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Un abrazo por reclamar

UN ABRAZO POR RECLAMAR

El pasador cerró con un «clic». Dereck miró en silencio su última obra de arte para asegurarse de que era perfecta y no menos de lo que merecía esa despedida. Tardó aun un rato más contemplando el peinado: un moño bajo sujeto con tres trenzas.
—Dereck... —lo llamó Sakti.
—No, espere. Tengo que corregirlo.
Antes de que la princesa reprochara, Dereck le quitó el pasador. Sostuvo el moño con una mano mientras que con la otra rebuscaba en el bolsillo. Al fin encontró lo que buscaba: dos horquillas de plata y diamantes negros. Sakti guardó silencio al ver el reflejo de la plata en el pequeño espejo que Dereck puso sobre la mesita frente a la cual la peinaba. Esperó en silencio a que el Guardián terminara. Dereck miró otra vez el peinado. Aunque el pasador era más seguro para soportar el peso del moño, las horquillas aguantarían bien. A menos, claro, que un grolien le asestara un golpe a Sakti. Pero para eso Dereck se encargaría de protegerla.
—Son con las que me peinaste en mi cumpleaños, ¿verdad?
No tenía qué especificar cuál cumpleaños. Dereck sabía cuál: el único que verdaderamente contaba. El único que fue verdaderamente alegre.
Asintió y acercó el espejo a Sakti para que se viera mejor. Sakti también asintió. Dereck giró la silla rotatoria y la miró de frente. Había dejado dos mechones sueltos, uno a cada lado, para que se le acomodaran detrás de las orejas. Asintió otra vez, satisfecho de su trabajo. Sakti tenía el aspecto apropiado para su última noche: vestida de seda y plata, abrigada con la bufanda de fuego que Mark le había regalado, y peinada con manos amorosas, tenía el aspecto regio de una princesa salvadora pero también el de una mujer más. Y eso era lo que Dereck quería que todos vieran: Sakti era una mujer joven como cualquier hija, hermana o madre en el mundo, salvo que a ella la enviaban al matadero como si fuera un puerco. Ni más ni menos. Quería que todos lo vieran y lo entendieran. Quería que comprendieran lo bajo que cayeron y lo poquísimo que merecían el sacrificio de la princesa.
—Está hermosa, Alteza —dijo con una sonrisa temblorosa. Tomó aire para no traicionarse. Se prometió que no lloraría—. La quiero, princesa. Lamento mucho no haberla servido mejor y por más tiempo.
—Lo hiciste muy bien —murmuró Sakti mientras acariciaba una de las horquillas—. En todos los detalles. Eras justo lo que necesitaba y mucho más de lo que merecía. Gracias. Yo también te quiero.
Dereck soltó un gemido ahogado y algo patético, como un ratoncillo atrapado en papel pegajoso. Sakti ladeó la cabeza.
—No llores, Dereck. Te lo prohíbo. Tú también tienes que lucir tu mejor cara esta noche.
El soldado respiró fuerte para tragarse los mocos y las lágrimas que amenazaban con traicionarlo. Aunque se esforzó en transmitirle a Sakti sus buenos deseos todavía había mucho que quería decirle, mucho que quería compartirle. Y el tiempo se le agotaba cruelmente, se le iba drenado por un agujero invisible aun cuando el tiempo mismo estaba congelado.
Un tambor empezó a sonar. Luego otro y otro y otro. Bum, bum, bum. Lentos, fatales, como un corazón a punto de detenerse.
—Es la llamada —susurró Sakti—. Esto es todo. Adiós —pero se quedó clavada en la silla.
Los tambores siguieron sonando. «Escape, Alteza», se escuchó Dereck decir, «¡yo la apoyo!». Pero esas palabras solo resonaron en su mente asustada. En lugar de decirlas extendió una mano a Sakti y la ayudó a levantarse. Supo que ella tenía miedo porque la mano estaba fría, como si estuviese forrada con piel de lagartija.
—Estoy con usted hasta el final. Siempre —le aseguró.
Sakti asintió y siguió a Dereck al exterior de la tienda. Encontraron a Adad y a Kael justo al frente, compartiendo un último abrazo. Jillian estaba ligeramente apartado, como era usual. El Guardián alado se separó rápido, como si se quitara una daga de un tirón. Justo así se sentía. Adad asintió con la dulce sonrisa que lo caracterizó en su juventud, libre del desdoblamiento y la locura.
—No llores —pidió el príncipe—. O te acusaré con mi padre en cuanto lo vuelva a ver.
—¡No estoy llorando! ¡Dereck sí! —se defendió Kael.
—¡No es verdad, llorón!
Lo cierto era que los dos tenían los ojos vidriosos. Si alguien hacía un solo comentario más ambos inundarían el campamento con las lágrimas.
Unos tambores ligeramente más agudos llamaron al acomodo final de las líneas de ataque. Dereck empezó a temblar pero Sakti lo calmó con un ligero apretón de la mano helada.
El soldado la dejó ir. Sakti se unió a su hermano y Jillian. Adad le rodeó los hombros con un brazo, a la vez que Sakti estiraba la mano para tomar la de Jillian. No fue un movimiento que le saliera de forma natural pero hizo un trato con el Tercer Dragón: una última canción, un último sueño y sería suya. Nunca en alma pero por lo menos en cuerpo. Era lo único que Jillian podía recibir y con lo que se conformaba.
Avanzaron hasta la columna asignada a ellos. Los soldados les abrieron paso con la ceremonia de un sonoro golpe en el pecho. Dereck tuvo la impresión de ser un padre que entrega a su hija en el día de su boda, solo que ahora la entregaba a la muerte. Sí, podía echarse a llorar. Pero no debía. Caminaría con la frente en alto para demostrarse que era distinto a los soldados que eran incapaces de mirar el esplendor de los príncipes portadores en esa última noche y que se obligaban a mirar al suelo.
Llegaron al centro de la formación. Los soldados habían levantado la tienda del Emperador y dejaron un sitio despejado en donde esperaban los Aesir de Masca y de las Arenas, junto a los Generales y Munnin. Los príncipes llevaban armaduras negras que los camuflaban con la noche eterna, así que era inevitable que los Generales destacaran con sus armaduras doradas. Si bien estaban abolladas por los combates previos, eso solo las hacía ver más imponentes y resistentes.
Quizá lo más impresionante era el cabello y el rostro descubiertos de Sigfrid, sin rastro de los vendajes con los que se había acostumbrado a cubrirse en las noches. Todavía no había luna, pero todos sabían que vendría pronto y que sería redonda y roja. «Eso quiere decir que no espera sobrevivir al primer ataque», supo Sakti. «Bien». Sigfrid no desecharía las precauciones contra la luna carmesí si creyera que había riesgo de desatar un desbalance fatal en un momento tan crítico. Si moría antes de que la luna lo reclamara no podría desatar magia sin control.
En lugar de los vendajes, llevaba un carrete en el lado derecho de la cintura –la espada iba del lado izquierdo– y una ballesta en las manos. La flecha cargada estaba enganchada a una cuerda metálica que se enrollaba en el carrete.
 Al ver a Sigfrid el instinto de Dereck y Kael fue caminar todavía más cerca de los Dragones para protegerlos. El General los ignoró. Miró una última y larga vez a sus ahijados antes de darles una inclinación de cabeza. Sakti y Adad lo miraron pero no respondieron. Sencillamente había demasiadas heridas por sanar como para que una reverencia en la última noche, carente de palabras, excusas o justificaciones, fuese suficiente para enmendarlo todo.
Sigfrid aceptó el silencio de los príncipes con dignidad, sin reflejar nada más que la determinación ante la misión. Estiró una mano a Enlil, quien se la apretó de inmediato.
—En la mañana —susurró el Primer General.
—Mientras los soldados limpian el desastre —asintió Enlil.
Sigfrid miró al Emperador y se llevó el puño al pecho.
—Majestad.
—General —lo despidió Kardan con solemnidad. Sabía que sus próximas palabras no significarían nada para Sigfrid, pero lo significaban todo para él. Y no se le ocurría nada más importante para darle a Sigfrid que su «todo»: sus esperanzas, sus buenos deseos, su frágil confianza—. Que Dios lo guíe.
—Meh, haré lo que pueda —respondió Munnin.
Kardan se llevó la mano a la boca para esconder una sonrisa.
—A ti también, Munnin —le dijo—. A ti también.
A pesar de todo le pareció agradable saber que lo último que recordaría del cuervo gruñón sería esa broma poco convencional, y no su pico roto o el ala herida que forzaría a volar una última vez.
Los miraron en silencio mientras el cuervo rasgaba la noche, se unía a ella, y volaba hacia las únicas luces del cielo: las de los castillos flotantes.
Un nuevo tambor resonó.
—Majestad —dijeron los príncipes de las Arenas al unísono. Kardan asintió e inclinó la cabeza a ellos.
—Regresen sanos y salvos. El Reino de las Arenas los espera.
Los príncipes se marcharon junto a Enlil. Ninguno dijo nada a los Dragones, aunque en sus expresiones había bastante de lo que Dereck buscó provocarles con la apariencia de Sakti: vergüenza y remordimiento. Mucha vergüenza y mucho remordimiento.
—Y ahora esperamos —sonrió Adad.
Los tambores sonaron. Y sonaron. Y sonaron. Parecían estancados como el tiempo. Los príncipes tuvieron rato de sobra para acomodarse en los caballos y esperar el último redoble.
—Te ves enfermo —comentó Sakti mientras miraba el perfil de Kardan.
El Emperador sudaba. La noche era fría como hielo y él sudaba también frío.

«Prométeme que no harás nada estúpido. No los detendrás».

La voz y la mirada de Connor, tan lúcidas y seguras. Más allá de la promesa que le hizo al doctor estaba la promesa silenciosa que Kardan se hizo a sí mismo: seguir los consejos de Connor porque el profeta era más sabio que él. Pero entonces ¿por qué todo eso se sentía tan mal? Tomó las riendas del caballo.
—Inicien sin mi si Sigfrid cumple antes de que yo haya regresado —le indicó a Sin—. Tengo algo que hacer. No me tardo.
Kardan cabalgó por entre la ruta que los soldados despejaron antes para los Dragones.
—¿Crees que tiene mal de estómago? —murmuró Adad al oído de Sakti, en tono jocoso. La princesa lo miró con una ceja arqueada.
—Estás de muy buen humor. —Miró el cielo. A pesar de la negrura espesa creyó reconocer la silueta de una nube—. Pero no luches demasiado o terminarás perdiendo el control.
—Mira quién habla —susurró Adad.
Sakti se estremeció. Aunque Adad sonrió y miraba con la inocencia de sus primeros años, su voz era la del hombre que le estrelló la cara contra la pared de la casa de los profetas.
—Al menos yo me controlé lo bastante como para que dejara de llover. Pero tú no, mi amada hermana. No has podido controlarte desde que tomaste la decisión de abandonar el Yggrdrasill. No has permitido al tiempo correr desde entonces.
Sakti tensó la mano sobre las riendas.
El estallido del cañón flotante la detuvo antes de que pudiera entender las palabras de Adad.

****

Darius estrelló el puño con todas sus fuerzas contra el cerrojo. Gracias al hechizo supresor apenas sentía el dolor en los nudillos, pero por eso mismo fallaba con más frecuencia los golpes. ¡Maldita sea! ¿Cómo demonios saldría de ahí?

«Entiendo que tengas miedo».

Estaba aterrado. Pensó en todas las tardes de té. Los tambores retumbaron uno tras otro, primero uno grave, luego otro agudo, y ahora uno largo y pausado. Pensó en las miradas de cejas arqueadas cada vez que Sakti lo juzgaba en silencio por su incapacidad de tener un cuarto ordenado.

«Entiendo que quieras protegerme».

Pensó en las veces que Sakti lo dejó acurrucarse en su regazo. Escuchó los cascos de los caballos mientras avanzaban a las posiciones de ataque. Recordó el día en que compartió con ella y Mark el agua de coco delante de la Estación Segundo Dragón.

«Pero tienes que aprender a dejar ir, Darius».

Pensó en lo cruel que fue con ella mientras buscaba a Connor, y lo buena y solícita que fue Sakti con él cuando creyeron que el doctor estaba muerto. Pensó en el abrazo que Sakti todavía le debía y en la promesa que él aún no había cumplido.

«Te lo he dicho por mucho tiempo».

El cielo explotó con un estruendo. Darius gritó una maldición dolorosa y furiosa. Sabía lo que significaba: la última batalla ya había comenzado y él seguía allí, atrapado en ese agujero, a salvo, mientras Sakti se le iba. Saltó con más ganas para alcanzar mejor la cerradura, y golpeó más fuerte, y aulló más desesperado, y llamó con más intensidad a alguien, ¡a quien fuera!, para que lo sacara de allí.
Dio un golpe más y...
... la tercera visita de la noche cayó sobre la cerradura.
—¡Dios! —exclamó Kardan al ver los nudillos ensangrentados de Darius—. ¡La celda no se puede abrir así! ¡Tiene un hechizo...!
—Cállate y sácame de aquí, maldito hijo de...
—Ya, ya, de acuerdo —lo interrumpió Kardan mientras ponía la mano sobre la cerradura y así, tan sencillo, con tan solo jalar, la abrió.
Kardan se afianzó con una mano a los barrotes y estiró la otra para ayudar a Darius a subir.
—¡Muévete! —lo apuró. El suelo retumbaba con los cascos de los caballos—. ¡No tenemos mucho tiempo!
Darius lo miró sin comprender.
—Tú quieres matarlos. ¿Por qué ahora...?
—¡No quiero matarlos! —lo interrumpió de nuevo el Emperador. Ya no había solo prisa en su mirada, sino auténtico enojo—. Yo no soy mi padre. Yo no creo que la muerte de mis primos sea justa para salvarnos. No la merecemos. No debemos permitirla.
Darius extendió la mano menos lastimada a Kardan, quien lo agarró y lo ayudó a salir de la celda. Una vez en la superficie el Emperador no perdió tiempo y lo apremió a subir con él al caballo. Darius lo siguió obediente, no porque tuviera simpatía o una pizca de respeto a Kardan, sino porque era su única alternativa para reclamar el abrazo de Sakti. Para cumplir una de las tantas promesas que todavía debía. Para salvarla.
—¿Cuál es el plan? —preguntó mientras Kardan espoleaba el caballo rumbo al batallón que avanzaba a toda marcha hacia Tyr—. ¿Cómo salvamos a Allena?
—Querrás decir cómo salvarás a Allena —lo corrigió el Emperador—. Tu hijo me hizo prometerle que yo no haría nada estúpido como detener a los Dragones. Así que tú serás estúpido en mi lugar y los detendrás.
Darius aguantó una palabrota porque era verdad: estaba más que listo para ser estúpido e intentar detener una Profecía milenaria.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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