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Capítulo 11

11
CULPA


Pasaron el árbol gordo por cuarta vez. Darius lo reconoció por las ramas disparejas, una de ellas rota quizá por el mal salto de una ardilla o el impacto de meteorito de los goterones de tormenta. El tronco tenía un bulto por la mitad. Parecía el estómago de un hombre que en su vida solo se dedicó a comer. Hasta tenía un agujero justo en el medio, a modo de ombligo. Tan familiar se le hacía ese árbol que Darius lo había llamado Melvin en broma.
El humor del profeta era de todo menos bueno.
Hincó los talones en los costados de Freki. El lobo pegó un salto por la sorpresa y gimoteó adolorido como un cachorrito. Cuando Darius se sostuvo del pellejo con fuerza, casi con odio, la actitud del lobo cambió. Se convirtió en una fiera salvaje. El mensajero se agitó como un toro, derribó a Darius y lo lanzó contra Melvin. El profeta quedó tendido sin aire. Freki no se apiadó de él. Le aplastó el pecho con una de sus enormes patas y le gruñó con los colmillos pelados. Se miraron el uno al otro, enojados, aunque Darius sabía que ahí llevaba las de perder. Lo mejor era disculparse.
Pero Darius estaba de mal humor y tampoco se le conocía por saber reconocer sus errores.
—¿Qué demonios fue eso? —gruñó el lobo.
—¡Es tu culpa! ¡Estás dando vueltas en círculos!
Darius intentó apartar la pata pero fue inútil. Solo una garra de Freki pesaba más que un escudo de metal. Si quería, el mensajero podía atravesarle el pecho.
—Voy a dejarte algo claro: ¡no soy tu caballo! Te dejo montarme porque me agradas. Pero si vuelves a lastimarme ¡me iré! A fin de cuentas ¡no es culpa mía que estés de mal humor!
Freki se apartó para que Darius recuperara el aire. El profeta tosió de medio lado, adolorido. A pesar de la capucha de viaje, por debajo sentía la brizna empapada por la lluvia anterior. La tierra húmeda olía diferente allí que en Kehari. Pensar en el pueblo solo le provocó más dolor en el pecho y más enojo.
Kehari era el sitio donde al fin reconstruyó su familia. Donde al fin pudo enmendar su corazón mil veces roto. Pero Connor se había marchado, Sakti lo había traicionado y Miriam... Gruñó al pensar en la peli-verde.
Había abandonado la casa sin intercambiar más palabras con ella para dedicarse en mente y alma a la búsqueda de Connor. ¡Pero nooo, Miriam tenía que irlo a buscar! La mujer lo había alcanzado en el bosque afuera de Kehari. En retrospectiva, ahí fue cuando Freki comenzó a dar vueltas en círculos. ¿Si no, cómo explicaba que ella lo hubiese alcanzado tan rápido a pie, casi dos días después de que el profeta se hubiese marchado?
Que quería hablar. Que necesitaban hacerlo. Que debían hacerlo. Miriam habló pero Darius no la escuchó. Solo la vio gesticular. Vio las ramas y las hojas que se agitaban con el viento, pero no escuchó el murmullo de la brisa ni la sintió en la piel. No escuchó absolutamente nada.
—¡¿Me estás escuchando?! —le gritó ella—. ¡Di algo! ¡Esto es importante!
—No. —Darius dio media vuelta para montar otra vez a Freki. El lobo tenía la vista pegada al suelo, incómodo por presenciar una pelea que no le incumbía—. No tengo tiempo para esto.
—¡Nunca tienes tiempo para esto! ¡Y ese es precisamente el problema!
La mujer giró y se marchó antes de que Darius pudiera decirle que el problema era que ella se acostó con un príncipe que, por cierto, no era santo de la devoción del mestizo. Miriam se fue hecha una furia. Darius hizo otro tanto.
Montó a Freki enojado. Recorrió los bosques enojado. Comió enojado. Durmió enojado. No sabía con certeza qué era lo que más lo molestaba. ¿La escapada de Connor? ¿Adad y Miriam? ¿El que llevara casi dos semanas en el bosque sin rastros de sus hijos prófugos?

«¡Nunca tienes tiempo para esto! ¡Y ese es precisamente el problema!».

No. La fuente de su furia eran esas palabras porque lo responsabilizaban de la torcedura en su camino y el de Miriam. Aunque quizá... «No», pensó mientras se sentaba y sacudía la tierra de la capucha. «Miriam fue la que lo decidió. ¡Yo no hice absolutamente nada! ¡Es culpa de ella!».
Freki se aclaró la garganta. Se sentó con la elegancia de un rey y levantó la cabeza con el hocico en alto.
—Me debes una disculpa.
El rostro de Darius se tensó con tics nerviosos.
—¿Yo te debo una disculpa? No solo me lanzaste, ¡sino que has dado vueltas en círculos durante días! Connor podría estar en problemas ¡y tú actúas como si no te importara!
—¡Sigo su rastro lo mejor que puedo! —rezongó el lobo—. ¿No se te ha ocurrido que quizá el que esté dando vueltas en círculos sea Connor? ¡Yo solo sigo su aroma!
Darius abrió la boca para reprochar pero la cerró al instante. Drake no daría vueltas en círculos. El sicario era una brújula andante. Pero si el plan del peli-rosado era calmar la ansiedad de Connor a lo mejor lo dejaría deambular hasta que estuviera satisfecho. Eso, o Drake y Kel tenían una apuesta sobre cuánto tiempo tardarían perdidos gracias a Connor. Con el sicario todo era posible.
—Lo si...
—¡Shh! —lo calló el lobo.
Freki se agazapó. El gruñido, las garras y los colmillos con los que amenazó a Darius se prepararon para atacar a alguien más. El profeta escuchó pasos. Jadeos. Alguien venía. «¿Un asaltante de caminos?». Si así era ¡estaba de suerte! Se sentiría mucho mejor después de soltar la frustración en alguien que se lo mereciera. Se agazapó también, listo para saltarle encima al intruso apenas torciera la curva del camino, justo donde se alzaba el árbol Melvin.
Apenas vieron la silueta se le lanzaron encima.
Sakti aulló de dolor. Cayó de espaldas, con Darius y Freki encima. El lobo se apartó primero, con el pelaje erizado; Darius se quedó encima de ella varios segundos más.
—¿Qué haces aquí?
Sakti jadeó. Tenía los ojos apretados, los labios agrietados, la frente sudorosa. Por un instante Darius la vio tal cual estaba: pálida y enferma. Después recordó sus ojos desafiantes y sus palabras de despedida.

«Tienes que dejarlo ir. Él no es como tú».

Sakti no era una muchacha indefensa. ¡Era la amiga que le había dado la espalda!
—¿Vienes a detenerme? ¡Lo que me faltaba! No te bastó con alentarlo a irse, ¡sino que tenías que evitar que lo encontrara!
Antes de que Darius pudiera reprocharle más, Freki lo apartó con un coletazo en la cara. El golpe no fue fuerte pero tuvo el efecto de una abofeteada.
—Una cosa es que me lastimes a mí, ¡pero otra es que te pelees con ella! ¿Es que no ves que está enferma?
Sakti gruñó en el suelo. Miró al mestizo a través de ojos febriles, con la misma expresión de «Darius, eres un idiota» de siempre. El profeta tardó un instante en comprender que Sakti no podía levantarse. Eso lo hizo reaccionar.
Sin necesidad de ponerse de acuerdo, Freki se situó junto a los dos para que Darius montara otra vez, ahora con Sakti en brazos. Cuando la cargó la sintió aún más liviana que hacía dos semanas, cuando llegó junto a Adad y la tormenta. Por debajo de la ropa le sintió las costillas. Y ardía. Sakti se acurrucó contra él.
—Auch. Creo que me volviste a romper la clavícula.
—¡Es culpa tuya por aparecerte de repente!
—... ¿Por qué siempre tienes que echarle la culpa a alguien más?
Darius se atragantó. ¿Cómo era posible que ella no pudiera levantarse por su cuenta pero tuviera fuerzas para dispararle esos comentarios? Lo más humillante es que Sakti llevaba algo de razón. En las últimas semanas Darius había culpado a Connor, Miriam, Adad, Sakti y hasta a Freki por su mal humor.
Una rama lo golpeó en la cara y le cortó la mejilla.
—¡Maldita sea, Freki! ¡Fíjate por dónde andas!
—Tú eres el que está distraído... —comentó Sakti entre dientes, en voz baja para que el profeta no la riñera pero lo bastante alto para que él la escuchara.
«Ah, esta mujer me va a provocar una úlcera», pensó el mestizo antes de que otra rama lo pegara en la cara. Freki se había adentrado más al bosque. Las ramas de los árboles caían hasta tocar el suelo. La maleza trepaba por ellas, entretejiéndose entre las hojas. Entre más avanzaban menos luz tenían. Era como si el bosque los arropara con una manta de oscuridad antes de que se sumergieran en una pesadilla eterna.
—Freki, no creo que...
—¡Shhh! —lo calló el lobo—. Connor se metió por aquí. ¡Puedo olerlo! Si lo encuentro ¡él va a curar a Allena!
Darius se estremeció. ¿Por qué su hijito se metería en un sitio como ese? El mestizo tuvo que ajustar la visión para ver en la oscuridad. Las copas en lo alto estaban bien tupidas. Ahí abajo, en la superficie, no llegaba ni un rayo de sol.
Freki olisqueó el aire, alzó las orejas y ladró. Darius vio que había una hoguera más adelante. Reconoció también siluetas, siluetas de personas que corrían de un lugar a otro. Algunas echaban tierra al fuego para apagarlo. Como Freki echó a correr rumbo a la luz, las figuras se dieron por vencidas y escaparon. Darius y los demás llegaron justo a tiempo para ver a los últimos de ellos metiéndose en unos montículos de hojas. Si no lo hubiesen visto jamás habrían imaginado que esas colinitas tenían puertas camufladas.
—Eh —llamó el mestizo—. ¿Hay alguien ahí? ¿Connor? ¿Drake, Kel?
Nadie le contestó. Darius iba a desmontar para tocar una de las puertecitas, pero Freki se convirtió otra vez en una fiera salvaje. El lobo se encabritó. Con sus patas delanteras aplastó un montículo y con sus fauces arrancó el techo cubierto de hojas. Darius se encogió cuando el lobo lanzó a un lado el montón de hojas y tierra. Sakti gruñó porque el movimiento la había lastimado.
—¡Cuidado! ¡Nos vas a lanzar! —advirtió Darius pero Freki lo ignoró.
El lobo metió la cabeza en el hoyo que apareció en lugar del montículo. Darius escuchó gritos de horror. Se asomó por encima de Freki. En el interior había tres niños y una mujer, todos flacos y sucios. El lobo les lanzó una dentellada, pero Darius lo agarró del pellejo antes de que alcanzara a alguno.
—Freki, por favor detente —suplicó Sakti—. Me estás lastimando más.
El lobo retrocedió. En cuanto el profeta y la princesa bajaron, Freki atacó otro de los montículos. Allí dentro también había gente flaca y sucia.
—Freki, ¡ya cálmate! —ordenó Darius—. Si los chicos están ahí abajo ¡vas a lastimarlos también!
Los gruñidos del mensajero se convirtieron en lloriqueos de cachorrito. Freki se acurrucó junto a Sakti, con los ojos vidriosos. Estaba muy asustado por ella. Darius también lo estaba. Su mal humor aún seguía ahí, martillándole la cabeza. Pero no era lo bastante fuerte como para ignorar el estado de Sakti.
Se asomó al primer hogar subterráneo para ayudar a sus ocupantes. Ninguno de ellos salió cuando los llamó. En cambio, del otro montículo destruido salió un hombre greñudo cubierto con un poncho de hojas. Sus ojos reflejaban un odio velado, un odio de animal enjaulado. Darius se preparó para un justo griterío. Después de todo, él también querría darle una tunda al destructor de su casa. En lugar de eso, el hombre inclinó la cabeza, sumiso. Las puertecitas de los montículos alrededor se abrieron muy ligeramente. En cada una de ellas se asomaban ojos asustados que miraban del lobo a Darius con resentimiento y horror.
—Lamento lo de su casa. Buscamos a alguien. Un doctor. Mi amiga está enferma y necesita ayuda.
Cuando el hombre miró a Sakti, su cara se arrugó con una mueca. El hombre escupió el suelo y murmuró unas palabras que Darius no entendió, pero que le sonaron groseras.
—Eso fue innecesario —gruñó el mestizo—. Ella no tiene la culpa de que...
—Darius. Son krebins —le dijo Sakti. Su voz sonaba débil. Se estaba ahogando—. Los krebins no son conocidos por su simpatía con los extraños, los aesirianos o los enfermos.
—Enferma. Enferma. Enferma —susurraron los híbridos al otro lado de las puertecitas antes de cerrarlas de nuevo. Darius se quedó helado. ¿Significaba eso que ninguno los ayudaría?
—¡Es una niña gris! —gritó el hombre greñudo cuando Darius insistió en que ayudara a Sakti—. Más cenizas. Ceniza. Ceniza.
Desde las colinitas, Darius escuchó los siseos de los híbridos. «Ceniza. Ceniza. Ceniza». Tuvo la impresión de que le lanzaban una maldición.
Sakti tosió sangre. Darius sintió la úlcera en el estómago. Su amiga le iba a provocar una gastritis, ya fuera de ira o de preocupación. La tomó otra vez en brazos. Si Connor no estaba ahí, alguien, por lo menos uno de los krebins, seguro sabía cómo ayudarla.
El hombre greñudo retrocedió con los ojos encendidos. Darius no supo si el híbrido pensaba en huir o enfrentársele, pero algo era seguro: Freki destruiría esa villa si nadie ayudaba a Sakti. El mestizo podía verlo, aún más, sentirlo en el gruñido que vibraba en el aire desde la garganta del lobo.
—Puede venir conmigo si lo quiere, señor mago —susurró una vocecita tímida.
Darius se giró. Una chiquilla flaca y harapienta retrocedió de un salto cuando él la miró con sus ojos verdes y zafiro. La niña se quedó encogida, temblando como una hoja. Era un conejillo asustado delante de dos lobos.
—Sí, por favor —aceptó Darius—. Por favor, ¡por favor ayúdame con ella!
Freki dejó de gruñir y bajó las orejas. Siguió con timidez a Darius y a la niña, aunque le dio una última mirada de rencor al hombre del poncho. La chiquilla los guio a la colina más grande. Darius entró sin titubear, ansioso por una cama, un vaso de agua y algo de medicina para su amiga. Apenas bajó por los escalones Sakti le apretó con debilidad un brazo. Detrás de ellos Freki olisqueó el aire. Allí abajo predominaba el olor de tierra y medicina, pero también el de estofado.
—Tranquila —le dijo a la princesa—. Ya te doy de comer.
A él también le gruñó el estómago. Qué extraño que le entrara apetito en un sitio tan poco placentero como esa casa subterránea.
Cuando llegaron al fondo encontraron una única habitación. En una de las paredes estaba esculpida la chimenea. Había dos camas. La que estaba libre tenía cobijas de cuero desgastado. En la otra había sábanas de cuero y hojas, además de un hombre flaco que los miró fijamente mientras descendían.
Sus pómulos, frente y orejas eran aesirianos, pero el resto era humano. Su mirada era una mezcla de desconfianza y resignación. Si sus invitados decidían corresponderle con una traición él no podría hacer absolutamente nada. Estaba convaleciente. Darius vio que le faltaba una pierna.
—¿Se va a morir? —la niña señaló a Sakti mientras Darius la acostaba en la cama libre.
—¡Claro que no! —El mestizo miró a la niña fijamente. Ella frunció los labios.
—¿Entonces la va a abandonar aquí? Qué mal. Todos estaban aliviados de que Ceniza se hubiera ido, pero ahora tendremos a una nueva aquí.
—¿De qué hablas? —La niña señaló el cabello de Sakti. Aunque Zoe se lo había teñido, la lluvia había quitado parte del tinte. Por aquí y por allá había mechones grises.
—Los niños grises son abominaciones. Son los hijos de los espíritus. —Una idea alumbró los ojos dorados de la pequeña—. ¿Usted es el padre de esta Ceniza? ¿Es usted un espíritu?
—Soy aesiriano —Darius no podía estar más confundido. La niña no podía estar más decepcionada.
—Ah. No sabía que los aesirianos tenían los ojos tan feos como usted. Son como los ojos de la Ceniza.
La úlcera de Darius ardió un poco más. Primero los comentarios afilados de Sakti y ahora los comentarios crueles de una chiquilla cualquiera. ¿Y por qué tenía que atacar sus ojos mestizos? Darius no lo admitía en voz alta pero estaba muy orgulloso de sus ojos a pesar de que algunas personas lo discriminaban por ser mestizo. ¡Hasta Sakti le decía que eran bonitos! Después de sufrir una desilusión amorosa, lo último que necesitaba era un ataque a su autoestima.
O que su mejor amiga se muriera.
Sakti volvió a toser. Un hilo de sangre le escurrió por la nariz. Darius entró en pánico.
Miró alrededor en busca de medicina, pero todo lo que vio fue un caldero en la chimenea, rocas en los estantes desnudos y un frasco gigante de vidrio. Al destaparlo olió ungüento contra infecciones, pero supo que no le serviría para nada. Si Connor estuviera ahí ¿qué haría? «Le daría té. Y píldoras. Y... ¡Y le daría a respirar vapor medicinal!». Se palpó con desesperación los bolsillos de la chaqueta. ¡Sí, ahí estaba el sobre con las hierbas que le había dado Finn! ¿Podría hacerlas en té? No estaba seguro. A lo mejor envenenaría a Sakti si se las daba para ingerir.
En la habitación no había un incensario, pero Darius improvisó con un plato roto de arcilla que colocó sobre los carbones de la chimenea. Molió ahí parte de las hierbas. Los hilillos de humo empezaron a danzar.
—¿Es magia negra? —preguntó la chiquilla. Se había hecho un ovillo junto a su padre y tenía la misma expresión de resignación y desconfianza de él.
—No, es medicina.
—¿Es un espíritu doctor?
—Ya te dije que soy aesiriano.
La niña empezaba a fastidiarlo. ¿Es que no veía que él tenía cosas más importantes que hacer que responder sus preguntas necias? Necesitaba agua limpia para darle de beber a Sakti y bajarle la temperatura. Necesitaba hierbas para hacerle un té. No podría hacer una medicina tan efectiva como la de Connor, pero podía ayudarla a sentirse mejor. Y tenía que alimentarla. Aunque no le parecía bien tomar lo que no le pertenecía, sirvió una pequeña ración del estofado del caldero. Ni la niña ni el hombre le reprocharon.
—Oiga, ¿trae comida? —preguntó la niña cuando él le dio una cucharadita a Sakti. Era como alimentar a un pajarillo—. El último aesiriano que vino nos dio de comer. Usted también podría hacerlo.
Sakti dio un pequeño salto en la cama. Darius creyó que la comida se le fue por mal camino y se estaba ahogando. Pero ella tragó ávida y hambrienta. El profeta soltó un suspiro de alivio. Que Sakti tuviera apetito era una buena señal.
—Darius, pruébalo —le dijo.
El mestizo hizo una mueca. Quería a su amiga, ¡pero vamos! Estaba enferma. Con lo propensos que eran los aesirianos a las enfermedades no era buena idea que compartiera cuchara con ella. Sakti lo miró de nuevo con sus ojos de «Eres un idiota». Para complacerla, Darius mojó la punta del dedo en el estofado. Tuvo que servirse una ración propia al instante, solo para comprobarlo.
Era el estofado de Connor.
Agarró a la niña de los hombros.
—Dijiste que un aesiriano vino antes. ¿Estaba acompañado? ¿Había un hombre de cabello rosado y un grolien con él? —La niña tembló asustada pero el padre respondió después de un hondo suspiro.
—Me cortó la pierna sin que yo me diera cuenta. Cuando me desperté, ya era menos que una Ceniza. Pero ya me siento mejor. Mejor. Quizá hasta me eche a andar con mi niña fuera de este bosque. —Miró a Darius con ojos negros y duros—. Él dijo que el precio de su ayuda era ayudar a alguien más.
Miró a Sakti con una mueca. No le hacía gracia tener a una niña gris en su casa, pero se había resignado a pagar los servicios de Connor.
—Es mi hijo —Darius se levantó, listo para retomar su viaje—. ¿Dónde está? ¿Está bien?
—Se ha ido.
—¿A dónde?
La niña y su padre levantaron los hombros.
—No lo entienden. ¡Podría estar en peligro! Es solo un chico indefenso que no sabe lo que hace. Tengo que...
—Él no es un chico —lo cortó Sakti—. No es indefenso. Y sí sabe lo que hace. Déjalo ir.
El estómago se le contrajo con una pirueta. La bilis le subió por la garganta. La úlcera le ardió. Darius perdió el control.
—¡¿Qué demonios sabes tú de él?! ¡Absolutamente nada! ¡No eres nada de él! ¡Ni su hermana, ni su madre! ¡NADA!
—Lo estás haciendo mal. Esto no es protegerlo. —Comparado con sus gritos, la vocecilla suave de la princesa era como un soplido contra un huracán—. Lo estás asfixiando.
—¿Lo estoy haciendo mal? —Un nudo le atravesó la garganta—. ¡¿LO ESTOY HACIENDO MAL?! ¿Qué puedes saber sobre el trabajo de un padre que ama a su cachorro? Te crio una mujer demente que te habría matado mil veces. Tu padrino te abandonó y tu tío planeó sacrificarte antes de que nacieras. ¡No sabes lo que significa ser un buen padre porque nunca tuviste uno que te amara!
Lo supo. Apenas dijo esas palabras supo que había roto el vínculo más fuerte que tenía en el mundo. Sakti no dijo nada, ni lo miró desafiante, enojada o triste. En ese momento sus ojos eran los del entierro de Mark. Desprovistos de todo. Vacíos. Darius retrocedió. La ira de las últimas semanas se desvaneció por completo. En su lugar solo quedaba vergüenza. Sakti lo había herido al defender los deseos de Connor, pero no lo hizo con mala intención. A pesar de todo Darius sabía que ella solo hacía lo que consideraba mejor para el joven doctor. Ella no había buscado herirlo adrede. Pero él sí. Él había lanzado a matar.
Escapó de la casa subterránea.
Salió de la villa. Avanzó entre las tinieblas del manto de hojas y maleza. Pero cuando al fin salió al exterior, al otro bosque en donde sí había luz, se sintió más a oscuras.
El que Connor se marchara era signo inequívoco de que lo había perdido. No porque Connor pudiera morir, sino porque el doctor había decidido marcharse. Había decidido que su camino lo llevaba lejos de su padre.
El que Miriam se hubiese acostado con Adad era prueba de que ella también se había apartado. Darius lo sabía, sabía que ella tenía razón. Nunca había sacado el tiempo para pensar seriamente en una relación con ella porque tenía miedo. Tenía miedo de avanzar hacia una dirección que pudiera cambiar absolutamente todo en su hogar.
Tenía miedo de que Airgetlam se marchara a Xadiz para vivir allí con su futura esposa. Tenía miedo de que Dagda también encontrara a alguien y se fuera de Kehari. Tenía miedo de que una de las arpías del pueblo al fin cayera rendida por la voz de Kel. O que uno de los aprendices de Connor enamorara a Zoe. O que al fin Frey tuviera el valor para confesar sus sentimientos al trampero y Aldith la correspondiera. O que Garrow muriera de viejo. O que Drake y Sakti dejaran de visitarlo y se apartaran para siempre de él.
Tenía miedo de quedarse solo. Todos a su alrededor avanzaban, pero él no podía seguirles el ritmo. No sabía cómo. Si intentaba avanzar con ellos lo dejarían atrás en un dos por tres. Por eso había luchado para que su familia se quedara estancada en el mismo lugar, con él, en donde no pudieran abandonarlo.
Con eso solo logró que Connor se fugara y que Miriam se hartara de esperar. Y la que había pagado los platos rotos fue Sakti.
Darius regresó a la casa subterránea. Llevó consigo dos liebres y una ardilla. No sabía cuánto tiempo tendrían que quedarse ahí, pero necesitarían provisiones. El estofado de Connor se acabaría tarde o temprano, y Sakti necesitaba comer bien para recuperarse.
Cuando llegó la princesa estaba dormida. Freki se había acomodado en la cama para hacerle compañía. Tenía el morro sobre las patas y la mirada perdida. Darius supo que pensaba en algo serio porque no le gruñó ninguna advertencia. Ni siquiera lo volvió a ver.
—A veces las personas se van de un momento a otro —comentó el lobo—. No me gustaría pasar el resto de mis días pensando en lo mal que me porté con un amigo antes de que muriera.
—Allena no va a morir.
—Aun así deberías apreciar mejor el tiempo que compartes con los que amas. O de lo contrario solo te quedará remordimiento.
—Freki.
—¿Hmm?
—Perdóname por haberte jalado el pelo. Y también por hincarte los talones en los costados. Lo siento.
—Te perdono.
Con Sakti no pudo disculparse tan rápido. Ella durmió y durmió. Darius ponía las hierbas sobre el platito de arcilla con regularidad para que respirara el vapor medicinal. Ajustaba el vendaje en ocho cada cierto tiempo, como Connor lo hacía antes para que la clavícula sanara. También preparaba té y cocinaba la carne para que Sakti y el híbrido se alimentaran adecuadamente. En los primeros días tuvo que alimentarla y darle de beber aunque estuviera dormida, porque por más que la llamó no se despertó. Requirió toda la paciencia y fuerza de voluntad del mundo para no entrar en pánico. «Ya no tose ni estornuda sangre. Solo está cansada», se decía siempre que el miedo afloraba en su interior.
Darius se acobardó cuando al fin Sakti se despertaba entre siestas. No era tanto que le costara decir «lo siento» sino que otra vez tenía miedo. Temía que Sakti no aceptara su disculpa, o que lo hiciera y aun así nada volviera a ser como antes. Temía aceptar que perdió la amistad que le trajo tanto consuelo.
Por eso escapaba. Su excusa era que salía a cazar la cena o que ayudaba a reparar el desastre que hizo Freki en las dos colinitas. Aunque sí salía a cazar y ayudó tanto como los krebins se lo permitieron, pasaba la mayor parte del tiempo solo. Casi siempre estaba tentado en irse para buscar a Connor. Sakti estaría bien. Freki la cuidaría. Pero eso no cambiaría el hecho de que la abandonaba en medio de gente extraña, precisamente el tipo de gente con que Sigfrid la abandonó cuando era una bebé. Cada vez que recordaba eso, Darius se odiaba por haber pensado en dejarla atrás y por haberle dicho aquellas palabras tan crueles.
Las lluvias regresaron. Eran fuertísimas, con vendavales que habrían derribado a un dragón del cielo. Al principio eso no importó mucho, porque el manto sobre la villa bloqueaba gran parte de la lluvia y atenuaba el rugido del viento. Pero una madrugada, las ramas cayeron. A Darius lo despertó el retumbo contra el suelo. Cuando salió a ver lo que pasaba vio tres colinitas más destrozadas. Las llamas de la hoguera principal trepaban por los troncos caídos.
Los krebins que salieron a ver se quedaron plantados en su sitio. Congelados. Estupefactos. Darius tuvo que apagar por su cuenta el fuego o de lo contrario todo se prendería. En esa ocasión la lluvia fue un alivio que lo ayudó a evitar una catástrofe. En los días posteriores, cuando tuvo que sacar por su cuenta a los krebins que se quedaron atrapados en las colinitas –los demás híbridos no movieron ni un dedo–, o cuando el resto del manto se cayó a pedazos sobre la villa, la lluvia fue una verdadera calamidad. Darius apenas podía cazar nada. Siempre regresaba al refugio empapado de pies a cabeza. Tuvo que quedarse dos días encerrado en la casa subterránea porque estaba seguro de que pillaría un resfriado. Y un resfrío, por ligero que fuera, siempre lo tumbaba en la cama con un dolor de cabeza.
En esos dos días se las arregló para estar «dormido» cuando Sakti estaba despierta y comía. «Soy un gran pelele», se dijo una noche. Si no tenía las agallas para disculparse con su mejor amiga, ¿cómo habría tenido las agallas para avanzar en su relación con Miriam? «Sí, un gran pelele».
Al tercer día lo despertaron los gritos. Entre sueños, Darius escuchó discusiones lejanas. Se espabiló solo cuando escuchó golpes en la puertita. La niña y su padre estaban acurrucados en el rincón, con los ojos abiertos de par en par. La chiquilla tenía miedo de que alguien entrara, pero el temor del hombre era más complejo. El krebin miró a Darius.
—Nos van a encerrar.
—¿Quiénes?
—Los demás. Nos dejarán encerrados aquí.
Darius había visto la cara de desesperación de los krebins que se habían quedado encerrados bajo las ramas y lianas caídas. Si ellos también se quedaban allí abajo se asfixiarían o morirían de hambre. Subió las gradas de tierra y empujó la puerta. En el exterior, varias manos hicieron presión para que no saliera. Darius escuchó los gritos de los hombres mientras levantaban los troncos. «Dios, de verdad nos van a enterrar vivos». Los sepultarían bajo las lianas y árboles caídos.
—Apártate.
Después de que Darius se quitara del camino, Freki embistió la puertecita. En ese espacio tan estrecho no pudo usar todas sus fuerzas, pero aun así la puerta se quebró contra el cráneo y los cuernos del lobo. Freki salió a la superficie con un rugido. Darius lo siguió a tiempo para ver que el lobo agarraba a un krebin del brazo y lo rompía como un muñeco de trapo. Los híbridos retrocedieron. La tierra les resbalaba por la cara con la lluvia. En sus manos tenían ramas. Uno de ellos tenía un rastrillo. Todos empuñaban sus armas contra el lobo-dragón. Darius se interpuso para que Freki no destazara a nadie y para que ninguno de los krebins punzara a su amigo.
—¿Qué creen que hacen? ¡¿Por qué nos iban a encerrar?!
El odio de los krebins se les reflejó en los ojos. Gruñeron con los dientes pelados.
—¡La niña gris hizo esto! —gritó el hombre del poncho de hojas. Señaló todas las cortinas de lianas que una vez cubrieron la villa desde lo alto, pero que ahora estaban destrozadas y esparcidas por el suelo—. Si no hubiese llegado ¡el bosque no nos habría traicionado! ¡Ceniza, maldición!
—Ceniza, maldición. Ceniza, maldición. ¡Ceniza, maldición! —recitaron los demás.
Sus siseos se propagaron por la villa como la lluvia misma. Aunque los krebins nunca fueron simpáticos con Darius, en ningún momento se atrevieron a mirarlo con insolencia. Ahora, en cambio, estaban listos para lanzársele encima. Darius quería evitar un enfrentamiento porque estaba seguro de que se derramaría mucha sangre. Freki se encargaría de eso. Él destrozaría a cualquiera que pusiera a Sakti en peligro.
El lobo tenía el pelo erizado y los dientes pelados. Estaba agazapado, con los músculos listos para saltar sobre la primera presa. A pesar de los gruñidos fieros de Freki, el siseo de los krebins se mantuvo firme. Ellos también estaban listos para atacar.
Una figura blanca saltó desde las copas caídas alrededor de la villa. Al principio Darius creyó que un krebin se había escondido para atacar de sorpresa, pero la silueta era musculosa, alta y fosforescente. Todo lo contrario a los híbridos, que eran flacos, encorvados y sucios. El lobo y su atacante giraron por el suelo. No era un krebin. Era un Fafnir.
Antes de que Darius pudiera preguntarse qué hacía la herramienta en la villa, siete más salieron de entre los árboles. Cayeron de inmediato sobre los híbridos. Les bastó con un solo golpe de sus garras o un latigazo de sus colas escamosas para que los híbridos no se levantaran más. Por entre las cortinas de lluvia, Darius vio los pringues de sangre que manchaban a las herramientas. Miró de un lado a otro sin saber qué hacer. Los Fafnir se movían por la villa muy rápido. Los más lentos estaban entretenidos sobre las colinitas, abriéndolas en la parte más prominente como si fueran huevos duros.
Freki todavía luchaba contra la primera herramienta. A ese ritmo las demás se unirían para acabar con el lobo. Cuando Darius se decidió a apartar a su amigo, un Fafnir se detuvo delante de él. Darius lo miró aterrado. El Fafnir tenía dos veces su tamaño. Era tan ancho como un grolien. Si levantaba la garra partiría al profeta por la mitad. El Fafnir lo miró fijamente por un par de segundos, hasta que dio media vuelta y golpeó a un nuevo krebin. «Soy aesiriano. Por eso no me ataca». Darius agitó los brazos en el aire.
—¡Eh! —llamó—. ¡Todos detrás de mí! ¡Ahora! ¡No los atacarán si están detrás de mí!
Freki al fin lanzó a la herramienta a un lado y se refugió detrás de Darius. Tenía el pelaje lleno de sangre, lluvia y tierra. A pesar de que gruñía con fiereza estaba muy adolorido.
Ningún krebin se acercó. O estaban demasiado asustados de Freki como para acudir a la protección de Darius, o habían apostado a escapar. Era inútil. Aun si lograran huir de la primera arremetida de los Fafnir, las herramientas los cazarían hasta el exterminio.
De repente, un Fafnir se convirtió en una tea. La herramienta se deshizo entre vapor y llamas. Las siete herramientas restantes miraron hacia Darius con esos ojos de serpiente mortal. «Oh-oh». Darius supo lo que significaba esa mirada. Los Fafnir se acercaron lentamente a él. Sus colas ondulaban con suavidad. «Oh-oh». Iban a atacarlo.
Antes de que la primera herramienta saltara sobre él, Darius sintió un empujoncillo por detrás. Sakti se le adelantó y se situó a unos pasos del Fafnir. La princesa no prendió en llamas a esta herramienta, que se detuvo delante de ella. El Fafnir quedó con las piernas tensas y listas para saltar, pero sus ojos estaban fijos en el rostro de Sakti.
—Darius —llamó ella—. Ven. Ayúdame con esto.
Sakti intentaba sacar el brazo del cabestrillo que él le había puesto mientras dormía. Darius la ayudó a levantar el brazo muy lentamente para que el movimiento no le doliera. Cuando estuvo a la altura del pecho del Fafnir, Sakti metió la mano en el cuerpo fosforescente. La ondulación de las colas se detuvo. Todos los Fafnir se quedaron petrificados.
Sakti frunció la frente.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—... Las herramientas están programadas para limpiar toda la zona de criaturas mágicas distintas a los aesirianos —respondió ella mientras analizaba el núcleo del Fafnir—. Preparan el terreno para las tropas.
Sakti sacó el brazo. El Fafnir se enderezó. Se unió a las demás herramientas y se marchó con ellas por donde habían venido. Darius enarcó una ceja. No podía creerse que ocho Fafnir hubiesen venido a una simple aldea, mataran a unos krebins, hirieran a los demás y luego se fueran tan campantes sin terminar la misión.
—¿Qué hiciste?
—Los reprogramé para que se fueran. Darán vueltas en círculos por el bosque pero... —Sakti hizo una pausa—. Creo que no será suficiente. Tenían un código de sincronización muy complejo. Creo que están sincronizados con otras herramientas cercanas. —La princesa miró a su amigo—. Quien las haya programado antes se dará cuenta de que las intervine.
Y los únicos que podían programar Fafnir eran los Aesir. Los parientes de Sakti estarían sobre su pista muy pronto.
—¿Por qué lo hiciste? —Darius se enojó. Sakti estaba herida porque Sigfrid intentó atraparla. ¿Qué haría ahora si uno o dos príncipes se unían contra ella cuando estaba tan débil?—. ¡Maldita sea! ¿Por qué te pusiste en peligro?
Sakti lo miró un instante con sus ojos fríos y vacíos. Luego miró hacia la entrada de la colinita. Ahí estaban la chiquilla y su padre, éste último apoyado en la niña.
—Estoy pagando el precio de Connor —respondió ella—. Estoy ayudando a alguien más.
El hombre asintió. Por primera vez Darius vio en sus ojos algo distinto al odio velado y la desconfianza hacia la niña gris y al aesiriano de ojos mestizos. Allí había agradecimiento. Entendimiento. La prueba de que ambas partes habían llegado a un acuerdo común.
—Hay que irnos —decidió Darius.
No sabía qué tan cerca estaban los demás Fafnir o las tropas de las que habló Sakti. Ahora no solo tenía que viajar para encontrar a Connor, sino también para ayudar a su amiga a burlar a los cazadores.
—Todos tienen que irse. ¿Lo entienden? —preguntó a los híbridos. Solo la chiquilla y su padre asintieron. Los demás lo miraron aún con resentimiento y odio. Nadie dijo nada, ni se movió de su sitio, ni intentó socorrer a los que habían caído fulminados por el ataque.
Darius inclinó la cabeza hacia sus anfitriones. Luego miró a Sakti indeciso, porque no sabía si ella tenía fuerzas para avanzar por su cuenta y Freki estaba muy lastimado como para cargarla. Darius estaba dispuesto a ayudarla, ¿pero aceptaría ella que la tocara? Aun no le había pedido perdón.
Sakti avanzó por su cuenta. Darius la siguió en silencio. Freki avanzó también. No importó que el lobo renqueara detrás de ellos porque la princesa aún no podía andar rápido. Salieron de la villa krebin. Las cortinas de hojas que habían cubierto esa parte del bosque habían caído o tenían agujeros en lo alto, por donde empezaba a colarse la primera luz del día.
—Darius —llamó Sakti.
—Dime.
—Tienes ojos bonitos.
—¿Eh?
Ese comentario lo tomó completamente desprevenido. Había esperado un reproche por aquellas palabras crueles. Había esperado una declaratoria de defunción de su amistad. No un cumplido. Cuando Sakti lo miró, Darius pensó que no era que sus ojos estuvieran fríos o vacíos. Simplemente aún estaba algo adormilada.
—Cuando la niña dijo que tenías ojos feos pusiste cara triste. No le hagas caso. Los krebins tienen mal gusto.
Luego guardó silencio. Darius quedó mudo también pero se sintió mejor. Mucho mejor. Era una ridiculez que ese cumplido tuviera tal efecto en él. Descubrió que aunque Sakti tenía el poder de lanzar comentarios con la fuerza de un puñetazo, también podía dar palabras con el efecto de un bálsamo.
A pesar de lo mucho que ella lo enojara a veces, a pesar de las crueldades que él pudiera decirle, algo era cierto: Sakti era una de las personas de las que Darius jamás podría despedirse.

****

Rodni dijo que el pueblo se llamaba Delya. Apenas entraron sintieron el cambio de ambiente. Connor reemplazó la sonrisa bonachona por una expresión más calculadora. Era la mirada del negociante que Lea había criado. Drake le siguió la corriente. Para él era más sencillo porque en sus viajes siempre adoptaba la expresión de un sujeto con el que no era buena idea meterse. Así se evitaba muchos problemas.
Las calles estaban atestadas de hombres. Los que no eran soldados iban igualmente armados. Eran cazadores. Los pocos pueblerinos al aire libre eran comerciantes, que tenían desplegados sus puestos a cada lado de la calle. Ellos tenían la misma expresión de Connor, la de negociantes que no dejarían de lado un buen trato ni se dejarían ningunear por los clientes.
El grupo del doctor llamó la atención, ¿pero cómo no? Un grolien libre entre tantos aesirianos ya era muy llamativo, y a él tenía que agregar a un humano manco y a un krebin bien vestido. A su paso, los cazadores se apartaron con una mirada hostil. Los negociantes ni los volvieron a ver para evitarse problemas. No dieron ni quince pasos después de la muralla baja que rodeaba Delya cuando cuatro soldados, dos de ellos titanes, les cortaron el paso.
—Las reglas de la zona neutra no aplican aquí —dijo un oficial con la mano sobre la espada mientras miraba fijamente a Kel.
—Menos mal —lo atajó Drake antes de que los soldados dieran otro paso para apresar al grolien—. Esa zona es un desastre. Aesirianos, humanos y vanirianos comen y viven juntos. ¡Es una pesadilla!
—Lo dice alguien que viaja con un grolien. —El soldado miró también a Rodni con desconfianza, pero el que recibió la peor mirada fue Ceniza. El híbrido enterró la cabeza entre los hombros, incapaz de moverse. Ni siquiera pudo buscar refugio detrás de Connor.
—Hasta donde sabemos —intervino el doctor—, la esclavitud es solo ilegal entre aesirianos. No dice nada sobre vanirianos ni humanos. Y los krebins son esclavos por defecto.
Ese giro de la conversación tomó desprevenidos a los soldados. Cuando al fin uno se recuperó y preguntó entonces por qué ninguno de los tres iba encadenado, Drake y Connor sonrieron con idéntico desprecio.
—¿Para qué? Al grolien lo tenemos desde que era cachorro. Lo hemos entrenado muy bien. Hasta le enseñamos a cantar.
Drake le dio un manotazo a Kel a la altura de las costillas. De inmediato, el grolien entonó una melodía grave y aterciopelada sobre una dama de nieve que moría de amor por el sol. Drake solo lo dejó cantar un par de versos antes de callarlo con otro manotazo.
—Al humano lo atrapamos hace mes y medio —agregó Connor mientras agarraba a Rodni de la nuca. El antiguo asaltante de caminos se tensó, listo para golpear, pero se detuvo cuando el doctor le agarró el muñón—. Ya aprendió lo que pasa si desobedece. En cuanto al krebin... —Connor hizo una señal—. Ceniza, ven aquí.
Lenta, muy lentamente, Ceniza obedeció. Se detuvo al lado de Connor, temblando como una hoja. Aunque era alto, los titanes le sacaban casi un cuerpo entero de ventaja.
—De los tres es el único más o menos presentable para asistirme —explicó Connor—. Y porque es cobarde hace muy bien su trabajo. Él también sabe lo que pasa si desobedece.
Connor les explicó que era doctor. Ofrecía sus servicios a las gloriosas tropas aesirianas cuando éstas lo necesitaran. Kel cargaba sus instrumentos y le ganaba monedas con sus canciones; Ceniza buscaba hierbas y lo asistía en operaciones; y a Rodni lo entrenaría también como asistente o lo vendería si no daba la talla. Drake era su hermano mayor y el que lideraba el grupo, pues como mercenario buscaba encargos o misiones al servicio de nobles.
—Aunque últimamente me dedico más a asistir a tropas —concluyó el peli-rosado—. Ustedes pagan muy bien a gente como yo para deshacerse de las alimañas.
Señaló a los cazadores que iban de un lado a otro. Desde el centro del pueblo les llegaba el rumor de siseos y gruñidos de los monstruos atrapados. Sabía que los cazadores eran las primeras líneas que utilizaban las tropas aesirianas para retomar la zona neutra. Los cazadores se jactaban de atrapar a demonios y criaturas mágicas poco comunes, pero recibían más monedas por cada cabeza vaniriana que llevaran a un control militar, así como reportes de poblaciones enemigas en territorio aesiriano.
Los soldados los dejaron pasar, no sin antes dejarles claro que los tendrían vigilados. A los hermanos les pareció bien. Gracias a las habilidades de negociación de Connor, consiguieron dos habitaciones a muy buen precio en un viejo hostal. La madera crujía, los techos tenían goteras y el viento se colaba por entre las tablas de la pared, pero en uno de los cuartos había fogón y el otro tenía acceso directo a la calle a través de una puerta corrediza. En esta habitación Connor situó su consulta.
—Los próximos días serán algo difíciles —les dijo a Rodni, Ceniza y Kel—. Tendremos que actuar para salir bien de aquí.
—Soy actor —respondió el grolien con una sonrisa soberbia. No se había tomado mal los manotazos de Drake ni las palabras odiosas que Connor dijo delante de los soldados—. Puedo interpretar cualquier papel que me pidan.
Los únicos que no estaban muy convencidos eran Ceniza y Rodni. El krebin estaba dispuesto a hacer lo que se le dijese, pero tenía un miedo terrible de salir a la calle. No estaba habituado a tanta gente, todos armados y más fuertes que él. Rodni no quería jugar el rol de esclavo, pero se comportó mejor al ver que había anuncios de «Se busca» de asaltantes de caminos. No creía que hubiese un anuncio sobre su cabeza pero tampoco se iba a arriesgar.
Connor recibía a los pacientes en las mañanas y las tardes. Para tranquilidad de sus hermanos, y por respeto al doctor natal de Delya, cobró los servicios al precio ideal. Aunque a veces, si tenía pacientes con dificultades económicas, les bajaba el precio o aceptaba pago en especie. Su pago favorito eran hierbas medicinales. Pero a todos siempre les ponía la misma condición:
—Ayudarán a la siguiente persona que lo necesite.
 Al mediodía cocinaba un almuerzo sencillo pero sabroso, que a veces hasta vendía a los cazadores que se pasaban por allí y sufrían un ataque de hambre al oler la comida. Drake estaba fuera casi todos los días. A veces se iba a misiones cortas para aportar al financiamiento del viaje.
—Hay un titán vigilándote —dijo el peli-rosado después de su segunda misión.
—Sí. Todas las tardes se pasa tres veces por delante de la consulta. —Connor lo había notado. Un tabernero estaba destinado al fracaso si no prestaba atención a los detalles—. Y por las mañanas está en una esquina, comiendo una manzana como quien no quiere la cosa. Supongo que lo asignaron a vigilar que nuestros esclavos sigan las reglas.
—Eso es lo interesante. El titán no es soldado. ¿Así que quién le dio la orden de vigilarte?
Connor no tenía ni idea pero estaba despreocupado. Si el asunto fuera grave, Drake no se iría en misiones ni lo dejaría solo ni un instante.
Kel también ponía de su parte. Por las noches colocaba un cajón delante de la consulta de Connor y empezaba a cantar. Los primeros cinco minutos de la primera noche los aesirianos lo miraron con indiferencia y hostilidad, pero al final de la función unas cuantas monedas tintinearon en el cajón. Cazadores y soldados se decían que no le pagaban al vaniriano, sino a sus amos. Con el paso de las noches, y una gran variedad de canciones e interpretaciones, las monedas siguieron tintineando. Podían decir que se las daban a Connor y Drake, pero Kel sabía muy bien que su voz se había ganado el dinero. Y a decir verdad, él no necesitaba las monedas. Le bastaba con que la gente se parara unos minutos a escucharlo, o que las familias de la calle abrieran las ventanas para que las canciones del grolien se colaran en sus hogares.
Un día Connor decidió terminar la consulta temprano. Cerró la puerta corrediza. Recogió los instrumentos, las hierbas, ungüentos y brebajes; lo echó todo en el maletín. Rodni y Ceniza no supieron qué se le había metido, pero Kel, que lo conocía mejor, lo ayudó a hacer las maletas. Después del almuerzo, los cuatro salieron rumbo al mercado. En silencio, Connor hizo las compras. Verduras, vendajes y frascos. Lámparas, aceite y cerillas. Tela, mantas, una silla de montar y un caballo viejo para Rodni.
El último puesto que visitaron no era del mercado, sino un control militar. Ahí los cazadores intercambiaban cabezas vanirianas por monedas. Ya Drake los esperaba allí, porque aunque no había hablado con Connor también lo conocía muy bien. Sabía lo que el doctor haría aun antes que él mismo.
Connor y su hermano se presentaron juntos ante un notario. Era un aesiriano canoso, con una barba y un bigote igualmente grises. El hombre llevaba un registro de las recompensas entregadas, además de los nombres de aquellos que habían elegido unirse al ejército. Cuando el hombre vio a los hermanos los ojos le brillaron. Si Drake, que era un tremendo luchador, y Connor, que era un doctor incomparable, se unían, las tropas ganarían dos recursos valiosísimos. Los hermanos pusieron las monedas que les quedaban sobre la mesa.
—Los compramos —anunció Drake.
—¿Qué cosa?
—A ellos —Connor señaló con la barbilla a dos groliens y tres arpías, enjaulados a unos metros del notario.
Dos de las mujeres tenían las alas rotas en ángulos imposibles. A la tercera le habían arrancado las alas. Un grolien estaba tuerto y al otro le habían lijado los cuernos.
—No serían buenos esclavos —dijo el notario al comprender la intención de los hermanos.
—Es un riesgo que vale la pena correr. —Connor puso su mejor cara de negociante—. Son muy poca cosa como para que su ejecución pública traiga beneficios a las tropas. Y mantenerlos en esas jaulas es una pérdida de espacio. Si se los dejan no tienen nada que ganar. Pero si los venden podrán sacarles algo de provecho.
Para dejar tranquilo al notario y a los soldados que lo guardaban, Connor dijo que si se había equivocado al creer que esos vanirianos serían tan buenos esclavos como Kel, igual podría sacarles provecho. Los venenos, les explicó, eran solo dosis más fuertes de hierbas medicinales. A veces, para que un doctor encontrara medicamentos más eficientes, necesitaba experimentar un poco. Esos vanirianos eran los sujetos de experimentación perfectos.
Salieron de Delya esa misma tarde. Apenas estuvieron fuera de la vista del pueblo, Connor y Drake subieron a las arpías a los caballos. Kel dejó que los groliens se apoyaran en él. Se adentraron al bosque todo lo que pudieron. Avanzaron hasta bien entrada la noche, alumbrados por las lámparas que Connor compró. Cuando al fin estuvieron seguros de que por ahí no merodeaban soldados ni cazadores, se hicieron cargo de las heridas de los vanirianos.
Los groliens eran robustos y fuertes, pero estaban adoloridos y afiebrados. Connor pudo enmendarlos rápidamente con infusiones y ungüentos. Pero las arpías... Él supo que no podría salvar a las dos que tenían las alas rotas. Solo tendrían una oportunidad si les amputaba las alas pero ni aun así era seguro. Sus heridas se habían infectado. Por la respiración pesada y sonora supo que la infección les había alcanzado los pulmones.
Las enterraron al tercer día de acampada. Connor no lo lamentó, porque en las últimas horas pudo darles consuelo. No estaban en una jaula diminuta, expuestas al desprecio de todo el mundo. Dejó que murieran con la vista fija en las estrellas, sin dolor. La arpía que les sobrevivió dijo que fue lo mejor. Sus amigas nunca perdieron las alas y en su última noche se habían echado a volar a un lugar mejor.
Cuando llegó la hora de separarse, Drake dio un mapa a los vanirianos. Allí había trazado una ruta y marcado con equis los sitios que debían evitar a toda costa.
—Ahí los cazadores buscan vanirianos. Pero en esta ruta no se meten porque hay rumores de un demonio araña. —El sicario le guiñó un ojo a su hermano—. Sé de buena fe que ya no hay demonio por ahí, pero los cazadores no lo saben.
Si seguían la ruta marcada llegarían pronto al bosque de los asaltantes de caminos. Y si seguían el bosque, tarde o temprano entrarían a la zona neutra, donde estarían a salvo.
—Todo lo que quiero que hagan es que ayuden a la próxima persona que encuentren —les pidió el doctor mientras les daba las verduras y medicinas para que completaran el tratamiento.
Los pacientes se marcharon. Connor se quedó inmóvil sobre la silla de montar para ver a los vanirianos hasta que el follaje se los tragara. Rodni soltó un suspiro sobre su viejo caballo.
—No sé si son idiotas o amables. Miren que trabajar todo ese tiempo para gastar el dinero en cinco vanirianos que se han ido de una forma u otra...
—¿Para qué quieres dinero si no puedes comprar felicidad? —lo interrumpió Connor.
—Para comprar licor, que viene a ser lo mismo que felicidad —terció Drake.
—Para comprar aceite para el pelaje —lo secundó Kel.
—¡Para comprar bollitos de pan! —se unió Ceniza.
Connor sonrió. Él no era idiota, pero hasta Lea le dijo una vez que era tan amable que a veces tachaba en lo tonto. Para que estuviera tranquila le prometió que jamás dejaría que otros se aprovecharan de su bondad. Esos vanirianos no se aprovecharon de él. Ni siquiera los krebins ni los asaltantes de caminos se habían aprovechado de él. Lo que Connor les ofreció fue por voluntad propia y a ninguno le dio más de lo que podía darles.
Antes de tomar la nueva ruta, el doctor y el sicario miraron detrás de sí. Ahí estaba el titán que había vigilado a Connor en Delya. Rodni y Ceniza casi se mueren de la sorpresa. ¡Los habían atrapado! Ahora que el titán había descubierto que dejaron libres a los vanirianos, seguro que llevaría a Connor y a los demás de regreso a Delya para que los ejecutaran por traición al Imperio Aesiriano.
La sonrisa de Connor se ensanchó aún más.
—De lejos no pude reconocerte. Pero ahora sí. Ahora te veo los ojos, Yashin.
La luz del amanecer se reflejaba en ellos. Eran rosados como las flores.
Ese día, un titán se unió al ya inusual grupo de Connor. Eran la partida de aventuras más extraña que se podía encontrar.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2015-2017. Ángela Arias Molina

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