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Un pecador más

UN PECADOR MÁS

«Alerta, alerta. Fuera de límite de zonas marmóreas. Sistema sobrecargado. Alerta, alerta. Fuera de límite de zonas marmóreas. Sistema sobrecargado».
Al fin sacó la mano por entre el barro y se abrió paso a la superficie. La alarma de la sincronización resonaba en su cabeza aturdida. Respiró en grandes bocanadas, todas tan superficiales y rápidas que apenas le llegaba aire al cerebro. Los pulmones le ardían por la asfixia pero por lo menos se expandían. No estaban encogidos. Por el momento no se moriría ahogado.
«Alerta, alerta», resonó la sincronización. «Fuera de límite de zonas marmóreas. Sistema sobrecargado».
Apretó los dientes, incapaz de ponerse en pie. Toda su vida temió a esa sensación. La primera vez que salió de Palacio después de una prueba de sincronización, las conexiones mágicas de su cuerpo colapsaron. Fue un milagro que la escolta tuviera tiempo de llevarlo de regreso a Palacio. Pasó un mes en cama, incapaz de moverse, de hablar o tan siquiera pensar. Su mente frita apenas recibía los estímulos que la sincronización le permitía. De no ser porque Istar estuvo con él día y noche quizá no se habría recuperado. Istar, tan pequeña y asustada... ¿Cuántos años tuvo en aquel entonces? Nueve, quizá. Diez a lo mucho. Ahora estaba muerta y no podría salvar a su hermano de una nueva sobrecarga. «Y tampoco lo haría», pensó mientras luchaba por ponerse en pie. Fue casi imposible con el peso del talud encima, pero logró sacar el cuerpo. Apoyó todo su peso en la pierna izquierda, pero la derecha no le reaccionó. Esa estaba ya completamente marmorizada; y, sin conexiones sincrónicas aledañas, no era más que un trozo de piedra inútil. «Istar ya no me ayudaría. La engañé. La hice huir de mí. Manipulé a sus cachorros y he abierto la puerta que lleva al pozo en donde serán sacrificados. ¿Por qué habría de ayudarme después de todo el mal que le he hecho?». Quería creer que su dulce Istar lo cuidaría aun así, pero no se atrevía a creer en esa ilusión. ¿Por qué habría Istar de perdonarlo cuando él no podía perdonarse por todos los espantos que había cometido?
La pierna izquierda flaqueó bajo él. Rodó por el barro colina abajo, hasta el pie del derrumbe. La alarma de la sincronización se distorsionó. Se había alejado aún más de la zona marmórea cercana.
Pensó en su hijo. El príncipe estaba bien, ¿verdad? Darius lo había sujeto a tiempo. No lo habría dejado caer, ¿verdad? Aunque por otra parte, ¿por qué se había arriesgado a bajar por ellos? El profeta detestaba a los Aesir y con justa razón. Ellos destrozaron su vida. Si hubiese estado en el lugar del mestizo, el Emperador se habría quedado cruzado de brazos al borde del precipicio mientras miraba a sus enemigos caer. «Por favor, que no lo haya hecho. Que no lo haya soltado. Que no haya lanzado a mi hijo al fondo de este barranco». Kardan era lo último que le quedaba. No era solo carne de su carne, sino también la materialización de todas sus esperanzas para un futuro mejor. Si había aceptado que moriría por la marmorización fue porque supo que Kardan estaba ahí, listo para tomar su lugar, listo para cuidar su pueblo, listo para guiar a los aesirianos a un mundo libre de la maldición de Dios. Si perdía a Kardan perdería también la certeza de que los pecados que manchaban sus manos tenían justificación.
«AleeEeerttAaaa», tartamudeó la sincronización. «Pre-pre-pres-prese-se-se-sencia vAvAvaaAva-niiii-riana».
Una mano helada lo agarró del pelo y lo levantó del barro. Apenas podía ver nada. Sus ojos solo percibían las siluetas de los árboles, el resplandor escarlata que caía sobre ellos y... y...
Dos soles de miel.
Apartó a la mangodria de un empujón pero sin el apoyo de ella volvió a caer al barro. No importó cuánto quisiera levantarse y escapar. No importó cuánto esforzó su mente y su cuerpo para que reaccionaran. Ya su cuerpo no era suyo. Ya su mente agonizaba.
Lemuria lo agarró otra vez del pelo y lo obligó a mirarla. Él no pudo reconocer los rasgos de su cara, con excepción de los ojos, pero sí la olió. Por encima del olor a barro y sangre, percibió un aroma dulce. Miel. Como sus ojos.
—Forzaste a mi hermana a convertirse en abeja. Es lo mismo a haberla matado.
El Emperador apenas la entendió. La voz de Lemuria estaba distorsionada, como la sincronización, como el susurro de la cascada y el río, como los gritos de la luna. Lo único que tenía claro era la sensación palpitante en su pecho en contraste con el adormecimiento del cuerpo. ¿Pero por qué? Ya no tenía corazón. ¿Por qué lo sentía? «Porque se lo diste a alguien más», susurró una voz dulce y querida en su mente. «Una parte de ti seguirá viviendo en él».
Sus sentidos se avivaron de repente. Dio una gran bocanada. Sintió la tierra en la boca y el dolor repentino de la cara. Lemuria le había estado estrellando el rostro contra el barro sin que él se diera cuenta, gritándole acusaciones que no había alcanzado a escuchar hasta ahora. Los sonidos se hicieron más claros. El frío se expandió por todo el cuerpo y lo cubrió lentamente, como una mortaja. Podía sentirlo. La marmorización avanzaba por la carne sin descanso. En contraste, la navaja que Lemuria puso ahora bajo su cuello ardía como un beso de fuego.
—Dámela —ordenó la mangodria—. La Corona.
El Emperador esbozó una sonrisa agotada.
—Haz lo que quieras. No la tendrás. Ya no puedes cambiar nada.
«Una parte de ti seguirá viviendo en él», repitió la Istar de su cabeza. Sabía que alucinaba. Sabía que era el último consuelo que se permitía su mente moribunda. Pero igual aceptó el engaño porque era una ilusión misericordiosa. Si Connor tenía su corazón, una parte del Emperador viviría con él. «Si Kardan logra lo que Harald, las mangodrias y yo no pudimos, contará en su Corte con un buen consejero. Una parte de mí seguirá ahí con él». Creyó que le dio su corazón a Connor para agradecerle haber curado al príncipe del veneno. Ahora sabía que le dio su corazón para que Connor guiara a su hijo a un mundo libre de pecado. En sus últimos momentos, al fin el Emperador comprendió que con él moriría el viejo orden. Kardan y Connor establecerían el nuevo.
«Aviiiiso», balbuceó la sincronización, «ayuda aesiriana cerca». La sincronización le sugirió gritar para pedir ayuda. El Emperador calló. Estaba demasiado cansado como para gritar. Además ¿cuál era el punto? No había ninguna diferencia entre morir por la navaja de la mangodria o sepultado bajo un derrumbe. Lo que le dijo a Lemuria era cierto: ya nada podía cambiar.
Lemuria le pinchó la garganta. Ahí todavía la piel era carne y no mármol. Una gota de sangre escurrió por el pescuezo pálido. El Emperador cerró los ojos, agradecido porque el corte sería rápido. No tendría tiempo de sentir miedo. Pero Lemuria se detuvo. Aunque tenía una cortada, no era más que un rasguño.
—¿Qué quieres? —gruñó la mangodria.
El Emperador entreabrió los ojos. A unos pasos delante de él, en el límite del bosque, estaba Darius. El profeta estaba empapado y lleno de barro; miraba a mangodria y Emperador con ojos agotados y resignados. No había nada de amenazante o sumiso en sus irises.
—¿Vienes a salvarlo? —Lemuria resopló una carcajada—. Es tarde. No puedes hacer nada por él.
—Lo sé. Igual que tú sabes que morirá así le cortes el cuello o lo dejes en paz. Es inevitable.
Lemuria apartó la navaja lentamente. Tenía la frente fruncida.
—Pensé que lo odiabas. Él te atrapó. Hizo miserable a tu familia. ¿Por qué quieres salvarlo ahora?
Con debilidad, el Emperador miró a Darius. Sí, ¿por qué? ¿Por qué había salvado a Kardan? ¿Por qué había ido a buscarlo? Sencillamente ¿por qué?
—Salvó a mi hijo. —Darius ladeó la cabeza al ver que Lemuria no parpadeó—. Ya lo sabías, ¿verdad? Que Connor sobrevivió. —La vaniriana guardó silencio mientras Darius ataba cabos—. El antídoto... Se lo diste a Dereck, ¿no es así?
—Vaya. —Lemuria soltó la cabellera del Emperador y lo dejó caer en el barro una vez más—. Y ni siquiera necesitaste tus poderes de profeta para saberlo. Solo lo dedujiste.
Se miraron a los ojos para medirse el uno al otro. Lemuria estaba lista para saltar y destrozar a Darius si el profeta le daba una señal de peligro; mientras tanto, Darius temblaba del frío y de cansancio. Estaba dispuesto a defender si hacía falta pero sabía que Lemuria no atacaría primero.
—Vete por el lado norte del río —dijo al fin el profeta—. El barranco era tan inestable en ese extremo que los soldados y yo tuvimos que bajar por el lado contrario. Están dispersos por el sur y el oeste del río, pero no por el norte. No encontrarás a ninguno por ahí.
Lemuria sonrió.
—¿Es que también viniste a ayudarme a mí? ¿Por qué?
Darius levantó los hombros.
—Tú también ayudaste a mi hijo. Gracias.
La mangodria miró el rostro pálido y ojeroso de Darius. Luego al Emperador a sus pies. Podía matar al Aesir si quería. Darius no intervendría. Pero ahora parecía tan... insignificante. Esa muerte, o ser la responsable de ella, ya no tenía sentido.
Giró sobre los talones y dio la espalda a Emperador y profeta. ¿Para qué se tomó la molestia de ir? «Para derribar uno de los obstáculos que se interponen entre Dereck y yo», se respondió. ¿Entonces por qué preguntó por la Corona de los Aesir? En el fondo sabía la respuesta. «Porque quiero darle un regalo de despedida a Vanir antes de traicionarlo y marcharme con un nuevo amor». Le dolió aceptarlo. Amó a Vanir desde que empezó su vida de mangodria simplemente porque todos –Vanir, Abigahil, las mangodrias adultas que se transformaron en abejas, ¡todo el mundo!–, le dijeron que era lo que las mangodrias hacían: amaban a Vanir. Nunca se lo cuestionó, ni siquiera en sus momentos de más absoluto espanto. Y ahora resulta que un nuevo amor había surgido en ella. Un amor que brotó de la curiosidad y de la comprensión muda. Un amor florecido en encuentros furtivos, en un campamento de encuentros comunes entre personas separadas por las diferencias marcadas durante generaciones.
Ya no era Lemuria, la mangodria. Ahora era Lemuria, la mujer.
Apretó los puños y se detuvo.
—¡No vayas al Norte! —gritó mientras se giraba al profeta—. Allí está el pozo de la Profecía. Allí está la tumba de los Dragones.
Los ojos de Darius se avivaron con una chispa de confusión, espanto y sorpresa. Lemuria no le dio tiempo a que se recuperara, porque ya podía escuchar las voces distantes de los soldados. Buscaban al Emperador. Ellos no la dejarían marchar en paz como Darius.
—Tú y yo nacimos bajo la misma estrella. Por eso podía colarme a tus visiones cuando éramos más jóvenes. Lo último que pude saber a través de ti fue lo que la Emperatriz de Edén te dijo: Tyr está hecha de jade y tiene un Hlidskjald con aleación de hierro y plata. ¿Lo entiendes? Es la ciudad de hierro, plata y jade. —Giró de nuevo y miró a Darius por encima del hombro—. Yo también te doy la oportunidad de escapar del destino que te han dictado. No vayas al Norte. Y si así lo quieres, evita que tu amiga vaya también. Aunque con eso no podrás salvarla. Nadie puede salvar a un ser sin alma.
Lemuria se marchó. Darius la perdió de vista aunque la luna de sangre iluminaba con todo su esplendor. El profeta avanzó hacia el Emperador y lo volteó. Todavía respiraba, pero lo hacía entre jadeos estentóreos. Tenía los ojos entreabiertos, fijos en la luna carmesí. Darius vio sus brazos, uno completamente negro y otro que se oscurecía también. Las venas del brazo izquierdo se marcaban conforme la marmorización subía por la piel. El corte que Lemuria le hizo en el pescuezo también estaba marmorizado. El hilillo de sangre era una lágrima de piedra negra.
—¿Disfrutas esto? —preguntó el Emperador con dificultad. Sus palabras apenas se entendían.
—No.
—Oh. Habría sido mejor que sí. ¿Dejaste caer a Kardan?
—No.
—¿Por qué?
—Salvó a mi hijo. Yo salvé al suyo. Estamos a mano.
—No. Nunca lo estaremos.
El Emperador miró el rostro cansado de Darius. Aunque el profeta no sentía ninguna satisfacción por verlo agonizar, tampoco resentía su muerte. Le era verdaderamente indiferente. No sabía por qué eso le desagradaba. Después de todos los sinsabores que se dieron el uno al otro, el resultado lógico era que Darius se carcajeara y bailara de la dicha por verlo agonizar. Y ahora resultaba que tendrían ese final tan anticlimático.
—Te quité demasiado —le dijo con tono acusador—. Te arrebaté tu vida, la mitad de tu familia murió por mi causa, te arrebaté a tu hija, me encargué de que fueras sentenciado a muerte y encargué a tus hijos al mejor y más cruel General aesiriano. ¡Al menos aprovecha ahora para echarme en cara todo lo que te debo!
Darius se acuclilló junto al Aesir y guardó silencio. Estaba tan cansado de cuerpo y espíritu que ni siquiera podía entender por qué no sentía ningún regocijo al ver morir a su eterno enemigo. Su corazón estaba aletargado. Quizá el mismo entumecimiento emocional que le impedía llorar por Kel no lo dejaba reírse del Emperador. Su mente también estaba adormilada aunque comprendió algo que ni siquiera el monarca podría poner en palabras.
—¿Por qué quiere que lo resienta? —le dijo—. ¿Qué gana con eso?
Aun con su entumecimiento, resentía al Emperador. A Sigfrid. A Enlil. Los resentía terriblemente a los tres. Pero no tenía fuerzas ni para escupirle al General Tonare si lo tuviera frente a frente.
La marmorización cubrió el brazo izquierdo. El Emperador contrajo la cara, presa del espanto. Miró con desesperación a Darius, como si en esa expresión guardara la fuerza de un último grito. Pero lo que salió de sus labios fue un murmullo, casi una súplica.
—¿Es cierto lo que dijiste? ¿Es cierto lo que me mostraste?
Darius lo miró sin comprender hasta que el Emperador estiró la mano derecha, helada, y le agarró el extremo de la manga llena de barro. ¿Intentaba tomarlo de la mano? ¿Quería que fuera su último soporte en la vida? Darius no lo supo. Su mente viajó al último día en que estuvo en el despacho del Emperador, allá en Masca, cuando le entregó el único informe que escribió con sus hijos sobre las marcas de la Profecía de Sakti. En aquel entonces, resentido e irritado, le mostró al Emperador un vistazo del Reino de los espíritus. Para cerrar su diversión se despidió con aquellas palabras...

«Cuando la Profecía se cumpla ese inframundo desaparecerá y sus habitantes tendrán dos opciones: el Cielo... o el Infierno. Después de escuchar sus voces, Majestad, ¿cuál cree que será el lugar al que irá una vez cumplida la Profecía?»

Dio un respingo. La crueldad con que dijo esas palabras hacía tantos años le provocó un nudo en la garganta. Su corazón resentido insistía en defenderse, en decirle que el Emperador merecía una condena absoluta en el Averno. Merecía que Darius le hubiese revelado el lago de sangre, las voces de la cabeza, los bamboleos de los condenados, la desesperación... Merecía que Darius le recordara todo una vez más.
Pero pensó en las últimas noches de sangre, cuando estuvo seguro de que su Connor estaba en ese limbo, sufriendo como Njord y Fenran. No quiso que nadie más sintiera la desesperación que él sufrió. Ni siquiera el Emperador.
¿Era eso lo que le enseñó Connor? ¿Gentileza? ¿Quizá perdón?
El Emperador luchó por aferrarse a él, pero aunque Darius se quedó arrodillado le apartó la mano.
—Lo siento —se ahogó el Emperador mientras buscaba los dedos sucios de Darius, sin éxito—. Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento. Diles que lo siento mucho, ¡díselos! ¡Díselos! ¡LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIE---!
Calló.
Darius abrió la boca con un jadeo, incapaz de respirar, incapaz de pensar. Quería apartarse y cerrar los ojos, pero no pudo. El corazón le latió tan apresurado que temió sufrir un paro y morirse también. Tuvo miedo de convertirse en una estatuilla de cera blanca y mármol negro, como la que yacía junto a él.
No. No podía perdonarlo. No podía dejar de resentirlo. El hombre que acababa de irse de verdad le había quitado mucho. Se lo había arrebatado todo. No tenía la fuerza para aceptar sus disculpas.
Se dio asco. Quiso liberarse de su rencor, no por el Emperador sino por él mismo. Y por Sakti.
Porque aunque estaba aturdido, una parte de él comenzó a entender que su amiga no podría escapar de Tyr, como Lemuria sugirió. Una parte de él comprendió que Sakti estaba condenada a morir por personas manipuladoras como el Emperador...
... y por personas rencorosas como el profeta que había jurado salvarla de la fusión, sin cumplir aún.
Darius era un pecador más.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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