¡Sigue el blog!

Capítulo 4

4
XADIZ


A pesar de que los Dragones ya no batallaban en el cielo, la tormenta continuó. Cada goterón caía con la fuerza de un pequeño meteorito. Darius se puso una capucha pero se había mojado antes, cuando ayudó a Connor a sacar al muchacho del cráter.
El Tercer Dragón.
¿Quién lo habría creído?
Avanzó en silencio entre los árboles y los charcos. Antes de salir a buscarla, Connor le dijo que Sakti tenía rota la clavícula. La princesa era ruda y fuerte, pero no podría llegar demasiado lejos en ese estado. Aun así Darius supo que Sakti lo intentaría, porque no podría estar a menos de cien metros del Tercer Dragón sin intentar acabar con él.
Connor tuvo prisa en ir al pequeño hospital del pueblo, pero su curiosidad le había ganado. En ese aspecto todavía era un niño.
—Papá, ¿por qué Allena quería matar a ese muchacho?
Él lo pensó un rato.
—Porque hace mucho tiempo, antes de que el Tercer Dragón naciera, él ya había intervenido en el mundo. Y algunas de las cosas que hizo lastimaron mucho a Allena.
Había enviado a mensajeros como Geri y Freki. Había evitado que Darius fuera al Reino de los Espíritus después de enfrentarse a Sigurd. Había enviado la pluma de Dragón que salvó a Sakti de morir desangrada. Pero también había herido a Mark y le había encargado a Darius acabar con el mensajero de Lahore. Y ahora, después de tantísimo, tantísimo tiempo, el Tercer Dragón había regresado a las vidas de Darius y Sakti. En su corazón, el mestizo supo que eso no era bueno. «Me preocuparé por eso después», decidió. «Ahora lo importante es encontrar a Allena».
Temió haberse perdido. La noche ya había caído y la lluvia no había parado. Incluso con la visión ajustada, el bosque le parecía demasiado oscuro y peligroso. Lo había recorrido con los muchachos y con sus cuñadas en cacerías y cosechas, pero siempre durante el día. «Debí traer a los lobos», pensó. Si Geri y Freki no habían salido de caza, estaban descansando en las caballerizas. Ellos tenían mejor visión nocturna, pero se guiaban más por el olfato que por los ojos. Durante la noche y con un aguacero que despertaba los olores más escondidos de la tierra, el bosque debía de serles un arcoíris fantástico.
Estuvo a punto de darse por vencido hasta que vio algo entre unas rocas. Eran tres grandes piedras que su familia utilizaba como punto de encuentro. Allí habían repartido tareas, herramientas, cargas y cosechas. Aunque al bosque podía entrar cualquiera, a Darius le parecía que era una extensión de su patio y otra parte de su hogar. «Debí suponer que estaría aquí», pensó. En ese sitio Darius la ayudó a sembrar una raíz de allen que nunca volvió a florecer.
Reconoció a Sakti porque su cabeza gris y empapada parecía una cuarta roca. Cualquier otra persona habría pasado de lejos sin reconocer a una persona, pero Darius conocía ese lugar de memoria. Avanzó hacia ella con una sonrisa tranquilizadora que se cayó apenas la encontró. Sakti estaba en muy mal estado, sentada sobre el barro como una niña abandonada. El hombro derecho estaba más alto que el izquierdo, torcido en un ángulo que le causó escalofríos. El golpe que le había dado Adad con la cola se le había hinchado en la nuca, a pesar de que entonces tuvo escamas que la protegieron de lo más severo del ataque. La cara también se le había hinchado por el golpe que el príncipe le dio contra la pared de la casona. Tenía una cortada en la nariz, a la altura de los ojos, y un párpado amoratado que no podía abrir. Sin las escamas Sakti estaba flaca y sucia, llena de barro. Si unos días antes a Dereck le pareció que la princesa era la criatura más hermosa en el mundo, ahora a Darius le pareció la más enferma y miserable. Ella torció un poco el cuello para verlo, pero al instante se contrajo de dolor y regresó a la posición inicial. En ese breve instante en que sus ojos se encontraron, Darius sintió todo el sufrimiento de su amiga.
Se inclinó sobre ella y le puso la capucha que Zoe había colocado junto al fuego. La había guardado por debajo de la suya para protegerla de la lluvia y todavía estaba calentita. Sakti soltó un suspiro de placer aunque Darius supo que la capucha se enfriaría pronto con los goterones.
—Volvamos. —Supo que tendría que cargarla. Ella no estaba en condiciones de dar ni un paso más.
—¿Lo mataron?
—No.
—Entonces me quedo aquí.
Sakti lo sacaba de quicio cuando se negaba a hacer algo lógico. Como escapar de Masca con él y los niños. Como quedarse en Kehari con él y los chicos. Como ir a la casona a que Connor la curara. Pero ella siempre tenía sus motivos y él sabía lo que era el rencor. Sakti no le echaba sal a la herida cuando él estaba rencoroso y Darius no vio motivo para actuar así con ella. Después de todo, podía entender por qué su amiga detestaba tanto al Tercer Dragón.
Había algo más que él entendía muy bien. Lo había visto en varios pacientes de Connor luego de que perdieran a un ser querido o cuando la desesperación de una enfermedad se les había anidado en el corazón. Él mismo lo sintió cuando despertó por primera vez en la casita del lago en Masca. Lo estaba viendo ahora en Sakti.
La rodeó con cuidado y le dio un beso largo y cálido en la frente. Ella era ruda y no flaqueaba ante cualquier persona, pero se encogió contra él y acurrucó la cabeza contra el pecho de su amigo.
—Sigfrid me golpeó en el hombro y me duele mucho —le confesó. Otra vez le pareció una niña bajo la lluvia, solo que ya no estaba abandonada. La habían ido a recoger.
—Le dijiste a Adad que te caíste.
—Adad también me golpeó pero tú viniste a buscarme. ¿A cuál de los dos debo decirle la verdad?
Darius sonrió. Se sentía muy bien ser el favorito de Sakti aunque eso implicaba que también tenía una gran responsabilidad. ¿Pero qué más daba? Cuando se conocieron Sakti no tenía ningún motivo para sacarlo de la bruma y aun así lo hizo. Ella le había dado todo y nunca le había pedido nada.
—Estarás bien —le prometió—. Dentro de nada, todo el dolor se irá. Absolutamente todo.

****

Estaba exhausto y satisfecho. La tormenta le había traído 70 pacientes con cortaduras graves, 20 con cortaduras superficiales, uno con un ojo deshecho, otro con un brazo envenenado por pelo de demonio araña y otra con una clavícula rota. Sakti fue a la última a la que atendió y lo lamentaba. Con excepción del Tercer Dragón, todos estaban en mejores condiciones que la princesa. La clavícula estaba mucho más que rota. Estaba deshecha en tres sitios diferentes, aunque el hueso había intentado sanar. Connor sospechó que el verdadero daño lo hizo la transformación, pues había obligado a la clavícula a crecer y medio sanar sin la ayuda necesaria. Como consecuencia las fracturas se habían calcificado de manera incorrecta y Connor tuvo que romperlas otra vez para iniciar una sanación apropiada.
Darius y Dagda lo ayudaron a sostenerla pero aun así Sakti logró patearlo en la entrepierna. Connor no se lo tomó a mal. Ella no era la primera ni la última paciente que le asestaría un golpe por acto reflejo al dolor. «Debí dejar que los aprendices se encargaran de los demás. Desde el principio debí ayudar a Allena», pensó mientras salía de casa rumbo al hospital. Había cabeceado un poco después de atender a Sakti pero estaba intranquilo con tanta gente hospitalizada. Airgetlam se había quedado en el hospital para poner orden si era necesario y sus dos aprendices a médico prometieron que se quedarían para atender otras emergencias. Él les tenía confianza a su hermano y a los aprendices pero le gustaba tener el control absoluto de situaciones como esa. No obstante, sabía que tenía que aprender a dejar ir. Tenía que permitir que sus estudiantes atendieran casos por su cuenta, tal y como su maestro se lo permitió a él. De lo contrario no aprenderían nada. «Y Kehari se quedaría sin doctor preparado cuando yo me vaya». Lejos de casa, esos pensamientos rondaban libres con más frecuencia.
Además de los heridos, la tormenta había dejado barriales alrededor del pueblo aunque las calles adoquinadas –otro signo de la prosperidad de Kehari– apenas tenían algunos charcos. A uno y otro lado Connor vio restos de techado y pueblerinos que evaluaban los daños de las tejas y las ventanas. El doctor se identificó con sus vecinos, porque las ventanas de su casa y negocios también estaban rotas y el tejado de una de sus casonas se había levantado por los aires. Darius, los gemelos y Drake tendrían que subir a repararlo. La tormenta también había dejado un olor a ozono en el ambiente. A Connor le pareció muy fresco aunque se mareó un poco por todo ese aire limpio que le entró directo al cerebro en una sola bocanada.
En la última época de gripe el hospital olió a ungüento y jarabe para la tos. Connor imaginó que después de anoche allí olería a sangre. Sin embargo, en el hospital también flotaba el aroma de la tormenta y a Connor le pareció muchísimo más agradable. La mayoría de los pacientes ya se había ido a sus casas, pero los más graves dormían aún en las habitaciones que el maestro de Connor había preparado él mismo para ese fin. A veces todavía escuchaba al viejo doctor.
—Te enseñaré mi arte a cambio de una condición —le había dicho su maestro hacía incontables años, cuando Connor apenas era un cachorrillo que ignoraba el paradero de sus padres biológicos—. Atenderás a todos por igual. Aesirianos, vanirianos y humanos.
En aquel entonces Connor no entendió lo difícil que fue para el anciano curandero poner esa condición cuando él mismo tenía problemas para atender a otros que no fueran aesirianos. Pero se había esforzado en ser justo e imparcial. Al final de su vida había educado a un doctor todavía más justo y desinteresado y había fundado un hospital humilde que admitía a todos los pacientes por igual. Cuando a Connor le llegó el turno de tener aprendices, él también les puso condiciones. A la de su maestro agregó otra:
—Cuando estén listos, se marcharán de Kehari y enseñarán a otros todo lo que les he enseñado. Así nadie, en donde quiera que esté, sufrirá sin que alguno de nosotros le pueda ayudar.
Sabía que Kylma, el aprendiz mayor, tenía familia en el norte y que planeaba ir allí apenas terminara de prepararse con Connor. El otro aprendiz, Finn, quizá se quedaría en Kehari pero a Connor no le importaba. Porque si Finn se quedaba entonces él podía marcharse con menos remordimiento.
Paseó por los pasillos en silencio, como un fantasma. Pronto se dio cuenta de que no tuvo que preocuparse de nada, porque Airgetlam, Kylma y Finn se hicieron cargo de todo. Se le ocurrió que podía regresar a casa para revisar el vendaje de Drake y asegurarse de que Sakti no tuviera dolor. Pero su curiosidad lo hizo avanzar hacia la habitación del fondo, la que destinaba a pacientes moribundos o con alguna enfermedad contagiosa. Tras cerrar la puerta miró la única cama ocupada. Las sábanas blancas aún olían a detergente aunque Connor también pilló el tenue aroma de la sangre. Airgetlam había cubierto la ventana con una cortina gruesa para que el viento no la levantara. El doctor la corrió para que el aire limpio entrara. Luego se acercó a la cama.
Uno de los aprendices lo había bañado; tras quitarle las capas de barro y suciedad, había dejado nada más que a un chiquillo. El cachorro no le pareció una amenaza ni de lejos. No era muy musculoso pero estaba en forma. Le faltaba comer un poco más de carne pero tenía buen color de piel. Era sano, con excepción de la herida que Sakti le había hecho. Connor supo que el chico sanaría mucho antes que la princesa.
Se inclinó sobre él para hacer la revisión de rutina. Al instante el paciente abrió los ojos, estiró una mano y agarró a Connor del hombro. Tenía fuerza, eso era seguro, pero tenía puntadas en el pecho y el doctor sí comía suficientes porciones de carne y tenía buen tono muscular. Con un padre que era excelente espadachín, dos hermanos mayores que eran Generales, otro hermano que era un sicario y unas tías que no necesitaban de nadie para romper las caras de los clientes atrevidos, Connor sabía defenderse. Apartó la mano con un golpe, se lanzó a la cama y rodeó con las piernas al paciente para inmovilizarlo. Le sujetó los brazos y esperó a que se calmara.
—No te preocupes, te soltaré apenas te relajes. Estás herido así que tienes que prometer que no te moverás. No quiero darte más puntadas si podemos evitarlo.
Cuando el muchacho se calmó Connor dio su aprobación con un asentamiento de cabeza, aunque supo que el otro no podría verlo. Le había revisado las pupilas poco antes de coserlo y sabía que era ciego.
—La chica que estaba conmigo... —murmuró el paciente.
—No te preocupes, no te lastimará más —le aseguró el doctor mientras se apartaba—. Está lejos de aquí.
—¡¿Lejos?! —gritó el muchacho. Se sentó de un salto, aunque al instante se contrajo del dolor. Connor lo iba a regañar por testarudo pero el paciente continuó—: ¿Cómo que lejos? Pero... pero... ¡me tomó toda la vida encontrarla! ¡No puedo perderla ahora!
Connor levantó la ceja. Todos los aesirianos sabían que el Tercer y el Primer Dragón estaban prometidos en la Profecía, pero después de lo que vio anoche creyó que este muchacho estaría agradecido de estar lejos de Sakti. «No puede ser tan masoquista como para querer estar con Allena incluso después de que casi lo matara, ¿verdad?».
—¿Por qué quieres estar con ella? —le preguntó con cautela. El muchacho ciego sonrió. Su expresión denotaba un carácter reservado pero cuando habló lo hizo con naturalidad y alegría, como si conociera a Connor desde siempre.
—¡Porque he soñado con ella toda mi vida! Nos he visto caminar juntos de la mano. Ella ha corrido hacia mis brazos en una habitación de hielo y agua. Me ha amado y me ha besado aunque el Infierno ha ardido alrededor nuestro. ¿Cómo no voy a querer estar con ella?
Connor alzó la otra ceja. Los ciegos de nacimiento no soñaban con imágenes. Cuando le preguntó a qué edad perdió la vista, el muchacho le dijo que había nacido ciego. Torció el rostro hacia la ventana, de donde le llegó la calidez del sol y la frescura de la brisa.
—He visto su cara infinidad de veces —dijo con voz suave, como si le hablara a un sueño que estuviese a punto de esfumarse—. Sus ojos y su cabello grises, como las nubes de tormenta. Su expresión seria y cruel. Pero también... —El muchacho agitó la cabeza—. Aunque siempre supe que la reconocería por su voz. En mi sueño ella canta.
«¿Quién? ¿Allena?». Connor nunca la había oído cantar. Ni siquiera la había escuchado tararear.
—¿Puedo verla, por favor? —pidió el paciente—. Bueno, no como tú la ves sino como yo la veo. Por favor.
Connor lo meditó. Sakti claramente no tenía intenciones de verlo pero el chico era interesante. Un ciego que podía ver en sueños.
—Creo que ella no quiere verte. Te hirió.
La sonrisa del muchacho se desvaneció. Se llevó la mano al pecho y recorrió el vendaje con la punta de los dedos. No pareció triste ni contrariado, pero sí meditabundo.
—A veces tengo la impresión de que le he hecho daño —admitió—. No recuerdo cómo pero sé que le debo una disculpa. Él me lo dijo.
—¿Quién?
Connor creyó que el muchacho le hablaría de Adad, el sujeto que estaba con Sakti e impidió que ella lo matara. El Tercer Dragón ladeó la cabeza y sonrió otra vez. Connor sintió escalofríos aunque no de miedo, sino de reconocimiento.
—La misma persona que me habló de ti. No sé su nombre pero antes de despertar me dijo que tú estarías conmigo y que podía confiar en ti, porque él ya confía en ti.
Un ciego que podía ver en sueños. Un ciego con algún poder de premonición. ¡Claro que era interesante! Más aún porque Connor tenía una sospecha de quién era esa otra persona misteriosa que su paciente había visto en sueños.
—Descríbemelo.
—Es rubio, con ojos de color del cielo y una sonrisa que...
—... hace cosquillas —lo interrumpió Connor. Luego sonrió—. Hola, Alucinación. Yo pensé que ya no volverías por aquí.
—Ah, él también dijo algo al respecto —apuntó el Tercer Dragón muy serio—. Dijo que no lo llames «Alucinación».
Connor soltó la primera carcajada del día.

****

Alguien estaba junto a su puerta. Sakti se sobresaltó pero no pudo moverse porque el dolor y el sedante de Connor la tenían inmovilizada. Aun así pudo abrir los ojos y mirar a la visitante. La luz reflejaba una cabellera verde y una expresión fastidiada. Miriam se alejó por el pasillo cuando vio que Sakti estaba despierta.
La princesa guardó silencio. Justo al lado Darius pataleaba con suavidad. A lo mejor estaba persiguiendo a un conejo o nadando en la Península. Sakti lo envidió porque ella no podía soñar. Su último sueño fue en el desierto, después de cortarse el brazo izquierdo y fusionarse. A partir de entonces, cuando cerraba los ojos no veía más que tinieblas. A veces era una ventaja, porque sus preocupaciones no la perseguían en pesadillas y podía dormir como un leño. Pero de vez en cuando ansiaba con desesperación un sueño alegre que le calentara el corazón. Y siempre despertaba con la triste sensación de que para ella dormir y morir eran lo mismo. «Cuando me muera», pensó, «no iré a ninguna parte. Solo me sumergiré en tinieblas. Ni siquiera soy lo bastante buena como para ir al Infierno donde Miriam quiere que acabe».
Sabía que no le caía bien a la cuñada de Darius. En su primera estadía creyó que Miriam le resentía todavía cómo le sacó a Garrow la identidad de su esposa vaniriana. Pero luego reparó en las miradas ansiosas que Miriam le daba a Darius. Eran parecidas a las que las sirvientas de la casita del lago le hacían al mestizo, pero mucho más fervientes. A Sakti le hizo gracia, no por la desesperación de Miriam sino por la de Darius.
A él simplemente no se le daban bien esas cosas. Se quejaba de que los gemelos se comportaban todavía como chiquillos traviesos aunque él mismo parecía un niño tímido cuando se cruzaba con Miriam. Si a eso le agregaba que la peli-verde no se andaba con rodeos, se armaba el caos. Con un roce, Darius saltaba. Con una sonrisa, él apartaba la mirada. Ante la perspectiva de quedarse solos, el mestizo huía. Y si Sakti estaba cerca, él se escudaba detrás de ella. Por supuesto que Miriam terminaría detestándola porque, literalmente, la princesa se interponía entre ella y el profeta. Miriam debía de darse cuenta de que Sakti no tenía intención de intervenir ni interés en Darius, pero no importaba. De igual forma Sakti ocupaba un lugar que Miriam anhelaba. Estaba al lado de Darius. Era su confidente, su favorita, la única mujer además de Zoe a la que no le apartaba la mirada.
Aunque Sakti no tenía ningún interés romántico por Darius tampoco quería que Miriam la apartara. Él era su amigo. Podía compartirlo siempre y cuando no le quitaran el sitio que ella se hizo después de tantas aventuras y tristezas junto al mestizo. Pero año tras año, visita tras visita, el miedo se abrió un hueco en ella. A Darius se le daban fatal los rituales de seducción, pero Miriam era tenaz y se estaba abriendo espacio en la cabezota densa del profeta. Sakti lo sabía porque Darius evitaba con más ahínco a Miriam.
—Si no actúas pronto ella va a perder el interés —le había dicho Sakti en su última visita al pueblo.
No tuvo que decir nombres porque Darius supo a quién se refería. El comentario tomó desprevenido al mestizo y lo hizo escupir parte del té y atragantarse con el resto. Connor se había asomado desde la cocina y le palmó la espalda para que respirara de nuevo. Luego se marchó, creyendo que su papá estaba sonrojado por la tos. Sakti sabía más.
—Es complicado —susurró Darius—. Es la hermana de mi esposa.
—¿Y?
—No estaría bien. Aún no.
A Sakti le parecía que todos en la familia estarían bien con ese cambio. Garrow y las muchachas habían superado la muerte de Njord y habían soltado en varias ocasiones que les gustaría cuidar a más hijos del mestizo. Los gemelos, Vash, Kel y Drake tenían una apuesta sobre quién se rendiría primero: ¿Miriam o Darius? Y Zoe, que era la niñita de papá por excelencia, había aceptado que si su padre iba a retomar su vida sería bueno que lo hiciera con alguien que no lo apartara de Kehari y la familia.
Comprender eso le hizo una úlcera en el estómago a Sakti. Si la familia de su amigo lo aprobaba, y el mismo Darius había empezado a considerarlo, ella no podía ponerse de por medio. Tenía que apoyarlo. A fin de cuentas era por su bien.
—No esperes hasta que sea demasiado tarde —lo aconsejó. Darius giró los ojos y sonrió.
—Podrá esperar un poco más.
—¿Un año? ¿Dos? ¿20? Creo que eres fantástico. Pero nadie puede esperar por tanto tiempo, ni siquiera por alguien como tú.
Pero Darius, bendito sea, había esperado más. Por eso estaba acurrucado en la cama de su amiga enferma en lugar de su propia cama o en la de Miriam. Y Miriam, bendita también, todavía esperaba. Sakti estaba tentada a unirse a la apuesta de los gemelos con un tiquete que dijera «Ni él da un paso adelante ni ella uno atrás, y esto sigue por siempre jamás». Seguro ganaba.
A su lado, Darius al fin atrapó el conejo.

****

Connor le había hecho un vendaje en ocho y se lo cambiaba dos veces al día. Como no tenía brazo izquierdo, el vendaje corría riesgo de aflojarse. Si se aflojaba, Connor estaba de inmediato junto a ella para socarlo de nuevo. Sakti no era llorona pero sabía lo que significaba el dolor. Sabía lo que significaban las fracturas ardientes como hielo que la estremecían con la caída de cada tormenta.
No volvería a coger una espada.
Gracias a Connor podría mover otra vez el brazo y los dedos, pero había esperado muchos días para recibir tratamiento. Se había transformado antes de tiempo. Aunque las fracturas sanaran bien nunca recuperaría toda la fuerza. Tampoco podría levantar el brazo con soltura. Sus movimientos serían siempre limitados.
Así, pues, nunca volvería a coger una espada. «Y una vez, hace mucho tiempo, fui heroína de guerra», pensó de mala gana. La idea de que Darius y los gemelos pudieran derrotarla en un duelo amistoso la hacía sentirse mal.
Adad la había ignorado. De vez en cuando lo veía en la casona, de paso hacia su habitación o a cenar. Iba con el pelo teñido de negro y a veces con capas de maquillaje para cubrirse las marcas de la Profecía. La sorprendía que tomara ese cuidado, porque aunque al príncipe le gustaba evitar los pueblos no se preocupaba en ocultar su identidad. Claramente se disfrazaba ahora para no traer sospechas ni problemas a la familia de profetas.
Ella no extrañaba a su hermano porque tenía a Darius. El mestizo había descuidado un poco a Garrow para estar con ella, pero el anciano se lo tomaba bien y a Sakti le caía aún mejor. La princesa siempre apretaba los dientes cuando Connor le cambiaba el vendaje para no preocupar al mestizo. Pero Darius sabía que estaba adolorida. Le daba frazadas calentadas junto a la hoguera para aliviarla y la alimentaba como si fuera un pajarillo con el ala rota. No la dejaba por su cuenta más de diez minutos al día. Antes y después de la fusión Sakti disfrutaba estar sola, por lo que creyó que los cuidados constantes de Darius terminarían hartándola. Pero no fue así. Sakti no lo supo al principio, pero Darius lo notó en el primer momento: ella no quería estar sola.
Fue al cuarto día cuando Connor accedió a que la princesa se levantara y anduviera por la casa. Zoe estuvo mucho más entusiasmada por esa idea que la misma Sakti. Le cortó el pelo por debajo de los hombros y lo tiñó como a Adad; luego le ajustó uno de sus vestidos y le tomó medidas para encargarle otros dos. A pesar de la fusión, Sakti recordaba que Zoe siempre la peinaba y la vestía como si fuera su muñeca a tamaño real. Después de tanto tiempo, eso no había cambiado.
Ese día coincidió con la despedida de Airgetlam.
Kehari no tenía cristalería así que los pueblerinos tuvieron que encargar ventanas en las villas vecinas. Los gemelos habían trabajado en las ventanas más importantes del hospital y el hostal, pero todavía faltaban cristales para muchas habitaciones y para La Taberna. Si había algo más tedioso que evitar que el agua y el frío entraran a una habitación, era viajar en época de tormentas. Pero a Airgetlam no le importaba. Por el contrario, estaba encantado de ir a Xadiz.
Aunque ese pueblo quedaba lejos en comparación con otros, las ventanas allí saldrían a mejor precio (Lea no había criado a un comerciante tonto). El cristalero de Xadiz tenía muy buena relación con el curandero/tabernero de Kehari. Faltaba menos. Después de todo, la hija del cristalero era la novia del hermano mayor de Connor.
Sakti no comentó nada al respecto, aunque supo que Darius estaba algo nostálgico. Ella misma sentía un hormigueo en las puntas de los dedos al imaginar que quizá esa chica en Xadiz se iría a vivir a Kehari para ser la madre de los hijos de Airgetlam. O a lo mejor sería Airgetlam el que se iría a vivir a Xadiz. Al ver a ese muchachote tan contento y seguro de sí mismo mientras ajustaba la clavija maestra de la carreta, Sakti supo que faltaba poco para que una de las dos cosas sucediera. Si no era esa chica de Xadiz, sería otra en cualquier parte del mundo. Airgetlam era lo bastante interesante y fuerte como para llamar la atención de una familia con chicas en edad casadera. Y, a diferencia de su padre, a él no se le daba mal el cortejo. O por lo menos no tan terriblemente mal como a Darius.
Airgetlam se despidió de todos con un abrazo. Cuando llegó a Sakti le sonrió con malicia y cruzó los brazos sobre el pecho. Ella supo que le echaba en cara lo alto y fuerte que se había hecho, mientras ella había dejado de crecer aun antes de su primera transformación. Sakti estaba segura de que no había crecido mucho porque no comió lo suficiente cuando era niña. En cambio Airgetlam y sus hermanos siempre estuvieron bien alimentados y tenían sangre Tonare. Aún no habían alcanzado la talla de Enlil, pero lo harían. Hasta la misma Zoe era ya más alta que sus tías como por cabeza y media. A Sakti le sacaba dos cabezas de ventaja.
Si no tuviera la clavícula rota, Sakti le habría dado un puñetazo en el estómago a Airgetlam para sacarle el aire y borrarle esa sonrisita de superioridad. Era humillante que un niño al que ella le limpió los mocos pudiera echársela ahora sobre los hombros sin ni siquiera resentir el peso adicional.
—¿Podrás solo con la carreta? —le preguntó. Airgetlam giró los ojos.
—Claro. Además, no estaré solo. Voy con una comitiva que también necesita ventanas.
Sakti había visto las carretas de otros pueblerinos y sabía que Airgetlam podría controlar los caballos. Incluso defenderse si en el camino caía en una emboscada. Pero siempre lo había visto al lado de Dagda. Para ella, uno no existía sin el otro.
Dagda se quedaría en Kehari una semana más para trabajar en los tramos de techo y las goteras que aún quedaban pendientes de reparar. Después iría por su cuenta a Xadiz para ayudar a su hermano a transportar un paquete tan frágil.
—Te preparé la especialidad de la casa para el camino. —Connor señaló la canasta que había puesto sobre el asiento del conductor—. También hay carne de conejo en conserva para que comas mañana. Y esta vez por favor recuerda cocinarla. No voy a ir a medio camino de Xadiz solo para darte infusión y masajearte la barriga.
—... ¿Por qué me tratas como si fuera un niño? —preguntó Airgetlam con una mueca indignada. Connor lo miró como si fuera tonto—. ¿Por qué me trata como si fuera un niño? —preguntó a los demás. Solo Dagda levantó los hombros en simpatía. Los demás pusieron la misma expresión de Connor.
Cuando la carreta de Airgetlam se unió a la caravana y marchó por la calle principal, todos supieron que enfrentarían unos días inusualmente callados. Aún tenían al torbellino de Dagda, pero un gemelo se comportaba mejor cuando estaba solo.

****

A pesar de la ansiedad y la expectativa de visitar Xadiz, la lluvia le estropeó el humor. Darius mantenía las carretas de la familia en muy buen estado pero no todos en Kehari tenían tiempo o los ingresos para restaurar un vehículo. El temporal hizo barriales catastróficos, provocó deslizamientos e incendió árboles con los relámpagos. Varias carretas se quedaron atascadas en el barro y algunas tenían aros rotos por los saltos inestables del camino. La de Airgetlam no se había roto pero él se había bajado para empujar las de sus vecinos o reparar las ruedas que se habían estropeado. Estaba calado y seguro de que Connor tendría que darle mil sopas y medicinas para salvarlo de una pulmonía.
En dos ocasiones la caravana vio el impacto de un relámpago sobre los árboles. Estuvieron lejos del primero de ellos y la escena hasta les resultó hermosa. Fue uno de esos momentos de revelación en donde el mundo se mostraba poderoso y magnífico de las maneras más sencillas posibles. La segunda vez estuvieron demasiado cerca. Airgetlam sintió venir el relámpago. Los vellos de la nuca, brazos y piernas se le pusieron de punta rápida y dolorosamente. Sostuvo las riendas tan fuerte y rápido como pudo, igual que sus compañeros de viaje, pero fue inútil. La luz los dejó ciegos. El trueno retumbó como la erupción de un volcán. Los caballos se levantaron sobre las patas traseras a la vez, espantados, horrorizados. Dos jinetes cayeron en los charcos. Dos carretas chocaron en lados contrarios cuando los caballos intentaron escapar por rutas distintas. Y por un terrible y eterno segundo pareció que otro relámpago caería sobre la caravana.
El relámpago nunca llegó –o sí lo hizo, pero lejos, muy lejos– y Airgetlam expandió su percepción telepática para lanzar una onda de calma a los caballos. No fue lo bastante veloz como para salvar a un jinete caído, pues el corcel lo pisoteó y le rompió la pierna; pero la silenciosa intervención de Airgetlam evitó que los caballos se escaparan y les permitió a todos terminar el viaje lo más pronto posible.
—Esto no me gusta —comentó Aldith, el trampero de Kehari por el que babeada Frey, la tía de Airgetlam—. Estas tormentas no son normales.
—¿Serán de castillos? —se animó el hijo del lechero entre los balidos que salían de su carreta. Airgetlam no sabía qué se le metió en la cabeza para hacer el viaje con sus cabras en tan mala época.
Todos miraron el cielo, tapizado con nubes oscuras, y luego miraron al gemelo. En Kehari creían que él y su familia venían del Oeste, escapando de las invasiones vanirianas.
Hace unos días él creyó que la tormenta era cosa de Adad, pues la tempestad había empeorado cuando el príncipe llegó a Kehari. Pero ahora no estaba tan seguro. ¿Podía Adad mantener una tormenta en su forma aesiriana? Si así era, ¿por qué lo hacía? Airgetlam levantó los hombros.
—Las tormentas de los castillos vanirianos son malas, pero no tan malas. Además, sus relámpagos son rojos y estos no.
—Esto no me gusta nada —repitió el trampero—. Esta tormenta me da la misma impresión de la luna roja. —Se estremeció—. Como si viniera el fin. No me gusta.
Todos asintieron, hasta Airgetlam, porque esas palabras tan sencillas resumían muy bien lo que sentía. Él no había visto la luna de sangre porque las nubes habían sido densas. Además, aquella noche le tocó dormir temprano para el turno de la mañana en La Taberna. Pero en sueños sintió la luna. Tuvo pesadillas sudorosas en donde se ahogaba en un lago plateado que se teñía de carmesí, porque una plumilla gigante desangraba a un dragón de escamas de madreperla. Despertó con nauseas. Su familia también tuvo pesadillas pero apenas podían recordarlas. Dagda había soñado que una mujer de sangre lo perseguía en la luna. Darius no dijo nada, pero Airgetlam sospechaba que soñó con Fenran otra vez. El único que no había soñado nada fue Connor, seguro porque era tan bueno que hasta la luna carmesí le dio pase libre de pesadillas.
Pero Zoe... Ella fue la que tuvo peor noche. Airgetlam lo vio en su cara. En la palidez de sus labios, en los ojos irritados y en las ojeras purpúreas. Cuando la enfrentó para que dijera lo que soñó, ella simplemente levantó los hombros y dijo que era inevitable. Inevitable. Luego se marchó a hacer lo suyo y recuperó su alegría usual como si nada.
Inevitable.
Airgetlam se preguntó si debajo de esas nubes oscuras había un ojo semi-cerrado inyectado en sangre. Recordó la maña de Sigfrid de ocultarse durante las lunas llenas y se preguntó si el General había tenido pesadillas durante aquella noche. A lo mejor no. Sigfrid apenas dormía.
Cuando al fin vieron la silueta de Xadiz todos soltaron un suspiro ignorante de alivio. Se acercaron al pueblo envueltos en la oscuridad, alumbrados solo por las pocas lámparas de cristal que habían sobrevivido a tan escabroso viaje. Los faroles de Xadiz estaban apagados por el aguacero. Solo unas ventanas alumbraban como ojos somnolientos. Airgetlam no sospechó de la poca luz del pueblo.
No vieron la fila de hombres armados que custodiaban al pueblo sino hasta que ya estaban frente a ellos. La boca de Airgetlam se secó. «Soldados. Dios. Soldados». El estómago se le contrajo cuando vio que eran ocho hombres con armaduras azules de pecho y hombro derecho. Estuvo a punto de bajarse de la carreta y echar a correr, pero uno de los panaderos de Kehari se le adelantó. Se llamaba Oryon. Era un hombre simpático. Su esposa hacía el pan de mantequilla más rico que Airgetlam había probado jamás.
Y era un grolien.
Un soldado levantó el brazo. Su mano se contrajo como una garra. Los goterones vibraron en el aire, se unieron y formaron una réplica de agua de la mano del oficial, que se lanzó como un látigo hacia Oryon. Airgetlam se estremeció cuando escuchó el golpe. Sin necesidad de voltearse supo que la garra había atravesado el pecho del panadero. Lentamente, el brazo de lluvia arrastró el cuerpo hasta llevarlo a los pies del soldado. Airgetlam no se atrevió a verlo.
—¿Hay algún otro vaniriano entre ustedes?
Airgetlam apretó los labios. Todos en la caravana lo conocían. Sabían que vivía con Kel y Vash. Joder, ¡hasta lo habían oído llamarlos hermanito y tío! Bastaba una mirada. Bastaba que alguno lo señalara con el dedo. Eso sería suficiente para que su cadáver le hiciera compañía a Oryon.
—No, señor —respondió Aldith.
—¿Por qué viajaban con él?
Airgetlam apretó también los ojos. Supo que la lluvia se convertía en lanzas de hielo. Una mala respuesta y todos serían empalados.
—Porque somos sus vecinos —siguió el trampero. Airgetlam no podía creer que tuviera la voz tan firme—. Hacía un buen pan.
En su carreta, el hijo del lechero abrazó una cabra. Airgetlam estaba seguro de que lloraba. Los soldados guardaron silencio. Más y más lanzas de hielo se unían a las primeras.
—Lo preguntaré de nuevo. ¿Hay algún otro vaniriano entre ustedes?
—¿De verdad eso haría una diferencia?
Airgetlam no supo de dónde obtenía Aldith valor, ¡pero joder! Si salían vivos de esa iba a hacer hasta lo imposible para ayudar a Frey a conquistarlo. ¡El tipo era una joya!
Las lanzas de hielo tomaron impulso y... cayeron deshechas con un chapoteo. El Escuadrón Mare no se carcajeó pero sus tímidas sonrisas fueron burla suficiente.
—Adelante. Todos los aesirianos son bienvenidos a las villas y ciudades aesirianas.
Aldith entró sin titubear y Airgetlam lo siguió. No podía quedarse ni un segundo más delante del Escuadrón, listo para que reconocieran su rostro. Cuando fue nombrado General en Masca todos los Escuadrones y equipos de élite los conocieron a él y a Dagda. Fue una actividad de protocolo para que los oficiales de máxima categoría conocieran a sus próximos jefes, aunque los gemelos supusieron que también era para que conocieran a los chicos que debían vigilar en los próximos años.
Por suerte el Escuadrón Mare era el que menos visitaba Masca y el que menos contacto tuvo con los Generales gemelos. Puede que incluso ninguno de esos soldados hubiese formado parte del Escuadrón cuando Airgetlam fue presentado. Aunque los Escuadrones de los Elementos solían tener ocho oficiales, sus números variaban de misión en misión.
Cuando ya habían recorrido un buen trecho, el hijo del lechero jadeó y apretó su cabra, que baló adolorida. Airgetlam miró la cara asustada del muchacho y siguió su mirada: en el centro del pueblo había una tarima. En lo alto había una viga, de la cual pendían diecisiete cuerdas enrolladas alrededor del cuello de diecisiete personas. A algunas Airgetlam solo las había visto a lo lejos, pero a otras las conocía mejor. Reconoció al herrero que le arregló los cascos a su caballo en la última estadía en Xadiz. A la costurera que le propuso encargarse de su traje de novio si se comprometía. Al niño que Kel levantó sobre los hombros para saber lo que vería desde lo alto cuando se convirtiera en un adulto. Groliens, arpías y ordinarios pendían descalzos y empapados. Incluso había un kredoa también. La lluvia formaba caminos sobre sus cuerpos y caía a la tarima, gota a gota, desde las puntas de los dedos.
Airgetlam jadeó. El Escuadrón Mare no había ejecutado a todos los vanirianos de Xadiz, así que los demás escaparon o estaban escondidos con sus vecinos. Cuando el Escuadrón los encontrara, los subirían a la tarima junto a los aesirianos traidores que se atrevieron a socorrerlos. Supuso que eso fue lo que le pasó a Isma, que estaba al lado del niño grolien. Por los cardenales, Airgetlam supo que a su cuñado le rompieron las articulaciones antes de morir. Tenía úlceras en el costado y la cara. Lo habían quemado con un punzón ardiente.
El corazón le martilló los oídos. No le importó el aguacero. Solo quería dar media vuelta y enfrentarse a todas las tormentas y relámpagos que fueran necesarios con tal de regresar a casa. Supo que sería imposible. El Escuadrón Mare no lo dejaría marchar. Los soldados guardaban el perímetro para que nadie entrara ni saliera. Todos allí estaban atrapados. Pensó en Dagda. Su hermano vendría solo. No podría mezclarse con una caravana para pasar desapercibido. El Escuadrón podría reconocerlo. Si Dagda intentaba escapar terminaría igual que Oryon.
La caravana se disipó. La relación entre Kehari y Xadiz era buena, así que todos tenían amigos que los recibirían. Mientras cada uno iba por su lado, Airgetlam los notó distraídos. En negación. Tenían cara de estar en una pesadilla. Él se sentía así. Finalmente llegó a la caballeriza de su suegro. En otras ocasiones Isma y Ralo lo ayudaron a desmontar, pero supo que nadie vendría a ayudarlo ahora. Hasta el caballo sentía el miedo que flotaba en cada goterón que caía sobre Xadiz. Cuando al fin terminó de desempacar y se plantó delante de la puerta del cristalero, Airgetlam creyó que nadie le abriría. Se resignó a dormir en la carreta.
La puerta se abrió de repente y Riza saltó directo a sus brazos. Airgetlam quiso apartarla para verle la cara porque tenía un ojo morado. Supo que el gesto la heriría. Recién había perdido a un hermano y ahora necesitaba consuelo.
—Lo lamento —le dijo. No se le ocurrió nada más.
Riza lloró sin tregua pero Ralo, que apenas tenía nueve años, apareció detrás de ella y los hizo pasar. Luego cerró la puerta y la trancó. Su sonrisa juguetona y chimuela había cambiado por una expresión sombría. Airgetlam vio que tenía un chichón con forma de huevo al lado de la oreja y que llevaba un abrigo de Isma puesto, quizá para sentir el calor y la protección de su hermano aunque Isma se había ido.
—Lo lamento —repitió, pero sus palabras se ahogaron con un nudo.
En la viga sobre la tarima había todavía espacio suficiente para otras veinte sogas. Airgetlam sospechó que si no hacía nada al respecto, al final de la semana Dagda pendería de una de ellas. Su pecho estaría atravesado y hueco por la garra de lluvia que lo habría atacado cuando intentara defenderse o entrar a la fuerza por su hermano mayor. En la oscuridad que los envolvía, Airgetlam supo que la paz de la zona neutra había llegado a su fin.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2015-2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!