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Capítulo 30

30
FUNERAL



Esperó en silencio bajo la sombra del Yggrdrasill. Nadie le prestó atención aunque era el único que estaba quieto. En el extremo norte del árbol de la vida los soldados hacían un barbullo mientras levantaban el campamento. Jillian esperaba en uno de los postes que marcaban los límites entre el terreno neutral y el aesiriano, con los ojos ciegos fijos en un solo punto. Sentía mariposas en el estómago y cosquillas en las puntas de los dedos. Durante su viaje con Zoe la profetiza hizo cálculos. Aunque no le aseguró nada dijo que lo más probable es que fuera medio hermano del príncipe Sin. Si así era, entonces su padre era el príncipe que murió en los castillos flotantes sobre Masca.
—Eres rubio como él, mientras que los demás Aesir o tienen el pelo negro o gris. Y está el peli-rojo. O mejor dicho, estaba...
Zoe también dijo que se le parecía en algo a Sin, pero muy poco. Apenas lo suficiente como para que los soldados lo arrastraran al pie de los Aesir sin golpearlo, para que los príncipes confirmaran o desmintieran a Jillian.
El sepulturero quería saber. Quería confirmar si era un Aesir nacido en el anonimato, un bastardo sin pretensiones pero con un sitio al que pudiera llamar «familia». Envidiaba a Zoe porque ella sí tenía ese lugar especial y porque todo lo que la profetiza había hecho hasta el momento era para proteger a sus seres queridos. Jillian le siguió la corriente porque él también tenía alguien a quien proteger, pero su persona especial no lo amaba. Pero si tenía un medio hermano, alguien con quien compartiera carne y sangre, quizá tendría un sitio. Aunque fuera por poco tiempo. Si Zoe tenía razón y Sin era su hermano, ¿sería aceptado o rechazado por el príncipe? Estaba ansioso y temeroso de averiguarlo.
Una respiración cálida y nauseabunda le erizó la piel del cuello. Detestaba que Sigurd se le acercara de puntillas por la espalda. El come-almas no podía hacerle daño porque Zoe se lo había prohibido, pero Jillian se sentía débil e indefenso cada vez que Sigurd se colaba por un flanco descuidado. El demonio bullía en ganas de destrozar el cuerpo de ambos y devorar sus almas. Jillian podía sentir sus malas intenciones en cada fibra de su ser.
—¿Qué pasa, Alteza? —lo azuzó Sigurd—. ¿No se reunirá con su hermano?
—No.
Tenía miedo de que Sin lo rechazara, en especial porque era un secreto a voces que el príncipe era engreído y grosero. Pero sobre todo, Jillian sabía que todavía no era momento de entrar en escena. Cruzar el poste de la cinta roja equivaldría a entregarse a los aesirianos. Servirse en bandeja de plata para cumplir la Profecía. Él lo haría porque no había más remedio, pero solo hasta que Sakti estuviese lista. Hasta que pudiera marcharse sin ningún arrepentimiento.
Atrás de Jillian y Sigurd, mucho más allá de las ramas caídas, la primera pira funeraria se prendió. Los soldados abandonaron la sombra bajo el Yggrdrasill, pero una silueta encapuchada se separó de ellos y avanzó hasta situarse delante del Tercer Dragón.

****

Las piras ardieron toda la noche. El Himno a los Muertos y la Memoria sonaron juntos y por separado, a veces en voz alta y a veces como un susurro, pero siempre con calidez. Todavía se percibía la tristeza por los amigos y familiares muertos, pero también había alivio y esperanza. Connor estaba agradecido por haber tomado la decisión correcta. Zoe tuvo razón: revelarse uniría de nuevo a los dos países.
Él y su familia esperaron abrazados a un lado de la plataforma donde ardían Kel y los aprendices fallecidos, pero tuvieron que retirarse temprano, de regreso al Yggrdrasill, porque Airgetlam, Dagda y el mismo Connor apenas se podían mantener en pie. Si por Connor fuera se habría quedado toda la noche junto a la pira y al amanecer habría recogido él mismo las cenizas y huesos de su hermano. Las habría guardado en una urna para luego llevarlas de regreso a Kehari, en donde las sepultaría junto a Lea y Emilio. Pero estaba preocupado por los gemelos, en especial Airgetlam.
Lo revisó apenas regresaron al campamento. Nadie le objetó que debía descansar, ni siquiera Darius, porque el estado del gemelo mayor era tan lamentable que todos sabían que si había esperanza de que se pusiera mejor era si recibía la atención inmediata de Connor. Pero no hubo suerte. Una revisada con el foco bastó para saber que estaba ciego del ojo izquierdo. Tenía puntadas al estilo militar en todo el cuerpo, así que supo que recibió tratamiento de parte de soportes médicos. También le encontró cardenales viejos y nuevos, tanto en la espalda como en las muñecas, en la cara y el pecho, en las rodillas y pantorrillas. Habría soportado verlo tan molido si Airgetlam le hubiese sonreído con su característica expresión traviesa. Pero Airgetlam no sonreía ni hablaba. Lo miraba con expresión turbia, como si hiciera un esfuerzo tremendo por reconocerlo.
Se tardó poco en revisarlo porque comprendió que Airgetlam no podría explicarle lo que sucedió. Regresaron con los demás, que esperaban fuera de la tienda central de los curanderos. Allí era donde Kylma y Finn montaron el control de los aprendices para supervisarlos mientras Connor se recuperaba. Cuando los vieron salir de la tienda los miraron pálidos y asustados. En especial Darius. El mestizo tenía cara de loco. Kel ardía en la pira, Dagda tenía el costado perforado, Connor acababa de tener un trasplante de corazón y Airgetlam estaba hecho tirones. ¡Claro que estaba perdiendo la cabeza! Connor se sintió mal por su papá porque todo lo que Darius quería era que su familia estuviese a salvo. La situación superaba por mucho al profeta.
—Estará bien —mintió Connor con la sonrisa más bonita que pudo invocar dadas las circunstancias—. Por ahora es buena idea que se vaya a la cama.
El pánico asomó a la cara de Darius. Quería acompañar a Airgetlam, pero al mismo tiempo quería quedarse con Dagda, cuidar a Connor y velar junto a la pira de Kel. Lástima que no podía dividirse en cuatro.
—Yo lo llevo —se ofreció Riza.
La muchacha rozó la mano de Airgetlam hasta que él se la estrechara, sumiso. Connor se mordió los labios porque le dio la impresión de que Riza tenía mucho cuidado, como si ya antes hubiese hecho algo que alterara a Airgetlam. El gemelo asintió, como diciendo que todo estaba bien, pero al instante buscó asustado a Dagda.
—Yo iré después —aseguró Dagda al verle la expresión de duda—. Te lo prometo.
Airgetlam lo miró en silencio por dos largos segundos. Arrugó la frente mientras forzaba a su cerebro a comprender las palabras de Dagda. Cuando al final pilló el significado, soltó un suspiro de agotamiento y se dejó guiar por Riza. Los vieron marchar juntos, tomados de la mano; Riza fuerte y dulce, Airgetlam abatido y cabizbajo.
Aunque lucharon contra las lágrimas, los ojos de Darius y Connor ardieron. Ese de ahí no era Airgetlam. No podía serlo.
—Quien. Le. Hizo. Eso —masculló Sakti.
La princesa no tenía lágrimas en los ojos pero sí apretaba el puño. Aunque ya no tenía la fuerza para tomar una espada parecía capaz de hacerle un agujero en el estómago al responsable de la condición de Airgetlam. Connor solo podía imaginar de dónde venían algunos cardenales y cortes, pero estaba seguro sobre los rasguños en la cara.
—Geri o Freki lo atacaron —dijo con el corazón roto. Miró a Dagda—. ¿Por qué?
Reconocía las marcas de los lobos-dragón. Lo que no entendía era por qué los mensajeros atacarían a un profeta. ¡Geri y Freki eran un amor!
—Tal vez tú también deberías ir a la cama —le respondió Dagda con una sonrisa triste—. No tienes buen aspecto. Ve a dormir.
Las manos de Connor se pusieron heladas. Lo que le pasó a Airgetlam debía de ser mucho peor de lo que imaginaba si Dagda no quería hablar delante de él.
—Estoy bien —dijo con la voz entrecortada—. Puedes contarnos a todos lo que pasó. Incluso a mí.
Dagda apretó los labios y miró a los demás en busca de apoyo. No sabía por dónde comenzar y tampoco quería decir algo que alterara a Connor. Lo último que quería era provocarle un ataque a su nuevo corazón. Pero como nadie encontró motivo suficiente para echar a Connor, Dagda tuvo que compartir el primero de los muchos males que cayeron sobre su hermano:
—Le hicieron un lavado de cerebro. En Xadiz. Lo hizo el viejo Tonare.
—Maldito hijo de puta —soltó Darius.
Aunque la magia del mestizo no era tan grandiosa como la de un Dragón, todos sintieron que la temperatura bajó y aumentó al mismo tiempo. Como si una llama de hielo congelara y derritiera el aire alrededor. Darius se quedó clavado al suelo por la desagradable noticia, pero su mente estaba en otra parte, en las miles de torturas que le daría a Enlil.
—Connor —intervino Sakti—. Tu hermano tiene razón. Es hora de que te vayas a dormir.
—Pero...
—Connor, me voy a hacer una furia. No será nada lindo. Así que hazme el favor de irte a la cama.
Lo dijo sin alzar la voz, sin arrugar la frente y sin ni siquiera apretar el puño. Pero fue esa calma la que convenció a Connor de que tal vez sí debía irse a dormir.

****

Entraron a la tienda central de los curanderos después de que Connor se marchara. La calma aterradora de Sakti no solo convenció al joven doctor de irse, sino también a Kylma, Finn, Frey y las demás. Lo que iban a discutir era algo que debía quedar entre profetas, Dragones y Guardianes.
Durante el relato de Dagda –las invasiones a la zona neutra, los rebeldes en el Bosque Ambulante, el intento fallido de rescate a Airgetlam y la muerte de Geri– Sakti mantuvo la calma antes de la tormenta. Solo se limitó a intercambiar una mirada con Darius porque al menos ya sabían por qué Freki los atacó: el ataque del mensajero coincidía con la muerte de Geri.
—Son los recuerdos rotos —murmuró Zoe desde un rincón de la tienda, con la voz suave y débil, los ojos resplandecientes por las lágrimas y las manos heladas entrelazadas a las de Drake—. Freki no puede contenerlos ahora que está solo.
La profetiza vio el chupetón que Darius tenía todavía a un lado del cuello, pero apartó la mirada casi de inmediato. Sakti tuvo la impresión de que su amiga vio un retazo de lo que ocurrió en aquel pasillo que nunca existió; supo que Zoe no debía tener una memoria así. Un recuerdo roto. Ojalá lo olvidara pronto, como Airgetlam olvidó al fin los que Geri le transmitió con su muerte.
—Los rebeldes pedirán la independencia de la zona neutra —concluyó Dagda—. Le han pedido a Adad que sea su emisario ante los Aesir.
—¡Ja! —el príncipe se carcajeó y apretó a Sakti, a quien tenía rodeada en brazos—. Puede que esté loco pero no lo bastante como para escuchar a esos necios. ¿Qué les hace creer que ayudaré a romper el Imperio de mi familia?
A Sakti se le ocurrieron varias razones; para empezar, el resentimiento que Adad guardaba hacia los Aesir por la manipulación de la Profecía. ¿No fue por eso que abandonaron el Imperio hacía cincuenta años? Adad se contradecía aunque en realidad siempre lo hizo. Aun cuando era un chico en Masca todas sus acciones fueron contradictorias: por un lado pretendía traicionar a su familia, pero por el otro anhelaba su amor; deseaba abandonar su obligación como príncipe Dragón, pero también quería socorrer las Arenas y tomar su lugar en el Trono. La única diferencia ahora era que la locura le impedía ver sus propias contradicciones.
Sakti miró a los profetas.
—¿Y ustedes qué quieren? ¿Quieren la independencia?
Los tomó desprevenidos. Dadas las circunstancias para ninguno era prioridad la revolución de la zona neutra o lo que hiciera el Imperio con los rebeldes. Todo lo que querían por el momento era que los gemelos y Connor se pusieran bien. Pensarían en lo demás después.
Sakti asintió en silencio y se giró a Adad para mirarlo directamente a los ojos.
—Subiré al Norte, al campamento militar exterior. Si quieres puedes subir conmigo.
—¿Para qué vas? —Adad arrugó la frente. Sus ojos desenfocados lucharon por fijarse en su hermana y no en el desdoblamiento de la realidad—. Escapamos de ellos. ¿Por qué quieres volver con tío y los demás?
—Adad, tengo algo que decirte y no será fácil. ¿Estás listo? —El príncipe asintió después de un par de segundos. Sakti le tomó la mano para ayudarlo aferrarse a la realidad y dijo—: Harald murió anoche. Y tío Kardan también.
No hubo reacción en el rostro de Adad, al menos ninguna que Sakti pudiese notar. Pero lo sostenía de la mano y podía sentir el flujo de su magia. La potencia electrizante de Adad le dio un chispazo de tristeza y dolor, pero al mismo tiempo de indiferencia y entumecimiento. Fue como si el corazón se le hubiese desdoblado igual que la mente.
—¿Cuándo te enteraste? —preguntó Darius detrás de Sakti, en voz baja—. Quería decírtelo cuando fuera el momento adecuado.
—Escuché el rumor antes de que te despertaras. Y tal vez nunca hay un momento apropiado para saber este tipo de cosas. Simplemente hay que saberlo y ya.
Darius percibió cierta calidez en la voz de Sakti, quizá porque consolaba a Adad. De los príncipes Dragón el más sentimental era el heredero del desierto. A lo mejor Sakti quería proteger el corazón de su hermano como no pudo hacerlo con su cordura.
—Quieres despedirte de ambos —dijo Adad con voz lejana, como si hablara desde la luna de sangre. Sakti ladeó la cabeza, entre un sí y un no.
—Eso es irrelevante. Lo que sucede es que debo marcharme. Rompí la neutralidad del campamento de Connor cuando enfrenté a Lemuria. Si me quedo daré una excusa para un nuevo ataque al Yggrdrasill. Y Sin ha puesto también una orden de captura en mi contra. Otra excusa para atacar. Sea como fuere, no puedo quedarme más aquí.
—Tonterías. Yo te protegeré de Sin —replicó Adad.
—Lo sé. Pero ese no es el punto. El punto es que no debemos permitir otro ataque al Yggrdrasill.
—Tampoco tienes que irte a la boca del lobo —intervino Darius—. Si de verdad tienes que marcharte ¿por qué al campamento aesiriano? Además... —el mestizo bajó la mirada—... Te necesito aquí.
No le avergonzó admitirlo. Apenas tenía cabeza para comenzar a aceptar la condición de Airgetlam y la debilidad de Connor y Dagda. Necesitaba a Sakti, su roca, para apoyarse en un momento tan difícil. La princesa lo miró por encima del hombro. Al igual que la voz que usó con Adad, sus ojos fueron ahora cálidos para Darius.
—No te preocupes. Estarás bien por tu cuenta. Además alguien tiene que ir a poner a Enlil en su lugar. Te prometo que le dolerá mucho, ¿de acuerdo?
Darius enarcó una ceja. ¿Fue idea suya o la princesa intentó hacer una broma? No le gustó. Le pareció que Sakti hacía lo posible para regresar con los Aesir aun después de todo lo que hizo para escapar de ellos. Aun después de todo el mal que le hicieron a ella y a los profetas. El mestizo iba a replicar cuando sintió la mano fría de Zoe en el hombro. La profetiza no dijo nada ni le transmitió ningún pensamiento, pero Darius podría jurar que con su mirada le decía las palabras que Sakti venía repitiéndole desde que salieron de Kehari: «Tienes que aprender a dejar ir».
—Si tú vas —dijo al fin Adad— entonces yo iré contigo. No dejaré que nada malo te pase.
—Lo sé. Eres mi hermano mayor.
Sakti estrechó de nuevo la mano de Adad y se giró hacia los profetas. Darius sintió un vacío en el estómago porque la princesa lo miraba con una despedida en los ojos. Pero lo que Sakti dijo no fue un adiós:
—Dagda, vete también a dormir. Tienes tan mal aspecto como tus hermanos. —Miró a los demás—. Buenas noches.
La princesa se encaminó a la salida de la tienda, seguida de su hermano y los Guardianes. Darius se sobresaltó como si le hubiesen pellizcado. Avanzó hacia ella con zancadas y la sostuvo del hombro. No podía dejar que se marchara así no más.
—Allena, no te puedes ir. Aún... —tragó fuerte—. Aún no he cumplido la promesa que te hice.
Todavía tenía que salvarla de la fusión. Todavía tenía que encontrar sus almas. Si Sakti se marchaba al campamento aesiriano tendría dificultades en cumplir esa promesa.
—Lo sé. Tranquilo, no me iré demasiado lejos. —Sakti enarcó una ceja. Era toda la expresión que le quedaba a su rostro impasible—. Sé que me tienes cariño pero no tienes que ser tan empalagoso, ¿de acuerdo?
¿Otro intento patético de broma? El profeta arrugó el entrecejo, intranquilo. Sakti nunca tuvo un gran sentido del humor y menos ahora que se esforzaba tanto.
—¡Eh! Podrías ser más amable. ¿Es que no ves que estoy preocupado por ti? —replicó con un mohín.
—Lo sé, gracias. —Y como supo que no se quitaría a Darius de encima si no decía lo que tenía que decir, agregó—: Nos vemos pronto.
Darius la dejó ir. Pero en su corazón tuvo la horrible sensación de que algo no andaba bien.

****

Odiaba admitirlo pero le pesaban los párpados. A lo mejor se habría quedado dormido de camino si Ceniza no lo hubiese acompañado de regreso a la tienda. Connor se apoyaba en el híbrido con un equilibrio precario, de lo débil que todavía se sentía. Y a eso agregaba la tristeza. Contuvo las lágrimas solo porque la gente se le acercaba al verlo pasar. Los aprendices que lo creyeron muerto llegaban a darle abrazos y apretones de mano. Los pacientes que se recuperaban bajo el Yggrdrasill le levantaban el pulgar o lo saludaban desde las camillas. Hasta la brisa le susurraba saludos por entre las ramas del árbol. Connor se dijo que debía mantenerse fuerte por ellos, porque si se echaba a llorar por Kel y por Airgetlam terminaría de romper el espíritu de su campamento. No tenía ningún derecho de arrebatar con sus lágrimas la ilusión y esperanza que prometió al fundar el campamento neutral, donde los dos pueblos podían convivir con alegría.
Al cruzar la cortina de la tienda las lágrimas le corrieron por las mejillas. Estaba tan enojado y tan triste. Lo que más ansiaba en el mundo era una canción de Kel y una sonrisa marca Airgetlam para sanar el corazón triste y adolorido. Se giró a Ceniza para disculparse con él. El híbrido era asustadizo y nervioso; seguro que estaba preocupado por Connor y necesitaba de la fuerza del doctor como todos en el campamento. Ceniza también lloraba pero no miró al doctor con miedo ni lástima, sino con amor y compasión. El krebin lo abrazó con todas sus fuerzas, un acto que jamás se hubiese permitido hacía una semana. Connor levantó los brazos para palmear la espalda de Ceniza y consolarlo, pero los bajó porque comprendió de repente que su amigo no lo abrazó porque estuviese triste sino porque quería consolarlo. Un nudo estranguló la garganta de Connor.
Le dio bollitos de pan a un híbrido marginado en una aldea, a un chico flaco, costroso y lleno de parásitos. Y ahora ese mismo chico era el bastón en el que se apoyaba para sobrevivir.
Nunca había estado tan feliz de haberle dado de comer a alguien bollitos de pan.
Lloró apoyado en el hombro de Ceniza. Estuvo tentado de gritar y maldecir a los responsables de la muerte de Kel y la mente trastornada de Airgetlam, seguro ya de que Ceniza no se asustaría. Solo lo abrazaría con más fuerza y le daría pañuelos de papel para que se sonara la nariz. No lo hizo solo porque había gente afuera de la tienda y no quería compartir su tristeza con ellos. Con Ceniza sí. El híbrido se había ganado su confianza.
—Deberías ir a dormir ya —murmuró Ceniza, mitad tímido y mitad autoritario. Había encontrado un nuevo valor al descubrir que era tan capaz como Connor de consolar a otros.
El doctor asintió y se dejó guiar a la cama como un niño. Ceniza se detuvo de repente; y con la misma celeridad se puso delante de Connor con los brazos extendidos en cruz para protegerlo. Había intrusos. La piel de Connor se erizó al ver la figura encorvada y peluda que le sonreía desde un rincón. Las orejas dispares, los colmillos asomados por las comisuras de los labios, los ojos amarillos... Supo que era Sigurd, el come-almas que asesinó a su madre. Solo ese pensamiento resonó en su mente asustada, donde ya no había espacio para otro sentimiento que no fuese el horror. Quedó petrificado en el recibidor de la tienda, listo para que lo descuartizaran como a un conejo.
Entonces notó las otras dos figuras.
La primera persona estaba en el rincón opuesto al de Sigurd, sentado sobre la cama de Connor. Tenía la vista clavada en la nada, aunque Jillian de seguro escuchó entrar y llorar al doctor. Los ojos blancos del Tercer Dragón tranquilizaron un poco al profeta, aunque no lo suficiente para que Connor o Ceniza pudiesen liberarse de la tensión de ver a un demonio escondido en la tienda.
Fue la última figura la que rompió el encantamiento de Sigurd. El príncipe Kardan estaba sentado de espaldas al escritorio portátil en el que Connor solía revisar los perfiles y las recetas médicas de los pacientes. Kardan llevaba una capa negra como su cabello, igual que la armadura y las botas que se asomaban por debajo de la capa. En su rostro pálido sobresalían los bordes de los ojos, que estaban irritados.
Al verlo allí, tan descarado y campante en su tienda, Connor perdió el miedo. El horror de hacía unos segundos se convirtió en furia. Si antes estuvo agradecido y feliz por haber ayudado a Ceniza, ahora estaba asqueado por haber ayudado al príncipe Kardan. Y a él no lo salvó una, ¡sino dos veces! ¿Y cómo se pagaron los Aesir? Mandando a matarlo. Destrozando a Airgetlam.
Sigurd sonrió.
Oh, su alma vibra. —El demonio se chupó los labios. La baba cayó de las comisuras al suelo en charcos espumosos—. Está sabrosamente enojado. ¡Qué delicia!
—Cierra. El. Pico —ordenó el profeta con los dientes y los puños apretados. Estaba tan cabreado que se olvidó del miedo que lo paralizó. Sigurd arrugó la frente pero obedeció. Se quedó calladito como un perro obediente. Connor ignoró ese detalle y concentró toda su atención en Kardan. Le dio ánimos ver que Ceniza tenía también el entrecejo fruncido y que miraba al príncipe con la misma reprobación y odio—. ¿Cómo te atreves a venir aquí?
—¿Sucede algo? —preguntó Kardan con una ceja arqueada. Connor tampoco reparó en que el príncipe tenía la voz ronca y pastosa.
—Oh, nada —respondió el doctor en tono sarcástico—. Solo mi hermano Airgetlam. Solo él sucede.
Kardan comprendió. Su expresión confusa dio paso a una mirada lúcida y terriblemente solemne.
—Protesté cuando mi padre resolvió borrarles la mente.
—¿Y de verdad crees que eso hace una diferencia?
La voz de Connor fue hielo puro. Los dos corazones en su pecho se estremecieron por el frío, como si los fragmentos de Kel y del Emperador que ahora vivían en él le dijeran «¡Eh! ¡Ese no es el bueno de Connor! ¡Connor jamás sería tan frío y rencoroso! ¡Connor jamás sería un Tonare!». Bueno, pues Kel y el Emperador podían irse de paseo. Un nuevo Connor había llegado al barrio y no se iría hasta que Airgetlam se pusiera bien. Si es que podía ponerse bien.
—... Supongo que no —respondió el príncipe aun con su expresión solemne.
Connor señaló la salida de la tienda.
—Vete. Y no vuelvas jamás.
El príncipe midió la seriedad de Connor. Tardó poco en decidir que lo mejor era hacer caso. Se irguió lentamente y se encaminó hacia el doctor. Aunque Connor era alto, como un Tonare, Kardan todavía le sacaba una cabeza de ventaja, como un Aesir. El doctor supo que el príncipe le diría algo que lo conmovería (y Kel y el Emperador suspirarían aliviados, diciendo «¡Ahí está el Connor al que le dimos nuestro corazón!»), así que se esforzó en formar un puñetazo mental para partirle la cara y el alma. No funcionó. No tenía fuerzas para usar magia.
—Mi padre murió anoche. Como Harald. Los dos se me han ido.
«Oh, entonces te felicito por ser el nuevo Emperador», quiso decirle Connor. Era el pensamiento más cruel que jamás había tenido. Pero ahora que tenía a Kardan frente a frente pudo ver que los ojos irritados e hinchados eran de tanto llorar. El doctor luchó por mantenerse firme y frío, pero su naturaleza dulce y bondadosa ganó. El príncipe no estaba ahí para traerle más desgracias, ni lastimarlo, ni forzarlo a unirse al bando aesiriano. Estaba ahí porque buscaba a un amigo que lo consolara en el momento más oscuro de su vida. Estaba ahí porque necesitaba de la fuerza de Connor.
Tal y como Ceniza lo rodeó antes, ahora Connor rodeó al príncipe. Kardan lo abrazó también. Lloraron juntos por nada en concreto y a la vez por todo. Por Kel. Por el Emperador. Por Airgetlam. Por Harald. Connor no había perdonado al príncipe, no podía; pero estuvo seguro de que en ese momento se convirtieron en amigos. Si sobrevivían a la guerra, a la luna de sangre y, ¿por qué no?, a la Profecía, recordarían ese día cuando fueran ancianos y se dirían «Sí, ese fue el instante que lo definió todo».
Kardan lo apartó de repente aunque dejó una mano helada, temblorosa y dura sobre el hombro de Connor. Con la otra se restregó el lado izquierdo de la cara. El doctor lo miró sin entender por qué deshizo el abrazo cuando era obvio que todavía lo necesitaba, pero entonces reparó en el ronroneo excitado del rincón. Sigurd los miraba con el hocico babeante. «El enojo, la tristeza, la desesperación... Percibe todas esas emociones en el alma. Las huele». Los dos debían de parecerle un trozo de tocineta frita. Sabrosos e irresistibles.
Otra vez Connor se quedó pegado al suelo, seguro de que el demonio se les echaría encima en cualquier instante. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué todavía no lo había hecho? Miró entonces a Jillian. El Tercer Dragón todavía aguardaba sentado en la cama, tan silencioso que lo mismo sería que no estuviera ahí. Debió de sentir la mirada del doctor porque levantó la cabeza y fijó sus ojos ciegos en Connor. El profeta se estremeció. Sintió un nudo en la garganta, como una premonición aunque no supo de qué.
—Debes salir de aquí —dijo entonces Kardan.
El príncipe retiró la mano fría con la que se apoyaba en Connor. Aunque todavía tenía lágrimas en la mejilla derecha había retomado el semblante solemne de un Aesir.
—Ahora que mi padre ha muerto los Generales insistirán en atrapar a los Dragones y a los profetas. En especial Sigfrid. Reúne a tu familia y escapa. Necesito tiempo para encargarme de todo.
Connor lo miró sin comprender. O mejor dicho, sin creer. Los sucesos de las últimas noches mataron su ingenuidad. Le enseñaron que no podía confiar con tanta soltura, menos en un Aesir. En especial en uno a quien todavía resentía.
—¿Lo dices en serio? ¿Nos dejarías escapar?
—Te lo dije antes, ¿verdad? Limpiaré este mundo con Profecía o sin ella. Y si la Profecía no es una opción entonces los profetas tampoco pintan nada. No hay motivo para que los acosemos más.
Connor miró a Jillian con una ceja inquisidora. La suspicacia le susurró en la mente. Si el príncipe descartaba la Profecía, ¿por qué estaba con Jillian? ¡Seguro que le mentía a Connor, que quería ponerle una trampa! «Qué terrible. ¿Así es como tendré que vivir de ahora en adelante? ¿Sin creerle a nadie? ¿Con esta desconfianza?». Los trozos de Kel y el Emperador que habitaban en su pecho le dijeron que sí y que lo lamentaban mucho por él.
—Si ya la Profecía no pinta nada, ¿entonces por qué Jillian está contigo? ¿Lo has hecho tu prisionero?
La idea lo volvió a enojar. ¡Más valía que Kardan no tuviese el descaro de tomar prisioneros en el campamento neutral! O de lo contrario silbaría. Estaba casi seguro de que Sakti lo escucharía, se aparecería transformada en Dragón y le rompería la cara al príncipe. ¡Ahí sí que la princesa estaría hecha una furia!
—Nadie me ha atrapado —intervino Jillian. Luego soltó un suspiro de desdicha—. Salvo tu hermana. Prácticamente me hizo su esclavo.
Sigurd bufó en el rincón contrario y rechinó los dientes. Connor se preguntó qué hizo Zoe para que el come-almas y el Tercer Dragón tuvieran esas reacciones.
—No puedo descartar la Profecía aún —admitió Kardan—. Todo lo que mi padre, los príncipes y los Generales han hecho hasta ahora ha sido para llegar al día Prometido. Si elimino la posibilidad de la Profecía, todo el trabajo hecho hasta ahora, todas las muertes, todas las almas del Reino de los espíritus, todas nuestras pérdidas... Todo habrá sido en vano. Sé que no podré convencer a Allena y Adad. Sé que no puedo contar con ellos aún. Pero este muchacho, Jillian... Él dice ser el Tercer Dragón. Aunque no puedo verle las marcas sé que dice la verdad. Puedo sentir su magia. Es lo que me llevó a él. Ha aceptado a venir conmigo e interceder ante los otros dos Dragones.
Connor apretó los puños. Tenía las manos congeladas. Aunque era descabellado que Adad y Sakti aceptaran una negociación, le entró miedo de que Jillian los convenciera. Porque entonces Sakti se moriría. Oh, ahora lo comprendía. Ahora entendía por qué Darius no quiso que Jillian se acercara a Sakti: cuando los Tres Dragones estuviesen juntos marcharían hacia la Profecía. Sakti se iría. Como Harald y el Emperador. Como Kel.
—Entonces me estás tomando el pelo —lo acusó Connor con voz temblorosa. El cuerpo también le temblaba. Ceniza (¡se había olvidado de él!) lo sostuvo de los brazos para que no perdiera el equilibrio—. Si planeas usar la Profecía ¡vas a cazarnos como hizo tu padre! ¡Vas a hacer que nos borren la mente como a Airgetlam!
—¡No! —Kardan le puso las manos sobre los hombros—. Padre planeó usar a los profetas como carnada para atraer a Allena. Con ella atraeríamos a Adad. ¿Pero cómo esperaba salvarnos con una Profecía hecha con un sacrificio involuntario? La única forma de que la Profecía funcione es si los Dragones la aceptan. Si los fuerzo como mi padre lo intentó todo será en vano.
Connor estudió la expresión del príncipe. Aunque la suspicacia susurraba que mentía, que no podía decir la verdad porque era un Aesir, otra vez la naturaleza bondadosa de Connor ganó la partida. Le creía. O mejor dicho, quería creerle. Kardan retrocedió un paso y lo miró de nuevo con solemnidad. ¿Es que solo era capaz de esa mirada?
—En este punto ya no necesitamos a los profetas. —Se aclaró la garganta—. Solo te necesito a ti.
—... ¿Eh?
—He venido a pedirte un favor. Pero igual que a los Dragones no te forzaré a nada. Solo te pido que lo medites mientras estás lejos del Yggrdrasill. —Kardan hizo una pausa para darse valor—. Por favor forma parte de mi Corte.
Connor lo miró sin parpadear. Lentamente se llevó el dedo al oído y se lo limpió, solo por si acaso estaba taponeado.
—Espera, ¿qué dijiste?
—Quiero que formes parte de mi Corte. Quiero que seas mi Consejero principal.
Connor abrió los ojos como platos. Se había acostumbrado a que los jefes militares de ambos países le pidieran unirse a sus tropas como jefe médico, ¿pero como Consejero? Eso nunca se lo vio venir.
Pensó de nuevo en la cara destrozada de Airgetlam. No quería inmiscuirse en un sitio con serpientes venenosas como la que le borró la mente a su hermano. La Corte debía de estar infestada de serpientes gordas y nauseabundas.
—Si lo que quieres es «honrarme» después de lo que le hicieron a mi hermano...
—¡No se trata de «honrarte»! —lo interrumpió Kardan mientras giraba los ojos. Aparentemente sí era capaz de otra expresión distinta a la solemnidad—. Maldita sea, ¡tú me honrarías si aceptaras ser mi Consejero! ¿Es que no lo ves? Te ofrezco un trabajo espantoso, ¡el de tener que lidiar conmigo todos los días! Soy arrogante, envidioso, indeciso, mentiroso y siempre estoy de pésimo humor por las mañanas. Pero quiero ser mejor. Siempre creí que solo podría ser una criatura de destrucción, como mis relámpagos. Porque soy un Aesir. Pero si existe un hombre capaz de crear un campamento en donde vanirianos y aesirianos cantan juntos a sus muertos, entonces quizá yo pueda ser distinto a lo que estaba destinado a ser. Quizá pueda ser mejor. ¿De verdad resulta tan extraño que quiera serlo? ¿Y que para eso me ponga en las manos del hombre que fundó este campamento? Connor, he visto lo que eres capaz de hacer. Imagina lo que podríamos hacer juntos si tengo tu guía y tú mis recursos.
Kardan esbozó una sonrisa un tanto perturbadora, como si el futuro que visualizaba en la mente lo asustara. Porque lo hacía. Era un futuro muy distinto al pasado y al presente vividos hasta el momento bajo la luna carmesí. Era un futuro que nadie se había atrevido a soñar, igual que nunca nadie se imaginó un campamento neutral.
—Por favor considéralo. Sé que soy defectuoso y que no debe sonar interesante trabajar conmigo. Pero te prometo que si me das la oportunidad trabajaré muy duro para no decepcionarte. ¿Lo harás? ¿Meditarás en mi propuesta? Puedes tomarte todo el tiempo que necesites para pensarlo. Si no regresas al Yggrdrasill entenderé que desechaste mi propuesta.
Connor agitó la cabeza.
—Espera, no entiendo por qué debo irme. Si dices que ya no necesitas a los profetas ¿por qué debemos escapar otra vez?
—Porque todavía no soy Emperador. Hasta que me coronen mis órdenes siguen por debajo de las de mi padre. —El príncipe suspiró—. Si los Generales y los príncipes se enteran de que quiero dejar ir a los profetas, me encerrarán para seguir las órdenes de mi padre sin que yo les estorbe.
—¿Te traicionarían?
El nido de serpientes debía de ser peor de lo que Connor imaginaba si Kardan temía que lo encerraran. ¡Con razón le pedía a un extraño que se uniera a su Corte! Seguro que no tenía nadie en quién confiar.
—Ellos no lo verían como traición —intentó explicarse el príncipe—. En especial Enlil y Sigfrid. No me lastimarían ni pondrían a otro príncipe en mi lugar. Solo aplazarían la coronación a la vez que siguen las últimas indicaciones de mi padre. Para ellos significaría mantenerse fieles a él hasta el último momento. Cuando cumplan o cuando estén seguros de que ya no puedo dar marcha atrás a lo que padre planeó, entonces harán todo lo posible por darme el lugar que me corresponde. Aunque la coronación está algo complicada ahora. Es por eso que tú y tu familia deben escapar mientras resuelvo este detalle.
Connor enarcó una ceja. Le parecía lógico que como el Emperador ya había muerto Kardan tomase inmediatamente su lugar. El príncipe le explicó:
—Mientras no tenga a Draupnir no puedo coronarme. Draupnir me dará el enlace con Masca y con todo el Imperio ahora que los príncipes y la Emperatriz de Edén han conectado gran parte de él.
—¡Ah! Draupnir es la corona, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y dónde está?
—No tengo idea. Solo la he visto en pintura. Mi padre la ocultó hace años, en especial porque sabía que el rey vaniriano estaba obsesionado con tenerla.
El príncipe recordó a Abigahil. El ataque al árbol de la vida fue una distracción para que la mangodria pudiese acercarse a los Aesir para arrebatarles la corona. La obsesión de Vanir fue lo que precipitó la muerte del Emperador.
—Mientras no tenga Draupnir seguiré siendo solo el heredero. No podré persuadir a Sigfrid y a los demás si deciden ignorarme para seguir las órdenes de mi padre. Por eso tengo que conseguir la corona antes de que ellos lleguen al Yggrdrasill a buscar a los profetas.
—¿Entonces no lo sabes? —Connor hizo una pausa—. Los Generales estaban fuera del Yggrdrasill. Subieron con el príncipe Sin y los demás.
—¿Al Norte? ¿Sigfrid también?
Connor asintió. Kardan soltó una maldición. ¿Qué demonios hacía Sigfrid cerca del árbol de la vida? ¡El Primer General tenía que estar ya en Tyr! ¿Por qué había bajado? Tuvo un mal presentimiento. Si los vanirianos se enteraban de que la capital del Norte estaba desprovista de su estratega harían hasta lo imposible por invadirla antes de que Sigfrid regresara. Apretó los dientes. Quizá había algo positivo: Sigfrid metió la pata al abandonar su puesto. Si hacía falta se lo echaría en cara para dar a los profetas tiempo de que escaparan.
—Gracias por escucharme —Kardan inclinó la cabeza—. Si Sigfrid y Enlil están cerca debo lidiar con ellos más pronto. Y ustedes tienen que marcharse más aprisa. Lo siento.
Jillian se levantó para seguir al príncipe, que iba ya hacia la salida. Ceniza jaló a Connor del codo y lo apartó al tiempo que la tienda se agitaba: Sigurd se había incorporado también y aunque no rasgó la tienda sí rozó el techo. El demonio le dedicó una sonrisa hambrienta. Sus ojos se clavaron en Connor como si fuera la mirada hipnótica de una serpiente sobre un indefenso pajarillo. Jillian rompió el embrujo con un silbido. Las orejas dispares de Sigurd se alzaron a la vez que el demonio arrugaba la cara y gruñía por lo bajo. Detestaba estar a merced de las órdenes del Tercer Dragón pero parecía no tener otra opción.
Poco tiempo después de que el come-almas saliera de la tienda, pacientes y aprendices cercanos soltaron jadeos, gritos y maldiciones. Connor se apuró a seguir a sus visitantes inesperados porque no quería que el campamento colapsara si alguien empezaba a gritar que un demonio mató al doctor en la tienda.
Al salir chocó contra la espalda peluda del demonio, aunque Sigurd ni siquiera reparó en él ni le lanzó un gruñido por el empujón. La vista del come-almas estaba en Kardan. Cuando Connor prestó atención al príncipe el retumbo de una cachetada lo sobresaltó.
Sakti estaba frente a Kardan y lo había abofeteado. El príncipe giró el cuello tan rápido que las vértebras cervicales le crujieron. Kardan aspiró fuerte. Esperó un par de segundos a mirarla a los ojos. Sakti lo abofeteó otra vez con el reverso de la mano, en esta ocasión en el lado contrario de la cara. Sonó como el golpe del agua en una cascada. Aunque Connor estaba de espaldas a Kardan se imaginó las mejillas rojas e hinchadas. ¡Pero qué golpes daba Sakti! Y eso que a ella también le dolió. La princesa arrugó la cara por el esfuerzo de la clavícula lastimada, y la volvió a arrugar porque el ojo y el pómulo izquierdos le dolieron también. Todavía no se recuperaba del golpe que Harald le había dado.
Sakti habría abofeteado a su primo unas mil veces más de no ser porque reparó en Connor. Los ojos furiosos de la princesa cayeron en el joven doctor tan de repente que Connor empezó a temblar. El miedo que le tuvo a Sigurd parecía nada en comparación con el temor de que Sakti le gritara. ¿Cómo hacía Kardan para mantenerse firme delante de ella?
—¿Qué haces despierto? —soltó Sakti—. ¡Te mandé a la cama!
—Yo...
—A. La. Cama. —masculló la princesa—. Ahora.
Connor bajó la cabeza. Estuvo a punto de girar sobre los talones, entrar a la tienda, ponerse el pijama y dormirse como un bebé si con eso lograba contentar a Sakti. Se contuvo porque Kardan intervino:
—No te enfades con él. Es culpa mía. Lo mantuve despierto un rato más, pero ya he acabado.
—Por supuesto que has acabado —siseó la princesa—. Todos hemos acabado. Nos iremos de inmediato.
—¿Qué? —preguntaron Connor y Kardan a la vez. Sakti les explicó que rompió la tregua al enfrentar a Lemuria y que Sin puso una orden de captura para ella y Dereck. Se marchaba antes de que vanirianos y aesirianos la utilizaran de excusa para un nuevo ataque contra el Yggrdrasill.
El mal presentimiento de Connor regresó. Miró a Sakti y a Adad, quien se le había acercado para abrazarla tiernamente por la cintura mientras clavaba sus ojos locos y resentidos en Kardan. El doctor miró también a Jillian, cuyos ojos ciegos estaban fijos en la princesa. Los Tres Dragones estaban reunidos. Caminarían hacia la Profecía y no había marcha atrás.
—¿Y adónde irás, Allenita? —preguntó.
Usó el mote con la vaga ilusión de que si Sakti escuchaba el cariño en esa palabra cambiaría de opinión y se quedaría con él. Con Darius. Con los profetas.
—Iremos al norte, a presentar nuestros respetos al Emperador caído y al Emperador que ha de levantarse —respondió Adad, confirmando así los temores de Connor.
Igual que pasó hacía miles de miles de años, los Dragones estaban ahora en la oscuridad de un mundo desesperado, con el descendiente del Emperador que se arrodilló delante de sus luces y con el descendiente de los profetas que los invocaron al mundo. La voz de Mark resonó en la mente de Connor. «Dile que no tenga miedo de saltar. Que no tenga miedo de dejar ir. Yo estaré ahí para recibirla».
Pero no pudo decirle nada. La vio marchar con Adad y Jillian, con Dereck y Kael, con Kardan y Sigurd. La vio perderse entre las sombras que perfilaban las ramas del Yggrdrasill, incapaz de llamarla y detenerla.
Incapaz de dejarla ir, pero incapaz también de conservarla.



"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. Angelaaa!!!!! Ya te di tu tiempo de respiro, algun dia continuaras... ya son muchos meses.

    PDT: Es Ani, pero es que hoy me dio pereza entrar con mi cuenta

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Annie! ¡Qué gusto verte por aquí! <3
      Pues en realidad ya terminé de escribir "Los hijos de Aesir" pero estoy en proceso de revisión. Cuando retome la actualización de la blognovela espero mostrar ya los capítulos tal y como quedarán en la versión final. ¡Paciencia y mil perdones, por favor! Volveré tan pronto como pueda. ¡Muchas gracias por seguir aquí!

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  2. ¡Ya lo terminaste! -en shock- Eso es genial, me da mucho gusto... y sobre esperar un poco mas, creo que despues de todos estos años siguiendote y a tu novela, puedo esperar un poco mas. Estare al pendiente. Saludos desde México :)

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    Respuestas
    1. ¡Muchísimas gracias por el apoyo!
      ¡Aquí sigo trabajando todos los días para traer los capítulos más limpios y bonitos posibles!
      Saludos :-)

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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