le llevaba la cena. Pero era Sigfrid. El General tenía otra vez la expresión impasible de toda la vida, pero mantuvo la distancia para mostrar que todavía estaba enojado. En silencio, Sigfrid le pasó un sobre. Enlil desplegó el documento oficial y encontró al pie las firmas y sellos del Emperador, la princesa Istar y el Alto Sacerdote de Masca, todo fechado hacía casi dos años.
—¡¿Qué demonios es esto?! —gritó mientras mostraba el papel.
—Puedes arrugarlo todo lo que te dé la gana —dijo Sigfrid con desprecio mientras se sacudía el hombro como si se quitase polvo—. No perderá su validez.
Maldito Sigfrid. Él tenía que saber lo que estaba haciendo, lo mucho que dolía. ¿Y no pudo, además, elegir un lugar menos apropiado para darle las noticias? ¡Le iba a quitar sus privilegios de visitar la tumba de Darlan!
—Nunca te pedí que hicieras esto —masculló mientras convertía la anulación en un bodoque. Se lo lanzó a Sigfrid, pero el Primer General no se movió cuando la bola de papel lo impactó de lleno en el pecho.
—No lo hice por ti. Lo hice por Dioné —respondió—. Siempre tienes que hacerlo todo tan bien, tan correcto. Como te apegas a las normas no te das cuenta de lo molesto que eres.
Sigfrid dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás o agregar algo más. Al día siguiente partiría hacia la próxima misión militar, sin echar en falta una despedida en mejores términos. Enlil estaba tan enojado que ni siquiera pudo ir tras él para darle una tunda, porque todavía no asimilaba lo que acaba de pasar.
Recogió el bodoque y lo desplegó para leer de nuevo la anulación de matrimonio. ¿De quién habrá sido la idea? ¿De Dioné, algo resentida porque además de no ser la madre biológica tampoco sería la última esposa de Enlil? ¿De Istar, para aliviar el dolor de Di? ¿O de Sigfrid, porque sencillamente no soportaba la necesidad ridícula de Enlil de engendrar un hijo dentro de un matrimonio? Bueno, lo consiguió. Gracias a esa anulación, él nunca estuvo casado con Zoe. Oficialmente, su matrimonio nunca se consumió y el bebé era un bastardo.
Tal vez Di, el Emperador, Istar o Sigfrid creyeran que la noticia lo alegraría, porque ese pedazo de papel era prueba de que no tenía ninguna responsabilidad legal para con Zoe y Darius. Pero así no funcionaban las cosas para Enlil. Ese papel no cambiaría el hecho de que engañó a una mujer y que abandonó a una esposa y a su hijo. La anulación no le limpiaría la conciencia.
Enlil arrugó otra vez el documento, abandonó la tumba de Darlan y buscó una habitación con chimenea para quemar la anulación. Eso no cambiaría nada –de seguro que el Emperador, Istar y el Alto Sacerdote tenían una copia cada uno–, pero debía expiar sus pecados. Debía arder en el Infierno.
Mientras llegara allí, el papel tomaría su lugar en las llamas.

****

Enlil apartó los binoculares. Por lo general miraba a través de ellos durante horas, escondido entre la maleza y las sombras de los árboles, pero supo que Sigfrid tenía prisa. El Primer General no esperaría pacientemente a un lado mientras la tarde caía envuelta entre los cantos de las chicharras.
—Eres muy desagradable —sentenció cruzado de brazos y apoyado a un árbol—. Arrancar uñas y pellejos en carne viva es más apropiado para un General que espiar a la distancia a niños pequeños.
—Oye, no lo digas así —reclamó Enlil—. Me haces sonar como un pedófilo. Además, ya Darius no es tan pequeño.
Se le había hecho costumbre visitar ese mirador cada vez que estaba en la Península. La primera vez que lo hizo fue al año y medio de su hijo, cuando se armó otra vez de valor para llevarse al niño a Masca. En esa ocasión bebió la pócima de Dioné y estudió la situación desde la distancia para determinar cuándo sería el mejor momento para secuestrar a Darius. Pero cuando al fin lo vio, tan bello y sonriente en brazos de Zoe, supo que no podría hacerlo. Podía burlar a la madre, podía borrar las memorias de Darius y sustituirlas con recuerdos falsos de Dioné y Enlil a su lado desde el nacimiento, pero jamás podría ignorar la sonrisa satisfecha del niño mientras su mamá le daba besitos en el cuello.
A final de cuentas, Darius era feliz allí. Ni él ni Zoe padecían hambre, estaban bien de salud y tenían las puertas abiertas al mundo entero. ¿Por qué le quitaría eso? Tal vez lo llevaría a Masca después, si la vida en la Península se dificultaba, si se desataba una temporada de tormentas, si algo le pasaba a Zoe, si Darius demostraba interés en el ejército, si...
Conforme pasaron los años y las misiones, Enlil convirtió en un hábito las visitas furtivas a ese mirador. A veces pasaban más de tres años en que había visto por última vez a su hijo, pero siempre podía reconocerlo a la distancia con los binoculares. Los ojos mestizos destacaban en medio del color zafiro característico de los habitantes de la zona.
Un día se dio cuenta de que no había vuelto a tomar la pócima, y que ya eran varias las visitas furtivas en las que pudo ser descubierto por la capacidad adivinatoria de Zoe. Si todavía no lo había pillado, si ella todavía no había ido a buscarlo para darle una tunda y si ella todavía no se había marchado de la Península con Darius... era porque le permitía a Enlil esos vistazos a la distancia. «Tal vez ya lo superó», pensó el Segundo General. «Tal vez ha pasado de página y continuó con su vida».
Enlil tampoco se había esforzado en esconder esas visitas. Aunque él y sus tropas pasaban lejos del pueblo donde vivían Darius y su madre, ya varios soldados habían notado su ruta preferencial y que de vez en cuando se apartaba del grupo para hacer esas expediciones en solitario. Si alguien le hubiese preguntado a dónde iba y qué haría, él habría contestado con franqueza que iría a espiar a su hijo.
Seguramente ya corrían algunos rumores sobre esos paseos solitarios y Sigfrid, tan espabilado como era, sospechó lo que haría Enlil y en qué mirador estratégico estaría. «Más sabe el Diablo por viejo que por Diablo», pensó el Segundo General mientras se estiraba para disipar la tensión en los huesos.
—El Escuadrón Vento espera en el castillo de Lord Anterius —dijo Sigfrid.
Enlil enarcó una ceja. Su última tarea antes de regresar a Masca era ir a Llain, la ciudad cabecera del Oeste, para destituir a Lord Anterius. Su comportamiento caprichoso habría sido pasado por alto en un gobierno sereno y débil, pero el Emperador Kardan detestaba a los mediocres y no temía usar puño de hierro cuando lo considerara justo y necesario.
Sin embargo, Enlil ya tenía un regimiento para escoltar a Anterius a Masca y no necesitaba un Escuadrón de los Elementos para esa tarea.
Pero luego comprendió que el equipo Vento venía con Sigfrid, no con él.
—El Emperador ha dado la orden —dijo el Primer General antes de que Enlil empezara a enojarse—. El chico debe ir a Masca. Ya no se tolerarán más retrasos. —Sigfrid avanzó un paso y susurró—: Has puesto un límite para mí, así que ahora debo ponerte uno: las órdenes de los Aesir. Mientras esté en mi poder, mientras crea que es lo adecuado, evitaré que las órdenes de Su Majestad intervengan con tu parecer. Pero cuando no me sea posible te daré un aviso y una oportunidad. ¿Cuál es tu respuesta?
Enlil no necesitó ni medio segundo para comprender que no tenía otra opción. El Escuadrón Vento era el más problemático de todos, pero era eficaz. El Emperador de seguro lo seleccionó para enviarle un mensaje claro: «O cooperas o este montón de idiotas con musculatura pueden tomarse las cosas demasiado en serio». Y si los soldados del Escuadrón Vento se tomaban en serio la misión de llevar a un chico mestizo a Masca, lo harían sin importar las condiciones en las que llegara Darius, ya fuera medio muerto de hambre, magullado o con todos los huesos rotos.
Como Sigfrid tampoco era muy delicado que digamos, esa combinación podría ser letal para Darius. Si Enlil alguna vez soñó con la posibilidad de que ambos se unieran, de llegar a conocerse sin que Darius quisiera matarlo, debía intervenir ahora. Debía aceptar el ofrecimiento de Sigfrid.
—Retírate. Yo tomaré al Escuadrón Vento.
Se marchó sin su amigo. Estaba agradecido con él por respetar el único límite que le había puesto a su amistad, pero también estaba muy cabreado con el Emperador por su orden necia y egoísta. Si Kardan hubiese sido Hakwer lo habría ignorado; después de todo, Hakwer fue mucho humo y poco fuego. Pero Kardan era distinto. Su enojo era mucho más medido y silencioso, mucho más paciente e inteligente, y por eso era más peligroso. Todos los ministros y nobles conocían la bondad de estar en buenos términos con Su Majestad, y lo terrible que era entrar en desgracia con él. Enlil ya se había jugado mucho el cuello cuando primero se negó a embarazar a Zoe, luego al hacer la tarea por la vía lenta y después echándose para atrás a la hora de reclamar a Darius. Ya no podía fallar.
Quizá estaba muy enojado, porque cuando pasó por el pueblo cercano reparó en las miradas precavidas y sumisas de los campesinos y pescadores. Todos se hicieron un puño al lado del camino o saltaron del medio para evitar que los caballos de Enlil y el Escuadrón los atropellaran. Supo que cometió un error cuando al fin llegó a la cúspide de la colina, envuelto entre el polvazal que levantaron los corceles.
No debió haber ido tan pronto, cuando todavía estaba enojado y su humor era obvio. Todos los soldados son como perros que, tras oler el humor de su comandante, actúan según la ocasión. El Escuadrón Vento no era tan disciplinado como otras tropas, y la furia de Enlil los había excitado como si fuera tocineta frita, tan jugosa y grasienta que su simple aroma era capaz de apelar al apetito de un muerto.
Pensó en echarse atrás, en retirarse mientras él y los soldados se calmaban. Incluso consideró tener una charla civilizada con esos idiotas para aplacarlos. Pero dos oficiales se le adelantaron y rodearon la casa. Enlil tuvo que apretar la marcha y tomó de nuevo el liderazgo para evitar que hicieran algo estúpido. Pero ya era demasiado tarde.
Habían llegado al patio, que daba hacia el risco. Zoe estaba allí. La profetiza estaba a unos pasos, entre la casa y Enlil, con los pies descalzos para sentir la alfombrilla de césped bajo las plantas. Estaba cruzada de brazos como para recriminar a su esposo por tardarse años en ir a recoger la leche, aunque su postura no calzaba con el rostro sereno. De no ser por los brazos cruzados, Enlil habría creído que ella solo estaba tomando el sol y disfrutando la brisa marina que le acariciaba la piel y le perfumaba el cabello.
El General no supo qué decir, aunque los soldados más atrevidos dieron un par de piropos pasados de tono, otros tantos silbaron desvergonzados y todos se sonrieron de oreja a oreja. No, no eran perros. Eran lobos con la boca hecha agua, que se pasaban la lengua por los bigotes al imaginarse probando la carne suave y bronceada. Tocando los contornos de la cintura y la firmeza de los pechos. Lamiendo el cuello y el ombligo. Separando las piernas y...
Enlil sacudió la cabeza y rechazó las imágenes que percibió en las mentes de los soldados. Les envió una pequeña descarga telepática para castigarlos. El ataque los tomó por sorpresa y la mayoría se cayó del caballo. Enlil giró el corcel para mirar al Escuadrón y se encargó de que supieran que sí, estaba enfadado, pero ahora ellos eran la causa de ese enojo.
Nadie quería hacer enojar a un hombre capaz de explotar el cerebro de sus contrincantes, o de enviarles descargas telepáticas que los hicieran creer mentiras, alucinar y sentir dolor. Quizá era culpa de Enlil por ser siempre tan simpático y accesible. Su comportamiento los había hecho olvidar la poca disciplina que les quedaba después de años de entrenamiento y educación en las academias militares. Tenía que hacerlos recordar.
Uno a uno, los soldados se llevaron la mano al cuello y apretaron, apretaron, apretaron... La asfixia les empezó a quemar la garganta y los pulmones. La sangre se les agolpó en las sienes y los ojos. Aunque el mundo se hizo más tenue y confuso, Enlil no los dejó desmayarse. Ni siquiera los soltó cuando hizo que uno de ellos tomara la espada y se colocara la punta en el pecho, justo sobre el corazón. Los conectó a esa sensación simultánea, a la de estar ahogándose y a punto de acabar con el corazón empalado. Todos sintieron la asfixia y la punta fría y filosa que poco a poco, milímetro a milímetro, se abría paso entre la piel. Cada vez más cerca del corazón porque los latidos la acercaban más.
Los soltó cuando sus rostros alcanzaron el tono morado que él había estado esperando. «Es mi esposa», les susurró en la mente. «Esto no es nada comparado con lo que les haré si le ponen un dedo encima». Legalmente Zoe no era su esposa pero compartía con ella un vínculo más fuerte que el matrimonio. Los unía un hijo y eso era algo que jamás Sigfrid, Istar, el Emperador o Dioné podrían cambiar con un pedazo de papel.
Enlil ignoró a los soldados y encaró de nuevo a Zoe, pero no supo qué decir. «Hola, ¡tanto tiempo! ¿Cómo has estado desde la última vez que nos vimos, cuando los abandoné a ti y al niño?». Simplemente no había un modo sencillo de romper el silencio y acortar una distancia de 15 años y muchas toneladas de dolor. Si no había una forma amable de hacer eso entonces tenía que hacerlo rápido, como quitándose una bandita de un tirón. Tenía que ir al grano.
—Vengo por Darius.
—No está. —Enlil se quedó sin palabras de nuevo. Zoe esbozó una sonrisita burlona—. ¿De verdad creíste que sería tan fácil? ¿Que solo cabalgarías hasta aquí y Darius te esperaría con la maleta ya hecha?
Enlil recordó que ya llevaba mucho tiempo sin tomar la pócima para evitar aparecer en las visiones de Zoe. Por eso mismo ella lo vio venir. Quizá sabía desde hacía años que ese día llegaría.
—Hiciste que se marchara —concluyó Enlil antes de notar algo más— y tú te quedaste atrás... ¿Por qué?
Zoe sonrió de nuevo pero al General no le gustó. Él no era profeta pero vio en esa sonrisa una vida entera de amargura y resentimiento. Comprendió por qué Zoe se quedó atrás: para vengarse por el engaño y la humillación.
—Te odié mucho, Enlil. Demasiado. Tanto que detestaba el camino que una vez recorriste. Las tardes que miramos desde la cocina. Las sábanas que tocaste. Todo lo que me recordara a ti. Por eso al principio no podía ver a Darius, alzarlo o tan siquiera escucharlo respirar. Fue una tortura.
Enlil apretó los dientes. ¿Sería posible que Zoe simplemente ignorara al niño, mientras que él y Dioné se morían un poco todos los días porque no habían alzado, abrazado y besado a Darius? ¿Acaso por haberse marchado sin él hizo que el chico creciera sin el amor de una madre?
—Pero fue imposible —agregó Zoe sin notar la mandíbula tensa de Enlil—. Fue imposible odiarlo. Él no es como tú, no se te parece en nada. Amarlo es tan sencillo, tan fácil. Es como respirar, igual de natural y necesario. Al final algo bueno surgió de tus mentiras y engaños. Él no se parece a ti, pero no puedo negar que lo tengo porque apareciste en mi vida. A pesar de todo el daño que causaste me diste lo que más he amado en el mundo. Y por eso, solo por eso, te estoy agradecida.
Enlil supo que decía la verdad, que Zoe en serio amaba a Darius como a nadie en el mundo. Pero también supo que eso no atenuaría las llamas que esperaban por él en el averno y que el rencor de Zoe todavía seguía fresco y punzante, como un aguijón ponzoñoso.
—¿En dónde está el chico? —preguntó para terminar pronto con esa visita incómoda.
Tenía que marcharse. No era profeta, pero hasta él sabía que Zoe todavía no había terminado. Tenía que escapar antes de que la mujer hiciera su movimiento. Zoe sonrió otra vez y negó con la cabeza. Casi parecía contenta.
—La paciencia es una virtud, así que espera. Solo espera. Él te irá a buscar.
Zoe miró hacia el horizonte. El mar se recortaba más allá del acantilado. Si hubiesen estado en el Oeste el sol se habría ahogado en el mar. Todavía había tonos naranja en el cielo, pero la noche se acercaba desde el océano. Habría sido un atardecer precioso de no ser por la comitiva militar alrededor de la casa y por las nubes de tormenta que se asomaban desde el sur. Llovería esa noche.
—Creció para convertirse en un chico tan bueno, tan noble —continuó—. Pero claro que eso ya lo sabías. No has dejado de acosarlo desde que nació.
«Ah, ¿por qué lo tiene que decir así? ¡Me hace sonar como un pedófilo!», gruñó el General en su interior. Zoe tenía razón otra vez: él sabía que Darius había crecido como un chico noble. Lo había visto caminar por la playa y pasear por el pueblo, y había deducido que era solitario y algo tímido. No era que le costara entablar conversación con extraños, sino que era muy reservado. Al igual que Zoe, Darius era cauto y no le daba su amistad a cualquier persona. Pero a cambio, aquellos que habían conseguido un sitio como sus amigos disfrutaban de una lealtad y devoción incondicionales.
Darius no era peleón, pero Enlil lo había visto encarar a un grupo de soldados para darles tiempo a unos amigos de escapar tras cometer una fechoría. Tampoco era muy dado a la plática, pero lo había visto sentado en la playa, ayudando en la confección de redes o en la reparación de botes mientras otras personas le contaban sus penas. Darius prefería estar solo, pero Enlil lo había visto recorrer las calles y la playa en busca de comestibles para otras personas. También lo había visto salir de su ruta usual para ayudar a unos niños a bajar a un gato del árbol, o para arreglar las goteras de un techo, o para cargar con los leños de un hombre para que no se lastimara más la espalda.
Era cauto y reservado, pero no inaccesible; y por eso la gente del pueblo lo respetaba y lo amaba.
—Y por esa nobleza —siguió Zoe—, él llegará a ti. Después de todo, ¿cómo podría ignorar al hombre que le quitó a la madre que se sacrificó tanto para criarlo? —Enlil frunció el ceño.
—No vine a hacerte daño. —El General giró el caballo para empezar la retirada—. Si Darius no está en casa ahora simplemente vendré por él más tarde. Y ni tú ni él saldrán lastimados. Te lo prometo.
—¿Oh, en serio? —se rio Zoe—. Entonces creo que te pediré que te cortes las manos, solo para asegurarme de que tú sí cumplas esa promesa. —Enlil se congeló, aunque en una parte de él se encendió la ira.
—¿Qué dijiste?
—Te pedí que te cortaras las manos. Eso es lo único que te hace falta.
Intentó respirar profundo para sosegarse, pero fue imposible. Estaba furioso. Los perros olieron la furia y se enderezaron, como si un estímulo por fin los mejorara de la descarga telepática. Enlil apretó las riendas y los dientes, porque supo que Zoe solo quería provocarlo, hacerlo perder los estribos. Esa era su venganza y él no le daría el placer. No con esto. Jamás con esto.
Pero ya era demasiado tarde. Zoe lo había conseguido. Estaba tan enojado como cuando Sigfrid intentó forzarlo a llevarse a Darius, como cuando molió a golpes a Selene, como cuando... Una imagen de sesos y carne fresca encandiló su mente por un segundo, junto a un olor rancio, salobre y potente. Aunque duró muy poco, fue suficiente para que se encogiera en arcadas sobre la silla del caballo. Solo contuvo el vómito y se sobrepuso al mareo porque percibió la sonrisita odiosa de Zoe.
Había jugado sucio. Si existían reglas para entablar una conversación entre dos ex-amantes en malos términos, Zoe las había roto todas con sus palabras, con sus observaciones, con sus miradas tramposas al horrible pasado de Enlil.
No supo cuándo bajó del caballo, pero de repente se encontró de pie frente a ella. ¿Para qué? ¿Para molerla como hizo con Selene? ¿Para hacer que se arrepintiera, como con Reiner...? De nuevo la imagen rojiza y grotesca, otra vez el olor ardiente en la nariz. Su estómago hizo una pirueta pero Enlil contuvo la arcada.
—Desquítate con cualquier otra cosa, menos con esto.
«No uses a mi padre en mi contra», quiso suplicar pero se contuvo. No podía mostrarse tan vulnerable delante de ella y el Escuadrón Vento. Zoe ya se había cansado de sonreír e ignoró la petición de Enlil.
—Terminarás igual que tu hermana —sentenció—. Darius te atravesará con sus manos tal y como tu padre la atravesó a ella.
—Mientes.
—Te aborrecerá más de lo que odiaste a tu padre.
—Cállate. Es una mentira.
—Nunca perdonará al hombre que le arrebató a su familia.
—¡Ya cállate! ¡Nunca le haré eso!
—Lo harás. Lo he visto. Y él no lo dejará pasar. También he visto eso.
Enlil la miró a los ojos para lanzarle una descarga telepática. Si ella jugaba sucio, él también. ¡Ya no sería amable con ella! Apenas conectó con su mente el atardecer, los árboles, la casita, los caballos y los soldados se convirtieron en sombras arremolinadas alrededor, en un campo de batalla en tinieblas. Las olas del mar se convirtieron en bramidos, estruendos y gritos metálicos de espadas y lanzas. La hierba bajo sus pies se convirtió en charcos de sangre.
Enlil buscó a Zoe, pero solo distinguió las sombras que peleaban entre sí. Aun así percibió a la profetiza en el ambiente, como si ella fuera el aire, las sombras y la sangre de esa escena. Como si ella lo fuera todo.
«Así es como terminarás», susurró Zoe. Estaba dentro de su cabeza, junto a sus pensamientos, y alrededor de él como brazos de aire gélido. Enlil se sacudió para apartarla pero solo consiguió hacerla reír. Al instante, una de las sombras tomó forma delante de él. Miró a Darius mientras se materializaba a la vez que un escalofrío le recorría la espalda. Reconoció la expresión en el rostro de su hijo, porque era la misma que Enlil se había visto hacer delante de un espejo. Estaba frustrado, enfadado, iracundo... Cuando Darius avanzó hacia él, Enlil supo cuáles eran las intenciones. Como si su cara no fuese suficiente esa enorme espada casi tenía un letrero al rojo vivo que decía «¡TE VOY A MATAR!».
«He visto esto muchísimas veces, desde todos los ángulos posibles, con todas las variables habidas y por haber. Los cambios son minúsculos, pero el resultado siempre es el mismo. Tú mueres». Zoe prácticamente cantó esas palabras de condena. «La mayor parte del tiempo», continuó la profetiza mientras Darius avanzaba firme con la espada, «tú te quedas ahí, petrificado. Aceptas la muerte resignado». Enlil esperó los últimos pasos de Darius y el tajo de la espada, pero Zoe todavía no había terminado. «Pero en otras ocasiones te lanzas sobre él con la espada en alto».
—¡MENTIRA! —gritó Enlil—. ¡Perra mentirosa! ¡Eso no es cierto! ¡Sabes bien que nunca, jamás, levantaré la espada contra él! ¡Nunca, nunca, NUNCA, NUNCA!
Zoe se rio de nuevo, desafiante. Una nueva sombra se levantó detrás de Darius. Esta era mucho más grande y tenebrosa, gigantesca, enorme como un edificio y musculosa como una montaña. Enlil vio el contorno de los cuernos, el vapor de la respiración y los ojos centellantes y furiosos. «¿Un grolien...», se preguntó, aunque lo dudaba. Los groliens eran más grandes que un aesiriano, pero no tan grandes como esa cosa. La silueta levantó un hacha de sombras y se preparó para dejarla caer sobre la espalda de Darius.
Enlil gritó una advertencia, desenvainó la espada y se lanzó a Darius. Tenía que empujarlo. Tenía que apartarlo del peligro. Tenía que salvarlo. Tenía que acabar con esa sombra. Entonces sintió el corte en las entrañas, tan frío que quemó. La espada de Darius lo había atravesado con un corte tan profundo que la empuñadura y las manos del mestizo estaban cubiertos de sangre. Pero Enlil avanzó, no podía detenerse. Embistió al muchacho y consiguió apartarlo del camino antes de que el hacha a su espalda lo golpeara.
Enlil alcanzó la sombra, ignoró el dolor en las entrañas y atravesó al enemigo con su espada. Lo golpeó con tanta fuerza que el impacto los dejó sin aire a ambos. El General supo que cuando perdieran el equilibrio el grolien le caería encima simplemente porque era más grande y pesado. Si no lo aplastaba, entonces lo mataría al enterrarle más la espada de Darius.
Las sombras vibraron alrededor y todo se sacudió. Fue como si la gravedad se invirtiera, como si las reglas que lo unían todo se contradijeran, porque la derecha se convirtió en la izquierda y arriba se convirtió en abajo. Cuando la sombra iba a caerle encima, todo se invirtió y Enlil derribó al enemigo. Las tinieblas se disiparon. Desaparecieron el campo de batalla, las lanzas, las espadas y las siluetas, y regresaron el sol moribundo, los relinchos de los caballos, la brisa marina y Zoe.
Ella estaba en el suelo, con el cabello rosa esparcido alrededor. Por un instante Enlil creyó que el cabello le había cambiado de color en algunas partes, pues las puntas eran más oscuras. Entonces comprendió que estaban teñidas por la sangre que se esparcía. Cuando pasaron los efectos confusos de la visión, Enlil notó que él estaba sobre Zoe y que apretaba con fuerza algo sobre el vientre de ella.
Bajó la mirada y vio su empuñadura enterrada en el cuerpo. Lo comprendió todo. Zoe era la sombra que había intentado atacar por la espalda a Darius. Como Enlil atacó la silueta para defender al mestizo también atacó a la profetiza.
—Demonios —dijo la mujer entre dientes. Enlil le miró el rostro. No supo con claridad lo que había allí además del dolor: ¿placer o arrepentimiento? ¿Resignación o provocación?—. Duele, duele... ¡Ah, no creí que dolería tanto! ¡Ah, ah! ¡Demonios! —maldijo Zoe.
—... No... —murmuró el General—. No...
Lo había hecho. Había matado a la madre de Darius. Le había quitado a su familia, tal y como Zoe predijo. Había caído en la trampa.
Ahora su hijo lo odiaría.
Había cerrado de un portazo cualquier posibilidad de una vida junto a Darius. «A menos que...». A menos que Darius nunca se enterara. A menos que huyera. Lentamente, Enlil se levantó. Las piernas le temblaban y tenía los pantalones empapados de la sangre de Zoe, pero lo único que vio fue a la mujer que agonizaba bajo él. Zoe sonrió de nuevo con desprecio, como si fuese ella quien dio el golpe final. En cierto sentido, así fue.
—¿Ya te vas, querido? —se burló con debilidad—. No me sorprende. Siempre fuiste un experto en escapar.
—Estás loca —la acusó con voz seca—. ¿Tanto me odias que me hiciste matarte?
—¿Te sorprende? Ya vez que el rencor no corre fuerte solo en tu familia. —Ella tragó fuerte, pero un hilillo de sangre se le escurrió por los labios—. Nuestro hijo te matará por esto. Cuando llegue la noche de las sombras, él te buscará por lo que me hiciste.
Enlil intentó recuperar la espada, pero no pudo. Había atacado con tanta fuerza que la había clavado en el suelo y no podría recuperarla sin partir el cuerpo de Zoe por la mitad. De nuevo tuvo un vistazo fugaz al cuerpo ensangrentado de Reiner, así que se apartó y abandonó la espada. La solidez y el calor de su caballo lo ayudaron a mantenerse en pie, pero no le dieron valor. Así como no supo en qué momento se bajó del corcel para encarar a Zoe, tampoco notó en qué momento se aupó y salió a toda carrera de allí.
Tenía que escapar y actuar como si eso nunca hubiese sucedido. «Dios, ojalá pudiera olvidarlo todo», suplicó. Pero supo que su castigo apenas comenzaba y que, precisamente, una parte implicaba recordar por siempre.
Hasta que Darius se alzara entre las sombras y lo atravesara con sus propias manos.

****

Alguien lo llamó. Enlil levantó la mirada para ver a un soldado a unos pasos detrás de él, con una espada limpia entre las manos. El General reconoció el arma con la que había matado a Zoe. Aunque comprendió que ese era un signo de buena fe de parte del Escuadrón Vento, supo que desecharía la espada en la primera oportunidad.
—Nos hemos encargado de todo —informó el oficial mientras entregaba el arma—. Borramos nuestros rastros allí. Podrá regresar cuando mejor le parezca.
Enlil asintió en silencio, aferrándose a la poca paz que había conseguido en el jardín. El palacio de Lord Anterius tenía muchos espacios al aire libre, decorados con esferas de piedra, fuentes y arroyos artificiales. Enlil se había sentado en una esfera en busca de sosiego y se había quedado inmóvil allí, entre el sonido de los grillos y el agua, incluso cuando la primera llovizna nocturna cayó sobre él.
Se preparó para levantarse. Ya no tenía sentido perder más tiempo allí. «Zoe está muerta y Darius está solo. Me necesita ahora más que nunca». Si llegaba a su lado en ese tiempo de necesidad y ocultaba que él era el asesino de su madre, Darius confiaría en él y la visión de Zoe nunca se cumpliría. Él y Darius estarían en paz.
No sería fácil, al menos al principio. Enlil había matado a muchos enemigos en su carrera militar, pero ninguno lo perseguía como lo hacía el rostro de Zoe, tendida en el suelo, con sus cabellos rosados desperdigados por doquier y oscureciéndose con su propia sangre. Si no quería que Darius pillara esas imágenes en su mente, tenía que aprender a controlarlas. Suprimir el calor tembloroso y adolorido de Zoe bajo él. La mirada agonizante y desafiante. Los gritos...
«No», se corrigió. «Zoe no gritó. Nunca gritó». Pero la vio gritar en su mente, luchando con las pocas fuerzas que le quedaban para apartar a un hombre, dos, tres y cuatro de encima. Sintió el ardor de las cortadas en los muslos y brazos mientras las dagas la desnudaban, el dolor de las piernas separadas en un ángulo casi imposible y luego la desesperación de la penetración.
Enlil dejó caer la espada y se apartó del soldado y sus pensamientos.
—Tú...
La había dejado sola. Zoe todavía estaba viva cuando él escapó como un cobarde y la había dejado sola e indefensa entre una manada de lobos.
—Ustedes... ¡Malditos puercos! —gritó.
Dos soldados apartaron la mirada, porque desde un principio supieron que desatarían esa reacción en Enlil. Por eso no habían participado en la violación colectiva. Pero tampoco hicieron nada por detenerla. En cambio, la mayoría de los soldados levantó las cejas como si la reacción del General fuese del todo inesperada.
—Señor —se animó el representante del Escuadrón—. Está bien. Es obvio que ella lo había molestado y por eso usted la mató. Nosotros solo hicimos el resto. Era un final justo.
—¿Justo? —La voz de Enlil sonó relajada, como si nada lo hubiese perturbado, pero en su interior azotaba una tormenta—. Claro. Está bien que cualquier persona sufra porque me molestó.
Casi todos los soldados sonrieron, convencidos de que el tono calmado de Enlil era un buen augurio, aunque los dos oficiales prudentes mantuvieron la mirada abajo. A Enlil le pareció que ese par de soldados no llevaba tanto tiempo en el Escuadrón Vento como los demás. Por eso todavía no se habían echado a perder. Eso, o sí aprendieron del castigo anterior.
—¡Exacto! —exclamó el representante del Escuadrón, sonriente y encantador como un viejo amigo—. Por eso todo está bien.
Apenas lo dijo, Enlil arremetió contra él y lo tumbó en el suelo. El soldado intentó levantarse, pero no pudo moverse aunque Enlil se apartó de él. Se agitó para deshacerse de la fuerza desconocida que lo tenía atrapado, pero eso solo le envió una onda de dolor por todo el cuerpo. Cuando se llevó las manos al vientre sintió allí la empuñadura de la espada. Estaba clavado, como Zoe.
—Tú lo dijiste —susurró Enlil todavía tan calmado que nadie sospecharía de dónde obtuvo la fuerza bárbara y el estómago duro para clavar a traición a su propio soldado—. Esto está bien solo porque me has molestado.
Enlil se sentó otra vez en la esfera de piedra y lanzó una nueva descarga telepática. «Se los advertí», dijo mientras los soldados se acercaban al oficial caído, sin que ninguno pudiera detenerse o moverse a voluntad. «Lo de la tarde no fue nada comparado con lo que les haré ahora». No solo los conectó a la mente moribunda del oficial, sino también a su congoja mientras los demás le quitaban la ropa con dagas, le arañaban la piel y le abrían las piernas, excitados y erectos a pesar de que no querían hacerlo. Eran víctimas y victimarios.
En silencio, Enlil miró uno de los peores actos que había cometido en su vida pero de los que menos habría de arrepentirse. Quizá porque su crueldad era mucho más apropiada para un General en lugar de espiar a la distancia a su hijo en crecimiento. Aww, ¡Sigfrid estaría tan orgulloso de él!
Mientras la llovizna caía con suavidad, el General ofreció a Zoe los gritos y la humillación de los soldados. Las llamas todavía lo esperaban ardientes, pero quizá así aplacaría el espíritu de la mujer.
Mientras tanto, esperaría a que su castigo llegara. Esperaría en esa roca la llegada de Darius.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2014-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Tras 40.000 años, más o menos... El capítulo me ha gustado, tiene el gancho para seguir leyendo. Y una cosa que aprecio cada día más: el texto está cuidado, mimado y bien presentado.
    Buen 2015, que sea muy rico.

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    Respuestas
    1. Pues sí... perdón por el atraso. Las musas estuvieron de huelga.
      ¡Muchas gracias por comentar! Que dicha que el texto te parece cuidado. Siempre procuro traer lo mejor posible, pero se me van dedazos cada dos por tres :( Si ves algo que no va bien, por favor me avisas para hacer las correcciones del caso para que la lectura sea más amena.
      ¡Felices fiestas!

      Eliminar

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