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Capítulo 18

18
DESESPERACIÓN

Ganaron en el segundo día de batalla. Para cuando el encuentro acabó, el terreno alrededor quedó lleno de cuerpos y armaduras aesirianas, como si fuesen árboles y plantas sembradas por un mal jardinero. Había también cadáveres vanirianos, aunque eran menos. Entre ellos destacaban dos hijos de Vanir, que parecían los árboles más grandes y viejos de ese bosque escarlata. Los Fafnir les quitaron el pelaje; con su saliva ácida dejaron descubiertos los huesos, que se alzaban al cielo como troncos y ramas sin hojas.
Los sobrevivientes se dijeron que faltaban más cuerpos enemigos porque los Fafnir ya los habían derretido. Pero en el fondo de sus corazones supieron que ganaron porque los vanirianos se retiraron. Mientras el grupo de ataque se concentraba en el campamento aesiriano, que estaba disperso y confundido por los resultados de la luna carmesí, una columna enemiga, amplia como una torre, subió rumbo al Norte sin guerreros que la detuvieran.
Sigfrid estaba furioso. Al verlo, Kardan no se podía creer que estuviese tan enfermo como Sin y Harald decían. Se veía vigoroso e inmortal, como todo un dios. Él solo había derribado a un hijo de Vanir, y habría derribado al otro de no ser por la mangodria. Kardan no pudo ver toda la batalla del General contra la vaniriana, pues él mismo estuvo en combate. Sus Fafnir y los de Sin estuvieron encargados de frenar el avance enemigo sobre sus soldados, quienes en la primera hora estuvieron desubicados por el ataque repentino y por el estrés posterior de la luna. Aun cuando Harald logró reagruparlos para la defensiva, y Sin apoyó con sus propias herramientas, la mayor parte de la ofensiva aesiriana recayó en Kardan.
Harald no tenía Fafnir propios. Sin tenía dos modelos distintos; uno muy rápido y escurridizo, pero que lamentablemente se rompía y deshacía con facilidad; y otro gigante y más resistente, pero que requería un día entero de carga para que pudiera materializarse. Los de Kardan, en cambio, eran el modelo más reciente: se regeneraban con una conexión remota a la energía del príncipe, tenían mayor resistencia al fuego y, aunque igual podían evaporarse, también podían re materializarse si su núcleo sobrevivía al ataque.
Al acabar el encuentro, los aesirianos se sumergieron en un silencio profundo. Aunque los heridos jadeaban y los soportes médicos lanzaban instrucciones a sus aprendices para salvar a tantos soldados como fuera posible, esos sonidos eran mudos en un campo de batalla que había presenciado el poder destructivo de un General y una mangodria. Por aquí y por allá había rastros del enfrentamiento de Sigfrid y la vaniriana. Estrías de cenizas donde el fuego verde consumió tiendas y oficiales. Sesos esparcidos donde Sigfrid acertó los golpes de la guardia de la mangodria. Cráteres de meteorito donde impactaron las bolas de fuego. Y brazos y piernas blanquecinas que el General había cercenado de su enemiga miles de veces, todas en vano. Al final, la mangodria se regeneró sin descanso.
Los soldados que aún se mantenían en pie estaban al borde del campamento periférico. Aunque la prudencia los situó lejos del General, contemplaban lo mismo que él: el rastro de la columna vaniriana que logró subir al Norte sin que ellos la detuviesen. Los príncipes miraron también las huellas de las pesuñas y las carretas vanirianas. El suelo estaba hundido por donde la columna avanzó. En el barro había más que el peso de un ejército. Era el peso de un país entero.
Entonces ¿de verdad ganaron el encuentro? ¿Podían contar como victoria la retirada del ejército vaniriano del territorio de Harald? ¿O debían contarlo como una derrota? La boca de Kardan se inundó de un sabor amargo. Aunque parecía que habían ganado, en realidad habían perdido.
—Suben a Tyr —informó Harald.
El príncipe pelirrojo estaba cubierto de sudor y sangre. Tenía cortes y moretones por todas partes. Kardan notó hasta ese momento que su primo tenía herido el brazo derecho, el que usualmente usaba para defender con un escudo. Por eso había recibido más golpes que de costumbre, aunque había repartido otros con el hacha en la mano izquierda.
Harald apretó los dientes. Su trabajo era frenar el avance de las tropas vanirianas hacia el norte. Aunque había aplastado la mayoría de las fuerzas que entraron a su territorio, en las últimas semanas había notado que parte de las tropas enemigas se habían filtrado rumbo al norte. Por eso hizo planes para subir más y frenarlas antes de que el grueso vaniriano burlara las defensas aesirianas. Y ahora, pese a que su campamento tenía tres príncipes, tres modelos distintos de Fafnir, un mensajero, un Guardián y al mismísimo Demonio Montag, los vanirianos lograron pasar de lado.
—Salieron desde la zona neutra —continuó Sin—. ¡No debieron haberlo hecho! Allí teníamos a los príncipes de las Arenas y a Enlil. ¡Ya prácticamente habíamos recuperado toda la zona! ¡No tiene sentido que los vanirianos salieran con tanta fuerza de allí!
—A no ser que tuvieran un panal —apuntó Kardan—. Si escondieron uno en la zona neutra, cuando la reconquistamos los forzamos a salir.
No tenían noticias de ningún panal en donde se criara hijos de Vanir, pero durante siglos desconocieron la existencia del panal que estuvo en el paso entre las rocas, en el Pantano. A lo mejor los príncipes de las Arenas y Enlil aún no se habían dado cuenta de la fuerza enemiga que durmió por tanto tiempo en la zona neutra.
—¿Sus órdenes, Alteza? —la sombra del General cubrió a los tres príncipes.
Kardan, Harald y Sin apretaron los labios en un gesto idéntico. Aunque en teoría eran la máxima jerarquía en el campamento, todos sabían que eran más débiles que Sigfrid. Los tres podían ver las marcas de dolor que la luna carmesí había dejado en el General. Por debajo de la barba estaba pálido y delgado. Ya Harald no sospechaba que tenía canas, sino que estaba seguro de ello. Pero aún con toda la mala pinta, el General estaba erguido como una columna de oro. Resplandecía, aun por debajo de la sangre que lo manchaba de pies a cabeza.
Kardan supo que el General le hablaba a él, pues por ser el Heredero era el de mayor rango. Nunca se había alegrado tanto de haber rechazado el dominio de un campamento.
—Yo solo voy de paso mientras atrapo a la princesa Sakti Allena. Aquí el que manda es otro —Kardan sonrió a Harald y le pasó la responsabilidad. El príncipe pelirrojo contuvo una maldición e irguió la cabeza, orgulloso, aunque por dentro estaba muerto de miedo.
—Los seguimos de inmediato. No dejamos que lleguen a Tyr.
Sigfrid asintió. Era lo más sensato, en especial porque el Emperador había marchado hacia esa dirección bajo las instrucciones de Zoe. Así como Sakti podía destrozar a su tío en un enfrentamiento cara a cara, los vanirianos podrían matarlo. Por eso el Emperador viajaba sin el estandarte de los Aesir, para pasar desapercibido cuando viajaba sin algún príncipe.
Kardan aprobó la decisión de su primo con un asentimiento de cabeza. Dio un paso hacia Dereck, quien había organizado a los sobrevivientes de la partida de cacería para retomar el camino por su cuenta. El Guardián tenía el brazo derecho en cabestrillo, pues se había herido el hombro cuando atajó al príncipe heredero. Dereck estaba pálido y sudoroso, pero con la mano sana señalaba con vigor a los hombres para dar énfasis a sus órdenes. Los soldados asentían. Aunque durante la cacería nadie miró a Dereck, era claro que los soldados todavía lo admiraban. Kardan lo había visto en combate. Aunque estaba herido, se sumó a la lucha apenas Finn lo vendó. Era imposible ignorar tanta determinación y su talento innato para liderar. Por eso era que, a pesar de todo, Dereck todavía mantenía su puesto como principal pupilo de Sigfrid.
Kardan abrió la boca para dar la orden de partida a Dereck. La voz no le salió. La visión se le nubló por un segundo, aunque al instante todo se hizo nítido de nuevo. «Estoy cansado», pensó. Había peleado sin respiro. Los Fafnir habían chupado una buena dosis de su energía. Tampoco había parado siquiera a comer. Pero no tenía hambre, sino un nudo en el estómago. Se miró las manos pálidas, que le temblaban. ¿Era idea suya o tenía las uñas azuladas? Cuando se las acercó más para comprobarlo, la visión se le nubló de nuevo. Los objetos recuperaron la nitidez antes de que se desplomara; pudo las manos en el suelo antes de caerse de narices y apañó la caída. Intentó levantarse por su cuenta, pero los brazos estaban entumecidos. Los sentía como hormigueros. Reconoció a Sin y Harald, que lo llamaban a la vez que lo levantaban, pero no pudo levantar el cuello para mirarlos. Sus voces también le llegaban desde lejos, con la misma intensidad con que percibió los gritos de la luna. «Oh, oh», pensó de mala gana. En la boca del estómago sintió la certeza de lo que ocurría con él.
Harald engrosó la voz para llamar a sus soportes médicos. Tímidos, Finn y Kylma también se acercaron. Lo dejaron sentado en el suelo, aunque Harald y Sin le sostuvieron la espalda para que no se volviera a caer. Uno de los doctores de Harald le palpó la pierna derecha. Allí, a una cuarta por encima de la rodilla, tenía una flecha clavada. Kardan había partido la parte de encima para que no le estorbara demasiado en combate, pero se la dejó clavada porque no quería empeorarse la herida cuando todavía los curanderos no podían atenderlo.
El doctor tomó una pinza y jaló la parte superior de la flecha. Lo hizo tan rápido y firme como pudo, para que Kardan no sufriese demasiado. El príncipe soportó el dolor con dignidad; ni siquiera soltó un gemido. Pero cuando la sangre empezó a brotar negra, siseó. El curandero miró a Harald. Los sonidos volvieron a ser nítidos. La claridad de los cinco sentidos iba y venía.
—Es el mismo tipo de flecha con que lo atacaron, Alteza.
—Ah, bueno —sonrió Kardan a Harald, para hacer sentir mejor a su primo. Por la cara del pobre pelirrojo, parecía a punto de desplomarse de la congoja—. Si tú te pusiste bien, yo también.
Harald chupó los dientes. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Kardan, el heredero vio una sombra de terror que se hizo más y más grande. El pelirrojo miró a su soporte médico, pero el doctor negó con la cabeza.
—Podemos hacer lo mismo que hicimos con usted, pero...
Harald asintió. En su rostro se reflejó la comprensión y el temor de lo que el doctor decía. El mundo se estremeció para Kardan cuando Harald lo levantó.
—Cambio de planes. Tú y tu grupo vienen conmigo.
—¡Harald, bájame! —ordenó Kardan, sonrojado. Aunque su primo había pasado su brazo por encima del hombro, sus pies no tocaban el suelo.
—No. Te llevaré a un doctor.
—Es solo veneno. Nada fuera de lo normal.
Una de sus clases en Masca fue envenenamientos. Era la clase más aborrecida, porque todos los príncipes tenían que ser envenenados cada tres meses para que construyeran defensas contra las toxinas. Eso no los salvaría contra un envenenamiento prolongado, en especial porque los sicarios se ponían cada vez más creativos con el paso de los años, pero sí les daba mayor resistencia hasta que pudieran recibir tratamiento médico.
—No es un veneno normal. Te vienes conmigo.
—Harald, mi misión es atrapar a Allena. No puedo---
—¡Ya te lo dije! —Harald no admitió que lo contradijera. Una nueva oleada de desenfoque visual y auditivo golpeó a Kardan, pero captó lo que decía su primo—: Yo estoy a mando aquí. Y si digo que vienes conmigo, ¡vienes conmigo! —Miró a Dereck. El Guardián tenía su expresión seria y profesional—. Sube en la primera línea junto con Sigfrid. Los dos están encargados de derribar la retaguardia vaniriana y cualquier otra fuerza que decida regresar a enfrentarnos. —Miró a Sin—: Tú vas cargando los Fafnir gigantes para dar apoyo apenas Sigfrid y Dereck lo necesiten. Y tú... —miró a Kardan—. Por favor trata de no morirte mientras llegamos.

****

El nuevo campamento de Connor estaba situado a tres días de distancia de Aulden, justo en el sitio que Harald le había recomendado en su última reunión. En los primeros días no hubo nada de pacientes. Solo estaba el grupo de Connor. En retrospectiva, esa ausencia fue una suerte porque aún los aesirianos se estaban recuperando de la luna de sangre. Todavía estaban algo tensos, incluido Connor, así que un ambiente libre de enfermos fue una bendición. Pudieron recargar energía y recuperar la dinámica armoniosa que adquirieron como equipo.
A Connor le encantaba su grupo. Ahora que tenía tiempo para compartir con sus integrantes, se ilusionó con la idea de que el campamento neutral pudiese mantenerse por mucho tiempo más. Para todos sería como una nueva familia mientras estuvieran de viaje.
Pero a la semana y media de haber montado el campamento, vieron una columna de humo que se alzaba desde el sur. La columna se hacía cada vez más densa y cercana. Con el paso de los días, el viento les trajo el sonido de las espadas. Los retumbos de las explosiones. El olor salobre de la sangre. Y los heridos.
Mientras su primer campamento tuvo una cantidad equitativa de ambos bandos, ahora había una gran mayoría de vanirianos. Los únicos aesirianos eran los desertores, Connor y parte de sus aprendices. Los grupos heridos subían desesperados, con órdenes de formar un campamento militar de avanzada en donde pudieran situar a las cabecillas militares mientras se daba la batalla. Parte de la avanzada sí formó un campamento vaniriano, aunque Connor no sabía dónde. Esa parte, armada hasta los dientes, se alejó tanto como pudo apenas reconoció la locación del nuevo campamento neutral; y dejó atrás a la mayoría de los heridos, a quienes les faltó poco para echar a correr hacia Connor y sus aprendices en cuanto reconocieron las tiendas de los doctores.
—Necesitamos algo que nos identifique —apuntó Rodni—. Tuvimos suerte de que los vanirianos notaran que éramos nosotros antes de atacar. Pero si hubiesen sido aesirianos, habrían golpeado primero y preguntado después.
Resolvieron poner una sábana blanca en lo alto de un poste, a modo de bandera, para distinguirse de un grupo militar. Los campamentos vanirianos tenían banderines con un círculo negro sobre un fondo dorado, mientras que los aesirianos llevaban un estandarte con el emblema de los Tres Dragones. Cuando la tropa era dirigida por un coronel o un oficial de grado inferior, el fondo del estandarte era plateado. Cuando la tropa era dirigida por un General, el fondo era dorado; el estandarte también iba acompañado por la bandera con el escudo de la Casa Militar. Y cuando la tropa era dirigida por un Aesir, el fondo era negro.
Ante una bandera blanca, tanto vanirianos como aesirianos se preguntarían qué significaba y se detendrían a consultarlo antes de soltar un ataque.
Si en el viejo campamento Connor creyó que vio mucha sangre y dolor, en este encontró demasiado de ambos. Vio heridas con las que ya estaba familiarizado: tajos de espadas, extremidades detonadas con la explosión relámpago de Huggin, disparos a quemarropa por parte de la esencia del fuego, caras y vientres reventados por relámpagos y golpes de acero. Pero encontró también mordiscos que abarcaban torsos enteros, brazos derretidos en donde asomaban los huesos, punzones en los pulmones, ojos desechos con clavos, cuerpos cubiertos en brea y ampollas, y tripas rellenas de una sustancia púrpura que explotaba al contacto con el aire.
—¡Nos están machacando! —sollozó un grolien mientras Connor y dos aprendices le revisaban el vientre.
Como muchos de los pacientes, éste tenía un combo de heridas: un Fafnir le había derramado baba en el cuerno izquierdo y ese lado del rostro lo tenía completamente derretido. Milo detuvo la hemorragia del brazo cercenado por encima del codo. En el pecho tenía las marcas de los punzones que le habían disparado para explotarle el corazón. Y el vientre lo tenía abierto de par en par, con una herida seca y coagulada.
Todos lo sabían, hasta el grolien. Su mirada se paseaba por Connor, los aprendices y los amigos que lo habían llevado ahí, en busca de consuelo. Moriría. No importaba cuánto se esforzara en respirar entre silbidos ligeros. No importaba si detenían la hemorragia o le pasaban ungüento en el cráneo para que no le diera una infección. Iba a explotar, como los otros veinte groliens que habían estallado antes que él.
—Por favor, ¡no quiero que duela!
Connor apretó los labios, aunque el gesto pasaba desapercibido porque llevaba una mascarilla. Le ardían los ojos. Una parte de su ser le decía que lo más misericordioso era tomar la jeringa que Drake sostenía detrás de él para dormir al grolien. Pero otra parte le decía que tal vez, quizá, podría salvarle la vida. No todas las heridas coaguladas en el vientre tenían explosivos. Ceniza, Nex, Cástor y Ciel ya habían asegurado a diez pacientes. Aunque cuando creyeron que habían encontrado al afortunado undécimo, la sangre brotó púrpura y le voló los dedos a Ciel.
Connor apretó tan fuerte el puño que se enterró las uñas en la palma. A ese ritmo tendría que preguntarle a cada paciente qué prefería: ¿arriesgarse a una revisión que podía salvarle la vida o volarlo a pedazos? ¿O aliviar el dolor con una jeringuilla de muerte?
Antes de que pudiera ofrecerle las opciones al paciente, Milo soltó una maldición. Él y el otro aprendiz se echaron para atrás, junto con los amigos del vaniriano. Connor vio la expresión de absoluto pánico en el grolien antes de que Drake reaccionara y lo jalara por el cuello de la camisa. Las tripas del grolien estallaron con un retumbo. Pringaron todo alrededor. El olor a sangre y pólvora se intensificó. Connor tuvo ganas de vomitar, pero se contuvo a tiempo para tomar la jeringa de Drake y aplicarla en el cuello del grolien. Porque a pesar de las tripas derretidas por doquier, a pesar de las piernas separadas del tronco, a pesar de la sangre y heces esparcidas por el suelo, el grolien todavía gemía.
«Lo siento». Quiso disculparse largo y tendido. Lamentaba no ser tan buen doctor como todos esperaban que fuera. Lamentaba que aunque era profeta, no hubiese previsto que la batalla se intensificaría así. Lamentaba haber fallado en traer consuelo a sus pacientes. Pero como el grolien ya no jadeaba, ya no podría escuchar la disculpa del doctor.
—Connor... —lo llamó Drake.
—Déjame. —Connor se levantó. No podía ver la cara del grolien muerto, porque no sabía si lo había inyectado a tiempo para ahorrarle por lo menos dos segundos de dolor—. Necesito estar a solas un minuto.
Se alejó cinco pasos de su hermano y contuvo el aliento. Imaginó que estaba en un valle floreado, donde la brisa soplaba fresca e impregnada de aromas silvestres. Imaginó que el único sonido era el viento. Había acudido muchas veces a ese lugar seguro cuando la vida de Darius peligraba en el Reino de las Arenas. Aunque en aquel entonces Connor se mostró tan valiente como pudo, en más de una ocasión tuvo problemas para asimilar la idea de que su padre se podría morir en cualquier instante. Escapar a ese valle imaginario, aunque fuera por una hora, lo había ayudado a mantener la cabeza fría para atender a Darius y a los otros muchos pacientes que tuvo tras los terremotos y el despertar de los titanes.
Lástima que ahora no podía darse el lujo de una hora entera en sus meditaciones. Aunque algunos de sus aprendices iban muy avanzados, la mayoría necesitaba la guía de Connor. Y todos aún tenían mucho que aprender como para que se atreviera a dejarlos solos, en especial con ese maldito veneno explosivo.
Aunque intentó apartar su mente del bullicio del campamento, le llegaron susurros que rellenaron los huecos de las conversaciones con pacientes previos. Los vanirianos burlaron el mayor campamento militar de los aesirianos, que les bloqueaba la entrada a la zona norte. Pero cantaron victoria demasiado pronto. Los aesirianos los siguieron. Los cazaron y atacaron con más fuerza de la que se habían defendido antes. Golpearon sin piedad, con todo lo que tenían, sin detenerse a pensar en que se estaban pasando de la raya. Cualquier amistad que hubiesen trabado en el primer campamento neutral quedó destruida. Los aesirianos parecían casi desesperados en frenar la avanzada vaniriana, y lo estaban logrando.
Connor respiró dos veces rápido por la nariz. Se apartó de su valle de paz y regresó a su campamento adolorido. Aunque había mucho en qué ocuparse –más tripas explosivas, más miembros cercenados, más quemaduras y tajos de espada–, pacientes, aprendices y guerreros por igual le robaban miraditas por el rabillo del ojo. Si Connor perdía los estribos, si se echaba a llorar sobrecogido por el sufrimiento alrededor, solo aumentaría la impotencia de los demás.
Intentó sonreír.
Un relámpago detonó detrás de él.
El aire giró como en torbellino. Las tiendas, leños y personas cercanas fueron barridos por la corriente. Connor se levantó en el aire y cayó unos pasos más adelante, justo encima se las tripas del último grolien. Un leño le cayó por detrás de la rodilla derecha, y otro encima de la espalda. Ese último le sacó el aire.
Cuando miró detrás de sí, vio las siluetas magníficas de Harald y Huggin, enmarcadas por el polvazal. El doctor estuvo seguro de que la llegada del príncipe era el fin de la alianza no oficial entre vanirianos y aesirianos. Por los gemidos alrededor, supo que los demás creían lo mismo. En cualquier momento escucharían la cabalgata aesiriana, los gritos guerreros y el silbido de las espadas, mientras bailaban en el aire para cortar cabezas en plena marcha.
Harald lo miró. El príncipe estaba cubierto de rojo, pero Connor no sabía si era sangre o es que Harald se miraría siempre así, gracias a esa cabellera tan ridículamente larga. El príncipe desmontó a toda prisa. Los vanirianos alrededor retrocedieron aterrados, aunque después un jadeo colectivo salió de sus gargantas. Sin embargo, no fue un jadeo de dolor o miedo, sino de codicia y alivio. Harald llevaba a alguien.
Un hombre de armadura y cabello negro iba inclinado sobre Harald. Tenía el brazo derecho por encima de los hombros del pelirrojo, mientras que Harald terminaba de sostenerlo con el brazo izquierdo por la cintura. «¡El Emperador!», pensó Connor al reconocer el semblante pálido y la cabellera lacia. Luego se corrigió. Aunque el hombre se parecía muchísimo al monarca aesiriano, se le veía más joven. La primera y última vez que Connor vio al Emperador, le vio unas cuantas arrugas de agotamiento en la cara. Podía ser que se hubiese recuperado algo en los últimos cincuenta años, pero no lo creía. Ese sujeto era definitivamente más joven. Lo que quería decir que era el príncipe heredero.
—¡Ayúdalo! —suplicó Harald—. ¡Lo flecharon igual que a mí! ¡Si no haces algo él---!
Una arpía tomó impulso. Antes de que alcanzara veinte metros de altura se lanzó a Harald con las uñas extendidas a sus ojos, para arrancárselos. El rostro suplicante del príncipe se tornó oscuro y macabro. Soltó la cintura de su primo y tomó el hacha que llevaba sobre la cadera. La lanzó con precisión y firmeza a la cabeza de la arpía. Por un instante pareció que el arma se estrellaría contra el cráneo, la vaniriana caería muerta y listo. Pero cuando el golpe conectó, el hacha brilló. De su mango salieron decenas de relámpagos, que se estrellaron por todo el campamento a diestra y siniestra. Los rayos cayeron sobre los groliens que estaban erguidos. Aterrizaron sobre sus cuernos. Fue como si el tiempo se detuviera por unos instantes, porque todos vieron las raíces azules, moradas y rosadas que tiñeron las venas de los vanirianos, antes de que sus cuerpos explotaran.
Con un zumbido, el hacha regresó a la mano de Harald. El príncipe miró el campamento con el entrecejo fruncido, los labios levantados y los ojos rojos de furia. Ya no era Harald, el príncipe gentil que hizo un trato con un doctor traidor. Ahora era un Aesir, un verdugo de vanirianos.
—Baja el hacha —se oyó decir Connor, entre dientes.
Apretó los puños. Sintió que sus venas también se teñían con colores de tormenta, pero no era por un ataque de Harald. Le pareció que Drake lo llamó para detenerlo, pero lo escuchó de muy lejos. La sangre le martillaba en los oídos, furiosa. Connor avanzó hacia el príncipe.
—¡He dicho que bajes el hacha!
Harald no la bajó, sino que la apuntó directo a Connor. El silencio cayó sobre el campamento como un manto, porque todos supieron que el príncipe ya no suplicaría por ayuda. Ahora la tomaría por la fuerza.
—Vendrás conmigo —sentenció el príncipe.
Contra toda prudencia, Connor esbozó una sonrisa desdeñosa. Una vena le latía en la frente y otra en el cuello. Si alguien hubiese prestado atención a Kel y a Drake, los habrían visto tragar fuerte, empequeñecerse y retroceder un paso. Pero todos tenían la vista fija en el hacha de Harald. Temerosos, esperaban una nueva descarga de relámpagos.
Huggin dio un tímido paso hacia el príncipe. El paso que inició con una pata plumífera terminó en una pierna embotada. El mensajero tomó la forma de un aesiriano que Connor y sus hermanos conocían bien. Huggin tomó al príncipe Kardan, que yacía en la más profunda inconsciencia. Libre del peso de su primo, Harald se irguió tan alto como era. Iba a aplastar a todo y a todos en ese campamento. Levantó el hacha, tomó impulso para dejarla caer y...
Connor lanzó un puñetazo a diez metros de distancia. Harald se partió por la mitad cuando una onda de aire, con la fuerza de una avalancha, lo lanzó de espaldas. Sus pies dejaron dos trazos largos marcados en el suelo mientras el príncipe retrocedía, presa del impacto. Cuando al fin se detuvo, las piernas le fallaron y cayó arrodillado, entre arcadas. Apoyó las manos en el suelo para no irse de bruces y tosió sangre. Vio las dos manchas rojas, perfectamente circulares, que cayeron sobre sus manos. Apretó el puño izquierdo sobre el mango del hacha. Los chispazos de electricidad saltaron del arma.
Antes de que pudiera liberar la nueva descarga, el puño mental que lo había golpeado lo agarró de la cintura, como si fuera un muñeco de trapo, y lo arrastró de regreso hacia el campamento a toda velocidad. Se detuvo poco antes de chocar contra Connor y derribarlo. El príncipe apretó los dientes, mientras detrás del doctor los pacientes vanirianos, los aprendices y los desertores miraban boquiabiertos la pelea. A un lado, Huggin tenía abierta la boca de par en par. Los ojos rojos se le iban a salir de las cuencas a causa de la sorpresa.
—Espera, ¡espera! —chilló uno de los desertores mientras miraba a Drake—. ¿Connor sabe defenderse?
El doctor resopló ofendido. El sicario sonrió.
—Solo porque es simpático y generoso no significa que sea inútil. —Drake retrocedió un paso más, hasta esconderse detrás de un titán. Aunque la sonrisa permaneció en sus labios, se lo veía tenso y blanco como un queso—. En realidad, cuando Connor está enojado da un poco de miedo.
Harald apretó más el hacha. Los chispazos se hicieron más fuertes y la estática le levantó las puntas del cabello. De repente, sus dedos se abrieron dolorosamente y dejaron caer el hacha. Sus brazos se cruzaron sobre el pecho, rígidos e inmóviles, mientras que sus rodillas se doblaron. Harald quedó levitando frente a Connor, inutilizado.
Miró los ojos del doctor. Eran tan zafiros y honestos como siempre, pero en ellos brilló una furia sosegada y ardiente al mismo tiempo. Connor estaba cabreado. Un recuerdo saltó a la mente de Harald. Era una memoria tan vieja que el príncipe creyó por un instante que su mente la había inventado. En ella apareció Sakti, bajita y terrorífica como en cada tarde de té que compartían en familia. «Las buenas personas», dijo la prima de sus recuerdos, «son los bastardos más retorcidos cuando están de verdad enojados». Harald no pudo recordar por qué la princesa le había dicho esas palabras, pero mientras miraba los ojos de Connor supo que vería un ejemplo de lo que Sakti le había advertido.
Si hubiese sido el Harald de siempre, habría esperado con resignación a que el martillo de la furia de Connor cayese sobre él. Pero Harald también estaba enfadado. Más aún, estaba asustado, porque su primo estaba a punto de morirse a unos pasos de él sin que pudiese hacer nada para evitarlo.
—Ya sé por qué tu cara se me hace conocida —masculló—. Lo supe cuando Kardan vino a buscarte. ¡Y aun así le mentí para protegerte! ¡Mentí a dos príncipes y a un General para proteger a un profeta traidor!
Detrás de Connor, pacientes, aprendices y desertores jadearon y lanzaron preguntas susurradas. ¿Un profeta? ¿De qué hablaba el príncipe? Harald esperó que Connor retrocediera o que su rostro temblara al saberse descubierto. Pero mantuvo la cara impasible, sin más expresión que unos rasgos calmados y unos ojos ardientes como hielo.
—¿Quieres que cure al príncipe, verdad? —preguntó Connor. Su voz fue suave y sigilosa, como de serpiente. Un sudor frío bajó por la espalda de Harald—. Lo haré con condiciones.
—¡Eres aesiriano! —rugió el príncipe—. ¡Me debes obediencia! ¡Eres descendiente de profetas! ¡Eres un Tonare! En lugar de usar el poder de una noble Casa Militar para inutilizarme, ¡deberías servirme!
—¡Mátalo! —rugió una arpía—. ¡Mátalo, mátalo!
—¡A los dos! —la secundó un kredoa.
—¡A los tres! —agregaron más voces mientras señalaban a Kardan y a Huggin.
Harald supo que cometió un error. Había contado con que el nuevo campamento mantuviera las normas del anterior. Había contado con que el buenazo de Connor atendería a Kardan sin que ninguno de los dos príncipes corriera peligro junto a los vanirianos. Pero si Connor no le explotaba la cabeza con la telequinesia, los vanirianos detrás de él lo harían con garras, hachas y espadas. Sí. Los clavarían en picas a él y a Kardan, y ni Huggin podría defenderlos porque Connor también lo inutilizaría con la telequinesia.
Sin soltar a Harald, Connor se giró a la horda detrás de él. Su mirada calló en seco los gritos violentos. Las voces que pedían muerte se quedaron trabadas en todas las gargantas.
—Yo no sigo órdenes de nadie, ni de aesirianos ni de vanirianos. Mi única brújula es lo que creo correcto. Según esa brújula, impongo mis reglas. La primera de ellas es que nadie matará en mi campamento. Si no les gusta, se pueden marchar. O vérselas conmigo. Ustedes deciden.
Todos retrocedieron. Connor dio un asentimiento de cabeza, para darles a entender que no volcaría su furia sobre ellos. Se giró de nuevo a Harald y dijo:
—Tú violaste mi primera regla. Has matado en mi campamento.
Harald vio los cuerpos desmembrados y rostizados de los groliens que había atacado antes. Miró la sangre esparcida en el suelo por las explosiones de intestinos, y también la que manchaba la gabacha y la mascarilla de Connor, que le colgaba del cuello.
—Ya no eres bienvenido a mi campamento. Si te vuelven a flechar, debes saber que no estaré ahí para curarte porque tampoco volveré a un campamento que te tenga por líder.
Aunque estaba enfadado, Harald se sintió traicionado y abandonado. ¿Había alguien en el mundo a quien Connor pudiera darle la espalda? Aparentemente sí: él. El miedo se intensificó. Por el rabillo del ojo vio a Kardan, en brazos de Huggin. Estaba azul. ¿Respiraba? No lo sabía. No tenía ni idea.
—Mi primo no atacó tu campamento. —Miró de nuevo los otros cuerpos; los de quienes agonizaban con brazos derretidos y vientres cortados, y también los que yacían desperdigados en el suelo como si fuesen un rompecabezas de carne y hueso—. Mi primo no ha atacado a nada ni a nadie en estos días. No ha hecho más que luchar contra ese maldito veneno. ¿A él también lo vas a rechazar?
En los ojos de Connor vio marcado un «Sí», aunque con lo poco que lo conocía creyó que su corazón gritaba «¡No, nunca!». Lo que salió de sus labios fue un «Tal vez».
—Depende de que puedas seguir mis condiciones. Primero, que detengas la batalla. Los están machacando. —La voz de Connor tembló por primera vez—. Ya no puedo soportar que se me muera más gente bajo mis manos. —El doctor hizo una pausa para recuperar la compostura—. Segundo, quiero un antídoto para las heridas en el vientre. Los hacen explotar. No hay necesidad de ser tan crueles, ¿sabes?
Harald desvió la mirada. Ahí estaba, él tan grande y poderoso, a la merced de un hombre que podía partirlo a la mitad solo con el pensamiento. Y aun así Connor regateaba para salvar más vidas. Harald se sintió empequeñecer por la grandiosidad que había hecho que vanirianos y aesirianos por igual siguieran al doctor traidor.
—No hay antídoto. Cuando Sigfrid se propone a matar con dolor, no deja ningún portillo abierto.
La furia comenzó a abandonarlo, a ser sustituida por la vergüenza. Quiso explicarle que perdieron la cabeza cuando el veneno tumbó a Kardan. Quizá eso Connor podía entenderlo, porque tenía hermanos y un padre. Él sabría lo duro que era ver a un hermano sufrir. Lo terrible que era saber que alguien tan cercano a su corazón estaba entre la vida y la muerte. Sin y Harald habían luchado sin detenerse, sin esperar nada más que absoluta destrucción en su camino al norte, con la sola idea de encontrar al curandero milagroso que podría salvar la vida de Kardan.
¡Y Sigfrid! Harald sabía que a él y a Sin los movía el amor de primos, pero no supo qué movió al Primer General en su paso sobre los vanirianos. La lealtad, seguro. Y la furia de que hubiesen herido de muerte al próximo príncipe que algún día veneraría como a rey. Si Connor creía que las tripas explosivas eran crueles, tenía suerte de no haber estado en el campo de batalla con el General.
Había armado a los Fafnir gigantes de Sin con bombas metálicas en forma de pera, que salían disparadas automáticamente cuando las herramientas percibían energía vaniriana. Las peras no explotaban cuando chocaban contra los vanirianos, sino que los envolvían con tentáculos de acero. Los tentáculos apretaban al vaniriano lenta y dolorosamente, mientras la pera se movía por encima del cuerpo hasta encontrar un orificio por donde pudiera entrar: la boca o el ano. Una vez dentro, la pera se abría en cuatro partes, a modo de cuchillas, y cortaba el interior del enemigo despacio, despacio. Connor no había recibido ningún paciente víctima de la pera de la angustia porque aunque el arma mataba lentamente, tampoco daba tiempo para otra cosa que no fuese sufrimiento.
Esa era la menos terrible de las torturas ideadas por el General. Ahora que a Harald no lo enceguecía la furia asesina por la herida de Kardan, podía estremecerse por la crueldad con que contraatacaron. Le avergonzaba estar delante de Connor. Aunque el doctor al principio le pareció excéntrico por atender a ambos bandos, ya empezaba a comprender cómo veía el mundo. Para Connor, el dolor era un monstruo; y todos aquellos quienes lo produjeran eran los padres y madres de la más terrible de las desgracias.
El profeta aspiró fuerte, para aceptar el inevitable fin de los pacientes que estaban bajo su cuidado. Sin importar cuánto se esforzaran él y sus aprendices, perderían a muchos en un solo día.
—Ve a detener la batalla —dijo al príncipe—. Cuando se me garantice que esa maldita carnicería ha acabado, atenderé a tu primo. —Hizo una pausa—. Y a todos los heridos que quieran venir. Los atenderemos a todos por igual.
Harald lo miró lívido.
—¿Tienes idea de lo difícil que es acabar una batalla cuando los guerreros están excitados? ¡No lo lograré a tiempo!
Pensó en Sigfrid. El General era una máquina de guerra. No se detendría solo porque Connor lo pedía. Marcharía hacia el campamento neutral, aplastaría a todos bajo sus botas y torturaría a Connor hasta que aceptara cuidar a Kardan.
El doctor levantó los hombros.
—Supongo que la próxima vez que estés a punto de cometer una matanza, pensarás en lo difícil que sería pararla. —Connor miró a Kardan, aún en brazos de Huggin. El mensajero estaba aterrado, seguro de que el príncipe heredero se moriría bajo su cuidado. Connor soltó la telequinesia sobre Harald y extendió una mano—. Si aceptas el trato, hazlo como un príncipe. Como un Aesir. Haz un pacto de sangre conmigo.
Harald miró la mano de Connor. Aunque el doctor estaba pálido, se mantenía firme y calmado. Harald tuvo miedo, porque al doctor se le quebró la voz cuando pensó en los vanirianos muertos; pero podía mantener la cordura aunque la vida de un príncipe aesiriano dependía completamente de él. Harald tragó fuerte.
—¿Me garantizas que lo cuidarás? ¿Estará a salvo? —Connor asintió.
—Yo mismo me quedo con él mientras calmas el pandemónium que desataste. Y después lo curo.  Pero apresúrate. No lo curaré hasta que esté seguro de que cumples tu parte. Puede tirar espuma por la boca o sangre por los oídos que no haré nada por ayudarlo hasta que tú hayas cumplido.
Harald le dio la mano. Fue como si el fuego de él se fundiera con el hielo de Connor, aunque ninguno de los dos cedió. Aunque Harald le sacaba medio cuerpo de altura, el doctor logró mantenerse tan alto como él.
—Si muere —le amenazó— no necesitaré ninguna orden para acabarte.
Aún inexpresivo, Connor asintió. Apenas sintió la quemadura de la palma y la sangre que se escurría por sus dedos mientras iba hacia Huggin. Agarró a Kardan del brazo y se lo pasó por encima del hombro, para llevarlo a su tienda. No miró al príncipe, pero supo que estaba azul, sudoroso y a punto de echar espuma por la boca. O llevaba una semana entera sin tratamiento o el veneno había sido más fuerte en esta ocasión. Lo sabría después, cuando lo revisara. Por el momento estaba decidido a despedir a Harald con una mirada de hielo.
«Cuídalo, amigo», susurró Huggin en su mente. Connor recordó que el mensajero también tenía telepatía, como indicaba el significado de su nombre. «Porque si se muere, todos regresarán para lastimarte. No quiero que te hagan daño».
Huggin recobró su forma plumífera. Harald montó en él y marchó, no sin antes penetrar a Connor con una mirada de lava.
El príncipe cumplió su parte del trato. Connor la suya.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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