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Capítulo 12

12
AYUDA A LA DISTANCIA

Al fin Ralo se durmió. Riza acarició el pelo de su hermano pequeño, que dormía sobre su regazo, y soltó un suspiro de agotamiento. Ella no podía dormir. Los barrotes a su espalda eran duros y fríos. La noche soplaba una brisa helada que cortaba la piel. Los prisioneros en las jaulas alrededor murmuraban adoloridos entre sueños. Las úlceras de sus cuerpos supuraban sangre y pus. El hedor de los ejecutados le hacía un nudo en el estómago.
Apretó los ojos. Sintió el ardor de las lágrimas, que se esforzaban en salir, pero las reprimió. Ya había llorado bastante por Isma y esas lágrimas no salvaron a su hermano mayor. Más lágrimas no los sacarían a Ralo y a ella de ahí.
En el centro del pueblo, lejos de las jaulas, los soldados y arqueólogos trabajaban. Desde donde estaba no veía qué hacían, pero estaba segura de que tenía algo que ver con los bloques de mármol. «Airgetlam lo sabía. Él sabía por qué están los soldados aquí y para qué es el mármol». Había visto al muchacho a la distancia, en los días posteriores a la llegada del Escuadrón Fuoco. Siempre estaba con el General, o con el príncipe, o con algún soldado de Escuadrón. Nunca lo dejaban solo, aunque él tampoco hacía nada por escapar. Ni siquiera la volvía a ver aunque debía de saber que ella estaba allí, en las jaulas.
Los soldados habían torturado a los pueblerinos que se quedaron atrás. Les arrancaban las uñas, les trituraban los dedos y les cortaban los labios si no respondían sus preguntas. Riza no tenía por cobarde a ninguno de sus vecinos, pero sabía que habían hablado. Habían dicho cuáles pueblos cercanos tenían más vanirianos. Habían contado cuáles eran los sitios más probables en donde se esconderían los rebeldes de Xadiz. Y habían dicho cuál era el pueblo de origen de Airgetlam: Kehari.
El corazón de Riza se encogió. No entendía lo que pasaba. ¿Por qué Isma tuvo que morir? ¿Dónde estaban sus padres? ¿Acaso en la fosa común que los soldados habían cavado para los pueblerinos aplastados en el motín? ¿Por qué Airgetlam seguía obedientemente las instrucciones del General, como un perro adiestrado? «No, él no lo haría». Airgetlam había luchado con todas sus fuerzas. Había iniciado lo que todos en Xadiz habían añorado: una rebelión. «Le han hecho algo. ¡Le hicieron algo terrible!». Solo eso explicaría su cambio de comportamiento.
El único alivio de Riza era que no había traicionado a Airgetlam. Eso y que Ralo estaba bien, todavía a salvo de la tortura. Por el momento solo ella y su hermanito se habían salvado. Quería creer que era por intervención de Airgetlam. Aunque le hubiesen hecho daño, él debía de estarlos protegiendo aún. «¿Pero para qué lo quieren? ¿Por qué no lo echan en una jaula como a los demás?». Estaba cansada de que todas las respuestas la eludieran.
Escuchó pasos. A través de sus párpados cansados, vio que Airgetlam se acercaba. Cojeaba por la pierna herida. Ahora sí, Riza dejó que las lágrimas salieran. Apartó a Ralo con suavidad y se acercó a los barrotes contrarios. Sacó los brazos y agarró al muchacho por los hombros. Airgetlam se dejó arrastrar, pero cuando ella lo besó no le respondió. No le habló. A pesar de que sus ojos estaban abiertos, no la vio.
—No intentes hablarle. No te escuchará.
El General Enlil Tonare apareció detrás del profeta. Una vez más, el instinto de Riza fue rodear el cuello de Airgetlam para protegerlo.
—Tranquila. No puedo hacerle más daño del que ya le hice.
—¿Qué le hizo? —Riza se odió por dejar que el General la viera lagrimear. Procuró contenerse tanto como pudo, pero estaba asustada. Tan asustada. Airgetlam no estaba actuando como él.
—Borré su mente. Los soldados lo llaman «lavado de cerebro». Es la represalia que más temen.
Riza no comprendió. ¿Lo había hecho olvidar? ¿Le había borrado la memoria? Enlil negó con la cabeza.
—Si le hubiese borrado la memoria, seguiría siendo él mismo pero sin recuerdos. No. Lo que le borré fue todo. Es un libro en blanco que no podrá escribirse solo.
Enlil estiró una mano y acarició el cabello de Airgetlam. El gemelo solía acomodárselo en una cola de caballo, pero alguien le había cortado el pelo al estilo militar. La mano de Enlil tembló. Su rostro se contrajo con una mueca adolorida.
—Su padre me odiará aún más por esto. Siempre me digo que no hay nada que pueda empeorarlo, pero siempre encuentro una nueva forma de echarlo a perder aún más.
El arranque de furia del General tomó a Riza desprevenida. Enlil golpeó la jaula con un puño de acero. Los barrotes se doblaron. Ralo se despertó y empezó a llorar. Riza retrocedió junto a él, para consolarlo y para consolarse. Aún había mucho que no entendía, pero sí sabía algo con certeza.
—Me lo quitó. Me quitó a mi Airgetlam.
Enlil retiró el puño. Lenta, muy lentamente, asintió. Riza lo miró con todo el rencor que pudo reunir en su corazón, pero la expresión del General no cambió. Quiso que sintiera su furia, su dolor, y que por lo menos tuviera la decencia de avergonzarse por lo que había hecho. Enlil no hizo más que pestañear.
—Mi hijo, el padre de Airgetlam... Él tiene ojos más duros que los tuyos —le explicó—. Si cuando nos conocimos hubieses tenido la mente tan abierta como ahora, tal vez habría podido sacarte las respuestas sin ni siquiera hacerte las preguntas. Habrías tenido tiempo de despedirte de él.
—Aunque le hubiese dicho de dónde viene Airgetlam, ¿aun así lo habría castigado? —Enlil asintió.
—Es un señuelo. Necesito atrapar a su padre y hermanos. Necesito atrapar a mi hijo y nietos. Porque si los atrapo a ellos, conseguiré el premio gordo. —Enlil se agachó para quedar al nivel de Riza—. Si tú me ayudas, podré terminar más pronto. No tendré que lastimar a Darius y a los demás como he hecho con Airgetlam. ¿Me ayudarás?
Riza iba a negarse, pero miró la expresión vacía del muchacho. Airgetlam era tan alegre, tan travieso, tan vivaz... Ese de ahí no era su Airgetlam.
—Si lo ayudo, ¿hará que regrese a la normalidad?
—... No estoy seguro —respondió Enlil después de una larga pausa—. Es muy fácil romper algo, pero muy difícil repararlo. Por mi cuenta no creo que pueda hacerlo. Pero si me ayudas a atrapar al gran premio, quizá ellos sí puedan conseguirlo. Tienen poder de sobra.
—¿Quiénes?
—Los Dragones.
Riza se quedó sin aliento. Como toda aesiriana, conocía y esperaba con fervor el cumplimiento de la Profecía. Lo que no sabía era qué tenía que ver Airgetlam y su familia en todo ese asunto. Enlil se lo explicó. Al principio ella no quiso creerlo, no pudo, pero era innegable que Airgetlam había utilizado la telequinesia para iniciar la revuelta en Xadiz. Así, pues, debía descender de una familia con las esencias de la mente, como los Tonare.
Y aunque ni él, su gemelo ni Connor habían hecho nada que delatara sus poderes de profeta, Zoe sí. Cuando Riza la conoció, le pareció una chica rara. Isma había estado encantado, porque ciertamente era una muchacha muy guapa. Pero a Riza le dio escalofríos cuando se sentó a la par de ella. La forma en que Zoe miraba hacia la nada. Sus comentarios tan extraños. La manera en que se movía, como una hoja en el viento que evita todos los obstáculos con un cambio de dirección sutil y premeditado. Sinceramente, Zoe no le gustó. No era nada personal. Era solo que no la podía entender. Tenía la impresión de que las dos no caminaban en el mismo mundo.
—Mi hijo y mis nietos huyeron de Masca con los Dragones. Ellos saben dónde están los príncipes, y los príncipes regresarán a los profetas si presienten que están en peligro. Ese es el vínculo que los une. —Miró otra vez a su nieto—. Pero en el estado en que se encuentra, no puede decirme dónde están la princesa Sakti y el príncipe Adad. Antes de marchar a Kehari, quiero saber si los encontraré allí. Debo prepararme.
—Airgetlam nunca me habló de ellos.
En realidad nunca le había dicho nada. Nunca le había dicho que podía mover objetos con la mente, leer el pensamiento o ver el futuro. La hería que se lo hubiese escondido. Si Enlil no hubiese aparecido, si el Escuadrón Mare y la comitiva del desierto no hubiesen invadido Xadiz, ¿habría revelado su secreto? «¿O se habría casado conmigo sin decirme ni una palabra?».
—Lástima —suspiró el General mientras se erguía—. Si no eres de utilidad para mi propósito, tendré que ir a Kehari listo para borrar las mentes de los demás. Si tengo suficientes rehenes, los príncipes serán más dóciles.
Airgetlam no habría querido eso. Nunca. Ella tampoco. Su suegro era un hombre atento y educado. Connor era dulce y bondadoso. Aunque Zoe era rara, la trataba bien. Garrow y los demás tenían los dedos cruzados para que su enlace con Airgetlam fuera un éxito. El único del que sentía resistencia era Dagda, pero el gemelo nunca la maltrató ni la ignoró. Era precisamente a este hermano al que Riza quería proteger más. Estaba segura de que si Airgetlam estuviese en sus cabales, haría hasta lo imposible por mantener a salvo a su mejor amigo.
Soltó un suspiro, abatida.
—Él habló de más hermanos. Dijo que había uno, el mellizo de Zoe, que viajaba por trabajo.
—¿Drake? ¿Pero cómo...?
El General la miró pálido, aunque ella no comprendió por qué.
—Planeábamos casarnos la primavera del próximo año. Nuestras familias lo sospechaban, pero no lo habíamos formalizado aún. —Tragó fuerte y escarbó en sus recuerdos—. Él dijo que quería que fuera en esa fecha, porque sus otros hermanos estarían de regreso. —Sí, ahora lo recordaba—. Fue entonces cuando me habló del mellizo de Zoe. Y de otros dos, mayores que él. Un muchacho y una muchacha. Dijo que no eran hermanos de sangre, pero que necesitaba sus bendiciones.
Enlil contuvo la respiración. Riza no podía leer mentes, pero estaba segura de que él trazaba un plan.
—Tendrás que venir conmigo —resolvió al fin—. Si la próxima visita de los príncipes será en primavera, aún falta rato. No estarán en Xadiz, pero igual Darius opondrá resistencia. Tú me ayudarás a ablandarlo.
—Qué cobarde —murmuró Airgetlam—. Siempre huyendo de lo que tienes que hacer tú mismo.
Riza sonrió, porque había estado segura de que nunca más escucharía la voz de Airgetlam. Se tiró de nuevo a su cuello para darle un beso, pero se detuvo en seco al verle la cara. Los ojos zafiro de Airgetlam eran ahora completamente celestes, de un tono tan intenso que quemaba. Riza sintió escalofríos y se apartó.
—¿Zoe? —dijeron ella y Enlil a la vez. Airgetlam sonrió.
—Ah, muy bien los dos. Yo pensé que esto iba a ser difícil de explicar —La voz del gemelo era la misma, pero llevaba también el eco del tintineo de la voz de la profetiza—. Estoy muy lejos ahora, así que haré esto tan corto como pueda. Eh, anciano idiota —dijo al General—, necesito que le des un mensaje al Emperador. —Enlil se enderezó mejor.
—Si no se trata de una rendición y una promesa de cumplir sus órdenes, no tengo nada que decirle de tu parte. —Airgetlam le sonrió con la sonrisita de Zoe, la misma que siempre le había dado escalofríos al General.
—Es un acertijo. Confío en que cuando le borraste la mente a mi hermano dejaste la tuya intacta. ¿O es que la edad te la estropeó antes?
Enlil estuvo a punto de escupir sangre. Darius sabía ser insolente, pero se cuidaba de ser un buen ejemplo para sus hijos. «La que le enseñó a hacer estos comentarios fue la princesa. Sin duda». Zoe siguió como si nada.
—La columna de luz se alzará en el norte. La llave tatuada con los nombres de los que esperan abrirá la última puerta a un pasado que no pasó. —Guardó silencio y esperó a que Enlil dijera o hiciera algo. El General comprendió muy tarde que debió haberlo escrito.
—Ah, ¡espera! ¿Eso es todo? ¿Qué significa? —preguntó mientras se palpaba los bolsillos en busca de un lápiz. En donde fuera que estuviera, Zoe soltó un suspiro fatídico que salió a través de los labios de su hermano.
—Confío en que el Emperador sea un poco más inteligente que tú. Aunque por experiencia, lo dudo. —Miró a Riza—. ¿Te sabes las canciones de Elidith?
—... ¿Las de los cuentos?
—Sí. Cuando encuentres a Adad, cántaselas. Él solía arrullarme con ellas. Dile que llevaré respuestas a los Tres Dragones en el norte.
Riza no sabía por qué Zoe hablaba a través de Airgetlam o cómo había adivinado que se trataba de ella. Tampoco sabía cómo, pero estaba segura de que Zoe se iría. Airgetlam regresaría a ser ese muñeco sin cerebro que el General llevaba de un lado a otro.
—¡Espera! ¡No entiendo nada! ¿Quién es Adad? ¿Qué está pasando? ¡¿Cómo diablos estás haciendo esto?!
«¿Cómo puedo hacer que Airgetlam se ponga bien?», quiso agregar. Antes de que pudiese, una figura fosforescente apareció detrás del gemelo. Ella la vio por una fracción de segundo antes de que atacara. Zoe no la notó a tiempo. El cuerpo de Airgetlam se estrelló contra la jaula después de un latigazo en la espalda.
Ralo y ella gritaron juntos. Mientras el niño retrocedió en la jaula, ella se situó tan cerca como pudo de su novio. Los barrotes no la dejaban alcanzarlo. El monstruo dio dos pasos más hacia él, con una garra levantada. A Riza le pareció un lagarto gigante que andaba a dos patas. El monstruo era alto y musculoso, con escamas, colmillos y garras blancas como el mármol. Antes de que la criatura golpeara de nuevo, Enlil se interpuso. El General agarró la cabeza del monstruo con una sola mano y le giró el cuello. Le dobló las rodillas para que se hincara. Riza supo que el siguiente movimiento sería arrancarle la cabeza.
—¡Espera, espera, espera! —ordenó el príncipe del desierto mientras se acercaba a toda prisa.
Uruk andaba adolorido por la herida que Airgetlam le había hecho con la navaja de Kryos, pero su porte era el de un verdadero príncipe. Los arqueólogos y un par de alados lo seguían con la obediencia de perros de caza. Hasta los dos soldados tenían las manos sobre las espadas, listos para enfrentar al mismísimo General si no obedecía la orden de Uruk.
—¿Tienes idea de lo que me ha costado programarlo? ¡Suéltalo!
—¡Es defectuoso! —gritó Enlil mientras señalaba con la cabeza a Airgetlam—. ¡Es un peligro!
Uruk jadeó al ver al gemelo herido. Le pareció raro que el Fafnir hubiese entrado en modo de ataque justo después de programarlo, pero más raro aún que atacara a un aesiriano. Sí, estaba defectuoso. Tenían que descartarlo antes de que atacara a alguien más.
Airgetlam temblaba en el suelo. Sus brazos se flexionaban para levantarlo lentamente, sin éxito. Uno de los dos arqueólogos, el gordinflón, corrió junto a él. Lo sostuvo para que no se moviera y le apartó la ropa de la herida para que no se le pegara por la coagulación de la sangre. Ryaul soltó un bufido y palideció al ver el corte. Aunque quería ayudar a Airgetlam, no tenía ni idea de qué hacer. Además, era tan impresionable que se había descompuesto con una sola mirada.
—E-el la-lado bu-bueno es que en su esta-tado no siente —tartamudeó en voz alta para tranquilizarse.
Eso ayudó a Enlil a recuperar la compostura. Al borrar la mente de Airgetlam, había inutilizado su capacidad para sentir dolor. Mientras el príncipe del desierto desactivaba a la herramienta, Enlil levantó al profeta. Zoe se había ido. El gemelo era otra vez el muchacho sin sensaciones ni pensamientos propios. Ya ni siquiera se movía por su cuenta.
—¿Qué pasó? —Los ojos del General miraron fijamente el rostro ceniciento de Ryaul—. Tú eres el encargado de asegurar que la implementación de este modelo Fafnir sea un éxito. Más te vale que haya una buena razón por la que mi nieto esté herido.
Ryaul se quedó sin palabras. Conoció oficialmente a los Generales cuando se le asignó la dirección del departamento de herramientas para el rescate militar de la zona neutra. En aquel entonces el único que le había dado mala impresión era Sigfrid Montag. En sus ojos leyó que era capaz de hacer cualquier cosa con tal de cumplir sus misiones, así tuviera que atravesar con su espadón a un arqueólogo gordinflón y torpe. Enlil, en cambio, le pareció simpático. El tipo de hombre que perdonaría una ofensa. Esa fue solo una ilusión. Ryaul acababa de descubrir que quizá Enlil era un poco más peligroso que Sigfrid. Pues aunque el General Montag siempre estaba enfadado, no había forma de saber cuándo cambiaría el humor del General Tonare. En hombres poderosos como él, esos cambios de humor podían suponer desgracias para sus subordinados.
—Es posible que la herramienta detectara un flujo de magia anormal —dijo el otro arqueólogo para sacar a Ryaul del apuro—. Puede ser que el muchacho hubiese pasado tanto tiempo con vanirianos que la herramienta detectó en él un eco de esa energía. O puede ser que el estado actual de su mente cambiara la lectura de su magia. Se sabe que el lavado de cerebro distorsiona la frecuencia mágica de los sujetos.
—¡Eh, espera! —lo cortó Uruk. El príncipe tenía la mano metida en el pecho del Fafnir para reprogramarlo. La herramienta estaba inmóvil, como congelada en el tiempo—. Si ese es el caso, no podríamos activar las herramientas en esta zona. Todas atacarían a Adad y Allena.
—¿Eh?
Ryaul miró al príncipe sin entender. A los soldados. Al otro arqueólogo. A Enlil. Y finalmente lo entendió: el General Tonare borraría la mente de los Dragones.

****

Las quemaduras de Geri eran tan graves que no podía moverse. El lobo pasaba el tiempo echado en lo más profundo de la cueva en la que se habían refugiado los rebeldes de Xadiz. Sus únicos consuelos para el dolor eran la compañía de Dagda y la pomada que el gemelo había hecho para él. No era tan buena como la medicina que hacía Connor, pero le daba un gran alivio, le cicatrizaba las ampollas y lo protegía de una infección.
Cuando Dagda estaba con él, Geri se quedaba quieto, con el morro sobre las patas. Cuando el gemelo se marchaba para hablar con los rebeldes o intentar entrar a Xadiz con ellos, el lobo gimoteaba como un cachorrito. Esa noche, Geri tuvo que ahogar su llanto. Dagda decidió que ya había esperado suficiente. Por el momento no podía hacer nada más por Geri, pero había miles de cosas que podía hacer por Airgetlam. Tenía que rescatarlo.
El problema era que no había forma de entrar desapercibido. Aquel primer día, cuando el General Tonare aseguró la toma de Xadiz, los pueblerinos que habían escapado estuvieron a punto de regresar. Envalentonados por Kryos, Aldith y Luca –mejor conocido como el chico de las cabras–, se decidieron a enfrentar a los invasores o a morir en el intento. Dagda estaba lo bastante enojado y asustado como para unírseles, hasta que sintió la presencia de los telépatas. Enlil fue su mayor temor porque era el más fuerte, pero ahí había más magos con el poder de la mente. Estaban concentrados en todo lo que se acercara al perímetro del pueblo. Dagda los percibió cuando él estaba a tres kilómetros de Xadiz. Apenas sintió esas mentes de acero, dio un paso atrás y suplicó la retirada.
Si querían salvar a los que se quedaron en el pueblo, si Kryos quería recuperar a su familia, y si él quería recuperar a Airgetlam, necesitaban retroceder. Y escapar. Dentro de nada los telépatas expandirían su percepción mental y buscarían a los rebeldes. Cualquier intento de colarse de sorpresa en Xadiz sería inútil. Además, había otro inconveniente.
—Airgetlam dijo que los arqueólogos cubrirían el pueblo de mármol —Aldith lo miró con curiosidad y sospecha—. Dijo que accionarían los ¿ranir? ¿O canir? ¿Sanir? —Al principio Dagda no entendió, o mejor dicho, no quiso entender.
—... ¿Los Fafnir? —preguntó al fin. El trampero asintió—. Oh, Dios.
Todos los vanirianos tenían que escapar. Algunos habían escuchado rumores sobre las criaturas artificiales que los magos del desierto habían traído para acabar con los vanirianos. Pero nunca creyeron en los rumores hasta que Dagda les confirmó la existencia de esas criaturas. Y su efectividad y brutalidad. Aquello que no fuera aesiriano, sería derribado y derretido por los Fafnir. Quizá ni los aesirianos de Xadiz estarían a salvo. Si la Emperatriz del desierto había hecho nuevos modelos de las herramientas, a lo mejor cada Fafnir sería capaz de identificar y atacar a los pueblerinos rebeldes. Eso significaba, entonces, que los aesirianos también debían abandonar los refugios. En cualquier momento los Fafnir estarían al acecho.
—Pero no podrían seguirnos —objetó Luca, pálido y sudoroso. Su fiel cabra le daba cabezazos en las piernas, en busca de cariño—. En el bosque no hay mármol. Y los soldados no conocen la zona. No sabrían dónde buscarnos.
—Lo sabrán. Si lo telépatas no nos percibieran, forzarán a hablar a los que se quedaron atrás.
Los rebeldes estaban convencidos de que sus amigos no eran cobardes ni los traicionarían, pero Dagda era menos optimista. Él había visto los métodos de tortura del ejército aesiriano. Él mismo había torturado gente. Sigfrid los había obligado, a él y a Airgetlam. Había vistos tiras de carne pegadas a las paredes de las catacumbas. Había visto uñas arrancadas, dedos cortados, hombres colgados de la lengua con ganchos de metal. Había olido heces, orina y sangre en los niveles más profundos de las prisiones de Masca, en donde solo habitaban los condenados más desdichados y perversos del Imperio, y los carcelarios más crueles del mundo.
¿Pero cómo podía explicar esto a los rebeldes sin precipitarlos a una misión suicida en Xadiz? ¿Sin revelar cómo sabía tanto de las técnicas del ejército? No fue sencillo, pero logró convencer a la mayoría de retirarse. Aldith lo ayudó.
—Así como invadieron Xadiz, invadirán muchos pueblos más —dijo el trampero—. A lo mejor hay más rebeldes como nosotros, esparcidos por esta zona. Si nos unimos, podremos mantenernos a salvo. Podremos poner un alto a las tropas.
Si a alguno no le quedó claro antes, ahora sí: habían iniciado una rebelión. Más aún, estaban buscando a reclutas. A gente que había dicho «no» a las condiciones de las tropas, para decir «sí» a la unión de aesirianos y vanirianos.
En los días siguientes, los rebeldes de Xadiz abandonaron la cueva en donde se habían refugiado. Primero se fueron grupos pequeños e indecisos, temerosos por la magnitud de en lo que se estaban metiendo. Pero los números aumentaron, junto a los ánimos. Los únicos que se quedaron atrás fueron Kryos, Aldith, Dagda y Geri. Luca había asumido la responsabilidad de buscar un sitio verdaderamente seguro para refugiados y rebeldes por igual en lo más profundo de la zona neutra. En un sitio donde aún los telépatas, las esfinges, los Escuadrones y los Fafnir no pudieran alcanzarlos.
Luca se fue con el último grupo la noche misma que Dagda decidió que ya había esperado suficiente. Geri lo vio en sus ojos y guardó silencio, triste porque no podría ayudarlo gran cosa en su empresa. Aún no. Todavía necesitaba tiempo para sanar y ser útil.
—¿No te vas con él? —preguntó Aldith mientras señalaba con la cabeza la figura cada vez más lejana de Luca y su grupo—. Corres tanto peligro como los demás.
Dagda contuvo la respiración y miró fijamente los ojos del trampero. Allí no había juicio de ninguna clase. Aldith era un tipo duro y observador. Un hombre que ahora sabía demasiado. Dependiera de lo que contestara, Dagda lo descuartizaría o ayudaría a la tía Frey a conquistarlo.
—¿Desde cuándo lo sabe? ¿Cómo? —preguntó. Aldith levantó los hombros.
—Creo que desde hace algún tiempo. Creo que todo Kehari lo sabe. O por lo menos lo sospecha. Pero ¿qué importa? Nada, no importa nada. Y a la vez importa mucho. Tu familia y tú son un ejemplo de lo que ahora todos somos aquí. Como la rebelión en Xadiz. Como la rebelión que fluye por los bosques de esta zona. Ya no somos aesirianos. Ya no somos vanirianos. Ahora somos los dos. Ahora somos independientes.
Dagda sonrió. Le hizo gracia imaginar la cara perpleja del Emperador si la rebelión de la zona neutra crecía. De seguro que no podría creerse que los magos aesirianos se unieran a los vanirianos para iniciar un movimiento separatista. De seguro que no podría creerse que allí, en la zona neutra, hubiese gente como Aldith que veía a híbridos como Dagda como lo más natural del mundo.
El trampero cambió el peso de una pierna a otra. La mirada que dio al gemelo cambió un poco. Ya no era la del observador comprensivo de una situación particular, sino la del observador inteligente que sospecha otras verdades. Como la procedencia de la esencia de la mente que Airgetlam había escondido hasta su intervención en las ejecuciones de Xadiz.
—¿Cuál es el plan?
—Hay una forma de entrar sin que los telépatas nos descubran. —Dagda miró los ojos de Geri. Se le había ocurrido una forma para que el lobo lo ayudara a pesar de su estado—. Pero es entrar y salir. Antes de que se den cuenta.
Dagda llamó a su hermano.

****

Ryaul se quedó a un lado del pasillo, acompañado solo por la luz que ardía en la lámpara de la pared y la tablilla azul, protegida en su paño de algodón para que los dedos no la mancharan. Escuchó un lobo solitario en las montañas que rodeaban el pueblo.
Uruk y Enlil habían tomado la escuela como la sede de sus operaciones mientras se quedaran en Xadiz. A esas horas de la madrugada el príncipe ya dormía en la única habitación del segundo piso. Ryaul se preguntó qué sentiría Uruk al dormir en la cama de la maestra que él había ordenado ejecutar. «Seguro que es su forma de castigarse. No pegaría ojo en toda la noche. Y si lo hace, soñará con ella. La maestra lo visitaría en pesadillas». El arqueólogo agitó la cabeza. Como sus compatriotas, él vivía seguro de que las virtudes de los príncipes de las Arenas superaban sus defectos. Xadiz no era el primer pueblo que visitaba junto a Uruk y la maestra no era la primera aesiriana que el príncipe sentenciaba a morir. Pero tanto antes como después de que los pies de la mujer se agitaran en el aire, Ryaul estuvo seguro de que el príncipe lamentó la ejecución. «Él seguía órdenes. Él solo eligió a la mejor candidata para frenar la desobediencia. Solo intentaba salvar más vidas». Ryaul nunca sospechó maldad en el príncipe.
Hasta ahora.
¿Quién había urdido borrar la mente de los Dragones? ¿Uruk al ver lo que Enlil hizo a Airgetlam? ¿O acaso el General? ¿Quizá el mismo Emperador había tomado la decisión? Ryaul agitó otra vez la cabeza, presa de las dudas. Lo que más le disgustaba era sospechar que todos lo sabían de antemano. No los soldados rasos –esos ni siquiera estaban enterados de la huida de los príncipes portadores hacía 50 años–, sino las altas jerarquías. Los Escuadrones, los soldados de élite como los telépatas, los príncipes y sus escuderos, hasta los arqueólogos... Todos ellos sabían que la cacería de Dragones estaba en marcha y que la única forma de que no volvieran a escapar sería controlándolos con un lavado de cerebro. Todos estaban al tanto, menos Ryaul. «Me lo ocultaron porque sabían lo que pensaría al respecto. Sabían que me opondría».
Y eso hacía en el pasillo, afuera de la habitación donde el doctor atendía la herida de Airgetlam.
Otro lobo se unió a los aullidos del primero.
Ryaul sabía que no podría convencer al General de perdonar la mente de los Dragones. Enlil solo lo haría si recibía órdenes directas de un príncipe o de Su Majestad. Pero el arqueólogo había decidido pedírselo primero, porque si hablaba con Uruk a lo mejor intentaría darle un puñetazo. No podría aguantar la furia y la decepción. «Confié en él porque es un príncipe de las Arenas. ¿Pero cómo puedo confiar de nuevo cuando está dispuesto a traicionar a sus primos, a los mismísimos herederos del desierto?». Cada vez que pensaba en eso, apretaba los puños. Estaba seguro de que se lanzaría a Uruk si tenía la oportunidad. No que importara mucho, porque seguro se tropezaba solo antes de alcanzarlo. Y Zariel, el escudero, lo destriparía antes de que pudiera levantarse. No. Sería más útil a los hijos de Velmiar si sabía jugar bien con sus cartas.
Ryaul miró su amada tablilla y lanzó una plegaria silenciosa para ayudar al hombre que se la había obsequiado. Envolvió la cerámica en el trapo y la guardó en su maletín.
La puerta se abrió.
Como era digno de su torpeza, se situó justo delante del doctor que iba de salida y chocó contra él. Los dos cayeron sentados al suelo.
—¿Por qué no me sorprende? —suspiró el médico—. Debería ser ilegal ser tan idiota.
Ryaul sonrió mientras el otro se levantaba. Lo dejó irse primero, porque si intentaba levantarse al mismo tiempo solo conseguiría tropezarse otra vez. El arqueólogo ya se había acostumbrado a que su torpeza le provocara moretones en todas partes, y que le mereciera el desdén de sus compañeros. Tenía un buen cerebro que lo equiparaba a los demás arqueólogos. Pero aunque era el director de un departamento importante, sabía que sus subordinados se reían de él a sus espaldas. Lo había dejado pasar. Llevaba muchos años acostumbrado a las burlas y había aprendido que era mejor ignorarlas que mortificarse por ellas. Al final, siempre lograba que sus virtudes superaran sus defectos. Por eso la Emperatriz del desierto había reconocido sus talentos.
Por eso también lo había reconocido el príncipe Velmiar.
—¿Necesitas algo, Borub?
Enlil se había asomado por la puerta tras la estrepitosa caída del doctor. Sin la armadura, el General aparentaba lo que era: un anciano fuerte, pero anciano al fin y al cabo. El pelo y la barba canosos, los músculos aún marcados pero ya no tan firmes como en la juventud, las arrugas y las manchas que surcaban su piel... Esa breve ilusión de debilidad alentó a Ryaul a hablar. «Pero no a golpear. Si él quiere, puede matarme mil veces».
—¿Cómo está su nieto?
Enlil abrió la puerta y lo invitó a pasar. Airgetlam estaba acostado de medio lado sobre una camilla, mirando hacia la pared. La herida en la espalda estaba descubierta, aunque cosida. Parecía que el muchacho dormía o que se entretenía con los aullidos de los lobos, pero Ryaul sabía que no. El lavado de cerebro solía acabar gran parte de las funciones ordinarias. Eliminaba el dolor, el miedo y la duda. Suprimía el apetito. Eliminaba el sentido de individualidad e identidad. Y mataba el sueño. Un soldado con lavado podía andar día y noche sin parar a comer o dormir, y colapsaba en unos días si alguien no le ordenaba que comiera o que se echara a recuperar fuerzas.
—Es como dijiste —Enlil se sentó en una butaca. Los soldados habían sacado los pupitres de las aulas y habían acomodado los catres y baúles de sus señores en las nuevas habitaciones—. En su estado no siente dolor. Ni siquiera arrugó la cara mientras lo zurcían como un calcetín.
Ryaul notó con alivio que Enlil estaba insatisfecho. Al General le había disgustado borrarle la mente al gemelo. Quizá entonces...
—Sé a lo que has venido, Borub —lo atajó el General antes de que pudiera decir nada—. Pero es inútil. El Emperador decidió que se atraparía a los Dragones a como diera lugar. Es la única opción que nos han dejado para cumplir la Profecía.
—¡Es manipulación! —exclamó el arqueólogo—. Borrar la mente es un castigo militar muy severo para los soldados. ¿Pero aplicarlo a un príncipe? ¡Es impensable! Si en el desierto supieran lo que usted y Su Majestad quieren hacer a los Dragones, ¡a los hijos del príncipe Velmiar...!
—La mayoría lo sabe, Borub. Los príncipes Uruk y Alain. Hundrian, Remiak, Jaliar y Morak. Todos ellos participan en la cacería de los Dragones.
—¿Y qué hay de la gente? ¿Qué hay de los soldados rasos? ¿Qué hay de los civiles? ¿Qué hay de nosotros?
—Ellos no lo saben —concedió Enlil—, pero tampoco saben que los Dragones los han abandonado. Mira, medita en esto por un momento: ¿alguna vez pensaste que la Profecía jamás llegaría a cumplirse?
—No.
—¿Ni siquiera cuando te informaron que los Dragones habían escapado de Masca?
Recordó la noche que recibió esa terrible noticia. Fue treinta y tres años después de que Adad y Sakti abandonaran la Capital. El arqueólogo había estado muy ocupado resucitando las ciudades submarinas que le encomendó la Emperatriz. Durante todo ese tiempo, las noticias que recibió sobre el avance de las fuerzas aesirianas hablaban de las victorias de cada Escuadrón, cada príncipe, cada General. Pero fue hasta esa noche, cuando lo nombraron director del departamento de herramientas, que supo de la traición de Adad y Sakti. Hasta entonces cayó en cuenta de que las noticias referentes a ellos siempre fueron muy escuetas, eclipsadas por lo que había hecho tal o cual príncipe en tal o cual batalla. De los Dragones apenas se decía nada.
Ryaul vio el miedo, la indignación y la furia contenida en los rostros de sus compañeros al enterarse del escape de Adad y Sakti. Él mismo sintió una terrible inseguridad que le revolvió el estómago durante días, hasta que poco a poco entró en razón. Los príncipes se habían ido, pero eso no significaba nada. En su sencillez, Ryaul aceptó que Adad y Sakti regresarían cuando lo consideraran pertinente. En ellos veía la misma pasión e impulsividad de Velmiar, pero también su responsabilidad. Velmiar había sido así, temerario e impulsivo. Pero siempre, después de una huida por el desierto o de varias semanas dedicado al jardín que había plantado para su hija, regresaba a su puesto y se encargaba de sus deberes reales. Ni en el más terrible de sus arrebatos había abandonado a su pueblo.
Después de una pausa, Ryaul negó con la cabeza. Estaba convencido de que Adad y Sakti tampoco abandonarían a su gente. Enlil esbozó una media sonrisa.
—Tu fe es conmovedora, de verdad. Pero debes entender esto: los Dragones no caminarán a la Profecía. Le han dado la espalda. —Enlil soltó un suspiro—. Si los soldados rasos, los civiles y todas las personas como tú se llegaran a enterar, cundiría el pánico. Tenemos que recuperarlos antes de que se sepa que los Dragones nos han abandonado.
—¡No! ¡Los Dragones no nos han abandonado! Ellos... ¡ellos son como su padre!
Las lágrimas se agolparon en los ojos de Ryaul. Velmiar no le había dado la espalda cuando se tropezó en una bodega y rompió todas las muestras arqueológicas. No le dio la espalda cuando se resbaló por una rampa y derribó al príncipe, torciéndole un tobillo. No lo desterró cuando Ryaul deshizo con el cincel la nariz de una estatua enterrada en la arena, ni cuando su sobrepeso rompió el andamio hacia la entrada de unas ruinas, ni cuando sus pies torpes y regordetes aplastaron un viejo sarcófago y destrozaron una momia con más de quince mil años de antigüedad.
No. Velmiar no lo había abandonado. Siempre le tendió la mano para levantarlo. Y ahora que el príncipe no estaba cerca, Ryaul debía tender la mano para salvar a sus hijos.
—Por favor —suplicó—. No les borre la mente. No les haga daño. No hiera a los hijos de la única persona que jamás se rio de mí, sino que rio conmigo. Por favor, no lastime a los hijos de mi amigo.
Vio dolor en los ojos de Enlil, una angustia muy parecida a la suya. El General tampoco quería lastimar a los Dragones. Nunca quiso arrebatarle la mente a Airgetlam. Pero también vio en esos ojos esmeraldas que la situación sobrepasaba por mucho a Enlil. El viejo General no tenía la certeza que Ryaul depositaba en los Dragones. Al contrario, estaba seguro de su abandono. Y así, ¿qué otra opción quedaba para cumplir la Profecía, si no era enviando a los príncipes hacia ella a la fuerza?
Antes de que el General se negara y Ryaul suplicara más, unos golpes azotaron la puerta. Arker, el aprendiz de Enlil, entró con la cara descompuesta. El soldado tenía ojeras.
—Señor, no tenemos ni idea de qué hacer.
—¿Con qué cosa?
—¡Los lobos! ¡Suenan por todas partes!
Sí. El lobo solitario que había acompañado a Ryaul en sus reflexiones se había multiplicado. Decenas de aullidos flotaban por el aire. Parecía que los lobos estuvieran justo fuera del pueblo.
—Solo deben apartarlos con una onda telepática —dijo Enlil—. Igual que como calmamos a los caballos en aquella tormenta.
—Ya lo intentamos. —Arker hizo un puchero—. Pero el lobo alfa es enorme e inteligente. Creemos que es un demonio.
Enlil enarcó una ceja y fijó la vista en un punto muerto de la habitación. Expandía su percepción hacia la manada que merodeaba a las afueras del pueblo. Los lobos estaban dispersos; se limitaban a aullar y gruñir en la oscuridad. Pero, en efecto, había uno mucho más grande e inteligente a unos cuantos kilómetros de Xadiz. Enlil desenmarañó el hilo de pensamientos salvajes de los lobos más cercanos al pueblo. Pero ni siquiera encontró la punta de los pensamientos de ese lobo gigantesco y solitario. No le parecía la mente de un animal, pero tampoco la de un monstruo. Debía de ser un demonio pensante con algún control sobre los lobos. Y, por tanto, una potencial amenaza a la operación en Xadiz.
—Mientras el príncipe programa a los Fafnir adecuadamente, debemos asegurar el pueblo —decidió.
Tras ponerse el uniforme y el peto de cuero, Arker lo ayudó con la armadura dorada.
—Puedes quedarte aquí, Borub. Solo por si acaso un lobo se colara en Xadiz.
Ryaul comprendió. Alguien tan gordo y torpe como él sería una presa fácil para un lobo. En especial si el animal era comandado por un demonio pensante. Cuando el General se marchó, el arqueólogo se encogió en medio de la habitación. Había estado tan preocupado por Adad y Sakti que no había prestado atención a los aullidos cada vez más fuertes y cercanos. Escuchó movimiento en el piso superior y después varios pasos en la escalera, rumbo a las afueras de la escuela. Hasta el príncipe se había levantado para lidiar con los lobos. «Si esta vez logra programar los Fafnir bien, las herramientas se encargarán de todo». Esa idea lo animó. Siempre era bueno testear los Fafnir, asegurarse de que estaban bien programados. Una misión de eliminación era una buena prueba y un demonio pensante era un excelente sujeto de aniquilación.
Los aullidos se mantuvieron constantes, pero a Ryaul le pareció que aumentaron de intensidad. «Es solo el miedo». Alguien tan asustadizo como él amplificaba siempre la gravedad de las situaciones. Seguro que era su imaginación la que había oscurecido el cuarto. También debía de ser la responsable de que las paredes se pandearan y que el suelo se levantara en pequeñas ondulaciones, como las olas del mar.
Ryaul se contrajo en arcadas. Antes de que pudiera vomitar, todo –las paredes pandeadas, la oscuridad, el suelo movedizo– se acabó con un estruendo. Miró detrás de sí, donde estaba Airgetlam en la camilla. El gemelo no estaba solo. Tres hombres habían caído alrededor de él, en las posiciones más complicadas e inimaginables. Uno de ellos llevaba gafas que le agrandaban los ojos, como las que Ryaul también llevaba. Y aunque ese hombre estaba algo barrigón, sus brazos fornidos y sus manos callosas denotaban la habilidad que al arqueólogo siempre le haría falta. Otro aesiriano había aterrizado de cabeza, con las piernas dobladas hacia atrás como si fuese a hacer una media vuelta en el suelo. Y el último había aterrizado justo encima de Airgetlam.
Ryaul jadeó, no tanto por la entrada de los intrusos sino porque reconoció al tercer aesiriano. Abrió la boca para gritar, pero Dagda se lanzó de la camilla hacia él. Aunque los dos cayeron al suelo, el gemelo logró su cometido: tapó los labios del arqueólogo antes de que diera la señal de alerta.
Aldith se acercó con una tira de cuero y ató las manos de Ryaul. Mientras lo amordazaba, Kryos se asomó por la puerta y Dagda regresó junto a Airgetlam. El arqueólogo supo cómo se desarrollaría esa reunión entre los hermanos. Dagda le habló a Airgetlam, pero el muchacho no le respondió. Dagda notó la herida en la espalda, que sangraba otra vez, pero siguió sin respuesta de su hermano. Cuando finalmente lo sentó a la cama y lo zarandeó para que dijera por lo menos pío, supo que algo terrible había sucedido.
Ryaul apretó los ojos cuando las manos fuertes de Dagda lo levantaron contra una pared. ¿Fue este gemelo el que estuvo a punto de tumbarlo en aquella expedición por la Ciudad Perdida, hacía más de 50 años? Ryaul creía que sí. «Y el gemelo que se interpuso para protegerme es el que no tiene mente. Qué suerte la mía». Dagda le quitó la mordaza. No necesitó formular la pregunta para que Ryaul le diera la respuesta.
Se lo dijo todo: el plan para reconquistar la zona neutra, lo que Enlil había hecho a Airgetlam y lo que haría a los Dragones apenas los encontrara. Hablar le resultó muy sencillo. «Cobarde», susurró una parte de él. Pero la más grande, la más inteligente, aprobó su decisión. Dado que su plática con Enlil había fracasado, debía jugar con las cartas que tenía. Si había al alcance un profeta que alertara a los Dragones, lo aprovecharía. Nadie tenía que enterarse de que había cantado. Y aun si alguien lo supiera, nadie podría echarle la culpa. El pobre, torpe y asustadizo Ryaul... A un soldado se le reprocharía por sucumbir ante tres intrusos, pero no a un arqueólogo gordinflón y bueno para nada. A veces, ser un paria era una virtud.
Apenas terminó de hablar, los tres intrusos enmudecieron. Solo los acompañaron los aullidos en el susurro del viento.
—Nos vamos —decidió Dagda mientras se echaba a Airgetlam a su espalda.
—¿Sabes? Puede caminar por su cuenta —intentó animarlo Ryaul antes de que Aldith lo amordazara de nuevo—. No siente dolor.
—¿Crees que eso me importa? —lo cortó Dagda. Si no fuera porque temía llamar la atención de cualquier soldado que deambulara en la escuela, habría gritado y agarrado al arqueólogo a patadas—. A mí sí me duele que esté herido.
El miedo le dolía en todo el cuerpo. No solo tenía que preocuparse de los Fafnir que seguro ya deambulaban por la zona neutra y que atacarían a su familia híbrida, sino que también debía cuidar a Airgetlam hasta que descubriera cómo deshacer lo que Enlil le había hecho. «Allena quizá podría arreglarlo». La princesa era la hechicera más poderosa que conocía, aunque Dagda no sabía si ella podría ayudar a Airgetlam. Las esencias de la mente nunca se le dieron muy bien. Adad tenía más facilidad pero... después de verlo perder los estribos y hablar disparates, no estaba seguro de la estabilidad mental del príncipe. En todo caso, tenía que asegurarse de que Enlil no les pusiera las manos encima. Ellos eran la única oportunidad de Airgetlam.
—No podemos irnos —intervino Aldith—. Tu hermano no es el único que vinimos a rescatar. Aún hay gente aquí.
—No me interesa. Con Airgetlam en este estado es imposible hacer algo.
Habían contado con que el gemelo estaría encerrado con los pueblerinos de Xadiz. Aunque Dagda imaginó que estaría lastimado, esperó que su hermano pudiera ayudarlo para salvar a los demás. Pero a como estaban las cosas, sería imposible. Efectuar la teletransportación por su cuenta ya era bastante agotador como para correr más riesgos.
—No me iré sin los demás —declaró Aldith—. Tu hermano tampoco lo habría hecho.
—Y yo no me voy sin mi familia —lo secundó Kryos. Abrió y cerró las manos como para ahorcar a la primera persona que se interpusiera en su camino—. Cuando Riza y Airgetlam se casen, Lydia y Ralo serán su madre y su hermano. Eso también los hace tu madre y tu hermano. ¿Los vas a abandonar?
Dagda gruñó. ¿Por dónde empezaba a explicarle a Kryos que tenía que salir a toda marcha de ese pueblo para salvar a su verdadero hermano y al resto de su verdadera familia? No era que les tuviera antipatía a Ralo y Lydia, aunque pudo haber pasado de que Riza escogiera a Airgetlam. «¡¿Por qué no eligió a Connor?!». Era solo que la prioridad de Dagda estaba en salvar a su hermano mayor.
Ryaul llamó la atención de Aldith para que le quitara la mordaza.
—¿Se refieren a la chica del muchacho?
El arqueólogo les dijo dónde estaban los prisioneros. Hasta se ofreció a hacerles un croquis para que alcanzaran las jaulas sin toparse a nadie de camino. Su plan era que los intrusos se marcharan sin contratiempos y que lo dejaran amordazado en la habitación. ¡Sería perfecto! Así nadie lo culparía de traición por echar una mano desde la distancia a los hijos de Velmiar.
Aldith tenía otra idea en mente: lo forzó a guiarlos él mismo. Adivinó que Ryaul era sumiso en general y que por tanto no les daría problemas. Además, si de camino se encontraban con un soldado usarían a Ryaul como rehén. Pero no les hizo falta. Los soldados estaban tan ocupados vigilando el perímetro para que ningún lobo entrara, que no repararon en el grupo que avanzaba por los callejones del pueblo. Cuando cruzaban las calles, solo tenían que andar como si no se escondieran. Todo el mundo estaba atento a figuras a cuatro patas que no debían de estar dentro de Xadiz, pero nadie reparó en un grupo aesiriano que avanzaba sin nada que temer.
Cuando llegaron a su destino, descubrieron que era peor de lo que habían imaginado. Ryaul se detuvo a unos metros de las jaulas, incapaz de soportar el hedor. Aldith y Dagda soportaron un poco mejor la escena de los pueblerinos flagelados, pero Kryos perdió la compostura. Gritó y echó a correr hacia las jaulas. El trampero y el gemelo lo mandaron a callar, pero eso solo exacerbó al cristalero. Kryos despertó a los pueblerinos con sus gritos y golpeó los barrotes con una piedra. Si intentaba romperlos, estaba lejos. En su arrebato ni siquiera se le había ocurrido que era mejor golpear la cerradura.
—¡Shhh! ¡¿Qué haces?! —Aldith lo sostuvo por detrás para detenerlo—. ¡Nos van a encontrar! —Miró a Dagda—. Ayúdame a sacarlos de aquí, ¡antes de que alguien venga!
—¿Papá? —La vocecilla de Ralo cortó los gritos de Kryos.
Aldith dejó que el cristalero fuera hacia la jaula de sus hijos. Mientras el trampero manipulaba las cerraduras, Dagda se quedó fijo en su lugar. Debería ayudar a Aldith o vigilar que no llegaran soldados, pero todo lo que podía hacer era mirar resentido a Riza. Ella estaba completamente bien, sin un solo rasguño, mientras que a Airgetlam le habían lavado el cerebro y cortado la espalda. No le parecía justo.
Después de que Aldith abriera la cerradura, Ralo y su hermana saltaron a abrazar a su padre. Riza se despegó primero para saludar a Dagda, pero retrocedió un paso al mirarlo. Ella era una chica inteligente y sabía que el muchacho no la tenía en muy alta estima. Dagda había intentado tenerle simpatía, de verdad que sí, pero no lo había conseguido. No la habría temido si simplemente hubiese sido una chica bonita. Pero era lista, cariñosa y sabía de rencores. Era perfecta para Airgetlam. Y por eso era peligrosa, justo el tipo de mujer que podía cambiar toda la feliz dinámica familiar a la que Dagda estaba acostumbrado.
«Entre más pronto lo aceptes», sonó la voz de Sakti en su cabeza, «mejor preparado estarás para cuando Airgetlam se case». ¿Cómo hacía la princesa para soltar esos comentarios tan dolorosos y acertados? Porque ella tenía razón. Entre más pronto aceptara a Riza, más pronto podría aceptar que Airgetlam no estaría por siempre junto a él. Apretó los dientes y dejó ir parte de su rencor. Mientras encontrara la manera de ayudar a su hermano, debería comportarse mejor con Riza.
Aunque esbozó una sonrisa, la expresión pálida de Riza no cambió. ¡Ni siquiera corrió para revisar que Airgetlam, quien iba sobre la espalda de Dagda, estuviese a salvo! De hecho, Ralo, Aldith y Kryos tenían expresiones similares. Miraban más allá del gemelo.
—Airgetlam —llamó una voz que Dagda había escuchado varias veces en pesadillas—. Ataca.
Los brazos inertes de Airgetlam se tensaron alrededor del cuello de su hermano. Dagda no quería soltarle las piernas, porque estaba seguro de que su gemelo se resbalaría y se lastimaría aún más la espalda. Pero tuvo que hacerlo. Se llevó las manos al cuello para deshacer la llave que lo ahorcaba, pero Airgetlam no resbaló. Al contrario, le apretó la cintura más fuerte con las rodillas. Cambió el peso a un lado y otro para desequilibrar a Dagda, y finalmente lo tiró al suelo.
Airgetlam soltó a Dagda por una fracción de segundo, el tiempo suficiente para colocarse encima de él. Rodeó el cuello con las piernas y con las manos sostuvo los brazos de Dagda para que no se soltara. Airgetlam ni siquiera pudo jadear. Odiaba esa maldita llave. Sigfrid se las había enseñado. La habían practicado miles de veces juntos y los dos sabían tanto mantenerla como librarse de ella. Pero por todo lo que era bueno y justo, ¡Dagda no recordaba cómo librarse! Si no se soltaba, la falta de aire lo noquearía en unos segundos. Pero si se resistía indebidamente perdería sus fuerzas o Airgetlam le daría un cabezazo para acabar rápido con la pelea.
—¡Eh! ¡Espere! —advirtió Ryaul. El arqueólogo estaba junto al General Enlil y tres oficiales del Escuadrón Fuoco, que habían llegado alertados por los gritos de Kryos—. ¡Es el gemelo! ¡Es otro profeta!
—Ah, qué bueno —sonrió uno de los oficiales—. Entonces dejamos que el muchacho se haga cargo de su hermano y nosotros nos encargamos de los prisioneros. —Miró a Enlil—. Ya no los necesitamos más, ¿verdad?
Enlil miró a Riza. A Dagda mientras luchaba por apartar a su hermano. A Aldith y Kryos mientras intentaban levantar a Airgetlam sin éxito. A los pueblerinos heridos que apenas tenían fuerzas para salir de sus jaulas abiertas. No, ya no los necesitaban más. Con los gemelos tenía más que suficiente para forzar a Darius y a los Dragones a rendirse.
—Mátenlos.
Ryaul jadeó y dio un tímido paso al frente. Si los soldados mataban a los intrusos y Airgetlam noqueaba a Dagda, ya nadie podría alertar a los Dragones del peligro que corrían. Sus pies se enredaron antes de que pudiera detener a los oficiales. Cayó de narices al suelo.
—Eh, ¿estás bien? —Un soldado de Fuoco se devolvió para levantarlo—. Si no tienes cuidado...
Crack.
El sonido espabiló a Ryaul. Los soldados se detuvieron y miraron la bota del oficial que había ayudado al arqueólogo. Debajo de ella había una loza de cerámica azul partida a la mitad. El soldado levantó el pie y dejó al descubierto el más preciado tesoro de Ryaul.
—Mi tablilla... —El arqueólogo estiró las manos amarradas para sostener los trozos rotos. Alrededor estaban dispersos los pergaminos, los cuadernos de apuntes y las plumillas que siempre llevaba en su maletín. Todo había caído en su tropiezo.
—Lo siento, colega —se disculpó el soldado—. No la vi.
—Me la regaló el príncipe Velmiar...
Los soldados guardaron silencio. No porque lamentaran el destino de una tablilla común y corriente, ni porque un hombre adulto sollozara como un crío, sino porque Enlil se había tensado. El General contuvo la respiración y fijó los ojos en Ryaul, justo como los lobos hacían cuando avistaban un peligro. Lentamente, el soldado de Fuoco estiró una mano para darle una palmadita de simpatía a Ryaul.
—De verdad lo siento, yo...
—¡ATRÁS!
La advertencia de Enlil llegó muy tarde. Antes de que Kryos y Aldith supieran qué estaba pasando, el soldado voló por encima de ellos y aterrizó encima de una jaula, doblándola con su peso.
—Esa... tablilla... —susurró Ryaul—... me la... regaló... ¡el príncipe Velmiar!
El murmullo se convirtió en un rugido y el rugido en un vendaval. La ropa de Ryaul se abrió por las costuras. Sus hombros se alzaron como cumbres. Sus brazos y torso regordetes se tensaron en músculos marcados. Las alas negras se abrieron con la potencia de un huracán. Al fin Airgetlam soltó a su hermano, porque el viento sopló tan fuerte que lo levantó absolutamente todo: a los soldados, las jaulas, a los prisioneros.
A Dagda lo espabiló el golpe que se llevó al aterrizar. Y el rugido. La garganta se le estaba empezando a hinchar y la visión estaba oscurecida con docenas de manchas negras que se diluían como tinta. Pero incluso así estaba lo bastante espabilado como para comprender lo que había sucedido: Ryaul se había transformado.
Lo siguiente fue muy confuso. En medio de las jaulas destrozadas, el rugido de Ryaul, los gritos de los soldados y el llanto de Ralo, Dagda solo pensó en una cosa: buscar a Airgetlam. ¿En dónde estaba? No veía más que las siluetas de los barrotes y las figuras de los oficiales, que rodeaban a la mantícora. Avanzó unos pasos confusos, incapaz de coordinar movimientos. Sus pies estaban torpes por la falta de aire en el cerebro. Alguien lo agarró del hombro. En un momento pensó que era Airgetlam, luego creyó que sería Kryos pero en realidad era un soldado de Fuoco. En el instante que debía empezar a preocuparse de ser capturado, el oficial se dobló por la mitad, adolorido. Un aguijón gigante lo había punzado en el estómago; lo levantó y lo aventó hacia los escombros. El aguijón se agitó en el aire en dirección a Dagda. El muchacho se quedó paralizado, incapaz de pensar en nada. Alguien lo empujó en el último momento.
—¡Riza! ¡Ven aquí! —ordenó Kryos. Confundido como estaba, Dagda vio al cristalero al borde de la sección de las jaulas, junto a Aldith y los demás prisioneros.
—¡No! —gritó Riza mientras levantaba a Dagda. Ella había salvado al gemelo del golpe—. ¡No nos vamos sin Airgetlam!
La muchacha agarró la muñeca de Dagda. Corrieron por entre los soldados, el aguijón que se movía de un lado a otro, y los escombros que se levantaban en el aire con cada aleteo de la mantícora. Dagda no supo hacia dónde corría hasta que vio a Airgetlam. Su hermano estaba al borde de todo, tirado entre los escombros. Estaba despierto, o en el estado similar a la vigila en el que andaban las personas sin mente. Sus ojos estaban abiertos pero todo su cuerpo estaba relajado. Parecía un títere olvidado en un teatro abandonado.
Dagda y Riza lo agarraron de los brazos y lo levantaron a la vez. Tenía que admitirlo: aunque le disgustaba Riza, era una muchacha valiente. Mientras los dos arrastraban a Airgetlam hacia el grupo de Kryos, a Dagda se le ocurrió que ahora sí podría sentir simpatía hacia la chica que había atravesado un campo de batalla junto a él para salvar a su hermano.
—¡Dagda! —llamó Aldith—. ¡Empieza ya! Por lo que más quieras, ¡empieza ya!
Aunque Airgetlam no estaba en condiciones de ayudarlo, su sola cercanía facilitaba la teletransportación. Mientras avanzaban hacia los prisioneros, las cortinas de sombras y luces se levantaron alrededor de ellos. «Que no haya ningún soldado dentro cuando nos vayamos», pensó Dagda mientras el suelo a sus pies adquiría la textura del fango. «Que ya no haya más complicaciones». Al fin alcanzaron a los prisioneros. El círculo de sombras y luces se hizo más pequeño, de la medida justa para el grupo rebelde. Dagda se permitió una sonrisa de alivio. ¡Pronto esa pesadilla terminaría!
Una mano dura y gigantesca agarró a Airgetlam del brazo que Dagda arrastraba. Riza perdió pie y cayó. Enlil tuvo entonces vía libre para agarrar a sus dos nietos. A través de las cortinas de luz y sombra, el General los jaló. «Nos va a arrastrar», supo Dagda. ¿Qué pasaría si Enlil los sacaba del círculo antes de que las cortinas se cerraran? ¿Se detendría la teletransportación o seguiría adelante sin nadie que pudiera controlarla? Si ese era el caso, ¿qué pasaría con los que se quedaran dentro? En el rostro decidido de Enlil, Dagda vio que no le importaba lo que pasara con los prisioneros. Todo lo que quería era asegurar a los gemelos en su poder.
Dagda opuso resistencia y sostuvo a Airgetlam tan fuerte como pudo. Si Enlil volvía a ordenarle a Airgetlam que atacara, entre los dos sacarían a Dagda de las luces y sombras. Todo acabaría. «Y aun si no le dice nada, ¡este maldito anciano tiene mucha fuerza!». No podía creerse que aun estando en la plenitud de su juventud fuera más débil que Enlil.
El rostro transmutado de Ryaul se asomó por entre las cortinas, justo por encima del General.
—¡EsA tAbLiLla Me LA reGalÓ eL PrÍNciPe VElmIaR! —Era escalofriante que un monstruo pudiera articular con tanta claridad en un rugido tan grave.
Su cola rodeó a Enlil de la cintura y el aguijón le punzó la boca del estómago, justo el único lugar donde la armadura era más delgada. Enlil soltó a Dagda para arrancar el aguijón, pero su mano se mantuvo firme alrededor del brazo de Airgetlam. La mantícora embistió al General, pero de alguna forma Enlil logró agacharse antes de que lo derribaran, y jaló consigo a Airgetlam. Ryaul entró al círculo de sombras y luces y derribó a Dagda, justo antes de que las cortinas se cerraran por encima del grupo.
El muchacho se levantó tan rápido como pudo y estiró la mano para asir de nuevo a su gemelo. Cuando lo hizo, las cortinas se rompieron alrededor. Ya no estaban en Xadiz. Ahora estaban en el bosque, junto a la cueva donde Geri todavía aullaba para exacerbar a los lobos cercanos. Ya no había rastros de las jaulas, los soldados o Enlil. Ya no había rastros de Airgetlam.
—¡EsA tAbLiLla Me LA regaló---!
—¡Maldita sea! ¡Cállate, Ryaul! —gritó Dagda.
Kryos y los demás estaban verdes por el viaje interdimensional, y asustados por el enorme león alado que se coló con ellos. La mantícora perdió su ferocidad. Agachó las orejas y metió su cola-aguijón entre las patas. Su nuevo rugido fue más débil y se convirtió en el lloriqueo de un hombre. El pelaje se cayó; las alas desaparecieron; los músculos tensos y todopoderosos se convirtieron de nuevo en los miembros regordetes y fláccidos de un arqueólogo. Ryaul se restregó los ojos mientras las lágrimas le escurrían por las mejillas.
—Ay, ay, ¡mi tablilla! ¡Ay, ay!
Dagda quiso echarse a llorar también, porque en Xadiz había perdido algo más importante que una estúpida antigüedad arqueológica. Había perdido a su hermano.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

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No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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