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Capítulo 26

26
DIENTE DE LEÓN


Cuando los encontró, ya Darius estaba en las garras del come-almas.
Enlil había oído descripciones del demonio pero nunca creyó ninguna, porque el regreso de Sigurd le pareció un cuento exagerado. Siempre creyó que el come-almas era solo una criatura de la mitología aesiriana. Un demonio que fue derrotado hacía milenios por una Virtuosa, si es que alguna vez existió. Sigfrid –tan escéptico como siempre– había estado de acuerdo con él y había razonado que la leyenda del come-almas era una superstición para que los aesirianos se explicaran la existencia del fuego azul y justificaran por qué solo los Aesir podían utilizarlo.
Pero conforme aumentaron los reportes de caravanas enteras atacadas, de cuerpos mutilados y esparcidos por doquier y de avistamientos ocasionales de luces fosforescentes en las cercanías de los campamentos alrededor de las Murallas, tanto Enlil como Sigfrid tuvieron que admitir que algo raro estaba sucediendo. Si no se trataba del come-almas de la leyenda de Maat, entonces era un nuevo demonio muy particular y peligroso.
Los reportes habían dicho que era una criatura más alta que un grolien. De fauces alargadas y garras metálicas en las patas delanteras y traseras. Con penetrantes ojos amarillos y una carcajada escalofriante que dejaría plantado en el suelo hasta al más valiente.
Al ver al demonio frente a frente, Enlil descubrió que no era tan grande como se lo había imaginado. Los colmillos no eran tan pronunciados y las garras ciertamente no eran de metal. Sin embargo, los ojos sí eran amarillos y la carcajada sí que era terrible, acentuada aún más por el par de orejas largas que se mecían al ritmo de las risotadas.
El demonio tenía a Darius sujeto del cuello, con los pies muy por encima del suelo para ahogarlo. Enlil vio que uno de los brazos del mestizo estaba ensangrentado y más largo que el otro, porque recibió un golpe en el hombro idéntico al de Njord. Eso hizo que la sangre de Enlil hirviera, aunque también lo asustó hasta la médula. El General dio el siguiente paso para entrar en el rango de visión del demonio y retarlo a un duelo. Los soldados que venían detrás de él deberían de ser suficientes para sacar a Darius de allí mientras él enfrentaba al monstruo.
Antes de que pudiera avanzar, la criatura dislocó la mandíbula y un par de luces se escapó de los labios de Enlil y Darius. Ambos destellos ardieron en el pecho como un punzón y se estiraron como la cola de un cometa en dirección al demonio. Un relámpago negro cayó en medio y las luces desaparecieron. El impacto lanzó a Enlil de espaldas al suelo, pero lo espabiló por completo y detuvo el hechizo del come-almas.
—Qué rápido —saludó Enlil a la vez que se hincaba con la espada desenvainada para entrar en combate.
Sigfrid lo miró desde lo alto, envuelto en un halo de polvo y las plumas negras de Munnin.
—Más te vale que sea serio —dijo mientras acariciaba el pico del mensajero, cuyo cuerpo temblaba por el cansancio—. Lo has hecho volar de Masca al Oeste y luego hasta aquí, así que será mejor que tengas una buena excusa para esto.
Enlil asintió y señaló al come-almas, que también había caído de espaldas por la repentina entrada de Sigfrid.
Cuando siguió las huellas del demonio y de Darius, Enlil amplió su capacidad telepática más allá de lo que nunca lo había intentado. Tuvo suerte de que Huggin, el cuervo mensajero de Dereck, estuviese haciendo guardia en el castillo de la Muralla Oeste, dentro del rango de alcance de Enlil. Huggin comunicó su mensaje de urgencia a Munnin y Munnin fue por Sigfrid. «Para derrotar a un demonio, invoca al peor Demonio de todos», sonrió el Segundo General. «Invoca a Sigfrid Montag».
La sonrisa le duró poco porque el come-almas rugió con voz de vidrios rotos y saltó. Sigfrid tomó posición para recibirlo, pero Enlil supo que la presa del demonio era Darius, quien estaba tendido en el suelo, empapado de sangre. Se situó delante de él justo a tiempo y recibió con la espada el peso de Sigurd.
El demonio echó la cabeza hacia atrás, como si quisiera escupir veneno como una serpiente. En lugar de eso lanzó una lengua negra, larga y filosa como espada. Enlil repelió ese extraño ataque con otro movimiento de la espada. Apenas le dio tiempo de notar que la lengua cambió de ángulo y, que aún desviada, se movía hacia él desde la espalda. Enlil logró repeler el golpe que se dirigía hacia su hombro izquierdo, pero la lengua cambió otra vez de dirección y buscó golpearlo de nuevo en diferentes puntos.
El General esquivó cada ataque, ya fuera con el arma o con un movimiento. Entonces sintió un golpe en el abdomen. Sigurd lo había pateado. Enlil perdió el aire por un momento. Se dio cuenta demasiado tarde de que la lengua del come-almas lo había rodeado formando quiebres, como si se tratara de una telaraña y el aesiriano fuese una mosca en medio de los hilos. Si Sigurd contraía la lengua, cercaría a Enlil y lo cortaría en pedacitos con ese trozo de carne filosa. Una montaña embistió a Sigurd antes y Enlil aprovechó la distracción para esquivar cada quiebre de la lengua y salir de la trampa.
—Te estás haciendo viejo —comentó Sigfrid, decepcionado de que Enlil no hubiese notado el ardid del demonio.
Un golpe perforó la armadura sobre el hombro derecho del Primer General. La lengua del come-almas se retiró tan rápido como había entrado, hizo un nuevo quiebre y apuntó al cuello de Sigfrid, pero la espada de Enlil intervino y repelió el ataque.
—¡Mira quién habla! —lo riñó el Segundo General mientras los dos se lanzaban sobre Sigurd—. De los dos eres el único con un rasguño. Aunque no es que te estás haciendo viejo, sino que ya eras viejo.
La única respuesta que obtuvo de su amigo fue un chasquido. Pronto los dos estuvieron combatiendo contra la lengua del demonio. Los ataques del come-almas eran rápidos y precisos, pues era como si blandiera una espada que podía cambiar de ángulo en cuestión de segundos y dar giros agudos que ninguno de los dos podía imitar. Pero Enlil estaba seguro de que ganarían porque eran dos contrincantes contra uno. Además, todo parecía indicar que este demonio no era tan temible como lo había creído.
El come-almas logró dar un gran salto para apartarse de las espadas. Luego abrió la boca de par en par. Enlil y Sigfrid se detuvieron al instante, anonadados por el dolor de pecho. Enlil intentó levantar la espada y avanzar un paso más, pero el arma le resbaló de la mano y él cayó de rodillas. Vio que Sigfrid estaba en la misma situación justo al lado, como si la gravedad hubiese aumentado sobre los dos y los aplastara.
El demonio corrió hacia ellos tan rápido que pareció un borrón. Cuando los alcanzó, levantó las zarpas y...

Darlan, ensangrentada en la cama.
Zoe, debajo de él y atravesada por la espada.
Njord, con las vísceras por fuera.
Y Darius, a unos pasos, tan cerca y a la vez tan lejos.

... un puño invisible lo golpeó en la frente.
El come-almas se llevó las manos al rostro y trastabilló. Miró a Enlil a través de las rendijas de los dedos. Sabía muy bien que él había lanzado ese ataque telequinético. El demonio se preparó para arremeter de nuevo, pero notó que sus garras se desintegraban como si fueran vapor. Las puntas de las orejas también se convertían en volutas de humo.
El come-almas frunció el ceño y miró a Enlil en busca de respuestas, sin notar que el hechizo con que había detenido a los Generales se había roto y que Sigfrid había tomado otra vez la espada. El General Montag se lanzó hacia él, rápido y letal, pero el demonio logró esquivarlo. Sin embargo, Enlil se coló detrás de él y le cortó la espalda en diagonal. El come-almas rechinó los dientes, pero invocó sus fuerzas y lanzó una patada con la extremidad inferior. Enlil logró esquivarla y lanzó un nuevo sablazo. Pero el golpe no conectó con el cuerpo del monstruo sino con la espada de Sigfrid.
CLANK, repicaron las armas.
Los tímpanos del demonio vibraron, dio un mal paso y cayó al suelo. Como sincronizados, Enlil y Sigfrid se situaron a cada lado de él. Levantaron las espadas y las dejaron caer con todas sus fuerzas.
CLAAAANK, resonaron. La arena húmeda del Pantano se levantó con el golpe de las espadas, pero el demonio había logrado rodar en el suelo y escapar del ataque antes de que lo rebanaran por la mitad.
CLAAAAAAAANK, bramaron de nuevo las armas cuando Enlil y Sigfrid intentaron dar otro golpe al demonio y fallaron. El come-almas supo que esas espadas lo afectarían mucho si conectaban con su carne, pero sospechó que la vibración del choque entre ellas tampoco era buena idea. El zumbido le picaba los oídos y se sentía mareado. Además, estaba ese extraño humo en las puntas de sus garras y orejas, y en los extremos de su pelaje oscuro. No tardó en comprender que entre más cerca estaba de esos dos más se desintegraba su cuerpo, como si un borrador invisible intentara eliminarlo del mundo.
«Ah», comprendió, «las artes de la mente». La armadura rota de Sigfrid, la ropa de Enlil, las espadas de los dos... Ellos también se estaban desintegrando, se convertían poco a poco en humo. Y los dos, además, sostenían las espadas con ambas manos cuando antes solo habían utilizado una. Los Generales también debían de estar mareados por la vibración potenciada de las armas, pero estaban dispuestos a padecer por el poder de la mente con tal de acabar con él.
Se lanzó hacia ellos. Ambos le respondieron con la misma intensidad. Esta vez el come-almas se dejó golpear por las espadas, que se le clavaron en la parte más robusta del cuerpo. Antes de que Enlil y Sigfrid pudiesen terminar el trabajo y cortarlo en dos, Sigurd sacó la lengua. Les atravesó el hombro derecho para que perdieran fuerza en el agarre y abrió la mandíbula de par en par. Los tenía demasiado cerca pero los había inmovilizado. Aunque tomaran la espada con una sola mano, no lograrían terminar de cortarlo antes de que las almas los abandonaran.
Pero su plan no funcionó.
—¡Ahora, Sig, ahora! —gritó Enlil.
Una llamarada azul recorrió el cuerpo del demonio, primero desde el pecho y luego por las extremidades. El monstruo se arqueó espantado y la intensidad del fuego azul lo electrocutó como si fuese un rayo. Sus tímpanos vibraron. Su pelaje se chamuscó. La carne empezó a arder. Las almas que había coleccionado hasta el momento se escaparon una a una. Las puntas de sus garras y orejas se deshicieron más deprisa, como si saltaran deseosas al vacío de la nada. Y ese par de bastardos suicidas todavía estaba encima de él, uno aplicando el fuego maldito y el otro usando el poder eliminador de la mente.
Con las fuerzas que le quedaban, el demonio los agarró a ambos de los hombros. Retiró la lengua y los lanzó tan lejos como pudo. Luego rodó por el suelo pantanoso. Cuando se quitó parte del fuego azul echó a correr despavorido.
Enlil y Sigfrid permanecieron en el suelo un par de segundos, apretando los dientes.
—Ya puedes dejar de hacer eso —gruñó Sigfrid—. Nos vas a destrozar.
Enlil replegó la mente. Las plumas de humo que se levantaban de la armadura y la ropa se esfumaron. Sacudió la cabeza y poco a poco el zumbido en los oídos se desvaneció.
No necesitó decirle a Sigfrid que él también tenía que dejar de emplear magia o que de lo contrario el fuego azul se expandiría sin control. Para cuando se levantó, las llamitas ya estaban de vuelta en el frasco de cristal. Como siempre, Sigfrid no dijo nada sobre ese poder y Enlil tampoco se interesó porque algo urgía aún más.
Darius.
Se arrodilló junto a él y le tomó el pulso en el cuello. Tan, tan débil. Aunque no era la única que tenía, la herida en el hombro era la que más sangraba. Oh, Dios. Si el demonio le había cortado una arteria se desangraría ahí mismo. No podía esperar a que los soldados aparecieran con la caravana. ¡Tenía que llevarlo de inmediato con el soporte médico! Y después, cuando se pusiera bien, ¡le daría el castigo más severo de la vida por matarlo del susto!
—Enlil... —lo llamó Sigfrid pero ya era muy tarde: Enlil había llamado y montado a su caballo, y se marchó a toda prisa con Darius.
Eso fue grosero. Nada de «¡Muchas gracias por tomarte tu tiempo de venir aquí tan ridículamente rápido para ayudarme!» ni cosa parecida. Sigfrid gruñó por lo bajo, aunque tampoco era que importase demasiado. Lo que en verdad lo fastidiaba es que no sabía en qué parte del Pantano estaba y no tenía un caballo para seguir el ritmo de Enlil. No podía utilizar a Munnin, porque no estaba en condiciones de volar después del tremendo esfuerzo que hizo para llevarlo hasta allí. Si el mensajero tuviese fuerzas, hasta habría participado en la lucha contra el demonio.
En ese momento, Munnin se acercó y le picó la mano con timidez, como siempre hacía para llamar su atención.
—Señor, hay niños aquí —informó el ave.
Sigfrid gruñó otra vez. ¿Por qué la gente insistía en dejarlo siempre a cargo de niños?

****

Apenas llegó a tiempo.
Cuando cabalgaba con Darius creyó que no existía nada más aterrador que la sensación de saber que su hijo se moría en sus brazos. Pero cuando encontró la caravana y puso a Darius en manos del soporte médico, descubrió que sí había algo peor: estar ahí, justo al lado, sin poder ayudar en absolutamente nada. La vida de Darius no dependía entonces de él, sino de un militar que nada tenía que ver con el mestizo, que no lo amaba ni lo necesitaba tanto como Enlil.
Pero Darius sobrevivió y también los niños. O al menos los que Sigfrid y Munnin habían encontrado. Mientras la caravana continuó el viaje hacia Masca para dar una mejor atención a los heridos, parte de los soldados se quedó atrás para buscar al resto de profetas, pero regresaron una semana después sin ellos. Para ese entonces ya Darius y los demás estaban confinados en la casita del lago, sin sus esencias.
—Es lo mejor para ellos —le dijo el Emperador—. Tal vez fue una casualidad que el come-almas los atacara, ¿pero y si no lo fue? Si él está tras ellos, los protegeremos en el lugar más seguro que existe en Masca. En cuanto a sus esencias... sabes que es necesario. Las artes de la mente son muy peligrosas en personas que no quieren colaborar.
Enlil lo sabía. Todavía recordaba la noche que Darius amenazó a Lord Anterius. Estuvo tan confundido y asustado, tan indefenso y triste, que perdió el control. ¿Qué haría ahora que había perdido una esposa y tres hijos? ¿Cómo reaccionaría?
Visitó la casita del lago a diario. A veces hasta pasaba las noches allí porque quería estar cerca cuando Darius lo necesitara. Pero se dio cuenta de nuevo de que no había nada que pudiera hacer porque Darius ni siquiera lo reconocía. Preguntaba por Njord, como si supiera que algo terrible le había sucedido. Pero cuando le decían que estaba muerta no lo creía, lo negaba, lo olvidaba y volvía a preguntar. Lo mismo con los niños. No comía. No dejaba de llorar, ni siquiera cuando se carcajeaba como un maníaco. Incluso cuando dormía lo hacía mal, porque se quedaba con los ojos abiertos vuelto hacia la pared o se estremecía entre pesadillas.
Enlil no necesitó que se lo explicaran. Él sabía lo que era una conmoción traumática y una depresión. Aparentemente, los Tonare eran muy dados a colapsos mentales, potenciados por la especialidad de sus poderes y por la presión emocional constante de la maldición que caía sobre ellos.
Enlil detestó ver a su hijo en ese estado porque sabía lo difícil que era superarlo. Cuando Darlan lo dejó se llevó una parte muy grande de él. Y ahora Darius había perdido más de la mitad de su corazón. Había perdido tanto que aún no comprendía que le quedaba un poco por qué vivir. Todavía tenía a los gemelos y a la pequeña Zoe, pero era como si se hubiese olvidado de ellos o que también hubiesen muerto como los otros.
—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendido cuando escuchó que parte del puente caía y se reconstruía de nuevo: eso significaba visitas.
—Llevas tres días sin regresar a casa. Estoy preocupada —le dijo Dioné. Luego señaló las bolsas que traía consigo y las puso sobre los cojines de la sala—. Traje algo para los niños, para que se sientan mejor más rápido. Les hace falta.
Enlil la vio sacar vestidos y trajes, muñecas y juguetes, y sonrió por la forma naturalmente cálida de Dioné. Ella siempre había sido una madre, pero no tenía un hijo en quien pudiera volcar todo ese amor. Pero ahora, quizá, podría tener a Darius y a sus niños, y eso sería dulce para ella. «Y tal vez también sea bueno para ellos», pensó el General. «Si la tienen al lado encontrarán un sol cálido y luminoso. Estoy dispuesto a compartir mi estrella con ellos».
Un crujido. Un temblor en el aire. La costumbre lo hizo llevar una mano a la cintura para acuchillar a quien estuviese detrás de él, pero se detuvo cuando Dioné levantó la mirada y su rostro se transformó. Fue como si palideciera y se sonrojara a la vez, aunque finalmente se impuso una sonrisa y ella se levantó.
—Hola —saludó—. ¿Cómo te encuentras?
Cuando Enlil miró por encima del hombro, vio a Darius recostado a la pared. Su primer instinto fue correr hacia él para sostenerlo, porque el mestizo no se había levantado en semana y media. Darius le pasó al lado sin siquiera mirarlo y agarró a Dioné del hombro, llamándola Njord a gritos. Fue tan triste que a Enlil le dolió, literalmente.
Si él hubiese seguido la sugerencia de Njord y la hubiese liberado junto con sus hijos, Darius no estaría en ese estado. Si le hubiese dado la oportunidad a su familia de ser libre, el mestizo no habría intentado escapar. Podría extrañarlos, sabiendo que estaban a salvo, en lugar de sumirse en la desgracia negando sus muertes.
—Ven —le dijo mientras lo apartaba de Dioné con suavidad—. Vamos a que te recuestes. Ya verás que te pondrás mejor. Todo estará bien.
Al principio Darius se retiró con docilidad y las pupilas muy dilatadas, claramente medicado. Pero luego se detuvo en seco y se separó de Enlil con un salto, como si una descarga eléctrica lo hubiese golpeado.
—Es tu culpa —susurró—. Tu culpa, tu culpa, tu culpa, ¡tu culpa, tu culpa, tuculpa, tuculpa, tuculpatuculpatuculpatuculpaaaaa!
Enlil esperó un golpe o miles de arañazos, pero el mestizo se agarró a sí mismo a pescozones en lugar de al General. ¿A quién culpaba en realidad? ¿A su padre? ¿A sí mismo? Tenía los nervios deshechos. Era un desastre. Y ni siquiera sabía a quién culpar por eso.
Enlil sí que lo sabía. Sin decir nada, rodeó al muchacho en sus brazos y lo dejó llorar sin ataduras. Él era el único responsable. Era culpa suya, por haber engañado a Zoe y embarazarla. Era culpa suya, por no haber tenido la decisión necesaria de llevarse a Darius desde bebé y criarlo en Masca. Por dejarlo tan débil después del hechizo de sangre. Por no haberle hecho caso a Njord. Por no haber tomado las medidas de precaución necesarias esa mañana en el Pantano, por no haber seguido correctamente el rastro, por tantas, tantas, tantísimas cosas más... Había tomado una mala decisión tras otra, sin pausa, sin descanso.
Y el único afectado era Darius.
Un punzón de hielo se le clavó en el costado. Al principio creyó que era la pena, pero la humedad en la camisa y el rostro desencajado de Dioné lo trajeron a la realidad: estaba herido. Miró a un lado y vio que Darius le había quitado una de las dagas del cinturón y que lo había apuñalado. Darius apretó la empuñadura, sacó el puñal y lo volvió a meter una, dos, tres, cuatro veces.
Dioné también había llevado entrenamiento militar y tenía la fuerza suficiente como para ser nodriza y protectora de una princesa. Pero no puedo separar a Darius de su marido, porque Enlil abrazó al mestizo con más fuerza y recibió las cuchilladas en silencio. Así, con cada estocada, enmendaba sus pecados y amaba de la forma más clara y pura a su hijo. Porque ese fue el trato: que Darius viviera y superara esa desgracia, así eso significase que necesitase matar a su padre para reponerse.
Una fuerza bárbara y repentina apartó a Darius de él. Sigfrid había salido de la nada, agarró al muchacho y lo lanzó contra la pared contraria con tanta fuerza que lo dejó tumbado en el suelo.
—¡¿Estás loco?! —le reprochó Enlil mientras se reclinaba junto a Darius—. ¡Está herido y convaleciente! ¡¿Es que lo quieres matar con semejante golpe?! —Por la cara que puso Sigfrid, Enlil supo que su amigo no estaba de buen humor.
—¡¿Me estás tomando el pelo?! —bramó a su vez el Primer General—. Enlil, ¡casi te mata! ¡Él...!
Se calló cuando Enlil perdió el equilibrio. Sigfrid maldijo por lo bajo, Dioné gruñó y Enlil apretó los dientes y las heridas en el costado y el abdomen. «Mierda, mierda, mierda», pensó. «Mierda, mierda, mierda». Sigfrid tenía razón: Darius casi lo mata.
La maldición Tonare acababa de saludarlo con cinco cariñosas puñaladas.

****

Sigfrid se marchó de la ciudad un par de días después, ya cuando Munnin estaba repuesto para llevarlo de regreso con el príncipe Adad, quien buscaba a la princesa Sakti Allena. Su despedida fue un grave ultimátum:
—Más te vale que no me hayas llamado hasta aquí para ayudarte a salvar a un mestizo que puede matarte solo porque bajas la guardia con él. No te le acerques ni le des una oportunidad de matarte. O de lo contrario, la próxima vez que venga le sacaré las tripas y se las daré de comer, y tú no podrás hacer nada al respecto porque te dejaste matar por él.
«Vaya. Bonita forma de pedir que me cuide». Sigfrid en verdad era un retrasado emocional. Casi nunca mostraba ninguna expresión y la única emoción que era capaz de transmitir era enojo puro. Incluso cuando quería a alguien, parecía cabreado. Enlil suspiró y se preguntó qué le habría sucedido a Sigfrid para que fuera así, tan insensible y violento, aunque quizá había mejorado algo su temperamento desde que lo conoció.
Algo definitivamente había cambiado, porque la primera vez que lo vio le dijo que cuando tuviera un hijo, lo protegería de él y la maldición Tonare. Ahora, en cambio, estaba dispuesto a sacrificar al hijo con tal de salvar al padre. «Bueno, quizá sí es una bonita forma de pedir que me cuide», reflexionó el Segundo General. Sigfrid era testarudo como una cabra y, como cualquier anciano gruñón, se empeñaba en sus costumbres con tesón. Si su amistad con Enlil lo había incitado a olvidar su rutina de salvar los vástagos Tonare de sus padres, entonces Enlil podía jactarse de haberse ganado la amistad incondicional y leal del hombre más tenebroso sobre la faz de la Tierra.
Su convalecencia fue más larga de lo que le habría gustado. Darius lo había herido en un sitio complicado. De no ser por los doctores que estaban en la casita del lago, Enlil habría perdido mucha más sangre. Al final, sin embargo, se recuperó y tuvo que marchar a nuevas misiones militares.
Pero para cuando él se recuperó, Darius todavía no estaba en sus cabales. ¿Cuánto tiempo necesitaría para ponerse bien? ¿Lo lograría? ¿Podría hacerlo? Y si así era, ¿qué necesitaba para mejorar? Se marchó sin esas respuestas, pero dio instrucciones claras a los soldados que custodiaban la casita del lago para que lo mantuvieran informado del avance de los profetas.
Se enteró del comportamiento temerario de sus nietos, la nostalgia constante de Darius y, posteriormente, su insolencia y mal humor. No le gustó que Darius sustituyera su depresión con furia. Aunque el mestizo estaba en todo su derecho de responder así, se prestaba para ser incomprendido por otros. Los soldados no le tenían simpatía, los sirvientes no le tenían paciencia y, como se enteró después, el Emperador se hartó de él. Si Darius no fuese tan preciado para Enlil, el monarca lo habría eliminado del camino y se habría concentrado únicamente en los niños profetas.
A veces, cuando estaba en Masca y escuchaba los rumores en los pasillos de Palacio, Enlil quería detener a los sirvientes y aristócratas para pedirles que se callaran de una buena vez. ¿Con qué derecho llamaban a Darius «bastardo mestizo», cuando él no tenía la culpa de que su padre hubiese embarazado y abandonado a su madre como un desgraciado vil? ¿Con qué derecho lo llamaban «insolente», «cascarrabias» y «ruin», si no podían comprender el origen de ese comportamiento? ¿Cómo podían entenderlo si ellos nunca habían perdido a la persona que más amaban de forma tan trágica ni habían enfrentado la pérdida de tres niños pequeños y hermosos? No tenían ningún derecho, no tenían ni una idea. La verdadera víctima, el verdadero ofendido, era Darius. No los oídos y egos heridos de sirvientes y aristócratas.
Un día, cuando se presentó a Palacio para dar el informe de su más reciente tarea militar, uno de los soldados de la casita del lago se le acercó y le dijo con gravedad que había un cambio súbito y extraño en los profetas. Lo dijo con un tono tan macabro que Enlil se estremeció. Pero cuando fue a la prisión de su hijo y nietos, se quedó plantado antes de entrar por la última puerta que lo separaba de ellos.
—¿Lo oye, señor? —le preguntó el oficial. Enlil frunció el ceño.
—Son risas.
—Ajá. ¿Verdad que es raro?
—... Son niños. Es normal que se rían —contestó el General.
—No, no, es que no entiende. Oiga más —lo instó el soldado.
Enlil escuchó la risita tintineante de Zoe, las carcajadas alegres y contagiosas de los gemelos... y luego la voz de Adad, que también se reía a carcajadas, tan alto y claro que parecía un jabalí jadeante. Y luego... lo escuchó. Esa risa fue más breve y grave, como si no debiera existir y los labios la suprimieran para que no manchara el aire.
Era la risa de Darius. Su hijo estaba riendo.
El soldado se estremeció.
—Argh, cada vez lo hace más frecuente, como una o dos veces por semana. Pero cuando entramos el mestizo tiene la misma expresión fastidiosa de siempre. ¡Y los niños parecen monos, saltando de aquí para allá como posesos!
—¿Y eso te parece mal? —lo cuestionó Enlil. Para él, ¡estas eran noticias sensacionales porque su hijo y nietos estaban sanando! A Darius, en especial, le había tomado mucho tiempo.
—No es que esté mal, es solo que... no es normal en ellos. Nunca antes se han portado tan bien con nadie.
Enlil comprendió lo que sorprendió tanto al soldado: los niños estaban riendo con Adad, un príncipe, cuando era conocimiento común que tiraban libros, almohadones y piedras a soldados, sirvientes y Aesir por igual.
Esa noche el Emperador lo invitó a su mesa. Era una formalidad agradable que Hakwer solo hizo por deber, pero que Kardan hacía por placer. Enlil sabía que el Emperador lo estimaba de verdad y disfrutaba las veladas que podía compartir con él y los jóvenes príncipes.
Los hermanos del Emperador trabajaban en sus propias misiones militares muy lejos de casa, así que sus hijos –Harald y Sin– vivían en Palacio bajo la tutela del monarca, quien los trataba como si fueran sus propios hijos. Adad y Sakti recibían el mismo trato, aunque era de esperarse que el Emperador fuera con ellos más indulgente. Además de ser los príncipes portadores de los Dragones, eran también los hijos de su hermana favorita y eran huérfanos.
A Sakti, por ejemplo, no la reprendía por hablar tan bajito como un pajarillo, aunque al resto de sus sobrinos y a su hijo les exigía que hablaran claro y sin temor. También les pedía que se comportaran con discreción y elegancia, pero permitía que Adad se carcajeara a la libre y organizara sus endemoniadas carreras de obstáculos.
Esa noche Adad hizo gala de sus permisos libres, pues llevaba un peinado que ninguno de los otros príncipes se habría atrevido a mostrar ni a su propio reflejo. El lado derecho de su caballera estaba cortado a la altura de las orejas, parejo y apropiado para la apariencia de un príncipe. Pero a la izquierda, el cabello le llegaba hasta por debajo del hombro y lo tenía arreglado en una trenza. Para aumentar el efecto, allí también tenía el pelo teñido de color fucsia, lo que destacaba aún más con el resto del cabello gris.
Enlil no se había esperado esa apariencia tan osada, ni siquiera de parte de Adad, así que se lo quedó mirando más rato de lo usual. Cuando el príncipe Dragón se percató de su mirada, sonrió muy feliz y le preguntó si le gustaba.
—... Um... es... diferente... —balbuceó el General.
El príncipe Sin agitó la cabeza, pues claramente no aprobaba el disparate de su primo. El príncipe Harald lo miró angustiado, como si temiera que el Emperador se molestara con Adad y lo reprendiera delante de todos. El príncipe Kardan y su padre solo intercambiaron una mirada de resignación, porque ya sabían que Adad no tenía remedio. Sakti, en cambio, simplemente miró su plato y continuó comiendo en silencio, como si nada inusual sucediera. Lo mismo sería que Adad se hubiese subido a la mesa a bailar desnudo y ella igual no le pondría atención.
—Bueno, pues a mí me gusta —sentenció Adad con el pecho hinchado de orgullo—. Tu nieta es toda una artista, ¿sabías?
Enlil se lo quedó mirando atónito de nuevo. Apenas pudo procesar las palabras del muchacho. Ningún aristócrata, noble o príncipe jamás le hablaba nada de su hijo y nietos porque no querían desagradarlo. La regla muda decía que Darius y sus hijos eran un tema sensible para el Segundo General. Pero desde luego que a Adad, tan excéntrico como era, no le importaba romper esa norma.
—Es muy ocurrente y creativa, siempre me agarra como conejillo de indias para sus experimentos —continuó el príncipe—. ¡Y es tan condenadamente linda que no le puedo decir que no!
—Entonces... —balbuceó Enlil—... ¿eso se lo hizo ella?
—¡Ajá! —Adad se levantó y se inclinó sobre la mesa para que Enlil, que estaba al otro lado, viera mejor el peinado—. ¿Verdad que es interesante? Ella solita hizo el tinte. —Sin no lo resistió más y lo regañó:
—Tch. ¿Y ahora qué harás con ese color de pelo? ¡No te lo podrás quitar!
—Creo que me lo puedo sacar con agua —lo tranquilizó Adad—. Y si no, pues simplemente me lo corto cuando me aburra.
—¡No debes dejar que una chiquilla tan pequeña te haga esas cosas! ¿Y si se equivoca y te quema el pelo, o hace que se te caiga?
—Pues sería solo un error honesto —respondió Adad mientras giraba los ojos—. El pelo vuelve a crecer, así que no hay que hacer tanto drama por una pequeñez como esta. —Luego miró a Sakti y le dijo—: ¿También te lo vas a teñir, verdad?
—Primero dejo que haga sus experimentos contigo. Cuando esté segura de que no se me cae el pelo, entonces Zoe me lo puede teñir —respondió ella con sencillez.
—¿Ves? —le dijo Adad a Sin—. Hasta Allena deja que Zoe juegue con ella. Tú también deberías intentarlo alguna vez, ¡te aseguro que es una niñita encantadora!
Sin arrugó la cara y demostró que no era aficionado a los profetas. Harald bajó la mirada y arrugó la frente, claramente intimidado; lo cual, en opinión de Enlil, era demasiado gracioso porque el príncipe pelirrojo era muy mayor y musculoso como para temer a las travesuras de unos niñitos. El Emperador y su hijo, en cambio, intercambiaron una nueva mirada de resignación. Luego el monarca soltó un suspiro y le dijo a Enlil:
—Estos dos han logrado lo imposible: se llevan de maravilla con los profetas.
Animado por la observación de su tío, Adad empezó a hablar de lo bien que se la pasaba con los niños. Zoe se la pasaba jugando con su cabello o con el de Sakti, mientras que los gemelos, tan traviesos y vivaces, eran los compañeros de juego perfectos. Adad los correteaba y ellos se le subían a los hombros a jugar de caballito. Cuando hacía mucho calor, nadaban juntos en el lago. A veces planeaban travesuras para molestar a los sirvientes o a los soldados, y en otras ocasiones empezaban guerras de bromas pesadas.
De hecho, en ese momento estaban en una de sus famosas disputas. Adad ya había echado talcos pica-pica a la cama de los gemelos para que se rascaran toda la noche. Su próximo ataque sería un pastel bomba, que les llenaría la cara de lustre y dulce.
—No lo hagas —lo reprendió su hermana—. Son muy pequeños para algo así.
—¡Para nada! —la corrigió Adad—. ¿Te acuerdas de la vez que hicieron esa trampa de poleas y cuerdas, me arrastraron por toda la casa y luego me lanzaron al lago? ¡Los niños pequeños no hacen algo así! Qué va, ¡ese par tiene la mente viva y desarrollada de todo un estratega adulto!
—¿Y te acuerdas de que hicieron esa broma solo porque les colgaste la cama en el techo cuando dormían y no se pudieron bajar cuando se despertaron? Se estaban vengando de ti.
—En eso consisten las guerras de bromas.
—Sí, ¿y de verdad quieres averiguar con cuál broma se vengarán por un pastel explosivo? —La sonrisa de Adad se cayó—. Como son niños pequeños, no piensan en las consecuencias. Por eso sus bromas son más peligrosas que las tuyas. —Adad hizo un puchero.
—No se vale. Darius los ayuda a planear esas ideas.
—Claro que no —Sakti sacudió la cabeza, muy seria—. Esos juegos son entre ustedes tres y Darius nunca interviene. No motiva a los niños para que te sigan la corriente, pero tampoco les impide jugar solo porque le divierte ver cómo pierdes contra el ingenio de dos pequeños.
—¿Entonces nadie los ayuda? —la cuestionó Adad, quien miró su plato de manera perspicaz—. Sé que ellos no pueden hacerme bromas fuera de donde viven, pero a veces la cama me pica mucho, como si le hubiesen echado talco, o los zapatos me aprietan mucho, o el agua me sabe salada, o la comida me sabe muy picante. Sé que ellos no pueden hacerlo, pero a veces me pregunto si no tendrán ayuda extra.
—Son ideas tuyas —le dijo su hermana—. Estás tan obsesionado con estas bromas que te has puesto paranoico. Ahora come.
Adad le hizo caso, pero al primer bocado se atragantó y tuvo que tomar un vaso de agua. Cuando Sakti le preguntó qué pasaba, él dijo que nada. Pero por su rostro acalorado y la mueca tras beber, Enlil comprendió que la comida estaba muy picante para él y que el agua le supo salada.
Enlil sonrió cuando vio que Sakti escondía con descaro una botellita roja entre los pliegues del vestido. Ella lo miró con una tímida sonrisa en los labios, porque no importaba nada que alguien más supiera que era la aliada secreta de los gemelos. Todos en la mesa lo sabían, menos Adad, porque Sin giró los ojos –claramente avergonzado por lo corto de miras que era su primo–, Harald se encogió intimidado por la maldad de Sakti, y Kardan y su padre intercambiaron otra mirada, esta vez acompañada de una sonrisa.
—Me alegro de que se lleve bien con los niños, señor —dijo Enlil con honestidad. Era agradable escuchar a alguien expresándose bien de ellos.
—Claro que nos llevamos bien, ¡son muy amables y encantadores! Se nota que son tus nietos —respondió Adad, aunque los príncipes y el Emperador desviaron la mirada pues no compartían esa opinión. La única que asintió fue Sakti.
—Lástima que el gran ogro te da tanto problema —masculló Sin. El príncipe rubio bajó la mirada cuando el Emperador y Sakti lo fulminaron con ojos de acero.
—No es que me da problema —se defendió Adad—. Es solo que... bueno, él es distinto. —Luego miró a Enlil, un poco azorado—. No me malinterpretes, por favor. No es que entre Darius y yo haya algún roce o antipatía, es solo que... bueno... me da la impresión de que no le caigo bien.
No tocaron más el tema durante la cena, aunque Enlil descubrió algo valioso en la mirada cortante que Sakti le había dado a Sin. El General supo que el Emperador censuró el comentario de su sobrino porque le pareció inapropiado delante de un invitado, ¿pero por qué Sakti reprendió a su primo con todavía más intensidad?
A pesar de que casi no la había tratado, Enlil sabía que Sakti había empezado a cambiar. Todavía era tímida y reservada, pero no como en sus primeras semanas en Masca, cuando todo la hacía saltar y bajar la mirada, mortificada y asustada. La motivación de Adad, el trato cariñoso del Emperador y la interacción con los demás príncipes la habían hecho un poco más confiada y valiente. Pero en el fondo todavía era la chiquilla callada que evitaba conflictos con otras personas. Todavía era idéntica al mar: calmada en la superficie, pero profunda y oscura en el fondo. ¿Quién sabe qué criaturilla se escondería bajo esa apariencia frágil y sigilosa?
Cada vez que la miraba, a Enlil le daba la impresión de que ella no estaba ahí, sino que era un reflejo de lo que él quería ver, lo que todo el mundo quería ver. Cuando Sakti miró a Sin, el General supo que la vio de verdad por primera vez. Si ella –su verdadera identidad y personalidad– se escondía por timidez o precaución delante de los demás, Darius debía de significar algo importante para haberse mostrado tal cual era, aunque fuese por unos segundos. Por eso Sin había bajado la mirada, porque lo tomó por sorpresa la persona desconocida y aterradora que se asomó a los ojos de su prima. Enlil lo comprendió, porque a él también lo estremeció ese pequeño asomo.
El General empezó su investigación. Kael y Dereck le confirmaron lo que Adad había dicho: los pequeños profetas se llevaban de maravilla con él y lo idolatraban como a un hermano mayor. Las sirvientas lo constataron, fastidiadas por el desorden y las bromas que sufrían por los juegos irracionales entre el príncipe y los niños. ¿Pero y Sakti? ¿Qué pintaba ella en ese cuadro? ¿Y Darius? ¿Qué era de él?
Sobre ambos las respuestas eran contradictorias pero la conclusión era la misma.
Los soldados aborrecían a Darius por su insolencia, pero no sabían cómo medir a la princesa porque algunos la veían pequeña e inofensiva, y otros se estremecían en su presencia. Por eso guardaban silencio. Los Guardianes creían que Darius era un buen sujeto, aunque algo cascarrabias; y aseguraban que para congeniar con él solo hacía falta quitarse el uniforme y ser amable con los niños. Aun así, ni Dereck ni Kael se animaban a decir que Darius los considerara amigos.
Las sirvientas detestaban el desorden del mestizo y las frustraba que él no las mirara a los ojos, como si no existieran. Pero le tenían algo de pena por lo delgado y solitario que era, y lo admiraban desde la distancia por sus ojos y semblante melancólico y meditabundo. A Sakti la compadecían porque carecía del carácter locuaz de Adad y parecía tan frágil como un pajarillo. Pero también la respetaban porque habían comenzado a sospechar que su silencio no era signo de debilidad, sino de un temperamento templado en hielo. Las más jóvenes, además, la envidiaban, porque Sakti había conseguido algo que ni la más despampanante de las sirvientas había logrado: Darius la admitía junto a él.
Sakti era muy callada y Darius no tenía ánimos ni buen humor, pero a veces entablaban conversaciones largas. Sakti no hablaba tanto con Adad o Dereck como lo hacía con Darius, y el mestizo no decía más que unas cuantas frases incluso a sus hijos, porque con ellos prefería los abrazos para decirles todo lo que necesitasen saber.
Incluso cuando la princesa y el profeta optaban por el silencio, su proximidad y relajación decían mucho. Estaban cómodos el uno con el otro. Se confiaban, se apreciaban, se alegraban de estar juntos. En su mutismo y soledad, incluso en esa ira y dolor suprimidos, estaban unidos. Eran amigos.
Enlil lo constató en los días siguientes, cuando encontró a Sakti y a Adad por los pasillos rumbo a la prisión de los profetas. Cuando los príncipes pasaban, los sirvientes guardaban silencio y los aristócratas de visita hacían reverencias. Pero cuando creían que los hermanos estaban fuera de su alcance, empezaban a hablar. El cuchicheo comenzaba. El desdén hacia los profetas susurraba. Y Sakti se detenía sobre sus pasos, giraba el cuello para mirar bien los rostros de los ofensores y se los grababa en su mente con fuego. Al otro día, los sirvientes eran distintos y los aristócratas estaban ausentes, ocupados en solucionar alguna desgracia que cayó sobre ellos de la noche a la mañana.
Sakti era callada y reservada, pero ya no era la chiquilla asustadiza que aceptaba las circunstancias como un absoluto. En su silencio era veloz y certera como una flecha lanzada en medio de la noche, porque sus víctimas nunca sabían con certeza quién las había alcanzado. Y aun cuando lo sospecharan, jamás tendrían pruebas.
Descubrir esto fue agridulce. ¿Por qué Sakti y no él? ¿Por qué la niña gris como una triste nube de tormenta, y no él, que quería ser un sol para su hijo? ¿Por qué las palabras de pajarillo sí alcanzaron a Darius y no los gritos desesperados de Enlil? Como las sirvientas, Enlil envidió a la princesa. Los celos le quemaron el corazón.
Pero una parte de él encontró alivio en esa inusual amistad, y dejó que ese sentimiento lo cubriera. Darius tenía a alguien que lo escuchaba y defendía del desdén. Tenía a alguien que le daba paz y lo hacía reír con su sencillez. Sakti lo estaba curando. ¿Podía Enlil odiarla por eso? No, todo lo contrario.
Había comenzado a amarla.
No como un General ama a su princesa, sino como una abeja ama a una flor. Sakti no tenía el carisma de Adad ni la belleza despampanante de Istar, pero sí el encanto de una florecilla en medio de una ciénaga. De un Pantano. Y Darius la había encontrado para salir de ese mundo gris.
Lástima que Njord nunca tendría esa suerte. Ella estaba eternamente en el Pantano, desgarrada de un extremo a otro. Estaba eternamente muerta, privada de la vida sencilla y feliz que hubiese tenido si Enlil nunca se hubiese aparecido una mañana en la colina de la Península.
—Lo siento —le dijo mientras ponía un diente de león delante de la lápida.
Esa fue la flor más sencilla que encontró, la que más le recordó a Sakti. Los pétalos de pelillos blancos eran poco llamativos y una simple brisa desnudaría el botón. Pero una vez, hacía mucho tiempo, Darlan le había dicho que si soplaba un diente de león mientras pedía un deseo, ese deseo se haría realidad.
Enlil no soplaba un diente de león desde niño y estaba seguro de que si lo hacía ahora solo empeoraría las cosas. Después de todo, ninguno de sus deseos se había cumplido a pesar de que había orado por ellos con todas sus fuerzas e intentó alcanzarlos con sus propios medios de la mejor forma posible. Si soplaba ese diente de león y pedía por la felicidad de su hijo, era probable que se la quitara.
No, lo mejor era dejar que alguien más soplara. Njord se había ganado con su muerte el derecho infinito de velar por su familia. Y quizá desde el Más Allá, o en el Pantano donde había agonizado, soplaría sobre la florecilla adecuada. Quizá una parte de ella –la que todavía vivía en Darius y en los chicos– encontraría a Sakti para que la princesa cumpliera el deseo de los profetas.
—Te prometí que los protegería y fallé en el Pantano. Pero aquí en Masca no fallaré. Estarán a salvo hasta que soples y la flor que Darius eligió escuche su deseo. Juro que algún día dejaré que sean libres.
El General se preguntó cuántos años y dolores tendrían que pasar para que Sakti lo consiguiera, para que la chiquilla con voz de pajarillo cumpliera el anhelo de su amigo mestizo. ¿Cuánto tiempo le tomaría para liberarlos a él y a los niños de Masca?
En silencio, Enlil miró las inscripciones de las lápidas. «DARLAN TONARE», decía la más antigua y la más querida para él. Junto a esa había otra que resguardaba el último sueño de Njord. A veces Enlil todavía sentía su cuerpo deshecho y helado entre sus brazos mientras la cargaba cubierta en una sábana. A veces todavía la veía en uno de los catres de la jaula de metal, al lado de su esposo e hijos moribundos. Y a veces los ojos le ardían por el vergonzoso alivio de que esa tumba dijese «NJORD TONARE» y no «DARIUS TONARE».
«Lo siento», le dijo desde su corazón. «Oh, lo siento tanto, tanto, tanto».
La brisa nocturna sopló y desnudó el diente de león. Njord había soplado. En Palacio, Darius debía de haber deseado en voz alta. Y Sakti, a su lado, escuchó y asintió en silencio. «¿Cuánto tiempo?», se preguntó Enlil. «¿Cuánto falta para que él sane? ¿Cuánto falta para que sea feliz?».
En el jardín de las lápidas, el Segundo General esperó a que Darius se liberara y lo matara al fin.



"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2015-2017. Ángela Arias Molina

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