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Capítulo 8

8
REY DE LOS DRAGONES


Algunas veces, cuando lo veía bajo los árboles, no podía creer que fuera real. Sakti sabía que si esperaba el tiempo suficiente, Mark soltaría un suspiro sobre las semillas que sembraba y levantaría la vista al cielo. El mensajero debía de tener algún control sobre el clima o mínimo presentir sus cambios, pues siempre que levantaba la cabeza la brisa soplaba más fuerte para acariciarlo.
Esa era la escena que Sakti siempre esperaba. Ese era el momento que ella aguardaba todos los días, a cada hora, porque era paz pura. Sin embargo, no se permitía verlo a la distancia por mucho tiempo. Las esposas de Enlil y los sirvientes lo notarían. No estaba mal que supieran que estaba encariñada con el mensajero, pero una muestra pública de afecto no se tomaba tan en serio como una mirada de añoranza a la distancia.
Tenía que proteger a Mark.
El Emperador lo dejaba vivir en Masca porque quería que Sakti estuviera satisfecha en la Capital. Y porque la muchacha conocía su lugar. Si sospechara que el cariño de la princesa era más peligroso y dulce, mataría sin rodeos al mensajero. Sakti estaba dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias si alguien tocaba a Mark, pero no tentaría la suerte. Porque ella conocía su lugar, haría todo lo necesario para evitar cualquier daño al amo.
Así que no dejaría que su cariño entrañara raíces que ella no podía mantener. No dejaría que nadie dudara del amor inocente e incondicional que sentía por Mark. Ni tampoco dejaría que Mark desarrollara por ella algo más que el afecto a una buena criada. Nunca más.
Con paso firme, se adentró al jardín. Llevaba una bandeja de plata con el té de la tarde. Debía de estar satisfecha porque Mark vivía la vida que merecía. La vida que ella le había dado. Podía dedicarse a sus flores sin nada que temer. Podía mirar el cielo, las estrellas y la luna sabiendo que todavía estarían para él al día siguiente. Pero Sakti tenía una inquietud en la boca del estómago.
Mark no estaría por siempre con ella. Era un mensajero. Era frágil y enfermizo. Era humano. Así, pues, ¿cuántas tardes juntos les quedaba? ¿Cuántas miradas furtivas desde la distancia? ¿Cuántas tazas de té?
«Debería encontrarle esposa». Una mujer bonita y agradable. Alguien que pudiera darle su corazón sin riesgo a que le estrujaran el suyo. Alguien que pudiera darle hijos dulces y buenos a los que Sakti pudiera amar y servir como amaba y servía a Mark. Alguien que no fuera ella. No era la primera vez que esa idea le rondaba la cabeza pero nunca había podido concretarla.
Quería que Mark tuviera hijos, nietos y bisnietos. Así ella podría tener un trozo del amo cuando la Muerte lo reclamara. Así siempre tendría un motivo para existir. ¿Y Mark? ¿Tendría entonces él motivos para quedarse?
«Si hubiese tenido una mujer a la que pudiera amar libremente, ¿se habría quedado por ella?». Sakti apretó la bandeja. Sabía que en alguna parte Mark todavía miraba el cielo, todavía la brisa le acariciaba el cabello, pero ella no podía verlo. «Si hubiese tenido hijos, ¿se habría quedado por ellos?».
Vio que el té se oscurecía. Ya no era dorado como una gota de sol, sino púrpura. Cuando Sakti levantó la mirada, vio a Mark subido a la baranda. Los destellos de la Estrella Púrpura caían sobre él.
—¿Se habría quedado por ellos? —le preguntó. No supo cómo lo hizo, si tenía un nudo atravesado en la garganta—. Porque usted no se quedó por mí. Saltó.
Ella sabía que no era carismática como su hermano, atrevida como su padre, hermosa como su madre. No era bondadosa como Connor, divertida como los gemelos, cariñosa como Zoe. Pero era leal. Era incondicional. ¿Por qué eso no le bastó a Mark? ¿Por qué eso no fue suficiente para que se quedara con ella?
—¡¿Por qué saltó?! —le gritó.
Seguro dejó caer la bandeja y las tazas de té, porque un estruendo metálico rompió la torre. La baranda se deshizo bajo los pies de Mark. Ella estaba enojada, tan enojada, pero corrió hacia él con los brazos extendidos para atraparlo. Para que no muriera. Para que no la abandonara.
Los destellos de la luz púrpura se desvanecieron y la oscuridad giró sobre sí misma. Cuando Sakti al fin alcanzó los dedos de Mark, se dio cuenta de que ella era la que caía mientras que el mensajero la sostenía. Los ecos de su voz («Allena, toma mi mano») se desvanecían en el fondo del precipicio. Otra vez estaba en la Ciudad Perdida, en el abismo por donde Nefer la había empujado.
—Te lo dije —sonrió Mark—. Yo tomaré tu mano. Ahora suéltate.
Sakti dudó. Los ojos le ardieron. Supo que tenía dos opciones: mantener cerrada la escotilla donde se refugiaban su ira y su tristeza, o abrirla. Si la dejaba cerrada, no pasaría nada. Todo seguiría igual. Todo dolería igual. Más allá del dolor. Pero si la abría, dejaría salir los miles de reproches que guardaba desde más de 50 años. Ella era una esclava buena. Sin importar cuánto doliera, sin importar cuánto ardiera, debía soportarlo. Debía mantener la escotilla cerrada. Debía mantener su amor puro, su lealtad firme. No podía odiar a Mark, ni siquiera un poco.
—¿Por qué saltó? —preguntó con un hilo de voz.
Debía mantener su monstruosidad, lo más oscuro de sí misma, encerrado. Por él. Por el recuerdo del amo. Pero un poco de esa oscuridad se escabullía a través de las grietas invisibles que la cubrían de pies a cabeza. Ella no podía verlas, pero sí sentirlas. Eran más ardientes que el sol y mucho más frías que el Reino de los Espíritus.
—¿Por qué saltó? —le preguntó otra vez. Se lo suplicó. Solo quería saberlo, entenderlo.
—Tienes que aprender a dejar ir —respondió Mark con una sonrisa—. De eso yo no me arrepiento.
Mark la soltó. Sakti cayó por las tinieblas del precipicio. Las vio extender brazos de oscuridad para engullirla y sintió el vacío en el estómago mientras se precipitaba al vórtice, pero nunca dejó de ver a Mark. Aunque cada vez estaba más y más lejos de él, podía verlo con detalle. Sus ojos. Su sonrisa. Su cabello que se agitaba con la brisa de aquellas tardes de té.
—Ya vienen —susurró él—. Despiértate.
Sakti escuchó los siseos y abrió los ojos.
Su corazón latía lentamente, con naturalidad. Su respiración era pausada y lenta. Nadie supondría que acababa de tener una pesadilla. Ella misma comenzaba a dudarlo. Pero los siseos, aún los escuchaba. Se levantó muy lentamente. La pálida luz de la madrugada se colaba por la cortina. El incensario todavía despedía humo, aunque poco. Y la silla al lado de su cama, esa que Darius habría ocupado, tenía a otra persona que Sakti no pudo reconocer al principio.
Sería tan, tan sencillo matarlo. Sería tan fácil. Aunque nunca fue buena con las artes de la mente, podría romper el vaso sobre la mesita de noche, levantar los fragmentos con telequinesis y clavárselos en el cuello a Marduk mientras dormía. Pero no lo hizo. Sakti apretó los dientes. ¿Qué le estaba pasando? ¿Qué les estaba pasando a ella y a su hermano? Adad no era él desde hacía tiempo, porque se había fusionado. Pero desde que regresaron a Kehari se había vuelto loco de atar. Ella tampoco era ella desde la fusión, pero desde que descubrió al sepulturero en aquel pueblo algo se había precipitado dentro de ella. Era como si entre los fragmentos rotos de su alma hubiese pendido un lazo que mantenía todo unido a duras penas y que de repente alguien hubiese jalado de ese hilo. Ya no había nada que uniera los fragmentos y ahora ella se precipitaba a la locura definitiva, como Adad.
¿Era por eso que no mataría a Marduk? La Sakti antes de la fusión habría acabado con él sin pensarlo dos veces. Si no lo mataba, ¿era porque definitivamente ya no quedaba nada de la portadora ni del Dragón? ¿O porque después de tanto tiempo la fusión le estaba dando el coraje para perdonarle la vida al Tercer Dragón?

«Tienes que aprender a dejar ir».

¿A dejar ir qué? ¿El odio lacerante hacia Marduk y el mundo entero, que la habían lanzado a la fusión? ¿O a Mark? ¿Dejar ir el recuerdo del mensajero? ¿Al amo? ¿Cómo?
Una mirada.
Sakti se volteó hacia la puerta. Alguien la había vuelto a ajustar. Creyó que encontraría otra vez los ojos repugnantes de Miriam, pero se topó con la sonrisa de Zoe. La princesa salió de la cama y siguió a la profetiza sin hacer ruido, para no despertar a Marduk.
No, no lo había perdonado. Nunca podría perdonarle lo que le había hecho a Mark. Pero tampoco podía matarlo.
—Adad es como el dragón de los cuentos de hadas —comentó Zoe mientras las dos avanzaban hacia la cocina—. Se metió al bosque y allí se quedó hecho un ovillo. Dentro de nada le crecerá musgo sobre las escamas.
—Solo le falta la cueva con monedas de oro —agregó la princesa.
No es que tuviera ganas de hablar pero nunca le había gustado negarle nada a Zoe. A Sakti nunca le gustaron las muñecas, los peinados o los vestidos ostentosos, posiblemente porque no había tenido ninguno cuando era niña. Pero siempre jugó con Zoe y se dejó peinar y vestir por ella, porque en el fondo quería proteger a la pequeña profetiza que la había llamado «hermana». En el fondo, quizá, quería proteger a la niña que ella nunca pudo ser. Aún después de la fusión, esa necesidad de proteger a la profetiza seguía incrustada en su ser. No podía negarle nada, ni siquiera un poco de conversación aunque la cabeza le pesara como una olla con sopa de piedras.
—Él no necesita las monedas porque ya tiene un tesoro que proteger. —En la cocina, Zoe agitó las brasas que ardían en el fogón—. Con su sueño, protege su cordura. Protege su amor por ti y el mundo. Porque en lo más recóndito de su corazón sabe que cuando despierte, lo destruirá todo. Y no quiere hacerlo. Esta vez quiere ser mejor.
Sakti iba a preguntarle de qué estaba hablando, pero Zoe la miró con los ojos completamente celestes. La princesa podía mantenerle la mirada a Darius y a los gemelos cuando ponían los ojos así, pero no podía hacerlo con Zoe. Aunque la profetiza no albergaba malas intenciones, Sakti la temía un poco. Porque sabía que Zoe era la única de los profetas que de verdad podía lastimarla si se lo proponía.
Zoe parpadeó y sus ojos volvieron a la normalidad.
—Y tú pareces la bella durmiente de los cuentos de hadas —sonrió la muchacha—. Jillian entró en pánico porque no te despertabas.
—¿Quién?
—El Tercer Dragón. Ese es su nombre ahora.
—Su nombre es Marduk.
Darle otro nombre sería negar lo que hizo antes de nacer. Sería negar los pecados que habían herido a la portadora y al Dragón hasta acercarlas más y más a la fusión. Zoe dejó pasar el comentario de Sakti y puso un cuchillo de cocina y una mochila sobre la mesa.
—Sé lo que vas a elegir. Incluso si no te diera las opciones, tú igual elegirías la misma. Pero quiero asegurarme porque mis visiones no están funcionando bien. A veces no entiendo cómo le hace la gente para vivir sin visiones.
Sakti miró el cuchillo y la mochila. Sin que Zoe se lo dijera supo lo que significaban. Si tomaba el cuchillo y regresaba sobre pasos silenciosos, le cortaría el cuello a Marduk. Si tomaba la mochila, se marcharía para dejarlo vivir.
—No es justo —dijo—. Sabes que no puedo coger el cuchillo con mi brazo así.
«Ya va siendo hora de que sane», pensó. Los aesirianos sanaban rápido y ella ya llevaba dos o tres semanas –dependiendo de cuánto hubiese dormido– con la clavícula rota. Sabía que el hueso no iba a sanar de la noche a la mañana pero ya debería mover los dedos sin que le doliera tanto. Pero no. Todavía dolía.
—Y si pudieras moverlo, ¿cogerías el cuchillo?
Sakti miró la mochila y negó suavemente. Por lo menos ese movimiento ya no la molestaba.
—Sabes por qué, Allena.
Sakti asintió. Qué curioso. Cuando estaba con Darius podía comprender las ansiedades del mestizo sin problemas, como si los viera a través de un cristal. Darius en cambio no podía encontrarles ni pies ni cabeza. Con Zoe era al revés. La profetiza comprendía las ansiedades de Sakti sin esfuerzo, incluso cuando la princesa no sabía que estaba ansiosa por algo.
—Por la canción —concluyó ella—. No puedo matarlo por la canción. Me hace soñar.
Y en sus sueños podía ver a Mark, aunque al final se convertían en pesadillas que se deshacían en su boca como un veneno amargo que le emponzoñara la mente.
—¿Qué es esa canción? —le preguntó a Zoe. La profetiza levantó los hombros.
—Es «El canto del Dragón». Un libro. Una historia. Pero no sé más. La luna carmesí no me deja ver más. Quizá se suponía que nunca nadie lo viera o lo supiera.
Zoe la ayudó a ponerse la mochila y le dio un beso en la mejilla.
—Recuérdale a papá que le dije que no se separara de ti. Necesita alguien que lo cuide y ¿quién mejor para eso que tú?
—Si protegerlo fuera un deporte, yo sería campeona mundial —murmuró Sakti. No sabía cómo o dónde, pero tenía la impresión de haber dicho algo similar antes.
Zoe asintió mientras le abría la puerta de la cocina, para que se marchara por el bosque. Sakti escuchó otra vez los siseos. ¿Todavía soñaba? ¿Caminaba dormida? Ya debería estar completamente espabilada.
—Ya vienen —susurró. Mark se lo había dicho. ¿Pero a quiénes se refería?
—No te preocupes. Yo me haré cargo de eso. Pero tú... por favor... hazte cargo de papá. Y de Connor, Kel y Drake. ¿Sí?
Sakti asintió y se marchó. Antes de entrar al bosque, miró atrás. Cuando Zoe sonrió y le agitó la mano para despedirla, notó que la profetiza llevaba ropas de viaje. Ella tampoco se quedaría en Kehari por mucho tiempo.

****

Cuando la princesa se perdió entre las ramas, Zoe soltó un suspiro. Respiró profundamente y se preparó para lo que venía. En la sala la esperaban su mochila y el arco y carcaj que sus tías le habían enseñado a utilizar. No le dio una última mirada de despedida a la chimenea donde había asado malvaviscos con Connor, o al fregadero donde había peleado (y perdido) una guerra de agua y jabón contra los gemelos.
Si miraba atrás para decir adiós a su hogar, se iría satisfecha. Zoe había descubierto que la insatisfacción era un ánimo poderoso para alcanzar lo que se proponía. Si se marchaba con pendientes, haría todo lo que pudiera por regresar. Haría imposibles.
Entró a la cocina de La Taberna y tomó un par de ollas. Cuando cruzó la puerta de servicio solo encontró a unos cuantos comensales. Gruñó. Ni siquiera era la hora del almuerzo, ¡por supuesto que no habría casi nadie! Pero supuso que unos cuantos era mejor que nadie. Subió al escenario de Kel y golpeó las ollas tan fuerte como pudo. Todos la miraron al instante con una expresión que decía «¿Y ahora qué le pasa?». Zoe sabía que en el pueblo la creían un poco cabeza de chorlito por ser tan distraída y hablar de forma extraña. Pero el pueblo podía creer lo que quisiera. Ella haría su parte y el resto dependía de ellos.
—Viene una invasión aesiriana —les dijo—. Los vanirianos tienen que irse tan rápido y tan lejos como puedan. Aún no es demasiado tarde.
O eso creía. La profetiza dejó caer las ollas con un estruendo y agarró a Frey del codo. Su tía era la única que estaba como camarera.
—Abuelo y los demás esperan en la caballeriza. ¿Por qué tú no me escuchaste? —La sacó por la puerta principal—. ¡Vete!
—Pero...
—¡Vete! —rugió la profetiza—. Matarán a todos los que tengan sangre vaniriana.
Su tía iba a decir algo más, pero Zoe dio media vuelta y echó a correr hacia el hospital de Connor. Kehari tenía campanas en un modesto templo, en una cúpula del cementerio y en el hospital. Cuando entró, la campanilla le avisó a Finn y a Kylma de su llegada. Subió los escalones a trompicones tan fuertes que Kylma salió de una de las habitaciones con cara de pocos amigos.
—¡Es un hospital! —le dijo—. ¡Haz silencio!
—¡Es un hospital! —espetó ella mientras corría hacia lo más alto del edificio—. ¡Así que prepárate para recibir pacientes!
Los ojos de Zoe se alumbraron con el color del cielo. Vio el fuego, los relámpagos, los siseos que salían del bosque, pero nada más. Aunque se esforzó, no pudo asegurarse de que el hospital saldría indemne. Solo le quedaba atenerse a la suerte.
Cuando arreglaron el techado, los gemelos dejaron sin seguro la puertecita que llevaba al pequeño campanario en lo alto del hospital. Zoe solo tuvo que empujar para entrar a una habitación al aire libre. El campanario no tenía barandas, ni ventanas ni nada que la sostuviera si perdía el equilibrio o si el viento la levantaba. Igual no tuvo miedo. Agarró la soga de la campana y jaló una y otra y otra vez. «Tum-tum-tum. Tum-tum-tum», resonó. Desde lo alto, vio que la gente se asomaba por las ventanas rotas de la última gran tormenta. Los que estaban en la calle levantaron la mirada al campanario.
«Tum-tum-tum». La campana le iba a explotar los tímpanos, pero ella no se detuvo. No escuchó a Kylma, que corrió al techo apenas empezó el estruendo. El aprendiz de Connor agarró la cuerda para que Zoe dejara de sonar la campana, pero solo ayudó a que sonara más fuerte y dispar.
—¿Qué haces? —gritó el aprendiz—. ¡Es un hospital! ¡No hagas ruido!
«¿Por qué las mujeres bonitas son las más locas?», pensó él. Zoe apretó los dientes al escuchar ese pensamiento y jaló más fuerte. ¡Le iba a mostrar lo loca que estaba!
—¡La campana solo debe sonar en momentos...!
Kylma se detuvo y miró el bosque. Zoe sonó la campana un rato más hasta que notó lo que el aprendiz había visto: las copas de los árboles alrededor de Kehari se movían como si siete gigantes caminaran por entre ellas hacia el pueblo.
—No. No, no, ¡no! Pensé que aún tenía tiempo.
Sus visiones estaban fallando. Ya no la preveían a tiempo como antes. Como Frey todavía estaba en La Taberna, era posible que Garrow y los demás todavía estuviesen en Kehari.
—¡Suena la campana! —le ordenó a Kylma—. ¡Suénala hasta que se te caigan los brazos!
El aprendiz asintió pálido y subió y bajó la cuerda. «Tumtumtum-tumtumtum». Sonaba como si la campana fuera a caerse sobre el hospital.
Zoe corrió de nuevo, esta vez para regresar a su hogar. Se salía por completo de sus planes, pero tenía que asegurarse de que su familia había escapado antes de que la tropa rodeara el pueblo. Pero apenas salió a la calle, una ola de gente la arrastró. Zoe se confundió entre los gritos, pero no tropezó. La mayoría era humanos y ella era una aesiriana alta y fuerte. Pudo mantenerse firme, girarse y ver al primer gigante que salía del borde este de Kehari.
Era blanco como las nubes, tan fosforescente que quemaba la vista. Su cola ondulaba como las olas del mar. Sus ojos eran dos esferas de fuego fijos en las casas del borde este.
Las casas donde vivía la mayoría de los vanirianos.
Kehari era un pueblo grande pero todos se conocían. Eran buenos vecinos. Pero cuando el Fafnir agarró a un grolien, casi todos miraron pero nadie movió un músculo a no ser que fuera para escapar. Zoe apretó los labios y se abrió camino entre la multitud, de regreso a La Taberna. A su espalda escuchó el alarido de las personas después de que el Fafnir apretara al grolien entre su garra. «Seguro que reventó como una uva», pensó.
Cuando dobló por la calle que la llevaría a La Taberna, otro Fafnir gigante salió del bosque. Los que habían adelantado a Zoe se devolvieron en estampida. La muchacha corrió contra corriente y al fin dobló por un callejón que le daba la vuelta a La Taberna. Escuchó los gritos asustados de sus vecinos y los pasos gigantes de las herramientas. Vio la sombra de un tercer Fafnir, que se dirigía al centro del pueblo, donde había más gente. Bien por ella. Mientras la energía vaniriana se concentrara en un solo lugar, los Fafnir la ignorarían.
Finalmente llegó a un costado de la caballeriza del hostal. Entró por una puerta de servicio que rara vez estaba abierta. Cuando la cerró detrás de sí, se sintió a salvo. «Qué estupidez», pensó mientras tomaba aire. «Aún están ahí afuera. Uno podría caminar sobre el establo y aplastarme justo ahora». Todos sus planes se habían ido por la borda. Había querido evacuar a los vanirianos y a su familia, y luego viajar al Sur, pero ahora ni siquiera sabía dónde estaban los puntos cardinales. Era increíble lo que hacía el miedo.
«Cálmate», se dijo. «Lo primero es asegurarme de que abuelo y los demás se hayan ido. Lo segundo es coger un caballo. Sí. Un caballo. ¿Por qué no se me ocurrió antes?». Quizá sí era tan distraída como sus hermanos decían.
Tomó impulso para cruzar la caballeriza, pero en la primera esquina chocó con una persona. Miriam cayó y se arrastró por el suelo, asustada. Zoe la miró anonadada. Miriam tenía el cabello suelto, la cara aruñada y enlodada y una herida en la espalda. Su tía reaccionó primero. Se levantó de un salto y la agarró del codo, para empezar a correr con ella.
—¡Ya viene! —gritó la peli-verde—. ¡No te quedes allí parada como si---!
La puerta por la que Zoe había entrado se deshizo cuando un Fafnir la embistió. Era una herramienta de tamaño regular, pero ese no fue ningún consuelo. Zoe se petrificó. Había escuchado los siseos en sus visiones. Había visto Fafnir en Masca. Pero eso no la había preparado para ser blanco de una de las criaturas.
Miriam se interpuso antes de que el Fafnir alcanzara a Zoe. Con un zarpazo, la herramienta lanzó a la peli-verde contra un pilar. Miró a la mujer noqueada y luego a Zoe, decidiendo a cuál de las dos atacaría primero. La profetiza era la presa más probable, porque todavía podía moverse. Pero el sistema del Fafnir detectó más energía vaniriana en Miriam y se lanzó a ella. Antes de que la alcanzara, chocó contra un escudo de telequinesia.
Con un resoplido, y toda la fuerza de su brazo y de su mente detrás de un único movimiento, Zoe golpeó con un puño invisible al Fafnir. La herramienta abrió un boquete en la pared de la caballeriza y desapareció entre los escombros. Los caballos relincharon y patearon agitados en sus cubículos, pero Zoe no los escuchó. Se pasó el brazo de Miriam por los hombros, con los pelos de punta y el escudo telequinético levantado.
—Tu padre es un idiota —murmuró Miriam entre dientes.
—Tú también eres un poco idiota, tiíta.
—Lo sé.
Cuando Zoe al fin salió de la caballeriza, las calles ya estaban llenas de Fafnir y soldados. Era peor de lo que había vaticinado. La invasión no solo se adelantó a sus predicciones, sino que además superó por mucho su fuerza de ataque. Aun así, Zoe vio que no había tantos muertos como cabría de esperar. Había sangre y cuerpos deshechos por la saliva de los Fafnir, pero también había grupos vanirianos enteros y rodeados. Los soldados y los Fafnir se iban cerrando en torno a los grupos, pero los vanirianos y los humanos corrían hacia el centro de esos grupos, sin siquiera huir hacia el bosque.
Quizá era una estupidez imitarlos, pero Zoe no podía dejar a Miriam ni escapar con ella, herida como estaba. Así que avanzó. Entre más se acercó, más claras se hacían las caras de sus vecinos. Uno de los comensales las vio y cargó a Miriam hacia el centro del grupo.
—Quédate aquí —le indicó el comensal—. Tenemos que protegerlos.
Zoe notó que la gente alrededor tenía los brazos abiertos en cruz. Todos eran aesirianos. «Están protegiendo a los vanirianos». Un Fafnir saltó hacia uno de los flancos descuidados del grupo, pero se detuvo apenas un aesiriano se interpuso. Los pueblerinos lo habían notado: los Fafnir solo atacaban a los vanirianos. «Y quizá también a los humanos», pensó mientras apartaba la mirada de un cuerpecito abandonado a la entrada del callejón que ella había tomado antes. Si la memoria no le fallaba, era el niño de los Canen. Un travieso de ocho años.
Los ojos le ardieron, pero se aguantó las ganas de llorar. Aunque sus visiones estuviesen fallando, tenía que mantener la cabeza clara para vaticinar esperanza apenas pudiera.
Un grolien atravesó la pared de La Taberna con una embestida. Encima tenía a dos herramientas Fafnir, que tenían las garras enterradas en sus hombros para que el vaniriano no pudiera sacudírselas. A la distancia, Zoe reconoció a su tío Vash. Alguien intentó agarrarla antes de que echara a correr, pero la profetiza fue más rápida. Los Fafnir podían derretir a un hijo de Vanir adulto y Vash era más pequeño que un grolien regular por ser híbrido. Las herramientas lo matarían.
Zoe no supo cómo, pero embistió con todas sus fuerzas a su tío. Vash rodó por el suelo, atontado, pero el golpe fue lo bastante repentino como para que una de las herramientas se soltara. Un puño invisible golpeó a la otra. El cuello del Fafnir giró, pero la herramienta logró mantenerse en pie. Como no estaba viva, un cuello roto solo era un desperfecto de equilibrio y visión. No una condición fatal.
El Fafnir levantó la garra para dejar caer un zarpazo sobre Vash, que no se había levantado, pero Zoe se interpuso. Ella supo que el golpe la partiría por la mitad, pero no le importó. Cuando el Fafnir entró en su rango, la garra empezó a evaporarse con rapidez. Zoe avanzó para acorralar a la herramienta, concentrada, cuidadosa. No podía perder el control o las esencias de la mente destruirían todo. Cuando borró al Fafnir, regresó al lado de Vash para protegerlo de la otra herramienta. Este Fafnir chocó contra un escudo telequinético, porque Zoe no estaba segura de poder borrarlo también. La cabeza le estaba latiendo como un pulgar hinchado por un mazazo.
—No la encuentro —lloriqueó Vash. Para ser tan grandote, siempre fue muy llorón—. Miriam se fue al bosque y no la encuentro. ¿Qué haremos si ella también se nos muere?
—Ella está bien —lo consoló Zoe con voz quebrada.
El Fafnir embistió contra su escudo con la fuerza de un proyectil. No estaba segura de que pudiera aguantar tres de esos golpes. Se le iba a estallar la cabeza. ¿Dónde estaban Garrow y los demás? El Fafnir golpeó con todo lo que tenía. ¿Frey los había encontrado o se había quedado en La Taberna? La herramienta embistió otra vez. Zoe sintió un quiebre en su escudo, como si fuese cristal. No podía dejarlos morir, porque cuando su papá regresara debía encontrar a toda su familia. Aunque todo cambiara, debía asegurarle que siempre los encontraría. El Fafnir levantó la cola y...
—¡Alto! ¡Para, para, para! —gritó un aesiriano.
Aunque la cabeza le martillaba, Zoe reconoció la voz. Dereck Sunkel levantó los brazos en cruz, y se interpuso entre ellos y el Fafnir. La herramienta se detuvo a unos centímetros de golpearlo con su cola de acero. Cuando intentó atacar a Zoe y a Vash por otro ángulo, Dereck se interpuso otra vez.
—¿Qué haces ahora, Dereck? —preguntó una voz de trueno.
Zoe se sintió empequeñecer.
—Es cierto lo que decías sobre sus problemas de disciplina —observó alguien más.
La profetiza levantó la mirada hacia el grupo más grande de soldados. Entre ellos destacaban dos hombres: uno con la armadura dorada como el sol y el otro con la armadura negra como la noche. Un General y un príncipe. Los reconoció a los dos.
La cara adusta y masculina de Sigfrid había cambiado muy poco, pero Zoe lo vio mucho más aterrador que antes. También más delgado y pálido. A él nunca le habían sentado mal las noches en vela pero parecía que estaba a punto de alcanzar su límite. Si colapsaba de repente, Zoe estaría muy feliz. Lástima que cuando estaba más cansado, Sigfrid era más letal.
Al otro príncipe lo reconoció porque era el único rubio que quedaba de entre los Aesir. El príncipe Sin nunca le cayó bien por arrogante, pero al menos había sido guapo. Ahora una cicatriz le caía de un lado del ojo por el lado derecho de la cara, como una lágrima. Seguro era la herida de las garras de una arpía. Con todo, Sin todavía conservaba gran parte de su belleza y en su armadura de combate se miraba regio. Pero también mucho más amargado y desagradable de lo que Zoe recordaba.
Dereck mantuvo los brazos en alto.
—¡Alteza, por favor detenga a los Fafnir! ¡Es la profetiza! ¡Es Zoe!
Sigfrid y Sin clavaron la mirada en ella. Ninguno de los dos sonrió, pero Zoe vio que estaban satisfechos. Fuera lo que fuese que estaban haciendo en Kehari, no habían esperado encontrarla allí. Su aparición era una grata sorpresa.
—Apártate, Dereck —ordenó el príncipe—. La herramienta solo quiere al grolien. A ella no la tocará.
Estaba equivocado, tan equivocado. Zoe sabía muy bien que el Fafnir la partiría por la mitad, pero ella abrazó más fuerte a su tío y Dereck tampoco se apartó. Sin ignoró al soldado, pero a ella la miró con todo el desprecio del mundo.
—Es igualita a su padre. Una bastarda insolente.
Un puño invisible se estrelló contra la bonita nariz del príncipe. Sin cayó de la silla de su corcel de seis patas sin que ningún oficial, ni siquiera Sigfrid, que estaba a su lado, tuviera tiempo de sostenerlo. A pesar de la distancia, los pueblerinos escucharon la fractura. Fue como si una roca se convirtiera en una cáscara de huevo y alguien la pisoteara con todas sus fuerzas. Crack. A Zoe le pareció el sonido más hermoso del mundo.
—¡Sí! —exclamó ella mientras levantaba los puños en victoria. Sus ojos chispeaban del gozo—. ¡Llevo años queriendo hacer eso!
Sin cayó de espaldas pero el golpe no lo noqueó. Se sentó lentamente, con la mano sobre la nariz. La sangre le escurría por la cara, entre los dedos. Sus ojos rojos chispeaban también, aunque de furia. Zoe le sonrió con pedantería hasta que una sombra la cubrió. Cuando levantó la mirada, vio que uno de los Fafnir gigantes se había situado sobre ella. Los otros seis avanzaban desde distintos puntos del pueblo para unírsele.
Dereck agitó los brazos para detener a los Fafnir y al príncipe. Sigfrid estiró una mano hacia Sin mientras le aconsejaba calmarse. Pero nada de eso importó. Zoe vio el desprecio del príncipe en los ojos del Fafnir. «Está conectado con ellos», supo. «Los controla con la sincronización». El Fafnir levantó el puño y lo dejó caer sobre ella.
Zoe se agachó sobre Vash y se preparó para explotar como una uva. El golpe nunca conectó, pero el retumbo de una explosión la hizo saltar por los aires. El aullido del silencio la ensordeció. Se golpeó la cabeza al aterrizar pero se espabiló cuando Vash la levantó. Agitó la cabeza a un lado y otro para ver lo que había sucedido. Los vanirianos y los humanos todavía estaban en el centro de los grupos esparcidos por Kehari. Los pueblerinos aesirianos todavía los rodeaban para protegerlos y los soldados todavía los cercaban. Pero todos ellos también estaban en el suelo, como si una ola los hubiese barrido. Una cortina de polvo los envolvía a todos.
Zoe creyó que el polvo era negro, pero se equivocaba: además del polvazal, otra sombra los cubría. Al mirar al cielo, vio unas alas de noche extendidas sobre Kehari. Del Fafnir que la había atacado solo quedaba un aro de cenizas. El Dragón Negro miró el pueblo con sus ojos grises, que se movían de un lado a otro sin control, sin enfocar nada. Pero cuando seis relámpagos negros brotaron de sus alas, lo único que ardió fueron los seis Fafnir gigantes que quedaban en Kehari. El resto del pueblo quedó intacto.
Un sétimo relámpago cayó a unos pasos de Zoe, Vash y Dereck, pero en el cráter no había cenizas: solo una criatura alada envuelta en escamas de noche. Adad no invocó todos los cambios de reversa. Mantuvo sus alas, sus cuernos, su cola de púas y su coraza, pero su figura era la de un hombre. Su rostro era el del heredero al Reino de las Arenas. Parecía una versión mejorada de las herramientas Fafnir. Era el rey de los dragones.
—¿Qué es esto? —preguntó Adad.
Su voz no transmitía magia como debía hacerlo la de Sakti, pero todos los magos se estremecieron. El aire de Kehari se había llenado de la energía del Segundo Dragón. Los Fafnir regulares se enderezaron y se quedaron quietos. Zoe no supo si estaban esperando órdenes o si habían sufrido un corto circuito por la cantidad de magia en el ambiente.
Sin chupó los dientes.
—¿Esas son tus primeras palabras después de todo este tiempo? —le preguntó—. ¡Traidor! ¡Nos abandonaste para que muriéramos! ¡Y ni siquiera tienes la decencia de saludar!
Adad lo miró fijamente.
—Y tú... ¿quién eres?
Sin casi escupió sangre.
—¡Tú, maldito bastardo traidor! ¡¿Es que ni siquiera reconoces a tu primo?!
Mientras Sin decía groserías, Adad miró a Zoe. Al instante ella supo que no la reconoció. El príncipe miró a uno y otro lado, intentando reconocer lo que lo rodeaba. Los edificios aplastados por los Fafnir gigantes. Los cuerpos reventados o derretidos en la calle. Los humanos, vanirianos y aesirianos esparcidos alrededor, y que lo miraban con espanto. Aunque Adad sonreía, Zoe supo que estaba desesperado. No reconocía absolutamente nada. No recordaba ni siquiera su nombre.
—Tú eres Adad —dijo ella mientras se levantaba y lo tomaba de la mano.
Adad intentó apartarse, pero la calidez de Zoe lo detuvo. Las escamas la cortaron, pero ella no sintió el calor de su sangre. Solo el frío de Adad y su necesidad por una mano como la de ella.
—Te conocí cuando tenía seis años. Jugaste con mis hermanos y conmigo. Nos levantabas en los hombros y nos leías cuentos. Aunque ya tenías una hermana menor, me trataste como si fuera tu hermanita.
Una luz se prendió en los ojos de Adad
—Allena. Allena, ¿dónde está? —El príncipe miró otra vez alrededor y se llevó la otra mano a la cabeza, para sacarse a rascones las ideas confusas—. Ella estaba lastimada. Ella me necesitaba. Ella... yo...
—Adad. —Zoe lo miró a los ojos y extendió un dedo hacia el grupo más grande de soldados—. Él la lastimó. Él fue el que atacó a Allena.
El Dragón siguió la dirección marcada por el dedo de Zoe. El Primer General resplandeció bajo la mirada vengativa de Adad. El rostro del príncipe empezó a deformarse, a temblar con el hocico de un Dragón. Pero antes de que se lanzara a Sigfrid, Zoe le dijo:
—Ataca a los soldados pero no toques a los civiles. A ninguno. Protégenos.
El cuello de Adad se alargó. Sus hombros se ensancharon y sus alas se expandieron más y más. Luego alzó el vuelo.
El grupo de Sigfrid se dispersó cuando el príncipe se lanzó sobre él. Zoe se contentó cuando el Primer General tuvo que lanzarse del caballo para evitar las garras de su ahijado. Después se desentendió de él y ayudó a Vash a levantarse.
Fue un caos. Los grupos de soldados y pueblerinos se disgregaron como hormigas en un hormiguero. Por aquí y por allá las personas corrían sin saber qué hacer. Como los Fafnir se quedaron inmóviles, los soldados veteranos atacaron a los vanirianos. Pero no era fácil fijar un blanco cuando los relámpagos saltaban por todas partes y el suelo vibraba cada vez que Adad se lanzaba sobre su presa. Los adoquines de Kehari saltaron por los aires. Para haber llovido tanto en los últimos días, se levantó una buena cortina de polvo en todo el pueblo.
«Si el Demonio Montag se quedara quieto de una buena vez y por todas, y Adad lo matara, seguro que todo se calmaría un poco», pensó Zoe mientras avanzaba con su tío herido. Pero por los espadazos que escuchaba cada vez que el Dragón lanzaba dentelladas o coletazos, Zoe supo que Sigfrid se estaba defendiendo.
—Espera —Dereck la agarró del hombro y la detuvo—. La princesa quiere que...
—¡La pitonisa! —gritó Sin a unos pasos. Cuando Zoe se volvió, vio que el príncipe se acercaba a ella rodeado de una buena escolta que lo escudaba contra los escombros que saltaban por los aires—. ¡Atrápala!
La mano de Dereck dudó. Antes de que el soldado pudiera acatar la orden o ignorarla, antes de que pudiera decirle lo que tenía que decirle, el puño duro de Vash se cerró sobre su estómago. Dereck se partió por la mitad. Zoe no tuvo ni tiempo de sentir lástima por él, porque su tío se la echó sobre los hombros y empezó a correr.
Zoe no supo a dónde la llevaba, tan herido como estaba, pero vio que el grupo de Sin apretaba la marcha para alcanzarlos. A él se unían otros soldados, que escuchaban sus órdenes por encima del caos.
—¡La pitonisa! ¡Atrapen a esa zorra pitonisa!
Zoe rechinó los dientes y preparó otro puñetazo telequinético para romperle todos los dientes a ese principucho. Para ser primo hermano de Adad y Sakti, era un grandísimo idiota. Antes de que pudiera concentrar su atención, Vash la echó en una carreta. Allí estaban Garrow y Miriam tendidos, él por mayor y ella por herida.
—¡Vamos, vamos! —los urgió Vash.
—¡Debimos irnos cuando Zoe nos avisó! —se lamentó Frey al tiempo que Frigg azotaba los caballos para avanzar.
—¡¿Y entonces por qué se quedaron?! —se exasperó la profetiza. Frey la miró seriamente.
—No podíamos. Miriam se había ido al bosque a buscar a tu padre. Con todo lo que pasó con Darius y...
Zoe no quiso escuchar más. En ese momento no quería enojarse con la tía Miriam por lo que había hecho. En ese momento no quería enojarse con su padre por ser inseguro. En ese momento no quería nada más que asegurarse de que todo saldría bien.
—Todos van a salir de Kehari a como dé lugar. Tienen que sacarle ventaja a la tropa. No sé cuánto tiempo los Fafnir estarán desactivados.
La carreta se movía tan rápido como podía entre la multitud. Todos, humanos, vanirianos y aesirianos, habían echado a correr. Zoe sabía que si los soldados atrapaban a uno, aunque fuera aesiriano, lo castigarían. Cuando los magos se interpusieron a los Fafnir para proteger a los vanirianos, convirtieron a Kehari en un pueblo rebelde. Todos eran traidores del Imperio Aesiriano, y ni un príncipe ni un General dejarían eso pasar.
—No, ¿a dónde vas? —Garrow la agarró de la mano cuando vio que se preparaba para saltar de la carreta.
—Me quieren a mí. Soy un sebo perfecto.
Vio la desesperación en los rostros de Frey y Frigg, pero la comprensión en los ojos de Vash y Garrow. Su abuelo siempre había sido muy listo para entender los sentimientos de otros y Vash había heredado su sensibilidad.
—Te pareces tanto a mi Njord. —Zoe alzó una ceja.
—¿Eso es un cumplido o un regaño?
—Ambos —respondió el anciano. Zoe sonrió.
—Te quiero, abuelo. Los quiero a todos.
A como iba la carreta, seguro se caería si se tiraba por su cuenta. Pero Vash la ayudó a bajar. Corrió junto a la carreta para no perder el equilibrio, hasta doblar en la primera intersección que encontró.
—¡Adad! —gritó con todas sus fuerzas. En ese escándalo nadie la podría entender, pero el Dragón sí. La voz de Zoe era todo lo que Adad podía escuchar en medio de su confusión—. ¡No dejes que alcancen a la gente!
Mientras corría contra corriente, Zoe sintió las alas de Adad pasando sobre su cabeza. Escuchó los gritos cuando el Dragón se detuvo frente a las personas que escapaban. Escuchó el rugido que el Dragón les regaló a los soldados que perseguían a los pueblerinos. Escuchó la confusión de todo el mundo. Seguro que más de uno se quedaría atrás, temerosos de pasar al lado de un Dragón furioso y sin saber que la criatura los estaba escudando. ¿Pero qué otra opción tenía Zoe? Si la invasión no se hubiese adelantado, ella les habría explicado que Adad sería su aliado.
Todo ese maldito día parecía una maratón. Zoe no había hecho otra cosa que correr de un sitio de Kehari a La Taberna una y otra vez. Apretó los dientes al imaginar que tendría que ensillar un caballo cuando regresara a la caballeriza. En serio, ¿por qué no se le había ocurrido antes? Y ahora tendría que hacerlo en una situación tan apremiante. Mientras corría por entre callejones abandonados y calles cada vez más vacías, Zoe armó un plan para alistar un caballo. Si hacía falta, montaría a pelo.
Estuvo a punto de doblar una intersección para toparse de frente con La Taberna cuando una sombra cubierta en oro le bloqueó el camino. Ella apenas tuvo tiempo de detenerse antes de chocar contra Sigfrid. El General tenía la espada desenfundada. La sangre le escurría por la cabeza y por debajo de la armadura, aunque su coraza estaba intacta. Cuando Zoe intentó correr en la dirección contraria, al otro lado de la intersección apareció el príncipe Sin. Detrás de él estaba su escolta.
—Ahora sí, pequeñaja —gruñó el príncipe—. No sé qué vio Kardan en ti, ¡si no eres más que una bribona traidora!
Zoe no supo qué hacer. De verdad, ¿cómo hacía la gente sin visiones? ¿Cómo podían lidiar día a día con la inseguridad, con ese miedo infinito en la boca del estómago?
«Ayuda», quiso gritar pero no pudo. Todos los músculos de su cuerpo estaban petrificados, incluida la garganta. «Alguien, por favor. El que sea». Apretó los ojos, deseó con todas sus fuerzas que un milagro pasara, y al instante un golpe sacudió el suelo. Zoe saltó por los aires otra vez. «¿Fue un relámpago?». A ese ritmo, Adad la freiría por accidente.
Cuando iba de regreso al suelo abrió los ojos. No fue un relámpago. En medio de Sigfrid y Sin, justo donde ella había estado, estaba Jillian. El sepulturero seguro se había lanzado desde los techos que rodeaban el callejón. Debajo de Jillian, justo alrededor de su puño enterrado en el suelo, había un cráter. Los edificios alrededor empezaron a desmoronarse como castillos de cartas. Cuando cayó, Zoe se cubrió la cabeza para protegerse. Jillian la agarró del brazo y la levantó.
El sepulturero corrió hacia Sin. Aprovechó que el príncipe y los soldados habían perdido el equilibrio para pasar entre ellos como una exhalación.
—¡Espera, espera! —gritó Zoe—. ¡Detente!
—¡No hay tiempo que perder! ¡Si nos detenemos---!
¡BAM! Jillian chocó contra el edificio de la calle contraria y Zoe chocó contra él. Los dos cayeron al suelo.
—¡Te dije que te detuvieras! —gritó ella—. ¡Estabas corriendo directo a una pared!
—¡Soy ciego! —le recordó Jillian—. ¡¿Cómo demonios iba a saberlo?!
Los pasos metálicos de Sin y los demás espabilaron a Jillian. Los relinchos de los corceles de guerra alertaron a Zoe. Y le dieron una idea.
—¿Qué pasa? —preguntó el Tercer Dragón—. ¿Qué está sucediendo? ¿Son los vanirianos? ¿Dónde está Allena?
Zoe lo ignoró y se levantó. Se acomodó la mochila, el carcaj y el arco lo mejor que pudo y echó a correr hacia una esquina.
—¡Detenlos por mí!
—¿Qué, qué?
Jillian extendió los brazos para atrapar a Zoe, pero la profetiza ya no estaba con él. No tenía ni idea de a dónde había ido. Pero sí escuchó con claridad los pasos de los soldados y los gritos de Sin. Supo que dos hombres se acercaban a él a toda prisa mientras que los demás avanzaban en estampida hacia la dirección que debió haber tomado Zoe.
Jillian se levantó. Dio un paso, dos, y luego un salto suave. Sus pies acariciaron el suelo. Fue una danza, pero cada uno de sus pasos levantó un bloque de adoquines y tierra delante de los soldados. Todos chocaron contra el repentino obstáculo.
Después de los golpes y las maldiciones adoloridas, escuchó el desenvaine de varias espadas. Jillian supo que lo estaban rodeando. Tomó posición de defensa, pero estaba indefenso sin su bastón.
—¡Solo mátenlo! —ordenó Sin—. ¡La prioridad es la pitonisa!
El corazón de Jillian latió apresurado. No se le daban mal las esencias, pero nunca había enfrentado a tantos adversarios a la vez. En su vida solo había lidiado con ladrones de camino. Aunque había derrotado a algunos, también había perdido contra otros. No era lo que se decía un gran guerrero. Y también era ciego. Aunque se las arreglaba mejor que muchas personas para andar y defenderse, su ceguera era otra gran desventaja contra adversarios que sí tenían experiencia de combate.
Un repentino trote casi lo hace mojar los pantalones. El caballo se dirigía directito hacia él y no tendría tiempo de evadirlo.
—¡Sostente!
Apenas el corcel pasó a su lado, Zoe lo agarró de la camisa y lo aupó detrás de ella. Para ser chica, tenía fuerza. Por instinto Jillian la abrazó por la cintura. Escuchó un par de cascos adicionales. El caballo era tan grande que sus pies ni siquiera llegaban a rozarle la barriga.
—Espera. ¿Esto es un caballo de seis patas?
—Ajá. Sostente bien porque nunca he montado uno de estos.
Jillian palideció.
—¿De dónde sacaste este caballo? —Los corceles de seis patas eran un lujo militar—. ¿Se lo robaste a alguien del ejército?
—Ajá —adivinó una sonrisa en el rostro de Zoe—. A pesar de todo ha sido un día magnífico. Le di un puñetazo a un príncipe y luego le robé su caballo. ¡Ja, ja! Mi papá estaría muy orgulloso de mí.
Jillian quiso tirarse. Había despertado en otro pueblo distinto al pacífico Kehari que había visto en sus sueños. A pesar de los siseos y los gritos alrededor, nadie intentó herirlo. Si se hubiese quedado quedito no se habría metido en problemas. Y ahora montaba un caballo robado mientras un grupo de soldados los seguían también montados. Genial. ¿Por qué había intervenido? ¿Por qué había saltado de un techo para ayudar a una muchacha prácticamente desconocida?
—Porque te necesitaba —le dijo Zoe. Alrededor, las ramas del bosque silbaban—. Viniste porque te llamé. Viniste porque los Dragones siempre vendrán al lado de los profetas.
Mientras escapaban, Zoe comprendió que había descubierto algo importante. El bosque se los tragó a ellos y a sus perseguidores.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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