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Capítulo 17

17
CACERÍA



El notario los miró con expresión huraña. Debajo de los ojos ancianos e irritados había dos bultos oscuros. Los aesirianos en Delya tenían idénticas ojeras. Aunque no todos tenían la edad del notario, se veían arrugados y mayores. El mismo Darius se sentía cien años más viejo de lo que era. ¡Pero qué noche acababan de pasar!
Tenía la garganta irritada, la cara aruñada y los músculos magullados. Sakti dijo que se la pasó gritando y caminando sonámbulo, golpeándose a cada rato contra los árboles y Freki. El lobo a cada rato se puso delante de él para que no se perdiera en el bosque. Darius no recordaba las pesadillas ni la caminata nocturna, pero sí la sensación de ahogamiento y terror que lo embargó durante horas. Aunque Sakti recordaba haberlo visto caminar, ella misma no se acordaba de haberse hecho un puño debajo de la raíz hueca de un árbol y agitarse de un lado a otro como un balón. De no ser porque Freki se lo contó, no sabría cómo se hizo sus raspones.
Cuando llegaron a Delya por la mañana, cansados, malhumorados y hambrientos, se alegraron de haber pasado la noche en el bosque. A cada lado de la calle había cadáveres cubiertos con sábanas. Los soldados y cazadores miraban los cuerpos con expresión culposa y confundida. Al igual que Sakti, tenían recuerdos muy vagos sobre lo que hicieron la noche anterior; pero todos sabían que eran culpables de esas muertes. Ellos y la luna de sangre, que los había vuelto locos.
Aunque era de día, el ambiente aún tenía carga mágica. Los aesirianos todavía estaban tensos y nerviosos. Porque lo que fuese que ocurrió en la primera noche de luna llena del mes se repetiría en las dos noches siguientes. Lo último que necesitaban era lidiar con nuevas fuentes de estrés.
El notario resopló exasperado. ¡Helos aquí!, ¡dos forasteros se presentaban ante el puesto militar a pedir quién sabe qué estupidez! Ese no era el día del notario.
—¿Qué quieren? —gruñó.
Darius tuvo la urgencia de darle un buen golpe en la narizota y jalarle la barba y los bigotes grises. En lugar de eso, forzó una sonrisa que pretendía ser amistosa aunque más bien provocó una mueca al notario. Seguro que Darius se veía muy amenazador.
—Buscamos a un par de muchachos —intervino Sakti.
Quizá la sonrisa de una princesa habría aplacado el disgusto del notario. Pero Sakti llevaba una capucha para esconder el pelo gris y las marcas de carbón de la Profecía. Además, tampoco era muy famosa por sonreír. Menos tan adolorida como estaba. Podía levantar un poco el brazo a pesar de que la clavícula aún no había sanado. Aunque le dolía, lo tenía enroscado en el de Darius. Lo último que necesitaba era que un hombre baboso la siguiera o la nalgueara solo porque era hembra. Con suerte bastaría hacerse pasar por la esposa de Darius para que nadie la volviera a ver. De lo contrario, estaba segura de que prendería a alguien en llamas. Ese tampoco era el día de ella.
—Hicimos planes para ver a nuestros hijos aquí —continuó la princesa. Su voz sonó amable y dulce, como chocolate caliente en una mañana de invierno—. Aunque les escribimos para que nos esperaran, nunca recibimos su respuesta. ¡Oh, estamos tan preocupados de que algo les haya ocurrido!
Sakti no era una gran actriz, pero sabía dar en el blanco con sus interpretaciones cuando hacía falta. El ceño del notario se suavizó un poco. Puede que hasta sintiera pena por esa madre preocupada, en especial con el terror de la luna carmesí.
—El correo postal está en la segunda esquina, frente a la plaza central.
—Ya fuimos —mintió Sakti—. Nuestra carta nunca llegó. Pero ahí nos hablaron de un par de muchachos que calzan con la descripción de nuestros cachorros. Dijeron que visitaron este puesto en su último día en Delya.
Sakti y Darius se enteraron de la parada de Connor y compañía gracias a los vanirianos que los ayudaron a salir del río. Los groliens y la arpía sin alas fueron los botines de guerra que el doctor compró en el puesto militar. Los vanirianos ayudaron a Sakti y Darius para cumplir la condición que Connor les había impuesto. Con su ayuda lograron escapar más aprisa del grupo de Kardan. Con la medicina que Connor les dio pudieron atender los golpes de Darius y Freki, además de la neumonía de Sakti. La princesa y su amigo se quedaron con los vanirianos durante dos semanas. Así, tanto los vanirianos como Sakti descansaron sus heridas, y se ofrecieron protección mutua en caso de que el grupo de Kardan los encontrase.
El príncipe nunca los alcanzó. Dereck hizo un excelente trabajo en desviar a los cazadores. ¡Era un Guardián increíble!
Connor fue aún mejor doctor en Delya, porque los vanirianos dieron un buen recuento de sus hazañas cuando descubrieron que Darius era el padre del doctor. Aun cuando los groliens y la arpía estuvieron enjaulados y apartados de las noticias de guerra, escucharon de Connor antes de que el doctor los comprara.
—Nos dio la impresión de que iba a territorio de batalla —explicaron a Darius en el último día juntos—. Pero no sabemos a cuál de todos.
Aunque Sakti le había insistido en que dejara de perseguir a Connor, Darius la convenció de lo contrario.
Algo sucedió en Kehari. Por eso Finn y Kylma estaban con Kardan, posiblemente como prisioneros. Aunque Darius estaba preocupado por la familia que dejó en el pueblo, lo soportó por Zoe. Su hija habría previsto un ataque y habría sacado a Garrow y a los demás a tiempo. Se calmó cuando Sakti le confirmó que Zoe llevaba ropa de viaje cuando la despidió por la puerta del patio. Así, pues, la familia de Kehari estaba a salvo. Pero no podía decir lo mismo de Connor.
Kardan perseguía a Sakti con una tropa de Fafnir construidos especialmente para enfrentarla. Era probable que más príncipes estuvieran armados con herramientas similares para capturar a los Dragones. Y así, ¿qué evitaba que algún Fafnir percibiera la energía híbrida de Drake y Connor? Aun cuando Sakti marchara a la dirección contraria del doctor, existía la posibilidad de que algún príncipe con herramientas descubriera a los hermanos híbridos. Eso también aplicaba para Dagda y Airgetlam, pero era solo una razón más para seguir buscando a Connor. Para ese entonces ya los gemelos debían de estar juntos y en busca del hermano pequeño. Si Darius seguía el rastro de Connor, tarde o temprano encontraría al doctor, al sicario, a los gemelos –que seguirían su propio rastro hasta Connor– y a Kel. Una vez reunidos regresarían a la zona neutra a buscar a Zoe y a los demás.
—Igual me parece mala idea —apuntó Sakti—. Si Kardan me sigue lo estaría guiando directo a Connor y Drake.
—Mejor que los encuentre cuando estemos cerca para protegerlos. Con herramientas o sin ellas, igual le patearás el trasero a tu primo cuando estés recuperada. Y en eso Connor puede ayudarte.
Sakti accedió aunque todavía tenía dudas.
El notario le prestó atención en cuanto mencionó el nombre de Connor. No pudo ver el rostro de Sakti para comprobar si el doctor y el peli-rosado tenían los rasgos de su madre, pero sí vio a Darius. Salvo los ojos, Connor era calcado al mestizo. El notario los miró con desconfianza; tanta que Sakti temió que el anciano hubiese reconocido al hijo bastardo del General Tonare por culpa de los ojos esmeralda y zafiro. El notario se inclinó sobre la mesa y les hizo una seña para que se acercaran más.
—¿Sabían que van con un grolien, un krebin y un humano? —les preguntó con un susurro.
Sakti y Darius intercambiaron una mirada rápida. Los vanirianos les habían hablado de Ceniza, Rodni y Yashin, pero no sabían si debían parecer enterados delante del notario. Podría explicarse que un aesiriano tuviera relación con un humano, incluso con un krebin, ¿pero con un grolien? No, salvo que se admitiera traición por entablar amistad con un vaniriano.
Antes de que Sakti decidiera qué hacer, Darius asintió. El notario soltó un suspiro.
—¡Lo sabía! Esos chicos trataban muy bien a esa escoria como para que fueran sus esclavos. —Más que enojado, el notario estaba indeciso. La princesa y el profeta vieron en su rostro la lucha que se libraba en su interior. El anciano suspiró de nuevo—. He escuchado rumores de un campamento neutral al borde del campo de batalla liderado por el príncipe Harald. —El notario tomó un trozo de papel y les trazó un mapa a toda prisa—. No sé si Su Alteza estará enterado o no, pero quien quiera que lidere ese campamento se está jugando el cuello. Ayudar a vanirianos es traición.
Darius se golpeó la frente con la palma de la mano.
—¡Argh! —maldijo entre dientes—. ¡Ese idiota!
Era típico de Connor, claro. Darius supo que su hijo ayudaría a todos por igual, pero imaginó que tendría la cabeza necesaria para hacerlo a escondidas. ¡Pero noooo! Tenía que hacerlo a lo grande y público para que todo el mundo se enterara. Si los aesirianos no lo habían apresado y ahorcado ya por traidor, lo harían dentro de poco.
El notario extendió el mapa a Sakti. Darius lo tomó por ella, porque el anciano notaría de inmediato que la mujer estaba herida si la veía mover el brazo. El notario supuso que la «madre» estaba tan asustada que no podía reaccionar, y desechó la inmovilidad de Sakti como algo natural.
—No me consta si sus hijos son los responsables de ese campamento. Pero si así es, sáquenlos de ahí cuanto antes. —Los ojos del notario centellearon—. Los suyos son chicos talentosos. Sería una pena que desperdiciaran sus vidas por un error como ese.
El notario condenaba el campamento neutral, pero quería la seguridad de Connor y Drake. Admiraba las destrezas guerreras del sicario y había llegado a apreciar a Connor, como inevitablemente todos hacían al conocerlo. Sakti asumió de nuevo su papel de madre cariñosa y preocupada.
—Gracias. Si son ellos nos encargaremos de traerlos por la senda correcta. ¡Qué niños tan mal portados resultaron ser! —Los ojos del notario todavía chispeaban. Estaban irritados por la noche en vela y resplandecían con el eco peligroso de la luna de sangre.
—Más vale que sí, señora.
Pareció a punto de decir algo más, pero un silbido grave y estremecedor lo detuvo. Todos los aesirianos –soldados, civiles y cazadores– levantaron la cabeza al mismo tiempo y miraron hacia el bosque en el límite este de Delya. Reconocían ese sonido: era un corno militar. Una tropa se acercaba. El notario soltó un nuevo suspiro melancólico, exasperado y agotado.
—Su Alteza al fin viene. ¡Pero qué día tan movido es este!
—¿Su Alteza? —preguntó Sakti con cautela. El notario asintió mientras tomaba el registro. Los oficiales de Delya se preparaban para dar la bienvenida a la comitiva y él también tenía que ayudar.
—Hace una semana vinieron los exploradores de Su Alteza para anunciar Su llegada. Lo hemos esperado desde entonces, pero ha estado muy ocupado en ese maldito bosque. —El notario suspiró otra vez y agitó la cabeza—. Ojalá lo haya limpiado. Hay una plaga de asaltantes. Son poca cosa para el Heredero, pero alguien tiene que hacerse cargo. Se lo agradeceré eternamente si se encargó de esos bribones.
El notario les hizo un guiño cómplice para decirles que callaría sobre el campamento neutral para darles tiempo de encontrar a los cachorros descarriados. Darius logró devolverle la sonrisa, aunque apenas. En todo caso falló miserablemente, porque el notario arrugó la cara. Ese día, la sonrisa de Darius era de todo menos alentadora. El notario avanzó dos pasos más antes de recordar una advertencia importante. Cuando se giró para alertar a Darius y Sakti, ellos ya habían abandonado el puesto militar.
No se enteraron a tiempo de que el General Montag y el príncipe Sin ya habían subido hacia el norte para sumarse a la tropa del príncipe Harald.

****

La comitiva entró con la elegancia que se esperaba del heredero al Trono de Masca, aunque cada uno de los soldados estaba muerto de agotamiento. Lo último que querían era permanecer erguidos y maravillosos en las sillas de montar. Tan solo deseaban echarse a una cama y dormir durante dos semanas seguidas.
Kardan también estaba agotado. Tenía un humor de perros. Además de dormir quería darse un buen baño y quitarse las manchas de sangre que tenía por debajo de las uñas, así como el hedor que le picaba la nariz. Las cinco cabezas que colgaban de su silla estaban a punto de hacerlo vomitar. Con todo, mantuvo la cabeza erguida mientras los soldados de Delya se golpeaban el pecho y doblaban una rodilla a cada lado de la calle; los cazadores y civiles no se golpearon el pecho al estilo militar, pero doblaron las dos rodillas y bajaron la cabeza, sumisos. Los únicos que no acataron fueron los magos bajo las sábanas. Kardan reparó en ellos por el rabillo del ojo pero no los mencionó. Sin que nadie se lo dijera supo por qué habían muerto.
Por la misma razón que él y sus hombres se entretuvieron en el bosque con los asaltantes de caminos. La luna los había incitado, en especial con sus gritos agonizantes. Anoche fue matar o morir. El cielo ofreció solo esas dos opciones.
Aunque en las últimas dos semanas maldijo el ingenio de su escurridiza prima, esa mañana dio gracias de no haberla atrapado poco antes de la luna. En un día normal, Sakti tenía más magia que mil aesirianos juntos. Excitada y aturdida por una mala luna, tal y como él se había excitado y aturdido, debía de ser tan o más peligrosa que Sigfrid. «Me habría hecho cenizas», supo el príncipe. Sabía que tenía oportunidades de atraparla mientras estuviese enferma; pero aun así Sakti demostró ser capaz de superar las adversidades. Era frustrante. Aun manca, herida y enferma, Sakti era mucho más lista y resistente que Kardan.
Cortó las sogas que ataban las cabezas a la silla de montar. Las mostró al público con la gracia que cabía esperar de un príncipe victorioso, aunque la victoria en sí era poco elegante. Ladrones de caminos. Tan solo unas sucias ratas silvestres. Con todo, los aesirianos de Delya se mostraron complacidos, pues los asaltantes habían estropeado los caminos y atrasado las entregas de mercadería y mensajes.
El príncipe se dejó guiar a la hospedería del pueblo. Mientras su caballo avanzaba, Kardan chascó los dedos para que los oficiales lo fueran informando uno a uno.
—No tenemos indicios del objetivo de cacería al sur del pueblo, señor.
—Tampoco tenemos indicios en el oeste, Alteza.
—Los Fafnir pillaron un rastro en el bosque pero lo perdieron hace dos días, Alteza.
—Seguimos sin pistas, señor. Lo siento.
Kardan soltó un suspiro. Sus pensamientos exhaustos avanzaban al ritmo de los cascos del corcel.
—Dereck —llamó.
El Guardián se abrió paso hasta situarse junto a él. Los demás soldados se corrieron, tanto para darle lugar como para apartarse de él. Kardan se preguntó si la ley del hielo estaría afectando al oficial.
—Tengo la impresión de que no has dado lo mejor de ti en las últimas semanas. Comienzo a sospechar que nos has alejado de Allena.
—Comprendo que dude de mí, Alteza, ¿pero dudaría también de los Fafnir que usted mismo programó? Ellos tampoco han encontrado a la princesa. Están tan ciegos y desorientados como yo, aunque hacemos todo en nuestro alcance por percibirla.
Kardan apretó los labios. ¿Dudar de Dereck? Sí, claro que dudaba de él. No porque fuera un traidor sino porque era leal. Kardan podía verlo: en su corazón, Dereck era fiel a la princesa que había jurado proteger.
—¿Entiendes que debemos atraparla por el bien común, verdad? —preguntó mientras lo miraba a los ojos—. Dereck, el futuro de los aesirianos depende de los Dragones. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé, señor. Lo sé.
Había sinceridad en los ojos verdes del Guardián. Y también dolor y tristeza. Kardan estaba seguro de que si Dereck pudiera hacerlo los guiaría en la dirección contraria a Sakti. Pero el Guardián defendió bien su inocencia: los Fafnir estaban igual de desorientados. Dereck podía mentir, podía señalar una dirección errónea y llevarlos por el camino equivocado, pero no podía engañar a los Fafnir. De momento, las herramientas respaldaban al soldado.
Kardan chascó los dedos y llamó a un nuevo oficial. El notario de Delya trotó junto al corcel del príncipe.
—Envía una orden de captura. Busco a una mujer de cabello y ojos grises, y a un hombre de cabello negro y ojos mestizos.
Kardan hizo una pausa. ¿Bajo qué cargos? No podía admitir que se buscaba a la princesa Sakti Allena. Hasta el momento, los príncipes y demás oficiales habían hecho un buen trabajo en esconder la huida de los Dragones. No se le ocurría nada lo bastante convincente como para enviar una gran partida de búsqueda para una mujer tan valiosa sin revelar que era una Aesir. Por suerte no tuvo que inventar nada. El notario dejó escapar un gruñido y se agarró a la silla de Kardan, tanto para llamar la atención del príncipe como para tenerse en pie. El príncipe lo miró con el ceño fruncido, porque el protocolo impedía que un oficial de tan bajo rango le pusiera las manos encima de manera tan casual, en especial delante de tanta gente. Cuando el notario lo miró con ojos chispeantes y rostro ceniciento, se le ocurrió que estaba teniendo un ataque cardíaco.
—Alteza... ¿un hombre mestizo?
Kardan asintió.
—Sus ojos son zafiro en la parte superior de los irises; y en la parte inferior son verde esmeralda.
El notario soltó un suspiro de fastidio, vergüenza y temor. De verdad que ese no era su día.
—Acaban de estar aquí. El mestizo y una mujer encapuchada.
Kardan detuvo el caballo. No sabía si su suerte había mejorado o empeorado. Por un lado al fin tenía noticias sobre su prima; pero por otra parte, su tan anhelado baño tendría que esperar más.
—¿En dónde están?
El notario le habló del campamento neutral.

****

Descansaron apenas lo justo para que los caballos se recuperaran de la corrida, pero aun así les tomó tres días llegar al campamento neutral. O, mejor dicho, al sitio donde antes se levantó ese campamento. Kardan y los soldados vieron las pruebas inequívocas de la estadía aesiriana. En los costados del extremo este estaban las fosas de las letrinas; más adentro, la formación concéntrica de los campamentos militares. Pero hacia el oeste las marcas de las tiendas eran menos precisas. De ese lado destacaban las zanjas que los groliens solían cavar como guarida. El orden aesiriano se fundía con la espontaneidad vaniriana en el medio de ambos extremos.
El estómago del príncipe se contrajo. Quien quiera que hubiese armado ese campamento venía de la zona neutra. Tan seguro como el sol brilla en el cielo.
Chascó los dedos. Seguro tenía una forma particular para chasquear cada orden, porque sus hombres le entendían qué quería con solo ese gesto. Dereck se situó junto a él con la dignidad de un oficial de alto rango. Aún lo era porque nadie lo había rebajo de nivel pero eso podría cambiar en cualquier instante. Él lo sabía mejor que nadie y por eso mismo actuaba como si todavía fuese el preferido de Sigfrid Montag. «Todavía no ha caído en desgracia pero falta poco. Quiere asegurarse de que cuando llegue el momento, lo haga con la frente en alto». Kardan no esperaba menos de Dereck. Estaba muy bien entrenado. De verdad era un soldado modelo pero era aún mejor Guardián. Sin importar cuánto se recriminara a sí mismo por no tener un vínculo mágico tan fuerte como el de Kael o Sigfrid, Dereck siempre sería más competente que ambos a la hora de cuidar a su protegida.
Detrás de Dereck llegaron Kylma y Finn. Kylma había mantenido una expresión serena durante todo el viaje, aunque los soldados podían ver en sus ojos el desdén y la amargura que sentía hacia ellos. Una tarde, Kardan le preguntó por qué los miraba como si fuese superior cuando tan solo era un curandero ordinario atrapado por una tropa.
—No me creo superior ni inferior a ustedes —respondió el aprendiz—. Pero sí es cierto que los miro con condescendencia. Siento lástima por ustedes, tan empeñados en vivir en una Edad Oscura. Tan empeñados en vivir con tanto odio y desprecio.
Kardan detestó todo de él: sus cejas fruncidas en un solo punto; su mirada desaprobatoria; el cabello negro bien corto y mantenido; la limpieza de sus uñas; la capacidad de su mente para abrazar la igualdad en un mundo de guerras. Y, sobre todo, sus manos capaces de sanar.
El que menos le agradaba era Finn. Era joven, pero el pelo castaño y ralo preveía una temprana calvicie. Sus pecas destacaban sobre la piel cuando enrojecía de vergüenza y miedo, o cuando palidecía de furia y espanto. Aunque era condescendiente, por lo menos Kylma guardaba cierta dignidad en su comportamiento frío y orgulloso. Pero Finn era ridículamente amable con los heridos, tanto prisioneros como soldados; se enfadaba por cualquier cabeza cercenada; y se espantaba por cualquier orden dada contra los avances vanirianos. «¿Por qué él?», se preguntaba Kardan cada vez que veía a Finn. ¿Por qué Zoe lo había elegido?
Cuando interrogaron a los prisioneros de Kehari, de lo poco que soltaron sobre los profetas fue que Zoe era una chica extraña. Esas fueron sus palabras: «La chica rara del pueblo, sí». Pero Finn fue el único que se refirió a ella como «La chica más guapa del mundo». Casi todos los muchachos de Kehari concordaron en que era bonita pero cuando la llamaron «rara» Kardan vio que lo hicieron con despecho.
Porque Zoe los había despreciado a ellos.
Al único que no despreció fue a Finn.
La certeza se le clavó en el pecho como una espina. Kardan tuvo el deseo insano de torturarlo y lo habría hecho de no ser por Kylma. El pelinegro salvó a su compañero al oler los celos del príncipe.
—Solo está embobado con ella porque en el último festival de verano bailaron juntos —Kylma giró los ojos. Seguro que Finn le había contado la maravillosa experiencia por lo menos unas mil veces—. Los dos estaban algo borrachos. De lo contrario ella no habría aceptado su invitación y él no la habría ni formulado. Nadie sobrio se atrevería a invitarla a bailar cuando su padre y sus hermanos lanzaban dagas con la mirada a cada pretendiente.
Kardan no insistió más en el asunto. Le dio vergüenza y furia que sus celos fuesen tan transparentes para Kylma y tan insignificantes para Finn. Aun así supo, por la sonrisa boba de Finn, que el aprendiz y Zoe hicieron algo más que bailar. Quizá solo ocurrió una vez durante el festival de verano. Quizá Zoe, tan distraída y fría en asuntos románticos, se había olvidado del asunto. Pero Finn no y Kardan tampoco. Los dos tenían muy presente el único beso fugaz que la profetiza le había dado al aprendiz.
Esa idea hacía que Kardan apretara los puños cada vez que miraba a Finn.
El príncipe señaló las ruinas del campamento.
—¿Es algo que haría su maestro?
Kylma y Finn asintieron. Kardan se esperaba el destello de orgullo en Kylma pero no en Finn. Dios, ¡qué irritante! ¿Es que no se daban cuenta de que ese maldito campamento era traición? ¿Y cuál era el castigo por traición al Imperio? La muerte. Se preguntó si ese par de cabezas huecas mirarían la obra de su maestro con tanto orgullo cuando Kardan lo ejecutara.
—Alteza —lo llamó con suavidad Dereck—. Le recuerdo que el doctor es un profeta también. Ahorcarlo sería contraproducente para nuestra causa. En especial porque la princesa Sakti Allena le tiene cariño a Connor.
Kardan apretó los dientes. Aun antes de la invasión a Kehari había escuchado de este famoso Connor. Todos los titanes que participaron del rescate a Masca estaban como enamorados del doctor. ¡Solo maravillas hablaban de él! Los príncipes del desierto también alababan su talento. Y hasta el Emperador había admitido que el chico tenía algo especial cuando lo recargó. Aun sin conocerlo, Kardan admiró la capacidad de un chiquillo para ganarse tanto amor con las habilidades de sus manos. Cocinaba y curaba. Dos habilidades de las que Kardan carecía; dos habilidades que generaban en él tanto admiración como envidia.
El estómago le gruñó pero no de hambre sino de algo similar al miedo. Como él, Dereck debía de entender lo peligroso que era este chico Connor. Alguien que era capaz de generar tanta simpatía, amor y lealtad –lo sabía, porque aun a este día los titanes sonreían si se les preguntaba por el doctor que los despertó en este mundo–; alguien capaz de unir dos bandos en guerra en un solo campamento; alguien capaz de ganar el afecto de Sakti sin contemplaciones, era peligroso. Porque con su corazón blando y cálido podía cambiar el sistema de muerte y destrucción que tanto vanirianos como aesirianos seguían al pie de la letra. Y alguien como Kardan, que era un Aesir y solo sabía destruir, no tenía cabida en un mundo donde aesirianos y vanirianos podían acampar juntos. Aunque lo deseaba, sí, ¡cuánto lo deseaba! Cuánto anhelaba haber nacido con la capacidad de sembrar jardines, esculpir figuras, sanar heridas y corazones rotos. Ser mejor de lo que era.
Porque entonces quizá Zoe lo habría elegido a él y no a Finn.
—No lo ahorcaré —prometió Kardan.
Por ley debería hacerlo pero él era hijo de la ley. Sabía muy bien que su padre detendría el campamento neutral y atraparía a Connor, pero no le pondría ni un dedo encima salvo para ponerle esposas. La idea era atrapar a Sakti con un señuelo. No enfurecerla. «Aunque ese barco ya zarpó cuando Enlil le borró la mente a Dagda, o Airgetlam, ¡o al que sea! Cuando Allena se entere despedazará al pobre Enlil». A Kardan le preocupaba más lo que pensara Zoe. Lo único que lo consolaba era que podría verla a los ojos y decirle que intentó convencer a su padre de lo contraproducente que sería borrar la memoria de los profetas. Hasta había discutido con el Emperador al respecto, aunque a no aval.
El príncipe miró a Dereck y a los dos aprendices. Quería buscar rastros de ideas y secretos en sus caras. El Guardián era un muro impenetrable cuando se lo proponía, aunque Kylma y Finn eran fáciles de leer.
—¿A dónde creen que habrá ido este doctor Connor?
Kylma mantuvo el rostro sereno aunque en vano. Kardan vio que estaba preocupado por su maestro y la seguridad suya y de Finn. Finn fue aún más transparente.
—¿Para qué quiere buscarlo? ¡Es solo un hombre inocente que busca hacer el bien! No es una amenaza. ¡No ha hecho nada malo!
Kardan quiso abofetearlo. Arrancarle las uñas. Amoratarle los ojos y esa ridícula nariz larga. Sus puños eran destrucción. Las puntas de sus dedos eran dispensadores de relámpagos. Pero se contuvo. Porque quería ser mejor y porque sabía la expresión con que lo miraría Zoe si hacía una de las mil atrocidades que había imaginado para Finn.
Dereck fue el único que buscó responder la pregunta del príncipe. El soldado se bajó del caballo y comenzó a inspeccionar el terreno. Por aquí y por allá había huellas de caballos, de groliens, de botas aesirianas. Todas partían en diferentes direcciones. Connor pudo haber ido tanto al Norte como al Sur, a Masca o al desierto, al mar o a la luna. Kardan supo que los rastreadores propondrían dividirse en grupos y seguir cada rastro. Lo malo es que no tenían tiempo. Sakti y Darius alcanzarían al doctor antes que él –sencillamente porque lo conocían mejor y sabrían seguirle la pista–, y se perderían con Connor para siempre sin que Kardan pudiese evitarlo.
—Alteza, puede que me equivoque —se aventuró Dereck, acuclillado sobre las huellas de unas pezuñas—, pero creo que tal vez fue para el Norte. —Kardan frunció la frente.
—¿Por qué lo crees?
—Estas huellas son más recientes que las demás. Por lo menos de hace tres días, cuando inició la luna llena. Si el campamento se deshizo antes de que llegara la luna carmesí, sé que Connor se habría marchado de último. Hasta asegurarse de que ya no quedaban pacientes que lo necesitaran.
Kylma inspiró por la nariz; sus hombros apenas se movieron. «Novato», pensó Kardan. Si el aprendiz quería esconder su temor le quedaba mucho por aprender. Por lo menos en eso Dereck había acertado en el carácter de Connor.
—Además, si mira con atención estas huellas verá que hay tanto pezuñas de caballo como de grolien. Y ninguna de las huellas de caballo muestra tres pares de patas, lo que quiere decir que no iban con corceles del ejército. —Dereck miró al príncipe a los ojos—. Conociéndolo, y según lo que cuentan de él en Delya, tiene un grupo moderado que incluye aesirianos y vanirianos. Este rastro tiene señas de ambas razas hacia una misma dirección. —El soldado sonrió de medio lado y levantó los hombros—. Aunque claro, puede que me equivoque. No soy un gran rastreador.
Kardan decidió que le creía. Sabía que Dereck podría salirle con un revés pero por el momento era sincero. De verdad se había esforzado en seguir el rastro del doctor. «Todo sería más fácil si pudiéramos volver a como era antes. Cuando Allena estaba de jueza en Masca y el único problema que causaba era empujar por las escaleras al pretendiente ocasional que papá le enviaba para apartarla de Mark». Extrañaba las tardes en el jardín de Enlil mientras el mensajero sembraba jardines, Sakti bebía té y Dereck dormitaba bajo los árboles como un gran holgazán. Extrañaba los días en que todos fingían que eran una gran y feliz familia.
Pero el tiempo de fingir había acabado hacía ya mucho tiempo.
—Puede que tengas razón o puede que no. Sea como fuere, necesitaremos ayuda para encontrar al doctor. —Sonrió al girarse y ver la cara compungida de Finn—. Porque en cuanto encontremos a este doctor, encontraremos a Allena y a Darius.

****

Les tomó menos de un día alcanzar su nuevo destino. El campamento del príncipe Harald estaba en una planicie. Los soldados habían cortado los árboles alrededor para armar carrozas, flechas, arcos y lanzas, además de postes para las tiendas y leña para las fogatas. Mientras su tropa sonaba el corno para anunciar su llegada, Kardan notó la inusual distribución del campamento. La mayoría de las tiendas estaban esparcidas en la periferia, mientras que tres solitarias tiendas se alzaban en el medio. Las reconoció con una mezcla de cariño y aprensión.
La tienda vino de Harald se alzaba en el centro, alta y fuerte, pero se abombaba por el viento tal y como Harald se encogía en presencia de príncipes y Generales. Por debajo de ella, a la izquierda, se alzaba una tienda amarilla con banderines de los Aesir. Aun sin entrar al campamento, Kardan podía oler las candelas e incensarios de lavanda que Sin había prendido dentro. A cincuenta metros de la tienda de Harald se alzaba una de tela negra y banderines de plata. Era rígida y fría, como su dueño. Esta tienda fue la que más recelo provocó a Kardan. «¿Qué hacen Sigfrid y Sin aquí? Ellos estaban a cargo de encontrar a Zoe». La aprensión fue sustituida por mariposas en el estómago. Pensó que quizá Zoe estaba en una de esas tiendas, esposada, enojada y adorable.
—Oh, príncipe... —Dereck resopló una carcajada junto a él; lo bastante camuflada con una combinación de tos y estornudo para que nadie más lo escuchara, pero igualmente clara para que Kardan supiera que se burlaba de él.
—Cállate —musitó el príncipe con los dientes apretados. Gracias a Dios el cielo estaba libre de nubes y el sol caía sobre ellos sin misericordia. Así podría justificar el rubor sobre su cara usualmente pálida.
Cuando al fin llegaron al borde del campamento, Kardan notó los semblantes pálidos y ojerosos de los oficiales. Los soldados miraron a los suyos, que también iban ojerosos y agotados. Por primera vez se le ocurrió que fue muy duro con sus oficiales, forzándolos a avanzar casi sin descanso. El único que tenía buena pinta era Dereck, pero, de nuevo, él era el soldado modelo. Había pasado tanto tiempo bajo el mando de Sigfrid que ahora era capaz de soportar cualquier itinerario.
A pesar del cansancio claro en sus rostros, los oficiales cumplieron con toda la ceremonia de dejarlos pasar con el saludo militar. Kardan subió hasta la tienda de Harald; afuera de ella lo esperaban sus primos. Harald se golpeó el pecho con una mano pero Kardan lo detuvo antes de que se arrodillara.
—No me cedas el mando —le advirtió—. Solo voy de paso.
Entraron a la tienda para ponerse al tanto. Por las expresiones agotadas de sus primos y la ausencia de Sigfrid, presintió que los príncipes tenían malas noticias para él.

****

Antes de que pudiera decir nada, Sin y Harald le hablaron de la luna de sangre. De lo aterrorizados que estuvieron todos los soldados en ese campamento, tan cerca de Sigfrid en el punto máximo de su mal humor. Cuando Kardan preguntó por qué el General no estaba con ellos, los príncipes hicieron una mueca.
—Está en su tienda y está algo... —Harald torció el gesto y se encogió de hombros, incapaz de describir la situación.
—¿Enfermo? —La última vez que lo vio en Kehari, Kardan escuchó a los soldados decir que el General no se encontraba del todo bien. Él lo creyó porque además de terrorífico Sigfrid había estado algo pálido.
—Sí y no —contestó Sin—. No deja que ningún médico lo revise, aunque parece que tiene dolor.
—Y al instante siguiente destroza con el puño una silla, la mesa o lo que sea que tenga al frente. Así, de la nada.
Harald golpeó la mesa con el puño. No la rompió, pero saltó con un retumbo sorprendido. Con ella también saltó una torre de papeles que se tambaleó hacia el suelo. Kardan estiró la mano para atajar la mayoría de las hojas, aunque algunas lograron ondear libres en el aire antes de aterrizar bocarriba. Al mirarlas, el corazón del príncipe dio un vuelco. Zoe lo miraba desde el papel.
Alguien resopló una carcajada detrás de él. Creyó que sería Dereck, pero el Guardián estaba al lado de la entrada con un rostro serio y profesional. Si le hizo gracia la cara del príncipe al encontrar el retrato de la profetiza, lo escondió muy bien.
El que se había reído era Sin. El príncipe rubio tenía una media sonrisa de desdén. Kardan supo lo que diría.
—¿Por qué eres tan masoquista? Es solo una bastarda traidora.
—No la llames así.
—Jugó contigo. —La sonrisa de Sin se borró—. Te hizo correr detrás de ella como un perrito faldero. Y después se marchó sin mirar atrás. Se me ocurren nombres más apropiados para ella que «bastarda traidora».
Kardan apretó los puños. Quería a su primo, Dios sabía que sí, pero a veces no podía soportarlo. Sin se expresaba así de Zoe porque la encontraba honestamente repugnante, pero era incapaz de ponerse en los zapatos de ella. En cambio, Kardan sí podía hacerlo.
Su padre había enviado a secuestrar y encerrar a Zoe y a su familia. Su padre se había encargado de organizar una bonita ceremonia de ejecución para Darius. Forzó a los gemelos a ser Generales bajo la tutela (tortura) de Sigfrid. Y a ella la mandó al Templo de las Doncellas. Claro que Zoe odiaría al Emperador y por extensión a todo lo relacionado con él. Desde luego odiaría al príncipe Kardan. «Jugó conmigo porque no podía lastimar a mi padre. Herirme era lo único que podía hacer para fastidiarlo».
Él lo tuvo presente siempre. Desde la mañana en que descubrió que la niña que lanzaba libros en la casita del lago se convertía en mujer. Kardan luchó contra la atracción con todas sus fuerzas, porque se mirara como se mirase era imposible que entre los dos surgiese un amor que pudiera enmendar las heridas del pasado. Pero en algún momento Zoe dejó de ser niña y se convirtió en muchacha, y de muchacha pasó a ser aquella mujer inalcanzable que leía los designios del agua y el escudo de tinieblas sobre Masca con precisión de cirujana.
A Kardan le gustó lo lejos que estaba Zoe de su alcance, pero también la calidez que surgía de ella hacia el resto del mundo: sus hermanos, su padre, Adad, Sakti, las flores, los perros y los gatos, las abejas y las mariposas. Aunque los animales se apartaban de Zoe –los gatos le siseaban y los perros le gruñían–, ella seguía extendiéndoles los brazos con la esperanza de que algún día la aceptaran. Porque ella era buena y sabía esperar. Kardan había creído que si él lograba ser bueno, si lograba sobrepasar las limitaciones con las que nació como un Aesir de destrucción, algún día Zoe también extendería los brazos hacia él. Entonces él sabría que había cambiado, que se había convertido en una mejor persona, y que todo sería gracias al anhelo de estar con ella. Si Zoe lo perdonaba, si Zoe lo amaba, él podría perdonarse las traiciones que había cometido hacia Adad y Sakti, y los horrores que había liderado en nombre de su padre. Entonces podría amarse mejor a sí mismo.
—Si tanto la desprecias ¿por qué tienes su retrato? —cuestionó a Sin. El príncipe rubio se cruzó de brazos y giró los ojos.
—Planeo forrar cada muro, poste y árbol con un cartel de «Se busca» dedicado a ella. Solo necesito al dibujante adecuado para conseguir un retrato decente.
Sin señaló con la barbilla a Harald, quien se había agachado para recoger los dibujos del suelo. Kardan sintió un retortijón en el estómago.
—¿Tú la dibujaste?
Miró las manos gigantescas de Harald. ¿Cómo podían levantar un hacha y empuñar un lápiz? Kardan no envidiaba a ninguno de sus primos –salvo quizá un poco a Sakti y Adad por tener el cariño de Zoe–, porque se parecían en él en la habilidad para destruir. Pero si Harald era capaz de dibujar un rostro tan hermoso, de crear belleza con sus manos, entraría en la lista nada reducida de envidias de Kardan. «Qué triste», pensó el príncipe, enojado consigo mismo. «¿Por qué envidio a las personas que son mejores que yo?». Se aborrecía por eso.
Harald apartó la mirada y negó su destreza, avergonzado. Sin chupó los dientes.
—¿Para qué lo niegas? ¡Ya te he dicho que tienes derecho de presumir tus talentos! Ten más confianza en ti mismo, mequetrefe.
—Quizá si no lo llamaras siempre «mequetrefe» dejaría de actuar como tal —le soltó Kardan.
Sin abrió la boca para reclamar pero se calló en cuanto Harald giró el cuello hacia él. No lo miró con hostilidad, pero Sin supo que se estaba pasando de la raya. A Harald no le gustaba que se rompiera el protocolo, y discutir con el príncipe heredero por una estupidez como una profetiza contaba como romper protocolo.
—Son asombrosos, Harald —lo felicitó Kardan. Él también quería cambiar de tema.
—... Gracias. —Harald bajó la mirada, azorado—. Si no quieres que te ceda el mando aquí, ¿en qué te puedo ayudar?
—Sigo el rastro de Allena.
Si ya Harald se había encogido en su cascarón de timidez, ahora buscaba formas de hacerse desaparecer. De acuerdo, Sakti era algo intimidante y peligrosa, pero ella no mataría a un príncipe a no ser que se la provocara con una buena afrenta. Como borrarle la mente a un profeta, por ejemplo. De todos los príncipes, Harald era el que menos buscaría enojar a Sakti. Por eso, era el único que tenía todas las posibilidades de salir ileso en un enfrentamiento contra ella. Lo que le hacía gracia a Kardan era que Harald no se diera cuenta de que estaba a salvo. Cuando fueron muchachos en Masca, en la misma época feliz en la que aún pretendían ser una familia unida, Harald era el único que siempre se libraba de las bolas de fuego de Sakti o de sus apariciones repentinas en el cuadrilátero de entrenamiento. Sin, en cambio, era el que recibía más golpes de parte de ella. Porque Harald se encogía delante de Sakti mientras que el príncipe rubio la provocaba con su arrogancia.
—O-oh. Y-y-¿y cre-ee-es que es-está cerca? —tartamudeó el pelirrojo.
—Cerquísima. Estoy a punto de ponerle las manos encima. Pero primero tengo que encontrar lo que ella está buscando. —Kardan sonrió—. Allena busca un campamento neutral en donde un doctor cura tanto a vanirianos como aesirianos. —Sin hizo una mueca.
—¿Qué? ¿Eso existe? ¿Para qué querría Allena ir...?
—Oh, se pone mejor —lo interrumpió Kardan—. Resulta que este doctor es el cachorro menor de Darius. Es el profeta que recargó a papá en la misión de rescate a Masca.
Sin levantó las cejas y esbozó una sonrisa de desprecio. ¡Oh, qué buenas noticias! Kardan de verdad estaba cerca de encontrar a Sakti y, además, tendría un premio adicional al encontrar a este doctor. Antes de que pudiera felicitar al heredero por sus avances, un gritito de Harald lo sobresaltó. El pelirrojo dejó caer otra vez todos los retratos. Las hojas bailaban en el aire. La cara, usualmente roja como el pelo, estaba ahora pálida.
Kardan entrecerró los ojos.
—¿Has escuchado de ese campamento?
—Eeeeh... —Harald se irguió y estiró el cuello para que sus ojos quedaran lejos del alcance de sus primos. El truco funcionaba bien con Sin, pero no con Kardan. Aunque el Heredero era más bajo que Harald, lo seguía de cerca—. Umm... Eh... No, no. Qué va. No.
—Harald —Kardan cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Qué pasa?
—¿Um? ¡O-oh! ¡Nada, nada! E-es que me pusiste algo nervioso. Ja, ja. Ya sabes que Allena siempre me ha dado miedo. Je, je. Je, je.
Sin también cruzó los brazos sobre el pecho. Harald era el mentiroso más débil de los Aesir. Esa falsa risa de «je, je» siempre lo delataba.
—Harald.
—¡Ya dije que es nada! ¡Déjame en paz!
—¿Sabes algo de un campamento neutral?
—No. Para nada. Nunca en mi vida escuché hablar de semejante disparate.
—¿En serio? Qué raro. Porque ese campamento estuvo a menos de un día de viaje del tuyo. Me puedo creer que Sin y Sigfrid te hayan alcanzado por otro camino, y que no vieran el campamento antes. Pero no me puedo creer que tú te lo hubieses saltado. ¡Este es tu territorio!
—No sé de lo que hablas. —Harald también se cruzó de brazos. Sus bíceps destacaban más que los de sus primos, pero en su interior tenía la fuerza de voluntad de un gatito recién nacido—. Si hubiese sabido de un campamento neutral no habría podido esconder su existencia a Sin y a Sigfrid. ¡Anda, pregúntale a los soldados! ¡Ninguno sabe nada de un campamento neutral por aquí cerca!
—Bien, tal vez lo haga —decidió Kardan.
—Bien, adelante —respondió Harald con voz y rostro firmes.
Kardan dudó de sí mismo. Harald se animaría a mentirle a su familia porque era el pasatiempo favorito de los Aesir. ¿Pero le mentiría a Sigfrid? Definitivamente no. Menos si el General estaba tan irritable como decían. Kardan relajó los hombros. Por el momento lo dejaría pasar y en cuanto Harald menos lo esperara volvería a preguntar.
Harald también se relajó. Bajó el cuello y esbozó una sonrisa simpática. Un soldado no se habría dado cuenta, pero Kardan vio el fantasma de un temblor en sus labios. La prueba de que ocultaba algo. Sin también lo notó. Como era un hombre que iba directo al grano no terminaría esa reunión sin una respuesta clara por parte de su primo. Harald volvió a tensarse pero no fue por el avance de Sin.
Fue por el silbido en el aire. Kardan también lo escuchó por un instante, justo antes de que el suelo se levantara bajo sus pies. La tienda de Harald se abombó hasta levantarse por los aires. La robusta mesa de reuniones se alzó como una pluma. La explosión arrastró a los tres príncipes entre polvo y flamas.
Por un terrible segundo, mientras estaba en el aire, Kardan creyó que aterrizaría sobre una viga puntiaguda. La vio con claridad mientras se acercaba a ella segundo a segundo. Se la enterraría en el ojo y se destrozaría el cráneo. Se cubrió el rostro con los brazos, incapaz de hacer absolutamente nada más. Antes de que aterrizara, una mole de metal lo rodeó con dos brazos de acero. Cuando cayó al suelo, el grito de Dereck lo atravesó en lugar de la viga. Aturdido, el príncipe comprendió que Dereck lo había atajado. El soldado cayó de espaldas sobre la viga; una vara le atravesaba el hombro.
Alrededor todo era llamas. Kardan miró de un lugar a otro pero solo vio fuego y polvo. Y los retratos de Zoe, que ondeaban entre la ruina junto con mapas, cartas y folios; todos ardían, todos se consumían en flamas. Oyó el crepitar del fuego, la cascada de escombros que caía como llovizna y los jadeos de Dereck, pero todo venía desde lejos, atenuado por un pitido. La explosión lo había ensordecido.
Luego el paso. Los pasos. Los sintió en sus entrañas, como retumbos provenientes del centro del planeta. Kardan miró hacia el sur, por donde él había venido con su tropa. Entre el polvo, el humo y las cenizas que bailaban en el aire, vio la figura clara de un hijo de Vanir. Lo seguían otras siluetas, todavía lejanas, todavía aterradoras.
Una flama se prendió en el hombro del hijo de Vanir que venía en la delantera. El fuego era verde, como los jades.
Al fin todas las piezas calzaron en la mente del príncipe. El crepitar se hizo más claro, los jadeos de Dereck más altos, las toses de los sobrevivientes más evidentes. Antes de que la mangodria volviera a disparar, doce canicas de mármol se formaron alrededor del cuello de Kardan. Los primeros Fafnir se materializaron para entrar en acción.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

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