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Frentes de batalla

FRENTES DE BATALLA


Una vena le latió en la frente. No sabía si sentirse agradecido por la oportunidad o importunado por la necedad de los rebeldes.
—¿Me estás diciendo —preguntó a Arker— que los rebeldes nos están siguiendo?
—Sí, señor.
—¿Y que estamos teniendo problemas?
—Ajá. Eso mismo.
Enlil soltó un suspiro y hundió los hombros. Junto a los príncipes de las Arenas, encabezaba una tropa poderosa. Raziel, Uruk, Remiak y Morak comandaban a quinientos alados, doscientas esfinges, mil titanes y quinientos aesirianos ordinarios cada uno; eso sin contar las sesenta herramientas Fafnir que cada príncipe podía convocar. Enlil lideraba dos Escuadrones de los Elementos, más una tropa de quinientos titanes y quinientos soldados rasos, además de su grupo de telépatas. Lo más importante de la columna militar no eran los números, sino la calidad de los soldados.
Llevaban a guerreros del Ejército de Aesir.
Las leyendas de la Profecía decían que cada estrella en el cielo correspondía al alma de un aesiriano. Pero hablaban también de que en el desbalance venido con la época de los Dragones, diez mil magos nacerían sin que su estrella brillara en el cielo, porque la tendrían por dentro. Tendrían el poder de una estrella en su interior. A Enlil le constaba que los guerreros nacidos en la generación sin estrellas tenían una habilidad sorprendente, equiparable a la de un noble de la milicia e incluso a un Aesir. Arker era uno de esos guerreros.
Pero a pesar de todo el poder que tenían a la mano, los rebeldes les ganaban terreno.
Enlil se llevó las manos al rostro. Aplastar la resistencia rebelde sería pan comido con la fuerza bruta del ejército. Pero él y los príncipes decidieron ser condescendientes con ellos. Si atacaban con todas sus fuerzas, los aniquilarían a todos o los harían esconderse. Y entonces, ¿cómo seguirían el rastro del príncipe Adad?
Como el príncipe Dragón reprogramaba los Fafnir, planearon entregarle una carga de herramientas con un algoritmo de geolocalización. Era una función muy elegante, que mandaba una señal de alerta al Fafnir central de cada príncipe cuando alguna herramienta era reprogramada sin autorización. La idea era encontrar a Adad siguiendo la dirección de las alertas de los Fafnir atrapados por el príncipe Dragón. Pero entre el cambio de planes de ir al Norte para apoyar al grupo del Emperador y la neblina, no habían logrado más que perder Fafnir tras Fafnir.
Esa maldita niebla. Cuando Kael dijo que era incapaz de percibir a Adad, Enlil estuvo tentado en escarbarle el cerebro en busca de una pulsación que indicara el paradero del príncipe. Pero Kael decía la verdad. El algoritmo de geolocalización de los Fafnir se volvía loco cuando una densa neblina los rodeaba. En las primeras ocasiones creyeron que era solo un efecto de la tormenta que habían tenido en la zona neutra. Pero con la desaparición de las nubes y el paso del tiempo, notaron que la neblina surgía siempre que se acercaban a un pueblo para conquistarlo y cubrirlo de mármol.
Antes de que pudieran invadir el pueblo, los habitantes se marchaban envueltos en la niebla. En las primeras ocasiones, solo quedaron atrás los rebeldes rezagados, en busca de pelea. Enlil los aplastó. Pero en las evacuaciones posteriores, los rebeldes también se marcharon con los pueblerinos. Los Fafnir que los príncipes enviaban a Adad entraban a la niebla y desaparecían con ella, solo para regresar reprogramados. La alerta de geolocalización no saltaba. Era como si la niebla se los llevara a otra dimensión imposible de rastrear. Cuando los Fafnir regresaban, atacaban a las tropas que estaban demasiado cerca de los pueblos, para dar tiempo a los civiles de escapar del ejército.
Y ahora los rebeldes los seguían. Enlil imaginó por qué daban tanto problema: los Fafnir, por supuesto. Ya no eran solo herramientas de distracción mientras los rebeldes evacuaban los pueblos vecinos. Ahora eran armas activas contra los aesirianos.
—¿Cuántos hemos perdido?
—A doscientos en un día. Puede que más, puede que menos.
Enlil contuvo un escalofrío. Lo más terrible de las herramientas no eran sus garras, que mataban con un solo zarpazo, sino su saliva. Esos soldados, sus hombres, derritiéndose lentamente en las fauces de los Fafnir... Solo imaginarlo le ponía la carne de gallina.
—¿Y los príncipes?
—No se lo han tomado muy bien.
Claro que no. Los aesirianos, en especial los Aesir, eran crueles. Pero esa crueldad se tornaba en compasión cuando tocaba las fibras del corazón. Los príncipes de las Arenas tenían una conexión muy especial con su pueblo y con sus soldados. Estaban dispuestos a morir por ellos, tal y como los oficiales sacrificarían sus vidas para protegerlos. En estos instantes, Raziel, Uruk, Remiak y Morak debían de odiarse por haber enviado las herramientas directo a las manos de Adad.
Pero aun así mantendrían la marcha rumbo al Norte. Era lo más sensato. Dejarían que los rebeldes los siguieran. Tal vez Adad también subiría. Y con las fuerzas combinadas del grupo de Enlil, el Emperador y del príncipe Harald –quien estaba cerca del destino de Su Majestad– aplastarían la rebelión cuando se presentase ante ellos. Enlil calculó que los rebeldes los pellizcarían en la retaguardia por unos días, pero que se calmarían cuando se alejaran de los bosques neblinosos de la zona neutra y se acercaran a campo de batalla.
Cuando vieran la magnitud del encuentro entre vanirianos y aesirianos, retrocederían. Intentarían atacar de nuevo cuando las tropas del Imperio derrotaran a sus enemigos –Enlil no se atrevía a pensar en otro resultado–, pues creerían que estarían débiles tras el encuentro. O serían listos y se quedarían escondidos en sus bosques; en cuyo caso, sería el grupo de Enlil quien los pellizcaría.
«Sí, ¿pero y si deciden luchar aunque también estén las tropas vanirianas?», dijo una voz en la cabeza de Enlil. Era su voz pesimista. «Eso no va a pasar. Aun con el príncipe Adad y con las herramientas, son solo campesinos, taberneros y comerciantes. Son civiles. Les entrará miedo». «¿Y si no?», insistió esa voz. «¿Y si el príncipe les da valor para pelear?». «¿Pelear para qué? ¿Por qué van a pelear contra nosotros?». «Por la misma razón por la que inició la rebelión en Xadiz. Por la misma razón que evacúan los pueblos que tienen tanto a aesirianos como a vanirianos. Porque el mundo ha cambiado, viejo Enlil. Porque estos rebeldes creen en un mundo donde dos razas son una sola. Y porque las reliquias como tú, Sigfrid y los Aesir no calzan bien con un mundo como el de la zona neutra».
Enlil apretó los puños. No se había azotado el lomo y perdido tanto en la vida como para que unos rebeldes lo estropearan todo. El mundo cambiaría, sí, pero no a la dirección tenebrosa que los rebeldes pretendían. Cuando los Dragones volaran a la Profecía y limpiaran a los aesirianos, el mundo estaría libre de todo mal. Incluidos los vanirianos. Pero para eso, todavía tenía que cumplir su misión. Todavía tenía que atrapar a Adad.
—Subiremos. Aumentaremos la marcha. Pero habrá un cambio en la distribución de la tropa.
Arker sonrió, porque era un muchacho inteligente y era el aprendiz de Enlil. Había llegado a la misma conclusión que el General.
—El Escuadrón Fuoco pasará a la retaguardia, junto con la mitad del Escuadrón Mare y todos los telépatas. Kael también irá contigo. Quedarás a cargo.
Arker asintió. Era solo cuestión de tiempo para que Enlil le diera esa responsabilidad. En otro tiempo el General habría designado a Dereck o a Kael. Pero el primer pupilo de Sigfrid estaba en la tropa del príncipe Kardan, y Kael había caído en desgracia con los Generales. Arker le tenía simpatía al Guardián alado, como todos sus compañeros, pero sabía que Kael era peligroso. Estaba demasiado comprometido con su príncipe. Por tanto, ya no se le podía asignar una responsabilidad de peso en la captura de Adad.
—¿Sabes qué hacer?
—Aniquilar a los Fafnir con las esencias de la mente. Atrapar a cualquier rebelde con las estacas de hielo y las argollas de agua del Escuadrón Mare. Reducir a cenizas todo rastro de alianza con vanirianos con el poder del Escuadrón Fuoco. Y atrapar al príncipe Adad con la ayuda de Kael, si es que la oportunidad se da.
Arker hizo una pausa, porque supo que esa era la parte que más importaba a Enlil.
—Y proteger a su nieto, General.
Enlil asintió, agradecido. Airgetlam era duro. Los Fafnir reprogramados no lo derretirían, o al menos eso esperaba Enlil. Y como tenía la mente en blanco, sería también el más terrible de los telépatas a la hora de borrar la existencia de las herramientas. Quizá, porque no tenía nada en la mente, era más sencillo para él reducir a nada todo lo que lo rodeaba. Pero aún con tanto poder necesitaba que alguien lo guiara, que alguien le dijera qué hacer, cuándo dormir, cuándo comer... A Enlil le dolía verlo así. Aunque era muy cobarde de su parte, sintió cierto alivio al saber que no podía quedarse atrás, con sus mejores hombres, porque su experiencia en estrategia militar sería de mayor utilidad para enfrentar a las hordas vanirianas que fueron rumbo a Su Majestad.
Le alivió tener una buena excusa para alejarse de Airgetlam, la prueba de sus pecados, aunque fuera por unas semanas.

****

En lugar de avanzar directo al campamento neutral de Connor, el mismo Darius sugirió meterse al bosque cerca de Delya y avanzar en la dirección contraria.
—Si vamos ahora, tu primo nos alcanzará antes. No estamos en condiciones de adelantárnosle mucho.
Pero si iban en la dirección contraria, entonces Kardan se encontraría con el campamento neutral y con Connor antes. Aun así Sakti y Freki accedieron, porque los ojos de Darius habían brillado con un celeste fantasmagórico. En su corazón de profeta, el mestizo tuvo la certeza de que el príncipe no encontraría al joven doctor. Tuvo razón, por supuesto. Para cuando Darius y sus amigos encontraron los rastros del primer campamento neutral, las huellas ya habían empezado a desvanecerse. Los rastros de batalla eran incluso hasta más tenues que las de la dispersión del campamento. Sakti no habría sabido por donde ir de no ser por Darius. Al profeta le bastó con pararse a un extremo del viejo campamento para señalar la próxima ruta: hacia el norte. La princesa y el lobo siguieron sus indicaciones.
Procuraron avanzar por entre los bosques aledaños a los viejos campos de batalla. El territorio de lucha estaba aplastado y yermo. Nada crecía ahí, con excepción de los esqueletos que surgían por encima de la tierra y la carne putrefacta. Aunque Sakti ya iba mucho mejor de la neumonía, Darius temía que respirar la putrefacción le diera una nueva infección. Además, si avanzaban por las planicies de guerra estarían a la vista de los vigías aesirianos y de cualquier arpía que sobrevolara la zona en busca de información militar. Lo mejor era encontrar el campamento de Connor y sacar al doctor y a sus hermanos de ese territorio en silencio, sin llamar la atención.
Pero no más empezaron su camino cuando vieron los rastros inconfundibles de la más terrible de las batallas. Sakti reconoció los estandartes de los Aesir –que quería decir que había príncipes cerca– y el de los Montag, así como las banderas de los vanirianos. Los tres emblemas ondeaban rotos al viento, en las planicies, sin que quedara claro quién había ganado. A veces, por la cantidad de cadáveres enfundados en armaduras y esparcidos por el suelo, creían que los aesirianos perdieron. Pero luego avanzaban un poco más y se encontraban con los esqueletos deshechos de los vanirianos, y todo parecía indicar que el Imperio había recuperado territorio. Era difícil saberlo con certeza cuando miraban la escena desde la seguridad del bosque.
En un punto ya no pudieron avanzar escondidos entre los árboles. La batalla había incinerado los extremos de la floresta rumbo al norte. No les quedó más que avanzar por la planicie artificial, entre las aves de rapiña que se habían acercado a los cadáveres. A Darius se le revolvió el estómago entre tanta putrefacción, pero Sakti y Freki continuaron adelante sin quejarse. Solo estaban atentos a que ningún vigía o arpía los descubriera.
Tan terrible era la escena que nunca se les ocurrió que hubiese sobrevivientes. Pero encontraron uno: un grolien cojo e hinchado, que avanzaba arrastrándose con cuidado. Se movía tan lentamente que Darius y los demás lo vieron hasta que ya lo tenían a dos metros de distancia. El grolien los miró, aterrado y esperanzado al mismo tiempo. Extendió una mano hacia ellos, en busca de auxilio; pero cuando Darius avanzó para ayudarle, el suelo saltó en medio de los dos. El grolien gritó como si su voz estuviese hecha de vidrios rotos.
Darius vio que un balón ovalado, con forma de pera, saltó de entre la tierra. Avanzó otro paso para auxiliar al vaniriano, pero Sakti lo agarró del codo para detenerlo. El profeta se detuvo porque la escuchó jadear. Todo movimiento del brazo le dolía como los mil demonios; ella evitaba cualquier movimiento a como diera lugar. Si lo había hecho ahora era porque lo consideraba pertinente.
Cuando la tierra cayó al suelo, Darius vio que el grolien estaba rodeado de cables de acero. El balón se movía sobre el vaniriano, como si fuese un pulpo mecánico. El profeta no supo de qué se trataba, pero Sakti lo jaló más fuerte y apartó la mirada. Lo hizo justo a tiempo: el balón halló el ano y se introdujo.
—Darius, ¡mátalo! —ordenó la princesa—. ¡Mátalo!
El profeta la miró horrorizado. Sakti era una princesa aesiriana; durante la guerra mató a muchos vanirianos, pero como prófuga convivió con ellos en cada visita a Kehari. ¿Qué necesidad tenía ahora de matar a un grolien?
El vaniriano jadeó y lo miró con ojos vidriosos, suplicantes. Movió la boca, pero Darius no entendió palabras. Solo dolor. Entonces se le ocurrió que cuando el grolien le extendió la mano antes no fue para pedirle ayuda, sino para pedirle que se detuviera. «Oh, Dios. Es un campo minado. Y yo activé la trampa».
Escuchó un ronroneo, como el de los motores de los castillos flotantes, solo que más cercano y a la vez más lejos. El rostro del grolien se arrugó aún más. Las piernas de Darius temblaron. El ronroneo venía desde dentro del vaniriano.
—¡MÁTALO! —chilló Sakti—. ¡Será más misericordioso!
Darius quedó paralizado. No llevaba armas. No sabía cómo utilizar su magia para un golpe fatal y veloz. Y, sobre todo, no quería matar a una persona desconocida. Dio otro paso hacia el grolien, con la idea de quitarle los cables de acero. El vaniriano dio un último chillido y la parte trasera de su cuerpo explotó. Una cierra giraba entre sus restos, todavía atada a los cables, todavía móvil, todavía hambrienta mientras subía hacia el torso para partirlo con las navajas.
No supo cuánto tiempo sufrió el vaniriano, ni cuánto tiempo se quedó viendo el cadáver. Cuando al fin pudo reaccionar y ver a sus compañeros, se dio cuenta de que Freki estaba echado en el suelo, con las patas delanteras sobre sus ojos. Sakti estaba arrodillada junto a Darius, con la vista fija en su amigo. El profeta intentó hablar, pero la voz no le salió. La garganta le dolía. Su mente confundida empezó a hilvanar sucesos. Había aullado despavorido en los últimos minutos, quizá durante un par de horas; y en todo ese tiempo, Sakti se quedó junto a él, muda.
—Era una pera de la angustia —murmuró la princesa—. No se usan desde hace más de mil años. El último en emplearlas fue...
La voz de Sakti descendió mientras sus ojos se fijaban en un estandarte ondeante. La luna de plata sonreía desde el fondo negro de la tela.
—Yo quería ayudarlo... —murmuró Darius—. No quería matarlo...
—Tú no lo mataste. —Sakti chasqueó la lengua—. Ya queda claro quién ganó. La treta de Sigfrid fue innecesaria. No hacía falta hacer leña del árbol caído.
Todavía había cadáveres en armadura, pero la mayor parte de los restos estaba derretida o hecha trizas. En esa parte, casi todos los muertos eran vanirianos.
Darius se llevó una mano temblorosa a la frente. El campamento de Connor estaba más allá de esa tierra de desastre. «Dios. ¿En qué se ha metido mi niño?». Freki lloriqueó:
—¿Tenemos que avanzar por aquí? Si está minado...
—Lo está. Sigfrid no escatima esfuerzos cuando es cruel —le aseguró la princesa.
Los cuerpos aesirianos estaban bastante enteros. O supieron evitar las peras de la angustia o las armas solo reaccionaban con vanirianos. Sakti escarbó en sus recuerdos. Cuando vivía y estudiaba en Masca aprendió bastante sobre métodos de tortura y estrategias militares. Había una lección sobre las peras de la angustia que la había dejado totalmente mortificada. Pero no podía recordar muchos detalles. Todo se fundía. ¿Había aprendido con su hermano y sus primos? ¿Lo había leído sola, en la biblioteca? ¿Se lo había enseñado Darius...? Agitó la cabeza. Ese era otro de sus recuerdos dañados tras la fusión, y no sabía con certeza si las peras eran un invento terrible del periodo de Esplendor –y por lo tanto capaz de identificar aesirianos de vanirianos–, o si era posterior y más rudimentario.
—Avanzaremos con cuidado —decidió.
Dio un paso tímido. Un ronroneo llegó a sus oídos. La princesa palideció, segura de que la tierra saltaría bajo sus pies, los cables de metal se extenderían sobre ella, y la pera aterrizaría sobre su cara. Le cortaría la boca y la garganta. Darius la jaló hacia sus brazos, para protegerla o morir con ella, pero el suelo no se levantó. El ronroneo se hizo más fuerte. Freki fue el primero en descubrir el nuevo mal.
Detrás de ellos, desde el sur, el cielo se teñía de gris. Al mirar por encima del hombro, descubrieron nubes de tormenta. Por entre los vapores grises, vieron los contornos de un castillo flotante. Eras las tropas de refuerzo de los vanirianos.
Si la batalla había sido cruda, estaba a punto de ponerse peor.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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