¡Sigue el blog!

Capítulo 2

2
EL SEPULTURERO


Dolía. En cada aleteo se iba de lado. Aunque recuperaba el control para volar en línea recta otra vez, en cada ocasión se desviaba más y más. Había experimentado dolores más agudos, pero supo que tenía que detenerse. De lo contrario no podría mover nunca más el único brazo que le quedaba. Se dejó caer en picada. Cuando rozó las copas de los árboles invocó poco a poco los cambios de reversa hasta aterrizar lentamente en un claro en el bosque. Dio un par de pasos adoloridos y se cayó de bruces. Se encogió en posición fetal y apretó los dientes, temblorosa.
Dolía, pero no se echaría a llorar. No era una niña. Ni siquiera una persona. Solo...

«... un error. Una vergüenza para sus padres. Un fracaso».

—Yo ya sabía eso —murmuró con los dientes apretados—. No necesitaba que me lo dijeras.
Quizá si cerraba los ojos y se dormía, el brazo estaría sano cuando despertara. Quizá... «No. Necesito que alguien me lo acomode». Sakti se arrastró por el suelo, por encima de las raíces y las hojas caídas y empapadas. El musgo frotó su piel con la suave caricia de una esponja, pero Sakti sintió las escamas que dormían bajo la alfombra verde. El vestido que Dereck le había dado se había hecho pedazos cuando se transformó, pero no le importaba. En los últimos años casi había dejado de ser aesiriana para convertirse en algo más, en algo distinto. Aunque luchaba contra la urgencia de andar sobre tres patas y surcar los cielos, día a día, mes a mes, año a año, se convertía más y más en un dragón.
—Hermano... —llamó con debilidad.
Adad nunca intentó luchar contra esa segunda naturaleza, que a lo mejor era la única y verdadera. Un aliento cálido alborotó el cabello de Sakti y un ojo dorado se abrió justo delante de ella. Al verla herida, la pupila del Dragón Negro se contrajo con espanto. El Dragón se levantó poco a poco, con sus escamas cubiertas por una pelusilla de pasto, musgo y hongos. «¿Cuánto tiempo lleva durmiendo?», se preguntó Sakti. «Cielos. Solo le falta una cueva llena de monedas de oro para ser un típico dragón de cuentos de hadas». El Dragón Negro extendió sus amplias alas y golpeó las copas de los árboles.
«¿Quién ha sido?», rugió. El aire vibró con su furia. «¿Quién se ha atrevido a lastimar a mi hermana? ¡Dime!».
—Necesito tu ayuda —susurró ella.
Si le decía que se había dejado atrapar por un grupo de cazadores, Adad iría a quemar el campamento y a destrozar a Sigfrid. Luego regresaría, intentaría reacomodarle el brazo y le daría un sermón por haberse puesto en peligro. Pero quién sabe cuánto tiempo le tomaría eso y ella necesitaba ayuda ya. Adad también debía de saberlo, porque recogió las alas y, poco a poco, invocó los cambios de reversa. A él le costaba más. Pasaba tanto tiempo como Dragón que se le olvidaba cómo ser aesiriano otra vez. Pero tenía que hacerlo, porque no podía ayudar a Sakti con garras gigantescas, colmillos y escamas. Necesitaba manos y brazos calurosos.
Cuando se convirtió en un hombre, Adad la rodeó con cuidado y la protegió del frío.

****

La tormenta no había parado. El agua caía como si el cielo se hubiese convertido en un mar suspendido en una bóveda de cristal y alguien hubiese abierto la escotilla que impedía que el agua se regara. Enlil no envidiaba a los pobres soldados que debían hacer guardia al borde del perímetro. Seguro que estaban calados hasta los huesos.
Inspiró con fuerza y saboreó el humo amargo. Había empezado a fumar después de la muerte de Darlan, pero lo había dejado por dos razones. La primera era que no le sentaba bien, en especial cuando estaba en campos de batalla. En combate requería de todas sus fuerzas pero perdía resistencia si se llevaba una pipa a la boca los días previos al enfrentamiento. Quizá los fumadores expertos no tenían ese problema, pero entre más estrés enfrentaba más fumaba, menos resistencia tenía durante batallas largas y más se preocupaba por eso. El círculo vicioso perfecto. La única manera de romperlo era cambiar la pipa por algo más.
Y la segunda razón por lo que lo había dejado... No. No la recordaba. Enlil entrecerró los ojos. A veces tenía esa sensación de vacío, como si le hubiesen arrancado una parte de su cerebro, un trozo de su ser. Sus recuerdos fallaban en detalles nimios, insignificantes para cualquiera. Pero la pérdida de esas pequeñeces le ardía como si tocara un témpano de hielo con los dedos desnudos. A veces el dolor se iba, adormecido por tanto frío. Otras veces, en cambio, lo desesperaba porque tenía la impresión de que en esos detalles, en esos pequeños momentos borrados por imprecisiones, se escondía algo grande que lo había hecho inmensamente feliz.
¿Cómo pudo olvidar algo así?
—Genial —murmuró alguien detrás de él—. Otra vez eres una chimenea andante.
Enlil sonrió tenuemente y dejó escapar el humo por entre los labios, para que saliera por la cortina de la tienda. El vapor se desvaneció en el exterior, aplastado por los goterones furiosos de la tormenta. Enlil vació el hornillo, cerró la cortina y se situó al lado del catre. La lámpara le iluminó la silueta de Sigfrid y le provocó una mueca. Muy pocas veces lo había visto tan herido.
—Es de noche.
—De madrugada. En un par de horas saldrá el sol.
—¿Iniciaste la búsqueda de la princesa?
—Sabes que no. En tu estado y con esta tormenta era estúpido siquiera intentarlo.
Enlil no quiso admitir que también le daba miedo retomar la búsqueda. A pesar de las nubes, la luna carmesí alumbraba de vez en cuando. Era esa luna moribunda la que lo había hecho revisar entre los compartimentos de Sigfrid para encontrar la condenada pipa. Había visto lunas rojas en su vida, pero siempre calzaban con el calendario de eclipses. Esta, en cambio, no había sido pronosticada.
Y la herida de Sigfrid... Se suponía que esa era noche de luna llena y era entonces cuando las habilidades mágicas del Demonio Montag estaban en su tope, incluida la habilidad regenerativa. Pero el coletazo que le había dado Sakti lo había noqueado y todavía tenía el pecho surcado con una herida al rojo vivo. Sigfrid también debió de saber que algo estaba mal, porque ni siquiera intentó moverse. Se quedó en el catre como el paciente responsable que nunca había sido.
—Atacaste a la princesa.
Enlil había observado el avance de Sigfrid y Dereck a través de unos binoculares y vio la escena. Cuando Sakti se situó delante del Primer General, Enlil se esperó de todo menos el puñetazo que Sigfrid le había lanzado. Si Sakti no se hubiese corrido a un lado, Sigfrid le habría partido el cráneo. La promesa de la salvación se habría muerto con el cerebro hecho pulpa sobre un lodazal de barro y excrementos.
Como Sigfrid no hizo ningún comentario sobre la observación de Enlil, el Segundo General dejó el asunto de lado.
—Es hora de que nos separemos. Si en un par de días se sana la herida, debes ir al campamento de Su Majestad para mantenerlo informado. Yo entraré más al Este.
—¿Llevarás a Dereck y Kael? —Enlil lo pensó, pero desechó la idea.
—Si encontramos a los profetas, no les gustará lo que haré. Y no creo que a mí me vaya tan bien como a ti en apartar a Dereck si se le ocurre agarrarme.
Hace unos años Enlil habría podido tumbar a los dos Guardianes Celestiales. Pero ahora la edad le pesaba como el caparazón de una tortuga y no podía quitársela de encima. Si las cosas hubiesen tomado el rumbo correcto, él ya se habría retirado como General. Si él hubiese criado a Darius en Masca, si Sakti hubiese nacido en Irem, si la historia se hubiese escrito como habían planeado, Darius sería ahora el Segundo General y Sakti marcharía con él por el Imperio, poniendo orden como la princesa aesiriana que debía ser.
Sigfrid también lo sabía porque lo miró largo rato sin parpadear. Últimamente le había dado por mirarlo así cuando estaban solos. Sin que Sigfrid se lo dijera, Enlil había descubierto que su amigo temía ser pronto el último General aesiriano. Le habría gustado reírse y decirle que se preocupaba por nada. Él era Enlil Tonare, de los más grandiosos Generales que esa Casa había dado al Imperio. Era el guerrero que podía sostener un enfrentamiento contra el Demonio Montag como un igual. Pero él sabía que todo había cambiado. Ya no era ese hombre fuerte y joven que había luchado hombro con hombro junto a Sigfrid. Ahora era un anciano en una guerra que se había hecho muy rápida y ruda para él. Como Sigfrid, Enlil sabía que su muerte estaba cada vez más cerca.
Apretó la pipa y la situó sobre el baúl al lado del catre.
—Quédatela. Si me la llevo seré toda una chimenea.
—La voy a romper para que dejes de una vez ese hábito tan desagradable —gruñó Sigfrid mientras Enlil cruzaba la cortina hacia la lluvia.
El Segundo General se rio porque supo que Sigfrid no rompería la pipa sin importar cuánto la detestara. Si la próxima noticia que recibía de Enlil era que había muerto, la pipa sería el último recuerdo que tendría de su amigo. Y entonces la atesoraría más de lo que la aborrecía ahora.

****

Reacomodarle el brazo fue inútil. Adad no tenía la delicadeza ni el conocimiento de un curandero y Sakti sospechó que el golpe de Sigfrid le había hecho más daño del que había esperado. Cuando el General la golpeó, ella creyó que le había dislocado el hombro. Pero la hinchazón le había cubierto casi todo el extremo superior. Cuando Adad le palpó la herida, los dos sintieron una pelota de sangre por debajo de la piel.
Adad quiso llevarla a Kehari de inmediato, pero los dos supieron que Sakti no aguantaría un viaje sobre el lomo del Dragón Negro. El dolor y el mareo la harían caer y ella estaría deshecha en el suelo antes de que Adad se diera cuenta de que se había caído.
—Si empeoras —le había dicho el príncipe mientras salían del bosque— te llevaré al pueblo más cercano. Así que sé fuerte.
Pero sabían que sería inútil. Ningún doctor entendería el cuerpo de una paciente que se transformaba a voluntad en un dragón. En todo caso, en el camino no encontrarían pueblo o curandero en condiciones de recibirlos, y no podrían entrar a una ciudad sin revelar que eran los príncipes traidores.
La primera aldea que encontraron estaba desierta, pero en pie. Las casas se alzaban entre un paraje de maleza y las chimeneas tenían cenizas frías. Sakti llevaba tiempo sin ver humanos, pero supo que allí vivieron muchos. ¿Qué los había hecho evacuar? ¿Los Fafnir que los aesirianos habían soltado por la frontera del Este con el Sur? Los aesirianos habían empezado a reclutar humanos para las primeras líneas de defensa, así que quizá escaparon antes de enfrentar un alistamiento militar forzado. ¿O tenían miedo a una estampida vaniriana? Fuera lo que fuese, los pueblerinos se habían llevado toda la comida y todo lo que pudieran cargar.
Aun así Adad encontró ropa y algunas frazadas para defenderse del frío. Esa primera noche pudieron dormir bajo techo, pero el resto del trayecto se conformaron con las estrellas. Si tenían suerte dormían bajo un árbol.
Las siguientes aldeas del trayecto estaban deshechas. En unas encontraron los esqueletos derretidos de groliens y arpías, así como la bandera ondeante del Imperio que los soldados habían dejado para reclamar el territorio embadurnado de sangre. Otras tenían alfombras negras de aves de rapiña que disfrutaban de un festín de carne putrefacta.
—Los carroñeros los han asaltado —observó Sakti—. No les queda nada.
Poco tiempo después de huir de Masca junto a los profetas, a los príncipes Dragones les dio curiosidad en deambular por el mundo. Ahora que eran libres podían ir a donde quisieran. Mirar paisajes. Conocer gente. Disfrutar de una vida que como príncipes jamás tuvieron. Pero por encima de toda la belleza que habían esperado encontrar, vieron mucho más. El desprecio de los aesirianos hacia los vanirianos. La lástima contenida de los vanirianos hacia los humanos. Los resultados de las rencillas entre unas razas y otras. Las calaveras vanirianas reducidas a rocas derretidas. Los cuerpos aesirianos hinchados por la descomposición. Y las personas que visitaban los pueblos destrozados cuando el peligro ya había pasado, para llevarse lo que los vencederos no habían saqueado. Ropa. Comida. Hierro. Cuero. Lo que fuera.
Adad los había llamado «carroñeros» porque se alimentaban de lo que los muertos habían dejado atrás. Pero ni el príncipe ni Sakti habían puesto un rostro fijo sobre estos carroñeros, porque a veces los que buscaban entre los desperdicios eran vanirianos. A veces eran aesirianos y a veces también eran humanos. Sakti había llegado a la conclusión de que en ese mundo todos podían ser de todo: invasores, víctimas, inocentes, culpables y carroñeros.
—Este fue un dragón —sonrió Adad cuando cruzaban un paraje de tierra oscura.
Sakti no necesitó mirar el suelo cuando su pie aplastó algo crujiente. Sin siquiera ver, supo que había hecho añicos lo que quedaba del cráneo de un cazador. Ni los carroñeros más expertos encontrarían nada más que cenizas y huesos en ese viejo campamento.
—Se lo merecían —susurró Adad, ahora sin rastros de sonrisa—. Después de cazarnos como moscas esto era lo menos que debían pagar.
La libertad había aburrido a Adad poco después de que las cacerías se intensificaran. Había soportado el hedor de los pueblos y campos de batalla derrotados, pero no había aguantado la última exclamación de fuego de un dragón joven mientras un grupo de cazadores le perforaba los pulmones con lanzas de metal del tamaño de un grolien. Fue la primera vez que Adad redujo a cenizas un campamento y cuando renunció a deambular en la forma de un aesiriano. A partir de entonces, el mundo dejó de importarle tan siquiera un poco.
A Sakti, en cambio, la atrajo aún más. No, quizá lo correcto era decir que el mundo la intrigaba. Cuando veía los campamentos de cazadores desde lejos, o cuando veía a los carroñeros que buscaban entre los cadáveres, o cuando miraba los tizones ardientes de los pueblos mientras los consumían el acero y el fuego, estaba segura de que Adad había tomado la decisión correcta al cambiar su vida de aesiriano por la de un dragón durmiente en lo más profundo del bosque.
Pero cada vez que se decidía a unirse a su hermano pensaba en lo que eso significaba. Tenía que decirle adiós a su amigo Darius. Tendría que renunciar a los emparedados de carne de Connor. Tendría que despedirse de las ideas ingeniosas de Dagda y Airgetlam. Tendría que olvidarse de la cara sonrojada de Zoe cada vez que Drake decía algo vergonzoso que tomaba desprevenida a la pitonisa. Se decía que no importaba cuánto los extrañara, ellos nunca podrían brillar lo suficiente como para que ella quisiera permanecer en ese mundo.
Pero entonces los visitaba y se preguntaba cómo un mundo tan nauseabundo y teñido de sangre había producido a un amigo cariñoso, a un curandero gentil, a unos gemelos protectores, a un sicario leal y a una profetiza valiente. «¿Cómo el mundo que me engendró a mí los engendró también a ellos?». No lo podía entender.
—¿No vas a intervenir? —preguntó ella antes de morder la manzana que Adad sostenía.
No podía levantar el brazo. Apenas podía mover los dedos, así que no podía sostener objetos o alimentarse por su cuenta. En la oscuridad los ojos grises de su hermano miraron la manzana mientras que, a lo lejos, ardía un pueblo. El viento les traía los gritos de las espadas, mezclados con los de los invasores y los invadidos.
—No. ¿Tú lo harías?
Sakti negó con suavidad, porque el movimiento le dolía. Aunque no estuviese herida, ella también habría observado las llamas que consumían otro pueblo. Lo había hecho antes, envuelta en la noche y protegida por la distancia. Como las estrellas, ella había sido testigo silenciosa de centenas de muertes.
—Este mundo —dijo Adad— estaría mejor sin ellos.
—¿Los aesirianos?
—Todos. Aesirianos, vanirianos, humanos. Nosotros. Dios se equivocó al crearnos.
Sakti mordió de nuevo la manzana y tragó.
—¿Y si no estuviésemos? Si tú y yo no estuviésemos aquí, si los Dragones y los portadores no se hubiesen fusionado, ¿crees que todo sería diferente? ¿Verían ellos el mundo de otra forma?
Abrió la boca para morder otra vez pero Adad retiró la mano, enojado.
—No hay nada que él pueda hacer. Olvídalo de una vez.
Adad lanzó la manzana a unos arbustos, se echó al suelo de medio lado y fingió que dormía. No habían prendido una hoguera para no llamar la atención de los guerreros que combatían en el pueblo lejano, así que Sakti se quedó sola salvo la oscuridad y el frío. Se suponía que ella era igual a su hermano. Se suponía que eran idénticos. Pero ella todavía no había podido renunciar a recorrer el mundo en busca de algo más que los cuerpos hinchados. Todavía no había renunciado a la promesa de Darius de que lograría revertir la fusión. Pero Adad ya se había dado por vencido y se había sumergido en una oscuridad más profunda que las escamas que lo cubrían. No había nada que lo sacara de allí. Ni siquiera su hermana.


Desde lejos les llegó el olor inconfundible de otro pueblo atacado. «Las batallas se están extendiendo más», pensó Sakti mientras olía la madera quemada y la sal de la sangre mezclada con el rocío mañanero. «Dentro de poco entrarán en el cuadrante neutral».
Kehari era uno de varios pueblos donde aesirianos, vanirianos y humanos convivían en paz. Durante la invasión a Masca los vanirianos colonizaron gran parte del Este y casi toda la zona que limitaba con la región Norte era aún territorio vaniriano. Pero hubo ciertas zonas donde la invasión no supuso sangre ni rencores, sino una nueva forma de vida. Un sitio donde los vanirianos no tuvieron que levantar las hachas para hacerse respetar. Un terreno donde los aesirianos no miraban con desdén la desnudez de las criaturas que venían del País de Hielo. Un lugar donde hasta los humanos podían caminar con la cabeza en alto sin temor a que alguna de las dos razas de magos se la cortaran. Allí ni siquiera había campamentos de cazadores que provocaran miles de descargas y relámpagos de parte de Adad.
Pero año tras año el cuadrante neutral disminuía. Pronto la guerra también llegaría a donde había paz.
Sakti avanzó con la cabeza baja y los dientes apretados, esperando que el sol le calentara las articulaciones. Aunque eso significara que los cadáveres hederían más fuerte, ella ya no podía soportar el frío en los huesos. Adad debía de saber que ella no aguantaría otra noche bajo la intemperie. A pesar de que tenía frío, los ojos le ardían y sabía que tenía la piel caliente. Se decía que tenía que recuperarse para devolverle a Sigfrid los efectos de ese golpe, pero luego recordaba que ella le había dado un buen coletazo. Con suerte el General también titiritaba por una fiebre.
Una nube pasó por encima de ella. Sakti soltó un suspiro, porque la época de tormentas apenas permitía que el sol se asomara por el horizonte.
—¿Es idea mía o ahora las tormentas son más largas? —pensó en voz alta—. Antes no duraban tanto.
—Hasta los cielos saben que aquí abajo nada merece el Sol —respondió Adad, sombrío.
Sakti giró los ojos. ¿Por qué su hermano se había hecho tan pesimista? Antes de la fusión él había sido carismático y entusiasta. Y ahora era una nube negra andante. Decidió dejarlo pasar, porque ella tampoco era un paraje soleado. Pero cuando miró otra vez el camino, vio movimiento en el pueblo. Adad se detuvo ante la alarma de Sakti. No tenían miedo de encontrarse con carroñeros de ninguna raza, pero preferían evitarlos.
Al poco rato comprendieron que no había un grupo de personas, sino un único caminante que arrastraba un cuerpo hacia una fosa. Eso era nuevo. Sakti nunca había visto que un carroñero se preocupara en darle sepultura a los restos que robaba.
Adad había empezado a caminar lejos del pueblo para bordearlo y evitar encuentros incómodos. Pero Sakti avanzó hacia las ruinas cenicientas, atraída por la novedad. Al poco rato Adad la siguió. El carroñero nunca dio muestras de verlos acercarse, ni siquiera cuando se detuvieron al lado de los montículos que estaban en fila recta. Debió de haberlos visto, aun dentro de la fosa mientras colocaba el cadáver. «Ha hecho tumbas», observó la princesa. Algunos montículos eran más grandes que otros, pero todos tenían algún objeto encima: una espada, un anillo, un casco, una flauta rota, una muñeca de trapo, una flor...
Iba a decir algo pero descubrió un nudo en su garganta. Cuando miró a Adad, vio que el príncipe había palidecido. El labio inferior le temblaba, porque también quería decir algo pero no podía. Con gentileza, Adad le tomó la mano y le acarició los dedos. Sakti lo comprendió: los dos estaban conmovidos. Era la primera vez que veían a alguien en medio de tanta muerte intentando llevar un último consuelo. Este no era un carroñero, sino un sepulturero.
Tras bajar el cadáver, el sepulturero se aupó para llegar a la superficie. Tenía los pantalones, la camisa y las manos llenas de tierra, tan sucias que seguro no había tomado un baño en semanas. Aunque el hombre levantó la mirada un instante, no dio muestras de haber visto a Sakti y a Adad. Palpó el suelo hasta dar con una pala con la que empezó a lanzar tierra a la fosa. Lo hizo despacio, con solemnidad, con murmullos suaves. Oraba. Le deseaba al fallecido un viaje seguro al Más Allá. Adad y Sakti se quedaron plantados delante de la tumba, en silencio, como feligreses devotos delante de un sacerdote piadoso.
Cuando al fin el sepulturero terminó, se agachó y palpó el suelo. Primero afirmó la tierra sobre la tumba y luego sus manos tantearon hasta dar con un bastón. Era tan alto como su dueño, con un extremo forrado en tela y el otro tan grueso como una rodilla. El sepulturero puso el extremo de tela sobre el suelo y avanzó un par de pasos con la vista al frente, antes de detenerse en seco.
Los Dragones lo miraron. Tenía el cabello largo y sucio, pero por debajo de la tierra era rubio. Tenía la cara algo quemada por el sol y el viento, pero no tenía ni una arruga. Era un muchacho, apenas un chiquillo, pero sus ojos ya estaban cansados y viejos como los de un anciano. No enfocó a los dos aesirianos que tenía delante, sino que los atravesó con una película de leche. Sakti entendió entonces que el sepulturero era ciego.
—¿Hola? —llamó el muchacho—. ¿Hay alguien ahí?
«Esa voz...». Sakti se paralizó. La carne se le puso de gallina y los escalofríos de la fiebre se intensificaron. Adad retrocedió un paso, alarmado, y el sepulturero se puso en guardia.
—Sé que hay alguien. —Su voz fue firme, como la posición que tomó con el bastón delante de él, listo para repartir porrazos—. No te haré daño si no me lo haces a mí.
El estómago de Sakti se contrajo con una pirueta. Antes de que ella pudiera ordenar sus pensamientos, las escamas le atravesaron la piel. La princesa se lanzó sobre el sepulturero sin que Adad la detuviera y sin que el bastón la frenara. Lo derribó con una patada. Le majó la mano para que no pudiera coger otra vez el bastón y con el otro pie le pisó el pecho para que no se levantara.
—¡Habla de nuevo! —ordenó ella con su voz de Dragón. Si no estuviese tan adolorida y enferma ya lo habría molido entre sus fauces.
Aunque el muchacho se tensó por el golpe, se relajó con la voz de Sakti. Sus ojos de leche la enfocaron y a Sakti le dio la impresión de que la estaban viendo aunque eran ciegos. El sepulturero guardó silencio por unos segundos, pero la precaución y el miedo iniciales se habían esfumado. En lugar de eso solo quedaba reconocimiento.
—He soñado contigo —dijo al fin.
La voz le tembló. En una parte muy lejana de la mente de Sakti, una voz idéntica le susurró. «Arderán en sueños, en pesadillas eternas». Luego la voz gritó adolorida y traicionada en una habitación circular custodiada por luces juzgadoras.
—He soñado contigo todas las noches de mi vida —repitió el sepulturero. Se llevó la mano libre a la cara, porque las lágrimas empezaron a formar rastros sucios en sus mejillas—. ¡Te he buscado por tantas partes, por tanto tiempo! ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Cómo me has encontrado? ¿También has soñado conmigo?
Una corriente de aire sopló entre ellos. En alguna parte del pueblo los restos de una casa se desplomaron sobre su peso.
—Sí —respondió Sakti al cabo de unos segundos. El nudo en su estómago se tensó aún más—. He soñado con encontrarte. He esperado este momento para matarte, Marduk.
Los ojos grises de Sakti brillaron con la furia amarilla de una serpiente. Los labios se estiraron en un rostro que ya no era aesiriano, sino el de un Dragón furioso.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!