¡Sigue el blog!

Capítulo 15

15
ADVERTENCIA


Sigfrid pensó en el próximo movimiento largo y tendido. Estaba seguro de que perdió a Zoe en aquella condenada encrucijada rocosa. Cuando la persiguió por primera vez creyó que la pitonisa tomó la decisión más sensata y fue hacia el este, quizá en busca de territorio neutral donde pudiera ocultarse. Gracias al expediente que el Emperador halló en Kehari, Sigfrid aprendió que Zoe no era una persona sensata.
Lo más probable, entonces, es que hubiese ido al oeste, justo donde había batallas a montones. ¿Pero por qué? La matarían si quedaba atrapada en un enfrentamiento entre vanirianos y aesirianos. Lo mismo si encontraba una tropa vaniriana. «A no ser», pensó mientras recordaba que la pitonisa defendió a una asquerosa bola de pelos en Kehari, «que haya formado una alianza con vanirianos». Esa idea lo alertó. No sabía por qué Zoe haría algo así, pero si era cierto entonces los aesirianos estaban en problemas. Si los profetas se aliaban a los vanirianos, los vanirianos contarían por defecto con el poder de los Dragones. Si ese era el caso tenía que encontrar a Zoe antes de que fuera demasiado tarde.
¿Pero cómo?
Ya le había perdido la pista. Zoe le llevaba muchos días de ventaja. Aunque creía que ella tomó rumbo al oeste no sabía qué camino. La única forma de encontrarla –si es que eso era posible– era preguntando. Resolvió poner un anuncio en los puestos militares. Necesitaba que cada soldado en el continente reconociera la bonita cara de Zoe apenas la mirara, para que la esposara, amordazara y pusiera tras las rejas a la primera oportunidad. Si además ponía una recompensa por su captura los cazadores se sumarían a la búsqueda.
El inconveniente era que en su tropa no había ni un solo dibujante que garabateara la cara de Zoe. En los dos puestos militares que visitó en su búsqueda tampoco tuvo suerte. Aunque sí había dibujantes no se ponían de acuerdo en el rostro de la pitonisa, en parte porque Sigfrid y Sin, que eran los que mejor la habían visto, tampoco podían ponerse de acuerdo en su apariencia. Mientras uno la describía con pecas, el otro sin ellas. Uno decía que tenía los pómulos bien marcados, y el otro que no. Uno decía que tenía un hoyuelo, y el otro que camanances. Que tenía flequillo, y que no. Que sus cejas eran delgadas, o que gruesas. Al final los dibujantes se exasperaron por la inexactitud, y Sin y Sigfrid por los resultados insatisfactorios.
Sigfrid echó de menos a sus aprendices. Bajo esas circunstancias Kael habría dado un comentario reconfortante y Dereck habría ayudado con una mejor descripción de la pitonisa. El Guardián de Sakti tenía una excelente memoria; y su recuerdo de Zoe estaba libre de resentimiento o desdén. En cambio, Sigfrid y Sin solo la recordaban de la peor manera posible.
El príncipe fue quien dio con una solución aunque a largo plazo: visitar a un dibujante que ya conocía a Zoe.
—Harald la recuerda muy bien —apuntó Sin—. Esa pequeñaja monstruosa es una de sus pesadillas recurrentes.
Así, pues, resolvieron buscar al príncipe Harald. La última noticia que tenían de él era que estaba a cargo del noreste, donde se enfrentaba a los grupos vanirianos que intentaban trepar de la zona neutra hasta Tyr, la ciudad capital del Norte.
Ir hacia esa dirección parecía un disparate porque los alejaba más de Zoe. Pero daba lo mismo si no tenían un rastro que seguir. Por lo menos así conseguirían un retrato decente de la pitonisa. Entre más pronto se unieran a Harald, más pronto conseguirían que los cazadores de Dragones ampliaran la cacería a una profetiza.

****

Jillian le echó una capucha sobre los hombros. Zoe apretó los dientes y se encogió adolorida, porque cualquier peso adicional sobre la espalda le lastimaba la herida. Ser profetiza tenía sus ventajas, ¡oh, sí!, pero también sus tonos oscuros. La reacción física era una de ellas. «Debí haberlo previsto», se dijo por décima vez. «Debí haber sabido que el Fafnir lo atacaría».
La proyección astral era uno de los poderes favoritos de Zoe, aunque rara vez lo utilizaba porque las personas no podían asimilar una materialización repentina de alguien que se suponía estaba a cientos de kilómetros de distancia. O, como el caso de Airgetlam, no podían asimilar que los pensamientos de Zoe tomaran control del cuerpo de otra persona.
Su papá también tenía ese poder pero Zoe creía que Darius no lo sabía. En ocasiones, cuando hacía los turnos nocturnos en la Taberna, se encontraba a Darius deambulando por los pasillos de la hospedería. Los huéspedes a veces lo veían. A veces no. Cuando lo encontraba ella lo guiaba de vuelta a su habitación, donde su cuerpo yacía profundamente dormido.
En otras ocasiones se encontraba a Connor junto a la chimenea, sacando cálculos sobre los gastos e ingresos de la Taberna; aunque eso se lo había encargado a un contador externo y el mismo Connor dormía exhausto con la cabeza apoyada sobre la mesa de la cocina.
Cuando presintió la situación de Airgetlam, Zoe creyó que era una buena oportunidad para emplear la proyección astral a larga distancia a la vez que evaluaba el daño que su hermano recibió por parte de Enlil. El inicio del experimento fue satisfactorio. Pero cuando el Fafnir golpeó a Airgetlam, Zoe se despertó con un grito en su propio campamento. No pudo levantarse. No pudo articular ni una palabra sin convertirla en un grito agudo ininteligible. No pudo tan siquiera pensar con el ardor de la espalda y la calidez de la sangre que le empapó la blusa. Si Jillian no hubiese estado con ella a lo mejor habría amanecido muerta.
La herida bajó el ritmo de viaje pero no su resolución. Al contrario, era una razón más para seguir adelante. Las historias necesitan tener cabos cerrados cuando llegan al final, y ella iba a hacer su parte para culminar con un capítulo importante antes de que el gran telón cayera.
Jillian le pasó una taza de té caliente. Era la infusión más asquerosa que Zoe había probado jamás, y eso que ella era la peor cocinera que conocía. Sin embargo, el té le hacía bien. Jillian no era curandero pero sabía suficiente de hierbas.
—Mi madre era herborista —explicó a la profetiza la misma noche que el Fafnir atacó a Airgetlam. Jillian la había desvestido para tratarle la herida con vendas y una pasta de hierbas. Zoe se había dejado porque aún en su aturdimiento creyó que no importaba estar desnuda delante de un hombre que no podía verla.
Desde esa noche aprendió suficiente de Jillian. No tenía idea de quién era su padre, pero el recuerdo de su madre estaba todavía vivo en su mente. La recordaba en cada bocanada de aire fresco mezclado con el vapor herbario de la mañana. Aunque nació ciego desde pequeño tenía sueños de colores, rostros y canciones. Y cuando su madre no pudo salvarse a sí misma de peste, Jillian decidió buscar las imágenes de sus sueños en la realidad.
El Tercer Dragón compartió su historia con ella con la esperanza de que Zoe le diera más respuestas. ¿Por qué iban al Pantano? ¿Cómo podían ayudar a Sakti? Pero durante todo ese tiempo la profetiza calló. Le pidió que esperara mientras llegaba una nueva luna carmesí, con la esperanza de que sus visiones se fortalecieran. Pero cuando al fin la luna se tiñó de sangre en lugar de plata, las visiones no llegaron. Solo hubo un total abatimiento. Jillian se había quedado sin las respuestas que Zoe esperaba.
—Tienes que decirme algo —apuntó el sepulturero mientras se sentaba delante del fuego. Sus ojos estaban fijos en el suelo—. ¿Por qué quieres ir al Pantano? Dijiste que querías cazar un demonio, pero no veo qué tiene eso que ver con ayudar a Allena.
—Si te diera más detalles creo que te asustaría. Ya no querrías seguir adelante.
—¡Claro que sí! Si es para ayudar a Allena continuaré hasta el fin del mundo.
Zoe aspiró con fuerza y se tragó toda la infusión de una sola vez. Pasó el brebaje a toda velocidad para no sentir la quemadura amarga en la lengua. Connor le había dicho que no podía seguir tomándose las medicinas así o le harían más mal que bien. El sabor amargo se le subió a la cabeza con la velocidad de un licor. El calor se expandió del pecho al resto del cuerpo. Sus venas se calentaron y relajaron como si fuesen las raíces sedientas de un árbol. Y de imprevisto supo cómo haría lo que tenía que hacer. Aunque seguía sin visiones la certeza de sus poderes la elevaron en una ola de seguridad.
Al fin le dio a Jillian la respuesta que había esperado en los últimos días, aunque no eran las palabras que el muchacho quería escuchar. Cuando Zoe acabó, el rostro del Tercer Dragón había palidecido y las cejas se le habían unido en una sola.
—Planeas usarme —dijo con voz acusadora. Zoe levantó los hombros, sin acordarse de que Jillian no vería el gesto.
—No hay otra opción. De lo contrario jamás podría atrapar a ese bicho. —Jillian escuchó una sonrisa en los labios de la profetiza—. ¿Ves? Supe que me serías útil. Es hasta ahora que veo cómo.
—Podría morir.
—Sí. Si estoy equivocada los dos moriríamos. Pero estoy dispuesta a correr el riesgo porque estoy segura de que no puede fallar. —Jillian levantó la mirada y clavó los ojos en ella. A Zoe le disgustó porque estuvo segura de que era la primera vez que alguien la miraba tal y como era. Para eso no se necesitaba ver.
—Eres horrible —sentenció el Tercer Dragón—. La persona más espantosa que he conocido en mi vida.
Zoe sonrió de nuevo porque Jillian era el primero que le decía algo así. Aunque el sepulturero llevaba algo de razón, eso no lo podía negar.
—Cuando te lleve con el Emperador aesiriano descubrirás que hay personas peores que yo. —Zoe miró las llamas—. Pero en el Pantano verás que hay maldades más oscuras en las que ningún aesiriano, ni siquiera el Emperador, podría sumergirse jamás.

****

La primera vez que Connor vio a Harald montado sobre un cuervo, el doctor creyó reconocer al mensajero. Un día después lo confirmó, cuando el cuervo cayó junto a él con la potencia de un relámpago. Connor estaba del lado vaniriano, revisando a los pacientes que habían sobrevivido tras el ataque del mensajero en el frente de batalla. La entrada de Huggin fue tan estrepitosa que por un terrible instante los vanirianos estuvieron seguros de que los aesirianos rompieron el pacto con Connor. Habían roto su promesa.
El mensajero abrió el pico de par en par, se lanzó a Connor y le jaló la manga de la camisa, juguetón.
—¡Amigo, amigo, amigo! —pio el mensajero—. ¿Te acuerdas de mí? ¿Te acuerdas? ¡Vamos a jugar!
Para su decepción, Connor le dijo que debía trabajar pero que tal vez podía jugar un rato cuando cayera la noche. Para desgracia de Huggin, Connor no tenía la energía para jugar como a él le gustaba. Le encantaba cruzar los cielos a la velocidad de un Dragón; cazar bisontes y vanirianos con sus gruesas garras; e incendiar los campamentos enemigos con sus caídas de relámpago. El lado curioso de Connor tenía ganas de volar sobre el cuervo, pero su parte razonable le dijo que después de un día agotador –en el campamento todos los días eran agotadores– no tenía fuerzas para sostenerse bien del mensajero. Además, no le encontraba la gracia en atacar a vanirianos.
Para consolar a Huggin lo invitó a la cena. Al día siguiente el mensajero lo volvió a visitar. Esta vez aterrizó con un bisonte entero entre las patas y se lo mostró a Connor con orgullo. «Parece un gato», pensó el doctor. Antes de que la tía Eleanor se casara tenía un gato blanco llamado Botones al que quería como a la niña de sus ojos. Botones aruñaba las puertas, siseaba si Zoe le pasaba a la par –hasta los gatos sabían que la profetiza era rara– y le llevaba a la tía Eleanor los trofeos de sus últimas cacerías: ratones, ratas y pájaros. A Connor le daba asco encontrarse esos cuerpecitos deshechos bajo la puerta del patio o detrás de los sillones, donde Botones tenía su colección de premios. A Eleanor le encantaban las atenciones del minino porque estaba segura de que así era como le mostraba afecto. Connor creía que el gato estaba siendo condescendiente a lo mucho, y que cazaba para Eleanor para decirle: «¡Mira lo buen cazador que soy! Y como soy tan generoso compartiré contigo la grandiosidad de mi hazaña, porque eres tan mala cazadora que te morirías de hambre de no ser por mí». Por dicha Eleanor se llevó a su gato condescendiente cuando se casó.
—¡Mira qué buen cazador soy! —exclamó el cuervo—. ¡Ahora juega conmigo!
Sí, Huggin era como un gato.
Connor aceptó el trofeo del cuervo y encargó a Ceniza, Rodni y Kel que lo despiezaran. Ese día acabó temprano con los pacientes para dedicarse por la tarde a cocinar. En la noche los dos bandos disfrutaron el delicioso estofado de carne. Si antes Connor tenía asegurado el respeto de aesirianos y vanirianos, ahora también tenía su amor. Era lo mínimo que merecía una comida tan buena.
Huggin siguió visitándolo. Aunque Connor no jugaba, sí le preparaba comida y le acariciaba el plumaje con benevolencia. Más que un gato el cuervo comenzó a parecérsele a Freki y Geri. Era igual de caprichoso, cariñoso y creído como ellos.
Durante las visitas de Huggin el campamento comenzó a sufrir cambios. Al principio fueron mínimos, como que los centinelas de cada bando se adentraban al mismo tiempo en el centro donde estaba la tienda de Connor. Los intercambios de palabras duras se suavizaron poco a poco. Los ceños fruncidos pasaron a rostros relajados. Los acuerdos para que Connor saliese hacia los campamentos exteriores fueron más sencillos y rápidos. Un día, cuando el doctor regresó de un puesto militar vaniriano, se encontró a los rehenes jugando cartas con los soldados que los resguardaban. Entonces comenzó a notarlo. Cuando pasaba al lado este del campamento, los vanirianos saludaban a Yashin. Y cuando iba al lado oeste, los aesirianos no abucheaban a Kel ni a Ceniza ni los miraban con desdén.
Los límites internos del campamento comenzaron a desdibujarse. Empezó por el medio, que cada vez se hizo más grande para que los aesirianos y vanirianos se sintieran a gusto mientras batallaban en juegos de cartas. Los aesirianos enseñaron a los vanirianos a jugar «Cuenta cinco» y «Calabozos rotos», que eran juegos tradicionales entre las tropas. Y los vanirianos les enseñaron a jugar «Torres caídas», «Ka-po-cha» y «Tres ases». Después de un tiempo, Connor notó que en el centro ya no se alzaba solo su tienda, sino unas cuantas más. Y por las noches el suelo se llenaba tanto de sacos de dormir como de agujeros de grolien.
—¿Y ahora qué? —le preguntó a Drake—. ¿Acaso nuestro equipo de aventuras se hizo más grande?
—¿No lo sabías? —el sicario sonrió. Era típico de Connor que ignorara los detalles por concentrarse solo en lo que tenía de frente, como sus pacientes y su caldero—. Ahora tienes más aprendices aesirianos y otros tantos vanirianos. Y también hay otros como Yashin, que los dieron o se dieron de baja de sus respectivas tropas. Los hemos organizado para que mantengan el orden aquí.
Connor se rascó la cabeza, porque en efecto no se había dado cuenta de en qué momento dejó de darle instrucciones solo a Milo y Nex, y comenzó a dárselas a muchas personas más. Tampoco se había dado cuenta de que Yashin ya no lo seguía como un perro guardián, porque el titán y Drake se encargaban de capitanear a los desertores de ambos ejércitos para asegurar la paz del campamento neutral.
Dejó que ellos se encargaran de los desertores y se concentró en los nuevos aprendices. Aunque apenas se acordaba de sus caras –mucho menos de sus nombres–, descubrió que él mismo los había aceptado al presentarles sus condiciones de instrucción. Todos, vanirianos y aesirianos, habían aceptado. Los había de todas las procedencias habidas y por haber. Algunos, como Milo y Nex, eran de familias acomodadas. Otros eran pobres y ni siquiera sabían leer, como Ceniza. Tenía groliens, arpías, ordinarios y hasta kredoa. Y hasta tres humanos se habían sumado como sus aprendices. Una vez enterado de los cambios maravillosos en el campamento, Connor formó a los nuevos pupilos en equipos de trabajo. Todos los días, mientras atendía a los pacientes, tomaba a un equipo y les enseñaba los métodos de tratamiento con ejemplos prácticos.
Por las noches, cuando Huggin se sentaba al lado para recibir la dosis diaria de caricias, Connor le enseñaba a Ceniza a leer. Así descubrió que el krebin solo era inocente pero muy avispado. Connor nunca imaginó que alguien pudiese aprender a leer y escribir tan rápido. Además del cuaderno de dibujo, le compró a Ceniza doce novelas cortas. En tres semanas se había leído dos.
—Tú también vas a tener aprendices —resolvió el doctor—. Vas a enseñar a leer y a reconocer hierbas.
Fue uno de sus más grandes aciertos. Aunque Ceniza era tímido y tenía una voz muy baja, se entusiasmaba al hablar de plantas. Sus estudiantes se maravillaban al escucharlo hablar con tanta propiedad de un tema tan basto, en especial porque Ceniza conocía hierbas que crecían a kilómetros de distancia y era imposible que las hubiese visto.
—Mi papá me las enseñó —explicó cuando le preguntaron cómo sabía tanto de hierbas.
Como también era muy buen dibujante, los aprendices de Connor recurrían constantemente al híbrido para que les permitiera ver su cuaderno de bocetos. Tenía dibujos de flores, hierbas y árboles, todos con anotaciones sobre los usos de cada planta. Era tan bueno que Connor hacía planes para comprarle veinte cuadernos más, para que hiciera veinte herbarios para los aprendices.
Ceniza también hacía bosquejos de personas. Era tan callado y sigiloso que podía sentarse al lado de los modelos sin que se percataran de su presencia. Había dibujado a los soldados de ambos bandos en los juegos de cartas. A Connor suturando abdómenes. A Drake tallando flechas. A Rodni afilando cuchillos. Otros posaban para él adrede, como Huggin y Kel.
El campamento de Connor había logrado su propio ritmo. Cuando el doctor salía a los puestos externos recordaba una vez más lo diferente que era el resto del mundo. Aunque los cabecillas de ambos bandos se cuidaban de lo que decían delante de él, Connor tenía buen oído. Era uno de los talentos que Lea y Emilio le inculcaron para ser buen negociante. Conocía planes de batalla de ambos bandos, diseños de tropas y formaciones, ases bajo las mangas... En más de una ocasión tuvo ganas de intervenir. De decirle al equipo contrario que se tuviese cuidado para no caer en alguna trampa. Al final calló porque a largo plazo no salvaría suficientes vidas. Su campamento se había erguido sobre la confianza que le tenían ambos bandos. Si la perdía el campamento se desharía y los muertos aumentarían porque ya nadie se dejaría atender por él.
Una noche, mientras revisaba la última redacción de Ceniza y acariciaba el plumaje de Huggin, el cuervo soltó un hondo y triste suspiro. Al ver sus ojos escarlata, Connor reparó en que estaba triste. Cuando le preguntó qué le pasaba el rostro de Huggin se tensó con una mezcla de esperanza y precaución. Miró a Ceniza. El híbrido estaba ensimismado en su nuevo bosquejo y no se enteró de la mirada del mensajero, pero Connor entendió lo que debía hacer.
—Ceniza, ¿puedes dejarnos a solas un momento? —El híbrido levantó la mirada, asustado. Era la primera vez que Connor le pedía que se marchara. ¿Hizo algo malo? Connor lo calmó con una sonrisa—. Será un momento, te lo prometo. Después revisaremos juntos la redacción.
Una vez que el híbrido se marchó el doctor esperó a que el mensajero se sincerara.
—Es que estoy muy triste y preocupado —comenzó Huggin—. Pero no sé si puedo contártelo.
—Si no quieres hablarlo conmigo, tranquilo. Puedes hablar con alguien de tu confianza cuando tú quieras.
Al ver los ojos de Huggin entendió que ese era uno de sus problemas: no tenía personas de confianza a mano. Aunque era un pajarraco gigantesco al que sus propios aliados temían por los golpes que daba, Huggin tenía el corazón de un pajarillo recién salido del huevo. Necesitaba hablar. Necesitaba compartir sus turbaciones para poder sacarlas de la cabeza. El mensajero tomó aire.
—Eres amigo de la princesa Allena, ¿verdad? Tú eres un profeta.
La garganta de Connor se secó. En secreto había esperado que Huggin se olvidara de las circunstancias en las que se conocieron por primera vez, o que no sumara uno más uno. Si sabía que era profeta era cuestión de tiempo para que lo secuestrara, lo presentara al príncipe y acabara la tregua del campamento de Connor.
—¿Es por eso que has venido estas noches? ¿Porque el príncipe Harald te envió a atraparme? —Huggin levantó la cabeza plumífera, asustado, y negó tan efusivamente que estuvo a punto de desnucarse.
—¡El príncipe no sabe que vengo aquí! ¡Oh no, oh no! ¡No puede saberlo! ¡Por favor no le digas nada, amigo!
—¿Entonces...?
—Después de que se fueran de Masca, el amo Dereck me explicó quién eras y por qué nuestra princesa te estaba protegiendo. Y cuando te vi por aquí pensé que... tal vez... ahora... tú podrías... protegerla a ella.
Huggin escondió la cabeza debajo del ala, asustado. Connor lo sintió temblar del miedo.
—Tranquilo. No le diré a nadie lo que quieras contarme. —Huggin asomó un ojo por entre las plumas.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
El mensajero esperó un par de segundos. Sacó otra vez la cabeza y asintió.
—Creo que el príncipe Harald quiere hacerle daño a nuestra princesa, a la del amo y la mía. —Huggin hizo una pausa—. En realidad, creo que todos los príncipes quieren hacerle algo malo pero no sé qué es. Y ellos se encargaron de separarnos al amo y a mí para que no pudiéramos ponernos de acuerdo para protegerla. —Huggin puso la cabeza por encima de las patas, tal y como los lobos ponían el morro sobre las patas delanteras cuando descansaban o pensaban—. Pero aunque estamos separados, siento la turbación de mi amo. Sé que está triste y preocupado. Sé que quiere hacer lo mejor para ambos bandos: el de los aesirianos y el de los Dragones. Pero no sabe cómo reconciliarlos.
«¿Y no son el mismo bando?» iba a preguntarle Connor pero de inmediato supo que no. Hace cincuenta años los Dragones no liberaron a los profetas de Masca. Escaparon con ellos. Adad y Sakti no estaban ni en contra ni a favor de los aesirianos en la guerra.
—Se me ocurrió que si eres capaz de reconciliar a vanirianos y aesirianos en un mismo lugar, podrías reconciliar a los príncipes con los Dragones. Así, los Aesir no les harían daño.
—Adad y Allena son muy fuertes. Nada malo les pasará.
Pero recordó los expedientes médicos que tenía en Kehari. Adad tenía una enfermedad mental y Sakti tenía neumonía y una clavícula rota. Eran fuertes pero no indestructibles. Huggin lo miró con la solemnidad de un sacerdote que ha vivido mil vidas.
—Todos los mortales tienen un punto de quiebre. Cuando se rompen por dentro ya no hay nada que los una de nuevo. Y los Dragones son aún más mortales que el resto porque sus almas comenzaron a existir cuando ya el Tiempo había corrido. Sus almas no son inmortales como las demás.
—¿Eso es lo que temes? ¿Que los príncipes rompan a Allena por dentro? —Huggin ladeó la cabeza, entre un sí y un no.
—Creo que ya la han roto. Le hicieron tanto daño que ni siquiera pudo llorarlo cuando murió. —El mensajero se levantó. En su forma de ave era tan grande como un corcel de seis patas—. Lo siento. Sé que en realidad no puedes hacer nada al respecto. Aunque quisieras ayudar a Allena tanto como el amo Dereck y como yo, ninguno sabe cómo. Pero igual te lo agradezco. Ya me siento mejor.
El cuervo extendió las alas y las batió con un suave movimiento de mariposa. Connor apenas sintió la corriente de aire. En unos segundos, el plumaje oscuro de Huggin se había mezclado con el cielo nocturno.

****

Faltaba una semana para la próxima luna llena. En el campamento neutral –Connor imaginó que también en el resto del mundo– todos temían que la luna carmesí se repitiese. Los vanirianos esperaban con temor esa noche pero la aguardaban con más dignidad que la otra raza de magos. Los aesirianos estaban hechos un manojo de nervios. Saltaban por cualquier cosa y tenían los puños perpetuamente apretados. Con el paso de los días estaban más tensos, sensibles y molestos.
Connor no temía por los vanirianos porque en el País de Hielo sabían controlar las emociones. Los aesirianos eran otro cantar. La magia se rige por las emociones. Entre más fuerte un sentimiento, más potente un hechizo. Conforme se acercaba la luna llena, Connor sentía el aire cargarse de energía. Supo que si la luna carmesí se repetía todo ese poder les explotaría en la cara. No quiso ni imaginarse la cantidad de muertos en el campo de batalla. Si ya los enfrentamientos eran crudos por sí mismos, ¿cómo sería cuando los aesirianos estuviesen provocados por la luna de sangre?
Junto con Ceniza preparó un nuevo jarabe para los nervios. Aunque era muy dulzón pasaba por la lengua y la garganta con suavidad. Al instante bajaba con una sensación cálida que adormecía los labios, la punta de la nariz y los dedos. No adormilaba a los pacientes, pero sí les aliviaba la tensión y el dolor de espalda contracturada. Connor aún no sabía si el jarabe crearía algún tipo de adicción, pero estaba seguro de que si controlaba las dosis disminuiría la tensión de la luna carmesí. Hizo las pruebas con soldados voluntarios, que le reportaron una mejora considerable de los nervios. Yashin también se ofreció porque era el más tenso del equipo de Connor. En días normales era callado y hasta gentil, pero entre más cerca estaba la luna más irritable estaba el titán. La pierna le dolía como nunca. Con el jarabe sus nervios y su rodilla mejoraron hasta el punto en que podía ir de un lado a otro del campamento por más de tres horas. Connor deseó que el jarabe no tuviera efectos secundarios para que Yashin pudiera seguir tomándolo sin aprehensiones. Así la pierna no le molestaría tanto y tendría una vida más placentera y tranquila.
El éxito del jarabe se hizo tan famoso que pronto lo enviaron a llamar de todos los campamentos exteriores cercanos para que repartiera dosis entre aesirianos y vanirianos. Aunque estaba seguro de que los guerreros querían quitarse la inquietud de encima, Connor también imaginó otra razón para que le pidiesen jarabe en ambos bandos. Los soldados que se recuperaban en su campamento y regresaban a la batalla se llevaban consigo los recuerdos de los retratos de Ceniza, de los cuidados de los aprendices aesirianos y vanirianos, y de los juegos de cartas. Aunque no quisieran admitirlo –en especial los aesirianos, que eran muy cabezotas– el campamento de Connor los había marcado con una idea que no concibieron antes: la posibilidad de que ambos bandos llegasen a un acuerdo.
Los guerreros se enfrentaban en combate, pero de no ser por la próxima luna y por la llegada de más guerreros aesirianos y vanirianos los heridos habrían disminuido considerablemente. Connor notó que la mayoría de sus pacientes graves eran soldados recién llegados a ese frente; mientras que los guerreros más veteranos ingresaban al campamento neutral solo para jugar cartas con los compinches que hicieron en el bando contrario.
Así, pues, querían evitar matar a los amigos que habían hecho, aunque no podían admitir en voz alta que eran amigos. Esperaban que el jarabe de Connor los ayudase a controlar la magia desbordada de la luna de sangre.
En secreto, Connor estaba rematadamente orgulloso de sí mismo. Sabía que él no hizo ese cambio de actitud por sí solo pero ¿habría ocurrido si no se hubiese escapado de Kehari? ¿Si no hubiese atendido a aesirianos y vanirianos por igual, ni hubiese puesto como condición por sus servicios ayudar a otras personas? Estaba seguro de que no. Al menos en esa parte se llevaba todo el crédito.
El último campamento exterior que visitó antes de la luna de sangre fue el del príncipe. Harald no había vuelto a visitar el campamento de Connor porque aun con la paz instaurada seguía siendo un príncipe y, por tanto, una cabeza valiosa para aesirianos y vanirianos. Por precaución no regresó pues ¿qué ocurriría con el doctor y su grupo si algún vaniriano decidía romper el pacto para matar a Harald? Aun así el príncipe sí había recibido nuevas heridas en combate que Connor atendió cuando se salían de las manos de los curanderos jefes.
Ese día, aparte de entregar el jarabe, Connor revisó las nuevas heridas de Harald.
—Están mejor de lo que imaginé —comentó el doctor mientras revisaba los moretones y los puntos—. Los médicos hicieron un buen trabajo. No hay nada que tenga que hacer aquí.
—Um. Solo quería estar seguro.
Harald abrió y cerró el puño derecho. Todavía tenía problemas para mover el brazo, pero ya se le había pasado la coloración del veneno. Los soportes médicos y Connor le explicaron que le tomaría una temporada reponer el músculo deshecho por la flecha. Y con todo podía considerarse afortunado porque ese ataque pudo haberlo dejado lisiado o muerto. «Afortunado, sí», pensó Harald mientras veía a Connor limpiar los instrumentos. La suerte estuvo en conocer al doctor y en descubrir el secreto de su éxito.
—Únete a mi tropa, Connor —pidió el príncipe de nuevo. En cada visita aprovechaba para convencerlo por lo menos unas doce veces—. Serás el jefe médico a cargo de mis hombres. Y una vez que nos unamos a las tropas de Su Majestad ocuparás el puesto más alto de los soportes médicos.
—Príncipe Harald, ya le he dado las gracias por su ofrecimiento muchas veces. Y también muchas veces le he dicho que no. Otra vez declino su oferta. Y otra vez le agradezco que me tome en cuenta. —Harald soltó un suspiro.
—Solo explícame algo. ¿Por qué perder el tiempo con los vanirianos? —Connor lo miró con la frente fruncida.
Le sorprendía que se atreviera a mirarlo así poco después de que se conocieran. Ningún soldado, capitán o teniente se había atrevido a mantener contacto visual prolongado con un gigante pelirrojo. Ni siquiera los Generales, que conocían a Harald desde que era un cachorrillo, lo miraban con esa expresión. Pero Connor miraba a todos por igual sin importar su condición o raza. Si un paciente se comportaba bien, Connor le daba palmaditas en el hombro y le ofrecía un bocadillo dulce como premio. Si un paciente se ponía en exceso quejumbroso, Connor le decía que dejara de comportarse como un bebito llorón. Si un oficial se pasaba de listillo con el doctor, Connor lo ponía en su lugar con una insolencia fantástica que a Harald se le hacía familiar. Y cuando alguien sacaba al doctor de sus casillas, fruncía la frente y miraba a esa persona con una expresión que decía tanto «Espero una disculpa, jovencito» como «Vas a arrepentirte de llevarme la contraria, señorito». Harald, Leik y otros oficiales habían bromeado con que Connor sería un padre rematadamente estricto y atemorizante cuando tuviera cachorros.
—Yo no pierdo el tiempo en nada, Alteza. Ni siquiera explicándole a un cabeza hueca por qué todas las personas merecen respeto.
¡Y ahí estaba la insolencia que desconcertaba a Harald!
—¿Estás seguro, seguro, segurísimo de que no nos conocimos antes? —En cada visita hacía esa pregunta unas cinco veces. Y Connor siempre le giraba los ojos, dándole una nueva muestra de insolencia.
—Sí, estoy seguro. No podría olvidarme de conocer a un príncipe.
Connor guardó el último de los instrumentos.
—Por el momento ningún soldado debería tomar más de dos cucharaditas de jarabe en menos de veinticuatro horas. Le recuerdo que si se exceden en la dosis no me hago responsable de ningún efecto secundario.
Harald asintió y miró hacia una esquina de la tienda. Allí había cajas de madera, cuyo interior resplandecía con botellas de vidrio teñidas de carmín. El aprendiz de Connor contaba las botellas y las marcaba en un registro.
Miró de nuevo al doctor.
—En serio. ¿Por qué decidiste atender a vanirianos también? Debías de saber que era traición.
La frente de Connor no se frunció. El doctor miró a Harald con ojos transparentes y sinceros, los mismos ojos que habían motivado a tanta gente a confiar en él. Connor levantó los hombros y respondió:
—Porque si no lo hacía habría traicionado todo lo que me enseñaron, todo lo que soy. Crecí con humanos. Mi papá adoptó un grolien. Mi maestro me pidió cuidar a todos por igual. Para mí es igual de natural atender vanirianos como para usted lo es matarlos. —Connor sonrió—. ¿Sabe? Me hace gracia. Cuando voy a los campamentos vanirianos los cabecillas no me preguntan por qué atiendo a ambos bandos. Ellos me entienden mejor que en el lado aesiriano.
Harald contuvo la respiración durante unos instantes. Abrió y cerró el puño derecho, el mismo que podía mover gracias a Connor.
—He pensado mucho al respecto y tengo una propuesta para ti.
—Alteza, no quiero unirme como soporte médico de las tropas aesirianas.
—Lo sé. Esta propuesta es diferente.
Harald se inclinó sobre la mesa en donde estaba el mapa con los movimientos vanirianos y aesirianos, representados con piezas de ajedrez. El príncipe tomó una torre, que marcaba el punto de su propio campamento, y la subió lentamente al norte.
—Nos trasladaremos. Las tropas vanirianas ya han empezado a retirarse al norte.
Esas debían de ser buenas noticias para los aesirianos, pero Connor se sintió inquieto. Si los vanirianos estaban perdiendo terreno en ese punto, que limitaba con la zona neutra, algo debía de ir muy mal. Las tropas del País de Hielo no atacaban ni invadían la zona neutra, pero entraban ahí por la misma razón que visitaban el campamento de Connor: para recuperarse. ¿Por qué se retiraban entonces al norte cuando la zona neutra estaba al este?
Harald continuó con un suave murmullo.
—Tengo noticias de que Su Majestad ha subido al norte también. Y que los vanirianos llevan consigo hijos de Vanir y mangodrias.
Connor guardó silencio. Él había visto a más de quince hijos de Vanir en un campamento exterior pero no lo había comentado con nadie. Aunque no había visto a ninguna mangodria escuchó rumores de que las Generalas de Vanir estaban cerca. Eso tampoco lo comentó. Estaba empeñado en ser neutral y en no estropear los planes de ningún bando. Harald lo miró en busca de alguna señal que confirmara o desechara sus sospechas, pero Connor mantuvo el rostro impasible. Había aprendido de Sakti.
El príncipe tomó una botella de jarabe y la colocó sobre donde estaba el campamento neutral. La subió aún más lento por el mapa, a la vez que la torre de Harald avanzaba hasta la ciudad Aulden. Esa ciudad tenía una estación de tren, cuyas vías férreas conectaban con ciudades como Nil, Tyr y Torres Hale. Connor supo que era un punto estratégico porque garantizar la protección de las vías facilitaría la comunicación con otros puntos clave de los aesirianos. Le costó más entender por qué la botella de jarabe se detenía por debajo de Aulden, quizá a unos tres días de distancia.
—Quiero que tu campamento neutral avance detrás de las batallas —continuó el príncipe—. El Norte es importante para nosotros porque ahí tenemos una ciudad capital sincrónica. Aun antes de que la Ciudad Perdida se levantara en el desierto, ya nosotros sabíamos que Tyr era diferente a otras urbes del Imperio. En algo se parece a Masca. Por eso la hemos abastecido para que dé refugio y sea punto de apoyo de nuestras tropas en la reconquista del Norte. Creemos que los vanirianos avanzan porque quieren dominarla de nuevo.
Harald le dio una pequeña lección de historia. Aunque Masca había logrado mantenerse impenetrable durante milenios, Tyr había caído con más frecuencia en poder vaniriano. La última vez, le dijo, fue hacía casi sesenta años. En esa ocasión quien retomó la ciudad fue el príncipe heredero a Masca. De momento Tyr todavía estaba en poder aesiriano, pero ahora los vanirianos tenían más recursos que les permitirían conquistarla de nuevo. Los hijos de Vanir eran el primer arma pero seguro que no la única.
—Nosotros daremos todo para proteger la ciudad —continuó el príncipe—. No dejaremos piedra sobre piedra. Y si los vanirianos están tan decididos a ganar como nosotros puedes imaginar el resultado.
Connor asintió. El próximo frente de batalla sería mucho más terrible de lo que había visto hasta el momento. Habría más víctimas.
—En lo personal no me interesa qué pase con los vanirianos. Por mí todos se pueden pudrir bajo el sol. Pero me preocupan mis hombres. Quiero que cuenten con el mejor doctor que conozco. Y todo apunta a que eso solo será posible si se cumplen sus condiciones, que incluye curar vanirianos.
Los ojos rojos, suaves y fuertes a la vez, miraron a Connor.
—Te lo preguntaré de nuevo. ¿Te unirías a mi tropa como jefe médico?
—No.
—Entonces ¿aceptarías que tu campamento neutral acompañe la lucha hasta antes de Aulden?
—Sí. —Connor ladeó la cabeza—. Es decir, yo sí lo haría, pero también depende de los demás. No puedo forzar a Milo, Nex y al resto a seguirme si no quieren.
—Tú avanza. Los que quieran hacerlo lo harán.
Algunos se quedarían atrás en busca de refugio. Pero la mayoría seguiría a Connor. Harald estaba seguro de eso. El doctor miró el mapa, algo cohibido.
—¿Entonces esto significa que tengo su aprobación? ¿Mi campamento es un sitio neutral y oficial?
Harald negó con la cabeza.
—Ya te lo dije antes. Yo no puedo hacer un pacto por otro príncipe. Si no estuviese a cargo de esta zona se te habría ejecutado ya por traición. Y si se me da la orden de que te aplaste, la seguiré. —Harald señaló la botella sobre el mapa—. Este es el límite de mi jurisdicción. Hasta aquí puedo garantizar tu seguridad, siempre y cuando no llegue alguien superior a suplantarme. Si avanzas más allá de este punto se te ejecutará. A ti... y a todos los traidores.
Connor vio que el príncipe tenía miedo. No por él, que había sido tan benevolente con un campamento traidor, sino por los soldados que tenía a su cargo y que habían pedido clemencia hacia el doctor y los vanirianos. Los guerreros de Harald bien podrían pasar por traidores y ser condenados por ley marcial.
—Está haciendo una apuesta muy grande, Alteza.
—Lo sé. Pero de verdad creo que la recompensa bien lo vale. —Harald extendió la mano. No podía hacer un pacto oficial, pero sí uno entre amigos. Connor se la estrechó con fuerza.
—Gracias. Yo tampoco puedo prometer que todos los aprendices seguirán adelante, pero sí prometo que yo lo haré. Haré todo lo que pueda para que nadie sufra en la guerra.
—Eso es inevitable, Connor. La guerra es sufrimiento, incluso para los que la ganan. —Harald sonrió—. Te tengo otra propuesta. ¡Conmemoremos este trato no oficial con un trago! Espero que tengas aguante.
Connor sonrió. ¿Aguante? ¡Claro que lo tenía! De los hijos de Darius era el que más aguantaba la bebida, incluso más que Drake. ¡Ah! ¿Cuándo fue la última vez que bebió? ¡Ya no podía recordarlo! Harald destapó una botella, sirvió tres tragos, alzó su copa y...
... Leik y Yashin entraron a toda prisa a la tienda. El titán agarró a Connor debajo de un brazo, al aprendiz debajo del otro, y se quedó quieto en su sitio, mirando de un lugar a otro. Leik fue directo al príncipe. Tenía el rostro tan pálido y sudoroso como cuando le pidió a Connor que salvara a Harald.
—¡Alteza, Alteza, Alteza! —exclamó el soldado—. Acaba de llegar una comitiva. Son el príncipe Sin ¡y el General Montag!
Harald escupió el trago. Fue un géiser de licor y escupas.
—¡JODER!
Se asomó por entre los pliegues de la tienda. Los titanes y demás soldados se habían formado alrededor como un escudo, igual de tensos que Leik. Estaban asustados porque querían defender a un simpático doctor traidor pero no tenían las agallas para hacerlo. No cuando uno de los nuevos visitantes era escalofriante desde la coronilla hasta la punta de los pies. Aún a la distancia Harald vio que las filas se corrían al paso del General Sigfrid Montag. Harald cerró la cortina a toda prisa e inspiró por la nariz. Las piernas le temblaban.
—Oh, Dios —siseó el aprendiz de Connor, pálido y sudoroso como Leik—. ¿De verdad viene para acá? Escuché que puede oler vanirianos, ¿es cierto?
Harald se sacudió para quitarse de encima los escalofríos.
—Ja, ja. No hay de qué preocuparse. No nos hará daño. En todo caso, ¡hoy no hay ningún vaniriano!
En silencio le dio gracias a Dios de que Connor no hubiese traído aquel grolien que trataba como a un hermano, ni a los groliens y la arpía que se le habían unido como aprendices.
—Em... —murmuraron Connor, Yashin y el estudiante.
Harald siguió la mirada de los primeros dos, pues ambos observaron al aprendiz con los dientes apretados. El estudiante se estremeció; su rostro moreno y su cabello pelirrojo se oscurecieron con pelusilla; y sus ojos claros se oscurecieron hasta convertirse en dos canicas. Harald abrió la boca de par en par por dos segundos para luego cerrarla con un castañeteo. El kredoa volvió a retomar el hechizo de transformación. Había sido lo bastante bueno como para pasar desapercibido por un príncipe, pero sería insuficiente contra el mismísimo Demonio. Harald se llevó la mano al puente de la nariz. Inspiró con fuerza otra vez y miró de nuevo a los tres visitantes con decisión.
—Salgan por detrás de inmediato. —Agarró el primer libro que encontró sobre la mesa; escribió una nota a toda prisa y arrancó la hoja de un tirón antes de entregársela a Connor—. Por favor, dásela al oficial que puse a cargo de mis hombres en tu campamento. Sácalos de ahí antes de que sea demasiado tarde.
Connor tomó la nota. Era una orden de que evacuaran y se marcharan a toda prisa al borde de la zona neutra. El doctor se congeló por dentro. ¿Significaba esto que Harald daba por terminada la intervención aesiriana en el campamento neutral? Leik abrió la cortina que llevaba a los cuartos interiores de la tienda del príncipe. Desajustó una daga del cinturón para romper la tela en la parte trasera y sacar al doctor y sus amigos por detrás. Yashin ya le seguía el paso cuando Harald lo detuvo. El príncipe tenía la frente fruncida y el puño apretado sobre otra página arrancada. Se la dio a Connor como si se estuviera arrancando el corazón.
—Vete ya.
Mientras Yashin y Leik los sacaban de la tienda, Connor revisó la nueva nota de Harald. Iba dirigida a Donar, el centinela líder que estaba a cargo del lado vaniriano.

«Sigfrid Montag está aquí. Váyanse».

No era una amenaza. Era una advertencia.


Salieron justo a tiempo. En el momento en que Yashin cruzaba el corte trasero de la tienda, la entrada se abrió a unos pasos del príncipe.
—¡Harald! —gritó Sin—. ¿Qué es esta bienvenida?
Harald era un manojo de nervios. El príncipe saltó en su sitio y retrocedió hasta pegar las piernas contra la mesa de reuniones. Afortunadamente sus familiares sabían que era tímido y hasta algo torpe, por lo que a Sin no le extrañó que reaccionara así.
—Ah, ¡Sin! —logró saludar con una voz más aguda de lo que calzaba con su apariencia—. ¡Pero qué alegría verte!
Sin cruzó los brazos sobre el pecho. La cicatriz con forma de lágrima que tenía bajo el ojo se arrugó en sintonía con sus labios fruncidos. La nariz se contrajo también con orgullo, aunque estaba algo enrojecida y ligeramente desviada hacia la derecha. Levantó la barbilla con su actitud pedante tan característica e irguió el cuello para mirar a Harald a los ojos. Comparado con el pelirrojo, Sin era un enano. La diferencia de altura era algo que Sin recriminaba en silencio, aunque Harald era consciente de ella. Sabía que su primo era odioso, arrogante y mandón; pero con todo eso Harald lo amaba. Crecieron juntos como hermanos. Era consciente de los defectos de su primo pero también de sus virtudes y debilidades. Sin bufó.
—Tus soldados tuvieron el descaro de cerrarnos el paso. —Levantó una ceja. Sus labios se curvaron con una sonrisa que era a la vez traviesa y algo desdeñosa—. Dijeron que tenías compañía pero te conozco bien. No te atreverías a tener ese tipo de compañía y que toda tu tropa lo supiera.
El rostro de Harald ardió de la vergüenza. Si no fuese tan tímido Sin se habría creído la excusa de los soldados y le hubiese dado unos minutos de gracia para preparar su mente al encuentro.
El príncipe rubio se adentró más a la tienda para despejar la entrada. Al instante lo siguió Sigfrid. Ni siquiera Sin, que era tan narcisista, las tenía todas consigo en presencia del General. Aunque Harald era más imponente que su primo, también era más reservado e inseguro. No importaba que pudiese mirar a Sigfrid a los ojos sin estirar el cuello; cuando estaba en su presencia se sentía empequeñecer.
Esta vez no fue la excepción. Con sus ojos de hielo, sus hombros de montaña, su armadura dorada y hasta esa barba, Sigfrid era la antítesis de Harald: poderoso y seguro de sus talentos. Sin embargo, hasta el tímido Harald podía ver que algo no iba del todo bien con el porte de Sigfrid. Quizá era idea suya, pero le pareció que las mejillas del General se habían hundido debajo de la barba. Sus ojos también estaban algo irritados y por debajo tenían unas sombras de agotamiento.
—Príncipe Harald —saludó Sigfrid con una reverencia.
—General Montag.
Harald respondió con un asentimiento de cabeza. Aunque se sentía inferior a Sigfrid en todo aspecto, el protocolo de comportamiento estaba tan instaurado en él como su propia sangre. Como príncipe sabía conservar la dignidad ante los subordinados. Al menos en eso se parecía a Sin, aunque tenía más tacto que el príncipe rubio.
—General, ¿se encuentra bien?
Entre más lo veía más seguro estaba de que Sigfrid estaba enfermo. Era un misterio cómo el General se las arreglaba para verse tan intimidante y poderoso aun cuando tenía el rostro ceniciento y, ¿qué era eso?, ¿canas? A esa distancia no podía asegurarlo, pero Harald creyó distinguir un par de hilos plateados entre la cabellera de oro. No tenía por qué sorprenderlo. Todo el mundo envejecía, hasta los demonios, pero ¿Sigfrid? Esa era la idea más antinatural que Harald había concebido jamás; incluso más disparatada que la ilusión de Connor de unir a aesirianos y vanirianos como iguales.
—Estoy bien, Alteza.
Sigfrid apretó los puños. Sus cejas se unieron un poco. Aunque mantuvo una voz modulada y cortés, Harald supo que lo importunó con su interés. No le gustó que contuviera la respiración. Sigfrid siempre lo hacía cuando estaba enfadado, como si en el interior preparase un huracán para liberarlo contra el mundo. A Harald le gustó menos cuando el General volvió a aspirar. El miedo le convirtió la sangre en hielo picado. Vio que las fosas nasales de Sigfrid se contrajeron como si hubiese respirado polvo o polen. El Demonio Montag miró las cajas con las botellas de jarabe. Miró el sitio donde el aprendiz tomó el registro y luego donde Yashin se había quedado helado, con Connor debajo de un brazo y el estudiante de otro.
Lo había olido. Harald no se lo podía creer. Sigfrid de verdad había olido al kredoa que acababa de escapar.
Los fríos ojos de Sigfrid se situaron en los de Harald. El príncipe dio gracias al Cielo de que la telepatía no fuese uno de los tantos dones del General. Aun así estuvo seguro de que Sigfrid le leería en la expresión que ocultaba algo.
Sin se aclaró la garganta y tomó asiento junto a la mesa de reuniones. Era un hombre que le gustaba ir directo al grano. Por eso el Emperador creyó que formaría buen equipo con Sigfrid.
—¿Recuerdas a la pitonisa?
El miedo que sentía hacia Sigfrid se transformó en un escalofrío. Harald todavía estaba incómodo y azorado, pero la causa de su malestar era el recuerdo de Zoe. ¡Esa chiquilla diabólica! No era que la odiase pero tampoco desbordaba amor por ella. Zoe, en realidad, se le parecía a Sigfrid. Y a Sakti. Los tres irradiaban un aura de maldad sobre ellos y cuanto les rodeara, y por eso les tenía miedo. Pero también respeto. Porque a pesar de ser un hombre inseguro y torpe, Harald era un Aesir. Y como todo buen Aesir era también observador. Él veía con claridad que las maldades de Zoe, Sakti y Sigfrid no los consumían, sino que les daban herramientas para cumplir objetivos loables. No conocían el miedo a las consecuencias con tal de alcanzar las metas. Con su poder, Sigfrid protegía y atacaba en nombre del Imperio. Con su astucia, Zoe vislumbraba un mejor futuro para su familia. Y Sakti, que era tanto poderosa como inteligente, protegía a las personas que guardaba en su corazón. Qué lástima que esas personas no eran su familia, sino los profetas. Harald sabía que fue por eso que su prima escapó de Masca.
De los tres, Zoe era la que menos miedo le daba, en especial ahora que ahora adulto. Pero de cachorro en Masca, la pequeña pitonisa le pareció la criatura más escalofriante del mundo después de Sakti. La manera en que miraba a las personas. Los libros, almohadones y tazas rotas o con té hirviente que lanzaba para apartar a sirvientes y príncipes por igual. Zoe siempre tuvo buena puntería, incluso mejor que los gemelos. A Harald lo pegó con un libro al menos doce veces, justo entre los ojos. En una de esas ocasiones incluso lo noqueó.
Así que claro, recordaba muy bien a la pitonisa.
—Necesitamos que hagas un retrato de ella. —Los dedos de Sin tamborilearon impacientes sobre la mesa—. Tch. Entre más pronto la atrapemos más pronto podremos terminar con todo esto.
Le explicaron la situación: la reconquista de la zona neutra, el hallazgo de los profetas y Dragones, y las huidas temporales de éstos. Zoe se les había escapado por el momento pero sabían que estaba ahí afuera. Era solo cuestión de utilizar las herramientas adecuadas para encontrarla. Sin y Sigfrid describieron las versiones de la pitonisa que cada uno había percibido; junto a ellas, y los recuerdos del mismo Harald, el príncipe pelirrojo comenzó a esbozar un retrato.
Era un gran dibujante y pintor. En Masca su tío le facilitó maestros de arte para satisfacer su talento, pero al final del día era un príncipe guerrero. Y los pinceles no tenían cabida en el campo de batalla. Aun así Harald siempre llevaba consigo un diario de dibujo del que nadie sabía nada, con excepción de Sin. Por eso a Harald le gustaba su pedante primo: aunque era narcisista, motivaba a Harald a seguir dibujando.
—Si eres bueno en algo ¿para qué suprimirlo? Tienes derecho a mostrarlo al mundo con la frente en alto —solía decirle Sin.
La inseguridad de Harald encontraba alivio en la certeza de su primo, aunque todavía carecía de la confianza necesaria para compartir sus esbozos con alguien además de Sin.
—Tomará un rato para que los retratos estén listos —apuntó Harald.
Los carteles de «Se busca» eran un asunto delicado. Si esbozaba la cara equivocada, los soldados y cazadores jamás encontrarían a la pitonisa o atraparían a otra mujer. Debía hacer por lo menos tres versiones para elegir la mejor de ellas. Sin chasqueó la lengua.
—Dios, ¡qué pérdida de tiempo! De entre todo lo que podía ponernos a hacer ¿por qué tío nos asignó buscar a esa maldita insolente?
—Si por el momento tienen las manos atadas, ¿por qué no se suman a mi grupo?
Apenas lo sugirió Harald recordó a Connor. Maldita sea. Había cometido un error. Si Sin y Sigfrid se quedaban con él, arrasarían con los grupos vanirianos que todavía estaban cerca, incluido el campamento del doctor. Aunque, pensándolo bien, si se apuraba en terminar el retrato y enviaba al príncipe y al General a continuar su misión, tarde o temprano escucharían rumores sobre el campamento neutral. Y entonces acabarían con él sin que nadie los detuviera.
Harald era un Aesir y, como tal, a veces manipulaba a su propia familia. Entre más cerca mantuviera a Sin y a Sigfrid más lejos los tendría del buenazo de Connor.
—Subo al norte —continuó el pelirrojo sin rastro de la turbación que acababa de pasar por su mente—. Tenemos motivos para creer que los vanirianos quieren atacar Tyr, y que llevan consigo mangodrias e hijos de Vanir.
Sin torció el gesto.
—No lo sé... Si la pequeñaja insolente fue al oeste, ir al norte es contraproducente. Su Majestad nos ordenó...
—Me parece razonable unirnos al príncipe Harald —interrumpió Sigfrid—. Su Majestad también va al norte. Si las fuerzas vanirianas llevan sus mejores armas en esa dirección, intervenir ahora es una medida de precaución que asegurará el bienestar del Emperador. En especial ahora porque él no está en forma para sobrevivir un ataque prolongado. Ya no.
Sin lo miró fijamente. Lo que Sigfrid decía tenía sentido, ¿pero era lo correcto? Eran muy altas las probabilidades de que tío Kardan se enfadara a lo grande por perder la pista de Zoe. Sin quería evitar enfadarlo a toda costa pero tampoco quería enfadar a Sigfrid.
Y, por Dios bendito, el General ya estaba bastante enojado como para provocarlo más.
—¿Estás seguro? —preguntó una última vez. Sigfrid asintió.
—Tenemos a uno de los gemelos. Si la pitonisa quiere recuperarlo tendrá que regresar a la vieja zona neutra para encontrar al grupo de Enlil. Y para regresar tiene que pasar primero por zona aesiriana. Con un cartel de «Se busca» podemos dejar la cacería a otros mientras nos concentramos en la protección de Tyr.
—Bien. Queda decidido. —Los dedos de Sin todavía tamborileaban sobre la mesa. El príncipe miró a Sigfrid con una orden en los ojos—. Monta tu tienda y prepárate para esta noche. Si nos unimos al grupo de Harald haremos nuestra parte bien. Le ayudaremos a cazar a los vanirianos cercanos mientras duermen.
Sigfrid se golpeó el pecho e hizo una reverencia.
—Entendido, Alteza.
Salió de la tienda con el ceño perpetuamente fruncido. Los primos escucharon sus pasos metálicos y los jadeos contenidos de los soldados mientras abrían campo para dejarlo pasar. Harald supo que sus hombres tuvieron miedo de que Connor no hubiese tenido tiempo de escapar, y que el General saliera con su cabeza en una mano y la espada en la otra para matarlos a todos por traición. Él también estaba algo asustado, aunque la tensión del primer encuentro remetía lentamente. En parte porque Connor había escapado a tiempo pero también porque sabía que Sigfrid no las tenía todas consigo.
Miró a Sin. El príncipe rubio tenía los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada sobre los dedos entrelazados. Él también estaba al tanto de la situación de Sigfrid. Por eso lo había mandado a descansar ahora bajo la excusa de trabajo nocturno.
—¿Qué le pasa? —preguntó Harald.
—Creemos que es la luna carmesí. En la luna anterior apenas se podía mover. Y ahora que se acerca otra luna llena parece que se pondrá peor. —Sin agitó la cabeza—. Él nunca ha sido de dormir mucho pero ya lleva una semana sin pegar ojo. Y está tan irritable...
—Todos estamos irritables —Harald señaló la mesa, que tenía las marcas de las uñas de Sin después de que tamborileara con tanta ansiedad.
—Pero con él es diferente. Él es un mago de luna. Desde siempre hemos notado que la luna llena le empeora el humor y le da más poder. Pero ahora... Ahora no lo sabemos. Su temperamento está peor que nunca. Pero su salud también.
Sin miró a Harald con una sombra de pánico.
—¿Te has puesto a pensar qué significa la luna carmesí? Yo sí. Creo que la luna se está desangrando. Creo que la luna se está muriendo.
«Y si ese es el caso», dijeron los ojos asustados de Sin, «¿entonces qué está pasando con Sigfrid? ¿Está muriendo también?». La noción golpeó a Harald con un relámpago de incredulidad. Aún más disparatado que el campamento neutral de Connor, o las hipotéticas canas de Sigfrid, era la idea de que el General muriese.
«Un mundo sin Sigfrid», pensó Harald, «ha de ser un mundo sin luna». El pelirrojo miró las botellas de jarabe, alineadas en las cajas de madera. El jarabe era rojo, como la infame luna. Y quizá era también la medicina que Sigfrid necesitaba con tanta urgencia.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!