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Capítulo 4

4
ABEJA REINA


Escucharon los pasos de los hijos de Vanir. A la distancia vieron que la copa se mecía frágil por la incursión de los gigantes y por los chupetones del fuego azul.
—¡A ellos! —ordenó el Emperador con los puños apretados.
Había contado con que se diera un enfrentamiento. Contaba con que Harald tomara la iniciativa, enfrentara a los vanirianos, los expulsara o matara, y tomara el campamento neutral como botín de guerra disfrazado de protección militar. Pero no contó con que los vanirianos llevaran a los hijos del rey de hielo directo al Yggrdrasill. «¡Lo van a derribar!». Pensó en todo lo que se perdería con la caída del árbol de la vida. Pensó en el riesgo que corrían no solo sus primos y sobrino, sino también Sakti, el Primer Dragón. La princesa carecía de la motivación para intervenir en un enfrentamiento entre vanirianos y aesirianos; pero sí intervendría si sospechaba que Connor peligraba. Aunque la magia de Sakti estaba más fuerte que nunca, la princesa era un remedo de lo que una vez fue. Sin un brazo, la clavícula lastimada, la pierna herida y las secuelas de una larga convalecencia, Sakti no era tan fuerte como para enfrentar a una tropa de hijos de Vanir. Aunque igual lo intentaría por Connor.
—¡Ya lo oyeron! —exclamó su hijo mientras él mismo montaba—. Mientras los Generales no estén aquí es nuestra responsabilidad actuar como eje militar.
El Emperador apenas tuvo tiempo de agarrar las riendas del caballo para evitar que el príncipe se marchara con los soldados, que alterados por la luna carmesí estaban tanto sedientos de sangre como aterrados. «El árbol de la vida no debe caer», decían sus expresiones. «Es lo que Connor nos dejó». Se marcharon envueltos en una nube de polvo, enojo y miedo.
El príncipe tuvo el decoro de esperar a que los soldados se fueran para mirar a su padre con resentimiento. El Emperador parpadeó. Desde la caída de Connor su hijo lo miraba diferente. No era irrespetuoso ni impertinente, pero cuestionaba más sus órdenes. Preguntaba por qué. Hacía lo que se le dijese, pero antes argumentaba por qué no le parecía correcto.
Era otro de los tantos cambios que el doctor trajo al mundo, aunque quizá no era malo. Aunque no compartía muchas de las visiones de Connor, el Emperador admitía que era un chico con talento e inteligencia. Sería un buen miembro de cualquier Corte. Ya era demasiado tarde como para que Connor se uniera a la suya, pero quizá el príncipe Kardan podría convencerlo de unirse a la de él cuando fuese ungido soberano absoluto de los aesirianos.
El Emperador se preguntó qué mundo construiría su hijo si Connor se unía a él.
—¿Por qué me detienes, padre?
—Si el árbol cae no quiero que te aplaste. Me queda poco tiempo. Cuando el momento llegue tienes que estar cerca para tomar la Corona. —Kardan asintió en silencio y se bajó del caballo.
—Como ordenes, padre.
El Emperador apretó los puños. Debía tener la conversación con su hijo antes de que todo el cuerpo colapsara. Se miró la mano. Negra, tan negra, y fría, ¡tan helada! Tenía miedo de que si tocaba con ella a Kardan le contagiara la marmorización –lo cual era ridículo, lo sabía– o que el príncipe lo rechazara –lo que quizá no era tan tonto–. Pero no tenía agallas para hablar. Estaba asustado. Entre más cerca estaba de morir, más miedo tenía de la muerte.
El príncipe se le adelantó. Estaba enfadado aunque el Emperador no sabía si era por culpa de la luna carmesí, porque no le dejó ir a pelear por Connor y el Yggrdrasill, o porque el príncipe tampoco había llegado a términos sobre la inminente muerte de su padre. Lo vio entrar a la tienda. Lo último que vio de él por un buen rato fue la espalda tensa que decía «Déjame a solas un rato, por favor». El Emperador se lo concedió.
Se concentró en los relampagueos y en las flamas azules que serpenteaban a la distancia. En la nube de polvo levantada por los soldados de su campamento, que iban como refuerzos a luchar contra los vanirianos. En el retumbo de las ramas caídas y los pasos de los hijos de Vanir. Y en los rugidos lejanos de los voraces que entraban en combate. En comparación, el campamento Real era como un cementerio. Silencioso y aburrido. Lúgubre, incluso. Los soldados que quedaban ahí estaban atontados porque pudieron tomar de la reserva de jarabe o porque la luna los aturdía en lugar de enfurecerlos. Se encogían en el suelo con cada chillido del cielo. Movían los labios con oraciones susurradas, suplicando que esa noche, y todas las restantes, acabaran pronto. «Cuando los Dragones vuelen todo esto acabará», pensó el Emperador mientras miraba la moneda de sangre. «Cuando los empuje a aquel pozo en Tyr la luna palidecerá de nuevo. El mundo será como debió haber sido. Como debimos haberlo conocido».
Debió de quedarse dormido de pie porque se sobresaltó de repente. Ya se había acostumbrado a los chasquidos de las ramas y los pasos de los vanirianos gigantes. En una noche tan espeluznante, los retumbos de guerra y muerte siguieron el ritmo de una canción de cuna. Pero el rugido del Dragón despertó un miedo ancestral en él, que le estremeció cada célula del cuerpo. Miró a Sakti al borde del Yggrdrasill, cuyas ramas grises ardían con destellos azules o estaban completamente ennegrecidas, carbonizadas ya por las llamas de hielo. Se preguntó si el árbol tenía alma. Y de ser así, ¿se consumía en el fuego de la mangodria?
Los pulmones se le cerraron. Se llevó una mano al pecho mientras abría la boca en una enorme «o» con la esperanza de que el ataque pasara. «No te preocupes. No tengas miedo», se dijo, aunque estaba muy preocupado y muy asustado. «Va a pasar. Siempre pasa». ¿Pero lo haría? ¿O ya sus pulmones colapsarían, convertidos en mármol? Kardan. Necesitaba a Kardan. Si sostenía la mano de su hijo antes de morir, Dios le permitiría una última misericordia.
Un soldado colapsó de repente a unos pasos de él. El Emperador lo miró en silencio, todavía con los pulmones encogidos. Casi todos los soldados se bamboleaban aletargados por el jarabe y la luna, pero había otros que estaban completamente erguidos, con la vista perdida en el espacio. Más que estar de pie, parecían clavados al suelo. Estaban tiesos, como si la luna fuese un sol de sangre que los resecó en sus puestos.
El campamento estaba en silencio. Demasiado. Ni siquiera se escuchaban la corriente del río junto al campamento ni la cascada al fondo del precipicio cercano.
Los pulmones le reaccionaron de nuevo. El Emperador respiró una profunda bocanada antes de girar sobre los talones y correr hacia la tienda de estrategia militar, donde había entrado su hijo. Lo primero que vio al cruzar la cortina fue a Kardan frente a él, con una navaja al cuello. Una mujer de cabello rosado y ojos miel lo tenía abrazado por la cintura, firmemente sujeto. El príncipe estaba erguido, con una expresión digna en el rostro. Apenas tuviera la oportunidad se liberaría. Abigahil sonrió.
—Hola, Majestad. Un paso en falso y corto el cuello Real de su hijo.
—O tal vez yo corte el tuyo —replicó el príncipe con buen humor. Abigahil volvió a sonreír.
—Sí, a lo mejor. Pero sabes que no caería sin antes hacerte un corte o dos. Y vengo armada hasta los dientes con navajas de sangre negra. Tú mejor que nadie sabes lo que eso significa, ¿verdad? Y Connor ya no está aquí para salvarte.
El ceño del príncipe se frunció. Ya no estaba tan seguro y digno como antes. Una sola cortada con esa daga podría matarlo.
—¿Qué quieres? —preguntó el monarca.
¿Para qué se tomaría Abigahil la molestia de atrapar un rehén? Si se coló en el corazón mismo del campamento Real nada le habría costado matar a Kardan y escapar en silencio. Habría sido sencillo con la ausencia de los soldados más fieros... «¡Ah!», comprendió el Emperador. El ataque al Yggrdrasill era una distracción. El verdadero ataque estaba dirigido al campamento Real. Y él fue lo bastante tonto como para no preverlo.
—Tu Corona —dijo Abigahil con sencillez. Todavía sonreía—. ¿Es que no era obvio?
—Mi Corona —repitió el Emperador—. Tengo curiosidad. Si te la doy ¿qué crees que pasará? O mejor dicho, ¿qué cree Vanir que sucederá? ¿Se convertirá en Emperador automáticamente?
La sonrisa de Abigahil se apagó. Sus ojos miel brillaron con una amenaza.
—Supongo que se puede arreglar fácilmente: se mata a todos los príncipes y a todas las Doncellas. ¡Ah, si tan solo hubiese una princesa aesiriana con la que se formalizara la coronación de un vaniriano como Emperador de los aesirianos! Oh, ¡espera! —El perfil de Abigahil se agudizó aún más, terrible y letal—. Sí la hay. Si hace falta, Vanir solo tendrá que desposar a la Princesa Carmesí.
—¡Ja, ja! —se rio Kardan sin poder evitarlo—. Allena se lo comerá de un bocado. O lo hará cenizas antes de que Vanir se le proponga.
Abigahil le jaló el pelo con fuerza hasta casi romperle la nuca, y pegó más la navaja al cuello. Era esbelta y fuerte, tan alta como Kardan y mucho mejor contorneada que él. Era más que capaz de matarlo, con navaja envenenada o sin ella.
—Dámela y me iré en silencio. Tus soldados allá afuera no tienen por qué pagar las consecuencias de tu estupidez y egoísmo.
El Emperador pensó en el soldado que de repente había colapsado y en los que estaban tiesos como ramas resecas. «Son los que se dieron cuenta de que algo iba mal». Aunque no podían ver a los kredoa, seguro que los percibieron. Los vanirianos se encargaron de ellos antes de que dieran la señal de alerta.
—¿Ves la corona en alguna parte? —preguntó el monarca despacio para ganar tiempo mientras pensaba en una solución.
Estudió la tienda: los baúles y gavetas estaban abiertos y desordenados. Había cuadernos, mapas y rollos de pergamino esparcidos por el suelo. Se preguntó si la mangodria había revisado antes o después de que Kardan entrara a la tienda. Fuera como fuese, el resultado era el mismo: no encontró lo que buscaba.
—No está aquí —continuó el Emperador.
—La espada —Abigahil apretó tan fuerte el pelo del príncipe que lo tenía hecho un nudo en el puño—. ¿Dónde está Gungnir?
El Emperador apretó los labios. No le gustó que la mangodria pronunciara el nombre de su espada, porque de alguna forma se apropiaba de algo que pertenecía solo a los Aesir y a él en particular. La única persona que podía quitarle a Draupnir y Gungnir de sus dedos helados y muertos era su hijo, el próximo Emperador. No se lo permitiría a nadie más.
—Tampoco está aquí. Y en todo caso... —miró al príncipe en busca de una señal. Kardan parpadeó: «Estoy bien. Hagamos esto»—... tampoco es tuya.
Los labios de Abigahil se torcieron. El Emperador supo que diría algo como «¡Entonces tu hijo no me sirve!», pero Kardan se le adelantó antes de que dijera nada. Las canicas de luz se le materializaron en el cuello. Abigahil chilló enceguecida. Movió la navaja para cortar el cuello del príncipe, pero todo lo que raspó fue la coraza de un Fafnir. La herramienta le dio un puñetazo en el pecho y la derribó con un coletazo en las piernas. Se detuvo al lado de la mangodria con las zarpas extendidas para arrancarle los ojos. Abigahil reaccionó al fin.
Salieron de la tienda justo a tiempo, apenas para evitar que el fuego verde los pellizcara. La tienda apenas ardió. En un segundo se iluminó de verde y al instante siguiente se convirtió en cenizas. «Alerta», dijo la sincronización del príncipe Kardan. El muchacho soltó un suspiro de fastidio.
—Quemó mis cuatro Fafnir. Ni siquiera les dejó un fragmento de núcleo.
El Emperador lo miró con el ceño fruncido. Se suponía que las herramientas de su hijo eran las más resistentes al fuego.
—¿Eso qué significa?
—Que su fuego es más fuerte que el de Allena.
«O sea», pensó el monarca mientras agarraba al príncipe del hombro para apartarlo de las cenizas, «que estamos jodidos». Abigahil estaba en el centro de la tienda carbonizada, rodeada del polvo y la destrucción que desencadenó con un parpadeo. Se veía grandiosa y todopoderosa. Se veía como Sakti.
Al fin hasta los soldados más adormilados se espabilaron. Tomaron posición de defensa y ataque al ver a la intrusa; sin embargo, los kredoa que se infiltraron antes también entraron en acción. Tomados por sorpresa, la mitad de los soldados cayó derribada o partida por la mitad por los puñetazos de hierro dirigidos a la boca del estómago. La otra mitad percibió el ataque y defendió; pero, aunque razonaron que luchaban contra hechiceros protegidos por la invisibilidad, todavía estaban confundidos y afectados por la luna carmesí. El Emperador apretó los dientes. «Eso también fue parte del plan: que se quedaran atrás solo los guerreros atontados por la luna y no los excitados por combate». Colocó al príncipe detrás de él y tomó una decisión.
—Ve al campamento de Sin. Ahí estarás a salvo.
Abigahil avanzó a pasos lentos pero firmes hacia ellos. Sus pies levantaban nubes de cenizas.
—No, sabes que no funcionará —reprochó el príncipe—. Sin seguro también envió refuerzos al Yggrdrasill.
El príncipe rubio estaba apostado en un campamento al este, justo para tener una mejor visión de los grupos vanirianos que se acercaban al árbol de la vida. Aunque la batalla en el Yggrdrasill sucediese en el norte, seguro que Sin escuchaba también el chasquido de las ramas. Habría enviado sus refuerzos sin chistar. ¡Joder, hasta habría liderado la marcha! Después de todo, quería muchísimo a Harald. Era su primo favorito.
Abigahil al fin salió del círculo de cenizas. Esbozó su sonrisa torva y se lanzó hacia los Aesir. El príncipe reaccionó con dos canicas de luz en el cuello, que se materializarían en Fafnir. Antes de que los núcleos tomaran fuerza física, la mangodria los alcanzó envuelta en llamas... y chocó contra un escudo invisible delante del Emperador. La mujer cayó sentada entre las cenizas.
—¡NO! —aulló Kardan mientras agarraba a su padre del brazo—. ¡Detente! ¡No lo hagas!
Abigahil se levantó y se lanzó de nuevo contra ellos, pero otra vez chocó contra el escudo. Este golpe, sin embargo, le permitió ver lo que enfrentaba: energía pura. Golpeó una tercera vez hasta que la energía se visualizara mejor. Era como cristal distorsionado por donde corrían pequeñas venas de luz imperceptibles a primera vista.
El Emperador apretó los dientes y retrocedió para que Kardan retrocediera con él.
—Quédate detrás de mí —le dijo.
—¡NO! —El príncipe se aferró a él como si fuera un niño, no un hombre. El Emperador lo miró con la frente fruncida y sorprendida. Aunque Kardan le había llevado la contraria en los últimos días, nunca se permitió suplicar ni perder la dignidad en público. Al mirarlo, vio su expresión asustada—. Si haces esto vas... —La voz del príncipe se quebró—. No lo hagas. Papá, por favor no lo hagas.
Por eso tuvo que tener esa conversación con él hacía mucho tiempo. ¿Por qué la pospuso?
El nuevo golpe de Abigahil fue un puño de fuego verde. El impacto los lanzó de espaldas a ambos, aunque el escudo impidió que cayeran directamente al suelo. La mangodria sonrió. Aunque costaba ver la barrera mágica, con cada golpe, con cada nube de ceniza y polvo, con cada detonación, veía más y más la forma que tenía. Ya sabía que era una esfera. Los destrozaría a los dos si se enteraba de lo que era antes de que el Emperador terminara de cargar.
—Kardan, no tenemos tiempo para esto. —Concentró toda su atención para recibir el nuevo golpe de la vaniriana—. Tu seguridad tiene prioridad sobre la mía ahora. Sabes que es lo mismo que harían Enlil y Sigfrid. Ya sabes lo que tienes que hacer.
El príncipe apretó los dientes, sin responder con un «sí» o un «no». Estaba enojado. Si Abigahil no mataba al Emperador, su padre de todas formas moriría por una sobrecarga.
Jamás tendría la oportunidad de despedirse de él.
Aun así obedecería. Aunque pasaba por una época de pequeña rebeldía, en el fondo seguía siendo un hijo obediente. Si su padre le ordenaba huir, cumpliría. Miró alrededor en busca de una ruta de escape. Todo lo que vio fue a los soldados que luchaban contra guerreros invisibles. Por las pisadas que se marcaban en el barro, podía asegurar que había vanirianos ordinarios y groliens. Como no escuchaba las carcajadas podía descartar a las arpías. Aun así ¿cómo evadiría los golpes de enemigos que no podía ver? Tendría que confiarse a los Fafnir y a la sincronización. Las herramientas leerían las energías alrededor y lo protegerían de la magia agresora.
Abigahil volvió a atacar. Su puño de fuego verde sonó como si el cielo se partiera en dos. Los soldados alrededor miraban a todas partes: a la mangodria, a los Aesir, a los demás oficiales y al espacio vacío en donde deberían estar sus enemigos, sin ser capaces de enfrentar a la líder vaniriana, socorrer al Emperador y su hijo, o tan siquiera mirar la condición de los guerreros contrarios para saber si los golpes que acertaron en el aire surgían efecto.
La nueva detonación de Abigahil hizo rodar la esfera como si se tratara de una canica. Los Aesir lograron mantenerse erguidos dentro del escudo, incapaces de hacer nada más que recibir los golpes. «Aviso», saltó al fin la sincronización del Emperador. «Carga lista». El monarca sonrió. Oh, ¡qué sorpresa se llevaría la mangodria!
—¿Listo? —preguntó a su hijo.
—Listo —contestó el príncipe con un susurro. El muchacho apretó por última vez el brazo de su padre... y se apartó—. Adiós.
Abigahil se envolvió en fuego y embistió contra ellos al tiempo que las canicas de luz del príncipe brillaban como una estrella. La mangodria tuvo que cerrar los ojos, incapaz de soportar el resplandor. Su ataque conectó contra el escudo de energía pero esta vez fue diferente: la esfera no giró en el suelo. Al contrario, se mantuvo firme y poderosa. Un rugido atravesó el campamento. Los Fafnir del príncipe corearon, aunque sus gruñidos eran más leves en comparación con los del nuevo monstruo.
Cuando al fin Abigahil recuperó la vista, vio que el príncipe corría hacia los caballos fuera del campamento. Los Fafnir iban junto a él, derribando a los vanirianos invisibles antes de que golpearan a Kardan. Apretó los dientes y se prometió que el príncipe no escaparía. Pero luego miró al Emperador, que estaba inmóvil a unos pasos de ella. Desafiante. Listo para recibirla.
—Debiste escaparte con él —siseó furiosa.
—Ven.
Obedeció. Tomó impulso para lanzarse otra vez contra él, pero entonces aquel rugido aterrador se escuchó de nuevo. Venía de alrededor del Emperador. El escudo de energía pura, aquel que a Abigahil le pareció un cristal distorsionado con venas de luz, se contorneó mejor. Abigahil parpadeó confundida cuando se vio reflejada por encima de la imagen del Emperador, como si la esfera tomase la forma de un espejo. Los soldados, las tiendas y hasta los vanirianos se reflejaron también en la esfera. Otra vez el rugido estremeció el campamento.
Un par de ojos de jaspe asomaron por encima del Emperador. A la esfera le salieron brazos cristalinos que apoyó en el suelo. Una cola, también de cristal, surgió en la parte trasera y derribó con un bamboleo a los guerreros detrás del monarca aesiriano. Incrédulos, todos miraron cómo un Fafnir se levantaba por encima del Emperador. Era gigantesco, como las herramientas que el príncipe Sin comandaba. Pero su coraza no era de escamas blancas, sino de gruesas láminas de cristal que reflejaban el cielo nocturno, el resplandor de las llamas verdes y los rostros de los luchadores.
—No puedes destruirlo con fuego verde —sentenció el Emperador—. Su forma física en realidad no existe. —Se señaló a sí mismo—. Es energía pura, mi energía. Si quieres derribarlo tendrás que matarme.
—Ah, eso se arregla fácilmente.
Abigahil corrió hacia él, pero el Fafnir se volvió a convertir en una esfera y protegió al Emperador. Una vez que apartó a la mangodria, la herramienta volvió a erguirse. Se afianzó en el barro con sus patas enormes y giró sobre los talones con la cola extendida. Los aesirianos alrededor fueron repelidos por la energía para que no recibieran el golpe; mientras que los vanirianos, incluida Abigahil, recibieron el coletazo directamente. Una franja escarlata atravesó la armadura de la mangodria a la altura del pecho. Apenas tuvo tiempo de girar en el suelo cuando el Fafnir cayó sobre ella y lanzó un puñetazo de cristal para aplastarla. Abigahil se irguió y corrió de nuevo hacia el Emperador, pero el Fafnir otra vez tomó la forma de una esfera y corrió detrás de ella. Acortó la distancia y la embistió. Abigahil cayó de cara sobre el barro. Sus instintos la hicieron rodar de nuevo, a tiempo para evitar otro puñetazo. Al mirar atrás vio que el Fafnir se había erguido otra vez y buscaba aplastarla.
«Es como un Fafnir armadillo», pensó cuando la herramienta se compactó de nuevo en una esfera y rodaba hacia ella. Abigahil defendió con descargas de fuego, pero cada una caía sobre el escudo de cristal sin romperlo. El Emperador tenía razón: el fuego verde no podía destruir algo que era manifestación física de la magia, porque la magia en sí misma no tenía forma física. La única manera era alcanzar directamente al monarca.
La esfera cambió de dirección antes de que la embistiera de nuevo. Levantó una cortina de barro y se impulsó a toda velocidad al Emperador para protegerlo de un flanco descuidado. El Emperador se encogió cuando escuchó la embestida de los groliens contra su Fafnir. De no ser porque la energía vaniriana alertó a la herramienta, él habría caído sin darse cuenta de que era blanco de más vanirianos.
—¡Todos —aulló Abigahil— a él!
El Emperador apretó los dientes. La alarma de la sincronización le avisó que toda la energía enemiga se concentraba en él. Se dejó rodear por el Fafnir, que había tomado de nuevo la forma de esfera. Sabía que estaba a salvo detrás de la herramienta. El problema era cuánto tiempo le quedaba. Su Fafnir era el mejor de todos en defensa pero requería mucha energía.
Y al Emperador le quedaba poca.
Los pulmones se encogieron de nuevo. Esta vez fue tan repentino y doloroso que el monarca se dejó caer de rodillas al suelo, encogido por la agonía. «Alerta, alerta», cantó la sincronización. «Sistema sobrecargado. ¿Desea reiniciar el sistema? Esta acción supondría la caída del escudo. Alerta, alerta. Sistema sobrecargado. ¿Desea reiniciar el sistema? Esta acción supondría...». Apretó los dientes mientras la sincronización le lanzaba el mismo mensaje una y otra vez. Kredoa y groliens caían sobre él con embestidas que no habrían podido ni hacer una marca en el escudo de cristal si él hubiese tenido toda su potencia. Pero ahora las láminas del Fafnir se hacían más débiles y delgadas. Su energía flaqueaba y, con ella, la herramienta.
Libres del ataque de los vanirianos, los soldados se reagruparon. Aunque el Fafnir de cristal estaba débil todavía reflejaba la noche, las llamas, las tiendas... y a los enemigos invisibles. Al mirar la superficie del Fafnir, los aesirianos podían ver también a sus contrincantes. Se formaron alrededor de ellos y, espada en mano, comenzaron a cortar cabezas y atravesar pechos. Abigahil escuchó los chillidos de sus hombres. Su rostro se encendió de furia. Sus puños se encendieron de esmeraldas a la vez que avanzaba hacia la esfera. Los vanirianos alrededor le dieron lugar y continuaron atacando el escudo de cristal, seguros de que su señora los protegería de los aesirianos.
El Emperador apretó los dientes. No podía respirar. No podía moverse. Apenas podía mantener el escudo. ¿Cómo podía intervenir entonces para proteger a los soldados? Porque debía hacerlo. Los oficiales tomaron votos de protegerlo y luchar en su nombre, pero cuando se coronó él también juró que protegería a su pueblo. Si dejaba que Abigahil los destruyera con el fuego verde rompería sus votos.
Abigahil disparó contra los soldados. Algunos cerraron los ojos y se cubrieron con los brazos. Otros enfrentaron la descarga con dignidad y furia, listos para seguir luchando aunque se convirtieran en cenizas. Por suerte para ellos, los Fafnir fosforescentes del príncipe Kardan se interpusieron. Aunque las herramientas se deshicieron entre vapores, los soldados sobrevivieron.
—¡A ELLOS! —rugió Kardan desde lo alto de un corcel de seis patas.
Los soldados respondieron con un grito de guerra. Las canicas de luz salían disparadas del cuello del príncipe a uno y otro lado para proteger a los soldados cada vez que un vaniriano los atacaba por los flancos descubiertos o cuando Abigahil lanzaba descargas. Él mismo avanzaba por entre las filas sin Fafnir que lo resguardaran, con la vista fija en el escudo de cristal para saber cuándo un vaniriano invisible lo atacaría. Hizo gala de su dominio de la espada al herir y matar a todos los enemigos que intentaban derribarlo del caballo. Pronto los vanirianos dejaron de atacar el escudo del Emperador para ir a socorrer a sus compañeros. Abigahil gruñó.
—Oh, qué cachorro tan impertinente tiene, Majestad —miró al Emperador, quien todavía estaba de rodillas con una mano en el pecho y la otra en el suelo para mantener el equilibrio—. Habrá que enseñarle una lección.
La mangodria concentró toda su atención en el príncipe. El Emperador comprendió su expresión porque era la misma que Sakti utilizaba cuando usaba la piroquinesis; prendería al príncipe a la distancia sin darle la oportunidad de defenderse. Abigahil disparó al tiempo que el Fafnir de cristal se levantaba. La herramienta cayó sobre el príncipe con un retumbo y se convirtió en una esfera alrededor de él para protegerlo del fuego. Las llamas lamieron la coraza de cristal y se levantaron en el aire como una torre. Las personas alrededor, vanirianos y aesirianos por igual, estallaron en contacto con las llamas. Pero Kardan estaba a salvo.
—Oh —Abigahil sonrió al tiempo que se giraba hacia el Emperador—. Jaque mate.
Con una mano desenfundó la espada que llevaba a la cintura. Con la otra levantó al Emperador.
—¡NOOOO! —aulló el príncipe a la vez que la mangodria atravesaba el pecho del monarca.
El Emperador echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta en una «o». Abigahil dejó la espada clavada y retrocedió un paso con la intención de ver con todo detalle cómo el Aesir se desplomaba. Pero el Emperador se mantuvo en pie. Solo trastabilló cuando dio una buena bocanada. Aun así se mantuvo erguido.
—Huh —murmuró. El Emperador enderezó la cabeza. Tomó la espada de Abigahil y se la arrancó sin ceremonias—. Gracias. Ya puedo respirar.
—P-pero ¿qué...?
Abigahil abrió los ojos como platos. Fue un golpe directo al corazón, ¡debió de haberlo matado! El Emperador le sonrió y le mostró la mano negrísima.
—Fallaste por mucho.
El Fafnir de cristal rugió de nuevo. Abigahil se giró a tiempo para recibir un coletazo directo. La mangodria se dobló en el aire. La lanzó hacia el borde del precipicio, justo al lado del río y de la cascada cercanos al campamento.
—¿La terminamos juntos? —preguntó el príncipe desde lo alto del corcel.
—La terminamos juntos.
El príncipe desmontó para caminar hombro con hombro junto a su padre. Las canicas de luz se materializaban en Fafnir a uno y otro lado para terminar a los vanirianos que todavía quedaban con vida. Los soldados caminaban entre las herramientas, siguiendo con sus pasos metálicos a los Aesir. Para cuando al fin alcanzaron el río ya no quedaban vanirianos. Ya no había más lamentos en el aire que los jadeos de Abigahil, que luchaba por ponerse en pie. El coletazo del Fafnir de cristal le había roto las costillas, un brazo y una pierna. Emperador y príncipe se detuvieron a unos pasos de ella, apoyados por aesirianos envueltos en armadura, herramientas acorazadas en escamas de luz y todavía otro Fafnir gigante y poderoso sobre ellos.
—Jaque mate —dijo el Emperador con una sonrisa mientras daba otro paso hacia la mangodria.
«Alerta», saltó la sincronización. «Límite de zona con conexiones marmóreas». El Emperador retrocedió el paso con los dientes apretados. A veces llegaba a esos límites o puntos muertos, donde las conexiones de los pueblos marmorizados ya no llegaban para cubrir zonas boscosas. Si se adentraba a esas zonas –que la sincronización percibía como manchas de absoluta incertidumbre– el núcleo fallaría y él moriría.
—Kardan, sé un tesoro y tráemela aquí —ordenó con voz dulce—. Arrástrala como la zorra que es.
—Será un placer, padre.
El príncipe avanzó sin contemplaciones. La alerta de la sincronización no saltó para él. Como el resto de príncipes, tenía vía libre para moverse por el mundo. Abigahil retrocedió entre saltos y muecas cada vez que apoyaba la pierna rota en el suelo. La sonrisa de Kardan decía «¿A dónde crees que vas? Estás acorralada. No tienes a donde huir». Sus únicas opciones de escape eran el río –que desembocaba en una cascada– o el precipicio. ¿Quién sabe? A lo mejor suicidarse era más honroso que dejarse atrapar viva. No que Kardan se lo fuese a permitir, por supuesto.
—Ven aquí —el príncipe estiró una mano y agarró el brazo roto de Abigahil para que no forcejeara más—. Es hora de pagar.
—Sí.
El rostro resignado de Abigahil puso en alerta al Emperador pero ya era demasiado tarde para reaccionar.
—Hora de pagar.
El suelo bajo la mangodria se deslizó al borde del precipicio. Una muralla de fuego se levantó detrás del príncipe. La tierra se aflojó a sus pies. El vacío se abrió bajo él. El príncipe se apartó de Abigahil tan rápido como pudo. Agitó los brazos en el aire en busca de un punto de apoyo. Todo lo que había era barro, barro y más barro, que se precipitaba en avalancha junto a él.
Una mano helada sostuvo la suya. Cuando levantó la mirada vio que su padre lo sostenía. El Emperador estaba por debajo del borde, sujeto a una saliente poco confiable. El estómago del príncipe se empequeñeció al ver todo lo que había caído: el borde del precipicio estaba muy por encima de su padre, como a diez metros de distancia. Una cascada de piedras cayó sobre ambos cuando un par de soldados se asomó para ayudar. La pared chorreaba barro. La cascada aledaña solo empeoraba las cosas, porque el agua se filtraba y aflojaba más la tierra.
El Emperador levantó el brazo con el que sostenía a su hijo para ayudarlo a llegar a la saliente y que se sostuviera por su cuenta. El movimiento aflojó la saliente y los hizo descender un metro más. Se detuvieron de milagro porque el barro se había atascado. El príncipe miró por debajo de sí. La bruma de la cascada cubría las copas del bosque que se extendía hacia el este. Calculó que si se lanzaba podría sostenerse de una rama y quebrarse pocos huesos.
—Padre, ¡suéltame! —gritó.
—No. Nunca.
—¡Hazlo! —La saliente empezó a descender lentamente, despacio—. Si no me sueltas ¡los dos caeremos! Puedo sobrevivir si me tiro, ¡pero no si me arrastra un derrumbe! Por favor, ¡suéltame!
Se esforzó en sonar valiente pero fracasó. Temblaba de pies a cabeza porque no sabía qué tan lejos estaban las copas de los árboles, si lograría sostenerse de las ramas o si se partiría el cuello apenas las alcanzara. Y su padre lo podía sentir porque la mano de mármol lo sostenía sin flaquear. Si Kardan caía, caería con él.
Otra lluvia de piedras cayó sobre ellos. Al mirar arriba vieron a los soldados, pero también un rostro que no se esperaban encontrar.
Darius.
¿Qué hacía el profeta ahí?
Un soldado se asomó por el borde del precipicio. Llevaba una soga atada a la cintura, con la clara intensión de lanzarse para rescatar a los Aesir. Pero Darius estiró el brazo y lo detuvo antes de que bajara.
El Emperador apretó a su hijo. Con la otra mano apretó más fuerte la saliente a la que se aferraba. Conque así sería, ¿eh? Darius los aborrecía tanto que los dejaría morir. Se quedaría al borde del abismo para verlos caer. Apretó los dientes. La alarma de la sincronización le entumeció la mente. «Alerta, alerta. Ha sobrepasado el límite de zona con conexiones marmóreas. Alerta, alerta. Ha sobrepasado el límite de zona con conexiones marmóreas». Levantó de nuevo el brazo con el que sostenía al príncipe. Si tan solo pudiera lanzarlo a otra saliente quizá entonces los soldados podrían echarle una cuerda.
—¡Papá, suéltame! ¡Por favor! ¡No quiero que te caigas! ¡No quiere que te pase nada!
—Kardan, ¡CÁLLATE POR FAVOR! —suplicó mientras luchaba por levantarlo.
No tenía las palabras para explicarle que ese era su trabajo. Más que ser Emperador, más que ser comandante absoluto de las Fuerzas Armadas, era su padre. Y entre sus tareas se encontraba dar la vida por él. Así de simple.
Una nueva lluvia de piedras cayó sobre ambos. Al levantar la mirada vio a Darius a dos metros por encima de él. El profeta tenía una cuerda atada a la cintura. Con una mano se afianzaba a la pared de barro mientras que ofrecía la otra al Emperador. El mestizo movió los labios. Fue una orden clara y precisa en una situación tan escabrosa.
—¡NO! —rugió el príncipe al escuchar al profeta—. Papá, ¡no lo hagas! ¡No lo hagas! ¡Suéltame! ¡No lo---!
El Emperador meció el brazo de mármol negro. Tomó impulso una, dos, tres veces. La saliente se aflojó. Cedió bajo el peso. Pero antes de que cayera con el derrumbe, el monarca logró su cometido: pudo levantar a Kardan, darle impulso y soltarlo para que Darius lo agarrara. Una vez a salvo, el príncipe tuvo tiempo de mirar atrás. Su padre sonrió. Fue la expresión de alivio y amor más sincera que hubiese visto jamás.
—Gracias —susurraron sus labios para Darius justo antes de que la saliente saltara por los aires.
Lo último que el príncipe vio de su padre ese día fue la figura arrastrada y cubierta por la avalancha de barro.

****

Se arrastró desesperada. «No. No. No». Iba cubierta de barro de pies a cabeza. Le costó tanto salir del alud que para cuando al fin alcanzó la superficie creyó que se moriría de agotamiento sobre el barro. Se sintió desfallecer, salvo que al instante siguiente el corazón le bombeó enloquecido. Abigahil se levantó a duras penas, temerosa. «Que no sea lo que creo que es», suplicó. «Que no lo sea». Agradeció el dolor de la pierna rota. El de las costillas y el del brazo.
Cuando empezó a apoyar mejor la pierna, cuando vio que sus cortes comenzaron a sanar con rapidez, se dejó caer al suelo. «No, no. Por favor, no». Entre más terrible el dolor, entre más grave la herida, más fuerte reaccionaría su cuerpo para contrarrestarlo. Y si tenía una reacción violenta sufriría el destino de toda mangodria.
Se transformaría.
Al fin llegó al borde del campamento. No había hogueras ni centinelas. Solo una pequeña fogata en el centro, justo delante del castillo flotante. La fortaleza estaba anclada en tierra. Se camuflaba de los ojos aesirianos gracias a su cubierta, pues las torres de la nave estaban cubiertas por árboles y jardines superiores. Ese era el campamento militar más secreto, pues de él sabía solo la élite vaniriana. Después de todo, ¿cómo podían darle a cualquiera la ubicación del rey Vanir?
Lemuria esperaba con las manos arrimadas al fuego. Se la veía somnolienta y agotada. Tenía moretones y aruños en la cara, brazos, manos y piernas. Su misión tampoco fue un paseo por el parque pero al menos estaba entera, sin rastros de pavor.
Cuando escuchó a Abigahil, Lemuria se levantó con una sonrisa de alivio. Pero cuando vio a su hermana la sonrisa se rompió como una figurita de cristal. Corrió hacia la peli-rosada, se la echó a la espalda y la llevó a la hoguera para calentarla.
—¿Tan mal se ve? —preguntó Abigahil al ver la cara pálida y los ojos llorosos de Lemuria.
Su hermana menor agitó la cabeza, sin decidirse a asentir o negar.
La cara de Abigahil estaba endurecida. La mitad de su rostro tenía una capa café escamosa, mientras que su ojo era una cuenca de oscuridad. Abigahil se miró las manos; las uñas se le habían convertido en garras. Aunque se arrastró para no forzar la recuperación de la pierna, vio que también estaba endurecida y sanada. Por debajo de la armadura debía de ser café oscura.
—Ha llegado el momento. —Aunque no estaba de ánimo, sonrió. ¿Qué más le quedaba que aceptarlo?—. Es el destino de toda mangodria.
—Abi...
Lemuria la abrazó con todas sus fuerzas, como si con eso pudiese deshacer los cambios que sufría el cuerpo de su hermana.
—Podría ser peor —susurró Abigahil—. Podría haber pasado lejos de ti, lejos de Vanir. Al menos aquí no me deterioraré.
—¡Pero podría haber sido distinto si...!
—¿Distinto si qué cosa? —la interrumpió un hombre.
Al mirar hacia la plataforma de entrada al castillo flotante vieron a Vanir. El rey todavía vestía las ropas de soporte médico con las que se mezcló en el campamento de Connor. Sus ojos de fuego se posaron en ambas, primero con la pasión de un líder y después, al ver el estado de Abigahil, con la dulzura de un amante. Vanir se situó delante de Abigahil y le tomó el rostro entre las manos. Acarició con suavidad ambos lados, el que todavía era terso y bello y el que ahora era duro y deforme.
—Lo lamento mucho, mi niña. Qué cruel que pase justo ahora, cuando estamos tan cerca de la victoria.
Abigahil se contrajo. Aunque las heridas sanaban el cuerpo estaba adolorido. La piel le ardía. Los huesos le escocían por dentro. Podía sentir que se abrían con pequeñas fisuras por donde brotaba el veneno de la abeja reina. No podía controlarlo. A diferencia de los aesirianos, que aprendían a controlar sus transformaciones, las mangodrias no tenían ningún dominio sobre sus cuerpos una vez que la transformación comenzaba. Sus destinos estaban escritos desde que entraban al servicio de Vanir.
—¿La Corona? —preguntó el rey.
Lemuria lo resintió. Aunque la mente de Abigahil se deterioraría en unas horas, no era justo que priorizara la misión por encima del consuelo de una Generala que claramente lo dio todo en su último combate.
—Lo siento. —Abigahil apretó las manos. Estaban crispadas, duras, escamosas—. No tenía ni a Draupnir ni a Gungnir. Creo que los dejó en Masca.
—Bueno... —Vanir soltó un suspiro—. Valió la pena el intento. Será la próxima vez. Pero antes... —El rey miró a Lemuria y la clavó en el suelo con sus ojos de fuego. Extendió una mano. Allí tenía un tubo de ensayo vacío—. Falta un estabilizador. ¿Podrías decirme dónde está?
Fue una suerte que hubiese palidecido antes, cuando vio a Abigahil, o de lo contrario Vanir habría notado con más detalle el blanco de su rostro. Lemuria no supo qué decir. No tenía cómo explicar la falta del estabilizador.
—¿Por qué me pregunta a mí, mi señor? —Intentó sonar inocente y confundida.
—Porque he visto lo que pasa con la gente que frecuenta demasiado a Connor. Cambian. Lo aman. Incluso mis soldados llegan a quererlo más que a mí. —Vanir se incorporó para mirarla frente a frente. Sus ojos destellaban peligro—. Solo mis mangodrias y yo sabemos qué hay en esta nave y para qué sirve mi sangre. Solo nosotros tres sabemos dónde están las dos versiones: mi sangre negra y mi sangre blanca. —Tiró el tubo de ensayo al suelo y lo pisó. Lemuria supo que así sonaría cuando Vanir pusiera la bota encima de su cabeza y la aplastara como a una cucaracha—. Hace falta una muestra de la sangre blanca. ¡Hace falta un antídoto del veneno! Yo no lo tomé. Eso significa que una de ustedes lo hizo. Y de mis mangodrias, tú eres la única que frecuentó a Connor. —Le agarró el brazo con suavidad, sin fuerza, pero Lemuria sintió el peso de su mano como si le estrujara el corazón. Vanir le levantó el mentón con la mano libre y continuó—: ¿Será posible? ¿Acaso mi amada Lemuria, mi querida mangodria, mi bruja del fuego azul, robó mi sangre para dársela al bueno y dulce de Connor? Porque sería en vano, ¿lo sabes? Le atravesé el corazón. No podía sobrevivir. Pero si aun así me robaste entonces no tengo más remedio que...
—¡Fui yo! —exclamó Abigahil—. Oh, Vanir, ¡lo siento tanto! No pensé que fueras a molestarte, ¡no pensé que fuese un problema!
El rostro de Abigahil ya estaba completamente oscuro. Solo el ojo izquierdo era de miel. Las lágrimas le empapaban las mejillas deformes.
—Presentía que esto iba a pasar. Pensé que si me preparaba, que si tomaba el estabilizador, evitaría transformarme antes de tiempo. Yo... yo... —Abigahil bajó el rostro y se llevó las manos a la cara para llorar desconsolada—. Lo siento, ¡lo siento tanto!
Vanir parpadeó. La confesión de Abigahil lo tomó desprevenido. Por dentro Lemuria también estaba sorprendida, pero por fuera consiguió enmascarar su turbación. Al mirarla de nuevo, el rey aceptó a regañadientes que la explicación de Abigahil tenía lógica. Pero le molestaba. No era lo que esperaba. «Dios», pensó Lemuria con el corazón encogido del miedo. «Sospecha de mí. Aunque no sepa cuánto lo he traicionado, sospecha de mí». Pensó en Dereck. Vanir creía que el culpable del cambio de Lemuria era Connor, pero se equivocaba. El doctor ciertamente la había conmovido pero no la había tocado, admirado ni amado como Dereck. Él era el verdadero responsable de la brecha abierta entre la mangodria y el rey vaniriano.
—¿Qué hiciste con el estabilizador? —preguntó Vanir con voz neutra. Abigahil se restregó las lágrimas. Lemuria supo que fue para ganar tiempo mientras pensaba en una excusa.
—Se rompió en batalla. El Emperador tiene un Fafnir de cristal que no se deshace con el fuego, ni siquiera con el verde. La herramienta aplastó el estabilizador cuando intenté inyectármelo. —Hundió la cabeza—. Lancé al príncipe heredero por un precipicio, pero no sé si funcionó. Caí antes de asegurar su muerte o la del Emperador.
Vanir la miró fijamente por unos segundos pero no tenía nada que reprocharle. Hizo lo que pudo para conseguir la corona y la espada, y tenía derecho a tomar el estabilizador si sospechaba que la transformación estaba cerca. Le ofreció la mano y la levantó. Le dio un beso en la frente y le acarició los mechones ondulados de cabello rosado.
—Lo lamento, mi pequeña. No has causado ningún problema. Cumpliste con tu deber a cabalidad. Muchas gracias. —Miró a Lemuria—. Es hora de despedirse.
Las lágrimas saltaron de los ojos de Lemuria sin que pudiera evitarlo. Se lanzó a Abigahil y la abrazó una vez más con todas sus fuerzas, ya no para detener lo inevitable sino para darle las gracias. Hasta el último momento Abigahil la protegió. Hasta el último momento fueron fieles entre ellas.
—Te amo.
—Y yo te amo a ti.
Lemuria permaneció inmóvil al pie de la plataforma mientras miraba a Vanir y Abigahil subir al castillo. El rey rodeaba los hombros de la peli-rosada con calidez y bondad, con la misma imagen que Lemuria ligaba a él desde que era pequeña. Los miró mientras la luz se los tragaba.
Más allá, la oscuridad esperaba a Abigahil.

****

Lo primero que recordaba de la Torre era su resplandor. Afuera, en medio de la tormenta de nieve, apenas se distinguía la torre que ascendía al cielo como una insolencia para demostrar que incluso los vanirianos podían llegar más alto que Dios. Una vez que las puertas se abrieron para recibirla, la pradera de nieve se iluminó. Lemuria quedó deslumbrada por las paredes iluminadas y el calor del interior.
—Por aquí, Alteza —le indicó una arpía mientras le extendía la mano para guiarla—. No tenga miedo. Todos la han esperado.
Cada vez que regresaba a ese recuerdo, Lemuria fallaba en precisar cuántos años tenía cuando llegó por primera vez a la Torre. Pero sí recordaba que era diminuta e impresionable. Groliens, arpías, ordinarios y kredoa por igual la recibieron en un mar de aplausos. Mirara a donde mirase, siempre veía a una persona con la vista fija en ella, una gran sonrisa en los labios y un aplauso enérgico. Un guardia de la escolta tuvo el descaro de subírsela a los hombros para que todos pudieran mirarla mejor. Vio la multitud en los parques y avenidas de la planta inferior. ¡Todos se habían reunido para recibirla! Al levantar la mirada se encontró con que los balcones de los pisos superiores también tenían personas, y que ellos también le aplaudían.
Ese recuerdo de luz, donde se mezclaban la felicidad de una bienvenida y el miedo ante un futuro incierto, de pronto se apagaba. Estaba ahora delante de una puerta semi-abierta, diez veces más alta que ella y de doble hoja. Para ese entonces ya conocía a Vanir; el rey esperaba a un lado, majestuoso y apuesto. Pero Vanir no la había impresionado demasiado o no podía competir contra la protagonista de ese recuerdo. Lemuria se despedía de una mujer de ojos de miel que la abrazaba con fuerza.
—Sé fuerte, dulce niña. Protege a tus hermanas y ellas te protegerán a ti. Ama a tu pueblo y tu pueblo te amará también. Sirve a tu rey, y tu rey, ¡nuestro rey!, te servirá también.
La mujer se apartó de ella. Sus ojos de miel eran ahora pozos de alquitrán. Vanir pasó el brazo por encima de los hombros de la mangodria y la guio a la puerta, que se cerraba tras ellos con el peso de un sarcófago.
Lemuria ya no estaba en el pasillo sino en su habitación. El fuego ardía en la chimenea. La lámpara iluminaba la mesa de estudio. La cama tenía frazadas cálidas y suaves de piel de oso. Pero ella estaba encogida en el sillón de la esquina, con las piernas recogidas contra el pecho.
—No lo entiendo —susurró con la voz ahogada—. ¿Por qué hermana mayor tuvo que irse?
Abigahil estaba sentada delante de su escritorio de estudio, al otro lado de la habitación compartida. Aunque tenía abiertos los libros de Historia y desplegado el cuaderno para cumplir con los deberes escolares, no había escrito ni una sola línea.
Abigahil se acercó a ella con el sigilo de una mangodria. Era tres años mayor que Lemuria y llevaba ya seis bajo la tutela del rey. La arpía que escoltó a Lemuria desde su pueblecito lejano hasta la Torre le confió en secreto que Abigahil le parecía mucho menos bonita que ella, con su cuerpo flaco, sus dientes grandes y sus cejas espesas. No sospechaba que en unos años Abigahil se convertiría en la mujer más despampanante que Lemuria habría visto jamás.
—Dos semanas antes de que los exploradores te encontraran, Milidia murió. No aguantó el acondicionamiento físico. Empezó a mutar. El rey Vanir quiso ayudarla pero no pudo. Milidia era demasiado niña como para quedar preñada. —Lemuria la miró sin entender. Abigahil le echó una capucha sobre los hombros y la invitó a levantarse—. Cuando los exploradores hallaron una nueva mangodria, el rey sonrió aliviado. Me dijo que ya no tendría que crecer sola. Ven.
Otra vez estaba delante de la puerta-sarcófago. Estaba cerrada. Lemuria contuvo el aliento, segura de que Abigahil no podría entrar. A la peli-rosada le bastó con poner los dedos sobre la puerta para empujarla. No hizo ningún ruido. Aunque tenía miedo, Lemuria se coló de puntillas detrás de ella. Estaba oscuro. En la lejanía se escuchaban gemidos. Olía dulce y rancio al mismo tiempo. Abigahil la tomó de la mano y la guio por un laberinto de pasillos estrechos. Desde encima les llegaba corrientes de aire a veces cálidas, a veces frías. Lemuria tenía miedo de mirar hacia arriba porque estaba segura de que vería osos polares gigantes o dragones respirando por encima de ella. Escuchó una voz que cantaba una nana. Se escondió con Abigahil detrás de un estante que emitía zumbidos; era el lugar justo para esconder su respiración agitada. La peli-rosada se llevó un dedo a los labios para pedir silencio; de inmediato señaló al frente, donde había una lámpara.
Vanir estaba de espaldas a ellas, desnudo. Cantaba. Por debajo de él estaba la mujer que se había despedido de Lemuria. Gemía de placer con cada arremetida del rey. Su piel era oscura como el alabastro. Su cabello blanco contrastaba con toda ella. Sus garras aruñaban la espalda de Vanir, pero el rey la dejaba hacer. Su dulce voz no dejaba entrever ningún dolor, sino amor puro.
Lemuria miró a Abigahil en busca de respuestas. ¿Qué pasaba? Abigahil miró más allá de los amantes y le señaló una figura atada a la pared. Era una mujer gigante. La parte superior de su cuerpo mantenía la forma de vaniriana, con sus pechos grandes y puntiagudos. Tenía los ojos cubiertos con una banda de metal. De la cintura para abajo tenía el cuerpo de un monstruo. Lemuria se cubrió a tiempo los labios mientras observaba el caparazón abultado, las patas de insecto y el aguijón. Horrorizada, vio que junto a la primera mujer había otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra... Al levantar la mirada vio que ella y Abigahil estaban escondidas por debajo de otra mujer gigante.
—Abejas reina —murmuró Abigahil.
Lemuria la apartó de un empujón y huyó. No entendía absolutamente nada. Tampoco quería entenderlo. Abigahil la alcanzó. La agarró del codo, la hizo girar y la abrazó. Dejó que llorara asustada contra ella, bajo la mirada vendada de las abejas cercanas.
—Quiero ir a casa... —sollozó Lemuria.
—Esta es tu casa ahora. —Abigahil le frotó los hombros—. Si regresas y te transformas, morirás. Aquí al menos tendrás un lugar para vivir el resto de tus días. —La separó con delicadeza y la miró a los ojos—. Este es tu hogar. Yo soy tu hermana. El rey Vanir es tu padre. Y algún día será el hombre de ambas. —Hizo una pausa y dejó que la canción de Vanir rebotara en los pasillos—. Tarde o temprano, tú y yo nos uniremos a nuestras hermanas aquí. Otras mangodrias niñas nos mirarán asustadas, aterradas por lo que les espera. Pero si se los explicamos ya no tendrán tanto miedo.
—¿Explicarles qué cosa?
—Que esto es inevitable. Pero que incluso al final, cuando perdamos nuestra mente y maduremos como abejas, jamás seremos olvidadas. Protege a tus hermanas, ama a tu pueblo, sirve a tu rey. Porque tus hermanas te protegerán, tu pueblo te amará y algún día, cuando seas mayor, Vanir te servirá. Vendrá a visitarte. A visitarnos. Vendrá a cantarnos una canción de cuna todas las noches de nuestras vidas.

****

Delante de la plataforma del castillo flotante, Lemuria recordó el miedo y la impotencia que sintió cuando era la niña delante de la puerta-sarcófago. Supo que Abigahil iría a dormir ahora por el resto de sus días. Y supo también que pudo haber sido distinto. Las mangodrias rara vez se transformaban sin razón aparente. Se convertían en abejas maduras solo cuando tenían heridas tan graves que la regeneración era insuficiente para salvarlas. «Si no hubiese peleado, si no hubiese perdido, no se habría transformado».
Decidió que ella no se transformaría. No compartiría el destino de todas las hermanas que dormitaban en el castillo flotante. «No. Yo tendré mi futuro con Dereck». Para eso tenía que liquidar los obstáculos que se interponían entre ella y su sueño.
Si Abigahil falló en matar a los obstáculos del lado aesiriano, Lemuria se encargaría de ellos.
Después, si tenía suerte, decidiría qué hacer con el obstáculo del lado vaniriano.
Dejaría a Vanir para después.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016-2017. Ángela Arias Molina

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