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Capítulo 16

16
GRITOS DE LUNA


La nueva luna carmesí disparó su resplandor sangriento sobre el mundo. Ya habían pasado dos meses desde que Sigfrid atacara a Sakti, y mes y medio desde que Zoe escapara de Kehari. Un escalofrío recorrió la espalda de la profetiza, a la vez que la bruma alrededor formaba siluetas junto a ella. En el mes tras-anterior la luna la saludó con pesadillas; en el mes anterior, con silencio y oscuridad escarlata; y en esta ocasión, con cadáveres fantasmagóricos.
A cada paso que daba Zoe encontraba esqueletos de niños. Osamentas de groliens. Huesos aún enfundados en armaduras aesirianas. A un lado vio una hoguera y a una niña que bailaba con giros alrededor del fuego. Tenía las manos y la falda extendidas para acariciar con los bordes las llamas y tentar al fuego a que la consumiera. Zoe miró a esa Sakti, a esa pequeña princesa, mientras su carcajada muda le acuchillaba el cerebro.
Una mano helada agarró a la profetiza del codo. Al mirar atrás vio que un nuevo esqueleto se alzaba sobre la ciénaga. Sus dedos de marfil se cerraron filosos y congelados alrededor del brazo de Zoe. La calavera tenía aún rastros de piel hinchada y putrefacta en las mejillas. La nariz se había caído. El mentón se había desajustado. La mitad del cráneo estaba roto, abierto como una cáscara de huevo. Todavía había trozos de cerebro, aunque la mayor parte del contenido eran gusanos gordos y blancos. El golpe que lo había matado le había deshecho la mitad derecha de la cara. Pero al otro lado todavía conservaba algo de pelo negro; y, por debajo de las greñas que caían sobre el rostro, se asomaba un ojo verde y azul.
—Suéltame —ordenó Zoe con voz suave y calmada—. Tú no eres mi padre. Solo eres un recuerdo roto.
La piel se resecó en las mejillas de ese Darius. Se convirtió en un fino polvo que se sumó a la niebla; pero el cráneo blanco aún estaba intacto por debajo de la descomposición. La hoguera aumentó de resplandor aunque Zoe solo sintió en la espalda el frío de las tinieblas. Y a la princesa, con su vestido roto, su piel de telaraña y sus ojos huecos. Otro cadáver más. Otro recuerdo roto, como los cientos que empezaron a levantarse alrededor de Zoe. Los esqueletos estiraban los dedos hacia la profetiza para hacerla recordar el mensaje de la luna.
Otra mano helada aruñó el brazo libre de la muchacha. La piel de este nuevo cadáver también se deshacía. Era quebradiza y transparente como cáscara de cebolla. El largo pelo rubio enmarcaba la sonrisa de la calavera. En las cuencas ardían ojos zafiros, que reflejaban los rasgos suaves de Zoe para colocarlos sobre la calavera. La muchacha esbozó una sonrisa. ¿Se suponía que tenía que gritar por verse así a sí misma?
—Pronto esta versión se borrará por completo —susurró a su propio esqueleto. Su voz era suave y estable, idéntica a un silencioso riachuelo cristalino—. Ya no habrá nada que recordar. La canción se callará.
La hoguera se apagó. Los esqueletos desaparecieron. Todo lo que quedó fue la bruma del Pantano, el resplandor sangriento en el firmamento y el brazo aruñado de Zoe. Aspiró con fuerza y exhaló lentamente. Recogió las ramas flacas que había dejado caer a sus pies y reanudó el camino. Jillian estaba encogido contra una roca, con las manos sobre los labios para calentarlas. Un pequeño fuego ardía delante de él. Cuando escuchó los pasos de Zoe, el Tercer Dragón se encogió más y estiró una mano a la vara que convirtió en bastón nuevo.
—Soy yo —lo tranquilizó Zoe.
—¿Estás segura? Porque yo ya no estoy seguro de nada.
La combinación del Pantano y la luna roja había inutilizado a Jillian, aunque Zoe no lo consideraba cobarde. Cualquiera perdería la cabeza con las figuras entre la niebla y el temor constante hacia los demonios. Para Jillian era hasta más desconcertante. El oído y la percepción suplantaban el sentido de la vista. Aunque solían trabajar juntos en perfecta armonía, en el Pantano se habían contrariado. Jillian escuchaba voces, pasos, gritos, canciones, risas, maldiciones. Pero no podía sentir a las personas responsables de esos sonidos.
Zoe imaginó que era como verse en el espejo y encontrar solo aire en el reflejo. Ella comenzaría a dudar. ¿De verdad estaba ahí? ¿De verdad existía? Ya Jillian dudaba de sí mismo, de la validez de su existencia, de la corporeidad de su carne. De lo único que estaba seguro era de su incertidumbre.
—Vi un salón de hielo con un suelo de agua —murmuró—. Lo he visto antes en mis sueños. Solo que siempre estoy sentado en el sillón al fondo del cuarto, desde donde veo que la puerta se abre. Allena entra por ahí y se lanza al agua. Solo que no nada, sino que salta sobre ella. Sus pasos crean ondas. Pero en esta ocasión fue diferente —Jillian enterró la cabeza entre los hombros—. Esta vez iba yo a cruzar el agua. Estiré una pierna para empezar a caminar, pero me detuve al instante. El agua no era igual. Ya no era clara y lisa como un espejo. Era roja, roja oscura. Tan oscura que por un momento pensé que era negra. Pero supe que era roja porque en medio del lago brillaba una moneda escarlata. —Su voz se hizo más grave y débil—. Por un momento pensé que alguien iba a empujarme. Pensé que caería al lago de sangre y decenas de brazos blancos saldrían de la superficie para atajarme y arrastrarme a lo más profundo de la memoria. Pero tú llegaste antes de que cayera al agua. Si no, quizá...
—Las visiones no pueden hacerte daño —lo consoló Zoe mientras ponía las ramas junto a la hoguera para que se secaran con el calor—. Ni siquiera son visiones de verdad. A lo mucho son ilusiones. Escúchame bien: son recuerdos rotos. No tienen ningún poder sobre ti.
Jillian respiró profundamente y percibió el olor de la sangre.
—Pero a ti te han lastimado.
Zoe se acarició el brazo herido. De los cinco aruños –uno por cada dedo de la mano– solo uno sangraba; los otros eran rayas rosadas que se desvanecerían por la mañana.
—La luna de sangre afecta más a los profetas. Por eso también los recuerdos pueden hacernos daño. Pero tú eres un Dragón. Tú estás a salvo de los espectros que se esconden en la niebla.
—¿Aunque yo también esté roto? Porque te aseguro, mujer, que estoy hecho pedazos. Sí. Ya lo entiendo. Por eso también sueño con la mujer de ojos púrpura. Ella recoge cada fragmento de mi ser. Yo soy su rompecabezas.
Zoe escuchó los pasos de los esqueletos. Las carcajadas mudas de la princesa que bailaba delante de la hoguera. No eran más que proyecciones que se salían del control de un recipiente también roto. No eran más que huellas diluidas de un paso que no se avanzó.
—Vamos a dormir, Jillian.
Zoe armó una almohada con su bolso. Se tendió en el suelo, con la vista fija en las alturas. Era una noche bastante despejada, aun en el Pantano. Qué lástima. Hubiese preferido las nubes en lugar del resplandor lunar. Jillian también se acostó. Sus ojos blanquecinos estaban fijos en el perfil de Zoe, pero toda su atención recaía en los sonidos alrededor. Se sentía como un punto insignificante en una inmaculada hoja de papel. Era una mancha que debía ser borrada. Estaba solo. Sí, solo, porque las voces, las risas y los pasos atenuados que escuchaba no se sentían reales. Y si Zoe no hablaba tampoco era real para él. No podía distinguir la respiración de la profetiza de los jadeos de fantasmas guerreros, o de las carcajadas mudas, o de los pasos que se escurrían sobre la arena.
Jillian cerró los ojos pero ningún sueño se desplegó ante él. Todo estaba a oscuras, como de día. Pero ¿estaba dormido? ¿Estaba vivo? ¿Muerto? Creyó escuchar un grito largo, agudo y grave a la vez, pero estaba aún más lejos que todos los demás sonidos del mundo. «Es la luna», pensó. «Es la luna que agoniza». Adormilado, estiró una mano para acariciar el dolor de la diosa de la noche...
... y un aliento cálido sopló sobre él. La fogata se apagó. El lamento de la luna, los pasos de los esqueletos y las risas de una niña se detuvieron a la vez. Ahora solo quedaba el silencio del Pantano.
Lentamente, Jillian abrió los ojos. Igual no vería nada pero ese movimiento era necesario para poner todo en marcha. Los gritos se reanudaron. Fue como si miles de personas le gritaran al oído a la vez. Jillian estiró una mano para apartar a los fantasmas. En lugar de toparse con una corriente de aire, su palma chocó contra un cuerpo peludo. Un puño pétreo lo agarró de la camisa y lo despegó del suelo. ¿Era una pesadilla?
—¡JILLIAN! —gritó la profetiza.
Era real. Zoe estaba a unos pasos de él, al otro lado de la fogata apagada. La criatura que lo sostenía también era real, de carne y hueso; no era un recuerdo roto. Jillian escuchó la contracción de las fosas nasales; sintió los chorros de aire caliente que le salían de la nariz; sintió la palpitación emocionada del monstruo. Era aún más real que el mismo Jillian. El demonio se carcajeó. Su risa era el eco de miles de campanas quebradas. Jillian estiró una mano asustada para apartar al monstruo pero de inmediato se la llevó al pecho. El corazón le dolía como si le hubiesen clavado un punzón. Con espanto, sus ojos ciegos vieron un resplandor púrpura que se hizo más fuerte conforme más débil se sentía Jillian.
Después, solo oscuridad.
Zoe se quedó en su sitio. Tenía el cuerpo entumecido, como si hubiese quedado atrapada en una tormenta de nieve. Pero su mente estaba espabilada y lúcida mientras miraba crecer al monstruo delante de ella.
Los hombros se abultaron como rocas. El pecho se ensanchó. Las patas traseras se alargaron entre convulsiones. Las orejas dispares de conejo bailaron de un lado a otro, al ritmo de las risotadas de placer y dolor. Zoe sabía que el demonio crecería pero no estuvo preparada para el par de cuernos que comenzaron a salirle de las sienes. Otros dos bultos, con forma de semilla, se le formaron en la espalda. Zoe supo que si no intervenía ahora al demonio le saldrían alas.
Con los reflejos de un gato, la profetiza se arrastró por el suelo y agarró el bastón de Jillian. Se levantó con la flexibilidad de una guerrera y dejó caer la vara en el brazo musculoso que todavía sostenía al Tercer Dragón. El bastón se partió a la mitad con un chasquido, pero cumplió el objetivo: el monstruo la miraba fijamente.
—Uggg —gruñó Zoe asqueada—. Eres más feo de lo que recordaba.
Los ojos dorados se abrieron de par en par. El monstruo dejó caer a Jillian y se irguió tan alto como era, majestuoso y todopoderoso. Zoe estuvo a punto de retroceder. Estuvo a punto de darle la espalda al plan y echar a correr. Pero cuando los ojos se le empañaron se decidió a ser fuerte. Todas las historias necesitan un cierre. Y ella tenía que cerrar el capítulo que ese monstruo comenzó cuando abrió las entrañas de su madre.
—¿Te acuerdas de mí? —le preguntó mientras el demonio daba un paso hacia ella—. Mataste a mi madre. Estuviste a punto de matar a mi padre. Y por poco nos matas a mí y a mis hermanos.
Aunque el demonio levantó la enorme garra para partirla a la mitad, tal y como hizo con Njord, las lágrimas de Zoe se secaron. Ya no tenía miedo, solo odio. Y los Tonare eran excelentes para odiar. El come-almas dejó caer la garra. Lejos de retroceder, Zoe avanzó hacia él.
—Detente, Sigurd.
El come-almas obedeció. Su puño se detuvo a unos centímetros de alcanzar la cara de Zoe. El monstruo lanzó el golpe otra vez pero fue en vano. De nuevo se detuvo en seco antes de alcanzar a la presa. Zoe lo miró a los ojos sin pestañear para esperar el momento en que el monstruo la reconociera. No hubo suerte.
—¿Es en serio? —siseó ella—. ¿Has matado a tanta gente que no puedes reconocer el rostro de mi madre en mí?
Sigurd gruñó. Como su puño era insuficiente lanzó una dentellada. Zoe lo detuvo con una cachetada. Aunque la muchacha dio el golpe con todas sus fuerzas, apenas si hizo ruido. Plac. Después de tantos años, después de tantas lágrimas vertidas por su madre, al fin había podido atacar a su asesino. Y el golpe ni tuvo gracia. Zoe estaba furiosa, quizá más que el propio Sigurd.
El come-almas se la quedó mirando con los ojos encendidos de rabia. Las fosas nasales se le contrajeron con incredulidad.
¿Quién eres, bruja? —gruñó el come-almas—. ¡¿Cómo osas a desafia---?!
—Jillian —lo interrumpió Zoe. No tenía tiempo para lidiar con el ego herido de Sigurd—. ¿Puedes escucharme? Sigue el plan. Haz lo que acordamos.
Sigurd se llevó la mano al pecho y se dejó caer a los pies de Zoe. Los hombros, las patas y el pecho del demonio se encogieron entre convulsiones. Los bultos de la espalda reventaron en pus y los cuernos de las sienes retrocedieron lentamente. El come-almas se llevó la mano libre a la cabeza para evitar que el cráneo se le reventara con los cambios. Tirado de medio lado, empezó a hacer arcadas. Cuando al fin vomitó, del hocico salió una esfera de luz púrpura que ardió cual fuego fatuo delante de Zoe. La luz voló hacia a Jillian y atravesó el pecho del Tercer Dragón. Al instante, Jillian dio una bocanada de aire y se sentó de un salto.
—¡Oscuro! —gritó—. Solo oscuridad, solo tinieblas, ¡solo un mundo de nada!
—Shhh —Zoe corrió hacia él para consolarlo—. Lo siento, lo siento. Sabía que iba a ser malo para ti. Pero lo hiciste. Lo hiciste muy bien.
Jillian se contrajo como un niño a punto de llorar, pero se espabiló ante el gruñido de Sigurd. Supo, por la vibración del suelo, que el demonio se erguía de nuevo para acabar con tan extrañas víctimas.
—He dicho que te detengas —ordenó Zoe—. Obedece de una maldita vez.
La garra que Sigurd había levantado se detuvo otra vez en el aire. Zoe se permitió una sonrisa de desprecio.
—Siéntate, asqueroso saco de pulgas.
El demonio obedeció. Zoe pensó que era el perro más feo que jamás había tenido. Y también el más listo, porque en lugar de provocar a la pitonisa la evaluó con cuidado.
¿Quién eres? —preguntó con un tono ligeramente menos insolente—. ¿Qué me has hecho?
—¿Qué? ¿No te gusta? —Zoe apretó los puños. Ese monstruo maldito había destrozado a su familia y ni siquiera lo recordaba. El que se hubiese olvidado de ella era una victoria que Zoe no quería reconocerle—. Y yo pensé que estarías contento. ¡Felicidades! ¡Ahora eres un mensajero del Tercer Dragón!
Sigurd la miró sin comprender. Jillian le apretó el brazo y se apoyó en ella para levantarse. No había nada en el mundo que quisiera más que largarse de una buena vez del Pantano.
—¿Vendrá con nosotros? —preguntó asustado—. ¡No podemos! Si se sale de control, ¡si intenta matarnos...!
—No lo hará. No puede hacerlo. —Zoe miró al demonio a sus pies—. Cuando el Emperador mandó a atraparnos tenía una razón. Él sabía que nosotros podríamos controlar a los Dragones. Siempre creí que el vínculo que nos unía a ellos era el que formamos en la casita del lago. Pero me equivoqué. El Emperador tenía razón. Es más que eso. Lo comprobé cuando escapamos de Kehari y Jillian corrió a salvarme sin ninguna razón aparente. Por eso Adad escucha mi voz. Por eso Allena confía en mis palabras. Yo tengo el poder para manipularlos.
Ah. —Los labios de Sigurd se estiraron con una sonrisa dentellada. Ya la recordaba—. La pequeña profetiza. La pitonisa que Vanir tanto anhelaba. —El demonio se lamió los labios a la vez que Zoe se llevaba la mano derecha al hombro izquierdo—. Veo que aún tienes mi cicatriz. ¿Es por eso que me recientes tanto? ¿Porque cuando te ves en el espejo, mi beso es la única marca que estropea tu cuerpo?
—Eso no fue un beso. ¡Fue un ataque por la espalda a una niña de cuatro años! ¡Deja la lengua afuera y cierra el hocico! —ordenó.
Sigurd chilló y se contrajo en el suelo. Se había cortado la lengua al obedecer a la pitonisa.
—Parece que no entiendes tu nueva situación —continuó Zoe—. Como profetiza, tengo el poder de manipular a los Dragones. Pero con ellos me rehúso a hacerlo. No intervendré en sus caminos. Dejaré que tomen la decisión que quieran. Oh, pero contigo... ¡Contigo no tendré piedad!
Zoe pateó el hocico sangrante de Sigurd con furia, sin descanso. Sintió la mandíbula que se rompía en tres partes diferentes bajo sus botas. A un lado del hocico había dientes rotos. Solo se detuvo porque otra vez las lágrimas le empañaron los ojos y no quería que el come-almas la creyera débil. Zoe se aclaró la garganta y continuó.
—Quizá te diste cuenta, o quizá no, pero el alma que consumiste antes era la de un Dragón. Lo que ocurre es que Jillian no está completo aún.
Los ojos dorados de Sigurd se asomaron por entre sus largos dedos. Quería matarla, sí. Pero tenía miedo. Algo más allá de su comprensión le evitaba ponerle un dedo encima a la pitonisa.
—Antes de nacer, el Tercer Dragón mandó miles de mensajeros al mundo. Y cada uno se llevó un pedazo de su alma. Jillian está incompleto porque todavía viven algunos mensajeros; todavía le faltan trozos de su ser. Se me ocurrió que si puedo controlar a los Dragones quizá también pueda controlar a los mensajeros que forman parte de ellos. Así que te hemos convertido en un mensajero, ¿entiendes? —Zoe se inclinó junto al demonio y le punzó el pecho con un dedo duro, frío y resentido—. Antes de salir de ese agujero negro que tienes en lugar de corazón, Jillian dejó un trozo de sí mismo dentro de ti. Mientras lo tengas dentro, le perteneces al Tercer Dragón. Y por consiguiente, me obedeces a mí.
Zoe se levantó. Una sonrisa triunfal iluminó su rostro.
—Ya no hace falta que nos quedemos aquí. Ya podemos seguir adelante. Jillian, ¿qué te parece visitar la última Torre?
—¿Eh? —El sepulturero no podía estar más confundido—. ¿Torre?
—Ajá. Todavía hay un Virtuoso que espera la bendición de un Dragón que lo libere. Todavía hay capítulos que debemos cerrar. Y cuando llegue tu turno de decidir si pones punto final o alargas más tu historia, podrás hacerlo hombro con hombro con Allena. Porque para entonces estarás un poco más completo. Pero no entero. —La pitonisa miró a Sigurd—. El de él será el último fragmento que recuperarás.
Zoe estaba decidida a ver el último respiro de Sigurd. Se encargaría de que la última alma que probase el demonio fuera la del Tercer Dragón. Porque una vez que Jillian recuperara su último fragmento, Sigurd moriría en las manos del clan de los profetas.

****

El jarabe había aliviado la tensión previa pero el miedo todavía flotaba en el ambiente. Aun antes de que abandonaran el campamento, ya Connor estaba aterrado. Cuando terminaba de atender a los últimos pacientes, dio vistazos más que ocasionales al firmamento. La luna carmesí se desangraba en el cielo. Durante todo ese tiempo estuvo seguro de que en cualquier momento comenzaría a llover sangre, o que el más terrible de todos los Generales caería sobre los heridos cual meteorito. En realidad no habría diferencia. Si Sigfrid llegaba antes de que los últimos heridos y el grupo de Connor se marcharan, los mataría a todos.
Drake no tuvo que amordazarlo ni amenazarlo para iniciar la retirada. Aunque el doctor lamentó el cierre de su tan inusual y apreciado campamento neutral, agradeció el momento de ponerle fin. Los aesirianos heridos se habían retirado al campamento de Harald, mientras que los vanirianos se fueron en grupos moderados hacia la zona neutra o hacia el Norte, tal y como Harald dijo que harían. Si ya no había heridos, ya no hacían falta el doctor y sus aprendices. El grupo neutral marchó también.
Connor montó con Yashin. Los aprendices montaron también con un guerrero, quien los protegería en caso de ataque. Drake había esbozado una formación de retirada para garantizar la huida de tantos aliados como fuera posible. Los desertores más fuertes iban en los flancos, armados con lanzas y escudos. Los integrantes más débiles y los doctores iban dispersos en medio de la formación para evitar que todos recibieran un ataque letal a la vez. Drake creía que de caer en una emboscada, al menos tres doctores lograrían escapar. Aunque no lo decía en voz alta, estaba empeñado en que uno de ellos fuese Connor.
La comitiva partió rumbo al norte cuando la luna estaba en el cenit. Aunque todo parecía indicar que en esa dirección se desarrollarían las batallas más sangrientas de la guerra, la mayoría del grupo decidió que esa era la opción más segura. Aún era demasiado temprano como para saber si el general Montag se quedaría con el príncipe Harald. Si se marchaba por su cuenta, el campamento neutral podría levantarse de nuevo bajo el amparo no oficial del príncipe pelirrojo. Y si Sigfrid subía también al norte, concentraría su atención en las tropas vanirianas que avanzaban al borde de la zona neutra hacia Tyr.
Se adentraron al bosque al pie de una montaña baja, envueltos en la oscuridad. Drake y los desertores habían explorado con atención el camino para asegurar una ruta. Habían dejado sonajeros atados a las ramas para marcar el camino; así no tendrían que llevar lámparas y disminuirían las posibilidades de que algún enemigo los viese avanzar.
El resplandor escarlata se asomaba por entre las copas y caía sobre ellos como auténticas lágrimas de sangre. La época de tormentas estaba pasando. El cielo estaba despejado, con excepción de las nubes ralas que lo surcaban muy de vez en cuando, como suspiros. El viento frío les cortaba las mejillas y les hacía arder la punta de la nariz. La cabalgata vibraba en las entrañas de los viajeros. Las respiraciones cortaban el aire con nubecillas de vapor. Pero ninguna de estas pruebas irrefutables de la realidad los convencía de estar haciendo lo que hacían: vanirianos y aesirianos estaban unidos en un grupo traidor que buscaba la paz.
En silencio, todos rezaban para que su peor pesadilla quedara relegada a los sueños. Lo peor no debía materializarse jamás. Hasta el momento habían tenido suerte, porque el Demonio Montag no visitó el campamento con su espada ensangrentada ni envió a Huggin a acabarlo todo con un relámpago. Connor imaginó que si la desgracia no les había caído encima fue porque el General desconocía la existencia del campamento neutral. El doctor halló consuelo en la idea de que los soldados lo protegieran con su silencio, o que Harald prohibiera de primera entrada acercarse al campamento. Pero no se hacía ilusiones. En su corazón de profeta percibía que algo terrible se acercaba. Era luna llena, luna de sangre. En Masca, Connor vio a la distancia la figura plateada y todopoderosa de Sigfrid al ser tocado por la luna. Vio también la gran fosa y las naves vanirianas que el General había reducido a polvo con la onda del desbalance. Más aún, lo había sentido. Y esa noche, mientras cabalgaba con sus hermanos y sus amigos, sintió de nuevo el desborde de poder. Pero era distinto. Mucho más terrible y potente. Mucho más apocalíptico y macabro. Si Sigfrid los emboscaba ellos sentirían el pánico absoluto durante un segundo; después ya no sentirían nada. Morirían sin siquiera mirar al General, pero sí que percibirían su furia.
La última nube rala voló rumbo al sur. La luna quedó desnuda sobre ellos. Fue entonces cuando el dolor comenzó. No fue un ataque, ni una emboscada, ni un encuentro letal con las fuerzas del Imperio Aesiriano. Lo que los golpeó fue un grito con el poder destructor de una ola en alta mar. Todos supieron que el grito venía de muy lejos porque sus oídos apenas lo percibieron. Pero sus mentes escucharon el lamento como si una mujer gritase cuchilladas delante de ellos. Los aesirianos levantaron la vista a la vez. Sus ojos grandes y asustados se clavaron en la moneda sangrante que los iluminaba. Era la luna. La luna gritaba.
Perplejos, los vanirianos se encogieron mientras los aesirianos aullaban al cielo.

****

El campamento de Harald se había extendido a los lados. Los soldados desmontaron algunas tiendas y las volvieron a armar en la periferia; otras habían quedado atrás, abandonadas junto con las fogatas apagadas. Se alzaban en la planicie con sus siluetas fantasmagóricas, como si lamentaran ser incapaces de escapar por sí mismas. La tienda del príncipe todavía estaba en el centro del campamento pero estaba a oscuras. Ni un solo soldado la guardaba. A menos de cincuenta metros había una nueva tienda. Aunque no era tan alta como la de Harald, sí era más imponente. Como era de tela negra tenía toda la pinta de ser un calabozo. El banderín que ondeaba en la punta era también negro, pero tenía una luna llena bordada con hilo de plata. La tienda de Sigfrid Montag era la única que tenía el resplandor de una lámpara.
Los soldados esperaban en la periferia del campamento. Sus ojos dilatados y asustados no sabían en dónde mirar. Si acaso la luna, si acaso a la tienda oscura o si acaso a cualquier sitio menos ese. Los que habían montado tiendas alrededor del campamento principal se escondían en ellas. Se envolvían en capullos de mantas y se metían el puño a la boca, como un niño pequeño en un rincón de la cama, aterrado por el monstruo del armario. Los que estaban a la intemperie gruñían aún más asustados y tensos. No se aguantaban entre ellos. Pero cada vez que se separaban para tener su espacio personal la desorientación los golpeaba. ¿Quiénes eran? ¿Qué eran? ¿Qué hacían ahí? Era solo cuando estaban en grupo que las respuestas se encendían en sus mentes nubladas. Se llamaban Asali, Jalta, Hyule... Eran soldados. Eran guerreros. Y aguardaban ahí, asustados, porque esperaban órdenes.
¿Pero las tendrían?
La luz de sangre se escurría sobre ellos. Se les metía por entre las conexiones de la armadura como si fuera rocío. Pero no era una sensación agradable y fresca, sino angustiante y hasta dolorosa. Ardía por debajo de la piel, más allá de los nervios y la carne.
Los soldados que tenían experiencia bajo el mando de Sigfrid sabían que el General era más peligroso y malhumorado durante la luna llena. Pero solo unos cuantos de los que vinieron con él tenían la mirada iluminada con un secreto que se morían por contar. Los rumores corrían. Algunos decían que el General preparaba un hechizo tan macabro que los escalofríos corrían libres por el aire. Otros decían que se transformaba. Algunos más susurraban que el General no estaba en su tienda, sino que había salido con el cuervo mensajero a derribar las últimas fuerzas enemigas en el territorio de Harald. Los rumores más terribles decían que el General se moría.
Los soldados desecharon ese rumor con una risilla sofocada y aguda porque era sencillamente imposible. Sigfrid formaba parte del mundo. Era como la luna misma; una existencia que siempre fue y siempre sería. Pero en el fondo temieron. ¿Y si...?
El galope de un caballo agitó los pensamientos macabros. Los oficiales miraron con ojos furiosos al jinete que se abría paso entre ellos. En lugar de agradecer la pausa en sus cavilaciones, la despreciaron. Con una mirada supieron que Leik llevaba malas noticias. El centinela de Harald atravesó el perímetro invisible entre el campamento principal y el periférico. Por un instante dudó. Sus manos se tensaron sobre las riendas para detener al corcel; aun el mismo caballo trató de detenerse y regresar por su cuenta. Leik agitó la cabeza, hincó los talones en el costado del corcel y retomó el control. Aun cuando los demás soldados estaban poseídos por la incertidumbre de la luna, admiraron las agallas de Leik.
En la tienda del General, Harald pasaba lentamente la mano delante del rostro del jefe médico. El hombre ni siquiera parpadeó. Tenía los ojos tan dilatados que no se le veían los irises. El rostro y los labios azulados parecían tallados en cera a punto de derretirse bajo esa capa de sudor. Sin chasqueó la lengua detrás de Harald.
—Genial. Se le frio el cerebro. Como si ya las cosas no pudiesen estar peor.
Harald apretó los labios. Su primo estaba molesto, como él y todos los demás. Sintió unas ganas terribles de terminar el trabajo de Zoe y torcerle la nariz para el otro lado, pero resistió. No podía dejarse consumir. Si peleaba con Sin solo disturbaría más a Sigfrid. Y si Sigfrid se molestaba aún más ¿qué sería de los soldados en la periferia?
—Solo está catatónico. Se pondrá bien. O eso espero.
Sin volvió a chasquear la lengua.
—Hay gente que nunca sale de ese estado —comenzó a decir. Pero se mordió la lengua cuando Harald giró el cuello para mirarlo fijamente. Aun sin la luna llena y con el usual temperamento sumiso de Harald, había ciertos temas que jamás podían discutirse con él. Nunca.
Leik entró a la tienda. El soldado notó la tensión entre los primos, pero la ignoró y se arrodilló delante de Harald. El príncipe pelirrojo respiró profundamente para limpiar la chispa de furia que se había prendido en sus venas. Cuando miró a su amigo Leik, sus ojos estaban un poco más relajados. «Es el jarabe de Connor», supo el príncipe. «De lo contrario, ya todos habríamos explotado». Si la luna de sangre iba a repetirse de nuevo, Connor debía preparar más jarabe sin descanso. En silencio dio gracias a Dios por ese inusual doctor. ¿Qué habría sido de ellos si Connor no hubiese decidido curar a ambos bandos?
Harald preguntó con la mirada si Leik tuvo éxito. El soldado agitó la cabeza. Sus ojos soltaron una respuesta muda que el príncipe pilló: «Para cuando llegué, ya se había ido. El campamento neutral está desarmado». Leik había partido con soldados de confianza. Seguro que los envió por diferentes direcciones para encontrar a Connor. Harald supo que no lo encontrarían a tiempo, por lo menos durante esa noche. Ninguno sabría con certeza cuál era el rastro correcto porque los grupos vanirianos y aesirianos habían tomado direcciones contrarias. Y como el grupo de Connor tenía a integrantes de ambos países, sus huellas se mezclarían con los demás rastros.
Harald se enfadó consigo mismo. Si no hubiese alertado a Connor para que escapara quizá todavía estaría cerca. ¡Qué mal momento para que se marchara! Si había alguien capaz de ayudar al Demonio Montag, ese era Connor. «Aunque...». Miró al jefe médico. Solo le bastó una mirada a Sigfrid para salir en ese estado. Apenas si se pudo devolver por su cuenta. Connor era valiente, de eso Harald estaba seguro. Pero a lo mejor ni él podría atender al General sin que se le friera un poco el cerebro, como decía Sin.
Los príncipes y el soldado se encogieron cuando escucharon un siseo al otro lado de la cortina, en el cuarto aledaño a la sala de reuniones de la tienda. La furia, el temor y el dolor se multiplicaron en el ambiente. En la periferia, los soldados gruñeron adoloridos. En la tienda, los tres imaginaron a Sigfrid aruñando las sábanas, los muebles y el suelo.
—¿Qué hacemos? —la voz de Sin se quebró con miedo. Harald nunca creyó escuchar ese tono en su orgulloso primo. Tampoco creyó que algún día él se responsabilizaría de Sin y de Sigfrid. Ahora más que nunca, miles de vidas dependían de él.
—Rezamos. —Puso una mano en el hombro de Sin y otra en el de Leik. Los dos lo miraron con idéntica necesidad. Harald era el bastón en el que se apoyaban—. Necesitamos muchas oraciones para que Sigfrid y nosotros soportemos este desbalance. Tal vez Dios nos escuchará.
Como los soldados y el General siguieron con vida al día siguiente, Dios sí los había escuchado. Pero no antes de que la luna comenzara a gritar.

****

Enlil apretó el jarrón. Crac. La cerámica se deshizo bajo la palma con un chasquido. El agua le escurrió por la mano, mezclada con la sangre que brotaba de una cortada en la palma. Las margaritas se deshicieron entre sus dedos, marchitas por la luna y el odio del General. ¿Pero a quién odiaba? Soltó la pregunta en voz alta solo para responderse al instante: a él mismo.
Miró al muchacho al otro lado del cuarto. Airgetlam estaba de medio lado, apoyado contra el respaldar de un catre aunque su cabeza estaba acomodada en una almohada. Tenía las manos atadas al pilar central de la tienda. Si fuese un prisionero estaría en las jaulas, con las muñecas en carne viva por las esposas. En cambio, Enlil insistió en ponerle un paño de algodón por debajo para que no se cortara. El muchacho ya tenía bastantes heridas. Además del corte en la espalda, tenía cardenales en las piernas, los antebrazos y la cara. La mayoría se la hizo los Fafnir.
Un ataque podía ser un error. Dos, una casualidad. ¿Pero siete? No. Siete Fafnir distintos de cuatro príncipes diferentes no podían reportar el mismo error sobre el mismo objetivo. Atacaron a Airgetlam porque leyeron un flujo de energía que no debía existir. Enlil se odiaba por eso. Él lo hizo. Al borrar la mente de su nieto deformó tanto su flujo de magia que los Fafnir ya no lo reconocían como aesiriano. Como consecuencia, cada Fafnir a menos de un kilómetro de distancia corría a toda marcha hacia el muchacho para darle un coletazo de acero.
O por lo menos la mayoría de los Fafnir lo hacían.
Otras herramientas pasaban al lado del gemelo sin volverlo a ver, pero se echaban encima de los soldados y del mismo Enlil. Y aunque esto había pasado con mayor frecuencia que los ataques hacia Airgetlam, al menos el príncipe Remiak ya había corroborado que se trataba de un error de programación. O, mejor dicho, alguien había reprogramado a las herramientas para que atacaran soldados.
Solo alguien con sangre Aesir podía manipular a los Fafnir. O los príncipes de las Arenas querían matar a sus soldados, u otro Aesir luchaba a favor del bando que Enlil y su grupo intentaban derribar desde hacía un mes. El General se inclinaba por esa última opción. Y si el reporte del príncipe Sin era acertado, Enlil ya sabía contra quién se estaba enfrentando.
El Emperador había previsto que el Segundo General se reuniera con los príncipes de las Arenas para cazar a Adad. Nunca imaginó que su sobrino se uniera al grupo rebelde y pusiera a los Fafnir en contra de los soldados y sus tíos del desierto. Porque ¿quién más podía ser, sino Adad? Si Sakti fuese la responsable de las reprogramaciones y estuviera con los rebeldes, ya sabría que Airgetlam había sufrido un lavado. Lo sabría porque Enlil envió a su nieto a pelear junto con los demás telépatas. Había hecho las cosas aun peor para su nieto al obligarlo a mancharse las manos de sangre. Airgetlam era un buen luchador, y los buenos luchadores eran aún mejores cuando habían sufrido un lavado. Al tener menos inhibiciones y necesidades, carecían de miedo y sentido de auto preservación.
Oh, si Sakti estuviese con los rebeldes ya sabría que su amigo estaba bajo el poder de Enlil. Porque aun sin mente propia, la presencia de Airgetlam destacaba por encima de los soldados. Por mucho que Darius y sus hijos lo negaran, era evidente que tenían sangre Tonare. Por eso sus habilidades estaban muy por encima de la media. «Si Airgetlam hubiese tenido más práctica con la esencia de la mente, habría acabado con el Escuadrón Mare y con la tropa del desierto en Xadiz por su cuenta», supo Enlil. Pero como sus nietos escondieron las artes de la mente para evitar llamar la atención, carecían de la práctica necesaria para borrar a sus enemigos del mapa. Ahora que Airgetlam no pensaba en proteger su identidad tampoco limitaba sus poderes. Y como resultado, era el mejor telépata del grupo de Enlil. Y como era también más joven que el General, tenía más resistencia. «Si hubiese tenido la práctica me habría aplastado antes de que le borrara la mente». Era un alivio para los aesirianos que Airgetlam no se hubiese podido defender adecuadamente. Pero una parte de Enlil deseaba que su nieto lo hubiese derrotado. Así habría evitado ese nuevo dolor a Darius y los demás.
Si Sakti estuviese con los rebeldes, ella ya habría atacado personalmente al grupo de Enlil. Habría matado a los telépatas. Habría lisiado a los príncipes de las Arenas. Y habría atrapado al Segundo General entre sus garras para forzarlo a arreglar a Airgetlam. Enlil dudaba poder hacerlo por su cuenta, pero quizá, con el apoyo de la energía de Sakti, podría revertir lo que hizo. Y después, por supuesto, la princesa lo mataría.
A él le agradaba Sakti y sospechaba que la princesa también le tenía cierta simpatía. Pero una de las razones por las que ella se llevaba tan bien con Darius era porque sabía mantener rencores. No se dejaba cegar por sus resentimientos pero sí los albergaba. No había matado a Enlil después de su participación en la fiesta púrpura porque consideró que sería contraproducente. Pero si se enteraba de que el General borró la mente de uno de sus queridísimos profetas, y que además planeaba hacerles lo mismo a ella y a su hermano, acabaría con él sin contemplaciones.
Adad era distinto. Dudaría en atacar con toda su fuerza al grupo de sus tíos y primos; porque aunque le caían bien los profetas, su amor por ellos no era tan intenso como el que sentía Sakti.
Entonces, ¿tenía suerte de que fuera Adad el aliado de los rebeldes de la zona neutra? Desde un punto de vista estratégico, sí. Adad era poderoso pero también tenía un carácter más afable y dulce que Sakti. Aun cuando el expediente médico de Kehari indicaba que tenía una degeneración mental –y por lo tanto era más impredecible que estando en sus cabales–, Enlil contaba con una herramienta adicional para controlar a Adad.
Tenía a Kael.
El General no era idiota. Tampoco el Emperador o Sigfrid lo eran. Podían ver que los Guardianes harían lo que pudiesen para ayudar a sus protegidos. Si ni Dereck ni Kael habían echado pies en polvorosa para unirse a sus príncipes, era porque esperaban a ver el desarrollo de los acontecimientos para actuar como mejor lo consideraran en favor de Sakti y Adad. El Emperador tampoco había despachado a los Guardianes porque esperaba también a que los acontecimientos se dieran de manera apropiada. Estaba determinado a usar a los Guardianes para encontrar y, de ser necesario, capturar a los Dragones. Si no tenía más remedio, Enlil utilizaría a Kael como carnada para atraer a Adad.
Entonces sí, desde el punto de vista estratégico era una suerte que el Segundo Dragón estuviese con los rebeldes.
Pero desde el punto de vista emocional era terrible para Enlil. Sabía que un encuentro con Sakti sería veloz y seguro: la princesa lo mataría. Quizá era algo suicida de su parte, pero Enlil prefería enfrentarse a una muerte segura en manos de una princesa que siempre tuvo claras las prioridades de su corazón. En cambio, sospechaba que un enfrentamiento con Adad, quien siempre le pareció de corazón blando, sería mucho más largo y doloroso. Mientras con Sakti tendría asegurada la derrota, con Adad las posibilidades eran 50-50.
Con Sakti era más probable que Airgetlam se recuperara sin que Enlil tuviese que mirar de nuevo el odio en los ojos de Darius. Pero con Adad, las posibilidades se invertían terriblemente.
Airgetlam agitó la cabeza contra la almohada. No tenía sueños. En su estado era imposible. Sin embargo, la luna roja también lo afectó. Mientras afuera de la tienda los soldados peleaban entre sí –Enlil podía escuchar las discusiones–, dentro de ella Airgetlam se debatía contra las voces del cielo. Enlil también podía escucharlas, aunque le llegaban de muy, muy lejos. Creía que si había pillado el significado de algunas palabras y el color de algunas imágenes era porque la mente vacía de Airgetlam hacía eco y a él le llegaban.
Escuchaban los jadeos de la luna, que eran los mismos que los de Sigfrid. Sentían el arañazo de dedos de marfil, de recuerdos desfragmentados y sin sentido que luchaban por hacerse un hueco en sus memorias. Y, sobre todo, sentían el dolor de la magia desbordada. Enlil ya había vivido varios desbalances; como la primera muerte de Sigfrid, los nacimientos de los Dragones, el toque de la luna en la liberación de Masca... Pero ese, sospechaba, era el más largo que había presenciado hasta el momento. Porque quizá no era un desbalance que se daba una vez al mes, durante las tres noches de luna llena; sino que era un desbalance que se iba alargando a lo largo del año, y era en esas noches cuando se daban los picos más fuertes de desequilibrio.
Entonces ¿a qué se debía el desbalance? ¿Qué nuevo y radical cambio estaba a punto de caer sobre el mundo? Si no hubiese borrado la mente de Airgetlam, el muchacho tal vez se lo hubiese dicho. Quizá él habría entendido los lamentos de la luna.
La tienda se abrió. Arker se detuvo bajo la cortina. Las ojeras enmarcaban sus ojos cansados y su nariz rota. Enlil no recordaba que hubiese sufrido un golpe directo a la cara en los encuentros contra los Fafnir rebeldes en los últimos intentos de conquista de los pueblos de la zona neutra. A lo mejor el puñetazo lo recibió de parte de un compañero incitado por la luna carmesí.
Lo menos que se le antojaba a Enlil en ese momento era lidiar con alguien más que consigo mismo. Ya bastante tenía que soportar con el desastre de persona que era Enlil Tonare como para confrontar el mal genio de otro aesiriano. Sin embargo, supo que Arker no se movería de su sitio sin dar el mensaje que se le había obligado a transmitir. Enlil chascó los dedos para que se apresurara. Arker entró con pasos pesados.
—Los Fafnir regresaron. Indican que los grupos vanirianos suben al Norte.
—Los rebeldes están reprogramando Fafnir. Ha de ser información incorrecta para sacarnos de aquí.
—Los cuatro príncipes confirmaron que las herramientas funcionaban correctamente.
Enlil gruñó.
—Mi misión es atrapar al príncipe Adad. No me iré sin cumplir.
—Señor, los príncipes no le están sugiriendo marchar al Norte. Se lo están ordenando. —Enlil miró a Arker. Su aprendiz era simpático y tenía un tono respetuoso cuando hablaba a sus superiores. Ahora, de sus labios surgía la insolencia de la luna—. Los Fafnir hablan de una mangodria rumbo al Norte. Esa es la dirección que tomó Su Majestad. Los príncipes consideran más oportuno garantizar la seguridad del Emperador que atrapar al príncipe Dragón. Y ellos sugieren que usted tendría nada en la cabeza si no llega a la misma conclusión.
Enlil apretó el único trozo de jarrón que le quedaba en la mano. La herida se hizo más grande; ardió como hielo.
—¿Ellos lo sugieren? —preguntó entre dientes. Quería romper de nuevo la nariz de Arker, tal y como había roto el jarrón.
Arker se pasó la lengua por los labios. Aunque la luna había vuelto locos y descuidados a los aesirianos, Arker era un telépata. Y por tener un mejor control de la mente también había aprendido a controlar mejor sus emociones. Por eso podía ver que su excesiva honestidad en el mensaje estaba a punto de hacerle perder la cabeza.
—El príncipe Raziel fue quien lo dijo. No los demás.
«Y ciertamente no yo», escuchó el General en la mente de Arker. Decidió creerle. Raziel era un bocazas antipático. Era insolente en un despejado día de verano. Seguro estaba mucho peor en una noche sangrante.
—Vete.
De mala gana aceptó que su día para caer en las garras de los Dragones estaba un poco más lejos. Miró de nuevo a Airgetlam.
—Lo siento —le dijo, aunque supo que el gemelo no lo escuchaba—. Lo siento, lo siento, lo siento.
En el cielo, la luna gritó.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

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