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Capítulo 14

14
AYUDA INESPERADA


Caminaron acompañados por los resoplidos de Ryaul. Dagda quería muchísimas cosas en la vida, como recuperar a Airgetlam, regresar a Kehari a alertar a su familia y sobrevivir con ellos a la cacería de los Aesir. Pero como de momento ninguna de esas opciones era viable, tendría que conformarse con la cuarta: que Ryaul se callara. ¿Cómo era posible que los refugiados avanzaran en silencio a pesar del ruido en sus cabezas y sus corazones, pero que Ryaul no pudiera respirar por la nariz sin sonar como jabalí?
Apretó los puños y miró al arqueólogo por encima del hombro. Ryaul estaba rojo por el esfuerzo, sudaba copiosamente y resollaba con una mano en el pecho. A lo mejor estaba teniendo un ataque pero al gemelo no le importaba.
—No lo mires así —le pidió Riza. La muchacha avanzaba junto al arqueólogo para darle ánimos—. No puede evitarlo. Además, ya no importa. Ya estamos llegando.
Podían escuchar la cascada. El agua reventaba al pie de la catarata. Conforme se acercaban los envolvía una cortina de niebla que trepaba de los tobillos a los muslos. Las siluetas de los árboles se hicieron más imprecisas y grises, como si fueran fantasmas de humo. Al mirar a uno y otro lado, Dagda ya no sabía si las otras siluetas, las que caminaban junto a él, eran las de los refugiados de Xadiz o las de los espectros que supuestamente merodeaban por esa tierra.
—¡Qué locura! —resopló Ryaul—. ¡Meterse aquí!
En otras circunstancias Dagda jamás se habría atrevido. El Bosque Ambulante era un sitio famoso que salía a relucir en las novelas de terror que tanto le gustaban a Airgetlam. A Dagda le gustaban más las de comedia, pero había ojeado las que su hermano tenía en un estante al pie de la cama. Todas siempre decían que ese bosque era una sentencia segura de muerte para los villanos que perseguían a huérfanos y viudas. Pero para los protagonistas débiles y buenos de corazón, el Bosque Ambulante podía ser tanto su perdición como su ruta a la victoria.
Eso era en las novelas. En la vida real no quedaba tan claro. El Bosque Ambulante era un sitio real, sí, que escondía muchas falsedades. Lo que más daba miedo no eran los fantasmas entre la niebla, ni las alimañas o monstruos que rondaran entre los árboles, ni los peñascos que se formaban de repente bajo los pies de los viajeros incautos. No. Lo que más miedo daba era que el bosque se movía.
Drake había estado allí. Había alardeado de las primeras doce veces que entró al bosque sin que nada le pasara.
—Es un bosque común y corriente, solo que tiene niebla. Y que en el medio hay una cascada que suena muy fuerte. Eso es todo. Hasta ahí llega el misterio.
Muchos otros viajeros decían lo mismo. Claro, en el Bosque Ambulante pasaban accidentes. Algunos se caían de los peñascos y se rompían el cuello. La neblina era ideal para que los asaltantes de caminos se escondieran y atacaran. Y con toda probabilidad había algún demonio y alguna manada de lobos. ¿Pero y qué? Todos los bosques tenían peligros como esos.
Drake no alardeó de la décima tercera vez. Dagda nunca había visto al sicario tan callado. Solo habló cuando Airgetlam, tan ávido de historias de miedo, le insistió en qué había pasado. Drake los miró fijamente y pálido. Ya solo con eso Dagda supo que jamás le seguiría la corriente a Airgetlam de meterse en ese bosque. Cualquier cosa que hiciera palidecer a Drake era algo peligroso.
—No sé si eran los árboles o la niebla. O los dos. Pero sea lo que sea, camina. Deambula. Y me seguía. Por más que caminara avanzaba conmigo. No quería dejarme ir.
Así como había viajeros que desestimaban las advertencias sobre el Bosque Ambulante, había otros que las reforzaban. De la noche a la mañana, Drake se unió a este último grupo. En efecto, el bosque llevaba ese nombre porque la niebla se expandía y se contraía. A veces el Bosque Ambulante era más amplio de lo que indicaba el mapa. Y a veces ni siquiera estaba en dónde debía. A veces se aparecía en medio de otro bosque o la neblina rozaba los límites de algún pueblo.
Dagda había tenido su cuota de lugares tenebrosos con neblina cuando Enlil los llevó por el Pantano. Si algo había aprendido de esa ocasión era que solo los idiotas tentaban la suerte en un lugar que tenía todas las señales claras de peligro. Pero precisamente por eso el Bosque Ambulante era el mejor sitio para los refugiados. Si, como en las novelas, el bosque perdonaba a los desdichados, quizá también castigaría a cualquier tropa que los persiguiera.
—No me gusta este sitio —murmuró Ralo mientras enterraba la cara en el hombro de Kryos—. Vayamos a casa. Quiero estar con mamá.
—... Iremos tan pronto como podamos —le prometió el cristalero.
Ralo era un niño muy grande como para ir en brazos. Seguro pesaba y hacía el viaje más duro para su padre. Igual lo cargaba, no porque Ralo lo necesitara sino porque él, Kryos, dependía del cuerpecito de su hijo para no caerse en pedazos como una escultura de cristal. Necesitaba saberse el sostén de alguien para apoyarse sobre las piernas.
Un rugido agudo, como el lamento largo de una mujer maldita, los detuvo en seco. Escucharon el aleteo pausado y todopoderoso que se acercaba hacia ellos. Algunos se escondieron detrás de los árboles. Otros, como Geri, se quedaron clavados en su sitio con la vista fija en el cielo grisáceo. Una criatura de noche atravesó el cielo. Pasó por encima de las copas, a través de los hilos de nubes ralas que cubrían el Bosque Ambulante. El aleteo de sus alas dispersó la niebla y quebró las ramas más débiles. Su rugido agudo y adolorido levantó el graznido de los cuervos, que se alzaron en bandadas como una ola de tinieblas por encima del mar de árboles.
Todos guardaron silencio. Se habían olvidado de respirar. Incluso cuando la silueta se fue todos permanecieron en su lugar.
—¿Qué fue eso? —susurró al fin una mujer. Dagda y Ryaul eran los únicos que no temblaban.
—Un príncipe —dijo el arqueólogo.
—Un Dragón —agregó el profeta.
Los dos siguieron a los refugiados hacia la cascada. Aunque querían contactar con Adad no podían hacerlo aún. Dagda sabía que el príncipe estaba medio loco. Ese rugido no fue grave y bravo, sino agudísimo como una carcajada desesperada. Necesitaba un plan para poder acercársele. Ryaul no estaba al tanto de la condición del príncipe, pero no podría alcanzarlo sin perderse entre la neblina y caerse por uno de esos infames peñascos. Además, era un prisionero. Aldith había insistido en llevarlo con ellos como fuente de información militar o como rehén. El director del departamento encargado de llenar la zona de Fafnir debía de valer un buen intercambio.
Llegaron a la cascada. Dagda descubrió algo más escalofriante que el bosque que se movía: el lago al pie de la caída era liso como un espejo. El agua caía con la fuerza atronadora de un relámpago. El golpe era tan fuerte y constante que adormecía los oídos. Pero el lago seguía liso, sin ni siquiera una ondulación tímida que besara la orilla con una pequeña ola. Ni loco se metería a bañar ahí. No, señor. Ni siquiera probaría su agua.
La neblina surgía del lago. El camino alrededor estaba empapado y resbaloso. Ryaul, desde luego, tropezó unas mil veces. Todos soltaron un suspiro de alivio cuando al fin llegaron a la caverna detrás de la catarata. Ahí no había niebla, ni humedad, ni Dragones ni fantasmas. Había personas de carne y hueso. Aturdido, Dagda reconoció los rostros de sus vecinos. Ahí estaba la esposa del panadero Oryon, el maestro de la escuela de Kehari, los comensales habituales de la Taberna, el mozo de las caballerizas...
—¡Tío!
Vash estaba consolando a un par de hermanos pequeños. Parecía que sus padres no habían llegado al refugio. El grolien enderezó la espalda y se levantó tan alto como era al escuchar la voz de su sobrino. Lo alcanzó a mitad del camino, en donde los dos se estrecharon en un abrazo largo y cálido. Dagda estaba agradecido porque uno de sus deseos imposibles se había cumplido: estaba con su familia.
Su alegría duró poco. Aunque su abuelo, tío y tías habían llegado al refugio, no había rastros de Zoe. La profetiza había huido por su cuenta para distraer a Sigfrid y darle tiempo a los demás de escapar. Cuando la invasión golpeó Kehari, Darius todavía no había regresado de buscar a Connor. Y nadie sabía nada de Sakti. Al único que escuchaban aun por encima de la cascada era a Adad.
—Y Dagda... —concluyó Garrow. Sus ojos estaban agotados. El muchacho tuvo la certeza de que aunque su abuelo había sobrevivido a una invasión, moriría en esa cueva—. Ya todos lo saben.
Miró alrededor. Sus vecinos le robaban miradas furtivas cargadas de una emoción que Dagda no comprendía del todo. No era rencor pero tampoco amistad. ¿Miedo, quizá? ¿Desconfianza? Dagda estaba a punto de averiguar si esas miradas significaban rechazo, aceptación o indiferencia a su condición de híbrido.
Luka lo llevó aparte, a un recodo de la cueva en donde se habían instalado la cabra del chico y siete hombres. Uno de ellos era Aldith, otro Kryos, uno Luka y otro era un grolien tabernero de Kaley, otro pueblo de la zona neutra. A los demás Dagda no los reconocía ni de lejos.
—¿Eres profeta? —preguntó uno de los desconocidos. Dagda respiró profundo y asintió.
—Y telépata. E híbrido. Mi mamá era hija de un aesiriano y una vaniriana. Y mi papá desciende de un Tonare. Pero de eso no nos jactamos. Más bien nos da vergüenza.
Y odio. Y rencor. Y dolor, mucho dolor. Compartir sangre con Enlil era la causa de todas sus desgracias.
El grupo guardó silencio. Solo dos intentaron guardar la mente pero ninguno lo consiguió. Dagda supo que los culpaban, a él, a sus hermanos y a su padre. Si no eran la causa de las invasiones, al menos estaban ligados a ellas. No importaba cuánto despreciaran a Enlil; igual estaban ligados al hombre que facilitó la caída de Xadiz y muchos pueblos más.
—Yo creo que es una ventaja —Luka acarició la cabeza de su querida cabra—. Si es telépata podría detenerlos.
—Pero si es profeta —lo interrumpió el tabernero de Kaley— se unirá a ellos. La Profecía sirve a los aesirianos. No a mi pueblo.
—Límpiate los oídos —lo increpó Aldith—. ¿Es que no escuchaste que su madre era mitad vaniriana? Como tú, también desciende del País de Hielo.
Si esa reunión era un juicio para decidir sobre Dagda, el muchacho tenía mucho que decir a su favor. Y a favor de su familia. Connor era el doctor más talentoso y amable del Este. Airgetlam era el más divertido y leal de los hermanos. Darius era el más noble de los hombres. Zoe era la más oportuna de las mujeres. Y Drake era el más escurridizo de los sicarios, pero ese comentario se lo guardaría hasta que pudiera convertirlo en una mejor apreciación del carácter de su hermano. En todo caso, los profetas eran más que su vínculo con Enlil. Eran incluso más que sus roles de profetas. Eran ellos. Ni más ni menos.
—Su hermano inspiró la rebelión de mi pueblo y ayudó a mi gente a escapar —dijo entonces Kryos—. Y él mismo terminó el trabajo de Airgetlam al auxiliar a los que se quedaron atrapados en Xadiz. Aunque eso implicó dejar a su hermano atrás. —El cristalero miró a los desconocidos con hostilidad. Si ellos eran los autoproclamados líderes de la rebelión, Kryos estaba decidido a dejar clara su posición—. Si ponen en entredicho la lealtad de esto chico y su familia, ponen en entredicho a las cientos de familias como ellos que solo quieren la paz de una zona neutra. Si no tienen nada mejor que decir, entonces sería conveniente que se lanzaran a ese lago sacado del averno o que se ofrecieran como bocadillo de aquella lagartija gigante.
Como invocado, Adad rugió a las afueras del lago. En la cueva, el aleteo de sus alas sonaba como el parpadeo de miles de millones de ojos perversos.
Luka se había encontrado con varios refugiados más, entre ellos gente de Kehari. Todos sabían que huían de las tropas aesirianas, pero no estaban seguros de si huían también del Dragón. La criatura los siguió. Sobrevoló sus cabezas. En más de una ocasión se detuvo delante de ellos, les rugió y estiró el cuello como para tragarse a alguno de un bocado. Pero siempre se detuvo. Al final los dejó en paz cuando llegaron a la cueva. Día tras día, hora tras hora, llegaban nuevos refugiados. A veces en grupos pequeños. En menos ocasiones en grupos cuantiosos. A los que no se les había ocurrido meterse al Bosque Ambulante terminaron ahí porque Adad los guio. O mejor dicho, les bloqueó todos los caminos menos el que llevaba a esa cueva.
—¿Puedes controlarlo? —le preguntó otro de los líderes desconocidos—. Las escrituras dicen que los profetas tienen control sobre los Dragones. Si ese de ahí es uno de nuestros Dragones, si en verdad lo es, entonces...
—... comerá a los vanirianos —lo interrumpió el tabernero de Kaley—. Nos prenderá fuego y lamerá nuestras cenizas.
—Entonces también tendría que comerme a mí —Dagda no se sentía intimidado por el grolien. Al contrario, lo fastidiaba—. Adad es peligroso, lo admito. Pero la verdadera amenaza son los Fafnir. Esos no comerán vanirianos. Los derretirán. A los híbridos también.
En su espalda sentía la herida de Airgetlam. La carne no le dolía, pero el corte le ardía en el centro del alma. «Eso lo hizo un Fafnir». ¿Qué sería de Airgetlam si Uruk u otro príncipe accionaba más herramientas cerca de él? No quería ni imaginarlo.
—Entonces dile al Señor de tu Casa que te guarde —siseó el tabernero—. Seguro que protegerá a su querido retoño con la misma pasión con la que él y sus telépatas destruyeron mi pueblo.
La boca de Dagda se secó. No por la imagen que percibió en la mente del grolien, donde las espadas flamígeras del Escuadrón Fuoco describían arcos escarlatas en las calles, en las casas, en las personas. No por el cuadro de Enlil y su grupo de telépatas, que inutilizaban con una mirada todo intento de defensa o borraban de la existencia a los campeones de los invadidos. Lo que molestó al gemelo fue comprender que el tabernero y parte de los refugiados creían que era igual a Enlil solo por ser su nieto.
—Ya han invadido toda la parte sur de la zona neutra. Ahora solo les queda la parte norte, que limita con esa región —El hombre que le habló tenía un bigote canoso cuyas puntas terminaban en flecha. Por la inteligencia de sus ojos negros y la calma con la que se expresaba, Dagda dedujo que era un comerciante ambulante—. Lo único que nos queda es detenerlos antes de que tomen esos pueblos. De ahí tenemos que sacar fuerzas de flaqueza para enfrentarlos.
Dagda no estaba seguro de ese plan. Por lo que entendía hubo más esfinges que sobrevolaron la zona neutra. Cada una de ellas debía contar con algún príncipe de las Arenas para activar Fafnir. Aunque no tuvieran un General que los acompañara, igual estarían bien guardados. Se mirara como se mirase, solo había dos opciones: esconderse o escapar. Con los Fafnir la zona ya no era segura.
Los líderes de la rebelión no quisieron darse por vencidos tan rápido.
—Si lográramos matar al cabecilla —dijo uno— el resto caería. Hasta los niños lo aprenden en la escuela.
«Buena suerte, amigo. El cabecilla es Sigfrid Montag». Y Enlil tampoco era un oponente sencillo. Kryos opinaba igual que Dagda.
—Pero si los profetas pueden controlar a los Dragones —agregó el cristalero mientras miraba al gemelo con sus enormes ojos inyectados de sangre—, entonces sí tendríamos una oportunidad.
Dagda lo comprendió. A cambio de que no dudaran de su lealtad debía hacer que Adad peleara en favor de la rebelión. El problema era que ni aunque el príncipe estuviera cuerdo y rencoroso hacia los Aesir lograría convencerlo de atacar a las tropas. «Ni siquiera podría convencer a Allena». Los príncipes Dragones habían traicionado al Imperio. Lo habían abandonado. Pero si había una escala que midiera la severidad de la traición, esa diría que atacar deliberadamente a las tropas era aún más grave que escapar de Masca. No. En los últimos 50 años ni Sakti ni Adad intervinieron en la guerra, ya fuera en favor o en contra de los aesirianos. Y no lo harían ahora.
—Yo tengo una sugerencia. —Ryaul se asomó con timidez por el borde del recoveco. Para ser tan torpe había escondido muy bien que los estaba espiando—. En lugar de hacer que el príncipe enfrente a las tropas, sería mejor que reprogramara a los Fafnir.
Ryaul explicó su plan. Era muchísimo más realista que las ilusiones ridículas de traerse abajo a un General. Al final de la reunión, hasta el precavido Aldith miraba al arqueólogo con buenos ojos.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó Dagda—. Lo perderás absolutamente todo si traicionas tu puesto de arqueólogo para ayudar una rebelión.
—No estoy ayudando a la rebelión. —Los bonitos ojos negros de Ryaul miraron al gemelo, aunque desenfocado. Había destrozado las gafas con la transformación y estaba más ciego que un topo—. Estoy ayudando a mi príncipe, al heredero de mi país. Tan solo quiero lo mejor para él. Eso nos hará trabajar juntos hasta que sea conveniente. Así que, compañero, ¿cómo pretendes que el príncipe regrese a su forma aesiriana?
—No lo sé.
—Quizá yo pueda ayudar con eso.
Riza se había acercado. La muchacha miró por encima del hombro a Kryos, que acariciaba la cabeza de Ralo mientras el niño dormía junto a los hermanos que se habían quedado huérfanos. Cuando Riza miró otra vez los ojos de Dagda, el gemelo leyó sus pensamientos con claridad. Como él, Riza estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta para recuperar a Airgetlam. Hasta seguir las indicaciones extrañas de Zoe.
—Llévame con este Adad —le dijo—. Tengo una canción que cantarle.

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El soldado sacó al último híbrido de su refugio y lo forzó a arrodillarse junto a los demás. Desde lo alto del corcel, el príncipe Kardan miró la fila harapienta y sucia de krebins. Luego miró el núcleo fragmentado que un soldado encontró entre la hierba y que le había entregado. No era más que un cristal roto, la forma que había tomado tras la sublimación inversa. Apenas tenía el tamaño de una perla. Lo tomó entre el índice y el pulgar, y miró la luz a través de él.
—¿Y bien? ¿Quién lo hizo? ¿Quién destruyó mi herramienta Fafnir?
Los krebins guardaron silencio, asustados. El desprecio que habían mostrado a sus anteriores visitantes era ahora auténtico pánico. Estos aesirianos llevaban gruesas armaduras de bronce y plata. En la cintura llevaban espadas; algunos tenían fajas de cuero repletas de dagas; y otros llevaban arcos y flechas. Ninguno tenía una sonrisa en la cara o comida en el bolso para obsequiar; tampoco estaban enfermos ni necesitados de refugio.
Sin que el hombre de cabello y ojos completamente negros dijera nada, un soldado obedeció sus órdenes. Liberó el látigo que cargaba a la cintura. El látigo se desenrolló por su cuenta. Era largo y negro, y estaba forrado de diminutos picos de acero. Al oficial le bastó con un movimiento perezoso del brazo para que la lengua del látigo chupara las espaldas de todos los krebins. Al azote se unió el grito colectivo de los híbridos. De los aesirianos, los únicos que apartaron la vista fueron los dos curanderos de Kehari. Finn y Kylma apretaron los dientes y los puños. «Qué raros son», pensó Kardan. «Atienden vanirianos y se apiadan de híbridos. ¡Qué extraños!».
—¡Fue una mujer! —aulló un krebin. Kardan no sabía cuál porque todos le parecían iguales—. ¡Era una niña gris! ¡Ceniza, maldición!
—¡Ceniza, maldición! ¡Ceniza, maldición! —repitieron los híbridos con voz quebrada. Así sonaba la voz de un torbellino de cristales rotos.
—¿En dónde está? —preguntó Kardan.
—Se fue —contestó el hombre del poncho—. Se fue con el hombre de ojos azules y verdes.
Kardan dejó de mirar el núcleo destruido. Por el rabillo del ojo pilló que los curanderos se ponían tensos.
—¿Un hombre de ojos mestizos, dices? —Como el hombre del poncho no entendió la pregunta ni la contestó, el látigo mágico fustigó de nuevo a los krebins. Kardan bufó—. Detesto que se me ignore, así que contesten cuando les hablo. ¿Hubo aquí un hombre de ojos mestizos?
—¡Ellos no saben qué son ojos mestizos! —intervino Finn antes de que el látigo se agitara. Sus pecas sobresalían en la tez pálida por el susto.
«Raro», pensó de nuevo el príncipe. ¿Por qué intervendría? A menos que fuera tonto, el curandero ya debía de saber que los krebins morirían. Donde los Fafnir habían fallado, Kardan vencería. Aun así dejó que Finn explicara qué eran los ojos mestizos. Los krebins asintieron. Sí, en efecto, un hombre de ojos mestizos había visitado la villa.
—Buscaba a otro aesiriano —explicó el krebin del poncho—. A un hombre que pasó antes por esta villa, acompañado por otro con cabello de flores y un monstruo cornudo. Cuando se fueron se llevaron a la Ceniza que nos maldecía. —Los ojos del krebin se ensombrecieron—. Pero el otro hombre, el de los ojos azules y verdes, trajo a una Ceniza peor.
Habló de la mujer de cabello gris. Lo llevaba teñido de negro pero la lluvia había lavado parte del tinte. Además, los krebins no eran ciegos: con solo verle los ojos supieron que era una abominable creación gris.
—¿Abominable, eh? —Kardan sonrió—. Es una traidora, sí. Pero mi prima es una princesa y es la llave a la salvación de mi pueblo. Y ese pueblo no incluye a las verdaderas abominaciones.
Chascó los dedos. Los soldados desenfundaron y se encargaron de terminar el trabajo de los Fafnir.
Kardan ignoró los gritos. Concentró su energía en el núcleo roto hasta hacerlo brillar. El cristal se deshizo en vapor entre sus dedos. Cinco minutos después llegó el primer Fafnir. La herramienta marchaba a paso firme pero con los ojos desenfocados. Al meterle la mano en el pecho corroboró que alguien la había reprogramado. Sintió la energía de su prima, fría y ardiente a la vez, poderosa y débil a un tiempo. «Allena sigue enferma. Puedo atraparla. Puedo hacerlo».
Miró a Dereck. El Guardián había pasado de ser el soldado estrella a un marginado. Aunque no le mostraban antipatía, los demás oficiales se mantenían alejados de él. Percibían su incomodidad con la cacería y no deseaban inmiscuirse en un posible problema. Aunque ni Dereck ni los curanderos de Kehari iban esposados, eran poco más que prisioneros de valor. Dereck era la brújula para encontrar a Sakti, y los doctores serían los encargados de curarla y drogarla mientras la llevaban a Enlil a terminar de prepararla para la Profecía.
—Dereck, encuentra a Allena —ordenó el príncipe.
El Guardián respiró profundo y asintió.

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Freki no podía creerlo: Darius seguía enojado. El lobo-dragón estaba sorprendido por la estupidez de su amigo. ¿Cómo podía comportarse tan mal con Sakti después de que ella ni se molestara por sus palabras crueles? Darius no le había vuelto a gritar a Sakti pero la ignoraba. Le hablaba solo lo necesario. Por las noches armaba su sitio para dormir lejos de ella. Y en el día avanzaba diez metros por delante de la princesa sin volver a ver atrás ni una sola vez. Freki tenía unas ganas tremendas de agarrarlo a mordiscos para hacerlo entrar en razón. Sakti no se lo permitió.
—Déjalo —le había dicho—. Está lidiando con mucho ahora.
Freki sabía que Sakti también lidiaba con una buena carga de problemas, pero ella no se los echaba encima a nadie más. Darius, en cambio, ¡era como un niño! ¡Grrr! ¡Qué frustrante!
Contrario a lo que el lobo creía, Darius sabía que se comportaba mal. Quería hacer las paces, terminar con esa estúpida pelea en la que solo él estaba enfadado. Pero cada vez que recordaba que Sakti había alentado a Connor a marcharse... ¡la furia regresaba! Si Connor no se hubiese escapado Darius no lo estaría buscando. Sakti no habría seguido al mestizo, y él no estaría enojado con ella. Sabía que tenía que comportarse mejor. Sabía que tenía que pedir perdón y perdonar también. Pero no podía. Su peor defecto, el rencor, era lo que lo definía.
Freki ladró asustado. Al mirar atrás, Darius vio que Sakti se había apoyado a un árbol a tomar aire. No era nada nuevo. Lo hacía mil veces al día. Pero esta ocasión era diferente. Darius lo supo por la misma razón que Zoe sabía que llovería en medio del día más soleado del año. Porque era profeta. Regresó justo a tiempo para atajar a Sakti antes de que cayera tendida al suelo.
—Por favor no te mueras —le suplicó. Eran las primeras palabras que le dirigía en dos días.
—Todavía no me voy a morir —le aseguró Sakti.
Pero como no miró a Darius con sus ojos de «Eres un idiota» el profeta no se creyó esas palabras.
—Tenemos que acampar —decidió Freki.
—No. Si perdemos un día más nunca encontraremos a Connor.
—¡Mírala! Tiene que descansar. No puede caminar todos los días, enferma y herida como está. ¡Menos con estas lluvias!
—No tendría que hacerlo si se hubiese quedado en Kehari.
—¿Entonces qué esperas? ¿Que siga caminando hasta que se caiga muerta?
Darius se mordió la lengua. Desde luego que quería que su amiga se sintiera mejor pero al mismo tiempo quería encontrar a Connor. ¿Por qué no podía tener las dos cosas?
—Darius —lo llamó Sakti—, creo que debería---
—No —la cortó el profeta—. Es tu culpa que estemos en esta situación. Así que si quieres que...
Ahora sí, Sakti lo miró con sus ojos de «¡Eres un GRAN idiota!». Esa era diferente a la mirada de «Eres un idiota» porque incluía un golpe. Darius estuvo seguro de que le daría un puñetazo, aunque a él no le dolería y ella se lastimaría más la clavícula. Sakti sí lo golpeó pero no con el puño, sino con una patada traidora y dolorosa a la espinilla. Darius perdió el equilibrio y cayó de medio lado, sobre el hombro. Justo cuando iba a gritar «¡¿Es que me quieres romper la clavícula también, maldita loca?!», escuchó dos cuchillazos sobre la madera. Al levantar la mirada vio que había dos dagas clavadas en el árbol donde Sakti se había apoyado. Si la princesa no lo hubiese derribado las tendría clavadas en la espalda.
Una pared de fuego se irguió detrás de Darius.
—¡Levántate! —ordenó Sakti mientras ella misma se aupaba a Freki—. ¡Ahora!
Darius montó. Mientras Freki corría por el bosque, el profeta pensó que cayeron en la emboscada de asaltantes de caminos. Cuando miró atrás vio que unos caballos saltaban la pared de fuego. Los jinetes llevaban uniforme militar. Freki patinó en el suelo y giró con brusquedad. Sakti estuvo a punto de caerse; Darius la sostuvo a tiempo, pero la lastimó. Sakti se encogió contra él, adolorida e incapaz de sostenerse sola en el lomo del lobo. Freki giró otra vez en un ángulo agudo y casi los derriba. Darius estuvo a punto de gritarle que se detuviera, pero entonces Freki giró otra vez y el profeta vio por qué: a los lados había Fafnir, que se materializaban de repente y lanzaban dentelladas para atrapar a las presas.
No lidiaban con asaltantes de caminos. Lidiaban con cazadores de Dragones.
Los Fafnir los siguieron con sus siseos fantasmagóricos. Detrás de las herramientas iban los jinetes. Otro Fafnir se materializó a la izquierda; Freki lo evitó con un salto repentino hacia el lado contrario. Saltó por encima de unos setos hacia un claro libre de enemigos...
... y al aterrizar, el suelo se llenó de luz. Los tres quedaron ciegos e incapaces de defenderse mientras unos hilos dorados los levantaban en el aire. Cuando al fin Darius se acostumbró a la luz vio que habían caído en una red aérea. Los Fafnir se agruparon por debajo de ellos; se quedaron inmóviles, con los ojos fijos en las presas. «Nos condujeron hasta aquí», comprendió Darius. Cada dentellada evitada fue un empujoncito para caer directo en la trampa.
El muro de fuego se levantó de nuevo, pero fue más débil e impreciso. Aunque la mayoría de los Fafnir se deshizo por las flamas, dos mantuvieron su forma física. Sakti cortó la piroquinesis, exhausta, justo cuando los jinetes llegaron. Eran decenas. Darius vio soldados por todas partes, más allá de los árboles, cada vez más cerca, para cerrar el camino en caso de que las presas se libraran de la red de luz.
Un jinete de armadura negra se abrió paso entre el vapor de los Fafnir consumidos. El vapor se concentró en varios puntos hasta formar pequeñas esferas de cristal. Pasados unos segundos, cada esfera soltó un ligero resplandor y más vapor. El humo formó siluetas bípedas que finalmente se solidificaron.
—¿Te gusta este modelo de herramientas Fafnir? —preguntó el jinete mientras se quitaba la visera—. La Emperatriz de Edén no quería construirlo, pero sucumbió a las órdenes del Emperador de Masca. Padre pensó en estos modelos especialmente para atraparte, Allena.
Kardan sonrió a su prima mientras los Fafnir formaban filas alrededor de él, listos para protegerlo si a Sakti se le ocurría saludarlo con una explosión de llamas. Pero no tenía nada de qué preocuparse y lo sabía: si la princesa estuviese en condiciones de pelear no habría huido ni caído en la red de luz.
—Aunque —continuó el príncipe— estoy seguro de que los modelos nuevos habrían fallado de no ser porque te enfrentaste antes a Sigfrid. —Kardan se colocó por debajo de Sakti y estiró una mano para acariciarle el hombro lastimado—. No puedo creer que te haya golpeado. ¡Qué idiota!
—¡No la toques! —siseó Darius.
Sakti estaba pálida por el dolor y tenía muy apretados los dientes como para hablar. Mientras ella estuviera mal, el profeta se tomaría la libertad de actuar como su voz. Kardan lo miró con esos ojos negros con estelas fantasmagóricas, pero no sonrió. No miró a Darius con desdén, ni repulsión ni simpatía, sino como a un igual.
—Saludos, profeta. ¡Cuánto tiempo sin vernos!
—Podría haber pasado mucho más sin volverte a ver —soltó Darius. Kardan bufó. La insolencia del mestizo era algo con lo que siempre podía contar.
—Ah, como en los viejos tiempos.
Kardan miró a la princesa y al profeta con algo parecido a la pena pero no al arrepentimiento. Oh, no. Kardan no se arrepentía de haberlos atrapado. Si acaso lo veía como una obligación algo desagradable que tenía que cumplir. Miró también al mensajero sin comprender qué era ese lobo gigante y de apariencia tan magnífica. ¿Un demonio, quizá? Freki gruñó con los dientes pelados y los ojos salvajes fijos en el príncipe. Kardan resolvió que debían matarlo por peligroso.
—Tranquila, Allena. Pronto acabaremos con esto. No te darás cuenta de nada. Por el contrario, te sentirás mejor.
El príncipe chascó los dedos. Los soldados empujaron a Finn y Kylma hacia el centro del claro. La señal de alerta se prendió en la mente del mestizo. ¿Qué hacían ahí los aprendices de Connor? Se los veía incómodos y asustados. Ellos no querían estar ahí. ¿Entonces por qué...?
—¿Qué pasó en Kehari? —preguntó—. ¡¿Qué ocurrió?!
—No te preocupes por eso —contestó Kardan—. Dentro de poco tú tampoco te enterarás de nada.
Los aprendices de Connor sacaron unas jeringuillas de los maletines. Finn avanzó primero hacia Sakti, aunque dubitativo.
—Por favor —pidió el curandero—, saca el brazo y...
—¡Finn! —rugió Darius—. ¡No lo hagas! ¡No la toques!
Finn se acercó más. Aunque Sakti intentó apartarse, el dolor de la clavícula la había atontado y la red de luz era pegajosa como una telaraña. Darius y Freki se agitaban también para apartarse o romper la red, pero entre más se movían más pegados se quedaban.
—Solo saca el brazo —pidió de nuevo Finn. Las pecas sobresalían en la piel pálida—. Así dolerá menos.
Sakti no sacó el brazo por entre la red y Finn tuvo que levantarse de puntillas para poder pincharla. Darius creyó que Sakti se quedaría dormida. Pero para cuando Finn retiró la aguja la princesa aún estaba despierta.
—Bien —Kardan dio un asentimiento de cabeza, satisfecho—. Ahora sigue el profeta.
Finn retrocedió sin alistar una segunda aguja. Y Kylma, que ya tenía una lista, se quedó atrás. Kardan no reparó en que los curanderos se tardaban en seguir sus órdenes, quizá porque sabía que conocían a Darius y se sentían incómodos por lastimarlo. Pero Darius sí notó que algo iba mal en los cálculos de Kardan. Los aprendices de Connor retrocedían lentamente, con la vista alternando entre Darius y Sakti.
En lugar de ser pausada, la respiración de la princesa se hizo más rápida e irregular. Jadeaba. Un rubor le subió del cuello al rostro. Aunque hasta ese momento la red solo los había deslumbrado, ahora empezó a quemarlos. Darius vio que la mano de Sakti apretaba la red aunque antes no había podido mover el brazo. De sus dedos brotaba una pluma de humo. Las amarras bajo ellos ganaron un color naranja que pasó de un tono pastel a uno más vivaz en cuestión de segundos.
Para cuando Kardan notó que algo iba mal ya era demasiado tarde. Finn y Kylma lo supieron a tiempo porque echaron a correr. Freki y Darius apartaron el rostro, porque supieron lo que haría Sakti. La conocían demasiado bien.
La princesa dio un rugido de fuego. La flama cayó sobre los Fafnir, que se habían interpuesto antes de que el golpe conectara con el príncipe. Darius no escuchó los gritos adoloridos de los soldados, aunque debía de haberlos. Todo lo que pudo escuchar fueron sus propios gritos de dolor, porque la red ya no brillaba con luz blanquecina sino que ardía como hierro en la fragua. Cada una de las amarras le quemaba la ropa hasta atravesársela. Si no salían pronto de ahí, Sakti los dejaría marcados como si los hubiesen puesto a cocinar sobre una parrilla.
Algo lo agarró de la cintura. Lo próximo que sintió fue un cambio de presión, seguido de un vacío en el estómago y que los oídos se le taponeaban. Al abrir los ojos vio la figura alada de Sakti. Se había transformado, aunque no tenía la figura exacta de un Dragón. Tenía las alas, el hocico, las escamas y las patas traseras –con las que había agarrado a Darius y a Freki para sacarlos de la red–, pero no llevaba cola o cuernos, y el brazo izquierdo todavía era aesiriano.
Freki se agitó como un gato por encima de una tina de agua.
—¡No, no, nooooo! —le gritó Darius—. ¡Freki, Allena no puede---!
Sakti se fue de lado. Claro. Sin los cuernos ni la cola no podía mantener el equilibrio en esa forma. Los tres se fueron de picada sobre las copas de los árboles. Cayeron por entre las ramas. Una vez en el suelo siguieron rodando porque habían aterrizado al borde de una pendiente. Cuando al fin se detuvieron, Darius se quedó tendido y sin aire. Se había golpeado la cabeza y cada hueso del cuerpo, pero estaba lo bastante espabilado para sentir el dolor. Y para escuchar los gritos de Sakti.
Aunque estaba aturdido y la cabeza le daba vueltas, se arrodilló. Mantuvo el equilibrio con los brazos flexionados sobre el suelo y levantó la cabeza. Sakti corría en círculos. Un ala la tenía más grande que la otra. Las patas eran otra vez piernas. El rostro era una mezcla de dragón y aesiriana. Aunque el hombro derecho aún estaba dispar en comparación con el izquierdo, podía mover el brazo mientras decía mil palabrotas diferentes. Incluso se echó al suelo y giró en él, solo para levantarse otra vez y seguir corriendo en círculos. Darius resopló una carcajada. A pesar de la situación en la que se encontraban, tenía su gracia ver a Sakti tan frenética.
—Allena, Allena, detente —dijo mientras se levantaba. Él mismo se tambaleó por el buen golpe que se había llevado, pero logró alcanzar a Sakti y detenerla.
—¡Aaaaaayyyyy! —gritó ella. Se llevó la mano al pecho mientras los hombros le subían y le bajaban—. ¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa, qué pasa? ¿Me voy a morir yaaaa? ¡Aaaaaaayyyy!
—Tranquila. Creo que te inyectaron una dosis de adrenalina. —Darius contuvo una carcajada—. Se te pasará.
Sakti temblaba como si se hubiera tomado veinte tazas de café en media hora. Darius supo que no fue ningún accidente ni mal cálculo de Finn. Los curanderos lo habían planeado. En lugar de dormirla la ayudaron a escapar. Pero ¿sabían que se transformaría? Aunque Finn y Kylma habían visto y hablado con Sakti en sus visitas previas a Kehari, nunca tuvieron motivos para sospechar que fuera una princesa prófuga ni que se convertía en Dragón.
Escuchó los caballos antes de que pudiera darle más vueltas a esa idea. Otra vez los seguían. ¿Es que no tenían suficiente con las quemaduras que Sakti ya les había provocado?
—Rápido —dijo mientras la agarraba de la cintura para subirla a Freki—. Tenemos que ir---
Sakti se soltó y salió corriendo hacia la dirección contraria de los caballos. Darius se la quedó viendo mientras ella desaparecía entre el bosque. Freki tuvo que embestirlo para espabilarlo. Una vez que el mestizo montó el lobo, siguieron a la princesa. Aun cuando Freki iba tan rápido como podía le costó trabajo alcanzarla. ¿Cuánta adrenalina le habían inyectado? Cuando se le bajara no podría ni caminar de lo adolorida que estaría. ¡Y el brazo! Sin adrenalina sentiría todo el dolor de la quebradura... y de la transformación, la carrera, la revolcada en el suelo... Darius la compadeció.
Las ramas silbaban alrededor. Aunque el mestizo había bajado la mirada, sintió los aruñazos de los árboles en la cara y los brazos. Y eso que él montaba a Freki, quien se llevaba lo peor de los roces en la carrera. ¿Y Sakti qué? Seguro que iba ya con miles de rasguños. A pesar de lo rápido que iban, y de los golpes que se llevaban entre los árboles, Darius supo que perdían terreno. A los caballos ya los estaban perdiendo, pero a los Fafnir no. Los podía escuchar. Siseaban como espuma de mar cada vez más cerca de la orilla.
Al fin uno los alcanzó. Salió de entre el follaje y embistió a Freki a un costado. Lanzó al lobo y al profeta contra un grueso árbol. Sin aire, casi noqueado y muy asustado, Darius vio que el Fafnir saltaba sobre ellos con las garras extendidas. Si no le sacaba los ojos por lo menos le arrancaría todo el pelo mientras lo arrastraba hasta los pies del príncipe.
Otra herramienta Fafnir se interpuso, solo que esta tenía alas dispares. No era un Fafnir. Era Sakti. La princesa recibió el golpe de frente, pero no cayó ni perdió terreno. Al contrario, defendió su posición y apartó a la herramienta con un empujón. Antes de que el Fafnir recuperara el equilibrio se convirtió en una antorcha.
—¡Ah, ¿cuánta adrenalina te inyectaron?!
Sakti negó con la cabeza. Su cara había recuperado la apariencia aesiriana y era una mezcla perfecta de seguridad y desesperación. Con la potencia extra de la adrenalina estaba lista para escapar sobre sus dos piernas veloces; pero el corazón acelerado le martillaba el pecho tan fuerte que estaba segura de que se caería muerta en cualquier instante.
Los siseos volvieron a aumentar. En esos segundos las herramientas habían acortado camino. Sakti y Freki –con Darius sobre el lomo– volvieron a correr, pero esta vez más lento. El mensajero resentía el golpe de la última herramienta y la descarga de adrenalina comenzaba a remitir. En cualquier momento se tropezarían y no volverían a levantarse. Darius los urgió a avanzar, un poco más, solo un poco más, por lo menos hasta el borde de un precipicio. Justo cuando pareció que ellos ya no lo conseguirían, recurrió a su último movimiento. Hincó los talones en los costados de Freki con tanta fuerza que el lobo se levantó en dos patas, al borde del abismo. Antes de que el mensajero se balanceara hacia el frente, Darius estiró una mano y empujó por la espalda a Sakti, quien trotaba junto a él.
La princesa y el lobo cayeron por el precipicio. Cuando tocaron fondo, el agua los revolcó. La arena se agitó junto a ellos. Los aruños de las ramas parecían caricias comparadas con los golpes de los guijarros y las rocas del río.
Darius no se preocupó por Freki porque el lobo era robusto y fuerte. Se repondría a la corriente y llegaría a la superficie. Sakti era otro cantar. Había perdido mucho peso; estaba herida y enferma. Era la víctima perfecta para morir ahogada. Darius estiró los brazos mientras daba vueltas en el agua. Se golpeó los dedos, se aruñó las palmas, se magulló los codos, pero al fin rozó a Sakti y la sostuvo con todas sus fuerzas. Para cuando logró llevarla a la superficie ya habían recorrido un buen trecho río abajo.
Freki estaba más adelante, por debajo de la orilla contraria. Allí no había playa, sino un paredón rocoso. La parte inferior era completamente plana, pero unos dos metros más arriba se ensanchaba perpendicularmente sobre el río. Así formaba un techo sobre la superficie.
—Freki, ¡no vas a salir por aquí! —gritó Darius para hacerse escuchar por encima de la corriente. Se había dejado arrastrar con Sakti para alcanzar al lobo y salir juntos del río—. Hay que ir más abajo, así que---
Los siseos lo callaron. Al mirar hacia la otra orilla vio varias herramientas encaramadas al borde por el que ellos habían saltado. Freki, Darius y Sakti sumergieron el cuerpo hasta el cuello para esconderse entre las olas del río. Tal vez la sombra del paredón los ayudaría a pasar desapercibidos, aunque estuvieron seguros de que no les serviría de nada. Los Fafnir debían de tener muy buena vista; y si eso no les bastaba solo tenían que percibir la energía desbordada de Sakti para encontrarla. Sería muy sencillo porque ella todavía estaba agitada. Darius la tenía bien sujeta de la cintura y podía sentirle cada palpitación.
El primer jinete salió de entre los árboles y se detuvo sobre el borde del precipicio. Contrario a las herramientas, que todavía buscaban en el río, los ojos del soldado se posaron de inmediato en Sakti y sus compañeros. «Hasta aquí llegamos», pensó el mestizo. La adrenalina ya había perdido su potencia para hacer que Sakti se transformara –las alas se estaban replegando–, pero todavía estaba lo bastante fuerte como para que la princesa fuera un manojo de nervios. Y Freki y Darius no tendrían ninguna oportunidad contra las herramientas cuando el soldado les indicara la posición de las presas.
Pero Dereck no lo hizo.
El Guardián se quedó inmóvil en el borde, con unos ojos llenos de ilusión y añoranza. Por un instante de terror Darius estuvo seguro de que Dereck se echaría al río y nadaría hacia ellos. Las herramientas seguro que lo seguían. En lugar de eso, el soldado encaminó el caballo río abajo a toda marcha. Los Fafnir lo siguieron y después los demás jinetes, que salieron de entre los árboles para unirse a la partida de cacería.
Pero ya Darius no estuvo preocupado. Porque antes de que Dereck se marchara, el soldado le hizo un gesto. Bajó la mano derecha muy lentamente; luego se la llevó al corazón y señaló rápidamente a Sakti con la barbilla. «Cálmala. O si no los Fafnir sentirán un flujo de magia». Dereck les daría tiempo para que escaparan. Se llevaría a los Fafnir y a los soldados río abajo mientras ellos escapaban por el lado contrario.
Darius apretó más fuerte a Sakti y se la aupó a la cadera para que respirara mejor. Ella se encogió contra él, temblando. Aparte de que todavía no asimilaba la descarga de adrenalina, el río estaba helado. Por debajo de sus jadeos, el mestizo escuchó los pulmones aún inflamados. Si no la sacaba pronto del agua tendría una nueva y última recaída que de seguro la mataría. Pero para salir del río debía esperar hasta que Dereck llevara los Fafnir lejos y que Sakti se calmara lo suficiente para que su energía no la delatara con las herramientas. Debía tranquilizarla.
—No puedo creer que me hayas traicionado.
Freki resopló.
—¿En serio vas a hablar de eso ahora?
Darius también estaba sorprendido. De todas las cosas que pudo haberle dicho para calmarla ¿por qué inició con eso? Intentó detenerse pero no pudo.
—Se supone que eres mi amiga, ¡que siempre estarás de mi parte! Pero me desafiaste delante de mis hijos y ahora el más pequeño está solo Dios sabe en dónde. Si algo le pasa ¡será culpa mía!
Sakti levantó la mirada hacia él.
—¿Culpa tuya? ¿No me culparías a mí? —Darius esperó un instante y después asintió.
—Si me ha desobedecido al marcharse es porque no hice un buen trabajo criándolo. —Sakti ladeó la cabeza. No estiró los labios pero Darius vio el fantasma de una sonrisa en su cara.
—No lo criaste solo. Lea y Emilio también tuvieron que ver en la forma en que él actúa. Sin darse cuenta se encargaron de que tu mejor cualidad destacara mucho más en Connor. —Darius la miró sin entender—. Tú eres muy noble. El tipo de persona que se enfrenta a un Dragón para salvar a un grolien cachorro. El tipo de persona que rechaza las órdenes de un Emperador para perdonar la vida de un mensajero. El tipo de persona que salta de un barco aesiriano para nadar hacia un naufragio vaniriano a salvar a una tripulación que apenas conoce. ¿De dónde creíste que Connor salió tan desinteresado?
Freki asintió para darle la razón a Sakti. Darius al principio no supo cómo responder al comentario de su amiga y enmudeció por unos segundos, hasta que al fin dijo:
—Connor no se me parece. Él no es egoísta como yo.
—¡Ah, eso es seguro! Tú eres de las personas más egoístas que conozco.
Freki asintió de nuevo para darle la razón a la princesa. Sakti continuó:
—Pero tu egoísmo es diferente al de la mayoría de las personas. Tú quieres proteger a los que amas. Quieres asegurarte de que estén bien para que nunca te abandonen. —La expresión de Sakti cambió. En donde antes Darius creyó ver un poco de luz, ahora había sombra—. Pero por eso mismo no las dejas avanzar. Temes que si les dejas seguir sus propios caminos se olvidarán de ti. Ahí es donde los sofocas con tu egoísmo. —Sakti ladeó el rostro hacia el lado contrario—. Pero no es como si tuviera que decírtelo, ¿verdad? Porque esto tú ya lo sabes.
Darius asintió. Sí que lo sabía, ¿pero qué podía hacer?
—Tú sabías esto sobre mí. Sabías que tengo miedo de perderlos tal y como perdí a Njord y a Fenran. Pero aun así motivaste a Connor para que me abandonara. Me traicionaste.
—Es que es justo eso lo que no entiendes. Darius, yo siempre estaré de tu parte. Incluso cuando parezca que no. De la misma manera que Connor y los demás jamás te abandonarán. —Sakti tomó aire—. Tienes que aprender a dejar ir. Porque aunque tomemos caminos separados al tuyo siempre estaremos contigo. No podemos abandonarte porque no puedes perdernos.
Aunque era callada, Sakti tenía el poder para lanzar palabras con la fuerza de un látigo, o con la caricia de un bálsamo, o con la calidez de un arpa que tocaba cada cuerda del alma. Darius la estrechó con fuerza. Por un milagro no se hundieron.
—Perdón por haberte gritado. Perdón por haberte llamado traidora. Perdón por no haberme acurrucado contigo en estas noches, aunque seguro tenías mucho frío. Perdón por no haberme detenido aunque estabas agotada. Perdón. Perdóname. Lo siento. —Sakti le pasó el brazo por encima del hombro para abrazarlo también.
—Te perdono.
Junto a ellos, Freki moqueó.
—¿Estás llorando? —preguntó Sakti. El lobo se sonó la nariz.
—¡Es que ya hicieron las paces! ¡Y las palabras que dijiste fueron muy bonitas! ¡Buaaaa!
Sakti soltó un suspiro aunque se la escuchaba mejor. Casi feliz.
—Qué llorón eres, Freki.
Darius guardó silencio porque él mismo tenía unas lagrimillas en los bordes de los ojos. Mientras no se le quebrara la voz podría hacerlas pasar por agua de río. Sakti se separó un poco de él y lo miró a los ojos.
—Lamento que Adad se haya acostado con Miriam. Sé que te molestó mucho pero no supe cómo hacerte sentir mejor. —Darius respiró profundo.
—Está bien. Ella tenía razón. Nunca llegamos a nada porque nunca pensé seriamente en formalizarme con ella. —Sakti ladeó de nuevo la cabeza, pero esta vez el movimiento le provocó una mueca. La adrenalina ya estaba perdiendo sus efectos.
—¿Por qué? —Darius levantó los hombros.
—Supongo que tenía muchos motivos para no avanzar con ella. No me gustaba pensar al respecto porque cada vez que lo hacía encontraba una razón para esperar, una razón para no estar a su lado.
Como que Miriam era la hermana de Njord. Si Darius retomaba su vida junto a otra mujer, ¿estaría bien que lo hiciera con la hermana de su esposa? Y en todo caso, ¿estaría bien que lo hiciera? ¿Que volviera a enamorarse mientras su Njord yacía muerta quién sabe en dónde? ¿Tenía él derecho a ser feliz junto a alguien más mientras Njord sufría en el Reino de los espíritus?
Sakti lo miró con su expresión de pajarillo curioso.
—¿Tuviste motivos o razones para estar con Njord?
—... No. Simplemente... sucedió. —Sakti asintió, pensativa.
—Entonces está bien. Algún día encontrarás a alguien con la que no necesitarás motivos para sonrojarte, ser torpe y encantador. No tendrás motivos ni dudas para ser feliz y hacer feliz a alguien más. Simplemente lo serán.
—... Allena.
—¿Hmm?
—Gracias. Ya me siento mejor.
Freki volvió a moquear.
—¡Buaaaaaa! ¡Qué lindos! ¡Yo también quiero amigos así!
Darius rio y le recordó que ellos también eran sus amigos. Freki le replicó que ninguno le había dicho palabras tan lindas, por lo que estaba resentido con ellos. Darius supo que bromeaba y que era solo una treta para forzarlos a que le cepillaran el pelaje más tarde.
El ritmo cardíaco de Sakti se normalizó pero todavía temblaba del frío. Darius tenía que sacarla del agua aunque no sabía si Dereck había alejado ya a los Fafnir y a los soldados. Salió por debajo del techo de roca, se asomó en busca de un sitio por donde pudieran auparse y casi se muere del susto.
Había tres personas justo por encima de él. Una mujer pálida y desnuda, un grolien tuerto y otro con los cuernos lijados. Este se inclinó sobre el borde y extendió una mano al mestizo.

—¿Necesitan ayuda?
"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

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