¡Sigue el blog!

Capítulo 9

9
EL ALMA DE UNA REBELIÓN


Tuvo que cortarle la pierna. Drake le había dicho que lo más sensato era dejarlo morir, porque aun si el hombre sobrevivía el resto de los krebins seguiría rechazándolo.
—Condenan todo lo que sea diferente, ya sea por débil o peligroso. Un hombre tullido es solo una carga para ellos.
Los krebins eran diferentes a todo lo que Connor había visto. Salvo en pueblos como Kehari o Xadiz, los aesirianos y vanirianos no se llevaban bien. Pero cuidaban excepcionalmente de los suyos. Los aesirianos protegían a los miembros de sus familias y pueblos con celo. Como las arpías solían morir al dar a luz, los vanirianos estaban acostumbrados a criar a todos los niños por igual y por eso eran una enorme familia común. Los krebins, en cambio, eran más duros de corazón.
Las personas eran ariscas incluso al interior de cada familia. Los padres pellizcaban a sus hijos cada vez que se asomaban por las puertecitas para ver a los caballos de los extranjeros. Los hombres se desconfiaban los unos de los otros. No compartían sus raciones de alimento. Se alejaban de la casa subterránea donde agonizaba el paciente de Connor. Si tenían que pasar cerca, escupían en el suelo.
Lo único que compartían era el miedo hacia los visitantes.
El doctor meditó en que tal vez, después de todo, lo mejor sí era dejar que el hombre muriera. Nadie en la villa querría ayudarlos a él y a su hija mientras se recuperaba. Probablemente tampoco los ayudarían una vez que la fiebre remitiera. Quizá lo mejor era darle algo para que se marchara sin dolor.
Pero luego pensó que la niña se quedaría completamente sola. A pesar de que era tan asustadiza como los demás krebins, ella no se había apartado del lecho de su padre. Quizá porque era muy pequeña todavía no se había endurecido como los demás. Quizá, si su padre se mantenía con ella para abrazarla por las noches y contarle cuentos, ella nunca se endurecería.
Connor cortó la pierna infectada. Sanó la herida, hirvió medicina y machacó hierbas hasta hacer un ungüento espeso y oloroso que vació en un enorme frasco de cristal. Así el krebin tendría tratamiento por largo rato. Como sintió que aún no había hecho suficiente, contra los reproches de Drake utilizó sus raciones para una deliciosa sopa de verduras y carne. Su paciente todavía estaba muy débil como para probar algo tan pesado, pero la niña estaba hambrienta. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí abajo, sola y asustada, sin nadie que se preocupara por alimentarla? A Connor se le partió el alma al verla comer con tanta voracidad. ¿Qué habría sido de ella si Drake no los hubiese llevado a la aldea en busca de refugio?
El sicario quería marcharse apenas el clima mejorara pero Connor se tomó su tiempo. Los krebins lo temían y desconfiaban. Pero cuando él les pidió que les mostrara las manos todos obedecieron sin chistar. Encontró llagas en sus palmas sucias. Raspones en codos y rodillas. La mayoría tenía piojos y todos estaban flacos hasta las costillas. La densidad del bosque los mantenía ocultos de la mayoría de viajeros, pero los árboles venenosos de alrededor ahuyentaban a la caza. Ahí les llegaba tan poca luz del sol que rara vez podían cultivar nada. Asustadizos como eran, no se atrevían a abandonar su refugio ni para buscar nuevas fuentes de alimento.
—¿Por qué nos temen tanto? No les vamos a hacer daño —le preguntó a su hermano en la segunda noche de estadía.
—La mayoría de los krebins desciende de mujeres violadas por aesirianos que vienen a estas aldeas precisamente a eso. En algunas villas incluso hay híbridos directos. Los krebins tienen sangre humana, así que no pueden controlar las esencias si nacen con ellas. Por eso no pueden defenderse de los magos. Pero también tienen sangre aesiriana y por eso los humanos los temen. Los krebins no son una cosa ni otra. Están en el medio, en el limbo.
Precisamente por eso Connor creía que los krebins debían ser más unidos entre sí. Pero no lo eran. El doctor tenía la impresión de que el odio y rechazo de los aesirianos y humanos se les había metido tan profundo en la piel que se despreciaban a sí mismos.
Lo comprobó al tercer día, cuando hizo una ronda por entre las colinas que camuflaban casas. Los krebins aceptaban enseñarles sus heridas o dejarse revisar si él fruncía la frente. El «por favor» no funcionaba con ellos. A Connor le costó entender que aunque él quería ayudarlos, ellos no querían su ayuda. No la necesitaban. Se había preparado mentalmente para soportar días ingratos de viaje, hambre y hasta la más cruel de las batallas con tal de ayudar a otros. Pero no se había preparado para el rechazo.
Desilusionado, iba a regresarse a la casita subterránea y pedirle a Drake que se marcharan al siguiente día, cuando vio el reflejo de unos ojos entre las raíces de un árbol. Pensó que era una zarigüeya. Connor siempre fue un chico curioso, así que avanzó al árbol con un trozo de pan para alimentar al animal.
Se encontró con otro krebin. A diferencia de los demás, este no tenía costras de tierra por todo el cuerpo. Por el contrario, tenía una piel blanquísima pegada a los huesos, aunque su barriga estaba abultada por los parásitos. Y aunque era tan greñudo como los otros híbridos, su cabello estaba lo bastante limpio para que se vieran sus hebras plateadas. Sus ojos también eran grises. Connor pensó en Sakti, aunque la expresión de terror del híbrido era muy distinta a la superficie calmada e inescrutable de la princesa.
No importó cuánto llamara a este krebin, él no reaccionó. Solo se cubrió los ojos con las manos, como si con eso desapareciera de la vista de Connor. Con sus palabras parcas, los krebins le dijeron que ese chico gris era peor que un enfermo de peste. Él no tenía una casita subterránea, sino que dormía a la intemperie. No tenía permitido ni acercarse a la hoguera central de la villa. Los adultos no se le acercaban y hasta los niños le tiraban rocas si lo veían merodear cerca de sus casas en busca de sobros de comida.
—¿Por qué lo tratan así? —le preguntó a Drake. Su hermano era un hombre de mundo y un verdadero experto de la cultura krebin.
—Porque tiene los ojos y el pelo grises. Los híbridos son muy supersticiosos y creen que los niños que nacen así son hijos del adulterio de sus madres con espíritus. Creen que son un mal augurio.
—¿Qué? ¡Eso no tiene sentido! —Drake levantó los hombros.
—Para ellos no tiene sentido que les regales medicina. Ante sus ojos, eres un tonto. Y ante los tuyos, ellos son unos bárbaros.
Connor no quiso admitirlo, pero los krebins lo habían desilusionado. No le molestaban sus casas subterráneas, sus ponchos de hojas o sus cabellos greñudos, sino el brillo vil y vulgar de sus miradas. ¿Eso era lo que sentían los aesirianos que se habían criado en el Oeste o en Masca cuando veían a los vanirianos? ¿Decepción, rechazo, repugnancia? Connor se avergonzó de sí mismo. Debía de haber algo más en los híbridos. Seguro que tenían muchos puntos buenos que él era demasiado ignorante como para apreciar.
Mientras esperaba que su principal paciente estuviese fuera de peligro, Connor se dedicó a visitar el árbol del krebin gris. Se acercó a él tal y como se habría acercado a una zarigüeya de verdad: con cuidado. Cada día le dejaba un bollito de pan dulce delante del hueco del árbol. Luego se acomodaba en otro tronco y esperaba a que el híbrido estirara su brazo flaco hacia la comida. Poco a poco, se acercó más y más, siempre con una ración adicional. Hasta que un día el krebin estiró el brazo antes de que Connor se alejara de su árbol. El doctor no movió ni un músculo porque supo que su reacción significaría un gran avance o un retroceso deplorable. El krebin lo miró con timidez, con ojos grandes, asustados y eternamente maravillados.
—Gracias —susurró.
Connor sintió un nudo en la garganta, porque eso era lo que había esperado encontrar en los krebins. Lo que ellos le habían negado. Él no había buscado un «gracias», sino esa mirada que le decía que había hecho una pequeña gran diferencia en la vida de alguien más. Porque si podía hacer algo por los demás, le daba sentido a su propia existencia.
—A ti.
Si hubiese sido por él, habría soportado durante meses las miradas hoscas de los krebins a cambio de entablar amistad con el chico del árbol. Pero Drake le advirtió que no podían quedarse en la villa para siempre. A Kel le aterraba que se le pegaran los piojos. Los caballos estaban desesperados por retomar el camino y Drake no era de estar en un solo sitio. Prefería mil veces enfrentarse a demonios araña que quedarse en una aldea donde la fuerza de voluntad y la dignidad se suicidaban por cuenta propia.
Así que después de asegurarse de que ya había hecho todo lo posible por su principal paciente, y darle a su hija todo lo que pudiera necesitar para cuidar de él, Connor preparó una cena de despedida. Drake casi se arrancó el pelo de la frustración. Kel sonrió y dijo que era muy propio de Connor desprenderse de sus raciones para ayudar a otros, aunque por una vez le habría gustado que fuera un pelín más egoísta.
Aquella noche no hubo aguacero, sino una lluvia ligera que no llegó a la aldea. Las gotas cayeron sobre los tejados naturales y resbalaron una a una por entre las ramas y lianas. Connor cocinó un estofado de conejo sobre la hoguera común de la villa. Desde las puertecitas, los niños lo miraron hambrientos mientras cortaba las verduras, echaba las hierbas y sazonaba la carne. Cuando el estofado empezó a hervir, hasta los adultos se asomaban por entre las cabezas de los niños. Pero cuando Connor les dijo que podían coger ninguno se acercó. Eran gente extraña. Connor les había curado las heridas y dado medicina, pero aun así no confiaban en él.

«No puedes cambiar el mundo, Connor. No importa cuánto lo quieras o cuánto te esfuerces».

Quizá Dagda tuvo razón. Connor estaba seguro de que si se quedaba en la villa por un mes, no lograría aliviar la desconfianza o el miedo que los krebins le tenían. Supo que aún si se quedaba allí para siempre, sería distinto a ellos toda la vida. A él no le importaban las diferencias, pero a ellos sí. Y hasta que dejaran de importarles, hasta que ellos mismos dieran el paso que los aesirianos y vanirianos de Kehari dieron cuando empezaron a convivir en paz, no podrían cambiar su mundo.
Comprendió entonces que los krebins fueron su primera lección del viaje: él de verdad no podía cambiar todo el mundo. Tan solo imaginarlo había sido arrogancia. Pero eso no significaba que tuviera que darse por vencido. A veces solo bastaban unos cuantos bollitos de pan para cambiar el mundo de una única persona.
Y eso, en sí mismo, era más que suficiente.

****

Los hicieron salir al amanecer, bajo la lluvia. A la primera luz del día, los aesirianos de Xadiz desfilaron hasta situarse delante de la tarima donde estaban los diecisiete ahorcados. Otros treinta vanirianos se habían sumado, aunque todavía vivían.
Cuando los soldados empezaron a agarrar aesirianos para subirlos a la tarima, a Airgetlam no le sorprendió. Un panadero, un curtidor de cuero, el dueño de la pequeña viña... Había supuesto que si alguien escondería vanirianos, serían ellos. Porque eran los más gentiles, los más decentes. La maestra de la escuela, el cocinero de los jornaleros, el hombre que arreglaba las cañas de pescar. Ellos también subieron.
Ralo empezó a llorar. Buscó el refugio de Lydia, pero su madre apenas podía mantenerse en pie. Tenía la vista fija en el cuerpo de Isma, como Kryos, aunque el cristalero se mantenía firme por la furia. Airgetlam acercó a Ralo y lo protegió entre él y Riza. Mientras sus padres estuvieran perdidos en el luto, ellos tendrían que ser los pilares del niño.
—No puedo ver esto —murmuró Riza.
Ella no lloraba, pero los labios le temblaban pálidos.
Sus labios fueron lo primero que él había visto en ella. Carnosos y felices. Y muy rosados, como una rosa. Riza e Isma habían visitado Kehari una vez para conocer a toda la familia de Airgetlam. Cuando el muchacho le había preguntado a su padre qué pensaba de ella, Darius se quedó mudo. Garrow se había reído.
—Tienes el mismo gusto de tu padre —le dijo el abuelo—. Es perfecta.
Riza tenía el cabello rosa, como Eleanor y Drake. Como Njord. Pero cuando Airgetlam la conoció su cabello fue rojo como una manzana. Connor le explicó que a algunas personas, después de la transformación, les cambiaba el pelo de color según su estado de ánimo. Era como cuando Sakti cambiaba el color de sus ojos con el ajuste de visión, aunque la condición de Riza era menos frecuente y ella no podía controlarla.
A Airgetlam le encantaba hacerla reír porque entonces el pelo le brillaba con diferentes tonalidades. A veces se ponía como el color del atardecer. A veces estallaba con un fucsia chillón. Una vez logró sacarle siete tonos diferentes al mismo tiempo. Pero nunca más pudo ponerle el cabello rojo.
—Es que la primera vez que te vi fue única —le explicó ella cuando ya se tenían confianza—. No puedo explicarte bien lo que sentí sin sonar muy cursi. Mejor dejémoslo así.
—¿Pero te gustó? —le preguntó picado.
—Sí.
—¿Y si no se repite?
Le entró miedo. Quizá ella estaba con él porque quería repetir la sensación del primer encuentro, esa tan extraña y maravillosa que le había teñido el pelo de rojo. Pero si por más bobadas que él hacía no lograba repetir la sensación, ¿entonces por qué se quedaría con él? Riza lo había mirado con una expresión que lo derritió por dentro.
—Se repite siempre que te veo. Es solo que ya no me abruma. Ya es parte de mí.
A Airgetlam no le cambiaba el pelo de color, pero sí se sonrojaba. Riza se había reído porque ella sí logró ponerlo rojo.
Pero ahora su pelo estaba tan pálido como sus labios. Airgetlam acarició un mechón que se le salía de la capucha y se lo acomodó para que no se mojara con la lluvia. Se preguntó si algún día el cabello de Riza brillaría con tonos de sonrisa. De nuevo tuvo miedo de no poder hacerlo. Tuvo miedo de que aunque Riza volviera a sonreír, su cabello no lo reflejara nunca más.
—Entonces cierra los ojos —le dijo—. No tienes que verlo.
—No. Apartar la mirada sería un crimen. Mi hermano no lo hizo. Por eso está ahí arriba ahora.
Airgetlam asintió. La apariencia no era lo que importaba más, pero era lo primero que importaba. Fue lo primero que lo atrajo. Pero con el tiempo había descubierto todo lo que tenía en común con ella. El amor por la familia. El amor a las risas y a la vida. Y el rencor. A Riza no le importaba que Airgetlam se aferrara a sus enojos y odios con fervor, porque ella era exactamente igual. Era algo que podían hacer juntos.
Los dos miraron el cadáver de Isma para no olvidarlo jamás. Para alimentarse de su miedo, de su desesperación, de su tristeza. Si fueran fuertes quizá podrían olvidarlo y perdonar lo que los soldados habían hecho. Pero era más sencillo odiarlos con todas sus fuerzas. Era más sencillo desear que estuvieran muertos.
Los ocho soldados del Escuadrón Mare se colocaron delante de la tarima, frente a la audiencia. En los techos alrededor de la plaza estaban los soldados alados del Reino de las Arenas. Cuando un corno sopló, uno de ellos voló sobre la tarima y se mantuvo en lo alto. Como tenía puesta una visera Airgetlam no podía verle la cara, pero daba lo mismo: sus alas eran de cartílago negro y su porte era de alguien de buena estampa. Era un Del Varten, el escudero del príncipe. El soldado señaló uno a uno a los aesirianos condenados a muerte. Airgetlam no supo lo que estaba haciendo hasta que Riza le señaló hacia el porche de una casa. Allí estaba el príncipe del desierto, que negaba con la cabeza lentamente. Solo asintió cuando su escudero señaló a la maestra de escuela. El escudero descendió en picada junto a ella.
—Por orden del príncipe Uruk Velmiar Karyn Aesir L, esta mujer es condenada a muerte por el crimen de traición al Imperio de Su Majestad, el Emperador Kardan Aesir XXIII.
«¿Cómo hace para aprenderse esos nombres tan complicados?», pensó Airgetlam, irritado. La sola mención del Emperador lo encrespó.
Miró al príncipe del desierto. Conque ese era Uruk. No lo había reconocido. No se parecía en nada al muchacho flaco que había conocido en el desierto o a su padre, el príncipe Morak, que tenía la mitad de la cara completamente deforme. Aunque si le prestaba atención, quizá Uruk sí reflejaba los rasgos sanos de Morak. Si los rumores eran ciertos, Morak había sido tremendamente apuesto antes de que Adad lo atacara. Y ahora que Uruk había tenido 50 años para recuperarse de una sincronización forzada y poner algo de carne sobre sus huesos, tenía un rostro más que agradable. Si Airgetlam no confiara en el resentimiento de Riza, estaría preocupado de que su novia fantaseara con el príncipe.
—¿La van a colgar? —preguntó Ralo. Miró a Riza en busca de respuestas, pero su hermana tenía la vista fija en el escudero. Si tuviera la piroquinesis de Sakti lo habría hecho estallar. Solo Airgetlam se atrevió a mirar la tristeza de su pequeño cuñado.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque es valiente. Porque es una persona decente. Y ellos no lo son.
Airgetlam se preguntó entonces qué era él. Apartar la mirada sería un crimen. Pero mirar cómo ahorcaban a todas esas personas no era tampoco algo digno de una buena persona. Riza y los demás no podían hacer nada, porque eran aesirianos ordinarios. Sus esencias eran comunes. No podrían impedir las ejecuciones o enfrentar al Escuadrón y a la tropa del desierto.
Pero él era un profeta. Él era el nieto de una mangodria. Era el nieto de un General. Tenía la telepatía. Tenía la telequinesia. Tenía las artes de la mente y todos sus poderes. «Y soy un gemelo». Si llamara a Dagda, quizá podría sacar a toda la gente de Xadiz de ahí. Viajar entre dimensiones.
Pero... Uruk. Y Ryaul. Si llamaba a Dagda o si utilizaba algún arte de la mente revelaría su identidad. Y entonces pondría en peligro a su familia. El príncipe no dejaría ir el rastro de un profeta.
La maestra subió a un banquillo. Su rostro fue una piedra de dignidad mientras le pasaban la soga al cuello. Airgetlam creyó que nunca podría admirar a una mujer más de lo que admiraba a Sakti, pero se había equivocado. Era fácil admirar a una persona que había nacido con poder y talento. Pero era aún más maravilloso y honroso admirar a una persona que con su pequeñez había destacado más que el sol.
—¿Por qué la suben? —preguntó Riza en un susurro. Airgetlam escuchó la pregunta repetida entre la multitud—. Es una mujer. ¿No se supone que...?
El escudero corrió el banquillo. Los pies de la maestra caminaron de puntillas en el aire.
—Ese es precisamente el mensaje —dijo Airgetlam. Había cubierto los ojos de Ralo para que no viera las últimas patadas. Por suerte el cuello se había roto rápido. Hubiese sido peor que se muriera ahogada lentamente—. Quieren hacernos entender que nadie está a salvo si comete traición. Ni siquiera las mujeres. Ni siquiera los niños.
Quería romperle la cara a Uruk. Decirle «En el desierto creíste en la visión de mi padre. Gracias a él pudiste salvar lo que quedaba de Irem. Durante meses nos sentamos a la misma mesa de reuniones para planear el rescate a Masca. Y ahora condenas a muerte a personas inocentes». Se avergonzaba de haber creído que Uruk era un príncipe decente.
Los soldados abrieron paso a Uruk entre la audiencia. El príncipe subió a la tarima, que parecía a punto de desplomarse bajo el peso de los condenados. «Si yo fuera un grolien», pensó Airgetlam, «haría lo imposible para darle una buena sacudida con los cuernos». Le dio vergüenza ese pensamiento. No por la imagen de Uruk empalado en los cuernos, sino porque él estaba libre y le bastaba con pensar en empalar al príncipe para que eso pasara. Y aun así no lo hacía para encubrir su identidad. Para protegerse. Era un maldito cobarde. No merecía admirar a la maestra de escuela.
Uruk se aclaró la garganta.
—Comprenderán el desencanto de sus gobernantes al encontrar que esta «zona neutra» es una zona de cobardes —declaró el príncipe—. Proteger invasores es traición. Proteger al enemigo que cazó a la Realeza de su Imperio, proteger a la peste que invade nuestros países, ¡es traición! No lo olviden.
Varios pueblerinos bajaron la mirada. El príncipe señaló a los cuatro arqueólogos que esperaban detrás del Escuadrón Mare. A la señal, Ryaul corrió la sábana que cubría la caja gigante que Ralo había visto la noche anterior. No era una caja. Casi nadie supo lo que era, pero Airgetlam sí: era un gran bloque de mármol con unas siluetas en su interior. Sintió un ardor en la boca del estómago.
—Ser príncipe no es un derecho, sino un deber. Y mi deber como su príncipe es ofrecerles una oportunidad de redención. Dentro de poco, toda esta zona será otra vez territorio aesiriano. Y cuando eso pase, no habrá traidores. Nos encargaremos de eso. —Miró a los aesirianos que esperaban sentencia—. Arrodíllense y pidan perdón. Se los concederé por honor a nuestra raza.
Pero ninguno de los condenados se arrodilló. Airgetlam supo que tenían miedo. Supo que no querían morir. Pero aún por encima de eso no querían que la muerte de las dieciocho personas de la tarima fuera en vano. Por la expresión velada de Uruk, supo que estaba contemplando un milagro: estaba viviendo en una era donde los aesirianos podían morir con la frente en alto por proteger a los vanirianos.
—Perdóname, Riza —murmuró—. Dile también a Dagda que lo siento muchísimo.
Uruk levantó el brazo para dar la señal de que ejecutaran a los traidores. Riza intentó sostener a Airgetlam, pero el muchacho se apartó de ella y estiró un brazo hacia Uruk. El príncipe se levantó por los aires y una mano invisible lo aventó por encima de la audiencia. Uruk cayó a una calle de la entrada del pueblo. «Ojalá le haya roto el cuello», pensó Airgetlam. Pero no. El príncipe se levantó. Estaba desconcertado, pero erguido.
—¿Qué...? —musitó un soldado.
La confusión duró apenas una fracción de segundo, porque al instante él y sus compañeros del Escuadrón Mare levantaron lanzas de lluvia. Las lanzas se convirtieron en hielo y se abalanzaron sobre la multitud. Se rompieron como cristales cuando chocaron contra un escudo invisible.
El silencio cayó sobre la audiencia. En Xadiz solo se escuchaba la lluvia.
—¡Telequinesia! —gritó el capitán del Escuadrón Mare. Los demás soldados jadearon juntos porque la telequinesia era una esencia rara entre los aesirianos. ¿Quién entre los pueblerinos tendría ese poder?
Airgetlam apretó un puño. Sintió el corazón de Uruk y lo jaló hacia sí. El príncipe del desierto se estremeció cuando una fuerza invisible lo acercó a toda velocidad al gemelo. La audiencia se abrió a uno y otro lado, anonadada, pero solo alguien se quedó en su lugar. Airgetlam mantuvo al príncipe suspendido delante de él por unos segundos, para que los soldados entendieran muy bien su situación.
—Soy un traidor —dijo mientras miraba al escudero. Con Uruk en su poder, el alado era el siguiente a mando—. Dejen que todos se vayan y liberaré al príncipe. Lo prometo.
Aunque la capucha lo cubría, evitó mirar a Riza. Si los soldados notaban su mirada y algo salía mal, la agarrarían contra ella. Él no podría protegerla. Le habría fallado dos veces en un mismo día, primero lanzándose a la muerte y luego obligándola a seguirlo a la tumba.
—Tienen que irse lejos —dijo a los que estaban en la tarima, aunque el mensaje era para todos en Xadiz. Absolutamente a todos. Al fin había comprendido el valor estratégico del pueblo—. Los arqueólogos cubrirán el pueblo con mármol y el príncipe accionará a los Fafnir. Cuando eso suceda, ningún lugar será seguro.
Recordó las otras esfinges que había visto a lo lejos. ¿Cuántos pueblos como Xadiz habían sido ocupados? ¿Cuántos Fafnir merodearían ya por los bosques de la zona neutra? Hace 50 años los Fafnir podían salir de las estructuras sincronizadas por un par de kilómetros. Seguro que la Emperatriz de Edén, tan lista como era, había ideado la forma de ampliar ese radio. Y el arqueólogo estrella, al que había enviado para que levantara las ciudades acuáticas, estaba en el continente principal para liderar el nuevo proyecto de remodelación marmórea. Airgetlam podía echarse a llorar de la frustración.
En cuanto los Fafnir rondaran libres, atacarían todo lo que tuviera energía vaniriana. Lo atacarían a él. A Dagda. A toda su familia. Era inevitable, pero quizá podía incapacitar a Uruk e impedir que los Fafnir salieran tan rápido de Xadiz. Quizá podía darles tiempo a los demás profetas para ponerse a salvo.
—No acepto tus condiciones —dijo el escudero—. Mi príncipe no necesita que yo lo ayude.
Un puño de roca golpeó a Airgetlam en un costado. El profeta perdió el equilibrio. El mismo puño que lo atacó lo agarró del pie y lo azotó contra el bloque de mármol. Los arqueólogos se habían apartado junto a la audiencia. Ryaul, desde luego, había tropezado y aterrizado de cara. El Escuadrón Mare ignoró al arqueólogo y cerró filas alrededor de Airgetlam. Las lanzas de hielo se levantaron otra vez entre la lluvia.
—Esperen —llamó Uruk—. Yo me encargo de él.
Las lanzas se mantuvieron, pero los oficiales dieron lugar al príncipe. Airgetlam vio que le había hecho una cortada en la frente cuando lo lanzó, pero eso solo acentuaba la expresión fiera de Uruk. Una coraza de arena le cubría el brazo derecho y terminaba en un gigantesco y pétreo puño. «Ah, ¡vamos!», pensó Airgetlam. «¡No pego ni una!». No sabía en dónde demonios cargaba Uruk tanta arena, o si la lluvia era una ventaja o una desventaja para el príncipe. Pero sí sabía que no tenía más remedio que enfrentársele.
El brazo de arena se estiró hacia el gemelo y sus dedos se abrieron para atraparlo. Se torcieron en diferentes ángulos cuando chocaron contra el escudo de Airgetlam. Él supo que tenía que romper la formación del Escuadrón Mare para que las lanzas y la arena no lo acorralaran contra el bloque de mármol. Pero lo mismo podía intentarlo como saltar en círculos para que el sol brillara en la noche. Era imposible. Ahora que sabían que tenía la telequinesia, los soldados habían plantado bien los pies en el suelo. Para derribar a uno tenía que concentrarse solo en él, pero eso lo dejaría al descubierto para que los demás lo atacaran. Así visto, solo podía protegerse detrás del escudo.
Uruk le lanzó puñetazo tras puñetazo. Las lanzas de hielo se lanzaron contra él sin descanso. Cada golpe le dolía en la cabeza. Su mejor carta había sido tomar al príncipe como rehén pero había subestimado las capacidades de Uruk. En todo caso tampoco era una sorpresa. Desde el principio supo que intervenir solo significaría perder, aunque tampoco podía rendirse sin más. Por lo menos tenía que cumplir su objetivo.
Debilitó el escudo para que aguantara solo unos cuantos golpes más. Pero a cambio se concentró en dos de las lanzas de hielo. Cuando el Escuadrón se las envió, Airgetlam las manipuló para que volaran por encima de él y el bloque. Para que fueran directo a la tarima, hacia las sogas que amarraban las muñecas de dos groliens. Con suerte nadie lo notaría a tiempo.
El escudo al fin cedió y el puño de arena lo golpeó contra el bloque. Riza gritó su nombre. Uruk lo levantó en el aire y lo apretó poco a poco, fuerte, muy fuerte. «Ojalá lo haga más rápido», pensó mientras en su mente veía las expresiones de Zoe y Connor. El impacto de su muerte en Darius. La desesperación de Dagda. El enojo de Drake. Lo lamentó tantísimo por ellos. El único consuelo que tendrían sería que no sufriera demasiado.
El aire se le acabó. Sintió que la cabeza le explosionaría por el último esfuerzo de la telequinesia. Y después... un balido. Airgetlam aterrizó de un golpe en el barro. Mientras el aire y el color del mundo le volvían al cerebro, vio que el chico de las cabras se había lanzado a Uruk y lo había derribado al suelo. El príncipe lo apartó con un estiramiento de su brazo de arena. Pero en cuanto se giró para terminar a Airgetlam, una cabra lo embistió en el estómago. Uruk se partió por la mitad. Airgetlam se guardó la imagen para reírse de ella después y levantó un escudo alrededor del chico de las cabras. Aunque el muro cayó después del impacto, al menos había cumplido con protegerlo de las lanzas del Escuadrón.
—¿En qué demonios está pensando esta gente? —masculló uno de los soldados mientras avanzaba para acabar con los dos rebeldes.
Al instante siguiente salió por los aires. Un grolien lo había embestido por la espalda. El vaniriano tomó aire y después gritó. No fue tan imponente como el rugido de un Dragón, pero marcó la diferencia. En ese grito Airgetlam escuchó toda la furia, toda la tristeza y todo el resentimiento del pueblo entero contra la tropa. Escuchó el alma de una rebelión.
 Xadiz también lo escuchó. Las miradas bajas de los pueblerinos se levantaron. El miedo que sintieron cuando la tropa los alineó frente a la tarima había prendido una chispa que ninguno se imaginó que estaba ahí, durmiente.
Kryos fue el primero que se unió al grito del grolien. Lo siguió el resto del pueblo.
—¡Nosotros no aceptamos sus condiciones! —exclamó el dueño de la viña desde la tarima, todavía amarrado de las muñecas.
Esa fue la señal. Los pueblerinos embistieron contra el Escuadrón Mare. Los siete oficiales que quedaban en pie prepararon las lanzas, pero no se atrevieron a dispararlas contra los aesirianos. Los alados se lanzaron desde los techos y agarraron a los pueblerinos que pudieron para quitárselos de encima a sus compañeros. Pero ninguno prestó atención al cristalero, al trampero y al chico de las cabras, que se habían subido a la tarima para liberar a los condenados a muerte.
Para entonces ya fue muy tarde. Dos arpías levantaron vuelo y embistieron en el aire a todos los alados que pudieron. Los soldados del desierto cayeron como moscas. Aunque la mayoría se levantó de inmediato para enfrentar a las vanirianas, los pueblerinos se les tiraron encima para que no despegaran los pies del suelo. Otros siete groliens bajaron de la tarima y arremetieron contra el Escuadrón. Esta vez los oficiales no tuvieron problemas en tirarles las lanzas y formar garras de lluvia, pero Airgetlam impidió que los golpes conectaran.
Su escudo protegió a los groliens mientras acortaban la distancia. Los soldados retrocedieron tan rápido como pudieron, pero la estampida al fin los alcanzó. En un rango de ataque tan corto, la ventaja la tenían los groliens.
Airgetlam retrocedió de espaldas, buscando a Riza de un lado a otro. Entre los magos alados, la estampida, las carcajadas de las arpías y la lluvia, se había armado el caos. Por aquí y por allá los cascos de los groliens aplastaban a los soldados que caían al suelo. La tarima al fin colapsó bajo el peso de los oficiales que intentaban detener a Kryos y a los demás.
Airgetlam tropezó con un cuerpo. No reconoció a la mujer partida por la mitad pero supo lo que significaba: era culpa suya. Si no hubiese intervenido, Uruk solo habría matado a los vanirianos y a los aesirianos condenados. El resto de Xadiz hubiese sobrevivido.
El cuerpo de Isma.
Las últimas patadas de la maestra.
El cabello pálido de Riza.
No. Hizo lo correcto. Esa rebelión era de toda Xadiz. Tarde o temprano alguien habría dado un paso al frente. El trampero. El chico de las cabras. Kryos. Cualquiera. Todos. Ahora él también debía avanzar con el pueblo.
Escuchó el látigo que se acercaba por su izquierda. Airgetlam giró en el suelo y evadió a tiempo el golpe del brazo arenoso de Uruk. Con la lluvia, la coraza no se veía tan fuerte. Parecía un castillo de arena a punto de lavarse en el mar.
—Seas quien seas, esto es tu culpa —siseó el príncipe.
«Yo nunca quise esto», leyó en su mente. «¡Yo nunca pedí que me enviaran a ahorcar a nuestra gente!». Uruk lanzó un puño de arena y Airgetlam uno de ideas. Los dos golpes impactaron y ambos atacantes cayeron al suelo. El gemelo logró desestabilizar la mente de Uruk, porque la arena cayó al barro. Pero el golpe del príncipe dejó sin aire a Airgetlam y él no se pudo levantar primero. «¿En dónde hay una cabra cuando se la necesita?», pensó cuando Uruk echó a correr hacia él. Lo iba a moler a golpes con sus puños de verdad.
Alguien gritó su nombre. Airgetlam miró hacia la dirección correcta en el momento oportuno, porque una navaja de pesca iba directo hacia su cabeza. Perdonó la mala puntería de su suegro, agarró la navaja a tiempo y la puso en posición justo antes de que Uruk lo embistiera. Rodaron por el suelo. Airgetlam escuchó la grava empapada, los cascos de los groliens y el grito adolorido de Uruk. Sus manos heladas se calentaron con la sangre del príncipe.
—¡URUK! —rugió el escudero.
Su grito fue como el del grolien que había envalentonado al pueblo. Hizo una diferencia. Si antes la tropa del desierto se había conformado con apartar a los pueblerinos, ahora sus miradas echaban chispas. Nadie tocaba a un príncipe de las Arenas sin que el desierto se vengara. Todo el pueblo pagaría por la sangre de Uruk. Airgetlam se preparó para que algún oficial lo apartara del príncipe y luego le aplastara la cabeza contra el suelo. Pero antes de que alguien lo alcanzara, las pequeñas murallas alrededor de Xadiz se convirtieron en muros de fuego. Cuando la lluvia las tocaba, el agua se evaporaba con siseos. La explosión fue tan repentina que más de uno creyó que un relámpago había caído en el centro del pueblo. Con la suerte que todos tenían últimamente, no habría sido nada raro.
—¿Qué demonios pasa aquí?
Varias sombras cruzaron la cortina flamígera que cubría la entrada a Xadiz. La mayoría iba a caballo. Los primeros ochos oficiales llevaban armaduras idénticas a las del Escuadrón Mare, salvo que las suyas eran rojas. Pero fue el noveno hombre, el que lideraba la nueva tropa, el que heló la sangre de Airgetlam. Había desmontado del caballo y se había pasado por los hombros el brazo de un oficial del Escuadrón Mare. El oficial tenía un hueco a través de la armadura, por encima del pecho. El grolien lo había embestido tan fuerte que lo había atravesado desde la espalda con un cuerno.
Airgetlam vio el fuego reflejado en los ojos de Enlil Tonare. Estaba enojado, cabreadísimo más allá de las palabras, por la muerte del soldado.
Airgetlam hizo lo único que podía para salvar a alguien, aunque fuera a una sola persona en todo el pueblo. Enterró más la navaja en el costado de Uruk. Cuando el príncipe intentó apartarlo, lo empujó al suelo y lo rodeó con las piernas para inmovilizarlo. Toda la atención cayó sobre él. Los oficiales que quedaban del Escuadrón Mare hicieron más lanzas de hielo. El escudero de Uruk se lanzó en picada hacia él, prácticamente echando espuma de la boca por la furia. El Escuadrón Fuoco desenvainó espadas de llamas.
Pero Airgetlam no se movió ni se escudó detrás de ningún campo telequinético. Lanzó un pensamiento a las primeras tres personas que se le ocurrió: el trampero, el chico de las cabras y Kryos. «¡Salgan!», les dijo, «¡Saquen a todos los que puedan ya!». Les dio la idea de mirar al lado contrario a la entrada de Xadiz. Allí la pared de fuego temblaba indecisa. Aldith fue el primero en comprenderlo y reaccionar: el campo telequinético que Airgetlam debería estar usando para protegerse estaba más bien abriendo una brecha en la muralla. Les estaba dando una oportunidad para escapar.
Cuando el trampero avisó para que todos echaran a correr, Enlil levantó el brazo. Era la señal para que su tropa se preparara a atacar. En cuanto dejara caer el brazo, el Escuadrón Fuoco y los demás soldados a su espalda se lanzarían contra los pueblerinos. Airgetlam enterró más la navaja en Uruk para que el grito del príncipe fuera todo lo que Enlil pudiera procesar.
Luego se quitó la capucha.
Enlil se congeló. Los vanirianos y los pueblerinos echaron a correr, cargando a los que no podían moverse y animándose unos a otros. El escudero de Uruk y las lanzas de hielo cayeron sobre Airgetlam, pero solo una lo alcanzó. Se le enterró en la pierna izquierda, a la altura de la pantorrilla. Las demás –y el escudero– rebotaron en un escudo invisible de verdad. Airgetlam apretó los dientes. No lo abrumó tanto el dolor de la pierna como la diferencia entre el poder suyo y el de Enlil. Si el General notaba la pequeña brecha que Airgetlam mantenía con todas sus fuerzas, la cerraría con una sola miradita.
—¡Airgetlam! —gritó Riza.
—¡VETE! —aulló él.
No esperaba distinguirla entre el mar de gente que buscaba la salida. Pero Riza destacó porque su cabello parecía un farol de luna mientras avanzaba contracorriente y sin capucha. Airgetlam le había sacado todas las tonalidades de rosa posible, pero nunca, jamás, creyó que podría ponerle el pelo blanco. Aunque a como estaban las cosas, seguro que él mismo había echado canas.
El escudero de Uruk se levantó. Los alados no solían llevar espadas porque eran incómodas para volar. Por eso el oficial tomó la espada que el príncipe llevaba a la cintura. Se situó junto a Airgetlam y levantó el arma para dejarla caer con todas sus fuerzas. El gemelo estaba agotado. No podría escudarse, ni echar a correr, ni a rodar. Ni siquiera tenía fuerzas para mirar por última vez a Riza.
La espada rebotó sobre un campo invisible. El escudero retrocedió por el golpe, pero al instante reanudó su ataque. Una, dos, tres, cuatro veces más, pero nada. El escudo ni siquiera se reflejó en el aire.
—Detente de una vez —ordenó Enlil. Su voz sonaba cansada pero su postura era firme. Cuando agarró el brazo del escudero para que no atacara más, a Airgetlam le pareció un gigante.
—¡¿Por qué?! —La palidez del alado contrastaba mucho con su tono bronceado—. ¡¿Por qué lo protege?!
—En lugar de perder la cabeza sería mejor que te aseguraras de que tu príncipe está bien —le aconsejó Enlil.
Con una mirada supo que Uruk sobreviviría. Si había resistido una sincronización forzada, sobreviviría sin problemas la herida de una navaja corta. Justo cuando el escudero se apartó del General para asistir a Uruk, Riza alcanzó a Airgetlam. La muchacha se lanzó frente a él y le rodeó el cuello con un abrazo.
 Airgetlam escuchó sus pensamientos con claridad. Estaba dispuesta a que la partieran por la mitad junto a él. «Ojalá hubiese elegido a Connor», deseó el profeta. Si su hermano pequeño hubiese estado en Xadiz cuando el ejército invadió el pueblo, todo habría sido diferente. Connor no habría iniciado una rebelión destinada a fracasar. Riza no tendría que escudarlo con su cuerpo.
Sintió la mirada de Enlil pero no sus pensamientos o emociones. Bajo su rostro pétreo, el General lo mismo podía estar enfadado como satisfecho. Airgetlam quería saberlo. Si su odioso abuelo estaba con un ánimo adecuado, podría suplicarle que perdonara a Riza.
Enlil aprobó con un asentimiento de cabeza.
—Tienes el mismo gusto de tu padre. Es perfecta.
Luego miró la pequeña brecha que persistía entre las llamas y la cerró. No tuvo ni que parpadear. Airgetlam apretó los dientes, frustrado. Aún quedaba gente en Xadiz. Como Riza.
—¿Cómo se encuentra, señor? —preguntó el General sin apartar la mirada de Airgetlam. Uruk gruñó mientras el escudero lo levantaba.
—He tenido días mejores.
El príncipe miró al gemelo con los dientes apretados, pero Airgetlam no vio ni pizca de odio. «Hizo lo que tenía que hacer», leyó el profeta. «Como yo. Y eso nos puso en bandos contrarios». Para ser un Aesir, Uruk tenía una furia lenta. Si hubiese sido Sakti, ya lo habría prendido en llamas.
—¿Qué va a hacer con él, General? —Sin la capucha, Uruk había reconocido al profeta.
—Usted es el príncipe. Puede disponer como quiera de un súbdito rebelde que lo haya ofendido.
Enlil no mostró ni una pizca de compasión. Riza apretó más fuerte a su novio. La estaca de hielo lanzó una descarga de dolor que se expandió de la pierna al cuerpo de Airgetlam.
—Pero, si me lo permite —continuó el General—, me gustaría pedirle que perdone a mi nieto.
Riza se estremeció pero no soltó a Airgetlam. El gemelo no se atrevió a responderle cuando ella le preguntó de qué iba todo el asunto. Ella no lo resintió ni riñó, sino que lo abrazó aún más fuerte.
Uruk aprobó la petición de Enlil con un asentimiento de cabeza. El General miró a uno y otro lado del pueblo, buscando entre las ruinas de la tarima y los porches de las casas. Los alados habían entrado a las viviendas y arrastraban afuera todo lo que se moviera. Pero no había rastro de las otras presas del General.
—¿Dónde están los demás? —preguntó—. ¿Dónde está el otro?
—¿El otro? —siseó Airgetlam. Su estómago se agitó con agrura—. ¡¿El otro?! ¡No somos objetos! ¡No somos cosas que posees! ¡Somos personas y debes tratarnos como tal!
—¡Shhh! —lo urgió Riza—. ¡Te va a matar!
—Que lo haga. —En ese punto ya no le importaba nada. Solo ella. Quizá entonces sí debería guardar silencio.
Enlil miró el cielo encapotado. La lluvia se había intensificado pero las llamas se mantenían aún altas alrededor de Xadiz. Los rebeldes que quedaron atrás ya no tenían escapatoria. El Segundo General tampoco.
—Si tú no quieres hablar, entonces la chica tendrá que hacerlo —Riza lo miró a los ojos con un resentimiento parecido al de Airgetlam, pero más tenue, opacado por el miedo. Enlil pensó de nuevo que esa chica era perfecta para su nieto—. ¿Dónde está el gemelo? ¿Dónde están sus otros hermanos y su padre?
—¡No se lo digas! —susurró Airgetlam—. Hagas lo que hagas, igual va a matarme.
—¿Matarte? —Enlil arqueó una ceja—. Le pedí al príncipe que te perdonara la vida. ¿Por qué habría de matarte ahora? —Miró de nuevo a Riza y agregó—: Dime dónde está su familia. Será más sencillo para... —Enlil entrecerró los ojos. ¿Cuál de los dos era este gemelo? Ni siquiera estaba muy seguro de sus nombres. ¡Sin duda era el abuelo del año!—. Será más sencillo para él y los demás. También para ti.
Riza se mordió los labios. Apretaba tan fuerte a Airgetlam que el cuello se le estaba amoratando, pero no quería soltarlo. Él no podría sostenerse ni de rodillas con su pierna herida y estaría completamente solo e indefenso delante de ese hombre. Aunque quería salvar a Airgetlam con toda su alma, sabía que lo traicionaría si contaba la ubicación de su familia. Si ella estuviese en su lugar, no le perdonaría que delatara a Ralo y a sus padres a costa de salvarla a ella.
—No están aquí —murmuró—. Airgetlam me visitó solo.
Enlil asintió con una sonrisa.
—Buena chica. Esa no es una mentira. Pero tampoco es toda la verdad. Ahora dime en dónde están.
Riza miró a Airgetlam. Estaba pálido por el dolor y la congoja. Sabía tan bien como ella que habían llegado a una encrucijada: si ella delataba a los profetas, se salvaría a sí misma y a Airgetlam, pero lo traicionaría. Y si guardaba silencio, enfrentaría las consecuencias sola. Entonces su vida dependería de que Airgetlam traicionara a su familia.
Riza lo besó.
—No diré nada. Es mi decisión. Así que no te sientas mal por algo que es mi responsabilidad.
Antes de que Airgetlam dijera nada, la manota de Enlil la agarró del hombro y la levantó. El General miró a Airgetlam con algo parecido a la compasión.
—De verdad que tienes el gusto de tu padre. Tu madre tampoco lo habría traicionado.
Enlil lanzó a Riza a dos oficiales del Escuadrón Fuoco. Mientras los soldados se la llevaban a rastras, el General extendió una mano al muchacho. Lo hizo lentamente, pero sin titubear. Cuando cubrió la frente de Airgetlam, la comprensión golpeó al gemelo con todas sus fuerzas.
—No te preocupes. Te prometo que no te pediré que le hagas daño a tu familia. Tú tampoco los traicionarás.
—¡NO! —Airgetlam se sacudió, pero la lanza en la pierna lo tenía bien sujeto al suelo y Enlil lo había agarrado con fuerza—. ¡No, no, no, noooooo! ¡NOOOOOOO!
—Lo siento —murmuró Enlil.
La helada luz del olvido se lo llevó todo.

****

Geri no llegó a tiempo. Fue culpa de la lluvia. La tormenta había provocado laudes. El terreno estaba repleto de derrumbes por los que era imposible avanzar sin quedarse atascado. Los dos, lobo y profeta, rezaron para que el camino principal también estuviera bloqueado.
Cuando al fin deslumbraron la parte trasera de Xadiz, el corazón les dio un vuelco. Desde el bosque escucharon las risotadas de las arpías, los bramidos de los groliens, los gritos de los aesirianos, incluso los balidos de las cabras. Dagda supo en su corazón que su hermano lo necesitaba. Tenía que estar ahí, junto a él. Geri gruñó y aceleró la marcha. Casi que voló por entre los árboles para cruzar la pequeña muralla de Xadiz.
Justo antes de que la alcanzara, el muro de fuego se levantó. Dagda sintió las llamas, escuchó el aullido doloroso de Geri y no registró nada más. Lo despertaron los cascos de los groliens, que sonaban como el latido del corazón de la tierra. Entreabrió los ojos. Estaba calado pero apenas podía sentir la lluvia sobre la cara. Geri estaba junto a él, empapado de sangre. Esa imagen lo espabiló. Se sentó para atender al lobo, pero se encogió de dolor. El codo izquierdo se le había hinchado y le goteaba sangre por detrás de la oreja. Habían rebotado contra el muro de fuego hacia los árboles. Geri había llevado la peor parte. Aunque Airgetlam no se había quemado, el lobo tenía ampollas en el hocico y las patas. Ahí donde el pelo no se le había chamuscado y caído, se le había encarnado.
El muro de fuego vibró delante de sus ojos. Vaciló por unos segundos hasta abrirse con una pequeña franja.
Dagda percibió allí la energía de su hermano. Si estiraba una mano hacia la grieta sería como agarrar la mente de Airgetlam. Un grolien cruzó a toda prisa la abertura. Lo siguieron los demás pueblerinos, uno por uno. Dagda los vio empujar y caer al suelo, levantarse y seguir corriendo. Algunos se quemaban la ropa y se la iban apagando con manotazos mientras se metían al bosque. La mayoría pasó junto a él sin volverlo a ver.
El primer grolien que había cruzado se quedó al borde de la franja, para ayudar a los que se tropezaban. Luego los empujaba a otros tres hombres, que terminaban de encaminarlos hacia el bosque para que huyeran por su cuenta. El primero que vio a Dagda fue Aldith. El trampero se le quedó viendo con los ojos desenfocados, como si hubiese sufrido un colapso mental. Dagda ya había visto esa expresión en los niños pequeños cuando lo miraban a la par de Airgetlam. Los niños siempre tenían problemas para asimilar dos caras idénticas.
El segundo en verlo fue Kryos. El cristalero lo miró exactamente igual. Cuando el grolien le lanzó a un vaniriano para que lo ayudara a recuperar el equilibrio, Kryos lo dejó caer. Se acercó al gemelo y lo levantó de la camisa con fuerza, sacudiéndolo.
—¿Dónde está Riza? ¿La dejaste? ¿Dónde están Ralo y Lydia? ¡¿Dónde están?!
Kryos farfulló otras preguntas sin sentido, pero Dagda no lo entendió con la voz tan ronca. Más que hablar, el cristalero se ahogaba. Aldith se le acercó por detrás y lo detuvo.
—Este no es Airgetlam. Es Dagda.
La expresión confundida de Kryos se atenuó. Miró de nuevo hacia el pueblo, con una desesperación tan profunda que cortaba el aire. Era la misma mirada que Darius había puesto cuando Connor dijo que se quería ir de Kehari. Kryos dio un paso hacia el muro de fuego. Iba a regresar. Dagda lo siguió de cerca, porque si la hija del cristalero se había quedado atrás era seguro que Airgetlam estaría con ella.
El muro se cerró antes de que pudieran dar otro paso.

****

Cuando los krebins se reunieron alrededor de la hoguera de la villa, Connor supo que no los estaban despidiendo. Tan solo se estaban asegurando de que los extranjeros se marcharan de una buena vez por todas.
—¿Y? —le preguntó Drake cuando ya los dos estaban a caballo y listos para irse—. ¿Piensas cobrarles todo lo que les diste?
—Por supuesto...
«... que no», iba a decir Connor, pero lo pensó mejor. Cambiar el mundo de los krebins era algo que dependía de ellos, pero quizá podía darles un empujoncito. En ese instante supo cómo seguiría cobrando sus servicios por el resto del viaje.
—Tienen que pagar —decidió al fin. El primer hombre que los había recibido suspiró resignado.
—¿Cuál de las niñas es de su gusto, señor mago?
—No, no quiero ninguna niña.
—Un niño, entonces —asintió el hombre mientras agitaba la mano y Drake se reía por lo bajo.
Con la mirada en el suelo, los híbridos empujaron a los niños hacia el caballo de Connor para que el doctor eligiera a uno. Connor se golpeó la frente al entender por qué se burlaba su hermano. ¡Solo porque otros aesirianos les gustara abusar de las mujeres (y tal vez también de los hombres) no significaba que todos fueran así!
—No, tampoco quiero a uno de los niños.
—¿Seguro? —lo picó Drake—. Si entrenas a uno desde pequeño se convertirá en un esclavo excelente. ¡Así tendrías a un nuevo asistente!
El sicario solo bromeaba, pero los krebins lo ignoraban. El doctor iba a calmarlos y explicarles que no quería llevarse a ninguno. Pero vio al híbrido perfecto y cambió de opinión.
—Ese —dijo mientras señalaba al chico gris.
—¿A Ceniza?
—Ceniza. Ceniza. Ceniza —repitieron los krebins, tal y como habían dicho «Enfermo. Enfermo. Enfermo» en la primera noche de los viajeros.
El chico gris se había alejado de su árbol. Connor nunca lo había visto tan cerca de los demás krebins. Ellos tampoco, porque su primera reacción fue apartarse y la segunda fue tomar rocas para lanzárselas. Connor apuró al caballo para situarse delante de Ceniza, que se había detenido y cubierto los ojos para recibir los golpes. Estaba acostumbrado a eso.
Esta vez las rocas rebotaron delante de una cubierta invisible que escudó a Connor y al híbrido detrás de él.
—Dije que me lo llevo —bufó mientras fortalecía el campo telequinético, por aquello de alguna nueva roca—. ¿O es que quieren que se los deje?
Era una persona paciente pero los krebins estaban empezando a sacarlo de quicio. Sakti una vez le dijo que no quería enojarlo jamás, porque él era una buena persona.
—Y las buenas personas —le dijo entonces la princesa— son los bastardos más retorcidos cuando están de verdad enojados. Así que no, gracias. Yo paso.
Connor estaba seguro de que si se quedaba cinco minutos más en la villa, ¡les prendería fuego a todos!
Miró a Ceniza. Era la primera vez que lo veía erguido. Tenía unos brazos y piernas larguísimos, pero un tronco algo corto. A simple vista daba la impresión de que era torpe y que no tenía material para ser esclavo. «Pero no importa. Lo que yo quiero es un nuevo amigo».
—No tienes que venir conmigo si no quieres —le dijo—. Pero te prometo que si me das una oportunidad, comeremos cuantos bollitos dulces nos encontremos. Estarás mejor con mis hermanos y conmigo de lo que nunca podrías estar aquí.
Ceniza lo miró como cuando comió el pan delante de él. Con agradecimiento. A Connor se le ocurrió que quizá no había llegado a la villa para curar a aquel hombre enfermo, alimentar a su hija o intentar llevar algo de luz a ese sitio tan oscuro. No. Había llegado ahí para conocer a Ceniza.
—Listos, entonces —dijo Kel mientras él y Drake se encaminaban a la salida de la villa.
—No, aún no. Aún me falta cobrar algo más —apuntó Connor.
El sicario sonrió encantado, como diciendo «¡Al fin piensas en tus intereses económicos, hermanito!». Semejante chasco se iba a llevar. El doctor miró a los krebins y les dijo:
—Para que terminen de pagar mis servicios, solo tienen que hacer algo más: si alguien viene a la villa en busca de ayuda, dénsela. Ya con eso habrán saldado la deuda.
Estiró la mano para que Ceniza montara con él. Solo unos meses más tarde comprendería que el acto de estrechar su mano fue lo más valiente que el híbrido había hecho hasta entonces. Drake chascó la lengua al tiempo que Ceniza se acomodaba en la montura.
—Connor, ¿cómo sabes que cumplirán? Ellos no...
—No importa si sé si cumplen o no —lo tranquilizó el doctor—. Ellos sí lo sabrán. Eso es lo único que importa.
Aunque supo que los krebins no le corresponderían, Connor les sonrió antes de marchar. Solo una niña agitó la mano para despedirlo.
La hija de su paciente nunca se endurecería.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!