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Capítulo 1

1
CAZADORES

El hombre los guio por rutas estrechas, franqueadas por las tiendas del campamento. Por todas partes había aesirianos que se movían de un lado a otro. Algunos llevaban leña a las piras que iluminaban a los grupos. Otros transportaban lonas y maderos para construir techos altos con los que pudieran defender las piras de la inminente tormenta. Por encima de los truenos distantes destacaban las voces de los negociantes, que anunciaban a voz en grito la belleza de las ninfas de agua, la vitalidad de un supuesto unicornio, la magia de los colmillos de un dragón cazado a diez días de distancia y la venta de esclavos krebins.
Las botas metálicas de Dereck Sunkel hacían un sonido de succión con cada paso sobre el barro. Un olor agrio, mezcla de sudor, heces, azufre y aserrín, se le metió en la nariz y los ojos le lagrimearon. No le gustaba ese sitio. Los campamentos de cazadores eran sucios y desorganizados. Las partidas de cacería se unían y se marchaban del campamento a como mejor les pareciera, pero ninguna recogía los charcos de sangre, las vísceras y las cornamentas de las bestias que habían cazado, vendido y matado.
Hacía mucho tiempo, su princesa había impulsado una ley para regular las cacerías y los campamentos. Aunque le hubiese gustado erradicarlos por completo, Sakti sabía que no podía detener la cacería de criaturas mágicas así que había optado por legalizarlas para que fuesen menos brutales. En aquel entonces, Sakti había propuesto varios proyectos como ese, nacidos de la compasión, para evitar el sufrimiento y la humillación de bestias que pecaban de ser admiradas por su belleza y su poder. «Aquellos fueron días felices», recordó el soldado con añoranza. «Eran los días en que Mark estaba vivo».
Pero cuando el mensajero murió, Sakti perdió el interés en prácticamente todo. Se olvidó de las buenas intenciones y las ideas que Mark había plantado en su interior. Se había olvidado de sonreír. A veces Dereck pensaba que hasta se le había olvidado el color del sol, como si no pudiera ver ni percibir su luz ni aunque estuviese a pleno día.
Ese campamento gris, coronado por un cielo de nubes oscuras y alfombrado por las alas negras de las aves de rapiña atraídas por la putrefacción, le pareció el epítome perfecto del instante en que todo se vino colina abajo.
Quizá por eso mismo era el sitio ideal para que todo empezara a mejorar.
El guía sorteó tiendas, charcos y personas. Aunque nadie se quitó del medio, el flujo de cazadores y compradores era constante. El campamento estaba vivo y Dereck se unió al flujo de la gente como si fuera uno más de ellos. Entre los cazadores descubrió figuras altas e imponentes. Todavía no se acostumbraba a ver titanes lejos de una armadura y sin uniforme del ejército, pero supuso que era parte del rumbo que había tomado el mundo cuando Edén y las primeras ciudades acuáticas se levantaron de entre los siglos de olvido que las separaron de la nueva época. Ahora los titanes eran otra parte del mundo.
Por eso el campamento no se partía en dos al paso del guía que conducía a Dereck y al hombre encapuchado. Hace unos años los aesirianos habrían retrocedido con solemnidad ante la figura de Sigfrid Montag. Pero con la capucha que le cubría la armadura dorada de hombro derecho, Sigfrid era solo un titán más y no el Primer General de las Fuerzas Armadas Aesirianas.
Al fin alcanzaron una sección apartada del campamento. Allí las tiendas tenían una estructura de hierro, pues eran las jaulas que contenían a las bestias más peligrosas y valiosas. Dereck vio cachorros de esfinge, renacuajos gigantes en peceras de agua sucia y dos lagartijas escamadas, con collares de hierro. A una segunda mirada se dio cuenta de que eran cachorros de dragón. Si los cazadores no habían matado ya a la madre, la dragona les haría una visita muy pronto. También vio los miles de ojos de una esfera de carne, el centelleo de dos o tres miradas ocultas en otra pecera, y las sonrisas dentadas de algo que parecía aesiriano, pero que no lo era.
—Cazan demonios —observó el soldado. La región Oeste era la que tenía más demonios, pero allí en el Este también había algunos, en especial en lo más profundo de los bosques.
—Algunos demonios también tienen magia —se excusó el guía—. Las sirenas come-hombres fueron consideradas demonios hasta que se pudo comprobar que tenían esencias. Entonces se las consideró criaturas mágicas.
Dereck guardó silencio. Ciertamente la línea divisoria entre lo que era un demonio y lo que era una criatura mágica era algo difusa. Pero casi todos estaban de acuerdo en que las criaturas mágicas eran más sencillas de cazar y matar, mientras que los demonios eran más difíciles y peligrosos. Quizá por eso en esa sección también había vanirianos enjaulados y heridos, así como esclavos sucios y greñudos. Los vanirianos y los krebins debían de estar ahí para saciar el apetito de los demonios si estos lograban escapar.
El guía se detuvo delante de la tienda más grande que Dereck había visto hasta el momento. Parecía la carpa de un circo. El cazador sonrió como un lobo. Su mejilla derecha tenía tres cicatrices blancas y los brazos musculosos estaban llenos de otras heridas fantasmas. Eran sus premios de guerra, las pruebas de sus encuentros previos a criaturas poderosas que sobrepasaban hasta a los aesirianos en ferocidad y magia. Sus ojos grandes, coronados por cejas canosas y gruesas, se iluminaron con codicia. Ese hombre era un cazador hasta la médula. Pero ahora era un negociante a punto de mostrar su mercadería más valiosa, esa que solo mostraría a los clientes adecuados.
—Prepárense para quedarse sin palabras, caballeros. Mi equipo encontró a esta criatura en lo más profundo del bosque. ¿Es un dragón? ¿Un espíritu? ¿Una ninfa alada? ¡A lo mejor es una nueva especie! ¡A lo mejor...!
—Cállate —ordenó el hombre encapuchado—. Estás malgastando mi tiempo.
El guía se encogió de hombros al escuchar la voz de tigre de Sigfrid. Eran las primeras palabras que el General había pronunciado en todo el día. Sigfrid era grosero y cruel todo el tiempo, pero su humor empeoraba conforme se acercaba la luna llena. Y justo en unos minutos empezaría la primera luna llena del año. Dereck conocía lo suficiente a su General como para saber que le convenía aligerar el ambiente. Así que chascó los dedos para sacar al cazador de su estupor y obligarlo a entrar a la tienda sin más demora.
El interior de la carpa estaba iluminado con antorchas. En el punto más alto había un agujero por donde se colaría la luz del sol en un día sin pronóstico de tormenta. Los haces de fuego rodeaban una jaula alta y ancha, en cuyo interior había montículos de arena. «No, arena no», pensó el soldado mientras se acercaba. ¿Qué estaba viendo? A unos pasos de la jaula comprendió que lo que le parecieron dunas eran en realidad los contornos de un cuerpo gigante y lo que creyó que era arena eran escamas de madreperla.
Sintió detrás de él la mirada inquisidora de Sigfrid, pero Dereck no se estremeció porque tenía buenas noticias que reportar a su General.
—Es ella. La hemos encontrado —anunció. Sonrió y avanzó hacia la jaula—. Hola, Alteza.
Un par de ojos dorados se abrió en medio de lo que había parecido arena blanca. Un cuello largo y blanquecino, coronado con un hocico regio y un par de cuernos finos, se alzó por encima del cuerpo. Las alas de Sakti eran láminas tersas y translúcidas, plegadas sobre el lomo. Las patas traseras eran musculosas y la cola era larga y ancha, mucho más filosa y poderosa que todos los espadones del mundo combinados.
Dereck supo que era ella cuando escucharon los rumores de la última gran cacería de un equipo. Durante los últimos meses varios cazadores se habían vanagloriado de cazar dragones de dos patas que, en realidad, solo eran herramientas Fafnir con los núcleos descargados después de alejarse demasiado de las ciudades de mármol. Pero esta nueva criatura, decían los rumores, no se deshacía con el fuego ni se convertía en neblina después de unas horas. La criatura podía tener el cuerpo y el tamaño de un dragón y luego tomar la forma de una mujer escamada. Pero lo que convenció a Dereck de que valía la pena confirmar el rumor era que a la misteriosa criatura le hacía falta una extremidad. La garra izquierda.
Aun con el muñón, el soldado había quedado anonadado por la majestuosidad de su princesa.
—Está más hermosa que nunca, Alteza —dijo de todo corazón.
Estaba tan, tan orgulloso de ella, pero no se atrevió a decirlo en voz alta. No cuando alguien escalofriante detrás de él estaba tan enojado con la princesa fugitiva.
A pesar de la jaula, Sakti extendió las alas. Lo hizo despacio para no golpearlas contra las barras. A Dereck se le ocurrió que quizá Sakti intentaría escapar. En esa forma tenía fuerza de sobra para traerse abajo la jaula y quemar la carpa. Podría incluso incendiar todo el campamento de cazadores. Pero apenas abrió las alas, Sakti invocó los cambios de reversa. Su cuello largo se contrajo con docilidad. Las patas musculosas tomaron los contornos de muslos y pantorrillas. La cola se encogió. Las garras y los cuernos retrocedieron. Las alas se empequeñecieron hasta desaparecer en la espalda. Algunas escamas regresaron a la piel mientras que otras cayeron al suelo como auténticos granos de arena.
Dereck bajó la mirada y plantó una rodilla al suelo. Extendió un paquete que llevaba consigo, como si se tratara de una ofrenda. Las manos frías de Sakti lo tomaron, solo para desenvolver lo que ella sabía que encontraría: ropa. Mientras la princesa se mudaba, Dereck se levantó para encarar al cazador. El hombre miraba entre anonadado y lujurioso a la mujer aprisionada, pues claramente era la primera vez que la veía sin las escamas. El soldado tuvo que chascar los dedos delante del guía para que él le prestara atención.
—Ya puedes retirarte. —El cazador lo miró con una ceja arqueada y sonrió.
—No, ustedes ya pueden irse. He cambiado de opinión. Ella ya no está a la venta. —Su sonrisa lujuriosa aumentó con una pizca de codicia—. A no ser que puedan pagar cinco veces más de lo que acordamos la primera vez.
Una manota tan grande como la de un grolien lo levantó de la cabeza hasta despegarle los pies del suelo. La sonrisa del cazador se borró. En su lugar quedó una expresión de auténtico miedo porque supo que su cabeza podría convertirse en una uva aplastada.
—Acepta este nuevo pago —murmuró Sigfrid. Su voz sonó como un vendaval en una caverna profunda y oscura—. Te dejaré ir aunque enjaulaste a la Aesir que porta al Primer Dragón.
Sigfrid azotó al cazador contra el suelo. El hombre arañó el piso y miró con insolencia al encapuchado y al soldado, pero la furia se desvaneció cuando miró otra vez la jaula. Allí ya no había un dragón, ni una mujer escamada ni una mujer desnuda, sino una princesa. Sakti se inclinó sobre los barrotes, ataviada con un vestido gris con encajes de plata que hacían juego con sus ojos y su caballera grises. A pesar de las marcas de carbón que le cruzaban el cuello y las mejillas, Sakti le pareció elegante. Tenía la majestuosidad de una reina.
—No te olvides de abrir la jaula —indicó ella.
Apenas retiró el candado y las cadenas que aseguraban los barrotes, el cazador se marchó. Dereck lo miró por el rabillo del ojo, a la vez que extendía una mano para sacar a Sakti de la jaula.
—¿Se propasó con usted de alguna manera, Alteza?
Por su tono de voz, Sakti supo que Dereck estaba dispuesto a cortarle las manos y la lengua a cualquier hombre que se atreviera a tocarla o decirle improperios. Ella negó con la cabeza para calmar a su Guardián y después miró a Sigfrid.
—General —lo saludó.
—Princesa.
Un silencio pesado cayó sobre los tres. Era la primera vez que se veían en más de 50 años.
—Está bajo arresto por traición —dijo por fin el General.
Aunque estaba encapuchado de pies a cabeza, Sakti vio un resplandor dorado en la mano derecha de Sigfrid. Al instante unas cadenas surgieron del suelo para apresarla pero ella no se movió. Las cadenas la rodearon y la apretaron, pero al cabo de unos segundos desaparecieron en el aire. Sakti sabía que estaban ahí porque podía sentirlas, pesadas y gruesas. Si intentaba escapar, Sigfrid las materializaría de nuevo para detenerla pero era obvio que el General esperaba decencia de parte de ella. Después de tanto tiempo, lo menos que Sakti podía hacer era entregarse sumisamente.
—Por lo menos podrías verme a la cara mientras me «arrestas» —dijo ella con un tono burlón.
Dereck sintió las comillas en la última palabra y supo que Sakti podría librarse de ellos si lo quisiera. De la misma manera que pudo haberse librado solita de la jaula si lo hubiese decidido. Sigfrid dio un paso hacia la princesa y se impuso tan alto como era. Luego se descubrió el rostro. Se miraron el uno al otro, para ver qué tanto habían cambiado. Las marcas de la Profecía habían cubierto el cuerpo y el rostro de Sakti, pero 50 años era poco tiempo para marcar la cara de un aesiriano. Todavía estaba tan joven y tan fuerte como cuando se le dio el título de heroína de guerra. Sin embargo, cualquiera podría verle en los ojos mucho más de los 85 años que tenía. Aunque todavía le faltaban 15 veranos para la mayoría de edad, Dereck supo que ya había perdido sin remedio a la niña.
La princesa dio un asentamiento de reconocimiento y comentó:
—Te queda bien la barba.
—Con tanto trabajo que me ha dado no he tenido tiempo de presentarme mejor —se quejó el General antes de cubrirse otra vez. Sin embargo, Sakti y Dereck supieron que exageraba.
Hasta ese momento el único General barbudo que Sakti había visto era Enlil Tonare, porque aunque Sigfrid solía mantener el cabello por debajo de los hombros siempre andaba con un rostro lampiño. Ahora, en cambio, se había cortado el pelo y se había dejado crecer la barba. Sin embargo, no era tan descuidada como la de Enlil sino que estaba pareja y resaltaba los rasgos masculinos del último Montag. «Supongo que es más fácil cortarse el pelo una vez cada dos o tres meses que rasurarse todas las mañanas», pensó la princesa. Sakti supuso que Sigfrid tenía poquísimo tiempo para dedicar a sí mismo después de que Adad dejara la Capital aesiriana aplastada bajo las ruinas de unos castillos vanirianos.
Después de que Dereck la cubriera con una capucha, iniciaron el camino de regreso a la tropa, que esperaba fuera del campamento de cazadores. Sakti avanzó en silencio, meditabunda, entre Dereck y Sigfrid. Al Guardián no le sorprendió que estuviese tan callada porque ella siempre había sido así, silenciosa como una nube que oculta en su interior el más devastador de los relámpagos. Él solo esperaba que no le explotara en la cara.
—¿Cómo está tu hermana, Dereck? —preguntó la princesa mientras miraba la pecera que escondía a los demonios de agua. El soldado tragó fuerte y guardó silencio por unos segundos.
—Nunca la encontré.
Sakti se olvidó de las criaturas fantásticas y tenebrosas para mirarlo. Sus ojos no tenían lástima, ni burla, ni indiferencia ni compasión. Solo sinceridad.
—Lo lamento mucho.
—Yo también.
Dereck quería hacerle muchas preguntas como ¿dónde estaban los profetas? ¿Había Darius sobrevivido a la herida de Drake? ¿O acaso Adad sí llegó a matarlo? ¿Pudo ella protegerlo? ¿Pudieron esconderse el mestizo y sus hijos? El Emperador quiso ir tras los Dragones y los profetas apenas huyeron, pero la reconstrucción de Masca había tardado más de lo que había querido.
Incluso tantos años después de aquellas noches de rescate, algunas secciones de la Muralla de la Capital estaban rotas. Había cuadras llenas de escombros donde reposaban los restos de todos los edificios y las calles colapsadas de Masca, como si fuesen cementerios de mármol. Y todavía había calles y avenidas desaparecidas por el último desbalance de Sigfrid. Aunque el desierto había auxiliado la Capital y enviado tropas con el poder de los titanes, los voladores y los Fafnir, los magos todavía no habían podido arrancar a los vanirianos el control que ganaron durante la invasión a Masca. Vanirianos y aesirianos se debatían sin descanso en el continente principal, sin que ninguno diera el brazo a torcer.
Aunque Edén le había dado al Imperio un poder que no había tenido durante milenios, las tropas del País de Hielo tenían una fuerza capaz de aplastar legiones aesirianas bajo las pezuñas. Los hijos de Vanir eran cada año más grandes y poderosos. Fue apenas hace cinco años cuando al fin los aesirianos encontraron el nido de abejas reina más grande en el continente principal: el que estaba en el Pantano, en el paso entre las rocas que Dereck, Kael y Sakti habían cruzado junto a una Doncella alada y veinte soldados que estaban muertos desde hacía tiempo. En aquel entonces creyeron que los panales albergaban kredoa. Si en lugar de escapar hubiesen investigado más, habrían encontrado a la abeja reina y entendido lo que se les avecinaba. Ese panal estuvo allí durante años, quizá durante generaciones. Si algo había aprendido Dereck de los vanirianos era que tenían mucha paciencia. Sabían planear. Sabían esperar. Habían soportado la furia y arrogancia de los aesirianos sin revelar sus cartas hasta que ya fue demasiado tarde para sus enemigos. En ese sentido, quizá, se parecían a la silenciosa Sakti.
—¿Dónde está su hermano, Alteza? —preguntó Dereck.
—En algún bosque, en alguna montaña —respondió ella mientras se ajustaba más la capucha. A pesar del ir y venir de cazadores y compradores, centenas de ojos estaban fijos en ella. A Dereck le entraron ganas de rodear los hombros delgados de su protegida, pero supo que Sigfrid no se lo permitiría. Ahora estaban escoltando a una criminal. No a una princesa.
—Debe colaborar más, Alteza —la aconsejó el Guardián.
—¿Por qué? ¿Consideran usar tortura si no les doy las respuestas que quieren escuchar?
El tono de Sakti era tan impasible como su rostro, pero Dereck supo que la idea la divertía. Oh, sería tan gracioso que los aesirianos golpearan, quemaran y encerraran a la mujer que debía liberarlos. Eso sin lugar a dudas que resolvería todos sus problemas, ¿verdad?
—Hay muchas maneras de hacerla hablar —terció Sigfrid. Su voz fue igual de suave a la que utilizó con el cazador guía—. Incluso una traidora tiene corazón. O debería tenerlo.
Dereck comprendió que era un mal tercio. Sigfrid lo había llevado porque podía confirmar la identidad de Sakti si utilizaba el vínculo mágico que la unía a ella, pero esa era una reunión entre un padrino y una ahijada resentidos y enfadados. Un soldado, sin importar que fuera tan especial como el Guardián de un Dragón y el pupilo de un General, no tenía nada que hacer ahí.
Sigfrid no le perdonaba a la princesa que hubiese escapado justo cuando el Imperio estaba tan débil y necesitaba la fortaleza de los Dragones. Y cuando Sakti se adelantó hasta bloquearle el camino a Sigfrid, Dereck supo que ella no le perdonaba absolutamente nada: la manipulación, la muerte de Mark, la amenaza implícita que había hecho a su corazón o, mejor dicho, a los que guardaba en él: a los profetas. Sakti no dijo nada, pero sus ojos brillaron con destellos plateados por debajo de la capucha y hablaron a mares: «No los metas en esto. Nunca más». Sigfrid gruñó con desdén.
—Cachorra insolente. Cuando la conocí por primera vez tenía muy altas expectativas de usted. Era obediente y aplicada. Respetuosa y agradable. La hija que se esperaba de mi protegida. —La voz del General se hizo más sombría y helada. Nefasta. Cruel—. Entonces entró ese cachorro bastardo y todo se vino abajo. La contaminó. La puso en nuestra contra. Pero usted todavía tenía arreglo. Todavía era la portadora que el Imperio necesitaba. Pero luego vino esa... esa cosa... y ya no tuvo remedio. La perdimos. Ni siquiera eliminando a ese paria pudimos recuperarla. Ese asqueroso bicho inmundo corrompió nuestra llave a la salvación. Usted ya no es la hija de mi protegida, sino un error. Una vergüenza para sus padres. Un fracaso.
La boca de Dereck se secó. Las palabras de Sigfrid le supieron a hierro amargo y le hicieron apretar los puños. Quizá una parte de su enojo era un eco de la furia contenida de Sakti, pero la mayoría era de él. No le gustó que llamara «error» a su princesa. No le gustó que hablara con tanto desdén de Darius. Pero lo que menos le gustó fue que tratara a Mark como si fuera un insecto, cuando en realidad el mensajero había sacado a relucir lo mejor de Sakti. En ese instante al fin Dereck lo vio todo con claridad. «Si la Profecía falla, si después del día prometido seguimos malditos, ¡todo será culpa suya! ¡Del General Enlil, del Emperador y del señor Sigfrid! Ellos nos han condenado».
Sakti retrocedió un paso pero el Guardián supo que no era en signo de derrota.
—Gracias —susurró la princesa mientras daba media vuelta—. Has confirmado lo que sospechaba.
Dereck comprendió entonces algo más. Sakti pudo librarse de la jaula por su propia cuenta, pero no lo intentó. Pudo derrotar a los cazadores que la atraparon, pero se dejó capturar. Pudo haber roto el hechizo de las cadenas de Sigfrid, pero se dejó rodear por ellas. Y todo porque había estado esperando una respuesta. Sigfrid ya se le había dado.
—No me dé la espalda, cachorra —gruñó el General. Esta vez no contuvo la voz y varios cazadores se quedaron viendo la escena—. Cuando lleguemos a mi campamento responderá las preguntas que le haga. Me dirá dónde está su hermano. Me dirá dónde están los profetas. Y después me ayudará a capturarlos a todos.
Dereck supo que debía detener al General antes de que Sakti soltara el relámpago que escondía en su silencio. Pero la princesa encaró otra vez al General y el soldado supo que las cartas ya estaban sobre la mesa. La tormenta iba a caer sobre ellos.
—Has olvidado hacer la pregunta más importante, Sigfrid —dijo ella con voz suave y pausada—. Tenías que haber empezado con «¿Qué ha hecho en estos años, Alteza?». Pero no te preocupes, yo te lo diré. He estado pensando. He estado cuestionando. He estado meditando. ¿Por qué soy lo que soy? ¿Por qué soy un «error», como dices? Y, ¿sabes?, al final encontré la raíz y ni Darius ni el amo Mark tienen la culpa de en lo que me he convertido.
A la distancia la lluvia empezó a caer con timidez sobre las copas de los árboles. Dereck la escuchó acercarse lentamente, como la ola perezosa a la orilla de un lago durante un día de poco viento.
—Si no hubiese conocido a Darius, no habría aprendido el valor de cuestionar lo que se me dice. Todavía sería sumisa. No habría conocido a Darius si Adad no me hubiese llevado a los profetas. Adad no me habría llevado a ellos si él no me hubiera encontrado en Lahore. No me habría encontrado en Lahore si el amo Mark no me hubiese cuidado. El amo no me habría aceptado si las aldeas krebins no hubiesen ardido. Las aldeas no habrían ardido si los vanirianos no me hubiesen buscado allí. Y ellos no me habrían buscado si alguien no me hubiera abandonado entre los híbridos.
La brisa se hizo más cortante y fría. La tormenta estaba más cerca. Los puños de Sigfrid estaban apretados.
—Olvidemos por un instante que fuiste tú el que me dejó allí. Centrémonos en por qué lo hiciste. ¿Porque te preocupaba que los vanirianos atacaran con todas sus fuerzas Irem o Masca si los dos príncipes Dragones estaban en un solo lugar? Sí, puede ser. Me parece bastante válido, una justificación excelente. Pero tengo otra hipótesis. Se suponía que yo nacería en el desierto pero mis padres escaparon. Volaron al otro lado del mundo sobre una esfinge justo cuando estaban más vulnerables. ¿Por qué, Sigfrid? ¿Por qué?
Dereck también se lo había preguntado muchas veces. Si Istar y Velmiar hubiesen seguido el plan, Sakti habría nacido en Irem. Habría crecido en una guardería, rodeada de seguidores cariñosos; o en los jardines de Palacio de Masca, servida por cuidadoras fascinadas por la promesa de su espalda. Pero no. Sakti se había criado entre krebins que la golpeaban y castigaban por ser diferente.
—Ellos huyeron por la misma razón que Adad y yo escapamos de Masca. Huyeron porque tú y tío los habían manipulado. —Sakti saboreó las siguientes palabras—. Me abandonaste en el Oeste porque soy tu error. Tu vergüenza. La prueba de que traicionaste a mi madre. La prueba de que eres un fracaso de Guardián.
Un destello de luz cercano anunció la caída de la tormenta. El primer relámpago cayó cerca del campamento, apenas a unos metros del borde este. Tronó tan fuerte que varios cazadores se encogieron sobre el suelo, con las manos sobre las orejas. Pero Dereck apenas lo escuchó porque lo que oyó fue el crujido de la clavícula de Sakti cuando Sigfrid la golpeó con todas sus fuerzas. A pesar de la conversación venenosa entre el General y la princesa, Dereck no se esperó ningún golpe. Sakti sabía que era muy pequeña como para herir a Sigfrid con un solo puño. Y Sigfrid nunca, jamás, había levantado la mano contra un Aesir por la furia. Por eso no pudo hacer nada para defender a Sakti, aunque la princesa reaccionó en el último momento. Si no se hubiese corrido a un lado, el General le habría roto el cráneo.
Sakti cayó al suelo de medio lado, incapaz de levantarse o mover el brazo derecho. A pesar de la capucha, Dereck supo que Sigfrid le había fracturado la clavícula. Esta vez, cuando el General estiró una pierna para patear a la princesa, Dereck sí pudo reaccionar. Se coló por detrás del General y lo sostuvo por las axilas. Apenas pudo detenerlo por un par de segundos, porque al instante Sigfrid le lanzó el codo a la cara y le quebró la nariz. Una cortina carmesí con destellos dorados nublaron la vista de Dereck, pero el soldado supo que Sakti pudo levantarse y echar a correr porque escuchó al General gritándole que se detuviera.
Dereck intentó correr detrás de ambos, pero el golpe de Sigfrid lo había derribado. Ni siquiera sabía si estaba despierto. Lo que lo espabiló fueron los goterones de agua, mezclados con los gritos del General mientras apartaba a empujones a los cazadores que le bloqueaban la ruta que Sakti había tomado. «Debo levantarme», pensó Dereck mientras agitaba la cabeza. «Si el General la alcanza... ¡Y la trampa...!».
Echó a correr. Al principio estuvo tan desubicado que a lo mejor dio vueltas en círculos o avanzó en la dirección contraria del General y la princesa, pero una corazonada lo hizo doblar rutas alternas, pasar entre tiendas y cazadores y avanzar por entre los barriales provocados por la tormenta. Llovía con tanta fuerza y los relámpagos caían tan cerca que Dereck apenas podía ver o escuchar nada. Pero cuando al fin reconoció una enorme figura encapuchada, el soldado la embistió con todas sus fuerzas. Sigfrid y él rodaron por el lodo. Dereck conocía los movimientos básicos de Sigfrid, así que se apartó antes de que el General le diera un cabezazo que lo noqueara. Levantó la mirada por un segundo, apenas para asegurarse de que Sakti escapaba. Vio su melena gris empapada mientras se perdía entre el gentío. Luego esquivó un puñetazo que iba hacia su quijada, pero no pudo evitar el rodillazo que lo partió por la mitad y le sacó el aire. Intentó aferrarse a Sigfrid y explicarle a gritos que no podía herir a Sakti. «La princesa se había dejado atrapar. ¡Estaba dispuesta a que nos la lleváramos! Y usted la hizo cambiar de opinión con sus palabras, ¡grandísimo idiota!». Pero hasta los golpes más débiles de Sigfrid eran demoledores y Dereck no pudo sostener al General ni levantarse.
A la distancia, Sakti gritó. «Llegó al perímetro del campamento», supo Dereck. Algún soldado la habría reconocido y agarrado. Herida como estaba, cualquier cosa que la rozara le dolería como los mil demonios. El Guardián se esforzó en sentir el dolor de Sakti por medio del vínculo mágico, porque supuso que eso lo espabilaría lo suficiente para ir en su auxilio. Pero apenas lo intentó, sintió grietas ardientes en todo su cuerpo. Se estaba despedazando. Una fuerza indescifrable lo estaba destruyendo.
Un nuevo relámpago cayó en medio del campamento e incendió las tiendas más altas. A pesar de la lluvia, el fuego se extendió como una serpiente escurridiza, pero nadie intentó apagar las llamas. Todos tenían la mirada puesta en la figura blanca que se levantaba al borde del campamento. Dereck se levantó sobre un codo a tiempo para ver a Sakti mientras desplegaba las alas. Los soldados que debieron de haberla cogido seguro ahora se apartaban de ella, sorprendidos o heridos por la repentina aparición de las filosas escamas de madreperla. Con la lluvia, las nuevas alas de Sakti no secarían lo bastante como para permitirle volar pero Dereck supuso que la princesa daría coletazos y escaparía sobre las patas.
Unos destellos de oro rodearon al Dragón y lo tiraron al suelo. Dereck escuchó el gañido de dolor de Sakti al caer sobre la clavícula herida, que no habría podido sanar a pesar de la transformación. Los cazadores habían retrocedido, así que Dereck vio claramente a Sigfrid mientras se acercaba a Sakti. Una cadena de oro brillaba en el puño del General.
—¡No, deténgase! —aulló Dereck—. ¡Apártese, rápido!
Pero Sigfrid lo ignoró y avanzó hacia la princesa mientras desenfundaba el espadón que llevaba a la cintura. «¿Ha perdido la cabeza?», se preguntó Dereck. «¿Es que quiere matarla?». No se podía creer que las palabras de Sakti hubiesen irritado tanto a Sigfrid como para que la atacara. Ese comportamiento era muy violento, incluso en alguien tan usualmente malhumorado como el General.
—¡Apártese! —gritó otra vez Dereck. Sacó fuerzas de flaqueza, se levantó y corrió de nuevo hacia Sigfrid.
Tenía que detenerlo antes de que hiriera a Sakti, pero también antes de que...
Fue demasiado tarde. Al fin Sigfrid estuvo dentro del rango de ataque de la princesa. Sakti se levantó sobre las patas traseras, rugió y las cadenas mágicas que la aprisionaban se rompieron en miles de fragmentos electrizantes que se esparcieron con la lluvia y electrocutaron a los que estaban más cerca. Sigfrid se detuvo por el pellizco de electricidad y Sakti giró sobre las patas a toda velocidad. Su cola de acero golpeó a Sigfrid con todas sus fuerzas y mandó a volar al Primer General contra unas tiendas.
Sigfrid era un hueso duro de roer pero hasta él resintió un ataque directo del Primer Dragón. El General aún no se había espabilado cuando Sakti se detuvo delante de él, gruñendo. Tenía los labios levantados y los dientes al descubierto. Un destello ámbar empezó a formarse en la base de su cuello, porque preparaba una bonita descarga de fuego para Sigfrid. Pero al fin Dereck los alcanzó y se situó entre el Dragón y el General.
—Lo sé, Alteza, ¡lo sé! —imploró el Guardián—. Ya lo he entendido, ¡de verdad! Pero por favor deténgase. Muchas vidas inocentes dependen de que el General siga con vida. Si lo mata perderemos el control que hemos recuperado en los últimos años. ¡Los vanirianos ganarán y nos matarán a todos!
El destello ámbar se desvaneció, pero los labios se mantuvieron levantados y el gruñido quedó constante por varios segundos. Al fin Sakti acercó su cabezota de Dragón el rostro ensangrentado de Dereck. Por un momento, el rostro de la princesa fue aesiriano otra vez.
—A veces pienso que el mundo estaría mejor si los vanirianos destruyeran a los aesirianos —siseó ella. Su voz fue gutural, de dragón—. Pero luego aparece alguien como tú que me hace cambiar de opinión. Otra vez. Y de nuevo me hallo sin respuesta. Otra vez.
A pesar del aguacero, los dos escucharon los pasos metálicos y las voces de los soldados que empezaban a rodearlos para atrapar al Primer Dragón.
—La trampa... —murmuró Dereck—. ¡Alteza, si se va a ir debe hacerlo ya! —Sakti ladeó la cabeza y lo miró con ojos amarillos. A Dereck le gustaban más cuando eran grises.
—Dereck... —susurró ella—. ¿De qué lado estás?
Antes de que el Guardián pudiera responder, el rostro de Sakti fue otra vez el de un Dragón. Ella giró, se irguió sobre las patas traseras y agitó las alas. Cuando despegó levantó una cortina de agua y barro que cubrió a Dereck y a su mentor. Entre los gritos de la tormenta, los cazadores y los soldados, el Guardián reconoció el «clic» de las lanzadoras que habían construido para ese momento. Varias redes volaron por los cielos hacia el Dragón, pero el peso de la lluvia derribó la mayoría, Sakti burló las demás y la única que sí alcanzó a la princesa se deshizo en llamas cuando ella dio un rugido de fuego.
Sakti desapareció entre la tormenta.
Dereck miró las nubes que el Dragón había atravesado. En el campamento los cazadores luchaban contra las llamas que había provocado aquel fatídico relámpago. Los pasos metálicos de la tropa de Sigfrid los rodearon, también envueltos en gritos con preguntas e instrucciones. Antes de que Dereck pudiera tan siquiera procesar lo que acababa de ocurrir, ocho oficiales uniformados con armadura escarlata de pecho y hombro derecho lo rodearon. El Escuadrón Fuoco desenvainó a la vez y lo apuntó con ocho espadas distintas. Dereck vio las expresiones de lamento de sus compañeros, pero supo que ellos solo seguían órdenes.
Un hombre alto, envuelto en una armadura dorada de pecho y hombro derecho, se abrió paso entre los oficiales de alta categoría y encaró al Guardián. Dereck nunca había visto tanta furia en la expresión de Enlil Tonare.
—Al suelo, Sunkel. Terminemos con esto de una vez.
Los años de entrenamiento militar lo empujaron a obedecer, pero Dereck se detuvo. No podía arrodillarse. No podía ofrecerse tan fácilmente.
—Señor, no...
—Al suelo, he dicho.
—¡Pero señor...!
—¡Arrodíllate!
Dereck tembló. El Escuadrón Fuoco se esforzó en mantener un rostro impasible, pero Dereck vio su miedo y su lástima. Los soldados de Sigfrid también tenían marcado el temor porque nunca nadie, jamás, habría imaginado que a Dereck Sunkel, el soldado número uno del ejército, el Guardián de la princesa portadora del Primer Dragón, sería condenado a un lavado de cerebro.
—Él protegió al General Montag —intervino alguien—. ¡Dereck impidió que la princesa quemara al General!
—Cuando quiera tu opinión te la pediré, Kael —cortó Enlil con frialdad.
Kael se había abierto paso entre el Escuadrón, pero las palabras del Segundo General lo hicieron retroceder. El mago alado miró con desesperación a Dereck porque supo que les quedaba poco tiempo. Si Dereck caía en un lavado de cerebro faltaría poco para que Kael lo siguiera. Y entonces ¿quién defendería a los Dragones? ¿Quiénes protegerían a los príncipes?
Dereck se arrodilló. Cuando Enlil le puso una mano sobre la cabeza, el soldado lo fulminó con sus ojos verdes como el bosque.
—¿Al menos me preguntará por qué lo hice?
—... ¿Por qué atacaste a tu oficial a mando y dejaste escapar a una fugitiva? —La voz de Enlil fue tan parecida a la de Sigfrid que Dereck estuvo seguro de que no importaba lo que respondiera. Sus palabras caerían en oídos sordos. Pero aun así tenía que intentarlo.
—Para eso me eligieron. Para eso me seleccionaron de entre miles de candidatos. Para eso el Tercer Dragón me dio el huevo de Huggin: para protegerla. Por eso ataqué al hombre que le quebró la clavícula. —La mano de Enlil se iluminó, pero Dereck no sintió calor alguno sino frío puro. Como si la tormenta que los rodeaba fuera de nieve y hielo—. Me eligieron para protegerla, incluso de sí misma. Y por eso no dejé que hiciera algo que pudiera lamentar después. Por eso no dejé que matara al General Montag.
El hechizo de Enlil se intensificó. Dereck apretó los dientes, deseando y aferrándose todavía a la esperanza de que sus recuerdos y pensamientos se quedarían con él. No pudo recordar algún momento en el que tuviera tanto miedo como en ese instante.
—¿De qué lado estás? —preguntó de repente Sigfrid. Dereck supo que el Primer General todavía estaba en el suelo, demasiado herido y cansado como para levantarse aún. El soldado tragó fuerte, porque quizá las siguientes palabras serían las últimas que pronunciaría en su vida.
—En el de ella. Siempre.
Apretó los ojos, aterrado. Sabía que si miraba hacia su izquierda Kael le mantendría la mirada en un último e incondicional apoyo, pero tenía demasiado miedo como para ver a su amigo. Porque entonces quizá diría algo que comprometería a Kael. Enlil no esperaría a que el mago alado cometiera un desliz delante de una tropa entera. Lo arrodillaría y le lavaría el cerebro sin siquiera darle la oportunidad de defenderse.
Pero Enlil retiró la mano y el hielo que congelaba sus pensamientos se disipó. Dereck perdió el equilibrio y cayó sobre el lodo. Sus dedos acariciaron el barro, agradecidos.
—Es cierto que salvaste a tu oficial a mando. Eso te salvó a ti. Pero esta es una excepción. No habrá una segunda oportunidad. —Dereck respiró profundamente y se arrodilló de nuevo.
—Lo entiendo, señor. Gracias.
Enlil asintió y pasó a su lado para situarse junto a Sigfrid. El golpe del Dragón le había deshecho la capucha y la armadura. Tenía trozos de metal incrustados en la piel. Ni siquiera el peto que usaba por debajo le había evitado el daño.
—Hay que llevarte a un curandero de inmediato —señaló Enlil mientras se pasaba el brazo de Sigfrid por encima de los hombros—. ¿Puedes avanzar? ¿Me escuchas?
Sigfrid se levantó con el apoyo de Enlil y miró fijamente a Dereck.
—Le dijiste a la princesa que lo sabes, que lo has entendido. ¿A qué te referías?
Pero antes de que Dereck pudiera responderle, Sigfrid se tambaleó. De no ser por Enlil habría caído de nuevo al suelo. El Segundo General ordenó a los soldados que se quitaran de en medio para llevar a Sigfrid donde un curandero y le pidió a Kael que lo ayudara a cargar a Sigfrid. Pero el mago alado se quedó plantado en su sitio, con la mirada fija en el cielo. Por un instante Enlil y Dereck creyeron que Sakti había regresado y que atravesaría las nubes envuelta en flamas para acabarlos a todos. Pero en lugar de un dragón, la luna se asomó por entre las nubes.
Pero no era una luna plateada como la que esperaban, una luna llena capaz de provocar desbalances.
Por entre los vapores grises de las nubes de tormenta se asomó una moneda teñida de sangre.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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