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Capítulo 2

2
YGGRDRASILL



Renqueó bajo las ramas del árbol gigantesco. La mayoría de los aesirianos, vanirianos y sí, alguno que otro humano, estaban concentrados en correr de un sitio a otro con medicinas y paquetes. Pocos le prestaron atención, aunque siempre hubo aquellos que se le quedaron viendo por ser mujer sin capucha. Sakti avanzó con los dientes apretados, consciente de que con cada paso disminuía la presencia vaniriana. Iba hacia al extremo aesiriano.
Alcanzó a Su Majestad poco antes de que él llegara a un poste adornado con una cinta roja, custodiado por dos soldados. Eran los centinelas que vigilaban la entrada al lado aesiriano.
—¿Por qué lo hace? —preguntó Sakti antes de que su tío alcanzara a los centinelas—. ¿Por qué lo deja vivir aunque lo envió a matar?
—¿Disculpa? —El Emperador se giró a ella con una ceja arqueada. Sus ojos se movieron con discreción de un lado a otro, en busca de oídos que hubiesen escuchado la acusación de Sakti. Por suerte no había nadie lo bastante cerca para espiar la conversación.
—No se haga el tonto, señor. Sé que Connor es una amenaza para el mundo de un Aesir. —Sakti señaló el campamento neutral—. ¿Cuánto tiempo le tomó? ¿Dos meses y medio? Y en ese tiempo consiguió un campamento neutral, un buen puñado de aprendices, a saber cuántos desertores militares, el reconocimiento de dos gobiernos en guerra y una tregua cuyo fracaso nadie jamás le culparía a él. Y todo eso lo logró con una sonrisa. A que da miedo, ¿verdad?
El Emperador mantuvo la frente en alto pero guardó silencio. Porque sí, daba miedo. Él todavía no terminaba la reconstrucción de Masca aunque ya habían pasado cincuenta años tras la invasión, mientras que en dos meses y medio Connor logró que dos bandos en eterna guerra se pusieran de acuerdo. El doctor tenía mejor madera de líder que el mismo Emperador.
—¿Cuál es tu punto, Allena?
—Mi punto es que desde hace tres noches apenas he podido dormir, segura de que Connor estaba muerto. Y cuando al fin lo encuentro, él está a merced del imbécil que envió a matarlo. ¿Ya ve a dónde quiero llegar, señor?
Oh, sí que lo veía. Sakti estaba furiosa por el miedo, la tristeza y la impotencia que sintió al creer que su amigo murió sin que ella pudiera protegerlo. Ahora alguien tenía que pagar por esos días de tormento.
El Emperador avanzó hacia ella para asegurar que solo Sakti lo escuchara. La princesa se tensó, lista para atacarlo ante la primera sospecha. Lo miró fijamente con ojos que no perdonan.
—Quizá tengas razón en que mandé hombres tras él. Pero te aseguro que no soy responsable del estado de tu amigo.
—¿Entonces quién?
—Pregúntaselo a él. Sabe quién lo atacó pero no quiere decirlo. Es un tonto empedernido.
Frunció los labios. Connor era una amenaza precisamente porque se empeñaba en proteger a otros aun cuando lo traicionaban. Si hubiese sido un Aesir, toda su familia se habría aprovechado de esa flaqueza para traicionarlo cuantas veces fuesen necesarias. Pero en Connor no parecía una debilidad, sino una cualidad atractiva que instaba a otros a apoyarlo y proteger su confianza. Aesirianos y vanirianos por igual quedaban deslumbrados por el carácter del doctor.
Era precisamente por eso que el Emperador lo dejaba vivir ahora. Aunque estaba seguro de que ninguno de sus hombres dio el golpe de gracia, no podía garantizar que no hubiesen participado en la revuelta que rompió la tregua. Lo que sí sabía era que su hijo estuvo ahí, en el epicentro del pandemónium. Kardan habría muerto de no ser porque Connor lo ayudó a combatir el veneno hasta que él mismo recibió un ataque al corazón.
—Si consigues que te lo diga —continuó el Emperador— no enfrentes sola al sicario. Utiliza un veneno letal para matar príncipes. El mismo sujeto atacó a Harald y a Kardan. De no ser por Connor ninguno de los dos habría sobrevivido. Por eso lo dejo en paz ahora: para darle las gracias.
Sakti lo miró sin parpadear, sin creerle. Aunque Connor hubiese ayudado a los príncipes seguía siendo una amenaza. Y el Emperador que ella recordaba, el hombre que planeó la muerte de la persona más dulce e inofensiva que Sakti había conocido jamás, no cambiaría de opinión ahora.
Su tío la miró con pesar. Sakti era una ruina de lo que él recordaba. Estaba herida de pies a cabeza; demostraba el cansancio de las noches de sangre. Aun así tuvo la certeza de que ella podría despedazarlo si se lo proponía. Sakti era un desastre furioso, el tipo de cataclismo inestable que podía salvar o condenar a todo un pueblo.
—Estás molesta conmigo —dijo con voz suave aunque tenía la frente fruncida—. Pero no tienes ningún derecho. Yo sí. Nos traicionaste. Nos abandonaste. No me culpes ahora por hacer lo que debe hacerse para salvar a mi gente.
—¿Eso es lo que se dice a sí mismo, señor? Debe de ser muy sencillo vivir con una conciencia tan complaciente.
El Emperador ignoró la pulla y dio media vuelta.
—Respetaré la alianza firmada con Connor —señaló la cinta roja del poste—. ¿La ves? Es el límite entre el campamento neutral y el aesiriano. El trato me impide tomar prisioneros en terreno neutro, pero en mis dominios se hace lo que yo diga. Si cruzas, no te quejes.
—Oh. ¿Y qué hará si me marcho por el otro extremo, señor?
—No lo harás. —El Emperador llegó al poste y se despidió con una sonrisa desdeñosa. ¡Qué irritado estaba con ella! El único consuelo era que Sakti también estaba cabreada—. Sé que no dejarás a Connor. Eres como todos los que lo siguieron: él también te ha encandilado.
El Emperador siguió adelante. Sakti lo dejó avanzar y se acercó al límite hasta que estuvo segura de que él ya no la miraría más. Desde ahí vio que el campamento militar estaba lleno de soldados divididos en grupos de diez. Algunos equipos comían frente las hogueras, repasaban mapas, discutían estrategias o atendían las armas. A la distancia escuchó gritos de entrenamiento. Seguro los soldados limpiaron el terreno para hacer plazas de combate temporales. Sakti apretó los labios y frunció la frente. Ahí no había unas cuantas tropas: eran regimientos completos. Estaba segura de que si se adentraba a ese extremo encontraría tiendas con banderines. Ahí debía de haber coroneles, tenientes, comandantes y capitanes. Su tío se preparaba para una gran batalla justo al lado del grupo que prometió neutralidad. La había acorralado: definitivamente ella no se iría mientras las tropas estuvieran a la par de Connor. Estaban en un impasse: su tío no intentaría nada contra Connor mientras ella se quedara en el campamento, y ella no intentaría nada contra el Emperador por temor a poner en peligro a Connor.
Antes de regresar a la tienda donde descansaba su amigo, Sakti vio una llama andante del lado aesiriano. Aguantó un silbido. Harald siempre la impresionó por su tamaño pero ahora estaba enorme. El príncipe andaba escoltado por tres guardias; uno de ellos parecía amigo cercano, pues avanzaba más cerca de Harald y le hablaba mientras el príncipe revisaba un papiro. De todos sus primos, Harald siempre le pareció el mejor. A Sakti le alegró ver que él superó ya muchos de sus defectos: ya no iba encorvado y mantenía su impresionante cabellera bien limpia y cuidada, y no en aquella trenza maltrecha que siempre hacía llorar de la angustia a Sin.
Levantó la mirada al sentirse observado. Sakti vio de nuevo al primo de sus recuerdos. En el rostro adulto de Harald apareció el mismo miedo infantil hacia Sakti. El príncipe palideció y boqueó como pez fuera del agua. Sakti estuvo segura de que daría media vuelta y escaparía de ella. Harald la sorprendió al recuperar el control sobre sí mismo. Se aclaró la garganta, pasó el papiro a los oficiales y les dio las órdenes. Mientras los soldados se iban, Harald avanzó a Sakti.
Se plantó delante de ella, cabizbajo y tímido.
—Hola —la saludó mientras se rascaba la cabeza—. ¿Cómo has estado?
—No tan bien como tú.
Eran el contraste más claro del mundo: él, gigantesco, resplandeciente y asustado; ella, pequeña, sucia y escalofriante.
—Te he extrañado —confesó el príncipe.
—¿Por qué? Siempre te he aterrado.
Harald hundió aún más los hombros.
—Somos primos, familia. ¿Es que eso no cuenta?
—Para mí no.
No echó de menos a ningún Aesir. Apenas pensaba en ellos. Tenía la familia que necesitaba en su hermano y en los profetas. Harald la miró compungido por su franqueza. Carecía de palabras para seguir; Sakti tampoco era conversadora, así que estaban destinados a un silencio incómodo.
—Por favor di algo —suplicó al fin Harald—. ¿Es que no lo extrañas? ¿Las cenas? ¿Las sesiones de estudio? ¿Las prácticas de combate, los juegos de la tarde? Echo de menos la familia que tuvimos. Ahora somos extraños.
—Esa familia nunca existió. Ya debes de saber que todo fue un engaño.
—No lo fue para mí.
—Para Adad y para mí sí.
—Entonces... —La voz de Harald tembló ahogada—, ¿eso significa que no regresaremos a lo que fuimos antes?
—Antes solo fuimos una mentira.
—Habla por ti —sonrió el príncipe con tristeza—. Pero en el pasado que recuerdo, en aquellos años que compartimos todos juntos en Masca, no fuimos una mentira. Fuimos puros. —El príncipe apretó las manos—. He querido hablar contigo desde hace años, aunque no sabía qué decirte. Pero acabo de encontrar las palabras. Tengo que decírtelas ahora porque sé que nunca más te volveré a ver. Ahora que Connor está muerto... —Harald se sobresaltó. Carraspeó y miró a Sakti con pesar—. Eh... lo siento mucho. Sé que era tu amigo. Darius debe de estar destrozado. En verdad lo lamento por él.
Sakti apretó los labios, tomada por sorpresa. ¿Es que Harald no sabía que Connor sobrevivió? Ahora que lo pensaba mejor, parecía que todo el mundo lo ignoraba. «Así es como lo protegen», comprendió. Connor había sobrevivido, pero tenía un hueco en el pecho y estaba muy débil. No podía defenderse. Si el sicario frustrado se enteraba de que un golpe directo al corazón falló en matarlo, lo intentaría de nuevo. Si la primera vez participó de una revuelta fatal que culminó con la muerte de centenas de personas, ¿qué haría ahora? Mientras Connor estuviese muerto para el mundo estaría a salvo, así como el campamento neutral.
Sakti aceptó el pésame con un asentimiento de cabeza e instó a Harald a continuar. Por alguna razón él desconocía el estado de Connor y Sakti no lo sacaría del error. Harald carraspeó para retomar el hilo de sus pensamientos.
—Sé que te esfumarás después del funeral. Desaparecerás para siempre. Tío hará todo lo que pueda para encontrarte, pero tú y yo sabemos que fracasará. Él es listo, pero tú lo eres aún más.
Sakti mantuvo el rostro impasible para ocultar que le gustaba hacia donde iba la conversación. El Harald que ella recordaba era un pésimo mentiroso y rara vez caía en el pasatiempo favorito de los Aesir. Aunque solía halagar a la gente, lo hacía de corazón y sin intenciones veladas. A no ser que en los últimos años recibiera un curso intensivo de interpretación y engaño, le daba cumplidos a su prima con sinceridad. O por lo menos Sakti le creía.
—Sé que nuestros caminos no se cruzarán otra vez, así que debo decirte esto: lo siento. —Harald tomó aire—. Te hemos hecho mucho mal, Allena. Pero también te hemos querido. Y sé que hubo un tiempo en el que tú nos quisiste también. Aunque digas que todo fue una mentira, sé que la creíste. O que quisiste creerla. Y en honor a esa mentira que para mí fue verdad, te pido que me perdones.
El príncipe la miró con una intensidad a la vez sumisa y demandante. Quería un perdón o una condena, pero Sakti no encontraba la fuerza para darle ninguna de las dos. Si lo meditaba, Harald en realidad no le hizo ningún daño. No sobornó a Darius para que matara a Mark, ni organizó la fiesta púrpura, ni ordenó manipularlos a ella y Adad. Pero era un Aesir obediente. Aunque creyera que nunca podrían atraparla, él lo intentaría si el Emperador se lo ordenaba. Era un cómplice, exactamente como Kardan fue cómplice en la muerte de Mark, o como Sigfrid y Enlil eran cómplices del Emperador. También era culpable.
El príncipe retrocedió un paso y soltó el aire con un gemido, porque supo que no habría perdón. En el fondo había creído que su prima se lo daría, que podría enmendar parte del pasado perdido.
—Lo siento de verdad —repitió. Sakti casi sintió lástima por él—. Allena, yo...
Se calló. El príncipe arrugó la frente y miró más allá de su prima. Sus ojos se abrieron de par en par. Abrió los labios con una mueca espantosa que dejó al descubierto los dientes. Una vena empezó a latirle en el cuello, igual que le pasaba a Sigfrid cuando estaba furioso. Sakti miró hacia atrás en busca de qué lo transformó de un hombre a punto de echarse a llorar a una máquina de ira.
Drake estaba lejos, delante de la tienda de Connor. Hablaba con Finn. Los dos tenían mal aspecto, pues la preocupación les oscurecía la mirada. Al principio Sakti no pilló qué podría enfadar tanto a Harald. Luego Drake levantó la mirada, avisado por sus sentidos de que alguien lo observaba. El sicario no miró a Sakti; toda su atención recayó en el gigante pelirrojo. Entonces los ojos de Drake también se abrieron de par en par, con auténtica zozobra.
Harald rugió. Apartó a Sakti de un empujón y corrió hacia Drake, embistiendo a quien estuviese en el camino. Sakti cayó sentada sobre la muñeca izquierda. Genial. Primero Sigfrid, luego Freki y ahora Harald. ¿Es que ya no podía andar sin que alguien la lastimara?
El estruendo la espabiló. Al mirar atrás vio que Harald hizo un cráter justo donde antes estuvieron Finn y Drake. El sicario puso a salvo al doctor con un empujón y evadió el golpe con sus reflejos de gato. Tras una larga inspección decidió la ruta de escape: corrió directo hacia Sakti. Harald salió del cráter en pos del sicario. En la mano llevaba un hacha que resplandecía con relámpagos. Drake corría en zigzags, empujando a los aprendices y guerreros que Harald derribó antes, y que ahora se ponían de pie a duras penas. Harald avanzó a zancadas con la vista fija en la presa. Calculó la trayectoria del sicario, apuntó el hacha hacia él y...
... aguantó el disparo. Sus relámpagos saltaban del hacha con mayor intensidad, listos para destruirlo todo, pero Harald enfrentaba un terrible obstáculo: Sakti. Como vio que Drake no llegaría a tiempo hacia ella, Sakti se forzó a alcanzar al sicario. Hacía años tuvo una habilidad asombrosa para aparecer y desaparecer como borrones en el campo de batalla. Ahora el esfuerzo la había lastimado más. De no ser por los reflejos de Drake, Sakti se habría caído de espaldas. El sicario la sostuvo cuando la pierna herida cedió debajo de ella.
—¡Mierda! —susurró el peli-rosado—. Me esforcé durante semanas para que no me viera ¡y tenía que notarme justo ahora!
—¡ALLENA! —Harald acortó la distancia con sus zancadas de titán. El hacha soltaba más y más chispazos—. ¡Quítate de mi camino! ¡Voy a matar a ese sujeto!
—Baja tú el arma —dijo ella—. ¿O es que no ves el árbol gigante? Si fallas un disparo arrancarás las ramas. Si una sola cae aplastará medio campamento.
Harald miró las ramas del Yggrdrasill, cejijunto. Peló los dientes y gruñó. Maldita sea. Sakti tenía razón. A regañadientes dejó de apretar el hacha. Los chispazos perdieron fuerza poco a poco, aunque los ojos del príncipe todavía brillaban decididos.
—Ahora quítate. Mataré con mis manos a ese sujeto. —Sakti frunció la frente.
—¿Por qué quieres...?
—¿Recuerdas la lista? —la interrumpió Drake mientras la abrazaba de la cintura.
Al fin Sakti comprendió. Cuando se encontró con el sicario en el desierto le robó una lista con todos los «trabajos» que había hecho. Harald era uno de ellos. Drake atrapó y vendió al príncipe a los vanirianos. Sakti abrió la boca en una «o». En aquel entonces los vanirianos achicharraban a los Aesir con sincronizaciones forzadas. El odio del príncipe era más que comprensible.
—¿Lo conoces? —preguntó Harald con una voz llena de odio al ver que Sakti no apartaba al sicario aunque él la sostenía con tanta intimidad. Ella asintió.
—Es hermano de Connor. También es un profeta.
Esperaba que con eso Harald entendiera el mensaje: Sakti siempre actuó en favor de los profetas. Si insistía en perseguir a Drake, se enfrentaría cara a cara con la Princesa Carmesí. Ella contaba con que el miedo que Harald le tenía fuera suficiente para apartarlo; sin embargo, el rostro del príncipe se mantuvo igual de furioso y decidido. «Oh, oh», pensó Sakti. Los chispazos habían disminuido, pero no cesado. Aunque Harald no disparara, igual podría cortar a ambos la enorme hacha. Más porque ella fue lo bastante idiota como para dejarlo acercarse a tiro de piedra. Todo lo que tenía que hacer era estirar el brazo para alcanzarlos.
Drake besó a Sakti en la mejilla.
—Ah, vamos. No se te olvide decir que también soy tu novio.
La princesa estuvo a punto de girar los ojos. ¡Ese no era momento para bromas! Solo se abstuvo de regañar a Drake porque las chispas de Harald desaparecieron de inmediato. El príncipe abrió la boca de par en par y los miró con desesperación. Sakti no sabía si estaba rojo de la ira o de la vergüenza. Fuera como fuese, el truco de Drake les ganó tiempo. El sicario se aclaró la garganta y señaló con la cabeza el poste con la cinta roja.
—Cruzó el límite, Alteza. Mi hermano lo expulsó la primera vez que rompió la regla de oro del campamento neutral. Y usted lo acaba de hacer de nuevo.
Tomó a Harald por sorpresa. Aunque el príncipe todavía estaba molesto, recuperaba su actitud incómoda usual. Miró de un lado a otro. Los aprendices y guerreros del campamento neutral tenían la vista fija en él. Lo miraban resentidos. Hasta los centinelas que guardaban el poste tenían la frente fruncida.
—¿Cree que porque mi hermano está muerto puede violar otra vez el campamento? —le recriminó Drake.
Harald miró atrás, hacia el cráter. Esa era la prueba más clara de la afrenta a la memoria de Connor. El príncipe apretó los labios y avanzó hacia el poste. Sakti y Drake se corrieron para dejarlo pasar. Antes de que Harald entrara al extremo aesiriano y se perdiera detrás de los centinelas, Sakti le vio la expresión resentida. Sakti le negó el perdón y también la posibilidad de vengarse del responsable de los peores años de su vida.
—Drake, ya puedes soltarme.
—¿Segura? —sonrió el sicario—. Me parece que necesitas de mí para no caerte.
—Y a mí me parece que acabas de usarme de escudo —Más que sostenerla, Drake se refugió detrás de ella—. Te prometo que puedes esconderte detrás de mí cuando estés en peligro. Pero por el momento la amenaza se ha ido. Ya puedes soltarme.
Drake se apartó. Aunque la pierna seguía doliendo, Sakti se mantuvo erguida. El sicario borró la sonrisa y la miró con el peso de las noches sin dormir.
—Tuve miedo —confesó él en un susurro—. Creí que perdí a Connor.
—Yo también tuve miedo —aseguró Sakti después de una pausa.
—Todavía lo tengo. —Drake se pasó la mano por el pelo. Se rascó la cabeza como si con eso pudiera despertar las neuronas aletargadas—. Kel murió —dijo al fin con los ojos apretados.
Iba a seguir hablando pero la voz se le quebró. Arrugó la cara. Los labios y hombros le temblaron. Sakti inspiró fuerte, reforzó la pierna sana para poder sostenerse por más tiempo y dejó que Drake se apoyara en el hombro sano de ella. Intentó también levantar el brazo para acariciarle el pelo, tal y como lo hizo en esos días con Darius. Pero el golpe que se llevó gracias al empujón de Harald le resintió el brazo más de lo que esperaba. Tuvo que conformarse con abrazar la cintura de Drake con suavidad.
—Todavía no se lo digo a papá —siguió el sicario con voz ahogada—. No tengo corazón para decírselo.
—Está bien —murmuró Sakti—. Yo se lo diré.
Aunque por lo general tenía una voz fría, en esa ocasión le dio algo de calor. Drake se relajó, agradecido por el esfuerzo de la princesa. Después de unos segundos se apartó de ella a la vez que se restregaba los ojos. Confiaba lo suficiente en Sakti como para dejarla verlo llorar, pero aun así le disgustaba. No quería hacer nada para verse débil delante de ella.
Sakti estiró la mano para que el sicario se la estrechara.
—Creo que sí necesitaré que me ayudes —dijo—. La pierna me está matando.
Drake asintió, aunque supo que ella mentía. Aunque le doliera la pierna, era capaz de avanzar. Si le ofrecía la mano era para consolarlo y darle apoyo mientras se encaminaban a una nueva tristeza. De nuevo Sakti dejaría que Drake se escudara detrás de ella, en especial porque el enemigo era aceptar la muerte de un hermano.

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Dereck se dijo que era un idiota. No debía insistir en esas citas a escondidas. Eran peligrosas. Hasta donde sabía, Lemuria podía estar manipulándolo. Pero cada vez que la miraba recordaba por qué reincidía en la idiotez: empezaba a amarla. El vínculo que los unió la primera vez se hacía más y más fuerte en cada encuentro. Se transformaba en una criatura que echaba raíces en ambos, aunque Dereck aún no sabía si se trataba de las raíces de una bonita flor o de los tentáculos de una pera de la angustia que lo cortaría apenas encontrara un agujero en la armadura que escudaba su corazón.
Lemuria lo esperaba en una bodega de medicinas. Estaba de pie, paseándose por la tienda como gata encerrada. Dereck supo que esa reunión sería breve. Apenas ella lo vio fue junto a él para besarlo. La estrechó con fuerza porque sintió que ella lo necesitaba. Lemuria tenía hambre de él. Aun después de que se besaran permaneció refugiada en sus brazos. Otra idea peligrosa e idiota volvió a surgir en la mente de Dereck: ¿y si pudieran quedarse así para siempre? ¿Y si vivieran en un mundo donde pudieran estar juntos? En los últimos días lo embargaba la idea de un futuro junto a Lemuria. Se preguntaba qué sería despertar todos los días con ella. ¿Vivirían en el campo, en una ciudad o en una pradera del País de Hielo? ¿Envejecerían juntos?
Hace años no habría albergado tales pensamientos. Ni siquiera en el desierto, cuando se acostaron, imaginó un futuro con la mangodria. Esa nueva faceta del juego de sombras era culpa de Connor. Si el muchacho no hubiese creado el campamento neutral, Lemuria y Dereck solo se habrían reencontrado en el campo de batalla como enemigos. Pero ahí tenían la oportunidad de conocerse. Abrazarse. Enamorarse. Connor les ofreció una probadita de un mundo mejor.
No quería hacerse falsas ilusiones pero creía que Lemuria pensaba igual. Quizá se hacía las mismas preguntas que Dereck. A lo mejor pensaba en un futuro con él. Debía de hacerlo o de lo contrario no habría hecho lo que hizo.
La mangodria se separó de él y lo miró a los ojos.
—¿Funcionó?
Dereck asintió.
—El Yggrdrasill le dio tiempo. Pudimos darle el antídoto. Connor se repondrá.
El Yggrdrasill, ese árbol gigante que los cobijaba bajo sus ramas, era una verdadera maravilla. Dereck viajó junto a la escolta del Emperador para garantizar la seguridad del príncipe Kardan. A él no se le permitió llegar al tronco, que se convirtió en el centro del campamento neutral. Tras el ataque, los aprendices y guerreros de Connor aprendieron la lección y se hicieron más desconfiados. No dejaban pasar a cualquiera y ambos bandos lo respetaban. Pero los rumores no respondían a límites de territorio y corrían en los tres campamentos: el neutral, el aesiriano y el vaniriano.
Dereck escuchó decir que el tronco tenía un nicho, donde Connor y Ceniza estuvieron refugiados tras el ataque. Todos estaban de acuerdo en que el Yggrdrasill surgió cuando apuñalaron al doctor, aunque no podían decidir qué desató el brote del árbol mágico: ¿la sangre de Connor? ¿La presencia de ese krebin, que aparentemente era hijo de una humana y de un espíritu del bosque? ¿La combinación de ambos factores? Fuera como fuese, el resultado era el mismo: un árbol gigantesco cuyas ramas se extendían cien metros a la redonda.
En ambos bandos la gente juraba haber visto una esfera de savia en el centro del tronco. Allí fue donde encontraron a Connor y Ceniza. Los sacaron a punta de hachazos. Ceniza boqueó apenas entró en contacto con el aire pero al doctor lo hallaron muerto. Tenía el corazón deshecho, encogido en una masa sanguinolenta y negra.
Pasó un buen rato para que a un soporte médico de la escolta del Emperador se le ocurriera que todavía había esperanza. Los que sacaron a Connor tenían heridas por el ataque al campamento, pero se curaron gracias a la savia helada que les cayó encima al abrir la esfera. Eso le dio una idea a Finn: si la savia del Yggrdrasill tenía propiedades curativas y Connor estaba cubierto de pies a cabeza con ella, ¿podría contrarrestar los efectos del veneno? Claro, eso no solucionaba el problema del corazón deshecho. Entonces Kylma intervino: ¿y si se encontraba un nuevo corazón? El cuerpo de Connor estaba prácticamente congelado. La savia lo había conservado bien. Si los titanes regresaron a la vida después de milenios de sueño, ¿por qué no habría de hacerlo también Connor si se lo reanimaba con un corazón nuevo? No tenían nada que perder, así que lo intentaron.
Solo hubo un momento de crisis en que estuvieron a punto de darse por vencidos: la sangre envenenada no fluía. Tras extirpar el corazón de Kel para el trasplante, notaron que la sangre del grolien no se coaguló. A lo mejor fue porque recibió menos veneno que Connor, pero había otra posibilidad: el veneno era menos potente en vanirianos. Por eso Dereck le pidió ayuda a Lemuria.
—Si me dieras el antídoto —le dijo entonces, amparados en la oscuridad de una tienda del campamento— quizá podrán salvar a Connor. El Yggrdrasill lo tiene suspendido entre la vida y la muerte. ¡Aún puede regresar!
—No funcionará —respondió Lemuria. Tenía los ojos irritados. Acababa de ver las pilas de cadáveres vanirianos tras el desborde durante la luna carmesí—. El antídoto es otra versión del veneno. Ambos están diseñados para matar aesirianos.
—¿Qué es?
Los soportes médicos y los aprendices del campamento neutral no tenían ni idea de qué tenía el veneno. Era un gran misterio, incluso para el herborista favorito de Connor. Lemuria tardó un rato en responder.
—Es la sangre de Vanir. Todo en él existe para matar a tu raza.
Vio el miedo de Lemuria. También su indignación. Ella firmó la tregua. Era la responsable de garantizar la validez del lado vaniriano. Y ahora resultaba que uno de los suyos era responsable del fracaso de la tregua.
—¿Por qué atacar a Connor? Él no...
—El rey quería echar la culpa a los aesirianos, como estoy segura de que tu Emperador planeó también echarnos la culpa a nosotros. Ambas partes fallaron a la tregua.
Dereck asintió despacio. Él no estaba enterado de ningún plan de asesinato, pero tampoco sería raro ni una novedad. No sería la primera vez que el Emperador jugaba con la vida de un profeta.
—¿Pero por qué durante la tregua? Ustedes la pidieron.
—A Vanir no le importó —Lemuria torció el gesto—. Cuando vio que el príncipe Kardan estaba con Connor, dio la orden de ataque. —Dereck palideció. Lemuria entendió su pregunta muda y asintió—: Sí, el rey estaba en el campamento neutral. Era uno de los aprendices de Connor. Pero ya regresó al castillo flotante. Se aseguró de que lo cuenten como uno de los muertos. El ataque mató también a varios aprendices.
Dereck entendió entonces que Lemuria corrió muchos riesgos al buscarlo y amarlo cuando coincidían en el campamento neutral. Aunque ninguno hablaba al respecto, sabía que las mangodrias eran las mujeres de Vanir. ¿Qué haría el rey de hielo si se enteraba de que su Generala se acostaba con otro hombre justo bajo sus narices?
Lemuria accedió correr un nuevo riesgo al buscar el antídoto para Connor.
—Pero no funcionará. Ya te lo dije: la sangre de Vanir mata todo lo que sea aesiriano.
—No te preocupes por eso. Verás que todo tiene solución.
Sí, porque además de que a Connor le darían el corazón de Kel, el doctor no era completamente aesiriano. También tenía la sangre de una mangodria. Quizá eso sería suficiente.
Una hora más tarde, Lemuria le entregó un tubo de ensayo taponado. El líquido en el interior parecía agua, aunque todavía más transparente. Cuando Dereck tomó el tubo descubrió que no pesaba nada. Era aún más ligero que el aire.
Ni Finn ni Kylma le preguntaron cómo consiguió el antídoto. Llevaban semanas siguiendo sus instrucciones al pie de la letra: inyectaron adrenalina a Sakti, facilitaron la salida de desertores heridos desde los campamentos militares hacia el neutral y prestaron atención a cualquier plan que involucrara a los príncipes Dragón.
Por suerte todo funcionó. Finn y Kylma lo lograron. Con ayuda del antídoto, la savia del Yggrdrasill, el corazón de Kel y el corazón cuasi marmorizado del Emperador, repararon el cuerpo de Connor para recuperarlo. Connor tenía una suerte tremenda. Seguro eran bajas las posibilidades de que se juntaran todos los elementos que podían salvarlo, y aun así se dieron.
Lemuria soltó un suspiro de alivio al escuchar las buenas noticias de Dereck. El soldado le sonrió y le acarició los hombros.
—Lo siento. Sé que te expusiste al robar el antídoto. Espero que valga la pena.
—Lo valdrá. —Lemuria tomó la mano de Dereck y la besó—. Ahora tengo que irme.
Pero no se fue, al menos no de inmediato. Se quedó delante de él, mirándolo con sus ojos de miel. Dereck le sonrió.
—Te prometo que sea lo que sea, no moriré.
Ella asintió y se fue. No hubo beso de despedida. Dereck supo que Lemuria lo guardaba para después, porque anhelaba un «después». Los vanirianos preparaban una tormenta. Sin fallar a su papel de mangodria, Lemuria puso en aviso a su amante.

****

Sakti se sentía mucho mejor ahora que estaba bañada, cosida, vendada y con comida en el estómago. Darius era otro cantar. Cuando se enteró de la muerte de Kel apenas reaccionó. Miró a la princesa fijamente para asegurarse de que no mentía y miró luego a Finn. El aprendiz de Connor asintió para confirmar la muerte. Darius apretó los labios y despacio, muy despacio, asintió también. Lo comprendía. Después se limitó a escuchar las explicaciones de Finn y Kylma. No dijo ni una palabra, ni preguntó nada ni derramó ni una lágrima. Al final solo pidió estar a solas con Connor.
Sakti esperó hasta caída la tarde, cuando ya las estrellas asomaban en el cielo y el sol palidecía en el lejano horizonte oeste. Conocía bien a Darius. Aunque el mestizo no se permitió ninguna reacción debía de estar desecho por dentro. No era bueno que estuviera solo por tanto tiempo.
La princesa avanzó al centro del campamento. Todo era silencio alrededor del tronco. Las raíces del Yggrdrasill sobresalían tan gigantescas como las ramas, lo que hacía imposible montar una tienda. Además, el tronco gris y agujereado generaba respeto y nadie quería violar el aura sagrada que emanaba. En ese sitio encontraron a Connor. Hasta los aprendices que ignoraban que el doctor sobrevivió sentían reverencia hacia el nicho de savia. Las leyendas nacen con símbolos. Sakti estaba segura de que Connor se convirtió tanto en una leyenda como en un símbolo gracias al campamento neutral, pero ahora además tenía el respaldo de un árbol mágico. Era el gran símbolo de su historia, una que se contaría por generaciones.
Darius estaba sentado en una de las raíces, con la vista fija en el nicho. Sakti se sentó junto a él con la discreción usual. Las palabras nunca se le dieron muy bien, así que ni siquiera buscó frases consoladoras. Porque no las había. Aunque Connor sobrevivió, Darius igual perdió a otro hijo.
—Es un fresno —dijo el mestizo mientras acariciaba la raíz en la que se sentaba—. Pero no tiene hojas.
—Ya saldrán. Tarde o temprano todo florece de nuevo.
Darius asintió aunque tenía los hombros hundidos. Sakti no hablaba del árbol, tal y como él no estaba ahí para mirar el nicho. El mestizo se restregó los ojos. Los tenía irritados y bordeados con ojeras.
—¿Soy una mala persona? —preguntó a su amiga—. He intentado llorar por Kel. He intentado sentirme mal pero...
—... estás aliviado de que fuera él y no Connor —terminó Sakti—. No eres el único.
Drake, Finn, Kylma, los demás que sabían... Aunque ninguno lo decía en voz alta, estaban aliviados con el resultado. No era porque Kel fuese insignificante o que su ausencia no les doliera. Pero Connor era especial. Sakti estaba segura de que ni siquiera Kel resentiría a Connor por sobrevivir en su lugar.
—Los últimos días han sido muy duros para ti. Estás agotado de cuerpo y espíritu. Duerme un poco. Descansa. En cualquier momento te pegará el duelo y volverás a sentirte fatal. Lamentarás a Kel como se debe.
—¿Y si no puedo? —Sakti lo miró con su expresión de «Eres un idiota».
—Podrás. Tú tienes corazón.
Dio unas palmaditas a la mano fría de su amigo. No podía hacer nada más que acompañarlo. Miraron el Yggrdrasill. Era en verdad impresionante. Sakti le estaba agradecida al espíritu que lo sembró. De no ser por el árbol, Connor no estaría ahí con ellos y la realidad seguiría desdoblándose delante de la princesa.
Finn les explicó el complicado proceso con el que sanaron el cuerpo de Connor. En cuanto Sakti se encontrara con Dereck le daría una palmadita de felicitación y hasta un abrazo. ¡Su Guardián era magnífico! No le importaba qué hizo ni cómo. Lo único que importaba era el resultado: Dereck encontró el elusivo antídoto. En cuanto al Emperador, Sakti no sabía cómo reaccionar. Desconfiaba de él y lo resentía por tantísimas razones que ya había perdido la cuenta, pero tampoco podía dejar de lado la importancia de su intervención.
—Antes que nada deben tener algo claro —empezó a decirles Kylma—: Connor sí murió. Si está aquí ahora es por la combinación de un milagro y la ciencia. Es un experimento que hasta ahora ha sido exitoso. Pero todavía es posible que el experimento falle y Connor muera.
—Buscamos un corazón aesiriano sano para él —siguió Finn—, pero no había ninguno. Todos estaban destrozados o enfermos. Lo mismo con los muertos vanirianos. El único sano era el de Kel. El inconveniente es que los groliens no son donadores universales, ni siquiera a otros vanirianos que no sean groliens.
—El Emperador ofreció el suyo —continuó Kylma— pero explicó que estaba empezando a marmorizarse. No estaba del todo sano, pero se nos ocurrió que podría servir si usábamos la marmorización como ventaja.
Usaron el corazón del Emperador como núcleo. Lo despojaron de la carne y lo redujeron a una canica de poder. Al estar cargado con energía aesiriana, el cuerpo de Connor no lo rechazaría. Su inconveniente más grave era que, por ser piedra, no latiría. Ahí entraba el corazón de Kel: se encargaría de latir y contrarrestar el efecto de marmorización para que la sangre de Connor no se contaminara. Con el apoyo del núcleo sería aceptado por el organismo del doctor. Finn y Kylma culminaron esta quimera con ayuda del Yggrdrasill: la savia sirvió para sanar los cortes hechos al corazón de Kel –por donde introdujeron el corazón marmorizado del Emperador– y potenciar los resultados de la operación.
El nicho todavía lloraba savia fresca y tenía marcas en donde los aprendices rasparon para tener muestras. Ceniza, el chico híbrido responsable del Yggrdrasill, sugirió usar la savia como otra fuente de medicina. Aún tenían que hacer muchas pruebas para conocer mejor los efectos del Yggrdrasill; pero por el momento a Connor le daban de beber cucharaditas de savia diluida en agua con la esperanza de agilizar la recuperación.
—Allena —la llamó Darius—. Gracias por todo. No habría soportado estos días sin ti.
Sakti apretó los labios y asintió. Aunque era cierto que Darius era un desastre cuando estaba triste, ella tenía parte de la culpa de lo que pasó. Se sentía responsable por motivar a Connor a marcharse. Por lo menos debió haber ido con él para vigilarlo, ¿aunque cómo iba a imaginar que el doctor se iría la misma noche en que ella abrió la boca?
—Creo que todo estará bien ahora —continuó el mestizo. Todavía tenía los hombros hundidos pero a Sakti le alegró escuchar los indicios de una mejora de ánimo—. El sicario no intentará acercarse a Connor mientras crea que está muerto. Y si tu tío o primos intentaran aprovecharse de él mientras está débil, lo protegeremos. Me ayudarás, ¿verd...?
El grito de la luna lo interrumpió. Darius y Sakti se encogieron. El mestizo se cubrió las orejas mientras que Sakti perdió el equilibrio y cayó al suelo, en donde se encogió en posición fetal. El aullido del cielo era una navaja en sus cabezas. Por entre las ramas del Yggrdrasill, Sakti vio la luna de sangre. «No puede ser», pensó mientras la luna se asomaba por el horizonte. «Ya debería ser cuarto menguante. No debería estar tan grande». Pero lo estaba. El ojo carmesí estaba completamente abierto, más grande incluso que la noche anterior. Miraba agonizante a un mundo a punto de morir con ella.

****

Lo despertó el aullido. Airgetlam miró de un lado a otro, confundido. No reconocía nada. Ni siquiera recordaba su nombre. El grito le apuñaló la cabeza otra vez. Los oídos le vibraron adoloridos. Su instinto fue cubrirse las orejas pero no pudo mover los brazos. Por entre las lágrimas de dolor vio que estaba atado, tendido de medio lado en un colchón duro de paja. Aunque no sabía qué era la paja o que así se llamaba. Tampoco sabía que estaba en una cueva porque nunca había visto una.
¿Qué sucedía? No podía recordar nada. No podía...

El muchacho gritó bajo él. El rostro se le contrajo con agonía. La sangre brotó por el costado como río de una naciente. Aun así le sonrió y extendió una mano fría a su cara. Una mano congelada que aun así le calentó el corazón.
—Ya casi sales de ahí. Ya no estarás perdido. Ya casi te encuentro.

Airgetlam se encogió de medio lado. Lo recordaba. Sabía quién era Dagda. Era su... su... ¡Demonios! ¿Cómo se decía? ¿Cuál era la palabra? Era la persona con la que nació. Compartían madre y padre. Tenían historias de travesuras y lágrimas. De felicidad y fracasos. ¿Por qué no podía recordar la palabra? ¿Por qué no podía traducir sus sensaciones a pensamientos completos, coherentes? Se sentía frustrado. Y solo, muy solo. ¿En dónde estaba?
Otro aullido le acuchilló la mente. Tuvo miedo de que los pocos recuerdos que tenía se le salieran por los oídos. ¿Sería posible? No lo sabía. ¡No sabía absolutamente nada! Solo que algo terrible sucedió, algo que le quitó las palabras y lo llevó a despertar atado.
Por entre los gritos del cielo escuchó también golpes constantes que se hacían más fuertes. Eran pisadas. Una luz cayó de repente sobre él, lastimándole el ojo derecho. El izquierdo apenas le dolió. Una frase completa saltó a su mente: «Estoy ciego. Geri me aruñó el ojo». ¿Pero quién era...?

El lobo gigante sobre su regazo. Las manos sumergidas en el charco cálido que le empapaba las piernas y la camisa.

—¡NOOOOOOOOOOOOO!
La palabra le afloró en los labios. No, no era una palabra. Era una emoción. Una vida entera. Una muerte. Ahora, cada vez que la dijera, recordaría al lobo gigante que agonizaba sobre él. Recordaría al bueno de Geri. Recordaría a los lobos-mensajeros que secundaban a los profetas gemelos en sus travesuras.
—¿Qué haces? —preguntó una voz ronca y cruel—. ¡Déjalo!
—¡Sufre! —Alguien le puso un paño helado sobre la cabeza. Oh, se sentía bien. Muy bien—. ¿Te molestaría apartar la lámpara? Lo lastimas.
El ojo sano de Airgetlam miró a un muchacho pecoso y blanco como la leche. Tenía el pelo sudoroso y largo, pegado a la frente. Detrás de él había un hombre con cuerpo y cuernos de toro.
—Eh, hola —le sonrió el muchacho—. ¿Me reconoces? Soy Luka. Tu familia le compraba leche a la mía.
Airgetlam lo miró sin comprender. Tantas, tantas palabras y él no entendía ni una sola. Lo único que quería era ver a Dagda. Saber que estaba bien.
—Es inútil —dijo el grolien detrás de Luka—. Mejor apártate de él antes de que enloquezca y ataque.
—No. —Luka se pasó la lengua por los labios y miró a Airgetlam—: Tu familia tenía una hospedería en Kehari. Hubo un invierno en el que llovió tanto que todos los hombres del pueblo tuvimos que hacer muros con sacos de arena para salvar los cultivos. Los dos nos enfermamos y nos tocó compartir cuarto en el hospital. Y hace cinco festivales de verano invité a tu hermana a bailar, pero me eché para atrás porque me empezó a doler el estómago. Hasta el día de hoy mantengo que tú y Dagda envenenaron las bebidas para que nadie bailara con Zoe.
Muy a su pesar, Airgetlam sonrió. No podía reproducir las palabras de Luka ni aunque amenazaran con lanzarlo a la hoguera, pero las entendió. En su mente se dibujó la escena de una noche de festival. Había muchos detalles confusos, otros que quizá nunca sucedieron, pero el cuadro era tan vívido que podía tomarlo como verdadero. Sí, era cierto que envenenaron las bebidas. A Dagda se le ocurrió echarles una mezcla de hierbas con las que Connor experimentaba en aquel entonces para hacer infusiones desparasitantes. Cuando el joven doctor se enteró de la travesura de sus hermanos los castigó con limpiar las letrinas del hospital, que quedaron sucias tras la visita de las víctimas de semejante broma.
Airgetlam se mordió los labios. Los tenía resecos. Dijo la única palabra que recordaba bien.
—¿Dagda?
Luka asintió. En contra de los reproches del grolien, el hijo del lechero sacó una daga y cortó las sogas que sujetaban a Airgetlam de las muñecas y tobillos. Se pasó el brazo sano del muchacho por encima de los hombros y lo levantó. Airgetlam chilló. Todo el cuerpo le dolía. ¿Para qué se tomaron la molestia de amarrarlo? Jamás podría levantarse por su cuenta.
—¡Es un prisionero! —se quejó el grolien—. ¡Déjalo ahí!
—Es una víctima —lo cortó Luka—. Y se viene conmigo.
No pudo poner atención al camino. Entraba y salía de la inconsciencia. Intentaba caminar pero las piernas se habían olvidado del truco de avanzar solas. Se concentraba tanto como podía en las sensaciones, en el dolor, en el frío y la oscuridad de la cueva, pero su mente divagaba confusa. Sin palabras era difícil aferrarse a la realidad. Solo siguió adelante porque Luka era un santo y porque la imagen de Dagda, desangrándose bajo él, le echaba leña al fuego de su resolución.
No supo en qué momento llegaron a un caverna iluminada con linternas. En el suelo había catres de paja, aunque estos estaban cubiertos con trapos y sábanas rotas para dar más comodidad a los heridos. Airgetlam vio quemados, personas sin brazos o piernas, hombres y mujeres vendados, y cuerpos cubiertos con sábanas sucias. Tembló. Un recuerdo asaltó su mente. Era en el hospital. Él y Dagda ayudaban a cargar los cuerpos de los niños y ancianos que no resistieron la temporada de resfriados. Connor tenía la mente fruncida mientras llenaba los certificados de defunción. Dagda tampoco sonreía. Estaba de pésimo humor porque Darius también se había resfriado y por unos días creyeron que lo montarían a la carreta con los demás cadáveres.
¿Y si Dagda tenía una sábana encima? ¿Qué haría?
Alguien apartó a Luka de un empujón. Antes de que Airgetlam se estrellara contra el suelo, dos pares de manos gigantescas y duras lo sostuvieron. Los groliens lo arrastraron a través de la caverna hacia la siguiente galería. Airgetlam apenas podía mover la cabeza, mucho menos resistirse. No vio a Dagda por ninguna parte.
Lo próximo que supo fue que estaba sentado en una silla, otra vez atado de pies y manos. La cueva era pequeña y oscura, salvo por la lámpara que pendía del techo por encima de su cabeza, encandilándolo. Escuchó voces. Gritos convertidos en susurros. Acusaciones. Tuvo la impresión de que había gente alrededor resguardada por las sombras. Hablaban entre ellos; quizá también le hablaban a él, pero Airgetlam no podía entenderles. Apenas escuchaba nada.
Una sombra se apareció delante de él y le cruzó la cara con una sonora cachetada. Sintió la sangre que le escurría de los aruños del lado izquierdo, abiertos otra vez. Los oídos le vibraron con un pitido. El grolien lo agarró de la camisa sucia y lo levantó con todo y silla. Aunque lo tenía frente a frente, Airgetlam apenas podía verlo. El grolien lo zarandeó. Vio que movía los labios pero no escuchó lo que decía. ¿No escuchaba o no entendía? Algo no estaba bien con su cabeza. Lo mismo que acabó con sus palabras le aletargó la mente.
—¡Suéltalo! —escuchó a Luka en la oscuridad—. No oye bien. ¡Lo han destrozado!
No entendió nada más. Vio luces y sombras desfilar delante de sus ojos. Los rostros que se detenían delante de él no le decían nada. No despertaban ningún recuerdo y, por tanto, Airgetlam los olvidaba al instante. Se le ocurrió que cien personas distintas lo estaban entrevistando, aunque a lo mejor solo eran tres.
Luka apareció de nuevo. A él le entendió mejor. Al ver al lechero su mente se iluminó con más recuerdos sobre Kehari. Eran memorias sencillas, algunos dirían que sin valor; pero para alguien sin recuerdos, para alguien perdido, eran boyas en el mar del olvido. Airgetlam se aferró a ellos en busca de más recuerdos. De pinceladas de su hogar. ¿Tenía familia además de Dagda? Sí, Darius. Y Connor. Pero los rostros de ambos estaban diluidos, borrosos. También había mujeres. ¿Una hermana? Creía que sí. Su cara estaba en blanco. ¿La recordaría alguna vez? ¿Los recordaría a todos?
Un nuevo hombre si situó delante de él. Airgetlam no supo su nombre, pero sí que lo conocía desde antes como a Luka. Tenía los ojos saltones y ensangrentados, cubiertos por unas gafas rayadas. ¿Quién era? El hombre no dijo nada. Airgetlam desesperó. Era importante. No podía permitir verse débil y confundido delante de él porque si no entonces no... no...

«Se repite siempre que te veo. Es solo que ya no me abruma. Ya es parte de mí».

... no vería el cabello rojo nunca más.
En su mente apareció una chica. Supo que sonreía pero no podía verle ningún rasgo de la cara. ¡Pero era tan importante! Si el hombre lo consideraba indigno ya no le permitiría llenar el vacío de esa chica.
Kryos cortó las sogas. El brazo roto de Airgetlam latía desesperado. Las amarras no le hicieron ningún favor. El cristalero lo ayudó a levantarse. Igual como hizo Luka antes, Kryos se pasó el brazo sano de Airgetlam por encima de los hombros para sostenerlo mientras avanzaban. ¿Significa que todavía contaba con su aprobación? ¿La tuvo alguna vez? El cristalero lo guio fuera de la caverna de interrogación. Otra vez su mente divagó. No podía aferrarse a ese momento. Solo reaccionó cuando escuchó la voz de Kryos desde lejos, diciéndole algo importante que él no entendió. El cristalero se detuvo y miró al muchacho con una expresión suave y agotada. Luego miró más allá. Airgetlam siguió su mirada.
Dagda estaba al otro lado de un corto pasillo. Su hermano también avanzaba con ayuda de otra persona, un sujeto moreno y de alas que Airgetlam falló en reconocer. Dagda sonrió al verlo y se apartó de Kael. Corrió hacia él y lo derribó. Cayeron al suelo abrazados. Airgetlam lo apretó con todas las fuerzas del brazo sano, y también con las del brazo roto. No le importó que le doliera. Era al único que recordaba con certeza. Junto a él la mente se le iluminaba con recuerdos. Eran breves y borrosos, pero supo que los recuerdos se harían más nítidos y reales si se quedaba con Dagda y miraban juntos. Regresaría a lo que una vez fue.
Dagda se apartó. Se sentó a un lado mientras se restregaba los ojos. Estaba llorando y riendo al mismo tiempo, un cuadro nada atractivo aunque Airgetlam no se lo podía reprochar. Él también reía y lloraba. Los dos ignoraban los rostros cejijuntos de los rebeldes alrededor. Aunque la luna aullaba en el cielo, encrespando a todos, Dagda y Airgetlam no podían escucharla. Estaban sordos para ella.
—¡Airgetlam!
Levantó la mirada. Una chica apareció detrás del hombre alado. Aunque era evidente que lo conocía, Airgetlam no la recordaba. La chica se quedó inmóvil bajo la sombra de las alas de Kael. Los aesirianos se taparon las orejas tras un nuevo aullido lunar, pero ella apenas se encogió. Toda su atención caía en él. De los ojos brotaron grandes lagrimones. Mientras Kael, Kryos, Luka y los demás se hacían un ovillo por el dolor, la chica corrió hacia Airgetlam. Su cabello blanco se tiñó de rojo, como una manzana, como un atardecer. Al fin Airgetlam la reconoció. Extendió el brazo bueno para recibirla. Riza encajaba perfectamente allí, apretujada contra su pecho.
No sabía lo que quería decir porque había olvidado la palabra correcta, pero no la sensación. Lo lamentaba. Lo sentía. Estaba avergonzado de haberla olvidado, de no saber por completo quién era. Lo único que sabía era que la amaba y que no volvería a olvidarla. Ni a ella, ni a Dagda ni a ningún otro miembro de su familia.
Otra vez su mente divagó. Su agarre de la realidad iba y venía. Cuando se dio cuenta estaba otra vez en una silla, aunque ya no estaba atado. Un hombre de cabello y ojos grises, con tatuajes de noche en el rostro, tenía la mano sobre su cabeza. Lo reconoció. Sí. ¡El príncipe jugaba a caballito con él y sus hermanos! Quiso sonreírle, saludarlo, pero no le salió ninguna palabra. Aunque sabía quién era no podía recordar el nombre de Adad; mucho menos decirlo en voz alta. El príncipe Dragón retrocedió un paso. Riza tomó su lugar frente a Airgetlam y le acarició el lado izquierdo de la cara.
—Lo siento —dijo Adad—. No puedo hacer más de lo que Geri y Dagda ya hicieron por él. Sus recuerdos aparecen de imprevisto e imprecisos. No serán fidedignos aunque bastarán. Pero... —Adad se llevó una mano a la cabeza. A él también le costaba ordenar sus pensamientos—. Piensa en sensaciones. Las palabras... Las ha olvidado todas. Lo lamento. No volverá a hablar.
Airgetlam entendió lo que dijo. Abrió la boca para reprochar pero nada salió de ella. Lo intentó. ¿Qué era lo que quería decir? ¿Cómo se decía? Solo logró un gemido de desesperación. ¿Así sería como pasaría el resto de sus días? ¿Sin ser capaz de decir que lo sentía? ¿Sin poder decir «Lo siento» o «Te amo»? Riza lo abrazó.
—No importa —le aseguró—. Ya estás aquí. Ya has regresado. Es lo único que de verdad importa.
Dagda estaba detrás de ella, apoyado otra vez en Kael. Estaba pálido. Todavía no se recuperaba de la herida en el costado. Avanzó hasta situarse junto a Airgetlam. Le puso la mano sobre el hombro y con timidez, casi que con miedo, enlazó con su mente. Airgetlam se encogió asustado porque más allá del ojo izquierdo, el brazo, las costillas y el abdomen, lo que de verdad estaba herida era su mente. Estaba en carne viva. Supuraba pus y sangre como una llaga. No quería que nadie le abriera más la herida. Sin embargo, el enlace de Dagda no dolió. Más bien fue un bálsamo para el dolor. «No importa», le transmitió Airgetlam. «Piensa como necesites hacerlo. Yo siempre te entenderé. Siempre podrás hablar conmigo aquí». Se dio un par de toquecitos en la cabeza. Ser un telépata tenía sus ventajas.
Por un momento Airgetlam creyó que todo estaría bien. Tenía todo lo que necesitaba.
Un hombre se aclaró la garganta. Venía de la boca de un túnel, abrazando a una mujer rubia que tenía los ojos irritados y las mejillas surcadas de lágrimas. Airgetlam tampoco reconoció a Aldith o a Frey. Los dos se detuvieron delante de Dagda y Airgetlam. Frey los abrazó a ambos, hecha un mar de lágrimas. Dagda sonrió y le aseguró que estarían bien, pero su tía no dejó de llorar. Aldith los miró con pesar.
—No hay forma de decir esto —se excusó—. Así que solo lo diré.
No le parecía justo estropear la reunión de los hermanos después de la cruda entrevista que los líderes rebeldes le hicieron a Airgetlam, en donde determinaron que el muchacho tenía el cerebro frito después del trauma. Aldith no quería empeorar la condición mental de Airgetlam ni importunar a Dagda, que también estaba herido. Pero tarde o temprano tenían que enterarse. A la larga, le darían las gracias por avisarles a tiempo para ir al funeral.
—Un par de rebeldes regresaron a la cueva. Traen malas noticias. —Aldith tragó fuerte. Los oídos le vibraban con los lamentos de la luna—. Lo lamento. Connor murió hace tres noches. Lo siento mucho.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

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