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Capítulo 19

19
DRAGÓN BLANCO

Fue el turno de Sakti. Un día despertó con un hambre atroz y dolor de espalda. A media mañana tenía salpullido y dos horas más tarde ya se asomaban las primeras escamas blancas.
—Es un Dragón. No podemos matarla...
—¿Dónde están sus hermanos? Ellos podrían...
Adad y Marduk no llegaron a apoyarla como ella lo hizo cuando enfrentaron sus transformaciones. Los llamó a gritos ininteligibles para los mortales aunque no para los Dragones. Sus rugidos resonaron en la torre, en Palacio, en Masca entera. En medio de la fiebre y el dolor escuchaba las voces manchadas de los doctores y sacerdotes que se presentaron para enfrentar la última transformación de los Dragones. Pero las voces que más anhelaba, las caricias que más extrañaba y las imágenes oníricas que más necesitaba nunca llegaron.
Adad y Marduk la dejaron sola en el momento más crucial de su vida.
Para cuando todo acabó, Sakti había perdido la voz.
Los doctores se rascaron la cabeza y alzaron los hombros sin saber qué sucedía, porque todo parecía indicar que la transformación salió excelente. La princesa no convaleció por largas semanas como Adad ni se encerró en la torre como Marduk. Para cuando las arcadas de dolor, las escamas, los cuernos y las alas desaparecieron, Sakti resurgió más bella que antes. El cuerpo de muchacha se convirtió en el de mujer y los ojos grises ahora sí parecían perpetuamente de plata. Esos ojos, que desde antes ya sabían clavar a la gente y amenazarla, ahora eran más fríos y severos como si la transformación les hubiese dado mil años de sabiduría y otros tantos de crueldad. Sakti siguió visitando los jardines y las torres de sus hermanos. Pero al mismo tiempo que demostraba ser la más fuerte de los Dragones parecía también una estela a punto de desaparecer.
Todavía se mantenía inflexible en el silencio de las órdenes escritas en libretitas y Dios sabía el miedo que sentían los guardas y sirvientes de molestarla. El que hubiese enfrentado sola la transformación la hacía mucho más fiera y terrorífica que antes. Pero a la vez todos veían que se apagaba lentamente. Había perdido el interés en el color del cielo; no veía los jardines en los que se sentaba a leer; y aunque pasaba largas horas bajo el sol siempre tenía las manos frías y las mejillas sin sonrojar.
La gente empezó a temer. ¿Qué pasaría si de un momento a otro notaba el cielo, las flores y el sol? ¿Qué pasaría si volviera a cantar? Si cuando era niña anhelaban una canción de ella, una carcajada o unas palabras que llenaran de magia el aire, ahora temían que esa voz destruyera el cielo, las flores y el sol.
—Estás molesta conmigo.
Otro anhelo desastroso de caricias y amor. Otra quemadura en la piel ya llena de cicatrices de Adad. Sakti aplicó el ungüento en silencio, con la mirada fija en la nueva herida. El príncipe no se atrevió a mirarla a los ojos y se concentró por completo en las manos ahora más grandes de Sakti, en los dedos que todavía lo tocaban con ternura y suavidad a pesar del dolor que le producía estar allí con él.
—Lamento no haberte acompañado cuando llamaste —se disculpó.
Sakti asintió porque en verdad no había nada que hacer. Podía enfadarse con Adad y Marduk, no volver a verlos y encerrarse en la torre para nunca más salir al aire libre. Pero con eso solo lograría precipitar la locura a la que ya estaba destinada. Quería aplazarlo un poco más, siquiera un poco más.
Adad apoyó la cabeza en el filo de la ventana y miró el cielo despejado desde la torre. Cuando Sakti terminó de vendarlo la agarró de la mano y se la apretó levemente, aunque todavía tenía los ojos fijos en el cielo.
—Cuando eras pequeña te pedí que cuidaras de Marduk, que nunca lo traicionaras. ¿Recuerdas? —Sakti asintió. Una parte de ella temía desde hace años que Adad la descubriera pero ahora tan solo quería salir a la luz. Quedar clara con él. Ser sincera—. Terminaste cuidando de los dos. No se suponía que fuera así. Desde el principio Marduk y yo queríamos cuidar de ti y todo terminó al revés. Lo siento.
Adad se negó a mirarla a los ojos aunque Sakti podía verlos con claridad. El cielo se reflejaba en los irises grises con nitidez, como ya no lo hacía en los ojos de la princesa.
—Su Majestad me ha consultado cuándo será el momento oportuno para que viajemos a la ciudad de hierro, plata y jade. No lo dijo en voz alta pero sé que teme que nos muramos antes de cumplir la Profecía.
Sakti asintió otra vez porque de nuevo no había nada que hacer, aunque en el interior estaba menos que resignada. Se sintió atrapar por una nube oscura y letal. ¿Así era como todo acabaría? ¿Simplemente iría a la ciudad de la Profecía para nunca más volver? Qué antipático. No había nada de emoción, ni siquiera remordimiento. Había llevado una vida tan monótona que ni siquiera sabía si estaba triste por dejarla atrás.
—Le he pedido que espere un poco más. Es cierto que mi tiempo y el de Marduk ya ha pasado. No hay nada que nos quede por hacer o que podamos hacer. De cierta forma la Profecía ya nos ha alcanzado. Pero Allena, tú eres diferente. Todavía tienes un poco más de tiempo y sé que te has esforzado en aprovecharlo. Esfuérzate un poco más. Olvida lo que te pedí de niña. No te preocupes más por mí ni por Marduk. Mientras puedas salir de tu torre, mientras puedas mirar jardines, rozar a la gente y vivir entre ellos, hazlo. Porque entonces tal vez tendrás un voto distinto al mío.
Ignoraba qué tanto sabía Adad de ella y Darius, pero comprendió lo que le decía el príncipe: le daba vía abierta para que aprovechara los últimos meses de su vida. Le pedía que los viviera como él ya no podía hacerlo, aunque eso significase olvidar las promesas hechas cuando eran más jóvenes.
Siguió visitándolo aunque con menos frecuencia. No encontraba en su interior la fuerza para abandonar a Adad aunque tampoco tenía energía para visitarlo como antes. Porque esa fue la última conversación lúcida que tuvo con su hermano. Poco a poco, Adad también se fue apagando. Ya no había sonrisas ni excentricidades. Solo miradas perpetuas al cielo.
—Este es un mundo hermoso —solía decir al mirar hacia la ventana.
Sakti se armaba de valor y lo tocaba con las manos frías en busca de algún pulso de calor. A veces Adad le apretaba la mano. A veces no. Pero siempre entendía la pregunta muda que Sakti hacía con sus caricias:
—No, Allena. No votaré en favor de los aesirianos. Mira lo que nos han hecho. No. El mundo es hermoso pero si quiero salvarlo tengo que condenar a los que lo ponen en peligro. Es mi venganza y mi salvación.
A veces, por las mañanas, Sakti se veía en el espejo, se llevaba una mano a la garganta y movía los labios. Nada. Todo era en vano. Seguía sin cantar, sin hablar, aunque lo anhelaba. Quería volver a ser la niña contenta gracias al calor de sus hermanos. Quería amarlos otra vez sin el resentimiento por haberla abandonado. Quería volver a cantar para ellos pero no podía.
Entonces se preguntaba cuánto tiempo tenía hasta que ella también se encerrara en la torre y el Emperador decidiera montarlos en un carruaje hacia la ciudad de hierro, plata y jade antes de que se murieran de inanición y depresión. Se preguntaba también cuál sería su voto ese día. Todavía no sabía. ¿Cuál era su venganza y su salvación? Ni un «sí» ni un «no» la satisfacían.
—Allena...
Marduk se irguió en la cama. Le puso las manos en la cintura y la atrajo hacia sí. Sakti se dejó hacer, fingiendo que Marduk solo buscaba un abrazo. Fingió que no sentía el calor hambriento de los dedos de él ni que entendió el brillo de los ojos, acentuado por las ojeras profundas. Fingió que no sabía pero sabía.
—Ahora eres una mujer —murmuró al oído de ella—. Ya podemos...
Se inclinó para besarla pero ya ella dejó de fingir. Apartó el rostro y le puso una mano sobre los labios para detenerlo. Marduk la miró sin comprender pero no se encontró con la mirada de ella. Solo vacío.
—Creí que era lo que querías. Lo que me pedías antes. ¿Por qué...?
Sakti negó con la cabeza y se apartó. Ya no tenía palabras para explicarle que era demasiado tarde. Debió haber aprovechado cuando ella se le ofreció y no ahora, cuando la ausencia de Marduk en la transformación abrió una nueva brecha entre los dos. No tenía palabras para explicarle que lo amaba y que eso nunca iba a cambiar, pero que ya no lo deseaba.
Los dedos de Marduk no le ponían la piel de gallina, como los de Darius. Los ojos de Marduk ya no la hechizaban, como los de Darius. Cuando abrazaba a Marduk sentía un cuerpo frágil y delgado que anhelaba proteger. Pero cuando estaba con Darius no sentía nada de esa ternura, sino simple y llana lujuria. Para ella el amor del cuerpo era distinto al amor del alma. No podía ofrecerse de nuevo a Marduk porque, en su retorcida percepción del mundo, amar el cuerpo del Tercer Dragón sería rebajarlo al nivel de aquel cretino.
Así, pues, dejó de visitar a Marduk con la frecuencia con que sí visitaba a Adad. Y cuando visitaba al Tercer Dragón se sentía incómoda, consciente de que la brecha entre los dos se hacía cada vez más grande y que si se miraban, si se tocaban, era por compromiso. Poco a poco la dulzura que hubo entre los dos se hacía cada vez más agria.
En estas circunstancias el hambre por Darius creció. El mestizo era el único vínculo de Sakti con el resto del mundo. Las pocas noticias que recibía del exterior las escuchaba de Darius, que se había acostumbrado a seducirla con recuentos de sus viajes. Darius le ofrecía el mundo tal cual lo veía, sin filtros para una delicada señorita. Le hablaba de las hambrunas en la periferia de Masca; de las matanzas en la región Oeste, que era perpetuamente ocupada por vanirianos; le hablaba de las luchas de poder entre comandantes y almirantes; y también del descontento que crecía cada día hacia el gobierno mascalino. Los aesirianos estaban al borde del abismo y lo único que los podía salvar ahora era el sacrificio de los Dragones. No entendían por qué los tres príncipes de Masca y el desierto no salían ya a cumplir con su destino.
Pero Darius también le hablaba de las bellezas del mundo. De los colores de la Pradera, el hielo en las montañas, la espuma del mar y los arcoíris que se formaban por encima de las brumas del Pantano y que eran solo visibles desde las montañas Ka. Sí, el mundo era hermoso como decía Adad.
Aunque Sakti cedía el cuerpo a las historias de Darius, el mestizo no estaba satisfecho. La princesa se daba cuenta de que él estaba más que complacido con los cambios sufridos tras la transformación: tenía los pechos más grandes, las nalgas mejor definidas y firmes, las piernas más largas... Pero todo eso era el menor de los placeres para él. Desde el principio lo que más le gustaba de Sakti fue su voz y ahora que la mujer se hizo muda se esforzaba el doble, y a veces el triple, en hacerla suspirar o gemir de placer.
Y en eso Sakti no cedía. Darius estaba convencido de que era una artimaña de la princesa, una manera retorcida de privarlo del máximo placer. Sin embargo, Sakti en verdad no podía darle lo que buscaba. No encontraba la voz. Aun así siguió el juego de Darius. La primera vez que el mestizo la tomó en un pasillo ella se dejó hacer, sorprendida por la novedad. También era cierto que encontraba un nuevo placer en los esfuerzos de Darius sin que el mestizo recibiese lo que anhelaba, aunque pronto la irritó que el General le negara también su propia voz.
Darius siguió contándole las historias de sus viajes. Pero cuando se amaban en las sombras de los pasillos o en las sábanas de Sakti, se cuidaba bien de guardar silencio. Así fue como los juegos de mordiscos y aruños apasionados comenzaron entre los dos. Aunque el hambre de sus cuerpos era mutuo, el desprecio se acentuó cada vez más; y así, de una forma más y más retorcida, competían en silencio por ser el que diera mayor placer al otro hasta arrancarle suspiros de gozo.
Un día Sakti descubrió que su alianza con Darius le reportaba más beneficios al General de lo que ella hubiese querido. Leía en un jardín, sumida en el silencio habitual. Dos damas de compañía estaban detrás de ella, tensas y preocupadas aunque bien calladas, como se esperaba de ambas.
—¿La tienes? —escuchó Sakti a la distancia.
Apretó los ojos al tiempo que las sienes empezaban a palpitarle ligeramente. ¿De dónde venía la voz? Seguro que no de sus dominios. Los guardas se cuidaban muy bien de callar mientras estuviesen dentro del alcance del Dragón. ¿O es que acaso la percepción de Sakti se había extendido? Hizo lo único que podía hacer cuando las voces de las personas la tomaban desprevenida: recordó la hoguera de su infancia. Si se imaginaba que el nuevo ofensor ardía también podía soportar mejor el dolor de cabeza.
—Sí —susurró un anciano. Sakti adivinó una sonrisa en la voz ronca y manchada. «Es una trampa», supo la princesa. Se concentró más y más en el fuego de los recuerdos, y menos en las palabras del libro y en el jardín—. La daga maldita de los Tonare.
Hubo un nuevo instante de silencio en que Sakti solo escuchó los gritos lejanos del recuerdo. «Todo está bien», se dijo mientras la palpitación de las sienes disminuía. Luego escuchó:
—¿Estás seguro de que...?
Alguien cayó de rodillas. Sakti luchó por permanecer atada al recuerdo de la hoguera, pero entonces escuchó la voz de Darius y todo fue en vano:
—Esa no es la daga. ¿Crees que soy tan idiota como para dejársela al hombre que me la entregó para matar a mi viejo?
Sakti apartó la mirada vacía del libro. La situó despacio en aquel rincón del pasillo que estaba a oscuras y que por eso fue el sitio perfecto para que ella y Darius se amaran hacía unas noches. Allí había cinco hombres. Sakti divisó a un anciano jorobado envuelto en una capa, un hombre arrodillado y sujeto por dos caballeros de armadura y, desde luego, a Darius. El hombre arrodillado la miraba. Sakti se preparó para escuchar las palabras manchadas de él pero el hombre solo movió los labios. Sakti le estuvo agradecida por ello. Consideró un instante en intervenir hasta que Darius chascó la lengua y dijo:
—Ni te molestes. A ella no le importamos nada. El mundo entero podría arder en llamas y ella lo ignoraría por completo.
No hubo mancha ni ruido. Darius la describió mejor de lo que Sakti habría podido hacer. El mestizo pasó la hoja filosa por debajo del cuello del hombre. Los caballeros soltaron al herido al tiempo que éste caía rodeado de un charco carmesí.
«Conque usa la vía libre que tiene para entrar aquí a terminar sus negocios», pensó Sakti. «Hmm». Daba igual. Como era una mujer lista comprendió que ese debía de ser un hijo de Darius. El mestizo aprovechó la quietud de los dominios de Sakti para matarlo sin la intervención de nadie más. Debía de ser el hijo mayor del mestizo, el que estuvo bajo la tutela del General Montag. «Uno menos para mi apuesta», pensó la princesa mientras regresaba al libro.
Sakti prestaba poca atención a los cotilleos de Palacio porque por lo general le daban dolor de cabeza. Del único que se aseguraba de estar al tanto era de la apuesta de la maldición Tonare. La mayoría de cortesanos creían a pies juntillas que Darius mataría a todos los cachorros que tenía por el momento, pues todavía era joven y fuerte. Podría aniquilarlos antes de que llegaran a la adultez. Creían también que el mestizo caería hasta cuando ya fuese mayor después de que, en algún descuido, engendrara al hijo que lo mataría. Sakti, en cambio, estaba convencida de que los hijos de Darius –el que estuvo bajo el cuidado del General Montag y los dos que estaban bajo la tutela de la princesa Istar– se las arreglarían para matarlo. Darius los concibió cuando todavía era joven e inexperto; en cambio, los años lo hacían cada vez más precavido. Si lograba matar a los tres cachorros nunca más tendría que preocuparse por la maldición Tonare porque estaba dispuesto a no tener más hijos. Por eso Sakti apostaba por los tres cachorros.
Bueno, ya solo le quedaban dos. Sabía con certeza que la chica seguía en el Templo de las Doncellas aunque no sabía más del paradero del mellizo. Debía de ser muy mayor ya como para hacerse pasar por una chica del templo. Seguro que Istar lo había sacado de allí antes de que cambiara de voz y echara barba. No importaba. Alguno de los dos mataría a Darius y todo acabaría. Lo único que Sakti no sabía era quién de los dos moriría primero: ella en el sacrificio de la Profecía o él en el rencor de la maldición que lo perseguía.
Una dama de compañía gritó detrás de ella. El libro resbaló de las manos de Sakti y cayó a sus pies. La princesa se llevó las manos a las orejas y se encogió adolorida.
—Cállate —murmuró la princesa. Su voz fue grave y ronca, muy distinta a como la recordaba.
Se dio cuenta de que era la primera vez en meses que hablaba y no le gustó ni un poco. Sintió que el aire se llenaba de energía oscura. Lo comprobó en la forma en que se encogieron las doncellas y los caballeros que estaban en el pasillo. Lo comprobó también en la palidez de las mujeres y en la forma en que Darius giró el rostro hacia ella, espantado y excitado al mismo tiempo. Sakti volteó el rostro para que él no la mirara porque sentía que los ojos le ardían de lágrimas. No, así no debía ser. La voz de ella no podía mancharse también. No había mentira en ella, pero sí algo tenebroso que le puso la piel de gallina. ¿De quién era culpa que hablara así? ¿De los meses de silencio? ¿Del asesinato que Darius cometió en sus dominios? ¿O del grito de la dama?
—Eres muy ruidosa.
Decidió que era culpa de esa mujer. Sí, ella debió haber guardado silencio como lo hizo la otra dama de compañía. Sus órdenes eran claras: debían callar en todo momento.
Cuando Sakti se levantó del banco de piedra y encaró a las damas, la que guardó silencio cayó de rodillas y se llevó una mano a los labios. «Lista, muy lista», aprobó Sakti. No quería escuchar ni un gemido de parte de ella. Tampoco le gustaba que la doncella la mirase como lo hacía: con los ojos dilatados, excitados y aterrados al mismo tiempo; aunque Sakti supuso que no podía evitarlo. Aunque la voz de la princesa sonó horrible todavía guardaba el poder que tanto anhelaban percibir los aesirianos.
La doncella gritona retrocedía entre jadeos, incapaz de contener el llanto, los gemidos y las palabras. El rostro de ella no guardaba rastro de excitación. Allí solo había horror puro.
—N-no —suplicó—. No, por favor...
Sakti se llevó la mano a la sien. Le dolió tan fuerte la cabeza que por un momento creyó que se desmayaría. Antes de que la dama dijera algo más Sakti extendió la mano y le rozó la nariz. La cara se llenó de surcos brillantes como lava, que bajaron por el cuello y el pecho. La piel se resecó como arcilla. La mujer soltó un grito que no llegó a vibrar en el aire pero sí a soltar humo. Los ojos le estallaron, la cara se le derritió y toda ella se consumió en fuego. Ni siquiera dejó cenizas en el viento.

****

Darius le recorrió el cuerpo con la lengua y las uñas, cada vez más excitado porque podía presentirlo. Al fin Sakti se arqueó y soltó un gemido mientras él arremetía. Le sostuvo los brazos por encima de la cabeza y hundió la cara entre la curva del cuello y la clavícula de ella para escuchar cada vibración dentro del cuerpo de la princesa. Cuando acabaron Sakti se giró de medio lado para no verlo a la cara pero no lo apartó cuando él le rodeó la cintura con un brazo. Darius ronroneaba satisfecho.
—Eres linda cuando no te resistes.
Sakti no dijo nada pero en su interior soltó un bufido de desagrado. No quería ser «linda» para él, porque sabía que le parecía «hermosa» cuando se resistía. Por eso Darius la perseguía con más insistencia. ¡Qué frustrante era haber perdido la apuesta silenciosa de los dos!
El mestizo se apoyó en un codo para mirarla, pero como supo que Sakti lo ignoraría tercamente aceptó ceder. Estiró el brazo para recoger un paquete que dejó al lado de la cama, con la ropa tirada al suelo, y lo colocó frente a Sakti.
—Toma. Es un regalo de despedida.
Sakti miró el paquete envuelto en papel brillante y cintas de colores, al tiempo que Darius se levantaba y vestía. Se sentó en la cama cuando el mestizo apenas se ponía los pantalones y lo miró con una ceja arqueada.
—¿Qué? —preguntó el General de mala manera porque percibió la mirada de Sakti. Entendió la pregunta muda de la princesa aun sin mirarla. Había aprendido a entenderla en los silencios—. ¿No puede un hombre darle un regalo ocasional a su amante?
Sakti le giró los ojos y lo miró con la expresión de «Eres un grandísimo idiota». Él la percibió pero terminó de vestirse sin decir nada más. Cuando se giró por última vez miró a Sakti con expresión terca y huraña.
—Sé que tuve suerte el otro día cuando hice «mi negocio» por aquí cerca. Es solo una ofrenda de paz. Un agradecimiento por tu discreción.
Se quedó de pie delante de ella, todavía huraño, con los brazos pegados al cuerpo. Finalmente se inclinó sobre Sakti y le dio un beso entre los ojos.
—Adiós.
Fue hacia la puerta y allí se quedó un instante, apenas para mirarla por encima del hombro. Sakti ladeó la cabeza y lo despidió con un gesto de la mano. Una vez sola contempló el silencio.
Darius casi nunca se despedía. Por lo general simplemente se iba a las misiones militares sin decirle una palabra que sobraba, pues ella sabía de antemano las fechas de salida y entrada del mestizo.
Miró el paquete de colores y lo meció ligeramente. Fuera lo que fuese estaba bien envuelto y no dejó salir ningún sonido. Sakti puso el regalo en la mesita de noche, dispuesta a botarlo al día siguiente. Darius nunca le había hecho un regalo y ella tampoco le había dado ninguno; no veía la necesidad de empezar a cambiar. Un regalo, pensaba ella, significaba un cambio.
Desde un principio la relación de ambos estuvo basada en el odio y la manipulación mutua. Desde un principio quedó claro que no serían más que amantes. Darius nunca le dio promesas de amor. Si lo hubiese hecho Sakti habría perdido interés en él porque tales promesas habrían sido mentiras; la voz del mestizo se habría manchado entonces. Y ella tampoco le dio votos de fidelidad ni protección. Hasta donde Darius sabía, la relación entre ella y el Tercer Dragón todavía se mantenía estable, Darius era solo un aperitivo ocasional y no el único amante de la princesa.
Pero los días pasaron y el regalo siguió en la mesita de noche. Sakti siguió su rutina sin mayores alteraciones: salía a leer un día, el otro visitaba a Adad, volvía a leer bajo el sol dos días más, y otro día se lo dedicaba a Marduk. Bien pudo haber dejado el regalo en donde estaba porque se había olvidado de él, pero no era cierto. Lo miraba siempre cuando se iba a dormir y también cuando se levantaba.
No le gustaba. Entre más lo veía más enferma se sentía. Era un mal augurio pero no sabía qué hacer con él. ¿Podían los augurios simplemente desecharse en la basura? ¿Con eso bastaría para que la sensación de peligro pasara?
Una mañana no lo soportó más y vomitó. Resolvió esconder el cacharro inútil en lo más profundo del armario, donde ya no pudiera verlo. Así tendría tiempo para pensar en cómo deshacerse de él y de la sensación pesada en las entrañas. Lamentablemente siguió sintiéndose mal. Aunque el regalo ya no estaba a la vista, Sakti todavía lo veía en la mesita de noche. Su ausencia era mucho más notoria que su presencia. Lo notaba más ahora que no estaba.
Las mañanas eran particularmente difíciles. Le costaba levantarse. Le pesaban los pechos y las piernas. A veces solo quería hacerse un ovillo y llorar del cansancio, pero se aguantaba porque se imaginaba a Darius en algún lugar remoto del planeta riéndose de ella. Seguro le dio ese regalo para confundirla y enfermarla y ella era una tonta por pensar tanto en un gesto sin sentido. Se esforzó para seguir adelante con la rutina cotidiana para no perder otra vez ante el mestizo. Creyó que lo lograría hasta un día que visitó a Adad.
El príncipe estaba de nuevo sumado en sus ensoñaciones, mirando el cielo. Había nubes de tormenta y hacía bochorno. Como siempre Sakti lo tomó de la mano para hacerle compañía aunque por lo general el príncipe la ignoraba. Adad solía mirar la ventana durante toda la visita de Sakti y solo muy pocas veces le apretaba la mano como saludo.
Esta vez, sin embargo, el contacto de los dos le dio un chispazo. Sakti se sobresaltó. Por un momento creyó que lo imposible había sucedido: había quemado a su hermano como si fuera una sirvienta más. Como si no fuera un Dragón. Adad, sin embargo, la volvió apretar de la mano y la miró fijamente. Sakti movió los labios: «Adad, suéltame, lo siento, te estoy quemando, suéltame, perdóname, no quise lastimarte, lo siento, no quise, perdón...». Aunque había recuperado la voz solo le salía en muy pocas ocasiones y ahora no podía hablar del puro miedo.
—Allena...
Adad le llevó las manos al rostro. Sakti se encogió y anticipó la sensación de la quemadura. Creyó que sentiría las palmas ardientes llenas de ampollas y sangre, pero solo percibió las cicatrices viejas de Adad. Lo rozó con los dedos pero no lo encontró ninguna herida. No lo había herido. Entonces ¿qué fue ese chispazo?
Adad la miró a los ojos y después recorrió el cuerpo de ella hasta situarse en el abdomen. Los ojos grises de Adad se llenaron de tristeza y acercó a Sakti para abrazarla.
—No sé lo que vas a hacer, pequeña. Pero sea lo que sea estaré aquí para cuando me necesites. Regresaré siempre por ti.
Sakti no comprendió lo que Adad decía pero sintió las garras del mal augurio en el interior. Lo entendió hasta unos días más tarde, cuando llamó a un doctor porque ya no soportaba más el malestar.
El pobre médico terminó convertido en cenizas. Ardió no por el odio o el dolor de Sakti, sino por el miedo de ella. Estaba embarazada.

****

Los días pasaron sin que Sakti pudiera seguir con la rutina usual. Llegó al fin el momento que todos temieron: la princesa se encerró en la torre. Sin embargo, a diferencia de sus hermanos, no se quedaba al lado de la ventana contemplando el cielo ni daba vueltas en una cama. Caminaba por los pasillos a solas, se encerraba en diferentes cuartos y todavía admitía la ayuda de la servidumbre a la hora de comer y tomar el té. Lo que no volvió a admitir fue que la bañaran o vistieran.
Sabía que tarde o temprano alguna dama de compañía se daría cuenta de su estado. Lo que todavía no sabía era qué hacer al respecto: ¿quedarse con el bebé o matarlo? No soportaba la idea de que Marduk descubriera que lo traicionó con otro hombre porque entonces destrozaría el único puente que todavía lo unía a él. Además, si daba a luz a un hijo de Darius ese niño mataría al mestizo o moriría a manos del General. No quería tener un niño maldito, condenado a morir o matar, a odiar y ser odiado por su propio padre.
Luego pensaba en la voz de Darius, en cómo el mestizo era la única persona además de los Dragones cuya voz toleraba. Porque nunca le había mentido. Sí, Sakti y Darius se aborrecían mutuamente pero habían llegado también a necesitarse el uno al otro. Pensó que si la voz de Darius no se había manchado a pesar de todas la sangre que pasó por sus manos, entonces la voz de ese niño tampoco se mancharía. Porque además, si ella lo protegía en Palacio, nunca tendría que convertirse en asesino. Todavía alguno de los mellizos podía encargarse de Darius y liberar así al niño que ella cargaba en el vientre.
Empezó a hacer planes. No podía soportar la idea de confesarse con Marduk pero seguro que Adad la ayudaría. El Segundo Dragón estaba más loco que cuerdo pero todavía la amaba sin contemplaciones. Todavía la apoyaría si ella se lo pedía. Entre los dos podían armar a un grupo de parteras que ayudaran a Sakti cuando la hora llegara; y luego podían matarlas a todas para que no hubiese testigos de la deshonra de Sakti.
Recordó las palabras de Adad: «Mi venganza y mi salvación». A lo mejor ese niño era la venganza y la salvación de Sakti. Venganza a Marduk, por haberla abandonado cuando ella lo necesitaba en la transformación; venganza a Darius, por ser siempre un cretino; venganza al mundo, por darle miles de millones de voces manchadas. Y sería también la salvación de Sakti porque entonces podría escuchar otra voz limpia hasta que al fin llegara el día en que tendría que decidir entre salvar o condenar a los aesirianos. Se le ocurrió que quizá ese niño le ayudaría a encontrar la respuesta.
Antes de que pudiera decidirse entre tener el niño o matarlo, llegó la noticia de la muerte de Darius. La recibió por escrito, de parte de Istar. Al principio creyó que era una burla cruel de su madre.
Ni ella ni Darius jamás pregonaron a los cuatro vientos que tenían un romance; y aunque el mestizo tenía pase libre a los dominios de la princesa siempre que alguien los veía juntos él sencillamente le hablaba de las noticias exteriores. A veces incluso la humillaba con sus observaciones crueles. Nadie en su sano juicio creería que tenían una relación, pues la de ellos no era una relación que tendría una persona cuerda.
Pero quizá el secreto de ambos no estaba tan bien guardado como Sakti sospechó. Quizá alguna de las damas le llegó con el chisme a Istar y ahora la princesa de cabello melocotón buscaba herirla con esa noticia.
Sin embargo, la carta tampoco llevaba carcajadas crueles ni amenazas. Solo reproches. Istar la culpaba de la muerte de Darius. «Si hubieses hecho lo que te pedí», escribía la princesa, «Drake no se habría manchado las manos. No se habría convertido en su padre». La culpaba de que el mellizo varón hubiese sucumbido a la maldición Tonare.
Sakti no supo cómo reaccionar a la noticia. Lo había perdido. Había perdido la voz libre de mancha, los dedos ardientes y hambrientos, su única conexión con el mundo exterior. No amaba a Darius. Pero quizá tampoco lo detestaba tanto como al principio. Quisiera o no, se había acostumbrado a él. Se había convertido en una de las constantes de su vida.
Y ahora ya no estaba. Se había ido. Lo arrancaron del mundo sin que ella pudiera prepararse a su ausencia.
Aunque la muerte de Darius la afligió más de lo que habría sospechado –y más aún de lo que quería admitir– la ayudó a decidirse a tener el niño. Ya el bebé no cargaría con el peso de la maldición y heredaría la voz de su padre. Sí, sería la venganza y la maldición de la princesa.
Qué lástima que cuando ya todo estaba planeado, que cuando ya Adad preparaba desde su torre el ardid y la habitación en donde Sakti podría tener a su cría, Drake y Zoe visitaron a la princesa.
Sakti los recibió en silencio por dos razones. La primera era que los mellizos habían roto con Istar. La princesa les dio la espalda tras la muerte de Darius porque no soportaba que los niños que tanto protegió la traicionaran convirtiéndose en una réplica del padre. Incluso la niña, que estuvo en el Templo de las Doncellas al tiempo que el mellizo apuñalaba a Darius, participó en el asesinato al ayudar a encontrar el lugar y momento precisos con sus poderes de adivina. Quizá por eso Istar la detestaba más a ella que al varón, quien fue el que ejecutó la muerte.
La otra razón por la que los recibió fue porque quería escuchar la voz de Darius en ellos. Así se despediría del mestizo con más que un solo gesto de la mano.
Apenas abrieron la boca supo que se había equivocado. La mancha estaba en ellos, tan clara y potente como en las sirvientas, como en los guardias, como en el Emperador, los doctores y todas aquellas personas que Sakti había visto en la vida.
—Solo vinimos a darle las gracias, Alteza —sonrió Zoe.
Era una mujer preciosa, de ojos zafiro y cabello rubio. Sakti vio que heredó el perfil de la nariz de Darius y la sonrisa desdeñosa, pero no la voz. En las palabras de Zoe se escondía, como un ratón, un rastro de curiosidad malévola.
—Nunca ayudó a nuestro padre a entrar al Templo de las Doncellas. Gracias por habernos dado tiempo de madurar para enfrentarlo.
«No». Sakti apretó los puños sobre el regazo a la vez que descifraba las palabras de la pitonisa. No le daba las gracias con sinceridad, sino con burla y resentimiento. Lo que en realidad decía era «Por su culpa nos hicimos igual que él. Por su culpa ya no podemos quedarnos en el Templo de las Doncellas y el único camino que tenemos es asumir la tarea militar. Por su culpa mi hermano está condenado a morir a manos de sus hijos, y yo estoy condenada a matarlos para que no arranquen a Drake de mi lado. Por usted ya no tenemos ningún lugar al que podamos pertenecer libres de culpa».
—Creo que con eso basta —dijo entonces el varón.
Tenía el mismo perfil de nariz, pero los ojos eran verdes y el cabello rosa. Se parecía más a su hermana que a Darius. Sakti vio con claridad por qué el muchacho pudo hacerse pasar por niña cuando era más joven.
—Lamentamos mucho haberla importunado. Nos iremos ahora —terminó Drake antes de hacer una reverencia.
Sin embargo, su voz dijo otra cosa: «Nunca nos iremos de aquí. Seguiremos con usted, princesa, siempre atentos, siempre pendientes de que caiga por la colina de la maldición que pesa en usted tal y como nos condenó al no haber matado a nuestro padre aunque pudo hacerlo. Pudo salvarnos y no lo hizo. Ahora nosotros, que somos profetas y podemos salvarla también, no lo haremos».
Los mellizos se despidieron y salieron de los aposentos de Sakti antes de que ella pudiera hacer algo. La garganta se le había cerrado con un nudo. Las manos le pesaban tanto que ni siquiera pudo extenderlas para acariciar los rostros de esos jóvenes tan hermosos y convertirlos en estatuas de lava y ceniza.
En el vientre, el niño ardió como si estuviese hecho de las llamas donde ardieron aquellos pajes y aquellas damas. Ardió como si desde ya pecara.


Té.
Istar la abortó por primera vez con un té especial. No se atrevía a preguntarle a Adad cuál era el brebaje porque estaba segura de que su hermano la encerraría en la torre, la alimentaría y bañaría día y noche, y no le permitiría abortar al niño. No dejaría que se pareciera en eso también a Istar. Tampoco podía preguntarle a Marduk porque entonces se pondría en evidencia ante él.
Así, pues, no tuvo más remedio que confiar en una sirvienta común y corriente, de las que limpiaban los pisos de la torre. No se atrevió a consultar a ninguna dama de compañía porque esas eran más ambiciosas e inteligentes; si les preguntaba por un té para abortar pensarían en cómo aprovechar la información para uso personal. En cambio, la sirvienta que eligió era sencilla y tonta. Empequeñecía cada vez que miraba a Sakti en los pasillos. No echaba a correr al verla no por respeto, sino por miedo. Sakti la aterraba más allá de lo indecible y por eso mismo era la única que seguía al pie la imposición de silencio de la princesa Dragón.
En pocas palabras, era la presa perfecta.
La abordó el día en que limpiaba el piso de la alacena. Cerró el pestillo con llave y miró con deleite el horror que se pintaba en la cara de la pobre mujer. La vio también aceptar su destino con resignación, segura de que Sakti la convertiría en una estatua más por algún descuido sin nombre. En cambio se llevó la sorpresa de la vida cuando la princesa sacó una nota y se la entregó.
«¿Conoces un té para abortar?».
La sirvienta releyó la pregunta tres veces y asintió. Bien. Si no hubiese sabido habría tenido que matarla y volver a escoger una secuaz. La sirvienta tomó la nota y, con mano temblorosa, escribió su propio mensaje:
«¿Desea Su Alteza que consiga un poco?».
Sakti tomó el papel y escribió.
«Pasado mañana a primera hora en el salón de estar».
La sirvienta asintió. Sakti también, al tiempo que se ponía el dedo índice sobre los labios para decir lo que era obvio: estaba prohibido hablarle de esto a nadie. La sirvienta volvió a asentir, bajó la cabeza sumisamente e hizo una reverencia. Sakti abandonó la alacena y esperó.
Esperó ese y el día siguiente, pero le pareció que aguardó toda una eternidad.
Estaba en la habitación antes del amanecer. Llevaba un vestido de seda plateada, no porque fuese el que la hacía ver mejor si no porque era de los pocos que no le tallaban la cintura. Todavía estaba a tiempo de abortar porque el niño no le hacía barriga, aunque ella ya comenzaba a sentirse hinchada.
El salón de estar tenía un sinfín de maravillas y comodidades que Sakti no percibía desde hace tiempo. No prestó atención al escritorio bien provisto, a la pared con biblioteca, los pedestales repartidos en el salón con estatuillas, ni el diván con almohadones de seda y terciopelo. Lo que sí notó ahora, en cambio, fue el ventanal. Lo abrió para asomarse al balcón pero no se atrevió a poner un pie afuera. Le tenía miedo al mundo aunque en esa madrugada recibió un regalo de parte de él: el trino de los pájaros. ¿Por qué no se había dado cuenta antes de que los pajarillos no tenían mancha en los trinos? Seguro que los perros, los gatos, los caballos y todos los demás animales solo le transmitirían inocencia y paz porque eran puros, libres de pecado.
Ya entendía por qué Adad quería librar el mundo de los aesirianos. Solo así el mundo se sumiría de nuevo en el estado de pureza que Dios concibió al inicio.
Llamaron a la puerta.
Sakti la abrió en silencio y dejó pasar a la criada, que también avanzó como brisa muda. No hizo ningún ruido al hacerle la reverencia de rigor ni al darle el paquete.
La princesa abrió el sobre y sacó hojas y flores secas. «Bien», aprobó. «Es casero. No lo consiguió en una farmacia». Así no habría testigos lejanos. Tal vez la sirvienta no era tan tonta después de todo.
Sakti colocó el sobre en el escritorio y tomó un bloc de notas, en el que apuntó una pregunta: «¿Segura que funciona?». La sirvienta asintió y escribió su mensaje en una libretita que llevaba en el delantal: «Pero úselo con cuidado. Sé de mujeres que han muerto al abusar del té».
La sirvienta hizo una reverencia y fue hacia la puerta a toda prisa. Sakti la vio temblar de pies a cabeza. Se preparó para escuchar el gemido de temor de la mujer y con eso tener un buen dolor de cabeza. Pero cuando la agarró del brazo, la sirvienta se mordió los labios y quedó callada. La miró espantada pero siguió guardando silencio.
—¿Se lo has dicho a alguien? —preguntó Sakti.
Otra vez escuchó la fealdad de su voz, mezclada con los destellos de poder hipnóticos que Darius tanto procuró escuchar. La garganta le dolió por el esfuerzo. ¿Cuánto tiempo llevaba ya sin pronunciar palabra?
—Habla —ordenó después de que la sirvienta cayera arrodillada por la voz de Sakti y la princesa tuviera que levantarla una vez más.
Cerró la puerta y acorraló a la criada contra la pared. La sirvienta movió los labios. Aunque Sakti los leyó sin problemas le apretó el cuello con ambas manos. Apretó, apretó y apretó, y soltó solo cuando vio que la comprensión se prendió en los ojos de la sirvienta: Sakti quería palabras pronunciadas, no escritas ni moduladas. Por primera vez admitiría la voz de otra persona.
—A nadie, Alteza —respondió una vez que recuperó el aire—. ¡No le he dicho a nadie!
—Mentirosa.
Sakti la volvió a agarrar del cuello y la levantó hasta despegarle los pies del suelo.
—¡No le he dicho a nadie, Alteza! —lloró la criada en una de las pausas que Sakti le permitía para que respirara—. ¡Lo juro!
Ah, sí era tonta después de todo. Sakti no podía creer que tuviera que gastar más saliva en explicarle la situación a esa cabeza de chorlito.
—Mientes. Escucho las mentiras. Por eso me gusta el silencio.
Apretó más hasta que el rostro de la sirvienta se puso morado. La soltó y dejó caer a sus pies. La sirvienta se arrastró para escapar, pero a Sakti le bastó con patearla en el vientre para que comprendiera que no tenía escapatoria. La patada fue tan fuerte que la lanzó hacia la biblioteca. La criada cayó de medio lado. Algunos libros cayeron sobre ella al tiempo que Sakti se sentaba en el diván y cruzaba una pierna sobre la otra. Ahí se quedó, ahora muda, con una advertencia clara en los ojos: «Dime la verdad. Sabes lo que pasará si no lo haces».
La mujer al fin confesó que le contó a su hermana menor. Insistió en que la niña era inofensiva y no diría nada a nadie. Sakti le creyó. Ya no había mancha de mentira en la voz de la mujer, solo puro miedo.
Cuando la criada escribió un nuevo mensaje y le pidió permiso a Sakti para retirarse, la princesa no supo si reír o llorar. De verdad que esa mujer era una idiota. La miró con frialdad y negó con la cabeza.
El rostro de la criada entonces cambió. Todavía estaba allí el espanto pero también una nueva determinación por vivir. Se levantó de un salto, corrió hacia la puerta y la abrió a toda velocidad...
... Solo para que Sakti la agarrara otra vez del brazo, la arrinconara contra la pared y le pusiera el índice sobre la nariz. Otra estatua de ceniza y lava aulló humo ante la princesa.
Sakti cerró la puerta con un chasquido. El silencio regresó a la habitación. Ya ni siquiera los pájaros trinaban desde el jardín.
Sacó la tetera de un cajón del escritorio y la calentó con las manos. La tetera ardió con la marca de los dedos y las palmas de Sakti, igual que cuando las criadas tocaban a Adad y lo quemaban.
Se sirvió una taza de té y se levantó con ella entre las manos. El viento que se colaba por el ventanal le lanzaba el vapor a la cara. Sakti lo olió: era amargo como el sabor que tenía en la boca. Una vez que lo bebiera ya no podría deshacer lo hecho. Una vez que lo bebiera desharía la última marca que Darius dejó en su cuerpo.
Era lo que quería, ¿no? ¿Entonces por qué dudaba? Ya había escuchado las voces sucias de los mellizos. El que fueran hijos de Darius no los salvó del pecado que manchaba sus palabras. Así, pues, era probable que el niño siguiera los pasos de sus hermanos mayores y algún día lastimara a su propia madre con una sola palabra. Sakti no se creía capaz de soportarlo. Pero entonces... ¿por qué todavía dudaba?
«El mundo es hermoso», solía repetir Adad mientras veía a través de la ventana. Sakti también miró. ¿Y si le daba a ese niño la oportunidad de mirar el mundo con los ojos de Adad, los sueños de Marduk y las canciones de ella? ¿Y si...?
Se petrificó delante de la ventana. Se había colocado en un sitio donde el cristal no estaba corrido, para que así las cortinas no la tocaran ni se llenaran de té por accidente. Vio alguien detrás de ella, alguien espantosamente familiar.
Se giró en busca de Darius pero el mestizo no estaba allí con ella. Otra vez miró en la ventana y de nuevo vio el reflejo de Darius.
Pero no, no era Darius. Se le parecía terriblemente pero no tenía los ojos mestizos ni crueles, ni la sonrisa desdeñosa, ni los gestos seductivos del General. Ah, solo había pureza en él.
El ventanal estalló en mil pedazos.
En lugar de la paz que Sakti creyó encontrar en esa pureza, solo encontró terror. Porque se dio cuenta de que jamás podría dar a luz a algo tan bello y limpio. Ella, que tenía las manos manchadas de ceniza y lava. Ella, que había traicionado al hermano amante que le depararon al inicio de la existencia. Ella, a la que le habían dado la espalda incluso sus iguales... ¿Cómo podría ella alumbrar al ser que sería su venganza pero sobre todo su salvación?
—¡No puedes perseguirme! —aulló—. ¡No nacerás!
Se tomó la taza hirviente a gorgor. Se sirvió otra más, y otra, y otra, y otra... Se las tomó todas, cada vez más desesperada, cada vez más quemada, cada vez más asustada.
Hasta que por fin no escuchó ni siquiera sus propios sollozos.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina
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