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Capítulo 19

19
PACTO


Lo despertó el ronroneo de los motores. Al abrir los ojos todo dio vueltas. Connor quiso con todo el corazón enterrar la cabeza en las profundidades recónditas de la almohada y cubrirse con la frazada calentita para dormir hasta el final de los tiempos. Pero el ronroneo incesante y los murmullos inquietantes del campamento lo obligaron a levantarse. Sus padres criaron a un hombre meticuloso y responsable. No ignoraría los deberes ni aunque estuviese agotado, mucho menos cuando había tanto en riesgo.
A un lado, el príncipe Kardan dormía el sueño de los benditos. Antes de salir de la tienda Connor tuvo tiempo de hacerle una revisión para asegurarse de que seguía estable. La tienda estaba rodeada de aesirianos. Algunos tenían las armaduras del ejército, mientras que otros vestían armaduras recicladas de cazadores y viejos patrullajes. El que estaba a la entrada era ya un viejo conocido.
—¿Crees que vayan a respetar tu campamento aunque tienes al príncipe heredero aquí? —le preguntó Leik con un mohín. Connor supo que estaba resentido con el joven doctor por prohibir a Harald pisar el campamento neutral en el futuro.
—No lo sé. Eso espero.
Miraron el castillo flotante que se acercaba desde el sur. Connor los había visto más grandes en el desierto y en el rescate a Masca, pero igual se sintió pequeño al ver las torres que se alzaban entre las nubes y el cañón central que asomaba por debajo de ellas. Se preguntó si estaría sincronizado con algún Aesir. De ser así, volaría todo en pedazos. El doctor sintió un punzón el estómago. Era una corazonada. «El castillo viene para acá».
Leik se giró a él, quizá para pasarse de listillo por la inocencia de Connor al creer que los vanirianos respetarían el trato inicial. Apenas lo vio el soldado se tragó sus palabras. El doctor estaba tan pálido que casi se parecía al mismo príncipe Kardan. Tenía un par de sombras cenicientas por debajo de los ojos y los labios algo azulados.
—¿Te sientes bien? —le preguntó. El enfado se le había pasado. No quería ver a Connor nunca más con esa apariencia moribunda.
—No. El veneno fue más potente esta vez. Estoy muerto de cansancio.
Connor soltó un suspiro resignado porque nada cambiaría la situación. Con la velocidad del castillo flotante, los guardias que Harald envió para proteger a Kardan no podrían sacar al príncipe hacia el campamento militar aesiriano. Además, con el estado de Kardan tampoco era lo mejor. Afortunadamente ya alguien trabajaba en la protección del campamento.
—Bajen el estandarte y pónganse esto —ordenó Rodni mientras él y Drake llevaban armaduras de cazadores a los soldados.
La idea era que si algún comandante vaniriano bajaba no sospechara que una pieza importante del Imperio convalecía bajo el cuidado de Connor. Rodni y Drake ya habían hecho jurar a todos los miembros del grupo neutral a guardar silencio sobre la presencia del príncipe; por suerte todos tenían más de dos dedos de frente, y sabían muy bien que si los vanirianos mataban a Kardan en el campamento los aesirianos se desquitarían con Connor y sus allegados, pues se habían comprometido a garantizar su seguridad. El único eslabón débil eran los vanirianos heridos. Drake, Kel, Milo y todos los demás les pidieron que guardaran el secreto; no por la seguridad del príncipe sino por la de ellos. Aunque los vanirianos no prometieron nada, Drake estaba seguro de que había buenas probabilidades de que callaran. En cambio, si la situación hubiese sido inversa y en el campamento hubiesen tenido a un cabecilla vaniriano muy enfermo, podían contar con que los aesirianos heridos delatarían su presencia y las tropas del Imperio aplastarían el campamento.
Para camuflar mejor la tienda de Kardan, unos cuantos vanirianos del grupo neutral se ofrecieron a acompañar a los soldados. Así parecería que todos formaban parte del equipo de Connor. Aunque a los soldados no les gustaba la idea de que el príncipe heredero fuese resguardado por miembros del país enemigo, cedieron porque era lo mejor que podían hacer con tan poco tiempo.
El castillo flotante se detuvo a un kilómetro del campamento. De él salió una tropa alada conformada por arpías hembras y los machos retardados, quienes llevaban en los lomos a groliens, ordinarios y kredoa. Connor se situó a la entrada del campamento, rodeado por sus compañeros. Todavía había aprendices que atendían heridos pero la mayoría estaba con él. Los que eran vanirianos se aseguraron de rodearlo por los cuatro costados para que los militares dudaran antes de atacar.
Drake estaba también al lado de Connor. Tenía una mano en la empuñadura de una daga, listo para defender a su hermano. Pero cuando las siluetas sobre los arpías macho se hicieron más nítidas, Drake soltó una maldición y se tapó el rostro con la capucha.
—¿Qué pasa? —preguntó el doctor.
—La peli-verde. Me conoce.
Connor miró a la mujer que lideraba el convoy. Él también reconoció a Lemuria Aegis, aunque estaba seguro de que ella no lo reconocería a él. La había visto en el desierto, después de que Kiria lo secuestrara y la joven mangodria peleara a muerte contra Sakti. Lemuria no puso atención a Connor porque estaba concentrada en su hermana moribunda. Pero seguro que se acordaba de Drake, porque le puso una daga en la mano para que matara a Darius.
—¿Cómo es que todavía está viva? —preguntó Connor sorprendido—. Dereck la flechó en el corazón.
Debajo de la capucha, Drake agitó la cabeza e hizo un mohín.
—Es lo que pasa cuando hay un enamoramiento de por medio. —Antes de que Connor le preguntara de qué hablaba, Drake codeó las costillas de Yashin—. Hazte cargo de él. Yo vigilaré desde las sombras. —Sonrió—. Es mi especialidad.
Sigiloso, el sicario se marchó sin que nadie se percatara de su retirada. Segundos después, el convoy aterrizó delante del campamento neutral. Connor soltó un suspiro de alivio porque solo la mangodria iba armada. Los vanirianos no tenían planes de atacar. En cuanto Lemuria lo miró y le sonrió, los pulmones del doctor se contrajeron asustados y asfixiados. Quizá ella no lo conocía personalmente pero igual reconoció sus rasgos. Porque Connor era calcado a Darius. A diferencia de Harald, Lemuria supo de inmediato por qué el joven doctor se le hizo tan conocido.

****

Connor aprendió el arte de la hospitalidad mucho antes de la medicina. Lea y Emilio le enseñaron la importancia de una sonrisa en una primera impresión; el valor de la calidez en el tono de voz; la serenidad reflejada en unos hombros relajados y gestos suaves; y el sabor de la confianza en una buena taza de té.
Sus padres estarían muy orgullosos del anfitrión que criaron. Connor invitó a la mangodria y a la escolta a la hoguera que ardía delante de su tienda. Allí hirvió té de jazmín y vainilla, calentó las croquetas para la próxima cena, y las sirvió con aderezo de especias de su propia creación. Supo que la mangodria no comería sin antes garantizar que era seguro. Por suerte el campamento tenía a tantos pacientes y seguidores que siempre había que cocinar las raciones con antelación para garantizar que todos tuvieran su parte a tiempo. Connor estaba siempre muy ocupado como para dedicarse a cocinar; pero cuando quería relajarse tomaba el cucharón y se sentaba delante del caldero. En esas noches todo el campamento esperaba con la boca hecha agua a que el doctor compartiera sus creaciones gastronómicas.
Cuando corrió la voz de que Connor repartiría croquetas con el delicioso aderezo, todos miraron con ojos chispeantes la hoguera principal. Las exclamaciones de felicidad y los murmullos complacidos después de que los aprendices repartieran la comida convencieron a Lemuria de la seguridad y el buen sabor de la oferta. Cuando la mangodria comió, Connor sintió que su corazón se calmaba: un vaniriano con el estómago lleno tenía un humor fantástico. Además, jamás había oído hablar de alguno que asesinara al anfitrión que lo había recibido con una buena comida.
—¿Seguro que quieres que hablemos delante de todos? —preguntó Lemuria con ojos chispeantes y traviesos. Connor supo de inmediato que era coqueta. El doctor asintió. Si Lemuria tenía intenciones de lastimarlo que lo hiciera al aire libre, donde habría centenas de testigos y donde los reflejos de Drake podrían ayudarlo—. Vengo a proponerte un trato honesto. Únete a nosotros.
Connor sonrió tranquilo. Aun con la telequinesia tendría problemas para enfrentar a una guerrera experta como Lemuria; pero si se trataba de declinar ofertas, la testarudez de Connor lo salvaría del peligro. Además de anfitrión, Lea y Emilio lo educaron como comerciante.
—Le agradezco la oferta pero tengo que responderle lo mismo que dije a los otros cabecillas vanirianos: no.
—Podríamos ofrecerte protección.
—Ya tengo toda la protección que necesito.
Aunque seguro Lemuria ya estaba enterada, Connor le explicó que los campamentos militares solían enviar soldados a cuidar a los pacientes de cada bando. Una vez en campamento neutral todos seguían reglas concretas para mantener el orden. Todos sabían que las peleas estaban prohibidas ahí, y que si querían agarrarse a pescozones tenían que ir al campo de batalla so pena de expulsión.
—Asumo que los aesirianos te han hecho la misma oferta.
—Sí.
—¿La has aceptado?
—No.
Lemuria guardó silencio mientras bebía té. Sus ojos estaban fijos en los de Connor. El doctor supo que la mangodria buscaba un punto de quiebre en su cara honesta e inocente. La pobre se llevaría una sorpresa desagradable si intentaba pasarse de lista.
—¿Quién crees que gane la guerra? —preguntó la mangodria mientras le extendía la taza para que le sirviera más té. Connor se encogió de hombros.
—Los dos bandos están tan seguros de ganar que llevan demostrándoselo durante milenios.
—¿Y cuál bando te gustaría que ganara?
Al fin Lemuria encontró el quiebre. Connor abrió la boca pero ninguna palabra salió de sus labios. No obstante, estuvo a punto de decir «Los vanirianos». La velocidad con que halló esa respuesta lo confundió más que la misma pregunta. Tuvo que repetírsela en su mente a sí mismo. ¿Por qué quería que los vanirianos ganaran? ¿Lo quería de verdad? Después de unos segundos llegó a la conclusión de que quería un final feliz. Quería que los vanirianos dejaran de volar en pedazos por culpa de un explosivo en las entrañas. Quería que los aesirianos no terminaran hechos papilla debajo de las pesuñas de los hijos de Vanir. Quería que a las arpías no les cortaran las alas. Quería que ningún soldado ardiera en las llamas de las mangodrias.
Lo que quería era paz.
Si los vanirianos ganaran, a la larga habría paz porque la suya era una raza pacífica y honorable. El honor de los aesirianos, en cambio, estaba en la guerra. Si ellos ganaran al fin, erradicarían a todos los vanirianos sin siquiera parpadear. Creerían que sería justo.
—Yo no quiero que ningún bando gane —dijo al fin—. Lo que quisiera es que la guerra acabara.
—Si nos ayudas podríamos acabarla.
—Sí. Y una mosca sin alas volvería a volar si le ponemos alas de tela con pegamento.
La brusquedad de su respuesta tensó el rostro de Lemuria pero Connor no se inmutó. Estaba cansado de que los líderes de ambos bandos creyeran que siempre llevaban la razón. Y todavía estaba agotado por el veneno con que picaron al príncipe Kardan. «Y ese se lo inyectó algún vaniriano. Serán menos arrogantes que los aesirianos, pero tampoco son corderitos inocentes».
—Si ha venido hasta aquí para verme, ya sus subalternos le habrán dicho que decliné sus ofertas. Y seguro también habrá escuchado que decliné las de los aesirianos. Eso quiere decir que la oferta que usted trae en particular es diferente. Así que no perdamos más el tiempo en preámbulos.
Lemuria frunció los labios. No le hizo ni pizca de gracia que fuera Connor el que se pasara de listo con ella. La mangodria sacó un pergamino con bordes de tinta plateada y se lo entregó a Connor. Tras leer las primeras líneas el doctor soltó un silbido. Era un reconocimiento oficial por parte del gobierno vaniriano. A simple vista era un pacto halagador en el que se reconocía la importancia del campamento neutral; las fuerzas vanirianas se comprometían a respetar las normas impuestas en dicho campamento, así como mantener la batalla lejos para garantizar la seguridad del mismo. Pero Connor, con su ojo clínico, pilló una debilidad.
—«En caso de que las intenciones aesirianas fueran dudosas hacia el campamento neutral, nuestras tropas se comprometen a la protección de todos los miembros del campamento bajo las normas dictadas por el reino vaniriano».
—Te dije que podemos ofrecerte protección —sonrió Lemuria.
—¿En serio? Porque, honestamente, me parece una cláusula tramposa. ¿Qué son «intenciones dudosas»? ¿Que las tropas aesirianas marchen hacia este campamento? ¿Que sus líderes lo visiten como ustedes? ¿Que bloqueen una ruta de avance vaniriano que calce con una ruta común a este campamento? Lo siento, pero sé reconocer una cláusula tramposa cuando la veo. Este es un hueco de contrato para justificar tomar armas contra todo aesiriano que se acerque aquí o que ya esté recuperándose con nosotros. Es hasta una justificación para tomarnos como prisioneros de guerra. Porque si nos dan su «protección» las normas que habría que seguir, según este pacto, son las del reino vaniriano. No las del campamento neutral.
Connor devolvió el documento, ceñudo. Esa era la cláusula que más lo molestaba pero no la única. Lemuria se comprometía a dar medicamentos al campamento a cambio de un registro de los pacientes atendidos. Si Connor o sus aprendices faltaban en indicar los nombres de los enfermos y heridos –como un príncipe heredero, por ejemplo–, los vanirianos cortarían el suplemento de medicina.
La que quizá más interesaba a Lemuria era la cláusula de los aprendices. En ella se resumía el acuerdo: los vanirianos reconocerían el campamento neutral a cambio de que Connor entrenara a los soportes médicos elegidos por la Generala Lemuria Aegis. Connor supuso que los soportes eran los vanirianos desarmados que acompañaron a la mangodria. Con un vistazo supo que no eran simples doctores. Como él mismo recibió entrenamiento militar sabía que un soporte debía contar con cierta habilidad atlética además de estar entrenado en combate. Sin embargo, el cuerpo de muchos de los supuestos soportes era diferente al de un médico militar. Quizá un doctor de pueblo no pillaría las diferencias sutiles en el tono muscular o en la forma de pararse entre un guerrero de frente y un soporte de retaguardia, pero Connor sí. Él la conocía de primera mano.
Lemuria miró con una ceja arqueada el pergamino que se le devolvía. Miró luego a Connor. La incredulidad estaba marcada en su rostro.
—¿Estás negando la ayuda que mi rey te ofrece?
Connor asintió. Había visto la firma de Vanir al pie del documento pero no se impresionó. Después de montar la clavícula rota de una princesa cruel, de recargar a un Emperador mentiroso y de salvar de veneno a dos príncipes latosos, no le quedaba maravilla que sentir hacia la firma de un rey.
—Podría considerar hacer un trato —sonrió el doctor. Su sonrisa no era la de un médico sino la de un negociante. Pobre, pobre Lemuria. No tenía idea de en qué se había metido—. Eso sí, con ciertos cambios...
Lemuria tenía la buena fortuna de ser una mujer inteligente por encima de la media. Si hubiese tenido una inteligencia promedio, o si hubiese sido tonta, Connor la habría exprimido al máximo. El comerciante le propuso cambios a cada una de las cláusulas originales, eliminó algunas y agregó otras. Se dedicó a explicar cada término conflictivo en cada párrafo conveniente, y a detallar condiciones, restricciones y deberes para ambas partes. El pacto original, que era de un pergamino de tres cuartillas, se extendió el triple.
La visita oficial de la Generala se convirtió en una reunión al aire libre, donde todos los presentes tenían algo que decir sobre las cláusulas del nuevo pacto. El primero que intervino fue Rodni. El ex–ladrón tenía ideas curiosas, como la de los rehenes que permitió que Connor visitara campamentos exteriores. Por eso armó una gran dupla con Connor, quien ya era creativo a la hora de hacer tratos jugosos para sus intereses. Entre los dos consiguieron que los vanirianos se comprometieran a compartir medicinas con el campamento neutral, así como hierbas y semillas para que Ceniza plantara un jardín móvil con el que pudieran abastecerse. También consiguieron que los vanirianos compartieran parte de su caza, o, de no ser posible, que permitieran a los cazadores neutrales explorar los terrenos que tenían bajo su poder en busca de carne para los heridos y enfermos.
—Espera —objetó Lemuria, picada—. ¿Qué pasa si no podemos cumplir con estas condiciones? La medicina está bien pero no puedo garantizar una caza libre en el territorio que controlemos. A veces ganamos terreno y a veces perdemos.
—No pasará nada. —La sonrisa de Connor le dio un mal presentimiento a Lemuria—. Aunque ustedes no cumplan con algunas cláusulas, igual seguiremos atendiendo vanirianos y aesirianos por igual. Como lo hemos hecho antes. Además, si ustedes no nos dan medicina ni comida, seguro que los aesirianos nos ayudan. El príncipe Harald nos dio un montón de medicina. Y el cuervo Huggin a veces nos trae búfalos enteros. Ellos nos cuidan.
Lemuria apretó los labios y los puños, aún más picada. Connor parecía muy inocente y dulce, pero sus palabras dejaron en el aire algo que todos los vanirianos detestaban: que los aesirianos, en especial los Aesir, tan arrogantes como eran, pudieran mostrarse más bondadosos que ellos. Lemuria no perdería en bondad contra un asqueroso Aesir. ¡Le iba dar su medicina, sus semillas y su carne a Connor así tuviera que ir a cazar ella misma! ¡A ver si un príncipe se rebajaba a eso!
Por suerte para Lemuria ella también tenía un consejero castaño, de ojos rojos. La hoguera creaba líneas de oro en sus irises. Si Lemuria sentía que iba perdiendo en el trato, escuchaba las sugerencias de su amigo con más atención que los gritos de la audiencia. Todos gritaban a uno y otro bando para que agregaran condiciones favorables; y como la mayoría de los presentes eran vanirianos, Lemuria recibía más vítores por cada cláusula útil para ella. Esto a Connor no le preocupaba, porque también recibía apoyo de los vanirianos cuando alzaba sus puntos. Al fin de cuentas, a todos les interesaba la seguridad del campamento neutral.
El único punto donde Lemuria se enfrentó con todas sus fuerzas contra Connor fue en el de los aprendices. El doctor no admitiría a todos, pues les haría una prueba para aceptarlos en sus filas.
—¿Una prueba? —rezongó la mangodria—. ¿Le hiciste pruebas a cada uno de los aprendices que tienes ahora bajo tu cargo?
—No. Pero ellos entraron para aprender desde el inicio conmigo. La mayoría no sabía nada de nada de medicina.
—¡Eh! —se quejaron los aprendices en coro. Connor se encogió de hombros entre las risas de la audiencia.
—Dije la «mayoría», así que no se lo tomen personal —miró a Lemuria—. Pero los tuyos son soportes médicos, lo que quiere decir que ya tienen formación profesional. Depende de cuánto sepan valdrá la pena para ti y para mí que se queden un tiempo en el campamento.
Lemuria no era sincera. Connor estaba seguro de que entre los supuestos soportes había guerreros. ¿Y para qué querría Lemuria que sus guerreros se hiciesen pasar por médicos? Las opciones iban desde el espionaje hasta el asesinato. «Mis papás no criaron a ningún idiota», pensó orgulloso cuando descartó al primer impostor.
Hizo una prueba en tres partes para cada solicitante: debían responder una pregunta teórica, decir qué harían en una situación dada por Connor y, finalmente, atender una de las heridas superficiales de los enfermos en el campamento. La audiencia se animó mientras el doctor hacía las pruebas. Mientras cada solicitante pensaba las respuestas teóricas y los casos de situación, el público guardaba un silencio solemne en el que solo se escuchaban las plumas de los aprendices de Connor; cada uno apuntaba la respuesta que creía correcta. Para pasar a la tercera prueba, los solicitantes tenían que acertar solo una de las dos primeras preguntas.
Por lo general los impostores perdían ambas. O de lleno desconocían la teoría  –¿Cuáles son los síntomas de una infección por lombrices? ¿Cuál es la diferencia entre un resfrío común y una alergia?– o su instinto de pelea los delataba en los casos de situación –¿Qué harías si quedas atascado en medio de una campo de batalla con un paciente con una fuerte contusión? ¿Qué harías para frenar la hinchazón de la glándula cerinticeal de un titán alérgico a las nueces?–.
Los resultados fueron cómicos. Los impostores fallaron tan tremendamente que Lemuria aceptó la derrota en la negociación con Connor. El lado amable fue que esa demostración sirvió para aumentar la confianza de los aprendices del doctor, que tenían toda la teoría correcta, sortearon las preguntas engañosas y dieron con soluciones ingeniosas para los casos de situación.
Finalmente llegó el turno del consejero de Lemuria. El vaniriano ordinario apenas había llamado la atención de Connor; pero una vez que lo tuvo de frente, solo, lejos de su grupo para enfrentar las preguntas del doctor, al profeta le desagradó. No supo exactamente por qué cuando todo en él estaba en orden. Tenía un cuerpo atlético sin ser demasiado musculoso, justo como los soportes médicos. No sonreía como mequetrefe ni tampoco actuaba arrogante. Tenía un rostro agradable sin ser ni apuesto ni feo. Y cuando hablaba tenía un tono de voz cálido y simpático, aunque se lo escuchaba algo nervioso por el fracaso de muchos de sus compañeros.
—Soy nuevo en la unidad de soportes —explicó a Connor para justificarse. Los aprendices le sonrieron con simpatía para darle ánimos. Connor tuvo ganas terribles de apartarse de él.
—¿Cómo puede evitarse que un aesiriano transmita racha plateada a un humano?
Connor sonrió de antemano. Lanzó una pregunta difícil disfrazada de fácil. Los vanirianos lidiaban con la racha plateada con la misma regularidad que los humanos con el sarampión, y por eso creían que lo sabían todo sobre la racha plateada. El solicitante castaño también sonrió.
—Es una pregunta capciosa. Los aesirianos no pueden contagiarse ni contagiar racha plateada. A pesar de que son débiles a infecciones y enfermedades en general, son completamente inmunes a racha plateada. Los humanos son asintomáticos pero sí pueden contagiarla a los vanirianos, que son los únicos que desarrollan los síntomas.
Connor lo felicitó con una sonrisa pero por dentro estaba hecho una furia.
—Estás a tres días de distancia de un campamento seguro. No tienes caballos ni aliados con quién viajar, pero tienes a un paciente con un corte por encima de la rodilla que se desangrará a no ser que le hagas un torniquete. Además de los instrumentos usuales de un maletín, tienes sábanas, tablas, ligas, algodón y vendas. ¿Con cuál de estas opciones harías el torniquete?
Vio las sonrisillas traviesas de sus aprendices; habían pillado la nueva trampa. Por desgracia para Connor, el solicitante también la descubrió.
—No haría un torniquete. Al paciente le daría gangrena y se le caería la pierna. En ese caso preferiría desinfectar la herida y coser. O, si es demasiado grave, cercenar y vendar. Luego haría una camilla con las tablas, las ligas y las sábanas. Echaría ahí al paciente y empezaría a caminar con él.
La prueba práctica –cambiar el vendaje de un grolien manco– fue protocolo. El solicitante la pasó con honores, pues descubrió que el muñón estaba lo bastante bien como para que el grolien usara prótesis en el futuro.
Los aprendices recibieron a su nuevo compañero con aplausos efusivos. Los de Connor fueron más reservados, pero como tenía aspecto pálido y agotado todos creyeron que estaba muy cansado. Para cerrar la reunión solo quedaba firmar el nuevo pacto. Lemuria había transcrito las nuevas cláusulas en un folio limpio y amplio, con los mismos bordes plateados de la versión anterior. La mangodria firmó en la línea punteada y le pasó el documento a Connor. Al pie del pergamino ya estaba la firma del rey vaniriano.
—¿Él sabe de esto?
—Mi rey confía en las decisiones que tomo en su nombre. Antes de separarnos me dio otros tres folios con su firma. —Lemuria levantó los hombros y agregó en un susurro—: Nos preparamos porque ya corrían rumores de que eres testarudo. ¡De verdad que serás un papá estricto! ¡Pobrecitos tus cachorritos!
Al comentario de la mangodria se unió el suspiro colectivo del campamento. Todos asintieron con expresión seria, en señal de respeto por los futuros hijos del doctor. ¡Los pobres jamás se saldrían con la suya!
Connor firmó tras revisar que todo estuviese en orden. Sus nuevos aprendices se sumaron de inmediato al campamento neutral, sin la armadura del ejército vaniriano ni ninguna otra señal que los identificara como oficiales. Todos aceptaron los términos que el doctor solía poner a los nuevos aprendices. Connor también los asignó a los equipos de trabajo con los que se desenvolverían en los próximos días.
—¿Estás satisfecha? —preguntó a la mangodria mientras la acompañaba a las afueras del campamento. Sus padres también habían criado a un caballero. Lemuria soltó un suspiro agotado.
—Eres duro. No obtuve todo lo que quería de ti. Pero admito que obtuve lo justo.
Connor asintió. Tendría problemas después si solo él estuviera satisfecho con el trato. Un negociante frustrado podía convertirse en el peor enemigo de otro negociante. Y el campamento neutral necesitaba buenos amigos en ambos bandos.
Al llegar al perímetro se encontraron con una sorpresa desagradable. A trescientos metros del campamento estaban las tropas aesirianas. Los soldados prácticamente cubrían el horizonte, envueltos en sus armaduras, alumbrados por las antorchas que levantaban en lo alto para que el campamento neutral viera las banderas. Además del estandarte del Imperio, estaban la luna de los Montag y el relámpago de los Tonare. A la cabeza del grupo estaban los dos Generales y los príncipes Harald y Sin. Eran dos pares de estatuas; dos que refulgían con dorado gracias a las antorchas, mientras que los otros dos se camuflaban en la noche con sus armaduras negras. «Se verían más imponentes si el príncipe rubio fuera tan alto como los otros tres». Sin desentonaba con los gigantes al lado.
—Uy —se burló Lemuria—. Me parece que la cláusula en donde te ofrecíamos protección te va a hacer falta ahora.
—Estaremos bien.
Eso esperaba. A pesar de que estaban lejos, supo por las posturas de Sigfrid y Sin que los dos arrasarían con el campamento neutral si tuvieran el poder de decidirlo. En cambio, Harald y Enlil estaban a la defensiva. «El estandarte del Imperio tiene fondo negro. Eso quiere decir que Harald todavía está al mando de ese ejército». Kardan tenía mayor rango entre los príncipes mascalinos, pero Harald era mayor e hijo del hermano menor inmediato del Emperador; por eso era el siguiente en comando. Mientras Kardan se recuperara silenciosamente en el campamento neutral, Harald seguiría a cargo de las decisiones de la tropa. A pesar de que el príncipe y el doctor se separaron en malos términos, Connor supo que Harald no lo traicionaría. Aunque lo resintiera, honraría el primer trato no oficial que hizo con él y garantizaría la seguridad de un sitio en donde sus soldados se recuperaran con éxito. Además, ¡no atacaría el campamento donde su primo convalecía! Al contrario, estaría interesado en protegerlo. Y quizá por eso mismo avanzó al campamento, para garantizar la seguridad del Heredero.
Lemuria se estremeció. No fue un estremecimiento de miedo, sino uno más animal y lujurioso. La mangodria se mordió el labio inferior, con una sonrisa traviesa que fascinó y asustó a Connor al mismo tiempo. Lemuria se llevó las puntas de los dedos índice y corazón a los labios y lanzó un beso a la figura más imponente de la armada. Terminó su saludo con un guiño sensual. Connor juraría que aún a esa distancia pudo ver la cara retorcida de Sigfrid.
—¡¿Le lanzaste un beso al General Montag?!
—¡Claro! —Lemuria le sonrió coqueta y le guiñó también. Connor era hijo de su padre. Se sonrojó y apartó la mirada a toda prisa—. Es que me fascina. ¿Alguna vez viste a un hombre más masculino que él? —Lemuria se llevó la mano al pecho e inspiró profundamente—. ¡Ahh! Hasta aquí llega su aroma a virilidad.
Connor se puso rojo desde la coronilla hasta la punta de los pies. No sabía si Lemuria le tomaba el pelo pero toda esa escena le dio miedo. La mangodria era hermosa, despampanante incluso, y simpática; pero también debía de estar medio retorcida para expresarse así del hombre más tenebroso del mundo. De repente, los dedos ardientes de Lemuria estaban en el mentón de Connor. El muchacho apretó los labios, seguro de que la mangodria le robaría un beso, ¡y él no quería arruinar sus futuros besos al recordar ese momento! Lemuria detuvo su rostro a pocos centímetros de él. Lo miró con ojos burlones.
—¿Sabías que una vez estuve así de cerca de tu padre? —Lemuria se levantó de puntillas para hundir la nariz en el pelo de Connor—. ¡Ah! ¡Hasta hueles igual!
Connor se rindió. Si apartaba a Lemuria de un empujón, los vanirianos se enfadarían con él, y los aesirianos tomarían el atrevimiento de la mangodria como una amenaza hacia el doctor. Además, aunque Lemuria tenía un temperamento que no atraía a Connor, no podía negar que era guapa. Era el hijo de su padre y su padre también era un hombre.
—¿Qué crees que harán los aesirianos cuando se enteren de que eres profeta? —le susurró la mangodria al oído, traviesa.
—Eeeeh... Uummm... —Supo que Lemuria solo quería fastidiarlo, ¡y vaya que lo hacía!—. ¿Creo que ellos ya saben?
—¿Es una pregunta o una afirmación?
—Aahh... ¿Una afirmación?
Drake lo iba a sermonear más tarde. Lo regañaría por ponerse nervioso delante de una mujer y soltar información con tanta facilidad. Era culpa de Connor. Si no hubiese sido tan detallista en el pacto, Lemuria no le sonsacaría información con coqueteos.
—¿Y cómo es que no te atraparon ya?
—Ummm... No sé. ¿Por respeto, quizá?
Sanar el veneno del príncipe Kardan lo dejó noqueado. Si Harald hubiese querido atraparlo le habría bastado con ordenarlo. Connor no se habría dado cuenta hasta despertar esposado en la jaula del pelirrojo. Aunque el campamento neutral tenía guerreros propios –los desertores de ambos bandos– eran insuficientes para protegerse de un ataque militar. Si el doctor y sus amigos estaban aún a salvo era porque Harald así lo quería. Y Lemuria, por supuesto. Ella también pudo haberlo apresado si lo hubiese querido.
—Supongo que ninguno de los dos me atrapará por la misma razón.
—¿Y cuál crees que sea la razón? —preguntó Lemuria con una sonrisa.
—Que le agrado a aesirianos y a vanirianos por igual. Si las cabecillas de ambos bandos me atraparan o me forzaran a unírmeles, los soldados perderán el respeto hacia sus líderes. —Fue por esa razón que Harald hizo el primer trato no oficial con Connor; porque sus hombres le habían pedido clemencia hacia el doctor—. Aún seguirían sus órdenes pero ya no sería lo mismo. Y sin respeto solo sería cuestión de tiempo para que los oficiales deserten. No se puede ganar una guerra sin guerreros. Pero si las cabecillas garantizan la seguridad de mi campamento, si respetan mis reglas y mis condiciones, y si me brindan apoyo, ganarán en respeto y lealtad por parte de sus soldados. —Connor sonrió—. Ganaste la primera ronda contra los aesirianos porque fuiste la primera en ofrecer protección oficial de parte de tu gobierno. Cuando los aesirianos brinden su reconocimiento, serán los segundos. Eso ya les pesará en la moral.
—Asumiendo que den el reconocimiento —apuntó Lemuria.
—Lo harán. Los has dejado sin otra alternativa.
Lemuria se separó de él. Todavía sonreía pero se miraba más inocente. Había acabado su primer juego.
—Gracias por recibirnos hoy. Quizá me pase otro día a visitarte. Tu aderezo es una delicia.
Después de un último guiño, Lemuria se marchó con los solicitantes rechazados en los arpías macho. Connor esperó en el borde del campamento hasta que los vanirianos se perdieran entre las nubes circundantes al castillo flotante; y luego se quedó otro rato más con la vista fija en la tropa aesiriana. Los soldados, Generales y príncipes permanecieron inmóviles. Lo miraban sin parpadear. Connor estaba seguro de que Harald no era el único que había descubierto su identidad como profeta. Ojalá tuviera razón y los príncipes se olvidaran de atraparlo.
Despachó a todos a descansar. El espectáculo había acabado. Era mejor guardar reposo y vigilar que la tropa se quedara en donde estaba o que se marchara ahora que el convoy vaniriano se había ido. Después de instrucciones claras a los aprendices más avanzados para que vigilaran que los recién llegados no husmearan ni se enteraran de la presencia de cierto príncipe, Connor regresó a la tienda donde Kardan dormía. De inmediato supo que algo andaba mal: los vanirianos que hacían guarda con los soldados no sonreían. ¡Ni siquiera habían probado las croquetas! Estaban sentados con las rodillas flexionadas y los rostros serios. Al acercarse más, Connor vio que los guardias del príncipe se habían sentado justo al lado, muy pegados, para que nadie más viera que los tenían amenazados con cuchillas.
—Esto viola mis reglas —dijo el doctor enfurecido. Tendría que darle un puñetazo mental a Leik y a los demás, y expulsarlos del campamento neutral.
—Lo sabemos —respondió el centinela de Harald—. Solo seguimos órdenes. Nos iremos sin causar problemas. Otro grupo vendrá a sustituirnos pronto.
Con los puños apretados, Connor entró a la tienda de Kardan. Supo que recibiría una nueva visita. Alguien que no se había anunciado, como sí lo hicieron Lemuria y su grupo. Cuando entró se quedó clavado en su sitio. Jamás se imaginó que él estaría ahí.
El Emperador Kardan Aesir XXIII estaba sentado al lado de su hijo. Le sostenía la mano en silencio y lo miraba con la dedicación de un padre. Connor lo miró sin entender qué pasaba. ¿Cómo entró sin llamar la atención? ¡Por lo menos Drake debió de haberlo notado!
—¿Se pondrá bien? —preguntó el Emperador sin apartar la mirada de su hijo. Connor parpadeó, arrancado de sus pensamientos.
—Sí. Pero le tomará tiempo.
—Harald dice que a él lo envenenaron igual que a mi hijo. Y que lo sanaste con el poder de Istar.
—Con todo respeto, Majestad, el poder que utilicé fue el del dragón Anäel. —El Emperador al fin lo miró. La ceja arqueada tomó el lugar de una pregunta muda—. Era un amigo del príncipe Adad. Fue muy generoso, ¿no le parece?
El Emperador no le respondió. Se limitó a mirarlo con la misma expresión seria que Sakti utilizaba para que sus enemigos sudaran solos y soltaran la información que ella quería sin que tuviera que pedirla. «Supongo que él le enseñó esta expresión. Seguro que se las enseñó a todos sus sobrinos». Connor se preguntó cómo se sentiría ser un Aesir. Eran los magos más poderosos del mundo, con la obediencia ciega de Generales, Escuadrones y soldados, con la capacidad de moldear las ciudades y el continente de Arena según sus deseos. Y aun así formaban la familia más triste de la historia porque no podían confiar los unos en los otros. Por eso Sakti buscó una nueva familia en los profetas. Por eso le fue tan fácil darles la espalda a sus tíos y primos.
—¿Por qué está aquí? Allena me contó una vez que el Emperador no puede salir de Masca. Dijo que la sincronización le impide abandonar la Capital.
—¿Qué era todo ese escándalo? Como si ya no fuera suficiente con escucharlos gritar en el campo de batalla, ahora tuve que soportar las carcajadas de esas comadrejas asquerosas. —El Emperador lo miró con una furia digna, como la que reservaría para un igual—. ¿Por qué aceptas igualar esas escorias a nosotros?
Connor apretó el puño. Lo que más lo molestó no fue que el monarca evadiera su pregunta con otra, sino que fuera tan desdeñoso y arrogante. Quiso lanzarle un puñetazo mental a la cara pálida pero se lo pensó mejor. Había golpes que dolían más.
—¿No lo tiene al revés? A los que igualo son a los aesirianos.
Los labios finos del Emperador se apretaron en una línea delgada. Uy. El golpe le dolió. Mucho.
—Harald tiene razón. Eres insolente como tu padre.
Connor sonrió. Lo que los Aesir llamaban «insolencia» en realidad era sarcasmo. Si estuviese tratando con Harald, el doctor lo habría picado un poco más. Pero no conocía el carácter del Emperador como para saber cuándo mucho era demasiado. Por el momento dejaría de tentar la suerte.
—La última vez que nos vimos —continuó el monarca con voz suave para no despertar a su hijo— te advertí que la cacería comenzaría. Tú eres mi presa.
Connor se sentó al otro lado del príncipe.
—Y la última vez que nos vimos yo le dije que si me encontraba sería porque así lo decidí.
—Esto no lo decidiste. No sabías que te esperaría aquí. —«O de lo contrario», pensó el Emperador, «no me habrías preguntado qué hago lejos de Masca».
—Es cierto que no lo esperaba. Pero me encontró porque decidí dejar mi pueblo. Me encontró porque al fin sé qué rol quiero desempeñar en este embrollo. —El doctor se inclinó para que el Emperador escuchara con claridad su confesión—. Este es el papel que he decidido. Soy un doctor neutral. Quiero ayudar a aesirianos y a vanirianos por igual. Y le agradecería que me dejara seguir haciéndolo. En paz.
El Emperador pudo haberle dado una larga explicación de por qué no lo haría. Pudo haberle dicho que como aesiriano que era, Connor le debía obediencia al monarca. Pudo haberle dicho que apoyar a vanirianos era acto de traición y que la única forma de reivindicarse era uniéndose voluntariamente a las tropas aesirianas. Pero no lo hizo. Porque a pesar de todo lo que era y todo lo que representaba, en ese momento era más que un Aesir, era más que el comandante absoluto de las Fuerzas Armadas, era más que el Emperador. Era un padre. Junto a su hijo convaleciente, el monarca tenía la misma expresión que todos los padres tenían delante del doctor que había salvado a sus cachorros. Sin importar qué tan duros, qué tan cariñosos, qué tan estrictos o qué tan blandos fueran, Connor siempre veía la misma expresión en los papás de sus pacientes cuando los había salvado por los pelos.
A pesar de todas las diferencias que existían entre ambos, Connor vio similitudes en el Emperador y en su propio padre, Darius. Y por eso estuvo seguro de que por el momento todavía era hombre libre. Si la primera vez el monarca lo dejó ir como agradecimiento por haberlo recargado, ahora lo dejaría ir en agradecimiento por salvar la vida de su hijo.
—¿Cuándo podrá Kardan regresar al campamento de Harald?
—No sé. —Connor levantó los hombros—. Se pondrá bien pero la dosis que le dispararon era mucho más fuerte que la que recibió el príncipe Harald. Él necesitó de dos a tres días para andar por su cuenta. Pero ya su hijo lleva dos días aquí sin que despierte.
Connor le había preguntado a Drake cuánto tiempo pasó desde que atendió al príncipe. El uso del poder de curación lo dejó noqueado un día entero, y al siguiente estaba tan agotado que su hermano lo obligó a guardar reposo. Drake no batalló; ¡Connor estaba de acuerdo en dormir como un leño! Todavía seguía cansado.
—¿Qué era el veneno?
—No tengo idea. Mis aprendices, mi herborista y yo estamos consternados. Aun con las muestras que obtuve de ambos príncipes fue imposible reconocer la toxina. —Connor hizo una pausa—. Solo ellos dos han sido alcanzados por flechas con este veneno. Los vanirianos estaban seguros de que no sobrevivirían. Tienen a los Aesir en la mira. Quizá también a los Generales. Y a no ser que ustedes descubran cuál o cuáles son las toxinas activas, el único remedio soy yo.
—Una razón más para atraparte —sonrió el monarca.
—A como estoy ahora no podré curar a otra persona envenenada. —Connor apartó la vista—. La curación me hace daño. Me enferma.
La sonrisa burlona del Emperador se desvaneció. Cuando el doctor lo miró se encontró con un rostro comprensivo. Esa expresión tomó desprevenido a Connor.
—Como mi hermana. Istar también se sentía mal cuando usaba la curación muy seguido y por mucho tiempo. No que le importara. Continuaba aun cuando ya no tenía energía para cuidar a nadie más.
La sonrisa que se pintó en su rostro fue mucho más cálida y cariñosa de lo que nadie habría esperado en sus facciones angulosas y pálidas. También fue brevísima. Connor creyó que la imaginó o que en todo caso el Emperador no le había sonreído a él sino a un recuerdo.
—¿Por qué está aquí? —se animó a preguntar el doctor después de una incómoda pausa—. Si quería asegurarse de que su hijo estaba bien pudo haberlo pedido en un mensaje. El príncipe aún no tiene fuerza para moverse, pero lo habría enviado a un campamento militar si eso lo hubiese hecho sentir mejor a usted.
Si por Connor fuera, el príncipe se quedaría en el campamento neutral hasta que estuviese completamente recuperado. Pero el doctor entendía que Kardan era una ficha muy valiosa para los aesirianos; ellos nunca estarían tranquilos a no ser que el Heredero estuviese bajo su protección. Si algo le sucedía en terreno neutral –como que un vaniriano le cortara el cuello–, Connor y todos sus aprendices sufrirían las consecuencias.
—Mi Primer General propuso entrar a toda marcha, cortando cabezas antes de que ustedes supieran qué pasaba. Pero Harald se mantuvo firme en su puesto. Ha pedido clemencia para el campamento neutral, sus doctores, guerreros y heridos. Ha pedido que confíe en ti.
—Ha venido a hacer un trato.
Connor sonrió aunque todavía era demasiado temprano para cantar victoria. ¡Harald lo hizo! ¡Consiguió que el gobierno aesiriano considerara un reconocimiento oficial al campamento neutral!
—Borra esa sonrisa. Le prometí a Harald que lo pensaría, pero no que cedería a una idea tan ridícula como la tuya.
—Ah. —Connor hundió los hombros, triste—. Y yo pensé que este era mi día de suerte. ¡Imagínese que genial habría sido! ¡El reconocimiento de dos gobiernos en una sola noche!
Esta vez contuvo mejor la sonrisa al ver la nueva expresión del Emperador. Fue como si le hubiesen dado de beber jugo de limón ácido en vez de agua. Connor tuvo razón: ahora que los vanirianos se adelantaron con un pacto no dejaron más alternativa a los aesirianos que ofrecer el de ellos. Resultó que ese sí era su día de suerte.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

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