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Capítulo 5

5
LARGA NOCHE

El paladar de Sakti había perdido fuerza hacía años, así que casi toda la comida le era insípida. Pero le gustaba la textura de la carne y Connor preparaba un curry tan bueno que era capaz de resucitar las papilas gustativas de su amiga. Esa noche, el chico preparó una buena cena para despedir a Dagda aunque el platillo principal estaba dedicado a Sakti. Para cuando el doctor anunció que la cena ya estaba lista, ella llevaba salivando por el aroma por lo menos dos horas.
—Te ves mejor —comentó Darius mientras la ayudaba a sentarse junto a él—. Me alegra.
Sakti sí se sentía mejor. El hombro aún la estaba matando pero esa era la primera noche en muchísimo tiempo en que se sentía a gusto. Los cuidados de Darius la habían alegrado. Los mimos de Zoe la habían hecho sentirse mejor consigo misma. Y la comida que Connor había preparado para ella sería el broche de oro de su recuperación. Si al día siguiente se moría no le importaría ni en lo más mínimo.
No le sorprendió que Vash y las cuñadas de Darius no estuviesen para la cena. Miriam era la única que hacía mala cara cuando Sakti estaba de visita, pero a Vash y a las demás los tenía sin cuidado la estadía o la partida de la princesa. Además, alguien tenía que atender La Taberna.
Cuando Connor anunció que esperaban a un amigo nuevo del hospital, Sakti quiso golpear la mesa. Se moría de hambre y la ausencia del amigo de Connor atrasó la cena. Pero cuando el doctor resolvió que el invitado faltaría después de todo, Sakti se olvidó por completo de él. Se dedicó en cuerpo y corazón a comer, o por lo menos a esperar a que Darius la alimentara entre bocado y bocado. Ya no se lamentaba tanto por haber perdido la capacidad de usar bien una espada. Lo que ahora echaba de menos era levantar un tenedor.
Adad también estaba contento pues llevaba mucho tiempo sin probar un platillo digno de un príncipe. Connor había acertado con la cena y se preparó con antelación para satisfacer los apetitos de dos hambrientos voraces. La pequeña mueca de Kel era signo claro de lo bien que se la pasaban los príncipes. Aunque el grolien había crecido hasta sobrepasar a Vash, y su pelaje, que había pasado de castaño a negro, lo hacía ver imponente y peligroso, nunca había superado el trauma que Sakti le causó al comerse a su amigo Mauro. Pero como ella no le demostraba hostilidad, Kel se había acostumbrado a estar junto a ella sin temer convertirse en el próximo platillo de Sakti.
Fue hasta la hora del postre que el amigo de Connor se presentó. Sakti no prestó atención a su entrada ni al silencio que cayó en el comedor como un chapuzón. Notó las miradas sorprendidas en Dagda y Darius hasta cuando su amigo mestizo se quedó inmóvil, sin servirle una ración de la tarta de manzana y anís.
—Oh, esto se pondrá feo —murmuró Adad antes de meterse un trozo de tarta. Luego se echó atrás en la silla para ver el espectáculo. Sakti no comprendió lo que pasaba hasta que una garganta se aclaró detrás de ella.
—Hola —se animó el amigo de Connor—. Perdón por llegar tarde pero es que estaba... muy nervioso.
Lentamente, Sakti se giró hacia la entrada. Allí dos ojos ciegos estaban fijos en los de ella.
Por un momento no supo lo que pasaba. Se había sentido tan bien, tan tranquila. Casi contenta. Y luego...
Su trozo de tarta se prendió en fuego. La carne de gallina en su brazo se endureció con escamas. Darius casi se cae de la silla porque entre apagar el fuego y detener a Sakti no supo qué hacer. Zoe en cambio no tuvo ningún problema. Se estiró por encima de la mesa y cubrió la tarta ardiente con la tapa de una olla. Era obvio que supo que eso iba a pasar y se había preparado. Como luego Zoe siguió comiendo su porción de postre como si nada, Darius supuso que Sakti no quemaría la casona. Quizá ni siquiera mataría a nadie. Pero solo por si acaso la sujetó de la cintura para que no saltara sobre el Tercer Dragón.
—Estás herida y enferma —le recordó. Luego miró al sepulturero ciego—. Tú no tienes nada que hacer aquí, ¡vete!
—¡Yo invité a Jillian! —Connor se interpuso entre ellos y el Tercer Dragón—. ¡No puedes echarlo así!
«¿Jillian?», pensó Darius. «¿Es ese su nuevo nombre?». La sorpresa fue sustituida por una onda de comprensión: Connor había planeado ese encuentro. Para variar, el doctor se había hecho amigo de un sujeto posiblemente peligroso.
—Connor, tú sabías que Allena no quería verlo. Santo Cielo, ¡pensé que él ya se había marchado del pueblo! ¿Por qué lo trajiste aquí?
Connor dudó, porque desde el principio fue obvio que Sakti aborrecía al muchacho detrás de él. Enferma como estaba, no podía llevarle un desencadenante que la alterara. Pero...
—Se lo supliqué. —Jillian dio un paso hacia Sakti y Darius, apoyado en un nuevo bastón—. Sé que no querías verme, pero te he buscado toda mi vida. Yo...
—¡Cállate!
Unas navajas de aire pasaron justo al lado del Tercer Dragón y Connor. El doctor contuvo la respiración cuando un mechón de su cabello cayó entre giros al suelo. Dagda y Kel se levantaron a la vez, aunque tomaron direcciones contrarias y chocaron entre ellos. Connor supo que querían apartarlo antes de que Sakti lanzara una nueva onda de navajas descontroladas. Pero como Zoe siguió comiendo tarta y bebiendo té de menta, Connor quiso creer que la princesa no perdería la cordura. «Si fuese a pasar algo malo Zoe no estaría tan tranquila, ¿verdad?». O quizá estaba tan enfadada con él por haber alterado a Sakti que dejaría que la princesa lo machacara un poco antes de intervenir.
—Por favor escúchame —lo intentó de nuevo Jillian—. Yo...
Nuevas navajas pasaron al lado de Connor y su invitado, pero estas fueron más erráticas y dispares. Detrás de ellos, el sofá favorito de Garrow se despedazó. Aun así el Tercer Dragón abrió otra vez la boca para explicar su visita. Al instante todos sintieron el calor. En cualquier momento alguien se prendería en fuego. Pero antes de que Sakti usara la piroquinesis, Drake se levantó de su asiento con rudeza y estiró una mano hacia el invitado indeseado. Una navaja de verdad se clavó en el hombro del Tercer Dragón. Connor lo sostuvo cuando el dolor lo hizo perder el equilibrio, pero el calor se había extinguido.
—Vas a tener que largarte ahora mismo —declaró el sicario—. Si abres otra vez la boca, la cerrarás sobre una navaja. ¿Me entiendes?
—¡No tienen derecho a tratarlo así! —gritó Connor. Había pocas cosas que lo molestaran, pero ver cómo lastimaban a otra persona era una de esas—. ¡Él solo quería hablar! ¡Solo quería decir algo! —Miró a Sakti—. Por favor, solo deja que te lo diga. Y luego... luego él se irá.
No le gustaba echar a su invitado, pero tenía que negociar. Le gustaba creer que era bueno en eso y que Lea estuvo orgullosa de convertirlo en un buen negociante.
—No quiero. —Los ojos de Sakti parecían de piedra pero Connor supo que estaba frágil. Asustada. Aterrada. No lo entendió.
Jillian sí. El Tercer Dragón soltó un suspiro adolorido y asintió lentamente, aceptando su derrota.
—Lo entiendo.
Se apartó de Connor y se irguió fuerte sobre el bastón, aunque apenas lo usó para guiarse hacia la salida. Nunca había estado allí y ya se sabía el camino. El doctor se alarmó. Por Dios, ¡estaba herido! ¿Cómo podía dejar que se marchara con una navaja enterrada en el hombro? Lo menos que podía hacer era acompañarlo al hospital y atenderlo allí. Pero cuando iba a protestar, Jillian se detuvo junto a la puerta y cantó.

«... te esperé en aquellos templos
donde mi luz se encendió
a la espera de tu canción».

No fue más que un tarareo, pero todos contuvieron la respiración. Connor retrocedió un paso como si le hubiesen dado una bofetada. «Esa canción...». No, nunca la había escuchado pero algo dentro de él se estremeció con un recuerdo de otra vida, de otro tiempo. Jillian cantó otra vez.

«La canción del olvido.
La luz del perdón.
Porque esto es lo que...».

Un gemido lo detuvo. Todos torcieron la cabeza hacia Sakti, horrorizados por lo que habían escuchado y lo que estaban a punto de ver. Ella había apretado mucho los labios, pero sus ojos temblaban sobre Jillian y su rostro se estremecía. Connor sintió un nudo en la garganta porque... «Allena va a llorar». Pero antes de que siquiera una lágrima se asomara, ella se apartó de Darius y salió corriendo rumbo a su habitación.
Darius estiró una mano para detenerla pero lo pensó mejor. ¿De verdad estaba listo para...? No. Quizá nunca estaría preparado para ver a Sakti derrumbarse.
—La hice llorar. —Jillian se golpeó la frente—. No quería hacerlo. Solo quería saber si recordaba. Solo quería respuestas.
—No la hiciste llorar —lo cortó Drake fríamente. El sicario se apartó de la mesa y siguió el camino de Sakti—. No te creas tan especial porque no lo eres. Además, ella tiene más bolas como para llorar por una puta canción desafinada.
Jillian enmudeció y Connor jadeó. ¿En qué momento pasaron de un postre a una pelea con navajas de aire y de metal? Además de sorprendido, estaba avergonzado. No le parecía bien que todos en su familia quisieran echar a un invitado. «El lado bueno», pensó, «es que Jillian es ciego así que no puede ver sus expresiones». Pero seguro que aun así podía sentir la atmósfera. Dagda y Darius estaban tensos como gatos ariscos, y Drake y Sakti habían dejado claro que querían que Jillian se marchara.
El silencio se hizo largo, pesado e incómodo, hasta que una carcajada inundó el vacío que dejó la salida de Drake.
—Fue igual a cuando tuvo cinco años. ¿Te acuerdas? —preguntó Adad a nadie en particular mientras partía un trozo de tarta. Luego otro, otro y otro. Sin descanso. Como si le aplastara la cabeza a alguien con un mazo—. Fueron malos con ella, ¡malos! Así que los hicimos arder. Pero tú no quisiste que fuera para siempre y Allena se confundió. —La tarta de manzana y anís se había convertido en puré en el platito de Adad—. Fuiste malo, ¡malo, malo! Como madre y padre, ¡como las siluetas en el fuego!
Adad se carcajeó mientras apuñalaba lo que quedaba de su postre. Trozos de tarta le pringaron la cara como si fueran las vísceras de un sirviente en un mal momento en el sitio incorrecto. Darius enmudeció. Si antes sitió el calor de la piroquinesis de Sakti, ahora sintió la electricidad del próximo relámpago de Adad. «Está loco», comprendió. Por eso las tormentas no cesaban. Por eso afuera no había más que nubes oscuras. «Quizá... los dos están locos».
—Adad —lo llamó Zoe—, ¿te acuerdas de aquel libro de cuentos que me regalaste cuando cumplí los diez años? ¡Lo encontré hoy en la mañana! ¿Leemos algunos antes de dormir?
La carcajada maníaca de Adad se convirtió en una sonrisa tranquila y carismática, como las que el príncipe solía dar a los pequeños profetas antes de hacerles cosquillas.
—¡Claro que sí, pequeña! Les leeré a ti y a Allena antes de dormir. Tío casi nunca nos deja pasar la noche con ustedes, ¡así que hay que hacer algo especial para celebrarlo!
Adad chupó la cuchara con la misma sonrisilla alegre de sus días tranquilos e hipócritas en Palacio, cuando comía pasteles, preparaba vestidos para su hermana, estudiaba y urgía con los profetas un plan de escape. Adad no estaba allí, en Kehari, sino en Masca. Ni siquiera estaba en el mismo año que los demás, sino muy atrás en el pasado. El pelaje de Kel se erizó y Dagda movió los labios: «Vaya. Está bien chiflado».
Zoe se sentó junto a Adad, le quitó la cuchara y le habló de las muñecas de trapo que le habían enviado hacían tantísimos años, cuando cumplió los doce. Darius recordaba ese día porque fue una de las pocas ocasiones que el Emperador permitió que los príncipes Dragones pasaran la noche en la casita del lago para celebrar el cumpleaños de la profetiza. No le sorprendió que Zoe se acordara de la conversación que mantuvo entonces con Adad, porque con sus poderes de profeta podía ir de un tiempo a otro sin problemas. Pero cuando Adad empezó a repetir sus líneas y gestos de hacía tanto tiempo, Darius se asustó. «Chiflado» parecía quedarse corto para describir al príncipe.
Por encima de la conversación, Zoe dio una mirada discreta a su papá. «Yo me encargo de Adad, Drake de Allena y tú de él». Tres profetas para los Tres Dragones. Parecía justo. Darius agarró al tal Jillian del cuello y lo arrastró al patio de la casona.

****

Lo empujó contra la pared. No supo que se sentiría tan bien hasta que lo acorraló y le clavó los dedos en el hombro. Fue exactamente igual a como el Tercer Dragón lo había acorralado y agredido a él en pesadillas hacía tanto tiempo. Recordaba un encuentro particular cuando un hombre sin rostro, de cuerpo de papiro deforme, lo apabulló para que matara a un mensajero. «Esa vez me desperté con una mordida en el cuello», pensó rencoroso. Estuvo un poco tentado en desquitarse con esa nueva versión del Tercer Dragón, pero fue esa palabra, «nueva», la que lo detuvo.
—¿De verdad eres él? —preguntó.
Miró al muchacho. Solo un cachorrillo, nada más. No estaba hecho de papiro, sino de carne y hueso. Su rostro sí tenía rasgos y a Darius le daba la impresión de haber visto una cara similar en alguna parte, pero aun así no creyó que este tal Jillian tuviese algo que delatara su identidad de portador. Sus ojos, que eran la marca característica del Tercer Dragón, ni siquiera brillaban con la luz de la Estrella Púrpura. «Pero tiene las marcas», recordó el profeta. «Entonces sí es el Tercer Dragón». Aunque no el que había conocido, sino uno nuevo. Una persona distinta. Una nueva versión.
Darius se apartó y cruzó los brazos sobre el pecho, aunque el gesto era inútil contra un ciego. No podía parecerle imponente si su voz se quebraba.
—Voy a dejarte esto claro: no te acercarás a Allena. Ya le has hecho mucho daño.
Los ojos de leche le sostuvieron la mirada. Por un breve segundo Darius creyó reconocer un mar púrpura por debajo de la telaraña que cubría los ojos de Jillian, pero el muchacho soltó un suspiro de resignación y bajó la mirada antes de que el profeta pudiera confirmar sus sospechas.
—¿Ese es su nombre, Allena? Claro, ahora lo recuerdo. Qué bonito. —Jillian apretó un puño sobre el pecho—. Es cierto lo que dices. Sobre lastimarla. He tenido esa sensación toda mi vida. Yo... las llamas. Los cuerpos que arden en el fuego mientras ella gira con las manos extendidas. Eso... ¿eso también es mi culpa?
Darius ladeó la cabeza. ¿De qué estaba hablando ese muchacho? Luego lo recordó de golpe: él también había visto a Sakti bailar entre flamas. En una de sus visitas al lugar fuera del espacio y el tiempo había visto a una pequeña y demente versión de su amiga riendo a carcajadas mientras giraba en una danza de fuego. «Pero eso fue solo una visión. No hay forma de que Marduk... de que Adad... de que nadie más lo supiera». Aquella visión fue la primera señal que el Dragón y la portadora le lanzaron para pedirle que las salvara de la fusión. Y él les había fallado.
Pero el príncipe Dragón había hablado del fuego. También lo había visto. ¿Por qué?
Darius agitó la cabeza. Quizá Adad sí se había vuelto loco. O quizá las flamas que el príncipe describió, las mismas que ese nuevo Marduk y el profeta habían visto, eran una pieza del rompecabezas que Darius aún no había resuelto. «Quizá todavía estoy a tiempo para ayudarlas». Pensó en el gemido de Sakti al escuchar la canción del Tercer Dragón. Sonó tan triste y desesperada. Ya llevaba tiempo así, precisamente después de que se cortara el brazo para salvar a Connor y se fundiera. A Darius no le gustaba la presencia de ese Jillian porque no podía presagiar nada bueno. Ya los Tres Dragones estaban juntos y los engranajes de la Profecía rodarían otra vez para apurar el destino de los tres. Eso significaba que el día prometido se acercaba y que el tiempo de Darius se agotaba para cumplir su propia promesa. No quería que Sakti marchara hacia la luz de aquella ciudad de hierro, plata y jade que él había visto, pero si aquella visión era inevitable, si no había nada que pudiera hacer para cambiarla, lo mínimo que podía hacer era evitar que Sakti se marchara fusionada. Y quizá la presencia de Jillian podría ayudarlo a entender la clave para salvar a su amiga.
—La canción —dijo Darius—. ¿Cómo la recuerdas?
Él no la había escuchado antes pero sí la había leído. Le había regalado a Sakti un poemario titulado «El canto del Dragón», en donde había un verso como el que Jillian había entonado. Además, Darius estaba seguro de que sí había escuchado una melodía parecida. Mark la había tarareado varias veces durante la luna llena. Lo había escuchado cuando viajaron juntos a Masca. «Y eso fue lo que alteró a Allena. La canción le recordó a Mark». A él también lo había afectado. Antes de que Sakti gimiera, a él se le había hecho un nudo en la garganta.
—Ella la canta en mis sueños —respondió Jillian mientras ladeaba la cabeza—. Tiene la voz más hermosa en todo el universo.
Darius arqueó una ceja porque en todo el tiempo que llevaba de conocer a Sakti ni una sola vez la había oído cantar. ¡Ni siquiera en los cumpleaños!
—Pero la voz de ese otro sujeto... —continuó Jillian. Por la cara que puso, Darius supo que se refería a Adad—. Tengo la impresión de que también he soñado con él, pero suena distinto. Como si estuviera sumergido en lo más profundo del mar. Como si...
—¿Se hubiese vuelto loco?
—... No quería decirlo así, pero... ¿qué le pasa? ¿Está bien? ¿Qué estaba golpeando?
—Un trozo de tarta.
—Ah. Eso explica el olor a manzanas.
Darius guardó silencio porque Marduk tampoco estaba muy cuerdo. «No», se corrigió. «El Marduk en el lugar fuera del espacio y el tiempo estaba loco de atar. Pero este Marduk, Jillian, parece lúcido». Meditó un par de minutos qué haría. Sakti quería matar a Jillian pero quizá no le convenía. Quizá él podía aportar algo para deshacer la fusión y salvarla. Por otro lado, tampoco le hacía bien estar junto a un tipo que estaba tan obsesionado con ella que hizo quién sabe cuántas barbaridades antes de nacer y que la había buscado en vida como un sabueso sin más pistas que sus sueños.
Darius enterró otra vez los dedos en los hombros del muchacho, pero no lo lastimó.
—Dijiste que quieres respuestas. ¿Cuáles son tus preguntas?
—Solo ella me las puede dar. —Jillian intentó apartarse, pero Darius lo sostuvo con fuerza—. Por favor, solo quiero que ella me lo explique. Y también quiero pedirle perdón.
—No. —Darius negó con la cabeza aunque ese gesto era tan inútil como cruzarse de brazos—. Hazte a la idea de que soy la voz de Allena, sencillamente porque ella no tiene palabras para ti. Pero si me dices todo lo que sabes, todo lo que has visto en sueños, yo te diré todo lo que sé, todo lo que yo he visto en mis sueños.
Jillian dudó. Su expresión de cautela fue idéntica a las de Sakti y Adad, a las de los príncipes y el Emperador. Darius apartó las manos porque se le ocurrió que quizá ese chico era un Aesir después de todo.
—¿Y de qué me sirven tus sueños, cuando los míos son tan buenos que hasta me permiten ver? —preguntó Jillian con desdén.
Darius estuvo a punto de escupir sangre. «Oh, este mocoso sí que es un Aesir. No sé de cuál de ellos ni me importa, ¡pero sé que quiero romperle la cara!». El mestizo se aclaró la garganta y se golpeó el pecho para acentuar su valía. Otro gesto inútil.
—Soy un profeta —le dijo—. Soy el camino a las respuestas que buscas.

****

Escuchó los grillos que cantaban en el bosque que rodeaba el pueblo, además de la respiración de los dos pacientes que habían llegado ese día con una pulmonía. Más que eso, escuchó la lluvia constante que caía sobre los tejados al ritmo de una canción a veces triste, a veces furiosa, a veces confundida. Jillian se quitó las botas enlodadas y los calcetines mojados para no ensuciar el piso del hospital. La puerta principal tenía una campanilla atada para avisar cuando entraba alguien, pero los aprendices de Connor le habían enseñado a entrar sin activarla. Jillian no quería despertar a Finn, que hacía guardia. En momentos como ese su ceguera era un alivio, porque no necesitaba prender una lámpara para iluminar su camino ni despertar a los pacientes.
Pero Jillian nunca se había sentido tan a oscuras como después de hablar con Darius.
En silencio avanzó hacia la habitación donde Connor le había dejado quedarse. Se sentó al borde de la cama, se llevó las manos a la cara y permaneció en silencio aunque quería gritar.
Era el portador del Tercer Dragón de la Profecía aesiriana y la mujer con la que soñaba era el Primer Dragón. Su prometida. Su Dama Blanca. En el fondo siempre lo supo y por eso fue fácil creer las palabras de Darius. Todo habría estado bien porque al fin había encontrado las respuestas que buscó por tanto tiempo: ¿quién era él?, ¿quién era la mujer de sus sueños?, ¿qué significaba su existencia? Pero las respuestas de Darius le habían traído más preguntas y un profundo miedo.
—La salvación de los aesirianos depende de la muerte de los Dragones. Adad y Allena nunca lo han aceptado. Pero tú... Tú siempre lo has buscado. Creo que en el fondo siempre has querido nacer para morir con ella.
Lo que había asustado a Jillian fueron los horrores que Darius le describió. Lo que le había hecho a un chico, a su propio mensajero, por haber amado a Sakti. Lo que le había hecho al profeta mestizo para convencerlo de matar a Mark Salvot. ¿Y todo para qué? ¿Para tener a una mujer que nunca lo había amado y que nunca lo haría? «No», pensó. «Ella sí me amó. En mis sueños. Yo la tenía a ella tanto como ella me tenía a mí». ¿Pero era eso verdad? ¿Eran esos sueños verdad? ¿O solo una fantasía?
—Los poderes de los Dragones residen en tres aspectos —le explicó el profeta—. El Primer Dragón transmite poder con su voz.
A Jillian le pareció lógico. En sus sueños, las palabras, las canciones y los gritos de Sakti lo estremecían con una sacudida directa a su alma.
—El Segundo Dragón transmite poder con el tacto. Tocar a Adad es como acariciar un relámpago puro. —Darius hizo una pausa—. Y el Tercer Dragón, el Púrpura, transmite poder con sus sueños. Así qué dime, ¿qué más ves en tus sueños?
Jillian no supo explicarlo. Todo lo que le llegaban eran fragmentos de una niña gris girando al ritmo de las llamas. Sus saltos felices en una habitación de hielo. Sus canciones cada vez más tristes y silenciosas hasta desaparecer por completo. Y la luz. La luz. Y un espectro de todos los colores del Universo, incluidos aquellos que nadie podía ver. El espectro estaba delante de él, con un dedo invisible sobre los labios también invisibles y sonrientes.
—Será nuestro pacto. Nuestra Profecía —decía ese gesto, aunque Jillian tenía la impresión de que el espectro de arcoíris era tan mudo como él era ciego.
Jillian intentó describir esas escenas pero sus palabras no fueron suficientes para transmitir las sensaciones, los brillos y las tinieblas de sus sueños. Pero se esforzó. Explicó a Darius tan bien como pudo en qué consistían sus visiones oníricas. Lo único que se guardó fueron los «otros sueños», aquellos que eran mudos. Los de la mujer de ojos púrpura.
Los tenía desde pequeño y siempre que despertaba se sentía diferente. La mujer le daba obsequios palpitantes que él tomaba con manos temblorosas. A veces le llevaba plumas. A veces flechas o cascos. A veces muñecas. A veces copos de nieve. Jillian no podía decir qué pasaba con esos objetos tras recibirlos, aunque estaba seguro de que formaban parte de un rompecabezas que él tenía que armar. Pero sabía también que aunque uniera todas las piezas jamás vería el paisaje que debían formar juntas.
—¿Me volveré loco? —le preguntó al profeta. Lo que había hecho antes, cuando era Marduk, le parecía una barbarie digna de un rey demente en su reino de niebla y ruina—. ¿Como ese sujeto? ¿Como... Adad?
Darius guardó silencio por un momento.
—Yo siempre creí que tú ya estabas loco. Que fuiste el primero en enloquecer. —Darius se llevó una mano a la espalda, aunque Jillian no lo pudo ver—. ¿Lo has escuchado alguna vez? ¿A tu Dragón? ¿O eres tú el Dragón y el portador está dormido? ¿O es que acaso los dos ya se han fundido?
Jillian no lo supo. Ni siquiera entendió lo que Darius le había dicho. Toda su vida había buscado respuestas y ahora solo quería escapar de las nuevas preguntas que habían aparecido en su camino.
Un crujido.
Estiró una mano hacia el bastón que puso junto a la cama, pero la intrusa se abalanzó sobre él antes con la fuerza de una fiera. Un rodillazo lo partió por la mitad y lo lanzó de espaldas a la cama. Un par de piernas lo rodearon exactamente igual a como Connor lo había inmovilizado cuando despertó en el hospital. La única diferencia era que nadie le sujetó las manos así que las estiró para apartar a la intrusa.
Solo recibió una mordida que le sacó la sangre. Jillian gimió pero un cabezazo lo aturdió.
—¡Shhh! —le ordenó su atacante.
Jillian contuvo el aliento porque reconoció la voz. Sakti estaba empapada de pies a cabeza y temblaba. El Tercer Dragón no supo si de frío o de furia, pero su miedo, sus dudas, la oscuridad que había descubierto en las revelaciones de Darius... Todo eso se había esfumado. Lentamente levantó una mano sangrante, casi esperando un nuevo mordisco que detuviera lo que estaba a punto de poner en marcha.
Sakti no lo detuvo. Dejó que la mano cálida de Jillian trepara por su cuerpo mojado hasta su rostro. El muchacho sintió los labios estirados sobre las mejillas. Las escamas filosas y heladas que le cortaron las puntas de los dedos. Y también las grietas. Delante de él había una figura incolora con surcos grandes y pequeños en todo el cuerpo, rodeada de tinieblas densas e infinitas que surgían de ella misma.
—Te veo —le dijo mientras le acariciaba el rostro—. Estás rota.
Las escamas retrocedieron en la cara de Sakti.
—Tú me rompiste.
Jillian mantuvo la mano en su lugar y Sakti no lo apartó. Se quedaron así durante segundos eternos. El Tercer Dragón no supo si Sakti pensaba en la forma más entretenida de matarlo o si esperaba a que la otra mano de Jillian recorriera su cuerpo. Fuera como fuese, su entrepierna se endureció ante las posibilidades. Supo que Sakti lo sentía, era imposible que no, pero ella se mantuvo encima sin apartarlo o motivarlo.
Lentamente, ella se inclinó sobre él. Jillian se quedó sin aliento aunque su pecho subía y bajaba en un intento por respirar. Imaginó que Sakti lo besaría, que lo vería con la absoluta entrega que él había contemplado en sus sueños. En lugar de eso, los colmillos furiosos le mordieron la oreja izquierda. «Estoy loco», pensó. Debería estar asustado por el odio que emanaba de la princesa Dragón, pero estaba excitado. Un apetito más viejo que el tiempo mismo estaba más que feliz con ese encuentro enfermizo. «Seguro que se trata de Marduk», pensó. El Dragón Púrpura que había sido antes de nacer estaba ahí y formaba una parte significativa de él. Quizá era él mismo.
—Canta —susurró Sakti. Jillian no la entendió. Solo escuchó desprecio.
—¿Q-qué?
—Can-ta —repitió la princesa lentamente.
Sin que ella se lo explicara, Jillian supo que su vida dependía de una canción.

****

Soltó un suspiro largo y silencioso. Lo único que se escuchaba eran los platos cuando Connor los remojaba para quitarles el jabón y cuando Zoe los metía en el estante. Kel, Drake, Dagda y Garrow estaban sentados a la mesa de la cocina, a la espera de la tormenta que iba a desatarse en la familia. Todos sabían lo que se avecinaba pero Darius no sabía cómo empezar.
Amaba a su hijo. Amaba la bondad y la inocencia de su pequeño Connor porque repartían sol y calidez en todas partes. Pero Darius tenía la impresión de que la naturaleza de su hijo había hecho más daño que bien esa noche.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó al fin. Cuando escuchó su voz comprendió lo enojado que estaba. Él estaba encargado de secar los platos después de que Connor los remojara y estaba seguro de que alguno se le rompería entre los dedos—. ¿Por qué lo trajiste? ¿Por qué no lo despachaste apenas...?
—Yo no echo a nadie —lo interrumpió Connor—. Mis padres me enseñaron a ser cortés con todos los extraños. ¿Es que a ti no te enseñaron nada tus padres?
—¡Connor! —rugió Dagda mientras se levantaba. El gemelo apoyó los brazos sobre la mesa y miró a su hermano pequeño como si fuera un monstruo.
Connor se sintió como tal. Sin importar qué tan frustrado estuviera, no tenía ningún derecho en usar las palabras que más dolían a su padre para lastimarlo. Hasta Lea, que nunca fue muy aficionada de Darius, estaría avergonzada por lo que Connor acababa de decir.
—Lo siento. No estuvo bien lo que dije. —Connor se olvidó de los platos y miró a Darius—. Pero tú tampoco te comportaste bien con Jillian. Lo echaste de mi casa como si no valiera nada. ¿Y esperabas que no me enojara?
—Su presencia volvió loco a Adad —comentó Zoe mientras guardaba los cubiertos en una gaveta. Connor apretó la mandíbula.
—¡Oh, entonces eso justifica que trataran a Jillian así, ¿verdad?!
—Connor —le llamó la atención Darius—. No te desquites con Zoe.
Genial. ¿Es que todos estaban en contra suya?
—No dije eso, Connor —intervino Zoe—. Solo hice una observación. Todo esto era inevitable, así que esta discusión no tiene sentido.
Connor y Darius fruncieron la frente en un gesto idéntico. Aunque nadie lo dijera en voz alta, todos en casa sabían que Zoe siempre tomaba partido con el que llevara la razón. Pero ahora no quedaba claro de qué parte estaba la profetiza.
—Sabías que Allena no quería verlo. Ahora está encerrada en su cuarto y no deja a nadie dentro —reprochó Darius.
Cuando Drake no pudo hacer nada por Sakti, Darius creyó que él sí lo lograría. Ese era su trabajo como el mejor amigo. Pero Sakti tampoco lo dejó entrar. Ni siquiera le habló a través de la puerta. Darius se preguntó si ella estaría llorando sobre la cama como no había llorado cuando Mark murió. En ese instante no había nada que quisiera más que abrazarla y hacerle saber que todo estaría bien, pero se sentía tan... impotente. Como Sakti siempre había sido la fuerte de los dos, como ella siempre había sido la que ofrecía consuelo y resolvía los problemas, Darius no tenía práctica. «Por eso es que aún no he revertido la fusión». Estaba enojado consigo mismo. ¿Cuántas veces tenía que fallarle a Sakti?
—No pensé que reaccionaría así —se defendió Connor—. Pensé que una vez que escuchara lo que él tenía que decirle, Allena se sentiría mejor.
Darius soltó otro suspiro. Era precisamente esa actitud positiva de Connor lo que hacía que todos lo que lo conocieran lo quisieran y respetaran. Él siempre esperaba lo mejor de las personas y por eso les daba todo cuanto podía. Era hermoso. Pero también terrible.
—Connor, los Tres Dragones no pueden estar juntos. Porque entonces la Profecía tendría que cumplirse. Y entonces perderíamos a Allena. Perderíamos todo lo que hemos conseguido.
«Eso es inevitable», escuchó Connor en su mente. Cuando miró por el rabillo del ojo a su hermana, supo que ella le había hablado solo a él. Darius continuó.
—Por favor despacha a Marduk... a Jillian mañana mismo.
Darius se concentró de nuevo en los platos para dar por terminada la discusión, pero Connor apretó los puños y se separó del fregadero.
—De acuerdo. Pero me iré con él.
El silencio cayó como un relámpago. Impactante. Destructor.
—Tú no vas a ninguna parte —dijo Darius lentamente, con los ojos mestizos fijos en los del doctor.
—No puedes detenerme. —Connor se preguntó a qué le tuvo miedo por tanto tiempo. Los ojos de Darius se esforzaban en transmitir enojo, pero Connor no lo sintió. Esa mirada no le importó—. Iré.
Era cuestión de voluntad. Solo tenía que tomar su botiquín y empezar a caminar. No necesitaba el permiso de nadie más que el propio.
—Argh, ¿otra vez con eso? —gruñó Dagda—. Ya lo hemos hablado antes, Connor. Es una idea idiota.
A Connor no le importó, pero a Drake sí.
—¿De qué están hablando?
—Este tontuelo quiere salir de la zona neutra e ir directo a la guerra.
—¿En serio?
Drake miró a Connor con una ceja arqueada. El doctor apretó los puños. No necesitaba el permiso de nadie para irse, ¡pero Dios! ¿Es que era mucho pedir un poco de apoyo de su familia? Ya estaba muy grandecito como para echarse a llorar pero se sentía desconsolado. No estuvo bien que Darius y los demás echaran a Jillian, de la misma manera que no estaba bien que se burlaran y desecharan sus aspiraciones. La ceja de Drake no bajó pero su voz fue cálida:
—¿Por qué quieres ir a la zona de combate?
Connor jadeó. Drake era el primero que se lo preguntaba. Todos los demás lo habían despachado sin mostrar ni una pizca de interés en sus preocupaciones.
—¡Porque puedo ayudar! —dijo—. Tengo la lluvia mágica de un dragón, pero me escondo en un sitio seguro sin nada que temer. Allá afuera hay gente a la que puedo salvar y ¡me parte el alma quedarme aquí mientras me necesitan allá!
Se había enojado tanto que estrelló un puño contra el fregadero. Connor no lo notó, pero Drake sí. Dagda soltó un bufido.
—Si sales de la zona neutra no lograrás nada más que matarte. No puedes cambiar el mundo, Connor. No importa cuánto lo quieras o cuánto te esfuerces.
—¡No con esa actitud! —gruñó el doctor.
—No vas a salir —resolvió Darius—. Por favor no insistas.
—¡No lo entiendes! —aulló Connor—. Todos los días siento este... ¡este vacío dentro de mí! ¡Me duele! —Ahora sí, las lágrimas se le agolparon en los ojos—. ¿Por qué no lo quieres ver? ¡NO SOY FELIZ AQUÍ!
Y a eso se resumía todo. A pesar de su familia, de su riqueza, de su talento, ¡de todo!, era desdichado. Estaba insatisfecho. Quizá en realidad había invitado a Jillian a cenar porque el muchacho había hecho lo que Connor más quería: echarse a caminar en busca de aquello que llenara el vacío de su corazón. Jillian siempre supo que estaba buscando a una persona, pero Connor no sabía qué era lo que le hacía falta. Lo único que sabía con certeza era que el camino que debía recorrer para sanar su dolor involucraba ayudar a otros. Era algo que solo él podía hacer y por eso tenía que hacerlo.
Darius le enterró los dedos en los hombros, pero no lo lastimó. El mestizo también tenía los ojos acuosos y eso solo hizo sentir peor a Connor.
—No sé lo que te pasa. ¿Es que sientes que aquí nadie te quiere o...?
—¡No es eso! ¡Es solo que...!
—Porque aquí todos te queremos. Connor, este es tu lugar. Kehari te necesita. Los pueblos vecinos te necesitan. Yo te necesito. —La voz de Darius se quebró—. Dagda tiene razón. Si sales de la zona neutra te van a matar. No importa si son los vanirianos o los aesirianos. Y con eso no ayudarás a nadie. No conseguirás nada más que partirme el corazón. ¿Es que no lo entiendes? —Darius tragó fuerte—. No puedo enterrar a otro hijo.
Connor se desinfló otra vez. ¿Cómo pudo ser tan egoísta? Darius había sufrido y perdido tanto. ¿Cómo podía forzarlo a pasar de nuevo por la incertidumbre y la angustia por la posibilidad de perder a otro cachorro? ¿Es que su padre significaba tan poco para él? Connor estuvo a punto de saltar hacia el mestizo para abrazarlo y prometerle que jamás se marcharía, pero una voz lo interrumpió.
—No es justo lo que haces, Darius. —La suave voz de Sakti vino de la sala de estar. Cuando se asomaron vieron a la princesa sentada en el sillón largo, al lado de la chimenea para calentarse—. No está bien que lo manipules así.
Sakti estaba empapada y pálida. Las heridas de su rostro se habían desinflamado en los últimos días pero parecía que la lluvia había lavado las fuerzas que había recuperado con ayuda de Darius y Connor. Una parte del mestizo se preguntó qué estaba haciendo Sakti allí. ¿Había salido? ¿Cuándo regresó? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí escuchando la discusión? Pero otra parte de él estaba enfadada y ofendida. ¿Acaso escuchó bien? ¿De verdad Sakti lo acusaba de manipular a Connor?
—¿De qué estás hablando?
—La culpa es un arma efectiva para controlar a los de buen corazón. —Sakti inclinó la cabeza en una reverencia irónica—. Una manipuladora reconoce a otro manipulador. Después de todo, soy una Aesir.
Darius se quedó sin aire. Fue como si le hubiesen dado una patada en la entrepierna, otra en la boca del estómago y luego una ronda de cincuenta cachetadas. Por un momento no supo cómo reaccionar, qué hacer o qué decir.
—¡Traidora! —gritó.
Se suponía que era su amiga. Que ella siempre estaría de su lado, que siempre lo apoyaría. ¿Cómo podía ahora acusarlo tan terriblemente por amar a su hijo? Sakti no perdió su aplomo.
—Tu hijo te acaba de decir que está sufriendo, así que deberías ayudarlo a sentirse mejor. Pero lo haces sentir culpable de su miseria. ¿Qué parte de eso está bien?
De nuevo sintió las patadas y las cachetadas. Para ser tan callada, Sakti en verdad sabía empuñar las palabras para que dolieran en los sitios adecuados.
—¡Estoy protegiendo a mi hijo! ¡¿Está mal que quiera mantenerlo a salvo?! ¡Dime, oh gran Sakti Allena, qué debería hacer si es que tanto sabes!
Sakti cruzó una pierna sobre la otra y sonrió. Bueno, no fue una sonrisa, sino más bien un estiramiento de labios breve y eternamente prepotente. Darius entendió por qué Sigfrid había golpeado a Sakti. ¡Dios, en verdad que esa mujer podía ser exasperante a veces!
—Déjalo que siga su propio camino —aconsejó la princesa—. Entiendo que tengas miedo. Entiendo que quieras protegerlo. Pero tienes que aprender a dejar ir, Darius. Y Connor —Sakti miró al doctor— tú tienes que aprender que está bien luchar por lo que anhelas. Eso no te hace egoísta. No te hace una mala persona. Solo te da más fuerzas para hacer mejor lo que ya haces bien.
Darius apretó los puños. En ese momento no pudo recordar todo el amor que sentía hacia Sakti y ni una sola vez en que la muchacha le pareciera tan odiosa como ahora. Dio un paso hacia ella con el único propósito de abofetearla para hacerla entrar en razón, pero Zoe se le adelantó. La profetiza tomó un paño que había puesto a calentar junto al fuego y cubrió la cabeza de Sakti para empezar a secarla. La muchacha lo miró con ojos cristalinos. «Papá, incluso en su estado ella puede patearte el trasero», le transmitió. «Y si ella no pudiera hacerlo, yo lo haría».
Darius jadeó. En casa todos sabían que Zoe siempre tomaba partido con el que llevara la razón. Y también sabían que no les convenía hacerla enojar. Drake era el mejor luchador de la familia, incluso mejor que Dagda y Airgetlam que habían recibido el entrenamiento militar de Sigfrid Montag. Pero después del incidente del hombre que le había fracturado el brazo a Zoe, Drake se dedicó en cuerpo y alma a enseñarle a defenderse. La enseñó a lanzar cuchillos, a golpear en los puntos justos, a jugar sucio. El sicario no se dio por satisfecho hasta que la chica logró noquearlo en un encuentro serio. Cuando despertó, Drake había afirmado que fue la patada alta más rápida, fuerte y perfecta que había visto jamás. Y si algo habían aprendido de Drake era que el chico no decía mentiras piadosas. No elogiaría a un contrincante sin decirlo en serio.
—En realidad no importa nada lo que Allena diga —dijo Dagda. El muchacho notó que Zoe estaba de parte de Sakti y Connor, pero eso no lo detuvo—. Al final de cuentas el que manda es papá. Como sus hijos debemos obedecerlo.
Sakti alzó una ceja, tentada en recordarle quién fue el que más protestó cuando Darius les había prohibido que lo acompañaran al Reino de las Arenas.
—Tú también tienes que aprender a dejar ir —comentó ella—. Entre más pronto lo aceptes, mejor preparado estarás para cuando Airgetlam se case.
Dagda jadeó y Zoe soltó un silbido.
—¡Qué bárbara! —comentó la profetiza—. De verdad que sabes dónde golpear.
—Es un talento.
Zoe sonrió por la ocurrencia de Sakti pero en su interior sintió la misma inquietud de Airgetlam cuando llegó a Xadiz: la paz había llegado a su fin, empezando por su familia. Pero la desesperación no la consumió pues sabía que era inevitable. Los engranajes estaban girando otra vez. En realidad, nunca se habían detenido.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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