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Capítulo 11

11
COLAPSO

El cañón disparó sobre ellos.
Había esperado, deseado incluso, que la negrura de Munnin engañara a los radares. Hasta la noche misma creería que el plumaje oscuro del cuervo formaba parte de ella. Mientras ascendían Sigfrid tuvo la sensación de que levitaba por su cuenta, pues no podía distinguir a Munnin del aire. Solo el calor y la contextura firme del cuerpo le insistían en que estaba ahí.
Luego el cañón disparó.
Sigfrid percibió la vibración en el aire antes que el sonido, incluso un instante antes que la luz. Ese instante bastó para que estirara la mano hacia la base del castillo, apuntara con la ballesta y jalara el gatillo.
El cuerpo de Munnin desapareció debajo de él. Sigfrid ascendió como un grito del aire. La luz del cañón pasó al lado, alumbró la noche y retumbó como un trueno en el firmamento. Después nada.
Aunque tenía los ojos cerrados todavía veía el resplandor del disparo a través de los párpados. Quedó suspendido a la base del castillo flotante durante quién sabe cuánto tiempo, esperando a recuperar la vista y asimilar lo que acababa de suceder.
Abrió los ojos. Desde allí veía las murallas resplandecientes de Tyr a un lado y las luces titilantes de los campamentos militares aesirianos al otro extremo. De este último sitio le llegó la estampida de los caballos. Ya los soldados se habían lanzado al ataque, confiados en que el General detendría la segunda detonación letal antes de que el cañón estuviese cargado.
De momento tanto Tyr como el campamento militar estaban a salvo de la detonación y separadas por una brecha de oscuridad. Sigfrid entrecerró los ojos sobre esa brecha, en busca del agujero que el cañón debió de haber creado a un lado del muro de la ciudad. Fue en esa brecha donde Enlil lideró muchas expediciones y combates contra las tropas vanirianas que resguardaban el terreno, aunque ahora ya no había nada de movimiento ni había rastros de la pelea. Ni siquiera se adivinaba el contorno de alguna espada o hacha olvidadas en combate. Tanto los vanirianos como los aesirianos abandonaron el sitio cuando los guerreros del Yggrdrasill solicitaron una breve tregua para comunicar sus intenciones a ambas partes.
¿Era ahí donde estaban los restos de Munnin? No. Del cuervo ya no quedaban ni cenizas. Esta vez Munnin recibió el impacto de lleno para que no quedara nada de él que tentara a Sigfrid a regresar. El General miró el aire oscuro en donde él y su cuervo estuvieron juntos por última vez. Buscó en sí rastros de Munnin, pues se suponía que compartían alma. Pero dentro de sí lo único que sintió fue vacío. «Lo lamento, Munnin. No tenías sitio a dónde regresar porque ya no queda nada dentro de mí».
Levantó la mirada. El cañón todavía resplandecía por el disparo con un fulgor naranja que se desvanecía lentamente. Era como una espada en la fragua durante el temple, cuando los martilleos le dan la forma. Los contornos del castillo flotante se perdían otra vez en las tinieblas.
Sigfrid apretó nuevamente el gatillo. El carrete, a la derecha de su cintura, se inclinó hacia abajo a la vez que la cuerda metálica se enrollaba dentro y subía a Sigfrid hasta el sitio donde la flecha se clavó. El General se detuvo a unos metros de llegar a la base perforada. Localizó el hangar elegido para el abordaje; se balanceó en el vacío para tomar impulso y aterrizó en el hangar con el retumbo de su peso.
Dentro, el castillo también era pura tiniebla. No hubo luces que se encendieran con su presencia mágica pero el hangar tampoco estaba deshabitado. Aunque en la oscuridad apenas pudo verlos, Sigfrid olió a los vanirianos. Escuchó venir a los primeros dos guardas y los derribó con un tajo que desparramó las vísceras por el suelo. Era el estreno de la espada de Istar. Sigfrid olió la sangre y, más importante aún, el miedo. Los otros dos guardias se lanzaron contra él, tan ciegos en la noche como el General, pero con la sospecha de a quién enfrentaban. Sigfrid también los cortó antes de que dieran la voz de alerta.
«No que importe mucho», pensó mientras avanzaba con sus pasos de dios por los pasillos oscuros hacia el centro de comando, guiado por la vibración mágica de las paredes. «En todo caso terminaré antes de que sepan que he comenzado».

****

La detonación levantó una nube de polvo que se expandió desde las barracas hasta el campamento militar y todavía más allá de él, justo donde los guerreros y soportes médicos neutrales se habían apostado a esperar la batalla. Aunque estaba muy oscuro veían el polvazal gracias a las antorchas del ejército aesiriano mientras los guerreros cabalgaban hacia Tyr. El polvo se tragó las flamas, las hizo temblar y las ocultó con un velo difuso.
Los más avispados del campamento neutral se cubrieron la boca y la nariz con el pañuelo blanco que se habían atado al cuello como identificación de su neutralidad. Para cuando la onda de la detonación al fin los alcanzó la mayoría ya estaba preparada para el polvo, aunque siempre estaban los más descuidados que no tomaron precauciones a tiempo. Al polvo se unieron las toses de los desprevenidos.
—El primer castillo volará con el cañón el muro del lado oeste —dijo Zoe con la vista fija en las manos que sostenían las riendas del caballo—. Por ahí entrarán las tropas. Luego el castillo embestirá otra nave. Las dos caerán también al oeste y abrirán otra sección del muro de Tyr, aunque caerán lejos de la primera nave derribada. —La profetiza hizo una pausa para que los líderes de cada escuadrón médico se concentraran en ella y no en el galope de los corceles que corrían hacia Tyr—. Entren por la primera brecha pero no pierdan tiempo en la segunda. No habrá sobrevivientes a quienes puedan ayudar.
—Pero quizá... —empezó a decir un kredoa.
—No. No habrá sobrevivientes.
Zoe levantó la mirada y posó los ojos celestes fosforescentes sobre el rostro peludo del kredoa. El vaniriano se sobresaltó y miró a sus compañeros. Los vanirianos le devolvieron la mirada pero no así los aesirianos o los humanos, porque ellos no podían verlo mientras tuviera el hechizo de invisibilidad. En cambio la profetiza lo atravesaba con la mirada y lo veía más allá de ese instante en el presente. Lo miraba en todos los instantes de su vida.
—Los aesirianos van a ganar esta batalla. Los vanirianos no tienen oportunidad. Los guerreros del Ejército de Aesir los aplastarán.
—El campamento neutral no toma partido —la amonestó un titán.
—No le hago porras a ninguno de los dos bandos. Solo digo lo que va a pasar. —Zoe acarició la crin de su caballo pardo, que comenzaba a agitarse por el galope de sus primos equinos a la distancia—. Repito: no vayan a la segunda brecha. No encontrarán a nadie. Solo perderán tiempo.
El silencio cayó sobre los líderes de escuadrón y también sobre los doctores y guerreros que estaban un poco más atrás, listos para entrar apenas se diera la señal. Todos miraron el cielo. A pesar de las tinieblas podían adivinar los contornos de las naves aéreas. Eran grandes. Si estaban llenas de soldados muchos morirían en cuanto tocaran suelo; quizá antes si es que los motores estallaban.
—Nadie irá al segundo impacto —dijo por fin Connor.
Aunque él no entraría a combate también montaba a caballo. Estaba al lado de Zoe, pues llegaría a los campamentos cedidos por Kardan a un ritmo más lento que los demás doctores; su hermana lo cuidaría mientras cabalgaban para que no se cansara en exceso.
—Todos entrarán por la primera brecha y saldrán de ella con los heridos. No podemos darnos el lujo de perder tiempo ni manos que ayuden a los heridos. ¿Entendido?
—Entendido —respondieron todos con tristeza.
Querían ayudar. Habían aprendido a tender una mano incluso en las situaciones más improbables, como la segunda y fatídica caída profetizada por Zoe. Pero aceptaron la indicación de Connor porque percibieron la angustia del joven doctor, lo mucho que él mismo quería asegurarse de que ni un vaniriano agonizara solo en los escombros de las naves, y en lo terrible que era decidir el bien mayor en base a las predicciones de su hermana. Respetaban lo mucho que le dolía tomar esa decisión y la confianza con que se entregaba a que era lo correcto.
—¿Y qué pasa con la última nave? —preguntó el doctor—. ¿La que está dentro de Tyr?
Ese era un secreto militar vaniriano que los del campamento neutral se cuidaron de guardar. La comitiva que entró a terreno vaniriano para explicar la intención de atender a los heridos descubrió una cuarta nave que flotaba dentro de Tyr. Las tres naves que orbitaban a las afueras de la muralla estaban situadas de tal manera que escondían el perfil de la cuarta nave a los aesirianos que sitiaban la ciudad. Por eso las tres también levitaban con el mínimo de energía: si no emitían luz, la noche eterna se encargaría de envolver por completo a la cuarta nave para protegerla de las miradas y planes aesirianos. Esa era la carta bajo la manga de los vanirianos. Las tropas del Emperador Kardan marchaban a Tyr sin sospechar que había un cuarto cañón listo para recibirlos.
Al enterarse de la cuarta nave, Connor tuvo un acceso de angustia. Como Consejero de Kardan era su deber advertirlo. Pero como líder del campamento neutral su deber estaba en guardar silencio. El campamento neutral no toma partido. Él mismo instauró esa regla y debía respetarla.
—También caerá —dijo Zoe. De repente rompió el monólogo neutro con un tono verdaderamente asqueado y nada neutral—. Ese maldito de Sigfrid la descubrirá antes de que los vanirianos puedan hacer verdadero daño.
—Ejem —tosió el titán que la amonestó antes—. No tomamos partido —lo dijo en un tono que expresaba que referirse a un General como «maldito» era signo claro de falta de neutralidad. Zoe no le hizo mucho caso y tampoco ninguno de los presentes, pues Sigfrid no era santo de la devoción de nadie en ese grupo.
—La nave caerá y los vanirianos no podrán hacer tanto daño como planearon. Serán derrotados. Pero igual lucharán hasta el final con dientes y uñas. Aunque perderán no hay que desechar la ferocidad de su ataque.
Zoe apretó los costados del caballo para que avanzara unos pasos. Luego lo hizo girar para quedar frente a los líderes y a los escuadrones de rescate médico para decirles:
—Pueden ir a esa nave a buscar sobrevivientes, pero no se adentren al corazón del castillo. Allí no hay nadie a quien puedan ayudar. Y cuando la nave empiece a desmoronarse, a caer en pedazos rodeados de fuego de hielo, salgan de ahí. Las flamas azules no son para ustedes. Ni siquiera para los aesirianos.
El cielo se iluminó otra vez al borde de Tyr. El retumbo siguió a la luz: el primer castillo flotante se había ladeado y el cañón de la base disparó contra la muralla del lado oeste. El golpe también impactó un lado de la nave más cercana a la primera. Aunque el castillo atacado estaba casi intacto, el golpe lo empujó hacia la muralla rota, abriendo aún más la brecha por donde entrarían las tropas aesirianas.
Los escombros ardientes destacaron en la oscuridad porque la sección rota de la muralla se ennegreció; ya no brillaba como jades en llamas; tan solo era un trozo más de mármol.
—¡Vamos, vamos, vamos! —urgió Connor.
Los aesirianos lograron el primer paso de la misión: entrar a Tyr sin recibir el impacto del cañón. Pero la caída de la nave significaba que había vanirianos heridos de gravedad o ya muertos; eso sin contar a los guerreros aesirianos que iban al frente de la marcha. Aunque tomasen precauciones para evitar que los escombros les cayeran encima había muy poco que hacer contra la onda de polvo y fuerza creada por la caída de una estructura tan grande. Entre más pronto entraran los doctores neutrales a batalla, más vidas podrían salvar.
Zoe se estiró para agarrar la rienda de Connor antes de que el doctor saliera a toda prisa con los escuadrones médicos. Connor hizo un puchero y ahogó el reproche, porque prometió comportarse a cambio de que lo dejaran ir al campamento de recuperación. Ahí podría ayudar con menos riesgos, aunque no tanto como le hubiese gustado.
—¿Para quién son las llamas de la cuarta nave? —preguntó a su hermana mientras veían los equipos neutrales: unos reclamaban los campamentos aesirianos para convertirlos en modestos hospitales mientras que otros entraban a la nube de polvo y a la ciudad en busca de heridos.
—Para las reinas —contestó Zoe en un susurro.
Miraron en silencio a la tercera nave, que se dirigía presurosa al castillo secuestrado para derribarlo sobre las filas aesirianas que todavía entraban a Tyr. Y miraron también cómo este castillo iba al encuentro del enemigo a toda marcha, con la clara intención de embestirlo. Justo como Zoe predijo. Lo que no vieron fue al grupo de jinetes que cabalgaba al sitio donde pronto se daría el segundo impacto vaniriano, sin obedecer las indicaciones de la profetiza.

****

El hombre en la pared todavía se movía. Sigfrid apretó más fuerte la espada, confiado en que entre más profunda la herida más rápida sería la muerte. Pero el hombre aún respiraba. En la oscuridad era imposible saber si se trataba de un vaniriano ordinario o un kredoa. Podía ajustar la visión para saberlo pero decidió que sería una pérdida de tiempo. Los enemigos no merecían tener nombre ni rostro en la memoria del General. Solo podían convertirse en una pila de cuerpos desechos y sangre esparcida.
—No podrá detenerlo —dijo el hombre sin nombre ni tumba—. Los cañones dispararán sobre esas moscas.
Sigfrid no se dignó a responder. Apretó la empuñadura, esta vez para sacar la espada en lugar de incrustarla más, pero la tenía bien clavada en la pared. Mientras la espada bloqueara la herida y limitara la pérdida de sangre, el hombre aun tardaría otro buen rato en morir. No importaba. Sigfrid recuperaría el último regalo de Istar después de acabado el trabajo.
Se inclinó sobre el panel de control. No era un gran técnico ni conocedor de la tecnología del Esplendor, pero sabía suficiente para iniciar el proceso de sincronización. Siguió la combinación de teclas y botones que los arqueólogos usaban en las viajes estructuras del desierto. Una pantalla de luz se prendió delante de él.
—Um —ronroneó—. Esto es interesante.
El vaniriano chupó los dientes desde la pared. La información desplegada incluía los datos de todas las naves de ataque a Tyr, incluida la cuarta.
—Conque un nido de abejas reina, ¿eh? —musitó Sigfrid mientras leía los detalles de la nave que esperaba en el centro de la ciudad.
Era maravilloso. Tenía un nuevo motivo para sobrevivir a la caída de las naves. Su nueva misión era aniquilar el nido vaniriano y exterminar a las cucarachas gigantes antes de que cayeran sobre Tyr y las tropas que reclamaban la ciudad.
—No hay nada que pueda hacer —le repitió el hombre clavado en la pared, pero más débil que antes. Sus palabras sonaron líquidas y olieron a sangre.
—Lo puedo hacer todo —respondió el General mientras se adentraba al centro de comando, al agujero donde solían conectarse los príncipes con los cables de sincronización.
El vaniriano musitó unas palabras ininteligibles aunque Sigfrid supo lo que quería decir: solo un Aesir podía sincronizarse y sabotear las naves.
Desajustó las correas de la armadura. La coraza dorada de pecho y hombro derecho cayó con un estruendo. La siguió el espaldar, el guardabrazo y la escarcela, que cayeron uno tras otro tras los pasos del General. El resto de la armadura estaba destinado a sufrir la voracidad de los cables de sincronización porque Sigfrid no tenía tiempo para quitársela.
Los cables cayeron sobre él apenas puso un pie en el centro de comando. Atravesaron los brazos, el pecho, la espalda y la cadera, perforando piel y metal ahí donde lo hubiera.
«Proceso de sincronización...» retumbó la voz de Sigfrid desde las paredes, en el aire, en el suelo, ¡en todo lo que lo rodeaba!, «... iniciado».
La nave se ladeó tan de repente que el castillo entero rechinó. En las sombras de los niveles ignorados por Sigfrid se escucharon los chillidos de sorpresa de los vanirianos que todavía ni se habían dado cuenta de que fueron abordados. Los cadáveres de los técnicos, que yacían en el suelo, resbalaron hacia el lado donde la nave se inclinaba. Los cuerpos extendieron una mancha que aunque no se veía en la oscuridad olía a hierro y desesperación.
—¡Ja, ja, ja, ja! —carcajeó el vaniriano clavado a la pared. Bien sabía que sería su última risa así que empleó todas sus fuerzas en ella—. ¡Lo dije! ¡No hay nada que pueda hacer! ¡Solo un Aesir puede sabotear las naves!
Los cables de sincronización rodearon a Sigfrid en un capullo feroz. Los hilos alumbraron como una estrella única en el cielo.
«Cañón cargado», anunció la voz de Sigfrid. El vaniriano cortó la carcajada y frunció las cejas. ¿Cañón cargado? ¿Cómo? Desde que los castillos flotantes se quedaron sin Aesir –ya fuese porque fueron rescatados o porque murieron achicharrados– necesitaban días enteros para cargar los cañones. Tenía que ser un error. Un cortocircuito provocado por una sincronización forzada. Y aun si no fuese un error, aun si el Demonio Montag hubiese logrado otro movimiento imposible a favor del Imperio, ¿qué importaba? La base del cañón solo podía disparar hacia una dirección: hacia abajo, hacia las tropas aesirianas que marchaban a toda prisa rumbo a Tyr. Eso sin mencionar que había otras dos naves todavía bajo dominio vaniriano listas para borrar del mapa a los enemigos.
«Blanco fijo», avisó Sigfrid a la vez que la nave quedaba suspendida en un ángulo imposible de mantener por mucho tiempo. Los motores rugían por el esfuerzo. Los cuerpos estaban apiñados en un rincón, entre lo que debía de ser el suelo y la pared. El vaniriano clavado todavía estaba fijo en su lugar, como una mariposa enmarcada. Desde allí vio, por entre los cables de luz, un par de ojos aún más brillantes. Eran plateados azulados o azules plateados. No lo sabía con certeza. Lo único que supo fue que eran ojos burlones y crueles que le lanzaban una pregunta mordaz.
«¿Ves? Dije que lo puedo hacer todo».
El retumbo del cañón sacudió cada fibra del vaniriano y todas las columnas del castillo flotante.
Las luces empezaron a apagarse. El vaniriano intentó gritar, preguntar a Sigfrid cómo logró la sincronización si era un Montag y no un Aesir; pero los cables de luz se desvanecían y las tinieblas volvían a reinar en el recinto. No llegó a entender que el que se apagaba, el que se moría, era él mientras que Sigfrid todavía brillaba envuelto en el capullo de luz.

****

El disparo rasgó la noche como si fuese un cuchillo de luna. Fue luz pura, plateada y letal. Pegó de lleno en lo alto de la muralla y la hizo estallar en trozos gigantes de jade que se convirtieron en puños de oscuridad. «No será suficiente», pensó Dereck. Aunque el disparo fue poderoso apenas rozó el tope de la muralla; pero la base, por donde debían entrar las tropas, todavía estaba entera.
Para empeorarlo todo el ronroneo de la segunda nave se hacía cada vez más fuerte. La segunda nave todavía tenía un cañón cargado. Dereck levantó la mirada a tiempo para ver que el punto de luz se prendía en la base.
—¡Alto, hay que devolvernos! —rugió para hacerse escuchar por encima de la estampida, los gritos de los soldados y el motor en el cielo.
—¡No! ¡Mira bien! —lo urgió Sakti.
La segunda nave se dirigía a toda prisa hacia la muralla. El disparo del castillo abordado por Sigfrid le dio en un costado y la empujó hacia Tyr. El cañón disparó pero falló el tiro; en lugar de caer sobre los aesirianos pegó en la base de la muralla. Los escombros cayeron en cascada.
—¡Aquí viene! —canturreó Adad poco antes de que la ola de polvo los engullera.
El polvo era denso y oscuro, aún más que el del primer polvazal levantado por la nave abordada por Sigfrid. Las antorchas más cercanas temblaron en el aire y se apagaron. Todo era oscuridad y ruido. «Treinta metros», pensó Dereck, inclinado sobre el caballo y agarrado a las riendas con fuerza. «Las murallas solo tienen un grosor de treinta metros. Solo un poco más y habremos cruzado». Pero se le hicieron los treinta metros más largos de la vida. En la oscuridad no sabía por dónde avanzaba. Aunque imaginaba el camino lleno de escombros no sabía con certeza en dónde estaban. Su caballo bien podría quebrarse una pata si daba un mal paso y entonces todos los demás caballos les pasarían por encima a ambos. O más trozos muertos de la muralla podían caerles encima en cualquier momento y no los verían llegar, solo los escucharían. ¿Y Sakti? ¿Y Adad y Jillian? ¿Seguían con él? ¿Cabalgaban a su lado? No podía verlos, no podía escucharlos. El pánico le subió por la garganta.
Tomó aire para llamar a Sakti justo cuando salieron de la nube de polvo. Si antes solo hubo oscuridad ahora había luz. El interior de Tyr resplandecía de verde. Dereck contuvo la respiración. No era la primera vez que visitaba la capital de Norte pero lo sentía así. Lo primero que vio fue la alta torre de Tyr, con sus espirales de hierro, plata y jade. Detrás de la torre vio las secciones residencial y comercial de la ciudad. A la distancia le parecieron casas de muñecas. ¿Estarían los ciudadanos viendo la batalla desde los porches, las terrazas o los balcones? ¿O los vanirianos los mataron a todos cuando reclamaron la ciudad?
Delante de la torre vio motas de colores. Fucsia, amarillo, azul y púrpura. Eran diminutas, casi una ilusión, pero Dereck pudo oler las flores a la distancia. Podría darse por satisfecho si llegaba a ellas, si podía tomar unas cuantas y ofrecérselas a Sakti antes de encerrarla en esa torre. Así Sakti podría llevarse un rastro de la belleza de Tyr, porque al menos la ciudad era bella. A pesar de las murallas rotas, del polvo que flotaba detrás de la tropa y de la oscuridad densa que cubría el cielo, la ciudad resplandecía con la majestuosidad de las plazas de combate, las casitas de muñeca, la pradera aún floreada y la columna que acariciaba el cielo. Dereck no podía asegurar que la tumba que esperaba a Sakti fuera acogedora pero al menos le alegraba que Tyr tuviera la belleza justa para despedir a la princesa.
—¡ATENCIÓN! —gritó un soldado en medio de la tropa.
Un golpe levantó en el aire a la docena de oficiales con sus respectivos caballos que iban delante del grupo de Dereck. Fue entonces cuando vieron a los hijos de Vanir, gigantescos y robustos como pilares. Dereck apretó los dientes. Aunque Enlil, Sigurd, los príncipes de las Arenas y un buen puñado de los soldados del Ejército de Aesir se adentraron antes que ellos para limpiarles el terreno todavía había enemigos listos para derribarlos.
Los hijos de Vanir sobresalían de entre todos. Estaban rodeados de titanes que les machacaban las piernas con los movimientos sincronizados de las espadas; o tenían chalecos y cadenas de arena invocadas por los príncipes de las Arenas; o se debatían de un lado a otro para quitarse de encima a los guerreros voraces que se transformaron para derribarlos a punta de mordiscos.
Había otros vanirianos en combate, en especial groliens, que se habían acomodado como un escudo para evitar el paso de los aesirianos. Dereck no podía asegurarlo pero le parecía que los golpes de los vanirianos eran poco contundentes, apenas algo más para noquear a los aesirianos y detenerlos. Y aunque sí había soldados que evitaban destajar a los groliens –Dereck sospechaba que era gracias a la experiencia vivida en el campamento neutral– muchos aesirianos atacaban a matar. Debían de ser los oficiales del Ejército de Aesir, soldados entrenados en las Academias Militares por tener una potencia mágica superior al promedio. Para ellos esta batalla era la culminación de todos los años de entrenamiento y servicio; el evento para el cual se prepararon toda su vida; una especie de graduación de la academia.
Miró detrás de sí para asegurarse de que Sakti lo seguía. La princesa y los otros dos Dragones avanzaban inclinados sobre los caballos, con la vista fija en la torre, rodeados por al menos cincuenta soldados que se asegurarían tanto de protegerlos como de forzarlos a avanzar si alguno daba muestras de retroceder en el último instante. Dereck estaba a cargo de los oficiales. Su tarea era garantizar que los Dragones llegaran sanos y salvos a la torre. El Guardián miró por encima de él: Kael volaba con los ojos fijos al frente, asomados por una visera que asimilaba la cabeza de un halcón. Dereck apretó los dientes, tentado en gritar o hacer señas para que Kael lo mirara; a esas alturas ya el alado debía de haberle dado una señal sobre la mejor ruta a seguir.
Kael seguía con la vista al frente. Todo lo que veía Dereck era el enfrentamiento entre enemigos y aliados, sin divisar un camino claro. Los soldados que escoltaban a los Dragones acortaron la distancia entre ellos y se pegaron más al centro de la formación. Estaban tensos porque también echaban en falta las instrucciones de Kael.
—¡La avenida! —decidió Dereck—. ¡Sigan rumbo la avenida!
No era la orden más clara que hubiese dado jamás, porque de todos modos tenían que llegar a la avenida oeste para alcanzar la torre. Lo único con que podía contar era que el grupo de Enlil y los príncipes de las Arenas abrirían una ruta a través de la plaza de combate hacia la avenida y que pronto podría verla él mismo.
En el cielo Kael se retorció. Dereck subió la mirada de inmediato, temiendo que al fin las arpías entraran en acción y alguna hubiese atacado a su amigo. Le bastó una mirada para saber que Kael estaba bien y otra para darse cuenta de que el mago alado divisó una amenaza.
—¡ALTO! —gritaron los Guardianes al mismo tiempo.
Dereck paró el caballo sin saber qué iba a suceder. Kael, que estaba más atento al cielo, descendió en picada y se colocó delante de la comitiva con las alas extendidas para protegerlos de la luz. El cielo se partió por la mitad. El suelo se estremeció como si fuese una ladera al pie de una avalancha. Dereck sintió la vibración fatal del mármol en el cuerpo del caballo y en las entrañas. Por debajo de la explosión escuchó el retumbo del suelo al ceder y hundirse por el impacto. Cuando al fin la luz y el calor se fueron y pudo abrir los ojos, vio el resultado de un cuarto cañón: parte de la plaza de combate, precisamente la que conectaba con la avenida más próxima a la torre, había desaparecido. En el aire solo quedaban motas de polvo. No había rastros ni de los aesirianos ni de los vanirianos que lucharon hacía apenas unos instantes allí.
En el cielo vieron el aro de luz del cañón, que se desvanecía lentamente en la oscuridad. Por eso Kael ignoró antes las miradas de Dereck: había divisado algo entre las sombras y solo en el último instante comprendió que era una cuarta nave vaniriana.
—¡Los hijos de puta incluso acabaron con los suyos! —exclamó el soldado que guiaba el caballo de Jillian—. ¡No dejaron nada!
La batalla se detuvo por unos instantes mientras aesirianos y vanirianos por igual veían el agujero gigantesco en la plaza y echaban en falta a los guerreros, tanto aliados como enemigos, que ya no estaban allí. «Van a rendirse», pensó Dereck al ver los semblantes de los groliens y ordinarios que todavía estaban en tierra. No había forma de que perdonaran a quien estuviese en las alturas y hubiese desatado el cañón incluso contra más vanirianos. Seguro meditaban sus opciones.
Varios de los guerreros aesirianos eran del Ejército de Aesir y, por tanto, apenas entraban a batalla; no habían disfrutado de los placeres del campamento neutral. Así, pues, aunque los vanirianos se rindieran muchos caerían por las espadas todavía llenas de odio y desdén de estos aesirianos. Pero otros sobrevivirían. Otros se rendirían ante los soldados correctos, aquellos que ya conocían a Connor, el milagro del árbol de la vida y una muestra de convivencia pacífica entre los dos países. Además, cuando entraran en escena los curanderos y guerreros del Yggrdrasill, las posibilidades de una tregua aumentarían. Dereck estuvo tentado a proponer una pausa a la visita a la torre para que los Dragones intercedieran en una tregua. Así podrían llegar a la torre sin necesidad de navegar a través de un campo de batalla.
Otro estruendo cayó del cielo. Ahora las miradas fueron a la muralla de Tyr, en donde dos naves vanirianas se estrellaban envueltas en llamas. En tierra, los vanirianos tenían cara de estupefacción. ¿Qué sucedía? ¿Por qué caían las dos naves? Los oficiales del Ejército de Aesir reaccionaron al impacto con un grito guerrero. Dereck comprendió por qué: aunque era difícil reconocer los rasgos individuales de las naves mientras el fuego y el impacto las consumían, reconoció la torre más baja del castillo que derribó la primera nave. Era el castillo que abordó Sigfrid.
—Oh, en verdad lo hizo —silbó Adad con tono sorprendido—. Sigfrid se sacrificó.
Dereck miró las estructuras ardientes y los escombros de muralla que caían en una cascada que era jade en el tope y azabache al llegar al suelo. Recordó las cientos de batallas que luchó bajó el liderazgo de Sigfrid; las mañanas tortuosas de entrenamiento; el miedo perpetuo al mal genio del General y la admiración profunda e innegable que sentía hacia él. Pues porque aunque Sigfrid era la persona más cruel que conocía, el hombre que lastimó a Sakti de mil formas distintas y uno de los muchos que la lanzaban al sacrificio, fue también el mentor que lo llevó por el camino para servir a la princesa.
El cielo soltó otro chirrido, esta vez dentro de la ciudad. La cuarta nave, la que disparó sobre la plaza de combate, se iluminó en el cielo. Era una estrella verde idéntica a Tyr. Estaba sincronizada; ya no en tinieblas.
—¡Mierda! —soltó Kael al ver que el castillo tomaba una dirección: hacia la torre.
—La destruirá —comprendió Sakti. Siempre fue muy lista y avispada para entender la situación—. Si suelta el cañón sobre la torre, no habrá Profecía.
—Entonces solo hay que llegar antes de que cargue el cañón —dijo Adad, aunque con una sonrisa burlona que decía lo que todos pensaban: no podrían llegar antes que el castillo flotante.
—En realidad no les hace falta. Si lo que quieren es detener la Profecía ni siquiera necesitan el cañón. Kardan temía que los vanirianos dieran con el código de sincronización adecuado para iniciar el proceso de autodestrucción. Creo que ya lo hicieron. Sincronizaron Tyr con la nave.
Era imposible ignorar el color de las estructuras y la resonancia de ambas. Dereck no lo había notado hasta ahora, pero se dio cuenta de que tanto la ciudad como el castillo flotante emitían una leve vibración que se sentía en lo más profundo de los oídos. «Es la magia», supo Dereck. «No solo se siente, sino que también se oye. Es la canción más suave y mortal del mundo».
Se preguntó quién estaba sincronizado y si Sakti tenía razón. Si los vanirianos lograron el código de autodestrucción entonces todos ya estaban muertos: los vanirianos, los aesirianos, los doctores del campamento neutral... Si Tyr estallaba todos estallarían con ella. «Y es eso lo que quiere. Quien sea que esté sincronizado desea aniquilarnos a todos. Por eso esperó hasta que entráramos a Tyr en lugar de destruir la ciudad apenas la conquistó». Recordó la voracidad del cañón disparado tanto sobre aesirianos como vanirianos. Quien estuviera en las alturas no tenía ni pizca de piedad ni honor hacia los suyos. Los había lanzado al matadero de forma traicionera, igual que los aesirianos enviaban a los Dragones a la Profecía.
Alrededor, la batalla se había reanudado. En el fervor de la guerra pocos se detuvieron a pensar en las consecuencias de la cuarta nave, aunque seguro había gente avispada. Los príncipes de las Arenas debían de haber llegado a una conclusión semejante a la de Sakti; también el príncipe Sin y el Emperador Kardan, en donde quiera que se hubiesen metido.
Kael y Dereck intercambiaron una mirada. No tenía sentido escoltar a los príncipes a una torre destinada a caer. Lo más sensato era regresar con ellos sin dar la voz de alerta. Si quien piloteaba la nave notaba que el Ejército de Aesir abandonaba a toda prisa la ciudad, destruiría Tyr con el código de sincronización. Y si Sakti se equivocó y todavía el piloto no tenía el código, entonces lanzaría otra vez el cañón sobre los combatientes. Pero si los Dragones se marchaban sin que nadie lo notara, entonces quedaría un rastro de esperanza. «O la Profecía no se cumplirá jamás y nunca tendré que despedirme de mi princesa».
Era un pensamiento tan dulce que lo embargó de dolorosa felicidad, al menos durante un instante.
Una voz de vidrios rotos cortó esa ilusión. Una figurilla maltrecha y despreciable se asomó por entre los escombros que cayeron a unos pasos de la escolta. Los ojos amarillos de Sigurd se fijaron en Dereck con dureza, pues bien sabía que era el líder.
—¿Qué hacen? Las tropas de avanzada les abrieron el camino por un buen rato pero ya perdieron terreno. Por su culpa todo esto es una pérdida de tiempo.
Así que Enlil o algún príncipe había enviado al saco de pulgas a apresurarlos... Dereck rechinó los dientes. A pesar del castillo flotante todavía los cabecillas mantenían el plan del sacrificio de los Dragones.
—Alteza, ¿en verdad quiere ir a la torre? —preguntó Dereck.
—No se trata de si quiero o no quie...
—¿Quiere? —la interrumpió.
La miró fijamente a los ojos con la esperanza de que entendiera: si iban a la torre todos morirían. Si no iban, todo estaría perdido. Sakti comprendió. Siempre fue muy avispada.
—Sí. Debe hacerse.
—De acuerdo. Entonces mire el castillo flotante y deténgalo.
—... ¿Qué? —Sakti enarcó una ceja. Adad se rio por lo bajo. La escolta miró a Dereck como si hubiese perdido la cabeza.
—El tiempo ha corrido distinto para todos desde que anocheció, incluso para usted. Pero la verdad es que usted trajo la noche eterna, Alteza. En el fondo lo sabe, ¿no es así?
Sakti no dijo nada. Mantuvo la ceja ligeramente arqueada y el resto de la cara sin expresión. Pero no engañó a Dereck porque el Guardián lo sintió en su interior: la certeza de Sakti de que estaba aterrada, de que quería prolongar ese instante tanto como fuera porque el siguiente momento sería brincar de la luz a la oscuridad. Sakti tenía miedo pero era valiente. Por eso se forzaba en seguir adelante.
—Sé que tiene miedo. Sé que quiere proteger a los que guardan su corazón. Y por eso mismo tiene que dejar ir. Ahora. —Extendió una mano y estrechó por un instante los dedos fríos de Sakti—. Yo estaré con usted hasta el final. Ya se lo he dicho muchas veces, ¿verdad? Y en ninguna le he mentido.
Sakti bajó la ceja inquisidora y mantuvo la expresión usual; eso era, sin una expresión auténtica en la cara. Dereck se maravilló de lo buena actriz que era su princesa pues podía sentir el terror intenso, la tristeza y también la resolución que Sakti guardaba en su interior. Dereck siempre se lamentó de tener un vínculo débil con la princesa pero parecía que al menos en esa última noche logró el vínculo que tanto había anhelado. Y era maravilloso y al mismo tiempo descorazonador.
—Hasta el final —asintió Sakti.
Dereck la soltó y tomó la delantera de la escolta. Espoleó el caballo en busca de una ruta alterna que los llevase a la avenida oeste o a otra donde pudiesen encaminarse a la torre. Los oficiales lo imitaron, lo mismo que los Dragones.
Y en el cielo, el castillo flotante chirrió lentamente cada vez más despacio hacia la torre de hierro, plata y jade.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina
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