¡Sigue el blog!

Capítulo 25

25
IRREMEDIABLE


Cuando llegó junto a la caravana no supo si reír o llorar. Un oficial se golpeaba una y otra vez la cabeza contra el borde de la jaula, mientras que otro estaba tirado en el suelo con la frente abierta, y un tercero le atendía la herida. Como este oficial tenía el pelo mojado y un extraño olor a papa, supuso que le habían arrojado la conserva de tubérculos. Al mirar alrededor, vio los restos del barril de la conserva y adivinó que se lo habían echado encima para noquearlo o dejarlo atrapado.
—A ver si entiendo —dijo con las cejas arqueadas, con tics nerviosos por la risa y la presión—. ¿Un hombre que apenas se puede tener en pie, una mujer y seis niños, entre ellos un bebé que ni siquiera levanta la cabeza, los engañaron, noquearon y ataron para escapar?
El único soldado en condiciones de responder se mordió los labios y asintió en silencio, demasiado molesto y avergonzado consigo mismo.
—Bueno, no podemos perder más tiempo aquí —dijo Enlil tras dar un suspiro—. Este es un lugar muy peligroso y ninguno de ellos está en condiciones para enfrentarse a un demonio.
Enlil bajó del caballo, se acercó al soldado que no dejaba de golpearse la cabeza y le puso la mano en la frente para detenerlo. Luego, poco a poco, le quitó el pequeño hechizo de confusión que le habían puesto. «¡Qué vergüenza!», pensó el General. «¿Y este oficial pertenece a un Escuadrón?». Desde que le aplicó el hechizo de sangre, Darius estaba muy débil. Él solo no habría podido embrujar a una persona; probablemente uno de los niños lo ayudó. «El peli-rosado», supo Enlil tras percibir la magia débil de Darius y la ligeramente más fuerte de Drake.
Enlil no supo si reír orgulloso de su nieto o llorar preocupado.
El pequeño peli-rosado. Como su madre, Njord.
Como su abuela, Zoe.

****

No fue fácil volver. Recorrer el camino entre los árboles. Mirar la casita de la colina. Escuchar las olas que rompían contra el risco. Una pequeña espina le rasgó el corazón cuando notó cada cambio que el tiempo hizo alrededor. Como las ramas rotas de los árboles viejos o los troncos crecidos de los árboles que fueron jóvenes en los primeros recorridos, cuando cortejó a la profetiza de la Península. Creyó que lo más difícil fue detenerse frente a la choza y ver que el bebé de ojos mestizos acababa de abrir la puerta ya convertido en hombre, con el ceño fruncido y una mirada cautelosa tan idéntica a la de su madre. «Lo sabe», comprendió Enlil. «Sabe que he venido por él». Por eso había abierto la puerta, para recibirlo.
En cuanto Darius lo miró, el General vio un rastro de sorpresa. Aunque el mestizo también era un telépata, no había entrenado las habilidades de la mente y no tenía ni idea de cómo bloquear sus pensamientos. Por eso Enlil vio con claridad sus preocupaciones y sobresaltos.
Vio a la familia que protegía detrás de esa puerta, en la casita donde había sido feliz y triste. Percibió el recuerdo amargo del cuerpo ensangrentado de Zoe en el patio, así como la culpa. Enlil nunca antes había sentido escalofríos y alivio al mismo tiempo, pero le agradó la sensación. Comprendió que Darius no sabía quién era el verdadero asesino de su madre y que siempre creyó que había sido un desquite de Lord Anterius por la humillación que le hizo pasar cuando era un crío.
Enlil también supo que aunque Darius había salido a recibirlo, en realidad no sabía qué esperar. Había reconocido al hombre que impidió que matara a Anterius hacía muchos años, pero no supo qué significaba la visita. ¿Era otro desquite del Lord? ¿Una recolección de impuestos? ¿Acaso un alistamiento militar forzado? Fuera como fuese, Darius estaba empeñado en recibirlo todo de un golpe porque su tesoro más preciado dependía de ello.
Al General lo fascinó lo honesto que era su hijo, lo fácil que era leerlo como si se tratara de un libro, y lo caluroso y decidido que era. Lo había espiado varias veces cuando era un chico, pero este era el primer vistazo que hacía a su corazón. No podía creerse que Darius fuese tan apasionado por su familia y que los amara con cada trozo de su ser. «En eso quizá se parece a mí», pensó Enlil. Si le había heredado a Darius la capacidad de amar incondicionalmente a un hijo, entonces quizá no había cometido un pecado tan terrible al engañar a Zoe.
Cuando el mestizo preguntó qué quería, Enlil vio de nuevo a Zoe en sus ojos. La cautela y el valor de su madre vivían en la mirada de Darius.
Pero también su insolencia y resistencia.
Cuando el General le comunicó que estaba allí para llevarlos a él y a su familia a Masca, Darius simplemente se carcajeó y dijo que no le interesaba. Aún no le apetecía –y nunca lo haría– la oferta que Enlil le había hecho hacía unos años en la mansión de Lord Anterius.
Pero tenía que llevarlo a Masca. Ya no podía retrasarlo más. El Emperador le perdonó el último fallo solo porque Darius estaba muy inestable y disolvió un castillo entero con el poder descontrolado de la mente. Esta vez tenía órdenes expresas de casi matarlo si era necesario. Enlil no quería llegar a ese extremo, pero el Escuadrón Vento era otro cantar. Uno de los soldados intercambió con él una mirada para pedir permiso para actuar. Enlil asintió casi desapercibidamente y se forzó a mantener los ojos abiertos mientras el oficial se acercaba a Darius para tumbarlo. El resto de los soldados entraría a la casa, tomaría a los niños y listo.
Darius no cayó de inmediato, sino que recibió el ataque como se lo había propuesto: de frente, sin titubear. Fue entonces cuando la parte verdaderamente difícil comenzó: Darius sabía pelear a pesar de no recibir entrenamiento militar, y por eso los soldados se ensañaron con él. A pesar de que la técnica del mestizo tenía muchas fallas, era rápida y engañosa y, ¡qué vergüenza!, con ella logró tumbar al primer oficial. En otras circunstancias Enlil habría enviado a voluntad al resto de soldados para enderezar el ridículo que había hecho el primero, pero... sintió una punzadita de orgullo por el golpe que Darius había acertado.
El Escuadrón Vento se tomó el golpe como una ofensa y se unió a la tunda contra el mestizo. Eso fue lo más difícil para Enlil: quedarse atrás, montado sobre el caballo, mientras los soldados acertaban golpes e impactos eléctricos en su hijo. Ver el ataque fue una tortura. «Soy su padre, se supone que no debería permitir que esto le suceda». Pero tenía órdenes y ya las había desobedecido muchas veces. Si fallaba de nuevo él no sería el siguiente a cargo de llevar a Darius a Masca. Además de Sigfrid había más comandantes, almirantes, coroneles y capitanes con mucha capacidad para ejecutar las órdenes de Su Majestad. Y ellos sí que se bajarían del caballo para acabar personalmente con la resistencia del mestizo. «Porque soy su padre no puedo permitir que eso le pase. Esto es lo mejor para él».
Cada vez que Darius recibía un golpe, Enlil deseaba en parte que se quedara en el suelo, inmóvil, para que el Escuadrón ya no tuviera excusa y dejara de atacar. Pero otra parte esperaba ansioso a que Darius se levantara, que opusiera más resistencia. Que se aferrara como un león a los últimos instantes de libertad que tenía. Que no perdonara cada golpe y moretón que recibiera, sino que los devolviera multiplicados. A final de cuentas, Enlil era un guerrero y estaba muy complacido de ver que su hijo también lo era.
Las pocas oportunidades de Darius se desvanecieron por completo cuando un soldado se transformó en un ave gigante. La transformación lo tomó por sorpresa y el ataque combinado del ave y las descargas de los otros soldados lograron tumbarlo finalmente. Enlil esperó, todos esperaron. Un segundo, dos. Darius no se movió. Tres, cuatro. Sus dedos arañaron el suelo. Cinco, seis. Los brazos le temblaron mientras iniciaban la tarea de incorporarlo. Siete, ocho. «Se va a levantar». Nueve, diez. Los soldados sonrieron retorcidamente, felices por continuar con la carnicería. Once, doce. «Se está levantando». Trece, catorce. El Escuadrón tomó posición de ataque y...
—Basta.
«No puedo permitirlo. Ya no más».
—Yo me haré cargo.
«Soy su padre. Este es mi trabajo».
Enlil bajó del caballo y se abrió paso hacia Darius. El mestizo ya estaba del todo incorporado y atento. Cuando estaba a unos cinco pasos, el General sintió las ondas invisibles que se formaban en el aire como tentáculos. Era un despliegue telequinético muy débil y ni siquiera el indisciplinado Escuadrón Vento tendría problemas en resistirlo. Pero cuando Enlil dio otro paso más, las ondas aumentaron de densidad y se movieron más rápido. Aunque Enlil vio el ataque y lo esquivó sin problemas, un tentáculo alcanzó a otro soldado y lo lanzó de espaldas al suelo con tanta fuerza que el oficial se encogió de lado y tosió sangre.
Las ondas se hicieron más veloces y gruesas, lo suficiente como para entrever sus curvas en el aire. Enlil no percibió la confusión que Darius experimentó en el castillo de Anterius. Pero sí notó que algunas partes del suelo se desquebrajaban, como si un gigante las estuviese pisando, y se evaporaban como si fuesen humo. Era una locura. ¿Acaso Darius intentaba emular lo que pasó en el castillo del Lord? Aunque no estuviese tan confundido y acongojado como cuando era un chico, no podría controlarlo ahora. Para lograrlo necesitaba muchos años de entrenamiento y experiencia en el control de las artes de la mente. Enlil tenía esa experiencia y ni siquiera así se atrevía a llegar a ese extremo por temor a equivocarse.
Supo que no bastaría con noquearlo. Eso solo pospondría el ataque de Darius. Si no lo neutralizaba por completo, en el camino a Masca recurriría a ese truco las veces que fuesen necesarias para escapar, sin sospechar que así también se pondría en peligro. Para llevarlo a salvo tenía que asegurarse de que sus esencias fuesen tan débiles que no pudiese tan siquiera mover un lápiz.
Sin pensar más en el asunto, Enlil tomó una daga que cargaba a la cintura y se cortó la palma de la mano. Luego retomó el avance hacia Darius, esquivando con facilidad los tentáculos que el mestizo lanzaba contra él. Era admirable que Darius pudiese emplear un hechizo así sin preparación previa y con una tunda encima, pero todavía estaba a años luz de la capacidad de un General. Cuando al fin lo alcanzó puso la mano ensangrentada sobre una mejilla del mestizo, que tenía una cortada por uno de los varios golpes que había recibido.
Sus sangres se mezclaron. Un círculo luminoso y carmesí se formó delante del rostro de Darius. El muchacho no tenía ni idea de qué estaba a punto de suceder; de lo contrario se habría apartado para enfrentar el dolor inminente. En lugar de eso miró a Enlil y se preguntó quién era ese hombre, por qué estaba tan empeñado en llevárselo a Masca. Cuando comenzó la agonía del hechizo, Darius lo comprendió.
Pero ya no pudo sentir nostalgia, furia, emoción o rencor al conocer a su padre, porque todo lo que tenía en ese momento era el dolor.

****

Enlil chupó los dientes. Todo fue de mal en peor poco antes de llegar a la Muralla Este de Masca. Un brote de peste había atacado los campamentos alrededor del muro y se había extendido por varios de los pequeños pueblos más cercanos a la Capital. La peste era terrible y ningún militar con dos dedos de frente se arriesgaría a recorrer un territorio con un brote. Menos cuando llevaba una caravana con prisioneros que no estaban en su mejor momento.
Los niños todavía eran muy pequeños y el hechizo de sangre afectó a Darius más de lo que Enlil había querido. La única que estaba en buenas condiciones era Njord, la mujer que su hijo había tomado por esposa.
Sin perder más tiempo, Enlil espoleó el caballo. Siguió el rastro de la familia de profetas junto a unos cuantos soldados.

****

Los gritos en la casa le erizaron la piel. Enlil cortó el hechizo de sangre tan pronto como le fue posible, pero no pudo hacer nada con los efectos secundarios. Dejó que Darius convulsionara en el suelo, ordenó al médico de soporte que se hiciera cargo del mestizo, y luego echó a correr a la choza. «Por favor, qué estén bien». Los informes decían que Darius tenía un par de gemelos y un par de mellizos. Los cuatro eran muy pequeños y el eco del hechizo de sangre podría dejarlos con graves secuelas por el resto de la vida.
La escena fue peor de lo que había imaginado. Además de los niños mayores, había un quinto que se retorcía aún más que sus hermanos y su padre. Enlil estuvo a punto de lanzarse sobre él, tomarlo en brazos y llevarlo al soporte médico, pero entonces reparó en la mujer que daba vueltas por la habitación y que se inclinaba al lado de cada uno de sus hijos sin saber qué hacer, cómo ayudarlos, a cuál cuidar primero.
Por un instante la confundió con un espectro por lo pálida y llorosa que estaba, por sus gritos agudos de ultratumba y, sobre todo, por ese cabello largo y rosa como el atardecer. Enlil creyó que el fantasma de Zoe estaba allí, maldita y enfurecida, aullando de desesperación por no poder proteger a sus nietos.
Pero cuando ella reparó en su presencia, Enlil comprendió que no podía ser Zoe. El color de cabello era el único rasgo que compartían, pero sus rostros eran muy distintos. Los ojos de Zoe fueron zafiro y valientes, como si estuviesen hechos de elixir de independencia y vitalidad. En cambio, los de esta mujer eran verdes y asustados, vulnerables e indecisos. Ella no se retorcía en el suelo, pero el hechizo de sangre le había dado un golpe terrible.
No supo por qué pero le recordó a Alexia, que había enfrentado la muerte con dignidad a pesar del miedo. Enlil siempre creyó que los últimos momentos de su madre fueron difíciles, pero acababa de descubrir que se había equivocado. Quizá fueron los más sencillos, porque lo único que tuvo que hacer fue defender a su hijo y supo hacerlo, pudo hacerlo. En cambio, ¿qué podía hacer esta mujer? ¿Cómo podía proteger a sus cachorros del dolor que les recorría el cuerpo y que parecía matarlos a toda velocidad? No era que fuera débil, sino que no sabía cómo ser fuerte en ese instante tan eterno.
—¿Por qué? —le preguntó ella.
La vulnerabilidad siguió allí, pero en su mirada también se asomó una pizca de furia y otra de indignación. Cuando ella le enseñó el bulto que cargaba en brazos, Enlil conoció a su sexto nieto.


Enlil no se había preparado para el hechizo de sangre. Como no creyó que Darius se resistiría tanto, imaginó que la intervención del Escuadrón Vento sería suficiente. Por eso no había traído más de un soporte médico, aunque en ese día deseó tener un curandero para su hijo y otro para cada uno de sus nietos. Sin embargo, él y la mujer de cabello rosa tuvieron que resignarse con un solo doctor y fue hasta la tarde cuando al fin Darius y los chicos estuvieron estables.
Enlil había traído una jaula de metal que era maciza e impenetrable por fuera, pero fresca y amueblada con catres bajos por dentro. No dejaba de ser una prisión móvil, pero por lo menos era mucho más cómoda y acogedora que una celda con piso de paja y sin protección contra el frío y la lluvia.
Los soldados subieron a los profetas dentro, uno por uno. Enlil detuvo a Njord y la llevó aparte.
—Puedes quedarte —le dijo—. Tú y el niño pueden quedarse aquí.
Enlil aún no se explicaba cómo, pero el bebé había sobrevivido. Al principio Connor lloró tanto que estuvo a punto de reventarles los tímpanos a los soldados. Cuando se calló, Enlil y Njord creyeron que se había muerto. Resultó que se había dormido por el cansancio, pero estaba en perfectas condiciones. No tenía costillas ni vértebras rotas, y al parecer tampoco tenía sangrados internos. Cuando el doctor midió su nivel de magia, tenía el flujo constante y sano de un recién nacido.
Njord no se había separado de Connor y Enlil no tenía intenciones de forzarla a dejarlo ir. Ahora que los profetas estaban mejor, Njord había entrado en una etapa de calma inusual, como si se estuviera preparando para explotar en el momento menos esperado. En el fondo de sus ojos, Enlil todavía veía el miedo y el instinto natural de una madre de proteger a sus hijos. Ya no parecía una simple mujer asustada, sino una tigresa acorralada y a la espera del momento adecuado para atacar.
¿Cómo podía llevar a semejante riesgo consigo? «No, puede poner todo en peligro ». La resistencia de Darius no era algo que solo vivía en él. Njord también la tenía y por eso mismo era la pareja del mestizo. Pero, también, ¿cómo podía llevarse como prisionera a una mujer que nada tenía que ver con lo que estaba ocurriendo? Si por Enlil fuera no se llevaría a ninguno de ellos a la Capital. Las órdenes se lo exigían, pero no decían nada sobre Njord. Podía dejarla libre y, con ella, también podía darle una oportunidad al pequeño bebé que había salido prácticamente ileso de un hechizo de sangre. Por lo menos ellos dos se salvarían de Masca, los Tonare, los sacrificios de la Profecía...
Njord arrugó la frente, pasó al lado de Enlil y subió a la jaula sin que ninguno de los soldados la forzara o la ayudara. Antes de que cerraran la puerta con seguro, ella lo miró a los ojos fijamente. «Me equivoqué». Njord no tenía los ojos de Zoe, pero sí se le parecía en algo. Enlil todavía no sabía en qué, pero era capaz de ver la verdad aunque no pudiese comprenderla.

****

Además del brote de peste en la puerta Este, había otro en la puerta Sur. «Debí haber ido a la Muralla Norte», pensó cuando recibió las malas noticias. Sin embargo, dada la fuerza de la epidemia no se atrevió a desandar el camino, pues para llegar a la puerta Norte tenía que regresar primero al Este. Su única opción, entonces, era bordear el Pantano por el sur, llegar al pie de una de las montañas Ka y hacer todo el recorrido hasta la Muralla Oeste.
Fue un viaje condenadamente largo y peligroso, y a Enlil no le gustó ni una pizca cómo todo se confabuló en contra de llevar a los profetas por la ruta más segura. Y como si la peste no fuese suficiente, comenzaron los derrumbes. Al principio se los encontraban en medio del camino, bloqueando la ruta a través de la montaña. En esas ocasiones Enlil chupaba los dientes, calculaba que perdería de tres días a una semana entera limpiando el camino y daba la orden a los soldados de empezar a remover roca.
Luego vivieron el derrumbe. En la primera ocasión se salvaron por los pelos de no caer montaña abajo en una cascada de tierra y piedras. En la segunda ocasión perdieron un caballo y en la tercera un soldado quedó enterrado bajo los escombros. Lograron sacarlo con vida, pero se había roto la columna y tuvo que compartir celda con los profetas para viajar.
Bajo esas circunstancias Enlil no pudo maniobrar mejor. Todo habría sido distinto si en lugar del Escuadrón Vento hubiese tenido al Escuadrón Terra, pues con ellos habría podido limpiar el camino más rápido y protegerse mejor contra los derrumbes. Pero con el Escuadrón Vento, y una caravana de niños pequeños y débiles, solo pudo eludir el peligro tan bien como le fuese posible, esquivando los derrumbes y avanzando lejos de los deslizamientos.
Y así pararon en el Pantano.
Enlil creyó que con la mala suerte que tenían no sería raro que se toparan con un demonio cada día. Sin embargo, allí el camino fue más estable y constante a pesar de las ciénagas, como si navegaran en un mar tranquilo con buen viento.
Hasta ahora.
Empezó en la mañana, con un alarido lejano que les erizó la piel. Todos supieron que era una horda de demonios, que había pillado su esencia y estaba en la cacería. Si hubiesen tenido solo los caballos, Enlil habría intentado ganarles la carrera hasta encontrar un sitio seguro. Pero las ciénagas dificultaban la marcha de los corceles y tenían una jaula de metal jalada por bueyes. No había forma de avanzar más rápido que los demonios en esas circunstancias, así que la única solución era enfrentarlos antes de que alcanzaran la caravana.
¿Pero quién habría imaginado que los profetas elegirían precisamente ese momento para escapar? Enlil no se podía creer lo idiotas que eran. Hasta el más bruto del Escuadrón Vento –y ninguno era precisamente una lumbrera– se habría dado cuenta de que debía permanecer en un grupo fuerte para enfrentar a un demonio de Pantano. ¿Por qué ellos no lo habían entendido? ¿Cómo era posible que Njord y Darius arriesgaran así a sus pequeños hijos?
«No. Njord no lo habría hecho». Mientras seguía las pisadas diminutas de sus nietos, Enlil apretó los dientes. Esto tenía que ser decisión de Darius. De su tonto, testarudo, frágil y fuerte Darius. ¡Oh, cómo lo iba a castigar por darle el susto de la vida!

****

Njord lo sorprendió. Sabía que estaba asustada, enfadada y preocupada porque sus ojos estaban irritados de tanto llorar y tenía ojeras por la falta de sueño. No debía ser nada fácil ser la única ilesa en una familia minada por la debilidad, ni ser la responsable de alimentar, asear y proteger a seis niños y un hombre. Aunque estaba con su familia, también estaba sola contra las adversidades y un grupo de hombres que en cualquier momento podrían aprovecharse de ella.
En esas circunstancias, Enlil se imaginó que Njord sería distante, cautelosa y un poco insolente para esconder su ansiedad, aunque en el fondo sería sumisa por temor a que la separaran de los niños o que Darius recibiera algún nuevo maltrato. Sin embargo, la resistencia de Njord fue mucho más callada y paciente de lo que a Enlil le habría gustado. Cuando el soporte médico entraba a la celda para asegurarse de que los prisioneros estuviesen estables, Njord se sentaba al borde del catre de Darius y miraba fijamente al doctor, con una expresión impasible, sin rastro de furia o agradecimiento. Si Enlil también entraba para asegurarse personalmente de que todo iba bien, él era el blanco de esa mirada vacía y a la vez tan llena.
Aún no sabía exactamente en qué se le parecía a la madre de Darius, pero ese rostro calmado y esa mirada intensa le hicieron recordar a Sigfrid. La reacción silenciosa y paciente lo hizo pensar en el Emperador. Ninguna de las dos comparaciones era buena, así que Enlil se preparó mentalmente para recibir el embate de Njord.
Pero nunca llegó.
Poco a poco, los niños empezaron a reaccionar. Estaban muy débiles como para mantenerse despiertos por más de unos cuantos minutos, pero día a día, semana a semana, se hicieron un poco más fuertes. A veces, por las noches, Enlil escuchaba las vocecitas de sus nietos que, acomodados alrededor de su madre, le hacían preguntas sobre lo que sucedía o le pedían un cuento para dormir.
Con la mejora de los niños el aspecto de Njord mejoró y también su actitud. Todavía era distante con sus carceleros, pero se veía menos perdida y desesperada, más fuerte y decidida. Lo único que la mantenía a raya era la condición de Darius, que no parecía mejorar.
—Hay varios tipos de medicina —explicó el soporte médico a Enlil, pues el General se preocupó de que Darius no diera señales de despertar a pesar de que ya llevaban tres meses de viaje—. Hay medicina para el cuerpo, la mente y el corazón, que se enferman bajo ciertas circunstancias. Pero lo que él necesita es medicina para la magia. Sin magia un mago muere, y él apenas tiene la suficiente para respirar. Sin embargo, la magia también es como la sangre. Si una persona recibe una herida grave y pierde mucha sangre, tiene que sanar y descansar. El cuerpo repondrá la sangre perdida poco a poco. Con la magia es lo mismo, pero toma más tiempo. Así que solo nos queda esperar.
Enlil se preguntó si, como la sangre, la magia también podía transferirse de una persona a otra como en una transfusión. Por eso adquirió la costumbre de armar su sitio para dormir al lado de la jaula, justo donde calculaba que Darius estaba. Pasaba gran parte de la noche concentrado en la energía que fluía dentro de él para expulsarla en pequeñas ondas alrededor, con la esperanza de que una parte rociara a Darius y lo ayudara. Pronto descubrió que él no era el único con esa idea, pues a veces, cuando él y algún soldado abrían la jaula para alimentar a la familia, encontraba a alguno de los niños al lado del catre de Darius.
Fenran, el de los ojos mestizos, siempre lo mecía con fuerza para despertarlo, sin comprender por qué papá lo ignoraba. Los gemelos a veces hacían cosquillas a su padre para hacerlo sonreír, sin resultados. La niñita se acurrucaba junto a Darius y lo apretaba con fuerza, como para hacerle saber que estaba allí con él. Y el niño bonito de cabello rosa simplemente se quedaba de pie junto a Darius, mirándolo fijamente y con un mohín, como si estuviese muy concentrado.
El soporte médico alentó esas muestras de cariño, porque el contacto con otras criaturas mágicas estimulaba el flujo de energía; por eso tanto los niños como Darius se beneficiarían. Enlil tardó en comprender que si había alguna mejora en Darius, el que merecía todo el crédito era Drake. El mohín del chico mientras miraba a su padre era un reflejo de su esfuerzo, pues intentaba conectar telepáticamente con él para despertarlo.
Pero la mente de Darius estaba en blanco, como si Enlil la hubiese apagado con un chispazo tras aplicar el hechizo de sangre.
Fue por esa época que Njord comenzó a salir de la jaula. Desde un principio él había establecido la regla de que Njord era libre de irse cuando quisiera. Desde luego, ninguno de los brutos del Escuadrón Vento podía ponerle ni un dedo encima. No había necesidad de repetir los horribles acontecimientos posteriores a la violación de Zoe. Además, ya que Njord era esposa de Darius, Enlil estaba en la obligación de tratarla como a una hija.
Njord salió de la jaula pero nunca abandonó la caravana. Construyó arco y flechas y se dedicó a cazar para su familia. Cuando caía la noche, el estofado de Njord olía mucho más apetitoso que el del Escuadrón, pero los únicos que tenían derecho a comer eran la cocinera y su familia. Los días que Njord no cazaba se procuraba buenas raciones de la comida del Escuadrón. A los soldados esto no les pareció justo, pero Enlil lo permitió. Después de todo, los profetas eran sus prisioneros y su responsabilidad mientras que Njord no les debía nada a los oficiales. En lugar de ofenderse por no ser invitados a la mesa, él y los soldados debían estar agradecidos de que la mujer no hubiese intentado flecharlos ni una vez.
En algunas ocasiones pasaban la noche en un pueblo o incluso en el castillo de un noble local. Entonces los profetas podían salir de la jaula y dormir en habitaciones con camas de verdad y cenar como si ya estuviesen en Palacio. A Enlil le gustaba decirles entonces que cuando llegaran a Masca dormirían en cuartos así todo el tiempo, comerían aun mejor y podrían jugar todo el día en bonitos jardines. Supo que con eso picaba la curiosidad de los niños, pero Njord simplemente guardaba silencio y lo miraba con la expresión de siempre, impasible, inescrutable.
Darius al fin reaccionó, pero –tal y como los niños al principio– no podía mantenerse despierto por mucho tiempo. Enlil empezó a tantear el terreno con telepatía para saber cuándo Darius estaba despierto y cuándo dormido. Así no tendría que enfrentarlo cada vez que abría la celda para que Njord saliera o cuando visitaba la habitación de los profetas cuando se quedaban en casa de un noble. Mantuvo la costumbre de dormir o mantener la guardia al lado de la jaula para enviarle sus ondas de energía a pesar del muro metálico y emocional que los separaba. También retomó el viejo hábito de espiarlo a la distancia cuando nadie ponía atención.
Una noche, cuando se quedaban en el castillo de un duque, Enlil hizo guardia al pie de la torre en donde habían hospedado a los profetas. En silencio, con timidez, percibió la velada familiar. La cancioncilla que los gemelos entonaban para dormir al bebé. El juego de escondidas de la niña y el pequeño de ojos mestizos. La palpitación lenta de Darius mientras, con voz cansada, contaba una historia a Drake, quien ya estaba acurrucado en sus brazos y más despierto y espabilado que su pobre papá.
Esos eran sus prisioneros, su familia. Maldita por tenerlo como patrón y bendita por estar unida y hallar momentos de alegría en medio de tanta inseguridad. Estaba tan concentrado en ellos que se percató de la presencia de Njord hasta que ella ya estaba a unos pasos. Cuando la mujer se detuvo junto a él, su rostro parecía un poco distinto. Algo se asomaba por entre la máscara de impasibilidad.
—He pensado mucho en ti —dijo ella. Su voz no fue dulce como cuando le hablaba a los niños, ni cariñosa cuando empujaba a Darius a la cama para que se durmiera otra vez—. Sonríes, pero cierras la jaula que atrapa a mi familia. Bromeas con los soldados, pero en realidad los tienes amarrados con una soga muy corta al cuello. En resumen, pareces ser un hombre cruel haciéndose pasar por simpático. Y sin embargo, sé que no es así. En el fondo creo que eres un buen hombre.
Eso tomó por sorpresa a Enlil. ¿Un hombre cruel? Sí, a veces, pero la crueldad no era una condición innata en él sino un arma que de vez en cuando debía empuñar. ¿Pero un buen hombre? No, hace mucho tiempo que no lo era. Su alma había empezado a descomponerse, a pudrirse como carroña mucho tiempo antes de matar a Reiner. Aunque una parte todavía se empeñaba en ser buena y hacer el bien, ya el daño estaba hecho. La descomposición no era algo que pudiera revertirse.
—Lo he notado —continuó Njord— en la manera que custodias la caravana. En las miradas silenciosas con las que lo vigilas. En el hábito de hacer guardia cerca de él. En el miedo de mirarlo a los ojos. Le has hecho mucho mal y ni siquiera intentaste evitárselo, pero te sientes culpable por él. Tú lo amas, pero no sabes cómo hacerlo. Es sencillamente triste.
Njord dio media vuelta para regresar a la torre.
—Querer poseerlo y encerrarlo para admirarlo desde la distancia no es la forma correcta de amarlo. Y lo sabes. Ya le hiciste mucho daño, así que detente. Nunca será tuyo porque es nuestro. Mío y de mis hijos. Solo quería decirte eso porque, como sé que eres un buen hombre, tal vez me escucharás.
Durante el resto del viaje Njord se comportó igual con los soldados: apenas les prestaba atención. Pero cuando miraba a Enlil lo dejaba ver algo sobre la superficie calmada de su rostro: lástima. Sin necesidad de hablar entre ellos, Njord lo había descifrado, lo había visto tal cual era: un hombrecillo envuelto en armadura. Una fachada patética para un hombre cobarde que no había sabido cómo acercarse a lo que había esperado por tanto tiempo. Njord lo compadecía, en especial porque ella sabía lo inútil de los esfuerzos de Enlil.
Darius siempre lo detestaría.
¿Había algo más humillante que la compasión de esa extraña? Enlil ni siquiera pudo aborrecer esa condescendencia porque supo que era cierto. Jamás tendría el perdón de su cachorro. Así que envidió a Njord por tener lo que él no: el amor asegurado de Darius.
A pesar de la lástima y la envidia que existían entre él y la esposa de su hijo, llegaron a un acuerdo implícito de paz. Ninguno molestaba al otro. Njord sabía que contaba con la protección de Enlil para ir y venir como quisiera, sin preocuparse de los soldados. Ni siquiera la piropeaban por temor a una descarga telepática. Y a cambio, Enlil contaba con la seguridad de que ella no le saldría con un revés. Njord comprendía muy bien que un intento de escape sería inútil con la atención de un General, la brutal eficacia de un Escuadrón y la debilidad generalizada de Darius y los niños.
Njord siempre cumplió su parte del trato. Siempre...
... hasta la mañana con los demonios de Pantano.

****

Él y los soldados se detuvieron a la vez. El rastro de la familia fue siempre claro y a partir de ese punto lo fue todavía más. Con un vistazo, Enlil y los oficiales comprendieron que las huellas estaban doblemente marcadas, como si los profetas hubiesen retrocedido sobre sus pasos con exactitud.
Ah, eso era de novatos. Quizá un civil habría seguido las huellas hasta un punto muerto, pero los soldados especializados habían recibido un entrenamiento exhaustivo y sabían reconocer un rastro verdadero de otro falso. Esa fue una de las primeras habilidades que Enlil aprendió de niño cuando escapaba de Reiner.
Encontraron el nuevo rastro con facilidad, sobre unas piedras a un lado del camino. Casi todos los profetas habían caminado sobre ellas para no dejar huellas sobre el suelo cenagoso, pero aun así varias tenían rastros de arena. El único que no había usado esa treta fue Darius, pues sus huellas en el camino principal no estaban doblemente marcadas.
«Él siguió por su cuenta», supo Enlil. ¿Acaso porque imaginó que los soldados descubrirían el rastro falso? ¿Lo hizo para darle tiempo a su familia de escapar mientras Enlil y los demás iban tras él? Fuera como fuese, no importaba. Había suficientes oficiales para seguirlos a todos. Además, Enlil estaba seguro de que Darius jamás abandonaría a su familia. No, de seguro planeaba buscar un camino alterno, quizá sobre más piedras, para darle la vuelta al recorrido y reunirse con Njord y los niños.
Lástima que el Pantano era un lugar terrible para intentar algo tan arriesgado. La niebla se arremolinaba o se adensaba sin previo aviso, así que era muy fácil perderse. Eso sin contar a los demonios.
—Ustedes sigan el camino —dijo mientras señalaba a tres oficiales, los menos brutos y violentos—. Los demás síganme por aquí.
Aunque era la decisión más acertada, Enlil rechinó los dientes cuando siguió a Njord y a los niños. Le habría encantado ir personalmente por Darius para darle un coscorrón por idiota, pero bajo ningún concepto podía permitir que una mujer estuviese sola en el Pantano con niños tan pequeños. ¡Eran muy vulnerables! De seguro que Darius preferiría que alguien los protegiera de los demonios en lugar de a él. Además, Enlil estaba seguro de que si atrapaba a los niños, Darius regresaría por ellos a como diera lugar.
Avanzaron con el paso estable de los corceles, muy atentos a los alrededores. Si no se andaban con cuidado pasarían justo al lado de los fugitivos sin haberlos visto por la niebla. O peor: un demonio se materializaría de repente y los golpearía con todo.
Les tomó una eternidad. En más de una ocasión perdieron el rastro por culpa de la bruma y tuvieron que regresar sobre sus pasos para buscar nuevas pistas. Con cada minuto que pasaba la temperatura disminuía. Enlil se sintió temblar, pero no supo si fue por la tarde que caía, por la presencia de algún espíritu maligno o por el miedo.
«Dios, ¡en cualquier momento voy a explotar!». Estaba al borde de un ataque de pánico. ¿Dónde estaban Njord y los niños? ¿Dónde estaban sus huellas? «Por favor, por favor, que hayan podido escapar. Por favor, que estén lejos y a salvo de aquí. No me importa si tengo que rastrearlos durante años, pero Dios, por favor, no dejes que nada malo les haya pasado. Te lo suplico, no dejes que ningún demonio los haya encontrado».
Gris, todo era gris, como si estuviesen avanzando en nubes de tormenta y en cualquier momento un trueno les martillara los oídos. Los oficiales cerraron la distancia entre ellos para evitar perderse entre la bruma, que era tan intensa que casi no se podían distinguir figuras. Pero Enlil sí logró ver algo entre la niebla: unas enormes rocas. Si él fuese Njord, ¿qué haría? ¿Avanzaría ciega entre la neblina para despistar al Escuadrón o esperaría en un punto más o menos visible a que las condiciones mejoraran? Como no tenía nada que perder, Enlil marchó hacia las rocas, atento al suelo en busca de huellas.
—Lo encontramos —sonrió uno de los soldados—. Aquí está el rastro.
Enlil también se permitió una sonrisita, pero unos segundos después la sonrisa se le derritió en los labios.
Había alguien en el suelo.
«No, quizá son más rocas», pensó. «Con esta maldita niebla no se puede ver nada bien». Pero supo que era una mentira patética porque otra parte de su entrenamiento militar consistía en reconocer las situaciones y los escenarios con detalle a pesar de las dificultades o el poco tiempo para mirar. Cuando estuvo a unos pasos de las rocas, supo que estaba en lo correcto: había llegado tarde.
Los soldados se dispersaron lo suficiente para explorar el terreno. Debían encontrar al demonio o algún otro cadáver sin perder de vista al grupo. Enlil, en cambio, bajó del caballo y se acuclilló al lado de Njord. Notó que junto a ella había varios rastros, la mayoría de niños. Otros dos pares de huellas llamaron la atención del General.
El primer par le dijo que Darius estuvo allí, acuclillado justo como Enlil. ¿La había encontrado muerta? ¿O la había visto morir? Ninguna de las dos opciones habría sido fácil. El hombro izquierdo de Njord estaba casi separado del cuerpo, como si algo la hubiese atravesado, y tenía el vientre rasgado, con las vísceras por fuera. Sufrió, de eso no tenía duda. Sin embargo... ¿por qué el cadáver estaba ahí? Cuando los demonios destazaban a su presa se la comían entera. Pero Njord todavía tenía las entrañas. Si el demonio no se la comió, ¿por qué la atacó?
Enlil analizó el segundo par de huellas, que estaban al otro lado de Njord. Eran pisadas profundas y grandes, con la marca de los talones y las garras bien definidas. Un demonio, sí, que luego echó a correr. ¿Por qué? ¿Por qué huyó? Y las huellas de Darius... seguían las del monstruo. ¿Por qué...?
—Señor, no hay rastro de los niños —le informó un oficial.
—¿Seguro?
—Ni siquiera hay sangre. Solo aquí.
A los lados de las huellas del demonio también había sangre. ¿Acaso le goteaba tras atacar a Njord? No. Esa sangre... era de las presas.
—Por Dios... —susurró—. Tiene a los niños.
Por eso Darius había seguido al monstruo, para salvar a sus hijos. Bueno, ¡pues Enlil también estaba listo para salvar a su cachorro y a sus nietos a como diera lugar! Se aupó al caballo de un salto, pero no pudo avanzar de inmediato porque un oficial se quedó plantado junto a Njord, inmóvil y pálido como una estatua.
—¡Apártate de mi camino!
—El hombro...
—Sí, sí, casi se lo arrancó. Es lo que hacen los demonios.
—¡No, no entiende! —El soldado avanzó hacia Enlil y detuvo la montura—. Señor, los demonios normales no atacan directamente al hombro. Si van a atacar golpean el cuello o las entrañas, que es una muerte segura. Esto —agregó mientras señalaba el cadáver de Njord— es un ataque con firma. Solo hay un demonio que ataca así.
Enlil no lo pilló de inmediato, pero los demás soldados palidecieron y se estremecieron.
—Fue... el come-almas —dijo al fin uno.
La temperatura disminuyó de nuevo. En esta ocasión, Enlil sí supo por qué. «Bienvenido, pánico».

****

No era muy común que Njord se acercara a él. Cuando no estaba con su familia, cazaba para ellos y no dedicaba ni cinco minutos de su tiempo a nada ni nadie más. Pero Enlil sabía desde hacía un tiempo que si quería que los niños y Darius –en especial Darius– se adaptaran sin problemas a la Capital, necesitaba la ayuda de Njord. Si podía convencerla de las ventajas de un buen comportamiento en Masca, ella motivaría a los profetas a aceptar su suerte y los beneficios de una vida holgada en la ciudad.
El problema era acercársele. Njord procuraba mantener un rostro impasible y desinteresado delante de los militares, pero si se le dirigía la palabra en tres oraciones seguidas empezaba a enojarse. Era fácil notarlo por la ligereza con la que entornaba los ojos, por la forma en que apretaba los puños y la mirada sombría de «Si me sigues hablando, te mato». No parecía acostumbrada a suprimir tanto sus emociones, así que Enlil pidió a los soldados que no la importunaran. Lo último que quería era que Njord explotara, tuviera una rabieta y alguno de los oficiales se olvidara de la amenaza de la descarga telepática e intentara ponerla en su lugar. Sin importar si Njord era risible o temible cuando estaba enojada, el resultado siempre sería el mismo: ella saldría lastimada.
Él procuró predicar con el ejemplo y no se inmiscuyó en sus idas y venidas. Pero como también tenían ese acuerdo sin palabras de no molestarse mutuamente, entre los dos se había abierto una brecha de silencio. Ambos se entendían un poco en ese mutismo, pero aun así había barreras que Enlil quería superar y no sabía cómo. La que debía dar un paso al cambio debía ser Njord. Si él lo intentaba, todo se echaría a perder.
Por eso, cuando Njord se le acercó durante la tarde, el General permaneció inmóvil en la roca donde se había instalado para montar guardia, aunque en su interior estaba nervioso y a la expectativa. Njord era de todo menos tímida, así que se sentó junto a él con la misma decisión con la que había abandonado el campamento. No perdió el tiempo en ceremonias, como comentar el clima, los imprevistos del viaje o lo poco que quedaba para internarse al Pantano. Lo miró directo a los ojos y preguntó de lleno qué pasaría con ellos cuando llegaran a su destino.
—Irán a Palacio —respondió Enlil—. Su Majestad, el Emperador Kardan, los espera desde hace mucho tiempo para que lean la Profecía en la espalda de sus sobrinos, los príncipes portadores.
—¿Solo eso?
—Solo eso.
Njord enarcó una ceja, preguntándole por qué Darius y los niños tenían que hacerlo. ¿Por qué ellos y no nadie más? Enlil le explicó que el clan de los profetas fue quien hizo el Pacto con Dios para la salvación de los aesirianos, pero que el clan había escapado hacía muchísimo tiempo. Ahora que la época de los Dragones había comenzado, Masca necesitaba de nuevo a los profetas para cumplir con la Profecía.
El General procuró ser lo más claro posible porque Njord era una campesina y desconocía muchas cosas que para él eran familiares desde niño: las condiciones de la Profecía, las Casas Militares, los clanes especializados, las familias aristócratas y su relación con la Familia Real... Antes de que se diera cuenta, le había explicado todo lo concerniente a la vida en Palacio y sobre el delicado balance entre unos nobles y otros.
—Darius lo va a detestar —dijo Njord—. Toda esa hipocresía entre esas familias ricas y esa horrible manipulación de unos sobre otros. Es asqueroso.
—No es tan malo —intentó consolarla Enlil—. El clan de los profetas fue una vez muy importante, casi tanto como las Casas Militares. Si algún aristócrata lo olvidara e intentara pisotearlos, su Majestad y yo lo impediríamos. Además, Darius es mi hijo. Sin importar el puesto político o la riqueza de una familia aristocrática, no se puede competir contra una Casa Militar sin pertenecer a una Casa Militar. De esas solo quedamos dos y Sigfrid, que es un Montag, no se meterá con ustedes. No es lo suyo.
Njord carcajeó, pero fue suave y breve, sarcástico y amargo.
—¿Pero no es eso lo que están haciendo ahora? ¿No están ustedes ya manipulando a mi familia? Incluso esto que haces conmigo, cuando intentas decirme que no debo preocuparme de nada, o cuando les dices a los niños que solo tendrán dulces y juegos en la ciudad... Eso también es manipulación.
Enlil guardó silencio. ¿Qué diría Njord cuando lo viera manipulando de verdad a alguien? Como cuando utilizó los sentimientos que Zoe tenía hacía él para embarazarla de Darius. Los Aesir tenían la fama más refinada –o la peor, dependiendo desde qué perspectiva se viese– de manipuladores. Pero Enlil estaba segurísimo de que su tetra contra la profetiza dio muchísimos puntos a los Tonare como maestros del engaño y la decepción.
Njord soltó un suspiro de frustración.
—Qué ironía —dijo la peli-rosada—. Darius siempre ha detestado a gente como esa y resulta que él mismo es como un principito bastardo. Si no se sintiera tan mal, probablemente se golpearía la cabeza una y otra vez contra la pared para intentar comprender la ironía. —Enlil rio.
—Oh, vamos, que no es un principito bastardo. Los príncipes son de la Realeza. Yo soy de la Nobleza Militar.
—¿Y cuál es la diferencia?
—La Nobleza gobierna sobre unos pocos, pero la Realeza gobierna sobre todos, incluidos los nobles. —Njord hizo una mueca.
—¿Entonces es un Lord o algo así?
—La Nobleza Militar se encarga de la campaña militar. Tenemos tierra, pero alguien más la administra en nuestro nombre. —Luego hizo una pausa—. Aunque mi abuelo fue un Lord. Si Lord Askard y sus hijos mueren, el título pasaría por derecho a los Tonare.
—Puaj —gruñó Njord y se golpeó la frente con la palma de la mano, como si acabase de escuchar lo más desafortunadamente estúpido del mundo—. Si Darius se entera va a querer matarse.
Enlil sonrió con timidez. Njord había entablado conversación con él y todavía no daba muestras de querer golpearlo, pero tampoco estaba reaccionando tan bien como lo había imaginado. El General estaba seguro de que cualquier otra persona en el mundo estaría muy feliz de descubrir que su cónyuge era de familia noble y rica, porque cualquier limitación que hubiesen vivido antes no la padecerían de nuevo. Njord debería estar feliz porque cuando llegaran a Masca muchísimas puertas se abrirían para ellos. Cierto, nunca podrían borrar esos largos meses de confinamiento y el dolor del hechizo de sangre, pero la vida sería mucho más prometedora y holgada para sus hijos en Masca de lo que nunca habría sido en la Península.
—¿Por qué esto es tan terrible para ti?
—Porque me mentiste —contestó Njord sin chistar—. Dijiste que lo único que Darius y los niños harían sería leer la Profecía. Pero si es hijo tuyo, también es militar. Entonces se espera algo más de él y de mis hijos.
Enlil guardó silencio de nuevo por unos segundos porque no tenía sentido negarlo. Intentó tener hijos con Dioné, incluso después de que Darius naciera, pero nunca lo consiguió. El mestizo era su único vástago y, por tanto, su único heredero. Cuando él muriera, Darius y los niños heredarían todo lo que tenía: sus casas, los ingresos de las tierras que poseía en el Sur y el resto de su fortuna, su estatus social y su título. Y también sus obligaciones.
—Entonces eso significa que lo único que puedes hacer es rezar por mí —dijo el General en tono burlón—. Pídele a Dios que me haga inmortal para que ni Darius ni los niños tengan que tomar algún día mi lugar. Yo te prometo que haré todo lo que pueda para que ninguno vaya jamás a la guerra. Haré todo en mi poder para mantenerlos a salvo.
Njord apretó los puños y los dientes. Empezaba a enojarse.
—Pueden renunciar a eso, ¿verdad? Si mueres, pueden darle todos tus lujos y tareas a alguien más, ¿verdad?
—No. —Enlil bajó la mirada—. Los nobles que gobiernan sobre otros pueden ceder sus derechos. Pero la Nobleza Militar no gobierna, sino que sirve. Nadie puede renunciar a servir al Imperio. Es nuestro derecho, nuestro honor y nuestro deber. Ni siquiera los Aesir pueden abdicar si no hay otro Aesir listo a tomar su lugar.
Njord se levantó. Enlil imaginó que la mujer se marcharía echando humo y que descargaría su frustración en la caza. Sin embargo, ella se situó delante de él, con los puños apretados sobre el regazo. Estaba sonrosada y temblorosa, como una jovencita delante del caballero del que se había enamorado. Enlil supo que en realidad estaba tan enojada y dolida que apenas podía contener las lágrimas.
—Darius y yo hemos hablado al respecto —dijo ella con voz temblorosa—. ¿Todavía sigue en pie tu ofrecimiento? ¿En el que yo... podía marcharme... con Connor?
A Enlil se le hizo un nudo en la garganta y se le secó la boca, pero asintió de todas formas.
—Si decides marcharte, por favor hazlo en otro momento. Este sitio es demasiado solitario y peligroso como para dejarlos a ti y al niño desamparados.
Si Njord decidía subir la montaña, correría peligro con los derrumbes y tendría problemas para mantener el calor durante las noches. Y si avanzaba por su cuenta en el Pantano, ella y su bebé morirían en pocos días, ahogados en la ciénaga o devorados por demonios.
Njord respiró profundo para darse valor y continuó:
—Darius y yo hemos hablado mucho al respecto. Él... él está dispuesto a hacer lo que pidas. —La mujer hizo una pausa y tragó fuerte—. Él está dispuesto a ser lo que quieras. Pero a cambio, por favor, por favor, deja que me marche... con nuestros hijos. Permite que me lleve a Dagda y Airgetlam, a Zoe y Drake, a Fenran y Connor. Y Darius será todo tuyo.

****

Pero él dijo no y ahora Njord estaba muerta. Quizá los niños también estaban muertos y Darius se estaba muriendo en ese instante. Enlil chupó los dientes. ¿Por qué no la complació entonces? La propuesta de Njord no beneficiaba mucho al Imperio, pues le quitaba seis profetas. Pero a cambio le daba a Darius ¿y no era él lo que había querido por tanto, tantísimo tiempo?

«Él está dispuesto a ser lo que quieras».

¿Lo que él quisiera? Si le pedía que fuera su hijo y el de Dioné, ¿lo sería? ¿Lo dejaría mirarlo, llamarlo por su nombre, palmearle la espalda, abrazarlo, amarlo? ¿Lo permitiría? Enlil acarició esa idea con cariño y devoción, pero la rechazó. Tuvo que hacerlo porque el Escuadrón Vento no habría guardado silencio. Tarde o temprano el Emperador o Sigfrid se enterarían de que dejó escapar a seis profetas y jamás se lo perdonarían. Los cazarían hasta el cansancio y los arrastrarían a Masca. Y con eso, Enlil perdería para siempre a Darius porque el mestizo no perdonaría que el General no cumpliese a cabalidad su parte del trato.
Ahora eso parecía tan pequeño en comparación con lo que estaba sucediendo. «No importa que me odie», decidió. «Dios, no importa que mi hijo me odie y devote su vida entera a matarme. No importa si nunca entiende que él es lo único bueno que guarda mi alma maldita. No importa. Pero por favor, deja que viva. Dale la oportunidad de recuperarse de todo esto y ser feliz. Dale todo lo que yo quise darle y no pude».
Mientras el caballo avanzaba tan rápido como podía, Enlil pidió toda la ayuda que necesitaba.

****

Njord no le volvió a hablar después de esa tarde. Solo la escuchaba por las noches, después de que terminaba de cocinar la cena y alimentaba a su familia. Su voz le llegaba como murmullos apagados, pero con la suficiente claridad para entender que cantaba alguna nana, contaba un cuento o reñía a alguno de los niños por no querer su ración.
Bajo sus cuidados, los niños mejoraron y engordaron un poco. Hasta Darius, que no podía mantenerse en pie por su cuenta, había recuperado algo del peso que perdió cuando estuvo en coma. A pesar de esto no hubo inconvenientes. Los niños no armaron jaleo. Jugaban en silencio y desviaban la mirada cuando el soporte médico o algún otro soldado entraban a la celda. Ni siquiera Darius decía nada.
Enlil debió haberlo sospechado entonces. Esa actitud sumisa. Ese silencio inusual en seis niños pequeños. Los labios de Darius, cerrados a cal y canto... Debió haber sabido que la familia se traía algo entre manos, que en su rebeldía muda estaban urdiendo un plan para retomar la libertad que les habían arrebatado. Pero él no lo vio porque nunca quiso verlo. En lugar de sospechar, se ilusionó. «Ya han empezado a aceptarlo», se dijo. «Ya pasó lo más difícil».
Pensó que una vez que llegaran a Masca, poco a poco podrían superar la mala experiencia y el abismo que existía entre él, Darius y los niños. Pensó que paso a paso, año tras año, podrían alcanzar un estado de paz. Nunca sería perfecto, como él tanto lo deseó cuando se propuso criar a Darius en Masca. Pero sería lo bastante bueno como para estar conforme y agradecido. A su manera, podría ser un padre y un abuelo.
Pero la vida está llena de «peros» y planes frustrados. Él ya debía de estar acostumbrado al fracaso de sus deseos, pero cuando encontró el cadáver de Njord, las huellas del demonio y las de Darius, que seguía al monstruo, el fracaso lo abofeteó de nuevo. Otra vez había perdido.
No hay nada tan doloroso como tener sueños e ilusiones y perderlos todos en un abrir y cerrar de ojos.
Darius había perdido a su esposa y quizá también a sus niños. Y Enlil estaba seguro de que aunque lograra salvar al mestizo, ya lo había perdido de una forma irremediable y terrible.


"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2015-2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!