¡Sigue el blog!

Capítulo 10

10
DESPEDIDAS

Lo despertó el golpe constante del metal sobre el metal. ¿Espadas, quizá? No. Era más suave. Paciente. Irritante.
Darius entreabrió los ojos. Estaba al fondo de una jaula subterránea, sobre un catre de paja mullida y arropado con un abrigo. Las verjas de hierro estaban rodeadas por paredes de tierra. La jaula estaba techada con una lona para evitar que la lluvia mojara al prisionero pero una parte del techo estaba descubierta. Allí estaba la cerradura de la prisión, a nivel de la superficie. El resplandor de las fogatas apenas tocaba el suelo de la jaula, como si ardieran en otro mundo.
El golpeteo venía de esa parte destechada. Una figura estaba encima del portón. Darius no reconoció las orejas dispares de Sigurd, ni sus puños gigantescos o el vientre hinchado y cubierto de cicatrices. Lo reconoció por los ojos amarillos, crueles y traviesos que lo miraban con burla. Sigurd golpeaba la verja con una garra para despertar al profeta. Sonrió en cuanto vio los ojos mestizos de Darius.
—Espero que hayas tenido dulces sueños —murmuró el come-almas— porque ahora solo te quedan pesadillas por vivir.
—¿Vienes a matarme?
—No. —El demonio sonrió—. Mientras tenga un trozo del alma púrpura dentro de mí no hay nada que pueda hacer contra los profetas o los aesirianos. Tu cachorra zorra se aseguró de restringirme muy bien.
Darius se levantó de un salto. El sedante de Connor lo tenía algo mareado y las piernas le temblaban, pero no iba a permitir que Sigurd hablara mal de Zoe. De ninguna manera.
—Cállate. No hables así de mi hija.
La sonrisa de Sigurd se ensanchó.
—A ella la mataré primero. Luego al doctorcito. No me interesa el orden de tus otros cachorros. Pero sé que a ti te dejaré de último. Para que sufras más.
—¿Y cómo lo harás, saco de pulgas? Sea lo que fuera que Zoe te haya hecho no puedes escapar de ella.
—Aún no. Pero los Dragones marchan a la Profecía. Para el sacrificio, el Tercer Dragón necesita estar completo. Y eso incluye el fragmento que ha dejado en mí. Entonces seré libre de él y los profetas. Entonces podré matarlos a todos.
Sigurd se carcajeó con una de esas risotadas que estremecían hasta la médula. Escucharlo fue como regresar al Pantano. Ver a los niños en las garras del come-almas. Sentir el cuerpo desgarrado y tembloroso de Njord en sus brazos, a punto de fallecer. Fue revivir las heridas, el frío, la desesperación y el terror absoluto del momento en que lo perdió todo. Darius apenas pudo soportarlo. Tuvo que sostenerse el estómago con una mano para evitar una arqueada y agarrarse con la mano libre a una verja para sostenerse.
—¿Por qué me dices esto? —gruñó—. ¿Eres tan orgulloso e idiota como para contarme tus planes perversos antes de ejecutarlos?
—Al contrario. Te los digo porque soy muy listo. —Sigurd se agachó. Sostuvo los barrotes con las manos gigantes y pegó la cara por entre las verjas para mirar mejor al profeta, como si Darius fuese un pez exótico en una pecera subterránea—. He saboreado tu alma a la distancia. Por un instante fuiste mío allá en el Pantano. Te conozco mejor de lo que crees.
—No sabes nada de mí.
—Oh, ¡pero cómo te equivocas! ¡Lo sé todo de los que me rodean! Conozco a mis bocadillos en la cacería, cuando los olisqueo, cuando los devoro. Los conozco incluso ahora que no puedo hincarles el diente. La zorra de tu hija sabe a miedo y esperanza. El doctorcito huele a bondad con un toque amargo de desilusión. La princesa Dragón sabe a lágrimas y dolor. Y tú, bastardo mestizo, profeta maldito, ¡tú hueles a rencor y venganza! ¡Sabes a ira y condena! —La baba espumante de Sigurd se coló por entre los barrotes. El estómago de Darius se encogió ante la sonrisa hambrienta y malévola del demonio—. Sabes a desesperación y miedo, a todo lo contrario al perdón y a la pureza. Sabes a errores y desengaños. Sabes a fracaso. Sabes delicioso.
Darius apretó la mano sobre el estómago. Estaba seguro de que se iba a desmayar de la impresión. Era terrible estar frente a Sigurd, sentir el odio del come-almas, saber que solo un minúsculo trozo de Marduk era lo único que se interponía entre el devorador de almas y el profeta. Pero más terrible aún era sospechar, saber, que Sigurd tenía razón. Podía verlo en los ojos del demonio, crueles, fríos y terriblemente honestos. Sigurd olía, saboreaba y veía todo lo malo que Darius guardaba en su interior, todo lo perverso que intentaba ocultar e ignorar, y se lo tiraba a la cara.
—Y tu padre... —Sigurd rio por lo bajo—. Él huele a mentira y traición. A miedo, a errores, fracasos... Ese aroma es de familia, ¿eh?
—Cállate. —No supo de dónde consiguió fuerzas para hablar, si bien lo hizo en voz baja y ahogada—. No nos compares. No somos nada.
—Eso piensas tú. Pero para él tú eres su todo. Su mayor añoranza. Su más terrible error. Su alegría más preciada. Su miseria más profunda. Pero sobre todo, su mayor arrepentimiento. Desde que naciste solo ha caminado sobre cáscaras de huevo que se rompen bajo el peso de sus pecados. No hace más que herirte y así se hiere a sí mismo. Y cuando intenta ayudar tan solo empeora las cosas. Mira lo que pasó con la cara y la mente de uno de tus cachorros. O lo que sucedió en el Pantano. O lo que le hizo a tu madre aquella tarde de tormenta, cuando estabas demasiado lejos como para protegerla...
Darius apenas pudo retroceder y sentarse en el catre antes de que las piernas le fallaran. Sabía que no tenía que escuchar a Sigurd. Que era una trampa del demonio. Que no debía caer. Pero todo lo que podía sentir era el ardor de la úlcera en el estómago y un martillazo constante en la cabeza. Estaba sordo al resto del mundo. Estaba sordo a lógicas y explicaciones. Todo lo que escuchaba era la ira, el rencor y la venganza que Sigurd olía con tanta claridad.
—¿Qué le hizo a mi madre? —se escuchó a sí mismo preguntar. Sigurd sonrió desde la superficie.
—Eres un profeta. Ya lo sabes. Pero si quieres estar seguro pregúntale tú mismo. Vendrá a verte. Sin importar lo que resulte de la Profecía, él no verá el día después de la noche eterna y lo sabe. Eres el capítulo más largo y triste de su historia. Quiere cerrarlo antes de que acabe su libro. Vendrá a decirte adiós.
Sigurd se irguió e inició la retirada antes de que alguien notara que estaba allí.
—Espera —lo detuvo Darius desde el catre. El demonio levantó las orejas, atento al profeta—. ¿Por qué me dices esto?
—Ya te dije que soy listo. —Sigurd giró el cuello para mirarlo. Tenía una sonrisa aún más ancha y puntiaguda que antes—. De los profetas, eres el único que quiere y que quizá pueda detener a los Dragones. Si te quedas en esta jaula no representarás ningún peligro para mis planes. Pero por si escaparas tengo que asegurarme de que no interrumpirás lo que debe hacerse en la ciudad de plata, hierro y jade. —Los ojos amarillos se burlaron de Darius—. Ir tras la princesa Dragón para salvarla... O ir tras tu padre para darle muerte. Los dos sabemos muy bien qué elegirás.
—O puede que tome la tercera opción —lo desafió el profeta—. Matarte. Aniquilarte. Sí... Te prometo que te destruiré.
Sigurd se carcajeó por lo bajo. Fue una risa humillante que se asentó como ceniza en el estómago y la cabeza de Darius. El demonio se marchó. La úlcera del mestizo ardió como un volcán. La boca se le llenó de un sabor amargo y desagradable. Iba a vomitar. Todo el cuerpo le temblaba.
Entendía el plan de Sigurd: para cumplir la Profecía, los Dragones debían estar completos. Jillian todavía necesitaba los trozos de los mensajeros que quedaban con vida. Gracias al ardid de Zoe, Sigurd era uno de esos mensajeros pero no podía morir como los demás. Así, la única forma de que Jillian recuperara su fragmento era liberarlo del estómago de Sigurd sin matarlo. Sigurd quedaría libre del embrujo del Tercer Dragón y ya no obedecería a Jillian ni a los profetas. Haría lo que quisiera.
Pero si Darius intentaba salvar a Sakti y detenía la Profecía, Jillian no tendría que recuperar el trozo de alma que dejó en Sigurd. La Profecía quizá salvaría a los aesirianos de la maldición de Dios, pero los condenaría al acecho constante de Sigurd. Y ya no habría Dragón ni profeta que pudiera enfrentarlo.
«Eso si la Profecía se cumple. Pero no se cumplirá. Cuando Allena, Adad y Jillian suban a esa torre maldita morirán en vano. Jillian quizá estará completo cuando llegue el sacrificio. Pero Adad y Allena no». Se llevó las manos a la cara, incapaz de contener las lágrimas.

«Antes de que me vaya quiero decirte algo».

Vio a Sakti erguida, a la espera del grupo que venía a reclamarla.

«Yo también te quiero. Gracias por haber sido mi amigo».

Las lágrimas le cayeron ardientes encima de las mejillas.
—Tonta, tonta, tonta —musitó—. No tenías derecho a despedirte así. Si me ibas a decir que me quieres tenías que haberme dado un abrazo.
Supo que Sakti no se lo dio porque entonces él la habría apretado y jamás la habría soltado.
El martillazo de la cabeza se hizo más intenso. Decisiones, decisiones. Y miles de arrepentimientos. Todo bailaba frente a él, burlón, cruel. ¿Podría salvar a Sakti? ¿Y salvarla de qué, para qué? Aun si pudiera deshacer el daño de la fusión, ¿traería de regreso las almas solo para que Sakti las ofreciera en sacrificio? «Pero si no lo hago morirá en vano. Morirá y me dejará solo en un mundo de tinieblas donde el correr del tiempo corrompe la mente. Un mundo donde nacen padres que abandonan a sus hijos y matan a sus madres. Un mundo donde la criatura más sincera es un demonio come-almas».
Si Sakti lo iba a abandonar en un mundo así Darius tenía que tomar cartas en el asunto. No podía dejar que semejante padre siguiera con vida. No podía permitir que tan terrible demonio aderezara con sus escalofriantes risotadas las almas de personas inocentes.
Decisiones, decisiones. ¿Salvar a Sakti solo para perderla después? ¿O acabar con los monstruos que lo atormentaban para hacer del mundo un sitio un poco mejor? Decisiones, decisiones. Darius no sabía cuál tomar.

****

—Morirán.
La voz de Enlil rasgó la quietud de la tienda. La comprensión súbita de sus acciones cayó sobre él como un torrencial sin anunciar, helado y poderoso.
—¿Lo entiendes, Sigfrid? Morirán.
—Vuelve a recostarte. Hablas dormido —respondió Sigfrid desde el fondo de la tienda.
El Primer General estaba sentado al lado de Munnin. En una mesa tenía una tabla ensangrentada donde reposaban los cuerpos de doce ratones de campo. Un cuchillo descansaba al lado de la tabla; su filo brillaba como la luna. El General sostenía un tazón en una mano, mientras que con la otra alimentaba a Munnin con los trocitos de carne que él mismo cortó para el cuervo herido.
Enlil estaba al otro lado de la tienda, a la par de la entrada. Había acomodado un saco de dormir en el suelo, incapaz de descansar en su propia tienda. Estaba exhausto por todas las expediciones a la frontera de Tyr, en donde batalló sin descanso con tropas de a pie. Los párpados se le caían sin que pudiera evitarlo. Tenía la mente aletargada, incapaz de pensar con claridad pero también incapaz de descansar. Un nudo en el estómago le impidió conciliar el sueño por su cuenta; y, en consecuencia, buscó acomodo en la tienda de su amigo. Creyó que quizá aquello que le impedía dormir huiría del temible Sigfrid Montag.
Al contrario, la preocupación que le arrancaba el sueño se manifestó delante de él con claridad. Vio sus rostros al cerrar los ojos. Vio sus expresiones frías, serias, heridas. Y los vio también tendidos al final de aquel salón cerrado con llave, en la oscuridad, inmóviles, con sus siluetas apenas definidas. En su mente ya solo eran un puñado de huesos pálidos y abandonados en el agujero más oscuro y solitario del Universo.
—¿Entendiste lo que dije? Los príncipes morirán. Tus ahijados morirán. Los hijos de Istar morirán. El príncipe Adad y la princesa Allena morirán.
Sigfrid detuvo una mano ensangrentada a medio camino. La sangre de los ratones le goteaba de los dedos. Contuvo la respiración, como hacía siempre que se enfadaba, y tensó los hombros. Por un instante Enlil pensó que Sigfrid desataría un desbalance, que la tortura de la luna carmesí caería como mazo sobre el campamento. En lugar de eso Sigfrid soltó el aire lentamente y hundió los hombros. También comprendió de súbito lo que estaba a punto de suceder.
—... Es inevitable. Siempre supimos que morirían al final de esta noche. —Alargó la mano para que Munnin picoteara el trocito de carne y saboreara los dedos ensangrentados—. No hay nada que hacer al respecto.
—Sí lo hay. —Enlil se levantó—. Puedes decir adiós.
Se detuvo antes de salir y esperó al borde de la salida. Se giró despacio hacia Sigfrid.
—¿Tienes té?
El Primer General miró a su amigo con una ceja levantada antes de dirigir la vista a una caja barnizada sobre el escritorio portátil. La caja estaba acompañada por un cofre, en cuyo interior dormía una espada que Sigfrid nunca había usado en combate.
—Sí. Pero no tengo licor para hacerlo como te gusta. ¿Aun así se te apetece?
—Mañana —sonrió Enlil—. Cuando todo este embrollo haya terminado. Cuando sea de día.
Sigfrid lo miró en silencio por segundos eternos. Munnin luchaba por masticar el pedacito de carne con su pico roto.
—Podemos limpiar el tablero de Su Majestad —dijo al fin Sigfrid—. Jugaremos una partida en su honor.
—Sí —Enlil sonrió—. Eso le encantaría. —Y salió de la tienda.
Munnin picoteó el trocito de carne con la misma atención con la que Sigfrid miró la salida de la tienda.
«Pensé que sería el único que me quedaría». Pero estuvo equivocado. Contempló en silencio el futuro que lo esperaba. O mejor dicho, el futuro que ya no lo esperaba. Istar estaba muerta. El Emperador al que amó como un amigo estaba muerto. Munnin moriría pronto para unirse al Tercer Dragón. Los príncipes Dragón, esos niños a los que amaba y odiaba, morirían también. Y Enlil... ¿también moriría? Se quedaría completamente solo, listo para vivir en una nueva era con un recién ungido Emperador que quería construir un mundo en el que Sigfrid no se creía capaz de encajar.
—No tiene que ser así —murmuró Munnin, consciente de los pensamientos del General. Tenía el pico ensangrentado, aunque Sigfrid no sabía si era por la sangre de ratón o porque la herida se abrió por el esfuerzo de comer—. Puede asegurarse de que Enlil viva.
—¿Cómo? Para llegar a la torre de Tyr primero hay que cruzar las murallas, pero los castillos flotantes nos impiden el acceso. Podríamos entrar, sí. Pero en el camino caerán muchos soldados. Y Enlil... Él no...
—¿No está joven como para mantener el ritmo de los que logren entrar? —Munnin entrecerró los ojos aunque su voz tenía una dulce nota de complacencia y humor—. Enlil le daría un coscorrón por creerlo viejo.
—Pero no me dolería. Sus golpes han dejado de dolerme desde hace mucho tiempo.
—Lo sé. —Munnin rehusó el nuevo trocito de carne ofrecido por Sigfrid y continuó—: Hay una forma. La que intentamos Huggin y yo: entrar a desajustar el control de una nave.
—No funcionó la primera vez.
—No, porque Huggin recibió el golpe del cañón por mí. Y en lugar de entrar a terminar el trabajo decidí volver por Huggin para buscarle ayuda. —Munnin lo miró con esos ojos de sangre estancada. Fue como si dos lunas carmesíes, hambrientas y ansiosas por acariciarlo, lo reclamaran—. Esta vez yo tomo el golpe. Y esta vez nadie se devuelve por nada del mundo.
—... ¿Estás seguro? —dijo Sigfrid después de una pausa.
—Sucederá antes o después. Me gustaría que fuera bajo mis condiciones.
—La nave cae, derriba a la otra, y las tropas aesirianas entran a reclamar territorio...
Sigfrid ofreció de nuevo el pedacito de carne y Munnin se lo comió a gusto, sin lamentar nada. Sin temer. Mientras el cuervo picoteaba, el General fue hacia la mesa donde esperaban la caja barnizada con el té y el cofre con la espada. Abrió el cofre. La espada de Istar relució en la penumbra de la tienda. El mensaje de su princesa todavía estaba teñido de sangre. «Cuídalos y cuídate». Sigfrid rio por lo bajo. Estuvo a punto de carcajearse. Oh, las palabras de Enlil ya terminaron de caer dentro de él como bolas de cañón, y pesaban, y dolían, y ardían, y herían. No era ninguna novedad que traicionó a los hijos de la mujer a la que amaba. Lo que sí era nuevo es que nunca podría corregirlo. Ahora lo entendía.
Ya no había forma de empezar de nuevo con Adad y Sakti, de servirlos con lealtad, sin trampas escondidas, sin dobles intenciones.
Los príncipes a los que amaba como hijos y odiaba como castigos morirían azuzados por su culpa.

****
El estandarte del árbol de la vida llegó desde el sur, rodeado de antorchas hechas con los leños que quedaban aún de las ramas caídas del Yggrdrasill. Kardan envió una comitiva para recibirlos. Se adelantó a sus primos. Para cuando los príncipes vieron el grupo neutral que se acercaba, ya el Emperador había enviado un equipo de soldados que conocían las costumbres del campamento neutral.
—¿Ahora das la bienvenida con los brazos abiertos a un grupo de traidores? —entró diciendo Sin.
Connor tensó los labios. De lo poco que sabía de los príncipes mascalinos –gracias principalmente a Sakti, Adad y ahora Kardan– es que se criaron como hermanos. Pero él no encontraba ni pizca de similitud entre los Aesir y su familia de profetas. Aun cuando sus hermanos estuviesen disgustados los unos con los otros jamás se gritaban como lo hacía Sin con Kardan. Aunque los profetas estuviesen peleados lo primero que hacían al entrar en una habitación era intercambiar un saludo, incluso uno descuidado con la barbilla. No se imaginaba entrar a un cuarto a gritarle a Dagda o Drake como Sin acababa de entrar a la tienda del Emperador.
Kardan soltó un suspiro exhausto.
—Se llama cortesía, Sin. Es lo menos que puedo hacer después de que en el campamento me salvaran la vida dos veces. No despreciaré a la gente de mi Consejero.
Sin miró a Connor. «Todo esto es tu culpa», dijeron sus ojos. «Y tuyos», agregaron al ver a Zoe.
El doctor estaba en un extremo de la tienda, sentado a un pequeño escritorio. Leía en silencio una versión corta de la constitución aesiriana. Kardan no lo eligió como Consejero por sus grandes conocimientos históricos, estratégicos o constitucionales; pero supo que debía empezar a aprender un poco de todo para ayudar a Kardan.
Zoe estaba justo al lado del Emperador, ayudándolo a estudiar un mapa de la zona. Zoe posaba el dedo en puntos dentro y fuera de Tyr que Kardan marcaba con una plumilla.
—Ponme atención —rabió Sin—. ¿Cómo vas a dejar que esos traidores entren a nuestro campamento? Tu padre no lo habría permitido.
—No. Pero Harald sí. —Miró al príncipe rubio con agotamiento—. Y tienes que admitir que Harald era mejor que mi padre. Y mejor que tú y yo para este caso.
Sin abrió la boca y la volvió a cerrar, incapaz de protestar contra ese argumento. Estaba irritado pero no se marchó hecho una furia. Se quedó cerca de Kardan, atento a los movimientos de Zoe. Connor sintió también la mirada del príncipe sobre la nuca; por el rabillo del ojo vio que Sin estaba listo para desenvainar la daga que llevaba al cinturón apenas fuese necesario. «Tal vez en algo sí se parece a mis hermanos», pensó el doctor mientras regresaba a la lectura. «Aunque estuviesen enojados ellos también se quedarían cerca para protegerse los unos a los otros». Le tenía sin cuidado ganar la confianza de Sin El amargado, pero lo tranquilizó saber que a pesar de las diferencias entre una familia y otra, los Aesir todavía tenían un ligero sentido de la lealtad.
La posición de defensa de Sin se hizo más evidente cuando la tienda volvió a abrirse. Entró primero el principal emisario de Kardan, un soldado que Sin conocía bien gracias a Harald. Leik llevaba dos líneas de maquillaje negro sobre cada mejilla; el uniforme debajo de la armadura era negro también. Era el luto que llevaba por su jefe y amigo Harald.
Leik dio paso a la comitiva del Yggrdrasill: el sicario peli-rosado, el titán cojo, el aprendiz aesiriano Milo, un aprendiz kredoa y otro aprendiz humano. Milo, Yashin y el humano bajaron la mirada instintivamente, aunque no se arrodillaron. El kredoa se mantuvo firme con su forma normal, peludo y de ojos pequeños. No le interesaba si su apariencia era una afrenta para los Aesir. Drake ni bajó la mirada ni se irguió con insolencia. Lo primero que hizo fue ir donde Zoe, agarrarla de la oreja y arrastrarla hacia Connor, a quien también levantó de la oreja.
—¡Auch, auch, auch, AUCH! —lloriquearon la profetiza y el doctor antes de que Drake los rodeara a ambos con un fuerte abrazo.
—¡Son unos idiotas! —les gritó—. ¿Tienen idea de lo preocupado que estuve por ustedes dos? ¡Y también por papá, que nunca regresó! ¿Cómo se supone que cuide a Dagda y Airgetlam yo solo si ni ustedes dan señales de vida?
Zoe y Connor se acariciaron las orejas para aliviarse del regaño de Drake.
—Está bien que te enojes con Connor porque es el menor y tiene que hacer caso —espetó Zoe—. ¿Pero yo también? ¡Yo soy la mayor! ¡No me puedes jalar de la oreja! ¡Ese es mi derecho! —Zoe pellizcó la oreja de Drake.
—¡No! ¡Yo soy el mayor! —Drake volvió a pellizcar la oreja de su melliza—. ¡Tengo el derecho divino de jalarte la oreja cuando hace falta!
—¡Yo soy la mayor!
—¡Yo soy el mayor!
Connor se apartó de sus hermanos problemáticos mientras se jalaban la oreja el uno al otro. Nunca se pusieron de acuerdo en quién nació primero y Darius tampoco se los había aclarado. El joven doctor supo que los mellizos seguirían pellizcándose hasta que se amorataran las orejas.
—¿Y bien? —preguntó a Yashin.
El titán le dio el informe. En ausencia de Connor, Finn y Kylma tomaron el control del campamento neutral. Kylma se quedó en el Yggrdrasill con todos los enfermos y heridos, y la mitad de aprendices y guerreros para atender las necesidades del campamento. Finn salió con la otra mitad de aprendices y guerreros rumbo al norte, con el objetivo de asistir a ambos bandos en la inminente batalla.
—Te dará tu lugar como líder del campamento neutral apenas regreses con nosotros a casa —concluyó el titán antes de mirar al Emperador.
Yashin respiró profundo y se golpeó el pecho con el puño, como lo hizo hacia sus superiores cuando todavía era un soldado.
—Los guerreros del campamento neutral solicitamos permiso para atravesar las trincheras aesirianas rumbo a Tyr.
—¿La razón? —preguntó Kardan.
—Queremos pedir piedad a los soldados de ambos bandos y ofrecerles refugio.
Kardan no se sorprendió cuando el titán explicó las intenciones de los integrantes del campamento neutral: querían apoyar a los combatientes heridos de ambos bandos en la lucha que se acercaba. Los guerreros cubrirían a los aprendices de Connor durante el combate, pues pretendían entrar al campo de batalla a atender a los caídos. Era una tarea sumamente peligrosa pues en combate sería difícil distinguir un soldado grolien de un grolien desertor, o un titán desertor de un titán todavía en servicio. Pero los aprendices y guerreros tenían la esperanza de que si ambos bandos estaban enterados de la participación del campamento neutral serían más cuidadosos en la pelea.
—No pretendemos que dejen las armas y resuelvan la posesión de Tyr con palabras, aunque esa sería una mejor solución. Pero no nos hacemos ilusiones. Fuimos soldados y sabemos cómo funciona la guerra. Pero si ambos bandos colaboran este enfrentamiento podría terminar con menos muertes que encuentros anteriores.
Los aprendices darían la ayuda básica en el campo de batalla y llevarían a los heridos a un campamento al borde de Tyr. Para montar el campamento necesitaban que los aesirianos les cedieran el terreno donde tenían uno de los siete cuarteles militares; también necesitaban la palabra de los vanirianos de que los castillos flotantes no dispararían contra el terreno de recuperación.
—¿Y de verdad creen que con pedir piedad hacia los enemigos y ofrecerles un refugio tendrán la promesa de ambos bandos? —cuestionó Kardan con la ceja arqueada.
—Sí. Ahora sí. A los vanirianos no tenemos ni que convencerlos porque ya lo están. Tan solo tenemos que notificarles que nos involucraremos, cosa que de seguro ya imaginan. Y a los aesirianos también los hemos convencido porque usted ya lo está. ¿No es así, Majestad?
Kardan asintió e invitó a Yashin a acercarse a la mesa para que viera el mapa en que trabajó con Zoe. Los siete campamentos militares que rodeaban Tyr estaban representados con piezas de ajedrez: el cuartel central tenía una reina; los flancos eran caballos; y a cada lado, entre el caballo y la reina, había dos campamentos representados con torres.
—Tomarán estos dos —dijo mientras señalaba las torres del lado este—. Son seguros porque están lejos de los castillos flotantes. Pero son también los que están más lejos de Tyr. Si sienten que pierden mucho tiempo de la batalla al campamento, pueden también agarrar este otro cuartel —Kardan señaló el caballo en el flanco este—. Pero solo hasta que hayamos entrado en combate. Entonces quedará completamente desierto.
—Gracias. —Yashin parpadeó perplejo. Contaba con que Kardan accediera aunque imaginó que tardaría más negociando la disposición del terreno—. En cuanto a Connor...
—Supongo que querrá ir con ustedes —lo atajó Kardan. Miró a Connor por encima del hombro. El doctor asintió. Aprobaba el plan de los integrantes del campamento neutral y agradecía el apoyo del Emperador.
—¿Qué pide a cambio por él? —preguntó el aprendiz kredoa. Kardan lo miró sin entender—. Por liberarlo, quiero decir.
—Nada. Connor no es mi prisionero. Él y su hermana pueden marcharse cuando quieran. —Se llevó la mano a la barbilla—. Supongo que Darius también puede irse.
—¡No! —lo interrumpieron Connor y Zoe.
—Si lo sueltas ¡se llevará a Allena a rastras! —exclamó el doctor.
—Eso es exagerar mucho —sonrió Zoe—. Aunque papá es terco, Allena lo es más. Ella no se marchará por más que papá lo intente. Pero si lo liberas —agregó mientras miraba a Kardan— lo intentará de verdad. Mejor déjalo donde está.
Drake miró a sus hermanos sin comprender. Cuando se lo explicaron, un frío triste se le asentó en el corazón.

****

Le dolían las manos. Las tenía entumecidas como si las hubiese sumergido en un lago congelado. Sentía que el frío se las arrancaría con un mordisco, aunque sabía que estaría bien.
—Los barrotes tienen un hechizo supresor —explicó una voz grave y cansada desde la superficie.
Enlil se acuclilló lentamente al lado de la cerradura, en donde antes estuvo Sigurd. Los huesos viejos le crujieron mientras se agachaba. Darius estaba al fondo de la celda, sentado sobre el catre, con las piernas extendidas, el ceño fruncido y miserable, y los ojos irritados y ardientes.
Enlil se armó de valor para mirarlo. Por una vez en la vida celebró que Darius no lo rechazara de primera entrada con un gesto de odio. Sí, el profeta estaba mal encarado pero era comprensible. Su amiga del alma iba a ser sacrificada. Esta vez el disgusto no se lo causaba Enlil, sino la princesa.
El General fijó la mirada en las manos de Darius, adormecidas por forzar la cerradura para salir y salvar a Sakti. El hechizo supresor de los barrotes estaba diseñado para adormecer la magia en la parte del cuerpo que tocara las verjas. Se imaginó a Darius levantado de puntillas bajo la cerradura, con los puños apretados alrededor de los barrotes, intentando romperlos o apartarlos mientras el hechizo le daba sacudidas eléctricas y le suprimía la energía mágica. Debió de haber dolido muchísimo, pero supo que Darius no se dio jamás por vencido. Incluso ahora solo esperaba a que las manos le reaccionaran de nuevo para volverlo a intentar.
Enlil envidió una vez más a la princesa. Jamás podría luchar contra ella por el afecto de Darius. Estaban en extremos opuestos en su escala de estima.
—El efecto pasará en unas horas. Pero puedo llamar a un doctor si quieres —ofreció Enlil. Darius no contestó. Su rostro estaba escondido en las sombras aunque sus ojos, zafiros y esmeraldas, refulgían en el fondo—. También puedo traerte algo caliente de comer y algo de...
—¿Por qué mataste a mi madre? —lo interrumpió Darius.
El atardecer moribundo, el susurro de las olas, el cabello rosado de Zoe que bailaba por la brisa marina. Los ojos de la profetiza, zafiros y duros, que lo arrastraban a la visión de sombras, bramidos, lanzas y sangre.

«He visto esto muchísimas veces, desde todos los ángulos posibles, con todas las variables habidas y por haber. Los cambios son minúsculos pero el resultado siempre es el mismo. Tú mueres».

Otra vez estaba en la visión de la madre de Darius, en compañía de la voz de la profetiza. Pero no sentía a la mujer alrededor como la primera vez. «Zoe está muerta, ya no está aquí. Pero todavía hace daño. Todavía se venga de mí». En esta ocasión quien lo rodeaba era Darius. Podía sentir la furia del mestizo en las sombras que luchaban alrededor, en la sangre bajo sus botas, en el aire que respiraba. Darius estaba ahí, en la mente de Enlil, en la profecía de Zoe, en el recuerdo de una muerte.
El mestizo se levantó de entre las sombras y miró a Enlil fijamente. En la mano diestra llevaba una enorme espada de plata, cuya hoja refulgía con los nombres de los Emperadores. Darius avanzó. Enlil se sintió hundir en las sombras, incapaz de moverse.

«La mayor parte del tiempo tú te quedas ahí, petrificado. Aceptas la muerte resignado».

No pudo respirar. Estaba agotado, asustado, triste, arrepentido. Ahí estaba su mayor añoranza, su más terrible error. Su alegría más preciada, su miseria más profunda. Su mayor arrepentimiento.

«Pero en otras ocasiones...»

«No, por favor. Calla. Por favor no lo digas».

«... te lanzas sobre él con la espada en alto».

La silueta gigante se levantó detrás de Darius. Enlil luchó por quedarse inmóvil. Creyó que quizá si esta vez no atravesaba la silueta tampoco mataría a Zoe. Entonces no le quitaría la madre a Darius. Entonces habría cometido un error menos. Pero corrió. Por Dios, corrió. Corrió hacia Darius con la espada en alto, como Zoe predijo, pero no para matarlo sino para salvarlo. Para apartarlo de la muerte que lo seguía con el hacha levantada. Darius le atravesó las entrañas. Enlil lo empujó al lado y siguió adelante. Enterró el arma en las sombras.
No regresó a la tarde de la Península, con las nubes del sur que estaban a reventar de lluvia, o con el Escuadrón Vento detrás de él. Siguió en el mundo de sombras. Siguió rodeado de siluetas que se mataban unas a otras, pero esas eran volátiles como humo. En cambio, el cuerpo bajo él era duro y real, por Dios, tan real.
La vio con los ojos vidriosos fijos en la oscuridad. La vio con los muslos y brazos cortados, con la ropa rasgada, con las piernas abiertas. La vio como la dejaron los soldados de Vento, tal y como la encontró Darius. Lo único distinto era que todavía estaba clavada al suelo por la espada de Enlil y que el General todavía sostenía el mango con todas las fuerzas de sus manos temblorosas.
—Lo siento... —balbuceó, pero no a Zoe sino a la figura que esperaba detrás de él. Giró el cuello y dijo—: Oh, lo siento tanto.
Aunque Darius lo miró a los ojos Enlil no se vio reflejado en ellos. Eran ojos completamente zafiros, celeste incandescentes, sin rastro del esmeralda de un Tonare. Era como si Darius se hubiese despojado de lo único que podía relacionarlo a Enlil.
El General estiró una mano hacia el profeta...
—Darius, lo siento mucho, yo...
... pero las sombras se desdibujaron. El cuerpo de Zoe se convirtió en los barrotes fríos y electrizantes de la celda. En alguna parte alumbraban una o dos antorchas, pero lo único que iluminaba a Enlil eran los ojos furiosos de Darius al fondo de la celda.
«Decisiones, decisiones», escuchó el General. Fue como un susurro distante, aunque claro, tan claro. «Matarlo, matarlo. O salvarla, salvarla». Tardó un rato en comprender que leía los pensamientos de Darius o por lo menos los que estaban en la superficie de su mente. Porque en lo más hondo de sí mismo el profeta todavía estaba en el mundo de tinieblas donde vio el asesinato de su madre.
 Los labios de Enlil temblaron. Apenas notaba el entumecimiento del hechizo supresor. Todavía tenía la mano extendida hacia Darius, a través de los barrotes, pero pronto caería fláccida y débil. Intentó de nuevo disculparse pero no pudo emitir más que un balbuceo agotado.
Al fin los chispazos lo avivaron. Enlil se levantó de un salto y regresó a la superficie, desde donde miró el fondo de la celda. Luchó por ser valiente, por recibir al fin el pago de los males que había cometido. Se lo debía a Darius. Era lo mínimo que podía hacer.
—Por favor perdóname.
—No. Nunca.
No. Nunca. Dos palabras. Dos simples palabras para cerrar el capítulo más largo y triste de su vida.
Enlil se marchó con las manos y las rodillas entumecidas, y con el corazón vaciado de su deseo más intenso: el perdón de su hijo.

****

—No tendrás mucho tiempo para descansar.
Connor apretó ligeramente los labios, fastidiado. Su estadía en el campamento militar fue agotadora. Kardan se aseguró de que comiera y descansara, y le prohibió tajantemente visitar a los heridos de combate pues, le dijo, para eso tenían suficientes soportes médicos. A pesar de que se movió poco por la insistencia del Emperador, el camino desde el Yggrdrasill hasta Tyr fue una imprudencia para su cuerpo recién operado. Y a eso tenía que agregar la tristeza. Una y otra vez, constantemente, sin descanso, pensaba en Sakti.
Aunque se despidió de la princesa en buenos términos se le hacía un nudo en el corazón cada vez que pensaba en ella. «Pero así tiene que ser», pensaba mientras visualizaba la sonrisa de Mark, la calidez y seguridad de sus ojos, la certeza de que Sakti dejaría de doler pronto y que no volvería a doler una tercera, ni una cuarta, ni una quinta vez. «Esta segunda es la última vez que sufrirá. Esta es la historia que tiene que ser».
Ahora sus preocupaciones tenían que enfocarse en el combate cercano. Pero Kardan tenía razón: no habría tiempo para descansar ¡y Dios!, ¡cómo necesitaba dormir! Lo mismo daba que el tiempo estuviese suspendido para el mundo entero: había ciertas cosas que ni el tiempo congelado podía detener; una de ellas era el enfrentamiento en Tyr.
Se moría de las ganas de entrar al campo de batalla con sus aprendices y levantar él mismo a los heridos; pero sabía mejor que cualquiera que sería incapaz de mantener el ritmo. ¡Joder, ni siquiera podía cabalgar por su cuenta! Aunque era un tanto vergonzoso aceptó compartir caballo con Yashin y que el titán dirigiera. Se moriría de la vergüenza si se quedaba dormido antes de llegar al campamento neutral donde lo esperaban Finn y los demás. Ya le avergonzaba demasiado aceptar quedarse en la retaguardia como para darles una razón más a sus amigos para mantenerlo lejos del trabajo.
—Ni se te ocurra hacer algo que te ponga en peligro —siguió Kardan, quien caminaba al lado del caballo mientras el grupo neutral abandonaba el campamento militar—. Si mueres todo esto será en vano: la batalla, la recuperación de Tyr, la Profecía...
Kardan tragó fuerte para ahogar el nudo que se le anidó en la garganta.
—Lo mismo te digo —contestó Connor al tiempo que veía el semblante del Emperador—. Oye —detuvo el caballo— no lo hagas.
—¿Qué cosa?
—Liberarlos.
Aunque Connor susurró Kardan se sobresaltó como si le hubiesen gritado. El Emperador miró por encima del hombro a uno y otro lado para asegurarse de que nadie escuchara a Connor. Los aprendices del doctor iban en lo suyo; Ceniza cabalgaba pálido y concentrado en que el caballo no lo tirara; Rodni fanfarroneaba para llamar la atención de Zoe –a lo que la profetiza respondía con una sonrisa cortés y la más clara falta de interés–; y Drake avanzaba a la delantera, lejos del grupo, con los hombros tensos y el cuerpo inclinado hacia adelante. Era evidente que estaba molesto. En cualquier momento espolearía el caballo y abandonaría el grupo.
—No estoy planeando nada —se defendió Kardan.
—Por favor, te lo leo en la cara. —Connor giró los ojos—. Todavía tienes dudas por Adad y Allena. Hasta Jillian te provoca algo de pesar.
Kardan bajó la mirada, decidido a mentir. Al final solo pudo decir la verdad:
—Debe haber otra forma. Si postergamos la Profecía un poco más...
—No, no se puede postergar.
Connor levantó la mirada al cielo. No se veía nada. Solo oscuridad. El resplandor de las fogatas llegaba hasta cierta altura, pero más allá había tinieblas impenetrables. Lo mismo podía ser que el cielo culminase en un techo cercano y opaco como que se extendiera en la profundidad del infinito.
—Debe hacerse. Si no por el mundo entonces por ellos —miró al Emperador—. Me pediste ser tu Consejero así que escúchame ahora: si de verdad quieres ayudar a Allena y a los demás debes dejarlos ir. Para salvar el mundo primero deben salvarse a sí mismos. Y esta es la única forma. Así que no lo hagas. Prométeme que no harás nada estúpido. No los detendrás.
Ahora era el turno de Kardan para apretar los labios. Aunque Connor y Zoe le aseguraran que era lo mejor, él quería inclinar el cuerpo hacia la tienda de los Dragones y echar a correr hacia ellos, a ahuyentarlos. Quería escapar de lo inevitable tanto como Drake.
—Estoy esperando —lo urgió Connor—. Promételo.
—De acuerdo —accedió Kardan entre dientes—. Te lo prometo.
—¿Qué cosa? Dilo completo.
—Te prometo que no haré nada estúpido como ir a la tienda de Allena, Adad y Jillian a convencerlos de que escapen.
Aguantó con dignidad el escrutinio de Connor. Al final el doctor asintió satisfecho.
—Bien. Entonces buena suerte. Asegúrate de que el plan se cumpla. Y mañana, cuando salga el sol, declara el fin de la guerra entre vanirianos y aesirianos. —Connor sonrió—. Declara la paz.
Kardan le devolvió la sonrisa.
—Lo haré.
Se detuvo al borde del campamento y dejó que los caballos se llevaran a Connor y los demás hasta el campamento temporal de los doctores y guerreros neutrales. Mientras las tinieblas se tragaban el modesto estandarte del Yggrdrasill, las teas y las linternas atadas a los caballos, Kardan pensó en el plan. El plan.
Munnin y Sigfrid de voluntarios hacia los castillos flotantes. Justo como Zoe garantizó que propondrían.
Los príncipes de las Arenas, Sigurd y Enlil a la delantera, a limpiar el camino de ingreso después de que el Primer General derribara las naves.
Luego el Ejército de Aesir. Diez mil soldados, cada uno con el poder de una estrella, eran la avalancha de poder que sepultaría los intentos vanirianos.
Y en medio de esa avalancha irían los Guardianes y los Dragones. Rumbo al templo de hierro, plata y jade.
Rumbo a la Profecía.
Rumbo a la muerte.

****

Llegó mucho más rápido que los demás. Lo último que escuchó de ellos fueron sus gritos de advertencia:
—¡No avances solo! —suplicó Connor—. ¡Te puedes perder! ¡Puedes caerte y romperte el cuello!
Drake lo ignoró. Dejó que el caballo corriera por su cuenta entre las sombras, pues su linterna era insuficiente para alumbrarle el camino. En algún momento creyó que el caballo no avanzaba, sino que corría en un solo sitio sin adelantar ni un centímetro. A Drake le bastaba. Podía correr por siempre en las tinieblas si eso significaba que Sakti esperaba eternamente la muerte sin recibirla jamás.
Al fin llegó al campamento neutral. Allí había más ramas convertidas en teas, que brillaban con más vitalidad que la lámpara de Drake o que las antorchas en los campamentos militares. Ardían con la vitalidad mágica del árbol de la vida. «Pero no durarán para siempre. Si la noche eterna se prolonga...».
No. Para que acabara la noche eterna la vida de los Dragones debía extinguirse también. Pero si la noche persistía, si el tiempo trastocado no avanzaba ni volvía sobre sus pasos, y si el caballo seguía corriendo en un mismo punto en la oscuridad, Sakti también continuaría en su espera eterna por la muerte.
Estaría viva.
El caballo entró a todo trote, azuzado por Drake. El sicario ignoró las quejas de los médicos y guerreros que se quitaban del medio. Atravesaría el campamento y llegaría al otro lado. Abandonaría la luz de los seguidores del Yggrdrasill y seguiría cabalgando hasta detener el tiempo o hasta que el caballo se torciera la pata en el camino incierto, tropezara y de alguna manera le cayera encima a Drake para matarlo.
Sí, ese era un buen plan.
Detuvo el caballo tan de golpe que estuvo a punto de salir disparado al frente y romperse el cuello, como le advirtió Connor. «Por Dios, ¿qué estoy haciendo?». Debió haberse quedado. Debió haber luchado o por lo menos tomar a Sakti a hurtadillas y escapar con ella. Pero Zoe y Connor... Ninguno se lo permitió.
—Traidores —espetó con los dientes apretados.
Fue lo que quiso decirles en la tienda del Emperador. Pero entonces no supo cuál era la palabra correcta porque era la primera vez que su dulce Connor y su hermanita linda le hacían sentir así. Había tenido sus encontronazos con Dagda y Airgetlam, pero nunca con Connor o Zoe. Con ellos siempre encontró el término medio. Pero en esa ocasión, mientras los dos confesaban motivar a Sakti a la muerte y noquear a Darius para que no interviniera, Drake los... No, en ese momento no se atrevió a pensar en la palabra porque era demasiado fuerte, demasiado mala, y nunca jamás creyó que el buenazo de Connor o Zoe, su melliza, pudieran provocarle tanto dolor. Pero lo cierto fue que los odió. Los aborreció.
Por Dios, tenían que saberlo. Tenían que darse cuenta de que él jamás estaría de acuerdo con ese plan. Drake nunca fue sutil sobre sus intenciones hacia Sakti. Cierto, nunca fue tan directo como para plantársele de frente y decirle que quería cortejarla, pero tampoco tuvo que hacerlo. Sakti no era ninguna idiota; ella también sabía cuáles eran las intenciones de Drake. Sakti nunca lo rechazó en voz alta pero no tuvo que hacerlo: Drake tampoco era idiota y podía darse cuenta por sí mismo de cuando una mujer estaba interesada en él o no, y Sakti no lo estaba. Ella no estaba interesada en nadie.
Salvo en aquel muerto...
Zoe le había hablado de Mark porque en su compasión de hermana quería advertirle sobre su rival. ¿Y cómo podía ganarle a alguien que aunque ya había muerto seguía siendo amo y señor del corazón que anhelaba conquistar? No podía hacer nada, porque aunque Sakti jamás pudiera confirmarlo sospechaba que Mark murió por ella. Se lanzó a la voracidad de la estrella púrpura por ella. No había forma de superar eso. Aunque Drake se lanzara a mil guerreros, a un millón de demonios o enfrentara la crueldad de la luna carmesí y muriera en nombre de Sakti, jamás lograría superar la proeza que un humano cualquiera se le adelantó en hacer. No podría ganarle a un hombre al que ni siquiera podía poner rostro.
Sakti era una de las razones por las que viajó tanto, sin asentarse con los demás profetas en Kehari. Una ingenua parte de él creyó que si conocía más mundo se olvidaría de la princesa. El problema era que ya había visto mucho mundo aun antes de conocer a Sakti y que nada lo había interesado tanto como ella, porque Sakti también hizo algo que nada ni nadie podría superar: le dio un lugar al que podía volver. Le dio la oportunidad de regresar a la familia de la que fue separado. Le dio la oportunidad de que lo perdonaran y amaran, incluso después de que por poco matara a su padre.
Drake estaba seguro de que la chica más guapa e interesante del mundo podía ponérsele de frente, dispuesta a amarlo y ser amada por él, y que aun así no podría olvidarse de Sakti. Porque Sakti ya se había adelantado a cualquier chica al darle lo único que por sí mismo no habría conseguido jamás.
Y ahora esa mujer estaba a punto de morir.
—Traidores —repitió.
¿Cómo podían hacerle esto Zoe y Connor? Era la primera vez que estaba de verdad enojado con ellos.
Respiró profundo para calmar su corazón y el del caballo, que todavía temblaba bajo él.
Avanzó hacia las caballerizas sin prestar atención a los campistas. No quería que nadie se le quedara viendo ni se le acercara para preguntarle por qué tenía tan mala cara. Estaba seguro de que entonces quebraría la nariz del curioso con un puñetazo, sin importar que el pobre herido tuviese la buena voluntad de ayudarlo.
Y maldita sea, ¡en ese campamento sobraban las personas de buena voluntad!
Tensó los hombros y se erizó como un gato cuando vio la sombra que se acercaba por un lado. Bajó la vista tanto como pudo para no ver uno de las decenas de rostros atentos y preocupados que pululaban en el campamento neutral. Pero sí vio la mano que se extendía solícita a él y percibió con claridad la calidez y bondad que querían consolarlo.
—¡No me toques! —gritó a unos centímetros de que el hombre le pusiera la mano en el hombro—. ¡Déjame solo!
La silueta no se movió. Se quedó clavada a un paso de Drake, mientras el sicario luchaba inútilmente contra las fajas de la silla para quitársela al caballo. Las manos le temblaban. Los ojos le escocían. Apenas podía respirar. «Traidores, traidores, ¡traidores!». No sabía qué le dolía más: que Sakti aceptara morir sin darle la oportunidad de que le expresara con claridad sus sentimientos o que Zoe y Connor actuaran sin considerar lo que Drake sentía.
—¡¿Por qué no te vas?! —chilló con la voz quebrada—. ¡¿Es que eres sordo?!
Nunca le gustó que lo vieran llorar. Supo que estaba a punto de derramar las primeras lágrimas y no quería que ese atento desconocido estuviese allí cuando sucediera. Se giró a él para apartarlo con ferocidad, seguro de que bastaría con que se llevara una mano al cinturón repleto de dagas para que el otro huyera. Aunque los guerreros neutrales eran amables ninguno se habría quedado cuando él lo rechazó. En cambio un aprendiz médico insistiría en quedarse porque era lo que Connor habría hecho; y por lo general los aprendices no sabían plantarle cara a un luchador como él.
Drake se detuvo al ver el rostro de la silueta. Su primer instinto fue retroceder un paso porque todavía no se acostumbraba a las cicatrices de Airgetlam. Pero se quedó clavado en el mismo sitio, incapaz de avanzar o retroceder. Como el tiempo. Aunque la caballeriza estaba alumbrada con lámparas de cristal tuvo la sensación de que él y Airgetlam se quedarían atrapados en un trozo de oscuridad eterna sin que ninguno de los dos tuviera ideas claras en la cabeza.
Airgetlam rompió el silencio, no con palabras sino con un abrazo. Dejó el brazo enyesado pegado al cuerpo, pero con el otro rodeó la espalda de Drake y lo acercó a él. Airgetlam carecía de palabras pero su mente herida zumbó. Drake escuchó. Tardó un rato en comprender porque el sonido venía desde muy lejos, como si estuviese atrapado en una cueva bloqueada con una roca gigante. Pero al fin reconoció el murmullo de las olas y la voz.
—Es la canción de mamá —susurró Drake mientras enterraba la cara en el hombro de Airgetlam—. La que me cantaba cuando estaba enojado.
Era la canción que Njord le cantaba cuando un desplante de los gemelos lo ponía a llorar en algún rincón de la casa. Lo que significaba que por más que se escondiera y se hiciera el rudo delante de sus hermanos, Airgetlam –y seguro que también Dagda– sabían que lo hacían llorar con frecuencia.
La gran roca que bloqueaba el recuerdo de Airgetlam desapareció de repente. La voz de Njord y las olas bajo el risco se hicieron más claras, junto con el olor del mar, el calor de la playa y un sentimiento de culpa y vergüenza que sorprendió a Drake. Ese no era el recuerdo de sus emociones, sino el recuerdo de los sentimientos de Airgetlam. Los gemelos se sintieron mal cada vez que Drake se apartaba a llorar por culpa de ellos, pero de niños no supieron pedir perdón y de adultos tampoco.
Drake lo abrazó también porque comprendió lo que Airgetlam quería transmitirle: le pedía perdón por sus travesuras de niño y le ofrecía la canción de Njord para consolarlo ahora. Era un regalo muy preciado, no solo porque se había olvidado de la voz de su madre sino también porque Airgetlam se arriesgó a compartir un trozo de su mente herida con él. Así era lo mucho que lo quería.
«De acuerdo, puedes quedarte», le transmitió Drake telepáticamente, «pero no me mires». El gemelo asintió a la vez que le daba un par de palmaditas cariñosas en la cabeza.
Drake no lloró tan a gusto como si hubiese estado solo, pero creyó que estaba bien. Era la primera vez que se mostraba así a Airgetlam y quizá, con el tiempo, llegaría a ser más honesto en sus emociones con él. Y también con Dagda, porque ahora más que nunca los profetas se necesitaban. Ya habían soportado muchísimas pérdidas y todavía tendrían que perder a alguien más.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Apartó ligeramente a Airgetlam, lo agarró de los hombros y lo miró directo a los ojos, tanto al sano como al ciego.
—Necesito pedirles un favor a ti y a Dagda. —Tragó fuerte—. No podemos dejar que Allena muera. No podemos perderla a ella también.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!