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Capítulo 9

9
SIN TIEMPO

Darius esperó aparte, con Connor debajo de un brazo y Zoe debajo del otro. Quería dar un buen pescozón a cada uno por haberse marchado a sus espaldas pero estaba aliviado de que estuvieran bien. Además, no era apropiado pelear con ellos en un funeral.
Sakti estaba a unos pasos de él, con la mano apoyada en el hombro de Dereck. El soldado estaba arrodillado delante de una enorme piedra, adornada con una guirnalda de flores blancas. Cuando Dereck se levantó, Sakti lo recibió con un abrazo. Dereck la abrazó también antes de encaminarse hacia los profetas.
—¿Estás bien? —preguntó Darius, indeciso.
A pesar del viaje hacia el Reino de las Arenas y de todo el tiempo que pasó con el Guardián en Masca, Darius nunca pensó en Dereck como su amigo. Al menos no como hacía con Sakti. Pero quizá sí eran amigos, ¿verdad? Tenían intereses comunes, como la princesa. Los dos querían su seguridad.
—Lo estaré —aseguró Dereck con una sonrisa triste, pero la voz firme y la frente en alto. El soldado miró a Connor y sonrió con mayor sinceridad—. Gracias por venir. Huggin quería que estuvieses con él. Me partía el alma no poder ir a buscarte, así que cuando entraste a la tienda... —La voz de Dereck estaba emocionada, triste y aliviada al mismo tiempo—. En fin. Fue más de lo que pude darle. Fue justo lo que necesitaba. Gracias.
Connor asintió, incapaz de decir nada. Se restregó los ojos, enfadado consigo mismo por llorar aunque Dereck se contenía muy bien.
—¿Por qué no vas a dormir un poco? —sugirió Darius—. Aún no te recuperas de tu herida.
Connor lo miró todavía con los ojos en lágrimas, aunque lejos de estar pálido o abatido por la pérdida.
—Umm. No... —murmuró el doctor mientras se apretaba el costado—. Es que tengo algo que hacer...
Darius frunció la frente, preocupado de que Connor tuviese una herida en el costado de la que él no supiera nada. En una mejor inspección notó que el doctor llevaba un paquete por debajo de la capa y que desviaba la mirada. Connor veía a todos: la tumba, a Dereck, a Zoe, a Darius, incluso al tímido Jillian que esperaba al borde del campamento a que la despedida a Huggin terminara. Pero a la única que no miraba era a Sakti.
—¿Alguien sabe dónde está la tienda de Kardan? —preguntó Connor con los ojos indecisos—. Quisiera hablar con él.
Darius lo apretó más fuerte mientras las palabras de Ceniza resonaban dentro de él. «El príncipe de cabello negro le ofreció un trato. Creo que fue a darle una respuesta». No quería creer que su hijo fuese tan tonto como para presentarse a un Aesir justo ahora, pero Connor tampoco le dejaba otra opción.
—No, no. ¡Nada de ver a ese príncipe idiota!
—Ya no es príncipe —lo corrigió Zoe—. Lo han coronado.
—Bueno, pues nada de ver a ese Emperador idiota.
—Eh, pensé que ya habíamos superado esto —se quejó Connor. El doctor se apartó con la frente fruncida—. Papá, de verdad tienes que empezar a respetar mis decisiones. No está bien que insistas en detenerme. —Connor miró a Sakti—. ¿En dónde está la tienda de Kardan?
—De hecho, estoy con tu padre en esta.
Connor y Darius la miraron sorprendidos. El mestizo todavía estaba compungido por la afrenta de Connor y hallaba cierto alivio en que Sakti lo apoyara; mientras tanto, Connor estaba decepcionado de no contar con el apoyo de Sakti en esta ocasión.
—Hice un trato con Kardan. Prometí quedarme con él a cambio de que los dejase a ustedes en paz. Me gustaría que te marcharas con tu padre lo más pronto posible.
El corazón de Darius dio un vuelco de gratitud. Una vez más Sakti los protegía. Pero no estaba bien que se pusiera en peligro. Darius estaba todavía más resuelto a sacarla de ahí.
—Si tanto te desagrada la idea de que yo esté aquí, ¿entonces por qué sí dejas que Zoe se quede? —la cuestionó Connor.
—Porque Zoe es Zoe. Es como el viento. Nadie puede controlarla, ni siquiera yo. Además, ya se le escapó una vez a Sigfrid. Podría hacerlo de nuevo si quisiera.
—Ay, ¡muchas gracias por el cumplido! —sonrió la profetiza. Zoe se separó de Darius y agarró a Connor del brazo—. Ven, te enseñaré el camino. La tienda de Kardan está por aquí...
Sakti abrió ligeramente la boca al ver que la profetiza llevaba al joven doctor a la boca del lobo. Estiró la mano para detenerlos, pero al instante la dejó caer al costado. Cerró la boca tan fuerte que hizo un chasquido. Había perdido. No podía controlar a Zoe.
—Se siente mal, ¿verdad? —la picó Darius, aunque él también estaba molesto por los disparates de sus hijos—. Que Zoe te salga con un revés.
Sakti no respondió. Dereck se burló de ambos con una risa camuflada, a lo que Sakti y Darius respondieron girándole los ojos.
—Vamos —comentó el Guardián mientras ponía una mano sobre el hombro de Sakti y otra sobre el de Darius—. Se van a enfermar si siguen bajo la lluvia.
Darius tuvo una idea cuando el soldado los encaminó hacia las tiendas. Dereck cuidaba a Sakti de una llovizna. La protegió de Harald. Manipuló los Fafnir del príncipe Kardan para darle tiempo a escapar. «Si alguien puede ayudarme a sacarla de aquí, es él». Dereck podía ayudar a convencerla de escapar.
—Allena, Lemuria me dijo que Tyr es la ciudad de hierro, plata y jade —dijo sin darse el lujo de aplazar más esa conversación—. ¿Sabes lo que eso significa? Si te quedas aquí te forzarán al sacrificio.
Sakti no respondió pero Dereck lo miró con curiosidad.
—¿Conoces a Lemu---? Es decir, ¿a la mangodria?
—Estaba ahí cuando el Emperador murió. Como la dejé escapar me habló de Tyr. —Miró las naves que flotaban sobre la ciudad—. Me dio la impresión de que ella... tampoco quería que Allena muriese en Tyr. —Miró a Sakti—. Porque lo sabes, ¿verdad, cariño? Si entras a la ciudad te matarán. Te sacrificarán. —Le extendió la mano—. Vámonos de aquí. Por favor.
Por el rabillo del ojo vio la emoción de Dereck. «Sí, él me ayudará. Él tampoco quiere que Allena muera».
Sakti se dejó agarrar pero lo mismo habría sido que se apartara de un salto. Darius no la sintió ahí, con él. Fue una sensación extraña, como si intentase atrapar una silueta de arena y se le disolviera entre los dedos. La asió más fuerte y esta vez sí la percibió, aunque tensa. Dereck enderezó la espalda al mismo tiempo, en un movimiento breve y forzado que llamó la atención de Darius. El mestizo lo miró, a lo que Dereck contestó con una sonrisa forzada.
Y entonces escuchó de lejos a quien Sakti y Dereck ya habían visto, y de quien querían distraerlo.
—¡Apresúrense con esas catapultas de largo alcance! ¡Quiero que tiren en noventa grados, a ver si bloqueamos los cañones de la base antes de que disparen!
La voz de Enlil retumbó poderosa en el campamento, a pesar de que venía envuelta entre los cascos de los caballos y una ola de barro del batallón recién regresado al campamento. El General dio más instrucciones y eligió un nuevo batallón para regresar a combate, pero Darius no lo escuchó. Solo lo vio gesticular desde lejos.
Las entrañas se le encogieron con un nudo frío. La armadura del General estaba salpicada de sangre, medio abollada y sucia. La piel sudorosa brillaba a causa de las teas y hogueras dispersas por el campamento, que desafiaban la lluvia con su lumbre. Desde la distancia se podía oler su sudor, una mezcla agria y salobre que combinaba el hierro de la sangre con el de la espada. Era el olor de un guerrero. Aun por encima de la suciedad del combate, Darius notó las heridas de Enlil: la manera casi imperceptible en que andaba con cuidado para no lastimarse las costillas. Y la cara, rasgada en el lado izquierdo, con un parche sobre el ojo. No necesitó mirar a Sakti para saber que ella lo hizo, que así vengaba a Airgetlam por él. Pero no era suficiente. La princesa lo sostuvo de un lado; Dereck del otro. Eran las cadenas que impedían que echara a correr hacia el General, quien avanzaba en medio de gritos y órdenes sin reparar en que se acercaba a su hijo.
Al fin Enlil pasó al lado. El General sonrió instintivamente a Sakti pero la sonrisa desapareció cuando vio los ojos mestizos.
El campamento guardó silencio.

****

Entró a la tienda con un sabor agrio en la boca. No estaba seguro pero creía que quería vomitar. La luna de sangre lo enfermó tanto en los últimos meses que apenas había comido nada, por lo que tampoco tuvo nada que devolver. Pero ahora tenía el estómago revuelto y encogido, como si una mano invisible se lo apretase sin piedad.
Era la certeza de que se estaban quedando sin tiempo.
Era la certeza de que pronto se quedaría completamente solo.
—Señor —dijo Munnin con seriedad desde el catre al fondo de la tienda—. Tiene una pinta horrible.
Sigfrid guardó silencio. Sabía que Munnin tenía razón y también que el cuervo mensajero sabía que él tampoco se hallaba bien. Tenía un tajo en la parte superior del pico que le dificultaba hablar y comer, pero como Munnin era parco de palabras y tenía el poco apetito de Sigfrid, nadie consideró hacer una intervención quirúrgica dolorosa para arrancar el pico y sanar la herida.
Porque todos sabían que en cualquier caso a Munnin le quedaba poco tiempo.
El cuervo clavó los ojos de sangre en los azul-plata de Sigfrid. Luego bajó la mirada y agachó la cabeza. Así como sabía que Sigfrid lo veía con mal aspecto, supo también lo que el General había ido a decirle.
—Lo escuché reír —murmuró el cuervo—. En sueños, antes de que usted entrara. Él recibió el golpe por mí.
—Lo siento, Munnin.
—Viviré un poco más porque él recibió el golpe por mí.
—Lo siento.
—Me habría gustado que no le doliera. Pero le dolió. Hasta el final le dolió. Pero ahora ríe.
Sigfrid guardó silencio porque no tenía nada más que decir que una disculpa. Si se hubiese quedado en Tyr habría ayudado a Munnin y Huggin a evitar la conquista de la ciudad. Ninguno habría salido herido. Pero tampoco tuvo otra opción, ¿verdad? Porque los rumores dijeron que el doctor del campamento neutral había muerto y Sigfrid no pudo soportar la culpa. No pudo soportar la angustia que su mejor amigo debía de sentir a causa de las malas nuevas. Lo mínimo que podía hacer era partir a consolarlo. Sigfrid no era el amigo perfecto que Enlil merecía, pero Enlil era el único amigo que tuvo por mucho tiempo.
Y ahora sería el único amigo que le quedaría.
Avanzó hacia Huggin y se hincó al lado de la cama para acariciarle la cabeza plumífera. El cuervo cerró los ojos y se dejó consentir. En su vida solo se permitió ser acariciado por dos personas: Istar y el General. Le gustaba la dureza de las manos gigantescas de Sigfrid y el calor silencioso que emanaba en sus contemplaciones. Aun cuando percibía la oscuridad que rondaba la mente del General, se sentía a salvo en ella porque esa oscuridad también formaba parte de él. Como sus plumas. Como sus ojos de sangre. Como su pico roto.
—Me iré pronto pero no me iré de verdad —murmuró el cuervo—. La mayor parte de mí es tuya. La más importante. Lo demás pertenece al Dragón Púrpura.
Sigfrid detuvo la caricia por una fracción de segundo. Continuó más suave y despacio, asustado de hacer la pregunta en voz alta pero sabiendo que Munnin la percibía en la caricia y en el silencio.
—Cuando regrese a él —prometió el cuervo— haré cuanto pueda para que cumpla con la Profecía.
—No es el Tercer Dragón el que me preocupa.
—Lo sé. Pero no tengo ningún control sobre los otros dos. Ni siquiera sobre el Tercero, a decir verdad. Pero es el único por el que puedo hablar.
Sigfrid asintió. La mano invisible que le encogía el estómago le dio un último apretón. Sintió los dedos helados de la despedida y escuchó el golpe de la lluvia sobre la tienda. El campamento estaba inusualmente silencioso.

****

A veinte pasos de la tienda ya se escuchaban las discusiones en el interior. Supo que llegaría en mal momento e interrumpiría una situación incómoda con una entrada aún más incómoda. La voluntad de Connor flaqueó. Lo ilusionó la idea de que los soldados que flanqueaban el centro de comando le impidieran acercarse más. Así podría aplazar lo inevitable. Pero los guardias enderezaron la espalda y se corrieron para dejarlo pasar con solemnidad. «A mí no», se corrigió al ver que un soldado se sonrojaba levemente ante la sonrisa de Zoe. «A ella». Su hermana se había hecho dueña del lugar. Pensó, no por primera vez, que Zoe podría conquistar el mundo si lo quisiera.
—¡NO NOS QUEDA TIEMPO! —rugió un hombre envuelto en armadura negra. Connor tardó un rato en reconocer a Remiak, el príncipe de las Arenas que apoyó el rescate de Masca a cambio de que Dagda y Airgetlam salvaran a los habitantes de Irem de la tormenta de arena verde.
Los príncipes del desierto se agolpaban alrededor de un escritorio. Había más personas dentro, todos con armadura de pecho y hombro derecho. Eran almirantes, coroneles o personas de algún rango militar que Connor desconocía. Supo que eran importantes porque sus armaduras se parecían a las de los Generales y porque tenían expresiones graves y solemnes. Aunque esperaban en guardia alrededor y en silencio, tenían los puños apretados y de vez en cuando asentían ante los gritos de los príncipes. Aunque callaban estaban de acuerdo con los Aesir; si el protocolo se los permitiese, también estarían gritando alrededor del escritorio. Todos tenían alguna marca de combate reciente: barro en las botas y armadura, parches ensangrentados, abolladuras, moretones, quemaduras... Connor tuvo que reprimir su instinto para sentarlos y curarlos.
—El tiempo corre distinto —Remiak intentó ser mesurado, pero su voz todavía escondía un grito. Se masajeó el puente de la nariz, exhausto, y continuó—: Este puto desbalance es más grave que todos los que hemos tenido jamás. Ni siquiera cuando nació Allena fue tan grave.
Raziel se rascó la cabeza, desesperado. Tenía unas ojeras largas y oscuras, y era por mucho el que tenía peor aspecto.
—¡Esto es de locos! —gritó—. ¡No entiendo por qué el tiempo hace esto! ¡No entiendo cómo es posible! Pero sé que si entráramos ya a Tyr a hacer lo que tenemos que hacer, ¡todo se solucionaría!
Los príncipes siguieron gritando, suplicando, demandando y ordenando entrar a Tyr. Nadie había reparado en los profetas. Connor miró a su hermana sin entender qué sucedía. Ella le dio un leve asentimiento de cabeza para envalentonarlo, a lo que Connor respondió con un paso tímido hacia el centro de la tienda. Las espaldas anchas de los príncipes de las Arenas le impedían ver con claridad a quién gritaban, aunque Connor lo sabía. Imaginaba con detalle a Kardan sentado al escritorio, con los codos sobre la superficie, la barbilla apoyada en las manos entrelazadas y la frente fruncida.
—Si queremos que el tiempo corra otra vez ¡tenemos que sacrificar a los Dragones!
—¡NO! —se dejó por fin escuchar la voz de Kardan.
Los príncipes retrocedieron a la vez que el Emperador se levantaba. Los coroneles y almirantes bajaron la mirada, respetuosos.
—Si todavía existe forma de salvarnos sin matar a Allena, Adad y Jillian, ¡es nuestro deber encontrarla!
—¡Pero el tiempo...!
—¡Al diablo el maldito tiempo! —rugió el Emperador.
Tenía las cejas unidas en una sola, los hombros tensos, los labios ligeramente abiertos en una mueca que combinaba la elegancia y la furia. Era la expresión de un rey grandioso a punto de cortarle la cabeza a los súbditos testarudos. Cualquiera quedaría amedrantado por semejante aspecto –los almirantes y coroneles ciertamente lo estaban–, pero no los príncipes. Ellos también tenían el mal temperamento de los Aesir. Connor los vio tomar fuerzas para batallar otra vez con gritos y sintió pena por Kardan; porque por debajo de la expresión decidida del Emperador vio que estaba asustado y cansado. No podría mantener a raya a los príncipes por más tiempo.
—¡Ah, ya cállense! —gritó el doctor—. Se van a enfermar del estrés ¿y quiénes pagan los platos rotos después? ¡Nosotros, los doctores! ¡Como si cuidar heridos no fuera suficiente luego también tenemos que encargarnos de ustedes y sus malditas úlceras de ira!
Zoe se rio por lo bajo al ver la expresión de los príncipes. Así como Connor creía que Zoe podía conquistar el mundo si se lo proponía, la profetiza creía lo mismo de su hermano.
—Tú... —siseó Raziel. Connor lo vio crecer debajo de la armadura. Parecía querer convertirse en mantícora para aguijonear a alguien, a cualquiera, y Connor se había convertido en el blanco perfecto.
—Alto. No le pongas ni un dedo encima —ordenó Kardan mientras se cruzaba de brazos.
—¿O qué?
—O Allena se enfadará. Ella está aquí porque le prometí que los profetas estarían a salvo. —Miró a Connor, indeciso... y esperanzado—. ¿Puedo ayudarte en algo?
Connor escuchó la súplica y el alivio en la voz de Kardan. ¿Cuánto tiempo llevaba soportando las críticas y demandas de su Consejo de Guerra? Cualquier interrupción debía de ser una bendición. Connor miró a su hermana en busca de consejo sobre qué hacer, pero Zoe estaba distraída leyendo la palma de la mano de un pobre coronel despistado que palideció por el contacto de la profetiza. Daba miedo estar en guerra, pero lo daba aún más saber que la más talentosa de los profetas podía estar viendo su muerte justo en esos instantes. ¡Y lo peor era que Zoe no decía palabra, sino que leía las líneas con una sonrisa que podía ser tanto de alivio como de burla!
—Am... —murmuró Connor, sin saber por dónde empezar—. ¿De... De qué estaban hablando del tiempo?
El príncipe Sin resopló con desdén. Connor no lo había reconocido antes en medio de los príncipes, no porque vistiera la misma armadura negra sino porque era bajo en comparación con los demás.
—Eres más idiota de lo que pensé —se burló Raziel, envalentonado por el desprecio que vio en Sin—. Mira, lo explicaré lento y sencillo para alguien tan bobo como tú: ¿ves que el cielo está oscuro? Es porque es de noche. Pero ha sido de noche ya por mucho tiempo, ¡por días incluso! El tiempo corre distinto, más lento y largo. ¿O es que eres demasiado denso como para notar algo tan obvio?
Connor frunció la frente y apretó el puño, a la vez que Kardan se golpeaba la frente. El Emperador sabía que Connor podía tener mal temperamento, pues heredó la insolencia característica de Darius. Si combinaba la lengua mordaz y cruel de Raziel con las respuestas ingeniosas e irrespetuosas de Connor, seguro que se desataría el Infierno.
—No soy estúpido —sentenció el doctor con la cara más seria que pudo invocar—. Pero con eso dicho... sigo sin entender de qué va el asunto.
—¿Qué? —gruñó Sin desde su rincón.
—No, es en serio. ¿Por qué todos se quejan de lo mismo? Aquí y en el campamento neutral. Dicen que la noche es muy larga pero yo no lo noto.
—... ¿Tú... —Remiak dudó—... no lo notas?
Connor se alegró de que los gritos hubiesen cesado por completo aunque se sabía el centro de atención, y eso no le gustaba.
—Connor tiene la bendición de dos Dragones y un mensajero —explicó Zoe mientras leía la palma de otro pobre coronel. El primero la veía a ella y se veía la mano, una y otra vez, frustrado y asustado de que Zoe no le hubiese dicho qué vio en sus líneas de vida—. Él no siente el paso del tiempo como nosotros. Está perdonado. Allena jamás le haría daño.
Connor la miró indeciso. Notó que los príncipes también.
—¿Dices que esto... es culpa de Allena? —preguntó el doctor a su hermana. Zoe se limitó a canturrear por lo bajo. Como ella no respondió Connor miró a los príncipes en busca de respuestas, a lo que Remiak contestó con un largo suspiro.
—Ya pasó una vez. Cuando Allena nació hubo un desbalance similar. Los días fueron más largos o más cortos en algunas partes del mundo. Lo mismo que las noches. La diferencia es que algunos sintieron el paso del tiempo y otros no. Si preguntas a la plebe, nadie recordará más que el ajetreo militar de las fechas. Pero si preguntas a los comandantes y nobles, todos te dirán que las horas fueron más largas y lentas. Solo unos cuantos, los que superan la media mágica aesiriana, se percataron del alcance real del desbalance del nacimiento de Allena.
Remiak desvió la mirada antes de agregar:
—Velmiar escapó en la esfinge más rápida de Jaliar. Pero ni siquiera así pudo haber llegado hasta el oeste del continente principal en tres semanas en lugar de año y medio. Es el tiempo que se requiere cuando no hay desbalance.
—Oh. —Raziel se centró de nuevo en Connor. Su sonrisa de desprecio era más grande aún—. Eso significa que además de imbécil estás por debajo de la media mágica. Si no puedes sentir un maldito...
Crack. Sonó como si un puño gigante hubiese triturado una nuez. Raziel retrocedió con las manos sobre la nariz, de la que salía un buen chorro de sangre. Al levantar la mirada se topó con los ojos inamovibles de Connor. Una vena latía en la frente del doctor.
—Probablemente no lo sabías, así que lo explicaré lento y sencillo para alguien tan bobo como tú: no soy idiota ni soy débil. A diferencia de lo que puedas creer, solo a los brutos como tú les gusta lastimar y ofender a las personas.
Raziel sintió a Connor alrededor de él, dentro de él. La telequinesia del doctor flotaba sutil y enfadada en la tienda, lista para darle un puñetazo al próximo que lo llamara por nombres. Al fin sintió que la magia de Connor remitía. La mirada del doctor se hizo un pelín menos atemorizante y mucho más cálida.
Connor no sonrió, pero relajó el rostro en una expresión solemne y bondadosa. Estiró la mano para ayudar a levantar a Raziel, pero el príncipe la rechazó con un manotazo y se levantó por su cuenta. Todos los príncipes miraron entonces a Connor con las cejas fruncidas y una pregunta muda en los ojos: «¿Qué haces aquí?». Si Sakti se ofreció para protegerlos a él y a los demás profetas, ¿por qué estaba con ellos?
Connor tomó aire y miró a Kardan. Sintió la ilusión del Emperador. Le alegró ver en los ojos del monarca la anticipación de un «sí». Se sintió sinceramente apreciado; Kardan no lo adulaba con palabras vacías sino que de verdad quería su ayuda. Lo necesitaba.
—He venido a aceptar tu propuesta. —Connor estiró los dedos de los pies y de las manos para liberar parte del nerviosismo—. Acepto ser tu consejero.
Los coroneles, almirantes y príncipes se enderezaron todavía más.
—¿Pero qué diantres te crees...? —comenzó a decir Sin, seguido de cerca por las palabrotas de Raziel y las preguntas de Alain, Remiak y Uruk.
—Silencio —los cortó Kardan. Su voz fue mucho más alta y autoritaria de lo que todos esperaban. Sin importar cuánto tiempo hubiese pasado en realidad desde que le pusieron la corona en la cabeza, ya había asimilado el porte de monarca absoluto. El Emperador miró a Connor con intensidad. Estaba alegre pero también precavido. Al hablar al doctor lo hizo con un susurro suave y delicado, como para no espantar a un pajarillo nervioso—: ¿Estás seguro?
Connor pensó en el bullicio del árbol de la vida, en lo nerviosos que estaban sus aprendices y pacientes. En lo triste que estaba Dereck por la muerte de Huggin. En lo asustado que estaba Darius. En lo destrozados que estaban Dagda y Airgetlam. En lo sola y triste que estaba Sakti desde que aquella mano cálida y dulce se congeló entre la suya...
Y en lo que le pidió Alucinación antes de traerlo de regreso al mundo de los vivos.

«Pero por si acaso soy yo lo que necesita, por favor dale esto».

Connor tocó el paquete que llevaba debajo de la capa.

«Y dile que no tenga miedo de saltar. Que no tenga miedo de dejar ir».

Asintió.
—Estoy seguro. No tengo miedo de saltar. Hagamos esto.
Estiró la mano y la ofreció a Kardan. Los príncipes volvieron a soltar preguntas malhumoradas, pero el Emperador los ignoró. En lugar de rodear el escritorio –como un hombre civilizado– se lo saltó para situarse delante de Connor. No estrechó la mano del doctor, sino que lo atrapó en un abrazo tan fuerte y sincero que le sacó el aire a Connor y levantó las cejas de los príncipes. Sin estaba tan enojado que le faltaba poco para echar espuma por la boca.
—Gracias —susurró Kardan—. Te prometo que no te defraudaré.
—Sí, bueno... —balbuceó Connor cuando el Emperador lo soltó. Estaba ligeramente sonrojado por el arrebato de Kardan pero también contento. Estaba tomando la decisión correcta—. Pero mis servicios no vienen gratis, ¿eh? Para empezar, me niego a reverenciarte y arrodillarme cada vez que te levantes. Y ni creas que voy a estarte dando cuerda siempre con «Sí, Su Majestad», o «Excelente, Su Majestad». Es más, ¡olvídate de que te voy a estar llamando «Su Majestad»! Me niego a ser menos que tu igual.
Kardan sonrió. Los príncipes y coroneles no sospechaban que aunque era Emperador tenía baja autoestima, y que había temido estar por debajo de las capacidades de Connor. Que el doctor lo considerara su igual era motivo de alivio.
—¿Algo más?
—Umm... —Connor jugueteó con los dedos—. Por favor reafirma el apoyo oficial al campamento neutral. Permite que los aesirianos, vanirianos, humanos e híbridos que se unan al Yggrdrasill sean libres en él.
—Concedido. ¿Algo más?
Connor negó con la cabeza al tiempo que los príncipes volvían a reclamar. Sin salió de su rincón y agarró a su primo del hombro, sin la reverencia que un príncipe le debe al Emperador.
—¿Qué es todo esto? —exigió—. ¡No puedes hacerlo tu consejero!
—¿Por qué no?
—¡¿Por qué no?! —se atragantó Sin—. ¡Es hijo de un bastardo! ¡Es un traidor que fundó una organización clandestina que ha robado cientos de nuestros soldados! ¡Es un profeta prófugo!
—Es un gran hombre —Kardan se apartó de Sin a la vez que ponía la mano sobre el hombro de Connor—. Harald lo sabía. Por eso lo protegió de mí cuando le dije que le seguía la pista.
—¿Me estuviste cazando? —preguntó Connor por lo bajo y con una ceja arqueada.
—Borrón y cuenta nueva —murmuró a su vez Kardan—. El punto es que Connor es un agente de cambio. Lo supieron mejores hombres que todos nosotros, como mi padre y mi primo Harald. Por eso estoy seguro de que con su ayuda podremos encontrar una solución a esta crisis. No necesitaremos de la Profecía para salvarnos. No tenemos que matar a los Dragones para tener un mañana mejor.
Connor miró fugazmente a Zoe. La profetiza todavía sostenía la mano del coronel pero no prestaba atención a las líneas de la vida. Sus ojos estaban fijos en los de Connor. Zoe asintió ligeramente y Connor bajó la mirada, mortificado. El paquete bajo su capa pesó como un fardo de pecados, aunque quería creer que en realidad sería una liberación.
—De hecho, mi primer consejo es justamente lo contrario.
Miró a Kardan por el rabillo del ojo. La voz de Mark resonó otra vez en su mente. Pensó en la primera versión convertida en recuerdos rotos, y las próximas versiones por venir si esta nueva historia, la que vivían todos, se convertía en otro error. «Deben cumplir la Profecía ya, mientras todavía guarden un poco de cordura», lo urgió Mark. «Mientras todavía tengan amor en su corazón». El profeta inspiró fuerte y continuó:
—La profecía debe cumplirse. Hay que sacrificar a los Dragones.

****

Creyó que sería peor, mucho peor. Cuando Enlil detuvo el caballo Sakti imaginó que Darius lanzaría un puñetazo mental, tal y como Zoe, Connor y Airgetlam lo hicieron en su momento. Una parte de ella quería verlo solo porque sería genial. Había llegado a convencerse de que después de tantos años la única forma de que Darius pudiera poner punto final a lo más oscuro de su pasado sería rompiéndole la nariz a Enlil. Pero la parte centrada y calculadora de Sakti supo que semejante acción habría provocado una revuelta en el campamento: ningún soldado –menos de Escuadrón, como los que Enlil lideraba– permitiría que un hombre cualquiera atacara al General. Ni siquiera si ese hombre era el hijo bastardo de Enlil; o quizá precisamente porque se trataba de Darius nadie se lo permitiría.
Sakti calculó la potencia de la detonación que debía liberar para apartar a los soldados, pero no necesitó prender ningún fuego.
Darius dio media vuelta y se marchó. Detrás de él dejó solo silencio.
La princesa decidió dejarlo ir para que se calmara por su cuenta, pero cambió de opinión cuando la lluvia se convirtió en llovizna. Ignoró la derrota reflejada en el ojo sano de Enlil. Ignoró la mano que Jillian le extendía para que se quedara con él. Ignoró las miradas silenciosas y precavidas de los soldados, porque aun cuando muchos desconocieran a Darius todos presintieron el golpe que estuvo a punto de romper la monotonía del campamento. Debían saberlo como ella: algo se puso en marcha.
Sakti avanzó de puntillas por encima de los charcos de lluvia, tan ligera que apenas hacía ruido. Los pasos de Dereck fueron menos silenciosos, pero en ellos hubo un ritmo acogedor como el de un corazón. Sakti le extendió la mano para disculparse. El Guardián acababa de perder al reflejo de su alma, a una criatura con quien tuvo un vínculo más fuerte aún que el que tenía con Sakti o Kael. Debía de estar más destrozado de lo que dejaba ver. Y sin embargo ahí iba él, junto a ella, fiel, mientras la princesa buscaba consolar a Darius aunque el que más dolía era el propio Dereck.
Sakti jamás podría agradecérselo lo suficiente.
Dereck le estrechó la mano en todo el camino. Solo se separó de ella cuando los pasos erráticos de Darius los condujeron a campo abierto, en una sección donde los caballos y el paso de las tropas no habían pisoteado la pradera. A pesar de la llovizna y el penetrante olor de la tierra mojada, las flores y la maleza estaban marchitas. No parecían ahogadas por el diluvio desatado hasta hace poco sobre ellas, pero sí débiles. «Es el sol. Les hace falta», supo Sakti. Aunque el tiempo era un concepto trastocado, se preguntó cuánto más podía durar el mundo sin un rayo de sol.
Dereck guardó la distancia y le dio un par de palmaditas para que siguiera a Darius. Para darles más privacidad, el soldado miró el cielo. Las nubes comenzaban a disiparse. Temió que entonces la luna de sangre se asomara con todo su esplendor pero no había luna. De no ser por el desbalance ahora sería de día.
Darius estaba sentado sobre una piedra baja y plana. Tenía los hombros tensos y los brazos sobre el pecho. Sakti se sentó a su lado, sobre la hierba, y esperó en silencio a que hablara.
Darius habló. Fue como si abriera una escotilla en el interior y dejara desbordar un mar de palabras que llevaban mucho tiempo estancadas dentro de él. De la furia que todavía guardaba por la vida que Enlil y el Emperador le arrebataron al arrancarlo de la Península. Del enojo que sentía aun cuando pudo vivir libre con sus hijos en los últimos cincuenta años. ¿Pero de verdad fue libre alguna vez?, le preguntó a Sakti. ¿Lo serían todos? Aunque era lo que más añoraba ya no tenía la fuerza para esperar un futuro mejor. ¿Cómo podía ilusionarse con esa idea cuando Kel estaba muerto? ¿Cuando la cara de Airgetlam reflejaba la herida permanente de su mente?
Y ahora tampoco encontraba la manera de liberarse de esa furia incesante. Antes podía enfurruñarse, enojarse e intentar agarrar a pescozones a los causantes de su dolor. En más de una ocasión los soldados tuvieron que sostenerlo para que no se le echara encima a Enlil, o el Emperador tuvo que encadenarlo a la distancia para que ni siquiera pudiera escupirle. Pero ahora que no había soldados ni cadenas que pudieran contenerlo tampoco podía actuar.
Cuando el Emperador murió no pudo reír. Disfrutar. Regodearse en lo asustado y solo que estuvo el Aesir. No pudo tan siquiera esbozar una tímida sonrisa de victoria porque no la sintió. No hubo nada que celebrar.
Y cuando Enlil estuvo delante de él ¿qué hizo? Nada. Dereck y Sakti lo sostuvieron porque creyeron que tendría una rabieta. Pero todo el ardor, el odio, el frío y la impotencia dentro de él se convirtieron en nada. No pudo golpear. No pudo mirar a Enlil. Ni siquiera sintió satisfacción completa al ver las heridas que Sakti provocó con tanta consideración.
—¿Qué está mal conmigo, Allena? —preguntó en un susurro—. Estoy tan molesto pero también... tan cansado. Y temo sentirme así para siempre. O agotarme tanto que deje de sentir como una persona normal.
Pensó en el entumecimiento que lo embargó al conocer la muerte de Kel o al ver al Emperador morir. Estar perpetuamente enojado dolía, pero no sentir nada también lastimaba.
Sakti lo escuchó en silencio. Aun cuando el profeta dejó de hablar ella tampoco dijo nada. Recostó la cabeza en el hombro de Darius y esperó a que el mestizo se calmara.
Darius se dejó envolver en el silencio de Sakti, como hacía desde que se conocieron. Estaba convencido de que su vida no cambió tanto como quería en comparación con aquellos años de prisión en Masca. Todavía se sentía atrapado por las demandas de los Aesir y la Profecía, y por el vínculo que lo ataba tan cruelmente a Enlil. Pero sabía que esa misma maldición que tantas tristezas le provocaba también lo tenía atado a Sakti. Y a ella no la lamentaba. Había encontrado alivio en la princesa Dragón muchas veces antes que en esa ocasión en la pradera.
—Estarás bien —le prometió Sakti—. De ahora en adelante cualquier camino que sigas estará bien. Porque será el camino que elijas, no el que te impongan. Solo promete que no impondrás a Connor o a los demás el camino que te habría gustado para ti. Ellos deben elegir por su cuenta.
Sakti se irguió para darle un beso en la mejilla. Fue suave y cálido, como una flor hecha de vapor. Darius la miró con las cejas fruncidas y con una pregunta en los labios: «¿Qué quieres decir con...?». Antes de que pudiera preguntar nada escuchó los pasos metálicos que se acercaban a ellos. Dereck todavía esperaba a una distancia prudente, girado de medio lado hacia el grupo que se acercaba. Darius supo que algunos eran almirantes y coroneles por las armaduras que llevaban; pero los que llamaron su atención fueron los Generales, con sus armaduras de oro; los príncipes, con sus armaduras de noche; y Zoe y Connor, que flanqueaban cada lado de Kardan. La úlcera de Darius ardió cuando vio que el Aesir, en efecto, era Emperador: llevaba Draupnir puesta.
Sakti se levantó y miró al grupo que había venido por ella.
—Antes de que me vaya —susurró Sakti— quiero decirte algo. —Miró a Darius—. Yo también te quiero. Gracias por haber sido mi amigo.
Darius la agarró del brazo antes de que diera otro paso. La miró con los ojos desenfocados, luego al grupo de soldados, y una vez más a Sakti.
—No. Todavía no. Allena, ¡aún no he...!
Dos ráfagas de aire, una a cada lado, lo detuvieron en seco. Al mirar hacia la izquierda vio a un soldado con armadura celeste y de hombro derecho. El oficial al otro lado tenía un uniforme igual. La úlcera le ardió otra vez. Habría podido vivir sin ver nunca más al Escuadrón Vento. No eran los mismos soldados que atraparon a los profetas en la Península, ni los que atacaron el pueblo de Connor en busca de reclutas; pero el solo hecho de pertenecer a ese escuadrón era suficiente para que Darius los detestara.
—Déjala ir —ordenó un oficial.
—Oblígame —contestó Darius mientras apretaba más fuerte a Sakti.
La mano cálida de Dereck se colocó por encima de la del profeta. Darius se permitió una sonrisa, seguro de que el Guardián lucharía hombro a hombro con él para proteger a Sakti. Sin embargo, Dereck jaló la mano de Darius y lo apartó de Sakti.
—Suéltala. La princesa ha tomado una decisión.
—¡No, no es cierto! —aulló Darius—. Díselo, Allena, ¡díselo a todos! ¡Solo estás haciendo esto para protegernos a los chicos y a mí, pero tú no quieres...!
—Entiendo que tengas miedo. Entiendo que quieras protegerme. Pero tienes que aprender a dejar ir, Darius. Te lo he dicho por mucho tiempo.
No supo si fueron esas palabras o la sencillez y sinceridad que vio en la primera sonrisa que Sakti esbozaba en muchísimo tiempo. Una sonrisa débil y ligera que traspasó a Darius como un cuchillo. Fuera como fuese la realidad le pegó de repente.
—En Kehari. Tú fuiste a...
«A despedirse», concluyó la mente de él antes de que pudiera decir nada. Sakti fue a Kehari no porque necesitara que Connor le sanara la clavícula rota, o para quitarse a Jillian de encima, o para descansar de su enfermedad. Visitó Kehari para despedirse de los profetas, para decir adiós a su mejor amigo. Sakti llevaba meses preparándolo para que la dejara ir.
—¿Por qué? —le preguntó con la voz entrecortada—. Allena, ¿por qué ahora? Si me dieras más tiempo podría salvarte.
—Ya lo hiciste, Darius. Me diste la respuesta que busqué por tanto tiempo.
Los soldados del Escuadrón Vento lo agarraron de hombros y manos y lo inmovilizaron. Antes de que pudiera reaccionar ya Sakti estaba detrás de Dereck, a salvo de una nueva intervención del profeta.
—No lo lastimen —pidió Sakti—. Mi colaboración depende de la seguridad de él y de sus hijos.
Los soldados asintieron. Comenzaron a arrastrar a Darius hacia el campamento, en donde debía de haber una jaula esperándolo. El profeta se debatió entre ellos; aunque los soldados tenían más fuerza y entrenamiento Darius supo que se los podría quitar de encima. Siempre fue capaz de pelear por los que amaba. Y si los puños eran insuficientes utilizaría la mente.
—Papá, toma esto —lo llamó Connor.
El doctor estaba a unos pasos de él, separado del grupo. Se acercaba al mestizo. Darius vio que Connor llevaba algo en la mano, un arma quizá. Aunque a Connor no le gustaba pelear podía defenderse muy bien con la telequinesia. Juntos podrían derribar a los soldados y salvar a Sakti. Pero para cuando al fin Connor lo alcanzó Darius reparó en que el muchacho se tapaba la nariz con un pañuelo y lo que llevaba en la mano era un rociador. Connor apretó el gatillo. Las gotas cayeron en la cara de Darius.
De inmediato se le adormeció el rostro. Trató de no inspirar pero la mezcla de Connor ya estaba dentro. Le dio comezón en la garganta y tosió. Los oficiales de Vento lo soltaron y también tosieron. Darius no podía creérselo: Connor lo había sedado. Otra vez, como cuando lo dejó atrás en la misión de rescate de Masca. Tosió por última vez, cayó y no se levantó.
—¿De verdad hacía falta? —preguntó Sakti con la frente fruncida.
Connor detuvo a Zoe para que todavía no se acercara a Darius, pues el sedante todavía flotaba en el ambiente. El muchacho miró a la princesa y contestó:
—Ya sabes cómo es papá. No se detiene. Es capaz de perseguirte hasta la torre si cree que con eso puede salvarte. Tal y como me persiguió hasta el Yggrdrasill. —Retiró el brazo y asintió a Zoe. Ya no había peligro de que el sedante la afectara también. La profetiza se inclinó sobre su padre para asegurarse de que no se hubiese golpeado al caer—. Esto es lo mejor.
El doctor miró a los príncipes y oficiales que seguían al Emperador. No le gustó sus expresiones sombrías, asustadas y rencorosas. Si Kardan lo hubiese permitido todos tendrían cadenas, bozales, redes y sedantes para atrapar a Sakti. Eran una turba disfrazada de calma pero no engañaban a nadie. Estaban allí para reclamar un sacrificio.
—¿Les importaría echarse para atrás, por favor? —pidió con amargura—. Quiero despedirme de mi amiga. Y ustedes no están invitados.
Vio la indignación de los príncipes, pero ni a él le importó ni a Kardan le pareció mala idea. El Emperador apartó al grupo y los hizo regresar sobre sus pasos, pero nunca estuvieron demasiado lejos. Tenían miedo de que Sakti escapara. Temían una nueva traición.
A Connor no le gustó que tantos ojos estuviesen todavía pendientes de él, pero ya no pudo contenerse más. Corrió hacia Sakti y la abrazó con todas sus fuerzas.
—Lo siento. Lo siento. Lo siento —lloró.
Era tan malo como todos ellos. No, era peor, porque apoyaba la idea de sacrificar a la mujer que dio un brazo por él, a su propia amiga, a la primera que lo apoyó en su deseo de seguir su propio camino. ¿Cómo podía ser tan malagradecido con ella?
—Está bien.
Sakti levantó la mano y acarició la cabeza del doctor. Se suponía que el gesto debía calmarlo pero lo alteró más porque Connor sintió el cariño de Sakti, su perdón. En verdad no lo odiaba. En verdad lo perdonaba por lanzarla a la muerte. Se preguntó si Sakti quería morir. Esa idea lo asustó. Como su amigo y como su doctor debió haber notado antes que la princesa tuviera planes de morir. Dadas las circunstancias no sabía si debía estar preocupado por la condición mental de Sakti o aliviado de que se tomara tan bien el sacrificio.
—Lo siento —se disculpó de nuevo mientras se separaba—. No creo que pueda perdonarme jamás por coincidir en esto con ese montón de idiotas de allá atrás. Pero... tú ya habías tomado la decisión antes, ¿verdad? Cuando te marchaste del Yggrdrasill.
Sakti asintió. Connor respiró hondo e intentó decirse que sin importar si hubiese estado en contra o ayudado a Darius a salvar a Sakti, la decisión de la princesa estaba tomada antes de que él pudiera hacer nada.
—Tengo algo para ti. —Connor sacó el paquete que llevaba bajo la capa—. Y un mensaje. Él... Él dice que no tengas miedo de saltar. Que no tengas miedo de dejar ir. Él estará ahí para recibirte.
Sakti abrió el paquete en silencio y en silencio miró la bufanda. Connor la halló debajo de la cama, como supo que la encontraría. Sakti no demostró ninguna expresión que pudiese relacionarse al susto, la comprensión o la tristeza; aunque Dereck, detrás de ella, palideció, abrió los ojos como platos y abrió la boca de par en par. Hasta el pelo se le levantó al ver la bufanda que Sakti perdió en un naufragio. La princesa acercó la tela al rostro y la olió. Connor se preguntó si la bufanda olería a Mark después de tantos años. Se preguntó si olería al mensajero después de un viaje entre dimensiones aún más largo que la distancia entre dos estrellas en puntos contrarios del universo. Supo que sí cuando Sakti soltó un suspiro de placer y abrazó la bufanda.
—Gracias, Connor. Ahora puedo hacer cualquier cosa.
Zoe saltó sobre Sakti y la estrechó con fuerza.
—Toma. También tengo algo para ti. —La profetiza pasó una cadena de plata alrededor del cuello de Sakti. El collar de Istar pendió sobre el pecho de la princesa.
—Lo trajiste.
—Ajá. Lo tomé antes de salir de Kehari. Pensé que te gustaría verlo.
Como Sakti solía viajar por su cuenta dejó muchas de sus pertenencias en Kehari. Como la flor de allen que salvó de Masca –y que más tarde sembró con ayuda de Darius cerca de unas rocas en el bosque trasero de La Taberna–, los diarios de Mark y el collar que fue de su madre.
«Pero no es el collar lo que te hace feliz», pensó Connor. Detrás del ángel de plata había un anillo de oro blanco. La primera vez que lo vio, en el desierto, se preguntó quién se lo dio a Sakti. Ahora lo sabía.
—Cuida a tu padre y a tus hermanos por mí, ¿de acuerdo?
Zoe asintió. Tenía los ojos resplandecientes pero contuvo las lágrimas con valentía. Connor la envidió por ser tan fuerte mientras que él no podía contenerse. Las orejas le ardieron cuando Sakti le limpió una mejilla.
—Vete tan rápido como puedas. Aquí corres peligro. Si Kardan incumple su promesa y te atrapan ya no podrás regresar al Yggrdrasill.
—No regresaré al Yggrdrasill, al menos todavía. —Connor tomó la mano de Sakti entre las suyas—. He decidido quedarme con Kardan.
Sakti parpadeó sobre Connor en busca de una respuesta. Miró más allá de sus amigos profetas y buscó el rostro pálido de Kardan. Entonces lo vio: los príncipes, Generales y oficiales estaban juntos. Eran un grupo envuelto en una nube de desconfianza y rencor hacia Sakti, pero Kardan no estaba con ellos. El Emperador estaba erguido a unos pasos, envuelto en un aura más triste y cálida. Era el único que no estaba enfadado con Sakti por el pasado. Era el único que pensaba en el futuro de la princesa.
—Oh —murmuró—. Ya entiendo. Esta es obra tuya. Eres el responsable del cambio de Kardan. —Apretó la mano de Connor una última vez—. ¿Serás su profeta?
—Su Consejero.
—Bien. Entonces dejo todo en tus manos.
—Confía en mí.
Sakti soltó a Connor y asintió a Kardan. El rostro del Emperador se encendió. Avanzó hacia la princesa tan rápido como pudo, pero arrastró los pies en los últimos pasos. Los pies le pesaron como plomo. Kardan clavó la mirada en el suelo.
—Lo siento.
—Está bien.
—He incumplido.
—Está bien.
—Quise darte más tiempo.
—Lo sé.
—Tyr está sincronizada. Significa que los vanirianos llegaron a la torre de la ciudad, donde está el Trono. Y si Zoe tiene razón allí es donde debe cumplirse la Profecía. —Kardan se pasó la lengua por los labios. Sabía que se excusaba patéticamente pero debía hacerlo. Le debía una explicación a Sakti, una justificación satisfactoria a su muerte—. Tyr es compleja de sincronizar, pero si los vanirianos lo consiguieron pueden emplear el código de sincronización más nefasto.
—Autodestrucción —concluyó Sakti por él.
—Autodestrucción —confirmó Kardan—. Sin Tyr no hay promesa de la Profecía. Sería jaque mate. Los vanirianos ganan.
No quiso decirle que todos sospechaban que sin Profecía se quedarían sumidos en un mundo de auténtica oscuridad. ¿Cuánto tiempo más podrían aguantar sin un rayo de sol y con la luna de sangre como único astro en el cielo? ¿Cuánto más podrían soportar en ese mundo trastocado por un tiempo insano que no corría igual para todos? Se preguntó si de verdad Sakti era responsable del desfase del tiempo. Y si así era, ¿lo hacía al propio? Sin y Raziel estaban convencidos de que Sakti los maldijo a todos con ese desbalance y que la única forma de acabar con la maldición era asesinando a la hechicera. Kardan no estaba tan seguro. Aunque Sakti era cruel no arrojaría un embrujo tan nefasto sobre el mundo porque también afectaría a los profetas. Si aceptó la Profecía fue solo por Darius y los chicos. Sakti no se sacrificaba por el mundo, por los Aesir, o por el trato con Kardan. Se sacrificaba por los profetas para salvarlos de la misma Profecía.
Porque mientras hubiese Profecía habría interés por los profetas; y mientras hubiese interés por ellos nuevas desgracias caerían sobre el mestizo y sus hijos. Era una ecuación sencilla de comprender.
—¿Quieres algo? —ofreció a la princesa. Sakti arqueó una ceja.
—¿Te refieres a la última cena?
Fue como un golpe al estómago que le sacó todo el aire. Estuvo a punto de reprochar, de decirle que él no quería sacrificarla, y que si seguía el plan original de su padre era porque no había más remedio.
—Déjalo así —se le adelantó Sakti—. Pronto tendré todo lo que necesito. Ya puedes retirarte.
Kardan asintió y regresó sobre sus pasos. Connor miró a Sakti, indeciso. «¿Vienes?», preguntó con la mirada.
—Después —contestó la princesa—. Espero a alguien.
Connor asintió y ayudó a Zoe a levantar a Darius. Cada uno se pasó un brazo del mestizo por encima de los hombros para llevarlo de regreso al campamento, a una jaula que ya Zoe había preparado para recibirlo. A los soldados del Escuadró Vento los dejaron en el suelo sin ningún remordimiento. Sakti los vio alejarse.
—Podría marcharse —susurró Dereck apenas sin despegar los labios.
—Lo sé.
—Yo la seguiría hasta el fin del mundo.
—Lo sé.
—Pero no se irá.
—No.
—¿Por qué?
Sakti cortó el papel que guardaba la bufanda; la sacó y se la puso alrededor del cuello en busca de calor.
—Porque esto es lo que hago, lo que siempre he hecho. Protejo a los que amo.
Esa era la respuesta que Darius le dio. Era el consuelo al que se aferraba hacia la muerte. Dereck asintió.
Una suave brisa sopló detrás de él, acompañada de un sonido que conocía bien. Se giró para ver a Kael, cuyas plumas se confundían en la oscuridad. El Guardián del desierto tenía ojeras bajo los ojos y una expresión de miseria que Dereck reconoció al instante. Era como mirarse en un espejo.
Sakti miró más allá de Kael, hacia la oscuridad, hasta que al fin distinguió los ojos amarillos del Segundo Dragón. Extendió la mano para recibirlo. Los ojos se hicieron grises y más cercanos. Poco a poco, el Dragón Negro se acercó a la princesa hasta que la mano de Sakti acarició el hocico.
—Sabía que vendrías —susurró—. La lluvia ha dejado de caer.
El hocico se convirtió poco a poco en el rostro de un hombre; el cuerpo musculoso y largo del Dragón se transformó en el de Adad. El príncipe la miró con ojos claros y libres de locura, aunque él sabía, y Sakti también, que era un momento único. En cualquier instante volvería a perder la cabeza.
—No te iba a dejar sola —dudó—. ¿En verdad quieres hacer esto?
Sakti acarició la mejilla de Adad y asintió.
—¿Y tú?
—Tenías razón. No quiero seguir viviendo desdoblado y loco. —Adad tomó la mano de Sakti entre las suyas y la besó—. Pero nuestra muerte debería significar algo, Allena. Si caminamos a la Profecía así como estamos ¿qué lograremos? No tenemos nada que ofrecer. Nuestras almas se han ido.
—Las de Jillian no. El portador del Tercer Dragón y el Dragón Púrpura todavía existen.
—Ya. Y crees que eso es suficiente.
—Es lo único que hay.
Adad asintió porque era lo único que podía hacer.
—¿Cuándo nos iremos?
—Después de dormir.
Caminaron hacia el campamento tomados de la mano. Pasaron por entre los príncipes, almirantes y Generales como si atravesaran una corriente helada en el mar. Los príncipes de las Arenas se cerraron alrededor de ellos para que no dieran vuelta atrás. Mientras tanto, los soldados les abrían espacio para que se adentraran más y más en las profundidades del campamento. Sakti se detuvo cuando alcanzó a Jillian.
El Tercer Dragón estaba clavado en el mismo sitio donde ella lo dejó tras el entierro de Huggin. Estaba apoyado completamente sobre el bastón. Tenía la frente fruncida, los ojos clavados en el suelo.
—Me has ignorado —susurró enojado—. ¿No se te ha ocurrido que quizá tengo miedo? ¿Que eres la única razón por la que hago esto? ¿Qué tal vez...?
—Sé lo que quiero antes de morir. Y sé lo que tú quieres también —lo interrumpió Sakti.
—¿Ah sí? ¿Y qué es? —rezongó Jillian malhumorado.
—Un sueño. Dame una canción y soñaremos juntos.
Jillian se incorporó sobre el bastón y alzó la mirada, perplejo.
—¿Es lo que me ofreces? —preguntó con un hilo de voz. Era difícil saber si estaba tan feliz que apenas podía hablar o si estaba tan disgustado que se esforzaba en no gritar.
—Es lo único que puedo darte.
Jillian aceptó.
Los Tres Dragones avanzaron al último sueño que tendrían en sus vidas.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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