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Capítulo 24

24
INCONDICIONAL


Los gritos le helaron la sangre. Aunque no creaban ningún desbalance, le parecieron peores que los de la luna de sangre que alumbraba en el cielo. Los soldados le dieron paso al General aunque miraban hacia la tienda con completa estupefacción. Esos gritos eran imposibles. Cuando atravesó el umbral, Enlil vio a dos curanderos sosteniendo a su nieto. Airgetlam se debatía contra ellos entre jadeos y aullidos. Su ojo derecho estaba desenfocado, pero miraba en todas direcciones sin poder ver nada. Su rostro tenía surcos de lágrimas y sangre. El lado izquierdo de la cara estaba marcado con tres arañazos profundos. Uno pasaba por encima del párpado.
Enlil corrió hacia él y le puso las manos sobre la cabeza. El muchacho se detuvo de inmediato, desfallecido.
—Esto... —susurró Enlil mientras veía las imágenes en la mente del muchacho—. Esto no puede ser.
Pero lo era. Las escenas pasaban una detrás de otra en la cabeza de Airgetlam, sin pausa. La navaja en el cuello. El día familiar en la playa. El lobo ensangrentado sobre su regazo. Enlil, prometiéndole que no dejaría que lastimara a su familia. La palabra aullada en la mente cuasi vacía, más fuerte en cada repetición del ciclo de imágenes. «¡Nooooooooo!». Otra vez la daga, la playa, el lobo, el General y el grito. Todo una y otra y otra vez, sin descanso.
¿Cómo llegaron esas imágenes ahí? ¿Eran reales? Enlil no lo sabía. Parecían recuerdos pero estaban distorsionados. Solo podía dar fe de uno: en el que él mismo le prometía a Airgetlam que no lo obligaría a lastimar a su familia. «¿Fue eso lo que derrumbó el lavado?», se preguntó. «¿Es que acaso Airgetlam... lastimó a alguien de su familia?». La idea le hizo un nudo en el estómago. Pensó en su pobre Darius. Enlil ya había recibido la noticia de la muerte de Connor. ¿Era posible que Airgetlam matara a otro de sus hermanos? Pensó en lo mucho que la muerte de Njord golpeó a Darius. ¿Cómo reaccionaría ahora el profeta con la muerte de dos cachorros más?
El General descargó su puño en la mesita de noche aledaña. Rompió las botellitas y frascos con calmantes que los curanderos pusieron ahí para ayudar a Airgetlam. Los médicos respingaron y bajaron la mirada de inmediato. Ellos también sabían de la muerte del nieto del General. Si lamentaban la muerte de Connor por ser un doctor talentoso, la lamentaban aún más porque Enlil no la llevaba nada bien.
Después de unos segundos de tenso silencio, Enlil soltó un largo suspiro.
—¿Cómo llegó hasta aquí?
—Lo trajo Arker —respondió un médico—. Solo ellos dos regresaron. Arker no está seguro de lo que pasó, pero dice que el Bosque Ambulante protegió a los rebeldes.
—Tal vez pueda dar más detalles después —se aventuró el otro doctor—. Pero ahora está en revisión. Le dieron una paliza. Dijo que fue una chica. Y un lobo.
El estómago de Enlil se encogió aún más. ¿Solo regresaron Airgetlam y Arker? Y en un estado tan lamentable, además. ¿Qué habrá pasado con los otros soldados?  Subestimó las defensas de los rebeldes y sobreestimó la efectividad del lavado mental. «Lo he hecho todo mal», pensó con los dientes apretados. «Airgetlam no debió haber lastimado a ninguno de sus hermanos. Airgetlam no debía de sentir dolor nunca más en la vida».
Respiró hondo y se concentró para borrar los recuerdos que invadieron la mente de su nieto. Pero justo antes de empezar, lo detuvo la imagen de Darius. Esa no venía de la mente perturbada de Airgetlam, sino de la suya propia. Era otra vez la memoria de su hijo en la casita del lago, el día que confundió a alguien –¿una sirvienta?, ¿una esposa de Enlil?, ¿a quién...?– con Njord y apuñaló a su padre sin darse cuenta. La mirada de Darius en ese entonces fue tan triste y desgarradora... Enlil no quería verlo así nunca más. No quería que el mestizo volviese a sufrir tanto. Con la muerte de Connor su tristeza era segura. «Pero por una vez en la vida no tengo la culpa de esa muerte», pensó el General. «Por una vez en la vida, no tengo nada que ver con la desgracia de mi hijo». Y ahora tenía a Airgetlam literalmente en las manos. Podía deshacer el mal que hizo en Xadiz cuando le lavó la mente a su nieto. «Por esta vez, puedo enmendar el mal que he hecho».
Salió de la tienda unos minutos después. Airgetlam dormía en el catre mientras los curanderos le limpiaban las heridas.
Enlil sintió un hormigueo por debajo de la piel. El suyo fue un acto de traición. ¿Pero se sentía culpable? No, para nada. Nadie tenía por qué enterarse de lo que hizo.
El lavado hecho en Xadiz no tenía remedio, pero si atenuaba las memorias rotas que aparecieron en la mente de Airgetlam quizá el muchacho sería capaz de aprehender nuevas experiencias y convertirlas en recuerdos. Enlil no podía traer de regreso al antiguo Airgetlam. Pero con un control débil en su mente, los príncipes Dragón tendrían más suerte en romper el primer encantamiento del General. Y aun si ellos no encontraban a Airgetlam, el muchacho podría armar una personalidad propia al cabo de unos meses. «Todo lo que tengo que hacer», meditó el General, «es acabar cuanto antes con la Profecía. Airgetlam podría comenzar de nuevo en un mundo ya salvado». Esa idea le infundió ánimos.
Pero cuando entró a su tienda personal, el desaliento lo atacó de nuevo. Había cubierto la tienda con cinco toldos para que le llegara menos resplandor de luna. También se había tomado su dosis de jarabe. Pero aun así sentía que todo el mundo se le venía encima. Se sintió abatido de nuevo por la noticia de la muerte de Connor. Su nieto, aquel muchacho que había visto una única vez en la vida, y que había dejado una marca tan grande en todos los que lo conocieron. Se preguntó si haber visto de nuevo a Connor lo habría ayudado a enfrentar todos sus remordimientos. Ahora nunca podría saberlo.
Tuvo ganas de voltear las mesas, patear las sillas y baúles, agarrar a puñetazos el armario... Se contuvo porque ya no le quedaba nada que golpear. Anoche, cuando recibió la noticia de la muerte de Connor, rompió todo en su tienda. Allí solo había papeles desperdigados y muebles destrozados. Durmió en el desastre y aun en el día mantuvo el desorden intacto. Ni él lo limpió por su cuenta ni dejó que ningún oficial se encargara. Cada vez que veía algo ordenado e inmaculado, sentía que la luna carmesí se reía de él para obligarlo a desencadenar el caos. Lejos de sentirse aliviado al romper muebles y papeles, se sentía más enojado y triste.
—Tienes un aspecto espantoso —murmuró Sigfrid desde el rincón más oscuro de la tienda.
Enlil dio un respingo. Si un príncipe se hubiese colado allí cuando estaba de tan mal humor, le habría molido los huesos de las manos como venganza. Pero la intromisión de Sigfrid no le desagradó. Al contrario, lo alivió.
—Mira quién habla. —Enlil enarcó una ceja ante el aspecto de su amigo—. Te ves terrible. Deberías estar en Tyr. ¿Qué haces aquí?
Sigfrid llevaba la gruesa capucha que solía ponerse encima en las noches de luna llena. Sus manos vendadas y de dedos largos asomaban por las mangas. Todo él estaba cubierto, salvo el rostro. «Otra vez perdió peso», pensó el Segundo General al ver que su amigo tenía muy marcados los pómulos. Estaba pálido; en el pelo y la barba le asomaban canas de plata que Enlil no supo si se harían rubias en cuanto pasara la luna, o si se quedarían así para siempre. Además, en las mejillas y en la frente tenía pequeños orificios, como pecas, pero de donde salían diminutas púas. Los ojos también le habían cambiado. Dependiendo de desde dónde se lo mirara, parecía que Sigfrid todavía conservaba los ojos azules aunque de otra tonalidad; pero a veces los ojos parecían canicas de plata. ¿Cómo se vería el Primer General sin los cinco toldos que Enlil puso sobre la tienda? Seguro que terminaba de transformarse y mandarlo todo al carajo.
—Escuché lo de tu nieto, el doctor —contestó Sigfrid—. Lo lamento.
Enlil abrió la boca para darle las gracias, pero no le salió la voz. Se le murió en la garganta, asfixiada por un nudo. Solo pudo agachar la cabeza y guardar silencio. Sigfrid no lo presionó para que dijera nada. Aunque fuera difícil de imaginar, el Demonio Montag tenía una paciencia de santo ante el luto de sus amigos. Sabía respetar los silencios y cortar las dudas del corazón con palabras filosas, crueles inclusive, que liberaban la tristeza del alma. Enlil no sabía si alguien más conocía ese lado de Sigfrid, o si era una cualidad que su amigo solo le mostraba a él.
—Lo conociste en la firma de la tregua —dijo al fin con un hilo de voz—. ¿Era un buen muchacho?
Sigfrid le mantuvo la mirada. No parpadeó en los segundos siguientes mientras buscaba las palabras correctas.
—No apruebo su campamento, su tregua ni todo lo que hizo al lado de vanirianos —contestó el Primer General—. No apruebo nada de lo poco que supe de él. Pero es una lástima. Tenía el talento y el carisma de un buen líder. Habría sido un aliado valioso para Su Majestad, como lo eres tú. —Sigfrid cerró los ojos—. Habría valido la pena verlo al lado del Emperador.
Enlil también cerró los ojos para imaginar una versión de la historia donde Connor hubiese sobrevivido, no como doctor neutral sino como miembro de la Corte de Su Majestad. Connor se habría ganado su sitio ahí, no por ser profeta, no por ser Tonare, sino por ser él mismo. Si el muchacho hubiese aceptado las propuestas del príncipe Harald y del Emperador de convertirse en jefe de los soportes médicos del Imperio, estarían un paso más cerca de recuperar las zonas invadidas por vanirianos y de abrir las puertas de la Profecía. «Tal vez, si le hubiese hablado, si lo hubiese convencido, quizá...». Pero no había «quizá» que valiera. Ya no habría una historia aesiriana con Connor como protagonista. Era otro remordimiento que Enlil se llevaría a la tumba.
—Escuché a tu otro nieto —dijo entonces Sigfrid—. Gritaba casi tan fuerte como la luna.
La piel de Enlil se erizó, aunque se esforzó en mantener el rostro impasible mientras Sigfrid continuaba:
—¿Qué le ocurrió a Airgetlam? El lavado no debería dejarle gritar así.
Sigfrid volvió a situar los ojos en los de Enlil. Ahora parecían canicas de plata con destellos de azul.
—Lo envié con los telépatas, Fuoco y la mitad de Mare a buscar a los rebeldes y al príncipe Adad. Solo él y Arker regresaron. No sabemos qué fue de los demás.
—¿Lo enviarás de nuevo?
—Sí, en cuanto sus heridas estén mejor.
Sigfrid asintió despacio, todavía con los ojos fijos en los de su amigo.
—Gritaba, pero ya guarda silencio. ¿Le hiciste algo?
—Vacié su mente de una distorsión.
—No debería tenerla.
—No, pero la tuvo. Creo que se la hizo el refugio de los rebeldes. Desde hace un tiempo sospechamos que están metidos en una dimensión alterna o en un espacio intermedio entre dos mundos. Por eso la alarma de geolocalización falla cada vez que los Fafnir cruzan esa maldita niebla. Imagino que lo mismo que bloquea la señal de los Fafnir, intervino en la mente de Airgetlam.
—¿Y aun así lo enviarás de nuevo?
Sigfrid enarcó una ceja inquisidora, pero Enlil le mantuvo la mirada. Supo que desconfiaría. Era de esperarse que el Segundo General quisiera mantener cerca a su nieto para evitar que corriera un nuevo peligro. Resultaba sospechoso que ahora quisiera enviarlo al sitio donde el lavado de mente flaqueó.
—Solo él y Arker regresaron —repitió Enlil. Tenía que despistar a Sigfrid—. Arker es del Ejército de Aesir, y por eso tiene mejor potencia con las artes de la mente. Airgetlam es un Tonare y tiene un lavado de mente, así que es aún mejor que Arker. Cuando estén recuperados, me guiarán a los rebeldes.
—Planeas atrapar al príncipe Adad tú mismo.
—Es lo que se me ordenó.
—¿Qué hay de Kael?
Enlil levantó los hombros.
—Airgetlam carece de palabras y Arker recibió una paliza. Es posible que nunca sepamos qué ocurrió con todos los soldados que envié con ellos, Kael incluido.
Sigfrid bajó los ojos. Aunque apenas tenían información sobre lo ocurrido en territorio rebelde, conocían bastante bien a Kael. El Guardián estaba al mismo nivel de Arker y Airgetlam. Si hubiese podido volver, lo habría hecho. O se dejó atrapar por los rebeldes para estar cerca de Adad o se unió por voluntad propia a ellos para servir a su príncipe. Lo sabrían en unos días, cuando Arker y Airgetlam estuvieran en condiciones de guiar a Enlil, y cuando el Segundo General se hubiese despedido de su nieto muerto.
Sigfrid volvió a situar la mirada en la de Enlil. El Segundo General supo que su amigo no le creyó. Por una fracción de segundo Sigfrid le dejó ver dentro de su mente. Aunque no había un pensamiento completamente definido, había un gran esbozo de la verdad. Algo que podría resumirse en «Sé que no te limitaste a borrar la distorsión de Airgetlam. Sé que has debilitado el control que tienes sobre él. Sé que has traicionado al Emperador al darle a tu nieto una pequeña oportunidad de recuperar su mente, rehacer su vida y escapar. Pero estoy bien con ello. No me he dado cuenta de nada. Los dos estaremos muy sorprendidos si un día Airgetlam se va de misión y no regresa nunca más. Levantaremos los hombros, nos rascaremos la cabeza en la más completa estupefacción y miraremos hacia otra parte mientras tu nieto borra sus huellas y desaparece por completo de nuestras vidas». Sigfrid no se atrevió a darle cuerpo a esa idea, quizá porque entonces le costaría más fingir ignorancia cuando Airgetlam formase una personalidad propia y escapara del ejército que lo trataba como marioneta.
A Enlil no lo sorprendió que Sigfrid descubriese lo que hizo con Airgetlam. Más sabe el Diablo por viejo que por Diablo, y Sigfrid era aún más viejo que el Diablo. Lo que lo tomó desprevenido fue ¿por qué Sigfrid lo permitía? Con lo cerca que estaban de acorralar a los príncipes Dragón y enviarlos a la Profecía, ¿por qué arriesgarse a dejar floja la correa del único profeta que habían logrado atrapar?
Aunque Sigfrid mantuvo la vista fija, cerró el flujo de sus pensamientos. Enlil no podría hallar una respuesta satisfactoria sin forzar la mente del Primer General, y eso era algo que Enlil no haría sin el consentimiento de su amigo. Era un límite no impuesto en voz alta, pero respetado a cabalidad.
—Esta es la última noche de sangre del mes. Mañana será la gran pira en honor a tu nieto. Si lo tienes a bien, me gustaría presentar mis respetos a tu lado.
Enlil asintió. Quizá Sigfrid no tenía ningún motivo especial para dejar pasar la correa floja de Airgetlam. No sería la primera vez que el Primer General hacía la vista gorda en favor de su amigo. Quizá esta nueva indulgencia era el pésame de Sigfrid, su regalo para aligerar el luto de Enlil tras la muerte de Connor.
El Segundo General la recibió con agrado, sin sospechar que lo que movía a Sigfrid era la culpa.
A pesar de que desaprobaba el campamento y las treguas de Connor, el Primer General lamentaba su muerte. Aunque no empuñó la daga que le arrancó el corazón ni sabía cuál sicario se encargó del golpe final, o tan siquiera por qué el ataque se adelantó durante la noche carmesí, la sangre de Connor también estaba en sus manos. Él sabía y no le dio aviso a Enlil. Por cumplir al Emperador, le falló a su amigo.
Era otro remordimiento que Sigfrid se llevaría a la tumba.

****

La luna sonreía sangre sobre el mundo. Aturdidos por los gritos del cielo y aletargados por el jarabe traído del campamento neutral, los soldados se tapaban la boca, las orejas y los ojos para no gritar, escuchar ni ver los tambaleos de los otros mientras hacían sus rondas. Avanzaban en círculos por el campamento, dando tumbos como marionetas con los hilos cortados.
En ese letargo, ninguna silueta se diferenciaba de otra. Por eso nadie se fijó en él.
La cortina de la tienda médica ondeaba abierta. El catre de Airgetlam estaba vacío.

****

Dagda avanzó aunque tenía entumecidas las piernas, los dedos de las manos y el corazón. La madrugada le sacaba suspiros helados que flotaban delante de su cara como fantasmas. No vino preparado para el frío. Llevaba meses diciéndose que todo se resolvería rápido. Que regresarían antes de caída la noche. Que no tardaría mucho, que recuperaría a Airgetlam pronto... Eso mismo se dijo al dejar el refugio rebelde. No se preocupó en llevar provisiones o abrigo porque se suponía que no los necesitaría. Si le daba frío, Geri lo abrigaría con su pelaje. Si le daba hambre, Geri lo ayudaría a cazar. Si se desanimaba, Geri lo alegraría. En lugar de eso caminaba por su cuenta en el umbral entre el Bosque Ambulante y el resto del mundo, mientras que Geri estaba solo en medio de la niebla.
Apretó los ojos para suprimir las lágrimas. Dejó el cadáver de su amigo en el mismo sitio donde murió. No pudo cavarle una tumba, ni cubrirlo con hojas y ramas. Sabía que no tuvo otra opción, porque habría perdido tiempo valioso para seguir la pista de Airgetlam. Entonces la muerte de Geri habría sido en vano. Pero aun así sentía que lo había abandonado. Lo menos que merecía el lobo tras su sacrificio era una gran tumba, con una bonita lápida y montones de flores. Saber que nunca podría dársela pesaba en el corazón de Dagda como una roca. «Ojalá que el Bosque Ambulante no lo abandone. Ojalá lo limpie, lo prepare y lo despida como hizo con los vanirianos». Aunque era su trabajo limpiar la sangre del pelaje y el hocico de Geri, Dagda se sentía mejor con la idea de que las manos fantasmagóricas del bosque acicalaran a su amigo para su próxima carrera en el Más Allá. «¿La tendrá?», se preguntó mientras se restregaba las lágrimas y se manchaba la cara de tierra y sangre. Geri fue mensajero del Tercer Dragón. ¿Significaba que con su muerte regresó a Jillian? Si así era, ¿entonces vería parte de la esencia de su amigo la próxima vez que encontrara al sepulturero ciego?
El chasquido de una rama cortó esa idea.
Salió de la niebla y entró a un bosque nuevo, donde se respiraba el aroma de la última llovizna. En el suelo estaban las hojas y flores caídas de los árboles, que reflejaban el ligero resplandor carmesí de la luna. Al levantar la mirada Dagda se vio, como en un espejo, en la cima de una pequeña colina, bajo la sombra de dos árboles retorcidos y unidos como si fuesen un solo tronco. Se restregó los ojos, seguro de que se había quedado dormido y que soñaba. Pero la imagen se mantuvo en su lugar, con el ojo derecho vacío fijo en él. El izquierdo lo tenía cerrado, porque ese lado del rostro tenía tres trazos rojizos con puntadas.
Entonces comprendió que no era un sueño ni una alucinación, sino que ese de ahí era Airgetlam. Lo había estado esperando.
Dagda sintió desasosiego y esperanza a la vez. ¿Era esa una trampa? Si así era, seguro que había más soldados cerca, listos para emboscar al primer rebelde que saliera de la niebla. ¿Pero y si no era una trampa, sino que Airgetlam llegó ahí por su cuenta, atraído por el vínculo con su hermano tal y como Dagda fue atraído hacia Airgetlam? «Otra vez te estás dando muchas esperanzas», lo regañó su voz interior pesimista. «El lavado de mente le quitó la voluntad. Sabes muy bien que si está aquí es porque se lo han ordenado. Lo han enviado para matarte».
La voz de Geri resonó en su cabeza, asfixiando a la voz pesimista:

«Le di recuerdos rotos. Los olvidará también, pero le dejarán un agujero que deberá rellenarse con memorias completas. Regresará».

La voz de Geri sonó de nuevo, pero esta vez con palabras que el lobo no dijo en vida: «Airgetlam está perdido. Vino a ti para que lo encuentres. Llévalo a casa, a donde pertenece». Aunque sabía que esas palabras venían de su subconsciente, asintió con una sonrisa porque supo que también eran de Geri. Quizá el lobo no se marchó a formar parte de Jillian, sino de él. Decidió creer a la voz de Geri.
—¡Airgetlam! —lo llamó mientras daba un paso asustado hacia él y agitaba los brazos en el aire para que lo mirara—. Todo estará bien, ¡te lo prometo!
Airgetlam avanzó también, pero sus pisadas fueron más seguras mientras bajaba la colina hacia su hermano. La sonrisa de Dagda se desvaneció cuando vio que Airgetlam desenvainaba la espada y lanzaba un grito de guerra. No iba a su encuentro en un abrazo fraternal. ¡Corría a decapitarlo! Dagda frenó en seco, dio media vuelta y echó a correr. La niebla del Bosque Ambulante había desaparecido. Solo quedaban árboles de un bosque común y corriente. Dagda corrió hacia ellos y se escudó justo a tiempo detrás de uno. La espada de Airgetlam se clavó en el tronco.
«Muy bien, ¿ahora qué?», le soltó la voz pesimista. «Quizá vino por su cuenta, pero definitivamente vino a cortarte el cuello. ¿Ahora qué harás, genio?». Antes de que Dagda pudiera encontrar una respuesta, el árbol comenzó a doblarse por la mitad. Las astillas saltaron una a una al suelo. ¡Airgetlam estaba partiendo el tronco con fuerza bruta! Dagda echó a correr antes de que el árbol lo aplastara y aun tuvo que hacer una pirueta para evadir las ramas de la copa. Pero el movimiento hizo que el corte del brazo –el que Airgetlam le hizo antes, cuando enfrentó y mató a Geri– le reventara y sangrara de nuevo. Y para empeorarlo todo, ¡ese era también el brazo que el Escuadrón Fuoco le quemó en el último enfrentamiento de soldados y rebeldes fuera del Bosque Ambulante!
Cuando el árbol terminó de desplomarse, Dagda vio la figura tanto deshecha como poderosa de su hermano en todo su esplendor. Además de las puntadas en la cara, el brazo izquierdo de Airgetlam estaba enyesado. No llevaba armadura, sino una camisa rala por la que asomaban las vendas que cubrían la herida que Geri le hizo en el abdomen, así como las costillas que el lobo le rompió. Pero aun con todas esas heridas y moretones, la grandiosidad de Airgetlam estaba en el ojo izquierdo, cerrado, y el derecho, vacío. Ahí no había rastro de dolor ni temor. Darius contó a sus hijos que la Muerte tomaba la forma de la persona que uno más quería. Dagda estuvo seguro de que cuando muriera, la Muerte tomaría la forma de Airgetlam tal y como se veía en ese momento. Porque aunque le temía, lo amaba más que nunca. Era justo en ese instante que Airgetlam más necesitaba de su amor.
Airgetlam se lanzó de nuevo hacia él. Dagda apenas pudo apartarse. La espada describió un arco agudo que le cortó la mitad del pelo, dejándole un lado largo hasta el hombro y otro corto por debajo de la oreja. Airgetlam volvió a arremeter. Dagda evadió de nuevo, aunque no lo bastante rápido como para evitar una cortada en la mejilla. Rechinó los dientes y se forzó a evadir más rápido. Si se dejaba cortar a pedacitos, la voz de Geri nunca más le daría ánimos en su cabeza.
Logró evadir tres estocadas más sin recibir ni un solo corte adicional. Pero la cuarta estocada se convirtió en una vibración en el aire que lo desestabilizó. Dagda perdió el equilibrio. Maldijo su suerte mientras caía entre las hojas y flores, hasta que un estallido detrás de él cortó sus reproches. Al mirar atrás, vio que los árboles estaban incompletos. Tenían agujeros en el medio, como si una enorme moneda filosa los hubiese cortado y arrancado trozos circulares perfectos. En medio de ellos no había nada, ni hojas ni polvo. «Lo que escuché fue el aire llenando el sitio de repente vacío que antes estuvo ocupado por otro objeto», pensó aterrado. Airgetlam había eliminado la existencia de la materia que una vez estuvo en esos agujeros.
Sintió de nuevo la vibración en el aire, esta vez justo encima de él. Instintivamente hizo una pirueta, se levantó sobre los brazos y dio una vuelta hacia atrás. La herida le lanzó un punzón, pero valió la pena porque de inmediato escuchó un nuevo estallido. En el suelo, donde antes estuvo él, había tres cráteres perfectos. Airgetlam avanzó con ese ojo vacío fijo en él. Dagda echó a correr de nuevo. Al sentir las vibraciones, saltaba a uno u otro lado y seguía corriendo. Los estallidos se sucedían detrás de él. Aun cuando le sacó ventaja a su hermano y logró esconderse, la vibración del aire siempre lo seguía.
«¿Por qué me encuentra aunque me escondo?», pensó. La voz de Geri sonó de nuevo, esta vez con un tono tan condescendiente que Dagda lo vio girar los ojos por su estupidez. «Dagda, chico», dijo Geri con tono paciente, «tu hermano es un telépata. No te mira solo con los ojos, sino también con la mente. Estoy seguro de que no tengo que deletrearte el resto, ¿verdad?». Dagda también giró los ojos. «Gracias, Geri. No soy tan idiota como crees».
Por primera vez hizo lo que nunca tuvo que hacer con Airgetlam o, en ese caso, con alguien de su familia: bloqueó su mente. Para lograrlo se imaginó que Geri se alzaba entre él y la nueva vibración de aire, y que el lobo lo protegía como un escudo. La vibración se detuvo. No hubo más estallidos. Los pasos de Airgetlam se detuvieron a unos metros del escondite de Dagda. Al asomarse por el borde del arbusto en donde se ocultó, vio que su hermano tomó la misma posición que había tomado antes, en lo alto de aquella colina. Le recordaba a un Fafnir en modo de espera, cuando no estaba en modo de ataque pero sí listo para cumplir cualquier orden.
«Muy bien. ¡A pensar, Dagda! ¿Cómo puedes derrotar a tu hermano? ¿Qué ventaja tienes sobre él?». La voz pesimista le recordó que Airgetlam siempre tuvo más fuerza física que él y que, como no sentía dolor ni cansancio, prácticamente ya había vencido a su gemelo. ¡Ah, y además tenía una espada! Pero la voz de Geri le recordó que, aunque estaba insensible, Airgetlam todavía tenía un brazo y las costillas fracturadas, además de un abdomen herido. Solo tenía que sacar ventaja de eso.
—...a...aj...ja... Ja...
Dagda se asomó otra vez por el arbusto. Aunque todavía sostenía la espada en la mano sana, Airgetlam se la había llevado al lado izquierdo de la cara. Su ojo abierto todavía se veía vacío, como si el iris no reflejara color o alma alguna. Pero los labios de Airgetlam estaban estirados en una grotesca mueca.
—...aja... Jaja... ¡Ja, ja, ja, ja!
Se reía pero sin rastro de felicidad. Dagda se estremeció, seguro de que entre su hermano sin mente y una herramienta Fafnir, el Fafnir se habría reído con más encanto y naturalidad. Más vibraciones, más estallidos, más agujeros. Por aquí y por allá desaparecieron trozos de suelo, árboles, rocas y arbustos. Dagda se encogió, sin saber si debía echar a correr o si esperaba a que ese ataque de histeria pasara. El problema era que no parecía disminuir. Al contrario, los estallidos se sucedían con mayor rapidez. Sonaban como si un monstruo invisible le diera mordiscos a la realidad y la procesara en un estómago también invisible.
«Eh, Dagda», le dijo la voz pesimista, «sé que mi trabajo es hacerte ver lo peor en las situaciones malas. Pero si te mueres, me muero contigo. ¡Así que piensa en algo antes de que Airgetlam nos borre el estómago, las piernas o la cabeza!». «Ejem, ejem», terció la voz de Geri. «Permíteme recordarte cuándo fue la última vez que Airgetlam soltó una palabra». Dagda recordó la muerte de Geri, el miedo reflejado en el rostro de su hermano, la mente confusa que buscaba la palabra correcta para expresar lo que sentía y después ese asfixiante y triste «¡NOOOOOO!». Ni la voz pesimista ni la voz de Geri le dijeron cuál era el enlace entre ese grito y la carcajada que ahora eliminaba trozos de la realidad. Dagda comprendió por su cuenta que haber asesinado a Geri desequilibró a Airgetlam. Fue lo que debilitó el lavado de mente. «Sí me esperaba para matarme», supo, «porque un desequilibrio similar es lo único que podría arrancarlo de ese trance». Airgetlam debía de saberlo en lo más profundo de su subconsciente: la única manera de recuperar su mente y su personalidad, era matando a su hermano. Dagda respiró hondo y... lo aceptó. En todo caso, él tampoco querría vivir en un mundo donde su hermano vagaba sin consciencia como un muerto ambulante.
Se levantó entre los arbustos y llamó a su hermano. La fea carcajada de Airgetlam se detuvo. Su ojo vacío se fijó otra vez en el rostro de Dagda.
—No elimines mi existencia. —Extendió los brazos—. Debes hacerlo bien. Así te traeré de vuelta.
Airgetlam apretó la espada y se lanzó a Dagda. Lo derribó con la fuerza de un tren. El aguijón en las entrañas le sacó las lágrimas, pero Dagda contuvo el gemido. Cayó al suelo sin aire, oprimido por el sable y el peso de su hermano, quien lo rodeaba con las piernas para que no se levantara ni intentara huir. No que fuese posible; lo había clavado al suelo. Dagda miró el rostro de su hermano en busca de un rasgo del viejo Airgetlam, pero solo vio una cara golpeada y asustada. ¿Podía una persona sin mente tener una expresión así? Dagda sonrió.
—Eh, no pongas esa cara. Entre un rostro de piedra y un rostro de miedo, no sé lo que prefiero.
Se palpó el costado con la mano izquierda. No salía tanta sangre como había supuesto, porque la espada estaba tan firme que apenas dejaba que un hilillo saliera por el abdomen y otro por la espalda. Pero en cuanto Airgetlam apartara la espada, la sangre fluiría como un río. Como pasó con Geri.
—Hazlo. Si no arrancas la espada, no verás la sangre. Si no registras que me mataste, no podrás regresar. Y Geri y yo nos habremos ido en vano. ¡Así que hazlo!
Airgetlam obedeció tan de repente que Dagda no tuvo tiempo de suprimir un grito. Se reprendió por eso. Si Airgetlam se recuperaba, no quería que su primera memoria fuera la de su hermano gritando adolorido. Quería darle una sonrisa que pudiera sostenerlo hasta que encontrara a Darius y a los demás. Quería algo que borrara la culpa que pudiese inundar su corazón. Así que esbozó una sonrisa mientras el ojo sano de Airgetlam se llenaba de un nuevo horror. Comenzaba a comprender.
—Ya casi —le dijo mientras alzaba una mano ensangrentada al rostro de su hermano—. Ya casi sales de ahí. Ya no estarás perdido. Ya casi te encuentro.
«g... gda... Da...gda...». La palabra luchaba por salir en la mente confundida de Airgetlam. Dagda podía escucharla. Entre más sangre brotaba de su costado, más cerca estaba su hermano de recordar su nombre. Airgetlam miró el charco que se extendía bajo ambos y abrió los ojos como platos, incluso el que estaba herido.
—E-está bien... —musitó Dagda. Se sentía adormecido y mareado. Levantó la otra mano hacia el ojo izquierdo de Airgetlam. Aunque no podía dar un diagnóstico fiable como Connor, estaba seguro de que su hermano se había quedado ciego del lado izquierdo—. Todo es-estará bi-bien... así que...
Le faltó el aire. Además, parecía que Airgetlam no entendía palabras porque su mente carecía de ellas. En cierto sentido era como un niño que tenía que aprender a hablar desde cero. Así que Dagda hizo lo único que podía hacer con las fuerzas que le quedaban. Lanzó a la mente de Airgetlam imágenes y sensaciones. Ahí estaban ellos, en la playa, cada uno en un brazo de Darius mientras su papá giraba como un tiovivo. Ahí estaban los dos preparando bromas y travesuras a escondidas de Adad. Los dos, siempre juntos, cantando canciones de piratas al oído de Connor. Los dos, juntos en Kehari, separados solo por esas visitas que Airgetlam hacía a su novia en Xadiz. Y aún a la distancia estaban unidos, no porque así hubiesen venido al mundo sino porque así habían decidido permanecer. Dagda le transmitió el calor de la familia desperdigada por la guerra, el cariño y el perdón de Geri, la fidelidad y desesperación de Riza, y su propio e incondicional amor. Porque necesitaba que Airgetlam supiera que sin importar qué pasara, siempre sería amado. Siempre sería atesorado en el corazón de quienes conformaban su vida.
—Da-¿Dagda?
—¿Ves? —sonrió—. Ahí estás. No pasa nada. Solo te habías olvidado, pero ya estás a-aquí. Ya estarás... bi...
Airgetlam permaneció inmóvil sobre su hermano, sin palabras, sin recuerdos o ideas claras. Solo con un vacío incompleto y la certeza de que todo estaba mal. «...n...nNn...», luchó su mente. En las imágenes que acaba de ver, Dagda tenía una gigantesca sonrisa que prometía desastre y diversión. Debería sonreír ahora también. «...n...nn...NnN...». Y si no sonreía, entonces...
—¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
Los árboles se pandearon alrededor de él, inmersos en sombras. El suelo se deshizo, el aire se hizo ralo y el fulgor de la luna de sangre desapareció. Sin que Airgetlam se diera cuenta, el círculo de teletransportación se alzó alrededor de él. Las cortinas de oscuridad se rompieron con un estallido, pero Airgetlam apenas les prestó atención. Tampoco se dio cuenta de que el suelo era firme de nuevo, aunque lleno de guijarros y hojas húmedas. Y aunque la luna volvía a brillar en el firmamento, comenzaba a esconderse en el horizonte. Airgetlam ni siquiera reparó en la gente alrededor, que pegó un brinco colectivo ante su repentina aparición y ese aullido adolorido y eterno.
—¡NOOOOO! ¡NO! ¡NOOOOOOOOOOOO!
Solo reparó en las siluetas cuando al fin una dio un paso hacia él. Airgetlam escuchó el balido de la cabra de Luka, aunque no supo qué era un balido ni qué era una cabra. Las demás figuras dieron un paso tentativo hacia el muchacho; algunas temerosas, otras enojadas, algunas preocupadas... No importó. Airgetlam no pudo entender qué significaban sus posturas, si eran aliados o enemigos, si él estaba a salvo o en peligro. No supo nada salvo que Dagda necesitaba... ¿cómo se decía? ¿A... da? ¿Yuada? La palabra por fin saltó en su mente.
—Ayuda... —murmuró. La sangre y las lágrimas le chorreaban por ambos lados de la cara—. Por favor...
Había llegado al refugio rebelde en medio del Bosque Ambulante.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

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No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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