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Capítulo 6

6
TRAICIÓN

El aire sopló entre los árboles. El cielo estaba despejado y todavía mantenía un alegre color celeste, aunque en cualquier momento se teñiría con el dorado de la tarde. Sakti sintió que la temperatura disminuía y apretó la taza que sostenía entre las manos. El vapor aromático del té le hizo cosquillas en la nariz.
Un fuerte impulso la hizo avanzar hacia la figura que estaba de espaldas a ella. Se arrastró por el césped y abrazó al mensajero por detrás.
—Lo he extrañado, amo —susurró.
—¿Eh? ¿Por qué? —le preguntó Mark. La miró con una ceja arqueada y una mancha de tierra en la cara por limpiarse el sudor con los guantes sucios—. Si hemos pasado todo el día juntos.
Sakti no supo cómo explicarle que a veces se quería tanto a alguien que podía extrañársele aunque estuviera al lado. El hecho de que Mark necesitara esa explicación la entristeció, porque significaba que ella no era tan importante para él como él para ella. Sonrió y levantó los hombros. Después de un último apretón, dejó que el muchacho regresara a su trabajo.
Mark ignoró las flores, se giró y la miró con ojos chispeantes.
—Pensé que esto era suficiente para ti, ¡pero podemos hacer algo más! Podríamos jugar ajedrez o pedirle a Dereck que nos acompañe fuera de la mansión. O... —Mark se sonrojó y esquivó la mirada—. O podríamos escaparnos los dos. I-i-ir al parque. Al lago. C-con los patos. Y montar en uno de los botes hasta que caiga la noche. Y luego soltar una lámpara flotante como hacen los demás que están... en... un bote...
Sakti ladeó la cabeza.
—Vaya. Eso le costó decirlo. Como cuando me invitó a la feria de atracciones que visitó Lahore. Se puso tan colorado que creí que se le iba a estallar la cabeza.
—¡Solo tenía nueve años! —exclamó Mark, sonrojado hasta las orejas—. ¡Era la primera vez que invitaba a una niña a salir! ¡Estaba muy nervioso! ¡Tenía mucho miedo de que me rechazaras!
—Usted es el amo —señaló la princesa—. Era imposible que lo rechazara entonces.
—... ¿Y ahora?
Sakti guardó silencio y ladeó la cabeza al otro lado. El mensajero supo que ella le respondería con otra pregunta.
—¿Cuánto tiempo lleva pensando en eso? En el lago, el bote y la lámpara.
Aunque aún estaba avergonzado, Mark le mantuvo la mirada esta vez.
—Pienso en eso todo el tiempo. En el lago. En los parques que se pueden ver desde la muralla de la mansión. En los parques, museos y teatros que están al otro lado de la ciudad y que nunca podremos visitar juntos. Pienso siempre en todos los momentos que pudimos haber tenido y que ahora nunca compartiremos.
La brisa sopló otra vez. Las hojas teñidas de fuego se desprendieron de los árboles. ¿Estaban en otoño? Sakti no lo había notado.
—Lamento tanto no habértelo pedido entonces —la voz de Mark se mantuvo firme, aunque Sakti sintió un nudo en la garganta—. Si lo hubiese hecho, si te hubiese dado todos esos momentos que planeé en mi fantasía, ahora tendrías buenos recuerdos. Ahora podrías aferrarte a ellos. No tendríamos ningún remordimiento.
Esta vez, cuando la brisa sopló, no cayeron hojas sino copos de nieve. Sakti sintió que una fina capa de partículas simétricas de hielo le cubrían la piel, de la misma manera que las escamas la cubrían cuando forzaba la transformación. Luchó contra las palabras. Luchó con todas sus fuerzas contra el reproche, pero perdió.
—¿Por qué saltó?
«¿Cómo pudo hacerlo?», quiso gritar. «¡¿Cómo pudo abandonarme?!». Pero no tenía fuerzas. La nieve se estaba llevando su energía y ese vistazo al amo. Ya no estaban en el jardín de los Tonare, sino otra vez en la torre del metal bendecido por Dios. En lo alto, la luz de la Estrella Púrpura se colaba por una escotilla. Mark estaba de pie sobre la baranda mientras ella extendía los brazos para sostenerlo.
—Tienes que aprender a dejar ir, Allena —sonrió el mensajero—. De eso yo no me arrepiento.
Mark se dejó caer de espaldas. Ella corrió hacia él, chocó contra la baranda, acarició sus dedos y...
... un golpe la despertó.
Sakti saltó sobre la cama y el dolor la punzó desde el hombro herido. Cuando chilló no lo hizo sola. Al otro lado de la pared, una mujer gimió y un nuevo golpe sacudió la cama de Sakti. Por un segundo pensó que alguien había entrado a la casona a atacar a Miriam, pero al instante comprendió lo que ocurría.
Se levantó de un salto y huyó. No le importó el dolor. Cuando viajó del Reino de las Arenas a Masca escuchó escenas similares. Incluso en una ocasión descubrió a Dereck con una soldado. Pero esto... ¡esto! «¡AH! ¡Necesito que uno de los chicos me borre la memoria!», pensó tan colorada como Mark lo había estado a los nueve años. ¡No podría mirar al nuevo cachorro de Darius sin recordar la fecha, hora y lugar donde lo habían concebido! Ahora no solo extrañaba el movimiento del brazo derecho, sino también el izquierdo. ¡Así podría taparse las dos orejas para bloquear los sonidos!
En la cocina, una orquesta de aceite hirviente, el pitido del té y una tabla de picar hacía todo lo posible por superar los gemidos de Miriam sin éxito. Frey y Zoe picaban como si estuviesen en una competencia. Si Sakti –que era tan usualmente imperturbable– se había avergonzado de escuchar a Darius y Miriam, no quería ni imaginar cómo debían de sentirse la tímida Frey y Zoe, que era la hija del mestizo.
Zoe bajó el cuchillo, agotada.
—Mi inocencia ha muerto —dijo pesimista—. Ya no veré el mundo de la misma manera. —Miró a Sakti en busca de simpatía. La princesa asintió con solidaridad.
—Es como si escuchara a mi propio hermano. Solo que Adad no me despertaría con los saltos de la cama.
El rubor subió por el cuello de Frey y Zoe hasta la coronilla de la cabeza, como si las dos fueran termómetros. Como ambas eran rubias y muy parecidas, a Sakti le parecieron candelas con las mechas encendidas.
Una corriente de aire estremeció a Sakti y la hizo estornudar. El movimiento le lastimó el hombro y la cabeza. Fue como si le dieran un martillazo justo en medio de la frente. Un aruñazo estentóreo le rasgó los pulmones y desencadenó una explosión de dolor en la espalda. Sintió el calor de la estufa. La cocina giró junto a ella. La puerta del patio se abrió y entró una corriente más limpia y fría que la espabiló de nuevo. Frigg y Dagda entraron con cinco liebres listas para despellejar y que serían el alimento del gemelo en el camino a Xadiz.
Justo cuando el muchacho se las iba a dar a Zoe, Miriam gimió otra vez. Dagda frunció la frente sin entender lo que pasaba, pero Frigg lo pilló al instante y sonrió.
—¡Eh, bien por ella! Estaba a punto de darse por vencida. Ya era hora de que Darius actuara como un hombre.
La peli-rosada guiñó un ojo y sonrojó más a su sobrina y hermana. Sakti apoyó la cabeza sobre la mesa, porque ya no podía soportar el calor. Estúpido Darius. ¿Por qué tenía que hacer ese movimiento cuando ella dormía en la habitación contigua? ¡Había interrumpido un sueño tan...!
«¿Un sueño?». Sakti levantó la cabeza al tiempo que Dagda entendía lo que pasaba y dejaba caer las liebres. «¿Un sueño? Pero yo... yo...».
—... yo ya no tengo sueños.
—¡Yo tampoco voy a tener sueños nunca más en mi vida! —se lamentó Zoe mientras se cubría las orejas.
—Pero... pero... —balbuceó Dagda—... ese no es papá.
Sakti lo miró con una ceja arqueada. ¿Podía ser que Dagda entró tanto en negación? El gemelo señaló la puerta.
—Papá salió con nosotros a cazar. ¿Ven?
Al instante, Darius apareció con otras dos liebres en las manos. Todos lo miraron incrédulos y él les devolvió la mirada confusa.
—Ah, ¡cierto! —comentó Frigg. Un rubor avergonzado le adornó las mejillas—. Ja, se me había olvidado.
Todos guardaron silencio en la cocina. En el momento que Darius les iba a preguntar qué estaba pasando, él también escuchó a Miriam. El mestizo no reaccionó, sino que su rostro permaneció imperturbable. Sakti supo que eso significaba que había alcanzado un nuevo nivel en su escala de furia. La pregunta era ¿quién sería el blanco de esa ira?
Las caras de estupefacción pasaron a la meditación. Si Darius estaba allí con ellos, ¿quién estaba con Miriam? Sakti fue la primera en comprenderlo. La boca se le secó.
—No me siento bien... —balbuceó.
Zoe soltó un suspiro y una sonrisa.
—Ah. Mi inocencia acaba de resucitar.
—Aaaaah —comprendieron los demás.
Sakti giró los ojos, porque no podía creer que su hermano de verdad la hubiese despertado con los saltos de la cama. Lentamente, Darius bajó la mirada hasta encontrarse con los ojos de ella. Sakti supo que le iba a gritar una retahíla que en realidad estaba destinada a Adad. Cuando él abrió la boca para empezar ella se contrajo con una tos. Por un momento sintió la sangre en la boca. Luego no sintió nada.


Antes de despertarse supo que Darius estaba enojado. El mestizo era una presencia enfurruñada que rompía la calma del cuarto. En una esquina había un incensario del que brotaban hilos de humo aromático. El aire era caliente, pero al menos ya podía respirar.
—Es una neumonía —susurró un muchacho.
Sakti entreabrió los ojos. Había conocido a Finn en una de sus visitas previas a Kehari, pero no le había prestado atención porque nunca creyó que necesitaría de sus cuidados. La alerta se prendió en ella. ¿Por qué estaba el aprendiz allí? ¿Dónde estaba Connor? Finn estaba a un lado de la cama, de espaldas a Sakti para encarar a Darius.
—Tosió sangre —dijo el mestizo entre dientes. Tenía los brazos sobre el pecho y los puños apretados. Parecía capaz de destrozar toda la habitación si no le daban un calmante.
—Sé que da miedo ver algo así, pero mientras ella descanse y siga con el tratamiento no hay nada que temer. Las recaídas son normales, en especial con enfermedades respiratorias. —Finn le dio un sobre—. El doctor ya se esperaba algo así y preparó esto. Agregue tres hojas en el incensario cada dos horas y déjela respirar el aire. Hará calor aquí dentro, pero le curará los pulmones más rápido.
Darius aceptó el sobre pero no estaba satisfecho.
—¿Dónde está? —preguntó. Todavía tenía los dientes apretados.
—El doctor salió anoche a atender una emergencia en un pueblo vecino —El aprendiz se había memorizado el tono cortés de Connor—. Estará aquí tan pronto como pueda.
Darius soltó un bufido de descontento y se sentó en la silla que estaba junto a la cama de Sakti. Ni siquiera se despidió de Finn cuando él dejó el cuarto. Sakti cerró los ojos. Le dolía la cabeza, la garganta, el hombro, las uñas y hasta las pestañas. Quería a su amigo, pero sabía que un Darius enojado era un Darius insufrible y en ese momento necesitaba alejarse de su energía negativa. Necesitaba un sueño.
Necesitaba mirar a Mark.
—Es tu culpa —murmuró Darius—. No debiste salir anoche.
Sakti apretó los dientes porque supo que no podría hacerse la dormida. Cuando Darius la tomó de la mano, ignoró las punzadas de dolor y dejó que los pensamientos de su amigo fluyeran dentro de ella. Como lo supuso, Darius sí estaba enojado aunque no por lo que ella creyó. Aún la resentía por acusarlo de manipulador, pero eso palidecía con el susto que le dio al desmayarse de repente en la cocina.
Aunque estaba honestamente preocupado por ella, también se sentía importunado porque ya no podría enfrentar directamente a Miriam y Adad, sino que tendría que esperar hasta que Sakti estuviera fuera de peligro para encargarse de los otros dos. Entre más tiempo pasara, más se le dificultaría encararlos. Él se conocía bien. Tal y como no tuvo las agallas para aceptar las invitaciones de Miriam, más tarde le faltarían agallas motivadas por la ira para tratar esa... «... traición. Eso es lo que fue. Miriam me traicionó».
Sakti intentó apartar la mano cuando una sensación distinta al enojo le llegó de los dedos de su amigo. Darius se inclinó sobre ella para que se quedara en su lugar.
—¿A dónde crees que vas? —Darius mantuvo una voz plana que no reflejó las emociones que bullían en su interior.
Ella apretó los dientes porque prefería al Darius insufrible que al Darius triste. Si hubiese tenido fuerzas habría dicho «¡Voy a patearle el trasero a Miriam por hacerte sentir mal!». Aunque todo el cuerpo le aullaba adolorido no pudo moverse, como si hubiese perdido la sensibilidad. La decepción que percibió en Darius solo se convirtió en un nuevo martillazo en la cabeza que le cubrió la vista con una telaraña de sangre.
Oh. Sigfrid pagaría muy caro ese maldito golpe. Claro, si es que ella misma sobrevivía.
La puerta se abrió con una patada que desajustó los goznes y resintió todavía más la cabeza de Sakti. Adad crispó la mano sobre el marco y los miró con los ojos fuera de órbita. En vista de lo que había ocurrido entre Adad y Miriam esa mañana, Darius debió haberse levantado de un salto y enfrentar al príncipe por seducir a la mujer que el mestizo no se había atrevido a aceptar. Pero la mirada de Adad lo paralizó. Había algo en sus ojos desenfocados que a Darius no le cuadró. Tuvo la impresión de que el príncipe no estaba allí, sino que miraba algo más allá de la habitación aromatizada con hierbas.
—¡¿Qué le hiciste a mi hermana?! —rugió.
Darius ni siquiera pudo apartarse de la cama. Adad se abalanzó sobre él con la rapidez de un relámpago. Lo levantó del cuello con sus brazos musculosos y endurecidos con una armadura negra, y lo golpeó contra la pared. Los ojos grises eran ahora amarillos y la sonrisa usualmente carismática del príncipe estaba ahora adornada con colmillos. Darius supo que si Adad le apretaba un poco más el cuello se lo rasgaría con las garras y ese sería el final de su historia.
—¡¿Qué le hiciste?! —gritó de nuevo Adad—. ¡Siempre le has tenido aberración, pero después del bebé pensé que ya no podrías hacerle nada más! ¡Que tú...!
Adad se detuvo. Sus ojos vagaron de un lado a otro, como si a su izquierda hubiese fantasmas y a su derecha hubiese demonios. Darius se cortó las manos cuando intentó apartar las garras escamosas del príncipe. Adad no se dio por enterado. «De verdad no está aquí. De verdad se ha vuelto loco», supo el mestizo.
—No, espera... —Adad agitó la cabeza y soltó al profeta. Darius cayó sentado y sin aire—. Tú... tú ya estabas muerto. Allena se encargó del asunto cuando tú... ¿O fue antes? ¿O...?
Darius no era el único que tosía por la falta de aire. Cuando enfocó la mirada vio que Sakti se había sentado en la cama, pero Zoe la había detenido para que no avanzara más. La profetiza la tenía abrazada con fuerza, como si con eso evitara que Sakti se rompiera en miles de pedazos. Adad agitó otra vez la cabeza. Con el movimiento desaparecieron los colmillos y las escamas. El príncipe parpadeó muy rápido, como si se le hubiera metido una basurilla en el ojo. Luego miró a Darius y enarcó una ceja.
—¿Estás bien? ¿Qué haces en el suelo?
Darius se pegó más contra la pared cuando Adad le ofreció la mano para levantarlo. Sí, confirmado. Adad había perdido la cabeza y era un maldito peligro para todo el pueblo. ¿Cómo iba a sacarlo de la casa y de Kehari?
El príncipe arrugó la frente por la reacción de Darius. Antes de que pudiera hacer un comentario escuchó la tos de Sakti. Sonó como si hubiese vomitado un pulmón. Adad se paralizó un instante y al siguiente corrió hacia su hermana y le preguntó qué había sucedido. ¿La habían envenenado? ¿Tenía gripe? ¿Qué le pasó en el brazo? ¿Cómo se golpeó la cara? Darius casi se atraganta. ¿De verdad Adad ni siquiera recordaba que él le estrelló el rostro contra una pared?
Las manos gigantes de Vash levantaron a Darius y lo sacaron de la habitación. No le sorprendió que Dagda esperase en el pasillo para saber cómo seguía Sakti, pero sí lo tomó desprevenido que sus cuñadas estuviesen allí. Aunque él y los chicos querían a la princesa como a alguien más de la familia, Garrow y los demás siempre se mantenían alejados de ella.
Miriam también estaba allí, envuelta en una frazada como si nevara dentro de la casa, y con el cabello alborotado. Darius sintió un retortijón en el estómago al verla. A Njord se le había desacomodado el pelo exactamente igual todas las mañanas, aunque ella le sonreía con picardía cada vez que él lo mencionaba. Miriam, en cambio, apartó la mirada.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Frey entre dientes mientras señalaba con la barbilla a Adad y movía un dedo en círculos alrededor de la sien. Ella sabía tan bien como cualquiera que el príncipe era una bomba a punto de explotar. Darius lo meditó.
—La prioridad ahora es Allena. Cuando ella esté bien podrá encargarse de su hermano.
—Ella siempre es tu prioridad —soltó Miriam con rencor.
Frey y los demás miraron a todas partes –el techo, el pasillo, el botón desajustado de la camisa de Dagda– menos a Darius. Miriam tampoco lo miró, sino que mantuvo los ojos fijos en el suelo y la frente tan fruncida que las cejas se unieron en una sola. Por un instante el mestizo creyó que no podría responder nada a la peli-verde, pero recordó que él también estaba enojado.
—Por supuesto que lo es porque de ella sé qué esperar. Una cuchillada en la espalda es algo que Allena jamás me daría.
Miriam al fin levantó los ojos. Por primera vez desde siempre Darius le mantuvo la mirada. Estaba listo para soportar lo que fuera que Miriam le lanzara: reproches, enojo puro, lágrimas... Jamás se había sentido tan preparado para enfrentarla.
—Papá —lo llamó Zoe.
Darius la iba a ignorar hasta zanjar el asunto pendiente con Miriam, pero Dagda se enderezó y tomó posición de alerta. Adad debía de haber perdido otra vez los estribos. Cuando Darius se asomó por la puerta, el príncipe aún era el buen y cariñoso hermano mayor que fue durante mucho tiempo. En cambio los ojos de Zoe eran dos faroles celestes. El mestizo también se enderezó para escuchar la profecía de su hija.
—Quédate con Allena. No te separes de ella por nada del mundo.
Sin dudarlo, Darius se adentró otra vez a la habitación y tomó el lugar de Zoe. Cuando sostuvo a Sakti comprendió una vez más lo enferma que estaba su amiga. Eso le cuadró igual de bien que la locura de Adad. Apenas tuvo la oportunidad, Zoe agarró al príncipe de la mano y lo apartó con un jalón. Cuando él reprochó e intentó retomar su sitio junto a Sakti, Darius temió que Adad se pusiera violento otra vez y atacara a Zoe. A la profetiza le bastó con pedirle que lo siguiera para que Adad se calmara y obedeciera. A Darius le dio la impresión de que entre todos, Zoe era la única que podía manejar los cambios del príncipe. Ya ni siquiera Sakti contaba con esa ventaja.
Desde la cama, el mestizo vio que su hija llevaba a Adad a los cuartos traseros del apartamento. Si hubiese sido él, lo hubiese sacado por la cocina al bosque. Adad estaba tan acostumbrado a ser un Dragón que a lo mejor se hubiese transformado y marchado por su cuenta. Cuando Zoe desapareció por el pasillo, Dagda se asomó por la puerta desajustada con una expresión de fastidio.
Había llegado una visita.


Zoe le dijo que no se apartara de Sakti, pero Darius no supo qué tan al dedillo debía seguir esa instrucción. ¿Qué pasaría si dejaba a su amiga sola un instante? ¿Le daría un ataque de tos y se moriría? Por otra parte, el recién llegado traía una carta y una expresión enigmática que le dio un mal presentimiento. Por más que lo detestara, el mestizo sabía que no podía ignorar lo que un Aesir tenía que decirle cuando lo miraba así. Aunque técnicamente Jillian no podía verlo, a Darius le pareció que sus ojos lo atravesaban ya con una mala noticia.
—Déjalo que se quede —le dijo Sakti con voz ronca mientras se acurrucaba en la cama.
—¿Segura? —A Darius le sorprendió ese cambio de parecer. Ayer la princesa escapó del sepulturero y hoy lo dejaba estar cuando ella se sentía tan mal.
—Nada puede ponerme peor ahora, ¿así que qué más da?
Darius dudó un poco más. Dagda se recostó a la pared con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos puestos en Jillian. Si el Tercer Dragón hacía algo que importunara a Sakti, Darius no tendría que mover ni un dedo. Su hijo se encargaría de arrastrar a Jillian fuera de casa. Dagda le daría el mismo trato que daba a los comensales ebrios que le tiraban besos indeseados a Zoe.
—Suenas terrible —comentó Jillian—. No creo que puedas derribarme en la cama ahora.
Sakti no reaccionó a la provocación pero Darius jadeó. ¡Primero Adad y ahora Sakti! ¿Era en serio? ¿Pero cuándo...? ¿Dónde...? ¡¿Cómo?! Cuando miró a su amiga en busca de respuestas, ella ya lo veía con una expresión que decía «Eres un idiota, Darius. No es lo que crees». El mestizo miró de nuevo a Jillian para aclarar la situación y vio que el Tercer Dragón tampoco tenía buen aspecto. Sus manos estaban vendadas. Tenía un parche en una oreja, un moretón justo en medio de la frente y se paraba de medio lado, adolorido. «¿A eso salió anoche Allena? ¿A darle una tunda?». Darius contuvo una carcajada. Eso parecía más propio de ella que acostarse con alguien a quien detestaba.
El sepulturero le extendió un sobre. Al mestizo le pareció extraño que se lo diera a él, pues creyó que la carta era para Sakti. Seguro era una carta de amor u otra cursilería por el estilo. Apenas leyó la primera línea de la nota, Darius se levantó de un salto de la cama.

Papá y familia:
Los quiero mucho, de verdad, pero no puedo seguir aquí. Lo siento. No, no lo siento. Los amo. Eso sí es verdad.
—Connor.

Darius tuvo que releer esas frases tres veces para comprender lo que había pasado, en parte porque le parecía mentira y en parte porque la letra de su hijo era un garabato ininteligible. Cuando descifró la letra de doctor, el mensaje se extendió por su mente como una marca al rojo vivo: Connor se había ido.
Darius agarró a Jillian del cuello y le preguntó cuándo se marchó el doctor. Lo hizo tan de repente y con tanta fuerza que le rompió la camisa. El sepulturero levantó las manos en un gesto que decía «¡Eh, soy solo el mensajero! No me mates», y respondió con obediencia.
—¡Después de la medianoche! Los tres pasaron al hospital por provisiones.
¿Los tres? Darius tomó otra vez la nota y vio los mensajes incluidos debajo del de Connor. El primero tenía una letra redondeada de niño disciplinado.

Tranquilos. Yo cuidaré de él. Yo también los quiero.
—Kel.
Pd: Digan en La Taberna que me fui de gira. ¡Así sonará mucho más interesante para la audiencia!

El último apunte tenía una letra fina y pequeña.

Tranquilos. Yo cuidaré de los dos.
—Drake.

Darius sintió que la cabeza le iba a explotar. Era un alivio que Kel y Drake se hubiesen ido también para cuidar a Connor, pero eso significaba que los dos apoyaban al doctor. ¿Es que no les quedó claro anoche que él no lo permitía? ¡¿Cómo podían ser tan desobedientes?! Aún más, ¿cómo podían alentar las ideas disparatadas de Connor?
—¿Qué camino tomaron? —Su voz sonó demasiado fría comparada con la ira ardiente en su pecho. Jillian levantó los hombros.
—Qué sé yo. Después de que Connor me remendara me fui a dormir.
Darius rechinó los dientes. Su hijo quería ir a la guerra a atender heridos y enfermos, pero alrededor de la zona neutra había batallas e invasiones a montón. Connor bien pudo lanzar una moneda al aire para decidir si iba al este, sur, oeste o norte.
—Dagda, ve por Airgetlam a Xadiz. Necesito que me ayuden a buscar a Connor.
—¡Darius! —lo llamó Sakti cuando él se encaminó a la puerta.
Estaba tan enojado y asustado por la desaparición de su hijo que se había olvidado de su amiga enferma. Tendría que decirle a Zoe que dejara sus tareas de La Taberna y cuidara a Sakti mientras él regresaba con Connor. Con suerte no tardaría mucho tiempo. Miró a Sakti con una sonrisa intranquila para calmarla y prometerle que regresaría dentro de poco. Ella le lanzó una mirada de reproche.
—Tienes que dejarlo ir. Él no es como tú.
La furia de la noche anterior ardió de nuevo. Darius miró la cara pálida de Sakti, su figura maltrecha y esos ojos cansados y desafiantes. En ese momento la odió.
—Estaba equivocado. Tú ya me has apuñalado por la espalda. Eres una Aesir desde la coronilla hasta las puntas de los pies.
Darius salió en compañía de Dagda. Frey y los demás se habían esfumado hacía tiempo, despachados por Zoe a quién sabe qué tarea. Solo quedaron el silencio y Jillian para hacerle compañía a la princesa. Sakti cerró los ojos, adolorida y cansada. Cuando Jillian se sentó junto a ella ni siquiera tuvo fuerzas para enojarse.
—De verdad suenas muy mal. ¿Estás muy enferma?
—No te incumbe. Como tampoco te incumbía la huida de Connor. No debiste darle esa nota a Darius.
—Era solo una excusa para visitarte —confesó Jillian—. Cuando Finn dijo que estabas mal me preocupé mucho por ti.
Sakti no respondió ni se movió. Por un terrible segundo el Tercer Dragón pensó que había dejado de respirar, pero ella silbaba en cada aspiración. Estaba viva pero a Jillian le dio la impresión de estar solo en el cuarto. Había sepultado a mucha gente en su camino y hasta esos cadáveres congelados y hediondos eran mucha más compañía que Sakti. Estiró una mano y tocó la mejilla de la princesa. Estaba vez ella no lo mordió.
—¿De verdad hay alguien aquí? Se siente como si no hubiese nada.
La piel de Sakti ardía pero Jillian sintió un frío absoluto. Él era ciego, pero cuando tocó a la princesa fue como si una sombra aún más oscura se irguiera delante de él. Al igual que la noche anterior, ahora sintió las fisuras de Sakti, esas grietas invisibles y dolorosas de las que emanaban tinieblas. ¿Qué le había pasado para que ella estuviese tan rota? «Yo, yo pasé», se respondió de inmediato. «Según el profeta, yo le hice esto».
—¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?
—Canta.
Jillian sonrió. Hace unos días él fue un hombre cuerdo que perseguía sueños. Y ahora que había encontrado el rostro de sus visiones, se había vuelto loco. ¿Si no como podía explicar que lo hiciera tan feliz que Sakti le pidiera una canción cuando ella lo había asaltado dos veces? Solo la locura podía explicar que quisiera agradar a alguien que le hizo daño por odio.
El Tercer Dragón se aclaró la garganta y cantó.


De no ser por Dagda, Darius se habría marchado sin agua o dinero para el viaje.
No era tanto el enojo como el miedo lo que le nublaba el juicio. Cada vez que pensaba en que Connor terminara partido por la mitad por un hachazo vaniriano, o con todos los huesos rotos por el ataque grupal de una tropa aesiriana, se le revolvía el estómago y un sabor amargo le inundaba la boca. ¡Tenía que encontrar a Connor antes de que fuera demasiado tarde! ¡Y que Dios lo perdonara si esa misma noche no regresaba con Connor, aunque fuera arrastrándolo del cuello de la camisa!
Bajo esas circunstancias no se le ocurrió que pudiera durar más de un día buscando a su hijo. La idea era inconcebible. Por eso, cuando Dagda le pasó un morral con provisiones, Darius solo lo pudo mirar como idiota.
—Llegar a Xadiz me tomará tiempo —explicó el gemelo mientras levantaba los hombros—. A lo mejor tú lo encuentras antes de que yo me reúna con Airgetlam. Pero si está con Drake puede que nos tome más encontrarlo.
El sicario era un gran aventurero. Sabía seguir un rastro tan bien como camuflar el suyo. Darius no creía que Drake quisiera exponer a Connor a ninguna situación peligrosa, pero anoche tampoco creyó que el peli-rosado se tomaría en serio las ideas del doctor. A decir verdad, nunca se sabía qué esperar de Drake. Lo mismo podía llevar a Connor a dar una vuelta por un par de días como acompañarlo hasta las últimas consecuencias de su viaje.
Se encaminaron a las caballerizas. La Taberna tenía un trato con otros hostales en toda la zona neutra: alquilaban caballos que los viajeros podían devolver en cualquiera de las hospederías afiliadas, donde además se les hacía precio especial por estadía. Aunque La Taberna tenía sus caballos particulares, Airgetlam se había llevado uno cuando marchó a Xadiz y seguro que Connor y Drake se llevaron los otros dos. Dagda y Darius tendrían que coger prestados los de alquiler, pero qué más daba. ¡Era cuestión de vida o muerte!
Apenas llegaron, Dagda se apuró a ensillar la primera montura que vio. Darius se adentró más en la caballeriza porque había un caballo pardo al que le tenía especial aprecio. Mükael había muerto hacía muchos años, pero Darius logró cruzarlo con una yegua ordinaria. Aunque los potros fueron tan simples como la madre, Darius estaba convencido de que fueron tan valientes y leales como Mükael. El caballo pardo era el último descendiente que le quedaba del corcel con el que cruzó el Oeste. Bien podría ahora recorrer el Este con esta montura.
Una voz aflautada lo detuvo antes de que llegara al compartimento adecuado. No fue más que un susurro, bien pudo ser su imaginación, pero Darius decidió seguir la voz. Salvo los chicos que habían contratado como mozos de cuadra, nadie más debería estar ahí. Avanzó hasta el fondo de la caballeriza, que era una sección donde guardaban los cepillos, las sillas, los cascos adicionales e incluso algunas armas de cacería. Allí también estaban los nichos que Geri y Freki utilizaban cuando se quedaban en el pueblo, lejos de los caballos y de los ojos curiosos que podrían entrar en pánico ante el cuadro de dos lobos gigantes con fauces, cuernos y garras de dragón.
La mayor parte del tiempo los mensajeros estaban en las montañas vecinas. Ellos no eran las mascotas de nadie, decían, y por eso vivían como sus antepasados: salvajes y libres. Pero también eran mimados. Cuando les hacía falta alguien que les cepillara el pelaje o les dijera lo maravillosos que eran, solo tenían que bajar a Kehari para recibir una buena dosis de cariño de parte de sus profetas favoritos.
Ahí estaban. Sus pelajes verde grisáceos brillaban a la luz de una antorcha. Sus cuernos de marfil destellaban como navajas. Pero sus ojos, que usualmente brillaban con alegría, estaban cubiertos por una sombra de tristeza. Delante de los lobos había una figura encapuchada. Darius supo que se trataba de una mujer embarazada porque se paraba exactamente igual que Njord cuando sus embarazos estuvieron muy avanzados. Seguro tenía los tobillos hinchados y adoloridos.
El mestizo se quedó plantado en su lugar, aturdido. Le dio la impresión de que ya no estaba despierto, sino que había cruzado un umbral que lo sumergió en un sueño. No tenía control sobre su cuerpo, su mente estaba aletargada y todo alrededor estaba cubierto por una cortina sepia que difuminaba los contornos. Fue hasta que la mujer extendió una mano a Freki que Darius reaccionó. Aunque los lobos eran mimados, rara vez se dejaban acariciar por extraños. Freki podría arrancarle los dedos.
Cuando dio un paso y agitó los brazos para detener a la encapuchada, ella se giró. Tenía el cabello negro y largo, con las puntas en bucles, pero Darius no los vio. Toda su atención cayó en los ojos de ella, porque eran dos amatistas gigantescas y profundas. ¿Dónde había visto ojos así? Ella lo miró sobresaltada y después parpadeó muy lentamente, como si no quisiera dejar de mirarlo. Darius parpadeó con ella. Cuando abrió los ojos de nuevo ya no había nadie allí.
Salvo los lobos.
Agitó la cabeza. ¿Por qué perdía el tiempo allí? ¡Connor! ¡Tenía que buscarlo! ¿Por qué fue hasta esa parte de la caballeriza? Era... porque... ¡porque quería ver si Geri y Freki estaban allí! Claro, ya lo recordaba. Los lobos-dragón eran excelentes cazadores. ¡Podrían rastrear a Connor en un santiamén! Avanzó hacia ellos con los brazos extendidos, honestamente agradecido de que estuvieran allí.
Los lobos acudieron a él de inmediato. Darius estaba tan preocupado por Connor que no notó que el saludo de Geri y Freki era en realidad el inicio de una despedida.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2015-2017. Ángela Arias Molina

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