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Capítulo 3

3
RELÁMPAGOS


Kehari era un pueblo grande y rico. No tenía calles relucientes de mármol, ni torres ni murallas que custodiaran a los pueblerinos, pero tampoco tenía vagabundos, ni casas con goteras ni padres o hermanos con miedo a que el fuego consumiera su hogar en la noche. Cada familia tenía una pequeña huerta a las afueras del pueblo, pero si su cosecha se echaba a perder podían tomar del cultivo común de los vecinos. Había suficientes bocas hambrientas para mantener tres panaderías distintas, que además daban trabajo a otros vecinos para que viajaran a los pueblos cercanos a vender pan. Las cinco herrerías tenían las fraguas ardientes incluso en madrugada, pues fundían el metal de los forajidos en armas y piezas de máquina basadas en los inventos del desierto.
Ante todo, Kehari era un pueblo feliz. Los días de mercado recibía la visita de los vecinos de otras villas, quienes intercambiaban ungüentos, pociones y telas a cambio de frutas, hierbas y el famoso pan del pueblo. El punto más alegre, y también una de las mayores atracciones, era La Taberna. Estaba en un extremo de Kehari, cerca de un bosque y rodeada por tres casonas. La más reciente estaba justo al frente, cruzando la calle, y era también la más espaciosa. Allí se hospedaban viajeros ocasionales y visitantes habituales que se quedaban en el pueblo durante temporadas.
La Taberna misma formaba parte de una casona. En los pisos superiores había habitaciones de alquiler, mientras que en un extremo del salón principal había un pequeño escenario que presentaba a un grolien alto y de pelaje negro. Durante las funciones de comedia, La Taberna temblaba con risotadas tan potentes que parecía que toda Kehari se hundiría. Pero eran las noches de tragedia cuando La Taberna se llenaba a reventar. Entonces el silencio cubría el salón como un manto, mientras la luz dorada de una hoguera perfilaba el drama que un solo hombre podía interpretar con entonaciones y voces tan distintas como la luna y el sol. Kel hacía su magia sobre el escenario y poseía a decenas de personas de todas las procedencias imaginables.
A pesar del encanto de las actuaciones y de la alegría general de Kehari, algunos tablones de La Taberna estaban manchados de sangre. En cada extremo del salón había un letrero enorme que ponía:

«Ni mirar ni tocar. Cada camarera tiene permitido romper veinte platos por mes. No nos hacemos responsables si deciden romperlos en tu cara».

Uno de estos letreros estaba justo por encima de la barra principal, donde había otra advertencia más pequeña:

«Nuestras camareras son expertas cazadoras, y tías y hermana del dueño del local. Y el dueño del local también es el doctor del pueblo. No te conviene hacerlas enojar».

Y por debajo de ese anuncio venía otro más pequeño:

«Si las molestas, el doctor solo te revisará si te apuñalan un ojo».

Solo para asegurar que el mensaje llegara claro a todos los clientes, en la sección de cervezas de cada menú había un texto enmarcado:

«¿Ves al muchacho de la esquina? ¿Y el de la barra? ¿Y al actor/encargado de seguridad? Los tres te cuidarán de las camareras. Pero tampoco te gustará. (El doctor del pueblo tampoco te atenderá si te las has visto con sus hermanos)».

De momento las advertencias habían servido. El último inconveniente grave fue hacía 33 años, cuando Zoe rompió la mano de un titán que la había nalgueado y Miriam le sacó el ojo –con un trozo de plato roto– a un aesiriano que se había quitado los pantalones y le había levantado la falda en una esquina del local. La historia de esa legendaria noche recorrió la zona neutral de la guerra. Cuando los clientes veían los tablones que aún hoy estaban teñidos de rojo, tenían claro que las advertencias eran firmes.
En realidad esa sangre era la de un tipo ebrio que le rompió el brazo a Zoe cuando ella lo apartó. Para mala suerte de él, esa noche había un sicario peli-rosado de visita en La Taberna y al día de hoy nadie ni siquiera recordaba al borracho.
Todas esas historias y recuerdos estaban a salvo en la memoria de Connor. Cuando se paseaba por el pueblo recordaba las miradas cautelosas que los niños le dirigían cuando él apenas tenía seis años. Los niños humanos no le tenían confianza porque sus ojos zafiro los intimidaban, y en el pueblo apenas había otros cuatro cachorros aesirianos que tampoco le tenían confianza por ser criado por humanos. Ahora los niños humanos ya estaban muertos o cuidaban nietos, mientras que de los niños aesirianos dos se habían marchado a la guerra y los otros se habían convertido en panadero y curtidor de cuero. Ambos tenían un buen negocio con La Taberna.
La calle por donde se había marchado una caravana del Escuadrón Vento con los cachorros aesirianos de Kehari había sido bloqueada con una verdulería. El prado que antes rodeó el borde este del pueblo tenía ahora casas con felices familias vanirianas y humanas. La casa del viejo doctor –ya fallecido– se convirtió en un humilde hospital, y el pequeño cementerio se amplió para dar la bienvenida a los pueblerinos veteranos en su última estadía.
El cementerio también era alegre como Kehari. En lugar de verjas y árboles lúgubres, tenía setos y hortensias en medio de las lápidas. Para visitar los nichos había veinte caminos distintos y cada uno estaba franqueado por rosales bajo el cuidado del jardinero del pueblo. En medio del cementerio había un peral que en la breve primavera se llenaba de flores blancas y perfumadas. Entonces el árbol parecía una pequeña nube lista para alzarse en el cielo. En otoño las hojas se transformaban en llamas naranjas, moradas y rojas que cubrían el cementerio con una alfombra de fuego. A Connor le parecía muy apropiado porque justo bajo el peral estaba enterrado un aesiriano que portó una armadura roja como una hoguera.
Esa tarde el peral era verde oscuro. Se suponía que estaban en verano pero las tormentas se habían adelantado o alargado. Connor ya no estaba seguro. Tenía la impresión de que estaban en épocas de tormentas desde hacía años y no recordaba ni un solo día en que el suelo del cementerio estuviese seco.
Connor encendió la lámpara con una cerilla y cerró la portezuela de cristal para proteger la llama del viento y de la próxima lluvia. Situó la lámpara delante de la lápida y sonrió a su papá.
—Lo siento —le dijo—, hoy tampoco hay flores blancas. Quizá el otro año las haya —mintió.
Emilio murió un verano, cuando las flores del peral ya habían dado sitio a los frutos. Desde la primera vez que vio el blanco peral, el viejo cantinero quiso morir en primavera para que su hijo lo cubriera de flores perfumadas antes de tierra. Vivió hasta ser el humano más viejo de Kehari –con sus más de 93 años quizá fue el humano más anciano de todo el mundo–, pero no se marchó en la estación que eligió. Aun así Connor logró que Drake le trajera flores blancas de su último viaje y cubrió con ellas a Emilio antes de cerrar el ataúd. No fueron flores de peral, pero supo que a su papá le hubiesen gustado también.
Lea, en cambio, sí murió en primavera veinte años antes que su esposo. Ella no fue tan quisquillosa como Emilio y le dijo a Connor que se contentaría con cualquier flor que escogiera para ella. Esa tarde el doctor le llevó geranios pero no prendió una lámpara en su honor. Esa la ofrecería en la primavera del siguiente año. «Si todavía estoy aquí», pensó.
Un trueno retumbó desde el sur. Connor se giró después de que el relámpago alumbrara el cielo, justo a tiempo para que un vendaval le golpeara la cara. El pelo se le levantó. El peral, los rosales y las hortensias se agitaron y el cielo se oscureció aún más. Connor soltó un suspiro de fastidio. Había visitado a todos los pacientes del pueblo en la mañana para dedicar la tarde a Emilio en el aniversario de su muerte, solo para que otra condenada tormenta lo hiciera regresar a casa temprano.
Se llevó los dedos a los labios y luego transfirió el beso a la lápida de Emilio. Repitió el gesto con la de Lea e inició el camino a La Taberna. Kehari había crecido tanto que Connor apenas tuvo tiempo de llegar antes de que cayera la primera gota. Aún faltaban unas cuantas horas para la función de Kel de esa noche, pero los clientes habituales ya estaban allí. Miriam le lanzó una mirada de súplica mientras llevaba unas bandejas a un grupo grande, pero no le pidió ayuda. Los aniversarios de Emilio y Lea eran los únicos días en que su tía no le repetía que debían contratar a más camareros.
—Desde que Eleanor se casó —decía siempre la peli-verde— no damos abasto. ¡Ten piedad de nosotras!
Connor solía responderle entonces que sentían que el trabajo se multiplicó porque la tía Eleanor se había encargado del trabajo de dos camareras por su cuenta. Miriam, Frigg, Frey y Zoe eran muy trabajadoras y eficientes, pero Eleanor fue una mesera excepcional. Como dueño de La Taberna, a veces Connor extrañaba más a su tía por sus talentos que por el parentesco. Aun así estaba feliz porque aunque Eleanor se había ido lejos, la familia de su esposo era buena con ella y ya tenía un hijo pequeño. Connor aún no conocía a su primito pero Eleanor hacía planes para visitarlos en la próxima primavera.
«Aunque quién sabe si lo logrará. Con la guerra...». El doctor agitó la cabeza porque había ciertos pensamientos que no se permitía cerca de sus hermanos telépatas. Dagda pronto tendría que ir a la recepción del hostal, pero mientras tanto ayudaba a tomar y entregar órdenes mientras que Airgetlam preparaba las bebidas en la barra. Connor saludó a su hermano con una inclinación de cabeza y cruzó la puerta de servicio.
Hizo una mueca cuando vio que Zoe estaba a cargo de la cocina. La primera vez que comió algo preparado por ella entendió lo que era tener «mala cuchara». Lea y Emilio habían corregido las habilidades culinarias –o la falta de ellas– de Zoe y la convirtieron en una cocinera decente. Pero Connor estaba convencido de que las noches de menos ingresos eran las que tenían a Zoe en la cocina. Sabía, además, que a los clientes les alegraba más verla atendiendo mesas que escuchándola maldecir al otro lado de la barra.
—Hoy te ayudo —le dijo mientras le daba un beso en la mejilla.
Luego se apartó a toda prisa porque Zoe tenía la maña de abrazarlo con todas sus fuerzas durante minutos, incluso si tenía un cuchillo recién afilado en las manos. Como siempre, Zoe se le adelantó y lo atrapó con un abrazo de oso. Cuando se aseguró de que el cuchillo de las verduras estaba sobre la tabla de picar, Connor fingió que sufría por el cariño de su hermana. Los dos sabían que era una farsa. Zoe había jurado que nunca dejaría ir al hermanito pequeño que recuperó en una noche de tinieblas y a él le encantaba tener una hermana cariñosa y malhablada. Se tenían el uno al otro cuando Drake se ausentaba durante largas temporadas. Y cuando el sicario visitaba el pueblo, los dos se le pegaban como garrapatas.
—Ni pensarás en la cocina con todo el trabajo que te espera esta noche —le dijo ella mientras lo estrechaba. Connor sacó la lengua porque Zoe era fuerte. La pitonisa le dio un último apretón y un besito en la barbilla—. Dile a papá que dejé una capucha al lado de la chimenea. Así estará más caliente.
Connor no preguntó a qué se refería, porque ya se había acostumbrado a las particularidades de toda su familia. El tío Vash roncaba si tenía comida picante en la cena. La tía Miriam coqueteaba con los clientes cuando Darius estaba encargado de la seguridad. La tía Frey tartamudeaba cuando atendía la mesa del trampero. La tía Frigg llevaba una aguja en el delantal para pincharse el dedo cada vez que alguien la ponía de mal humor. Kel no comía queso porque creía que le echaba a perder la voz. Airgetlam se acostaba hasta tarde para escribirle a su novia del pueblo vecino. Dagda practicaba malabarismo cuando estaba preocupado. Y Zoe era lo bastante distraída como para abrazar a alguien con un cuchillo o para soltar comentarios sin pillar que nadie la entendía al principio. En ocasiones hablaba de lo que estaba por venir como si ya hubiese pasado o todos estuviesen al tanto del futuro. A veces se le olvidaba que ni siquiera su familia de profetas tenía una percepción visionaria tan amplia como la de ella.
Connor asintió y salió de la cocina rumbo al gran apartamento en el edificio más viejo del hostal anexo a La Taberna. Cuando el doctor regresó a Kehari con toda su familia, Lea y Emilio accedieron a ampliar la gran habitación que habían convertido en hogar. Así las tías, el abuelo y los hermanos de Connor podían vivir con él. A cambio todos trabajaban para el local. Lea fue una comerciante implacable. Aprovechó que las tías y la hermana de Connor eran bonitas para atraer clientela. Vash y Kel eran los guardias de seguridad perfectos. Garrow aumentó la cosecha propia de La Taberna. Y Darius y los gemelos eran útiles para todo: atendían las caballerizas y la recepción del hostal; ayudaban a Garrow en los cultivos; viajaban a los pueblos vecinos para comprar ropa de cama y licor; y como también eran guapos, de vez en cuando echaban una mano a las camareras para tener a las clientas felices. Emilio y Lea siempre habían tenido un negocio próspero, pero gracias a Darius y a los demás se hicieron escandalosamente ricos.
Y ahora todo era de Connor.
Pero él quería dejarlo atrás.
No podía ser malagradecido porque era feliz. Sus padres murieron de vejez pero no lo dejaron solo. Al contrario, tenía una familia grande que lo quería y lo hacía sonreír. Cuando decidió que se dedicaría a tiempo completo a ser doctor no se sintió culpable de abandonar el hostal y La Taberna, porque Zoe y los demás se hacían cargo por él. Aunque cuando fue niño no tuvo mucho contacto con los magos del pueblo, ahora todos –humanos, vanirianos y aesirianos por igual– lo respetaban y le daban muestras de cariño. Algunos padres le habían pedido que tomara a sus hijos por aprendices y todas las niñas le regalaban flores cuando visitaba a los enfermos. Hasta se había convertido en otra atracción del pueblo, como la feria y La Taberna, pues algunos viajaban a Kehari para ser atendidos por él.
No podía quejarse. No podía ser malagradecido.
Pero ya no quería seguir allí. Mejor dicho, no podía. Aunque Kehari y los pueblos vecinos estaban en paz, él sabía lo que ocurría en otras zonas del continente. Lo sabía porque a pesar de la alegría de Kehari y de la paz de sus vecinos, a veces llegaban forasteros que no soportaban ver a alguien de una raza que no fuera la suya. Lo sabía porque La Taberna era el lugar perfecto para escuchar noticias. Porque varios de los viajeros que buscaban sus cuidados fueron heridos en guerra o estaban enfermos por culpa de ella. Y lo sabía porque cuando Sakti los visitaba, veía en su cara lo que la lucha a la distancia le estaba haciendo. La estaba dejando más hueca de lo que ya era.
Entonces, si él era tan feliz, si estaba tan colmado de bendiciones y talento, ¿cómo podía quedarse en Kehari? Si no le faltaba el dinero, si tenía la suerte de una Alucinación, la bendición de dos Dragones y el poder de Anäel, ¿cómo podía permanecer en un sitio seguro cuando había gente más allá de su pueblo que necesitaba ayuda? No podía. Tenía que irse.
Pero...
Pero en las dos ocasiones que habló de sus intenciones solo encontró un muro de negación. Darius, Dagda y Airgetlam se opusieron rotundamente. Vash, Kel y Garrow le dijeron que no era prudente. Sus tías ni siquiera lo tomaron en serio. La única que no se opuso fue Zoe pero ella tampoco le dio su apoyo incondicional. Solo su enigmática expresión de pitonisa. Al final Connor decidió quedarse porque fue por esa época que la salud de Emilio se vino abajo. No tuvo el corazón para marcharse cuando era lo único que su anciano padre amaba más que las flores blancas del peral.
Antes de cruzar la última puerta que lo separaba de su hogar, Connor se detuvo para tomar aire. En los últimos años se había detenido en ese pasillo muchísimas veces, dispuesto a plantear por tercera y última vez sus intenciones. «No se trata de pedir permiso», se decía siempre. «No soy un bebé. No soy un niño. Soy un comerciante. Soy un doctor. Soy mucho mayor de lo que mi padre fue cuando se casó con mi madre y tuvo hijos por primera vez. Por Dios, ¡ya soy un adulto!». Pero cada vez que cruzaba esa puerta perdía su resolución. Era como si se desinflara. Esta vez no fue la excepción. Cuando entró a la sala y vio a Darius y a Garrow al lado de la chimenea, supo que no podría decir cómo se sentía.
Darius masajeaba los hombros de Garrow para aliviar la tensión de sus huesos viejos. Los hijos de Garrow eran muy considerados con él, pero Darius siempre era el primero en buscarle abrigo si tenía frío o en calentar agua para sus articulaciones. La juventud de los aesirianos era larga pero su vejez también. Ya Garrow no podía inclinarse para recoger las hortalizas y necesitaba ayuda para absolutamente todo: comer, recostarse, avanzar, ir al baño... Darius siempre estaba listo para ayudar a su suegro.
Connor sabía que el mestizo consentía al anciano porque Garrow era un sustituto del padre que Darius nunca tuvo. Eso le rompía el corazón a Connor. Darius había hecho hasta lo imposible para tener esa vida en Kehari. Todo lo que siempre deseó era un sitio seguro en donde pudiera ser feliz con su familia. El que sus cuñados y suegro se hubiesen sumado solo aumentó su dicha. Esa vida apacible que tanto mortificaba a Connor era justo lo que su padre se había ganado tras años de esfuerzo y pérdidas.
El deseo de Connor de partir era el equivalente a acabar con el sueño de su papá.
—Eh, llegas temprano —observó el mestizo.
Connor sonrió. Nunca le había gustado mentir pero lo había hecho con mucha frecuencia en los últimos años. Le había hecho creer a su papá que estaba contento y satisfecho en Kehari.
—Es otra tormenta. No podía quedarme afuera. —Darius enarcó una ceja traviesa.
—Ni tú ni la visita.
Cuando Zoe le dijo que estaría ocupado esa noche, Connor se imaginó que recibiría a un nuevo enfermo en el pequeño hospital de Kehari o que tendría que viajar bajo la lluvia a atender una emergencia en algún pueblo vecino. Si Darius había atendido una visita para él en casa, entonces debía de ser un paciente muy grave. Connor se encaminó a la cocina, donde ya antes había operado a un par de pacientes. Cuando pasaba al lado del sillón largo, una figura saltó delante de él con un grito. Connor pegó un brinco por el susto. No pudo gritar porque estaba demasiado sorprendido. Por un instante pensó en huir porque la figura tenía una cabeza gigantesca y peluda, aunque un torso de aesiriano protegido con un peto de cuero. Darius y Garrow se rieron y la figura perdió toda gracia. Connor gruñó. Pensó que debía de ser una broma de Dagda y Airgetlam, porque esos dos eran un par de mocosos en cuerpos de muchachos. Pero los gemelos trabajaban en La Taberna. Eso solo le dejaba un sospechoso.
—¿Qué es eso, Drake? ¿Una máscara?
Su hermano peli-rosado levantó la gigantesca cabeza peluda que se había puesto sobre los hombros y se la entregó. Cuando Connor la sostuvo se dio cuenta de que era muy pesada. Tenía seis canicas oscuras, dos de ellas grandes y las otras cuatro más pequeñas acomodadas en hilera por debajo de las primeras. Unos colmillos gordos y peludos pendían de la boca.
—¿Qué se supone que es? —preguntó mientras Drake se sentaba en el sillón como si todos los días regresara a casa con un objeto tan extraño—. ¿Una máscara de araña?
—No. Una cabeza de demonio araña —lo corrigió Drake.
Ahora sí, Connor gritó y lanzó la cabeza a un rincón de la sala.
—¡Eh! —se quejó el peli-rosado—. ¡Trabajé muy duro por esa cabeza!
—¡Estás loco! —aulló Connor mientras agitaba las manos—. ¡Esa cosa puede tener veneno!
—Ah, sí. Al respecto... —Drake se descubrió el brazo derecho, forrado en vendajes—. ¿Crees que me puedas revisar esto? Hace un tiempo que no puedo moverlo y lo necesito para trabajar.
La sonrisa de Darius se esfumó. Ahora él tenía la misma expresión enojada de Connor. Era tan típico de Drake aparecerse de un momento a otro en Kehari. Lástima que la mayoría de las veces traía una herida terrible que él trataba como si fuera un simple rasguño. Cuando al fin Connor terminó de desvendar el brazo, descubrió que estaba azulado y frío. Tenía tres rasguños largos y finos que le habían hinchado la piel. Pensó que tendría que cortar el brazo para salvar al sicario, pero cuando olió la herida no le llegó olor a podredumbre.
—¿Te picó?
—Nop, solo me rozó con los pelos de los colmillos.
—... ¿Y no se te ocurrió que sostener la cabeza... ¡que dármela! nos iba a envenenar a los dos? —A veces la idiotez de los pacientes abrumaba a los doctores.
—Ay, pero cómo te preocupas. He cargado con esa cosa durante dos días y no se me han hinchado las manos. Supongo que ya no tiene veneno.
«Pero si aún lo tiene entonces tengo que sacarlo para hacer el antídoto», supo Connor. Drake le sonrió, nada preocupado por su estado. Una de las ventajas de tener un hermano doctor era recibir tratamiento de calidad y gratuito. Y una de las ventajas de que ese hermano fuera Connor era que siempre recibiría un trato cariñoso, sin importar qué tan enojado estuviese su hermanito con él.
—Te voy a curar —le prometió Connor, aunque le latía una vena en la frente—, ¡solo para luego molerte a golpes!
—Sí. Yo también te quiero —bromeó Drake. Darius le dio un pescozón para borrarle la sonrisa despreocupada.
El sicario fingió un poco de seriedad para no preocuparlo más y Darius no lo regañó por ponerse en peligro. De entre todos sus hijos, a Drake era al único que no regañaba ni una sola vez porque siempre tenía el temor de alejarlo.
Connor murmuró algo entre dientes y fue a la esquina a recoger la cabeza peluda. Apenas se agachó delante de ella, un relámpago cayó al lado de la casona. El resplandor los dejó ciegos. Antes de que el retumbo los dejara sordos, escucharon que la ventana de la cocina se rompía en mil pedazos. Connor se llevó las manos a los oídos y se encogió de hombros. Una vez le llevaron a un paciente a quien le habían caído dos relámpagos. El primero de ellos le dejó unos tatuajes como ramas de árbol en todo el cuerpo, pero el segundo le paró el corazón.
Sintió más detonaciones. Imaginó que la paz de Kehari había llegado a su fin. «Es un castillo vaniriano», pensó. «Están atacando el pueblo». Poco a poco los tímpanos empezaron a zumbarle. Estaba recuperando el oído. Cuando abrió los ojos vio estelas de luz y a Drake y Darius, que avanzaban a tientas hacia la cocina. Garrow se tapaba los oídos y le gritaba que siguiera a los otros dos.
—¡Fuego! —exclamó Garrow—. ¡El relámpago incendió un árbol! ¡Se va a quemar la casona!
Connor fue a la cocina, donde ya Drake bombeaba una palanca para llenar un balde de agua. Sería inútil, porque si la tormenta no apagaba el fuego no podrían hacerlo unos cuantos barriles. Darius estaba en el patio, empapándose mientras uno de los cedros que bordeaba la casona y limitaba con el bosque ardía como la punta de una tea.
Connor avanzó hacia él y lo agarró del brazo. Supo que no podían hacer nada. Tenían que salir de la casona y evacuar el hostal y La Taberna antes de que el fuego y la invasión los consumieran a todos. Darius se plantó en su sitio y sostuvo al doctor mientras le señalaba el cielo. Las nubes eran densas y oscuras, pero Connor distinguió un par de sombras que se arremolinaban entre los destellos de los relámpagos. No eran castillos flotantes.
Eran Dragones.
El batir de sus alas avivaba el viento como un huracán. Sus rugidos vibraban en el aire como truenos. Las dentelladas y el golpe de sus garras contra la coraza de escamas creaban chispas que caían al suelo junto a la lluvia.
Connor abrió la boca, incrédulo, porque supo lo que pasaba pero no lo creyó.
Sakti y Adad estaban peleando.
Un nuevo relámpago brotó de las alas de Adad y golpeó otro árbol junto al cedro ardiente. El impacto generó una corriente de aire como la que antes hizo explotar las ventanas. Connor y Darius se protegieron la cara con los brazos para que las hojas y las ramas sueltas no los golpearan. Cuando el doctor entreabrió los ojos, vio que el último relámpago no inició un incendio. En su lugar había dejado un cráter del tamaño de un grolien y dentro había alguien, un muchacho. En lo alto del cielo el Dragón Blanco rugió y se lanzó en picada al suelo, pero el Dragón Negro aprovechó para colarse detrás de ella y lanzarle un coletazo a la nuca.
Sakti cayó atontada a unos metros del muchacho. El Primer Dragón tembló mientras se intentaba incorporar en la pata delantera, pero fue inútil. Tenía los labios levantados en una mueca de furia que habría espantado a un demonio. Sus ojos estaban furiosos y fijos sobre la figura ensangrentada en el cráter. Como no podía levantarse, estiró el cuello. Un punto de luz ámbar brilló en la base de su garganta.
—¡No!
Connor se soltó de Darius y corrió hacia al cráter.
—¡No, Allena, detente! ¡¿Qué haces?!
Darius corrió detrás, preguntándole qué hacía él. ¡No podía correr directo a una dragona a punto de echar fuego! Connor sorteó el cráter y se colocó justo delante de Sakti, con los brazos abiertos en cruz para detenerla. La llama ámbar se hizo más y más grande. Connor sintió el calor del aliento de la dragona. Sintió el pellizco ardiente de la llamarada que crecía delante de él para reducirlo a cenizas.
Antes de que Sakti descargara, un relámpago con alas de noche cayó sobre ella. Sakti rugió, pero su flama se elevó al cielo y perdonó a Connor. Adad había caído sobre ella con el impacto de un meteorito, tan fuerte que la debilitó lo suficiente como para que los cambios de reversa comenzaran. Adad la siguió para sostenerla conforme la princesa perdía la forma de un Dragón. Ella luchó más incluso en su forma aesiriana, pero a Adad le bastó con sostenerla del hombro derecho para inmovilizarla.
—¡Quédate quieta de una maldita vez! —ordenó el príncipe del desierto con una voz que fue mitad Dragón, mitad aesiriana—. ¿En qué demonios estás pensando, Allena?
Connor los miró mientras el fuego del cedro los iluminaba, el barro los ensuciaba y la lluvia los bañaba. Nunca los había visto pelear y le sorprendía mucho el resultado. Siempre imaginó que si alguna vez la situación se ponía tensa entre los dos, Sakti sería la que le patearía el trasero a Adad. Poco a poco, Connor retrocedió.
—No, por favor —suplicó Sakti con los ojos puestos en él—. No, por favor, Connor. ¡No lo hagas!
Connor se situó junto al muchacho que había caído con un relámpago. Su ropa estaba empapada de sangre porque tenía un corte en carne viva que le cruzaba del hombro derecho a la cadera izquierda. Con una mirada, Connor le pidió a Darius que lo ayudara a levantarlo.
—¡Noooo! —rugió Sakti. Una nueva llamarada salió de sus labios, pero no se atrevió a lanzarla a los profetas. Solo describió círculos luminosos de advertencia—. ¡No lo ayuden!
Adad la calló enterrándole la cara en el barro.
—¡No! —suplicó Sakti—. ¡No, no, no, noooo!
Aunque Darius dudó por unos segundos, al fin ayudó a Connor a levantar al muchacho herido. Lo arrastraron lejos de los hermanos dragones y lo metieron a la casona.

****

Connor no pensó en nada más que en limpiar y coser, coser y curar, coser y salvar. Ni siquiera se dio cuenta de en qué momento Darius limpió la mesa de la cocina para convertirla en mesa de operación, ni notó quién le había pasado la aguja y el hilo, el alcohol y los paños limpios, las hierbas y las gasas. Se olvidó de los Dragones, la tormenta y el fuego que quemaba los árboles del patio.
Fue cuando terminó la última puntada y se dedicó a vendar cuando vio por primera vez el rostro de su paciente. Rubio y joven. Común y corriente. Y vivo. Aunque había perdido mucha sangre, respiraba con normalidad y tenía buena temperatura. Connor se sentó en una silla y soltó un largo suspiro de cansancio. Cualquier operación era agotadora tanto para el paciente como el médico. Aunque esta apenas le había tomado casi una hora, le dolía la muñeca por hacer más de cincuenta puntadas.
Unos nudillos tocaron el marco de la entrada a la cocina para llamarle la atención.
—¿Qué ocurre, Airgetlam?
Por la forma en que estaba recostado al marco, Connor supo que el gemelo llevaba mucho tiempo esperando a que terminara. Solo Kel y la increíble Eleanor se habían convertido en asistentes maravillosos –Zoe lo había intentado, pero era distraída–, pero todos habían aprendido a guardar silencio y esperar cuando trabajaba en un paciente.
—Todas las ventanas se rompieron —le informó—. Hay mucha gente que se cortó con el vidrio.
—¿En La Taberna?
Las ventanas del local estaban del lado contrario al impacto de los relámpagos, pero quizá la onda del sonido hizo muchos estropicios. Airgetlam hizo una mueca.
—En toda Kehari. Tienes una lista de espera en el hospital.
Connor se levantó de un salto. Hacía rato que los relámpagos de Adad golpearon el pueblo y quién sabe cuánta gente estaba herida de gravedad. Si Darius y los demás hubiesen estado en la cocina al momento de la explosión, el cristal pudo cortarles la cara o el cuello. Si alguien estuvo al lado de una ventana durante los impactos podría estar desangrándose mientras él perdía tiempo en la cocina.
Antes de que pudiera salir, la puerta que conectaba con el patio se abrió de un golpe. Connor recordó la tea que tenía en lugar de cedro, pero la lluvia y Drake se estaban encargando del fuego. Lo que no habían podido calmar era a Sakti. Tenía los labios estirados sobre las mejillas, los ojos dorados y el cuerpo cubierto de escamas, aunque también de barro. Connor supo que la muchacha saltaría sobre la mesa de cocina para acabar lo que había iniciado en el cielo, pero Adad logró agarrarla antes del pelo y le estrelló la cara contra la pared.
—Quédate quieta, por Dios —gruñó. Él también tenía los labios estirados, los ojos dorados y la piel cubierta de escamas, aunque las suyas eran negras—. Un poco más y me harás perder la paciencia. Y te juro que no te gustará nada.
Al que no le gustaba nada esa situación era a Connor. Adad no tuvo que haber golpeado tan fuerte a Sakti, en especial porque estaba herida. Con una mirada, el doctor supo que su amiga tenía la clavícula rota. A Darius tampoco le gustó, porque se apartó de la esquina en donde había esperado a que su hijo terminara de trabajar y se plantó delante de Adad.
—¡Suéltala! —le ordenó—. Ya la has lastimado bastante.
—¿Esto? —preguntó Adad mientras daba unos golpecitos al hombro de Sakti. Ella aulló y tembló. Se habría caído si su hermano no la tuviera tan sujeta del pelo—. No fui yo. Me dijo que se cayó. Además, si la suelto desperdiciará el trabajo que tu hijo hizo con tanto empeño. Está decidida a acabar con ese sujeto.
—¿Por qué?
Connor vio a Sakti y luego al muchacho cosido, vendado e indefenso. ¿Qué había hecho para merecer la furia de Sakti? Adad le sonrió pero a Connor no le gustó.
—Ah, eso... A ver, hermanita. Díselo. Dile por qué quieres acabar con un cachorro al que apenas has visto.
Aunque los ojos de Sakti fulminaron con ira al paciente de Connor, su mirada fue de súplica al ver al doctor. «Acaba con él», decían sus ojos. «Mátalo, mátalo. No lo salves». Connor retrocedió hasta situarse delante de su misterioso paciente, porque no podía imaginar lastimarlo o dejar que Sakti lo matara. Cuando la princesa miró a Darius en busca de apoyo, Connor vio algo más. Miedo. Y dolor. Mucho, mucho dolor, aunque supuso que no se debía a la clavícula rota ni al golpe que Adad le había dado.
—Por favor, Darius. Ayúdame a...
—¿Por qué? —le preguntó él mientras estiraba un brazo para sostenerla y apartarla de Adad. Connor supo que Darius podría ceder a Sakti. Después de todo era su mejor amiga y ella nunca le había suplicado nada, aunque le había dado todo a él—. Allena, ¿qué te ha hecho este tipo?
Ella abrió la boca para hablar, pero los labios se le encogieron sobre las mejillas y las escamas comenzaron a caerse o a metérsele en la piel. Estaba muy débil como para mantener la transformación. Aun así miró a Darius sin parpadear, sin dudar.
—Es Marduk. Es el Tercer Dragón. Es... ¡Es...!
Connor sintió las navajas de energía alrededor y se quedó inmóvil, sin saber qué más hacer. La danza filosa cortó todo lo que encontró al paso. Las paredes se llenaron de estrías. Las tazas de cerámica se rompieron en el estante. Los jarrones con conserva se desquebrajaron y regaron el contenido sobre el suelo.
Sakti logró controlarse antes de que una navaja cortara a Darius. El mestizo sintió el filo invisible delante del rostro y luego cómo el poder se retiraba arrepentido.
—Acaba con él, por favor —pidió Sakti antes de apartarse de Adad y salir de nuevo al patio. Darius, Airgetlam y Connor guardaron un silencio de muerte porque supieron que estuvieron muy cerca de convertirse en picadillo. Adad, en cambio, soltó un bufido.
—Ah, mujeres. No puedo creer que hasta ella cediera a esas estupideces emocionales.
Darius no supo si Adad intentó ser sarcástico o si hablaba en serio, pero no le importó. Se acercó al paciente de Connor. A pesar de las quejas de su hijo, lo sentó sobre la mesa para verle la espalda. Sí, ahí estaban. Eran oscuras como tinta, idénticas a las de Adad y Sakti, salvo que las marcas de la Profecía de ese muchacho eran pequeñas. Todavía no se habían estirado por los brazos ni por otra parte del cuerpo.
Un sabor amargo e inquietante le inundó la boca.
—¿Por qué la detuviste? —preguntó a Adad—. Si Allena lo hubiese matado, la Profecía que tanto te aterra ya no podría cumplirse.
—Oh, sí —concedió Adad—. ¿Por qué habré intervenido?
—Para que se cumpla, ¿verdad? —terció Connor mientras apartaba a Darius y recostaba otra vez al paciente—. Para salvarnos a todos, ¿verdad?
Cuando el doctor miró los rostros de Darius y Airgetlam, vio ceños fruncidos y cansados. Nunca había hablado con ellos sobre la Profecía. Solo había asumido que algún día, tarde o temprano, Adad y Sakti la cumplirían. Tal y como algún día, tarde o temprano, todos morirían por vejez o enfermedad. Era parte del ciclo de la vida. Algo ordinario. Ni más ni menos. Hasta ese momento se le ocurrió que quizá la Profecía nunca se cumpliría. Se le ocurrió que quizá Sakti y Adad jamás morirían.
Miró a Adad. El príncipe le sonrió pero eso no lo calmó. Le pareció que esos labios estirados eran más electrizantes y terribles que los relámpagos.
—Ah, me pregunto si será por eso... —se limitó a decir el príncipe. Luego pasó al lado de Connor, Darius y Airgetlam, todavía con una sonrisa—. Si me disculpan, iré a tomar un baño caliente.
Aunque Adad se marchó, la cocina quedó impregnada de inquietud.
—¿Alguien irá por ella? —Drake apareció por la puerta que conectaba con el patio. Se había quemado las manos al apagar el fuego, pero sonreía como un lobo. Siempre sonreía así cuando veía a Sakti.
Connor, Airgetlam y Darius gruñeron juntos. Era el mismo gruñido que hacían todos –hasta Drake– cuando un cliente ponía ojos de bobo delante de Zoe.
—Papá —dijo Connor—, Zoe dejó una capucha junto a la chimenea. Así estará más caliente.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2015-2017. Ángela Arias Molina

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