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Capítulo 1

1
EL MAGO QUE CAYÓ DEL CIELO



El rocío brillaba como pequeños diamantes. Era lo único hermoso en ese sitio, con caminos pedregosos que abrían llagas en los pies, y barro que atascaba las carretas y salpicaba las piernas hasta las rodillas. Las chozas se mantenían en pie con rocas y palos. La única señal de vida en la aldea era el humo que escapaba de un par de chimeneas, denso y agrio como la gente que vivía allí.
Apartados del esplendor de las ciudades aesirianas, los krebins cosechaban la tierra para alimentar las bocas que los despreciaban. Los humanos los temían por su barbaridad; los aesirianos los repudiaban por su vulgaridad. Y en ese desprecio los krebins aceptaban los caminos de llagas y barro, y las chozas de paja y palos, porque eran mejor que vivir bajo los ojos acusadores que los culpaban de ser lo que eran: híbridos. Mitad humanos. Mitad aesirianos. Una vergüenza para ambas razas.
Una vergüenza que merecía una humillación más profunda, un castigo más severo.
Las casuchas estaban en un claro, caóticas y frágiles. La única defensa que tenían eran los árboles alrededor, que se alzaban como una muralla quebradiza que no soportaría el zarpazo del castigo de ser híbrido. Hasta los niños krebins lo sabían: ellos eran la primera defensa de las ciudades aesirianas.
Las aldeas estaban esparcidas por los bosques que estaban entre las montañas al este –que separaban las villas de las ciudades– y la costa, en lo más profundo del oeste. Si los vanirianos cruzaban el mar congelado, las llamas de las aldeas híbridas darían señales de humo a las ciudades.
Si en lugar de los vanirianos el enemigo era un demonio, el monstruo quedaría satisfecho con un banquete de híbridos despreciados. Para evitar esto los krebins organizaban los sacrificios. Esa era la mayor humillación: ofrecer a voluntad a un puñado de los suyos para que la aldea continuara en pie y los demonios no avanzaran a las ciudades.
Sekmet se abrió paso entre la maleza. Las hierbas eran tan altas que le cubrían la cabeza, pero avanzó como si nadara entre ellas. La casucha de su madre se asomó a través del último muro de hierba. Sekmet se mordió los labios e intercambió el peso de una pierna a otra. Estaba ilusionada. Respiró el perfume salvaje de las flores que encontró en el bosque, se dio valor y corrió hacia la choza. Sus mechones grises ondearon con la brisa mientras cruzaba la villa, segura de que no la descubrirían a pesar de los destellos plateados del cabello con cada cambio de luz. Los aldeanos estaban en los cultivos y los niños jugaban en alguna parte. Ella también debía estar trabajando, pero cada semana aprovechaba unos minutos para regresar a casa.
Entró a la choza y buscó el jarrón, donde había unas flores casi marchitas. Atravesó el recibidor y cambió las viejas por las nuevas. También debía cambiar el agua. Sekmet sonrió, convencida de que todo ese esfuerzo valía la pena. Cuando su madre regresara por la noche, sonreiría y acariciaría los pétalos, preguntándose quién la quería tanto como para traerle con constancia ese detalle. Dentro de unas semanas le revelaría que era ella la que le llevaba las flores solo para hacerla feliz, para verla sonreír. Imaginó una luz de ternura en los ojos de su madre, una sonrisa agradecida y un abrazo tan cálido que Sekmet ya podía sentirlo en su interior. Entonces escuchó una voz que extinguió el calor y le heló la sangre, como si de repente se hubiese convertido en una estatua de escarcha.
—Sekmet…
Se giró sobresaltada aunque sabía que era su madre. Tiamat estaba sentada en el suelo de tierra, oculta entre las sombras de un rincón. Cuando se levantó y se encaminó hacia ella, Sekmet respingó sin desearlo, sin contenerse, sin ocultarlo.
—¿Qué haces aquí?
Tiamat era alta y maciza, morena como el barro y dura como las rocas que forjaron su camino. Comparada con ella, Sekmet no era más que un diente de león en una zanja. Sus únicas opciones eran que la zarandearan hasta hacerla desaparecer o que la aplastaran. A pesar de esto se armó de valor otra vez y ofreció a su madre el viejo jarrón y las flores alegres que lo coronaban.
Tiamat tomó la vasija y acarició los pétalos con calma. Sekmet suspiró aliviada y miró sin pestañear las yemas de los dedos de su madre. Luego sus manos, sus ojos, el arco de sus cejas. Parecía que todo iba de acuerdo al plan porque no hubo gritos ni zarandeos. Cuando Tiamat levantó la mano, Sekmet la miró con ilusión. Una caricia, una palmadita, una pequeña muestra de aprecio. Pero la mano venía enfundada en el jarrón, que se hizo añicos sobre la cabeza de la niña con un retumbo.
El golpe la derribó. El vidrio le abrió parte de la cabeza y la sangre salió a borbotones, tiñéndole el cabello de carmesí.
—¿Crees que esta porquería me hace feliz? —rugió Tiamat—. ¿Creíste que me gustaban tus estúpidas flores? ¡Son rojas carmesí, como la sangre! Rojas, ¡como tu asquerosa sangre!
Tiamat la levantó del brazo con asco, como si tocarla fuese peor que limpiar las heces de los bueyes. El golpe había aturdido a Sekmet, pero Tiamat la espabiló con un pellizco y un buen zarandeo.
—Vete de una buena vez por todas, mocosa del demonio. ¡Vete! —gritó. Se agachó a recoger los trozos del jarrón. Los ojos de Sekmet se abrieron horrorizados porque conocía lo suficiente a su madre como para adivinarle las intenciones—. ¡VETE!
Echó a correr tan rápido como pudo, con zigzagueos para burlar la puntería de Tiamat y cubriéndose la cabeza con sus pequeñas manitas. Aun así algunos vidrios se le incrustaron en la espalda. El camino también le jugó sus malas bromas, porque la hizo tropezar y caer varias veces. Ni entonces le dio tregua Tiamat, porque cuando se le acabaron los trozos de jarrón lanzó insultos. Y esos eran más dolorosos y certeros.
—¡Eres una maldición, Sekmet! ¡Una inútil maldición! ¡Maldito el día en que naciste y tuve que hacerme cargo de ti! ¡Maldito sea!
Tiamat no tomó aire entre cada insulto. Sekmet supo que la única forma de apaciguarla era complaciéndola, así que tenía que alejarse de la aldea e ir a los cultivos. Mientras corría, todavía con los bracillos protegiéndole la cabeza, las palabras de su madre la atravesaron y cayeron sobre ella con el peso de bolas de cañón.
Una maldición.
Lo sabía muy bien.
Cada cicatriz y llaga fresca en la espalda se lo recordaban. Eran regalos de los demonios a los que fue ofrecida en sacrificio. De cada tunda de los aldeanos y de su propia madre. De cada intento por obtener el cariño de Tiamat que terminaba en caos, como ese. Era una maldición para los krebins, una deshonra incluso para una raza sucia como ellos.
Era diferente.
Sus ojos y cabellos grises le daban una apariencia más animal que humana; casi parecía un espíritu. Verla les recordaba a los krebins que ellos también tenían sangre aesiriana, que también estaban malditos, y ninguno apreciaba el recordatorio. Pero no era solo eso.
La apariencia de Sekmet era incluso rara entre los magos. Los aesirianos tenían pómulos más resaltados que los humanos, los ojos tan impactantes como el fuego o las tinieblas, y el cabello tan lleno de vida como un bosque o el mar. Pero ella era gris y morena, como una nube de tormenta.
También tenía poderes. No era la primera krebin que además de los ojos o el cabello heredaba de los aesirianos alguna esencia. Pero ni siquiera era algo útil, como el poder sobre el agua o la tierra. Lo suyo era algo loco y violento que cortaba como navajas sin control.
Quizá, si le dieran una oportunidad, su extraño don podría traerles algún tipo de beneficio.
Pero Sekmet no se hacía ilusiones. La temían y como la temían, la odiaban. Por eso la habían ofrecido como sacrificio a incontables demonios. Solían encerrarla en cuevas, atarla con cadenas y dejarla allí para que algún monstruo la comiera y dejara la aldea en paz. Pero a los pocos días la niña regresaba, porque sus navajas acababan con los demonios cuando ella no podía más que gritar y llorar del miedo.
Tropezó con una piedra y cayó de bruces. Quedó inmóvil por unos instantes, cansada y harta de todo. Casi deseaba no haber sobrevivido a los sacrificios para no tener que soportar las miradas de miedo y asco de los krebins, o el rechazo constante de Tiamat. ¡Solo tenía seis años, por Dios! No era justo que nadie la hubiera cargado con cariño en la vida ni que nadie protestara cuando la enviaban a una cueva.
«Pero es culpa tuya, ¿lo sabías? Podrías aprovechar la noche, cuando todos duermen, para degollarlos y…».
Se encogió y se tapó los oídos hasta que la voz en la cabeza se calló. No podía dejarla hablar, ni podía dejarse seducir por esa voz que le coqueteaba en susurros de venganza y gloria. Era despreciada y temida, apartada y odiada, pero no podía convertirse también en un monstruo.
Ignoró la voz y se dirigió a los cultivos. En el camino escuchó la canción de los niños de la aldea, que jugaban en el bosque a pesar de que estaba prohibido. Sekmet dudó pero decidió ir hacia ellos. No para jugar, por supuesto. Ellos nunca la dejaban. Pero sí para verlos, para saber de lo que se perdía solo porque los adultos la obligaban a trabajar como si fuera una mula.
Los niños estaban en un claro lejano al camino y a la aldea. Sekmet aprovechó la maleza para esconderse mientras veía al grupo que jugaba con palos, que simulaban espadas. El mayor de los niños era Hernan, un abusivo de doce años que disfrutaba mucho al golpearla. Siempre estaba acompañado por su séquito de bribones, niños que se reían y aplaudían sus ocurrencias. Ahora esos niños eran los que recibían los golpes bruscos del juego, mientras Hernan reía a carcajadas.
En el centro del juego estaba una niña de diez años, de cabello pelirrojo oscuro y ojos negros. Sekmet sintió una punzada de envidia al verla, porque todos en la aldea amaban a Morgan. La trataban con cariño y les faltaba poco para besar el suelo que ella pisaba, solo porque la sangre aesiriana que sus padres tenían no estaba presente en ella. Si Sekmet era la vergüenza de la villa por ser la más parecida a un aesiriano, la princesa Morgan era el orgullo de los aldeanos por ser más parecida a un humano.
Sekmet suspiró y se preparó para irse. Cuando se giró encontró a uno de los bribones de Hernan con un palo en la mano. La levantó con golpes y la empujó hasta donde los demás jugaban.
—Jefe, tenemos una intrusa —dijo el chiquillo mientras empujaba a Sekmet al suelo—. ¿Qué hacemos? ¿La castigamos? —La idea de golpearla sacó risas entre los niños.
—No, no, tengo una idea —intervino Morgan—. Jugamos a la princesa secuestrada y falta un monstruo feo y malo que me tenga prisionera. Es el papel ideal para ella.
Los niños colocaron a Sekmet en el medio, sin que ella pudiera hacer nada al respecto. Hernan tomó una espada de madera mientras sus compañeros sostenían a la niña de piernas y brazos para que no escapara.
—¡Has tomado prisionera a la princesa Morgan y por ello debes pagar el precio máximo! —exclamó Hernan, imitando lo mejor que pudo a los caballeros de las canciones de los juglares, mientras colocaba la punta del juguete sobre la cabeza de Sekmet.
Solo era un juego pero ella sabía que eso no le importaba a Hernan. Él igual arremetería con todas sus fuerzas hasta partirle el cráneo. Después de todo, la única que podía reclamarle era Tiamat y ella no echaría de menos a Sekmet. Capaz y hasta felicitaba a Hernan y le preparaba dulces de agradecimiento por deshacerse de la chiquilla gris.
—¡Ahora muere!
La espada se acercó.
Sekmet cerró los ojos, horrorizada.
El golpe nunca llegó. Solo sintió una ráfaga de aire que le pasó frente a la cara. Escuchó a los demás niños, que contuvieron el aliento. También escuchó el sonido seco de un cuerpo al caer al suelo. Sekmet abrió los ojos con timidez, sin saber muy bien qué encontraría.
Se asustó tanto que no pudo gritar. Ahí estaba la razón por la que era prohibido jugar en el bosque. Había un demonio justo frente a ella y los niños, con cuernos torcidos y largos, de pelaje marrón, ojos amarillos y grandes. Los colmillos manchados sobresalían de la comisura de los labios. Era tan grande como un árbol, pero estaba inclinado para ver a los niños que comparados con él eran pequeños como hormigas.
Las garras le goteaban sangre.
Sekmet buscó a Hernan y lo encontró tendido sobre el césped a varios metros de distancia. El cuello estaba girado a un lado y el cuerpo al otro. Tenía la cabeza abierta, de la que brotaba un charco carmesí que se esparcía alrededor. El demonio sonrió y habló:
¿Dónde está la princesa?
Sekmet se estremeció. Los vellos de los brazos y la nuca se le erizaron cuando el demonio sopló su aliento fétido sobre ella. Los niños se desplomaron con arcadas, demasiado mareados y asustados como para echar a correr. Algunos se pusieron a llorar y los mayores balbucearon incoherencias para responder al demonio. Solo lograron que el monstruo perdiera la paciencia.
¿Dónde está la princesa? —repitió.
La actitud del demonio cambió con brusquedad. Por sí solo ya tenía una apariencia aterradora, pero fue en ese momento que Sekmet reconoció su tono amenazador y desesperado. Sabía por experiencia propia que los demonios eran agresivos con su humor regular. No quiso ni imaginar cómo sería cuando estaban enfadados, pero supo que estaba a punto de averiguarlo. Si la criatura no obtenía respuesta pronto, le daría una rabieta y arremetería contra alguno de ellos. Y para desgracia ella estaba en primera fila.
—L-¿La princesa Morgan? —balbuceó.
No lo hizo al propio. Lo único que quiso fue complacer al demonio para salvar la vida. Cuando comprendió las implicaciones de lo que hizo, miró a Morgan fugazmente con arrepentimiento. El demonio se percató de la mirada y torció la cabeza para ver a la pelirroja, que estaba detrás de él y sola. Se irguió por completo y se dirigió hacia ella. La niña balbuceó una súplica pero el monstruo la tomó por la cabeza y la calló.
Los vanirianos te buscan pero no te encontrarán. Este es mi territorio y me perteneces. Cuando te coma absorberé tu magia y ni el Emperador aesiriano ni el rey vaniriano se meterán de nuevo en mis dominios.
La cabeza de Morgan explotó en las garras gigantes. El demonio lanzó el pequeño cuerpo al suelo y le abrió el abdomen para comerse las entrañas. Al fin algunos niños reaccionaron y corrieron hacia la aldea, pero otros no pudieron levantarse. Sekmet fue una de ellos.
Los niños que escaparon pasaron al lado del demonio pero él no les prestó atención. Se relamió los labios y las garras con satisfacción pero luego su cara se contrajo.
Esta no es —susurró de repente. Se relamió otra vez la sangre para estar seguro y luego aulló frustrado—. ¡Esta es humana! ¡Esta no es la princesa! —Lanzó el cadáver contra los niños que quedaron atrás. Miró a Sekmet con ira y caminó hacia ella—. ¡Esa no era la princesa!
Lanzó el puño sobre la niña pero se detuvo en seco cuando escuchó un golpe cercano, como si algo hubiese caído del cielo. Unos chillidos resonaron en lo alto. Los niños y el monstruo alzaron la vista y vieron a un grupo de mujeres desnudas que volaban sobre las copas de los árboles. Junto a ellas había aves que tenían tres cabezas, sobre cuyos lomos montaban hombres vestidos en pieles. Mientras el cielo se llenaba de sombras voladoras, una estampida sacudió el suelo. El demonio y los krebins miraron, a través de los árboles, a unas criaturas altas y peludas con cuernos en la cabeza que marchaban entre bramidos.
Las figuras en estampida iban desnudas, salvo algunas tiras de cuero en las que guardaban diversas armas. También llevaban hachas y antorchas en las manos. El corazón de cada niño latió desesperado.
Eran muy jóvenes y nunca habían vivido algo así, pero conocían las historias. Incluso en las aldeas se escuchaban las canciones de los juglares sobre las invasiones vanirianas, que acababan hasta que un héroe tomaba el asunto en sus manos. Pero hasta ellos sabían que en el Imperio Aesiriano ningún héroe se alzaba para salvar a unos krebins.
El demonio se agachó de nuevo, mientras se llevaba un dedo a los labios para pedir silencio. Los niños comprendieron que un movimiento en falso revelaría a los vanirianos su posición. Si los invasores no los mataban, el demonio sí que lo haría.
¿Dónde está la princesa? —preguntó en un susurro. Sekmet y los demás no sabían de qué estaba hablando y negaron con la cabeza, desesperados—. Si no saben ¡no me sirven! —y de nuevo levantó el puño.
Una nueva ráfaga sopló detrás de Sekmet y la salvó. El cabello se le alborotó pero la corriente no arrasó a los chicos krebins. Al demonio, en cambio, lo derribó a varios metros de distancia.
—No dañarás a unos niños indefensos en mi guardia.
Los híbridos se giraron y vieron a un hombre de cabellos negros y ojos verdes como un bosque, recostado a un árbol. El mago tenía el brazo izquierdo extendido al frente, en dirección al demonio. Era casi imperceptible pero Sekmet notó un torbellino que giraba a alrededor del brazo, rápido y sigiloso.
El demonio se incorporó con dificultad y miró con miedo al aesiriano, pero al instante siguiente percibió el olor. Era sangre. El mago se sostenía con la otra mano una herida en el costado. El monstruo decidió que un único aesiriano herido no representaba un gran desafío, así que se le lanzó encima.
Pegó un salto y rozó las cabezas de los niños, que se encogieron indefensos. Sekmet se cubrió los oídos, segura de que escucharía el grito agónico del aesiriano. En lugar de eso escuchó el chillido del monstruo. Abrió un poquito los ojos, a tiempo para ver que el torbellino que rodeaba el brazo del mago se convirtió en rayos de luz. Los haces atravesaron al demonio y lo rebanaron como si fuera una mortadela, tan rápido y fácil que Sekmet se encogió con una arcada. La pesada cabeza cayó al suelo, a unos metros de los niños.
—Tonto —dijo el aesiriano—. Una criatura de tu nivel no es rival para un soldado.
El mago dio un paso hacia los chicos antes de desplomarse bajo el árbol. Los krebins se miraron los unos a los otros y acordaron huir por unanimidad. Sekmet se detuvo cuando pasó al lado del aesiriano inconsciente. Lo miró y se preguntó si debía escapar junto a los demás o permanecer junto al mago que le salvó la vida. Los niños ya la habían dejado atrás y a ninguno le importaría lo que sucediera con ella. En cambio el aesiriano sí que demostró el suficiente interés como para rescatarla.
Era el primer héroe que se levantó por unos krebins.
Era la primera persona que se había ofrecido a protegerla.
No podía dejarlo ahí como si nada, comportándose como una ingrata.
Se inclinó al lado e intentó despertarlo, pero él no respondió. Cuando logró voltearlo descubrió que tenía una espada incrustada en el abdomen. Al instante se sintió mareada. Era mucha sangre, demasiada, pero intentó sobreponerse para ayudarlo.
Levantó la mano para darle una cachetada que lo despertara. Antes de que pudiera golpearlo, el tipo abrió los ojos y la miró fijamente. Sekmet pegó un brinco, intentó huir, pero al instante siguiente se tropezó de espaldas con una raíz y cayó.
—No eres muy hábil, ¿verdad? —se burló el mago.
Mientras Sekmet se frotaba las nalgas, él intentó levantarse. La krebin había escuchado que los aesirianos tenían una capacidad casi monstruosa para soportar el dolor y recuperarse de heridas, pero era la primera vez que lo presenciaba. Apenas podía creerlo. El mago se encogió de repente y notó que estaba lastimado.
—Genial —refunfuñó—. El señor Montag me regañará si se entera de que otra vez me he herido solo.
Soltó un bufido y giró los ojos, abrumado por su propia torpeza. Se incorporó y se sacó el arma de un tirón. Sekmet lo miró boquiabierta. Ahora que ella estaba en el suelo el hombre le pareció un gigante. Medía su buen metro noventa y llevaba un uniforme militar, en el que brillaba el escudo del Imperio Aesiriano en una de las mangas.
—¿De casualidad tienen vendajes en tu aldea? —preguntó él mientras limpiaba la espada en la túnica—. Sano rápido pero esta zona está infestada de demonios. Ya tengo bastante con los vanirianos como para encima atraer monstruos con la sangre.
Sekmet tragó fuerte aunque se alivió al entender que el aesiriano no tenía intenciones de lastimarla. Todo lo contrario. Incluso ahora le sonreía y le ofrecía la mano para levantarla.
—Sí, señor mago. —Sekmet inclinó la cabeza—. Muchas gracias por habernos salvado.
—No fue nada, chiquilla —contestó él mientras le alborotaba el cabello casi con cariño—. Pero si en verdad quieres agradecerme solo llévame a tu aldea. —Sonrió cuando Sekmet asintió repetidamente con la cabeza, como si se le fuera la vida en aceptar y obedecer. El mago levantó la mirada y vio la copa del árbol bajo el que estaba—. ¡Huggin! Revisa si aún hay alguno de esos por ahí arriba.
Sekmet también levantó la vista y descubrió un cuervo gigante de ojos rojos que estaba en lo alto del árbol. Respingó asustada y se preguntó por qué la criatura no la atacó más temprano, cuando se acercó y movió al mago.
—No tengas miedo, Huggin es encantador con los niños —dijo el aesiriano.
Sekmet hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa, porque en realidad no se fiaba de esa extraña afirmación. El ave extendió las alas y levantó el vuelo.


—… entonces Huggin y yo veníamos volando a toda velocidad cuando una de esas mujerzuelas cayó sobre nosotros. El resto ya lo sabes: caímos al árbol y casi me mato con mi propia espada.
Sekmet escuchó con atención al aesiriano. No era un mago antipático que detestara a los krebins. De hecho era bastante conversador. De su plática Sekmet comprendió que él venía desde la Capital aesiriana en busca de algo importantísimo para el Imperio de los magos. Una misión secreta, dijo él, aunque Sekmet se preguntó qué tan discreto era que hablara con tanta confianza con una desconocida.
Al fin llegaron. La niña apartó las hierbas que le impedían ver la aldea. Contuvo la respiración cuando vio que la villa ardía. Había cuerpos en las calles. Algunos híbridos sacaban a rastras a otros de sus hogares incendiados.
Sekmet salió disparada hacia la choza de su madre, que también estaba deshecha, aunque ya ardían muy pocas llamas sobre los escombros. El mago la siguió en silencio, mirando con atención cada casa deshecha, cada cuerpo rostizado.
—Lo lamento —murmuró—. Esto también es culpa de mi misión.
Sekmet contuvo las lágrimas. En la aldea nadie era bueno con ella pero era todo lo que conocía, todo su mundo. Respiró profundo y se armó de valor porque comprendió que era todo lo que podía hacer.
—No importa, tengo vendajes en otro lugar. —Palpó el suelo ceniciento hasta dar con una trampilla escondida. Abrió la puerta camuflada y sacó una cajita con vendajes y ungüentos—. Los uso en caso de emergencia —explicó.
Ayudó al mago a quitarse la camisa y lo atendió con manos hábiles. Ella ya había practicado incontables veces antes, cuando debía sanarse las llagas de un arduo día de trabajo o los golpes de una llovizna de piedras –cortesía de Hernan– o las palizas de Tiamat. Limpió la herida con vendajes, la frotó con ungüentos aromáticos y al final la cubrió con delicadeza, con el cuidado que nunca nadie le ofreció a ella. La herida dejó de sangrar y el aesiriano se pudo mover con mayor facilidad.
—¡Es la Loca Sekmet! —gritó un aldeano justo cuando él se abrochaba la camisa—. ¡Y está con un mago!
Los sobrevivientes rodearon a Sekmet y al aesiriano. El mago arqueó una ceja, sin comprender las caras rencorosas de los híbridos, ni las varas y rastrillos que empuñaban a modo de lanza. Miró a Sekmet en busca de una explicación pero ella tenía las manos apretadas y los ojos pegados al suelo, resignada a recibir una paliza por salir ilesa de la invasión. Una mujer se abrió paso entre los krebins y calló las quejas. Sekmet levantó la mirada y sonrió al ver a su madre sana y salva. Corrió hacia ella para abrazarla, pero Tiamat se llevó la mano a la cintura, desenfundó un látigo y lanzó el golpe.
El aesiriano jadeó cuando la niña cayó al suelo con la mitad de la cara deforme. Había perdido la carne en una mejilla. Se arrodilló junto a ella para atenderla, pero supo que no había nada que hacer. La sangre se extendió por el suelo. No pudo reconocerle el rostro. Ni siquiera el cabello parecía el mismo porque se había teñido de rojo. Lo único que le quedaba de una niña, de persona, eran las manos, que se agitaban desesperadas en el aire en busca de algo para soportar el dolor.
El mago apretó los dientes. ¿Qué había sucedido? ¿Qué hizo esa niña inocente para merecer esa muerte?
—¿Por qué demonios la golpea? —gritó indignado—. ¡Es solo una niñita!
Miró a los krebins. Ninguno detuvo a Tiamat ni arrugó la cara por la sangre, como si fustigar a una niña fuera lo más normal del mundo. Miró también a la mujer del látigo pero ella no se intimidó y le mantuvo la mirada.
—Usted no podría comprenderlo —dijo la krebin—. No ha tenido que lidiar con esta chiquilla por tanto tiempo. Tiene habilidades extrañas que matan a la gente, poderes que ningún aesiriano posee y que ningún krebin debería tener. —Él chupó los dientes y la interrumpió:
—Si es una krebin es normal que tenga esencias. Aunque nos pese, ustedes también descienden de aesirianos. No es raro que tenga algún poder extraño que los asuste. —Gruñó indignado—. ¿Dónde están sus padres? ¡No es posible que ellos consientan esto!
—Esa cría no tiene padres —contestó Tiamat mientras guardaba el látigo. La herida de Sekmet era fatal y no haría falta otro golpe—. Yo solo me encargo de ella pero ya no tengo por qué soportarla. Esa niña me ha traído más desgracias que alegrías. ¡Tan solo mire nuestra aldea! —extendió los brazos para abarcar las chozas en llamas y los cuerpos quemados—. Una niña de ojos y cabellos grises… Todos sabemos que ella es un mal augurio. Todo ha pasado por su culpa.
Los aldeanos asintieron juntos. El mago intentó comprender el pensamiento primitivo de esa gente, pero fue inútil. Lo que ellos consideraban normal a él le parecía barbarie. Sintió el cuerpecito de la niña, que temblaba en sus brazos. Del ojo sano le salían lágrimas ardientes. Abría la boca como un pez fuera del agua porque la sangre se le colaba por la nariz y no podía respirar. Agonizaba pero no moría lo bastante rápido.
—De acuerdo —susurró él mientras la colocaba en el suelo. Le desagradó la idea pero supo que debía hacerlo. Desenvainó la espada y la preparó—. Lo siento. Prometo que no te dolerá. Me cuidaste cuando ningún otro lo habría hecho. Para agradecértelo te liberaré de tu sufrimiento.
Levantó la espada por encima de la cabeza con la intención de clavársela a Sekmet en el cuello. Justo antes de dar el golpe de gracia se detuvo en seco. Miró los ojos de la niña –el sano estaba abierto por completo y el herido era una rendija fantasmal– justo antes de que los cerrara. Eran grises y muy tristes, pero tenían el brillo vital de un aesiriano. Y tantas, tantas ganas de vivir…
«No, no está bien. Alguien con esta determinación no debe morir», pensó y guardó la espada. Se arrodilló sobre Sekmet, con el cuerpecito de la niña por debajo del suyo. Puso una mano en lo que quedaba de mejilla, la otra la colocó en el suelo y dejó que la energía fluyera.
Los krebins no podían entenderlo. Él mismo no comprendía. Sabía que otro aesiriano le diría que desperdiciaba un buen hechizo de curación en una híbrida, pero no le importó. La energía dormida de la tierra subió por su palma y su brazo, como el brote de una planta. Se mezcló con la magia, se hizo más fuerte y lo recorrió hasta desembocar en Sekmet.
Ella sintió la calidez amable en la mejilla y abrió poco a poco los ojos hasta encontrarse con la mirada del soldado. Lo vio claro y enfocado, sin la película sangrienta que le hinchó el ojo antes. Cuando él soltó un suspiro de alivio, Sekmet se percató de que ya no sentía dolor. Él se separó y la ayudó a levantarse. Sekmet se tocó la cara y la descubrió intacta, sin magulladuras, sin cicatrices. Tan solo tenía la piel tersa de una niña.
—Tienes bastante sangre aesiriana —explicó el mago—. Con la energía necesaria serías capaz de sanar por tu cuenta, pero en esta ocasión requerías mi ayuda. Espero que lo aproveches —dijo mitad en broma y mitad molesto—. Guardaba ese hechizo para algo verdaderamente importante. —Luego se corrigió—. No, supongo que lo guardaba para ti desde el inicio.
Sekmet se acarició otra vez la cara. Incluso se dio unas palmaditas pero no sintió ningún dolor. Los ojos le escocieron. Era la primera vez que alguien la curaba y se compadecía de ella. No tenía las palabras adecuadas pero supo que debía dar las gracias. Pero cuando miró al mago se asustó de nuevo. La expresión del aesiriano se había tensado con disgusto, pero miraba a los aldeanos, no a Sekmet.
—En cuanto a ustedes —siseó—, les espera un horrible castigo. Dicen que esta pequeña es un mal augurio, quizá incluso la consideran una maldición. Pero por sus actos yo los maldigo a ustedes. Cada golpe que le den lo recibirán con el doble de fuerza. Se arrancarán el pellejo hasta morir.
Gruñó por lo bajo una última vez pero volvió a cambiar la expresión cuando miró a Sekmet. «¿Debería llevármela?», meditó pero desechó la idea de inmediato. Aunque esos brutos eran peligrosos la maldición no los dejaría lastimarla. Además, debía enfrentar peores circunstancias y no estaría bien arrastrarla consigo. Se agachó junto a ella y le acarició la cabeza.
—Lamento mucho que no pueda llevarte conmigo, así que espero que mi regalo te ayude y te proteja. —El soldado le dio una sonrisa—. Ahora debo continuar mi misión. —Una sombra los cubrió en ese momento: el cuervo gigante estaba de vuelta—. ¿Qué encontraste, Huggin?
—Nada, amo —respondió el ave con voz clara como si fuera otro aesiriano—. Se marcharon a atacar otras aldeas. Creo que todavía está a salvo pero no sé cuánto tiempo tenemos.
Los aldeanos estaban tan pasmados por la llegada que pareció que estarían catatónicos toda la tarde. Aun así se dispersaron cuando el cuervo descendió sobre ellos. El mago montó y el ave se levantó otra vez.
—¡Ah, por cierto! —dijo de repente el mago—. Me llamo Sunkel, Dereck Sunkel. ¿Cuál es tu nombre, pequeña? —Sekmet seguía acariciándose el rostro a la vez que miraba atónita al aesiriano y a su mascota.
—Sekmet, señor. Solo Sekmet. —El mago sonrió otra vez, pero no con alegría sino con lástima. Supo que la vida de esa niña era un mar de desdichas. Incluso su nombre era una mofa a su existencia, una condena a una vida triste y solitaria.
—Ese es un nombre cruel para una niña tan pequeñita como tú. Por favor cuídate, Sekmet.
Dereck sonrió una última vez antes de que el cuervo levantara el vuelo por completo. Los aldeanos miraron atónitos a mago y a ave, antes de que la criatura batiera las alas de azabache con la potencia de un tornado. En cuestión de segundos los dos se convirtieron en una pequeña mota negra en el cielo.

****

Los ciudadanos se formaron a los lados de la calle para mirar la procesión de krebins que los visitaban. Era una de las tantas caravanas de híbridos que recorrían la región Oeste desde los últimos dos años en busca de una ciudad en la que pudieran trabajar como esclavos. Todas las aldeas fueron destruidas por completo y los bosques de la región ya no eran seguros. Las invasiones sucedían todos los días y solo quedaba el amparo de las ciudades.
Había unas doscientas urbes en la región y Lahore era el nuevo destino de la caravana. No siempre había dinero para comprar y mantener esclavos, pero en la ciudad de la lluvia siempre había trabajo por hacer. Por eso los lahorenses mirarían las ofertas en la plaza y comprarían los krebins que demostraran ser útiles. Los híbridos que no encontraran trabajo tendrían que marcharse hasta encontrar una ciudad que los recibiera.
El bullicio y las risitas sofocadas se hicieron insoportables. Tiamat apretó los dientes porque supo que todas las lahorenses, tanto aesirianas como humanas, se burlaban de la chiquilla harapienta que caminaba detrás de ella. Sekmet avanzaba con la cabeza cayéndole sobre el pecho, como si anduviera dormida. Sus brazos, piernas y cuello estaban amarrados con los grilletes y cadenas que Tiamat jalaba como si custodiara un monstruo.
Lo que más desesperó a la krebin fue que Sekmet ni se diera cuenta de las burlas que provocaba o la vergüenza que la hacía pasar. Rencorosa, jaló las cadenas y la hizo caer de bruces. La niña no gritó pero Tiamat supo que la había despertado.
—Lo hiciste de nuevo, mocosa —gruñó mientras se contenía.
No debía mirar a las humanas, no debía mirar a las aesirianas. Si las veía con ese odio tan transparente y ardiente no le darían trabajo. Entonces no podría comer ni dormir al fin.
No podría apartar su mirada de la niña flacucha y pestilente que la seguía como una nube de tormenta.
—Si por tu culpa no encontramos trabajo ya sabes lo que te espera…
Tiamat acarició el látigo que cargaba a la cintura. Tenía tantas cicatrices en la espalda como la niña, porque el hechizo del mago que cayó del cielo hizo efecto una y otra vez. Los golpes siempre dolían pero Tiamat aprendió que eso no importaba. Lastimar a Sekmet era lo único que le daba satisfacción y a veces era lo único que la hacía avanzar.
Jaló otra vez las cadenas. Sekmet se levantó de inmediato, tan entrenada en el arte de ser sumisa que ni siquiera jadeó por las costras abiertas. Siguió en silencio a Tiamat hacia la plaza donde esperaban los aesirianos y algunos humanos bien vestidos.
Un sacerdote llamó los apellidos de los señores para que eligieran a sus nuevos esclavos. Uno a uno, los hombres se acercaron y señalaron a los krebins que más les convenían. Sekmet conocía el procedimiento de memoria porque lo había vivido infinidad de veces en los últimos años. Y siempre acababa igual: Tiamat le arrancaba un nuevo trozo de espalda en la noche porque ningún amo las elegía.
Apretó los puños y bajó la mirada. Estaba tan flaca que las piernas apenas podían sostenerla. Hubo un tiempo que eso la alegró, porque imaginó que los grilletes se le resbalarían y podría andar sin ellos. Pero las argollas se le habían encarnado y no podía moverlas. Quizá su madre estaba desesperada por ser la esclava de alguien para tener al fin un rumbo que seguir, pero Sekmet sabía que ella ya era la esclava de Tiamat. Era su juguete de torturas.
—Salvot —llamó el sacerdote.
Un par de sombras la cubrió. El corazón le latió apresurado cuando vio dos pares de zapatos delante de ella, uno más grande que el otro.
—¿Esta, hijo?
Contuvo el aliento. «No lo eches a perder. No lo eches a perder». Más que emocionada ante la posibilidad de un contrato estaba asustada de perderlo. Porque entonces Tiamat no se detendría. A veces la golpeaba tan fuerte que era como si quisiera que la maldición del mago las matara de rebote a las dos.
Levantó los ojos con timidez. Apenas notó al anciano porque la sonrisa del niño la deslumbró. Él abrió los brazos y avanzó hacia ella, como si quisiera darle un abrazo a pesar de las costras, los grilletes, las greñas y la pestilencia.
—¡Sí, papá! —exclamó feliz—. A partir de ahora ella será mi gatita.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

10 comentarios :

  1. εïз Azarukita εïз18 de octubre de 2007, 9:20

    MMMM pues mas o menos, no se que va a hacer con el capítulo 1, pero como advirtió con el capitulo 2 más que enteredos, y no solo eso, que tmb nos atrapa! No pude hacer otra cosa, sino me terminaba esto, y es porque he disffrutado,, sabe que me gusta? las descripciones que da... solo que no se si no lei bien pero Tiamat no hay como que mucha deskripcion fisica, iwal ya me la imagine xD...
    al menos este capitulo nada tedioso de leer... vamos a ver como evoluciona la historia!
    y de aki reskato esto:
    "pero en la región Oeste vivimos una falsa libertad"
    como algo tan fantástico puede reflejar tanta realidad?
    wowww....
    increible.!

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  2. me está enganchando la historia. No me esperaba que Tiamat la fuese a tratar tan mal. ¡Hasta la ofrecen como sacrificio a los demonios!sto es algo que no he entendido, dice que cuando la ofrecen como sacrificio una magia acaba con los demonios y sin embargo con ese no ha hecho nada. El mago me ha encantado, espero que se reencuentren más adelante. Me gusta el realismo, que no hayas vacilado al matar a Morgan.
    Tiamat me cae realmente mal. Mira que seguir pegandola a pesar de que recibe más daño pero simplemente por el placer de verla sufrir lo hace...espero que llegue la venganza!!

    ¿se nota que me está gustando? :D

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  3. Te había hecho una crítica larga y extensa y se me ha cortado la conexión. Bueno, en fin... toca repetir.
    La historia me gusta, mantienes un ritmo bastante rápido y siempre pasa algo que te dice que sigas leyendo.
    Tiamat me cae mal, pero como personaje me gusta. En realidad, me gustan Tiamat, Sekmet y Dereck (ya lo trato con familiaridad y todo...). Sobretodo me gusta este último, no solo porque me caiga bien, sino porque tiene una personalidad bastante diferente al resto de los personajes que he leído de momento, y se nota que tiene una historia pasada de la que se pueden sacar muchísimas páginas de trama.
    Conclusión: Me está gustando mucho, y seguiré leyendo y comentando.

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  4. Muchas gracias, Meleiz. Espero que los próximos capítulos no te decepcionen ;)

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  5. que capitulo fuerte!
    me has dejado impactada, me encanta la fortaleza y ternura que sekmet sigue teniendo a pesar de todo lo que sufre...

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  6. Hola, Foxys. Gracias por empezar a leer mi historia. Aunque yo también creo que Sekmet al terminar este capítulo sigue siendo algo "tierna", verás que con el paso del tiempo termina convirtiéndose en lo que no quería ser de pequeña: un monstruo.
    Feliz año nuevo ;)

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  7. Bueno, pues el capítulo me ha resultado francamente interesante. Hay algunas expresiones que me resultan un poco extrañas, pero creo que tiene que ver con las variaciones del castellano allá en tu tierra. Por lo demás, yo habría separado el capítulo en dos probablemente, pero es una opinión muy personal. Y por cierto, en el comentario previo has spoilerado la historia, no hagas eso!!
    Un saludo. Seguiré leyendo...

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  8. Un capítulo muy bueno. Me gusta mucho el ritmo que llevas.

    Tiamat es de momento el personaje que más me gusta.

    Seguiré leyendo.

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  9. Hola, Nando, gracias por pasarte. Además de Meleiz, creo que eres el único al que le gusta Tiamat O.o Jaja, a ver qué te parecen los próximos personajes. ¡Hasta pronto y nos leemos!

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  10. Hola, Angela.

    Yo es que siento debilidad por los malos, por eso me gusta Tiamat, que es de lo peorcito que se puede uno encontrar.

    Pero entiendo perfectamente que no le guste a nadie más. Imagino que el mago que ayuda a Sekmet despertará más simpatías en los demás lectores.

    Saludos,


    Saludos,

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