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Capítulo 7

7
AÑICOS


Cuando la gota le cayó sobre la nariz, Connor sonrió como si la lluvia fuese el beso de una chica muy guapa. ¡Ah, estaba tan feliz! Se sentía muy bien perseguir sus sueños. El caballo de Drake se situó junto al suyo y el sicario le tapó la cabeza con el gorro de la capucha.
—Úsala —lo regañó—. Si te resfrías ¿quién te va a curar?
—¡Está bien!
Connor le sonrió como un niño pequeño, contento e inocente. Estaba tan alegre que no le importó que Drake lo tratara como a un bebé. Además, sabía que su hermano se ablandaba cuando le sonreía así. Drake jugaba de muy rudo pero nunca podía negarle nada cuando Connor lo alumbraba con una sonrisa.
El sicario lo miró fastidiado porque sabía que nada de lo que dijera haría que Connor actuara más responsable. Cuando estaba así de contento podía pasar días en lo alto de una nube de ensoñación. A Drake le gustaba verlo así en Kehari, porque allí no corría ningún peligro. Pero ahora salían de la zona neutra. En cualquier momento podrían sufrir una emboscada de ladrones y renegados, o ser rodeados por tropas aesirianas o vanirianas. Lo último que quería era que Connor terminara con el cuello roto por tener la cabeza en las nubes.
Un retumbo sacudió el cielo. No hubo ningún relámpago pero la lluvia comenzó a caer a goterones. Después de sentir dos golpes seguidos en la cabeza, Drake vio que el suelo empezaba a llenarse de pequeñas piedras blancas que saltaban al ritmo de la lluvia.
—Debemos buscar refugio o el granizo nos puede sacar un ojo.
—¡Ah! —suspiró Connor, decepcionado—. ¡Acabamos de empezar! Podemos seguir un poco más, ¿verdad?
Como respuesta, las nubes mandaron un granizo del tamaño de un puño que cayó sobre Kel. El grolien se llevó la manota sobre el chichón. Si hubiese sido aesiriano, el golpe lo habría noqueado. Drake se ajustó la capucha y espoleó el caballo. Connor y Kel lo siguieron mientras la granizada los perseguía con golpes más rotundos.
El sicario los guio al interior del bosque, donde las ramas bajaban hasta tocar el suelo. La maleza subía por ellas como hilos verdes, mientras que las hojas se entretejían entre las ramas y las lianas. A Connor le pareció que allí el bosque estaba tapizando los árboles con alfombras naturales. Entre más se adentraban, más densa era la vegetación. El bosque oscureció más y el granizo ya no los golpeó, sino que caía sobre el techo de hojas y resbalaba lentamente por ellas. Aunque por encima del bosque la tormenta lloraba a toda fuerza, sobre los viajeros solo caía la pequeña llovizna que lograba colarse por entre el follaje.
—Por ahí no, Kel —llamó Drake cuando el grolien se apartó de sus compañeros—. Los árboles de ese lado son venenosos. Si te cae la lluvia desde las ramas, se te va a hinchar la piel.
Connor sabía a qué árboles se refería. El mismo Drake lo visitó un par de ocasiones porque apenas rozó las hojas y la carne se le abrió de un tajo. La segunda vez que lo atendió por el veneno, Connor le preguntó por qué se había vuelto a acercar a esos árboles tan peligrosos. Drake sonrió y levantó los hombros; el doctor lo entendió: había ido a buscar el veneno para agregarlo a su arsenal de asesino a sueldo.
—¿Por qué nos metimos aquí? —El granizo era menos peligroso que esos árboles.
—Para buscar refugio.
Allí era tan oscuro que parecía noche cerrada. Connor iba a sugerir que prendieran una lámpara cuando distinguieron el fulgor de una hoguera más adelante. Alguien más había buscado refugio. La idea agitó al doctor y al grolien, porque no sabían si los desconocidos serían peligrosos o amables. La luz desapareció de repente.
—Ah, nos escucharon —comentó Drake. Aunque estaba oscuro, Connor supo que su hermano sonreía.
Drake los guio hasta donde vieron la hoguera por última vez. Todavía olía a humo y hierbas quemadas, y unos carbones todavía resplandecían con el calor recién apagado. El sicario prendió una lámpara y alumbró un campamento. No había tiendas ni personas, sino montículos de hierbas en medio de los árboles. Eran como pequeñas colinas que crecían entre las raíces de los árboles. Drake se acercó a una y la pateó. La colina no se deshizo en la hojarasca, sino que resonó como un tambor.
—¡Vamos, abran! —ordenó el sicario—. Solo nos quedaremos una noche. Dos si el clima empeora.
Drake se acercó a la hoguera y la prendió con el chasquido de los dedos. Mientras las llamas se alzaban, otra luz más tímida se prendió en una colina. Luego en otra, y otra, y otra. Atónito, Connor vio que los montículos se abrían con puertas del tamaño de una ventana. La que Drake había pateado también se abrió. Las puertas eran de madera y estaban cubiertas por lianas. Estaban tan bien camufladas que cualquiera habría creído que las colinas eran una formación natural y curiosa de ese bosque, que ya con el techo tejido con ramas y los árboles venenosos era bastante interesante.
Picado por la curiosidad, Connor se asomó por una de las puertas. Se encontró con una carita tan curiosa como la suya, que pegó un brinco de sorpresa al verlo y retrocedió hasta perderse en lo profundo del suelo. «Son casas subterráneas», comprendió el doctor cuando escuchó susurros más allá de la puerta.
Un hombre cubierto con un poncho de lianas y hojas salió de un montículo. Tenía el cabello enmarañado, lleno de tierra y más hojas. A la luz de la hoguera se reflejaron unos ojos oscuros, encrudecidos y subyugados, enmarcados por arrugas bronceadas. Por entre su poncho se asomaban unas manos oscuras, encallecidas y de uñas sucias. A Connor le dio la impresión de que ese sujeto no se había bañado en años. Aún por debajo de las capas de tierra que lo cubrían, vio unos pómulos pronunciados y un mentón fuerte. El hombre tenía las facciones de un aesiriano, pero los hombros y la estatura de un ser humano. Cuando reconoció los rastros en las otras caras que se asomaron con timidez por las puertas, el corazón de Connor dio un brinco. Eran krebins. Nunca antes había visto un híbrido.
—No tenemos comida —murmuró el hombre sucio—. Nuestras casas son estrechas y húmedas. Y nuestras mujeres son apenas niñas. No...
—Solo vamos a pasar la noche —lo interrumpió Drake con una mueca—, no a robarles ni atacar a las hembras.
Por la manera en que lo dijo, sonó a que nada de lo que tuvieran los híbridos era lo bastante bueno como para que Drake lo envidiara.
—Nos quedaremos en esta —Drake señaló la colina más grande, que era tan alta como un caballo—. No querríamos que nuestro amigo grolien pasara una incómoda noche afuera, ¿verdad?
El hombre sucio bajó la cabeza y negó con timidez. Desde las puertecitas, otras cabezas imitaron el movimiento. ¿Era idea de Connor o los krebins tenían miedo? El hombre sucio se aclaró la garganta y se armó de valor para decir algo, pero una mirada de Drake lo detuvo en seco. Connor supo lo que se sentía: el hombre acababa de desinflarse.
—¿Quería decir algo? —le preguntó con una sonrisa—. Vamos, puede hacerlo. Mi hermano es muy grosero para hablar pero no le hará daño.
El krebin mantuvo la mirada pegada al suelo pero la calidez en la voz de Connor logró sacarle las palabras.
—Es solo... que allí dentro... hay alguien enfermo.
—Enfermo. Enfermo. Enfermo —repitieron con un susurro los demás híbridos.
Sonó como la brisa en un bosque maldito: fría y maligna. Kel se estremeció. Iba a sugerir que viajaran bajo los granizos gigantes con tal de no quedarse con una gente tan rara, pero Connor apretó los puños y los hombros se le sacudieron. El doctor agarró el hombre sucio de las manos y lo miró con ojos resplandecientes.
—¡¿En serio?! ¡Sí! ¡Qué emoción, qué emoción! ¡Mi primer paciente!
Saltó hacia la colina grande donde Drake quería pasar la noche. Antes de que abriera la puertecita camuflada, Kel lo agarró del cuello de la camisa y lo levantó. Drake tenía la misma expresión de fastidio del grolien.
—¿Eres idiota? Las enfermedades de los krebins son extrañas. La mayoría no nos afectan, pero hay otras que cuando las contagiamos se hacen más fuertes. ¿Quieres morirte así nomás?
—No importa, ¡estoy vacunado! —le recordó Connor mientras agitaba los pies en el aire para que Kel lo pusiera otra vez en el suelo.
—Son krebins —apuntó Drake—. Aún falta rato para que encuentres los pacientes aesirianos que estás buscando.
La expresión fastidiada de Kel cambió por una de sorpresa. El grolien intercambió una mirada confundida con Connor.
—Creí que querías atender lo que se te atravesara en el camino.
—Sí, ese es el plan. Los krebins entran en la lista.
Los dos miraron a Drake como si curar pacientes híbridos fuera lo más normal del mundo. De hecho, sí que lo era para Connor. Él no veía la diferencia entre cuidar un krebin, un humano, un vaniriano o un aesiriano. Drake soltó un bufido y giró los ojos.
—Son pobres. No tienen dinero para pagarte.
—¡Como si eso fuera un problema! —exclamó el grolien, ofendido en lugar de Connor. Soltó al doctor y lo dejó caer sentado al suelo—. Si a él le interesara el dinero ¡se habría quedado en Kehari!
—¡La medicina es cara! —le recordó Drake—. Si no cobra lo apropiado por paciente, ¡se quedará sin hierbas!
—¡Estamos en un bosque! ¡Este es literalmente un jardín gigantesco donde sobran hierbas!
—¡No todas son medicinales! ¿Y qué hay de las gasas, los yesos y las jeringas? ¿Qué hay de la comida y de la ropa? ¿Es que todo eso crece en los árboles?
Mientras Drake discutía en favor de los intereses económicos de su hermano, Kel lo hacía en favor del interés moral de Connor. Fue hasta que le pidieron su opinión cuando notaron que Connor se había escabullido al montículo donde había un enfermo. La puertecita estaba abierta y de ahí salía una luz débil y un olor agrio. El hombre sucio había retrocedido hasta el umbral de su casa, con la nariz cubierta. «Como si él oliera algo mejor que lo que sea que haya en ese hueco», pensó Drake.
Kel fue el primero en asomarse por la puertecita. Llamó a Connor con voz asustada. Tras colarse por una entrada tan estrecha, descendió por los escalones de tierra con la cabeza en alto. Tal y como Drake lo había supuesto, el interior de ese montículo era lo bastante grande para el grolien. Los dos descendieron por una escalera de caracol. Entre más se adentraban, más calentitos se sentían. Pero el olor se intensificó tanto que los ojos empezaron a lagrimearles. Antes de que alcanzaran a Connor, ya sabían que el nuevo paciente tenía una infección de los mil demonios.
Llegaron a una pequeña habitación. Había una chimenea esculpida en la tierra. Seguramente el humo ascendía por un túnel que desembocaba lejos de la aldea. En las paredes había estantes desnudos, salvo por unas pocas rocas tan redondas que parecían canicas. Había dos camas. Una tenía una ligera colcha de cuero desgastado, mientras que la otra tenía un montículo de cobijas tanto de cuero viejo como de hojas. Estas eran como el poncho del híbrido en la superficie.
En medio de las cobijas había un saco de huesos y piel. Este hombre también tenía rasgos aesirianos en su cara flaca, pero el resto de su apariencia era humana. Al lado de la cama estaban Connor y una chiquilla. La niña era también flaca y sucia. Habría pasado por humana de no ser por sus ojos, que reflejaban la luz del fuego con una estela dorada. Drake imaginó que una vez, hace siglos, un aesiriano del desierto dejó su marca en alguna de las antepasadas de esa niña. Su seña aún seguía viva ahí.
—¿Y? —preguntó el sicario—. ¿Todavía estás emocionado por tu primer paciente?
Él no era doctor pero sabía bastante de antídotos y aun así no se le ocurría absolutamente nada que pudiera salvar a ese krebin. Tenía una pierna hinchada y cubierta de pus. La fiebre lo había hecho perder demasiado peso. El calor en el cuarto emanaba de él, no de la chimenea. Los demás krebins tenían razón en mantenerse alejados. Al tener sangre aesiriana ellos también eran propensos a la peste. Este sujeto era una bomba de tiempo y pus a punto de reventarles a todos en la cara.
Connor secó las lágrimas de la niña con un pañuelo. Miró a sus hermanos con ojos determinados y asintió. Esto, precisamente esto, era lo que había venido a hacer.

****

Airgetlam golpeó el pedernal y la pirita. Por lo general le tomaba dos intentos –uno para que las piedras entraran en calor y otro para que las chispas saltaran– para iniciar un fuego. Esta vez se tomó todo su tiempo. Encender la chimenea era solo la excusa perfecta para mirar las figuras del Escuadrón Mare a través de la ventana.
Se preguntó qué demonios hacían ahí. Xadiz no tenía ninguna ventaja militar. Estaba en el corazón de la zona neutra, demasiado lejos de las batallas como para convertirse en un punto de abastecimiento y descanso propicio para soldados aesirianos. Tampoco tenía recursos grandiosos, como minas, lagos o una fuente sustancial de alimento. Aunque el pueblo era próspero, el negocio más importante era la cristalería ¿y de qué demonios serviría eso en una batalla? ¿Es que querían hacer armaduras de cristal?
¿Cuál era el objetivo militar de que un Escuadrón resguardara un pueblito? Enfadado, Airgetlam dejó que las chispas saltaran. El fuego se prendió de inmediato. De mala gana recordó que Sigfrid fue el que le enseñó a prender hogueras. «Y ahora sus soldados nos tienen atrapados aquí. Sus soldados mataron a mi cuñado».
Aunque la chimenea ardía, Airgetlam supo que el frío se había asentado para siempre en esa casa. Lydia no se había levantado desde que él estaba ahí. Se quedaba hecha un ovillo en la cama, con la vista fija en la pared. Riza había gritado por verla así. Ella no podía creer que su madre se encerrara en un caparazón mientras el pequeño Ralo deambulaba por la casa con una expresión cruda en los ojos. Airgetlam sí lo comprendió porque así actuó Darius cuando los encerraron en la casita del lago. Aunque fue muy pequeño entonces, todavía recordaba el aturdimiento de su padre cuando supo que perdió a tres hijos. Hasta ese día, la muerte de Fenran todavía no cicatrizaba en el corazón del mestizo.
—¿Aún están ahí? —le preguntó el cristalero. Airgetlam asintió sin atreverse a verlo.
Kryos afilaba lentamente la navaja corta que solía llevar de pesca. Tenía unos dedos grandes y callosos con raspaduras frescas de las que todavía salía sangre. Sus ojos siempre se veían grandes por las gafas que usaba para pintar detalles en los cristales, pero ahora además estaban teñidos. Era como si la luna carmesí mirara con destellos de sangre a través de él.
Airgetlam no podía decir que se llevara particularmente bien con su suegro, pero tampoco se llevaban mal. Sabía que no fue la primera opción que Kryos quiso para su única hija. Al que había querido fue a Connor.
Hacía unos años se cortó con el mismo cuchillo que ahora afilaba. La herida fue superficial y sanó rápido. Pero un par de meses después la mano derecha se le hinchó por una escama de pescado que se había quedado dentro. En el mejor de los casos perdería la mano ¿y qué sería de un cristalero manco? De no ser por el consejo de un viajero anónimo que había visitado Kehari, el futuro de Kryos y su familia se habría hecho pedazos.
Connor llegó tan rápido como pudo, con la buena disposición y talento que el viajero había alabado. El doctor no solo le salvó la mano sino que se la dejó más estable que nunca. Agradecido, Kryos decidió devolver el favor aceptándolo en su familia. En un mundo donde las aesirianas escaseaban, una novia era la promesa hacia un futuro alegre. Además, un muchacho como él, tan talentoso, inteligente y gentil, era un excelente partido. El novio que todo padre querría para una hija. Connor era más que conveniente. Con un trabajo estable y un negocio exitoso, tenía asegurada la prosperidad para la mujer que eligiera como esposa.
Kryos arregló tratos jugosos con La Taberna y se deshizo en regalos e invitaciones para que Connor y su familia visitaran Xadiz por una temporada. Pero sin importar cuánto se esmeró en lucir a Riza delante del doctor, no pudo encender ninguna chispa entre los dos. Riza era distraída y soñadora, pero también atrevida y temeraria. A ella no la deslumbraban la estabilidad de un futuro junto a Connor o la apacibilidad del doctor. Y a él... Kryos no sabía dónde tenía la cabeza ese muchacho, pero no en las chicas.
Aun así el cristalero lo siguió intentando por tres años más. Se desgastaba en explicaciones y súplicas a Riza sobre lo conveniente que era Connor para ella. Y una mañana lluviosa, cuando el doctor visitaba a otro enfermo en Xadiz, Riza finalmente cayó. Para Airgetlam fue recíproco. Amor a primera vista. Para cuando llegó la hora de la cena, la química entre los dos era tan evidente que hasta el inocentón de Connor la pilló.
Kryos tuvo una buena jaqueca aquella noche. ¿Cómo era posible que todos sus esfuerzos de tres años fuesen insuficientes para Connor, pero que bastara un día para Airgetlam? Había pillado al hermano equivocado.
Aunque Airgetlam no fue su primera opción, tampoco estaba mal. Era tan trabajador, espabilado y simpático como Connor. Aunque no tenía una habilidad destacable como el doctor, se las arreglaba bastante bien en la caza, la pesca y la construcción, y era más fornido que su hermano menor. Si él y Riza hacían un futuro juntos, la hija de Kryos no pasaría hambre ni frío. Además, las ocurrencias y travesuras de Airgetlam la hacían reír. ¿Y no era eso lo que al final importaba? En sus adentros, Kryos admitió que su Riza nunca se habría carcajeado con Connor hasta quedarse sin aire. Esa era, quizá, la habilidad especial de Airgetlam. Lo único que él y nadie más podría darle a Riza.
Nunca se lo había dicho a Airgetlam pero Airgetlam tampoco le había dicho que él y sus hermanos podían leer mentes. A veces, cuando Kryos creía que nadie lo miraba, soltaba un suspiro mudo acompañado de un pensamiento: «Ah, ojalá hubiera elegido al doctor». Para Airgetlam, ese pensamiento era mucho más claro que cualquier suspiro. Pero con todo, el cristalero nunca lo trató mal.
Esperó miradas inquisidoras en busca de cualquier excusa para apartarlo de Riza, porque eso es lo que habría hecho Darius si Zoe se hubiese enamorado. También creyó que Isma y Ralo le gruñirían cada vez que rozara la mano de Riza, solo porque él y Dagda estaban listos para triturarle los dedos a cualquiera que se acercara demasiado a Zoe. Pero Isma le dio un recorrido por los mejores sitios de caza cercanos a Xadiz y Ralo le pedía en cada visita que lo subiera a los hombros. Lydia siempre le preparaba postre de arándanos y gajos de naranja porque era su favorito. Seguro que todos le sacarían un ojo si hacía llorar a Riza, pero también estaban listos para sumarlo a su familia con la condición de que la hiciera sonreír.
Airgetlam había llegado a la conclusión de que él y Riza calzaban bien porque los dos habían crecido con familias cariñosas e incondicionales. Por eso podrían crear juntos una familia que reflejara lo mejor de ambos.
O al menos así debió haber sido.
Un relámpago iluminó las diecisiete figuras ahorcadas. Aunque apartó la mirada, en su mente explotaron diecisiete rostros de Isma deformados por las llagas y los moretones. No debió haber pasado. Estaban en la zona neutra. El Escuadrón Mare no debía estar ahí. Isma no tenía que haber muerto.
La mano huesuda, dura y fría de Kryos cayó sobre su hombro.
—¿Me ayudarás a matarlos? Eres fuerte. Te he visto derribar a Kel. Entre los dos podríamos...
Kryos trazó una línea con la navaja a pocos centímetros del cuello. Si se hubiese cortado ni lo habría sentido. Airgetlam sabía lo mucho que dolía la pérdida de un hermano. La de un hijo debía de ser más terrible. El único que podía entender la desesperación de Kryos era Darius. Y porque Airgetlam conocía muy bien a su padre sabía lo que el mestizo habría hecho.
Asintió.
—Son un Escuadrón. Son muy fuertes. Necesitaremos a todo el pueblo para tener una oportunidad, pero ni siquiera así...
—No importa.
—Lo sé.
Airgetlam miró las figuras que custodiaban la entrada. Miró los hombres que habían matado a dieciocho inocentes, contando a Oryon. El cadáver del panadero probablemente era ahora una macabra señal de advertencia unos kilómetros antes de llegar al pueblo. Ojalá Dagda la entendiera. Ojalá Dagda diera media vuelta y se olvidara de Xadiz. Pero si conocía a alguien mejor que a Darius, era a Dag. Él no se devolvería. Apretaría la marcha para ir por su gemelo. Por eso, aunque todas las posibilidades estuviesen en su contra, tenía que enfrentar al Escuadrón. Tenía que hacer algo para evitar que Dagda avanzara a toda potencia sin saber contra quiénes lidiaba.
—Necesitamos un plan. Si supiéramos por qué están aquí en primer lugar, tal vez podríamos...
—¡No! ¡Lo que necesitamos es actuar ya! —rugió el cristalero.
La casa se agitó con su furia. Airgetlam escuchó el tintineo de todas las copas, todas las ventanas, todas las bonitas esculturas de cristal que Kryos había hecho. Estaba fuera de sí. En cualquier momento se echaría a la calle, arremetería con esa navaja enana contra el Escuadrón y una aguja de agua lo empalaría antes de que recorriera diez metros. Airgetlam no sabía lo que era perder un hijo, pero sí sabía lo que era perder a un padre. A veces soñaba con la cabeza cercenada de la marioneta que se hizo pasar por Darius. No podía dejar que Riza o el pequeñísimo Ralo sufrieran la desesperación de quedarse sin las manos de Kryos.
—Están trayendo cajas grandes —dijo la voz apagada de Ralo.
Airgetlam se sobresaltó. El chiquillo había sido una alegre pulga saltarina y ahora era menos que un fantasma, apareciéndose de la nada. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí sin que él o su padre lo hubiesen visto?
—¿Cajas? —le preguntó mientras se inclinaba delante de él para frotarle los hombros. Quizá era un gesto inútil pero si alguien le hubiese frotado los hombros en la casita del lago, cuando todo indicaba que también perdería a su padre, no se habría sentido tan solo.
—Las traen en unos monstruos alados. Se ven desde lo alto del taller.
¿Monstruos alados? ¿Desde el taller? En el piso superior estaban las figuritas más delicadas y caras de Kryos. El cristalero le tenía prohibido a Ralo andar por ahí para que no quebrara nada. Pero el asesinato de Isma había roto todo en esa casa, hasta las reglas. Solo había añicos. Lo único que aún se mantenía entero era el sentido común de Airgetlam.
Dejó la cocina y entró al pasillo oscuro y congelado. En su camino pegó la punta del pie en dos muebles y tropezó en las escaleras. Pero subió al taller, seguido por los pasos silenciosos de Ralo y los ojos inyectados de sangre de Kryos. Fue un milagro que una vez dentro no derribara ni una sola figurita de cristal porque allí estaba todavía más oscuro. Afuera, la noche y el aguacero cubrían el pueblo.
Miró la entrada, donde esperaba el Escuadrón, y el camino más allá de los oficiales, pero no vio ningún monstruo alado, ni cajas ni alguna nueva comitiva. Ralo se levantó de puntillas para alcanzar la ventana y le señaló el cielo. El destello lejano de un relámpago le iluminó unas figuras que avanzaban de dos en dos por entre las nubes. La mayoría estaba tan lejos que él no habría podido adivinar su forma, pero dos de las esfinges se acercaban a Xadiz. Sus alas eran tan blancas que destacaban entre las tinieblas.
La más pequeña llevaba una tienda, mientras que la otra llevaba las cajas que Ralo vio antes. Dagda respiró profundo y contuvo el aire mientras contaba la tropa de alados que escoltaba a las esfinges. Quince, veinte, treinta, cuarenta y siete, cincuenta y dos... Cincuenta y dos magos del desierto más los oficiales que vinieran dentro de la tienda. «¿Qué demonios hace un Escuadrón de los Elementos y una tropa del desierto en un pueblito en medio de la nada?». No tenía sentido.
Las esfinges aterrizaron con dificultad en el centro del pueblo, al lado de la tarima donde estaban los ejecutados. Xadiz era tan pequeño que los soldados alados tuvieron que descender en las calles y en los tejados. Airgetlam escuchó el aterrizaje de dos oficiales sobre el taller. Era una suerte que el aturdimiento de Kryos y Ralo también les hubiese matado la curiosidad y la elocuencia, o seguramente los soldados los habrían escuchado. No. Lo mejor ahí era observar en silencio.
Airgetlam se agachó lentamente al borde de la ventana. Kryos lo imitó. Las esfinges no habían rugido y la lluvia era tan fuerte que las conversaciones de la tropa quedaron apagadas entre los goterones. En la mañana el pueblo se encontraría con la sorpresa de una invasión aesiriana, aunque seguramente había otros como Airgetlam que miraban la escena desde una ventana oscura.
Kryos no apartó la mirada de los soldados del Escuadrón Mare. Con un ojo miraba a los que se quedaron a resguardar la entrada de Xadiz mientras que con el otro seguía los movimientos de los dos oficiales que recibían a la comitiva. Si le hubiese prestado atención, Airgetlam se habría mareado ante unos ojos tan dispares y desenfocados. Pero su atención estaba en la tienda y en el mal presentimiento en la boca del estómago. Los primeros tres hombres que descendieron estaban cubiertos por una capa impermeable para protegerse de la lluvia. No llevaban armadura, pero sí varios maletines de los que sobresalían paquetes forrados en cuero. No eran soldados.
Un cuarto hombre no bajó de la tienda, sino que tropezó desde ella y aterrizó con la cara contra el suelo. Airgetlam supo así que eran arqueólogos. A pesar de estar lejos, vio el suspiro conjunto de los primeros tres hombres mientras agitaban la cabeza. Podría jurar que hasta los soldados esparcidos por Xadiz giraron los ojos por la entrada de Ryaul. Ya todos se lo esperaban. ¿Porque quién más podía ser, sino él?
Airgetlam sintió agrura en la boca del estómago. Eran tantos, tantísimos soldados, y Xadiz tan, tan pequeño. No había espacio para poner tiendas, lo que significaba que los pueblerinos tendrían que hospedar a la tropa. Si todavía había vanirianos escondidos allí, a la mañana siguiente la tarima estaría repleta de cadáveres. «Y si Ryaul me ve...». Agitó la cabeza para apartar ese pensamiento pero las posibilidades plagaron su mente. Tal vez después de 50 años el arqueólogo no lo reconocería. Lástima que Ryaul era tan inteligente como torpe. Así como se aprendió las rutas laberínticas de la Ciudad Perdida, se aprendía las caras de las personas. Y Airgetlam no era un muchacho cualquiera, sino que era el nieto del Segundo General y era también un General aesiriano. Eso si el Emperador no le había quitado el título y ordenado su captura por traición. Si Ryaul lo veía, él también terminaría colgado o peor: lo llevarían a Enlil, Sigfrid o a Masca para que decidieran qué hacer con el profeta traidor.
—Qué pelo tan raro —murmuró Ralo—. Es como de anciano pero él es joven.
Una quinta figura había bajado de la tienda y se había quitado la capucha. Dejó que la lluvia le bañara la piel morena y le empapara el cabello gris.
—¡Mierda! —medio murmuró y medio chilló Airgetlam mientras daba media vuelta y se caía de trasero por debajo de la ventana.
¿Qué hacían el Escuadrón Mare, una tropa del desierto, cuatro arqueólogos y un príncipe de las Arenas allí, en Xadiz? Airgetlam no necesitaba ser profeta para saber que su estadía en el pueblo no terminaría bien.


—¿Y por qué no lo dejan ir? —se animó finalmente a preguntar Geri.
Si hubiese acompañado a Darius jamás habría hecho la pregunta. El mestizo era muy bueno con los lobos, pero cuando una idea se le metía entre ceja y ceja no había forma de pararlo. Cuando se ponía así, cualquier pregunta o duda que cuestionara sus acciones se convertía en una afrenta. La persona que lo cuestionara tomaba automáticamente el rol del malo. En esto los gemelos eran idénticos a su padre, pero en un buen día podían tomarse las preguntas y las dudas con calma y no como un ataque personal.
—¿Estás bromeando? Connor no duraría ni una semana fuera de la zona neutra. Es muy débil para eso.
Geri frenó en seco y Dagda resbaló sobre el pelaje del lobo.
—¿Débil? Connor no es débil.
—Bueno, tal vez esa no es la palabra correcta, pero sabes a lo que me refiero. No tiene lo que se necesita para sobrevivir allá afuera. Bajará la guardia, se confiará y cuando menos se lo espere ¡bam! La misma gente a la que cuidó lo mataría o lo entregaría a cualquier tropa si llega a enterarse de que es profeta.
Geri agitó las orejas.
—¿Dices que por ser bondadoso podría estar en peligro?
—¡Sí, exacto! Es su bondad la que le metió la idea de irse de Kehari. Sé que tiene muy buenas intenciones y que solo quiere hacer lo correcto. Pero no se da cuenta de que la gente no es tan buena y que se aprovechará de su debilidad.
—Umm.
Geri sacó la lengua para pescar unas gotas de lluvia. Sintió los talones de Dagda, que lo urgían a retomar la marcha. Imaginó que Darius también apuraba a Freki con la esperanza de haber tomado el mismo camino que Connor, alcanzarlo pronto y darle una gran reprimenda por haberse ido a hacer lo correcto. Geri también sospechaba que su hermano había llegado a la misma conclusión que él, que era la misma de Sakti: Connor tenía derecho a marcharse. Tenía derecho a seguir su propio camino. Pero quizá no era algo fácil de explicar a Darius y a Dagda. Tal vez era algo que ellos tenían que ver y entender por su cuenta.
—En un mundo tan oscuro y malvado como este, la bondad no es una debilidad —comentó el lobo—. Es una fortaleza. La más rara y poderosa de todas.
Luego echó a correr con Dagda sobre el lomo. Así el gemelo no podría reñirlo y tendría tiempo de meditar en lo que le había dicho.
Geri se sintió tentado en dar un recorrido largo para que Dagda no avisara a Airgetlam de la huida de Connor. Así le daría ventaja al peque para que pusiera un poco de distancia entre su familia y él. Pero el lobo-dragón sabía que se estaba quedando sin tiempo. Si pronto, en cualquier momento, tendría que regresar su esencia al Tercer Dragón, lo mejor sería ver junto a los gemelos y Darius lo que Sakti y Anäel ya habían visto en Connor. «Sería tan lindo irse así», pensó, «con la promesa de un mejor mañana junto a mis amigos». Se preguntó si Dioné le daría tiempo para despedirse.
De camino a Xadiz no vieron el cadáver del panadero. Antes de que el hedor los alertara o que divisaran el cuerpo de Oryon, que empezaba a hincharse bajo la lluvia, escucharon los cascos de los caballos. Fue por un breve instante. Con el aguacero no habrían podido escuchar ni la carcajada de una arpía.
Geri se detuvo justo antes del recodo del camino, a tiempo para asegurarse de que su oído no lo había engañado. Sí. Caballos. Pero también el tintineo de las armaduras cuando rozaban las fundas de las espadas. Dagda le apretó otra vez los talones y lo adentró al bosque. Aunque la zona neutra estaba en paz si se la comparaba con las otras regiones, había algunos grupos de ladrones que asaltaban caravanas o a viajeros solitarios. Geri corrió tan rápido como pudo para que la distancia y espesura de las ramas y arbustos los camuflaran. Cuando calculó que el grupo ya alcanzaba el punto donde ambos dejaron el camino, se detuvo y pegó la panza contra el suelo. Dagda se bajó y lo imitó. Hicieron bien. No eran ladrones. Eran soldados.
Contuvieron el aliento mientras veían pasar la comitiva. Le habían sacado una buena distancia, así que no podían ver las caras de los soldados o reconocer los uniformes para saber qué rango tenían. Pero sí vieron que algunos eran muy, muy altos. Titanes. Uno de ellos bajó la mirada justo donde Geri había saltado hacia el bosque. Había visto las huellas del lobo. El titán miró hacia la dirección que Geri había tomado. Dagda cerró los ojos para que no reflejaran la luz y alentaran al soldado de la presencia de un aesiriano. No se preocupó de que el mensajero lo imitara, porque si el titán sí alcanzaba a verlo creería que era solo un animal salvaje que escapó al escuchar una caravana. Nadie intentaría perseguir a un lobo que dejaba huellas tan grandes y profundas como Geri.
Cuando al fin el último oficial se perdió por el camino, Geri se atrevió a decir lo obvio.
—Van a Xadiz.
—Ahí hay tantos vanirianos como aesirianos. ¡Se armará una pelea!
Dagda aruñó el suelo. Si no se le adelantaba a la tropa, Airgetlam quedaría atrapado en una batalla. El problema era que Xadiz solo tenía una entrada y un camino principal. El resto estaba rodeado por murallas que no le llegaban ni por la cintura, pero por donde había trepado la maleza. Nadie se había preocupado en limpiarla y los arbustos crecieron tan densos que no había forma de entrar por allí sin espinazos o la piel irritada por la hiedra venenosa.
Pero eso no importaba. Si tenía que trepar los muros e hincharse como un globo, lo haría con tal de sacar a Airgetlam de peligro. Miró a Geri con la petición en la punta de la lengua. El lobo asintió antes de que dijera nada.
—Sube. Daremos una vuelta por el bosque y llegaremos por el lado contrario.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2015-2017. Ángela Arias Molina

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