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Capítulo 10

10
CAMINOS

Esperó en la cima de un risco, detrás de las rocas. En ningún momento tuvo la tonta tentación de asomarse para ver pasar la tropa. Al igual que Jillian, le bastó con sentir la estampida de los caballos y después, cuando ya habían pasado, con escucharlos. No necesitaba ver la cara de Sigfrid Montag para saber que el General iba justo delante de la comitiva, con nada más en la cabeza que la idea de atraparla. Zoe sonrió. Algún día, cuando tuviera nietos, podría contarles la más grandiosa hazaña que solo los príncipes Velmiar, Istar, Adad y Sakti habían logrado antes que ella: burlar al terrible Demonio Montag. La frustración de Sigfrid le daba ánimos para continuar el camino.
—Estás loca.
Jillian estaba acuclillado como ella pero con una mano sobre el suelo. El Tercer Dragón tenía la frente y los labios fruncidos. Sabía que estaba metido en un buen embrollo gracias a Zoe.
—¿Así puedes verlos? —le preguntó la pitonisa. Durante el escape aprendió que Jillian era muy sensible a las vibraciones en el aire y el suelo.
El caballo del príncipe Sin les ayudó a sacarle ventaja a la tropa. También los ayudó que Sigfrid tuviera encima las heridas que primero Sakti y después Adad le hicieron en sus formas de Dragones. Pero como siempre, el General se las arregló para reponerse. Además, el caballo de Sin empezó a encabritarse. Estaba entrenado para recibir órdenes de un solo jinete y derribar a cualquiera que se atreviera a montarlo. De no ser por las esencias de la mente, Zoe no habría podido controlarlo por tanto tiempo.
Al final tuvieron que desmontar en una zona rocosa donde pudieran esconderse mientras la tropa seguía a un caballo manipulado mentalmente. Zoe sabía que se estaban quedando sin tiempo. El corcel se repondría a su embrujo y se detendría. Sigfrid lo alcanzaría y descubriría que su presa se había escapado. El Demonio era rematadamente inteligente y la buscaría justo ahí, en el único sitio donde Zoe se le pudo haber escapado.
—Son más de cien —gruñó Jillian entre dientes—. ¡Cien soldados! ¡Cien! ¿Sabes cuánto es eso?
—Cien —contestó Zoe con un suspiro—. No soy tonta, ¿sabes?
—¡No, no lo sé! —Jillian cerró las manos alrededor de un cuello invisible—. ¡No me explico cómo una persona con cerebro le roba a un príncipe!
—No solo le robé. También le di un puñetazo. ¡Le rompí la nariz!
Jillian se cubrió la cara con las manos y enterró la cabeza entre los hombros. Era la imagen misma de la desesperación.
—No te preocupes. —Zoe se acuclilló junto a Jillian y le palmeó la cabeza—. Aunque te atraparan no te pondrían un dedo encima. Con que les enseñes las marcas de la Profecía estarás a salvo.
—¿De verdad lo crees? —Por la manera en que se masajeaba la frente debía de tener una jaqueca.
—Ajá. Nada ganan con lastimar al Tercer Dragón. Lo necesitan vivo para la Profecía. Entonces es cuando lo sacrifican.
Jillian levantó la cabeza. Sus ojos sin luz no podían transmitir ninguna sensación, pero Zoe percibió su resolución.
—Si atrapan a Allena, ¿a ella también la matarán?
—Comienzas a entenderlo. Tú tampoco eres tonto.
Jillian se levantó de un salto y empezó a descender el risco donde se habían escondido.
—Ella está en Kehari, ¡con todos los demás!
—La despedí antes de que la tropa llegara. —Zoe también se levantó. La tropa de Sigfrid estaba muy lejos, pero desde lo alto podía ver la nube de polvo que levantaba a su paso—. Es una mujer inteligente. Sabrá mantenerse a salvo.
Jillian se detuvo. El risco era muy inclinado y necesitaba apoyarse a las rocas con manos y pies. Aunque era hábil para moverse, escalar ese risco le habría tomado un día entero. Aun así lo logró en pocos minutos porque el miedo de que lo atraparan lo había superado. El miedo de que lastimaran a la mujer con la que había soñado era aún más intenso que la ansiedad de la persecución. ¿Qué estaba mal con él? ¿Por qué estaba tan obsesionado con Sakti, si de ella no había recibido más que maltratos? Ni siquiera se había despedido de él aunque la cuidó cuando estaba enferma.
Lo mejor era cortar por lo sano. Dejar atrás a Zoe y tomar la dirección contraria a Kehari. Alejarse tanto como pudiera de Sakti. Pero sabía que sería imposible. Cada fibra de su ser anhelaba estar con ella. Cada uno de sus sueños lo había guiado hasta ella. La había amado tanto antes de nacer que había burlado su propia ceguera para verla.
—Tú sabías que Kehari sería invadido, ¿verdad?
—Soy una profetiza. De vez en cuando sé cosas por adelantado.
Zoe no había descendido con él. Lo esperaba unas rocas más arriba para iniciar un camino que él no estaba seguro que debía tomar.
—¿Por qué no escapaste con ella? ¿Por qué no me despertaste para que la acompañara?
—Yo tenía que seguir un camino distinto al suyo. Y tú... bueno, tú nunca entraste en mis planes. Pero me alegro de que vinieras. Me serás útil.
Jillian apretó los dientes. Podía terminar de descender o seguir a medio camino, listo para que la tropa lo divisara apenas se regresara. O podía escuchar a Zoe.
—Tú eres una profetiza. ¿Sabes si...? ¿Sabes si ella algún día me corresponderá?
Zoe guardó silencio. Fue por tanto tiempo que Jillian sospechó que la muchacha se había marchado sin decirle nada. Al final la pitonisa soltó un suspiro que desmoronó todas las esperanzas del Tercer Dragón, como si su aliento fuera un huracán y los sueños de Jillian una torre de cartas.
—No. Ese fue el precio que aceptaste pagar.
—¿Qué precio?
—No tengo idea. A veces solo sé cosas porque sí, pero no las entiendo. Es como si... como si tuviera que recordarlas pero no puedo hacerlo. No puedo explicarlo. Pero tampoco debo hacerlo, ¿verdad? Tú entiendes de lo que hablo.
Jillian asintió. Él no era profeta. No podía ver en el futuro. Pero a veces creía que sus sueños eran miradas a un mundo que nunca fue, a una historia que nunca se escribió. A un recuerdo que él debía atesorar pero que se había destrozado antes de que pudiera tan siquiera vivirlo.
Quería soltarse de la roca donde se había asido. Quería dejarse caer por la pendiente y destrozarse todos los huesos del cuerpo. Si había algo más profundo que la desesperación, algo más oscuro que la desilusión, él lo estaba viviendo.
Sakti jamás lo amaría. Su sueño nunca se haría realidad.
—¿Por qué la amo tanto? —preguntó con un susurro—. La gente solo existe después de nacer, pero yo ya estaba aquí antes de venir al mundo. Yo ya la amaba. Por ella fui un monstruo y por ella veo aunque soy ciego. Esto debería tener explicación, ¿verdad? Debería tener un motivo. ¿Cuál es?
—El que sea profetiza no significa que tenga todas las respuestas. Y aunque las tuviera, ¿no crees que es mejor salir a buscarlas tú mismo?
¿Pero dónde podía encontrarlas? Aunque había hallado a Sakti en realidad no la encontró. Podía tenerla justo al frente que igual estaría ausente. Aunque había hablado con Darius y con Zoe, los profetas solo lo dejaron con más interrogantes para el futuro. Entonces, ¿qué le quedaba?
—No sé qué voy a hacer.
—Entonces piensa primero en qué es lo que quieres hacer.
Lo que quería, lo que anhelaba a pesar de tantos peros y obstáculos, era estar con Sakti de la manera en que ella se lo permitiera. De cualquier manera. En realidad no importaba. Pero si la princesa lo odiaría por siempre no le quedaba nada más que... apoyarla. Había cometido muchas barbaridades antes de nacer porque la amaba. Ahora que era otra persona podía ver que su amor no fue el mejor, pues le hizo daño al objeto de su devoción. Ahora que era carne y hueso, ahora que caminaba en el mismo mundo que ella, podía amarla mejor.
Aunque ella no lo correspondiera.
—Tú quieres salvarla, ¿verdad? —le dijo a la pitonisa—. Déjame ayudarte. Déjame evitar que la Profecía la consuma.
Zoe guardó silencio de nuevo por un buen tiempo. Esta vez, cuando habló, su mano acarició la de Jillian. Zoe se había estirado para alcanzarlo.
—La Profecía es inevitable. Ustedes tres van a caminar hacia ella. Lo han hecho desde que nacieron. Sin importar cuánto alarguen el camino, sin importar cuántas rutas o recovecos tomen, la meta siempre será la misma.
Esa noticia no lo animó a lanzarse del risco. Al contrario, le dio una luz. Podía morir junto a ella. Si esa era la única forma de estar a su lado, que así fuera.
—Pero quiero que cuando ustedes mueran no sea porque los enviaron a sacrificarse —continuó Zoe—. Si la muerte de Allena y Adad es inevitable, quiero que al menos sea su decisión. Que se marchen sin ningún arrepentimiento.
Jillian asió la mano de Zoe y subió de nuevo a la roca.
—Suena a un plan. ¿Qué tienes en mente?
—Vamos al Pantano.
Jillian adivinó una sonrisa en los labios de Zoe. De todo lo que pudo haber esperado que dijera ella, no se esperó sus siguientes palabras:
—Cazaremos un demonio.

****

A Kel se le pegaron los piojos. Connor conocía muchos remedios caseros para matarlos porque en Kehari atendía casos similares. Los groliens eran muy propensos a piojos, pulgas y garrapatas, por lo que eran extremadamente cuidadosos con sus pelajes. Pero sus cuidados no siempre eran efectivos y necesitaban venenos que no les irritaran la piel. Era eso o raparse.
Los groliens no se rapaban. Nunca.
Por desgracia, Connor no llevaba ningún ingrediente para matar los piojos, salvo el vinagre para la comida. Y no había suficiente para cubrir a Kel.
—Vamos, quédate quieto —sonrió Drake con malicia mientras afilaba una larga cuchilla—. Te prometo que terminaré rápido.
—¡No! Si lo vas a hacer ¡hazlo bien! ¡Tómate tu tiempo!
Kel estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el suelo. Drake estaba subido a una roca para alcanzar la cabeza de su hermano. El sicario estiró muy lentamente el brazo, disfrutando de lo lindo la ansiedad de Kel mientras esperaba la primera rapada. Cuando al fin la navaja tocó el pelaje, Kel se levantó de un salto y echó a correr a la orilla del río.
Mientras el sicario se destornillaba de risa, Kel se refugió al lado de Connor. El doctor tenía las mangas recogidas hasta los codos y las manos llenas de espuma. Ceniza estaba delante de él, sumergido hasta el pecho en una poza. El agua estaba friísima, pero el krebin no se quejó mientras Connor lo bañaba de pies a cabeza.
—Para ser tan grandote eres muy llorón —comentó Connor—. Entre más lo pospongas más difícil será.
—¡No es justo! Yo soy el único que se va a rapar. ¡Ustedes van a usar el vinagre! —Kel hizo un puchero—. Hace rato debimos bañar en agua hirviente a este chico. ¡Así no nos habría pegado los piojos!
Antes de que Ceniza pudiera murmurar una disculpa, Connor salpicó a Kel con un tazón de agua enjabonada. El grolien aulló cuando el agua le entró en los ojos.
—No hagas esos comentarios —lo regañó Connor—. Ceniza tiene problemas de autoestima, así que no lo molestes.
—¡Perdón! —se disculpó Kel mientras se restregaba los ojos—. Si quieres subirle la autoestima ¿por qué no le cambias el nombre? —Connor frunció la frente.
—¿Qué está mal con «Ceniza»?
—Ese nombre es un insulto de los krebins —explicó Drake. El sicario agitó la navaja en el aire para molestar a Kel. Cuando Connor le lanzó agua enjabonada como regaño, el sicario se apartó con un paso ágil y una sonrisa malosa—. Para ellos la ceniza es un castigo. Cuando el fuego lo consume todo solo deja cenizas. Un suelo ceniciento es infértil. Y un suelo infértil es una hambruna.
Connor frunció la frente mientras enjabonaba la cabeza de su nuevo amigo. A él le parecía que tenía un nombre más que apropiado. El krebin era del mismo tono grisáceo de las viejas cenizas en la chimenea de la casa, en donde cada noche ardía un fuego cálido que arrullaba a su familia. Para Connor la ceniza no era un residuo estéril sino la prueba de que algo bueno había ardido para calentar un hogar.
Pero esa era solo su opinión y la que de verdad importaba era la de Ceniza. Ya no era un despojo en una villa arisca, sino un miembro en la partida de aventura de Connor. Ahora podía ser quien quisiera ser.
—¿Qué dices? ¿Te cambias el nombre? ¿Cuál te gustaría?
Ceniza levantó la mirada. Tenía los labios azules y el rostro pálido por el frío, que acentuaban su expresión tímida y asustada.
—Ce-ceni-ni-za es Ce-ce-nini-za —tartamudeó por el frío.
Connor sonrió. No sabía si el híbrido era inteligente o algo lento, si sabía más de unas cuantas palabras o si era callado, si era ingenuo o desconfiado. Incluso cuando lo metió a la poza la expresión del híbrido fue de confusa resignación, como si esperara tanto un masaje espumoso como ser ahogado.
—Todavía tenemos rato para decidir si te quedas como Ceniza o te cambias el nombre. Puedes decidirlo cuando quieras.
Ceniza dejó que Connor le arrancara las capas de tierra que tenía pegadas a las plantas de los pies. Con ayuda de Kel le frotó la espalda hasta dejársela rosada y suave. Le quitó la suciedad de las uñas con el filo de una navaja. Y cuando terminó de secarlo le cortó el pelo para que no se le metiera en los ojos. Luego le extendió calzoncillos, una camisa blanca, un pantalón y un chaleco de punto espiga, calcetines y botas. Ceniza se quedó perplejo. Miró de Connor a la ropa una y otra vez, sin entender qué quería que hiciera.
—No te preocupes —dijo el doctor mientras ponía las manos sobre la cadera—. Si no te gusta buscaremos ropa nueva apenas lleguemos a un pueblo. Pero por el momento compartiremos guardarropa.
También tuvo que vestirlo. Hasta ese momento lo único que Ceniza había vestido era una sábana vieja y raída sujeta por una liana. No tenía ni idea de qué era la ropa interior, cómo se abrochaba una camisa o cómo funcionaba una cremallera. Cuando estuvo listo los tres hermanos pensaron que Ceniza se veía igual que un perro, un gato o un canario con ropa. Incómodo. Confundido. Fuera de lugar. Parecía que eran la camisa y el pantalón los que vestían al pobre Ceniza. El chico miró a Connor con esos ojos maravillados y agradecidos, y sonrió.
—¡Está calentito!
—Ah, ¿en serio?
Ceniza asintió feliz, aunque al instante alzó una ceja tímida.
—¿E-está bien que use esto?
—Si Connor te lo dio es por algo —lo tranquilizó Drake. El sicario estiró las mejillas del doctor—. Mi hermanito es la lindurita más tierna y bondadosa del mundo.
—¡Ay! —se quejó Connor. Cuando logró apartarse del sicario, Kel lo agarró de las axilas y lo aventó en el aire como un muñeco—. ¡Baaaastaaaa! —suplicó.
Drake y Kel se carcajearon pero Connor lo aguantó con dignidad. Por ser el menor de la familia de vez en cuando sus hermanos lo trataban como a un bebé. Aunque Kel era menor que él, el grolien era el más alto y fuerte de la casa. Así que también se tomaba la libertad de apachurrar al doctor en momentos como ese.
—Me voy a vengar de ustedes la próxima vez que me necesiten —dijo con un mohín—. ¡Los inyectaré con la aguja más grande que tengo!
Kel era un cobarde para las inyecciones y declaró la paz. Drake despreció la amenaza con un levantamiento de hombros, pero aceptó la tregua porque caía la noche.
—¿No lo vas a rociar con vinagre? —preguntó Kel mientras señalaba a Ceniza, picado. Todavía guardaba la esperanza de usar el vinagre y salvarse de una rapada.
—Ceniza está limpio. Ni siquiera tiene liendres. Esa es la única ventaja de que los demás lo hubiesen rechazado.
Connor sí le encontró tres garrapatas y mordidas de mosquitos. Y además tenía el estómago inflamado por los parásitos. Le habría gustado seguir viajando hasta encontrar un pueblo, pero no era lo mejor para Ceniza. Los próximos días serían difíciles para el krebin y necesitaría todo el reposo y agua limpia posible para hidratarse.
Cuando el doctor echó hierbas a cocer en una olla aparte de la cena, Ceniza arrugó la cara por primera vez. El híbrido se llevó la mano al estómago y vio la infusión con tristeza.
—¿Sabes para qué es? —le preguntó Connor. Ceniza asintió.
—Papá me le da de comer a veces. Hace que me duela la barriga.
—¿Tu papá se quedó en la villa? ¡¿Tu mamá también?!
Connor jadeó. Creyó que Ceniza era el único marginado entre los krebins. No imaginó que el chico gris tuviera padres que se preocuparan por él. Si se lo llevó así nomás, ¿significaba que los padres se habían quedado solos, sin la compañía de su cachorro? Antes de que empezara a alistar el equipaje para regresar a la villa, Ceniza dijo:
—Mamá duerme en los árboles. Le hice un capullo cuando los demás le envolvieron el cuello con las lianas y la lanzaron. Papá me cuida desde entonces. En los árboles. En los setos. En todas partes. Como mamá dijo que haría.
Por un momento los tres hermanos no supieron cómo reaccionar. Drake fue el primero en entender que los krebins ahorcaron a la madre de Ceniza, pero Kel y Connor también eran listos. Ellos también lo pillaron. «¿Y su padre? ¿A él también lo ahorcaron o...?». Esa parte no la entendieron, aunque Connor imaginó que era una alucinación. Algo que Ceniza se decía para soportar la soledad. Se había hecho un padre imaginario para acompañarse en un mundo que lo había rechazado.
—El té que te voy a dar va a hacer que te duela el estómago. Pero en unos cuantos días te vas a sentir mucho mejor. Entonces podrás comer muchos platillos ricos y hablarnos de tu mamá si quieres.
Ceniza asintió y se tomó muy obediente la infusión de berberina, genciana y romero. El estofado de esa noche fue mucho más sencillo que el que tuvieron en la villa krebin, sin carne y apenas con unas cuantas verduras. Ni Kel ni Drake se quejaron, porque habría sido cruel comer algo más pesado y delicioso cuando Ceniza iba a sufrir una fuerte desparasitación.
Kel se rascó durante toda la cena, tan fuerte que se aruñó la piel y se sacó la sangre.
—No te hagas el menso —sonrió Drake con malicia—. Aún tengo que raparte.
—Ya sé. —El grolien soltó un triste suspiro—. Pero hazlo mañana, cuando haya luz. Con solo la fogata me dejarás horrible.
—Kel —Drake lo miró muy seriamente—. Sea como sea, te verás fatal.
Si hubiese tenido agua enjabonada a mano, Connor se la habría lanzado para regañarlo por ese comentario.


La mañana siguiente fue fría pero más seca que las anteriores. Habían hecho una sola gran tienda para cubrirse con dos lonas en caso de que lloviera. El campamento estaba a una distancia prudente de la orilla, por si acaso se desataba una tormenta y bajaba una cabeza de agua por el río.
Lo despertó el murmullo de las hojas y el olor vivo y penetrante del bosque. La tienda estaba a oscuras, pero Connor reconoció el pecho y los hombros de Kel, que subían y bajaban al ritmo de sus ronquidos. Drake era tan sigiloso dormido como despierto. Nada delataba su respiración. Sus párpados no temblaban ante sus sueños. Si Connor no lo conociera tan bien habría creído que estaba muerto.
Al único que no vio fue a Ceniza. Cuando abrió la cortina para ir a buscarlo, vio que Drake y Kel estaban cubiertos por una sábana de hojas. La de Kel, en especial, era muy gruesa.
Ceniza estaba recostado a la piedra donde Drake se había subido para rapar a Kel. Estaba de frente al río, con la vista fija en las manos. Alrededor de él había ramas y hojas de todos los tamaños y colores, esparcidas por el suelo. Algunas ramas eran duras como rocas. Otras eran suaves y largas como hilos. Había hojas del tamaño de un parasol, otras pequeñas como para vestir a un hada. Las había rojas, amarillas, blancas, verdes limón, verdes musgo y verdes oscuro. Ceniza armaba con ellas otra sábana, tan concentrado en la labor que ni se enteró de cuando Connor llegó al lado. El doctor lo vio más pálido que el día anterior, sudoroso a pesar del frío. El té ya hacía efecto.
—¿Te despertó el dolor? —preguntó al tiempo que se sentaba junto a él.
Ceniza se tensó por la sorpresa, pero se relajó cuando vio que era Connor. Para ser tan tímido se acostumbraba muy bien a sus nuevos compañeros. Con los labios apretados, el híbrido asintió. Sus dedos siguieron trenzando las ramas flexibles, en donde ya estaban atravesadas algunas de las hojas. A pesar de su sencillez, la sábana de bosque tenía un patrón muy bonito. Connor estaba seguro de que si se cubría con ella y se subía a un árbol, los pájaros se le subirían encima confiados de que era uno con el bosque.
Iba a preguntarle a Ceniza por qué hacía las sábanas, cuando reconoció hojas de eucalipto y flores de lavanda. Agarró las hojas, estupefacto. Las había buscado de camino al río para destilar aceite y hervirlas. Así habría hecho un veneno para los piojos de Kel. Pero no encontró ninguna de las dos ni otras hierbas con el mismo efecto. ¿De dónde habían salido esas? Al revisar las otras hojas encontró también citronela y corteza de árbol de té.
—¿Dónde encontraste esto?
Estaba maravillado. Sabía que había plantaciones de eucalipto dispersas en lo más profundo de los bosques, y en alguno que otro invernadero privado. ¿Pero árbol de té? Ese crecía a los bordes del Pantano y era muy caro. Pocos comerciantes se animaban a buscarlo por temor a encontrarse con demonios.
—Papá me las dio —contestó Ceniza. Sus ojos aún estaban fijos en el tejido de hojas.
—¿Sabes dónde hay más? Ceniza, ¡con esto podría hacer medicina!
En el suelo también había equinácea, romero, hierbabuena, aliso rojo y otro montón de plantas que Connor nunca había visto pero que le despertaron la curiosidad. Seguro que si las estudiaba les encontraría muchos usos medicinales.
—Papá me las dio —repitió el krebin—. Nadie tendrá que raparse.
Ceniza dio el último ajuste a la sábana y cubrió con ella a Connor. Las hojas estaban frías y húmedas, pero el doctor sintió la calidez y la buena voluntad del krebin. Había tejido esas sábanas para matar los piojos de Kel y proteger a Drake y Connor de una peste.
—Tú trenzabas las ramas de los árboles que estaban sobre la villa, ¿verdad? —Ceniza asintió.
—A papá le gustaba. Decía que así me mantendría a salvo.
Cada vez más, Connor estaba seguro de que hizo lo correcto al sacar a Ceniza de ese horrible lugar. Era un buen chico que solo quería compañía y que reaccionaba a los buenos tratos con buenas acciones. Era ya algo mayor pero tenía el razonamiento y la inocencia de un niño. A Connor le agradaba esa cualidad, pero lo mejor para Ceniza era que se adaptara a la edad que tenía y que dejara ir poco a poco sus imaginaciones. Incluido su «papá». «En todo caso», concluyó el doctor, «pronto no lo necesitará. Con nosotros ya no tiene que inventarse a nadie para estar acompañado».
—¿Crees que puedas llevarme a donde encontraste estas plantas? —Connor señaló la lavanda, el eucalipto y el árbol de té—. Si supieras dónde hay verbena, hinojo y diente de león sería genial. —Ceniza ladeó la cabeza.
—¿Qué es eso?
Connor le describió las plantas. El krebin agarró una de las ramas sin usar y esbozó en el suelo cada una de las hojas y flores. Connor quedó anonadado. Con ayuda de sus palabras, Ceniza dibujó manzanillas, hierbabuenas y ajenjo. Capulín, enebro y rúcula. Verbena, bardana y nogal. Cuando Connor le preguntó si sabía para qué se usaba cada una de las plantas, Ceniza acertó.
—Da dolor de barriga. Esta da picazón. Esta otra la alivia. Esta seca los granos de picaduras. Y esta hace que me sienta mejor cuando tengo escalofríos.
También le dijo otros usos que Connor desconocía.
—Si me como la raíz de esta, me da sueño. Si masco estas hojas y me las pongo encima, se me curan los moretones. Y las semillas de esta llenan el estómago.
Connor estaba feliz, fascinado. Todavía no sabía si Ceniza sería un buen ayudante de curandero, pero sí estaba seguro de que sería un gran herborista.
—¡Excelente! ¡Ahora llévame a estas plantas!
Se adentraron al bosque. Ceniza levantó las piedras y los arbustos ordinarios que Connor ignoró en los días previos. Allí encontró musgos y hongos comestibles. Más adentro encontraron bayas, belladona y citronela. Aún más adentro encontraron champiñones, hojas de ortiga e hinojo. Connor estaba más que contento. Seguro que si se adentraban aún más encontrarían plantaciones naturales de tubérculos y otro sinfín de plantas medicinales. Kel tuvo razón: el bosque era un jardín gigantesco donde sobraban las hierbas. Allí siempre tendrían de qué abastecerse.
—¿Y el árbol de té? ¿Y el eucalipto? —preguntó ilusionado. Ya todos sus bolsillos y saquitos estaban llenos, pero no quería desperdiciar la oportunidad de hacerse de hierbas raras.
—Por aquí.
Ceniza lo guio más adentro. Los arbustos crecían altos y espesos. Las ramas se entrecruzaban como dedos de amantes flacos, y los troncos se engrosaban juntos como comensales glotones. Connor tuvo la sensación de que regresaba a la villa krebin, donde el follaje era tan denso que casi era como atravesar de una dimensión a otra. Tuvo que bajar la marcha para atravesar los arbustos pero Ceniza siguió al mismo ritmo. El híbrido se subió a un árbol y saltó las ramas de una en una. No. Más que saltar caminaba sobre las copas. A Connor le dio la impresión de que no eran los pies de Ceniza los que buscaban dónde apoyarse, sino que eran las ramas las que buscaban sostenerlo. Después de unos minutos, lo perdió de vista.
Connor siguió avanzando en línea recta, seguro de que todavía podía escuchar las pisadas de Ceniza más adelante. Hasta que esos sonidos se mezclaron con los demás. La brisa entre las ramas y hojas. El trino de los pájaros. El croar lejano de las ranas. Las últimas canciones de los grillos en la madrugada. En medio del bosque, Connor soltó un suspiro de resignación. Estaba perdido. Por supuesto.
No supo si debía quedarse en ese sitio, a la espera de que Ceniza se regresara a buscarlo. O si debía dar media vuelta y desandar el camino. Cualquiera de las dos opciones era peligrosa, porque quizá Ceniza nunca lo encontraría o él se perdería aún más.
—¡CENIZA! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡CENIIIIIIIIZAAAAAAA!
Nada, salvo más brisa y más hojas. Se preparó para gritar otra vez, pero algo le cayó sobre la espalda desde los árboles. Connor se torció de dolor, sin aire. ¿Acaso una fruta se había soltado justo por encima de él? ¡Qué mala suerte! Antes de que pudiera recuperarse, otros tres golpes cayeron sobre sus piernas y brazo derecho. No eran frutos. Eran personas.
Dos hombres habían caído sobre él. Uno logró apresarlo por completo, pero el segundo falló en agarrarlo del brazo izquierdo. Connor no pudo verlos con la cara contra el suelo pero no importó. Movió el brazo libre como si fuera una cuchilla. La telequinesia apartó primero al ladrón más débil y lanzó al más fuerte contra el tronco grueso de un roble.
Connor echó a correr. Tenía que regresar al campamento a como diera lugar. Él solo no podría enfrentar a los ladrones de camino. Entonces recordó que Ceniza se había quedado atrás. ¡No podía abandonarlo!
—¡CENIIIIIZAAAA! —llamó.
—¡Ahí está! —gritó una voz gruesa que en nada se parecía al tono tímido del krebin.
Connor vio sombras entre los árboles. Escuchó movimiento detrás de él, desde la derecha. Se corrió justo a tiempo con un paso y esquivó la hoja delgada de una espada. El ladrón tropezó cuando falló en alcanzar el cuerpo de Connor. Se levantó tan rápido como pudo y blandió la espada otra vez hacia el doctor, pero a Connor le bastó con un paso hacia atrás para evadir el ataque. El ladrón otra vez intentó golpearlo, pero Connor esquivó una, dos, tres, cuatro veces más.
—Ag, qué lento —se quejó el doctor. No podía creer que escapara de gente tan mala para pelear.
Por el rabillo del ojo, Connor vio que los otros ladrones lo habían rodeado. Eran siete, más el de la espada lenta. Este ladrón se detuvo en seco cuando los dos se miraron a los ojos. Era un humano moreno, con ojos café oscuro y pelo corto. Aunque era de estatura normal, Connor le sacaba dos cabezas de ventaja. El ladrón se quedó plantado en su sitio, con la espada bien sujeta, pero todo en su expresión delataba horror.
—Eh, ¿es un aesiriano? —susurró uno de los ladrones alrededor.
Todos tenían expresión de arrepentimiento salvo el más musculoso de ellos. Este pegó un grito y se lanzó hacia Connor con un hacha vaniriana. Tan leeeeento. Connor lo burló con un paso y estiró una pierna para hacerle una zancadilla. El hacha cayó enterrada primero. El hombre musculoso cayó al suelo con un estruendo y chocó la cara contra el mango del hacha. Connor escuchó que se le rompía la nariz.
El humano de la espada se le lanzó otra vez, pero solo con los puños. Era aún más lento así. Connor sintió lástima por él y decidió dejarse golpear para subirle la autoestima. No quería avergonzarlo delante de sus amigos. Pero cuando le atajó un puño con la mano ni siquiera pudo fingir que le dolió. Vamos, ¡que hasta los golpes de la tía Frey dolían más que eso! Y ella era la debilucha de la casa.
—Um... si quieres puedes coger la espada —le susurró. El ladrón se sonrojó como una manzana. Las orejas de Connor también ardieron porque esa situación era ridícula.
—¡Dijiste que era un krebin! —se quejó otro de los asaltantes—. ¡No un aesiriano!
Eso alertó a Connor. El doctor apretó el puño que había agarrado y torció el brazo del atacante hasta colocarlo de rodillas en el suelo. Miró fijamente a los otros ladrones.
—¿Le hicieron daño a Ceniza? Más vale que no hayan atacado a mi amigo.
Ese grupo era patético, pero estaba armado y el krebin era asustadizo. Connor lo había sacado de la villa para mostrarle un mundo mejor. ¡No a unos ladrones brutos y violentos! Antes de que alguno pudiera contestarle, el humano arrodillado agarró la espada que había dejado tirada en el suelo. Estiró el brazo hacia atrás para golpear a Connor. Una vez más, el aesiriano solo tuvo que correrse con un paso para evitar el peligro.
Lástima que el hombre musculoso del hacha había atacado al mismo tiempo. Connor no lo había escuchado, pero con el paso que dio para evitar la espada evitó también el hacha que iba a su espalda. Quizá el sable no le habría hecho la gran cosa, porque su trayectoria era imprecisa e iba sin fuerza. Pero el hachazo era más certero y tenía el ángulo perfecto para decapitar a Connor. Cuando el doctor se quitó el arma cortó algo más: el brazo del ladrón con la espada.
El bosque se inundó con un grito agudo. El hombre musculoso retrocedió un paso, anonadado, pero al siguiente se recuperó y reinició el ataque contra Connor. Esta vez el doctor no se quitó. Esperó el golpe de frente, pero el hacha se detuvo a unos centímetros de su cara. Connor miró al hombre musculoso fijamente, mientras lo levantaba en el aire con la mente.
—¿Es en serio? —le preguntó enojado—. Acabas de cortarle un brazo a tu compañero, ¿y lo primero que haces es atacarme? ¡Deberías ayudarlo!
Lo lanzó contra un tronco y después lo azotó en el suelo dos veces más hasta noquearlo. Le habría encantado darle una tunda más fuerte con la telequinesia, pero él no era tan idiota y desconsiderado. Corrió hacia el ladrón y le levantó la extremidad herida. El hacha le había cortado por debajo del codo. La herida era irregular y estaba sucia con tierra y herrumbre. Genial. Si no se moría desangrado el filo sucio del arma le provocaría gangrena.
—¡Sostén el brazo por encima de la cabeza! —gritó a su nuevo paciente para espabilarlo. Por el rabillo del ojo vio que casi todos los asaltantes echaron a correr, pero dos se habían quedado atrás—. ¡USTEDES SE QUEDAN! —les gritó—. ¡Me van a ayudar a llevarlo a mi campamento!
Los ladrones pronto aprenderían que no podían ir en contra de las órdenes de Connor.
Nadie podía.


Ceniza regresó unos minutos después. Se percató tarde de que había perdido a Connor. Y cuando escuchó el llamado del doctor no pudo regresar porque recibió otra llamada de la naturaleza. El té de la noche anterior le estaba sacando sin piedad todas las lombrices de los intestinos.
Para cuando el doctor, el híbrido y los tres ladrones llegaron al campamento, Kel ya había cocinado el desayuno y Drake había recogido la tienda. El sicario y el grolien miraron fijamente al grupo por un par de segundos.
—Te lo dije. Paga —murmuró Kel. Drake soltó un suspiro y le entregó una moneda de cobre.
—¡Intentaron asaltarme y...! —empezó a explicar Connor mientras arrastraban a un ladrón casi muerto. Kel y Drake lo detuvieron con un gesto de la mano.
—Tranquilo. Nos imaginamos muy bien lo que pasó.
Resultó que se lo imaginaron exactamente tal como ocurrió. Connor no tuvo tiempo de sorprenderse por la capacidad de comprensión de sus hermanos, o de ofenderse por ser tan predecible para ellos. Entre la herida del ladrón y el dolor de estómago de Ceniza no tuvo tiempo de nada. Para cuando acabó de atender la herida ya Kel había hecho el almuerzo.
Los dos ladrones esperaban sentados delante del fuego donde hervía la crema de champiñones recogidos por Connor y Ceniza. Tenían los ojos amoratados y las manos atadas. Cuando intentaron escapar Drake les pidió que se quedaran a almorzar, aunque no fue por las buenas. Connor agarró la cuchilla del sicario y cortó las cuerdas.
—Si quieren pueden irse —les dijo—. Ojalá después del almuerzo, para que se vayan con el estómago lleno.
Los ladrones se quedaron a almorzar, más intimidados por Drake que motivados por la sonrisa de Connor.
El doctor hizo una nueva infusión para Ceniza. Hirvió las hierbas que había recogido con el krebin. Preparó ungüento para el ladrón herido. Secó a la hoguera la corteza de árbol de té que Ceniza le había conseguido para molerla después como ingrediente para sus medicinas. Esta vez Kel y Drake no le refunfuñaron por atender unos moretes y cortadas viejas de los ladrones. Solo intercambiaron monedas de cobre entre ellos.
—¿Por qué hacen eso? —les preguntó mientras revisaba los ojos de un muy escéptico ladrón que tenía conjuntivitis. Sus hermanos levantaron los hombros.
—Los dos apostamos a que harías esto.
—Pensamos que sería gracioso pero ya no tiene chiste.
Lo que sí le hizo gracia a Kel fue el veneno para piojos que Connor coció gracias a las hierbas de Ceniza. El grolien y el sicario se ablandaron por el krebin cuando entendieron por qué se despertaron cubiertos de hojas.
—¿Quién lo diría? —comentó Drake mientras Kel aventaba a Ceniza por el aire, tal y como había hecho con Connor el día anterior—. Tú también eres bueno como Connor.
Ceniza habría estado feliz de no ser porque estaba verde por la desparasitación. Para cuando cayó la noche, Connor despidió a los ladrones con una sonrisa:
—La única condición de pago por mis servicios es que ayuden a la próxima persona que se encuentren —les dijo—. Su amigo podrá irse en unos cuantos días, cuando esté más fuerte. ¡Si quieren pueden venir a visitarlo! Ah, ¡y también díganles a los demás que pueden venir a verme si están enfermos o heridos!
Connor no creyó que los ladrones le tomaran la palabra. Si lo hacían, ¡a lo mejor vendrían armados hasta los dientes para robarles todo lo que tenían! Pero al menos en ese aspecto no se preocupaba, porque si hasta él pudo hacerles frente era seguro que un sicario y un grolien tendrían todo bajo control.
Al día siguiente llegó un ladrón con un dolor de pierna. Tenía una úlcera en la rodilla, donde se le habían anidado larvas de mosca. Aunque estaba feo, Connor se hizo cargo y le dio el tratamiento correspondiente para los próximos días.
—La única condición de pago por mis servicios es que ayudes a la próxima persona que encuentres —le dijo—. Si conoces a alguien más que necesite a un doctor, mándalo conmigo. Nos quedaremos aquí unos días, hasta que Rodni se recupere.
Rodni era el ladrón de la espada lenta.
—Er, no quiero molestarte, ¿pero estás seguro de que es buena idea? —le preguntó Kel al tercer día, cuando llegaron tres ladrones más, uno de ellos el musculoso que Connor había noqueado—. ¡Son asaltantes de caminos! ¡Su trabajo consiste en hacer daño a otros!
—Drake es un sicario pero es una buena persona —debatió el doctor—. Además, estos ladrones son tan malos para robar que hasta da pena. ¡Deberías verlos pelear!
—¡Maldita sea, no es que seamos malos! —gruñó Rodni desde la camilla donde se recuperaba—. ¡Es que eres un aesiriano! ¡Claro que vas a ser más rápido y fuerte que nosotros, que somos humanos!
Ceniza se recuperó justo a tiempo porque al cuarto día llegaron cuatro ladrones más y al quinto eran ya trece. A la semana, el campamento de Connor parecía un pueblo de ladrones. No había mujeres, pero sí adolescentes y chicos de diez años. Los hombres mayores tenían apenas cincuenta años. En pocas palabras, todos eran niños para Connor y sus hermanos. Ni siquiera Drake, que había asumido la responsabilidad de cuidar a Connor, podía tomarse en serio a un montón de ladrones que ni siquiera habían nacido cuando su hermanito mató una mangodria, ayudó en la reanimación de cientos de titanes y participó en una difícil misión de rescate militar en Masca. ¡Era un chiste!
Los que estaban enfermos o heridos se curaron en un santiamén con las atenciones del doctor. Los más espabilados se interesaron en aprender lo básico para hacer sus propios ungüentos e infusiones. Y los más belicosos le pidieron a Drake que les enseñara a pelear. Aunque Drake perdió el interés después de que le rompiera la nariz y un brazo a su primer aprendiz. Además, Connor prohibió las peleas en el campamento.
—Connor tiene razón —rezongó el sicario—. Como ladrones dan lástima. Podrían dedicarse a algo más, como a recoger hierbas en el bosque y venderlas. En los pueblos de la zona neutra tendrían buen negocio.
A las dos semanas, Rodni ya podía tenerse en pie.
—Fue una recuperación muy rápida para ser humano —lo felicitó Connor. Las orejas del ladrón se encendieron.
—¡Eres terriblemente condescendiente! —le espetó. El doctor esbozó una sonrisa de disculpa.
—Lo siento. No quise ser grosero.
Mientras Kel y Ceniza recogían el campamento, y Drake se asegurara de que nada les hiciera falta gracias a los ladrones, Connor se despedía de sus pacientes. A todos les recordaba cuál era la única condición de pago que pedía. Cuando llegó a Rodni sintió una barrera. No era el desprecio que experimentó con los krebins. Ni siquiera era ingratitud. Cuando intentó burlar al humano para despedirse de otros pacientes, Rodni le bloqueó el camino. Los dos se quedaron inmóviles e incómodos.
—Er... ¿hay algo más que pueda hacer por ti? —preguntó con timidez. Las orejas de Rodni se encendieron aún más.
—Lle-lle... ¡Llévame contigo!
—... ¿Eh?
—¡Es culpa tuya que haya terminado así! —espetó el ladrón mientras le enseñaba el brazo amputado. Connor se enojó.
—Claro que no. Primero es culpa tuya por meterte en problemas. Y también es culpa de Otto por golpear sin fijarse. Si buscas hacerle mal a alguien, ¡tarde o temprano recibes una cucharada de tu propia medicina!
Connor pasó junto a él, abrumado por la estupidez ajena. ¿Qué quería? ¿Que se dejara robar y golpear solo porque sí? Aunque lo hubiese hecho ¡seguro que ni le dan! Es decir, ¡el golpe que le dio Rodni no habría aplastado ni a una mosca!
Rodni lo agarró del borde de la camisa antes de que se marchara.
—Lo siento —susurró—. Lo que quise decir antes es que... fuiste el único que se ocupó de mí entonces. Estoy así porque me rejuntaste. Estaría pudriéndome en el bosque si simplemente te hubieses ido.
Connor iba a decirle que alguno de sus compañeros se habría hecho cargo, pero era mentira. Habían echado a correr. De no ser por Drake y Kel todos habrían arrasado el campamento mil veces. Aunque se comportaron bien bajo los cuidados de Connor, él podía ver que eran egoístas y deshonestos. No los consideraba malvados pero tampoco los tomaba por santos.
—Déjame agradecerte —continuó Rodni—. Déjame acompañarte. —Connor levantó las cejas.
—Puedes agradecerme sin acompañarme. Cuando te recuperes por completo ayuda a alguien más. A quien sea. Con eso será suficiente.
—Quiero ayudarte a ti.
—¿En qué?
—En lo que sea.
Connor iba a reprochar pero no tenía sentido. ¿De qué se quejaba? Los ojos y la voz de Rodni eran sinceros. Si él lo acompañaba habría un asaltante de caminos menos en el mundo. Quizá no significaba mucho pero era un cambio. Uno pequeño en el Universo, pero muy significativo para la vida de Rodni.
—Podrás marcharte cuando quieras —aceptó Connor—. Si te parece, espera junto a Kel mientras Ceniza termina de doblar las lonas.
—... De verdad eres muy condescendiente —reprochó Rodni antes de ir a ayudar al krebin a empacar.
Los ladrones se adentraron al bosque mientras que el grupo de Connor seguía río arriba, en busca de un puente hacia el otro lado. El doctor escuchó otra vez el tintineo de las monedas de cobre. Por encima del hombro vio que Kel y Drake le daban el premio a Ceniza.
—¿Y eso? —preguntó Connor, picado.
—Ah, los tres apostamos a que al menos uno de ellos iba a unírsete —explicó Kel.
—Ceniza dijo que sería Rodni.
El híbrido sonrió.
—¡Lo supe porque es igual a mí!
Rodni casi se muere de la conmoción.
—¿En qué me parezco a ti? ¡Ven a mí! ¡Te moleré a golpes y verás la diferencia clara entre los dos!
—¡Nah! —se burlaron Connor, Kel, Drake y hasta el mismo Ceniza—. ¡Eres muy lento!
La risa los acompañó hacia su próxima parada.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2015-2017. Ángela Arias Molina

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