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Capítulo 21

21
FIN DEL CAMINO


El tren avanzó sin contratiempos rumbo al Norte. El grueso de las tropas se quedó atrás, enfrentando la avanzada vaniriana. Los príncipes mascalinos y los de las Arenas se quedaron a cargo mientras el Emperador y los Generales subían a Tyr. Con tregua o sin ella Kardan estaba decidido a que Sigfrid pasara la luna llena bajo llave, por decirlo de alguna manera.
La Capital del Norte se alzó delante de ellos al segundo día de viaje. Las murallas eran menos imponentes que las de Masca pero mucho más coloridas. Talladas en jade, parecían una extensión de la pradera verde y floreada delante de la ciudad; o, mejor aún, parecían un bosque cuyos árboles culminaban en torres de vigilancia. Al fondo de la ciudad se perfilaba la silueta lejana de una montaña, de un tono tan pastel que se confundía con el azul del cielo. Lo único que teñía ese paisaje adorable con un tinte de desagrado era el ojo entreabierto de la luna, que ya marcaba el cielo con su presencia sangrante. Por suerte era de día, cuando el tenue resplandor pasaba desapercibido. Dentro de unas noches, cuando el ojo se abriera por completo, todo se vería rojo.
En medio de la ciudad se alzaba el templo. Era una columna alta que sobrepasaba las murallas hasta casi tocar las nubes. Era también de jade, pero con incrustaciones en diagonal que bajaban por los bordes y que soltaban destellos naranjas y blancos con la luz del sol. Pese a ser una ciudad capital Tyr no tenía palacio. Pero ¿qué importaba? La grandiosidad de ese templo, alzado en un mar de jade, justificaba la ausencia de todo lo demás.
«Nunca vi tanta belleza», pensó mientras asomaba medio cuerpo a través de la ventana como si fuese un niño. Se repetía esas palabras siempre que veía una ciudad o un paisaje nuevos porque la mayoría de las veces era cierto. Durante toda su juventud y su vida adulta vivió preso en el Palacio de Masca. Era el amo y señor de dos continentes pero no había visto ninguno de sus encantos. Hasta ahora.
Apretó el puño oscurecido. No le dolía. Hacía mucho que había dejado de sentir el calor de una mano cuando le rozaba la suya, o el frío de una espada si ponía la palma contra el filo. Pero no importaba. A cambio de ver por fin el mundo, ¡su mundo!, estaba dispuesto a pagar toda la sensibilidad que le quedaba en el cuerpo.
—Estoy agradecido —murmuró—. Jamás creí que vería todo esto antes de morir.
Sigfrid y Enlil guardaron silencio en el vagón. Aunque Kardan era más joven que los dos se ganó su sitio en el grupo de «ancianos agotados y con miles de remordimientos». Sus comentarios sonaban fatalistas en los oídos de su hijo y sobrinos —por lo cual se abstenía de hacerlos delante de ellos— pero para Enlil y Sigfrid sonaban a verdad. Eran los hechos. Al Emperador no le quedaba mucho tiempo.
—Majestad, ¿qué tanto ha avanzado la marmorización? —preguntó el Segundo General. Los hombros de Kardan bajaron.
—Todo el brazo derecho y la espalda. Ya llegó al hombro. Creo que también al pecho. —El Emperador levantó la mirada al cielo. Su cabello negro ondeaba arrastrado por la brisa, fuera de la ventana—. Si fallo en expresarlo por favor den las gracias a mis sobrinos y a mis primos del desierto por su excelente trabajo. Si no hubiesen cubierto los pueblos de mármol ni reconectado las conexiones sincrónicas de una región a otra, jamás habría visto esto. Jamás habría salido de Masca.
—Lo haremos, Majestad —prometió Enlil.
Era una pena que el Emperador se conformara con estos vistazos a las regiones Este y Norte cuando había muchísimo más en un mundo tan amplio. Los riscos cubiertos de hielo de las montañas Ka. Las arenas de colores en el desierto. La vasta extensión de la Planicie. El mar.
El Emperador retomó su lugar y cerró la ventana. El tren cruzó la puerta de la muralla. La oscuridad se los tragó mientras cruzaban los treinta metros de grosor del muro. El resplandor del día los saludó de nuevo ya dentro de la ciudad. Si hubiesen estado en Masca la única muralla que habrían visto sería la que acababan de cruzar. Las demás se perderían a la distancia hasta fundirse con el horizonte, pues la Capital era más extensa de lo que el ojo podía cubrir. En cambio las murallas de Tyr se miraban alrededor. Eran como el fondo de una botella de vino pues encerraban a la ciudad en un círculo perfecto teñido de verde. Para alguien acostumbrado a ver calles, edificios y casas blancas cada vez que se asomaba por el balcón de Palacio, Tyr era una explosión de color. El Emperador apenas pudo reprimir una carcajada.
El tren bajó la velocidad. En los últimos tramos vieron las plazas de combate que se alzaban entre la muralla sur y el templo. Tyr había sido invadida tantas veces que los arquitectos propusieron derribar las casas y edificios de esa sección para dejar espacio suficiente para armar formaciones de combate que lucharan a sus anchas cada vez que los vanirianos superaran la muralla. Al norte de Tyr se alzaban las zonas residenciales y comerciales. A la distancia parecían casas de muñecas.
El andén estaba entre las plazas de combate. De ahí tuvieron que cabalgar hasta el templo aunque lo hicieron a trote. El Emperador quería ver cada detalle de Tyr y, más importante aún, Sigfrid necesitaba el viaje tranquilo. El Primer General no se quejaba pero era evidente para sus amigos que se sentía mal. Más que el calor del sol sentían el calor que emanaba del cuerpo de Sigfrid. «Estará mejor dentro. En los pisos inferiores no entra ni un rayo de luz y en el interior del templo todo está más fresco».
La torre estaba conectada a las plazas de combate y a las zonas residenciales a través de cuatro avenidas, semejantes a las que conectaban el Palacio de Masca con el resto de la ciudad. A medio kilómetro de distancia a la columna las plazas dieron lugar a un campo floreado. Las flores pintaban el paisaje con motas amarillas, púrpuras, azules y fucsias. Era una extensión de la pradera afuera de Tyr. No cumplía ninguna función militar, pero al Emperador no le importó. Agradeció ese nuevo destello de lindura y al encargado de un adorno tan caprichoso.
Una vez dentro del templo, lo primero que hicieron fue buscar la habitación más adecuada para que Sigfrid pasara la luna llena. Fue en extremo sencillo, porque el sacerdote encargado ya había hecho los preparativos para recibir al Emperador y los Generales.
—Me sabe mal tener que quedarme aquí cuando todos los demás siguen en combate —se quejó al fin Sigfrid mientras los acompañaba a la salida del templo. El Emperador sonrió.
—Durante la luna llena no habrá combate. Habrá tregua. Además, tu estadía aquí desalentará a los vanirianos de pasarse de listos y subir durante la tregua hacia Tyr.
—En todo caso no podrían hacerlo sin violar el pacto —apuntó Sigfrid, malhumorado—. No tienen suficientes castillos flotantes para llevar a todos. Solo podrán subir a pie o tomando a la fuerza el tren en Aulden.
Como era inevitable, Sigfrid y Enlil empezaron a conversar sobre las posibles tácticas vanirianas y cuáles serían las mejores estrategias para enfrentarlos. El Emperador los escuchó en silencio, aunque su atención se dispersó. Le pasaba cada vez que estaba en una estructura sincrónica compleja, como los trenes o las ciudades. Su mente volaba en todas direcciones, leyendo los datos suministrados por las conexiones sincrónicas.
Apretó el puño derecho, en donde tenía incrustado el núcleo que Connor le instaló hacía cincuenta años. Le constaba que el muchacho no lo sabía. Todo lo que hizo fue recargarlo con los puntos de presión y ofrecerle el núcleo que la Emperatriz de Edén confeccionó para él y que Sakti cargó con magia. La sincronización con Masca debió de haberlo matado. La Emperatriz del desierto lo sabía mejor que nadie, pues ella conocía los secretos de las ciudades sincrónicas. Fue la ingeniera de muchas de ellas y había experimentado también la unión con Masca. A sabiendas de que el Emperador estaría en las últimas tras el despliegue del escudo de sombras –la máxima defensa de la Capital– le obsequió el más atrevido de sus experimentos.
Un corazón.
El núcleo le facilitaba la sincronización con varias estructuras a la vez, pues manipulaba la energía como el cuerpo del Emperador no lo habría conseguido antes sin freírse. Gracias a ese núcleo todo lo que necesitó fue la ayuda de los príncipes para reparar las conexiones sincrónicas de una región a otra, y así salir de Masca a terminar el trabajo que empezó con la manipulación de su hermana. Así podría él mismo empujar a sus sobrinos al pozo de la Profecía para que cumplieran con su destino.
El precio, sin embargo, era su vida. En los primeros años el núcleo le dio una fuerza de sincronización tremenda. Pero el enlace comenzaba a fallar. Porque, al fin y al cabo, su cuerpo era de carne y no de hueso marmorizado, como el de la Emperatriz de Edén. Ella tenía un único núcleo a modo de corazón, mientras que Kardan tenía el núcleo en la mano y un corazón de carne en el pecho. La Emperatriz era una herramienta más de Edén, ¿pero qué era Kardan? Un cuerpo orgánico era incompatible con la sincronización a largo plazo. Por eso todos los Aesir, tarde o temprano, morían exhaustos en un centro de control. El núcleo que le obsequió la Emperatriz, ese nuevo corazón dado a él para apoyar al que todavía latía en su pecho, comía su cuerpo. Lo convertía poco a poco en algo que pudiera manipular, como una ciudad o un tren. Lo convertía en una herramienta más.
Al principio no se preocupó porque ¿qué diferencia podía suponer? Su piel solo se convertiría en mármol negro. Gran cosa. Pero luego sintió el cambio por debajo de la piel. Su sangre también mutaba. Todavía era roja pero a veces se oscurecía. Y ahora que la marmorización había subido hasta el hombro, podía sentir que se expandía por los pulmones. A veces era difícil respirar. A como iba ni siquiera podría convertirse por completo en un ser de mármol. Si el corazón del pecho se transformaba en una roca él moriría. Al fin de cuentas no era una herramienta como los Fafnir, las Ehko o las Imago. Era mortal. No importaba si tenía un corazón de mármol en la mano.
«Alerta», lo avisó la sincronización, «presencia desconocida». El Emperador levantó la cabeza, sobresaltado, pero los Generales no le prestaron atención. Sabían que el monarca estaba perpetuamente sincronizado y ya se habían acostumbrado a esos sobresaltos ocasionales. Kardan buscó la presencia desconocida en Tyr pero la ciudad no le reportó más datos. Tyr era caprichosa y difícil de complacer. Sin los códigos de sincronización adecuados, ni siquiera él podía acceder a todas las funciones de la ciudad. Todo lo que tuvo fue una corazonada.
Aunque el templo de Tyr era ridículamente extenso y pretencioso, solo tenía los cuartos de servicio de los sacerdotes, sacerdotisas y los aprendices, así como las habitaciones dedicadas a la Nobleza Militar y a la Realeza. Todo eso estaba en el primer piso, en las alas oeste y sur. En el ala norte estaba el templo en sí, que daba a una plaza pública para que los habitantes se reunieran en los festivales religiosos o para que ingresaran a los servicios de oración. En el ala este estaba la escalera hacia los siguientes niveles, que estaban desocupados salvo los sarcófagos. Aunque los aesirianos evitaban enterrar a sus muertos cerca de los templos, Tyr era la excepción. Esa alta columna de hierro, plata y jade era el cementerio de soldados condecorados, ciudadanos ejemplares y, principalmente, la familia militar del norte, los Kèrmiac. Aparte de los novicios encargados de la limpieza, el ala este pasaba desocupada. La única excepción era cuando los sacerdotes realizaban visitas guiadas a los viajeros curiosos.
De allí sintió la presencia desconocida.
Con un gesto de la mano pidió a los Generales que lo dejaran a solas. El Emperador fue hacia el ala este, hasta al pie de las escaleras. En el primer descansillo vio el dobladillo de una falda y un par de pies enfundados en botas que subían a toda prisa. El corazón le dio un vuelco en el pecho. El núcleo en la mano le lanzó una pequeña descarga de emoción.
—¡Espera!
Subió a toda prisa los escalones sin saber lo que encontraría. La espada a la cintura le golpeó las piernas mientras ascendía. Al fin la figura se detuvo dos descansillos por encima de él. Al levantar la mirada vio a la profetiza asomada a la baranda. «¿Qué hace aquí?». Sin y Sigfrid estaban encargados de su búsqueda. Seguro que el General se arrancaba todo el pelo de la frustración si Zoe se le escapaba ahora que estaba en el mismo edificio que él. La profetiza le soltó una sonrisilla despectiva, como diciendo «Sube de una maldita vez». Luego se perdió por las escaleras.
La siguió anonadado. Ni se le pasó por la cabeza llamar a Sigfrid para que atrapara a su presa. La perdió dos pisos más arriba. No escuchó sus pisadas, ni vio el borde de su falda ni percibió rastros de su olor o de su calor. Todo lo que vio fueron las paredes tapizadas con lápidas de ébano. Allí solo se sentía el frío de los muertos.
«Presencia desconocida», repitió la sincronización. Aparte de las escaleras, ese descansillo tenía acceso a dos pasillos. Uno estaba alumbrado por la luz del día, que se colaba por los ventanales. El otro estaba sumido en sombras. El Emperador entró a este. Las paredes alumbraron por sí mismas cuando la penumbra empezó a tragárselo. Sincronización automática. Otra ventaja de tener un núcleo pegado a la mano. Pasó delante de decenas de tumbas de los Kèrmiac. El pasillo estaba bien cuidado, sin rastro de polvo, telarañas o suciedad. Cuando llegó al final del pasillo se topó con una pequeña galería. El techo era bajo, pero circular y adornado con relieves que describían la Profecía. Al fondo había una puerta de hoja doble, coronada por un cinto tallado al relieve. Si era un mausoleo no tenía nombre.
Empujó las puertas pero no pudo abrirlas. Confundido, se inclinó para ver si estaban cerradas con llave pero no tenían cerrojo. Ni siquiera manilla. Empujó otra vez pero las puertas estaban firmemente cerradas.
—Necesitan una llave —dijo una voz detrás de él. Kardan dio un salto.
Aunque Tyr era difícil de sincronizar le habría avisado que alguien rondaba cerca. Al girarse, vio a Zoe apoyada contra la pared de la galería. La muchacha le señaló el suelo.
—Pon la llave. Será lo mismo que lanzarlos al pozo.
En el piso, unos pasos detrás del Emperador, había un círculo tallado con cincel. Tenía el tamaño de un escudo pero estaba tan pulido que pasó desapercibido al principio. Además de la circunferencia tenía una ranura justo por la mitad. Dubitativo, se acercó. Era un cerrojo gigantesco. Miró a Zoe en busca de respuestas.
—¿Estás aquí?
—No. Estoy en un sitio seguro, lejos de ti. A salvo.
Al mirarle los pies vio que Zoe no proyectaba sombra. La profetiza miró el cinto sobre las puertas dobles y dijo:
—Pon la llave y vete. Que ellos decidan abrir la puerta o dejarla cerrada. Será la última bondad que les darás. Quizá será la única que les habrás dado en toda la vida.
El Emperador siguió la dirección de su mirada. El cinto que él vio desposeído de toda inscripción decía ahora:

«Sakti Allena Aesir II, Primer Dragón — Traicionadas y rotas.
Adad Aesir VI, Segundo Dragón — Locos y destrozados.
Marduk Jillian Aesir I, Tercer Dragón — Enamorado y olvidado».

Supo, horrorizado, que veía el mausoleo de sus sobrinos. Supo que esa sería la tumba en dónde él mismo echaría sus huesos, todavía unidos a la carne cálida. Todavía vivos. Aulló despavorido. Por primera vez tuvo una prueba real de lo grave de su traición. Mataba a los hijos de su hermana. Los había traicionado y roto. Los había vuelto locos y los había destrozado. Los había convertido en despojos olvidados.
Escuchó pasos apresurados detrás de él. La sincronización le hizo saber que eran Sigfrid y Enlil, alertados por su grito. Apenas pudo componer el rostro para ordenarles que atraparan a Zoe. Cuando se giró a ellos la profetiza ya no estaba. Se había desvanecido porque en realidad nunca estuvo ahí.
Ignoró las preguntas de los Generales. Todo lo que había en su mente eran las inscripciones de las tumbas de sus sobrinos, así como la voz de Zoe, tintineante y triste. «La columna de luz se alzará en el norte», susurró la profetiza desde donde fuera que estuviera. «La llave tatuada con los nombres de los que esperan abrirá la última puerta a un pasado que no pasó». Las preguntas y suposiciones de los Generales callaron cuando Kardan sacó la espada que llevaba al cinto. Clavó a Gungnir en la ranura de la cerradura pero no le dio la vuelta. Sus sobrinos girarían la llave cuando llegara el momento. Y cuando lo hicieran leerían los nombres de todos los Emperadores que esperaron con fervor y devoción a que la luz de los Dragones salvara el mundo.
El nombre de su tío sería lo último que verían antes de marchar al pozo de luz y tinieblas. Jamás sabrían lo arrepentido que estaba por tener que traicionarlos. Jamás conocerían los límites de su remordimiento y tristeza. Jamás descubrirían lo mucho que los amaba en su débil corazón.

****

Miró exasperado la hoja de papiro que se agitaba burlona en las ramas del árbol. Estaba atrapada en lo alto, pero estaba alegre y a salvo. Era libre del príncipe. Kardan rechinó los dientes. Miró a uno y otro lado para asegurarse de que nadie le prestara atención. Por suerte todos los aprendices y heridos estaban ocupados en lo suyo. Gracias a la capucha ni sabían que el perdedor debajo de un árbol era el príncipe heredero. Evaluó el árbol como si se tratara de un Hijo de Vanir. Se aseguró una vez más de que nadie le prestara atención y trepó. O en todo caso, lo intentó.
Saltó a la rama más próxima. Apenas la agarró con el reverso de los dedos. Logró cerrar los puños alrededor pero se quedó inmóvil, suspendido en el aire, sin saber qué más hacer. Nunca había trepado un maldito árbol. ¿Se alzaba con los brazos o cerraba las piernas alrededor del tronco? Para estar seguro decidió hacer las dos cosas al mismo tiempo. Alzó la cabeza hasta rozar las otras ramas y se afianzó al tronco con toda la fuerza que tenía en las piernas. Estiró la mano derecha a la siguiente rama, con éxito. Se permitió una sonrisa. ¡Trepar no era tan difícil como imaginó! Miró el pergamino, todavía burlón entre las ramas. Kardan estiró la otra mano para agarrarse de la siguiente rama y liberó las piernas para auparse a la primera. Pero la rama que agarró con la mano izquierda era muy delgada y se rompió por el peso. Sin la mano derecha o las piernas sujetas, el príncipe cayó de espaldas como un saco de papas. El aire le salió disparado entre los dientes con un bufido grave. En medio del dolor escuchó la vibración del aire contra el papiro. Sonaba como una carcajada. Kardan apretó los dientes, frustrado. Una sombra lo cubrió.
—¿Está bien?
Al abrir los ojos vio a Sakti. Sus ojos y cabello grises eran idénticos salvo que... No. Esos ojos se veían mucho más inocentes y puros. No era la princesa. Era el híbrido que Connor llamaba su «herborista». ¡Qué chiste! Adolorido y orgulloso como era, Kardan se sentó y se cubrió mejor el rostro con la capucha. No sabía si era más vergonzoso hacer el ridículo delante de los vanirianos o de los krebins, pero decidió que ninguno de los dos era bueno.
Ceniza se apartó para darle campo suficiente a que se levantara. Alzó la mirada al árbol y vio la hoja que Kardan intentó rescatar. Sin decir palabra, el krebin dejó los libros y paquetes de hierbas en el suelo y trepó al árbol. Sorprendido, Kardan lo vio aferrarse al tronco como si fuese una lagartija. Alcanzó la rama más baja en silencio y se levantó sobre ella con la gracia de un bailarín. Sus pies ligeros caminaron de puntillas sobre ella a la vez que Ceniza estiraba un largo brazo hacia el papiro. Kardan entrecerró los ojos. ¿Fue idea suya o más bien fueron las ramas las que se estiraron hacia el brazo del krebin? «Es el viento», pensó al tiempo que la hoja silbaba otra vez por la brisa pero ya a salvo en la mano de Ceniza.
—Muy bien, la tienes —concedió Kardan, picado—. Ahora por favor dámela.
Ceniza asintió muy obediente. Antes de bajar dio un vistazo al papiro. Jadeó tan impresionado que por un momento pareció que se quedó sin aire y se caería de espaldas. El viento sopló otra vez y las ramas le sostuvieron la espalda justo a tiempo.
—¡Qué bonita! —exclamó maravillado. Ceniza se dejó caer y aterrizó al pie del árbol con la gracia de un gato. Sostenía con ambas manos la hoja. Sus ojos estaban fijos en la superficie—. ¿Es su novia?
Kardan se sintió sonrojar de la coronilla hasta las puntas de los pies. No sabía que eso era posible, pero lo hizo. Estiró una mano para quitarle el retrato a Ceniza, pero el krebin giró sobre los talones, embelesado, y burló al príncipe. Kardan trastabilló. Estuvo a punto de caerse de narices pero logró mantener el equilibrio y devolverse al krebin. Ceniza lo evadió de nuevo con un giro.
—¡Qué bonita, qué bonita, qué bonita! —canturreó mientras giraba sobre sí mismo como un trompo—. Es ideal para usted. Sí, sí que lo es. Es perfecta para un príncipe. Aunque... —Ceniza dejó de dar vueltas y quedó frente a Kardan—. Aunque no creo que usted sea perfecto para ella.
Fue como un relámpago. Kardan se sostuvo al árbol, herido en lo más profundo del ego y el corazón. Una cosa era sospechar que era demasiado orgulloso, envidioso e imperfecto para Zoe. Otra muy distinta era que un krebin con la mirada de un niño viera a través de él y diera justo en el blanco.
—Ceniza, ¿qué haces? —llamó Connor.
El doctor se encaminó hacia ellos. Llevaba una tablilla con decenas de hojas sujetas con una prensa. Eran los perfiles de los pacientes. Ceniza saltó como un cachorrito ante su amo. Cuando iba a salir corriendo hacia Connor se quedó inmóvil. Detrás del profeta venía un hombre de cabello castaño. Kardan apenas lo notó. Toda su atención estaba en el retrato que sostenía Ceniza, cada vez más cerca del doctor. Extendió el brazo a toda prisa y por fin arrebató el retrato. Lo apretó contra el pecho de manera protectora, avergonzado de que Connor descubriera que escondía el dibujo de Zoe.
Ceniza miró con un puchero a Kardan mientras que Connor esbozó una sonrisa burlona.
—¿Qué pasa, príncipe? —lo picó—. ¿Por qué anda tan tímido, eh? Si hoy no lo voy a pinchar con ninguna aguja.
Kardan se encogió de hombros. Detestaba las agujas. Connor lo había pinchado como doce veces para sacarle toda la sangre mala y lo pinchó otras dos veces más para darle transfusiones. Tenía el brazo y la pierna herida tan moreteados que parecía recién sacado de un centro de control sincrónico.
—¿Cómo sabías que soy yo? —preguntó mientras se ajustaba más la capucha. ¿Qué haría si los vanirianos descubrían que el Heredero había regresado para su chequeo médico?
—Solo lo supe. Intuición. —Connor miró al hombre detrás de él. Fue breve pero a Kardan le pareció ver un rictus de disgusto en la cara bonachona del doctor—. Marvin, hoy practicarás la extracción de sangre con él.
—¡Eh! —se quejó el príncipe—. ¡Dijiste que no habría agujas!
—Dije que yo no lo pincharía. El que hará el trabajo sucio será Marvin. —El aprendiz sonrió y bajó la cabeza como saludo.
—Mucho gusto.
Kardan soltó un bufido y se quitó la capucha. Tenía muchos defectos pero era un hombre civilizado. Saludaría como tal.
—Gracias. El gusto es mío.
Extendió el brazo para ofrecer un apretón de manos breve pero el aprendiz no se movió. Al verlo a los ojos vio que tenía las pupilas dilatadas. En los irises rojos tenía delgadas rayas doradas. Parecían ojos de lava. Kardan apartó la mano y retrocedió. El aprendiz no era aesiriano, sino vaniriano. Miró a Connor con expresión chispeante. El doctor giró los ojos al príncipe y al aprendiz.
—Suficiente los dos —los regañó—. Los aprendices de ambos bandos curan a miembros de ambos bandos. Son las reglas. Además —añadió con una sonrisa— estamos de tregua. Por hoy podemos portarnos bien, ¿de acuerdo?
—Es un príncipe —siseó Marvin—. El Heredero. ¿Por qué está aquí? Nunca dijiste que estuviese aquí. Nos engañaste.
—No he engañado a nadie —el entrecejo de Connor se arrugó. En un rostro tan dulce como el suyo el gesto resultó extrañamente peligroso—. Solo cuidaba a mi paciente. Y si sabes lo que te conviene te comportarás. Los dos lo harán.
Marvin se forzó a sonreír pero Kardan no pudo. Lo habría intentado si hubiese sido el grolien amigo de Connor. Pero la expresión y la postura de Marvin eran de todo menos confortantes. Parecía una serpiente sonriente lista para morderlo en la yugular. Ceniza estiró un brazo hacia el príncipe, quizá para confortarlo. No tenía nada de amenazador pero apenas lo rozó Kardan lo apartó de un manotazo, con los colmillos expuestos. Además de la luna roja que se asomaba en el cielo, Marvin lo puso todavía más nervioso.
Connor gruñó. Su cejo se frunció de nuevo. Kardan maldijo para sus adentros, porque el doctor no se tomaba a bien que se despreciara a sus amigos. Además, él también era aesiriano y la luna de sangre le ponía un humor de perros.
—Marvin, puedes retirarte. No has hecho nada malo como para tener que soportar a un paciente tan desagradable. —Connor tomó el maletín que llevaba el aprendiz—. Yo me hago cargo.
El estómago de Kardan se encogió cuando el doctor sacó una jeringuilla extractora. Tenía la punta más gruesa que las jeringas comunes, pues la sangre envenenada era más espesa. Una mirada bastó para que Kardan se sentara al pie del árbol. Otra mirada bastó para que Marvin se marchara. Incluso cuando se fue, el príncipe todavía sentía su presencia alrededor.
—¿Qué? ¿Ni siquiera me atenderás en una tienda?
—En una tienda no habría testigos a su favor —sentenció Connor con los ojos fijos en los de Kardan. Como el doctor mantuvo la mirada sin parpadear, el príncipe supo que ese chequeo dolería mucho.
Subió el pantalón hasta la altura de la herida. Connor desvendó a toda prisa, desinfectó e inyectó antes de que Kardan pudiera prepararse. Además del punzón le desagradaba el sonido que hacía la sangre mala al salir de la herida. Kardan cerró los ojos para no verla, pero se la imaginaba como una babosa negra que entraba a chorros espesos y desagradables al tubo de la jeringa. Sentía la succión mientras Connor jalaba el émbolo. Semejante cuadro era capaz de revolverle las tripas a cualquiera. A Kardan no le entraba en la cabeza que alguien estudiara medicina para ver día a día escenas así o más nauseabundas.
Al fin la presión en la pierna se liberó. En lugar de sangre negra, el tubo empezó a recibir sangre roja. Connor retiró la jeringa y aplicó sobre la herida una pasta de hierbas y gasa que Ceniza estuvo haciendo junto a él. Estaba helada y sabrosa. Kardan soltó un suspiro de auténtico alivio.
—Gracias.
—A mí no me las tiene que dar. —Connor soltó el tubo de la inyección y desechó la jeringa—. Planeaba pasarle alcohol y nada más.
Decía la verdad, porque ya tenía el algodón y el alcohol listos para entrar en acción. Solo le aplicó la pasta para no desperdiciar el esfuerzo de Ceniza. Kardan giró los ojos.
—De acuerdo, de acuerdo. No me comporté muy bien al apartar al krebin. Pero en mi posición no puedo dejar que nadie se me acerqué así porque así. Estoy seguro de que lo comprendes. —Connor ni siquiera se dignó a mirarlo.
—Eso no sonó a disculpa.
—De acuerdo. Lo siento.
—No a mí, bruto. A quien ha ofendido.
Kardan miró al krebin, encogido de hombros y acongojado, y luego a Connor.
—Ya me he disculpado contigo —dijo perplejo—. ¿No es así como se hace cuando se ofende a un amo por el trato hacia su esclavo?
—¡Ceniza no es mi esclavo!
—... ¿Entonces qué es?
—¡Mi amigo! —Connor soltó un suspiro—. ¡Y yo que pensaba que Allena era rara! Ustedes los Aesir son extraños. Les cuesta mucho entender que la amistad no tiene límites de raza. Pensé que con el tiempo usted lo entendería. Allena y Adad lo hicieron. Ellos se llevan bien con mis amigos y vecinos vanirianos.
Por no hablar de su tío y tías híbridos, claro.
—Una vez tuve un amigo humano —confesó Kardan. Connor lo miró con curiosidad—. A mi padre no le agradaba.
—... ¿Murió?
—Sí. ¿Allena nunca te habló de él? Ella me lo presentó.
—Allena nunca habla de sí misma.
Connor guardó silencio. Aunque Sakti y Kel podían estar juntos en una misma habitación, no eran grandes camaradas. La princesa tampoco se llevaba excepcionalmente bien con Vash, Miriam y las demás. De hecho, no congeniaba con casi nadie. En una habitación llena de gente, la princesa pasaba inadvertida en un rincón. En ese sentido se parecía bastante a Ceniza. Cuando se lo proponían eran un par de fantasmas. Connor había llegado a la conclusión de que aunque Sakti carecía del carisma de Adad tampoco era antipática. Al contrario, resultaba una compañía silenciosa y relajante. Todos los profetas se sentían a salvo y completos cuando ella estaba en casa. Pero era una mujer reservada que no hacía amistad con facilidad. Connor desconocía si Sakti tendría otros amigos además de ellos. Lo más probable era que no. Por eso no podía imaginar a Sakti con un amigo humano. ¿Cómo lo habría conocido?
—¿Era agradable?
—Sí, mucho. Solía visitarlo en la mansión de tu abuelo. Mark sembraba jardines, yo lo miraba y Allena le servía té. —Sonrió. Qué agradables eran esos recuerdos—. Mark le sacaba a Allena las sonrisas más grandes que haya visto jamás.
—¡¿Allena sonreía?! —Connor saltó hacia Kardan con los ojos chispeantes de curiosidad. Ya no era el doctor enojado, sino un chiquillo delante de una maravilla—. ¿Sonreía de verdad? ¿Cómo era? ¿Se veía bonita? ¿Era feliz?
Kardan se mordió los labios. Sí, Sakti fue feliz. La princesa que derribó la Torre del País de Hielo, la princesa que liberó una ciudad militar y derrotó al come-almas, fue feliz junto a Mark. Quizá fue la única vez que Sakti fue feliz de verdad. «Y nosotros le arrebatamos eso».
Mark fue su amigo, su primera ventana a un mundo más allá de la crueldad perfecta de los aesirianos. Aun así lo dejó morir porque tuvo miedo de desobedecer a su padre. Tuvo miedo de no ser el hijo perfecto que seguía las indicaciones de su Emperador. Sacrificó a Mark, a su primer amigo fuera de la familia, para alcanzar la Profecía que era ahora un destino incierto. Sin el perdón y la colaboración de Sakti, los aesirianos estaban tan condenados como desde el primer día de la maldición de Dios.
La única razón por la que Kardan superó la muerte de Mark fue porque el mensajero saltó. Subió a la baranda. En lugar de extender las manos a Sakti, se dejó caer de espaldas a la perdición. Él mismo le dijo a Enlil que moriría en la fiesta de la Estrella Púrpura. La muerte de Mark fue tanto decisión del Emperador como del mismo mensajero. Pero las causas de esa decisión eran algo que se salía del entendimiento del príncipe. ¿Por qué Mark sacrificaría la vida feliz junto a la mujer que amaba? Porque la amaba. Kardan lo vio en todas esas tardes de té. El muchacho frágil, de corazón cálido y enfermizo, amaba con locura y devoción a la princesa que sacrificó un brazo por él. Y aunque Sakti no lo quisiera ver, aunque siempre se esforzó en mantener el límite de una sirvienta y su señor, también lo amó. Cayó rendida ante Mark por todo lo que él era y ella no. Por todo lo que él tenía y a ella le hacía falta. Eso el príncipe lo podía entender.
Con un nudo en la garganta, asintió. Connor sonrió maravillado. Aun con su mente curiosa no se podía imaginar una sonrisa feliz en el rostro de Sakti. Kardan apretó los labios. Dereck le contó que su prima sacrificó la garra de Dragón para salvar a Connor, tal y como lo hizo antes para salvar a Mark. El Emperador le quitó al mensajero y ahora le quitaría al profeta. «¿Por qué tenemos que arrebatarle lo que más quiere para que haga lo que necesitamos? ¿Por qué nuestra salvación es su condena?». Se levantó. La pasta curativa le resbaló por la pierna. La herida estaba sin vendar, pero no le importó. Tenía que irse ya, antes de que su corazón cediera y salvara a Connor como no lo hizo con Mark.
—Lo siento. De verdad lo siento mucho.
Ceniza ladeó la cabeza. Su expresión preocupada confundió a Kardan.
—Está bien. Ceniza es Ceniza. Ceniza tiene su lugar en el mundo. No hace falta sentirse mal porque Ceniza sea Ceniza.
—Ah, sí. Eso también lo siento.
Connor extendió una mano para detener al príncipe. No lo podía dejar ir así, sin vendar. En ese momento el viento sopló entre ambos con tanta fuerza que las ramas del árbol se inclinaron sobre ellos. Las hojas se soltaron y bailaron en el aire. Las tiendas menos sujetas del campamento salieron volando. El papiro que Kardan había sostenido contra el pecho se soltó. Esta vez sorteó las ramas y voló libre, lejos de su carcelero. Su expresión de desesperación debía de ser muy dramática, porque Connor se preparó para correr detrás del pergamino.
—Déjalo ir —le dijo.
—¿Era importante?
Pensó en la profetiza.
—Sí, pero hay más de donde vino ese.
—No esté triste —Ceniza estaba aún en el suelo, sentado en posición de loto. Tenía su cuaderno de dibujo abierto y un lápiz en la mano—. ¡Yo le hago uno igual al que tenía!
—No tiene importancia —Kardan sonrió orgulloso de su primo Harald—. En todo caso nadie puede dibujar como...
—¡Ah! —exclamó Connor mientras se asomaba por el hombro de Ceniza—. Es un retrato de...
Horrorizado, Kardan vio que el gesto animado de Connor pasó a la perplejidad con la misma velocidad con que el krebin pasaba el lápiz sobre el papel. Ceniza dio los últimos trazos y sonrió triunfal mientras enseñaba su obra de arte a Connor. El doctor miró perplejo el cuaderno y después al príncipe. Cuando Ceniza le mostró el cuaderno, Kardan vio un retrato idéntico al que voló por el aire.
—Puedo explicarlo... —comenzó a defenderse antes de que Connor lo cortara:
—Sí, explíqueme por qué tiene un anuncio de «Se busca» de mi hermana.
Ceniza dio un salto. Colocó el cuaderno al lado de la cara de Connor en busca del parecido, sin dejar de decir que no se creía que la lindura del dibujo fuera hermana del doctor. No entendía la situación grave en la que estaba Zoe al ser tratada como una criminal. Connor lo ignoró. Sus ojos estaban fijos en Kardan; chispeaban, pero no de enojo sino de miedo. Aunque era la reacción más común, tomó a Kardan desprevenido. El príncipe se imaginó que Connor entrecerraría los ojos, le mostraría los colmillos y le daría un puñetazo mental, como el que derribó a Harald, para que se alejara de su linda hermana. Es lo que habrían hecho los gemelos. Pero claro, se había olvidado de que mientras Airgetlam y Dagda eran maliciosos y desconfiados, Connor era inocente y puro. Nunca se le pasaría por la cabeza que el príncipe pudiese tener otras intenciones hacia Zoe.
—Aaaam... Eeemm... —No se le ocurría nada que decir—. Aamm... —De verdad que no se le ocurría ninguna justificación satisfactoria para un anuncio de búsqueda. Así que solo le quedaba la verdad. La vergonzosa verdad—. Me gusta tu hermana.
El rostro de Connor quedó en blanco. Por cinco segundos permaneció inmóvil, con la vista fija en un punto muerto como si su cerebro hubiese sufrido un corto circuito. Kardan quiso retroceder en el tiempo a hacía seis segundos para borrar la confesión. Al fin Connor reaccionó. Sus labios esbozaron una sonrisa intranquila.
—¿Qué?
—Ah, por favor olvida lo que dije. No hablemos nunca más de esto.
Se encaminó dos pasos hacia el grueso del campamento. Iría al borde del lado aesiriano, tomaría el caballo, regresaría a su puesto militar y escondería la cabeza en una almohada hasta que se olvidara de ese momento tan embarazoso. Al tercer paso se devolvió a Connor. Una idea dolorosa le cruzó la mente: si el doctor no sabía antes que Kardan pretendía a la profetiza, entonces eso significaba que...
—¿Ella nunca habla de mí?
La idea le partió el corazón. Significaba tan poco para Zoe que ni siquiera valió una sola mención a su hermano menor. Ahora era Connor el que se quedó sin palabras.
—Aaaam... Eeemm... —El doctor se rascó el mentón y miró hacia lo alto del árbol, como si allí encontrase la respuesta indicada. Kardan se dio por vencido.
—Está bien. Era de esperarse. Por supuesto que yo no estaría en sus pensamientos.
Pensó en Finn. Todavía estaba preso en el campamento de Harald, forzado a atender soldados. ¿Zoe lo habría mencionado a él? Se imaginó con claridad a la profetiza visitando la clínica de Kehari bajo la excusa de llevarle el almuerzo a Connor y con la intención real de ver al pecoso de Finn. Al sencillo y bueno de Finn.
—Anda, di lo que estás pensando —dijo ante la expresión conflictiva de Connor—. Di que no soy apto para tu hermana.
—No hace falta. Eso usted ya lo sabe.
Supo, por la expresión del doctor, que a Connor no le alegró decírselo pero que tampoco lo resintió. Para Kardan fue la última confirmación de lo que ya sabía. Él no merecía a Zoe pero tampoco podía renunciar a ella.
—¿Y si me hiciera mejor? —preguntó con un susurro—. Si me convirtiese en una mejor persona ¿crees que entonces sí sería ideal para ella?
—Eso dependerá ya de mi hermana.
Lo vio con claridad. Seguía las órdenes de su padre porque lo amaba y respetaba, pero no porque creyera que fuese lo mejor. El Emperador creía firmemente que su crueldad hacia los Dragones y los profetas era necesaria para garantizar la salvación de la Profecía. El príncipe, en cambio, guardaba dudas. Si quería empezar a ser mejor debía enfrentar su incertidumbre. Siempre se había dicho que quería ser la mejor versión de sí mismo para que Zoe lo aceptara y así aceptarse él. Pero quizá el camino era al revés. Quizá el truco estaba en hacerse mejor para aceptarse a sí mismo. Y quizá entonces Zoe lo correspondería.
—Connor, tienes que saber algo. Mi padre ha...
Un chillido le taladró los oídos. Él y Connor se taparon las orejas y se acuclillaron adoloridos. El grito persistió. Fue como si unas largas uñas rayaran una pizarra. Los tímpanos les crujieron. Miraron hacia el cielo. Aunque todavía era claro y celeste, la luna ya se asomaba por el horizonte. Por entre los ojos se le salieron lagrimillas de dolor. «Está peor que hace un mes», pensó desesperado. Se imaginó al General Montag en las cámaras más profundas de Tyr, cerca del viejo laboratorio de la Emperatriz de Edén donde todavía se guardaban algunos de sus inventos. En su mente, vio a Sigfrid aruñando el suelo de metal. Vio los largos dedos fosforescentes y el cuerpo cubierto de plumas de plata. Quizá no era a la luna a quien escuchaban gemir, sino al General.
Kardan sintió que las rodillas y las manos se le quemaban. ¿En qué momento se cayó al suelo? Al mirar alrededor vio las siluetas de aprendices y enfermos aesirianos: todos estaban arrodillados y con los brazos flexionados sobre el suelo. Una tienda comenzó a arder. Luego otra. Y otra. A Kardan le costó entender por qué los vanirianos alrededor echaban baldes de agua sobre los aesirianos en lugar de las tiendas. ¡Eran ellos los que ardían! La nueva luna de sangre desbalanceaba su magia. Los hacía perder el control.
El ardor en sus palmas empeoró. Connor estaba junto a él, de medio lado, hecho un puño como un niño pequeño. Se cubría las orejas y apretaba los ojos con todas sus fuerzas. Las piernas estaban recogidas sobre el pecho, en posición fetal. Ceniza daba vueltas alrededor de él sin saber qué hacer ni cómo acercársele. Kardan vio por qué: el suelo se desintegraba alrededor de Connor. Se convertía en volutas de humo.
—Oh, no. Oh, no. Demonios —masculló el príncipe.
Aunque él mismo experimentada arcadas de dolor, se arrastró hasta Connor y lo levantó. Con una mano cogió la botella de jarabe que llevaba en la capucha y con la otra le abrió la boca al doctor. Tuvo que hacerlo deprisa porque las manos se le estaban deshaciendo. Cuando Connor entendió las intenciones del príncipe, él mismo agarró la botella, apartó a Kardan de un empujón y tomó la medicina a gorgor. Una vez que terminó se forzó a recuperar el control sobre su magia. Las manos de Kardan se mantuvieron reales, como el dolor y las ampollas que le hincharon la piel.
—Lo siento —se disculpó Connor mientras le revisaba las manos. Estuvo a punto de borrar la existencia del príncipe. Más que un doctor, parecía un niño muy asustado por incendiar su casa.
—No fue tu culpa.
¿De verdad había aceptado así, sin más, que ese hombre moriría? ¿Solo porque su padre lo decía?
Una nueva explosión azotó el campamento. Las tiendas vanirianas se levantaron envueltas en llamas, junto con los cuerpos de los pacientes y guardias cercanos al incendio. Kardan reconoció la explosión: era el mismo tipo de detonación de las armas usadas en campo de batalla por los aesirianos. Era la dinamita especial que Sigfrid ideó para acabar con los enemigos. «¡Pero eso no puede ser! Padre sí iba a respetar la tregua en la luna de sangre». El punto del Pacto era que los vanirianos no prestaran atención a la ausencia de Sigfrid durante esas noches. Su padre no consentiría un ataque que pusiera en peligro la debilidad de su mejor General. Eso solo significaba una cosa: los vanirianos habían violado la tregua y se aseguraron de atacar como aesirianos para echarles la culpa a ellos. No les importó si así atacaban a los heridos de su propio bando.
Otra explosión sacudió el campamento pero esta vez del lado aesiriano. No fue con dinamita ni con peras de la angustia, sino con llamas verdes y fucsias. El príncipe parpadeó. De lejos el fuego verde podría pasar por verdadero pero jamás engañaría a un luchador experto. El fuego verde de las mangodrias lo destrozaba todo, pero este solo quemaba las tiendas. El fuego fucsia ni siquiera valía un comentario; tan solo eran llamas con el colorante de algún polvo especial, como el que se utilizaba en las piras funerarias. «Entonces también hemos roto la tregua», pensó. Solo eso explicaría que se intentara disfrazar el ataque para hacerlo pasar por vaniriano. Igual no tenía sentido. El Emperador no quería romper la tregua mientras la luna estuviera en lo alto. Eso solo significaba...
—¡ABAJO! —aulló justo a tiempo.
Una lanza de luz pasó justo por donde estuvo la cabeza de Connor instantes antes de que el príncipe lo derribara por la espalda. El doctor y Ceniza se habían levantado para ayudar a los heridos sin prever que ellos también serían víctimas de un ataque. La lanza golpeó el árbol y lo estalló en miles de astillas ardientes. Los tres miraron el resultado por encima del hombro, hasta que Connor empujó a Kardan para quitárselo de encima.
—¡Rompieron la tregua! ¡Tu padre y sus Generales la rompieron!
—¡No! Eh, digo... eh... —Kardan señaló el árbol ardiente—. ¡Nosotros no tenemos armas así!
Era cierto. Si tuviesen lanzas así ya las habrían probado contra los castillos flotantes. Pero los vanirianos tampoco tenían armas como esas entre las tropas. Eso solo confirmaba lo que ya sospechaba: el bando aesiriano no rompió la tregua de la luna llena. Al menos no el ejército.
—¡Son sicarios! —gritó mientras agarraba a Connor del brazo para forzarlo a tirarse al suelo de nuevo. El doctor parpadeó.
—¿Sicarios? ¿Pero por qué...? —señaló el campamento ardiente para expresar lo que pensaba: ¿por qué los sicarios atacarían a toda esa gente? ¿Quién era su objetivo? ¿Todos? Kardan negó con la cabeza.
—Tú eres el objetivo.
—Eso es ridículo. No le he hecho daño a nadie como para que quieran matarme.
Kardan apretó los dientes. Si se viviera en el mundo bueno que Connor imaginaba, las personas amables jamás tendrían un precio sobre sus cabezas. Pero como vivían en un mundo retorcido lleno de pecadores, los seres de luz como Connor recibían muerte como pago por su bondad.
—Lo siento, pero así funcionan las cosas.
—No. —Connor se sentó en el suelo y se apartó de él—. La gente no es tan mala como te imaginas. ¡Te aseguro que no corro peligro!
Una saeta zumbó junto a su oreja. La sangre le pringó la cara, pero fue leve en comparación con la mancha que se extendía por encima de la capucha del príncipe. Su primer instinto fue arrancar de un tirón la flecha en el hombro de Kardan pero no pudo moverse. Esa flecha pudo haberlo golpeado a él. De no ser por unos miserables centímetros, le habría atravesado la nuca. Lo que terminó de paralizarlo fue que supo que a la distancia, en un sitio seguro y lejano, alguien tensaba otra flecha para golpearlo a él.
—Este mundo —jadeó el príncipe— está oscuro y corrupto. —Con la mano sana agarró a Connor del hombro y lo abrazó para protegerlo—. Pero con Profecía o sin ella, ¡yo lo voy a limpiar!
El arquero anónimo disparó la flecha pero chocó contra el escudo de luz surgido de doce canicas alrededor del cuello del príncipe. Connor apretó los ojos para no quedarse ciego. Los volvió a abrir cuando escuchó las exclamaciones asustadas de Ceniza. El rugido de doce criaturas diferentes interrumpió ese atardecer caótico. El Fafnir que atajó la flecha la desmenuzó entre las garras. Kardan apartó al doctor del pecho pero lo mantuvo sujeto del hombro. Lo miró directo a los ojos y dijo:
—Corre.
—¡Pero...!
—¡CORRE!
Connor escuchó el arco nuevamente tensado. Se levantó, agarró a Ceniza del brazo y echó a correr hacia las tiendas con él. No supo lo que hacía, ni siquiera cuando alcanzó a los primeros heridos. Por un lado estaban los vanirianos deshechos por la explosión. Por el otro, los aesirianos cubiertos de quemaduras. La confusión estaba marcada en el rostro de todos porque en verdad creyeron que la tregua resultaría. Pusieron todas sus esperanzas en ella.
Los oídos le aullaron de nuevo. La luna crecía conforme la noche reclamaba su sitio en el cielo. Connor perdió el equilibrio y se dejó caer al suelo. Estaba tan mareado que ni siquiera se pudo llevar las manos a las orejas. De no ser porque Ceniza lo atajó se habría roto la cara. Se encogió en posición fetal, con los ojos llenos de lágrimas. La luna le quemaba el cerebro.
Alrededor, los vanirianos sobrevivientes ayudaban a sus compañeros caídos y también a los aesirianos afectados por la luna. Echaban baldes de agua a los que causaban llamas por el desequilibrio de magia. Echaban talco a los que despedían relámpagos desde cada poro del cuerpo, aunque Connor no sabía para qué. ¿Y a él qué? Aunque había tomado el jarabe sentía que otra vez perdía el control. Si eliminaba con la mente a Ceniza y a los vanirianos que se habían acercado para ayudarlo, ¿qué haría después? La desesperación comenzó a comerle el pecho. Ya no lloraba solo por el dolor de la luna sino también por el miedo.
En medio del caos distinguió el disparo de una flecha. La escuchó acercársele porque su forma de luz silbaba con más fuerza que otras saetas en pleno vuelo. Se encogió todavía más para hacerse un blanco pequeño y difícil de alcanzar. Un nuevo siseo se unió al de la flecha y las llamas alrededor. Ceniza volvió a soltar exclamaciones asustadas. Los vanirianos perdieron al fin la compostura y echaron a correr en manada. Los cascos hicieron que el suelo vibrara al ritmo de una estampida desigual. Ceniza se inclinó sobre Connor para protegerlo de una pisada a la vez que el doctor se forzaba a entreabrir los ojos para saber qué nuevo mal se había unido a la fiesta. Por encima de Ceniza descubrió los ojos amarillentos de un Fafnir, mientras otra herramienta estaba delante de ella con una saeta en la garra. Como la anterior, la despedazó con un chasquido.
—¡Vamos! —Kardan agarró a Ceniza y a Connor del brazo para levantarlos—. ¡No se queden quietos! ¡Son blancos fáciles!
Además de la flecha en el pecho, Kardan tenía otra en la espalda. «¿Cómo no explotó? ¡Como el árbol!», se preguntó el doctor. Estaba tan adolorido y confundido que no reparó en que las flechas de Kardan eran normales: de madera con puntas de hierro. Tampoco era de sorprender que el príncipe se tuviera en pie con semejantes heridas. Aunque la primera saeta logró penetrarle el hombro, la segunda apenas le perforó la armadura. Seguro que la punta le rozaba la piel de la espalda, pero no lo suficiente para pincharle hasta los órganos. El misterio era por qué el príncipe estaba herido por segunda vez. Los Fafnir debieron haberlo protegido.
Kardan corrió por entre las tiendas deshechas, en medio de la estampida de groliens. Nadie tenía idea de a dónde ir. Los vanirianos que venían desde el lado este corrían hacia el oeste, y los que venían desde el oeste corrían hacia el este. El resultado era una embestida tras otra, donde los groliens quedaban atontados en el suelo o aplastaban a los heridos. Aturdido como estaba, Connor no comprendió por qué los vanirianos escapaban de él. Luego escuchó el silbido de una flecha de luz, que se apagó al ser interceptaba por las garras de un Fafnir. La herramienta rompió la saeta y rugió en dirección a los vanirianos.
Connor se soltó del príncipe y corrió hacia el Fafnir. Aunque fuera imposible adelantársele a una herramienta, debía detenerla antes de que conectara el golpe con la arpía cercana. Kardan lo llamó con un grito. ¡No podría detener al Fafnir a tiempo y el doctor saldría lastimado! De alguna forma, Connor se las arregló para pasar al lado del Fafnir y derribar a la arpía. La cubrió con el cuerpo, seguro de que terminaría partido por la mitad por el zarpazo de la herramienta. Pero nada pasó. La estampida se mantuvo. El siseo de las llamas, las explosiones y las saetas de luz continuaron. Abrió un ojo tímido, seguro de que el Fafnir lo mató tan rápido que ni siquiera sintió dolor y que ahora era un fantasma en el campo de batalla.
El Fafnir estaba justo encima de él, con la garra extendida e inmóvil. Sus ojos amarillos estaban fijos en los del doctor. El príncipe estaba perplejo detrás de la herramienta.
—Gracias —susurró Connor mientras levantaba a la arpía, siempre escudándola con el cuerpo—. Lo detuviste a tiempo.
Kardan negó lentamente con la cabeza. Sus ojos reflejaban líneas horizontales de la información suministrada por la herramienta.
—Yo no lo he hecho. Mi Fafnir... —Buscó a sus otras herramientas. Estaban dispersas, atajando las flechas que salían de todas direcciones hacia Connor. Ninguna herramienta prestaba atención a los vanirianos—. Alguien ha modificado a mis Fafnir.
Leyó la información de programación de la herramienta central. El cambio fue hecho concienzudamente para que el príncipe no se percatara. Le costó descifrar los datos pero al fin la sincronización le dijo:

«Modelo TD-Drakus 911N. Última actualización de sistema, hace cuatro semanas. Misión objetivo: rastreo de energía mágica. Ejecución: protección de propietario, príncipes aesirianos, Dragones y profetas. Error de seguridad: función incompatible - protección profetas. Bache de seguridad: ; . Reparación de error de seguridad: validada protección . Fin de actualización».

Tragó fuerte. Era la primera vez que veía un bache de seguridad en la sincronización. Nunca creyó que el sistema pudiera ser intervenido por alguien más que él. Y esas funciones... . No asesinato de híbridos bajo ninguna circunstancia. . No asesinato de vanirianos salvo en caso de defensa. . ¿Profetas igual a... híbridos?
Los oídos le zumbaron. La arpía que Connor protegió ayudó al doctor a mantener el equilibrio. Ceniza socorrió a Kardan y lo sostuvo mientras temblaba aturdido. Cuando el nuevo lamento de la luna cesó, Connor se recuperó pero Kardan no. La visión y el oído se le desenfocaron en una sensación odiosamente familiar. Sus pensamientos se fijaron de nuevo. El mundo recuperó nitidez, pero sus piernas y brazos estaban fláccidos, adormecidos. Un nuevo ataque de desenfoque lo golpeó con más fuerza y velocidad. Oh, oh. Era peor a la primera vez. Era más fuerte. ¿Pero cuándo lo habían alcanzado...?
Ceniza le arrancó la flecha de la espalda con un tirón. Connor hizo lo mismo con la del pecho. Puntas de hierro. Sangre negra, densa. Como babosa. Kardan sonrió, irónico.
—Final de camino, ¿eh? —miró a Connor—. Nunca desciframos el antídoto. Y tú no puedes...
—Cállese —Connor lo tumbó en el suelo—. Haré todo lo que pueda. Siempre haré todo lo que pueda.
Connor miró alrededor. La estampida, las detonaciones, los silbidos de las flechas de luz, los siseos de los Fafnir, los gritos de la luna y de los mortales... Todo seguía igual. Nadie se detendría solo porque un príncipe agonizara. ¿En qué parte de ese caos estaban Kel y Drake? Los necesitaría. Una vez que terminara la sanación estaría indefenso como un bebé contra las saetas de luz; y en cualquier momento el príncipe perdería la energía con que controlaba a los Fafnir. El doctor miró a la arpía.
—Busca a mis hermanos, por favor. Los necesito.
La mujer asintió y echó a volar. Connor miró al príncipe. Kardan apretaba los puños y los labios, pero se esforzaba en mantener bien abiertos los ojos. Tenía miedo de dormirse y no despertar. Tenía miedo de dormirse y fallar en convertirse en la mejor versión de sí mismo.
—Connor, si no lo logro necesito que...
—Lo logrará. —Connor sonrió y empleó el truco de la voz dulce y serena. Gran parte de la ansiedad de Kardan se desvaneció al escucharlo—. Los dos lo lograremos. Usted mantenga a los Fafnir activos mientras yo lo curo. Nos protegeremos mutuamente.
Kardan lo miró con una expresión que lo tomó por sorpresa. Por encima del miedo y el dolor, vio vergüenza y arrepentimiento en sus ojos de caverna.
—Discúlpame con mi prima por haber matado a su Mark. Discúlpame con tu padre por ser el hijo de quien los aprisionó. Y perdóname por no haber protestado cuando se decidió que morirías.
La sonrisa de Connor se mantuvo en su sitio. ¿Es que lo sabía? ¿Supo que el Emperador lo había enviado a matar? No, Connor era demasiado bueno como para esperar lo peor de las personas. Pero tampoco estaba sorprendido. Había pasado tanto tiempo con Sakti y Darius como para entender que los Aesir tenían dos caras oscuras, aunque una más que la otra. Aunque esperaba lo mejor de todos, había aprendido a aceptar que se le decepcionara.
—Tú tendrás que disculparte con ellos. Pero yo te perdono. Lo único que no te perdonaré será si te mueres aun después de lo que haré por ti. Después de todo, serás el Emperador que limpiará este mundo con o sin Profecía, ¿verdad?
Kardan sintió un vuelco en el estómago. Quizá era un efecto del veneno, quizá era otro desenfoque visual... pero podría jurar que los ojos de Connor estaban más celestes que de costumbre. Que eran los ojos de un profeta.
El príncipe logró asentir antes de que Ceniza le pusiera un trapo entre los dientes. Connor quitó la armadura y el peto tan rápido como pudo. Los dedos del doctor se hincaron en la herida y apartaron los pliegues como si abrieran una fruta por la mitad. Kardan mordió. Fue una tortura, como si un punzón ardiente lo atravesara. Lo que ardía era la sangre corrompida que se escabullía de la herida. En cambio, los dedos de Connor eran luz y alivio. Poco a poco, Kardan sintió que esa magia pura y buena se abría un hueco entre la carne, sorteaba el veneno y se zambullía en los torrentes sanguíneos. Incluso eso también fue doloroso, porque el veneno, esparcido ya por todo el cuerpo, luchaba con uñas y dientes contra la magia de Anäel. Apretó más fuerte el paño entre los dientes. Enterró las uñas en el suelo. Enfocó toda la atención en el progreso de los Fafnir, que atajaban o desviaban cada nuevo proyectil con una eficacia que daba miedo.
Una herramienta le comunicó que una arpía se acercaba hacia ellos. ¿Cómo procedía? ¿La atacaba en defensa o la dejaba pasar? Kardan gruñó. Hace cuatro semanas la herramienta habría atacado sin hacer ninguna consulta. ¿Quién diablos modificó el sistema? No sabía si debía colgar al responsable o darle las gracias: si el intruso misterioso no hubiese hecho la modificación, quizá sus Fafnir habrían matado al doctor que ahora le salvaba la vida. Decidió dejar pasar a la arpía.
—¡Lo siento! No encontré a tus hermanos ¡pero pensé que él podría ayudarte! —La vaniriana aterrizó con un aprendiz—. Si hay algo más en lo que pueda ayudar, ¡dímelo!
Oh, la gratitud. Ella sabía que la vida que Connor intentaba salvar era la de un príncipe aesiriano; lejos de ignorar la petición del doctor, la vaniriana la escuchó para pagar la condición de ayudar a quien fuera que lo necesitara. Kardan no sabía si contaría con la Profecía para limpiar el mundo pero decidió que contaría con Connor. Haría lo que fuera para contagiarse de la bondad del doctor y repartirla por los cuatro costados del planeta.
—Bien. —Connor estaba tan concentrado en Kardan que ni siquiera miró al aprendiz mientras le daba las instrucciones—: En el maletín tengo jeringuillas extractoras. Empieza en el pecho mientras limpio otra parte del cuerpo.
El aprendiz se detuvo detrás de Connor y se inclinó junto al maletín. Ceniza se tensó a la vez que la sincronización enviaba un mensaje de alarma al príncipe. «Alerta. Amenaza inminente». Los Fafnir giraron el cuello hacia el grupo de Kardan. Desencajaron la mandíbula, estiraron las garras y se prepararon para saltar, pero la daga llegó primero. Por encima del hombro de Connor, Kardan vio los ojos rojos y con rayas doradas que lo miraban con odio. El calor bondadoso de la sanación se hizo tenue a medida que el pecho de Connor se teñía primero de rojo y luego de negro.
Punta de hierro sobre el corazón. Sangre densa, como babosa.
La arpía soltó un chillido de auténtico pavor. Ella no tenía nada que ver con esa traición. Pero en medio del caos del campamento, ¿quién le prestaría atención? Solo una voz entonó otro grito de alarma. A pesar de estar confundido por el veneno, Kardan creyó que era la voz del grolien Kel.
—Me recuerdas mucho a un querido amigo —susurró Marvin mientras enterraba más la daga en el pecho de Connor—. Tú también eres un idiota. Y eso te lo agradezco mucho.
La daga se enterró hasta el pomo. Connor cayó de medio lado junto a Kardan, pero sus ojos estaban fijos en la luna sangrante que teñía el cielo.
Fin del camino.
Antes de sumergirse en el lago de sangre, Connor vio que unas ramas cruzaban el cielo con el zigzagueo de una voz desesperada del color de la ceniza.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

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