¡Sigue el blog!

Capítulo 8

8
NOCHE ETERNA

Había arrimado una silla para sentarse al lado de la mesa y así velar a su padre por una noche.
No estaba cansado. Tenía la mente espabilada e inquieta pero era incapaz de concretar un solo pensamiento. No sabía qué hacer o por dónde continuar. El problema no era el inicio del camino porque ya había empezado: al abrazar a Sakti hizo un trato con ella. «Tiempo y una promesa». No sabía cuánto tiempo podía darle a la princesa pero estaba decidido a cumplir la promesa.
No tocaría más a los profetas, aunque también quería que Connor aceptara su propuesta. Se preguntó si Sakti se enfadaría si el joven doctor se convertía en consejero del Emperador. A lo mejor sí. Aunque ella entendería que la decisión habría sido de Connor. Desde luego, si el doctor aceptaba tendría el derecho de renunciar en cuanto quisiera. Kardan no le impondría nada.
Pero si Connor declinaba ¿qué haría Kardan? Miró el cadáver de su padre. «Él habría sabido qué hacer, en quién confiar. Siempre lo supo». El antiguo Emperador tuvo toda una corte de consejeros en finanzas, guerra, construcción, agricultura y salud. Pero sus verdaderos aliados, sus Consejeros indiscutibles, fueron Enlil y Sigfrid. «Ellos me aconsejarían encerrar a Allena y Jillian, atraer a Adad con la carnada y ponerles cadenas y bozales a los tres. Me aconsejarían atrapar a los profetas. Por lo menos Sigfrid lo haría». No podía seguir ese consejo. Estaba mal. Su consciencia jamás estaría tranquila si cedía a la presión de los Generales. «¿Qué hay de ti, padre? ¿Tuviste una consciencia tranquila? ¿O moriste arrepentido por todo lo que hemos hecho a Allena y Adad? ¿Viviste con esa culpa porque estuviste convencido de la necesidad del mal que hicimos a los Dragones y profetas?».
Si ser un Emperador fuerte implicaba tomar las decisiones crueles por el bien común, y vivir con la culpa de esa decisión, Kardan no tenía corazón para ser fuerte.
Dios, qué solo se sentía.
La llovizna caía sobre la tienda. Esa era una buena excusa para permanecer dentro, a salvo de la lluvia, sin presentar sus respetos a Harald. Si iba a velar a su primo caído tendría que enfrentar a Sin. Aunque el príncipe rubio era un maldito amargado, era el único amigo de infancia que aún tenía. Aunque Sakti aceptó un trato, y aunque Adad aceptara también, ya había perdido a los príncipes Dragones. No volverían a ser los primos con los que entrenó, jugó, charló y estudió en Masca. ¿Lo fueron alguna vez? A lo mejor ellos siempre fingieron y él les creyó. Fuera como fuese, los había perdido. Pero Sin... ¡todavía tenía a Sin! Tenía miedo de velar a Harald sin haber dado con una respuesta satisfactoria a la pregunta que el príncipe rubio le haría: ¿ahora qué?
Sí, ¿ahora qué? ¿Cuál era el próximo movimiento?
No lo sabía.
Estaba solo, tan solo.
Aferró la mano de su padre. Estaba tan fría como lo temía, pero en ella aún sintió parte de la familiaridad que lo consoló tantas veces cuando era niño. Hundió los hombros y apoyó la frente en esa mano en busca de consuelo. La desesperación alcanzó el punto máximo dentro de él. Por un instante estuvo a punto de desbordarse... Y luego sencillamente retrocedió. Quizá era porque sostenía a su padre por última vez, o por la canción de la lluvia, o por la esperanza de que Connor aceptara su propuesta y lo guiara. Fuera como fuese, la calma empezó a llegar. Todavía necesitaba una respuesta para Sin pero ya se sintió con fuerzas para enfrentarlos a él y al cuerpo cubierto de Harald. Se levantó y giró hacia la salida. Al instante quedó inmóvil.
Zoe estaba ahí.
No tenía los ojos perdidos en la nada ni en imágenes de escenas pasadas o por venir. Lo miraba a él, tal cual era. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí, detrás de él? ¿Con él?
El corazón le dio un vuelco. Debía de hacer daño pasar de la desesperación a la calma, luego a la emoción y después a la tristeza en tan poco tiempo. Porque aunque estaba emocionado de ver a Zoe, también estaba triste. Sabía que la profetiza se veía aún más bella con su ropa de paisana que con el vestido del templo de las Doncellas, sencillamente porque Zoe se mostraba tal y como era, como siempre lo fue. Una chica hermosa en su sencillez. Pero el duelo por su padre y Harald, y la presión de Draupnir sobre él, le impedían disfrutar del reencuentro con la profetiza.
—Hola.
—Hola —respondió ella.
Kardan apretó los puños a la vez que un nudo le subía por la garganta. Quería correr hacia ella, abrazarla, y que Zoe lo abrazara también. Quería su consuelo y su perdón pero no sabía cómo pedir ninguno.
—Tal vez más tarde —murmuró Zoe con suavidad. Kardan soltó un suspiro. No tenía que pedir nada porque Zoe sabía con antelación lo que él anhelaba. Sería decisión de ella si se lo daba o no—. He venido a despedirme.
Sus palabras fueron sal sobre una herida abierta. Ardieron como fuego.
—Oh. Es... Es la decisión correcta. Connor y el resto de tu familia deben ponerse a salvo en caso de que Sigfrid insista en atraparlos.
Hundió los hombros. Se esforzó en no sonar decepcionado pero en verdad había esperado que Connor aceptara. «La envió como emisaria. A lo mejor creyó que así me decepcionaría menos». Aunque intentó no hacerse demasiadas ilusiones, se había aferrado con todo su ser a la idea de Connor como su consejero. Ahora la perspectiva de un horizonte más claro se hacía añicos delante de él.
—Tontillo. Nos seguiremos viendo. Allena nos pertenece porque nos dio su corazón. Y mientras ella camine junto a ti, todavía nos veremos. —Hizo una pausa—. Esta despedida es diferente.
Zoe apretó los ojos. Kardan vio que se daba valor para decir lo que tuviese que decir. Cuando la profetiza lo miró otra vez, la duda había desaparecido. Ahora quedaba una mirada lúcida y hasta cierto grado de compasión. Supo lo que Zoe diría antes de que ella comenzara.
—Vengo a terminar lo que inicié mi última noche en Masca. No puedo corresponderte.
Zoe no dijo «Lo siento» porque sabía que no tenía por qué pedir perdón. No era deber suyo corresponder a Kardan ni aceptar el cariño de él aunque no lo amara. No tenía por qué sentirse culpable por rechazarlo. Aun así Kardan leyó en su postura –cómo apretaba las manos, cómo luchaba por mantenerle la mirada, cómo plantaba los pies en el suelo– que una parte de ella sí lo lamentaba. Zoe no quería lastimarlo.
—Tardaste mucho en darme una respuesta. ¿Será porque quizá, en algún momento, pensaste que tal vez sí podrías corresponderme?
La tomó desprevenida. Le gustó ver que la dejó sin palabras, sin una respuesta ingeniosa, sin nada con qué pudiera esconderse de él. Un ligero rubor apreció en las mejillas de Zoe. Ella apretó más las manos. Tras unos instantes de duda, asintió con timidez.
—Lo pensé la última vez que nos vimos. Quieres que sea sincera, ¿verdad? Bien, te diré la verdad. Pensé mucho tiempo en ti. En Kehari, cuando me tocaba velar a papá por su herida, pensaba en ti. Cuando hacía el turno en la cocina, la mamá de Connor me regañaba por estropear la sopa porque me distraía pensando en ti. Y con ella no me salvaba con una sonrisa y un guiño, como sí podía salvarme con los clientes cuando confundía sus órdenes por pensar en ti. Por mucho tiempo, más del que me gusta admitir, no dejaba de pensar que quizá, si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias, si hubiésemos empezado diferente, me habría enamorado de ti. —Zoe se sacó la última confesión con un mohín—. No eres tan malo como pensaba.
Kardan había creído que escuchar esas palabras de Zoe le habría hecho el hombre más feliz del mundo. Se había imaginado que una corriente eléctrica le recorrería el cuerpo; que una descarga de emoción le haría gritar y saltar con tanto gozo que habría podido provocar un terremoto con su felicidad. Sí estaba satisfecho con la confesión de Zoe, contento incluso. Pero a final de cuentas estaba siendo rechazado y eso ensombrecía las palabras que por tanto tiempo esperó escuchar de ella.
No quería forzarla a amarlo porque era deshonroso y no había nada de mérito en ello. Además, no tenía derecho a decir que amaba a Zoe si no la respetaba. Pero tampoco podía dejarla ir así nomás. Después de tantos años prendido de ella, después de seguirla como un cachorrito embobado, ¿cómo podía renunciar sin intentarlo una última vez?
—Dame una oportunidad para que me conozcas de nuevo. Yo también me la estoy dando. He trabajado en ser mejor. Aún me falta mucho camino por recorrer, pero estoy un poco más adelantado que ayer y bastante más de lo que estuve la última vez que nos vimos. Si tienes paciencia, si esperas un poco más, seré lo bastante bueno para ti. Te lo prometo.
—Lo sé. —Zoe sonrió—. No necesito de la premonición para saber que te convertirás en un gran hombre. Algún día harás a una mujer muy dichosa pero no seré yo. —La sonrisa de Zoe se esfumó—. Sin importar cuánto empeño se ponga en el presente para tener un mejor futuro, no se puede borrar el pasado. Y nuestro pasado es una historia horrible, Kardan. No puedo estar contigo porque nos conocimos en las circunstancias en las que nos conocimos. Siempre serás el hijo del hombre que ordenó capturar y encerrar a mi familia. Siempre serás el hijo del hombre que sonrió mientras me forzaba a ver la ejecución de mi padre. No te deseo mal, ya no. Pero a él... A él nunca lo perdonaré y tú nunca dejarás de ser su hijo, sin importar qué tan diferente seas.
Kardan contuvo el aire por cinco segundos y después, despacio, lo dejó salir. Asintió. Entendía. No forzaría a Zoe a amarlo. No la forzaría a olvidar un pasado que tenía todo el derecho de recordar. Respetaría su decisión final. Pero dolía. ¡Dios, dolía tantísimo!
—Gracias por decírmelo. Gracias por haber considerado un «tal vez» conmigo.
Zoe asintió. Se quedó inmóvil un par de segundos hasta que extendió los brazos de par en par. La piel de Kardan se erizó. No era como lo había imaginado pero estaba bien, muy bien. Avanzó a ella y la abrazó. Zoe lo rodeó con brazos cálidos y fuertes, aunque su cabello olía a lluvia y noche y tenía todavía rocío frío. También olía un poco a vainilla y a pan recién horneado. Le gustó. Le pareció que así era como olía un hogar junto a ella. Ese abrazo sería lo más cercano que tendría a ese hogar.
Fue el primero en soltar porque supo que Zoe estaba siendo amable; no tenía derecho a retenerla por más tiempo del necesario.
—¿Te quedarás con Allena? ¿O regresarás al Yggrdrasill? —le preguntó mientras la escoltaba fuera de la tienda. Zoe agitó la cabeza, lejos de un «sí» y de un «no».
Cuando abrió la cortina vio que algo no marchaba bien. Lo vio en las expresiones de los soldados. Estaban firmes y hacían patrullas coordinadas para garantizar la seguridad del campamento. Pero de vez en cuando miraban al cielo. Él también miró. La luna seguía teñida aunque estaba cada vez más cerca del oeste. Pronto se escondería para darle la vuelta al mundo. «Y aun así no amanece».
No había ni rastros del sol, solo llovizna. Quizá era porque había una tormenta al este. Kardan vio las nubes gruesas, más oscuras que el cielo y embarazadas de lluvia. Escuchó el retumbo de un relámpago. Parecía que la época de tormentas regresaba. A lo mejor solo les dio un respiro, un veranillo de San Juan para darles reposo en el día después de las noches terribles que enfrentaban a causa de la luna.
—No va a amanecer —sentenció una voz de caverna.
Sigurd se había apropiado de una hoguera que siseaba cada vez que las gotas de lluvia caían sobre ella. Ningún soldado tenía las agallas para retomar el fuego ni los sitios todavía cálidos a pesar de la llovizna. El come-almas tenía la vista fija en la tormenta.
—El sol se ha apagado. Los malditos no lo verán salir nunca más. Ha llegado la noche eterna.
Kardan apretó los puños porque las palabras del demonio sonaban como las predicciones de Zoe. Miró a la profetiza en busca de una señal. Supo que ella asentiría para confirmar la predicción del come-almas, pero entonces un relámpago negro cayó en medio del campamento. Las plumas de azabache bailaron en un remolino con olor a sangre.
Huggin y Munnin habían llegado. El cuervo del General estaba más o menos bien, aunque las patas le temblaban por el agotamiento y la sangre le chorreaba por el pico. Pero Huggin... El cuervo de Dereck iba en el lomo de Munnin, inconsciente. Resbaló y cayó al suelo, con las patas encogidas en posición fetal y las alas extendidas como si estuvieran rotas. La sangre le cubría tanto la cara que era difícil saber si todavía tenía rostro o se lo habían deformado de un sablazo. El cuello estaba largo y torcido en un ángulo forzado. «No está roto, ¡no está roto, no está roto!», pensó el Emperador. Ya había sufrido la muerte de mucha gente querida como para también soportar la de un aliado tan valioso y simpático como el mensajero. Se recordó que los cuervos giraban el cuello de vez en cuando en las posiciones más complicadas. Huggin lo hacía todo el tiempo cuando cazaba ardillas en el bosque. Seguro que esa era una broma de Huggin, su forma de decir «Eh, estoy un poco apachurrado pero estaré bien. ¡Con este juego les aseguro que me recuperaré! ¿Ven qué cuervo tan considerado, juguetón y bueno soy?».
Munnin también trastabilló. Las patas le resbalaron en el charco de sangre que se extendía alrededor de Huggin. Munnin tuvo que apoyar las alas en el suelo para mantener el equilibrio. Miró de un lado a otro con expresión huraña y asustada, como si esperara un ataque repentino.
—¡No se queden ahí parados! —gritó mientras giraba el cuello en todas las direcciones en busca de alguien lo bastante espabilado para que le entendiera—. ¡Ayúdenlo, maldita sea!
Estaba asustado. Eso fue lo que terminó de clavar a los soldados en su sitio: el sorprendente cuervo mensajero del Demonio Montag, superado en grandeza solo por el mismísimo General Montag, estaba aterrado hasta la médula.
Dereck sobresalió por entre las figuras inmóviles de los oficiales. El Guardián corría a toda prisa, sorteando a los soldados o derribándolos si hacía falta. Venía de lejos, desde algún borde del campamento. Aunque la cara estaba palidísima tenía dos puntos incandescentes en las mejillas. Era difícil saber si lo que lo cubría era lluvia o sudor.
Dereck se dejó caer y resbaló de rodillas en el charco de sangre. Tomó la cabeza de Huggin en el regazo. Le acarició las plumas y lo llamó con suavidad desesperada, como quien intenta despertar a un muerto.
—Aaa... —Al fin Huggin soltó un quejido. Sonó como un niño pequeño quejándose en medio de una fiebre muy alta.
Dereck soltó un suspiro de alivio y se abrazó más a Huggin, porque mientras el cuervo tuviera fuerzas para quejarse las tendría también para recuperarse.
—Aaa... Estoy malito... —lo escuchó decir.
Kardan tragó fuerte al ver la cara que ponía Dereck. Debía de ser terrible ver y sentir el dolor de Huggin, porque el cuervo mensajero compartía alma con el Guardián.
—Te vas a poner bien, pollito —le dijo Dereck mientras acariciaba las plumas de la cara. La mano del soldado se llenó de sangre—. ¿Quieres algo para sentirte mejor? Pide lo que quieras. Te lo daré.
Huggin no respondió. Se acurrucó en brazos de Dereck y ahí se quedó inmóvil. Dereck siguió acariciándolo, calmado solo porque el pecho de Huggin subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba...
—Reporta —ordenó Sigfrid.
El General estaba al lado de Munnin. Aunque la luna se escondía ya en el horizonte todavía iba cubierto por la capucha. Con ese aspecto era todavía más tenebroso de lo usual, como un mago de las tinieblas. ¿Cómo era que nadie reparó en él hasta que habló? Los soldados enderezaron la espalda. El Emperador contuvo la respiración. Dereck se inclinó más sobre Huggin para protegerlo. El único que no dudó fue Munnin.
—Los vanirianos llegaron a Tyr. Han atacado con todo. —Bajó la cabeza. Arrugó tanto el ceño que hasta las plumas más pequeñas de la cara se le erizaron. Más que un cuervo parecía ahora un león con la melena crispada—. Han capturado la ciudad.
Kardan ahora sí pudo reaccionar.
—¿Qué?
Soltó la pregunta sin pensarlo, en un tono de fastidio tan cortante que hasta él mismo se sorprendió. Los soldados enderezaron aún más la espalda, como Sigfrid. En algún otro momento Kardan se habría relamido en la satisfacción de causar semejante reacción en un hombre tan escalofriante como Sigfrid, pero ahora estaba muy enojado como para ello.
—¿Me estás diciendo que la ciudad en donde mi padre dejó Gungnir, la espada de los Emperadores, ha sido invadida?
Munnin bajó la cabeza e hizo una reverencia al ver la Corona. Kardan notó que tenía un ala rota.
—Sí, Majestad. He fallado.
—No, tú no fallaste. Él sí. —Miró al Primer General—. Tu misión era resguardar Tyr y abandonaste tu puesto.
—Lo hice, Majestad —Sigfrid se arrodilló, sumiso—. Enfrentaré las consecuencias de mis actos.
Kardan respiró hondo para calmarse. El error de Sigfrid podía ser catastrófico en el desarrollo de la guerra, pero al menos servía para afianzar la autoridad del nuevo Emperador. Aun así tampoco podía regañar a Sigfrid delante de tanta gente. Estaba mal. Era un terrible inicio si quería ser un buen Emperador.
—Lo hecho hecho está. Ahora lo importante es ayudar a Huggin y Munnin. —Dereck lo miró agradecido por dar prioridad a las heridas de su cuervo mensajero—. Pensaremos en rescatar Tyr y Gungnir después.
—Tal vez deberías pensar ya en eso —intervino Zoe.
Kardan reparó entonces en que la profetiza no se sorprendió por la entrada sangrienta de los mensajeros ni en las noticias de Tyr. Zoe lo miró con los ojos de sabia que tantos escalofríos causaban a las personas; esa mirada por la que todos la consideraban rara.
—Tyr es la ciudad bendecida por Dios. Es el Arca de la Alianza donde las almas de los Dragones serán sacrificadas junto con las vidas de los portadores. —Hizo una pausa para dar énfasis a sus palabras—. Es el sitio donde se cumplirá la Profecía. Si la ciudad está en poder de Vanir o es destruida, no habrá Profecía. Lo mismo si Gungnir cae. La espada del Emperador, tu espada, es la llave al pozo.
Kardan quiso con toda el alma que fuese una broma de mal gusto. No lo era. Sintió la presión de tomar una decisión urgente. ¿Qué hacer? Quería cumplirle a Sakti no solo con darle tiempo antes de que cumpliera la Profecía, sino con que no tuviera que cumplirla del todo. Con esas intenciones, ¿cómo podía ordenar recuperar la ciudad, con todas las vidas que costaría, si a él no le interesaba enviar a los Dragones al sacrificio? Pero por otra parte ¿cómo podía dejar que Tyr se perdiera y con ella la Profecía? Aunque él estaba listo para enfrentar un mundo sin la promesa de la salvación, sabía que sus hombres no. ¿Cómo podía quitarles una esperanza que valoraban incluso más que sus vidas? ¿Cómo podía quitarle a su pueblo una creencia tan incrustada? Más allá de un Emperador, la sincronización o los Generales, lo que sostenía el Imperio era la fe que todos guardaban por la Profecía. No les quitaría esa fe con una falta de acción.
—Marcharemos a Tyr. Sigfrid, irás a la delantera después de asegurarte de que Munnin reciba tratamiento.
—Sí, Majestad.
El Emperador miró las heridas de Munnin y Huggin. Los cuervos mensajeros eran jodidamente fuertes. Si los vanirianos lograron hacerles tanto daño a lo mejor Sigfrid tendría problemas. En especial porque la luna carmesí lo enfermaba. Pero no tenía más opción que enviarlo a pelear. El Demonio Montag era el mejor luchador del ejército, por mucho que estuviese enfermo.
Tres soportes médicos llegaron a auxiliar a los cuervos. Apenas se acercaron Munnin erizó las plumas y les gruñó con el pico abierto. Era igual de adusto que Sigfrid y no se dejaba tocar por cualquiera, ni siquiera por estar herido. Con Huggin debía de ser más sencillo salvo por Dereck, que insistía en sostener a su cuervo y preguntar por cada cosa que los soportes hacían en Huggin. En cualquier momento alguien lo jalaría de las orejas y se lo llevaría por aparte para que no estorbara.
Kardan no supo en qué momento llegó Jillian. Quizá lo confundió entre el resto porque el sepulturero ya no vestía harapos. Aunque carecía de las prendas lujosas y la armadura de un príncipe, llevaba camisa limpia, saco y pantalones con ruedo recién hecho, enfundados en botas relucientes. Y por encima de eso llevaba una capucha con forro doble que lo mantendría a salvo de la lluvia. No, no vestía como príncipe pero sí como lo que era: un Aesir bastardo.
Kardan se percató de la presencia del Tercer Dragón cuando Dereck lo apartó con un manotazo tan fuerte que sonó a cachetada. Los soportes y soldados cercanos se sorprendieron por la acción repentina de Dereck, porque parecía que Jillian solo quería ayudar. ¿Por qué se le apartaba así? Pero lo verdaderamente insólito fue cuando Sigfrid reaccionó tomando a Munnin del ala sana para apartarlo. El General miró al Tercer Dragón con aprensión.
Jillian no parecía darse cuenta de lo que sucedía. Era como si avanzara en un sueño, sin resentir el golpe ni la atmósfera hostil de Sigfrid y, sobre todo, de Dereck. Estiró las dos manos, una hacia Munnin, otra hacia Huggin.
Kardan comprendió. Jillian buscaba los fragmentos de sí mismo que se escondían en los mensajeros.
Jillian se despertó con un nuevo manotazo, esta vez de Sakti. La princesa se apareció igual que el Tercer Dragón, sin que nadie se diera cuenta de su presencia hasta que ella así lo decidiera. Y eso que apenas iba cubierta con una bata. Kardan estuvo a punto de saltar sobre ella para cubrirla mejor, porque el agua comenzaba a traspasar la tela y pegarle la bata al cuerpo. Pronto se dio cuenta de que no había nada de qué preocuparse. Sakti podría estar desnuda delante de los soldados que ninguno se daría cuenta. Toda la atención caía en la mirada asesina de Sakti.
—Apártate —dijo ella—. Todavía no te los puedes llevar. —Miró a Dereck por encima del hombro—. Llévalo a la tienda. Veremos qué se puede hacer.
Dereck asintió. Los cuervos eran grandes, más altos incluso que un corcel de seis patas; aun así Dereck tomó al cuervo en brazos y lo levantó. Él también era jodidamente fuerte. Sakti se quedó en la retaguardia para asegurarse de que Jillian no intentara nada más.
—Lo siento —empezó a excusarse el Tercer Dragón—. ¿Qué...? ¿Qué hice mal? Solo quería ayudar, solo...
—Déjalo así. —Zoe se colocó entre Jillian y Sakti con la clara intención de evitar que su amiga le partiera la cara a Jillian. La profetiza miró a la princesa y dijo—: Es inevitable, Allena. Todo tiene que volver a su lugar. O de lo contrario se queda roto. Como los recuerdos.
Sakti abrió los ojos de par en par sobre Zoe, desprevenida por las palabras de la profetiza. Cuando miró de nuevo a Jillian ya no había hostilidad, sino algo parecido a la comprensión. Asintió en silencio y se marchó detrás de Dereck.
La lluvia siguió cayendo. Lejos, lejos aún, los relámpagos resplandecían.
Los aesirianos abandonaron el campamento y marcharon rumbo Tyr.

****

Darius estaba enojado. Los últimos meses habían sido tan intensos para su pobre corazón que estaba seguro de que le explotaría en cualquier momento. El estómago le ardió. «Olvídate del corazón. Esta úlcera me llevará a la tumba». Si empezaba a escupir sangre no se sorprendería.
La lluvia caía incesantemente, como si Dios, allá arriba, se hubiese decidido a inundar el mundo. Cada gota era como un clavo que daba lo mejor de sí para hundir al profeta en el barro. El caballo piafó desesperado. Era un animal flaco, con manchas negras, cafés y blancas. No se parecía en nada a los corceles de seis patas, tan magníficos como hermosos, pero Darius le agarró algo de cariño a la montura. Hizo un buen trabajo llevándolo hasta ahí, a los extremos del sitio de Tyr.
La ciudad resplandecía en medio de la oscuridad. Sus muros lanzaban destellos verdes esmeraldas, como si estuviesen hechos de cristal y en el interior brillasen lámparas de fuego verde. Alrededor de ella había un arco de luz procedente de fogatas aesirianas. Darius arrugó la frente. ¿Era idea suya o Tyr estaba sincronizada? Las últimas noticias que recibieron en el Yggrdrasill fueron que la capital del Norte había caído en poder vaniriano, por lo que el Emperador marchó con los Generales y sus tropas a recuperarla.
Sakti marchó con ellos.
Si Tyr estaba sincronizada era porque los aesirianos la recuperaron. La sincronización era el arma con la que limpiaban la ciudad de la presencia vaniriana. «¿Pero entonces por qué...?». Darius notó los castillos que flotaban alrededor de Tyr, con la energía en el mínimo nivel. Ninguna ventana estaba iluminada. Los cañones en las bases estaban apagados. El murmullo de los motores quedaba atenuado por la lluvia. La noche era tan cerrada que Darius vio la silueta de las tres naves gracias a que las nubes se dispersaron y dejaron colar el resplandor sangriento de la luna. Sintió un ataque de nauseas que pasó cuando las nubes volvieron a cerrarse en el cielo. Dio gracias por ello.
Si Tyr estaba sincronizada, ¿por qué todavía había castillos flotantes? Avanzó más, solo para notar que el arco de fogatas que vio antes no estaba ahí para resguardar la ciudad sino para sitiarla. Siete grandes campamentos estaban acomodados alrededor de Tyr, lo bastante cerca como para monitorear la ciudad pero también lo bastante lejos de los castillos flotantes. «Si los comandantes de las naves ordenan usar la máxima capacidad, dispararán contra los campamentos. Están lejos para que tengan tiempo de escapar».
Apretó los dientes, decidido a entrar y salir de los campamentos sin llamar la atención.
—¿Quién va ahí? —llamó un soldado de repente.
Darius jaló la rienda del caballo, tomado desprevenido, y dio media vuelta para escapar. Apenas se giró se topó con otros dos soldados que le cerraron el paso. Todos llevaban capas verdes con cortes de tela que asimilaban hojas. Por eso no los vio antes: eran centinelas camuflados. Uno de ellos prendió una lámpara y la alzó hasta iluminar el rostro del profeta. Darius apartó la mirada, encandilado, pero esos segundos fueron suficientes.
—No le hagan daño. Tiene los ojos verdes y azules.
Los oficiales le abrieron paso. Darius parpadeó un par de veces, confundido. ¿Acaso lo esperaban? Giró los ojos al comprenderlo.
—¿Mi hija está aquí?
Fue el turno de los soldados de parpadear confundidos.
—Sí. Nos avisa en dónde tenemos que hacer ronda para que nadie entre a escondidas. ¿No se dio cuenta de que estaba aquí? ¡Hace rato que está con nosotros!
Darius apretó los labios. Con el estado de Airgetlam y de Connor no se percató de la ausencia de Zoe. Además, no tenía idea de cuánto tiempo había pasado desde que la noche comenzó. No sabía con certeza cuánto tiempo había pasado desde el funeral de las hogueras alrededor del Yggrdrasill. Solo sabía que en algún momento alguien se percató de que no amanecía. Era difícil llevar el paso del tiempo, salvo por el momento en que la luna aparecía en el cielo y se volvía a esconder. ¿Y eso cuántas veces había sucedido? Darius tampoco lo sabía. Quizá una vez. Dos, máximo. Pero creía –y a la vez no estaba muy seguro– de que debía de haber pasado por lo menos ya cinco días desde entonces.
Pero aún no amanecía.
—¿Saben...? ¿Saben cuánto tiempo ha pasado?
Los soldados levantaron los hombros y sacudieron la cabeza, incapaces de darle una respuesta.
—¿Por lo menos saben qué pasa?
—Es un desbalance —respondió uno.
—Es como si el tiempo se nos hubiese agotado —agregó otro— y ahora pasa lo más lento posible para darnos chance de salvar Tyr.
Lo dejaron pasar. Ninguno le dijo a cuál campamento debía ir, pero Darius lo intuyó. Avanzó con el estómago revuelto y los puños apretados, enojado y asustado. No había ido ahí por Zoe pero se la llevaría también. Junto a...
Vio a Sakti al lado de una hoguera, completamente sola. Los soldados hacían las rondas e iban y venían de un lado para otro, repartiendo mensajes y dando órdenes relacionadas al ataque a Tyr que ya se había aplazado demasiado. ¿O poco? Era difícil saberlo con el paso inusual del tiempo.
Sakti levantó el rostro y miró a Darius. Tenía todavía el ojo y el pómulo izquierdos hinchados y amoratados. El golpe que le dio Harald estaba apenas un poco mejor, pero solo un poco. Según los cálculos de Darius ya Sakti tendría que haberse recuperado y tener apenas un moretón. A lo mejor el tiempo pasaba más lento para ella y sus heridas.
Puso su pequeño caballo a resguardo en las caballerizas improvisadas donde estaban los corceles de guerra, y que estaban tan convenientemente cerca de la hoguera donde esperaba Sakti. Supo que la princesa estaba ahí para recibirlo. La rodeó con fuerza, atento a si alguien les prestaba atención. Bien. Nadie reparaba en ellos. Si actuaba con calma podría sacarla de ahí. Solo necesitaba encontrar a alguien más.
—¿Dónde está Connor?
Sakti arqueó una ceja.
—¿Connor? Zoe es la que está aquí. —Sakti ladeó la cabeza y estiró tímidamente el labio—. ¿Es en serio? ¿Se te escapó otra vez?
—Allena, esto no es gracioso.
No había reparado en la ausencia de Zoe en el Yggrdrasill porque primero notó la ausencia de Connor. Cuando se percató de que no amanecía, Darius decidió salir pitando del árbol de la vida y poner a su familia a salvo. Su plan era regresar después solo por Sakti. Al primero que fue a buscar fue a Connor, pero la cama del doctor estaba vacía. Había dormido ahí un rato. Lo supo porque la cama todavía estaba caliente. Aunque buscó por todo el campamento neutral no dio con él, hasta que Ceniza sugirió que quizá fue hacia el Emperador a entregarse.
—¿A entregarse? —casi que gritó al muchacho híbrido. Ceniza asintió.
—El príncipe de cabello negro le ofreció un trato. Creo que fue a darle una respuesta.
Darius no necesitó nada más para convencerse de que su hijito testarudo viajó a Tyr, hacia las batallas, esta vez completamente solo. Sin aliados. Sin compañeros de viaje. No creía que Connor fuese a entregarse a los Aesir como Ceniza decía –Darius no creía que Connor fuera tan tonto–, pero sí estaba seguro de que iba a la Capital del Norte sencillamente porque ahí estaba la batalla. Connor iría a ayudar porque era lo que hacía.
Drake había intentado detenerlo o por lo menos convencerlo de que no subiese solo al Norte.
—Si tienes un poco de paciencia podremos subir todos. El campamento neutral avanzará hacia el Norte, o en donde sea que esté Connor. Solo ten paciencia.
Darius no la tenía. Para movilizar el campamento neutral necesitaban preparar equipaje, medicinas, provisiones, carretas... Alguien tenía que decidir quiénes subirían para apoyar a los heridos de ambos bandos y quiénes se quedarían a cuidar a los convalecientes que se recuperaban bajo el árbol de la vida. Darius no se creía capaz de esperar tanto. Además, tampoco tenía planes de que su familia se uniera a la refriega ni buscara heridos en medio del combate. Connor y los gemelos estaban heridos. Tenían que descansar, resguardarse. No andar por ahí en busca del peligro.
—Te quedas a cargo mientras regreso.
—Pero...
—¡Pero nada! —cortó a Drake—. Necesito que hagas esto por mí.
—Pero tengo algo que decirte...
—Suficiente, Drake. Mira, eres el fuerte de la familia. Y ahora necesito que cuides de ella. Te encargo a tus hermanos.
La mirada de Drake se iluminó como la de un niño. Se olvidó de lo que fuese que quisiera contarle a Darius.
—¿Estoy a cargo de Dagda y Airgetlam? —preguntó con los ojos chispeantes.
Ese era el sueño de todo hermano menor, ¿verdad? Que su padre le dijera que podía mangonear a los hermanos mayores. Le dio la razón solo para que Drake no lo contradijera más.
Se marchó en busca de Connor, con la idea de llevarse al doctor jalado de las orejas a la vez que salvaba a Sakti. A ella también se la llevaría consigo.
—¿Crees que Connor esté aquí? —preguntó a su amiga—. ¿En cuál de los campamentos?
Tuvo miedo de no calcular bien el movimiento de su hijo y que Connor estuviese en alguna otra parte.
Sakti miró en dirección a las murallas.
—¿Quizá allí? —conjeturó insegura—. No se ve nada bien.
De lejos Darius escuchó repiqueteos y aullidos. Quizá incluso explosiones a pequeña escala, pero no podía asegurarlo. La lluvia y la distancia camuflaban los sonidos.
—¿Hay batalla? —Sakti asintió—. ¿Desde hace cuánto? —La princesa levantó los hombros.
—Dicen que desde hace mucho tiempo. Pero yo tengo la impresión de estar esperando por ti solo unos minutos, aunque sé que no es así.
Sakti frunció la frente y contó con los dedos. Calculaba el viaje de Darius. Tyr y el árbol de la vida estaban separados por cuatro días de viaje a caballo. Dos si se viajaba en tren. Pero al tomar la ciudad los vanirianos tomaron también las vías férreas. Y si a eso le agregaba el tiempo que las tropas aesirianas necesitaron para apostarse alrededor de Tyr... Sakti agitó la cabeza. El tiempo no calzaba con sus estimaciones ni con las de nadie más.
Alzó la mirada de repente, con urgencia.
—Lo siento, seguro que te he esperado por más tiempo del debido. No lo sé. Pero dejé a Dereck mucho tiempo solo.
Sakti deambuló por el campamento. Darius la siguió en silencio. Todavía nadie reparaba en él o en Sakti. Notó que todo el mundo deambulaba como ella, en su propio tiempo. Para nadie era igual. La confusión superaba hasta a los más espabilados, como la princesa. Se preguntó dentro de cuánto empezaría él también a deambular.
Al fin Sakti alcanzó una tienda al borde contrario de Tyr. Darius reparó entonces en que la princesa no tenía escolta que la vigilase y que si quisiera podía escapar. Todo lo que tenía que hacer era deambular un poco más para abandonar por completo el campamento. Antes de que pudiera preguntarle por qué no escapaba, Sakti abrió la tienda. Al colarse dentro, el olor a sangre golpeó a Darius tan fuerte que por un momento tuvo la impresión de estar en la luna y olerla. Incluso pudo palpar el sabor a hierro.
Dereck estaba sentado en el suelo, al fondo de la tienda. Acariciaba las plumas de Huggin, charlaba con ánimo y sonreía, pero por debajo de su apariencia estaba triste. La sonrisa de Dereck temblaba y tenía los ojos irritados y resplandecientes. Al siguiente que notó fue a Connor. El joven doctor estaba junto a Dereck, también sentado en el suelo, acariciando el cuello plumífero del cuervo.
Darius miró a Sakti en busca de una respuesta. Ella levantó el hombro derecho. Su expresión decía «Seguro Connor entró mientras yo te esperaba afuera». La presencia del doctor era una novedad agradable para ella. La urgencia que tuvo antes por regresar con Dereck había desaparecido.
Sakti se adentró hasta situarse al otro lado de Huggin y empezó a acariciarlo. Darius escuchó la voz alegre y débil, oh tan débil, del cuervo mensajero. Avanzó tres pasos para sumarse al grupo, pero desistió y dio media vuelta.
El cuervo tenía el pico deshecho. El ojo izquierdo era una cuenca vacía.
Salió en busca de aire fresco. La cabeza le palpitaba y la úlcera le ardía. Todo mejoró un poco cuando vio que Zoe estaba ahí, a unos pasos de él. La profetiza lo esperaba con una linterna en las manos y una sonrisa en los labios. Darius quiso regañarla, decirle «Pequeña diablilla, ¡tú también te me escapaste!», pero no le salió la voz. Era difícil estar de buen humor cuando detrás de él había alguien agonizando.
Zoe se acercó, puso la lámpara en el suelo y lo abrazó.
—Connor sintió el llamado de su amigo. Por eso vino. Tú también sentiste el llamado de tu amiga y por eso estás aquí. Dentro de nada todos los profetas seremos convocados.
—Nadie me llamó. Vine a traer a tu hermano de regreso. Y a Allena también.
—Papá, a eso me refiero.
Darius iba a insistir en que viajó a Tyr para recuperar a Connor, pero recordó el alivio y el calor que sintió al ver a Sakti junto a la hoguera. Al abrazarla.
Se había equivocado. No había ido por Connor. A él lo dejó ir en el funeral de Kel, cuando respetó la decisión del doctor de mostrarse al mundo una vez más. Pero a Sakti... A ella no la había dejado ir. Todavía no. Era a ella a quien había ido a buscar, a quien quería recuperar sin importar qué. Porque ahora estaba seguro de que Connor siempre regresaría a su lado, pero no podía decir lo mismo de Sakti.
—Planea abandonarnos, ¿verdad? —preguntó a Zoe con un nudo en la garganta. Ella no respondió con la voz, porque también estaba ahogada, pero asintió.
Se quedaron abrazados bajo la lluvia unos instantes más, imposibles de calcular en horas, minutos o días. Se separaron hasta que un hombre se detuvo junto a ellos. Él también deambulaba como en un sueño pero su paso era más estable que el de los soldados.
—He soñado con la risa de un cuervo —dijo Jillian. Sus ojos ciegos estaban fijos en el barro, en la punta del bastón, en la nada—. Todavía lo escucho reír dentro de mí.
Darius supo entonces que Huggin estaba muerto.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!