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Capítulo 13

13
CAMPAMENTO


—Por favor, ¡acéptenos!
Los tres muchachos pegaron las palmas e inclinaron la espalda hasta que la frente tocara el suelo. Connor estaba sentado en un tronco húmedo y podrido. Tenía una pierna cruzada sobre la otra y los brazos cruzados sobre el pecho. Su barbilla miraba hacia lo alto, pero sus ojos estaban fijos en los solicitantes a sus pies. Drake y Kel soltaron un suspiro y una sonrisilla, porque Connor se la estaba pasando de lo lindo. Nunca se curó del gusto a la adulación y era justo eso lo que recibía de esos tres desconocidos.
—¿Están seguros? —preguntó el doctor—. Soy un mentor muy exigente.
Los solicitantes asintieron. Sus ojos echaban chispas de decisión. Una sonrisilla traviesa y satisfecha tembló en los labios de Connor. Requirió toda su fuerza de voluntad no echarse a reír de la alegría, porque hasta él sabía que su arrogancia era un defecto terrible. Logró imponer la seriedad del tema y miró a los solicitantes con más atención.
—Como mis aprendices, les enseñaría todo lo que sé bajo dos condiciones. La primera es que cuidarán a todos los enfermos y heridos por igual. No harán diferencias entre aesirianos, vanirianos, humanos ni krebins.
La resolución de los solicitantes flaqueó. Miraron alrededor. Un titán hacía guardia detrás de Connor. Un krebin y un humano cocían hongos en el caldero delante de la tienda del doctor. Un aesiriano y un grolien miraban con idénticas sonrisas a los solicitantes, desde la sombra de un árbol. Y alrededor había tiendas y fogatas de grupos individuales atraídos por las noticias sobre Connor.
La tienda del doctor estaba en el medio de ese campamento improvisado. Era el punto común que respetaban los bandos a uno y otro lado. El extremo oeste era el aesiriano. Allí había tiendas militares, con camillas llenas de soldados heridos. Del lado este había fogatas y agujeros en el suelo, que hacían los groliens para dormir en las noches. Allí también había heridos y enfermos. El perímetro de cada bando estaba bien guardado por alambre de púas y centinelas. Para entrar y salir de cada uno, había que pasar por los puntos de control.
Connor no se había imaginado que ese inusual campamento se montaría alrededor de él. En Delya escuchó que al noreste había un campo de batalla donde vanirianos y aesirianos luchaban sin cesar. El enfrentamiento era tan intenso que aun a días de distancia llegaba el olor a sangre y podredumbre. Si se veía el campo de batalla desde una montaña, parecía un campo de flores rojas.
Connor llegó al borde de las peleas. En efecto, el olor a descomposición era fuerte, pero eso no lo desalentó. Al contrario, lo motivó. Drake y Kel estaban dispuestos a acompañarlo hasta que estuviese satisfecho, pero desaprobaban llevarlo hasta el corazón de la pelea. En el primer día, Connor esperó durante horas a que los gritos y el fragor de las espadas cesaran un poco, lo suficiente para poder acercarse. La espera se le hizo eterna. Pero una vez que las tropas se dieron un respiro, Connor avanzó con sus compañeros. Levantaron a los moribundos que cada bando había dejado atrás. Si le preguntaban qué hizo entonces, Connor no habría podido describirlo. No lo recordaba a la perfección. Desinfectó heridas, cosió heridas, vendó heridas y aplicó ungüento sobre heridas. Había sangre y carne magullada por doquier. Apenas terminaba con un paciente, Kel y Drake, o Ceniza y Rodni, o Yashin, le ponían otro de frente. Para cuando terminó su primer y eterno turno, Connor estaba cubierto de sangre hasta los codos. La camisa se le había echado a perder y la cara le picaba por cada pringue carmesí. Ni siquiera con un cepillo y media hora de jabón pudo quitarse el olor salobre de los dedos.
Sin darse cuenta, ese primer día montó su campamento justo en el jardín de flores de sangre. Kel y Drake habían separado a los pacientes según el bando al que pertenecieran, porque no querían que se abrieran las heridas que con tanto esmero Connor había cosido solo porque quisieran reanudar la rencilla.
Cuando las tropas volvieron a enfrentarse al día siguiente, se encontraron con la sorpresa de que todavía tenían a soldados con vida. Decidieron darse una tregua momentánea para proteger a sus compañeros caídos mientras se recuperaban. Pero la tensión entre las tropas era muy grande, y a ella había que agregar la luna carmesí. Al igual que el mes anterior, la primera luna llena estuvo teñida de sangre. Una vez, era curiosidad. Pero dos meses seguidos de un resplandor escarlata era señal de que algo ocurría, algo se avecinaba. Los vanirianos estaban asustados, pero los aesirianos se pusieron más que tensos. El miedo los puso paranoicos y violentos. Así que resolvieron trasladar el enfrentamiento a otro sitio, para que ninguno de los dos bandos pusiera en peligro a los enfermos y al doctor. El campamento de Connor se quedó en donde estaba, con cada lado separado y protegido por soldados dejados atrás con ese fin. Connor supo que cada bando esperaba ser el primero en recuperarse, para retomar la lucha ahí con una ventaja. Pero cuando empezaron a haber heridos en el otro frente de batalla, los llevaron al campamento de Connor. Ninguno de los dos bandos supo muy bien cómo sucedió, pero terminaron compartiendo doctor. Los soldados que se habían enfrentado a muerte en un sitio, llegaban al mismo campamento a recuperarse juntos.
Los rumores empezaron a circular. La reputación de un doctor talentosísimo que atendía a vanirianos y aesirianos por igual se alzó por los cielos. A pesar de que estaba al borde de los enfrentamientos más sangrientos, al campamento de Connor comenzaron a llegar enfermos de otras partes. Personas desesperadas que iban a la guerra en busca de una cura para las enfermedades más diversas. A su campamento se sumaron humanos, cazadores y mercaderes que iban de paso, recolectando información o vendiendo hierbas. También llegaban reclutadores de ambos ejércitos, a proponerle tratos jugosos para que atendiera a solo uno de los bandos.
Y ahora llegaban muchachos a pedir ser sus aprendices.
Los tres solicitantes miraron otra vez el campamento. Solo habían estado del lado aesiriano, ¿pero podrían ir al extremo vaniriano? Les parecía admirable que un solo doctor hubiese atendido a tanta gente, y que además lo hiciera por un precio tan ridículamente bajo. Otra de las razones por las que la fama de Connor se había extendido era que no cobraba por sus servicios. Si los pacientes le pagaban, aceptaba de todo: monedas, hierbas, comida, vendajes. Cualquier cosa que lo ayudara a seguir trabajando. Pero lo que siempre, siempre pedía era su famosa condición: «Ayuda a la próxima persona que lo necesite».
Quizá por eso el campamento de Connor todavía se mantenía en pie. Claro, había discusiones. Los centinelas aesirianos y vanirianos se lanzaban palabrotas desde cada uno de sus puestos. Cuando Connor entraba al lado aesiriano, los soldados gruñían y amenazaban a Kel. Y cuando el doctor entraba al sector vaniriano, los groliens y arpías se paraban de uñas al ver a Yashin. Pero aunque era delicada, ninguno de los dos bandos rompía la paz que Connor había instaurado entre ellos.
—Miren —dijo a los solicitantes—, seré sincero. Me vendría muy bien tener aprendices ahora. El campamento se hace más y más grande, y faltan manos para atender a tanta gente. Pero no aceptaré a nadie que no pueda respetar mis condiciones. Si no pueden atender a un vaniriano o a un krebin, entonces no soy el mentor que quieren. Y ustedes tampoco serían los aprendices que quiero.
Los tres muchachos se quedaron sin aliento. Connor vio que iban bien vestidos. Cada uno tenía un maletín de cuero recién hecho, tanto que hasta brillaba. Seguro que dentro tenían resplandecientes bisturíes de plata. Eran muchachos de familias acomodadas a quienes les llegó el rumor de un gran y joven doctor. Connor podía verlo en sus miradas: la razón por la que querían estudiar con él era por su fama, para hacer una reputación ellos mismos. Si era el único motivo por el cual decidieron estudiar medicina, Connor no quería tener nada ver con ellos. Pero esa impresión podía ser errónea. Seguro sí eran chicos ricos con sueños de fama, pero quizá también tendrían una verdadera vocación por ayudar a otros. No podía desecharlos así nomás.
—Y... ¿cuál es su segunda condición? —preguntó uno de ellos. Connor ladeó la cabeza.
—Que una vez que terminen de prepararse conmigo, se marcharán por un camino diferente y le enseñarán a alguien más todo lo que les habré enseñado. Así nadie, en donde quiera que esté, sufrirá sin que alguno de nosotros le pueda ayudar.
Los solicitantes guardaron silencio e intercambiaron miradas. Esa última petición era más razonable. Pero para cumplirla, primero tenían que estudiar con Connor. Y para que él los aceptara, tenían que cumplir con la primera condición durante su preparación.
—Um... ¿podemos pensarlo? —preguntó otro solicitante. Connor asintió.
—Por supuesto.
Pero cuando los solicitantes se irguieron para regresar al lado aesiriano, el doctor supo que no regresarían con él. Si tenían que pensarlo era porque la primera condición les causaba mucho conflicto. Connor no los culpó. La mayoría de los aesirianos creció con la idea de que pertenecían a una raza superior y favorecida. Él fue criado por humanos en un pueblo utópico, donde las diferencias eran menos marcadas. Nunca tuvo que asimilar un cambio de perspectiva tan grande, porque desde el principio Lea y Emilio ampliaron su visión del mundo.
Connor estiró los brazos y se levantó. Yashin se acercó para atenderlo, pero Connor se apartó de un salto.
—Ya te dije que no tienes que actuar así —le dijo al titán.
—Estás ayudando a aesirianos y a vanirianos. Será cuestión de tiempo para que a alguien le moleste eso.
Connor hizo una mueca. Le alegró que Yashin se uniera a su equipo de aventura, ¡pero era como tener otro hermano mayor sobreprotector! Como si no fuera suficiente ya con Kel y Drake. Ellos sabían que sería en vano detener a Connor en su empeño de ayudar a otros, pero insistían en acompañarlo cuando iba a uno u otro bando del campamento. Como resultado, a Kel lo abucheaban en territorio aesiriano. Drake se las apañaba mejor, pero tenía los nervios avispados. Por debajo de su fachada despreocupada, el sicario estaba pendiente de todos los pequeños detalles. Olía las hierbas que le regalaban a Connor. No dejaba que el doctor comiera nada sin antes probarlo él mismo. Y por las noches se tendía junto a él, pero apenas dormía nada. Estaba atento a pasos o murmullos de algún posible asesino.
Connor le dijo a Yashin lo mismo que le había dicho a Drake:
—La gente no es tan mala como te la imaginas. Te aseguro que no corro peligro.
Y Yashin le respondió con las mismas palabras del sicario:
—Piensas demasiado bien de las personas. Y por eso eres peligroso en una guerra.
Connor soltó un suspiro. Se resignó a que Yashin le pisara los talones en los escasos diez metros que lo separaban de la fogata donde estaban reunidos Ceniza y Rodni. El krebin y el humano habían hecho amistad. Ceniza también recibía malas caras y abucheos en territorio aesiriano, pero Rodni lo defendía. Caminaba junto a él para que no echara a correr y le daba palmaditas en la espalda para acrecentar su valentía. A cambio, Ceniza le enseñaba todo lo que sabía sobre hierbas, semillas y frutas, que era mucho.
—Ceniza —llamó Connor—, te traje algo.
Extendió un paquete al híbrido. Apenas lo tuvo en sus manos, Ceniza lo olisqueó. Le encantaba oler los bollitos dulces que Connor compraba a los mercaderes ambulantes. Esta vez no había aroma a pan recién hecho. Tímido y confundido, el krebin desenvolvió el paquete delante de todos. Se encontró con un cuaderno de cuero y una cartuchera con lápices y plumillas.
—¡Oh, qué bonito! —comentó Kel desde la sombra, junto a Drake—. ¡Qué considerado de tu parte!
Ceniza olisqueó la cartuchera y las páginas en blanco, pero al final aceptó su ignorancia y miró a Connor con ojos asustados. Siempre se asustaba cuando no entendía las situaciones.
—Eres buen dibujante —explicó el doctor mientras se sentaba junto al híbrido—. Ya puedes desarrollar tu talento.
Le enseñó a pasar el lápiz por las hojas. Garabateó unas flores y le escribió las primeras letras del abecedario para empezar a enseñarle a escribir y a leer. Una vez que comprendió cómo se usaba el cuaderno, Ceniza superó por mucho las habilidades de Connor. Sus primeras cinco letras eran más redondeadas, bonitas y legibles que las del doctor. Y las flores eran más realistas y mejor proporcionadas que las de Connor. A Ceniza le encantó su nuevo regalo.
—¡Gracias, gracias! —dijo mientras abrazaba el cuaderno.
Connor, Drake y Kel se sonrieron enternecidos. Ninguno lo había dicho aún en voz alta, pero los tres consideraban a Ceniza el hermano más pequeño. Y como tal, les encantaba mimarlo. Connor lo estaba poniendo gordo de todos los bollitos dulces que le regalaba. Kel le había tallado una flauta y por las tardes le enseñaba a tocarla. Y Drake le demostraba su simpatía como sabía hacerlo: enseñándole a pelear. Rodni estaba convencido de que eran la familia más cursi que había conocido jamás.
Un centinela aesiriano se aclaró la garganta. Los centinelas de ambos bandos tenían derecho a entrar al campamento de Connor sin permiso. Era uno de los pocos acuerdos que habían hecho.
El soldado estaba pálido y sudoroso. Respiraba agitadamente, y los hombros le subían y le bajaban con cada jadeo. El cabello azul marino de Leik le caía por la frente y la espalda, empapado de sudor. Miró a Connor asustado. El doctor supo que tenía una nueva tanda de pacientes aesirianos. Pero con lo que no contó fue con las siguientes palabras:
—Por favor, ¡ve al campamento militar exterior! ¡Te necesitan allí!
—¡Ah, eso no! —gruñó un centinela grolien. Alentado por sus compañeros, el grolien entró al campamento de Connor—. ¡Acordamos que él no iría a ninguno de los campamentos exteriores! ¡Atendería a los heridos de los dos bandos en tierra neutral!
Connor se masajeó la cabeza mientras esos dos discutían. Otro de los acuerdos a los que habían llegado era que Connor no tenía que ir a los frentes de batalla, ni a los campamentos exteriores donde se encontraban las cabecillas y las tropas de repuesto de cada bando. Después de cada pelea, cada quien llevaba sus heridos al campamento de Connor; allí se sometían a las reglas que el doctor impusiera para atenderlos a todos por igual.
Si fuese por Connor, él iría libremente a los frentes y a los campamentos exteriores de cada bando, pero entendía las preocupaciones de aesirianos y vanirianos. Lo que mantenía la paz en su propio campamento era el respeto que los dos lados sentían hacia él. Pero si Connor estaba afuera, en territorio aesiriano, ¿qué evitaba que los aesirianos de su campamento iniciaran una pelea contra los vanirianos enfermos? O viceversa. Ambos grupos estaban seguros de que si Connor salía, la batalla se reanudaría ahí. Y, aunque nadie lo dijera en voz alta, todos temían que los cabecillas lo tomaran como prisionero y lo forzaran a atender solo a uno de los bandos.
Rodni soltó un suspiro de fastidio.
—Si tanto les urge que él vaya afuera, ¿por qué no hacen un intercambio de rehenes o algo así? —Los centinelas se lo quedaron viendo sin entender. Rodni giró los ojos y continuó—: Si quieren que Connor vaya a un campamento militar aesiriano, entonces los vanirianos aquí deberían tener derecho a capturar rehenes aesirianos. Cuando Connor regrese sano y salvo, los vanirianos liberan a los rehenes. Lo mismo si los vanirianos necesitan que Connor vaya a su campamento militar: los aesirianos toman rehenes y los liberan cuando la seguridad de Connor queda demostrada.
Connor iba a protestar. ¡¿Cómo iba a arriesgar la seguridad de los rehenes?! Además, él era solo un doctor. Su participación en la guerra era como ente neutral: ayudaba a los bandos porque era lo que le dictaba su corazón. No estaba ahí para jugar de ficha intercambiable. Antes de que pudiera decir nada, los centinelas dijeron a la vez:
—¡De acuerdo!
—Pero debe haber tiempo límite —continuó el centinela grolien—. Dos días máximo. Si no aparece entonces, mataremos a un rehén por cada hora de retraso. —Connor abrió la boca para protestar, pero el otro centinela le ganó:
—De acuerdo. Pero a cambio nosotros también necesitamos una garantía de que ustedes no matarán a nuestros compañeros apenas nos vayamos de aquí.
—Nosotros sabemos el valor de una promesa. Tenemos honor —respondió el grolien con voz de hielo—. Jamás romperíamos un acuerdo.
—Lo siento, pero no me lo creo. No puedo permitir que mis compañeros sean rehenes si tengo motivos para temer por su seguridad.
El grolien apretó los labios y miró a Kel.
—Que vaya con Connor. Si nosotros hiciéramos algo a los rehenes, nada los detendría a ustedes en el campamento exterior para matarlo a él. Aunque sus rehenes nos sacaran de quicio, no les pondríamos un dedo encima si eso significase que uno de los nuestros moriría terriblemente en territorio enemigo.
El vello de Connor se erizó.
—¡No! —logró decir—. Miren, esto se está saliendo de control. ¡No puede haber rehenes! ¡No pueden prescindir de Kel como si...!
—Por mí está bien —lo interrumpió su hermano—. Si es lo que se necesita para que las dos partes estén en paz...
—¡Pero...!
—Por favor, ¡no tenemos mucho tiempo! —le suplicó el centinela aesiriano.
Connor apretó los puños. Si en el exterior había alguien que lo necesitaba, no debía perder el tiempo en discusiones. Pero la seguridad de los rehenes y de Kel... ¿En qué estaban pensando? ¿De verdad podían ambos bandos comprometerse en un trato tan peliagudo?
—Y algo más —agregó el centinela grolien—. Por lo menos tres del grupo de Connor deberían quedarse aquí.
—Yo pensaba lo mismo —lo secundó Leik. Miró al doctor y explicó—: Si todos se marchan, el otro bando tendría motivos suficientes para creer que se han unido al enemigo. Entonces los rehenes y los heridos en cada lado del campamento sufrirían las consecuencias de un enfrentamiento precipitado.
Connor aún tenía sus dudas, pero Drake le dio el último empujoncito.
—Parece razonable. Connor, ve con Kel y Yashin al campamento aesiriano. La próxima vez, te tocará ir al campamento vaniriano.
—¿Estás seguro? —intervino Kel.
El grolien miró de soslayo a Yashin. Confiaba en él porque, en el grupo de Connor, todos habían demostrado lealtad al doctor. Pero Yashin tenía una pierna débil. En caso de emergencia, el titán no podría defender a Connor tan bien como Drake. El sicario asintió:
—Yo me quedaré para cuidar a Rodni y Ceniza. Son los más débiles del grupo.
—¡Ey! —se quejó el antiguo ladrón de caminos—. ¡Puedo cuidarme solo!
Nadie prestó atención a sus quejas ni a la incomodidad de Connor. Los centinelas cerraron el trato con un asentimiento de cabeza. Diez minutos después, veinticuatro voluntarios aesirianos cruzaron hacia el extremo vaniriano. Si Connor llegaba un día tarde, todos los rehenes morirían y la tregua del campamento de recuperación llegaría a su fin.

****

Al llegar, las miradas que recibieron fueron tanto de esperanza como de desprecio. Algunos de los soldados del campamento exterior se habían recuperado gracias a Connor. Como ya estaban al tanto de las compañías del doctor, no se sorprendieron por ver a Kel. No obstante, los tres sí sintieron el desprecio, que era aún más profundo porque Yashin caminaba hombro con hombro con el grolien. Los antiguos pacientes de Connor creyeron que era una táctica del titán para evitar que Kel recibiera un ataque repentino. Un ataque directo a Kel también golpearía a Yashin. Sin embargo, la verdad era otra: caminaban juntos porque Kel quería mantener el ritmo de Yashin.
El titán era cojo. Podía caminar erguido por unos cuantos minutos. Pero si la caminata se alargaba, empezaba a arrastrar la pierna izquierda. Entre más caminaba, más débil y lento se ponía.
La primera noche que acampó con ellos, Connor se ofreció a revisarle la rodilla. Yashin lo permitió, pero le dijo que no había nada que hacer. Tenía razón.
—Es culpa mía —suspiró el doctor—. Si te hubiese atendido bien en aquella ocasión, caminarías sin problemas.
Yashin era el titán que Connor había salvado en la misión de rescate a Masca. Juntos habían derribado a un hijo de Vanir. Pero cuando Connor se marchó a recargar al Emperador, dejó a Yashin atrás. Para cuando un soporte médico lo atendió ya habían pasado cuatro días. Los titanes eran rudos y resistentes, pero arrastraban lo que la Emperatriz de Edén llamaba «desperfectos evolutivos». Aunque sus huesos eran difíciles de romper, e incluso más densos que los huesos de los aesirianos de la actualidad, eran biológicamente más débiles. Aun con el tratamiento adecuado, tardaban mucho en sanar. Y si la quebradura no recibía tratamiento temprano, corría riesgo de una infección.
Yashin por poco se muere. La rodilla se le había hinchado tanto que toda la pierna se le amorató. Los soportes médicos consideraron amputársela para salvarle la vida, pero en el estado delirante de Yashin decidieron que sería contraproducente. Podría desangrarse o tener una infección más severa. Tenía más posibilidades de sobrevivir si le daban medicina para aliviar la hinchazón. Después de tres semanas de fiebres constantes, el delirio remitió. Y cinco meses después de la quebradura, la hinchazón bajó. Pero aún le tomó cuatro años más para que la rodilla sanara, y no lo hizo bien. Yashin podía caminar y mantenerse en pie por un tiempo, pero a la hora ya necesitaba descansar. No podía correr. No podía patear, ni mantener un combate por más de cinco minutos.
¿Qué lugar había en una tropa para un soldado incapaz de pelear? Lo dieron de baja en el ejército. Yashin supo que era inevitable, pero eso no cambiaba las cosas. Era un titán, un fósil viviente de otra época, y estaba completamente solo en el mundo. Era el único sobreviviente de su familia. Sus amigos titanes se habían desplazado por los continentes en misiones militares. Y a él lo habían echado del único sitio en el que podía encajar. Ya no pertenecía a ningún lugar.
Había deambulado entre los campamentos de cazadores, en los puestos militares, en los pueblos, ¡pero nada! Todos los equipos de cazadores y los puestos de alistamiento querían sujetos sanos. No titanes a los que pudieran tumbar con una sola zancadilla. Por años, Yashin se preguntó a qué esperaba. No había un lugar en el mundo para él. No encontraría a nadie que lo quisiera en su equipo a pesar de estar defectuoso.
Y entonces reconoció a Connor en Delya. Si existía un sitio al que pudiera pertenecer, seguro que era al lado del doctor que lo había despertado en ese nuevo y aterrador mundo. Estuvo en lo correcto, desde luego. A Connor no le importaba si sus compañeros eran vanirianos, humanos, krebins o titanes; o si eran mancos, cojos o asustadizos. Lo único que le interesaba era ayudarlos, y que ellos quisieran ayudar también.
En la situación en la que se encontraban, Yashin dudaba ser útil para el doctor. Pero estaba dispuesto a darle todo lo que tenía. Ahora que había encontrado un sitio al cual pertenecer, estaba dispuesto a hacer todo lo que hiciera falta para morir en ese lugar. Si tenía que soportar las miradas de desprecio de los aesirianos, que así fuera.
El centinela los guio por el campamento militar. A uno y otro lado, Connor vio soldados heridos. Las manos le picaban de la inquietud, porque quería empezar a revisar sus heridas y asegurarse de que estaban a salvo. Pero con una mirada, supo que su intervención era innecesaria, al menos con ellos. Aunque estaban cubiertos de vendajes, todos estaban despiertos. Comían, conversaban o alistaban sus armas para el siguiente enfrentamiento. Si estuviesen muy mal, ya sus compañeros los habrían enviado al campamento de Connor.
Eso lo hizo pensar. Si no había heridos de gravedad, ¿para qué lo hicieron ir hasta ahí?
—Oh, oh —murmuró Kel.
Leik los llevaba a la tienda central. Era tres veces más alta que el resto, y la tela era de color vino. El estandarte de los Aesir se agitaba en su punta más alta. En esa sección ya no había heridos. Solo soldados bien fornidos y titanes, que formaban un perímetro dentro del mismo campamento. Cuando los alcanzaron, los titanes bloquearon el avance de Connor y los demás con lanzas. El doctor supo por qué: no querían que Kel pasara.
—Es mi asistente —les dijo—. Si de verdad hay alguien muy herido, necesito a Kel para hacer un buen trabajo.
El centinela lo miró nervioso.
—¿Y qué hay del titán? ¿No puede él...? —Yashin negó con la cabeza.
—En habilidades médicas, el grolien me supera. Él ha asistido al doctor por más de cincuenta años.
«Bueno, hasta aquí llegamos», decidió Connor. Si los titanes no dejaban que Kel avanzara, Connor no seguiría sin él. Se regresarían juntos y enteros antes de que la situación se complicara. Sin embargo, los titanes bajaron las lanzas.
—Esto no le va a gustar —murmuró uno.
—Maldita sea. ¡Y ese pajarraco pega tan fuerte cuando está enojado! —dijo otro entre dientes.
—Es eso o dejar que se muera. ¿Qué decides?
Dejaron pasar a Kel. Connor se mordió la lengua para no comentar lo obvio: los soldados estaban desesperados. De lo contrario, no habrían dejado que un vaniriano entrara a su territorio.
A unos pasos de la tienda, le llegó el olor a infección. Era un aroma tenue que se mezclaba con los otros olores del campamento, pero Connor ya tenía práctica para percibirlo en cualquier lugar. Al cruzar la tienda, el hedor se intensificó. En la primera sala había una amplia mesa de consejo, con un mapa de la región noreste. Sobre el mapa había piezas de ajedrez; cada una representaba las tropas aesirianas, así como la localización de los grupos vanirianos. En la sala continua había un comedor pequeño y divanes. En esa habitación había dos soportes médicos, ambos de pie y pálidos como la cera. Estaban tiesos como escobas. Cuando miraron a los recién llegados, a sus expresiones de preocupación e inseguridad se sumó una buena dosis de desprecio y alarma.
—¿Qué hace esa cosa aquí dentro? —Un soporte señaló a Kel.
—No es una cosa. Es un grolien, es mi hermano y es mi asistente. Un poco de respeto y humildad les caería bien.
La ira encendió los rostros de los soportes médicos. Miraron a Connor con los ojos abiertos de par en par, y los dientes pelados de la indignación.
—Tú deberías tener respeto —le espetaron—. No tienes idea de quiénes somos.
—Jefes médicos —contestó Connor—. Reconozco el uniforme. Pero no la libertad que se toman para maltratar a Kel. —Cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Y bien? ¿Dónde está mi paciente?
Al traspasar la última cortina, encontró la habitación final. La infección olía más fuerte ahí, junto con la sangre. Al lado de la cama había dos tazones y una jarra de agua, para limpiar las heridas, bajar la fiebre y dar de beber al paciente. En una mesita estaban pulcramente acomodados los frascos de pastillas, los jarrones de ungüento y las botellas de pociones para luchar contra la infección. En la cama, un hombre pelirrojo respiraba con dificultad.
Los soportes médicos miraron con los dientes apretados cómo Connor entraba confiado a hacer el trabajo que ellos no pudieron completar. Por un lado estaban seguros de que no lo conseguiría. Era un chico, ¡por Dios! ¿Cómo iba a superar los talentos de dos jefes médicos de las tropas aesirianas? Sería genial borrarle esa actitud con un fracaso. Pero, por otro lado, no podía fallar. Si el paciente moría...
Connor quitó los vendajes que cubrían el brazo derecho. El bíceps estaba destrozado con un agujero negro. Se le ocurrió que lidiaba con una gangrena pero, si ese era el caso, ¿por qué los soportes médicos no amputaron la extremidad? Al revisar con más atención, vio que a lo largo del brazo había mordidas de sanguijuelas. Intentaron sacar la sangre mala. Al ver los labios, las uñas y por debajo de los párpados del paciente, corroboró que la sangre estaba manchada. Tenía un ligero tinte azulado.
Lo habían envenenado.
—¿Tienen la punta de la flecha? —preguntó a los doctores. Ellos negaron con la cabeza.
—Se la arrancó en medio de la batalla. Suele hacer eso.
Connor se lo imaginó muy bien. Ese enorme pelirrojo debía de ser todo un espectáculo en la batalla, agitando a un lado y al otro el hacha doble que estaba sobre el pedestal, al otro lado del cuarto. Los espadazos, golpes y flechazos que fallara evitar, los recibía con la dignidad de un Aesir y seguía adelante sin detenerse. No le prestó atención a la flecha que le alcanzó el brazo, porque ¿para qué hacerlo? Tenía cicatrices de ataques peores. Pero luego de que el combate terminara con una aplastante victoria para su bando, el príncipe regresó a su campamento...
Y ahí colapsó.
Connor revisó los frascos, botellas y jarrones de medicina. Todo lo que se le ocurrió para enfrentar un envenenamiento estaba ahí, por supuesto. Porque los soportes médicos ya lo habían intentado todo. La única manera de sanar al príncipe era con el antídoto adecuado, pero si no sabían con qué lo habían envenenado entonces no podían hacer nada.
—Drake tuvo que haber venido. Él habría reconocido el veneno.
—¿Voy por él? —se ofreció Yashin. Connor miró al paciente y negó:
—Le queda poco tiempo. Para cuando alcances nuestro campamento será demasiado tarde.
—Um, entonces no eres tan fantástico como todos decían que eras —apuntó uno de los doctores. Sus ojos cansados estaban llenos de fatalismo. Connor puso las manos sobre las caderas y miró a los soportes médicos con el mentón en alto, tal y como había mirado a los solicitantes más temprano.
—No soy así de fantástico. ¡Soy aún mejor! Así que necesito que traigan hinojo, manzanilla y rúcula.
—Pero... —comenzó a protestar un soporte, pero Connor siguió con sus indicaciones como si nada.
—Kel, necesito que me ayudes a sostenerlo mientras hago el «procedimiento».
Kel lo miró por dos segundos sin comprender, hasta que al fin una lucecita se le prendió en los ojos.
—¿Estás seguro?
—Es la única manera.
—¿Procedimiento? ¿Qué procedimiento? —preguntó el otro soporte.
—Se los enseñaré tan pronto como me traigan lo que les pedí. —Connor abrió el maletín con sus instrumentos. Sacó jeringas, bisturíes, hierbas y botellitas con pociones—. ¿Entonces? —insistió mientras sacaba su arsenal—. ¿Dónde están mi hinojo, mi manzanilla y mi rúcula? ¡Traigan bastante!
Confundidos, los jefes médicos se marcharon, aunque dejaron al centinela y cinco titanes más haciendo guardia. Connor los sacó junto a Yashin, para que vigilaran en la habitación continua, y se quedó a solas con Kel.
—¿Estás seguro? —repitió el grolien. Connor asintió.
—Es la única manera.
Antes de que los soportes médicos regresaran, Connor usó el poder de Anäel.


Los doctores no podían estar más confundidos. Apenas regresaron, Connor se puso manos a la obra. Sacó una muestra de sangre con una de sus jeringuillas; después inyectó un anticoagulante y cortó el bíceps con el bisturí. La sangre negra brotó en manantial, con un hedor nauseabundo que le sacó las lágrimas a Kel. Luego salió el pus, más blanquecino pero igual de desagradable. Connor limpió la herida con alcohol y gasa, y vendó de nuevo. Hasta ahí, todo normal. Era prácticamente lo mismo que ellos habían hecho.
Entonces, ¿por qué ahora sí funcionaba con Connor, pero con ellos no hizo efecto? La respiración del príncipe era más profunda y serena. El silbido del pecho –síntoma de que la infección le había alcanzado los pulmones– había desaparecido. La fiebre le había bajado. El color le había regresado a los labios y el tinte azulado de sus uñas se iba desvaneciendo poco a poco.
—¿Y para qué ocupaba el hinojo, la manzanilla y la rúcula?
—Ah, claro. Es lo más importante.
Connor hirvió agua e hizo té para todos. Sacó unos tomates que un mercader le había regalado, y los preparó con el hinojo y la rúcula.
—¿Recordarán la receta? —preguntó a los soportes—. Esto es lo que él debe comer en los próximos días. Es liviano y nutritivo. Le refrescará el estómago. Y el té de manzanilla le terminará de bajar la hinchazón.
Comieron juntos en la habitación continua, que era un comedor. Aunque los soportes médicos seguían con la guardia alta delante de Kel, y solo hacían comentarios breves, Connor aprendió que su paciente era el príncipe Harald Karir Aesir LVI. Era primo hermano de Sakti. Le hizo gracia que no se parecieran en nada. Cuando se miraba a los príncipes de las Arenas, todos compartían rasgos comunes. Aunque el color de pelo o de ojos cambiara, sus perfiles eran casi los mismos. Sakti había salido como ellos. La herencia de Irem era fuerte. Pero del lado de Masca no había sacado casi nada.
Mientras la princesa era menuda y algo baja para ser aesiriana, Harald era robusto y alto. Connor se lo imaginaba capaz de luchar cara a cara contra un grolien, con la misma tenacidad con la que luchó contra el veneno. Lo creía vivaz y elocuente, con la misma vitalidad de ese cabello de fuego. Todo lo contrario a Sakti, que era retraída y meditabunda.
Pero aunque había diferencias muy marcadas, estaba seguro de que también había semejanzas. Como la inteligencia, la presteza y la crueldad. Porque aunque Connor quería mucho a su amiga, no era ciego. Sabía que Sakti era capaz de hacer lo que fuera con tal de cumplir sus objetivos. Si ella estuviese en el lugar de este príncipe, apresaría a un doctor rebelde que atendía a aesirianos y a vanirianos por igual, y ejecutaría al grolien atrevido que se había colado a su campamento, ¡a su tienda! Por eso, tenían que salir de ahí cuanto antes.
Lástima que Connor no podía moverse. Llevaba tiempo sin usar el poder de Anäel. El cuidado que empleó en Harald le requirió mucho esfuerzo y ahora se caía del sueño. Leik, el centinela que lo acompañó desde el campamento neutral hasta ahí, notó que estaba cansado y pidió permiso a los soportes para que lo dejaran dormir en la tienda.
—¡Pobrecito! —se apiadó Leik—. Apenas duerme con todos los pacientes que le llevan a cada hora.
—El mensajero regresará en cualquier momento —le dijo un doctor—. ¡Perderá los estribos si se encuentra a esa cosa aquí dentro!
Connor se enfadó otra vez por el trato que le daban a Kel. Pero cuando se dio cuenta, ya era muy tarde para reclamarles nada. La tienda estaba en silencio. Estaba sentado en un diván. Miró a uno y otro lado, y se encontró con que Yashin y Kel dormían junto a él. Connor se limpió la lengua. Había dormido sobre el hombro de Kel y había tragado un poco de pelo. Los soportes médicos se habían ido, pero todavía sentía la presencia de guardias en la habitación donde estaba el mapa militar. ¡Qué considerados en dejarlos dormir sin esposarlos ni matarlos! Ni siquiera había un soldado allí, listo para apresarlos si intentaban hacerle algo al príncipe. Connor supo que les cayó bien a los guardas. Quizá hasta los soportes médicos le tenían algo de respeto por lograr lo que ellos habían fallado. Solo eso explicaría que a Kel también se le dejara dormir en paz.
Connor se desperezó. Estiró los brazos y las piernas. En cuanto iba a despertar a sus amigos, reparó en la figura que estaba en el umbral de la siguiente habitación. Tan silencioso y letal. Con la vista fija en los tres intrusos y la mano derecha firmemente alrededor del mango del hacha. Harald respiró profundo, sin hacer ni un ruido. Dio un paso al frente, levantó el hacha y...
—¡Espera, espera, espera! —lo interrumpió el centinela.
El soldado había entrado con una bandeja de plata, en donde había una ensalada de tomate, hinojo y rúcula. La acompañaba una taza de té de manzanilla. El aesiriano se quedó petrificado con la comida, sin saber si debía avanzar, retroceder, correr o quedarse en donde estaba. ¿Y si el príncipe todavía estaba delirante? Si tenía mucha fiebre, a lo mejor ni se daría cuenta de que partía a la mitad a su propio soldado.
—¿Leik? —Harald bajó el hacha. No, el príncipe ya no deliraba. Ya reconocía personas. A toda prisa, el centinela dejó la bandeja sobre una mesita y se interpuso entre el príncipe y Connor.
—Confía en mí, ¿de acuerdo, Harald?
El príncipe miró al centinela con ojos confundidos. Luego a Connor, y al grolien y al titán que dormían sin sospechar lo cerca que estuvieron de morir partidos por la mitad. Harald miró otra vez al soldado y asintió. Leik asintió también. Sacudió a Kel y a Yashin y les dijo:
—El mensajero aún no ha llegado, así que no hay nada que los detenga. Váyanse ya. Los rehenes aún los esperan.
Connor se había espabilado con el susto del hacha, pero al recordar los rehenes se sintió confundido y desubicado. Dios, ¿cuánto tiempo durmió? Debió de haber sido bastante, porque Harald ya podía tenerse en pie y hasta levantar esa monstruosa arma. ¿Podrían llegar antes de que los vanirianos comenzaran a sacrificar a los rehenes? ¡Tenían que irse! Pero, por otra parte, ¿cómo podía marcharse sin estar cien por ciento seguro de que Harald estaría bien?
Antes de que pudiera tomar una decisión, Yashin lo agarró de los hombros y lo sacó de la tienda.


Llegaron a tiempo. Cuando al fin se aupó del caballo, el corazón de Connor latía como si él mismo hubiese corrido a toda marcha. Se presentó de inmediato a los centinelas vanirianos, seguro de que había llegado dos horas tarde. ¡Al menos dos soldados habrían muerto por su culpa! El centinela grolien lo miró con una expresión agotada y aliviada a la vez.
—Tranquilo. Más bien llegas tres horas antes de la hora límite. Además —el grolien miró el lado vaniriano detrás de él— en el último día hemos tenido más en qué pensar.
Por su expresión, Connor supo que había heridos vanirianos. Su sentido del olfato se despertó de repente y percibió el olor de la sangre. Más pacientes llegaron durante su ausencia. Antes de que se adentrara al extremo vaniriano para ponerse manos a la obra, Drake lo abrazó por detrás. El sicario lo estrechó con fuerza, hasta despegarle los pies del suelo. No dijo nada, pero Connor supo que había estado muy asustado. Lo sentía temblar. El abrazo duró como medio minuto, hasta que finalmente Drake bajó a su hermano.
—¿Estás bien? —preguntó el sicario con su voz serena de fachada. Connor asintió.
—¿Por qué preguntas? —Drake mantuvo un rostro inexpresivo, pero no engañaba a su hermano: algo terrible había sucedido. El peli-rosado guardó silencio por un par de segundos.
—Nada. No te preocupes. Todo está bien.
—Drake.
—¿Dime?
—No hagas eso. Así te pareces mucho a papá; preocupándote hasta el punto de que no duermes, pero igual te callas lo que te angustia. Dime qué pasó.
Drake tenía unas ojeras marcadas en su rostro pálido. De los hijos de Darius, el peli-rosado era el que menos se le parecía físicamente. Pero Connor los hallaba idénticos en la manera en que lidiaban con la preocupación: se la tragaban hasta el punto en que no dormían ni comían a gusto. Drake frunció los labios y exhaló por la nariz.
—Un mensajero se unió a la lucha. El frente de batalla estalló y dejó muchas víctimas. Los aesirianos ganaron la batalla. —Drake hizo una pausa—. Creo que debemos irnos. Una vez que el mensajero se una con el cabecilla militar aesiriano, rematarán las tropas vanirianas y a sus aliados.
Connor supo lo que quería decir: él y sus hermanos serían ejecutados por haber ayudado a los enemigos del Imperio. El doctor miró al centinela grolien, que asintió.
—Nosotros mantuvimos nuestra palabra hasta el final. Respetaremos el trato que hicimos contigo. Pero ustedes deben irse.
Los vanirianos liberaron a los veinticuatro rehenes aesirianos. Connor contó a los oficiales uno por uno, para asegurarse de que todos estaban ahí, como lo supo desde el principio. Si tenía que ser sincero, confiaba más en la palabra de un vaniriano que en la de un aesiriano. Vio en las caras de los soldados que, de haber estado en la posición de sus enemigos, no habrían liberado a los rehenes; eran lo único que les daba una oportunidad de negociación con el enemigo.
—Drake, no quiero irme —dijo cuando el último oficial ya estaba en el bando aesiriano. Su hermano asintió y soltó un suspiro.
—Lo sé. Ayudarás hasta donde puedas. Pero tú también sabes que no dejaré que te quedes más de lo debido, ¿verdad?
Connor asintió. Llevaba semanas sin pensar en lo que diría su padre, pero ahora que veía la preocupación de Drake veía también la de Darius. Era muy tarde para sentirse culpable, pero no para asegurar su regreso a Kehari. Aunque no podía abandonar a los vanirianos heridos, tampoco podía arriesgar su vida sin contemplaciones. No podía hacerle eso a Darius.
—Alistemos las cosas —aceptó el doctor—. Pero por favor vayámonos hasta que no podamos quedarnos más. Por favor.
—Por supuesto. En todo caso, no es como si pudiéramos irnos sin tus aprendices.
Cuando cruzó al lado vaniriano, Connor descubrió cadáveres, pero también groliens vendados, arpías con puntadas y hasta kredoa llenos de pomada. Dos de los muchachos que le habían pedido ser sus aprendices trabajaban en la amputación de una pierna gangrenada. Ceniza los ayudaba sosteniendo un vendaje con hierbas sobre la nariz de la arpía, para que no sintiera el dolor. El híbrido miraba hacia el cielo para evitar la escena sangrienta. A un lado, Rodni machacaba en un tazón las hierbas que aplicarían para desinfectar la herida antes de vendarla.
Aunque el miedo le apretaba el corazón, Connor se permitió una sonrisa. En el campamento erigido sobre flores de sangre, se había levantado una pequeña esperanza.

****

El mensajero llegó tres días después del regreso de Connor, tres días más tarde de lo que esperaron los vanirianos. En ese tiempo, Connor y sus aprendices ayudaron a tantos groliens, arpías y kredoa como pudieron, y los remendaron hasta donde les fue posible para que escaparan. Aunque dos grupos lograron salir antes de la llegada del mensajero, todavía quedaban heridos atrás. También quedaban guerreros dispuestos a defender a sus compañeros. Aunque sabían muy bien que no podrían ganar.
Los heridos, centinelas y soldados del bando aesiriano dieron tiempo de ventaja a los vanirianos que escaparon, pues no querían desperdiciar el trabajo de Connor. También le dijeron al doctor que, una vez llegado el mensajero y las tropas, le darían un lugar entre los soldados para protegerlo. De esta manera él, Drake, Milo y Nex –los nuevos aprendices– estarían a salvo. Pero ese trato no garantizaba la seguridad de Ceniza y Rodni, menos la de Kel. Ninguno podía hacerse pasar por soldado aesiriano. Además, si el mensajero o el cabecilla militar descubrían el truco, los soldados estarían en problemas. Por haber ayudado vanirianos, Connor era un traidor. Y ayudar a un traidor era penado por ley militar.
Drake se había subido a lo alto de un árbol e hizo guardia desde allí día y noche. Así tenía tanto una visión completa del campamento mixto como del horizonte. Vería venir a la tropa del mensajero, justo a tiempo para escapar con su grupo antes de que fuera demasiado tarde.
A la mañana del tercer día, distinguió la primera línea de defensa de la tropa, que trotaba con el paso lento, majestuoso y arrogante de quien se sabe con la victoria asegurada. Drake calculó que tenía treinta minutos de ventaja; veinte si la tropa apuraba la marcha.
En realidad no tuvo ni quince segundos.
Un relámpago negro explotó en medio del campamento, justo donde hacía unos días se alzaba la tienda de Connor. De no ser porque Ceniza y Rodni la habían desmontado, ahora ardería sin piedad. En medio del cráter se alzaba el cuervo mensajero. Sus alas de azabache estaban extendidas. Sus ojos parecían dos pozos de sangre estancada. Por debajo del plumaje se perfilaban los músculos del cuello y el pecho. Drake nunca imaginó que un pájaro pudiese ser musculoso, ¡pero ahí lo tenía!
En el lomo, en medio del nacimiento de las alas, estaba el príncipe Harald. La armadura negra resplandecía bajo el sol; parecía la extensión de las plumas del mensajero. En la mano derecha, que era la sana, llevaba su enorme hacha doble. La empuñadura del arma era tan negra como la armadura, pero los bordes de las hojas estaban tan filosos que era como si estuviesen hechos de luz blanca y pura. Su cabello suelto y largo ondeaba por la brisa, que todavía corría después del aterrizaje del cuervo. Harald era una llama de poder apocalíptico, que había caído del cielo para arrasar con el pequeño mundo que Connor había construido sobre las flores de sangre.
Detrás del príncipe, en el lado aesiriano, los soldados se dieron un golpe sonoro en el pecho y se arrodillaron. Pegaron la mirada al suelo, sumisos, como si ver la grandiosidad de Harald fuese un acto prohibido para mortales. En el lado vaniriano, delante del príncipe, los vanirianos alzaron la cabeza y se mantuvieron firmes. Estaban listos para enfrentar la muerte con dignidad.
En el árbol, Drake se petrificó. El príncipe no había mirado en su dirección, pero estuvo seguro de que sabía que estaba ahí. «Si me muevo o si cree que voy a atacar, me matará». Todo lo que quería era bajarse del condenado árbol, agarrar a Connor y a Kel y sacarlos de ahí cuanto antes.
—Curandero —llamó el príncipe.
El viento transportó la suave voz de Harald. A Drake le chocó que alguien tan impresionante tuviese una voz tan calmada y aterciopelada. Haría un buen dúo con Kel.
En el campamento nadie se movió. Drake miró a uno y otro lado, pero no vio rastros de su hermano menor. «Por favor, que lo hayan escondido», suplicó mientras miraba hacia el lado aesiriano. «Por favor, que esté a salvo». ¿Estaría Connor debajo de una armadura militar, en medio de los soldados?
Harald llamó a Connor una segunda vez, pero todavía no hubo respuesta. En la tercera ocasión alzó la voz con más vehemencia; ahora sí correspondió a su apariencia de dios todopoderoso. Y ahora sí recibió respuesta, aunque no la que esperaba.
—¡Que se espere! —gritó Connor desde el lado vaniriano. Las cabezas se giraron hacia él—.  ¡Estoy ocupado, MALDITA SEA!
En el árbol, Drake se golpeó la frente con la palma de la mano. ¡Su hermano era un idiota! ¿Cómo podía hablarle así al príncipe que decidiría si lo dejaba vivir o le rebanaba el cuello? En el lado vaniriano, Kel y Rodni también se golpearon la frente. Si los vanirianos y aesirianos no estuviesen tan tensos, habrían hecho lo mismo.
Cinco minutos después, al fin Connor se dignó a acudir al llamado del príncipe. Drake se volvió a golpear la frente y empezó a descender el árbol. En serio, ¿por qué era Connor tan idiota? Lo inteligente era quedarse callado o marcharse, no responder con una insolencia y luego acudir a su verdugo como si nada hubiese pasado.
Connor se presentó delante de Harald con la gabacha llena de sangre. Se quitó la mascarilla, también sucia, y se limpió el sudor de la frente. Harald se lo quedó viendo desde lo alto del mensajero. Por debajo del casco, sus ojos rojos miraban con extrañeza al joven doctor. Connor miró al príncipe con rostro paciente, pues esperaba a que Harald lo sentenciara a muerte o lo dejara ir para volver a trabajar. Harald guardó silencio por unos instantes, hasta que finalmente bajó del cuervo. Erguido sobre sus dos piernas se veía incluso más grande. Era tan alto como un titán y le sacaba medio cuerpo de ventaja a Connor.
—¿Por qué te tardaste tanto? —preguntó el príncipe.
Connor sintió el mismo choque de Drake. ¿Cómo era posible que alguien tan grande y majestuoso tuviese una voz tan suave y delicada?
—Estaba operando —contestó—. No podía irme así nomás. Se habría muerto en la camilla.
Harald se quedó mirándolo otro rato, hasta que finalmente dio un asentimiento de cabeza. A la señal, un soldado se adentró al campamento de Connor. Leik estaba tan sudoroso como cuando fue a buscar al doctor para pedirle que fuera al campamento militar aesiriano, pero ya no estaba pálido. Un sano tono rosáceo le encendía toda la cara. Había cabalgado desde la tropa que se avecinaba y luego corrió por todo el campamento para llegar junto al príncipe.
Leik llevó un banquillo y lo colocó detrás de Harald. Cuando el Aesir se sentó, Leik le ayudó a quitarse la visera. Harald mostró el brazo derecho, desnudo, herido y todavía amoratado.
—Tienes veinte minutos para terminar de sanarlo —le informó Harald—. Si para cuando llega mi tropa aún no estoy bien, acabaré contigo.
Connor ladeó la cabeza al tiempo que Drake llegaba por fin al campamento. Antes de que el sicario pudiera decir nada, Connor negó con la cabeza.
—En veinte minutos no estará sanado. —Se quitó la gabacha ensangrentada al tiempo que Ceniza, tímido, asustado y muy valiente, se le acercaba con una nueva. Connor se puso la gabacha limpia y continuó—: Pero antes de que me mate, puedo darle una última revisada.
En los veinte minutos siguientes, Connor revisó la herida. Frunció la frente y riñó al príncipe por haberse quitado los vendajes. ¿Por qué lo hizo? Connor no se los había dejado apretados como para que le lastimaran, sino firmes para que le protegieran las puntadas sobre la herida. Aunque el brazo aún estaba oscuro, Connor se sintió tranquilo. No olía ni se veía como gangrena. La carne todavía estaba suave y si la pinchaba con una aguja Harald se apartaba con un siseo. Aunque le dolía, el príncipe podía mover los dedos.
Al final de los veinte minutos, cuando todo el campamento –tanto del lado aesiriano como del vaniriano– estaba rodeado por la tropa del príncipe, Connor le entregó un frasco con pomada.
—Póngasela dos veces al día. Y coma la ensalada de hinojo por dos semanas más. Después puede empezar a comer carne, aunque tampoco se puede exceder.
—¿Eso es todo? —Connor suspiró.
—Eso es todo.
Esperó a que el príncipe tomara su hacha y le rebanara el cuello. Deseó que lo hiciera rápido, sin darle tiempo a Drake de intervenir. Al sicario le picaban las manos mientras deambulaba cerca de Connor, cada vez más cerca, cada vez más asustado. Harald tomó su hacha y miró otra vez al doctor, con extrañeza.
—¿Nos hemos visto antes? —le preguntó al fin. Connor ladeó la cabeza.
—¿Hm? En la mañana que se despertó.
—No. Me refiero a antes de eso.
Connor lo miró sin entender y negó con la cabeza. Harald acarició el mango del hacha.
—Ah. Es que te me pareces a alguien. A la persona más odiosa que he conocido jamás. Pero —sus ojos rojos miraron con pasividad al doctor— en eso no te le pareces. —Acarició el filo del hacha. Sus dedos callosos no se cortaron—. Ahora di tu precio. Me han dicho que eres famoso por eso.
Connor tragó fuerte. Conque así sería, ¿eh? Qué príncipe tan sádico. Le cortaría el cuello cuando le cobrara por sus servicios. «Es primo de Allena, sí». El doctor soltó un suspiro y dijo:
—Ayude a la siguiente persona que lo necesite.
—De acuerdo.
Connor cerró los ojos y se preparó para el golpe. Todo lo que escuchó fue el chasquido de los dedos de Harald. Siete de los soldados recién llegados entraron al campamento del doctor. Delante de él pusieron siete cofres diferentes, todos con hierbas, vendajes, jeringas y medicinas. Connor entreabrió un ojo con timidez, solo para que al instante siguiente abriera ambos ojos como platos. Harald sonrió por su expresión y murmuró:
—Los jefes médicos se habían dado por vencidos conmigo. No saben cómo lo lograste, pero dicen que obraste un milagro. —Harald se inclinó junto a él y le susurró al oído—. Pero, verás, yo sí lo que hiciste. Cuando era pequeño, me caí de las escaleras y me quebré un brazo. Mi tía me curó. Justo como tú me curaste hace unos días, en el mismo brazo que me lesioné entonces.
Connor se tensó. Las manos le sudaron, porque supo a qué tía se refería Harald: a la madre de Sakti, la princesa Istar. La primera aesiriana que había nacido con la esencia de la curación.
—Por favor no le diga a nadie —suplicó—. Si se supiera...
—... más gente buscaría tus servicios. Lo cual no estaría mal, porque te gusta cuidar a otros. ¿Sabes por qué me tomé tres días en venir?
—¿Porque se estaba recuperando?
—No. Porque más de la mitad de mi campamento me suplicó que respetara el trato que hicieron contigo y los vanirianos. —Miró a los centinelas enemigos que esperaban, tensos como escobas, a que el enfrentamiento iniciara—. Al final resolví que debía pagar tus servicios. —El príncipe señaló los cofres—. Considera esta mi ayuda a los próximos pacientes que atiendas. Y considera mi perdón a tu vida la ayuda directa que te doy.
Leik le devolvió la visera. Harald se levantó y montó otra vez al cuervo. Connor lo miró sin terminar de entender lo que estaba pasando.
—¿Me dejará vivir?
—Sí.
—¿Y qué hay de los vanirianos?
—También. Por el momento.
—Entonces... ¿podemos seguir aquí? —Se le ocurrió una idea disparatada—. ¡Hagamos un trato! Sé que los vanirianos aceptarán. ¿Qué tal si hacemos un campamento oficial en donde haya tregua constante? Un sitio en donde los dos bandos puedan recuperarse.
—Ya estás pidiendo demasiado. —A pesar de la negativa, la voz suave de Harald sonó cálida y amable. Connor supo que si era posible conseguir una tregua, sería con ese príncipe. «No se parece a Allena en nada. Él es gentil»—. No puedo hacer un trato así. De lo contrario, yo también estaría cometiendo traición. Como tú.
Connor lo miró triste. Si tan solo pudiera asegurarse de que su campamento contara con la aprobación oficial del gobierno aesiriano, podría garantizar su seguridad y la de Kel y los demás.
—Mi recomendación —continuó Harald— es que salgas tan rápido como puedas de este lugar. Yo respetaré el trato que mis soldados hicieron contigo, porque les has salvado las vidas. Nos las has salvado a muchos. —El príncipe se miró el brazo vendado—. Pero no puedo hacer promesas por otro príncipe. Y si recibiera órdenes superiores de que acabe contigo, tendré que hacerlo. ¿Lo comprendes?
—Sí.
Harald se lo quedó mirando otro rato más.
—¿Estás seguro de que no nos hemos visto antes? Podría jurar que he visto tu cara en otra parte.
—No, lo siento. —Connor se encogió de hombros—. A lo mejor tiene esa impresión por el delirio. Tenía mucha fiebre cuando lo atendí.
—Um. Bueno. —Harald también se encogió de hombros—. Haz caso a mi sugerencia. De verdad me molestaría tener que matarte después.
El príncipe apretó los costados del cuervo con los talones. El mensajero estiró las alas, las agitó y se levantó en el aire con un estruendo. Fue como si un relámpago brotara de la tierra hacia el cielo, pero sin electricidad. Solo aire y plumas de oscuridad. La onda derribó a Connor pero, para ser sinceros, ya las piernas del doctor habían perdido toda su fuerza. Ceniza fue el primero en llegar junto a él, seguido de Drake. Los dos se le tiraron a los hombros y lo abrazaron con todas sus fuerzas. Temblaban del miedo; Drake incluso más que Ceniza. ¡De la que se salvaron! Connor aceptó el abrazo, porque él también temblaba.
—Ah, ¿han escuchado eso de que la vida pasa delante de tus ojos cuando estás cerca de la muerte? —le preguntó a ambos—. A mí no me pasó. Todo lo que podía ver era la cara de papá.
En el hacha de Harald había visto el rostro pálido y delgado de Darius. Las ojeras de sus noches sin dormir. Los ojos tan irritados de tanto llorar que estaban a punto de llorar sangre en lugar de lágrimas.

«¿Es que no lo entiendes? No puedo enterrar a otro hijo».

Connor soltó un suspiro, porque supo lo cerca que estuvo de romper el corazón de su padre.
—Solo podía pensar en «Pobre papá. Pobre papá».
Drake se separó de él; lo agarró del rostro y lo miró fijamente.
—¿Quieres regresar?
—No.
Lo hirió la idea de que Darius sufriese su muerte. Pero eso era nada si se comparaba con el dolor que sufrió durante años en Kehari, ansioso por marcharse a ayudar. La gente siempre le decía que era un hombre bondadoso y desinteresado, pero Connor sabía la verdad. Era un egoísta empedernido. No quería ni podía abandonar su felicidad. Al fin había encontrado la dicha que tanta falta le hacía a su corazón, y no quería dejarla ir. Mientras hubiese alguien que necesitase su ayuda, no estaría satisfecho. Debía continuar.
Esbozó una sonrisa y se quitó el sudor que le cubría el rostro.
—¡Es hora de volver al trabajo!
Cuando se levantó para regresar al lado vaniriano, los centinelas tenían la mirada baja. El grolien líder le cerró el paso.
—Después de que termines hoy, deberías irte. Porque en todo caso, nosotros nos iremos también.
—Pero están heridos. Sabes que no llegarán demasiado lejos.
—Quizá. Pero ya no podemos arriesgarte más. No queremos hacerlo. Si ese príncipe se retracta de su palabra...
—No lo hará —lo interrumpió Leik. El centinela aesiriano se llevó la mano al pecho y miró a los vanirianos con seriedad—. Harald es el más gentil de todos los príncipes. Él nunca caería sin dar batalla, pero tampoco iniciaría un enfrentamiento a no ser que se le provocase o se lo ordenaran. Mientras no llegue otro príncipe a este frente de batalla, este campamento será respetado por la parte aesiriana. Tienes mi palabra, Donar. Y Connor tiene la de Harald. ¿Tenemos la de los vanirianos?
El grolien guardó silencio. Connor creyó que se había enojado porque el soldado lo llamó por su nombre. Pero después de unos segundos, Donar esbozó una pequeña sonrisa y soltó un largo suspiro. Liberó todo el miedo que había sentido por los suyos, por sí mismo y por Connor.
—La tienen. Gracias.
Los vanirianos regresaron a su lado, incluidos los centinelas. Leik abrió los ojos de par en par, porque a pesar de la promesa que había hecho no creyó que los vanirianos bajaran su guardia. Más aún, ¡jamás creyó que un vaniriano le daría las gracias! Si la situación estuviese invertida, los aesirianos seguirían a la defensiva, cada vez más tensos y violentos. Y en cambio los vanirianos estaban tan... confiados. ¡Qué extraños eran!
—¿Desde hace cuánto conoces al príncipe? —le preguntó Connor, curioso. Por la manera en que Leik se expresaba de él, parecían amigos. Incluso se llamaban por el nombre de pila. Leik parpadeó. La sorpresa que le dieron los vanirianos se cubrió con un recuerdo triste.
—Formé parte del equipo de rescate que se coló al castillo flotante donde lo tenían sincronizado. —Leik miró el lado vaniriano y apretó los puños. Muy a su pesar, Connor supo que había avivado la flama de la enemistad—. No se podía tener en pie. ¿Te puedes imaginar a un hombre hecho y derecho como él, tan enorme y poderoso, reducido a un saco de huesos? Aún tiene pesadillas. Lo que le hicieron no tiene nombre. —Miró a Connor con ojos de acero—. Si otro príncipe estuviese a cargo de esta zona, ya estarías muerto. Por favor, vete antes de que alguien más venga. O únete a nosotros. Ven al bando al que de verdad perteneces.
—Leik, yo ya estoy en el bando al que pertenezco —sonrió Connor. El doctor abrió los brazos para señalar alrededor. A Ceniza y a Drake, que seguían con él. A Leik. A los vanirianos. A sus aprendices, a Kel y a Rodni, que seguían ayudando heridos. A los aesirianos. A todo y a todos—. Este es mi lugar. En medio de los dos. Porque en el fondo creo que los dos bandos podrían ser uno solo.
—Um. —Leik agitó la cabeza—. Qué extraño eres.
«Es aesiriano, pero piensa como vaniriano», meditó el soldado. Dio media vuelta para regresar a su lado. Los demás centinelas mantuvieron la guardia. «Aunque... quizá...». Una sensación indescriptible atravesó a Leik. Era la misma que impulsó a Milo y a Nex a ayudar en el lado vaniriano cuando Connor estaba ausente en el campamento. «Aunque... quizá... sean los vanirianos los que piensan como él». Y por primera vez en su vida, se le ocurrió que no sería tan mala idea pensar como los vanirianos.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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