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Capítulo 20

20
TREGUA

Dagda apretó los dientes, adolorido y frustrado. Esa última batalla fue un desastre. Salir de la zona neutra era imposible incluso ahora que el grueso de las tropas aesirianas se había marchado.
Aunque evacuaron varios pueblos con la ayuda de la niebla, nadie tenía idea de cómo controlarla. Hasta el momento, el Bosque Ambulante los había ayudado por voluntad propia. Gracias a la neblina pudieron esconderse de las tropas, atrapar Fafnir e incluso defender con las herramientas. Pero cuando intentaron convertir la defensiva en ofensiva, la niebla no los ayudó. No subió con ellos al límite norte de la zona neutra, donde esperaba la retaguardia de la tropa aesiriana. Como consecuencia, los cuatro soldados del Escuadrón Mare atraparon a trece rebeldes, los telépatas borraron a la mitad de los Fafnir de la rebelión, y el Escuadrón Fuoco achicharró a los revolucionaros que se dieron a la huida.
Dagda estaba avergonzado. La pelea fue idea suya. Había confiado en el desempeño de los enfrentamientos anteriores así como en el poder de los Fafnir. ¡Cielos, ellas solitas habían acabado con tantos soldados! ¡Si tan solo hubiese seguido así, sin la intervención de los telépatas! Pero no. La retaguardia aesiriana se fortaleció en la batalla decisiva que Dagda tanto había pedido. ¿Y qué tenía que mostrar para justificar todo lo que perdieron por su culpa? Nada, salvo la quemadura de su brazo. Falló en recuperar a su hermano.
Una vez en la cueva, se retiró en silencio como un perro con la cola entre las patas. No tuvo el valor para ver a sus tías y admitir que falló en traer de regreso a Airgetlam. Se metió en lo más oscuro de la caverna, donde los rebeldes guardaban los pocos alimentos que lograron sacar de los pueblos evacuados. A pesar de la importancia de las raciones, nadie las cuidaba porque ese era el sitio favorito de Adad. Los rebeldes evitaban cruzárselo tanto como pudieran. Cuando al príncipe lo golpeaba una de sus lagunas mentales, salía a volar o deambulaba en lo profundo de la caverna. A veces también se trasformaba allí dentro. Ryaul decía que la cueva era muy ancha, como las galerías de la Ciudad Perdida. Aparte del Dragón, los rebeldes no se animaban a deambular en un sitio tan misterioso. Fuera lo que fuesen el Bosque Ambulante y esa cueva, les tenían bastante miedo y respeto como para avanzar más de lo debido.
Escuchó pasos detrás de él. Supo que sería Riza antes de que ella lo llamara para atenderle la herida. Dagda gruñó. Desde que se unió a la rebelión, Riza comenzó a agradarle y desagradarle más, ¡todo a la vez! Era una muchacha inteligente, trabajadora y con ambiciones de una vida feliz y pacífica. Dagda podía ver por qué su hermano se había enamorado de ella. Lo que lo molestaba era que ya aceptaba que Riza era más que buena para Airgetlam. Se merecían el uno al otro. Le desagradaba la idea de perder en afecto contra una chica que entró a la vida de su hermano hacía menos de diez años, ¡cuando él estaba con Airgetlam desde que nacieron! Los celos eran cosa seria.
A regañadientes, se dejó atender la herida. Tenía una quemadura desde el hombro hasta la muñeca izquierda. Cuando Riza empezó a quitarle lo que le quedaba de la manga, Dagda tuvo que sentarse con la espalda apoyada a la pared. Dolía. Dolía como los mil demonios. Seguro que se desmayaba en cualquier instante. ¡Cuánto daría por que Connor estuviera ahí con él!
—¿Cómo te fue? —preguntó Riza para distraerlo.
—¿Te parece que me fui de paseo?
Dagda siseó cuando la muchacha le pasó una gasa con alcohol. Lo mejor habría sido agua, pero las raciones apenas alcanzaban para beber y nadie se atrevía a molestar el lago inmóvil fuera de la cueva. Riza ignoró el tono malhumorado del gemelo y siguió adelante con la curación.
—¿Lo viste?
Guardaron silencio. Dagda sabía que una vez que recuperara a Airgetlam, su hermano se marcharía de nuevo, esta vez con Riza. Pero mientras tanto solo podía extrañarlo y la única que lo echaba de menos tanto como él era Riza. Miriam y los demás lo extrañaban también, desde luego, pero habían encontrado con qué distraerse: cacería, atención médica, cuido de cachorros... Podían distraer sus mentes, mientras que todo lo que hacían Dagda y Riza era por Airgetlam. Riza cantaba canciones infantiles para traer a Adad de regreso a la realidad. Dagda forzaba visiones de en dónde estaría su hermano para recuperarlo. Riza ponía al tanto a Dagda de las intenciones de los líderes de la rebelión. Dagda ponía al tanto a Riza del resultado de cada batalla. Era un cuento de nunca acabar.
—Sigue en el grupo de telépatas. Él...
La voz le falló. No pudo hablarle del miedo al ver a su hermano mayor enfundado en armadura, en lo alto de una colina, y con los ojos fríos y fijos en él, en todo y nada a la vez. Dagda había esperado ese momento.
Había convencido a cada uno de los líderes de la revolución sobre la importancia de recuperar a Airgetlam. Con las canciones de Riza, las historias del desierto de Ryaul y la presencia de Dagda, Adad se mantenía más o menos en sus cabales. Pero aparte de modificar los Fafnir y guiar a más refugiados por el Bosque Ambulante, el príncipe se negaba a enfrentar cara a cara a las tropas aesirianas. ¿Pero con dos profetas? Sería fácil. Una vez que Airgetlam se recuperara, los gemelos convencerían a Adad de cualquier cosa, tal y como lo convencían de participar en guerras de broma, o a que los dejara montar sobre sus hombros, o a que les trajera rebanadas de pastel a la casita del lago.
Pero cuando al fin convenció a los rebeldes, cuando al fin encontró a la retaguardia y a Airgetlam, todo salió al revés. Los Fafnir avanzaron, voraces y terribles, hacia los soldados. Pero cuando llegaron a un límite invisible comenzaron a evaporarse en volutas de humo gris. Dagda sintió el poder de ese vacío. Los cuatro soldados de Mare estiraron los brazos al cielo y arrancaron del aire las partículas de agua, hasta lanzarlas como látigos contra los rebeldes. Dagda ignoró a los compañeros que batallaban contra Mare y avanzó con Geri hacia el grupo de telépatas. Estuvo seguro de que si se apartaba de los Fafnir y de las armas de agua, llegaría a Airgetlam antes de que los telépatas se decidieran con qué atacarlo. Después de todo, no borrarían de la existencia a un profeta.
Con lo que no contó fue con que los magos de la mente abandonaran su posición y avanzaran directo a él.
Fue una suerte que no hubiese avanzado solo, sino que otros jóvenes imprudentes siguieron los pasos de Geri. Los telépatas fueron justos con ellos y en lugar de enfrentarlos con las esencias lo hicieron con las espadas. Pero ¿qué podía esperarse del encuentro entre soldados adiestrados y civiles? Dagda logró mantenerse en pie, llegó a unos veinte pasos de su gemelo, y se congeló cuando Airgetlam cortó a la mitad a un muchacho de catorce años. Sin parpadear. Sin siquiera mirarlo una vez más antes de seguir con el siguiente rebelde en lista.
Luego el fuego. El Escuadrón Fuoco subió al escenario y lo bordeó con llamas. Las mejores armas de los rebeldes eran los Fafnir. Pero si las herramientas eran borradas por los telépatas o destruidas por el fuego, no tenían cómo atacar ni defender. Sonó la retirada, ¿pero a dónde? Si regresaban, se toparían con un muro de llamas. Si se quedaban, saludarían el acero de los telépatas o las cadenas de agua de Mare. Dagda supo que la única forma segura de escapar era acercándose a Airgetlam, agarrarlo del codo y comenzar el enlace de la teletransportación con él.
Pero se quedó en su sitio, congelado, mientras su hermano cortaba a dos rebeldes más. Otra vez sin parpadear. Sin mirar. Sin pensar. Si Airgetlam hubiese querido, lo habría partido también a él por la mitad. Y no lo hizo porque...
¿Por qué?
Dagda se sobresaltó. Riza se disculpó por haberle lastimado y le pidió que la dejara terminar. Dagda siguió en sus meditaciones. ¿Por qué pudieron escapar? Alguien vio una brecha en el muro de fuego y avisó a los demás. Geri escuchó a tiempo, agarró a Dagda y se marchó con él, no sin antes de que el Escuadrón Fuoco regara sobre ellos una lluvia de flamas. Pudieron haberlos matado a todos. O atraparlos. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué se conformaron con unos cuantos muertos, otros pocos prisioneros y un montón más prófugos?
Se sobresaltó de nuevo. El dolor del brazo se desvaneció en un instante. Dagda regresó sobre sus pasos, ignorando las preguntas de Riza. Una vez que llegó a la galería principal, ignoró las miradas de los rebeldes heridos y sus familiares. Supo que lo culpaban. Supo que era responsable de que aquel chico cortado por Airgetlam hubiese muerto, junto con otros más. Supo que si no hubiese propuesto un enfrentamiento directo, el Escuadrón Fuoco y los demás no estarían torturando a los prisioneros para obtener información.
Y supo también por qué los soldados los dejaron ir.
Se coló por los túneles más estrechos, que llevaban a la caverna que los líderes usaban como salón de reuniones. Le faltaba doblar una esquina para llegar. Abrió la boca para avisarles que debían estar listos, pero se detuvo al escuchar la conversación:
—Los telépatas tienen que morir. Si ellos están fuera, los Fafnir pueden encargarse de los otros soldados.
—Eso es más fácil decirlo que hacerlo. Dagda es nuestro único telépata y él no puede hacer nada contra los soldados.
—Con mucha más razón los telépatas deben ser nuestra prioridad. Cuando todos mueran, Dagda se concentrará al fin en acabar con los soldados que queden en nuestro territorio.
Silencio. Por más de diez segundos nadie dijo nada. Fue el tiempo que Riza necesitó para llegar junto al gemelo y escuchar la pregunta de Kryos en la cueva siguiente:
—Cuando dices que «todos» van a morir, ¿hablas también de Airgetlam?
—En especial él.
Riza saltó para interrumpir la conversación, pero Dagda la rodeó con los brazos para que no se moviera. Se llevó un dedo a los labios y le pidió silencio. Luka intervino:
—No, ¡no podemos considerarlo! Airgetlam es uno de los nuestros. Lo han embrujado, ¡pero es un tipo genial!
—Pues este «tipo genial» mató al chico del cartero de mi pueblo. Y al hostelero de Kraun. Y al panadero de Xadiz. Puedo seguir con la lista. ¿Y sabes lo que hizo el hermano de este «tipo genial»? Nada. Se quedó congelado mirando cómo ese muñeco descerebrado mataba a nuestros compañeros.
Hubo discusión por parte de todos. Dagda agradeció que Aldith, Luka y Kryos despotricaran contra la idea de castigar a Airgetlam por algo que no podía controlar. Pero lo cierto era que las voces se alzaban tanto a favor como en contra del plan. Si lo ponían a votación, ¿quién ganaría? Se le hizo un nudo fatal en el estómago, porque lo supo. No necesitaba una visión. Con sus sentidos bastaba.
—¡Miren! —gritó el líder del plan—. No estoy diciendo que este chico Airgetlam sea malvado o que merezca morir. Sé que no tiene control sobre lo que hace. Pero aun así es peligroso. Sé que es difícil aceptarlo, en especial para sus vecinos y familiares, pero el muchacho que ustedes conocían se ha ido. —Hizo una pausa—. Aunque lográramos apresarlo, ¿se podrá deshacer el embrujo? El único telépata es su hermano. Y muy honestamente dudo que él mismo sepa qué hacer para revertir el estado de ese muchacho.
—Bueno —agregó otro, indeciso—. Incluso si los vemos pelear a los dos, están empatados en defensa corporal. Pero a Dagda nunca lo he visto usar la telequinesia como su hermano. Es decir, ¡con los otros telépatas borró a los Fafnir! ¿Puede Dagda hacer algo así?
El gemelo apretó los dientes, porque no lo sabía. Nunca lo había intentado, porque cancelar la existencia de un objeto podía salir terriblemente mal. Eso sin mencionar el condenado dolor de cabeza que les daba a todos los telépatas si se excedían en sus capacidades. «Airgetlam ahora es mejor telépata que cualquiera de nosotros porque nada le duele. No tiene nada en la cabeza». Por primera vez se le ocurrió que tal vez nunca podría recuperar a su hermano. Lo que decían era cierto: él no sabía cómo deshacer el embrujo sobre Airgetlam. Tal vez Sakti supiera. O Adad. Pero ¿y si no?
Los ojos le ardieron al imaginar un futuro sin el apoyo travieso de su hermano.
—Sigue sin estar bien —objetó Aldith—. Airgetlam es una víctima, como todos. Lo están utilizando. Él nunca habría querido esto.
—Entonces ayudémosle a detenerse. Liberémoslo. La única forma es matándolo.
Siguió un nuevo silencio, interrumpido por sonidos tímidos de la fricción de la ropa. Los líderes estaban votando. Quienes estuvieran a favor levantaban la mano. Tenían suerte de que Dagda estuviese escondido. De lo contrario, ¡habría demostrado lo capaz que era de borrar la existencia de las personas que votaron contra Airgetlam!
—Entonces queda decidido. Acabaremos con los telépatas.
Barajaron varias opciones para matar a los soldados, como flecharlos con arcos de largo alcance, construir trampas de picos y catapultas para bolas de fuego. Dagda los dejó a sus anchas, porque supo que todo sería en vano. Aun cuando pudieran construir esas armas, no podrían acabar tan fácilmente con los soldados de Escuadrón. Menos con los telépatas, que podían extender su percepción mental para descubrir la posición de cualquier rebelde que intentara hacer una emboscada.
Había una diferencia de poder tremenda entre los rebeldes y los soldados. «Ninguno ha llevado entrenamiento militar. Por eso no saben que van a fallar». Pero Dagda sí había llevado entrenamiento, como Adad. Los dos eran las mejores opciones de los rebeldes para ganar. Qué lástima que perdieron la voluntad y simpatía de Dagda. Aunque no tuviesen los medios para ejecutar el asesinato, Dagda jamás los perdonaría. Tramarlo, ¡más aun a sus espaldas!, era justo lo que los Aesir habrían hecho. Los profetas tenían enemigos tanto en el Imperio como entre los rebeldes. Pero también amigos. No se olvidaba de que Aldith y Luka habían protestado. A lo mejor también votaron en contra.
Y también estaba Riza. La muchacha lo siguió en silencio mientras Dagda atravesaba los túneles y la caverna principal. No dijo nada, ni siquiera cuando Dagda salió de la cueva y fue a buscar a Geri. El lobo se refugiaba debajo de un árbol sin hojas; lamía los restos de un venado que cazó como cena. Al ver a los muchachos, Geri levantó las orejas. Dagda pasó junto a él sin decir palabra y se adentró al bosque. Al igual que Riza, el lobo siguió en silencio al gemelo hasta un claro. La niebla del Bosque Ambulante los acompañó.
—No dejaré que ni los soldados ni la rebelión lastimen más a Airgetlam —dijo por fin el gemelo.
—Estoy contigo —lo apoyó Riza. Tenía el rostro muy pálido, con excepción de dos puntos incandescentes en las mejillas. Aunque todavía tenía el pelo blanco por el susto de Xadiz, toda su expresión reflejaba lo opuesto al miedo. Había valentía, amor y enojo en su mirada. Al igual que Dagda, Riza no podía perdonar que los demás consideraran matar a Airgetlam—. ¿Qué hacemos?
Primero pusieron al día a Geri. Como lo esperaban, el lobo también se escandalizó por la idea de matar a Airgetlam. Los rebeldes se podían cargar a cuantos soldados quisieran, ¡pero no a Airgetlam! Él no era soldado. Era prisionero.
—Lo que tenemos que hacer es separarlo de los soldados. Eso es lo primero. Después... —Geri bajó las orejas, porque él tampoco estaba seguro de que pudiesen recuperar al gemelo simpático que todos recordaban. «Eso no es cierto. Hay una opción. Yo podría…». Agitó la cabeza para sacarse esa idea disparatada. Era tabú. No podía hacerlo.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Riza. Por más vueltas que le daba, veía imposible apartar a Airgetlam de sus carceleros.
—Lo que haremos —decidió Dagda— es sortear a los soldados. Necesitamos que alguno nos eche una mano.
Riza lo miró como si se hubiese vuelto loco. ¿Por qué un soldado los ayudaría a apartar a Airgetlam? Geri, en cambio, entrecerró los ojos con astucia.
—Estás pensando en por qué nos dejaron ir, ¿verdad? El Escuadrón Fuoco pudo matarnos si hubiese querido. Yo también le he dado muchas vueltas a esa idea.
Dagda sonrió. Por primera vez en semanas se permitió sentirse feliz, porque al fin estaba un paso por delante de las proyecciones de la tropa. Pero esa felicidad era muy pequeña comparada con la incertidumbre que albergaba para el futuro de Airgetlam.
—Invadirán nuestro escondite —dijo—. Nos dejaron ir para que los guiemos a nuestro refugio.
—La niebla no los dejará pasar —lo atajó Riza—. Tampoco el Dragón. —La sonrisa de Dagda se ensanchó, aunque en sus ojos bailaba una sombra de tristeza y miedo. Temía por su hermano.
—La niebla no deja pasar a los hostiles. Y Adad no deja pasar el peligro. Si los soldados sospechan qué es el Bosque Ambulante, habrán llegado a estas conclusiones. Y habrán enviado al oficial más adecuado para la tarea de entrar y guiarlos después. Pero yo creo...
No, estaba seguro. Lo sentía en las entrañas.
—Estoy seguro de que ese soldado estará de nuestra parte. Por eso el bosque y el Dragón lo dejarán pasar.
—¿Por qué? —Geri lo miró con el morro fruncido en un puchero.
—Porque nosotros estamos del lado de Adad. Y este soldado siempre estará del lado de su príncipe.
Dagda expandió su percepción, seguro de que encontraría a Kael en algún sitio de ese bosque laberinto. «Si lo guío a Adad», supo, «él me guiará a la cura para Airgetlam».

****

Lo inevitable sucedió. Un campamento reconocido, protegido y patrocinado por dos países en guerra estaba destinado al éxito. Igual que el primer campamento neutral, el nuevo comenzó con un centro definido por la tienda de Connor. En el lado oeste se situaron otra vez los aesirianos y en el este los vanirianos. De nuevo hubo centinelas que supervisaban el paso de un sitio a otro. Doran, que retomó su puesto de centinela líder en el extremo vaniriano, saludaba a todos los aprendices en cada entrada. Pero Leik, que fue el líder de los centinelas aesirianos, no regresó. Connor se lo prohibió por haber amenazado con cuchillo a los vanirianos que ayudaban a cuidar la tienda del príncipe Kardan.
—Lástima —se lamentó Doran, con la baraja de cartas en la mano—. Me había hecho ilusión de volver a jugar con él.
—Rompió mis reglas.
—¡Solo estaba cumpliendo órdenes de su superior!
—Las reglas de sus superiores no aplican aquí. Solo las mías.
—Lo sé. —Doran le esbozó una sonrisa y susurró—: Y aquí entre nos, creo que son mejores que muchas reglas de allá afuera. De ambos lados.
Se retomaron los tratos de rehenes para visitar los campamentos exteriores. Como consecuencia, los juegos de cartas regresaron. Tras los pactos con ambos gobiernos, el campamento obtuvo una vida mucho más dinámica y rica que la que tuvo su predecesor. Había más comida y medicinas, y también más aprendices, pues el pacto con los aesirianos siguió las mismas condiciones que el de los vanirianos. Así, pues, Connor recibió soportes médicos del Imperio entre sus estudiantes.
Fue una suerte porque los extremos de ambos bandos se hicieron más y más grandes, aunque por la razón incorrecta: la guerra continuaba más allá del terreno neutral. Con la llegada de los refuerzos vanirianos, más soldados del Imperio llegaron a Connor con un pie en la tumba y otro apenas pisando el suelo de los vivos. Los encuentros militares eran atroces, bárbaros, tan funestos que aún desde el campamento veían las columnas de humo que se alzaban en colinas y bosques, las nubes y relámpagos escarlatas, las detonaciones de las nuevas bombas del General Montag, y las batallas de fuego de Lemuria.
Connor pidió a ambos gobiernos una escolta para visitar el campo de batalla, y atender ahí mismo a los heridos. Sabía muy bien que aunque en el campamento tenía pacientes a montón, esos no eran ni la mitad de los combatientes caídos. Pero los gobiernos se negaron. El Emperador le envió una carta muy elegante y hasta simpática diciéndole que no quería participar en la muerte prematura del doctor que cuidaba a su hijo, ni quería que un profeta se pusiera en peligro innecesario. Lemuria, que visitaba con mayor frecuencia a Connor para revisar el progreso de sus soportes médicos, le dijo en persona que jamás permitiría que fuera al campo de batalla si podía evitarlo.
—Es terrible, querido Connor. —Aunque las palabras eran coquetas, el tono fue completamente serio—. Todos somos unos verdaderos animales allá afuera. Sabemos que si no terminamos el encuentro antes de la siguiente luna, los muertos de ambos bandos superarán nuestras expectativas. Por lo que más quieras, quédate aquí. Por lo menos tenemos esperanza de descansar un rato en tu campamento si las cosas se ponen muy mal.
El miedo previo del mes anterior se repitió. La luna carmesí se acercaba de nuevo. Esta vez, la luna empezó a teñirse desde el cuarto creciente, lo que auguraba unas noches todavía más pesadas que sus antecesoras.
La prioridad de los aprendices fue la elaboración y embotellamiento del jarabe relajante. Ceniza fue el encargado de este proyecto tan importante para ambos bandos. Aunque el krebin era silencioso delante de desconocidos, y sumiso ante sus primeros compañeros de viaje –en especial Connor–, había ganado confianza en sí mismo. Ya no se sonrojaba al dar órdenes ni hablaba con los ojos pegados al suelo. Su voz suave se acentuó con el paso de los días hasta llegar a un tono normal; ya los aprendices no tenían que inclinarse hacia él con las orejas bien abiertas para entender sus instrucciones. Con este nuevo liderazgo, Ceniza empezó a convertirse en el hombre que Connor había vislumbrado en él y en uno de sus más queridos consejeros.
—¿Qué pasa? —preguntó el doctor una tarde, cuando el krebin le pidió hablar a solas.
—Quería ver si a Marvin se le pueden asignar más tareas.
—Ah, ¿lo ves tan capaz?
Connor se mordió el interior de la mejilla. Marvin era el soporte médico que aconsejó a Lemuria cuando hizo el pacto con el doctor. Todo el mundo estaba encantado con él, con su simpatía, con sus conocimientos, con su carisma... En grupo, Connor lo encontraba soportable. Pero cada vez que tenía que hablar a solas con él sentía un nudo en el estómago.
Ceniza bajó la mirada. Aunque había ganado confianza, su naturaleza tímida aún persistía, en especial cuando creía que disgustaba a Connor. El krebin negó con la cabeza.
—Supongo que está bien. Pero es que... no me gusta. No quiero que ayude en la preparación del jarabe. —El corazón de Connor dio un vuelco.
—¿Te desagrada?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque huele a flores muertas.
—Marchitas —lo corrigió Connor con una sonrisa—. Se dice «flores marchitas». —Para su sorpresa, Ceniza lo contradijo.
—No. Las flores marchitas se convierten en frutos y luego en semillas, o caen al suelo y se funden con él para dar más vida. Pero él huele a flores muertas. A flores aplastadas y podridas. A flores que florecen en agua estancada. No me gusta.
Seguro había más personas que le parecían odiosas al krebin, como los soldados recién llegados que no se dejaban revisar por un híbrido, o las arpías arrogantes que se burlaban de él por sus brazos y piernas desproporcionados. Pero Ceniza nunca se quejaba de las miradas desdeñosas, los comentarios ponzoñosos o el desprecio crudo. Si se había atrevido a hablar con Connor sobre un sujeto en particular, era porque de verdad le daba náuseas. Y por suerte para él, el joven doctor compartía su opinión.
Relevaron a Marvin de la fabricación del jarabe y lo asignaron a medicina general en el lado vaniriano. Marvin se lo tomó de maravilla, como siempre. Connor estaba seguro de que si le asignaba a limpiar las letrinas, él se lo agradecería con una sonrisa deslumbrante.
Conforme se acercaba la luna de sangre, el campo de batalla se hizo más y más crudo. La mitad de los que llegaban al campamento morían en él, sin que Connor o los aprendices pudieran hacer algo. El Emperador y Lemuria nunca se quejaron por los altos índices de mortalidad. Al contrario, estaban sorprendidos de que hubiese sobrevivientes.
Pero si la batalla se hacía más dura, el campamento neutral se hacía más blando y dulce. Una vez más, los límites en los extremos se fueron desdibujando. A pesar del dolor y de la larga estadía proyectada por cada paciente, los ánimos se alzaron en una suave brisa de simpatía. Como los pacientes eran atendidos por aprendices de diferentes razas, aumentaban su tolerancia hacia miembros de los países enemigos. Descubrieron que tenían mucho en común, como la lealtad a su pueblo y a sus amigos. Como el dolor de una guerra. Se dieron ánimos mutuos para recuperarse. Se apoyaron para soportar los accesos de mal humor producidos por la próxima llegada de la noche sangrante.
Así que lo inevitable sucedió.
Ya no querían pelear más. Los que estaban en condiciones de regresar a la batalla, se marchaban a sus campamentos con una expresión triste y sombría. Los heridos seguían en aumento, pero los que caían por la espada de los viejos pacientes de Connor tenían posibilidades completas de recuperación. Los oficiales se ablandaban bajo los cuidados del campamento neutral y la guerra ya no los encrudecía como antes.
Llegaron nuevos desertores. Suplicaron refugio a Connor. Le dijeron que tanto Generales como mangodrias castigaban con azotes cuando los oficiales se negaban a atrapar prisioneros o a torturarlos, o incluso si los llamaban por sus nombres. Los cabecillas no entendían cómo algo que era rutina se había convertido en tareas imposibles para sus soldados. Hubo ejecuciones por ley marcial en ambos bandos. Connor se aterrorizó y escondió a los desertores entre los guerreros de su campamento. El Emperador volvió a enviarle una carta. Lemuria le preguntó con coqueteos peligrosos. Pero como ninguno de los pactos prohibía que Connor guardara secretos, les mintió sin remordimientos. Ambos ejércitos se encrudecieron para castigar la deserción con más crueldad. Pero de nuevo los frutos cosechados en el campamento neutral pudieron más. Los nuevos desertores fueron creativos y, con ayuda de compañeros de tropas, se hicieron pasar por heridos letales para ir al campamento de Connor, donde el doctor firmaba sus actas de defunción y los enviaba lejos o les daba un sitio entre su gente.
Connor agradecía cuando los desertores decidían quedarse con él para pagar sus servicios al ayudar a futuros pacientes. Pero el crecimiento de su grupo lo preocupaba, porque ya eran demasiados como para mantener un ojo en todos, en especial a los soportes médicos de ambos bandos pues estaba seguro de que tenían una misión de espionaje. Pero lo que le preocupaba más era el aumento de aesirianos cuando la locura lunar se aproximaba. Tenía miedo de que la tensión acumulada fuera más fuerte que el jarabe y que la simpatía sembrada en aesirianos y vanirianos reventara con vísceras y sangre en la siguiente luna llena.
Lemuria también estaba preocupada y pidió a Connor que intercediera por ella con el gobierno aesiriano. Quería llegar a un acuerdo con ellos para que no hubiese batalla en esas tres noches. Connor intervino, aunque supo que sería insuficiente por su cuenta: la luna llena era el momento más terrible y poderoso del General Montag. Los aesirianos jamás renunciarían a una ventaja significativa.
Por suerte, Lemuria encontró su aliado en la persona menos imaginada: el príncipe Kardan. Hasta donde Connor sabía, la mangodria nunca supo de la presencia del heredero en el campamento, aunque él estaba al tanto de la ida y venida de la vaniriana. Al escuchar la petición de Lemuria, el príncipe decidió pagar el precio de Connor con una carta. Al pedir a su padre que concediera una tregua, salvaría a miles de soldados de ambos bandos, al menos por tres noches.
El Emperador aceptó. Una reunión se acordó para que los dos gobiernos firmaran el primer pacto que habían hecho jamás. Quizá los soldados comenzaban a desdibujar las barreras de la desconfianza entre las razas, pero las cabecillas estaban lejos de ello. A ninguno se le pasó por la cabeza reunirse en campo de batalla para hacer válida la tregua. La primera opción de ambas partes fue el campamento neutral, donde Connor serviría como testigo de confianza.
Lemuria llegó entre sonrisas y carcajadas, simpática con su escolta y con todo lo que la rodeaba. El convoy del Emperador, en cambio, fue más serio y oscuro. El príncipe Sin y el monarca marcharon en sus armaduras de noche, franqueados por cuatro soldados de armadura azul de pecho y hombro derecho. Connor había escuchado rumores horribles sobre el Escuadrón Mare.
Convertían en armas todo líquido cerca de ellos; si no tenían agua, la sustituían con sangre de los vanirianos. Los reventaban a la distancia. La sangre se escapaba por los ojos de los groliens, las orejas de las arpías, la nariz y la punta de los dedos de los ordinarios. Como si no fuera suficiente con ver a sus compañeros reventar como uvas, los demás debían escapar o acabar sus días cortados a la mitad por una hoz gigante color escarlata. Y para hacerlo todo más atemorizante, ¡apenas eran cuatro soldados! Los otros cuatro miembros del Escuadrón Mare estaban en una misión aparte. Connor no había atendido aún a ningún miembro de Escuadrón, porque eran tan coordinados y fuertes que rara vez resultaban heridos. Y aun cuando cayeran en batalla, se negaban a ir al campamento neutral. Incluso con la aprobación del Imperio preferían morir a recuperarse junto a sus enemigos.
Entre el Escuadrón Mare avanzaban dos cuervos mensajeros. Eran idénticos en la musculatura de sus cuerpos, en sus plumas azabache y sus ojos de sangre. Pero mientras uno tenía una expresión asustada y tímida, el otro era puro odio y hielo. Era la misma expresión que llevaba el integrante más prominente del convoy. Aunque iba cubierto de oro, Sigfrid Montag era la antítesis de todo lo bueno. Era la primera vez que Connor lo miraba de cerca. Su primer instinto fue escapar, escudarse detrás de los vanirianos y no mirar atrás. Se contuvo porque los ojos del General estaban fijos en él y lo habían clavado al suelo como un martillo de hielo y fuego. La única calidez que Connor vio en sus ojos fue la furia. Como los Escuadrones, Sigfrid aborrecía el campamento neutral y a todos los traidores que se arrastraban por él como víboras. Y detestaba en especial al doctor responsable de semejante herejía. Parecerse a Darius era la menor de las ofensas de Connor. «Con razón Huggin va tan asustado», pensó el doctor. El otro cuervo, el que se avanzaba tan grandioso como su amo, debía de ser Munnin.
Del convoy, el único rostro amable que reconoció fue el de Dereck Sunkel. Connor tuvo que contener las ganas de correr hacia él y darle un abrazo. Tenían 50 años sin verse. Pero no supo si el Guardián lo rechazaría por haber escapado con los Dragones, o si lo recibiría con la simpatía que lo caracterizó durante el viaje al Reino de las Arenas.
El Primer Pacto entre ambos países se firmó en el más profundo de los silencios.

****

Para demostrar la buena fe que existía entre las partes, se acordó que los líderes pasarían la noche en territorio neutral. Se marcharían antes del amanecer. Solo Connor sabría a qué hora. Así ningún convoy recibiría ataques sorpresas en su retirada.
A pesar de la tregua recién firmada, el campo de batalla todavía resonaba y siguió haciéndolo durante la noche. A la distancia, más allá de un mar de árboles y colinas, el cielo se alumbró con relámpagos y fuego. Aunque Lemuria estaba en terreno neutral, otra mangodria luchaba en su lugar. Sigfrid estaba junto al Emperador como el más grande y terrible de los perros guardianes, pero otras fieras batallaban en su puesto. El General Tonare y el príncipe Harald estaban en combate. Por lo que había escuchado Connor, también había príncipes del desierto, pero no se atrevía a corroborar esa información con el grupo del Emperador.
Connor pasó en tensión pura. Odiaba que hubiese dos grupos armados hasta los dientes, listos para saltar a las gargantas de otros. Cada convoy se había retirado a los bordes de los lados este y oeste para mirar menos al grupo contrario. Sin embargo, la tensión persistía en la falta de sonrisas y en las miradas apartadas de los pacientes. Nadie quería que sus líderes tomaran nota de las simpatías hacia los enemigos, para tomar represalias después. Connor tuvo que estar atento a la comodidad de ambos convoyes, así como al embalaje final del jarabe. Cada parte aprovecharía la visita para llevar la medicina relajante a sus respectivos campamentos.
Trasnochado y al borde de caer dormido en cualquier instante, Connor agradeció cuando llegó la hora en que el Emperador se marcharía. Ya el General esperaba con dos soldados de Escuadrón a las afueras del campamento, mientras que los otros dos acompañaban al Emperador en la última parada: a recoger al príncipe Kardan. Aún no estaba repuesto al cien por ciento, pero Connor creía conveniente que terminase de recuperarse en su territorio. Después de todo, ignoraba por cuánto tiempo podría seguir escondiendo su presencia a los soportes vanirianos y a Lemuria.
Acompañó al grupo para dar los últimos cuidados e instrucciones al príncipe, pero se detuvieron antes en una tienda que servía como bodega. Ahí Ceniza guardaba ungüentos y medicinas que luego los aprendices y Connor recogían cuando daban a un paciente de alta. El doctor preparó con antelación el paquete con los medicamentos del príncipe. Fue una suerte que caminara unos pasos adelantados del Emperador y su escolta, o de lo contrario ellos habrían visto la escena que se desplegó ante los ojos de Connor.
No era la primera vez que interrumpía a una pareja sin desearlo. En el campamento le había pasado ya una vez –dos aprendices, ¡bien por ellos por encontrar el amor en medio de la guerra!–. En el viaje desde el Reino de las Arenas le pasó como tres veces –una de ellas junto a Sakti, cuando descubrieron a Dereck–; y en la Taberna había interrumpido a clientes borrachos que se acomodaban en establos, callejones y cuartos sin pagar. Ya tenía experiencia en retirarse sin hacer ruido, a la vez que cerraba la puerta en silencio para que otro desprevenido no entrara a una habitación ocupada.
Pero esta vez Connor se congeló.
En la penumbra reconoció el cabello verde de Lemuria, su piel tensada y cubierta de cicatrices, sus músculos marcados y su silueta deliciosa. Era en verdad hermosa, aún más con las piernas entrelazadas en las caderas de su pareja. En ese instante estuvo seguro de que se trataba de Marvin, aunque no tenía por qué creerlo. Lemuria era coqueta cuando quería incomodar a alguien o sonsacarle información, pero a sus soldados y soportes médicos los trataba con simpatía inocente y firmeza de líder.
Cuando la mangodria reparó en la presencia de Connor, el amante separó los labios del cuello y miró al doctor. No era Marvin.
A la distancia, como si le hablasen desde las profundidades del mar, escuchó que el Emperador lo llamaba. Connor cerró la cortina a toda velocidad y se situó delante de ella con los brazos extendidos en cruz. Kardan y su escolta lo miraron con una ceja arqueada. Miraron la cortina detrás de Connor, muda y oscura. Miraron de nuevo al doctor, aunque ya sus cejas no preguntaban qué pasaba sino por qué actuaba como un niño. Los soldados estaban al tanto de lo que sucedía en todo campamento y al parecer Su Majestad también.
—¿La medicina? —preguntó el Emperador.
—Aaaaah... —Connor se retorció. Quizá el grupo tenía idea de qué pasaba dentro de la tienda, pero no quiénes eran los involucrados—. Eeeeeh... —Sintió un golpe por detrás de los pies. Se agachó lentamente, levantó la falda de la cortina y recogió el paquete de medicina con el nombre del príncipe Kardan—. ¿Aquí está?
—¿Es una pregunta o una afirmación?
—Ja, ja, ja —la risa fingida de Connor levantó más cejas, pero no le importó. Hizo un gesto con la mano para que el grupo se le adelantara y se quedó otro rato frente a la tienda hasta asegurarse de que los amantes estaban a salvo—. Ugh, ¡tengan más cuidado! —los regañó a través de la cortina—. ¡¿Qué hubiese pasado si otra persona los descubre?!
Bufó agotado. Apenas el convoy de Lemuria se marchara también, pondría un letrero gigante frente a su tienda para que nadie lo molestara mientras recuperaba todo el sueño y la tranquilidad pendientes. Aún perturbado por la irresponsabilidad de otros, siguió al Emperador.

****
No supo cómo pasó. Sabía que había una mangodria rumbo al Norte porque vio sus llamas caer en la primera arremetida de los vanirianos, cuando atacaron el campamento del príncipe Harald tras la llegada del heredero de Masca. Pero las llamas fueron verdes en lugar de azules. Aun cuando un nuevo castillo flotante surgió de las entrañas de la zona neutra en rebelión, no hubo flamas de otro color distinto al bosque o al sol. Solo estaba el fuego de Abigahil y el de hechiceros ordinarios.
Por eso, cuando la vio en el campamento de Connor, Dereck se quedó sin aliento.
—Dijiste que la habías matado —apuntó Sigfrid, por lo bajo. Su pupilo apenas lo escuchó.
—Sí. Lo hice.
Pero Lemuria estaba ahí, delante de él, a unos pasos. La sonrisa coqueta, simpática e insolente de la mangodria bailó en sus labios sin rastro de duda. Ni siquiera tembló cuando el Demonio Montag se situó a unos pasos de ella, detrás del Emperador y listo para decapitarla si Lemuria atacaba mientras el monarca firmaba el Pacto. Cuando le tocó el turno a la Generala de estampar su firma, sus ojos se situaron por un instante en los de Dereck. Aunque los dos se mantuvieron firmes, un escalofrío estremeció sus corazones. Dereck lo sintió tanto en el suyo como en el de Lemuria.
Por eso no se sorprendió cuando, más tarde, unos brazos salieron de la penumbra y lo arrastraron al interior de una tienda cualquiera. No opuso resistencia. Sintió el apetito de Lemuria como algo natural y común. Fuera lo que fuese, el vínculo aún estaba ahí. El hambre, el ansia, el amor que no era amor. Se atrajeron mutuamente como dos planetas en colisión. Los dos se destruirían con un solo roce pero no podían evitarlo.
Luego llegó Connor. El doctor, otro rostro querido que Dereck no había contemplado en décadas, trajo consigo un poco de lucidez a su pasión. Pero solo un poco; no la suficiente para que Dereck se vistiera y saliera por la parte trasera de la bodega. No la suficiente como para que el cuerpo cálido y sudoroso de Lemuria lo hiciera darse cuenta del error que cometía. Dios. Era el juego de sombras otra vez. De nuevo se les iría de las manos sin que ninguno pudiese hacer nada para evitarlo.
Aparte de pasarle el paquete de medicinas a Connor, el Guardián no hizo ningún otro movimiento. Quedó sentado en el suelo donde Lemuria lo había tumbado, con ella todavía encima de su entrepierna, conectados, desprevenidos, asustados y felices. Todo al mismo tiempo. Era un desastre terrible. Después de que Connor se marchara fastidiado por el descuido de ambos, Lemuria soltó un suspiro.
—¿Crees que dirá algo? —Estaba asustada. Dereck se dio cuenta de que la interrupción tomó completamente desprevenida a la mangodria. Ella no pensó en absolutamente nada cuando arrastró al soldado a sus brazos.
—No. Connor es un cielo. No soltará ni una palabra, ni siquiera a nosotros. Si hacemos como si nunca pasó, él lo respetará.
—¿Seguro?
—Sí. —Dereck se inclinó y besó la punta de la nariz de Lemuria. No supo por qué lo hizo, igual que la mangodria no supo por qué se sonrojó como una chiquilla—. Así que no le hagas daño. No lo lastimes.
La pasión inicial comenzó a ceder. Besar, aruñar, lamer y abrazar. Esas eran las consignas mudas que acordaron en el silencio de la tienda. Hablar no contaba. Discutir sobre temas de guerra era prohibido.
—No lo pidas. Yo no te pediré que no lastimes a mis soldados, a mi hermana o a mi rey. No te pediré nada que vaya contra los principios de tu corazón. Así que no me pidas a mí lo mismo.
—Si quieres puedes matar al Emperador, a los Generales, a los príncipes. Los defenderé porque es mi trabajo, pero no te resentiré por ello. Pero no metamos a Connor en el mismo saco que a ellos. Sabes que es diferente, ¿verdad?
Lemuria apretó los labios, aunque no estaba enfadada. Era cierto que Connor era distinto a un militar. Ni siquiera era una ficha del tablero de ajedrez. Era un factor que se salió de la ecuación. No había por qué tomarlo en cuenta.
Sin saber por qué, Dereck la besó de nuevo. Y otra vez, sin saber por qué, ella lo correspondió.
—Pensé que te había matado. —Miró la cicatriz que Lemuria tenía por debajo de los pechos. La acarició con el pulgar, en parte seguro de que ella lo apartaría al fin, y en parte seguro de que ella lo aceptaría. Lemuria no se movió.
—Yo también lo pensé.
Dereck no pidió perdón porque supo que la mangodria no lo resentía. Si las cosas hubiesen estado al revés en aquel entonces, ella también habría disparado. Ella también habría pensado durante meses en la caída de su amante y en la flecha que habría lanzado a traición. La imagen la habría asaltado en los años venideros en los momentos más insospechados, como cuando iba al baño, miraba las estrellas o practicaba esgrima con un compañero de tropa. Simplemente se aparecería en su mente sin ningún estímulo aparente que la invocara.
La comprensión seguía allí. Sin saberlo, los mantuvo unidos durante todos esos años.
Ninguno de los dos necesitó palabras. En silencio se amaron un rato más. En silencio se vistieron. En silencio se marcharon. Y en silencio acordaron volverse a ver.

****

El doctor nunca lo sabría con certeza, pero Kardan estaba agradecido con él. Había perdido mucho y a muchos en su vida, pero no se creía capaz de soportar la pérdida de su hijo. Connor ya le había salvado la vida en Masca, y ahora le había salvado lo que le quedaba de corazón al hacerse cargo del príncipe heredero.
—Espero que tengan buen viaje —se despidió el doctor con una sonrisa cansada pero luminosa, como el sol.
El Emperador se preguntó por enésima vez cómo podía Connor parecerse tanto a Darius y a la vez ser tan distinto al profeta bastardo. Tenía sus rasgos e incluso su insolencia, pero era también cálido y dulce. Se le parecía tanto a Istar que comenzaba a dolerle.
—Gracias por haberte ocupado de mí —sonrió el príncipe mientras estrechaba la mano de Connor.
—No hay de qué —respondió el doctor.
Oh, pero si tan solo lo supiera. Si tan solo sospechara que su paciente había planeado hacerlo rehén para atraer a Darius y a Sakti. ¿Qué diría Connor de ese plan? Si lo supiese, ¿habría ayudado al heredero?
—Gracias —esta vez, el Emperador estrechó la mano del doctor.
—A usted. Con la tregua de verdad ayudó a muchas personas. Gracias.
Qué fácil le resultaba a Connor asumir que todos eran buenos en el fondo. Estaba convencido de que el Emperador cedió a la petición de su hijo por devolver un favor, cuando lo hizo por interés.
Aunque Sigfrid no se quejara, su dolor era evidente para quienes lo conocían de cerca. Para Dereck, Enlil y el Emperador fue claro como el agua, aunque para el resto de la tropa el General solo estaba de mal humor por la siguiente luna. Como todos.
Por lo que contaron los soportes médicos, así como Harald y Sin, el Emperador convino que en las noches de sangre Sigfrid no debía salir. Excitados por la luna, los aesirianos serían terribles portentos de destrucción. Pero los vanirianos sobrevivientes se preguntarían por qué el Demonio Montag no apareció en su cuervo mágico, para aplastar personalmente a la mugre que invadió al Imperio. Entonces las cabecillas vanirianas comenzarían a sospechar. ¿Cuánto tiempo les tomaría descubrir que en esas noches terribles Sigfrid no podía tenerse en pie sin enterrarse las uñas o gruñir de dolor? Mientras se pudiese, la luna carmesí debía ser una fecha de terror para vanirianos; no una puerta hacia la esperanza de derrotar al fin al General Todopoderoso que los mantenía a raya.
Sigfrid estaba descontento con ser la principal causa del Pacto con vanirianos. Estaba furioso. Sin embargo, el Emperador estaba bastante complacido con los resultados. Que Connor interviniera a favor de los vanirianos fue una excusa perfecta para justificar la ausencia del General en la matanza de esas noches. Además, era la oportunidad de oro para que el príncipe heredero se acercara al más joven de los profetas sin que éste sospechara sus verdaderas intenciones. Si ahora el monarca y hasta el mismo Sigfrid aceptaban marcharse, y dejar el campamento neutral abrigado en un reconocimiento oficial, era porque el príncipe había confirmado lo que su padre ya sospechaba: Connor no se iría. Al contrario, desplazaría a su grupo en la misma dirección en la que avanzara la pelea. Aunque, de momento, los Generales estaban empeñados en que los vanirianos no subieran más con rumbo a Tyr.
Los dos Aesir despidieron al doctor con una sonrisa política, a las que Connor se había acostumbrado en presencia de Sakti y los príncipes de las Arenas. El Escuadrón y Sigfrid, en cambio, mantuvieron sus semblantes serios. Desaprobaban por completo el campamento, tuviese o no el aval del gobierno.
Las hogueras del terreno neutral quedaron atrás. Inmersos en la noche, solo los acompañaba el ruido de los cascos, los grillos y el tintineo de las botellas de jarabe, que iban en carretas. Protegidos en esa quietud, el Emperador preguntó por Dereck.
—Lo envié con Huggin a batalla.
—¿Por qué? —Habían acordado que no dejarían al Guardián y a su cuervo a solas.
—Cambió expresión durante la firma de la tregua. Pensé que podría alertar al profeta si estaba mucho tiempo en ese maldito campamento.
El Emperador aprobó la decisión del General. Ya Dereck había demostrado dudas a su lealtad al Imperio. Aunque hizo un excelente trabajo en las batallas junto al príncipe heredero, no había por qué tentarlo a poner a Connor en alerta sobre la amistad de los Aesir.
—Bien. Es mejor así. Tengo órdenes.
Miró a su hijo, quien cabalgaba junto a él. Iban a trote moderado para que el príncipe no resintiera la herida en la pierna, pero al mirarlo cualquiera creería que estaba sano al cien por ciento. El príncipe era todo y más de lo que había esperado en un hijo. No se quejaba, no se echaba para atrás, no le daba disgustos. Aunque de seguro tenía sus dudas y temores sobre el trato dispensado a Sakti y Adad, Kardan seguía las órdenes de su padre porque confiaba ciegamente en él. Porque lo amaba.
El Emperador también lo amaba. De verdad Connor jamás sospecharía cuánto le agradecía que lo hubiera salvado.
—Connor debe morir.
Mientras lo decía, vio el rostro de su hermana retratado allá en Masca. A ella, a quien tanto había querido, la manipuló y traicionó sin dudarlo. ¿Por qué habría de ser diferente con Connor?
—Imagino que sabes de alguien capaz de hacerlo.
—A unos cuantos —respondió Sigfrid—. Pero nosotros no lo haremos. Jamás deshonraríamos el Pacto de un Aesir. Los vanirianos, por otra parte, son conocidos por su barbarie y falta de honor.
El Emperador asintió. No esperaba menos de su General.
Al mirar al príncipe junto a él, vio aceptación resignada. Por mucho que al heredero le disgustara violar un Pacto, por mucho que le disgustara acabar con la vida del hombre que lo había salvado, comprendía que era necesario. Connor pensaba demasiado bien de las personas. Y por eso era peligroso en una guerra. Ya los frutos de su intromisión estaban a la vista: reconocimientos oficiales de ambos gobiernos, una firma de tregua, y la deserción de cientos de soldados de ambos bandos. ¿Cuánto faltaba para que esos cientos se convirtieran en miles? Connor les estaba mostrando una ruta de paz muy distinta a la guerra, que era justo lo que los Aesir necesitaban para controlar de nuevo el continente sin presencia vaniriana. Y si a los oídos de Connor llegaba la noticia de la revolución de la zona neutra, al fin el doctor tomaría partido. Connor no apoyaba al Imperio ni al Reino de Hielo, pero apoyaría una causa que protegiera la convivencia pacífica entre ambas razas. Si el doctor se unía a los rebeldes, ¿cuántos más lo seguirían? Miles. Soldados vanirianos y aesirianos por igual dejarían las armas con tal de pagar los servicios de Connor defendiendo su causa.
Sí. Aunque no lo sabía ni lo pretendía, ese chico era un peligro. Tenía que morir.
—Cuando honremos su memoria en la pira funeraria que erigiremos en su nombre —dijo el príncipe— abriremos las puertas a todo aquel que quiera vengarlo. Ya no tendremos que atrapar a Allena y a Darius. Los dos se unirán a nosotros para aplastar a los vanirianos asesinos.
El Emperador y su escolta aprobaron el razonamiento del heredero. Era todo un Aesir. Era todo lo que se esperaba de él. «Espero que no te cause tanto dolor como a mí», pensó el monarca. «Ser el hijo que mi padre quiso, y ser el Emperador que mi pueblo necesitaba, me quitó el amor de una hermana y la confianza de mis sobrinos amados».
—Algo más —agregó el monarca para cerrar la conversación clandestina antes de llegar al campamento militar—. Ni una palabra de esto a Enlil.
No necesitó mirar a Sigfrid para saber que el General contenía la respiración y daba un lento asentimiento de cabeza. Para alguien tan cruel que ya había probado los miles de sinsabores de una larga vida, ésta era una primera vez. Traicionaría a Enlil. Pero Sigfrid había amado a Istar como nadie tenía idea, excepto el Segundo General. La había amado. Aún la amaba. Y eso no impidió que la traicionara, ¿verdad? En su mente resonaron las palabras de Sakti.

«La prueba de que eres un fracaso de Guardián».

Aparentemente, también era un fracaso de amigo.


****

Lemuria avanzó por el extremo vaniriano con la cabeza en alto y una sonrisa simpática decorando sus labios. Tenía el respeto de todos sus compatriotas, incluso el de los aprendices vanirianos que se habían unido libremente a Connor. Se lo ganó no solo con sus capacidades de líder y estratega, sino también porque trataba con amabilidad a sus soldados. Era dulce y simpática con ellos, sin por eso ser floja o débil a la hora de tomar represalias por malos desempeños.
Mientras avanzaba hacia las afueras del campamento, donde ya la esperaban los arpías macho, su escolta y las botellas de jarabe, Lemuria mantuvo la fachada de mangodria segura, coqueta y poderosa. Pero por dentro estaba muerta de miedo. Su piel todavía olía a Dereck. ¿Qué haría si él lo descubría?
Se detuvo en medio de dos tiendas, donde no la alumbraban las hogueras cercanas. Todavía había vanirianos ahí, pero estaban cerca del fuego, ajenos a los pasos congelados de Lemuria y a la figura en la oscuridad que la había detenido.
—Connor debe morir —susurró con labios apretados el hombre que se ocultaba entre las tiendas.
Lemuria jamás se habría atrevido a cuestionarlo, pero acababa de hacer una promesa silenciosa a Dereck. Si tenía que matar a Connor, al menos quería saber por qué se había convertido en un factor importante para la ecuación.
—Porque los aesirianos no tienen honor. Esa es una lección cruda y demoledora que los soldados deberán enfrentar cuando descubran que sus jefes enviaron a matar a nuestro querido doctor.
Lemuria entendió. Los victoriosos son los que escriben la Historia. Y así, quedaría escrita la traición cometida por los aesirianos en su primera tregua. Aunque la mente detrás de la caída de Connor fuese vaniriana, el mundo entero solo vería que la mano que empuñaba el arma era aesiriana.
—Entendido.
Lemuria reanudó su marcha. La sombra la miró en silencio sin reparar en que la mujer no se había despedido con un beso.
Lemuria no lo dejaría oler la parte de Dereck que todavía besaba su piel.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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