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Capítulo 27

27
ENCUENTROS


Rechinos de armaduras. Metal contra metal. Metal contra piel. Metal contra sangre. Cascadas de escombros. Restos del tamaño de una casa. Rocas del tamaño de un puño. Polvazal oscuro tras cada impacto.
Dereck ignoró el polvo que se coló en su boca tras el último golpe de un hijo de Vanir. El tejado de una posada se había derribado sobre la calle, pero él y su equipo de titanes lograron evadir los escombros. Ninguno se dio una pausa. Apenas estuvieron a salvo, corrieron hacia el vaniriano para derribarlo. Los cinco titanes levantaron sus espadas con brazos de acero y golpearon las piernas de la criatura. Habrían cortado a la mitad a cualquier guerrero, pero ni siquiera llegaron al hueso. Solo hicieron una cortada superficial. Sin embargo, cuando Dereck conectó su ataque vio que los golpes comenzaban a hacer efecto, pues las piernas del vaniriano parecían un lomo desmechado a punto de pasar al asador.
El enemigo bramó. Dereck y su equipo jalaron la espada y retrocedieron. Era todo lo que podían hacer contra semejantes bichos: evadir los ataques, los edificios que explotaban por cada golpe de los hijos de Vanir y luego atacar las piernas, con la esperanza de que tarde o temprano cedieran bajo el peso y el monstruo cayera.
Otros equipos aesirianos también luchaban contra los hijos de Vanir en las calles aledañas. Aunque tenían más guerreros que los vanirianos, las criaturas todavía les sacaban ventaja. Eran robustos, gigantescos y fuertes. Aunque eran terriblemente lentos, su resistencia superaba las cifras de los soldados. «¿Cuál es el punto débil de estas cosas?», se preguntó Dereck mientras rechinaba los dientes. Las espadas aesirianas no eran lo bastante largas como para atravesar el pecho de los hijos de Vanir hasta llegar al corazón. Para atacar la cabeza tenían primero que superar la diferencia de altura. Incluso así, Dereck estaba seguro de que no lograrían decapitar a una criatura de un solo tajo. Entonces, ¿cómo podían derrotarlos? ¿Cómo podrían rescatar Masca si no acababan con esos monstruos?
Sigfrid debía de saberlo, pero Dereck no tenía oportunidad para tomar a su General por aparte y preguntarle con toda cortesía cómo demonios podía derrotar a esos bichos. Sigfrid había aprovechado la llegada de la nueva y cuantiosa tropa para concentrarse en su misión. Mientras los titanes distraían a los gigantes, el General Montag se encargaba de Abigahil. Entre los retumbos de las espadas y los puños de los hijos de Vanir, entre el polvazal y los escombros saltarines, entre la ciudad de tinieblas y lamentos, Sigfrid y Abigahil luchaban.
A veces Dereck podía ver las llamas verdes de la mangodria por el rabillo del ojo. En otras ocasiones escuchaba los rugidos de Sigfrid cuando atacaba a su enemiga. Hubo un momento de gloria en el que la espada del General trazó una diagonal frente a Abigahil. La sangre brotó y por un instante todos contuvieron el aliento, seguros de que la cabeza de la invasión había rodado al fin. Pero un hijo de Vanir se interpuso antes de que Sigfrid pudiera dar el golpe de gracia. Las llamas verdes reaparecieron y Abigahil surgió de ellas intacta, apenas con una franja carmesí en su ropa y armadura, pero sin una cicatriz en el pecho. Se había regenerado.
Dereck apretó los dientes. Todos estaban en la misma situación. Sigfrid no podía matar a Abigahil y ella tampoco podía matarlo a él. Dereck y los titanes no podían acabar con los hijos de Vanir, y ellos no habían diezmado las cifras aesirianas dramáticamente. Era un maldito empate que se rompería hasta que la resistencia de alguna de las dos partes flaqueara. «Maldita sea, maldita sea, maldita sea», pensó el Guardián mientras él y su equipo atacaban de nuevo las piernas del enemigo. «Maldita sea, ¡esto tiene que acabar pronto! ¡Todavía tengo algo muy importante que hacer!».
Sobre esa batalla, muy por encima del escudo de tinieblas que cubría Masca, las detonaciones seguían. Dereck había contado hasta quince explosiones. Vio el resplandor de los escombros incandescentes de los castillos, que resbalaron por el escudo sobre la Capital. Hubo más detonaciones, más estructuras flotantes lanzadas al vacío, pero Dereck no pudo contarlas. Si no se concentraba en su propia batalla, jamás podría unirse a la que se libraba en el cielo. «Dios, por favor», suplicó. «No puedes hacerme esto. No puedes. Yo también vine para salvar a alguien. Yo todavía tengo a alguien a quien quiero proteger».
A veces, desde la distancia, le llegaba el rugido de un Dragón. ¿Cuántos castillos había derribado Adad? ¿Cuántas Doncellas había logrado salvar? ¿Y cuántas más morían envueltas en llamas junto a los vanirianos? ¿Estaba Valeria también allí? Su hermana, su media hermana, lo último que le quedaba de su madre. Sakti le había dado permiso para ir por ella, ¿pero cuándo podría hacerlo? ¿Tenía todavía tiempo de salvarla?
Abigahil y Sigfrid danzaron en el aire, una con la estela de flamas destructivas tras ella y el otro con el acero desenfundado. El brazo plumífero del General se estiró para atrapar a la mangodria, mientras que el otro, que no estaba transmutado, apuntó la espada hacia el corazón de la vaniriana. Abigahil había burlado casi todos los ataques de Sigfrid, pero los dedos largos y pálidos del General la atraparon esta vez. Pareció un nuevo momento de gloria para los aesirianos, uno que terminaría con un golpe de gracia efectivo. Pero las flamas verdes rodearon los dedos y escalaron el brazo plumífero de Sigfrid.
Por una fracción de segundo, los hijos de Vanir dejaron de prestar atención a sus enemigos. Ese era el momento de gloria de los vanirianos, no de los aesirianos. Los titanes se detuvieron también, aterrados. Comprendían las propiedades del fuego de Abigahil porque habían visto bastantes escombros saltar. Todo lo que tocaban las llamas verdes se hacía pedazos. Sigfrid estallaría.
Dereck escuchó el chasquido de los dedos, la ignición de las plumas y el jadeo de Sigfrid al comprender lo que estaba a punto de suceder. El brazo del General ardió y las llamas se expandieron por el aire, acompañadas de sangre, piel y hueso. El fuego subió en detonaciones por el brazo de Sigfrid, pero se detuvo con una explosión naranja justo antes de alcanzar el hombro del General.
A pesar de que había perdido un brazo entero en el último ataque, Sigfrid aterrizó sobre las piernas con la experiencia de un genio militar. Y aunque Abigahil había acertado un buen golpe, la mangodria retrocedió con varios saltos apenas tocó el suelo.
—Tch —chasqueó la vaniriana—. Tan cerca, ¡estuve tan cerca!
El hijo de Vanir que Dereck y su equipo habían intentado derribar, cayó al fin muerto. El Guardián no supo qué fue lo que pasó hasta que vio a Enlil bajando del hombro del fallecido. El Segundo General arrancó la espada que había clavado justo por debajo de la oreja del vaniriano y se encaminó hacia Sigfrid, quien empezaba el proceso de regeneración.
Había una figura encapuchada delante del Demonio Montag.
Dereck reconoció la figura menuda y pequeña de Sakti y avanzó también hacia los Generales, seguro de que la verdadera batalla estaba a punto de comenzar. Cuando la princesa se descubrió el rostro, Abigahil gruñó.
—Princesa Carmesí —la saludó de mala gana—. Es de mala educación intervenir en los duelos de otros. Si tanto quieres enfrentarme, espera a que acabe con el Demonio Montag.
—Lo siento —respondió Sakti—, pero no tengo tiempo que perder en etiqueta militar.
Sakti miró a Sigfrid por el rabillo del ojo. El hueso y los músculos se estaban formando, pero al nuevo brazo todavía le faltaban las venas, arterias y nervios, además de la piel. Con el poder de la luna llena la regeneración del General era buena, pero Sigfrid necesitaría un poco más de tiempo para recuperarse de la detonación de fuego verde.
—Estamos en un momento apropiado —agregó la princesa para ganar tiempo—. Eres la última mangodria en ejercicio. Cuando acabemos contigo, solo tenemos que encontrar los asquerosos panales vanirianos en este continente y prenderles fuego. Y ya con eso acabaremos con este episodio.
Abigahil sonrió con desdén.
—Qué arrogante eres, Princesa Carmesí. Aunque el Demonio Montag o tú acabaran conmigo, mis hermanas tomarían mi lugar. Al final, nosotros prevaleceremos. —Sakti ladeó la cabeza.
—¿Tus hermanas? ¿Entonces eso significa que hay otras además de Lemuria y Kiria? —la sonrisa de Abigahil se esfumó, pero Sakti hizo como si no lo notara—. Ah, y yo que estaba tan contenta por creer que eras la última que hacía falta. Eso significa que todavía hay más abejas libres. —Sakti soltó un suspiro tan sobreactuado que Dereck se permitió una sonrisita de gracia, aunque la expresión de Abigahil se turbó más—. No bastó con acabar con los panales en el Reino de las Arenas ni con las dos mangodrias a cargo de la invasión del desierto. Después de acabar contigo, tendré que acabar con los otros insectos que hagan falta. ¡Qué fastidio!
Sakti se llevó la mano a la cintura para desenfundar la espada, pero Abigahil dio un paso tentativo hacia los aesirianos y extendió la mano, como si quisiera palpar la verdad o la mentira en esas palabras. El movimiento detuvo a la princesa, pero la mangodria no avanzó más. Se quedó clavada en ese sitio por un par de segundos, hasta que al fin bajó la mano y sonrió de nuevo.
—Pero qué mentirosa eres, perra enana —dijo entre dientes. Sakti ladeó de nuevo la cabeza.
—Manipuladora, sí. Mentirosa, no. Al menos ahora. Menos con esto. Mira sus caras de decepción —agregó la princesa mientras señalaba a los titanes, que no podían estar más serios e impasibles—. ¡Todos nos habíamos hecho ilusiones de acabar contigo, tal y como hicimos con Lemuria y Kiria!
—Men-ti-ro-sa. —Abigahil apenas separó los dientes al hablar—. No mataste a ninguna de mis hermanas.
—A la peli-verde, no —intervino Dereck mientras se situaba al lado de Sakti, para bloquearle a Abigahil la vista de Sigfrid—. De esa me encargué yo. —El Guardián se permitió una sonrisa escalofriante, una que había practicado frente al espejo con el único objetivo de provocar a la última mangodria—. Le atravesé el pecho con una flecha y dejé que su cadáver se pudriera bajo el sol. Los buitres se encargaron del resto.
—En cuanto a la niña —agregó Sakti mientras se corría la capucha para mostrar el muñón del hombro izquierdo—, he de admitir que jugó bien y sucio. Pero al final ella también se pudrió, aunque no como Lemuria. Kiria se pudrió viva, ¿me entiendes?
Oh, sí, lo entendió. Los ojos de Abigahil se dilataron y el rostro le palideció. Si Connor no lo hubiese visto y la Emperatriz de Edén no lo hubiese registrado con la sincronización, los aesirianos todavía desconocerían que las mangodrias se podrían si sufrían una transformación. Todavía les faltaban detalles para comprender las causas, pero ahora sabían algo que ignoraron durante milenios. Algo que Abigahil sabía que no podrían conocer a menos que lo hubiesen presenciado. Solo por ese detalle, Abigahil tenía que saber que Sakti decía la verdad.
Pero la princesa todavía no se dio por satisfecha. Todavía no había provocado lo suficiente a la mangodria.
—Como Dereck mató a Lemuria desde lejos, no pudimos recuperar su cuerpo para sacarle provecho. Pero Kiria... Kiria tuvo mucho que aportarnos con su muerte.
Y sacó una cadena que llevaba colgada al cuello, por debajo de la ropa. De allí pendía un dije púrpura, con un destello tan pobre que Sakti temió que Abigahil no reconociera lo que quedaba de la esencia de su hermana pequeña.
Pero la mangodria la reconoció, porque desapareció de su sitio y se materializó de golpe frente a Sakti, con la espada cubierta de llamas verdes. La aesiriana apenas tuvo tiempo de desenfundar para recibir el ataque, pero su arma y la de Abigahil explotaron con el fuego.
Dereck bramó. Sintió el calor en el brazo y hombro izquierdo, y en parte del cuello. Cayó al suelo, seguro de que él también había explotado como la espada de Sakti y el brazo de Sigfrid. Pero sintió mucho dolor, tanto que quiso desmayarse sin ningún éxito. Comprendió que el fuego no lo había alcanzado. Recordó entonces las palabras de Darius en un sótano de tierra, mientras se descubría la cicatriz verde y morada de una pierna.

«Esto me lo hizo la onda de calor. Un poco más y me quedo renco de por vida. Pero aun así dolió muchísimo, como si en lugar de fuego me hubieran atacado miles de escorpiones pequeños a la vez».

La onda de calor era un ataque indirecto y dolía muchísimo más que los miles de golpes y estocadas que había sufrido en la vida. El brazo lo tenía empapado de sangre y en la piel empezaron a formársele ampollas. Pronto no podría mover el brazo. Por encima del dolor y sus jadeos, escuchó las maldiciones y palabrotas de Sigfrid y Enlil, porque a ellos también los alcanzó la onda de calor. Pero si tres hombres crecidos y musculosos berreaban tanto por un golpe indirecto, ¿qué habría sido de Sakti? ¡El ataque estuvo dirigido a ella! Dereck se incorporó sobre el codo del brazo sano. Tenía que ayudarla, ¡tenía que atenderla! Si la princesa no había explotado por el fuego, debía llevarla con un soporte médico. ¡No podía dejar que una mangodria la mutilara de nuevo!
Pero escuchó los siseos del fuego y vio llamas naranjas y verdes. Las detonaciones estallaron por aquí y por allá, en distintos lugares a la vez. Dereck entrecerró los ojos y vio que Sakti y Abigahil atacaban con piroquinesis y evadían los ataques de cada una al materializarse en distintos lugares a cada instante. La cara de la princesa estaba manchada de sangre, porque tenía una cortada que le corría de un extremo de la frente a una oreja. Dereck apretó los dientes, porque también vio ampollas en las mejillas de Sakti. El fuego la había alcanzado.
Pero las ampollas se hicieron más grandes y explotaron. El estómago de Dereck hizo una pirueta, porque pensó que su protegida había explotado también. Pero el rostro de Sakti no se había deshecho sino que, por el contrario, se había endurecido. Las ampollas fueron sustituidas por escamas de perla blanca y los labios se habían estirado sobre las mejillas. Dereck comprendió entonces que las ampollas no las hizo el fuego de Abigahil, sino las marcas de la profecía que Sakti tenía en la cara, que se hinchaban antes de producir las escamas de la transformación.
La princesa y la mangodria se materializaron a escasos metros la una de la otra. Sakti intentó retroceder, porque supo que si ambas disparaban la onda sería más fuerte. Con eso podría matar a Abigahil, pero ella tendría las mismas posibilidades de morir. Pero antes de que pudiera retroceder, la vaniriana avanzó como un huracán hacia ella, tan rápido que ni Sakti pudo verla hasta que la tuvo frente a frente.
Sakti no disparó. Abigahil levantó el puño y golpeó a la princesa en la cara. Sakti perdió el equilibrio y trastabilló unos pasos. Eso le dio tiempo suficiente a la mangodria de retroceder para ponerse a salvo y disparar con piroquinesis a una distancia segura. El fuego envolvió a Sakti. Desde la distancia, Dereck escuchó el crujido de la armadura, que se fracturaba por la presión y el calor.
Y luego explotó. Las flamas verdes se alzaron, golpearon los edificios cercanos y encendieron los tejados restantes. Dereck apartó la vista, porque no quiso ver el cuerpo rostizado y desmembrado de Sakti. Escuchó los jadeos fatalistas de los titanes, el tintineo de los trozos de armadura de la princesa cuando golpearon las paredes y el siseo cruel de las llamas mientras lamían la destrucción que habían causado. Pero por encima de eso, Dereck escuchó algo más.
El jadeo de Abigahil.
—¿C-cómo...? —balbuceó la mangodria—. ¿Q-qué...? ¿C-cómo...? ¿Por qué...?
Dereck se atrevió a abrir los ojos y vio que Sakti estaba todavía entera, justo en el centro de una circunferencia de cenizas y hollín. Su capucha se había incendiado y su armadura había explotado, pero la mayor parte de su cuerpo estaba cubierto por escamas blancas. Todavía le sangraba la frente y se había hecho unas nuevas cortadas con la explosión de la armadura, pero estaba viva.
Abigahil chasqueó la lengua.
—¿Por qué no explotaste? —preguntó—. ¡¿Por qué demonios no has explotado?!
Abigahil se lanzó de nuevo a Sakti, con una estela de fuego verde tras ella. Aunque la princesa respondió sin titubear con sus llamas naranja, Dereck vio algo en la expresión de su rostro. «No se lo cree», comprendió el Guardián. «Ella no se lo cree. Sabe que debió haber explotado. Entonces, ¿por qué no lo hizo?». Vio el brazo de Sigfrid, que todavía se regeneraba. Vio las heridas de los Generales y la que él mismo tenía en el brazo. La onda de fuego los había paralizado. Sigfrid y Enlil regresarían a la batalla porque eran unos huesos duros de roer, pero él honestamente no tenía fuerzas para moverse. Y si la onda de calor era solo un efecto secundario del verdadero ataque, entonces el fuego verde debía de ser mil veces más potente y letal.
Las llamas debieron de haber deshecho a Sakti.
¿Por qué fallaron?
Los hijos de Vanir se movieron de nuevo. Esta vez ignoraron a los titanes y a los Generales, y avanzaron hacia Sakti y Abigahil, que eran como estelas cada vez más lejanas. Sakti debía de estar apartando a Abigahil de la tropa para que las flamas verdes no los alcanzaran.
—¡Concéntrense en los demás! —ordenó Enlil a los soldados—. ¡No dejen que alcancen a la princesa!
A pesar de las quemaduras, Enlil se levantó y avanzó tras los hijos de Vanir. Su voz y sus pasos fueron firmes, como si no sintiera el dolor de la onda. Los titanes lo siguieron de inmediato, con la misma obediencia con la que siguieron las órdenes de Dereck antes, y mucho más fieros e inspirados por la presencia orgullosa de Enlil.
Dereck chascó la lengua. Si Enlil avanzaba, él también tendría que hacerlo. No podía quedarse en el suelo lamiéndose las heridas. Como soldado número uno, debía predicar con el ejemplo. «Además, soy muchísimo más joven que el General Enlil. Se mire como se mire, ¡es vergonzoso que un anciano se recupere más rápido que un jovencito como yo!». Era bueno que Enlil estuviese concentrado en derriba al primer hijo que estuviese a su alcance, o de lo contrario le habría dado una tunda a Dereck por considerarlo viejo.
Poco después de levantarse, sintió la mano fuerte y pesada de Sigfrid sobre su hombro.
—Tienes que sacar a la princesa del combate antes de que la mangodria cambie de táctica o uno de esos bichos la alcance.
—El fuego verde no la afectó, tal vez...
—No hay «tal vez» —lo cortó Sigfrid—. La coraza de un dragón es lo bastante fuerte para resistir cualquier tipo de fuego. La princesa debía de saberlo, por eso inició la transformación cuando la mangodria la atacó. Pero si mantiene esa forma y un hijo de Vanir la golpea antes de que se convierta en un dragón, la destrozará. La aplastará de la misma manera en la que yo aplasto a un mosquito.
Sin decir nada más, Sigfrid avanzó con la vista fija en los destellos verdes y naranjas de Abigahil y Sakti. Al brazo todavía le faltaba la piel y no lo podía mover. Pero no importaba, porque todavía no lo ocuparía. Él no pelearía contra los hijos de Vanir, sino que se quedaría al margen, a la espera del momento oportuno para atacar a la mangodria mientras estuviese distraída con la princesa. Dereck comprendió que sería su trabajo salvar a Sakti en ese momento. Debía apartarla de Abigahil justo cuando Sigfrid atacara.
Pero mientras avanzaba, las ampollas y la sangre ardiente del brazo le gritaron. Le alegró que Sakti no hubiese salido lastimada, pero había algo que no calzaba. Sigfrid había deducido que la coraza de dragón salvó a la princesa, pero Dereck sabía que la chica había iniciado la transformación después del primer ataque de Abigahil. La cortada en la frente debió habérsela hecho un trozo de la espada que explotó por el contacto con las llamas verdes. Pero incluso entonces, ese fue el único daño. Sakti no había ardido. «Debió haber explotado», meditó el Guardián. «¿Por qué no explotó?».

****

Connor jadeó. Sus pisadas resonaron por los salones y pasillos vacíos. ¿En dónde demonios estaba? ¡Llevaba horas dando vueltas y todavía no había encontrado la salida de Palacio! «¡Ay!, ¿para qué demonios sirve tener una casa taaaaan grande? Es difícil de limpiar, en invierno es imposible mantener todas las habitaciones calientes, sobra el espacio porque no hay forma de tener una familia lo bastante amplia para llenar todo este lugar, ¡y los invitados no pueden encontrar la maldita salida! ¿Por qué? ¡Porque se pierden! ¡ARGH!».
Frustrado, el chico pateó un enorme jarrón en forma de pera, que estaba a un lado del salón. Era lo bastante grande como para que un niño se escondiera dentro; y muy grueso, como si estuviese hecho de metal. Pero era de cerámica azul, con diseños blancos de dragones, relámpagos y flores. La cerámica estalló por la patada de Connor. El jarrón estaba vacío, pero el ruido de la porcelana destrozada se esparció por el salón y los pasillos como si fuese un manantial.
Connor trastabilló, consternado. Q-¿qué había hecho? Sus padres lo habían educado para ser un muchacho con modales. ¡No un delincuente que destroza los bienes ajenos! Se agachó y tomó algunos trozos del jarrón, con la idea de pegarlos de nuevo. Pero se detuvo, porque comprendió que era una estupidez. No podía repararlo. No tenía pegamento, ni tiempo ni la habilidad de un alfarero para hacer un buen trabajo. Y aunque sí los tuviese, el daño ya estaba hecho. Ese bello jarrón tendría para siempre cicatrices y le faltarían trozos de porcelana por aquí y por allá.
Todavía escuchaba el eco del estallido. Repicaba en el salón, en los pasillos, en las paredes, y se devolvía hacia él. En ese enorme Palacio, estaban solos, él y el ruido. Nada más.
Connor se estremeció y se recostó a la pared, todavía con unos pedazos de cerámica en la mano. Ya no tenía tiempo. Aunque encontrara la salida y corriera como loco por toda Masca, no encontraría a Darius a tiempo. Para cuando lo encontrara –si es que alguna vez lo hacía–, su papá estaría tan roto como ese jarrón, incluso más. Porque sin importar lo mucho que se esforzara, Connor no podría repararlo. «No, eso no es cierto», pensó mientras las lágrimas le empapaban las mejillas. «Yo podría... podría traerlo de vuelta. Con el regalo de Anäel, con la bendición de dos Dragones y con la de Alucinación. Podría traer de vuelta a papá con la esencia de la curación».
Esa idea debió confortarlo, pero solo lo asustó más. No podía hacerlo. O, mejor dicho, no sabía si podía hacerlo. Esa posibilidad siempre estuvo ahí, en la parte trasera de su mente. Si su papá se moría, él podía resucitarlo. Como lo hizo la princesa Istar con centenas de aesirianos. El poder de Anäel le había dado ese don.
Pero... Anäel nunca resucitó a nadie. Cuando el dragón llevó lluvia, lo hizo para sanar, no para revivir lo que ya estaba muerto. Tuvo el poder para traer de vuelta miles de vidas a lo largo de todos sus años, y ni una vez lo hizo. «Porque él sabía que ser capaz de algo no implica que se deba hacer». La esencia no era suya. Todavía era de Anäel y lo justo, lo correcto, era usarla con responsabilidad. Él era el pequeño de su familia, pero Anäel lo había convertido en un hombre al darle una responsabilidad tan grande. Connor siempre lo supo, siempre lo entendió, y por eso nunca se aferró a la posibilidad de resucitar a Darius si lo peor llegase a suceder.
Porque él sabía que no lo haría. Sabía que no traería de vuelta a su querido papá. Porque era lo correcto, lo que Anäel y su sabiduría habrían hecho.
El llanto lo ahogó. En verdad que no estaba listo para enfrentarse a esa realidad. De hecho, ¿quién podría tomar esa decisión sin destrozarse en el proceso? Solo una persona sin corazón estaría bien con esa idea. «¡ARGH!, no puedo seguir con esto», decidió mientras se restregaba las lágrimas. «Tengo que encontrar a papá y curarlo antes de que sea demasiado tarde. Tengo que encontrarlo ahora mismo, ¡no puedo perder el tiempo llorando como un bebé!». Se secó las lágrimas y tomó impulso para levantarse, pero se quedó pegado en su sitio.
Había una sombra justo delante de él, agachado sobre él.
Connor no vio un rostro ni la forma de un hombre, sino una oscuridad plumífera y un par de ojos rojos como la sangre. «¿Un kredoa?», se preguntó antes de que la criatura abriese un pico enorme y duro como espada, y chillara. El doctor se cubrió los oídos, porque los tímpanos le vibraron como si estuviesen a punto de explotar. La cabeza también le cimbró, el cuerpo entero le tembló. Fue como si se hubiese encontrado un tigre y el rugido lo hubiese paralizado. Pero cuando la criatura lanzó el pico hacia él, Connor rodó por el suelo y se puso a salvo.
La criatura lo miró y se lanzó de nuevo. Otra vez, Connor logró esquivarlo. Lo hizo por instinto, como si bailara. A pesar de su situación, Connor se dio cuenta de que el entrenamiento militar en Lanyr había dado resultados: ¡sabía evadir como todo un profesional! Se puso en pie para echar a correr, pero dudó unos segundos mientras veía la forma del monstruo. «¿Un pájaro?». Esos segundos fueron suficientes para que el cuervo extendiera las alas. Alzó el vuelo y se lanzó en picada hacia él, con las garras listas para atraparlo.
Connor se cubrió el rostro justo antes de la embestida. El golpe le quitó el aire y las garras del cuervo le apretaron aún más las costillas rotas. El pájaro giró en el aire con su presa y luego la lanzó al suelo como si fuera un proyectil. Lo próximo que supo Connor fue que el ave estaba sobre él, con las garras sobre el cuello para darle el golpe final. Pero antes de que apretara al nivel de la aorta, las plumas negras se evaporaron como humo. En lugar de un pájaro, ahora había un hombre con dedos alargados y filosos.
—D-¿Dereck...? —llamó Connor con debilidad.
La mano que apretaba su cuello se aflojó un poco, lo suficiente para que pudiese respirar. El hombre ladeó la cabeza. Sus ojos eran rojos en lugar de verdes, y el cabello era más oscuro y largo, pero el rostro era idéntico al de Dereck.
—¿Conoces al amo? —preguntó el hombre.
Connor balbuceó algo, pero la habitación se oscureció. Cuando despertó, vio que el hombre todavía estaba ahí, pero la expresión letal con la que estuvo a punto de rasgarle el cuello se había desvanecido. En su lugar había puro horror.
—¡Lo siento, lo siento, lo siento! —se disculpó con voz aguda—. ¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡No sabía que eras amigo del amo Dereck! ¡Creí que eras un asesino!
El hombre apretó un paño húmedo y fresco en la frente de Connor. El chico sintió el ardor del golpe, pero se dio cuenta de que estaba mucho mejor que antes. Tenía suerte de estar vivo y lúcido, en especial si consideraba que tenía las costillas rotas y que un cuervo gigante lo había lanzado al suelo como si fuera un ratón. Cuando se sentó, vio que el hombre cuervo había abierto el botiquín para atenderlo. Le había vendado ya varias heridas. Si la aguja enhebrada a un lado era una señal, también le había hecho puntadas a las heridas hechas por las garras, que eran las más profundas.
La cabeza le latió como si tuviera corazón propio, pero no se llevó las manos a la cortada. En lugar de eso, dejó que el hombre cuervo le limpiara la sangre y le hiciera puntadas. ¡Qué raro era! Cuando salió de Lanyr pensó que las heridas se las haría antes de entrar a Palacio y que un aliado lo ayudaría a sanar. En cambio, recibió una tunda dentro de Palacio y el matón que lo había molido era el que lo cuidaba ahora.
—¿Qué eres? —le preguntó al hombre cuervo mientras éste cortaba el hilo.
—Soy un cuervo mensajero. Resguardo Palacio de cualquier vaniriano que logre colarse para matar al Emperador. Me llamo Huggin.
Cuando terminó de curarlo, el hombre se apartó y revisó a Connor de pies a cabeza, como para asegurarse de que ya había hecho todo lo posible. Connor también lo miró con atención. Era parecidísimo a Dereck, pero tenía las manos más alargadas. Aunque su cuerpo ya no era el de un cuervo, cada vez que se movía soltaba alguna que otra pluma. Al fin, Huggin sonrió y le ofreció a Connor un pellejo de cuero. El chico imaginó que debía de ser agua, así que bebió para terminar de recuperarse. Sin embargo, casi se atragantó por el sabor ardiente y fuerte de un vino especiado.
—¿De dónde salió esto? —preguntó. Llevaba muchas cosas en su botiquín, pero no vino. Huggin sonrió de nuevo.
—Lo traje de mi habitación, en la torre este.
—Ah, ¿estamos en la sección este? —Con razón no había encontrado la salida: había entrado a Palacio por la puerta Norte.
—No, estamos en la sección sur —sonrió otra vez Huggin. Cada vez parecía más una inocente paloma en lugar de un aterrador cuervo. Por su parte, Connor se estremeció: ¿por cuánto tiempo lo había dejado noqueado Huggin? ¿Tanto como para ir y venir de una sección a otra de ese enorme Palacio? ¡Ya había perdido mucho tiempo! Tenía que buscar a Darius por toda Masca—. ¿Eh? ¿Adónde vas? —preguntó el hombre cuervo—. Yo golpeo muy fuerte, ¡es mejor que descanses un rato más!
—¡Pero me urge irme! —rezongó Connor—. ¡Tengo que buscar a alguien! —Huggin ladeó la cabeza.
—Yo puedo llevarte a donde sea. Y puedo hacerlo muy rápido —agregó con orgullo—. Por ejemplo, yo estaba en el ala Oeste cuando te escuché aquí y ¡vine de inmediato para matarte! —A Connor le habría gustado que Huggin no estuviese tan feliz de haberlo molido a golpes—. Y luego traje el vino hasta aquí para reanimarte. ¿Verdad que soy un buen mensajero?
Los ojos rojos de Huggin brillaron con tanta satisfacción que Connor estuvo a punto de darle unas palmaditas para felicitarlo.
—Entonces, ¿puedes llevarme a donde quiera?
—Bueno... Se supone que estoy resguardando Palacio. —Pero Huggin vio las heridas vendadas de Connor y se sonrojó, avergonzado—. Supongo que puedo hacer una pausa y remediar lo que hice. Así me perdonarás por casi matarte, ¿verdad?
Esta vez fue el doctor quien sonrió.
—No te preocupes, Huggin. Yo ya te he perdonado.
Connor hizo un nuevo amigo.

"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2015. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Primero que nada ¡Que lindo cuervo! es un encanto jajaja definitivamente, es la contraparte de Dereck... la parte emplumada y aun mas atolondrada. ¿Como le hace Connor para hacer amistades tan extrañas, eh? Bueno, en realidad los Tonare les da por hacer amistades nada normales: Enlin con Sigfrid soy-un-amargado Montag ... Darius con Sakti princesa-aterradora Allena, con piratas y de paso con un kredoa bebe ¬¬ ... Zoe y su perrito faldero del principe kardan... connor con gente muerta (mark) dragones magicos (Anaël) y ahora un cuervo atolondrado...

    Por cierto... enserio Dereck si le dio matarile-rile-ron (la mato pues) a Lemuria (?) a mi que se me hacian tan linda pareja -mesientotanfrustrada-.

    Ya quiero que la invación acabe, tantos años peleando deben tener agotados a todos y de paso, ya quiero ver todo el drama de cuando llegue el punto culminante de la profesia... si, si, soy una desesperada :D

    !Nos estamos leyendo!

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    Respuestas
    1. ¡Hola! Perdón por contestar tan tarde.
      Mirá, tenés razón: ¡no me había dado cuenta de que los Tonare hacen amistades muy raras! :O
      En cuanto a todo lo que preguntas... Lo siento. Las respuestas vienen al final.
      En el puro final.
      ¿Llegaremos hasta allí...?
      ¡Gracias por leer y comentar!

      Eliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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