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Prólogo

«GRACIAS A TI...»


En la distancia, las siluetas de los guerreros –algunos veloces como relámpagos, otros lentos, presas de las distorsiones de tiempo– parecen olas en el mar. Olas oscuras y siniestras que ahogan las esperanzas aunque están ahí precisamente luchando por un rastro de luz.
Los gritos –algunos altos y bravos, otros lentos y alargados– me llegan desde lejos. No puedo diferenciar entre los bramidos de los groliens y los rugidos de los aesirianos. Ni siquiera tengo tiempo para preocuparme por las luces del cielo, que delinean los contornos de un castillo flotante que ya ha disparado.
Hay guerra en el corazón de la ciudad de hierro, plata y jade. Pero aquí, en la periferia, al lado de las ruinas incandescentes de una nave derribada, solo hay tristeza.
La veo agitarse a mi lado, en la mirada dispar y enloquecida de la persona más cercana a mi corazón.
La veo sufrir justo delante de mí, en un par de ojos que solían sonreír con alegría. Esa mirada arreglaba con su bondad y viveza todo lo que estuviese mal.
Los ojos de Freki ya no guardan la sabiduría lobuna de antaño. Están desenfocados, incompletos. Están rotos, aun más que mi hermano porque al menos él está vivo. Pero el hermano de Freki, la otra mitad del guardián de los recuerdos prohibidos, se ha ido.
En los ojos de mi amigo veo la navaja en el cuello. Escucho las risas en la playa. Miro a Geri tendido en un charco de sangre. Y al maldito General culpable de las desgracias que han caído sobre los que más amo.
La torre de la Profecía se alza distante detrás de Freki. Sé que si presto atención reconoceré la figura de otro hermano que marcha a la torre a cumplir una misión en la que yo también quería participar. ¿Cómo es ese refrán? ¿«Uno propone y Dios dispone»? Al parecer la tarea que se me ha dispuesto esta noche es acabar con el dolor de los recuerdos rotos.
Quería salvar a la amiga que es mi hermana. Pero también hay satisfacción en salvar al lobo que es mi amigo. Y responsabilidad. Les debo tanto a él y a Geri. Les debo que lo que queda de mi hermano haya regresado a mí.
—No tengas miedo —murmuro a Airgetlam—. Yo me haré cargo de él. No sufrirá mucho.
Es solo lo justo. Geri se sacrificó a manos de Airgetlam; y ahora yo pondré fin a la tortura de Freki.
Empuño la daga en una mano al tiempo que, con la otra, hago una seña a Freki para que se acerque.
La baba cae del hocico, espumeante y amarillenta. Las patas flacas y separadas parecen que se romperán bajo el peso, aunque el mismo Freki está también muy flaco. Es posible que muriera por su cuenta si hubiese esperado un poco más, pero sé que no puede. Debe regresar al Tercer Dragón esta misma noche. Si yo fuese cruel atraparía a Freki y lo forzaría a vivir un poco más, apenas para que la Profecía no comience aún y Drake tenga tiempo de salvar a Allena. Pero sé que Freki sufre. Ha venido a nosotros porque quiere que lo salvemos.
Freki gruñe, me mira, mira la daga y vuelve a gruñir. Por un instante creo reconocer algo más que recuerdos rotos en su mirada. Me parece ver una palabra: «Gracias».
Toma impulso para que esas patas frágiles tengan la fuerza suficiente para correr hacia la libertad. Se lanza sobre nosotros con el hocico abierto de par en par. La expresión «oscuro como boca de lobo» jamás ha sido tan acertada como ahora. Me quedo en mi sitio y Airgetlam también, quien incluso me ha dado la mano sana para darme también coraje.
La daga se clava en el pecho. Freki suelta un chillido de cachorro. Levanta la cabeza en el último instante –¿Para apartarse de la muerte?, ¿para no lastimarnos con sus colmillos letales?– y nos derriba al caer.
Me habría gustado que las manos de Airgetlam no se volviesen a manchar de mensajero, pero él sostiene la daga conmigo. Siente fluir la calidez de Freki como yo. Nos quedamos tendidos debajo del lobo, conscientes de los latidos rápidos y fuertes y del temblor de los músculos. Freki no se mueve. Respira pesadamente sobre nosotros, nos aplasta con su peso de huesos. Tengo miedo de que él también tenga miedo, así que hago lo único que puedo hacer. Airgetlam me imita.
Los dos pasamos el brazo que tenemos libre por encima del lomo de Freki y lo abrazamos. No encontramos las palabras correctas para despedirnos, para darle las gracias, para decirle lo mucho que lo queremos. Las palabras de Airgetlam se han ido para siempre y las mías callan. Solo se me ocurre algo bobo e insignificante, aunque espero que mi abrazo pueda decirle lo que mis labios son incapaces de pronunciar.

«Gracias a ti...»

Al fin el corazón había dejado de latir. La respiración había cesado con un último suspiro libre y cálido. La mano ensangrentada de Dagda se entibiaba poco a poco. La sangre se endurecía en una capa pegajosa e irritante.
A pesar del horror del puñal en medio del pecho, o del pelaje sucio y lleno de gusanos, y de las costillas que se resaltaban en un cuerpo una vez robusto y elegante, Dagda no lloraba.
Con la mano limpia acariciaba el hocico de Freki. Uh. Parecía que sonreía. Parecía que al final logró irse como Freki, el mensajero feliz; y no como Freki, el guardián loco de los recuerdos rotos.
Airgetlam tomó la mano ensangrentada de Dagda con la suya, que también tenía sangre. Y con la mano libre –la misma con que abrazó a Freki en los últimos momentos, la misma que estaba en un cabestrillo porque el brazo estaba roto– acarició también las orejas del lobo.
Aun sin palabras, Dagda supo lo que Airgetlam quería decirle: «Podemos ir por Allena. O quedarnos aquí. Cualquiera de los dos sitios es un buen lugar para ambos».
Dagda asintió. Quería quedarse con Freki. Hacerle una tumba como no pudo hacer con Geri. Pero ya los dos hicieron todo lo que importaba por el lobo, mientras que Sakti todavía necesitaba ayuda.
Antes de que pudiera levantarse para iniciar el largo camino hacia la torre, el resplandor reclamó el cielo. No supo qué era. ¿La luna? ¿El cañón de alguna nueva nave vaniriana? ¿O el vuelo de los Dragones?
Antes de que el resplandor lo encegueciera vio que la torre se desplomaba en el centro de la ciudad.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2016 - 2017. Ángela Arias Molina

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