¡Sigue el blog!

Capítulo 22

22
EMBOSCADA


Los despertó el grito de Darius.
La luna se tiñó en el cuarto creciente, mucho antes de que se convirtiese en luna llena. Todas las tardes de esa semana sintieron el ojo irritado sobre ellos. Los malos sueños, el insomnio y el mal humor habían empezado a dañar la armonía que restauraron al hacer las paces en el río. Por eso concordaron parar todo el día de la luna carmesí para dormir antes de que empezara la noche más agotadora. Estaban tan cansados que siguieron durmiendo aun cuando la luna empezó a gritar, si bien sus sueños fueron intranquilos y perturbadores.
Sakti había esperado finalizar el sopor con un terremoto o una lluvia de fuego lanzada por la misma luna. No por Darius. Cuando él gritó, la princesa sintió que todo el soporte de la realidad se rompía. El suelo, el cielo y las estrellas dejaron de existir. Por un terrible instante ella misma se sintió desaparecer. Para no evaporarse en la incertidumbre, se aferró al alarido de su amigo aun cuando esa voz herida estaba llena de navajas que le cortaban el alma. Aun aterrada y confundida por el desbalance, comenzó a sospechar. A saber. Percibió un eco de lo que afectó a su amigo cuando se aferró a la voz de Darius para despertar.
Se despertó por completo antes de que pudiera aprehender el significado de ese grito.
Freki estaba hecho un puño junto a ella, con las patas delanteras sobre los ojos. Toda la cabeza le temblaba del miedo. Siguió llorando aun cuando Sakti le acarició la cabeza y Darius dejó de gritar. El profeta los miró perplejo, con los ojos dilatados y celestes. Oh, tan celestes. La princesa contuvo la respiración, porque si Darius tenía uno de sus ataques de sonambulismo la pulverizaría. Aunque ya podía mover mejor el brazo no estaba en condiciones de derribar a un hombre casi dos veces más alto que ella, con más fuerza física y enloquecido por la luna maldita.
—Creo... —susurró el profeta al fin— que he tenido una pesadilla. Una horrible pesadilla. Pero no puedo recordarla. —Se arrastró hasta el nicho de hojas donde dormía Sakti y se acurrucó junto a ella—. No quiero recordarla. No quiero que sea real.
—Yo tampoco.
Esa primera noche la pasaron acurrucados en la raíz hueca de un roble, donde tenían lugar suficiente para guarecerse y hasta encender una pequeña fogata. Sin embargo, no hubo fuego. Todo el calor que recibieron fue el de sus compañeros de viaje. El bosque les llevaba los gritos lejanos y no tan lejanos de otras criaturas mágicas afectadas por la luna. Escuchaban cascos de caballos y de groliens. Tajos de espadas y aruños de garras. Aullidos, bramidos y carcajadas. El viento también les llevó el olor a humo y el sonido de las explosiones. Cada vez estaban más cerca del campo de batalla. No querían sumarse a un enfrentamiento ahondado por la luna carmesí.
Aunque tenían frío, estaban asustados y querían consuelo, Freki y Sakti se lo dieron todo a Darius. Se dijeron que la luna lo afectaba más por ser profeta. Mientras que el lobo se sentía inseguro y Sakti bastante inestable, Darius escuchaba voces que no eran traídas por el viento y veía fantasmas donde no había ninguno. Ni siquiera cerrar los ojos lo ayudaba a perderle la pista a los esqueletos que merodeaban por entre las ramas de su mente perturbada.
Cuando al fin la mañana llegó y la luna dejó de gritar, el silencio los abrumó tanto o más que el ruido. Ni siquiera los pájaros trinaban. Los oídos les cimbraban. Cada paso sobre las hojas secas, cada respiración profunda, los hacía mirar en todas direcciones. Abandonaron el refugio en silencio y caminaron rumbo al norte. No tenían hambre, ni siquiera Freki, que era el más glotón. Estaban seguros de que en cualquier momento se encontrarían con los cuerpos reventados de soldados vanirianos y aesirianos. Se encontrarían con cabezas clavadas en picas, hígados enredados en las ramas como si fuesen cintas de fiesta, y manos y piernas esparcidas por el suelo en una última danza. Esa perspectiva le mataría el apetito a cualquiera.
No hubo nada en el mundo que Sakti quisiera más que caminar sujeta de la mano de Darius para consolarlo. Lo habría hecho si no le doliera levantar el brazo por más de cinco minutos. El profeta avanzaba como un muerto viviente. Desesperado. Pasmado. Era como caminar otra vez con él por el Pantano tras la cremación de Fenran, pero mucho más perturbador y triste. Era claro que todavía no asimilaba la realidad del día. En ese estado lo único que Sakti podía hacer era caminar muy cerca de él para que no se fuera de lado cada diez pasos. Freki caminaba al otro lado del profeta por la misma razón.
Llegaron al borde de un camino principal que atravesaba el bosque. Era el sitio ideal para una emboscada de ladrones; por lo tanto, era el tipo de camino que habían evadido con tanto esfuerzo. Antes de que pudieran cruzarlo para meterse en el follaje contrario, escucharon crujidos de hojas secas y respiraciones pesadas. Eran jadeos. Un grupo vaniriano apareció por entre los árboles. Los tres groliens a la cabeza se lanzaron al camino principal sin verificar que estuviera libre. Se paralizaron cuando repararon en la presencia de Sakti y su grupo. Los compañeros detrás de ellos los imitaron. Todos tenían quemaduras superficiales. El pelaje de los groliens todavía olía a pelo chamuscado; los guerreros ordinarios habían perdido el bigote y hasta las cejas en el incendio y las arpías tenían pequeñas llagas en la membrana de las alas. Aunque se mantenían en pie, estaba claro que eran los sobrevivientes de una catástrofe. Encontrarse con aesirianos, aunque fueran solo dos, debía de ser lo último que querrían.
—No atacaremos si ustedes no atacan —dijo la princesa después de un incómodo silencio en que las dos partes se evaluaron mutuamente.
Anoche se quedó quieta cuando pensó que Darius estaba sonámbulo porque sabía que carecía de la fuerza física para noquearlo. Pero si hubiese querido matarlo habría podido. Aunque todavía se recuperaba del ataque de Sigfrid, ya tenía energía suficiente para prender a un ejército de cien herramientas Fafnir. Podría hacer lo mismo con unos cuantos vanirianos heridos. Pero ¿cuál era el caso? En esos cincuenta años había aprendido que la guerra era ridícula. Si podía evadir un enfrentamiento debía hacerlo. Si no por ella, entonces por Darius. No había necesidad de perturbarlo más.
El grolien líder dio un leve asentimiento de cabeza. Tragó fuerte y dijo:
—¿Van al campamento neutral?
El corazón de Sakti palpitó tan fuerte que se quedó sorda. No. Además del suyo, lo que escuchaba eran los corazones de Darius y Freki. Estaba tan sobrecogida que apenas logró asentir.
—Vayan bajo su propio riesgo. La tregua fracasó.
—¿Tregua? ¿Qué tregua?
—La que firmaron los Aesir, la mangodria y el rey Vanir en el campamento neutral —explicó una arpía con voz de cristal. Los ojos se le empañaron. La amiga al lado continuó por ella.
—La han roto. Ambas partes la rompieron al mismo tiempo.
Sakti sintió un hueco en el estómago. De repente prefería estar otra vez en el hueco del roble, acechada por pesadillas lunares, que estar bajo plena luz de la mañana a punto de recibir la terrible noticia que Darius presintió la noche anterior.
—Si lo tienen a bien escuchen este consejo —continuó el líder del grupo—. Guarden la distancia en estas dos noches restantes. Después sigan adelante. No serán los únicos que querrán presentar sus respetos. En los dos bandos hay gente fiel a la tregua. En ambos bandos hay gente buena que honrará su memoria con una tregua eterna.
Sakti abrió la boca para hablar pero al principio ninguna palabra le salió. Dios. Tenía un nudo en el estómago, en la garganta, en el corazón. No podía acordarse de ningún momento desde la fusión en que la voz se le quebrara.
—¿Qué memoria?
—... La del doctor. —Un enorme lagrimón calló por la mejilla izquierda del grolien—. Ha muerto.
Esta vez, el grito de Darius no los despertó. Solo terminó de hundirlos más en la pesadilla.

****

Kael chocó contra un árbol. De nuevo. Estaba seguro de que la próxima vez que la neblina se disipara lo dejaría frente a un demonio. Como si ya no fuese suficiente con pasar una noche de sangre en la más absoluta de las soledades, también tenía que soportar la intranquilidad del Bosque Ambulante. El Guardián apretó la bufanda contra la nariz y la boca para conservar algo de calor. Todos los sentidos estaban alerta aunque poco importaba. Sus ojos no veían más que sombras cenicientas en medio de la neblina. Su olfato percibía solo el aroma de las hojas mohosas bajo los pies. Y su oído solo escuchaba rumores, fantasmas entre la brisa. Ansiaba extender las alas y salir pitando de ese sitio. Pero la sola idea de volar tan cerca de la luna le daba vértigo. Además, no estaba seguro de que pudiera escapar de ese bosque. Tenía la impresión de que si intentaba volar, la niebla lo acompañaría. Estiraría sus dedos grises hacia él sin mostrarle el inicio del cielo ni el final del suelo. Deambularía eternamente en el aire, sin saber siquiera en dónde aterrizar. Por lo menos ahí abajo tenía el suelo para creerse apoyado en algo.
«Con razón el algoritmo de geolocalización falló», pensó el alado. «Dudo mucho que este sitio se encuentre en el mismo plano que todo lo demás». Si Enlil hubiese podido atravesar la barrera del Bosque Ambulante seguro habría apoyado la hipótesis de Kael: estaba en otra dimensión, en otra versión del mundo aesiriano en donde también brillaba la luna de sangre. Los Tonare fueron un clan poderoso que con las esencias de la mente podían eliminar la existencia de las cosas y personas en un plano, e incluso abrir puertas de una dimensión a otra. Pero, como todos los grandes dones de los aesirianos, esa habilidad se hizo menos común entre los Tonare. Como telépatas todavía podían cancelar la existencia de sus enemigos pero ya no tenían el control para abrir puertas ni ventanas entre un plano y otro. A lo mucho Enlil podía hacer grietas pero nada más. Le habría gustado conocer el Bosque Ambulante, aunque fuera solo para experimentar el paso de un plano a otro.
Lástima que el Bosque Ambulante jamás lo dejaría pasar. Kael apretó los dientes. Era vergonzoso ser rebajado de categoría por un soldado tan joven como Arker. El muchacho era talentoso y merecía ser el discípulo de Enlil tanto como Kael y Dereck merecían ser los discípulos de Sigfrid. Pero Arker apenas tenía cincuenta y ocho años. ¡Un cachorro al mando de un soldado que sirvió como escudero del heredero del desierto y como Guardián del Segundo Dragón! Aun así tenía que admitir que Arker era listo. Si sospechó que el Bosque Ambulante era una dimensión alterna con consciencia propia, llegó a la conclusión adecuada: ¿por qué la neblina dejaba pasar a los refugiados y a las herramientas, pero no a los soldados? Los Fafnir no tenían voluntad propia y los refugiados querían escapar de las tropas. Justo igual que Kael. Pero más aún: la conciencia del Bosque Ambulante era lista y activa en lugar de pasiva. Era difícil categorizarla como benevolente o traviesa, pero caía en el espectro de una consciencia de espíritu. Si se había solidarizado con la causa de otro espíritu daría refugio a aquellos a quienes concordaran con él. «Me dejó entrar porque sabe que estoy a favor de mi príncipe. Sabe que sirvo al Dragón que se esconde entre su niebla».
Escuchó a tiempo el aleteo. Inició muy leve, como el roce de una tela de seda; pero ganó intensidad de un momento a otro como un terremoto. Si hubiese tenido menos experiencia, el ataque habría derribado a Kael. El soldado extendió las alas y aprovechó la corriente adecuada para burlar la embestida de otra criatura alada. La ráfaga de la mantícora no lo dejó levantar el vuelo por completo, pero le dio tiempo suficiente para apartarse. Cincuenta metros lo separaban de Ryaul Borub. Kael apretó los dientes. Cuando se enteró de que Ryaul se mezcló en el viaje de sombras y luces de Dagda rezó que fuera en lealtad a Adad. El arqueólogo admiraba demasiado a Velmiar como para estar conforme con los planes preparados contra los príncipes Dragón. Pero era difícil saber las intenciones de un mago transformado, en especial de una mantícora. Incluso Ryaul, tan torpe y sumiso, se convertía en una fiera incontrolable cuando tenía la forma de león alado. A decir verdad, el arqueólogo no era la persona más apropiada para tener el enorme poder de ataque de una mantícora. No sabía controlarlo como los voraces entrenados en guerra.
—¡No quiero hacerte daño! —le gritó para que Ryaul dejara de agitar el aguijón como un gatito juguetón.
—No te preocupes. No se lo harás.
En lo alto de un peñasco, a unos pasos detrás de él, vio un par de siluetas. Reconoció a Dagda pero no a la chica. La niebla bailaba por debajo del peñasco. Kael estaba seguro de que si intentaba acercarse demasiado al gemelo, el Bosque Ambulante cubriría a Dagda y lanzaría al mago del desierto por un acantilado. «Menos mal que tengo alas», se dijo.
Ryaul se acercó despacio, con las orejas pegadas al cuello y el aguijón tenso, listo para disparar la descarga. Kael chascó la lengua. No solo Arker lo había superado, sino también Dagda: el gemelo se le había adelantado y le tendió una emboscada con la ayuda de una mantícora. Debió haberlo previsto: como profeta, Dagda podría predecir el movimiento de las tropas. Kael lo había descartado porque los gemelos no eran tan hábiles como Zoe. Pero si tenía una excusa para fallar en ese detalle no la tenía para obviar que ese chico recibió el mismo entrenamiento militar que él. Sigfrid Montag lo había educado a conciencia en estrategia militar.
—Quiero a mi hermano de regreso —sentenció Dagda desde lo alto. La chica junto a él llevaba un arco. Tensó la flecha y la apuntó a Kael.
—Y yo quiero a mi príncipe —respondió el alado a la vez que se quitaba el cinturón. La espada cayó a sus pies con un retumbo—. Nuestros objetivos no son excluyentes. —Lo animó ver que una pequeña sonrisa se asomaba a los labios de Dagda.
—Sabía que dirías eso.
Kael devolvió la sonrisa, seguro de que era el turno de la chica en bajar el arco. Sin embargo, ella también sonrió y disparó. Kael evadió la flecha que iba hacia su pecho con un solo paso, pero recibió un golpe por la espalda. Quedó suspendido en el aire, levantado por la cola de la mantícora. Ryaul soltó el aguijón cuatro segundos después. Ya el daño estaba hecho. Kael no podía moverse. El mundo se desvaneció.
Cuando despertó se encontró de frente con uno de los lobos-dragón. Geri lo miraba con los ojos entrecerrados. Su expresión era clara: «Dame un motivo y te arranco la cara de un mordisco».
—No tienes de qué preocuparte —murmuró Kael. La cabeza le daba vueltas—. Todavía no me puedo mover. El veneno de mantícora es muy efectivo.
—Bien.
Esa era la voz de Dagda. El gemelo estaba en alguna parte donde Kael no pudiera verlo. ¿En dónde estaban? El soldado giró los ojos de un lado a otro, en busca de pistas. Parecía una cueva, aunque no podía distinguir más detalles porque no podía levantarse ni girar el cuello.
—Pensé que habíamos llegado a un acuerdo. Dagda, no soy tu enemigo.
—Eso quiero creer. Tú jugabas con nosotros cuando éramos niños. Me fastidiaría mucho saber que cargas parte de la culpa por el estado de mi hermano.
Dagda hizo una pausa. Kael no podía verle las ojeras provocadas por la luna carmesí, ni el rostro pálido y cansado. El gemelo se llevó una mano al pecho. Desde la noche anterior sentía un malestar en la boca del estómago, como si alguien le hubiese arrancado un buen trozo de su corazón. Era parecido a lo que sintió cuando descubrió el estado de Airgetlam, aunque más persistente. Al menos con Airgetlam todavía guardaba la esperanza de recuperarlo, pero con esa nueva sensación sentía una pérdida absoluta.
—¿Pasó algo anoche? —preguntó a Kael—. ¿Las tropas preparaban un gran ataque contra la región neutra?
Pensó en Zoe, en Darius, en Connor, en Kel, en Drake, en Sakti... ¿En dónde estaban? Los rebeldes habían salvado a tantos civiles como pudieron, pero no encontraron al resto de la familia de Dagda. ¿Estarían a salvo? ¿O las tropas los habían encontrado justo anoche?
—No tengo idea. Aunque te cueste creerlo, ya no soy una gran ficha del ejército. Mis superiores ya no confían en mí.
—Porque eres fiel a Adad y eso no les sirve a ellos.
Como no hacía falta decir nada más, Kael guardó silencio. Sabía lo que Dagda quería preguntarle y que necesitaba tiempo para armarse de valor para la respuesta. En el fondo, el gemelo lo sabía.
—¿Podré recuperar a mi hermano? ¿Podrá Airgetlam ser él otra vez?
—... No lo sé. De todos los soldados que han sufrido un lavado de cerebro, ninguno sobrevivió por mucho tiempo. No se cuidan. No comen ni duermen por voluntad propia. Priorizan la misión a la supervivencia. No tienen miedo pero una buena dosis de miedo es necesaria para querer salvar el pellejo.
—Eso no es lo que pregunté. Quiero saber si lo que le hicieron a mi hermano tiene arreglo.
—Dagda... Tú ya sabes la respuesta.
El lavado de cerebro era permanente. O si tenía arreglo, Enlil carecía de la habilidad para enmendar lo que hizo. Kael sintió la desesperación de Dagda. Aunque la noticia lo afectara, no debía de cambiar lo que el muchacho ya había supuesto o planeado. Igual haría todo lo que pudiera para salvar a su hermano del ejército. Si fallaba en recuperar su mente dedicaría el resto de sus días a encontrar una cura y a cuidar a Airgetlam.
—Eh, ¡tranquilo! —Geri se apartó de Kael y fue hacia el gemelo. Aunque el soldado no podía verlo, supo que Dagda sollozaba contra el lomo del mensajero—. Mientras haya vida hay esperanza. Solo porque el anciano cabeza hueca sea incapaz de enmendar sus errores no significa que nosotros tampoco podamos hacer nada. Airgetlam va a ponerse bien. Te lo prometo.
A Kael le habría gustado hacer esa promesa pero no tenía el descaro necesario. Ninguno de los soldados que Enlil castigó antes se sobrepuso al lavado. El General ni intentó reestablecer sus mentes, ni siquiera con los que sobrevivieron más allá de lo que su condena ameritaba. ¿Por qué habría de ser Airgetlam la excepción? «Porque es telépata», se respondió a sí mismo, «y porque es el nieto del General Tonare. Si es posible hacer un lavado de cerebro débil o temporal, el General lo habría hecho». El problema era que no podía alentar las esperanzas de Dagda con una sospecha sin fundamentos.
—Kael —lo llamó el gemelo con la voz quebrada.
Al alado se le hizo un nudo en el estómago. «Ese chiquillo podrá llegar a ser tan alto como su abuelo y siempre se oirá como un mocoso cuando está triste». Él no se había enlistado para hacer llorar a los niños que vio crecer en la casita del lago, o para traicionar a los hijos del hombre que más admiraba. Si acaso, se enlistó para lo contrario.
—Necesito que me ayudes a llegar a Airgetlam. —Dagda al fin se situó junto a él. Kael no sabía cuál de los gemelos tenía el aspecto más cansado y enfermizo—. Sé que los soldados pretenden alcanzar la guarida de la rebelión. Tú eres el guía porque eras el único que podía entrar al bosque. Antes de que los traigas prefiero que me acompañes a verlos.
—Déjame adivinar: planeas que regrese llevándote como botín de guerra. Los demás bajarán la guardia ante mí, puede que hasta me den unas palmaditas de felicitación y se contenten otra vez conmigo. Y entonces, ¡bum! Los ataco mientras tú alcanzas a Airgetlam. Hacemos una gran salida y regresamos a la guarida rebelde. A cambio de ayudarte me dejarás ver a mi príncipe.
—Parecido, sí.
—No va a funcionar. Es demasiado obvio. A Arker no se le escapa nada. Se dará cuenta de inmediato de que es una trampa. Te borrará la mente antes de que des un paso hacia tu hermano.
—Dije que era «parecido» a lo que decías. No igual. —Dagda apretó los puños y se sonó los nudillos—. Yo me encargo de llevarnos con tus compañeros de tropa vía teletransportación. Tú te encargas de darles una tunda a todos mientras yo voy por mi hermano. Si no mal recuerdo, el segundo mejor soldado de toda la Armada Aesiriana puede patearle el trasero a los cuatro Escuadrones de los Elementos a la vez. ¿O es que a ellos se les olvidó? ¿Y a ti también?
—¡Gracias! —si se hubiese podido mover le habría dado un abrazo—. ¡A ellos sí se les olvidó que puedo patearles el trasero cuando me venga en gana! Si no lo hago es porque es inconveniente.
—¿Para ti o para ellos?
—Para Adad y Allena. —Miró a Dagda a los ojos y bajó todas las barreras que protegían su mente. Quería que el gemelo viese que era honesto—. Dereck y yo nunca dejamos de servir a nuestros príncipes. El tiempo y la distancia podrán separarnos, pero nunca los traicionaremos. Durante todo este tiempo hemos trabajado en mantenerlos a salvo. Dagda, sé que Dereck parece idiota todo el tiempo pero no lo es. Él siempre supo que ustedes estaban en Kehari. Aunque Connor y Darius se esforzaron en guardarse el nombre del pueblo cuando viajaron con él por el desierto, Dereck lo dedujo con lo poco que tu padre y hermano soltaban al respecto. —Hizo una pausa—. Durante la misión de rescate a Masca, él supo que la princesa planeaba escapar con ustedes. Y la dejó marchar porque confiaba en ella. Aún lo hace.
Dagda guardó silencio mientras evaluaba la sinceridad de Kael. El Guardián no supo si el gemelo le leía la mente. Si así era, Dagda era sigiloso y respetuoso. No le revolvía cada rincón del cerebro en busca de alguna trampa, como sí lo habría hecho Enlil. Y si no le leía los pensamientos, además de respetuoso era confiado: el muchacho elegía creer en Kael no por ser soldado ni Guardián, sino porque eran amigos. O al menos lo fueron en los días de juegos y guerras de bromas en la casita del lago.
El eco de unos pasos interrumpió la evaluación. Más que pasos, eran tropiezos. Kael se permitió una sonrisilla. Reconocería el andar de Ryaul en cualquier parte.
—No lo trajeron —apuntó Geri—. Tendríamos más oportunidades de salvar a Airgetlam si sacaran a Adad de esa cueva.
—De verdad lo intenté. —La voz de Riza estaba desgastada de tanto cantar—. No importa qué canción le demos. ¡Se niega a combatir soldados!
—¿Ryaul?
—Ya lo dije antes. Yo tampoco--- ¡Ay! —El arqueólogo tropezó con una roca y pegó la sien contra la pared de la caverna. El único lado bueno de caerse tanto era que ya tenía el cráneo muy duro—. Yo tampoco pelearé contra los soldados. —Ryaul se masajeó el chichón. Se levantó con los brazos extendidos para palpar la pared pero volvió a tropezarse enseguida—. ¡Me aplastarían! ¡Me atraparían! ¡Me condenarían por traición! ¡Me...! Ay, creo que me raspé la rodilla. ¿Está sangrando mucho? No puedo ver nada.
Dagda, Riza y Geri soltaron un suspiro colectivo. Si la mantícora hubiese ayudado en los enfrentamientos anteriores quizá ya habrían recuperado a Airgetlam. Pero Ryaul no solo se negaba a intervenir en un enfrentamiento directo, sino que también les recordaba a cada rato por qué era mala idea que interviniera: sin la transformación era la torpeza encarnada. Más que estaba ciego sin las gafas. La única razón por la que aceptó colaborar en la captura de Kael fue porque contaba con que el Guardián de Adad tuviera más éxito que las canciones de Riza en sacarlo de esa bendita cueva.
—Nos vamos apenas Kael se recupere del veneno. —Riza y Geri asintieron a la indicación de Dagda, pero Kael se atragantó.
—¿Iremos en luna de sangre? Sé que dije que les puedo patear el trasero a los Escuadrones, pero no me arriesgaría en una noche así. Además, ¡faltan los demás rebeldes!
—Nadie más vendrá. —Dagda apartó la mirada—. Airgetlam solo nos tiene a nosotros.
Kael tuvo suficiente delicadeza para no tocar más el tema. Afinaron los detalles del plan mientras el Guardián se reponía al veneno de la mantícora.
—No debería de ser tan difícil —apuntó el gemelo—. La teletransportación nos llevará directo a Airgetlam. Prácticamente aterrizaremos junto a él. Solo tenemos que asegurarnos de apartar a los soldados antes de iniciar el camino de regreso.
Para eso necesitaban que Kael atacara como loco mientras Riza, Dagda y Geri recuperaban a Airgetlam. El lobo protegería a los aesirianos si algún soldado ignoraba a Kael para encargarse de ellos, y Riza apoyaría con su arco y flechas a Dagda mientras el gemelo establecía la conexión de regreso al Bosque Ambulante.
—Básicamente es entrar y salir —concluyó Riza. Dagda y Geri asintieron con determinación.
—Lamento arruinarles la fiesta —interrumpió Kael mientras estiraba un brazo adormecido—, pero también tendrán que lidiar con Airgetlam. Él es la verdadera amenaza. Si Arker le dice que pelee, lo hará. La ventaja de Airgetlam no es que sea insensible al dolor o al miedo, sino que ninguno quiere lastimarlo.
Dagda no necesitaba que se lo dijera. Cuando intentó salvar a su hermano en Xadiz, Airgetlam lo derribó al recibir la orden de Enlil. Aun sin el lavado de cerebro, Airgetlam siempre fue más fuerte que él. Sus golpes eran más certeros y dolorosos, aunque más lentos que los de Dagda.
—Si golpeo primero tendré la ventaja. —Riza le lanzó una mirada de reproche—. ¿Qué? Si tengo que noquearlo para salvarlo, lo hago.
Tras atrapar al Guardián, Dagda y los demás aprovecharon que los refugiados dormían y que nadie hacía guardia para así colarlo en una de las galerías cercanas a Adad. Nadie husmearía por ahí ni antes ni después de que rescataran a Airgetlam. Eso les daría tiempo suficiente para que Kael se recuperara, así como para decidir el próximo movimiento apenas rescataran a Airgetlam. De momento Dagda tenía claro que ya no podía confiar en los rebeldes. Mientras su hermano estuviera en ese estado tenía que protegerlo a como diera lugar.
Se pusieron manos a la obra en cuanto Kael recuperó la movilidad. Formaron un círculo y se tomaron de las manos; Riza y Kael pusieron una sobre el lomo de Geri para incluirlo, mientras que Ryaul retrocedió entre tropiezos. Prometió intentar sacar a Adad de su sopor para que el príncipe los estuviese esperando en ese punto. Así empezaría a reparar la mente de Airgetlam lo más pronto posible. Dagda y los demás respiraron muy profundo. Se prepararon para el viaje entre dimensiones. La cueva se curvó. El suelo se hundió bajo sus pies; las paredes se derritieron lentamente como mantequilla; las sombras los rodearon. Giraron junto a ellos despacio, despacio, como fantasmas en medio de la niebla. Desde lejos Dagda sintió la mente débil y vacía de su hermano, y se aferró a ella con todas sus fuerzas. «Si todavía hay algo a lo que pueda sostenerme», pensó mientras unía sus pensamientos ensordecedores a los mudos de Airgetlam, «todavía hay algo que podemos recuperar en su mente». El enlace conectó. Dagda estiró una mano, seguro de que agarraría a Airgetlam al instante siguiente.
Las sombras giraron al lado contrario. El suelo se solidificó, las paredes se reestablecieron y la cueva se materializó de nuevo. Pero esta vez ya no estaban solo Dagda y sus aliados, sino también varios hombres uniformados. Cuatro de ellos llevaban una armadura azul de pecho y hombro derecho; la armadura de otros ocho era de color carmesí, y los restantes llevaban una insignia con el escudo Tonare cosida en el pecho. Eran los telépatas. Uno de ellos agarraba la mano de Dagda con fuerza, sin rastro de calor. Estaba helada como la de un muerto. El muchacho se quedó sin aliento al mirar frente a frente un rostro tan idéntico y a la vez tan diferente al suyo.
Airgetlam lo había atrapado.

****

Una explosión sacudió toda la cueva. Una sección del techo cedió y cayó como cascada sobre el rincón donde los rebeldes guardaban las armas. En la galería principal, niños, adultos y ancianos se sobresaltaron somnolientos y confundidos. La cabra de Luka baló quejumbrosa. Los murmullos de los hombres zumbaron en la caverna. Las voces cálidas de las mujeres consolaron a los niños.
Otra explosión abrió una pared de un tajo. Entre el polvazal salieron el lobo gigante y una figura de enormes alas negras. Por un instante todos creyeron que el mensajero y la mantícora peleaban, pero luego repararon en que la figura alada también tenía silueta de hombre. No era Ryaul. Las voces callaron. Ya ningún rebelde estaba somnoliento ni medio acostado; al contrario, todos estaban en alerta y de pie, listos para escapar si la situación lo ameritaba. ¿Pero escapar de qué? En todo ese tiempo nunca corrieron peligro en la caverna. Ni siquiera el Dragón chiflado los había amenazado. Geri y el alado retrocedieron de espaldas, juntos y tensos. No peleaban entre ellos sino que formaban un equipo contra las nuevas siluetas que surgían de entre el polvazal. Una cascada de gritos inundó la galería cuando los rebeldes reconocieron las armaduras celestes y rojas.
—¡Tch, tch, tch! —sonrió un soldado de Mare—. Oh, Kael. Qué predecible eres. Como si de verdad fuéramos a confiar otra vez en ti.
—¡Suéltenlos! —gritó a su vez el alado—. ¡Libérenlos ahora mismo!
Un oficial de Fuoco llevaba a Riza sujeta del cabello mientras que un telépata, Arker, llevaba a Dagda. Los dos iban golpeados y con cortadas, así como con chorros de sangre por debajo de la nariz y los labios. Les habían dado una paliza. Los telépatas se formaron alrededor de sus compañeros en una posición de defensa, mientras que los Escuadrones tomaron actitud de ataque. Los de Fuoco desenvainaron espadas y lanzas de fuego mientras que los cuatro de Mare destaparon las botas de agua que llevaban a la cintura, junto a las espadas. De ahí sacaron hoces líquidas y lanzas de hielo, que mantuvieron suspendidas hacia los rebeldes y sobre todo hacia Kael y Geri. Antes de que iniciaran el ataque, el comandante los detuvo con un gesto del brazo.
—Eh, Arker —se quejó el soldado que llevaba a Riza—. ¿Qué haces? ¡Empecemos de una vez! ¡Bórrale la mente al otro muchacho para terminar pronto con esto!
—No. —Arker inspeccionó la galería. Vio el horror, la sencillez y la insignificancia de los rebeldes, y miró de nuevo a Kael a los ojos—. Las órdenes del General son recuperar al Dragón y al otro gemelo. No hace falta matar a los rebeldes aesirianos ni a Kael. —Arker bajó los hombros e inclinó la cabeza. Era la última señal de respeto que le dedicaría al Guardián en público—. Atáquenlo pero no lo maten. Lo necesitamos para atrapar al Dragón.
—¿Y qué hay de los vanirianos? —preguntó un soldado de Mare.
—Todo vaniriano es enemigo de nuestro pueblo. Aunque los rebeldes no lo sepan, debemos salvarlos de ellos. Ataquen.
Látigos de fuego azotaron a los vanirianos más cercanos. Las paredes que recibían un roce se deshacían en una cascada de escombros. Las lanzas de hielo volaron en todas direcciones, empalando por aquí y por allá a groliens y arpías. Los gritos inundaron la caverna, así como los pasos apresurados de aesirianos y vanirianos que huían hacia la salida de la caverna. Al principio los soldados se permitieron una sonrisa triunfal porque dominarían sin resistencia, pero al cabo de unos instantes los primeros dos soldados de Fuoco cayeron embestidos por Geri. Cuando un oficial de Mare dirigió la lanza hacia el lobo, un rayo de luz cortó el hielo en miles de fragmentos. Kael también entró en combate con su especialidad en hechizos.
Dagda entreabrió los ojos. Vio las siluetas de los soldados y los rebeldes, pero indefinidas. Eran más fantasmas del Bosque Ambulante. Al único que vio con total nitidez fue a Airgetlam, a unos pasos delante de él, dándole la espalda, inmóvil pero listo a avanzar apenas se le diera la orden. Arker la dio. Airgetlam avanzó junto con el escudo de telépatas, que se dirigían a defender a los oficiales que lidiaban con Geri y Kael. Dagda estiró una mano para detener a Airgetlam pero de inmediato sintió la resistencia de Arker. El telépata lo sostuvo de las muñecas y le pasó un brazo alrededor del cuello para noquearlo con la falta de aire. Era una llave, ¡una de la que Dagda sí sabía cómo liberarse! El gemelo se agachó para que Arker perdiera el equilibrio y dejó caer el codo sobre el abdomen del telépata para sacarle el aire. Arker lo soltó solo por una fracción de segundo. Intentó agarrarlo de nuevo pero ya era demasiado tarde: Dagda se giró hacia él y le dio un cabezazo con todas sus fuerzas. Los dos quedaron mareados, pero el gemelo tenía toda su furia y todo su temor para seguir adelante. Se lanzó hacia Arker y lo derribó con su propia llave.
—¡Debiste hacer caso y borrarme la mente, maldito hijo de puta!
—¡NO! —Arker levantó la cabeza y golpeó el mentón de Dagda. La boca del gemelo se inundó de sangre a la vez que el telépata se salía de la llave y derribaba a Dagda—. ¡El General nunca quiso borrarle la mente a tu hermano! Pero si alguien también va a tocar la tuya, ¡prefiere hacerlo él y no un novato como yo!
Los dos giraron por el suelo, en medio de explosiones y latigazos de hielo; en medio de gritos y estampidas. Dagda olió la sangre. La sintió por debajo de la espalda cada vez que giraba en el piso. ¿De quién sería? ¿Del tabernero grolien que siempre lo miró con malos ojos por ser nieto de Enlil? ¿Del tío Vash? ¿De las niñas arpía que llevaban algo de alegría a la cueva cada vez que se reían con sus vuelos? Otra matanza que era culpa suya. Si no hubiese planeado recuperar a Airgetlam a escondidas de los rebeldes, los soldados no habrían invadido la caverna del Bosque Ambulante. «Pero ellos planeaban matar a Airgetlam a mis espaldas», se recordó. «¡Planeaban quitarme a mi hermano para siempre!».
Como siempre, el enojo le dio fuerzas para seguir peleando. Pero no importaba que su sangre Tonare lo hiciera más fuerte que un mago promedio, o que el entrenamiento recibido por parte de Sigfrid le diera más resistencia que un soldado ordinario. Arker lo superaba en condición física y experiencia. Lo que generalmente era una ventaja para Dagda ahora era nada en comparación con un comandante telépata.
—Date por vencido, por favor —pidió Arker mientras se afianzaba por encima de Dagda—. No quiero pelear si puedo evitarlo. Ahora que tu hermano mayor se ha ido, eres el único heredero con entrenamiento militar para tomar el puesto de tu abuelo. ¿Es que no lo entiendes? Un día serás mi General y quiero servirte bien.
—¡YO NO SERÉ TU GENERAL! —Dagda logró liberar una mano. La convirtió en un puño de hierro y la estrelló contra la nariz de Arker. El crujido del soldado fue alegría para Dagda—. Y algo más. —Separó al telépata con un empujón y se arrastró en el suelo para ganar algo de distancia. Nunca había intentado eliminar la existencia de un objeto, pero estaba listo para destruir a su primera persona. Así se explotara la cabeza, ¡acabaría con todos los soldados!—. ¡No hables de mi hermano como si estuviera muerto! Aún está aquí ¡y lo voy a recuperar!
—Oh... —A pesar de que tenía la nariz torcida y le salía sangre a chorros, Arker miró a Dagda con compasión en lugar de rencor—. Aunque no está muerto sabes que lo has perdido. De verdad que no hay ninguna diferencia.
El corazón de Dagda dio un vuelco de terror. Volcó todo su poder en un único pensamiento: eliminar la existencia del hombre delante de él. Supo que fallaría al tiempo que las lágrimas le nublaban la vista. Destruiría los cadáveres, los rebeles que escapaban, la caverna y a sí mismo, pero no a Arker. Aun con todo el poder de un Tonare, fallaría miserablemente en su cometido. El soldado supo las intenciones de Dagda y se preparó para levantar sus barreras. Antes de que el ataque de Dagda se dispersara en todas direcciones, una bandeja de panadería golpeó al soldado en la cabeza. Fue como si una campana de hierro resonara en la caverna.
Anonadados, Arker y Dagda miraron a la ofensora. Riza tenía la cara ensangrentada y amoratada, pero no se le veía disminuida de ninguna manera. Al contrario, estaba más fuerte que nunca. La muchacha sostuvo con fuerza la bandeja, que era más ancha que ella. Se permitió una pausa para tomar aire antes de reanudar el ataque. Agitó la bandeja a un lado y golpeó a Arker en la barbilla. La agitó al lado contrario y le dio en la mejilla. La volvió a agitar y le dio de lleno en la sien izquierda.
—¿Riza? ¿Qué haces? —preguntó Dagda mientras la muchacha seguía golpeando y golpeando sin que Arker cayera al suelo. No sabía si es que Riza golpeaba muy débil o si el soldado estaba muy confundido como para defenderse, atacar o desplomarse.
—Tu amigo... —agitó la bandeja y golpeó otra vez en la barbilla—... alado... —golpeó en la frente—... dijo que... —golpeó en el pómulo—... el punto débil... —golpeó en la mejilla derecha—... de los telépatas era la... —golpeó en la oreja izquierda—... ¡cabeza!
Riza levantó la bandeja por encima de ella y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre Arker. Cuando la muchacha se apartó, la lámina estaba tan abollada que parecía hecha de papel. Dagda miró la espalda del soldado, todavía erguida, todavía firme. Ese sujeto había aguantado una paliza a la cabeza y seguía en pie. ¿Cómo creyó que él podría derrotarlo con llaves en el piso y alguno que otro golpe? Al fin Arker se desplomó. Cayó de espaldas, con los ojos apretados en moretones hinchados. La bandeja resbaló de las manos de Riza. Solo fue otro ruido más en medio del caos de la caverna, pero para la muchacha sonó como la detonación de un planeta entero.
—¿Lo maté? —preguntó con un hilo de voz. Dagda la atajó antes de que se desplomara y se despellejara las rodillas. Ella miró el cuerpo de Arker, sin saber si el soldado estaba vivo o muerto—. Yo... yo... ¡yo solo quiero a Airgetlam de regreso! —Se refugió en el pecho de Dagda. Aunque su voz sonaba apagaba, el muchacho la entendió con claridad—. Colgaron a mi hermano, quién sabe cómo mataron a mi madre, ¡y se niegan a devolverme a mi Airgetlam! ¡Yo solo...!
—... estás desesperada —concluyó Dagda por ella a la vez que la levantaba—. Entiendo. Vamos. Estoy listo.
—¿Listo para qué? —preguntó Riza con la cara empapada de lágrimas y sangre.
—Para recuperar a Airgetlam. Y luego dejarlo ir contigo.
El pelo de Riza ganó algo de color. Fue muy leve como para que se notara, mucho menos en la caverna iluminada a veces sí y a veces no por los latigazos de fuego del Escuadrón Fuoco. Aun así, Dagda supo que la hizo sentir mejor en medio de la desesperación. Y él también se sentía más tranquilo, porque comprendió que Riza no le arrebataría jamás a Airgetlam. Lo rescatarían juntos. Si salvaban su mente, disfrutarían con él veranos e inviernos venideros. Y si fallaban en recuperar los recuerdos, las travesuras y las sonrisas de Airgetlam, entonces lo cuidarían juntos. Ahí, en esa cueva, se convirtieron en hermanos.
Ryaul pasó corriendo junto a ellos, desnudo y lleno de moretes. Riza volvió a esconder la cara en el pecho de Dagda. Esta vez le ardían las orejas de la vergüenza.
—Yo tampoco quería ver eso... —murmuró Dagda entre dientes. ¡Ah, Ryaul! ¡Vaya manera de arruinar ese momento de entendimiento!
Sintió calor. Mucho calor. Un ronroneo grave vibró con una suave amenaza entre las rocas. Al mirar al interior de la galería, hacia el túnel que llevaba a lo más profundo de la caverna, Dagda vio dos ojos amarillos, gigantescos y locos. Comprendió por qué Ryaul corría así: se había desvestido para transformarse y escapar. ¡Por eso no se había tropezado aunque había tantos cadáveres alrededor! Dagda agarró a Riza de la muñeca y echó a correr con ella.
—¡¿Qué pasa?! —preguntó la muchacha. El calor se expandió por el piso y las paredes de la caverna.
—¡Es Adad! ¡Algo lo molestó y creo que despertó de muy mal humor!
No tuvieron problemas de pasar entre los soldados y los rebeldes, pues Ryaul había pasado antes por ahí ya transformado en mantícora; los oficiales todavía se recuperaban del paso del transformado y retomaban sus posiciones. Uno de Mare preparó una hoz de agua en cuanto vio al gemelo, pero el arma cayó con un chapoteo en cuanto el soldado vio la figura que salía de las profundidades de la caverna. El enfrentamiento cesó para convertirse en un «sálvese quien pueda». La multitud se convirtió en una estampida.
Riza y Dagda lograron mantenerse juntos, aunque a duras penas. Cuando llegaron a las afueras de la caverna, Riza jaló a su amigo a la vez que señalaba al grupo de telépatas a la orilla del lago inmóvil. Airgetlam estaba ahí, empapado de sangre enemiga. Tenía la espada desenfundada. Cadáveres de hombres y niños vanirianos estaban desperdigados bajo sus pies, pero su mirada estaba fija y vacía en algo más: dos soldados de Fuoco habían prensado las alas de Kael al suelo con un par de cadenas gigantes que estaban al rojo vivo. Dagda comprendió por qué Adad había despertado: el dolor de su Guardián lo había llamado.
El aliento cálido y furioso del Dragón sopló detrás de ellos. Todos, rebeldes y soldados, miraron hacia la figura oscura que atravesaba la cascada. Retrocedieron lentamente, demasiado asustados como para correr, demasiado anonadados como para quedarse plantados en un solo sitio. Dagda tragó fuerte. Adad jamás lo lastimaría. El príncipe simpático, juguetón y cariñoso que lo cargó de caballito y le enseñó las bromas más creativas nunca le haría daño. Pero ese no era Adad, o al menos no lo era en ese instante. Enlil no le había lavado la mente pero estaba igual de perdido que Airgetlam. Adad también necesitaba que alguien lo rescatara.
—¡Nuestro príncipe está aquí! —exclamó el líder de Fuoco.
El soldado se acercó a Kael; lo agarró del pelo y lo levantó para que mirara de frente a Adad. El alado apretó los labios pero no se permitió gritar. Aunque las cadenas le quemaban las alas estaba dispuesto a soportarlo por Adad.
—Eh, diste una gran batalla —le dijo el oficial—. Derribaste a tres de los nuestros antes de que pudiéramos rodearte. ¡Bien hecho! No cualquiera se enfrenta a un Escuadrón de los Elementos.
—Hay algo que no comprendes —masculló Kael—. Ustedes no me están usando para atrapar a mi príncipe. Yo los estoy usando para recuperarlo.
Kael estiró el codo hacia atrás para golpear el abdomen del soldado. El oficial se apartó con un paso ligero y una sonrisa burlona, seguro de sí mismo. Pero no contó con que Kael giraría en el aire, a su altura. Las cadenas incandescentes que le sostenían las alas giraron con él, así como los otros dos oficiales que las tenían sujetas de los extremos. Con el giro ambas cadenas golpearon al líder de Fuoco, quien cayó con un estruendo metálico idéntico al de sus dos subordinados. Para cuando se levantaron ya Kael había alzado el vuelo con las alas heridas, todavía atravesadas por las cadenas desde los extremos contrarios. El soldado del desierto trazó un círculo de luz frente a él. Se permitió una sonrisilla cuando vio la cara que pusieron sus compañeros en el suelo.
—Sí que se les había olvidado, ¿eh? —los picó—. Tranquilos. Ahora siempre recordarán que todavía les puedo patear el trasero.
El aro de luz se prendió. Los soldados de Escuadrón se refugiaron detrás de los telépatas, quienes levantaron un escudo telequinético para recibir la descargar de energía. Kael sonrió más, casi enternecido por la inexperiencia de los oficiales. ¡Como si de verdad fuese a lanzar un ataque que ellos pudieran bloquear! Bajo los pies de cada soldado se dibujó un círculo de luz idéntico al de Kael. Cuando el mago alado disparó, la energía los golpeó desde el suelo.
Los gritos y las centellas calzaron muy bien con la niebla espesa alrededor de la cueva. Al principio los rebeldes miraron el ataque anonadados. Luego uno alzó un puño victorioso y soltó una exclamación de júbilo. Los demás lo imitaron. Todos se habían olvidado del Dragón.
—¡Detente, por favor! —gritó Dagda entre los rebeldes—. ¡Lastimas también a Airgetlam!
El gemelo uniformado no gritaba, pero el hechizo lo hacía convulsionar de pie, como al resto de los soldados. Kael deshizo el círculo con un gesto de la mano. Los oficiales cayeron de rodillas, entre el abucheo general de los rebeldes. Un vaniriano apretó los puños. Dio tres pasos furiosos hacia el soldado más cercano hasta que el hombre de armadura escarlata levantó la mirada y lo vio con ojos completamente lúcidos. Aunque estaban adoloridos, cada soldado se irguió. Los músculos de la cara les temblaban por la electricidad que todavía corría por sus cuerpos, pero se mantenían más que espabilados. Ahora sí estaban listos para luchar con todo.
—Basta —dijo Kael desde lo alto.
El soldado voló lentamente hacia la cascada. La cabeza acorazada de Adad se asomaba por entre la caída de agua. Sus ojos miraban desenfocados hacia todas partes, furiosos, tristes, confundidos y asustados. Cuando Kael se detuvo delante de él, el Dragón enfocó los ojos desquiciados en la figura del Guardián. Peló los colmillos. El calor de su cuerpo se intensificó. La cascada empezó a echar vapor.
—Gracias por venir por mí, Alteza —murmuró Kael mientras estiraba una mano temblorosa hacia la cabeza del Dragón, justo en medio de los ojos. En su mente se decía que no tenía nada que temer. No había por qué temblar—. Ya estoy aquí. He venido a servirte, mi pequeño Adad.
Al poner la mano sobre las escamas de noche, Kael sintió el frío de Adad. Los ojos amarillos y locos se hicieron grises y dulces. El Dragón lo miró, ¡y Dios!, lo reconoció. Adad echó la cabeza hacia adelante tan de repente que Kael estuvo a punto de caerse. Logró afianzarse a la frente del príncipe y abrazarlo, al menos en esa forma.
—Ya estoy aquí, Adad. Por favor no vuelvas a dejarme atrás. Nunca más.
—¡KAEL! —gritó el líder de Fuoco—. Trae tu trasero aquí abajo en este instante. No reportaremos este «malentendido» si cumples las órdenes del General y llevas al príncipe Dragón de regreso a donde pertenece.
—Oh, sí que lo llevaré —respondió el alado. El Dragón se apartó un centímetro, asustado. Aunque Adad tenía la majestuosa forma de una bestia, en su corazón seguía siendo el niño temeroso de una traición—. Pero él es quien decide a dónde pertenece. Lo llevaré a Su Majestad pero solo cuando mi príncipe esté listo. Ahora ya se pueden ir a darle mi mensaje a los Generales: ya estoy listo para retomar mi lugar de Guardián junto a mi protegido.
—Oh, eso sí que no —masculló uno de Mare—. ¡No vinimos hasta esta tierra de nadie para marcharnos con las manos vacías!
El soldado estiró las manos hacia el lago. Un látigo de agua surgió de la superficie; al principio era fino como un lazo, pero conforme el soldado le daba forma se hizo grueso y duro. Era la hoz de agua más grande que nadie había visto jamás. Los rebeldes jadearon y contuvieron el aliento. El oficial de Mare sonrió, seguro del horror que provocaba en sus víctimas.
—¡El lago! —aulló una mujer—. ¡Tocó el lago!
Al verles los ojos, el soldado se percató de que los rebeldes no lo miraban ni a él ni a la hoz, sino a la superficie lisa como espejo. Ni una onda crecía desde el centro. Ninguna ola se agitaba hacia la orilla. De repente, el estallido de la catarata se detuvo. La cascada quedó suspendida en el aire; cada gota inmóvil en su sitio. No hubo ni un ruido, como si algún dios caprichoso hubiese silenciado la dimensión del Bosque Ambulante.
«Deberíamos irnos», quiso decir Dagda a Riza. Pero cuando movió los labios no emitió ninguna palabra. Riza cambió el peso de una pierna a otra, pero las hojas y los guijarros húmedos no crujieron bajo sus pies. Ella también quería marcharse, pero se dio cuenta al mismo tiempo que Dagda, y al mismo tiempo que los demás rebeldes, que no podía.
Había algo detrás de ella.
Había algo detrás de cada uno de los rebeldes.
Podía moverse. De hecho temblaba de pies a cabeza. Pero estaba segura de que si miraba por encima del hombro o si echaba a correr en dirección a los árboles, se toparía con el verdadero rostro del Bosque Ambulante. «No, con todos los rostros ocultos en él», se corrigió. Ni siquiera tenía el valor para mirar más allá de los hombres y mujeres al otro lado del lago. Solo podía mirar la superficie, de donde pendía la hoz que el soldado había invocado. El oficial también se había quedado inmóvil, presa del miedo de la figura que percibía a la espalda y del agua inmóvil que había perturbado.
De la punta filosa de la hoz resbaló una gota, que recorrió el arma con la delicadeza y premura de una bailarina. Cuando llegó a la base del arma, permaneció suspendida sobre el lago en una espera paciente y dolorosa. Cuando al fin cayó a la superficie, lo impensable ocurrió: formó una onda perfectamente circular que se expandió hacia la orilla del lago.
La hoz cayó en cascada y se levantó de nuevo con una ola gigantesca. Un alarido agudo surgió del lago. Dagda alcanzó a ver que unos largos dedos blanquecinos surgían del agua; no supo si eran de carne fría y putrefacta, o de agua espesa. Sus ojos se movieron por los dedos, en dirección al brazo, al hombro y a la cara de lo que fuese que surgiría del lago; pero en ese momento una mole lo derribó al suelo. Riza y él quedaron sepultados sobre Geri. El lobo tenía el pelaje erizado. Su corazón palpitaba tan aprisa y tan fuerte que clavaba a los dos aesirianos al suelo. Aunque no se podía escuchar nada por encima del grito eterno del lago, Dagda supo lo que Geri quería decirle: «¡No lo miren!».
El mensajero pegó el hocico al suelo y se tapó los ojos con las patas delanteras. Dagda se asomó por debajo del lobo en busca de aire. Entreabrió los ojos y vio que los rebeldes más cercanos también se habían echado al suelo. Estaban arrodillados, con la frente pegada a los guijarros húmedos y las palmas extendidas hacia el lago; sumisos como vasallos ante un dios en su templo. A Dagda se le ocurrió que eso era precisamente lo que pasaba: el Bosque Ambulante no solo era un refugio sagrado, sino un templo, y los soldados lo habían profanado. La deidad de ese sitio se haría cargo de ellos.
Vio el contorno del pie de la silueta que había esperado detrás de él. Era negro y mugriento, como un cadáver cubierto en brea. Cerró los ojos y pegó la frente en el suelo. Ya había visto más de lo que debía.
Los soldados no se arrodillaron. Miraron fijamente, apresados, juzgados, condenados. Sus gritos se unieron al alarido del lago y a la marcha chapoteadora de los fantasmas del bosque.

****

Aunque la cantimplora estaba llena, Sakti la dejó sumergida en el río por más tiempo. La corriente helada le adormecía la mano. En la superficie se reflejaba una versión distorsionada de la luna carmesí. De repente, la princesa odió la luna. En un arrebato de furia sacó la cantimplora, tomó impulso y la lanzó al centro del río, ahí donde el reflejo de sangre se reía de ella. Cayó con la fuerza de un proyectil, pero al instante siguiente la corriente se reestableció y la luna volvió a reflejarse con burla.
Sakti apretó los dientes y respiró profundamente. ¿En qué estaba pensando? No podía darse el lujo de perder la bendita cantimplora y esa imprudencia tan solo le volvió a lastimar el brazo. No tenía cómo calmar el dolor, pues ni Darius ni Freki estaban cerca para frotarle con suavidad la herida, y ella tampoco podía hacerlo sin brazo izquierdo. No le quedó más remedio que aguantarse, desnudarse a como pudiera y buscar la cantimplora. Si tenía suerte la corriente todavía no se la habría llevado río abajo.
Otra persona habría refunfuñado por meterse a un río helado en plena madrugada, pero Sakti tenía experiencia en guardarse las quejas. Además, el agua era lo único que la mantenía espabilada y unida a esa horrorosa realidad donde ya no había un Connor. Su corazón de hielo pertenecía al frío.
—Allena —la llamó Freki desde la orilla—. Te dará una recaída. Ven.
—Busco la cantimplora —se excusó la princesa.
En esa parte el río era poco profundo, lo suficiente para que pudiera agacharse y tantear el fondo con el brazo lastimado. Freki le advirtió que podría torcerse un tobillo. No hubo la princesa descartado la advertencia con un giro de los ojos cuando, en efecto, el pie derecho se quedó prensado entre dos piedras. Sakti perdió el equilibrio, se torció el tobillo y cayó. Quedó sumergida por unos instantes. Consiguió erguirse al poco tiempo pero tenía una nueva herida. El único lado bueno era que encontró la cantimplora.
Regresó a la orilla con renquera. Freki la eximió de una mirada de «Te lo dije». En lugar de eso, el lobo vio la ropa de Sakti y el pañuelo donde ella había desplegado el botín de esa noche: moras, hongos, castañas y hasta pescados. La princesa se sacudió el agua del pelo y sopló sobre el pecho, brazo y muslos. El aliento de Dragón bastó para secarla, aunque todavía temblaba del frío.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella mientras tomaba la blusa—. ¿Por qué dejaste a Darius solo?
—Al fin se quedó dormido —murmuró el lobo. Tenía la voz ronca.
—Igual no debiste dejarlo solo. —Mientras se vestía, Sakti señaló el cielo con la barbilla—. Hay luna de sangre y él es un profeta. Tendrá pesadillas, caminará dormido y se hará daño. Y además... —Sakti tragó fuerte. Otra vez tenía un nudo en la garganta—. Está triste...
La voz apenas le salió. Ella y el mensajero guardaron silencio, en espera a que la princesa al fin se rompiera como Darius. Pero no pasó nada. Sakti resopló. No podía llorar. Había perdido esa capacidad aun antes de la fusión. Quizá la muerte de Mark rompió tanto a la portadora y al Dragón que ahora ella no podía desmoronarse. Lo que ya estaba roto no podía romperse de nuevo.
Freki agachó las orejas. Antes de que Sakti terminara de vestirse, el lobo echó la cabeza sobre el hombro sano de la princesa en busca de consuelo. Sakti se lo dio. Le acarició el lomo en silencio hasta que el lobo dejara de temblar. Por suerte Freki se tranquilizó pronto, porque ella de verdad estaba preocupada de que Darius tuviera un ataque de sonambulismo o que una pesadilla lo despertara y se encontrara solo con su tristeza.
—Te duele el brazo —murmuró el mensajero—. Pero aun así abrazaste a Darius cuando se puso a llorar; aun así buscaste comida para hacerlo sentir mejor; y aun así buscaste la cantimplora que tú misma tiraste.
Sakti guardó silencio. Aunque era reservada era sencilla de entender por quienes la conocían mejor. Si Darius no estuviese tan afectado él también se habría dado cuenta de los miles de esfuerzos que ella hacía para cuidarlo. Se habría dado cuenta de que lo abrazó y le acarició el cabello aunque esos movimientos hacían que el brazo le doliera horrores; habría notado el sabor suave del té que le sirvió a lo largo del día para calmarle los nervios; o el silencio con que prendió la hoguera para no perturbarlo; o que ella había recolectado moras para hacerle una mermelada para el desayuno. Con el tiempo Darius lo notaría, pero aún le tomaría tiempo. Aún tenía que procesar la noticia recibida el día anterior. Aunque había llorado al instante entró en negación y echó a andar a lo que quedaba de campamento neutral, solo para desplomarse otra vez cuando asomó la luna de sangre. Porque ella lo conocía bien –o en todo caso, porque una vez la portadora y el Dragón lo conocieron mejor– supo que Darius entraría y saldría de la negación a la desesperación una y otra vez. Y mientras estuviera así ella haría todo lo posible para llevarle un poco de consuelo, aunque fuese en forma de mermelada.
—Allena, eres muy buena con él. Pero ¿cómo te sientes tú?
—... Culpable. Yo fui la que instigó a Connor.
En cualquier momento eso le explotaría en la cara. Sin importar cuántos abrazos, té o mermeladas hiciera para Darius, la única forma de ayudarlo de verdad era estar ahí cuando al fin el profeta reventara y la señalara con el dedo. Sakti esperaba ese momento con tensión y miedo. Podía soportar que Darius estuviera furioso con ella pero no que el profeta se le alejara cuando no había nadie más cerca para consolarlo.
Freki le lamió la mejilla. Ahora era su turno de consolarla a ella.
—¿Qué pasará con él cuando ya no estemos? —preguntó el lobo.
Sakti sacudió la cabeza. Había mucho en el futuro en lo que no quería pensar.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!