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Epílogo

EL ÁRBOL GRIS


Tenía que admitirlo: Darius se comportó muy bien. Aunque aún iba cabizbajo, el profeta era capaz de avanzar en línea recta. Aunque su cara seguía pálida y triste, retenía las lágrimas. Para eso se detenía a tomar aire, se llevaba la mano al puente de la nariz y exhalaba en tres soplidos rápidos. Sakti le miraba en silencio y en silencio reanudaba la marcha junto a él.
Era consciente de que conforme avanzaban sus pasos eran más lentos. Ninguno quería llegar a la confirmación de lo que ya sabían. No querían encontrar la prueba irrefutable de la partida de Connor, pero no tenían otra alternativa. De lo contrario nunca podrían superar la pérdida.
La pierna herida trastabilló y Sakti cayó de bruces al suelo. Aunque se cortó el labio contuvo un gemido porque no quiso perturbar a su amigo.
—¡Déjame cargarte, Allena! —reprochó Darius mientras se agachaba junto a ella para levantarla. Cuando le vio la sangre en el labio, el mestizo rompió otro trozo de camisa para detener la hemorragia.
—Estoy bien —dijo ella mientras agarraba la tela—. No te preocupes por mí.
—Estás herida. ¿Por qué no quieres que te cargue? ¡Freki te trituró la pierna! ¡Es una locura que  avances así!
«No quiero que me cargues porque ya cargas mucho. Además, esta es mi penitencia». Sakti se guardó las palabras y esquivó la mirada de Darius, sabiendo que su amigo la cargaría de todas formas. Estaba enojada consigo misma. Se suponía que era la roca firme de Darius, el pilar en donde él se apoyaría cuando la tristeza lo derribara de nuevo. ¿Cómo iba él a apoyarse en ella cuando ella no se podía tener en pie por su cuenta?
Darius soltó un suspiro ante la tozudez de su amiga.
—Quédate aquí —dijo mientras iba hacia los árboles. Arrancó una hoja tierna, aunque ancha, y la limpió con agua. Al regresar la puso sobre el labio herido de Sakti—. ¿Sabes que si pones el reverso de una hoja sobre una herida, dejará de sangrar más rápido?
—¿Quién te dijo eso?
Se reprendió de inmediato por esa pregunta estúpida. ¿Quién más iba a ser, sino Connor? ¡Ojalá Freki le hubiese arrancado la lengua! ¡Así no diría idioteces! Darius negó con la cabeza.
—Mi madre me lo enseñó. Ella hacía pócimas, brebajes y medicinas. Me enseñó a hacer algunas pero nunca tuve cabeza para eso. Siempre creí que Connor lo había sacado de ella...
El tono de Darius cayó hasta ser apenas audible. El mestizo tomó aire y lo dejó salir en tres resoplidos rápidos. Intentó sonreír para consolar a Sakti pero ella lo reprendió:
—No tienes que hacerlo si no sientes ganas. No te fuerces tanto.
Darius asintió y la tomó en brazos. El intento de sonrisa desapareció. Aunque al principio caminó con firmeza, pronto respiró profundo y resopló seguido, en series de tres. Sakti sintió cómo empezaba a temblar ligeramente sin que ella pudiera hacer nada para consolarlo. Pasó el brazo sobre el hombro de él y lo abrazó mientras avanzaban. Darius la estrechó más fuerte aunque los dos sabían que estaban llegando al límite de sus fuerzas. Si Freki no los hubiese apaleado tanto podrían alcanzar el campamento de Connor para despedirlo con un poco de dignidad, y no hechos jirones como iban.
Se afianzó más a Darius y apoyó la barbilla en el hombro de él, con la vista fija en el camino que dejaban atrás. Todavía el bosque y el cielo se le desdoblaban en dos realidades. Lo único que se mantenía estable en esa distorsión era Darius, porque no había vuelto a convertirse en el mestizo del pasillo. A Sakti se le antojaba que Darius se mantenía entero ante sus ojos –es decir, sin desdoblarse– porque el sujeto del pasillo no habría podido sentir la tristeza que lo embargaba ahora. Le parecía que el hielo que quemaba a su amigo era lo único que la mantenía cuerda. Porque si Darius también se hubiese desdoblado ante su percepción, como los árboles y todo cuanto la rodeaba, quizá Sakti se hubiese desdoblado también. Habría perdido lo poco que le quedaba de cordura.
Darius se detuvo de repente con un sobresalto y retrocedió dos pasos. Antes de que Sakti pudiera preguntarle qué pasaba, tres figuras armadas se situaron detrás del profeta. Los groliens llevaban hachas con filos limpios, aunque los mangos todavía tenían pringues de sangre. Éstos no eran como el último grupo que encontraron, el que les dio la noticia de la muerte de Connor. «Están aquí para eliminar a los aesirianos que se acerquen al campamento neutral», comprendió Sakti. «Están aquí porque siguen en guerra».
Por el rabillo del ojo vio que otros tres vanirianos se habían detenido delante del profeta. Uno de ellos avanzó con el hacha a media altura. Sakti se giró para encararlo.
—Si le pones un dedo encima te arrancaré toda la mano.
En su mente escuchó que Connor le chasqueaba la lengua. Si el doctor pudiese escucharla tal y como la mente trastocada de ella podía oírle, la princesa le habría dicho que no se preocupara. No planeaba forzar la transformación más allá de sus capacidades; además, Darius podía cargarla porque en esa forma era ligera como una pluma. ¡Ya quería verlo cargando a un Dragón entero!
—Si le haces daño —continuó la princesa mientras los labios se le estiraban sobre las mejillas, los ojos le brillaban amarillos y las marcas de la Profecía se le hinchaban un poco— los haré pedazos a todos y me los comeré uno por uno. Te lo juro.
La amenaza funcionó, porque el grolien retrocedió con cuidado, aunque mantuvo el brazo estirado y con el hacha a media altura. Sakti mantuvo la vista fija en el arma mientras el vaniriano estiraba un poco más el brazo, despacio, en dirección a Darius. Con el extremo nulo del hacha, el grolien levantó la barbilla del mestizo para mirarlo mejor. El grolien retiró el arma también despacio a la vez que soltaba un leve suspiro. Se aclaró la garganta y preguntó:
—¿Es Darius?
El profeta lo miró con los ojos mestizos. Tenía un nudo en la garganta, así que se limitó a asentir. Las arpías que estaban junto al jefe cambiaron las expresiones violentas por unas de tristeza y bajaron la mirada. Los groliens detrás de Darius bajaron las armas y relajaron los hombros, a la vez que intercambiaban expresiones dolidas. El líder tragó fuerte y bajó el hacha.
—Mi nombre es Donar. Yo... conocí a su hijo. —Donar tragó fuerte—. Fue un hombre grandioso.
Darius volvió a asentir, aunque despacio, como si el tiempo en su interior corriera más lento que el de los demás.
—Darius, bájame —ordenó Sakti al verlo luchar—. Yo me hago cargo.
Apenas la princesa se apoyó en la pierna sana, Darius se encogió como un niño. Sabía que no podía dejar caer todo su peso en Sakti, así que se limitó a inclinarse, apoyar la frente en el hombro sano de su amiga y abrazarla. Sakti dejó que llorara sobre ella y alzó el brazo lastimado para acariciarle el cabello. Mientras consolaba a su amigo, miró a los vanirianos.
Las intenciones del grupo habían cambiado. No querían hacerles daño. Tres groliens y dos arpías tenían la vista clavada en el suelo para respetar el luto del profeta; el cuarto grolien, Donar, tenía la vista fija en Sakti y Darius, en especial en Darius. Donar también tenía lágrimas en los ojos. Sakti supo que la presencia de Connor estaba otra vez ahí, guiándolos hacia él. Lo hizo desde el comienzo del viaje. Connor había dejado las migajas de su buena voluntad esparcidas por todo el camino: en la aldea krebin, en el grupo vaniriano que los ayudó a salir del río, en Delya, en el grupo que les comunicó su muerte y ahora en este nuevo equipo vaniriano. Por eso, cuando Donar se ofreció a llevarlos al campamento neutral, Sakti aceptó la ayuda.
Los vanirianos los guiaron hasta una carreta oculta a un lado del camino. El suelo tenía una lona que olía a sangre y en el fondo estaba el cadáver cubierto de un grolien asesinado por las manos de algún aesiriano enloquecido por la luna carmesí. Sakti y Darius montaron sin chistar, pues la princesa poco podía avanzar con la pierna herida y el profeta simplemente no estaba de humor para hacer algo más que llorar. Una arpía se encargó de guiar a la mula mientras que el resto de vanirianos caminó alrededor de la carreta a modo de escolta.
La otra arpía llamó la atención de Sakti y, sin decir ni una palabra, le entregó un frasco. Al abrirlo, Sakti olió la fragancia característica de la medicina de Connor. El joven doctor seguía empeñado en ayudarles aunque estaba muerto. Sakti desvendó la pierna lastimada. Con ayuda de Darius aplicó la pomada y volvió a vendar. La vaniriana alada apenas la volvió a ver mientras se curaba, aunque Sakti supo lo que pasaba por la mente de ella y sus compañeros. Eran listos y ya hicieron la suma: Connor fue un profeta, por lo tanto su padre también lo era. Y la muchacha de cabello gris y mirada intimidante no podía ser otra que la princesa Dragón. Ni siquiera el pelo mal teñido de Sakti –apenas le quedaba tinte negro en las puntas– podría esconder su identidad, en especial porque no llevaba maquillaje que le cubriera las marcas de la Profecía que tenía en la cara y el resto del cuerpo.
Darius logró calmarse más pronto de lo que Sakti calculó. Pensó que era culpa suya: como estaba herida Darius se obligaba una vez más a mantenerse fuerte, aunque seguro tenía ganas de hacerse un ovillo y llorar durante semanas. Sakti le acarició el pelo. «Seguro quedará todavía algún doctor por ahí que se hará cargo de esta pierna. Ya no tendrás que preocuparte más por mí y podrás llorar todo lo que quieras. Entonces comenzarás a estar bien». Estaba convencida de que entre más pronto Darius se sacara la tristeza con lágrimas, más pronto se recuperaría.
Alcanzaron el límite del bosque. Desde allí vieron el campamento neutral. Sakti se esperaba una ruina carcomida por el fuego, con grupos dispersos de vanirianos y aesirianos a la distancia en espera del último adiós a Connor. En lugar de eso vio a la distancia un árbol gris gigantesco. El tronco ceniciento era tan gordo como una torre y se alzaba al cielo con una silueta esbelta aunque algo retorcida. Las ramas se abrían por todas partes. Algunas se estiraban como si quisieran acariciar las nubes mientras que otras se extendían paralelamente al suelo, como una gran y alta sombrilla que se expandía a cien metros alrededor del tronco. Las tiendas de campaña se cobijaban bajo la sombra de las ramas. Sakti vio que en un extremo había solo aesirianos, en el otro solo había vanirianos, pero conforme más cerca se estaba del tronco más común era ver a vanirianos y aesirianos convivir como un solo grupo. Comprendió entonces que esos que estaban en el medio eran los compañeros de equipo de Connor, mientras que los soldados en uno u otro extremo eran los pacientes que el doctor había atendido y que todavía hoy servían a sus ejércitos.
Estaban ahí para presentar sus respetos al doctor.
Sakti vio que del bosque salían más grupos, casi todos vanirianos. Las carretas llevaban cadáveres. Los centinelas tomaban los cuerpos y los apiñaban en piras acomodadas alrededor del campamento, bien lejos de las ramas del árbol gigante. Si alguna carreta llevaba heridos, entonces aparecían doctores de las apariencias más variopintas, quienes evaluaban a los enfermos y los transportaban en nuevas carretas al interior del campamento.
—Mira —susurró a Darius—. Todavía mantienen las enseñanzas de Connor.
—Es la forma en que lo mantendremos vivo —murmuró a su vez Donar.
Cuando la carreta llegó al borde del campamento, los centinelas tomaron el cadáver que iba al fondo y lo reunieron con los demás. Sakti no vio el momento en que Donar llamó por señas a un titán. Se percató de la presencia de Yashin hasta que él se situó justo al lado de la carreta y se apoyó de un extremo. Casi la voltea mientras miraba a Sakti y a Darius con los ojos desorbitados. No necesitó una larga observación para confirmar que eran ellos.
—Yo me hago cargo —dijo el titán.
Dos aprendices los montaron en una nueva carreta. Antes de que empezaran a andar, Sakti vio a la arpía que le dio la pomada de Connor. La vaniriana no dijo nada con los labios, pero la princesa pudo leer su mirada: «Paga el precio de Connor. Ayuda a la próxima persona que lo necesite». Sakti no tenía el corazón bondadoso del doctor, pero supo que su plan original de honrarlo al pedir paz sería un buen precio por la pomada. La paz salvaría miles de vidas.
Los aprendices le revisaron la pierna mientras se adentraban al corazón del campamento. Las ramas sobre ellos creaban agujeros de luz y sombra. Sakti sentía curiosidad por el árbol gigante, en especial porque nunca había oído hablar de él. De lo contrario lo recordaría como una marca de territorio importante. Darius, en cambio, estaba ensimismado, sin prestar atención a nadie.
Reaccionó hasta que alguien lo llamó. Sakti también se giró hacia la voz de Drake. El peli-rosado estaba sentado frente a una hoguera, rodeado de amigos que le daban apoyo y compañía. La carreta se detuvo. Drake corrió hacia ellos, saltó al interior de la carreta y aterrizó delante de Darius, a quien rodeó con un fuerte abrazo. El mestizo respondió con el propio, a la vez que las lágrimas volvían a aflorar. Sakti se mordió los labios. No podía echarle nada en cara a Darius por liberarse con Drake, o a Drake por consolar a Darius; pero lo cierto era que se sentía desplazada. Desde que se conocían era ella la encargada de consolar al mestizo. Recordó lo que Freki le dijo la madrugada previa a volverse loco:

«¿Qué pasará con él cuando ya no estemos?».

Acababa de descubrirlo: Darius estaría bien. Ella ya no tenía más excusas para aplazar lo inevitable.
Drake se separó. Tenía los ojos irritados pero se había aguantado las lágrimas.
—Ven. Te llevaré a verlo.
Darius apretó los labios. Era consciente de la mirada de los aprendices y guerreros alrededor. Todos le miraban con tristeza, porque sabían quién era y que estaba a punto de ver el cadáver de su hijo preparado ya para la cremación.
El profeta asintió y bajó de la carreta, guiado por Drake.
—Allena —la llamó—, ¿necesitas que te cargue?
Intentó hacerse pequeña para no inmiscuirse entre padre e hijo, pero tanto Darius como Drake la miraron en busca de apoyo. Querían que ella también formara parte de esa despedida íntima.
—Puedo andar por mi cuenta.
Los siguió en silencio. Como le dolía mucho ver los hombros cabizbajos de Darius, prestó atención a las personas alrededor. Los amigos que acompañaron al sicario alrededor de la hoguera eran tan variopintos como los doctores en la periferia del campamento. Vio a un humano manco, a un krebin gris, a tres titanes, arpías, groliens, aesirianos con armaduras de cazadores y con armaduras del ejército, a dos humanos más, y también a Finn y Kylma. Sakti entrecerró los ojos. ¿Qué hacían los aprendices de Kehari ahí? Y sobre todo ¿dónde estaba Kel?
Drake los guio a una tienda cercana, que formaba parte de una hilera continua de tiendas. Esa sección tenía varias filas que bordeaban los caminos del campamento a modo de calles. Sakti frunció la frente. Le gustaba el orden del campamento, que asemejaba a una ciudad andante. Pero se preguntó qué haría el cuerpo de Connor tan cerca de tiendas donde aprendices y guerreros dormían, y guardaban víveres y medicinas. ¿No debería estar con los demás cadáveres, a las afueras del campamento, cerca de las piras funerarias?
Aunque el sol brillaba en lo alto, las ramas del árbol gris hacían que el campamento se mantuviera fresco y a la sombra. La tienda que Drake eligió tenía encima una lona negra que la mantenía aún más fresca. Pero al cruzar la gruesa cortina los envolvió el tibio calor de una lámpara. Sakti parpadeó encandilada. A pesar del resplandor de la linterna junto al catre, tuvo que acostumbrarse a la oscuridad que reinaba adentro.
Y aun cuando se acostumbró creyó que los ojos le jugaban una mala pasada. Connor estaba recostado en los almohadones, pálido como el árbol ceniciento, y junto a él estaba la persona menos esperada de todas.
El Emperador.

"Los Hijos de Aesir: Cacería de Dragones" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

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