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Recuerdos ponzoñosos

RECUERDOS PONZOÑOSOS

Dereck le preguntó si sentía resaca. Fue muy cuidadoso con las palabras. Dijo «si sentía», no «si tenía». Sugerir, aunque fuera por error, que Sigfrid había bebido anoche solo conseguiría que el General le estrellara el puño contra la nariz, la misma que le había roto hacía un mes con un codazo.
Sigfrid había tenido un par de resacas en su juventud –ambas promovidas por su padre, si la memoria no le fallaba–, pero ninguna se parecía a ese sufrimiento. La cabeza le dolía como si tuviera dentro a una sacerdotisa impertinente que resonaba una campana. Los huesos le dolían por el frío. Al bajar y subir del caballo la espalda le traqueaba. Solo con su fuerza de voluntad había evitado estremecerse a pesar de los miles de escalofríos que le recorrían el cuerpo. Ningún soldado se atrevía a mirarlo a los ojos. Sigfrid todavía no sabía si era porque se veía más aterrador que de costumbre, o porque los oficiales temían pillar lo que fuera que él había contagiado si se lo quedaban viendo.
Los únicos que le tuvieron piedad fueron Dereck y Kael. Los Guardianes lo habían evitado en el último mes. Sigfrid sabía que estaban resentidos por intentar matar a Sakti, pero a él le daba lo mismo. Los Guardianes estaban en su libertad de odiarlo, pero no desobedecerlo. Esa mañana, sin embargo, los dos se le acercaron con un abrigo de invierno, un té caliente y una mirada de preocupación auténtica. Sigfrid debía de tener muy mala pinta, porque los dos dejaron de lado su resentimiento y le pidieron de la manera más atenta y cordial que por favor no se cayera muerto de un momento a otro.
Sigfrid sabía que si no llegaban pronto al pueblo, la preocupación de Dereck y Kael se haría realidad.
En una encrucijada encontraron a otra comitiva. Los dos líderes se detuvieron y se miraron frente a frente por un par de segundos.
—Te vez terrible —dijeron Sigfrid y Enlil a la vez.
A pesar de lo mal que se sentía, Sigfrid descubrió que sonreía. Era bueno que Enlil todavía estuviese con vida. Y era aún mejor sentirse mal en compañía de su amigo. De camino se pusieron al corriente del avance de sus tropas. «Por lo menos uno le llevará buenas noticias a Su Majestad», pensó Sigfrid mientras Enlil le contaba el avance hecho con los Fafnir a cargo del príncipe Uruk. Aunque Enlil tenía malas noticias que reportar, como la huida de un profeta, rumores de una rebelión y la falta de un arqueólogo (aún no sabía si debía catalogarlo como un secuestro o una traición), llevaba un bonito obsequio al Emperador. Airgetlam Tonare cabalgaba en silencio detrás de Enlil. Junto a él iban Dereck y Kael. Los dos estaban pálidos y tenían la misma expresión ausente de Airgetlam. Si Sigfrid se caía muerto, ya los Guardianes no lo lamentarían.
Las noticias de Sigfrid eran menos halagüeñas. Aunque el príncipe Sin había cumplido excepcionalmente su labor en los primeros cuatro pueblos visitados, Kehari fue un desastre. El General todavía no sabía cuántos pueblerinos habían escapado, pues había ido en pos de la profetiza justo después de que ella robara el caballo del príncipe. Si los rumores de la rebelión eran ciertos, los keharianos podrían unirse al grupo rebelde. Ello en sí ya era bastante malo. Pero que Zoe lograra escaparse era aún peor. Ella era la mejor profetiza. Podía ser la aliada más poderosa o la amenaza más seria de los aesirianos.
—¿De verdad le dio de lleno en la nariz?
—Sí.
—¿Y qué tal estuvo? ¿Fue un buen golpe?
Sigfrid lo miró fijamente a los ojos y susurró:
—Fue el mejor golpe que una chica haya dado jamás. El príncipe nunca se lo perdonará.
Enlil se carcajeó. Era poco correcto burlarse de un príncipe, pero hasta el adusto Sigfrid admitía que la imagen de Sin cayendo de culo tenía su gracia.
—Oh, a Darlan le habría encantado conocerla —comentó el Segundo General mientras se limpiaba las lagrimillas que se le habían salido—. Las dos se habrían llevado muy bien.
Sigfrid guardó silencio, porque no sabía si las lágrimas de Enlil eran por la risa, la culpa de lo que hizo a Airgetlam o el recuerdo de su hermana. Últimamente le daba mucho por pensar en ella. En realidad, en los últimos meses los dos recordaban a sus muertos con frecuencia. Sigfrid había apartado la memoria de Istar en los últimos años, pero desde su encuentro desafortunado con Sakti había pensado mucho en la princesa fallecida. En lo enojada que estuvo con él en sus últimos meses de embarazo. En su cuerpo tibio que se convertía en hielo entre sus brazos. En las últimas palabras que le había dicho a él, solo a él.

«Si los traicionas a ellos, me traicionas a mí. Nunca lo olvides».

Al fin un escalofrío logró estremecerlo. Sigfrid apretó los dientes y las riendas. Se sentía mal, tan mal. ¿Acaso Istar se apiadaría de él ahora? ¿Lo sanaría con sus manos cálidas y bendecidas con la magia de dragones? Supo que sí. Si ella estuviera ahí, junto a él, haría todo en su poder para hacerlo sentir mejor. Pero no lo perdonaría. Sigfrid podría esperar piedad de ella, pero no perdón. Ya era demasiado tarde para eso. Y lamentablemente, era lo único que de verdad quería. Lo que de verdad necesitaba.
—Yo sé por qué me siento mal —susurró Enlil para que los soldados no escucharan la conversación. Acercó su caballo al de Sigfrid, porque sospechaba que su amigo cumpliría los presagios de los Guardianes y se caería muerto a menos de que alguien lo atajara—. Una mantícora me agujereó y esta condenada lluvia me lastima los huesos viejos. Soy anciano. ¿Cuál es tu excusa?
Sigfrid lo había pensado desde que salió el sol. Lo único que se le ocurría era que su cuerpo estaba anticipando el dolor de la luna llena. O el de la luna carmesí, si el fenómeno de hace un mes se repetía. Ahora se le ocurrió también que padecía lo mismo que Enlil.
—No me fastidies. Soy más viejo que tú.
Kehari estaba más ordenada ahora que cuando se fue. Faltaba menos. Después de que Sin se quedara atrás con su mal humor y su nariz rota, lo mínimo que podía hacer era iniciar la cubierta de mármol y poner orden en el pueblo conquistado. Y menos mal, porque el Emperador ya había llegado. El estandarte de los Aesir estaba colgado debajo de las ventanas del hospital. En la cúpula donde estaba la campana había cuatro banderas ondeando hacia los puntos cardinales.
Al entrar al edificio, un fuerte olor a alcanfor le golpeó la nariz. Había pueblerinos en las habitaciones que estaban a la izquierda del pasillo principal. Todos estaban atados en las muñecas, con excepción de un muchacho de cabello negro y gabacha. Él los revisaba y vendaba bajo la mirada de cuatro soldados, quienes aseguraban a los prisioneros. En un salón a la derecha, los pacientes eran soldados. A estos los cuidaba otro muchacho de gabacha blanca, aunque de pelo castaño, pecas y una larga nariz. Sigfrid envidió a los oficiales. Aunque tenían unas cuantas puntadas y algunos hasta tenían huesos rotos de combates anteriores, se les veía bien.
Estaba tentado en despacharlos a todos para que el doctor lo revisara de pies a cabeza. En lugar de eso, avanzó hacia el final del pasillo junto a Enlil y Airgetlam. Llegaron a un despacho. Era un sitio estrecho para albergar a dos personas de las tallas de Sigfrid y Enlil, pero ninguno se quejó. Plantaron una rodilla al suelo y agacharon la cabeza.
—Señor —saludaron a la vez que se llevaban una mano al pecho.
El Emperador Kardan estaba de espaldas a ellos, revisando un cajón con sobres. Cada fichero tenía un nombre impreso. Sobre el modesto escritorio ya había tres ficheros abiertos, todos con fechas, padecimientos y medicaciones recetadas para cada enfermo. El Emperador se giró a ellos con un saludo en los labios, pero sus palabras enmudecieron apenas los vio.
—Vaya. Se ven terribles.
—Es que somos un par de viejos, Majestad —explicó Enlil.
En una época más feliz, ese comentario habría sacado una sonrisa del rostro pálido del Emperador. Ahora solo consiguió un parpadeo, porque el monarca no tenía el corazón para admitir que sí, en efecto, se veían viejos y cansados, pero tampoco quería halagarlos con mentiras.
Lo pusieron al día de inmediato. Aunque había muchas noticias que los Generales consideraban errores nefastos, el Emperador escuchó con satisfacción las nuevas. Habían localizado el pueblo de los profetas y atrapado a uno. También tenían rastros de los Dragones. Las esfinges, príncipes y Fafnir se habían dispersado exitosamente por la zona neutra. Con excepción de la pequeña rebelión de Xadiz, todo marchaba de acuerdo al plan.
El Emperador les extendió los ficheros que había sacado del cajón. Eran los expedientes médicos de Darius, sus hijos, Adad y Sakti.
—Tu hijo tiene tendencia a la gripe. Este clima le sienta fatal —dijo a Enlil—. Uno de los gemelos tiene una mano débil que no puede sostener bien la espada, y el otro tiene dos pies izquierdos. Pero que me aspen si sé cuál es cuál. La profetiza tiene un amplio expediente de heridas accidentales por «distracción crónica». Y Adad y Sakti... Los dos están en condiciones interesantes.
Leyeron los expedientes. Era información que podría resultar valiosa para atrapar a las presas. Si conocían sus debilidades, planificarían trampas más acordes para ellos. En general los expedientes eran útiles e interesantes, pero también portadores de malas noticias. Tras leer el historial de Zoe, Sigfrid tuvo un mal presentimiento. No podía deducir absolutamente nada de ella, salvo que era distraída... y rara. ¿De qué servía eso cuando todos y cada uno de sus accidentes tenían naturaleza tan dispar? Se había torcido un tobillo al resbalar por una pendiente. Se había quebrado un dedo en un incidente que incluía una ardilla y una lámpara en el fondo de un pozo. Había requerido puntadas después de que se metió por accidente en la cueva de un oso. Y se había quemado la mano luego de sostener la agarradera de la sartén por más de cinco minutos. Sigfrid supo al fin por qué le había perdido el rastro: en lugar de tomar un camino hacia el Este, en busca de territorio neutral donde pudiera esconderse, había tomado hacia el oeste, que estaba llena de tropas y batallas. Esa impredecibilidad guiada por la ridiculez era la peor característica de una presa jugosa. Alguien tan metódico como él jamás podría adelantarse a una mente tan distraída como la de Zoe.
La segunda mala noticia de los expedientes era sobre Adad. La última revisión del príncipe indicaba:

«Trastorno mental en estado avanzado. Episodios frecuentes de identidad disociativa. Lagunas mentales».

Simple y llano, pero igual de preocupante que el expediente de Zoe. El Adad que Sigfrid conoció, el chico dulce, carismático y resentido que apenas podía creerse que su padrino lo manipulaba, jamás lo hubiera atacado como lo hizo aquella mañana en Kehari. Pero un Adad loco... Un Dragón loco. Sí, un Dragón sí que atacaría. Un Dragón desquiciado era tan impredecible como una profetiza distraída.
—Tú buscarás a la pitonisa —ordenó el Emperador—. Lleva a Sin contigo.
—Con todo respeto, Majestad, creo que es mejor que Enlil busque a la profetiza. Él puede superarla con la esencia de la mente. Kael puede ayudarme a buscar al príncipe Adad y yo quizá pueda...

«Si los traicionas a ellos, me traicionas a mí. Nunca lo olvides».

No, no podría. No lograría que Adad confiara de nuevo en él ni que saltara a sus brazos como hacía cuando era un niñito dulce y bueno. Como su madre, Adad tampoco lo perdonaría. Ni siquiera le mostraría algo de piedad.
—En el estado de Adad, las esencias de Enlil serán más útiles para controlarlo. —El Emperador miró al Segundo General—. Acompaña a Uruk en la toma de los pueblos de la zona neutra. Reúne en una misma tropa a los príncipes de las Arenas. Y después derriba con ellos a Adad. —Enlil asintió. El Emperador acarició el último fichero—. En cuanto a Allena. Oh, mi dulce Sakti Allena. ¿Qué haré contigo? ¿Debería ir yo mismo a buscarte? ¿O debería dejar que alguien más te encuentre?
El Emperador miró el pecho de Sigfrid. A pesar de la armadura dorada, sabía que el General llevaba un recuerdo doloroso de parte de la cola furiosa de Sakti.
Sigfrid quería aconsejarle que enviara a alguien más. Aunque Sakti tenía un pensamiento más metódico que el de Zoe y su expediente no hablaba de ningún trastorno mental, a Sigfrid le constaba que su ahijada podía ser impredecible y cometer locuras. Y era un Dragón. En el estado del Emperador, ella lo haría trizas. Pero guardó silencio. Así como Kardan sabía que Sakti había herido a Sigfrid, también sabía por qué.
—¿Te provocó? —preguntó el monarca con voz amenazadora. Despacio, Sigfrid asintió—. Entonces intentaste matarla. Intentaste matar a nuestra llave a la salvación.
Otra vez, Sigfrid asintió. Los Generales guardaron silencio.
—Si yo fuese otro Emperador y hubiese más personas con la capacidad de tomar tu puesto, te ejecutaría con toda una ceremonia en Masca —dijo Kardan al fin—. Pero soy el Emperador más desesperado de la historia y solo tú y Enlil pueden ocupar los puestos en los que están. Así que no habrá ejecución ni ninguna reprimenda pública. —Kardan se miró la mano derecha. La tenía completamente negra, como si la gangrena le hubiera dado un buen mordisco. Pero cuando la flexionó, la mano se movió con la misma soltura de siempre—. No queda tiempo que perder en formalidades ni en el papeleo de una nueva contratación para tu puesto. Bastará con evitar que el episodio se repita.
—Le aseguró que no volverá a suceder.
—Por supuesto que no. Porque tu misión ahora es buscar a la pitonisa. Tú nunca más te acercarás a los hijos de mi hermana.
El Emperador no lo dijo, y tampoco tenía derecho a decirlo, porque él mismo era un traidor de la princesa muerta. Pero aun así Sigfrid estaba convencido de que, en su interior, Kardan lo juzgaba por traicionar a Istar de nuevo. Antes de que la atmósfera se hiciera pesada, Enlil se aclaró la garganta.
—Señor, hay algo más que debe saber. La pitonisa tenía un mensaje para usted.
Después de darle el acertijo de Zoe, el Emperador meditó en silencio su próximo movimiento. No. No podría buscar a su sobrina. Quizá el mensaje de Zoe no era más que una distracción o incluso una trampa, pero Kardan no lo creía. En su corazón, estuvo convencido de que la pitonisa le estaba dando una pista auténtica de la manera más fastidiosa posible. Por el momento, podía seguirle el juego.
—La lealtad de los Guardianes también está entredicho —dijo tras una pausa—. Lo mejor es separarlos ahora. Kael irá contigo, Enlil. Y Dereck irá con el grupo que buscará a Allena.
El Emperador acarició el expediente de Sakti.

«Clavícula derecha rota. Neumonía».

—Mi hijo estará feliz de saludar a su prima.



"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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