¡Sigue el blog!

Capítulo 3

3
LLAMAS SIN ALMA


Sakti caminó alrededor del tronco, exasperada. La luna estaba insoportable. Los tres campamentos amparados bajo las ramas del Yggrdrasill bullían de actividad. Los aesirianos no desbordaban la suficiente magia como para crear incendios o hacer temblar la tierra; sin embargo, se encogían en el suelo y se agitaban de un lado a otro mientras se tapaban las orejas.
Sakti escuchó rugidos del lado aesiriano. Supo que había hambrientos voraces que perdieron el control sobre la transformación. «Si es cierto lo que cuentan los pacientes vanirianos, hay príncipes de las Arenas. Y si hay príncipes de las Arenas, tienen escuadrones de voraces y ampollas para revertir los cambios si se salen de control». Estaba tentada en ir donde sus tíos a suplicar por una dosis que la calmara. Se había refugiado al lado del tronco porque allí no había nadie. Si se transformaba no le arrancaría la cara a Darius de un mordisco. Aunque tampoco podía darse el lujo de transformarse solo porque no había nadie cerca. Si se convertía en un Dragón justo debajo del soporte del Yggrdrasill, derribaría el árbol mágico y aplastaría los campamentos. No quería ni imaginar la regañina de Connor.
Los rugidos del lado aesiriano se intensificaron. Sakti quiso rugir también. Las marcas de la Profecía estaban hinchadas. En algunas partes la piel ya estaba cubierta con escamas de madreperla. Hasta la pierna lastimada dolía menos porque la adrenalina de la transformación le daba energías. «No». Sakti apretó los dientes. Concentró todas sus fuerzas en componer el rostro, que se había empezado a transformar en hocico. «No lo hagas, Sakti Allena. Vas a proteger a Connor y lo que ha construido. No lo destruirás solo porque lo diga la luna de sangre».
Se preguntó por qué la luna estaba teñida en todo su esplendor. ¿Por qué no empezaba a menguar? ¿O es que sí estaba menguada, pero la distorsión de la magia hacía que los aesirianos la miraran cubierta por un velo de sangre?
Escuchó retumbos. Tardó un rato en comprender que eran reales y no una ilusión provocada por la luna. Los estallidos se repitieron. Sakti se puso en alerta. Venían del lado aesiriano. Eran continuos y poderosos, como una ráfaga de... ¡Fuego! Sakti corrió hacia el límite entre los campamentos neutral y aesiriano. Si los soldados perdían el control derribarían las ramas del Yggrdrasill o quemarían el árbol. Pondrían en riesgo lo que Connor construyó.
No fue la única en llegar al límite. Aprendices de ambas razas estaban ahí, clavados como el poste de la cinta roja. Como era de baja estatura, Sakti tuvo que meter codazos y pisotear para llegar a la primera fila. Todos tenían la vista fija en los estallidos. Vio las flamas: eran azules. Una mangodria atacaba el campamento aesiriano.
—¿No harán nada? —preguntó a un hombre vestido de cazador. Era un desertor encargado de la seguridad del campamento neutral—. Si las llamas tocan las ramas, el Yggrdrasill se incendiará. Caerá sobre nosotros.
El luchador se mordió los labios, indeciso.
—Prometimos neutralidad. Si intervenimos tomaremos partido. A Connor no le habría gustado que estuviéramos en medio de la guerra.
Sakti apretó también los labios. ¿Es que no se daban cuenta de que ya estaban en medio de ella? Al atacar el campamento aesiriano, los vanirianos dieron vía libre a que los aesirianos contraatacaran. El campamento neutral estaba en medio de los dos frentes de guerra, sin posibilidades de escapar si la batalla se desataba.
La primera vez que estuvo en ese límite vio a muchísimos soldados preparándose para la guerra. Ahora los veía luchar contra arpías y groliens, envueltos en llamas de hielo. «No debería importarme que ataquen el lado aesiriano», se dijo. Ambos bandos corrieron ese riesgo al montar los campamentos junto al árbol. Ella también tomaría la neutralidad. Si intervenía comprometería el campamento neutral y sería expulsada. No la recibirían en el lado vaniriano y en el lado aesiriano sería una prisionera rumbo al sacrificio.
Escuchó otra vez los retumbos pero no venían de las flamas. No estaban sincronizados con los estallidos y tampoco venían solo del lado aesiriano. Lo que fuera que provocara los retumbos rodeaba todo el Yggrdrasill. Un grolien se agitó junto a ella.
—Oh, Dios —musitó con los ojos dilatados—. Son los hijos de Vanir.
Todos lo miraron preocupados.
—No los harán pasar —dijo una arpía, aunque sonó poco convencida—. Son muy altos. Rozarían las ramas y las romper---
Las ramas crujieron con un lamento. Al levantar la mirada, vieron que las gruesas ramas se bamboleaban como fideos. A la distancia vieron caer el extremo de una rama, que marcaba el fin del diámetro de la copa del Yggrdrasill. La tierra se estremeció con un estruendo mientras que el aire se llenaba de gigantescas astillas que volaron por doquier, destrozando tiendas y empalando a aesirianos y vanirianos por igual. En el límite de la copa, en medio del polvazal con astillas y lamentos, se enmarcó la figura de un hijo de Vanir. Los retumbos de sus pisadas parecían el latido lento de un corazón.
Sakti tomó impulso para cruzar el poste con la cinta, pero en lugar de eso retrocedió. «No intervendré. Ya no soy una princesa aesiriana».
Alguien la tomó del codo y la jaló consigo. Sakti abrió la boca para chillar por el brazo lastimado pero Drake se la tapó para que no llamara la atención. La apartó de la multitud y la llevó al lado de una tienda bodega. Nadie les prestó atención. Aprendices y guerreros neutrales iban de un lado a otro, ya fuera al límite con el lado aesiriano para confirmar lo que sucedía, o ya fuera hacia el corazón del campamento neutral, en busca de equipo médico para atender a los heridos.
—Necesitamos sacar a Connor —dijo Drake.
Sakti asintió. Quizá los vanirianos respetarían el campamento neutral tal y como los aesirianos lo hicieron hasta el momento. Pero si los hijos de Vanir cruzaban la periferia del Yggrdrasill, lo derribarían. Lo aplastarían todo.
—¿Qué necesitas que haga? —preguntó al sicario.
—Que enfrentes al líder del ataque.
Sakti parpadeó sin creer lo que escuchó.
—Si intervengo me...
—Te expulsarán del campamento neutral. Lo sé. Pero no podemos mover a Connor. No... Yo... —Drake bajó los hombros, derrotado—. Lo siento. No se me ocurre nada más.
Sakti se tomó un par de segundos para aceptar lo que le pedían. Si intervenía en el combate, no solo se la expulsaría del campamento de Connor sino que también se pondría bajo la luz. Tanto los Aesir como los vanirianos la atraparían. Tendría que escapar, esta vez sola. Mientras el doctor estuviera herido, Darius y Drake se quedarían con él. Pero en realidad no tenía alternativa, ¿verdad? Porque Connor la necesitaba. La princesa asintió.
—Sé que no estás en tu mejor momento —agregó Drake mientras sacaba una daga envuelta en un paño húmedo con veneno—. Si te acercas a la mangodria golpéala con esto. Acabarás más aprisa.
Extendió el arma pero Sakti la rechazó. Sin una palabra más, la princesa se apartó de Drake y retomó la vía hacia el poste de la cinta. Ya los primeros grupos de heridos cruzaban el límite, junto con las acusaciones. Los aesirianos heridos echaban en cara a los vanirianos el ataque; mientras que los vanirianos decían que los aesirianos violaron primero la tregua en la primera noche carmesí. En medio del caos solo algo quedaba claro: ninguno de los dos bandos estuvo en paz bajo el Yggrdrasill. Desde el fallo de la tregua, desde la muerte de Connor, la confianza se había roto. «El único que puede enmendarlo es Connor».
Sakti cruzó el límite.
Sus pies desnudos caminaron por encima de ceniza todavía ardiente. Sus pasos cortos y renqueantes se hicieron más largos y firmes. Sus piernas se hicieron más largas y duras. Levantó nubes grises, negras y cálidas, que se le pegaron a la piel también incandescente. Las marcas de los brazos, piernas y cara pasaban del negro al rojo encendido. Esta vez el Connor de su mente se abstuvo de regañarla; apenas soltó un suspiro cuando las marcas explotaron con las escamas. Sakti apretó los dientes, que estaban filosos como navajas. «Hasta aquí», se dijo. Todavía le faltaba sacar las alas, la cola y convertir el rostro en un hocico. Pero si seguía con los cambios derribaría las ramas, igual que los hijos de Vanir. «En todo caso», se dijo mientras rugía, «esto debe bastar para llamar la atención».
Un estallido azul le marcó su próxima parada.

****

Dereck Sunkel avanzó por el campamento con los ojos atentos. No sabía a qué esperaba pero sí que era inevitable. Lemuria corrió el riesgo de advertirle. Lo menos que podía hacer era prepararse para no morir.
—Estás tenso —comentó Harald.
El príncipe iba delante de él con paso lento, también inmerso en sus pensamientos. Dereck miró la espalda esbelta de Harald sin terminar de decidir si era una suerte estar bajo su cargo. Supo que lo cambiaron de príncipe por la misma razón que lo mantenían alejado de Huggin: no confiaban en él. Y con justa razón, claro. «Ahora que el príncipe Kardan ha liberado a Finn y Kylma, no sé lo que planeará para atrapar a la princesa». Los aprendices de Connor fueron sus aliados secretos para proteger a Sakti de la cacería. Pudo comprarle tiempo gracias a ellos.
Kardan los liberó después de sobrevivir a la falla de la tregua. El príncipe Sin se burló por el «arrebato» de generosidad del Heredero, seguro de que se arrepentiría una vez que se sobrepusiera al susto del ataque. Dereck, en cambio, creyó ver auténtico arrepentimiento en Kardan por haber atrapado a los curanderos. Creyó que algo –o mejor dicho, alguien– comenzó a cambiar al príncipe de Masca. «Connor ha influido en él. Quizá entonces reconsidere la cacería de Dragones». Lamentablemente, el Emperador lo re-asignó a Harald antes de que el Guardián pudiese confirmar sus sospechas.
Como ahora tanto el Emperador como el príncipe heredero estaban en un campamento exterior al Yggrdrasill, Dereck estaba ciego y sordo sobre los nuevos planes para atrapar a los príncipes Dragón. El único lado bueno era que si los Aesir se daban cuenta de la extensión de su intervención en favor de Sakti, tendría tiempo para refugiarse en el campamento neutral. «O en el bando vaniriano». Estaba seguro de que Lemuria le daría una armadura y le permitiría esconderse entre su gente. Aunque tampoco quería ponerla en más peligro con semejante idea.
—¿No está usted tenso también, Alteza? —preguntó para desviar la atención—. Esa maldita luna me va a taladrar los oídos.
—Tomaste el jarabe.
—Igual duele, Alteza.
Los oídos le vibraban pero al menos podía tenerse en pie. El jarabe tranquilizante se había agotado casi por completo en las noches de luna llena. Solo unos cuantos afortunados pudieron tomar las dosis restantes. La gran mayoría de aesirianos estaban recogidos en el suelo, hechos un puño de dolor.
—Deberíamos sacar a los voraces de aquí —sugirió Dereck cuando escucharon el rugido de un soldado del desierto—. Si se transforman podrían derribar una o varias ramas.
—Si saco a los soldados más fuertes seremos blancos fáciles para los vanirianos —gruñó Harald, molesto—. Los muy malditos ya rompieron una tregua. No les daré ni una sola oportunidad para que vuelvan a hacer de las suyas. Mientras esté con vida protegeré lo que queda del campamento de Connor.
Dereck apretó los labios. Las palabras de Lemuria resonaron en su mente:

«El rey quería echar la culpa a los aesirianos, como estoy segura de que tu Emperador planeó también echarnos la culpa a nosotros. Ambas partes fallaron a la tregua».

Era solo lógico que Harald fuese el primer príncipe en congeniar con Connor. Para ser un Aesir era demasiado ingenuo. Ni siquiera podía ver que su mismo tío también tenía mano en la caída del joven doctor. Estaba seguro de que su tarea como encargado del extremo aesiriano era cuidar el campamento neutral de la intervención vaniriana; cuando en realidad el Emperador lo dejó atrás porque sabía que estallaría.
Harald resentía demasiado a los vanirianos como para dejarlos en paz. Aunque por lo general era sumiso y comedido, enceguecido por la furia era capaz de atrocidades al nivel de Sigfrid Montag. Si los vanirianos le daban una mínima señal de que serían una amenaza para el campamento neutral, Harald atacaría. Y sus soldados no se lo recriminarían porque lo consideraban gentil y bien intencionado. Creerían a pies juntillas que Harald habría actuado motivado por el sentido de justicia y no por la venganza. Así, los Aesir podrían acabar con los vanirianos apostados junto al terreno neutral sin perder mérito delante de las tropas.
Qué sencillo que era de prever. Qué fácil era utilizarlo.
Dereck decidió entonces que estar bajo el mando de Harald era una bendición. El príncipe era demasiado estúpido. Podría engañarlo. Manipularlo. Usarlo para su propio beneficio, que era también el de Sakti. Aunque mantuvo el rostro serio y profesional, una sonrisa afloró en su corazón. Si de niño alguien le hubiese dicho que se convertiría en un hombre capaz de engañar a un Aesir lo habría llamado mentiroso y loco. ¿Quién, en su sano juicio, conspiraría para utilizar a un príncipe? Se respondió a sí mismo: un hombre desesperado en busca de un futuro mejor para él, su princesa, Lemuria y la gente de ambos. «Eh. Parece que Connor también ha influido en mí». Ese mocoso era un verdadero prodigio.
Los retumbos los detuvieron. Príncipe y Guardián miraron hacia el extremo norte del Yggrdrasill, donde estaba la salida del lado aesiriano rumbo a terreno de combate. Por un momento creyeron que el campamento exterior, situado a una hora de distancia, estaba bajo ataque. Pensaron que los retumbos eran el eco del ataque vaniriano sobre el campamento de Su Majestad. La verdad fue mucho peor.
Había fuego en el extremo aesiriano bajo el Yggrdrasill.
Fuego azul.
Dereck se petrificó. Harald sonrió. El príncipe lanzó un grito de júbilo; tomó la enorme hacha que cargaba a la espalda y la apretó. Los destellos aparecieron. Antes de que el Guardián pudiera reaccionar, Harald echó a correr hacia las llamas.

****

Tenía un nudo en el estómago. Los retumbos se hicieron más y más fuertes.
—Papá, ¿qué es eso? —balbuceó Connor.
—No es nada —mintió mientras sostenía a su hijo para que no se levantara—. Tienes una pesadilla. Cierra los ojos. Vuélvete a dormir.
Sostuvo a Connor tan fuerte que tuvo miedo de lastimarlo, ¿pero qué más podía hacer? Tenía la sensación de que si lo soltaba lo perdería de nuevo. Estuvo hecho un desastre durante tres noches seguidas porque creyó que su hijito se había muerto. Si ahora lo veía morirse de verdad por agotamiento o por una estúpida guerra, Darius se moriría con él.
Drake atravesó la cortina de la tienda. Venía sudoroso y pálido.
—Ya está —murmuró—. Allena se hará cargo.
Darius asintió aunque también apretó los dientes. Su hijo había sobrevivido una daga al corazón solo para estar en un nuevo peligro. Debía de ser una maldita broma. Debía haber algo que pudiera hacer además de quedarse con él. No podía dejar que Sakti se encargara siempre de la parte difícil. Se forzó a pensar en una solución.
—¿Hay algún General en el extremo aesiriano? —susurró. No quería despertar de nuevo a Connor. Drake respondió con otro susurro:
—No. Escuché que el General Montag está en Tyr para resguardar la ciudad. Y el General Tonare estará en la retaguardia, en el límite de la zona neutra, aunque cada vez está más cerca de aquí. O eso dicen.
Ignoraba que Sigfrid bajó al sur para darle el pésame a Enlil. También desconocía la verdadera misión del General Tonare. Pero fuera como fuese, el resultado era el mismo: no había ningún General cerca que se hiciera cargo del ataque vaniriano. Darius escuchó el retumbo del Yggrdrasill. Las ramas se quejaban por encima de los campamentos.
«Debe de haber alguien más cerca», pensó desesperado. «Alguien que pueda intervenir». No podía contar con los vanirianos porque eran los responsables del problema. Fueron los que apuñalaron a Connor; claramente no tendrían intenciones de protegerlo si el Yggrdrasill se desplomaba sobre él. Eso solo le dejaba a los aesirianos. Había suficientes guerreros en el extremo norte; si los rumores eran ciertos además del príncipe Harald había príncipes de las Arenas y voraces. «Y con Allena debería de ser suficiente». Pero aun así no podía quitarse la sensación de que haría falta más. ¿Pero qué otra persona podría intervenir? ¿Quién más podría interesarse en defender el campamento neutral y así evitar que Connor corriera un nuevo peligro?
Resopló fastidiado porque sabía la respuesta.
—Quédate con Connor. Si hace falta sácalo de aquí. Sabrás cómo.
Era lo mejor. Entre él y Drake, el sicario era más ágil de pensamiento. Respondía bajo presión mucho mejor que Darius; y, por lo tanto, tomaría la decisión adecuada para proteger a Connor.
—¿Adónde vas? —preguntó Drake. Darius rechinó los dientes.
—Al campamento aesiriano exterior.
Qué mal le sabía pedir la ayuda del Emperador.

****

La caída de la primera rama lo estremeció hasta la médula. No se esperó que los hijos de Vanir intentasen entrar al terreno a pesar del Yggrdrasill. «Lemuria debe de saber que así van a derribar el árbol. ¡Ella no lo haría!». Si las ramas caían no solo aplastarían el extremo aesiriano. También colapsarían sobre los campamentos neutral y vaniriano. ¿Entonces por qué...?
Recordó la última mirada que la mangodria le dedicó en la tienda. Le avisó para que se pusiera a salvo. Era la primera vez que Lemuria rompía el acuerdo silencioso de no revelar secretos militares. ¿Por qué lo hizo? «Porque no está de acuerdo con esto», se respondió. «Tal y como no estuvo de acuerdo con que se rompiera la tregua».
Los hijos de Vanir se detuvieron al borde del Yggrdrasill, sin derribar más ramas de momento. Dereck frunció la frente mientras corría en pos de Harald hacia las llamas. Si la intención de Lemuria fuese derribar el árbol, los hijos de Vanir seguirían adelante. ¿A qué esperaban? ¿O es que acaso su propósito era otro?
Recordó otra vez la mirada de la mangodria. Le avisó en silencio. ¿Acaso le transmitió otro mensaje que él todavía no había entendido?
Una ráfaga ardiente se acercó a toda velocidad hacia él. Dereck rodó por el suelo para evadir las flamas, pero las tiendas y soldados detrás de él no tuvieron tanta suerte. Escuchó el crepitar de las tiendas y los gritos de sus compañeros. Al mirar atrás vio las siluetas de los oficiales, que se debatían entre las llamas en busca de una salida. Aunque el fuego azul era tan ardiente como uno normal, las quemaduras eran más leves y casi insignificantes. Pero los oficiales fueron cayendo uno a uno. Lo último que se debatía de ellos eran luces fosforescentes, que al final se extinguían ahogadas en las llamas. Dereck contuvo la respiración. Esas luces eran las almas de los soldados. Lemuria no solo los mató, sino que también extinguió por completo el único rastro que podía sobrevivir de ellos.
Dereck no fue el único que notó el resultado del fuego azul. Los soldados sobrevivientes gimieron cuando una nueva ráfaga ardiente se acercó.
—¡Detrás de mí! —rugió un hombre envuelto en armadura negra—. ¡Ahora!
Las llamas impactaron contra él pero no lo quemaron. Siguieron el movimiento de las manos de Remiak y bailaron en el aire en hilos cada vez más delgados, hasta refugiarse en una botellita de cristal azul en manos de un soldado alado. Dereck suspiró aliviado. Detrás de él escuchó las palabrotas de Raziel, Alain y Uruk, quienes luchaban por detener las llamas de la primera detonación y aprisionarlas en botellas de cristal.
—¡Maldita sea! —rugió Raziel—. ¿Dónde está el pelirrojo? ¡Nosotros nos especializamos en arena, no en fuego azul!
Harald le respondió con un grito de guerra. Todos miraron hacia el centro de la tormenta de fuego. El príncipe había alcanzado a la mangodria. Dereck sintió el corazón en la garganta al ver batallar al gigante pelirrojo contra Lemuria. Harald batía el hacha de centellas sin preocuparse de las llamas, que ni siquiera lo lamían. Sakti era la mejor hechicera de fuego entre los Aesir, pero Harald la seguía muy de cerca. Ni siquiera necesitaba mirar las llamas para controlarlas.
Lemuria se las ingeniaba para evadir los ataques cercanos de Harald. Cuando el príncipe la tenía frente a frente, le lanzaba el hacha al cuello o los brazos. Lemuria era más fuerte de lo que parecía y se las apañaba para repeler al pelirrojo con una patada y ponerse a salvo. Pero aunque se apartaba de Harald todavía estaba en el rango de ataque del príncipe, quien entonces le lanzaba los relámpagos del hacha mágica.
Una vez que los príncipes de las Arenas resguardaron el fuego maldito, Remiak dio la señal para apoyar a Harald. Dereck se mordió los labios pero avanzó con los príncipes. Era su trabajo. Debía protegerlos aunque la amenaza fuera la mujer de ojos miel que le suplicó, con una mirada, que no muriera en el siguiente ataque.
Harald acortó de nuevo la distancia entre él y Lemuria. Esta vez no se conformó con el corte del hacha, sino que también cargó los relámpagos. Volaría la cara de la mangodria a quemarropa. Dereck ahogó un grito. Uruk corría junto a él, así que estiró la mano, agarró una de las dagas del príncipe y la apuntó a Harald. Antes de que disparara, Lemuria corrió hacia el príncipe pelirrojo; lo agarró fuerte de la muñeca y lo forzó a lanzar la descarga por encima de ambos.
El Yggrdrasill gimió.
El estallido reventó una rama, que empezó a caer en un leve descenso sobre el campo de batalla. Vanirianos y aesirianos por igual miraron la muerte que caería sobre ellos.
La rama se detuvo a unos metros de aplastarlos, pues se quedó enredada entre las otras ramas. El árbol rechinó de nuevo. La copa se ladeó al norte. A la distancia escucharon el gemido del tronco, que luchaba por mantenerse firme y no irse de lado por el cambio de peso.
El corazón de Dereck palpitó a toda máquina.
—¡Hay que sacar la batalla de aquí! —gritó a Remiak, que estaba justo por delante de él—. Si Lemuria no quema el Yggrdrasill, ¡el príncipe Harald lo incendiará con relámpagos!
No terminó de decir esto cuando el hacha de Harald retomó los chispeos. Dereck quiso agarrarlo a pescozones. «¡Será idiota! ¿Cómo se le ocurre intentarlo de nuevo?». La rama gigante pendía sobre ellos en un equilibrio precario, como un trapecista borracho en una cuerda floja. Lemuria era más lista y había empezado a retroceder; sabía que si forzaba a Harald a direccionar el ataque, esa o cualquier otra rama les caería encima. Pero a como estaban las cosas no tendría tiempo de evitar los relámpagos de Harald.
El príncipe disparó. Lemuria retrocedió con zigzagueos para burlar el relámpago, pero este la siguió en el aire como un sabueso fiel. Imitó cada quiebre, cada cambio de dirección, cada paso, cada salto, hasta acortar más y más la distancia que lo separaba de la mangodria. Al fin el haz la alcanzó. Lemuria apretó los ojos. Dereck no pudo hacerlo y miró fijamente, atrapado por lo inevitable. El relámpago detonó con humo, fuego y más chispazos.
Lemuria no ardió ni se rompió en trozos carbonizados de carne. En su lugar, una figura blanca y gris convulsionó delante de ella, presa de los destellos.
Harald dejó caer el hacha. Las centellas se detuvieron y Sakti cayó de rodillas al suelo. Todavía algunas chispas brotaban de ella. El silencio envolvió el campamento durante los segundos que le tomó a Sakti recuperarse y ponerse en pie. Los soldados la miraron con el ceño fruncido y la boca abierta; la mayoría no sabía que se trataba de la princesa Dragón, porque en la forma de Sakti parecía un modelo nuevo de herramienta Fafnir. Tenía las patas y la garra transmutadas, además del rostro endurecido y surcado por los labios, que se extendían por las mejillas para dejar al descubierto los colmillos. Sus ojos grises brillaban como la plata.
—No ataques más, Harald —dijo la princesa con claridad. Su voz enderezó la espalda de los aesirianos, incluso de aquellos que todavía estaban encogidos en el suelo por la luna carmesí.
—¿Qué? —Harald tomó otra vez el hacha y la apretó. Los destellos volvieron a surgir y enmarcaron su rostro con luces y sombras macabras—. ¿Intervendrás de nuevo entre mi presa y yo?
—Te lo dije antes: tú y esa hacha van a derribar el Yggrdrasill. Agradece que evite que cometas una estupidez.
Miró la rama que pendía sobre ellos, a punto de caerse, y torció el gesto. Esa breve expresión fue clara: «Oh, Harald. ¡Qué torpe eres!».
—¡NO! —rugió el príncipe mientras las centellas se acentuaban—. ¡Ya no te interpondrás más! ¡Yo ya no te temo!
Sakti giró los ojos. Antes de que el príncipe disparara, una esfera de fuego se materializó delante de la princesa y salió disparada hacia Harald. Le dio de lleno en el pecho y lo lanzó con todas sus fuerzas a treinta metros de distancia. La esfera se desvaneció con la misma rapidez con la que apareció, sin apenas incendiar nada. Sakti escuchó el chasquido de la armadura de su primo, que se rompió por el impacto, y dio un asentimiento de aprobación. Aunque Harald era lo bastante bueno como para evadir las llamas azules sin siquiera proponérselo, todavía era el Aesir número dos en el uso del fuego. Sakti seguía en la cima.
La princesa se giró hacia la mangodria. Ladeó la cabeza y hasta el rostro se le suavizó por la sorpresa. Sus labios regresaron a la normalidad mientras sus cejas se unían en un solo punto.
—¿Tú? ¿Aún sigues con vida?
Cuando vio las llamas azules creyó que conocería a una nueva mangodria. No esperaba re-encontrarse con Lemuria. La vaniriana apretó los labios. También estaba cejijunta.
—Tuve suerte antes, tal y como tuve suerte ahora. —Miró a Sakti con cautela—. ¿Por qué me protegiste?
—En los últimos años he aprendido que una negociación es más efectiva que un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Así que quiero negociar contigo.
Las cejas de Lemuria siguieron unidas. La última vez que la vio, Sakti le tendió una trampa que estuvo a punto de matarla. Ni siquiera con la regeneración de mangodria pudo recuperarse al cien por ciento de las quemaduras provocadas en el castillo flotante sobre la Academia de las Arenas. Sakti era capaz de tenderle una nueva trampa pero tampoco perdía nada si escuchaba a la Princesa Carmesí. «Además», se dijo, «mi misión es distraer. Comprar tiempo. Ser un señuelo. Esto funciona».
—Habla.
—Retira tus tropas del campamento aesiriano bajo el Yggrdrasill. Los soldados aesirianos saldrán también de aquí. Lleven la batalla lejos, donde el árbol no corra peligro de caer y aplastar el campamento vaniriano y el neutral.
—¿Y luego qué? —preguntó Lemuria con una sonrisa desdeñosa—. ¿Nos agarramos a pescozones tú y yo allá afuera?
—Agárrate a pescozones con quien quieras, menos conmigo. No me tomes en cuenta. No pretendo pelear ni en favor ni en contra de ninguno de los dos bandos. —Sakti cambió el peso de una pierna a otra—. ¿Aceptas?
Lemuria tragó fuerte. No quería luchar bajo el Yggrdrasill porque sabía tan bien como cualquiera que lo derribaría. Aparte de que podría matar a sus soldados y a los heridos que se recuperaban en el extremo sur, tampoco quería destruir el símbolo fresco del campamento neutral: el árbol de la vida. Pero tenía órdenes. Vanir quería que llamara la atención y que si podía derribara el árbol. Las leyendas nacen con símbolos. Vanir quería ahogar para siempre la leyenda de Connor y borrar todo símbolo que algún día inspirara una nueva leyenda de unión y amistad entre vanirianos y aesirianos.
«¿Por qué?», se preguntó Lemuria. La Torre del País de Hielo se alzó porque un hombre similar a Connor imaginó un mundo sin barreras de razas. En cierto sentido, el país de los vanirianos se levantó porque un aesiriano les dio un hogar. Ahora otro aesiriano les ofrecía la oportunidad de unirse al mundo sin necesidad de pelear. «¿Por qué Vanir quiere destruir esta ruta a un mundo mejor para nosotros?». No lo entendía. No tenía sentido. Le parecía egoísta, cruel y tan... propio de un Aesir. No de un vaniriano.
Pero no podía hacer nada, ¿verdad? Porque las leyes del rey eran absolutas. Nunca en su vida las había cuestionado, hasta ahora. La piel se le erizó porque comprendió de golpe qué tanto la había cambiado Connor. No quería luchar. Quería desertar como tantos otros. Seguro que el doctor le daba un sitio entre su gente mientras Dereck también desertaba, y los dos se escapaban a vivir felices. Pero no podía hacerlo. «Abigahil. Mis hermanas...». No podía abandonarlas. Ellas no comprenderían por qué lo habría hecho. No sabrían que había una mejor opción.
Lemuria inspiró fuerte y fingió su mejor sonrisa.
—Oh, Princesa Carmesí... Me encantaría seguir tu sugerencia pero va en contra del objetivo de este ataque. Cometimos un error al confiar en ustedes: los aesirianos fallaron a la tregua. No cometeremos ese error de nuevo. Los aplastaremos hasta el último hombre.
—¿Y si te ofrezco algo mejor? —insistió la princesa.
—¿Y qué puede ser mejor que miles de soldados aesirianos aplastados por un árbol?
—Yo.
Sakti hizo algo que Lemuria ni ningún otro espectador alrededor, ni siquiera Dereck, se esperaba de ella: se arrodilló.
—Yo, Sakti Allena Aesir II, última princesa de Masca, segunda al Trono de las Arenas y portadora del Primer Dragón, me ofrezco como rehén de guerra para los vanirianos. A cambio de mi rendición solo pido que se perdone al Yggrdrasill, al campamento neutral y a todos los miembros en él.
Los soldados vanirianos y aesirianos gimieron unidos, sorprendidos y angustiados al mismo tiempo. Los príncipes de las Arenas lanzaron exclamaciones y palabrotas a Sakti por su imprudencia. Solo Lemuria calló, tomada desprevenida por el ofrecimiento.
—¿En qué demonios piensas? —soltó Raziel—. ¡No tienes derecho a ofrecerte cuando eres nuestra llave a la salvación! ¡Nos perteneces a los aesirianos!
Dereck apretó los labios. Tenía las manos congeladas, hechas un puño. Podía romperle la cara al príncipe voraz por ese comentario tan desatinado. Por suerte para Raziel, Remiak se interpuso y miró a Sakti fijamente.
—¿Por qué haces esto, Allena?
—Porque el campamento neutral es una idea que vale la pena proteger. —Sakti miró a la mangodria—. ¿Tus soldados de verdad quieren derribar el Yggrdrasill? ¿De verdad quieren aplastar el campamento neutral? ¿Lo quieres tú? Lo dudo. Detuviste a los hijos de Vanir al lado del Yggrdrasill por la misma razón que ahora me arrodillo ante ti: quieres proteger lo que Connor nos ha dado a todos. Así que por favor acepta mi ofrecimiento.
El corazón de Lemuria latió apresurado y contento. Una sonrisa iluminó su rostro. Si llevaba a Sakti, Vanir perdonaría el Yggrdrasill. Connor todavía podría construir el mundo ideal para que Lemuria y Dereck fueran felices. La mangodria extendió una mano para aceptar el trato de la Aesir. ¡Hasta se dejaría quemar la palma, igualito a como los príncipes aesirianos hacían promesas! La Princesa Carmesí levantó la garra para estrechársela y...
... un relámpago golpeó a Lemuria en el pecho.
Sakti jadeó. El destello pasó justo por encima de ella. Si se hubiese levantado le habría dado en la cabeza. Quizá ni siquiera la transformación podría protegerla como hizo antes, cuando recibió el ataque de Harald.
—¡No! —aulló enojada. Sintió al príncipe pelirrojo detrás de ella. Se levantó con la fuerza de un huracán, dispuesta a prenderlo en llamas por su intervención—. ¡Eres un idiota! ¡¿Es que no veías que ya estaba resuelto?!
El puño de Harald se estrelló contra su pómulo izquierdo. Aunque tenía el rostro transmutado, Sakti escuchó el crujido del hueso. De no ser por la transformación, Harald le habría roto el cuello. Sakti cayó al suelo, atontada.
—Sakti Allena Aesir II, última princesa de Masca, segunda al Trono de las Arenas y portadora del Primer Dragón —recitó el pelirrojo—, yo, Harald Karir Aesir LVI, tercer príncipe de Masca, te arresto bajo el cargo de traición al Imperio Aesiriano. —Agarró a Sakti del hombro—. No tienes ningún derecho a---
Un puñetazo se estrelló en la nariz de Harald. El príncipe hizo un arco en el aire mientras caía de espaldas al suelo.
—¡NO SE ATREVA A GOLPEAR A MI PRINCESA! —rugió Dereck con ahínco, como si se hubiese transformado en un voraz.
Los soldados vanirianos soltaron un silbido. Ya lo habían visto todo: una princesa se arrodilló por voluntad ante una mangodria y un Guardián atacó a un príncipe. Los soldados aesirianos torcieron el gesto, seguros de que Dereck estallaría en miles de pedazos en cualquier momento por semejante atrevimiento. Los más fieles estaban asqueados por la intervención del Guardián. ¿Cómo se atrevía a levantar la mano contra un Aesir? Pero eran una minoría. Aunque no se atrevían a reflejarlo en sus caras, casi todos los soldados aprobaban el golpe del Guardián: no solo defendió a la princesa Dragón, sino que también dio un paso al frente para proteger lo que Sakti se había ofrecido a custodiar.
El campamento neutral. El legado de Connor.
Dereck se mantuvo en su puesto delante de Sakti, escudándola. Aunque no lamentaba su intervención, supo que estaba en un aprieto. Raziel gruñó. Remiak y Uruk fruncieron la frente con actitud reprobatoria. Alain se cruzó de brazos. No había marcha atrás. Con ese golpe terminó de marcar su ruta. Por ser fiel a Sakti se rebeló contra el Imperio.
Los brazos de los príncipes se cubrieron de arena hasta formar inmensos puños. Dereck mantuvo la frente en alto. Si iba a caer lo haría con dignidad. Uruk y Alain eran los menos felices con la decisión tomada, mientras que Raziel y Remiak rugieron con ánimo mientras los príncipes corrían hacia el Guardián con los puños en alto. Antes de que alcanzaran a Dereck, un estallido azul se expandió por doquier. La onda lanzó a los príncipes de espaldas. Las flamas lamieron las tiendas y el suelo. El Yggrdrasill rechinó otra vez; y la rama, prensada antes entre las otras, se precipitó envuelta en fuego azul.
Todo el Yggrdrasill tembló. El tronco se bamboleó levemente mientras la copa se agitaba de un lado a otro. Por doquier se escucharon los chasquidos de las ramas más débiles. Sonaron como los casquetes del País de Hielo cuando en verano se rompían y caían al mar. «Caen bajo todo el Yggrdrasill. Caen bajo los otros campamentos», comprendió Dereck mientras se cubría la cabeza, seguro de que ese sería su último pensamiento.
La rama cayó sobre él. El golpe le dobló las rodillas y lo derribó. No tuvo tiempo de arrastrarse por el suelo, menos aún de correr. La oscuridad se lo tragó por unos segundos. Cuando abrió de nuevo los ojos, las imágenes y los sonidos le llegaron de manera confusa. ¿No estaba muerto? Las llamas azules se agitaban alrededor de él como las espigas en los campos de trigo, movidas por el viento. Se sobresaltó. Aunque la rama había fallado en matarlo, el fuego de Lemuria le quemaría el alma.
Un chapuzón de sangre le cayó encima. Confundido como estaba, creyó que al fin la luna carmesí desató una lluvia roja sobre el mundo. Pero cuando levantó la mirada no se topó con el ojo lunar, sino con el hocico de un Dragón. Sakti tosía sobre él. La sangre le salía de los orificios de la nariz y de las comisuras de los labios. El Primer Dragón soltó un rugido de dolor. Se había interpuesto para proteger al Guardián. La rama le cayó encima del lomo, en el nacimiento de las alas. El golpe debió de ser lo bastante fuerte como para romperle la columna, pero aun así Sakti se las arreglaba para sostenerse sobre la pata derecha y evitar que la rama terminara de colapsar. Aunque casi todas las tiendas y muchos vanirianos y aesirianos estaban aplastados por los extremos de la rama, un puñado de gente se salvó por la intervención de la princesa Dragón.
Dereck se levantó de un salto. Estaba mareado. No solo tenía sangre de Dragón encima. Tenía una cortada en la cabeza. Quizá se la hizo al caer o Sakti lo golpeó con la coraza de escamas al terminar de transformarse. No importaba. Tenía que encontrar la forma de salvar a la princesa.
Antes de que se le ocurriera nada, Lemuria gritó. Dereck la vio acercarse a toda marcha. La mangodria corría por encima de la rama caída, con el puño envuelto en llamas. Atacaría a Sakti. A toda velocidad, el Guardián trepó por el costado del Dragón y se aupó también a la rama. Tomó posición de defensa. No quería pelear contra Lemuria pero los dos siempre supieron que ese enfrentamiento era una posibilidad. Lemuria luchaba por Vanir. Dereck luchaba por Sakti. Bandos opuestos, batallas inevitables.
Lemuria cayó sobre él con el rostro arrugado por la furia. El pecho despedía sangre y humo por el ataque a traición de Harald. El Guardián aulló adolorido al sentir el fuego en el brazo. La vista se le desenfocó, perdió el equilibrio y cayó otra vez al suelo; pero no fue tanto por el dolor como por el efecto de las llamas azules. No sintió la quemadura en la piel, sino en su interior, en su alma. Aún la sentía. «Me consume», pensó mientras se retorcía en el suelo. Se quemaba por dentro. No podía apagar el fuego. Vio el destello de su alma delante de sus ojos. Se prendería en una última llamarada y...
Lemuria cayó de nuevo junto a él, pero ya no con furia sino con preocupación. Rodeó el cuerpo del Guardián con las piernas; con la mano izquierda le abrió la boca y con la derecha le palpó la lengua. Fue como si jalara la flamita de fuego azul que carcomía el alma de Dereck y la pellizcara entre los dedos. El Guardián dio una arcada y se giró de medio lado, derribando a Lemuria. La mangodria no lo reprendió y le dio palmaditas en la espalda para que respirara.
—¡¿Por qué te atravesaste?! —le gritó—. ¡Pude haberte matado!
Dereck quiso decirle que todo era un gran error. Seguro Lemuria quería atacar a la princesa porque creyó que Sakti le había tendido una trampa, ¡cuando en realidad todo era culpa de Harald! Debían detener el combate. ¡Debían detenerlo todo! «Podemos huir ya. Connor levantó un campamento neutral. La princesa lo protege. Hay miles de personas, humanas, vanirianas y aesirianas, que se unirán también al campamento. Ya nadie puede detener lo que Connor inició. Ni siquiera Vanir, ni siquiera el Emperador. Ahora somos una fuerza imparable».
Antes de que pudiera decir nada, un puño de arena golpeó a Lemuria en el costado. La mangodria se dobló por la mitad, pero pudo levantarse de nuevo y huir de los ataques de los príncipes de las Arenas. Dereck quedó tendido de medio lado, incapaz de moverse. Un príncipe –no supo cuál– se detuvo unos instantes junto a él. Lo miró por cinco segundos, evaluando si seguía vivo. Dereck no pudo enfocar la vista, gemir, ni siquiera respirar. Estuvo seguro de que eso le salvó la vida porque el príncipe lo ignoró y miró a Sakti.
—Quédate ahí, Allena. —Era Raziel—. No compliques aún más las cosas. Ya no hay nadie que te proteja. Ya eres nuestra.
El puño de arena rodeó el brazo del príncipe. Raziel echó a correr en pos de Lemuria, junto a sus primos y tío. Estaban empeñados en matarla antes de que todo el Yggrdrasill se viniera abajo.
Dereck soltó el poco aire que guardaba en el interior y dio una nueva bocanada. Aun se sentía débil y quemado por el fuego azul, pero ya podía moverse. Se levantó entre temblores. Avanzó hacia Sakti. La princesa todavía sostenía la rama, aunque cada vez la garra cedía más y más. Afortunadamente ya había gente con ella. Titanes, ordinarios, groliens y arpías se acomodaban bajo la rama para sostenerla y darle oportunidad a Sakti de quitarse.
—Alteza, la única forma será con los cambios de reversa —dijo el Guardián mientras se colocaba debajo de ella con los brazos extendidos—. Venga, yo la atajo.
Una vez que los voluntarios estuvieron en posición, Sakti deshizo la transformación. Todavía conservaba la coraza de escamas cuando cayó sobre Dereck. El Guardián la apartó mientras los demás ponían lentamente la rama sobre el suelo.
—Argh, estoy harta —se quejó Sakti, encogida de dolor en brazos del soldado—. Ya no pasa ni un solo día sin que me rompa un brazo o una pierna. ¡Tiene que haber un límite!
Dereck sonrió. Abrazó a Sakti con suavidad para no lastimarla, pero también con todas las fuerzas de su corazón.
—Lo has hecho muy bien —lo felicitó ella con voz débil y adolorida—. Me has servido estupendamente. Gracias.
La sonrisa de Dereck se ensanchó. Esos años de espera y esos últimos meses de desprecio por parte de Generales y príncipes valieron la pena solo por el agradecimiento de Sakti.
El filo de un hacha le hizo un corte en el cuello. El Guardián se petrificó, seguro de que si se movía un centímetro Harald lo rebanaría. Sakti soltó un suspiro de fastidio mientras miraba al príncipe por encima del hombro de Dereck.
—Echaste todo a perder y sigues de necio con tus ataques. Si sigues así te voy a romper la mano fuerte. A ver si ya dejas de estropearlo todo.
Los ojos rojos de Harald la miraron con furia. El príncipe levantó el hacha. Sakti le giró los ojos al tiempo que Dereck la soltaba. Lo próximo que supieron todos fue que el Dragón se materializó de nuevo, esta vez con Harald bajo la garra delantera. El príncipe batalló para liberarse, pero Sakti le agarró el brazo derecho y lo prensó entre los dientes. El chasquido del radio confirmó la promesa de Sakti: le rompió el brazo al príncipe.
Sakti apartó el hocico. Mantuvo la forma de Dragón con excepción del rostro, que retomó su forma aesiriana. Miró al príncipe que apretaba los dientes y se retorcía debajo de ella.
—Cálmate de una vez o te quiebro el otro brazo. —Su voz y sus colmillos eran todavía de Dragón—. No quiero pelear. En serio.
—¡Traidora! —aulló Harald—. No solo nos abandonaste hace años, ¡sino que ahora pretendes aliarte con vanirianos! ¡¿Por qué lo haces?!
Sakti miró al príncipe sin parpadear. Luego a los aesirianos y vanirianos que la ayudaron a escapar de la rama. No peleaban ni se miraban con desagrado. Eran neutrales o estaban tan hartos de la guerra como ella.
—Hago lo que hace falta para proteger el campamento neutral. Y ahora tú me vas a ayudar a detener a la mangodria y a nuestros primos para evitar que el árbol se caiga o se queme.
—¿Y por qué habría de ayudarte, traidora?
Sakti contuvo la respiración por un par de segundos, esperando no cometer un error.
—Porque creo que tenemos un objetivo común, querido primo. Tú también quieres proteger a Connor. —Miró de nuevo a aesirianos y vanirianos—. Todos queremos hacerlo.
Harald la miró sin comprender, cejijunto y con los dientes apretados. Su expresión fue cautelosa.
—Connor está muerto. No lo ayudarás si te entregas a los vanirianos.
—En eso te equivocas. Connor sobrevivió.
Las personas alrededor apretaron los puños y la miraron con ojos resplandecientes, ilusionados. Querían creerle. Querían que fuese cierto. Pero la miraron con la misma cautela y desconfianza de Harald, así que ella explicó:
—El Yggrdrasill, los curanderos, el corazón de Kel y el de tío Kardan lo salvaron. Y ahora tú lo has puesto en peligro.
Sakti miró las flamas azules y las ramas caídas; no culpaba a Lemuria de ese desastre, sino a Harald.
—Mientes. Yo sabría si Connor estuviese vivo. ¡Todos lo sabríamos!
—Oh, ¿en serio? Un sicario le apuñaló el corazón. Lo más lógico es que se guarde el secreto de que está vivo para evitar que el asesino lo busque de nuevo. Solo unos cuantos de confianza saben la verdad. Y tú, claramente, no eres de confiar.
Harald entrecerró los ojos. Lo que Sakti decía tenía sentido. Pero si el Emperador estuvo implicado en la recuperación de Connor ¡lo habría informado a los príncipes! En especial a él, a quien dejó a cargo del extremo aesiriano bajo el Yggrdrasill. Cuando se lo planteó a su prima, Sakti ladeó la cabeza y meditó por un par de segundos. Lista como era, encontró la respuesta de inmediato.
—Tío te mintió. Quizá ayudó a Connor pero no necesita el campamento neutral. No necesita alianzas con vanirianos. Supo que tú, tan gentil, sumiso e ignorante, te entregarías a la idea de proteger lo que Connor levantó. Supo que estallarías si los vanirianos hacían un solo movimiento. Tuvo razón, por supuesto. Siempre has sido fácil de manipular. —Al ver la expresión de Harald, agregó con desdén—: A que duele, ¿eh? Que te engañen. Que te utilicen. ¿Todavía crees que fuimos una verdadera familia? Solo fuimos una mentira. Pero Connor es la verdad.
—No, ¡TÚ MIENTES!
—No, Alteza. —Dereck se situó junto a Sakti—. Es cierto. Yo llegué a la misma conclusión que la princesa. Además ¿en serio cree que ella estaría tan tranquila si Connor de verdad hubiese muerto? Le acaba de romper un brazo porque me hizo una tonta cortada en el cuello. Imagine ahora lo que haría si los vanirianos hubiesen asesinado a Connor.
—Lo que haré —lo corrigió Sakti—. Alguien sí lo mató. Estoy calmada porque Connor se repuso, pero eso no apacigua mi furia. El responsable pagará por lo que le hizo.
El rostro aesiriano se transformó de nuevo en hocico. El Dragón retiró la garra y miró hacia las detonaciones de fuego azul. La batalla seguía. El Yggrdrasill caería si atrasaba más su intervención. Antes de marcharse miró a Harald por el rabillo del ojo. No gruñó ni lo amenazó de nuevo, pero sus ojos hablaron: «Si de verdad quieres proteger el legado de Connor y a Connor mismo, hazlo bien esta vez. No más errores».
El Dragón se marchó. Serpenteó sobre las ramas, las tiendas y los cuerpos rotos. Dereck la siguió, junto a los vanirianos y aesirianos. Harald chascó los dientes.

****

Tenía un nudo en la garganta. Quería echarse a llorar. El pecho le dolía en donde Harald la golpeó. Todavía temblaba por el susto de haber quemado a Dereck. Su corazón era un pozo de desesperanza. «Oh, ¿qué he hecho?». No debió soltar esa maldita explosión que terminó de derribar la rama. Ahora, a la sombra del Yggrdrasill, todo ardía. ¿Cuántas ramas más habían caído? Lo único que quería era marcharse pero no podía sin antes estar segura de que Abigahil cumplió su misión. Lo sabría cuando el campamento aesiriano exterior enviara refuerzos y las llamas verdes estallaran lejos del Yggrdrasill. Además, los príncipes de las Arenas tampoco la dejarían marchar así porque así.
«Por favor, Dereck», pensó mientras lanzaba una descarga contra un pétreo puño de arena. «Haz que la Princesa Carmesí intervenga de nuevo. O si no, no podré mantener esto por más tiempo. Vanir me descubrirá». Todavía mantenía a los hijos de Vanir en la periferia del Yggrdrasill. Pero si insistía en enfrentar a los príncipes por su cuenta, el rey le preguntaría más tarde por qué dudó en emplear a los soldados más fuertes para derribar el árbol de la vida. Si le daba una sola razón para sospechar pondría todo en peligro.
No podía arriesgarse a que Vanir descubriera que faltaba un antídoto.
Un hilo de arena le rodeó el tobillo. Lemuria lo majó con el pie libre. Le dio la impresión de que era una serpiente escurridiza y traicionera. Supo que fue una distracción cuando escuchó el siseo de la arena en el flanco descubierto. Los príncipes habían unido los puños en uno solo. Era demasiado tarde para evadir el ataque, así que se giró con los brazos cruzados frente a la cara para resguardarse.
El Primer Dragón llegó justo a tiempo para escudarla. Sonó como si el mar entero chocara contra un rompeolas y lo derribara. Solo que Sakti no cayó. Aunque el golpe la hizo retroceder, controló la arena con sus poderes y la escurrió a los lados. Los príncipes retomaron posición. Recuperaron el control sobre la arena y crearon un nuevo puño; pero antes de que golpearan a Sakti, las llamas de fuego azul impactaron la arena.
El Dragón miró a Lemuria sin parpadear y dio un leve asentimiento de cabeza: llegaron a un acuerdo de protegerse. Al menos por el momento.
—¡Maldita! —rugió Raziel—. ¡Hiciste una alianza con nuestros enemigos!
Sakti gruñó exasperada. Raziel siempre fue el más iracundo de los príncipes del desierto. También el más desagradable y estúpido. ¡Qué rápido saltaba a conclusiones! Lástima que sus soldados compartían ese defecto, más ahora que la luna carmesí brillaba asomada por entre las ramas rotas. Los gruñidos rodearon a mangodria y Dragón. Por todas partes había hombres y mujeres con rostros surcados de venas, ojos resplandecientes, uñas convertidas en garras. Sakti gruñó también aunque no estaba segura de que pudiera enfrentar a la tropa de voraces de Raziel. Como Dragón era más fuerte que como aesiriana, aun cuando resentía la mordida de Freki y la clavícula; pero no se atrevía a lanzar coletazos, extender las alas o lanzar llamaradas mientras estuviera bajo el Yggrdrasill. Tenía que llevar la batalla fuera de los campamentos.
Lástima que Lemuria no estaba al tanto del plan de Sakti. Confiada en el apoyo de la princesa Dragón, la mangodria se lanzó a Raziel. El príncipe de las Arenas gruñía con la cara transmutada pero todavía no se había convertido en mantícora. Podría matarlo si lo envolvía en fuego azul mientras estuviese ocupado. Sakti sintió el fuego antes de que apareciera. No tenía intenciones de enfadar más a Lemuria con una herida, pero la mangodria la dejó sin elección: si la dejaba disparar las llamas consumirían más ramas y el árbol de la vida se convertiría en un mar de fuego quema almas.
Lanzó un coletazo a Lemuria.
Procuró ser lo más delicada posible pero aun así derribó a la mangodria. Lemuria salió disparada treinta metros en dirección a las afueras del Yggrdrasill, y derribó en su camino a los voraces cercanos a ella. «Lo siento de verdad», quiso decirle Sakti. «¡Lo único que quiero es que salgan de aquí!». No estaba a favor ni en contra de ningún bando. Todo lo que quería era apartar la batalla de Connor.
Dos filas de navajas se prensaron en la cola del Dragón. Sakti rugió y agitó la cola para quitarse de encima a un voraz, que había aprovechado la distracción de la princesa para detenerla. Dos voraces más le cayeron encima, uno sobre el nacimiento de las alas y otro en el cuello. Aunque la coraza la protegía de los mordiscos y aruños, a veces los voraces hallaban los sitios entre las escamas y le hincaban los dientes. Lo próximo que escuchó fue el rugido de la mantícora. Por el rabillo del ojo vio que Raziel agitaba el aguijón. Su rostro gatuno y aesiriano esbozaba una sonrisa de victoria adelantada.
El Yggrdrasill volvió a gemir. El suelo tembló. El aguijón de Raziel se detuvo. Los voraces y Sakti miraron hacia el extremo norte. Los hijos de Vanir se adentraban al campamento, rompiendo a su paso las ramas. La copa del árbol se estremecía sobre ellos. Sakti se agitó debajo de los voraces, desesperada. Tenía que detener a los monstruosos hijos de Vanir antes de que lo destrozaran todo.
Un nuevo relámpago de Harald entró en escena. Esta vez no derribó ninguna rama, sino que impactó de lleno en el pecho del hijo a la cabecera. El vaniriano retrocedió un par de pasos pero no cayó. A la distancia, Sakti reconoció la figura todopoderosa del príncipe pelirrojo, solo delante de los vanirianos. Sostenía el hacha en la mano débil. Harald la miró por encima del hombro. Fue una mirada de despedida. Miró de nuevo a los hijos de Vanir y corrió hacia ellos con el hacha en alto, relampagueante.
—¡Idiota! —masculló Remiak. El príncipe del desierto miró a los príncipes y soldados alrededor—. ¡Todos, hacia él! ¡Denle apoyo! ¡Ahora!
Raziel miró a Sakti con los labios levantados pero no la aguijoneó. «Ahora sí, Allena. Esta vez quédate aquí», dijeron los ojos del príncipe antes de que echara a correr a toda máquina hacia los hijos de Vanir. Los demás voraces corrieron detrás de él. Sakti creyó que los tres soldados que la tenían mordisqueada y aruñada se unirían a la estampida de guerreros, pero se quedaron firmes sobre ella, apresándola. Se dijo que no importaba. Harald la había ayudado. El pelirrojo encaró a los hijos de Vanir y motivó a los demás soldados a seguir su ejemplo. Ahora que sabía que Connor vivía bajo el Yggrdrasill se esforzaría en sacar la batalla.
Pero los chasquidos de las ramas continuaron. La copa se estremeció más y más. Los pasos de los hijos de Vanir siguieron adelante, junto con los gritos de los aesirianos instigados por la luna carmesí. Sakti sintió el aumento de energía y la sed de sangre de los guerreros. Una revuelta florecía bajo el árbol, idéntica a la que llevó al ataque de Connor. Tenía que intervenir. ¡Tenía que hacer algo!
El voraz que la tenía sujeta de la cola soltó un gañido. No supo por qué, pero Sakti se vio libre de él. Aprovechó la ocasión y lanzó un coletazo al transformado que la tenía agarrada de la pata. Giró en el suelo para quitarse al otro de encima. Una vez libre tomó posición para recibir un nuevo ataque; sin embargo, los voraces ya estaban contenidos en el suelo por guerreros de las apariencias más variadas. Ahí estaban los voluntarios aesirianos y vanirianos que la ayudaron a quitarse la rama de encima, así como soldados de ambos bandos, y también guerreros del campamento neutral. Aprendices médicos tenían jeringuillas en las manos y esperaban a que los guerreros inutilizaran por completo a los voraces para inyectarlos y dormirlos. Dereck estaba ahí, entre ellos, y miraba a Sakti con una sonrisa de disculpa.
—Lamento la tardanza, Alteza. Es que encontré a más gente en el camino.
Un humano manco le dio un empujón a Dereck para situarse delante de la princesa. Llevaba un asta con una sábana –alguna vez blanca– llena de barro y sangre. Con la misma suciedad alguien pintó un escudo gigantesco y precioso: era el Yggrdrasill. Rodni plantó el asta en el suelo y miró al Dragón con el ceño apretado.
—Drake dijo que no tardarías nada en solucionar este problema ¡pero ya te has tardado bastante! Tengo que admitir que estoy muy decepcionado de la Princesa Carmesí a la que tanto temen los vanirianos, y del Primer Dragón que tanto veneran los aesirianos.
Sakti gruñó. No necesitaba que un tipo cualquiera le soltara semejante insolencia. Rodni ignoró la advertencia del Dragón y siguió adelante:
—Ahora nosotros nos haremos cargo. Si quieres eres bienvenida a echar una mano, tesoro.
La princesa miró a Dereck con una orden clara en los ojos. Su Guardián cumplió al instante y le dio un manotazo a Rodni en la cabeza. Vanirianos, humanos y aesirianos por igual sonrieron. Aunque estaban tensos habían recuperado parte del buen humor en la compañía mutua y en la promesa de defender juntos aquello en lo que creían.
Unidos marcharon hacia el extremo del árbol. El Primer Dragón serpenteó delante de ellos.

****

El polvo y el humo de las llamas lo envolvían todo. El sudor resbalaba en la cara de Harald. Podía escuchar los rugidos de los voraces que se acercaban para socorrerlo. Supo que no llegarían a tiempo.
Los centelleos empezaron a pellizcarlo. Su hacha estaba hambrienta de sangre vaniriana pero no se atrevía a agitarla con la fuerza de antes. Sakti no le perdonaría más errores. Y él tampoco se los perdonaría. «Connor está vivo», pensó mientras levantaba el hacha con la mano sana. «El árbol no puede caer sobre él». Disparó sobre el hijo de Vanir más próximo pero apenas logró que retrocediera dos pasos. Para matarlo necesitaba atravesarle la piel detrás de la oreja, que era el sitio más blando cercano al cerebro. Pero no tenía forma de llegar hasta ahí; además, tampoco podía dejar que el vaniriano se desplomara tan cerca del Yggrdrasill o si no lo derribaría.
«Esto es todo», se dijo mientras esquivaba el puño de otro hijo. «No puedo hacer nada más». Por su retaguardia se acercaba el manotazo del tercer hijo de Vanir. Era demasiado tarde como para esquivarlo. El golpe fue como el beso de una ola gigante. Se sintió revolcar en el mar, arrastrado por una fuerza mil veces superior a la suya. No pudo hacer nada salvo aferrarse al hacha, en busca de un punto de apoyo que lo ayudara a salir de la oscuridad.
Las centellas se apagaron. Harald solo escuchó el rugido distorsionado de un voraz.

****

Los voraces a la delantera vieron al príncipe caer. Eso los envalentonó más. Se lanzaron a los hijos de Vanir tal y como sus compañeros se lanzaron antes a la princesa.
—¡Los Fafnir! —ordenó Remiak a Alain y Uruk—. ¡La mangodria ya no está! ¡No puede deshacerlos!
Collares de perlas aparecieron alrededor de los cuellos de los tres príncipes. Las perlas salieron volando en diferentes direcciones. Antes de que tocaran el suelo soltaron un denso vapor blanco que se solidificó en figuras bípedas armadas con garras y colmillos. Los Fafnir soltaron un rugido y se lanzaron sobre los hijos de Vanir para apoyar a los voraces. La saliva de las herramientas empezó a echar humo negro en contacto con el pelaje y la piel de los hijos.
Sakti y el grupo neutral llegaron a tiempo para ver que el primer hijo de Vanir se desplomaba entre lamentos, con la cabeza cada vez más deshecha por el ácido de los Fafnir. Los vanirianos que venían con la princesa gruñeron o apartaron la vista, afectados. Aunque prometieron neutralidad no podían mirar la muerte de sus compatriotas sin odiar a los responsables.
Otro hijo de Vanir seguía adelante. Caminaba en dirección al tronco del Yggrdrasill a pesar de que tenía voraces en las patas que lo mordían hasta arrancarle tiras de carne, y que los Fafnir le trepaban por el cuerpo, dejando caer la baba ácida sobre la piel. Al fin una pierna le flaqueó y el vaniriano cayó arrodillado. Sus quejidos helaban la sangre pero también motivaban a los demás hijos de Vanir. «Es el alfa de este grupo», comprendió la princesa mientras serpenteaba hacia él cada vez más rápido y con mayor impulso. «Si lo saco la manada lo seguirá».
Embistió al hijo de Vanir con todas sus fuerzas. Contó con la ayuda de los Fafnir y voraces para hacerlo retroceder. Cuando el hijo de Vanir se debilitó lo suficiente, Sakti le hincó las garras en el cuello y extendió las alas. El esfuerzo hizo que las extremidades lastimadas le lanzaran advertencias de dolor, pero igual siguió adelante. Levantó al hijo de Vanir tal y como un dragón habría levantado a un búfalo en plena cacería.
Atravesaron juntos la copa exterior del Yggrdrasill. Incluso con las escamas, Sakti sintió el arañazo de las ramas como si le recriminaran: «¡Tu trabajo es protegernos! ¡No lastimarnos más!». El Dragón voló por encima del Yggrdrasill hasta salir por completo del campamento aesiriano. En el aire lo vio todo: la copa destrozada, las ramas esparcidas por los campamentos bajo el árbol, las flamas que lamían tiendas, madera y soldados, y las tropas de respaldo que venían del campamento militar exterior.
Soltó al hijo de Vanir. Mientras caía, el gigante dio vueltas en el aire. Los Fafnir y dos voraces –que por tozudos siguieron aferrados para destrozarle las piernas– se agarraron fuerte a él. Cuando tocó el suelo todo saltó y rebotó con él. Sakti inspiró y echó la cabeza hacia atrás. En la base del cuello brilló un destello ámbar. Uno de los voraces comprendió y agarró al otro de la cola para echar a correr. Apenas tuvieron tiempo de escapar. El Dragón soltó la descarga sobre el hijo de Vanir.
Las herramientas se deshicieron con el contacto de las flamas. El vaniriano gigante se cubrió la cabeza con las manos y se retorció en el fuego. Aunque le provocaría horribles quemaduras, Sakti supo que no lo mataría tan fácilmente. Tampoco era su intención. Si mataba al vaniriano otro hijo tomaría su lugar como alfa y tendría que cazarlo también.
La manada bramó al unísono. A pesar de que tenían encima a voraces y herramientas, los hijos de Vanir echaron a correr hacia el exterior del campamento. Su presa era Sakti. La princesa detuvo la descarga. Esperó suspendida en el aire a que los hijos de Vanir la alcanzaran. Ahora todo lo que tenía que hacer era guiarlos lejos del árbol. Los aesirianos los seguirían junto con los demás guerreros. Entonces podrían seguir esa ridícula batalla en un sitio menos peligroso.
Un aguijonazo le atravesó el cuello. El Dragón parpadeó, confundida. Se llevó la garra delantera al cuello. Aunque no podía sacársela con las garras, sintió la aguja que se le clavó en la carne en medio de las escamas. Miró atónita el límite del Yggrdrasill. Remiak tenía apuntada una ballesta hacia ella. Volvió a disparar. La nueva aguja dio en el mismo sitio que su predecesora.
«No sabía que tenía tan buena puntería», alcanzó a pensar antes de que la visión se le desenfocara. Luchó por mantenerse a flote pero las alas comenzaron a retraerse en la espalda. Su tío la había inyectado una ampolla para los cambios de reversa. Como la coraza se hacía más y más delgada, dos agujas más lograron atravesar por debajo de la axila y el abdomen. El Dragón también cayó con un retumbo al suelo. Agitó la cabeza de un lado a otro para espabilarse. Si no salía de ahí, los hijos de Vanir la aplastarían con sus puños. Sin su coraza de Dragón no podría sobrevivir. ¿Por qué su tío disparó en una situación tan peligrosa?
Un hijo de Vanir se detuvo junto a ella con el puño en alto. Sakti apretó los dientes y concentró una descarga para protegerse, pero las ampollas la habían aletargado y le era más difícil controlar la magia. Por suerte los voraces alcanzaron a los vanirianos. Sakti se agachó cuando vio, por el rabillo del ojo, la sombra de la mantícora. El aguijón picó la pata del hijo de Vanir, haciendo que éste saltara en una sola pierna. El suelo se estremeció con cada salto. Raziel no perdió tiempo y lanzó la cola hacia Sakti para tumbarla de una vez por todas. La princesa se concentró en él para dispararle una esfera flamígera, pero el aguijón se acercó muy rápido, demasiado. La golpearía y...
El golpe fue seco, casi mudo. Raziel gruñó con los ojos puestos en la melena pelirroja. El aguijón se retiró con dificultad, apresado como estaba en la armadura de músculos que era la espalda de Harald. El príncipe se bamboleó y dio un paso dubitativo hacia Sakti, a punto de caerse. Se mantuvo en pie a duras penas. La princesa lo miró con los ojos abiertos de par en par, sin aliento. No podía ver el rostro de Harald, magullado y destrozado como estaba. La mitad izquierda de su cara estaba hundida; era una mezcolanza de piel, sangre y... ¿sesos? ¿Tenía ojos? Sakti no sabía si se los habían arrancado o si es que tenía los párpados tan hinchados y amoratados que parecían cuencas. Su cuerpo estaba cubierto por sangre y trozos de armadura rotos y encarnados.
Una sombra cayó sobre ambos. Al levantar la mirada, vio otro hijo de Vanir con el puño levantado. El vaniriano lo dejó caer, pero todo lo que Sakti sintió fue el golpe de su espalda contra el suelo. Y la sangre de Harald, que la pringó en la cara, en el pecho, en el abdomen. Su primo la había empujado y caído sobre ella. Recibió en la espalda el golpe y aún mantuvo los brazos y piernas flexionados contra el suelo para actuar como escudo de la princesa. Sakti escuchó el retumbo de los huesos. El impacto de los órganos, que explotaron dentro del cuerpo. Cuando el hijo de Vanir retiró el puño Harald se desplomó sobre ella, pesado y fláccido. No sintió la respiración de su primo encima del cuello, pero sí sintió los últimos dos latidos. Y la sangre, que le salía de la boca y los ojos, los oídos y las entrañas, que se le habían reventado.
Sakti cerró los ojos. No estaba al lado del Yggrdrasill. Estaba en una cueva, encadenada de pies y manos. Se miraba a sí misma en la pared rocosa como si se tratara de un espejo. Solo que no era Sekmet, sino la niña que bailaba delante de las flamas. Los cuerpos en la hoguera se habían carbonizado. No eran más que puñados de ceniza tiesa que caerían con el soplido del viento. No eran más que las sombras del demonio que estaba detrás de ella, ¿encima de ella?, con el puño en alto para terminar lo que empezó.
Escuchó los gritos de pavor. Los aullidos de los voraces. Las carcajadas de la luna en lo alto, que resonaban con la desgracia junto al árbol. Cuando Sakti abrió los ojos no vio al demonio de sus desvaríos ni al hijo de Vanir que quería aplastarla. Vio trozos de él, grandes y diminutos, que se precipitaban al suelo. Llovía sangre. Llovía carne.
En su mente escuchó la voz de Tiamat.

«¿Creíste que me gustaban tus estúpidas flores? ¡Son rojas carmesí, como la sangre! Rojas, ¡como tu asquerosa sangre!».

«Si me aferrara a esto», pensó, «volvería a ser Sekmet. Volvería a ser dos. Quiero –no quiero– empezar de nuevo –¡JAMÁS!». Su mente volvió al silencio. A la fusión. El mundo entero se fundió con ella en el pavor porque ni siquiera la luna aullaba. Todo había enmudecido. Solo se escuchaban las respiraciones contenidas. El miedo. La sentencia: un monstruo había matado a otro monstruo con tan solo cerrar los ojos. Lo asesinó con un desborde de magia descontrolado. Sakti era la peor de las amenazas.
Lentamente se puso en pie. Fue difícil, porque el cadáver de Harald pesaba con todos los pecados del mundo y los de ella misma. Se levantó cubierta de escamas y sangre. Miró los extremos del Yggrdrasill. Todos la miraban pero nadie respiraba. Raziel y sus voraces tenían la cola entre las patas. La ballesta de Remiak le resbaló de las manos, que temblaban. Hasta los hijos de Vanir la miraban a ella, diminuta e insignificante, con auténtico terror.
Vio los ojos miel y ardientes de Lemuria por debajo de una rama a punto de caer. La mangodria también le tenía miedo. También la juzgaba. También quería escapar de ella. Pero por encima de todo, quería lo mismo que Sakti.
Que ardiera.
La vio chascar los dedos pero la princesa no se movió. Esperó en silencio la descarga, la sentencia, la ejecución. Las flamas ardieron alrededor suyo en una danza de hielo. La engulleron. Sakti extendió el brazo para que la llama trepara por él más fácil y rápido. Sintió el pellizco frío y ardiente al mismo tiempo y después...
... las flamas se desvanecieron. El fuego se extinguió.
«¡No lo detengas!» quiso gritarle, pero sus palabras se ahogaron al ver el rostro de Lemuria. La mangodria no había detenido el fuego. La princesa miró alrededor. El cuerpo destrozado de Harald todavía estaba junto a ella, al igual que los fragmentos esparcidos del hijo de Vanir que cortó con el desbalance de magia. Aunque algo rostizados, los cuerpos estaban enteros porque carecían de lo que el fuego azul quemaba: el alma. El campo alrededor era un pozo de cenizas. Lemuria no tuvo piedad con su descarga. Atacó a matar.
Sakti sintió frío en el pecho. Aunque la idea negaba a formarse en su cabeza, en el corazón lo sabía. Lemuria se lo confirmó con una mirada de lástima infinita.
—Lo siento —le dijo la mangodria—. Pobre, pobre. Eres una verdadera abominación. Ni siquiera existes de verdad. —Chascó los dedos y le hizo una seña a un hijo de Vanir—. Sé misericordioso. Aplástala. Ella ya no atacará. Le estarás haciendo un favor.
Sakti bajó la mirada. Apretó el puño y los dientes. Lemuria tenía razón. No atacaría. No tenía sentido. El hijo de Vanir dudó por unos segundos. Se acercó con pasos lentos y pesados, como el latido de un corazón agonizante.
—Apúrate... —susurró Sakti.
El hijo de Vanir detuvo la pata por encima de ella cuando una mujer se coló por detrás de Sakti y la abrazó. La princesa reconoció el olor a vainilla y la calidez de los brazos de Zoe. La profetiza la tenía bien rodeada por la cintura y miraba a Lemuria fijamente.
—Atrás —le ordenó—. No le tocarás ni un pelo. O esto se pondrá feo para tus vanirianos.
Una figura alta y peluda pasó al lado de Zoe. La oreja larga de Sigurd bailó sin la compañía de la otra, que seguía dispareja tras el corte que Adad le hizo hacía tantos años. El demonio abrió el hocico y de inmediato un resplandor iluminó sobre Zoe y Sakti. El hijo de Vanir se tambaleó. De sus labios brotaba una luz.
—Suficiente —dijo Zoe y al instante el alma regresó, el vaniriano recuperó el equilibrio y Sigurd pegó la mirada al suelo con el rostro tenso y furioso.
—Tengo hambre —se quejó el demonio.
—Calla.
Sigurd cerró el hocico sin ningún reproche más. Zoe miró a Lemuria de manera desafiante. Las dos sabían bien que un enfrentamiento entre el come-almas y la mangodria llevaría a la vaniriana a la victoria, porque manipulaba a la perfección el arma para acabar con el demonio. Pero Zoe se mantuvo firme en su amenaza y Lemuria perdió el interés.
—Da igual —dijo mientras chascaba los dedos para llamar la atención de sus soldados—. La batalla ya no tiene sentido. Hagan lo que hagan, los aesirianos ya perdieron. —Miró a Sakti—. El Primer Dragón no tiene alma.
La mangodria abandonó el campo de batalla sin que nadie lo evitara. Tampoco nadie celebró. El silencio reinó en voraces y príncipes, en soldados y guerreros neutrales, en el árbol y en la luna. Todos miraban a Sakti y al círculo de cenizas que dejó el fuego azul junto a ella, sin tocarle ni un pelo.
En el Norte, a lo lejos, escucharon un retumbo. Una llamarada verde se levantó en el cielo y luego se apagó.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!