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Engranajes

ENGRANAJES


Cruzó el pasillo como un fantasma, sin ruido ni duda. El apartamento estaba en silencio. Salvo los carbones de la chimenea, todo estaba en oscuridad. Una sonrisilla anhelante y satisfecha le iluminó el rostro. Se sentía como un chiquillo a punto de hacer la mejor travesura de toda la vida. Seguro que así se sentían los gemelos cada vez que iban a hacer una de las suyas.
Solo que Connor no era un niño travieso, sino un hombre a punto de embarcarse en un viaje. «Esto es lo correcto», pensó mientras sacaba la nota. ¿Por qué había tenido tanto miedo? Tenía ganas de ir al cuarto de Sakti para darle mil besos. Gracias a ella al fin lo había visto todo con claridad. Pero si regresaba, sus pasos podrían delatarlo y no quería pelear más con Darius. No quería retrasar su partida ni una noche más.
«Para papá», ponía el sobre. Darius lo encontraría a primera hora de la mañana, cuando fuera a hacer el desayuno. Luego tendría un ataque de furia pero eso sería todo. No podría detener a Connor. Ya no. El doctor sonrió otra vez y se encaminó hacia el patio cuando una sombra se agitó frente a la chimenea.
—Eres muy predecible —dijo Kel.
La melodiosa voz del grolien acarició el silencio, pero le clavó miles de escalofríos a Connor. El muchacho pegó un brinco y abrió la boca para gritar por el susto, pero se cubrió los labios a tiempo. Kel prendió una lamparita e iluminó sus grandes ojos cafés. Las arpías decían que Kel era guapo. Aunque los aesirianos veían la belleza de manera distinta a los vanirianos, Connor aceptaba que su hermano adoptivo era imponente y agradable a la vista. Daba una muy buena impresión y sabía hacerse ver tanto amable como temible, según lo ameritara la ocasión. En ese instante, Kel se mostró comprensivo.
El grolien avanzó a la cocina y abrió el sobre que Connor había dejado antes. Después de leer el mensaje del doctor, tomó la plumilla que Connor siempre llevaba en el bolsillo de la camisa y escribió un mensaje propio.
—Listo —sonrió—. Ya podemos irnos.
—¿Eh? —Connor lo miró sin entender.
—No creías que iba a dejarte ir solo, ¿verdad? Alguien tiene que cuidarte.
—Puedo cuidarme solo —balbuceó Connor, sonrojado.
Estaba feliz porque al fin alguien de su familia lo apoyaba en su decisión, pero también un poco ofendido. Todos creían que por ser simpático y bondadoso no sabía defenderse. Se les había olvidado que había recibido un breve entrenamiento militar y que sus mismos hermanos le habían enseñado técnicas de defensa personal. Solo porque no le gustara luchar no significaba que no pudiera hacerlo si la situación lo ameritara.
—Tú... tú eres feliz aquí, ¿verdad? ¿Qué hay de tu espectáculo? ¿Por qué lo dejarías cuando...?
—Sí, soy feliz aquí —lo interrumpió Kel—, pero lo soy porque tú y tus papás me dieron una oportunidad. No veo daño en devolver el favor si te acompaño. Así te asisto y papá estará tranquilo porque estás acompañado y a salvo. —Kel tenía un buen punto, pero a Connor no le parecía justo que el grolien sacrificara su felicidad por devolver un favor que no debía—. Además, en el camino podré dar presentaciones como si estuviera de gira. Míralo así: ¡me haré una base de seguidores que luego vendrán a verme en Kehari! ¿Verdad que es una buena idea y todos salimos ganando?
Por un segundo Connor se quedó sin palabras, pero después tuvo que hacer esfuerzos para contener una carcajada. Kel no le estaba haciendo un favor, sino que también estaba tomando su propio camino. Aunque tuviesen intenciones y metas diferentes, podían avanzar en la compañía del otro.
—Sí, me parece muy bien —asintió el doctor.
Los dos sonrieron y se encaminaron hacia el patio, solo para encontrar una figura recostada a la puerta de salida. Connor y Kel pegaron un brinco y estuvieron a punto de gritar juntos, pero se taparon la boca en un acto sincronizado. Drake los miró con una ceja arqueada y una expresión de decepción.
—Serán idiotas —dijo mientras tomaba el sobre que Kel había puesto otra vez sobre la mesa de la cocina—. ¿Cómo pueden hacer algo así?
Connor se sintió desinflar otra vez. Ya se había acostumbrado a que Dagda y Airgetlam desecharan sus ideas, pero nunca se esperó que Drake haría lo mismo. Y de los tres, la decepción del peli—rosado era la más hiriente.
—No pueden dejar una nota aquí. ¡La encontrarán en la mañana y nos buscarán de inmediato! ¡Por lo menos tenemos que sacarles un día de ventaja si queremos salirnos con la nuestra!
Kel y Connor lo miraron con ojos como platos. Cuando la comprensión los golpeó, los dos abrazaron al sicario. Drake contuvo un jadeo, porque los abrazos de Kel eran trampas mortales.
—¡Eres el mejor! —susurraron Connor y Kel.
—Ya lo sé, ¡ahora bájenme! —ordenó Drake con otro susurro. Cuando recuperó el aire los miró con seriedad—. No hagan eso delante de otra gente, ¿me escucharon? ¡Tengo una reputación que proteger!
Antes de que se marcharan, Connor y Kel lo apachurraron con un nuevo abrazo.

****

Un relámpago cayó a la distancia. Enlil cerró los ojos y se aferró a todo lo que consideraba sagrado para que la descarga no cayera sobre su tropa. Los vellos y el cabello se le pusieron de punta. Los dientes le castañetearon adoloridos. Las entrañas se le escogieron del miedo.
El relámpago estalló lo bastante lejos como para sobrevivir, pero lo suficiente cerca como para sentir la electricidad en el ambiente. El agua escurría de las armaduras y las monturas como una segunda piel. Cuando la corriente los recorrió, los caballos se encabritaron. Eran corceles de guerra y sabían mantener la calma bajo ataque, pero el pellizco eléctrico fue más repentino y doloroso de lo que habían esperado.
Enlil tensó las riendas pero sus manos estaban entumecidas por la electricidad y el frío. Solo una descarga telepática lo salvaría de una caída que le rompería la cadera. Calmó los caballos con imágenes de praderas, manzanas acarameladas y carreras serenas en amplios parajes de primavera. El pellizco eléctrico continuó unos minutos más, pero los caballos se calmaron lo suficiente para que la tropa buscara refugio. La cueva era pequeña, pero una lona ofreció cubierto adicional para los caballos mientras los soldados se apiñaban dentro en busca de calor.
Enlil estaba harto. ¿Cuánto tiempo más durarían esas malditas tormentas? ¿Cuánto tiempo tendría que pasar hasta que pudiera dormir otra vez bajo un techo y una cama de verdad? «A este ritmo, a Sigfrid se le reventará una vena cuando se entere de que me morí de una pulmonía». Podía imaginar la cara de enfado de su amigo. El pobre Sigfrid no tendría a ningún enemigo al que recurrir para vengar la muerte de Enlil, sencillamente porque no podía agarrar la lluvia a pescozones. «Pero quizá es lo mejor», pensó. Si moría en silencio, como el anciano cansado y enfermo en el que comenzaba a convertirse, no le dejaría a Sig un odio adicional a todos los que ya cargaba. «Y tampoco tendría que mancharme las manos...».
A la luz de las fogatas que el Escuadrón Fuoco prendió para la tropa, Enlil desenfundó la espada. Estaba entumecido por el frío, pero su mano se cerró sobre la empuñadura como lo había hecho desde hacía años. Aún tenía su fuerza. Estaba viejo, pero no enfermo ni débil. Todavía podía viajar y luchar para finalizar lo que él, Sigfrid y el Emperador habían comenzado. Aún tendría que mancharse las manos.
—Señor —lo llamó un oficial.
Tenía unos ojos verdes que en algo se parecían a los de los Tonare. Enlil sospechó que quizá algún antepasado de ese soldado estuvo ligado a la Casa Militar del Sur, porque también tenía las artes de la mente. Por eso Sigfrid lo había asignado a la tropa de Enlil después de sacarlo de la Fortaleza Heimdall, junto a los otros cinco soldados del Ejército de Aesir.
—Lo sé —asintió Enlil—. Yo también lo sentí.
Arker no había reaccionado tan rápido como él para calmar a los caballos, pero había ayudado. Había extendido su campo telepático para lanzar imágenes tranquilizadoras a los corceles. Y por eso también había sentido una tercera onda telepática además de la suya y la de Enlil. Alguien más en los alrededores tenía las artes de las mentes.
Arker extendió un mapa cerca de Enlil y señaló la dirección desde la que percibió la onda telepática. Enlil asintió otra vez. Había hecho un buen trabajo enseñando a ese soldado.
—El pueblo más cercano a esa dirección es Xadiz —dijo el General.
—Puaj —bromeó un soldado del Escuadrón Fuoco—. Entonces el agua y el fuego se van a reunir de nuevo. ¡Qué cliché!
Enlil sonrió. Le gustaba más liderar al Escuadrón Fuoco que al Escuadrón Vento, porque eran obedientes y tenían sentido del humor. Y cuando trabajaban junto a los del Escuadrón Mare no dejaban piedra sobre piedra.
Arker intentó hacerle una pregunta telepática, pero Enlil no dejó que el soldado sorteara la primera muralla de su mente. Después de todo, sabía lo que quería decirle. «¿Está bien? ¿Está seguro de esto?». Y lo que sucedía era que Enlil no estaba bien con lo que tendría que hacer, pero estaba seguro de que tenía que hacerlo.
Dereck les había informado que los profetas estarían en alguna parte del Este, aunque ni él mismo sabía en dónde o en qué pueblo. Enlil sabía que si después de tanto tiempo aún no los habían encontrado, era porque estaban refugiados donde los aesirianos aún no habían reconquistado: en la zona neutra. Y allí, esa noche, precisamente bajo una tormenta, al fin había percibido la telequinesia de uno de los profetas. Y en donde estuviera uno, estarían los demás.
Enlil apretó de nuevo la empuñadura de la espada y aceptó una vez más que tendría que ensuciarse las manos.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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