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Capítulo 7

7
NUEVO EMPERADOR


Aunque el campamento delante de ellos bullía de actividad, los príncipes, el sepulturero y el demonio avanzaban en silencio. Lo único que se escuchaba eran los cascos de los caballos y el ocasional ronroneo excitado de Sigurd, quien se relamía los labios y dejaba caer la baba espumeante cada vez que el viento le llevaba el olor de los soldados y sus almas.
Los vigías sonaron las campanas de las recién instaladas torres de vigilancia. «Sigfrid y Enlil no pierden tiempo», observó Kardan. En su ausencia los Generales se habían apoderado del campamento. Aunque dentro de poco abandonarían el claro y marcharían a Tyr, los Generales habían instalado un perímetro de protección. Además de las torres, a cincuenta metros del borde había montículos de tierra sospechosos y nada halagüeños. Kardan se imaginó que eran minas. Con suerte eran peras de la discordia que solo se activarían con la magia vaniriana. Si eran minas de contacto cualquier intruso volaría por los aires en cuestión de un parpadeo. «Sigfrid no quiere perder a ningún Aesir más», comprendió Kardan. Los Generales –incluido Enlil, que era menos adusto que el Demonio Montag– podían tolerar la muerte de uno o dos príncipes, pero seguro que la muerte del Emperador era un golpe bajo para ambos. Desde hacía meses estaban enterados de que al monarca le quedaba poco tiempo. Pero era distinto perder a un amigo por una muerte ya anticipada y en cambio perderlo por un asesinato. Porque sin duda así era como lo veían: el Emperador murió porque Abigahil lo apartó de una zona sincrónica.
Kael Del Varten descendió junto a ellos con la delicadeza de un ave.
—El demonio los ha alterado —dijo a la vez que tres esferas de fuego azul se prendían en las antorchas que marcaban el límite del campamento.
Kardan giró los ojos porque esa era una observación redundante. A la distancia veía las armaduras negras de los príncipes de las Arenas, la silueta dorada de Enlil, la encapuchada de Sigfrid, los contornos plateados de los soldados rasos, los destellos esmeralda, jaspe y zafiro de los Escuadrones Vento, Terra y Mare, y las puntas de cobre de las flechas apuntadas al grupo recién llegado. Sigurd no era la única razón de semejante recibimiento: Dereck y Kael estaban marcados como traidores, y Adad y Sakti eran aún más peligrosos que el demonio come-almas.
—No se preocupen —dijo a sus primos—. No los atacarán.
—Por supuesto que no lo harán —respondió Adad con voz apagada—. Nos necesitan vivos.
«Pero yo no necesito que ninguno de ustedes lo esté», leyó Kardan en la mirada loca de Adad. ¿Qué había hecho? No debió haber llevado a los Tres Dragones al campamento que reunía a los príncipes sobrevivientes y a la mejor parte de la horda aesiriana. Si Adad y Sakti se lo proponían, podrían aplastarlos a todos. Y quizá Jillian también porque además controlaba al come-almas. Si los Dragones destruían las tropas y luego a él, no tendría la oportunidad de construir un futuro y un Imperio mejores. Antes de que empezara a sentir verdadero pánico, los ojos de Sakti lo atraparon sin piedad. «No seas idiota», decían los irises grises. «No estoy aquí para destrozarlos».
Quizá Adad era el hermano mayor y Jillian tenía control sobre Sigurd; pero era Sakti la que controlaba a ambos. Si ella decidía atacar, sus hermanos la seguirían. Si por el contrario se unía a los aesirianos, Adad y Jillian se incorporarían también a las filas del Imperio. A como estaba la situación, Kardan tenía suerte de que Sakti no fuese ambiciosa ni quisiera el Trono para sí misma.
Bajó del caballo y los guio por el campo de minas, siempre atento a la mirada de Sigfrid. Podía ver sus ojos azules cielo, con rastros de plata, por debajo de la capucha. El General le avisaba con un movimiento de la cabeza cada vez que estaba a punto de caer en una trampa. Para cuando al fin alcanzaron el campamento, el príncipe estaba agotado y empapado de sudor por debajo de la capucha. Pero levantó la cabeza con dignidad porque era el futuro Emperador de toda esa gente. No podía verse agotado delante de ellos, menos con la presencia de los Dragones, que ni sudaban, y la del come-almas, que se veía inquietante a pesar de la flacura.
Las expresiones inseguras de los príncipes y Generales se pasearon por encima de Kardan y los Dragones. No tenían claro qué hacían Adad y Sakti ahí con los Guardianes, Sigurd y un desconocido cualquiera.
—Relájense —ordenó el heredero—. Vinieron por voluntad propia.
Los primeros en bajar la guardia fueron los príncipes de las Arenas. Después Sin. Los soldados rasos y los Escuadrones de los Elementos. Y finalmente Enlil. El único que se mantuvo atento fue Sigfrid porque Sakti tenía la vista fija en él. La posición del Primer General parecía la de una cobra lista para echarse atrás y evitar así un golpe, solo para regresar impulsado con un ataque mortal.
Kardan no podía creerse lo fácil que cayó Sigfrid en la trampa. El príncipe supo lo que haría Sakti desde que la princesa dijo que marcharía con él. Y la dejó hacer porque todos tenían que pagarle lo que le debían.
Sin el aviso de Kardan y la atención de Sigfrid en la espera de un golpe contra él, Sakti tuvo vía libre para atacar a Enlil. Una esfera de fuego se materializó delante del Segundo General; lo golpeó en la boca del estómago y lo lanzó de espaldas.
Los príncipes, los soldados y el Primer General centraron su atención en la princesa. Otra trampa que Kardan también había previsto; con Sigfrid concentrado en Sakti, Adad tuvo vía libre para atacarlo. El príncipe Dragón agarró la muñeca del General con una mano para que se diera la vuelta y lo mirara. Cuando Sigfrid se giró, los dedos de Adad relampaguearon. El estruendo del aire comprimido hizo que todos se encogieran de hombros, hasta Sigurd. El único que se mantuvo firme fue Adad mientras miraba cada estela que le salía de los dedos para electrocutar a Sigfrid. El General se quedó inmóvil mientras las centellas le atravesaban el cuerpo. El ataque fue aún más fuerte por la armadura de oro que estaba bajo la capucha.
Kardan miró la sonrisa retorcida y los ojos enloquecidos de Adad. El príncipe Dragón controlaba la descarga para que fuera dolorosa y prolongada sin ser letal. Quería que Sigfrid sufriera. Kardan movió los labios para pedirle que se detuviera, pero no alcanzó a escucharse. Era imposible oír tan siquiera sus pensamientos con los chasquidos agudos de las centellas.
Adad cortó el ataque. Sigfrid cayó de rodillas, apenas con la fuerza suficiente para apoyar los brazos en el suelo y no caer por completo. El cuerpo le temblaba sin que él pudiera controlarlo. Estaba a merced de Adad. El príncipe Dragón lo agarró del gorro de la capucha y le levantó la cabeza para exponerle el cuello. El contacto con la luna hizo que la piel de Sigfrid se erizara y que en el aire vibrara una advertencia de poder; pero no hubo desbalance. Por el momento Adad tenía las de ganar.
—Atacaste a mi hermana —siseó a la vez que las manos se le convertían en garras y los labios en la sonrisa dentellada de un Dragón—. Lastimaste a mi pequeña Allena.
—Adad —lo llamó Sakti.
La princesa estaba sobre Enlil. Aprovechó el ataque deslumbrante de Adad para acercarse al Segundo General y ponerle la pierna sana por encima del abdomen, justo donde la carne le supuraba por la quemadura.
—No lo mates. No es lo que vinimos a hacer aquí.
—¡Te atacó! —rugió Adad con indignación—. Si tú te vas a desquitar con Enlil por lo que hizo al gemelo, ¡yo tengo derecho a desquitarme con Sigfrid por lo que te hizo a ti!
—Oh, querido hermano... —suspiró Sakti con un tono sobreactuado—. Si yo ya he perdonado a Sigfrid. Ya ves que tengo un corazón muy bondadoso. Tanto así que tampoco voy a matar a Enlil. Estoy segura de que entonces también encontrarás en ti la fortaleza para perdonar a nuestro padrino, ¿verdad? Además... —Sakti se inclinó sobre Enlil para que sus rostros quedaran frente a frente—... que no los matemos no significa que no les dolerá, ¿cierto?
«Y así, como si nada, dos Dragones derrotaron a los hombres más poderosos de las Fuerzas Armadas», pensó Kardan mientras miraba a Sigfrid y Enlil a merced de Adad y Sakti. Con los Generales dominados ¿qué podían esperar los soldados y príncipes? Aunque con toda claridad nadie estaba satisfecho con los ataques de los Dragones, todos sabían que oponérseles sería una estupidez. Sakti y Adad estaban enojados. Nadie se mete con un Dragón furioso. El único que tenía posibilidades de librarse de su atacante era Enlil, porque la princesa estaba lastimada de una pierna y no podía mover con soltura el brazo que Sigfrid le hirió. Pero así como Kardan supo cuáles eran las intenciones de la princesa, supo también que Enlil no se resistiría. El Segundo General sabía que era hora de pagar todo lo que le debía a Sakti.
—¿Te rompí las costillas? —preguntó la princesa.
Enlil esbozó una sonrisa adolorida.
—Sí, creo que sí.
—Bien. Airgetlam también tiene las costillas rotas. —Sakti levantó lentamente la mano, que se cubría de escamas blancas—. A que tienes una idea de lo que voy a hacerte, ¿verdad?
—Sí.
Dejó caer la garra sobre la cara de Enlil. Describió tres zarpazos en el lado izquierdo. Siguió todos los detalles de la marca de Geri, incluido el golpe sobre el párpado.
Aunque había anticipado el dolor, Enlil aulló. Los cortes ardieron más de lo que se imaginó. Con él gritó Sigfrid, pues Adad le había jalado el brazo izquierdo con la esperanza de romperle la clavícula. Enlil aruñó el suelo y apretó los dientes tan fuerte como pudo porque supo que no tenía ningún derecho a quejarse. El precio pagado era muy bajo. ¿Quién sabe? A lo mejor Sakti sí tenía un corazón bondadoso. Pero lo dudaba, porque la princesa todavía le dejó el otro ojo para que viera la furia de Darius en cuanto el profeta los alcanzara. Porque Darius lo haría y Sakti lo sabía. «No, no nos ha perdonado. Nunca lo hará. Y se asegurará de devolvernos cada golpe en los sitios que más nos duelan».
Sakti nunca los dejaría olvidar.

****

Miró el rostro blanquecino de su padre. Como el Emperador siempre fue pálido la muerte no pudo cambiar radicalmente su aspecto. Kardan quería estirar la mano para acariciar los dedos oscuros de su padre, su cabello, e incluso besarlo en la mejilla; pero tenía miedo de encontrarlo aún más frío que de costumbre. Tenía miedo de olvidar así la calidez que una vez tuvo.
—Envejeció —comentó Adad con tono incrédulo.
El príncipe Dragón estaba al otro lado de la mesa en donde yacía el Emperador. Miraba con atención estupefacta el rostro de su tío. Kardan se preguntó cuánto tiempo llevaba Adad sin verlo. No se refería a la última vez que estuvieron juntos, cuando el Emperador envió a encerrar al Dragón en las celdas para contenerlo en la primera transformación; sino al último momento que la mente trastornada de Adad recordaba del Emperador.
«Si papá estuviese aquí lo lamentaría mucho por ti», pensó Kardan. La expresión de Adad le rompía el corazón. Cuando electrocutó y jaló el brazo de Sigfrid, Adad fue un relámpago furioso y sin misericordia. Pero ahí, junto al cadáver de su tío, era un cielo poblado de nubes que no se decidían a llover o a marcharse con el soplo del viento. A veces parecía que no reconocía al Emperador. A veces que sí y que lo lamentaba, o que sí y que disfrutaba su muerte, o que sí y lo enfadaba, o que sí y no le importaba. Kardan se preguntó si es que la mente de Adad estaba tan fragmentada que dentro de él había otras muchas versiones de Adad, todas luchando por hacerse escuchar y enfrentar la muerte del Emperador como a cada una mejor le pareciera: con tristeza, con furia, con melancolía, con alegría, con dolor, con arrepentimiento, con alivio, con vergüenza...
Adad era la suma de todo lo que es la locura.
—Tiene canas —murmuró el príncipe Dragón. Estiró una mano y sacó un par de hilos plateados de la cabellera negra de su tío.
«Sí», quiso contestar Kardan pero la garganta se le cerró. Pensó que al menos su padre vivió lo suficiente para envejecer un poco. Esa debía de ser una victoria. Pequeña pero importante a su manera. Los vanirianos y el destino no le arrebataron por completo todas las posibilidades. «Pudo vivir hasta echar canas. Pudo vivir hasta dejar a un hijo listo para tomar su lugar». Inspiró fuerte para reponerse. Sabía que Sakti estaba detrás de él, a unos pasos, silenciosa como el Dragón ciego que estaba también detrás de Adad.
—¿A qué has venido, Allena? Y no digas que es para presentar tus respetos a Harald y a mi padre. Ni siquiera viniste aquí a zarandear a Enlil. Eso solo fue una linda coincidencia para ti.
—... Estoy segura de que sabes por qué estoy aquí.
Hubo un momento de completa incertidumbre porque Kardan no podía justificar la presencia de Sakti en el campamento. Pudo haberse marchado tras atacar a Enlil. Si en verdad se marchó del Yggrdrasill para protegerlo, bien pudo haber tomado otro camino. Porque la ruta hacia el Norte, con los príncipes de Masca y de las Arenas, solo podían llevarla a un lugar. ¿Era eso lo que quería?
Miró las reacciones de los otros dos Dragones. Jillian levantó la mirada y la posó con delicadeza sobre Sakti. Kardan tuvo razón: el Dragón Púrpura haría lo que el Dragón Blanco le pidiera. Jillian comprendió las intenciones de Sakti tal y como el príncipe heredero. Adad, en cambio, no reaccionó. Ni siquiera escuchó a Sakti. Su mente estaba ocupada en contar las pocas canas del Emperador y en buscar arrugas en donde todavía no había ni nunca habría.
—¿Qué quieres a cambio?
—Tiempo. Y una promesa.
Kardan se giró. El tono de Sakti le llamó la atención porque fue más parecido a una súplica dolorosa que a una negociación. No se le había ocurrido que quizá Sakti tendría miedo de estar ahí, en la boca del lobo, rodeada de personas que tan solo querían sacrificarla, sin más aliados que un hermano loco, un enamorado ciego y un traicionero come-almas que se relamía las garras sucias afuera de la tienda. Ni siquiera Kael y Dereck podrían defenderla de una horda de soldados. Aunque tampoco era que Sakti necesitara ese tipo de protección. Ella podría quemarlos a todos. Pero sí estaba desprotegida ante la inevitabilidad de su destino. Contra eso no había armadura que pudiera escudarla.
—Aunque los príncipes que esperan afuera quisieran sacrificarnos a mi hermano y a mí, no lograrían salvarse con la Profecía. No tengo alma que ofrecer en sacrificio. —Miró a su hermano, que seguía concentrado en el cadáver sobre la mesa, ajeno a la conversación de su hermana y primo—. Y creo que él tampoco.
—¿De qué estás hablando?
—Cuando Lemuria atacó el Yggrdrasill, me lanzó fuego azul. No me quemó. Y hace cincuenta años, cuando enfrenté a Abigahil, su fuego verde tampoco me hizo trizas. El fuego de las mangodrias interactúa con el mundo. No puede hacerme daño porque yo ya no soy parte del mundo. Llevo rato así.
Kardan abrió la boca para replicar y decir que el fuego de las mangodrias no significaba nada. Las llamas verdes y azules fallaron contra Sakti porque Sakti era un Dragón, ¡ni más ni menos! Pero cerró la boca sin decir palabra porque la expresión de su prima fue suficiente para creerle. Lo vio en sus ojos. Lo mismo que se había llevado a Adad comenzaba a llevársela a ella. Lo mismo que la escudaba contra el fuego de las mangodrias la había condenado.
—No sé si se pueda arreglar —continuó Sakti—. Pero si es posible, necesito que le des tiempo a Darius de cumplir la promesa que me hizo.
—¿Qué promesa?
—Que me salvaría. Dijo que encontraría la forma de repararme.
—... ¿Y si no lo logra?
Los hombros de Sakti cayeron.
—Entonces caminaré hacia la Profecía sin nada que ofrecer. Haré lo que me ordenes.
—¡NO!
Adad al fin reaccionó. Miró a Sakti con los ojos desorbitados. Avanzó hacia ella con pasos pesados, como si quisiera destruir el mundo con cada pisada. Apartó a Kardan de un empujón y sostuvo a Sakti de los hombros, sin siquiera reparar en la mueca de dolor de su hermana.
—Escapamos de ellos. ¡Nos salvamos! ¿Por qué quieres lanzarte al matadero donde tío, Sigfrid y Enlil planeaban echarnos a morir desde antes de que naciéramos?
—Porque es eso o seguir viviendo así. —Sakti levantó la mano lentamente, hasta colocarla en la mejilla de Adad. La piel del príncipe era dura y oscura como el alabastro. En su rostro solo resplandecían los ojos dorados y los colmillos blanquísimos de un Dragón—. ¿De verdad quieres seguir viviendo así, Adad? ¿Desdoblado? ¿Loco?
Adad gruñó con los dientes descubiertos pero no se atrevió a replicar. Sakti no creyó que Adad pudiera entenderla pero vio que el príncipe comprendió su razonamiento. Y estaba herido. Por primera vez Adad se enfrentaba a lo irrefutable de su locura. Por primera vez tenía la suficiente cordura para aceptar que había perdido la cabeza.
El príncipe apretó los ojos y dio un paso hacia atrás. Estiró una mano para evitar que Sakti avanzara de nuevo hacia él.
—Lo siento. Yo... Yo... Necesito tiempo... —Retrocedió otro paso—. Necesito...
No se atrevió a mirar a Sakti. Corrió hacia la cortina y abandonó la tienda. Desde el interior escucharon el rugido de Adad y los gritos de sorpresa de los soldados que hacían guardia afuera. La tienda se agitó con el vendaval de las alas desplegadas del Dragón Negro.
—Solo para que lo sepas —continuó Sakti—, a la única que ofrezco es a mí. Si también quieres a Adad ya tendrás que negociarlo con él.
—¿Esa es la promesa que me pides? ¿Que lo deje a él por fuera?
—No. —Sakti lo miró indefensa y valiente, como una niña que se ofrece a un lobo—. Quiero que me jures que no tocarás más a los profetas. Ni tú, ni Sin, ni Sigfrid, ni Enlil ni ningún Aesir volverán a ponerles un dedo encima. Jamás.
—Allena, lo que le pasó a Airgetlam nunca fue parte del plan...
—No me interesa —lo cortó Sakti—. Enlil le mutiló la mente. Los Fafnir lo atacaron. Y para salvarse tuvo que matar a un amigo. Se ha roto el corazón. Airgetlam ya no es Airgetlam. Es todos los trozos rotos de él. Quizá algún día Dagda y los demás puedan pegar todos los fragmentos en una sola pieza, pero Airgetlam siempre seguirá roto. Con cicatrices. Y me mata saber que no hay nada que yo pueda hacer para enmendarlo. Todo lo que puedo hacer es esto.
—¿Tú a cambio de ellos?
—Sí. Yo a cambio de ellos.
Kardan se mordió los labios, envidioso. Su prima Sakti Allena derribó la Torre del País de Hielo, mató a los vanirianos que invadieron la Academia de las Arenas y organizó buena parte de la estrategia que liberó Masca en una tormenta de sangre vaniriana. Era una asesina como él y todos los Aesir.
Pero no era una Aesir como los demás, porque tenía el corazón más fuerte y leal que Kardan hubiese visto jamás.
—Te envidio —le dijo—. Tienes las agallas para ofrecerte entera por aquellos a los que amas. Siempre las has tenido. —Pensó en Mark. Sakti lo dio todo por él, tal y como ahora daba todo por Darius y los demás—. Desearía amar como lo haces tú. Sin condiciones.
—¿Tenemos un trato, entonces? —Sakti le extendió la mano—. Lo siento. No puedo cortarme para hacer un pacto como se debe.
—No importa, no necesito un pacto.
Kardan ignoró la mano de Sakti y la rodeó con un abrazo. Sintió la resistencia de Sakti. Ella no le devolvió el abrazo y Kardan tampoco creyó que lo haría, pero no importaba. Lo que le importaba era hacerle entender que lo sentía. Que lamentaba todo lo que había sucedido. Que estaba avergonzado de que las cosas llegaran hasta ese punto. Carecía de las palabras para expresarse pero quizá con suerte Sakti lo entendería en ese abrazo torpe y asfixiante.
La soltó porque supo que estaba incómoda. Era imposible que ella lo perdonase o que confiara plenamente en su palabra después de tantos años separados. Pero Kardan quería que ella confiara. Quería iniciar su reinado con la confianza de un Dragón para no traicionarla jamás. Sería como empezar de cero. Temió que Sakti solo se quedara inmóvil delante de él, sin nada que decir ni nada que hacer, porque después de ese abrazo imprevisto él tampoco tenía nada más que decir o hacer. Con las habilidades sociales de Sakti estaban condenados a un silencio incómodo. Afortunadamente sintió los ojos de Sigfrid sobre él. Al alzar la mirada, Kardan vio que el General estaba a la entrada de la tienda. Los ojos de hielo estaban fijos en los primos, evaluándolos.
—Tch —masculló Sakti por lo bajo. Si Kardan no hubiese estado tan cerca no habría reparado en ese resoplo de fastidio.
Sigfrid tampoco parecía maravillado de ver a la princesa, aunque la verdad llevaba semanas sin verse bien. El General tenía el rostro todavía más delgado, lo que no era una sorpresa si se tomaba en cuenta que las últimas noches carmesíes fueron un verdadero suplicio. Lo que sí era sorprendente era que en cada ocasión que se encontraban, Sigfrid parecía más molesto que la última vez. Aun así se mantenía como el pilar de oro irrompible sobre el que se apoyaba todo un Imperio. Ni siquiera llevaba el brazo en cabestrillo. Adad no había logrado quebrárselo; solo dislocarlo y ya un soporte médico se lo había reacomodado. Seguro que Sakti se sentía engañada después de todas las semanas que ella sufrió con la clavícula rota y con los días que le quedaban aún con el brazo débil.
—¿Está todo bien? —preguntó el General.
Kardan se sorprendió de no sentirse pequeño ni asustado en presencia de Sigfrid, ni siquiera cuando el General usó una voz grave acompañada de esa mirada helada tan característica suya. Tomó esa nueva confianza como una buena señal. Aunque todavía no tenía Draupnir consigo, se sentía ya como Emperador solo porque ya no le temía a Sigfrid. Ahora mandaría sobre él.
—Sí, todo está bien. Aunque Adad no se ha tomado muy bien la muerte de mi padre. Por eso se marchó tan afectado. ¿Derribó muchas tiendas al despegar? —Supo que eso fue lo que alertó al General. De lo contrario, Sigfrid no se habría atrevido a interrumpir al príncipe mientras se despedía de su padre. Como Heredero, pero sobre todo como hijo, tenía el derecho de ser el primero en decirle adiós, un derecho que decidió compartir con Sakti, Adad y el chico ciego al que apenas conocía.
—Unas cuantas. Nada que lamentar.
El General miró más allá de los príncipes, hacia la mesa donde yacía un cadáver tanto de carne como de mármol, tanto pálido como oscuro.
—Ya puedes despedirte de él. Tú y Enlil.
Sigfrid asintió y cruzó el umbral de la tienda. Se quitó la capucha que lo protegía de la luna, aunque por debajo de la armadura de oro llevaba todavía vendas para cubrirse los dedos y otras partes del cuerpo. Lo siguió el Segundo General. Enlil renqueaba tras el ataque de Sakti. Tenía la cara magullada, los cortes untados de pomada y el ojo izquierdo vendado y cubierto con un parche. Cuando pasó junto a Sakti le inclinó levemente la cabeza. Aunque la princesa no le devolvió el gesto de paz entre ambos, tampoco resopló como sí hizo con Sigfrid. Adad había fallado en darle su merecido al Primer General, pero Sakti cumplió en el castigo a Enlil y eso bastaba para satisfacerla por el momento.
Los Generales se situaron a cada lado de la mesa. Eran tan altos que tapaban la luz de la lámpara que colgaba del techo y le hacían sombra al cadáver. La tienda se oscureció y calentó más conforme entraban las personas: un sacerdote con una pila de plata, los príncipes de las Arenas, Sin, Dereck y Kael. Los Guardianes se situaron de inmediato junto a Sakti para protegerla; tanto ellos como la princesa notaron que los príncipes de las Arenas tomaban posiciones estratégicas en donde pudieran atraparla si escapaba como Adad. Sakti se preguntó si habrían sido lo bastante idiotas como para enviar a una tropa de alados detrás del Dragón Negro.
Kardan aguardó junto a Sakti, atento a lo que Enlil y en especial Sigfrid dijesen a continuación. Supo que la presencia del sacerdote solo podía significar una cosa: la unción como Emperador. El sacerdote esperaba las indicaciones de los Generales; y ellos solo se arrodillarían ante el nuevo Emperador si tenían garantía de que se respetarían los deseos del predecesor.
—¿Ha llegado a un acuerdo con los Dragones, Alteza? —preguntó Sigfrid.
Kardan miró a Sakti para confirmar su ofrecimiento. Ella lo miró sin asentir pero tampoco negó con la cabeza. «Todo depende de que me des tiempo y una promesa», decían los ojos de la princesa. Kardan asintió.
—Sakti Allena Aesir II, última princesa de Masca, segunda al Trono de las Arenas y portadora del Primer Dragón, ha aceptado cumplir con la Profecía.
No hubo vítores ni carcajadas, pero sí resoplos de satisfacción y hasta un «Más le vale a esa traidora» por parte del príncipe Raziel. Uruk le metió un codazo para que se comportara. El gesto fue como si hubiese pellizcado a los demás; el reproche de Uruk fue suficiente para que los príncipes de las Arenas se percataran del alivio que demostraron porque lanzarían a una princesa, a sangre de su sangre, a la muerte. Aunque recompusieron el rostro, el mal ya estaba hecho. Si alguna vez Sakti creyó que significaba para sus parientes algo más que una herramienta, ahora estaba por completo convencida de lo contrario. Mantuvo la cabeza en alto, la mirada firme y el rostro impasible, pero por dentro comenzó a recordar lo que se sentía ser una pequeña e indefensa niña krebin, despreciada por todos, útil solo como carnada en un sacrificio. Cuando decidió partir del Yggrdrasill no imaginó que se sentiría tan sola rodeada de personas para las que no significaba nada.
Por suerte estaba equivocada. Ella lo significaba todo para su Guardián. Dereck pasó un brazo sobre sus hombros y la acercó hacia sí para estrecharla. No se atrevió a abrazarla delante de todos ni la miró con compasión. Como ella, mantuvo la cabeza en alto y los ojos fijos en Sigfrid, porque de cierta forma el General era el representante de todos los que añoraban el sacrificio de la princesa. Dereck no reprochó pero Sakti sintió en su mano cálida el miedo, la desesperación y la impotencia que ella misma procuraba apartar de su corazón. Fue agradable saber que no estaba sola. Siempre le agradecería a Dereck ese gesto de rebeldía.
—Adad Aesir VI, cuarto príncipe de Masca, heredero del Trono de las Arenas y portador del Segundo Dragón, aún medita en su decisión —continuó Kardan—. Igual que Jillian, el Tercer Dragón.
Todos siguieron la mirada del príncipe, que estaba fija en la figura silenciosa de Jillian. Aunque no podía verlos, el sepulturero sintió los ojos de los demás sobre él. Sin soltó un resoplo.
—¿Dices que este campesino es un Dragón?
—Y tu medio hermano —lo cortó Kardan antes de que Sin se pusiera demasiado insolente. La muerte de Harald lo hizo aún más amargado—. Él es el último regalo de tu padre.
Sin enrojeció. Sabía tan bien como todos que su padre había dejado un bastardo porque el príncipe Alain fue lo bastante amable de dar el recado al Emperador delante de Raimundo y todo el mundo.
—Solo tengo dos hermanos —dijo con los dientes apretados—. Uno está muerto y el otro está diciendo estupideces. —Dio media vuelta—. Te espero con Harald. Aún no le has dado tus respetos. —Y se marchó.
Kardan no le dio importancia. Sin siempre fue dramático y grosero. Con razón los profetas nunca pudieron soportarlo medianamente, como sí hicieron con Harald.
—Está bien... —murmuró Jillian desde su rincón, tan suave que Kardan por poco lo pasa por alto.
—¿Qué has dicho?
—Que está bien. Acepto el sacrificio. —Jillian esbozó una sonrisa triste—. En todo caso no tengo nada que perder. Perdí lo que más quería aun antes de nacer.
Kardan no supo qué responder ante ese comentario y tampoco tuvo que hacerlo, porque Sakti intervino. Se abrió paso entre los príncipes, con Dereck y Kael fielmente tras ella. Avanzó hasta situarse junto a Jillian y ahí se quedó, con los ojos fijos en los de Sigfrid. «Dos de Tres Dragones por voluntad. Son las mejores cifras que has tenido jamás», decía su mirada. Aunque Sigfrid no le dio la razón, sabía que la tenía.
El General dio un asentimiento de cabeza al sacerdote, quien situó la pileta en una mesa cercana al cadáver del Emperador. Kardan sintió comezón en las manos mientras el sacerdote llenaba la pileta de agua. La Coronación era una experiencia más agria que dulce. Siempre supo que le dolería ser coronado a causa de la muerte de su padre, pero había imaginado que el Emperador moriría en mejores circunstancias. No por culpa de una mangodria. Lo único que le daba consuelo era que su padre lo aprobó digno de tomar su lugar. Que Sigfrid lo considerara así también era otro alivio, aunque seguro que el General pondría mala cara con la primera orden de su nuevo y joven Emperador.
La pileta de plata estaba cada vez más llena. Cuando el sacerdote le empapara la cabeza ya no habría marcha atrás. Excepto que...
—¡Espera! No podemos hacer la ceremonia...
—¿Qué? ¿Miedo en el último momento? —masculló Raziel con desdén—. Gallina.
Kardan lo miró con un reproche. Nunca se acostumbraría a la manera tan casual y tosca de hablar de los príncipes del desierto, en especial del líder de los hambrientos voraces.
—No. Gungnir y Draupnir. No están aquí. Sin ellas no puede haber Coronación.
—No se preocupe, Alteza. —La voz de Enlil era suave y consoladora a pesar de que tenía la cara hinchada y que el ojo sano lo tenía enrojecido. Kardan imaginó que el General luchaba contra las lágrimas tras ver a un amigo muerto—. Su padre dejó Gungnir en Tyr. Y en todo caso no es indispensable para que la Coronación sea efectiva.
—Pero Draupnir sí —objetó Kardan mientras se preguntaba por qué su padre habría dejado la espada ceremonial de los Emperadores en la Capital del Norte. Más aún, ¿cómo pudo Sigfrid, quien estaba a cargo de Tyr, abandonar su puesto en la ciudad y a la espada de los Aesir?
—No se preocupe por la Corona, Alteza —dijo Sigfrid mientras se llevaba la mano al cinturón. Junto a la espada tenía una daga de plata que se veía ridículamente pequeña junto al espadón doble o en las manos gigantescas del Demonio Montag. Quizá por eso nadie le prestó la suficiente atención hasta que Sigfrid la desenfundó—. La Corona está aquí.
Los Generales inclinaron la cabeza y la espalda ante cadáver del Emperador. Esa era su despedida.
Sigfrid levantó la daga y apuñaló el abdomen desnudo y helado del rey por el que habría dado la vida con todo gusto.

****

—La época de los Dragones ya viene. Quiero a los profetas devuelta para controlarlos.
El suave golpe de la puerta al cerrarse tras la salida de Kael sonó como una cachetada. El nuevo Emperador miró a los Generales con serenidad. Logró componer el rostro y mantener firme el latido de su corazón, aunque estaba algo nervioso por su primera orden, en especial porque era grande. No llevaba ni una hora con Draupnir en las sienes y ya estaba decidido a cumplir la Profecía durante su reinado. Un reinado que además podía ser muy corto si Sigfrid lo traicionaba para mantenerse fiel a Istar.
—¿Enviaría a los hijos de su hermana al sacrificio? —preguntó el Primer General con voz libre de inflexión. Nadie sabría si estaba enfadado o indiferente, con excepción de Enlil. El Segundo General miraba al Emperador con unos ojos también carentes de calma o furia.
—Sí. La salvación de nuestro Imperio depende de la muerte de los cachorros de mi querida Istar.
No tenía que explicarles la situación siempre tensa entre el Imperio y el País de Hielo. Eran Generales, los primeros en atender las batallas, perder terreno, recuperarlo, volverlo a perder y recuperarlo de nuevo. Tampoco tenía que hablarles de los últimos censos, con cada vez menos nacimientos de hembras y muchos más brotes de peste. Aunque Hakwer no fue un Emperador popular tampoco se le podía culpar de ser mediocre o irresponsable; trabajó tan bien como pudo en mantener su Imperio a flote y aun así solo logró retrasar la inevitable caída y extinción de una raza. Con razón murió disgustado con Istar y Velmiar: los príncipes no le dieron ni un nieto que calmara sus temores y que le prometiera la esperanza de un mundo mejor, libre de la maldición de Dios.
En cambio, murió agradecido con Kardan porque su primogénito le prometió que cumpliría lo que su padre no había ni siquiera iniciado.
—Por miles de años no ha habido rastro del clan de los profetas. A estas alturas estarán ya mezclados con campesinos. Los descendientes del clan tal vez ni guardan ningún poder visionario; y aun si lo tuvieran, quizá sea demasiado débil como para manifestarse y ser útil —apuntó Sigfrid.
—O si conservan su talento con fuerza —agregó Enlil— tendrán la capacidad de evadirnos. Como seguro recordará Su Majestad, los profetas huyeron del Imperio. Nadie recuerda por qué pero ya han sido varios los Emperadores que han intentado contactarlos. Ninguno tuvo éxito.
—Cierto. Pero ningún Emperador tuvo los recursos que yo sí.
—¿Recursos?
Kardan miró a los Generales fijamente, sin parpadear. Se daba cuenta de que se proponía una tarea difícil pero estaba seguro de que podría cumplirla. Con Sigfrid y Enlil se creía capaz de cualquier cosa.
—Los otros Emperadores no eran hermanos de la futura madre de los Dragones. Los otros Emperadores no tenían dos Guardianes bendecidos con los mensajeros del Tercer Dragón. —Miró en especial a Sigfrid, porque el hallazgo de los profetas estaría a cargo de Munnin—. La misión de los cuervos mensajeros es colaborar en la protección de los Dragones hasta el cumplimiento de la Profecía. Y para esto necesitamos también a los profetas. Por eso Huggin y Munnin se encargarán de buscarlos. —Hizo una pausa—. ¿Entiendes lo que te pido, Sigfrid? ¿Lo entienden los dos? A cambio de la salvación de nuestro pueblo, les pido que traicionen a mi hermana. Les pido que me acompañen en la tarea más ardua que hayan hecho jamás como Generales.
Sigfrid y Enlil inclinaron la cabeza y se arrodillaron delante de él.
—Por usted, Majestad —dijeron a la vez con solemnidad— haremos lo que sea.
El Emperador esbozó una pequeña sonrisa, aunque el agradecimiento en el corazón era tan grande que amenazaba con estallarlo. Ojalá algún día pudiera devolver a los Generales la confianza y el alivio que sentía gracias a ellos; pero sospechaba que el camino de los tres estaría lleno de grandes obstáculos y muchas tristezas. No, no sería fácil. Traicionar a Istar era difícil, pero también era apenas el inicio y no la parte más dolorosa del proceso. Pensó en sus futuros sobrinos. En lo mucho que los amaría por ser de Istar y en lo terrible que sería ponerles una daga bajo el cuello si con la sangre de los Tres Dragones podía salvar al Imperio Aesiriano. Los amó por el sacrificio que los obligaría a cometer, porque su amor traicionero y doloroso era lo único que podía ofrecerles a cambio de sus vidas.
Las venas de las sienes latieron contra la plata de Draupnir. Kardan se quitó la corona y se miró a sí mismo reflejado en la piedra celeste que estaba en medio de la franja de plata. Pensó que el suyo era el rostro del miedo. Estaba aterrado por el futuro que se había propuesto.
—Pasarán mucho tiempo fuera de Masca —les informó—. Sus estadías en la Capital serán breves para que puedan concentrarse en las zonas de conflicto y en las fronteras.
—Masca estaría desprotegida —intervino Enlil.
La presencia ocasional de los Generales era un factor decisivo para que los vanirianos no se atreviesen a llegar a Masca. Por más que los Generales trabajasen en las fronteras y en suprimir los grupos invasores que se colaban al Imperio, no podían estar en más de un sitio al mismo tiempo. Por eso siempre había grupos vanirianos en el interior del territorio que pasaron desapercibidos en las grandes campañas militares. Si se corría la voz de que los Generales estaban ocupados en las zonas limítrofes, alguno de esos grupos se envalentonaría para entrar a Masca.
No era que Sigfrid y Enlil dudaran de las grandes defensas de la Capital, pues la Muralla estaba siempre bien resguardada. Pero cuando Istar estaba en casa, la ciudad estaba en más peligros; pues los vanirianos bien harían lo imposible por atrapar a la madre de los Dragones y, de paso, asesinar al nuevo Emperador.
Kardan esbozó una sonrisa.
—No te preocupes por Masca. Yo protegeré la ciudad. —Acarició Draupnir con delicadeza, como si fuera su amante—. Desde joven he excedido la capacidad sincrónica promedio de los Aesir. Solía pensar que era una maldición. Pero a lo mejor es un recurso más, como los cuervos mensajeros, como los Guardianes. Es otra herramienta para alcanzar nuestro objetivo. Y planeo hacer buen uso de esta ventaja. —Acercó Draupnir a los labios y sonrió a los Generales con picardía y confianza—. Son los únicos a quienes confiaré esto. Cuando el día llegue, sabrán qué hacer.
El Emperador abrió la boca y...

****

... el día llegó. O mejor dicho, la noche.
Mientras los príncipes, los Guardianes y el sacerdote miraban asustados y sorprendidos al General, Sigfrid se preguntó si el Emperador lo había sospechado. ¿Acaso supo desde aquel lejano día en que fue ungido que moriría antes de ver la Profecía cumplida? Era posible. Aunque no hubiese imaginado las condiciones acertadas de su muerte, seguro sospechó que lo grave de sus acciones lo llevaría a morir antes de alcanzar su objetivo.
Sigfrid puso la daga a un lado de la mesa y metió las manos en la boca del estómago. Por el rabillo del ojo vio que el príncipe Kardan daba un paso para detenerlo, pero el príncipe Remiak lo agarró del hombro para que no interfiriera. Enlil aprobó la acción del príncipe de las Arenas con un asentimiento de cabeza y dejó que Sigfrid se encargara del resto.
La sangre del Emperador era una mezcla pegajosa y oscura, con coágulos rojos –sangre aesiriana– y negros –granos de mármol–. Todavía estaba tibia. Los dedos del General escarbaron entre las entrañas hasta que al fin dieron con un material liso y frío como hielo. Creyó que el metal se habría adherido a la carne después de tantos años, pero Sigfrid lo sacó con facilidad, como si arrancara un fruto del árbol.
Sacó Draupnir de las entrañas del Emperador tal y como una partera habría sacado a un niño de su madre.
—No puede ser... —masculló Kardan. Sus ojos de caverna estaban fijos en la corona de plata cubierta de sangre, en especial en la roca celeste en forma de lágrima donde su padre se vio reflejado a sí mismo el día de su Coronación.
El sacerdote tenía la boca abierta de par en par. Dereck estaba tan pálido que parecía a punto de desmayarse del asco. Sakti se había cubierto la boca con la mano. Los príncipes de las Arenas eran un abanico de expresiones que iban desde el más absoluto espanto hasta la más sincera curiosidad.
—La Corona —murmuró Kael—. La última vez que la vi...
—Fue en la Coronación de Su Majestad —terminó Sigfrid con él—. Cierto, ahora recuerdo que te marchaste justo antes de que el Emperador consumiera Draupnir.
—Yo... no entiendo —logró decir Kardan.
—Su padre, el Emperador, escondió Draupnir dentro de sí mismo —explicó Enlil. Tenía una expresión de solemnidad y orgullo, claramente satisfecho de haber servido a un buen rey—. Su Majestad lo consideró pertinente para potenciar su capacidad sincrónica con Masca, y así proteger la Capital por su cuenta en caso de que Sigfrid y yo estuviésemos fuera durante un intento de invasión. Si no lo hubiese hecho, no habría podido mantener por tanto tiempo el escudo de protección que nos salvó hasta el rescate de las Arenas.
—... Entonces... ¿se la comió? —preguntó Sakti con un hilo de voz.
—La consumió —la corrigió Sigfrid. Sakti no veía ninguna diferencia entre uno u otro término—. Éramos los únicos que sabían. Su Majestad quería evitar poner en riesgo la Corona, en especial porque los vanirianos siempre se han obsesionado con ella. Conquistar Draupnir es conquistar Masca; y con ella, el Imperio.
—Oh. —Jillian asintió aunque se veía tan perplejo como los demás—. ¿Y de qué tamaño es la Corona?
—Lo justo para una cabeza —respondió Sakti junto a él con una ceja arqueada. La pregunta le pareció algo tonta pero hizo un esfuerzo en ser amable con Jillian.
—Hum. ¿Y no le habrá dado dolor de estómago? —murmuró el Tercer Dragón al oído de Sakti.
—¿Eso es lo que se te ocurre? —murmuró a su vez la princesa, algo fastidiada por la cercanía de Jillian—. Yo no dejo de preguntarme cómo hizo para metérsela en la boca. Y luego tragarla. Cualquiera se habría ahogado...
—Ejem, ejem —tosió Enlil. Los Dragones estaban matando la solemnidad del momento con sus preguntas susurradas.
Sakti tomó la postura de una princesa en la Corte, firme y serena. En cambio Jillian se veía incómodo e incapaz de encajar en semejante reunión. Quizá era hijo de un príncipe pero él no era ningún príncipe. Era un campesino de pies a cabeza.
Sigfrid extendió los brazos al sacerdote para que tomara Draupnir. El sacerdote ya estaba recuperado de la conmoción y tomó la Corona como si fuese lo más normal del mundo, sin interesarse en la sangre roja y negra, o del contraste entre el frío metal y la tibieza de la sangre. La colocó en un almohadón que había traído para ese fin y dio un asentimiento de cabeza a Kardan para que se acercara.
El príncipe avanzó mirando de reojo a su padre. «Lo correcto es despedirlo primero en un gran funeral. Junto a Harald. Y después la Coronación». Lamentablemente no podían seguir el protocolo adecuado. Kardan escuchaba susurros desde el exterior de la tienda. Los soldados esperaban conocer a su nuevo Emperador. Sigfrid y Enlil estaban tensos y ansiosos como perros de guardia a la espera de una orden para atacar. Los príncipes de las Arenas estaban francamente aburridos, urgidos en que la ceremonia acabara para avanzar ellos también en sus diferentes tareas. Todos necesitaban un nuevo Emperador. El Imperio no podía estar acéfalo por más tiempo.
Se arrodilló. El sacerdote recitó la fórmula para coronarlo, pero Kardan apenas lo escuchó. Su atención estaba dividida entre lo que sucedía, cómo debió haber sucedido... y Sakti. Miró a su prima por el rabillo del ojo. Los príncipes, Guardianes y Generales alrededor estaban envueltos por la penumbra, pero a Sakti la vio con claridad como si estuviese bajo una lámpara. Aunque nunca comprendió a la princesa estaba seguro ahora de que Sakti tenía miedo. Cuando el sacerdote coronara a Kardan y Sakti se arrodillara delante de él, se arrodillaría también ante la inevitabilidad de su destino. Se arrodillaría ante la Muerte. Pero aunque tenía miedo no temblaba. No se echaba para atrás. No cerraba los ojos para escapar de ese momento. Kardan supo que estaba ante la persona más valiente que había conocido y que por eso él no tenía derecho a tener miedo de ser coronado.
El agua fría lo espabiló. Le cayó como una cascada justo en el centro de la cabeza y de ahí descendió por el cabello, la espalda y el rostro. Un charco se formó alrededor de él.
El peso de Draupnir estuvo a punto de hundirlo en el suelo. La Corona estaba helada, heladísima, pero conservaba una pizca del calor de su padre. Para Kardan fue como si el Emperador se hubiese levantado de la mesa para darle un último y tímido beso de despedida. La sangre en la Corona se mezcló con el agua del cabello, y bajó diluida por el rostro de Kardan. Se miró la mano manchada con estelas rojas y negras. «El último regalo de mi padre. Para que yo no sangre él ha sangrado por mí».
Se irguió con la fuerza de ese pensamiento, decidido a que la muerte de su padre no fuera en vano pero también decidido a ser mejor de lo que el antiguo Emperador pudo ser.
—Salve el Emperador Kardan Aesir XXIV —entonó el sacerdote.
—Salve el nuevo gobernante —respondieron los príncipes y los Generales mientras se arrodillaban.
Kardan miró a Sakti porque era la única que de verdad importaba. Le pareció que se miraron el uno al otro durante una eternidad, hasta que al fin la princesa inspiró fuerte y se arrodilló con la cabeza inclinada. El Emperador apenas prestó atención a Dereck y Kael, que se arrodillaron después de que la princesa. En dos zancadas se situó delante de ella, la levantó de la cintura y la abrazó.
—Mantendré mi promesa —le aseguró. Aun con Sakti en sus brazos, giró el cuello y miró a los Generales. Ya tenía la Corona y la sangre de su padre sobre la cabeza. Ya los había vencido. Ya no había nada que ellos pudieran hacer para contradecirlo—. La Profecía esperará un poco más. Ahora nos ocuparemos en recuperar terreno.
Los príncipes de las Arenas lo miraron como si hubiese dicho un mal chiste. Raziel, por supuesto, parecía capaz de darle un buen coscorrón. La reacción menos grata fue la de Sigfrid. El General contuvo la respiración, como siempre hacía cuando estaba enojado, y la vena empezó a palpitarle lentamente en el cuello. Era la reacción que esperaba el Emperador pero no dejaba de ser perturbadora.
—¿Por qué? —Sigfrid controló la voz pero no engañó a nadie. Hasta los príncipes de las Arenas guardaron silencio al percibir su enojo.
—Porque hice una promesa al Primer Dragón. Solo por eso. —Sigfrid lo intentó de nuevo.
—Entonces los profetas. Están cerca, podemos...
—No. Le hice una promesa también a Connor.
Otra vena empezó a latir en la frente de Sigfrid. Los príncipes de las Arenas miraron hacia otra parte o bajaron la mirada, decididos a no llamar la atención del Demonio Montag. Kardan sonrió, mitad asustado y mitad victorioso. Ya tenía la Corona. Ya estaba completamente a salvo de Sigfrid.
—No es lo que querías. No es lo que ninguno quería. Pero si hay una oportunidad de salvarnos sin el sacrificio de los Dragones y sin el maltrato de los profetas, ¿no crees que vale la pena intentarlo?
—¡No hay tal oportunidad! —rugió Sigfrid—. ¡Más vale que...!
Enlil puso una mano sobre el hombro de Sigfrid y la otra sobre la cabeza del Primer General. Tomó desprevenido a su amigo y lo forzó a bajar la cabeza y hacer una reverencia.
—Se hará como usted ordene, Majestad. Ni más ni menos.
Sigfrid apretó los puños pero finalmente relajó los hombros. Ya no necesitaba que Enlil lo forzara para hacer una reverencia. Kardan asintió.
—Gracias, General Tonare. Ahora les agradeceré que se retiren. Todavía quiero estar un poco más con mi padre.
Uno a uno, los príncipes salieron. Estaban cabreados. El único que se fue más o menos contento fue Enlil. Kardan no había contado con que el Segundo General sería su primer aliado en la nueva estrategia, aunque tampoco debía de sorprenderle mucho.
—Enlil es un cobarde —murmuró Sakti todavía en sus brazos—. Dice que no quiere lastimar a Darius y a los demás, pero lo hizo porque tío se lo ordenó. Ahora que tú ordenas lo contrario hace caso encantado. Es inconsistente y débil. Qué detestable. Por lo menos Sigfrid es más firme en sus ideales. —Sakti se apartó—. Yo también quiero estar sola.
Salió en silencio, como si fuera más liviana y voluble que el aire. Kardan no escuchó ninguna reacción de los soldados cuando la princesa se escurrió por la cortina, tan ligera que nadie reparó en ella. En cambio, cuando Dereck salió en pos de Sakti sí escuchó algunos murmullos de aprobación y felicitación, hasta unos tímidos y breves aplausos. Aunque había una orden de captura sobre el Guardián, ya los soldados no lo ignoraban ni lo trataban con indiferencia porque era el hombre que protegió al Primer Dragón. Era el hombre que trajo la esperanza de regreso al lado aesiriano.
Solo quedaban Jillian y Kael. El Guardián del desierto lo miró con un reproche mudo. La inclinación que Kael le dio al nuevo Emperador fue menos convincente que la de Dereck. Kardan sabía que Dereck seguiría inclinado mientras Sakti estuviese de acuerdo en seguir las indicaciones del Emperador; pero Kael solo hizo una reverencia para no desentonar con los demás. En su corazón todavía no se inclinaba al nuevo monarca porque su Dragón Negro aún no aceptaba la Profecía.
—Descuida. Si es posible salvarnos sin Profecía, los Dragones vivirán. No deseo matarlos. Adad no tiene que morir.
—¿Y si es imposible? ¿Y si solo la Profecía nos lleva a la victoria?
Kardan escuchó el grito incipiente del miedo que empezaba a formársele en el corazón. Si la Profecía era la única salida, debía cumplirla. O de lo contrario los miles de sacrificios de su padre serían en vano. Quería ser mejor persona, mejor príncipe –«Emperador», se corrigió–, mejor amigo, mejor primo... Pero todavía no sabía cómo. «Ojalá Connor estuviera aquí». Necesitaba el consejo de Connor. Necesitaba la voz de un amigo.
—No lo sé. Sinceramente no lo sé.
Kael agachó la cabeza ante esa respuesta tan triste y desesperanzadora. Cuando cruzó la cortina Kardan lo vio extender las alas para echarse a volar en pos de Adad.
—En cuanto a ti...
Se giró a Jillian. El Tercer Dragón llevaba pantaloncillos tipo pescador, con unos ruedos rotos y llenos de barro que dejaban al descubierto las piernas igualmente sucias. La camisa estaba manchada y remendada. La capa estaba desteñida y desgastada. Campesino, campesino. Y uno muy pobre, además. La posesión más elegante de Jillian era la gruesa vara que usaba como bastón. Era firme y larga, con un brote de hojas tímidas y verdes en lo más alto. Era un bastón tan nuevo que seguro se convertiría en árbol si Jillian lo colocaba de punta en un hueco y lo sembraba.
Era hora de buscar algo más apropiado para el portador del Tercer Dragón. Quizá Jillian era un bastardo pero seguía siendo hijo de un príncipe. Era primo del Emperador. Kardan decidió que tomaría a Jillian bajo su cuidado por lo que le quedara de vida. Aunque dudaba de que la vida de Jillian llegase a ser muy larga.

****

Sakti se dejó frotar la espalda. El agua de la bañera se teñía poco a poco con tierra.
—Lleva mucho tiempo como plebeya, Alteza —le dijo Dereck con afecto—. Se le ha olvidado lo que es un baño de verdad.
Una vez, hacía mucho tiempo, fue una fanática de los baños. No soportaba estar sucia más de lo necesario porque le recordaba sus años de krebin, cuando arrastraba cadenas, llevaba costras en las muñecas y rodillas, y hedía tan fuerte que se sacaba las lágrimas o se adormecía el olfato. Supuso que en algún instante entre el «entonces» –cuando todavía era dos almas– y el «ahora» –cuando era un despojo– se le olvidó que le gustaba bañarse por lo menos dos veces al día.
Lo que no se le había olvidado era que no le gustaban las damas de compañía. No habría aceptado que ninguna le pusiera un dedo encima o que la acompañara en la tienda solitaria a un borde del campamento que había reclamado para sí. En todo caso, las mujeres del campamento no eran delicadas señoritas al tanto del cuido de su gran señora, sino guerreras tan o más sucias que la misma Sakti.
Dereck le dejó caer un nuevo balde de agua tibia encima para aclarar la que estaba en la tina. Luego se puso a frotarle la espalda otra vez, aun con más fuerza que en las primeras dos lavadas.
—A este ritmo vas a borrar las marcas de la Profecía —comentó Sakti con sarcasmo.
—No tiene por qué hacerlo —murmuró el Guardián con suavidad aunque restregaba con la misma fuerza. Sakti supo que se refería a la Profecía en sí.
—Lo sé.
—Puede escaparse.
—Lo sé.
—Podría ser libre y...
—Lo sé.
Sakti estaba bocabajo en la tina, con la barbilla apoyada en el borde. Miró a Dereck por encima del hombro.
—Lo sé, Dereck. Gracias por quedarte junto a mí.
Vio las cejas juntas del Guardián. La insatisfacción de su rostro. Le alegró que no estuviera conforme y que se tomara tan mal una decisión que desde el principio fue inevitable. Porque aunque Sakti escapó de Masca nunca podría escapar de su destino. Ahora lo entendía. Ahora, que no era nadie, podía aceptarlo. Dereck también lo aceptaría. Quizá nunca le gustaría pero lo aceptaría con el tiempo. Estaba empeñado en servirla en las decisiones buenas y malas. La de entregarse no era mala pero sí injusta. Él lo sabía tan bien como la misma Sakti.
Dereck no insistió más. Retorció el paño sucio en una tinaja y lo frotó contra una barra de jabón. Estiró la mano para frotar otra vez la espalda de Sakti. Ella vio que lo haría con más delicadeza, como si con eso pudiera aliviar el dolor que la esperaba en el sacrificio. Porque Sakti imaginaba que le dolería. No sabía si habría un ritual de sacrificio en donde la abrirían de un tajo, o si tendría que apoyar la cabeza en un cepo para que Kardan se la cortara y ofreciera su sangre a Dios, o si tenía que entrar a una caverna oscura y vagabundear hasta morir de hambre y volverse loca por el silencio y las tinieblas. Prefería no pensar demasiado en ello.
El brazo de Dereck se detuvo a medio camino. El Guardián se apoyó con la mano libre al borde de la tina, tan fuerte que el agua se agitó y cayó al suelo. Sakti sintió que las patas de la bañera patinaban en el charco. Se levantó y salió de la tina justo antes de que Dereck la derribara. El agua se desbordó por completo; las pequeñas olas salpicaron las pantorrillas de Sakti, además de las patas del catre, la silla y la mesa portátil.
Sakti miró al Guardián, que estaba a gatas y con una mano sobre el pecho. Con el puño libre golpeaba el suelo al ritmo de la respiración cortada. Sakti dudó. ¿Qué le pasaba? Se preguntó si era la luna de sangre. A lo mejor aullaba otra vez en el cielo y los aesirianos, uno a uno, caían aturdidos por su poder. En cualquier momento ella también estaría encogida en el suelo. Esperó pero nada pasó. La luna todavía no aullaba.
El soldado dejó de temblar en cuanto ella dio un paso tímido hacia Dereck.
—No... —murmuró. Dereck se incorporó sobre las rodillas, todavía con la mano sobre el pecho. Tenía los ojos empañados aunque las lágrimas todavía no los desbordaban. No miró a Sakti sino a un punto perdido del suelo.
—Dereck, ¿qué pasa?
Al fin una lágrima resbaló por las pestañas del Guardián. La gota cayó directamente sobre el charco en el suelo, apenas sin dejar rastro en la mejilla de Dereck.
—Huggin. Lo han atacado.
Sakti escuchó la lluvia que caía sobre la tienda. En la lejanía estalló un relámpago. Y después...


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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