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Capítulo 12

12
DISTORSIÓN

Sintió el impacto del cañón en las entrañas, como si ella misma hubiese dado a luz a la energía desatada desde las alturas. El cuerpo entero le tembló. Miró los datos en el panel de control. Doscientas setenta y tres muertes confirmadas, la mitad de ellas vanirianas. Revisó la información en busca de un fallo con la esperanza de que hubiese sido un error. En vano. El disparo fue intencional. Miró hacia el centro de comando, demasiado herida y asustada como para disfrazar lo que sentía. Vanir le devolvió la mirada, acompañada de una ceja inquisidora.
—¿Qué sucede, mi Lemuria? —estaba en verdad perplejo.
El rey de hielo se asomaba a través de los hilos de sincronización. Eran negros como la noche en la que levitaba el castillo. Negros como la sangre envenenada de los Aesir cuando tocaban la ponzoña de Vanir. En cambio el rey era una fuente de luz. Allí donde los cables no lo cubrían la piel emitía destellos blancos. Pero era una blancura sucia, impura, antinatural. La piel era delgada y rugosa, como si fuese de cebolla; y por debajo de ella se marcaban negras venas, delgadas y gruesas por igual. Los ojos rojos eran idénticos a la luna carmesí, enfermizos y malvados, brillantes y enormes. En nada se parecía ya al falso soporte médico que se hizo llamar Marvin. Ni siquiera se parecía al Vanir enfermo que perdía de vez en cuando su juventud y se convertía en un cadáver andante y nauseabundo. Lemuria amó alguna vez a esas versiones del rey porque solo eran formas del cuerpo; mientras que el Vanir verdadero era lo que guardaba en su interior, lo que compartía de tan buen gusto con sus mangodrias.
O al menos eso creyó.
Ahora miraba a esta nueva apariencia de Vanir con disgusto porque era incapaz de reconocer el alma del primer hombre que la amó como mujer.
—Pensé que dispararía a la nave invadida —reprochó Lemuria.
—¿Para qué? Se estrelló contra la muralla cuando embistió otra nave.
—Debió ayudar a los tripulantes antes de que las naves colapsaran.
—No habría llegado a tiempo.
—Disparó sobre Tyr. Sobre nuestros soldados, nuestra gente.
Vanir no respondió. Miró a Lemuria fijamente, con los ojos abiertos y redondos sobre la mujer. ¡Dios! ¿Tenía párpados? Lemuria creía que no. Por todo lo que era bendito, ¿qué era esa nueva forma de Vanir? Parecía un...
—Piensas que soy un monstruo.
Lemuria se sobresaltó.
Siempre supo que la sincronización de los Aesir podía permitirles leer el pensamiento de los habitantes de una estructura sincrónica. ¿Y qué era Vanir, sino el hermano de Aesir? Era aún más puro que los Aesir actuales que solo podían lograr una sincronización tan precisa en contadas ocasiones. El alcance sincrónico de Vanir era una de las muchas cualidades que poseía al ser un Mago Original, como lo fueron Aesir y Masca. Pero Lemuria nunca creyó que Vanir se inmiscuiría en sus pensamientos.
—Usted cambió —reprochó mientras retrocedía. Ya no quería estar en la misma habitación que Vanir. Ya no quería estar en el mismo castillo que él. Ni siquiera quería vivir en el mismo mundo que él—. Usted era bueno y dulce. Nos cuidaba a todos por igual. Y a nosotras nos cantaba. Pero ahora dispara sobre los nuestros y se mete en mi mente. Cambió. No es igual, no es el mismo.
Vanir se levantó. Salió con los pies descalzos del centro de comando, todavía rodeado de los cables negros. Lemuria se sintió retroceder hasta la pared, donde ya no podía escapar más; hasta que de un momento a otro Vanir puso una mano helada sobre la mejilla de la mangodria. Entonces Lemuria se dio cuenta de que no retrocedió ni un paso, que esa idea solo estuvo en su mente y que probablemente Vanir la colocó ahí para hacerla creer que escapó mientras la alcanzaba sin dificultad.
No le gustó. Aborreció el toque helado del rey y se vio a sí misma apartarlo, aunque de inmediato volvió a sentir la mano fría en la cara. Vanir había vuelto a ponerle un pensamiento falso y le sonreía horriblemente, burlonamente. Lemuria tenía ganas de llorar del miedo y la impotencia porque comprendió que el rey podría tocarla, forzarla y engañarla con la sincronización sin que ella pudiese defenderse.
—Yo no he cambiado. Esto que ves es lo que originalmente fui. Igual que Aesir y Masca. Éramos seres hechos de luz con sangre de oscuridad. Ángeles enviados por Dios a moldear este mundo. Es solo que mis hijos, y los hijos de ellos, cambiaron con el paso del tiempo. En busca de merecer el mundo que Dios quiso para los humanos, los hijos de Aesir modificaron su apariencia hasta ser menos ángeles y más mortales. Y los vanirianos... Bueno, supongo que de algún modo ustedes quisieron ser también como los aesirianos. Aunque sin éxito, claro. Salvo las mangodrias y los ordinarios, el resto de mis hijos se parecen más a los ángeles de Dios.
«¡Qué ángel!», pensó Lemuria aterrada. «¡Disparando sobre los hijos que pelean por él en tierra!». Escuchó el eco de sus palabras en la sala de comando y comprendió demasiado tarde que dijo en voz alta lo que pensaba. Una vez más Vanir la engañó en su mente.
—Tú has cambiado —la increpó el rey.
La mano helada la tocó antes con cariño burlón, pero ahora le agarró la cara con crueldad. Le cubrió la boca con la palma; clavó cuatro dedos puntiagudos y duros en la mejilla izquierda y el pulgar en la mejilla derecha; y apretó, apretó, apretó. Lemuria no pudo respirar. Aunque todavía tenía la nariz destapada, la mano de Vanir le olió a podredumbre. A veneno. A pecado. Temió que respirar la manchara por dentro.
—Tú tomaste el antídoto para salvar a Connor, ¿verdad? Abigahil me mintió. No creas que estoy sordo. Escucho muy bien los rumores. Puedo perdonar que el resto de mis hijos ame a Connor porque no pasan demasiado tiempo conmigo para entender cuánto los amo, ¡cuánto he sacrificado por ellos! ¡Pero tú! ¡Tú eres mi mangodria, mi Generala, mi mujer! ¡¿Cómo has podido traicionarme por Connor?!
Lemuria apretó los ojos porque con eso creyó que podría apretar un pensamiento hermoso y terrible. Entre más pequeño fuese ese pensamiento, entre más doblado sobre sí mismo estuviera –junto con todos los recuerdos relacionados a esa idea–, más difícil sería para Vanir descubrirlo.
No podía dejarlo saber que no lo traicionó por Connor, sino por Dereck. No podía dejarlo saber cuánto amaba los ojos verdes, alegres y honestos; cuánto deseaba el pecho y los brazos cálidos; cuánto anhelaba las caricias de esas manos grandes y calientes; cuánto disfrutaba del olor de su pelo; ni lo completa, segura, comprendida y amada que se sentía cuando Dereck la miraba.
Pronto sintió los dedos duros y puntiagudos de Vanir dentro de su mente. El rey percibió la desesperación con que Lemuria escondía ese preciado pensamiento y lo buscó, y lo pellizcó, y empezó a desdoblarlo, a leerlo. La mangodria ya anticipaba el dolor que Vanir le infligiría una vez que descubriera el rostro que protegía cuando...
«Amenaza aesiriana descubierta».
... la voz sincrónica de Vanir saltó en toda la estructura.
El rey dejó de apretar la cara de Lemuria mientras leía los datos reportados por la sincronización.
—Tch —masculló. Soltó a Lemuria y la empujó al suelo.
La mangodria cayó sentada, con las rodillas temblorosas e incapaces de sostenerla. Los lagrimones cayeron por las mejillas. Tenía el corazón roto. ¿Cómo era posible que temiera tanto al hombre a quien antaño amó con todo el corazón? Habría muerto por Vanir. Mató por él. Se habría convertido en una abeja reina por él. Y ahora tenía la cara arañada y sangrante porque así él lo quiso.
—Sigfrid Montag ha abordado el castillo —dijo el rey mientras daba media vuelta y regresaba al centro de comando—. Ve a enfrentarlo.
Lemuria miró el panel de control a tiempo para ver en la pantalla el momento en que el General decapitaba al arpía macho con el que abordó el hangar. Las tres cabezas plumíferas hicieron una pirueta en el aire y aterrizaron en el suelo con el peso de bolas de cañón. Una de ellas rodó por el suelo hasta el borde del hangar y de allí cayó al vacío. El General no llevaba su imponente coraza dorada de hombro derecho y los trozos de armadura que sí llevaba estaban agujereados, a punto de deshacerse en el suelo en mil pedazos. Y aun así Sigfrid era la imagen misma de la grandeza, de lo absoluto y terrible, de la victoria segura.
Estaba ahí para matarlos a todos.
Lemuria comprendió que Vanir la enviaba a Sigfrid para que muriera.
Se levantó lentamente. Fijó los ojos en la espalda luminosa de Vanir marcada con las venas venenosas, envuelta en los hilos negros. El rey ni siquiera la volvió a ver. No le diría ni adiós. Después de tantos años juntos, de tantas victorias celebradas, de tantos abrazos y besos, Lemuria ya no le valía ni para una despedida.
—Como ordene, mi rey —hizo una reverencia profunda en honor al tiempo en que amó a Vanir—. Adiós.
Salió de la sala de comando sin recibir respuesta. Los pasillos brillaban como jades en llamas, pero lo mismo habría sido que estuviesen completamente oscuros. Lemuria se sentía perdida en las tinieblas, como un barco en tormenta que ha perdido el rumbo y espera la luz salvadora de un faro para regresar a casa. Ella sabía dónde estaba su faro pero se creía incapaz de volver a verlo. Estaba allá abajo, a merced de los disparos de Vanir. Se le hizo un hueco en el estómago al imaginar que quizá Dereck fue una de esas doscientas setenta y tres muertes registradas. No, era impensable. Si el Guardián murió entonces ya Lemuria no tenía sitio a dónde regresar.
«Eclosión», anunció la voz sincrónica de Vanir. «Misión en proceso». Lemuria se congeló en su sitio al escuchar un aullido largo y agudo, amplificado en la resonancia de los pasillos. El aullido se repitió cien veces más desde distintas secciones del castillo flotante. Supo quiénes eran pero no podía ser que... No podría Vanir... Escuchó el chasquido de la presión liberada de las escotillas y los aullidos cada vez más dolorosos y largos, suplicantes.
—No —murmuró Lemuria mientras daba media vuelta, pero lo hizo muy despacio, sin control de sí misma—. No puede...
Sus palabras sonaron también largas, lentas. «Nooooooooo puuuuuuuuuuueeeeeeeeedeeeeeee...». Se llevó una mano a los labios con la intención de apretarlos y moverlos más aprisa, pero ese movimiento fue también lento. Era una desviación de tiempo, como la que muchos experimentaron en la noche eterna. Mientras que para algunos el tiempo pasaba muy rápido, para otros marchaba lentamente. A Lemuria se le hizo eterna la espera en Tyr pero la nueva experiencia en ese pasillo era ridícula. Todos sus movimientos eran lentísimos y absurdos, más desesperantes aun porque su mente pensaba a ritmo normal. ¿O es que la velocidad de su pensamiento se había acelerado y por eso creía que sufría una desviación del tiempo?
Lo que más la aturdía era el aullido de sus hermanas. Las abejas reina lloraban en todo el castillo. El llanto le taladraba los oídos. «Dios, Vanir no puede hacerlo de verdad. ¡No puede! ¡Mataría a todos los niños!». El llanto persistía. Imaginó las paredes pulsantes de cada panal, enviando arremetidas de energía hacia los vientres abultados de las abejas reina. Le pareció una imagen grotesca, libre de toda la ternura que Vanir solía emplear cuando hacía el amor a cada mangodria. Ahora no hacía el amor; ni siquiera tenía sexo con las abejas reina. ¿Cómo podría, si no las acariciaba con los dedos luminosos ni estaba en la misma habitación que ellas? Cada pulso de energía era como una violación. Las toqueteaba indebidamente con los pensamientos ariscos de la sincronización para excitarlas, para forzar las contracciones que abrirían la larga fila de huevos que pendían de cada madre.
Imaginó el horror de cada una de ellas mientras los huevos sin madurar se abrían repentinamente y vertían el contenido al suelo. Masas sanguinolentas sin forma. Cuerpecillos desproporcionados envueltos en moco y sangre. Niños pequeños, sin madurar aún, dando su primer y último respiro. ¿Y todo para qué?
Escuchó otra vez las escotillas, también lentas y distantes.
Vanir lanzaba a combate a sus hijos sin madurar, forzados a nacer para luchar por él. La mayoría caerían muertos. Si mataban a un enemigo sería porque los aplastaría con su peso inerte. Pero otros, unos pocos, llegarían vivos. Serían los más maduros, los que estaban a unas semanas de un nacimiento natural y sin complicaciones. Pero morirían al poco rato. Algunos tendrían un sistema respiratorio todavía débil, ninguno sabía caminar y quizá ni tenían todavía fuerza en las piernas, y a lo mejor tendrían alguna deformación por ser forzados a salir del huevo antes de tiempo. Pero todos serían inocentes. Imaginó el miedo que iban a sentir, lo solitos y tristes que estarían en medio de la batalla. Morirían solos, machacados por los aesirianos sin saber por qué.
Las lágrimas le saltaron a los ojos. «Oh, Vanir, ¿por qué? ¿Qué te ha pasado?». No podía creer que lo hiciera. Que violara a sus mangodrias. Que lanzara con tanta frialdad a sus propios hijos. Que la enviara a morir por despecho. Las lágrimas cayeron a la misma velocidad que los aullidos, despacio, tan despacio que hasta pudo escucharlas en medio de la orquesta de llantos.
Escuchó un silbido detrás de ella. Por suerte su mente no estaba aletargada y reconoció qué era: el silbido de una espada. Lemuria se giró a la vez que inclinaba la cabeza a un lado para evitar el tajo, pero no sabía si lograría evadir el golpe. El atacante tenía unos instantes de ventaja sobre ella en un tiempo que marchaba estancado.
Vio el filo iluminado por las paredes, los dedos pálidos cubiertos de sangre que sostenían la espada y también los ojos azul-plateados de Sigfrid. Sintió que la luna se acercaba. Pudo verlo en la apariencia del General; en los dedos largos y fosforescentes; en los ojos salvajes; en el cuello largo, musculoso y lleno de venas saltadas. Sigfrid estaba también bajo el embrujo de una desviación de tiempo, pero contaba además con la energía susurrada de la luna que brillaría en el cielo en cualquier instante.
La espada pasó delante de los ojos de Lemuria, a unos milímetros de cortarle la punta de la nariz. La mangodria cayó de espaldas. El dolor le recorrió el cuerpo lentamente, lo que intensificó la sensación. Fue una tortura. Dolió tanto que casi deseó que Sigfrid la partiera por la mitad de una vez porque estuvo segura de que eso sería más rápido.
El lamento de sus hermanas la hizo reconsiderar. Si Lemuria moría, ellas quedarían solas con Vanir. No con el Vanir tierno y sensual. No con el Vanir que les cantaba todas las noches. No con el Vanir que les hizo creer en el amor eterno. Quedarían con el Vanir viciado, con el que las violó y lanzó a la muerte a sus hijos.
Con el que las traicionó.
Apoyó con fuerza las manos en el suelo para darse impulso y giró hacia atrás. El movimiento fue desesperantemente lento pero por dicha el de Sigfrid también lo fue. El General clavó la espada en el sitio donde Lemuria estuvo. El mármol partido sonó como un glaciar derretido que cae al mar. Lemuria logró ponerse en pie, dar media vuelta y echar a correr con todas sus fuerzas. Otra vez fue tan lento, tan desesperante, que los ojos le ardieron con lágrimas de frustración. No se atrevió a mirar atrás porque supo que el movimiento le tomaría una eternidad y que vería a Sigfrid en plan de atraparla, triturarla y pisotearla como si tan solo fuese un gusano.
Justo cuando iba a girar en una esquina el tiempo retomó el paso habitual. Tomó a Lemuria desprevenida, porque venía con tanta fuerza para superar el estancamiento que perdió el control. Al doblar perdió el equilibrio y pegó la frente contra la pared. Tropezó y cayó sobre las muñecas. De inmediato se levantó con el cuerpo inclinado hacia adelante, con un equilibrio precario que solo pudo mantener por obra y gracia de Dios. Sigfrid cayó con un estruendo donde antes estuvo ella, también desprevenido por el nuevo comportamiento del tiempo. Mientras Lemuria ya corría varios pasos adelante, Sigfrid apenas se ponía en pie. Aunque una de las tantas razones por las que el General daba miedo era su talla, Lemuria ahora agradeció que fuese tan grande; o de lo contrario se habría levantado más aprisa y la habría alcanzado con un tajo de la espada.
Corrió desesperada mientras pensaba en un plan. Supo que si enfrentaba a Sigfrid cara a cara no tendría ninguna oportunidad, porque se lesionó las muñecas y no podría levantar ni mover una espada con soltura. Lo triste era que no tendría remedio porque tarde o temprano Sigfrid la acorralaría. En una situación normal Vanir le echaría una mano con la sincronización, pero esta vez no. Esta vez el rey tenía la espalda vuelta hacia Lemuria y los oídos sordos a sus súplicas o a las súplicas de cualquier mangodria.
Una mano grande y caliente, de dedos largos, se cerró alrededor del brazo de Lemuria. Sigfrid la jaló hacia sí, giró y chocó a la mujer contra la pared. El General no dijo nada, ni siquiera lanzó un grito de guerra, pero Lemuria leyó en sus ojos todo lo que Sigfrid quería decir: «Muere».
—No. —Sintió el fuego que ardía dentro de ella—. ¡Aún no puedo morir!
Las flamas azules rodearon a Sigfrid y lo lanzaron contra la otra pared del pasillo. Lemuria disparó dos veces más, decidida a convertirlo en cenizas y a ver la oscura silueta del alma de Sigfrid mientras se deshacía en las llamas.
—¡Aún no puedo morir, no voy a morir, no debo morir! ¡Todavía me quedan muchos años junto a él! ¡Yo no lo haré a un lado como hiciste tú!
Se quedaría con Dereck. Buscaría la manera de salvar a sus hermanas y después, cuando ellas estuviesen a salvo, viviría feliz para siempre con Dereck. Él la recibiría. Así hubiese Profecía o no, encontrarían la forma de vivir en un mundo donde ambos pudieran amarse, así tuviesen que crear un mundo nuevo.
El fuego azul se concentró en un único punto antes de salir disparado hacia ella. Lemuria logró esquivar la bola de fuego en el último momento; giró en el suelo y se lastimó aún más las muñecas. Al mirar por encima del hombro vio a Sigfrid con los brazos extendidos, moviéndolos en círculos lentos y pacientes a la vez que las llamas se movían al compás de sus órdenes.
Otra vez el General guardó silencio aunque Lemuria leyó su expresión sin problemas. «Puedo hacerlo todo». Eso incluía controlar el fuego azul.
Lemuria echó a correr de nuevo.

****

Pasaron a través de las ruinas ardientes de las dos naves. Se dieron prisa porque hacía un calor tremendo, los escombros estaban aún inestables y se hundían sobre sí mismos, y –más importante aún– Airgetlam estaba inquieto.
Cuando al fin cruzaron la muralla destruida de Tyr, Dagda guio el caballo hasta situarse junto al de Airgetlam. Tomó la mano sana del gemelo y le preguntó si estaba bien, pero Airgetlam solo miraba hacia uno y otro lado. La vista se le iba más hacia el otro boquete de la muralla, desde donde venían los gritos de los guerreros. A la distancia se veían las siluetas enormes y todo poderosas de los hijos de Vanir.
En el cielo, la nave disparó. La luz lo cortó absolutamente todo. Por un instante Dagda se miró en el suelo, junto con sus hermanos, pisoteado por los caballos asustados. Apretó más fuerte la mano de Airgetlam y lo atrajo hacia sí para por lo menos amortiguarle un poco la caída. Sintió los hombros tensos de Airgetlam, los brazos temblorosos, la mente aterrada... Ese no era sitio para una persona inestable.
Jamás tocaron el suelo. Aunque los caballos piafaron por la luz no se encabritaron.
—Lo siento. —Drake soltó un suspiro que sorprendió a Dagda. El peli-rosado estaba inclinado sobre la cabeza del caballo para apaciguarlo. Fue él quien evitó que los animales perdieran el control gracias a un relajamiento mental—. Airgetlam no debió haber venido. Pero...
—Ya déjalo —lo cortó Dagda—. Bien sabes que no puedes salvar a Allena solo. Necesitas por lo menos mi ayuda. Y tampoco puedo dejar a Airgetlam mucho tiempo solo. —Miró a su gemelo, que se soltó de las manos de Dagda para cubrirse las orejas. Se cubrió bien la derecha, pero el brazo izquierdo, que estaba roto, no podía subirlo sin hacer una mueca de dolor—. Además, él también quiere estar aquí. Los tres queremos a Allena. Es nuestra hermana.
Drake desvió la mirada. Así no pensaba en Sakti aunque sabía de sobra que esa era la visión que debía de tener la princesa sobre él: un hermano adoptivo más.
Desde el cielo les llegó un chillido largo y lastimero, como si toda la estructura rugiera. Airgetlam se tapó más fuerte las orejas y apretó los ojos. Dagda lo atrajo hacia sí otra vez, seguro de que el cañón volvería a disparar y que ahora sí se caerían del caballo.
El cañón no disparó luz pero sí dejó caer algo desde las escotillas dispersas en la base. Drake y Dagda entrecerraron los ojos sobre las siluetas lanzadas al vacío. ¿Eran bombas?
Fuesen lo que fueran, no llegaron al suelo. Se quedaron suspendidas en el aire. «No». Drake entrecerró aún más los ojos. Tenía la vista del mejor arquero del mundo y por eso podía distinguir los movimientos sutiles a la distancia, como las respiraciones calmadas o el movimiento de las hojas en la brisa. «No están suspendidas. Caen, pero muy lentamente».
Si eran bombas todavía tardarían un rato en estallar sobre la soldadesca. A lo mejor caían despacio para dar tiempo a los vanirianos de ponerse a salvo. Si así era, ¿qué debía hacer? ¿Buscar a Sakti en la batalla antes de que las bombas cayeran? No. Dagda y él ya tenían un plan. Lo habían discutido largamente: evitarían la batalla y llegarían a la torre antes que el grupo de Sakti. Allí les tenderían una emboscada. Aprovecharían que los soldados venían agotados del combate para derribarlos con la telequinesia, agarrarían a Sakti y echarían a correr como posesos. El plan solo funcionaría si llegaban antes que la escolta de los Dragones.
—Tenemos que seguir —decidió.
Dagda continuó con la mirada fija en la distancia. No veía las bombas del cielo, sino la batalla misma.
—Algo no anda bien. Mira allá. Es como si... estuviesen detenidos.
Drake no tenía tiempo que perder pero también reparó en que algo andaba extraño en el combate. Dagda lo vio primero y el sicario lo escuchó. Desde el enfrentamiento le llegaban los sonidos usuales de una guerra: gritos furiosos y rápidos, llamadas de auxilio y piedad, alaridos crueles y certeros, sablazos que cortaban el aire.
Pero a ellos se unió la versión lenta de esa orquesta. Parte de los gritos sonaban largos y lentos. El silbido de las espadas y flechas, y el retumbo de los escudos al embestir unos contra otros, eran dispares. A la distancia Drake escuchó un coro informe que incluía los ataques letales y apresurados comunes en combate, pero también otros más torpes y ridículos, como si parte de los soldados estuviese jugando y fingieran un grito largo y patético, un movimiento risible y un contacto inútil, de teatro.
Siguió la mirada de Dagda. En efecto, vio que un sector de la batalla estaba detenido. Los combatientes, vanirianos y aesirianos por igual, tenían las espadas en alto, o los puños extendidos, o a los adversarios agarrados en una maniobra para lanzarlos al suelo. «No. Son como las bombas. No están detenidos. Se mueven pero muy despacio». Este sector estaba más cerca del castillo flotante, aunque no por debajo de él. La nave se dirigía –también muy lentamente– hacia la torre. Las bombas caían despacio detrás de él, como si fuesen la cola marchita de una estrella fugaz a punto de apagarse.
Un escalofrío recorrió la espalda de Drake. Era una distorsión del tiempo. Lo peor es que avanzaba también hacia la torre, junto a la nave flotante, pues los combates más cercanos a la torre poco a poco entraban al trance de la lentitud. Si él y sus hermanos no se daban prisa, la desviación de tiempo llegaría antes que ellos a la torre. «Espera. Pero si llegamos antes que la distorsión, ¿qué pasará después? ¿Podremos salir?». El plan era llevarse a Sakti antes de que los soldados supieran qué los golpeó pero escapar en una distorsión de tiempo, cuando todo marchaba tan lento, era descabellado. En todo caso no había nada que hacer. Si querían salvar a Sakti tenían que entrar sí o sí a ese infierno. No había marcha atrás.
Mientras Drake pensaba en esto, Dagda había volteado la atención en Airgetlam. Su hermano se movía inquieto. Apretaba los ojos y las manos sobre las orejas con desesperación. No importó cuánto lo llamara Dagda o lo mucho que intentó separarle las manos, no logró hacerlo entrar en razón.
—Calma, Airgetlam. Todo estará bien. Aguanta un poco más. Dentro de nada rescataremos a Allena y verás que todo estará mejor.
Conectó con la mente de Airgetlam para lanzarle una onda telepática que lo calmara, pero todo lo que recibió fue estática. Y miedo.
¿Por qué había arrastrado a Airgetlam a esa situación? Debió haberlo dejado en el campamento con Riza. ¡No escabullirse con él! Pero Airgetlam quiso ir, ¡lo pidió tanto! Lo miró con su ojo sano con fervor y su mente sin palabras le envió imágenes de Sakti, de Darius, de Drake, de Zoe y Connor, ¡de todos juntos en familia! Airgetlam quiso estar allí para luchar hombro con hombro con sus hermanos como lo habría hecho de no estar herido y enfermo. «Igual debí haberlo dejado en el campamento. Traerlo aquí fue negligente de mi parte». Imaginó la tunda que le darían Riza y Connor por arriesgar a Airgetlam. Connor era el que más miedo le daba pero Riza era capaz de partirle la cabeza por semejante estupidez.
Volvió a pedirle calma a Airgetlam. Esta vez el gemelo abrió los ojos y lo miró con ambos, incluso con el ciego. Fue una mirada loca y desenfocada, como la que tenía en el bosque donde pelearon por última vez. Y como entonces, Airgetlam se lanzó sobre él con la fuerza de un tren. Lo agarró de la cintura y lo derribó del caballo.
Dagda cayó de espaldas al suelo marmóreo. Sintió el golpe en los pulmones y en los riñones. Airgetlam lo agarró tan fuerte que le sacó el aire; y al aterrizar se golpeó tan fuerte la cabeza que quedó tendido sin saber si estaba noqueado o despierto. Escuchó los relinchos distorsionados de los caballos pero no sintió el momento en que Airgetlam se levantó para lanzarse sobre Drake.
El sicario se giró al escuchar el costalazo de Dagda. Miró confundido a Airgetlam solo para que al instante siguiente un puñetazo mental le diera de lleno en la boca del estómago. El golpe fue tan fuerte que le sacó los pies de los estribos y lo hizo caer también al suelo.
Drake era más ágil y tenía mejores reflejos que sus hermanos, así que logró dar un giro rápido y caer sobre piernas y brazos, como un gato, en lugar de espaldas. Irguió la cabeza a la vez que los caballos relinchaban y se paraban de dos patas. Miró a Airgetlam en medio de los animales, con la mirada fija y loca en él. El gemelo movió los labios pero ninguna palabra salió de ellos. Drake vio que Airgetlam luchaba contra sí mismo, contra el vacío que le arrebató las palabras. Quería decirle algo, ¿pero qué?
Una sombra embistió a Airgetlam. Fue silenciosa como la brisa pero también poderosa como un huracán. Drake se congeló un instante al escuchar el alarido de Airgetlam mientras la sombra le clavaba los dientes y lo lanzaba al suelo para revolcarlo. Extrañaba sus bromas, sus sonrisas traviesas, sus carcajadas desvergonzadas... Extrañaba escucharlo hablar. Y ahora que lo oía por primera vez quién sabe en cuánto tiempo, lo escuchaba gritar.
Reaccionó antes de que pudiera pensar con claridad. Se lanzó a la sombra con todas sus fuerzas para apartarla de Airgetlam. Le sorprendió el cuerpo cálido y peludo, musculoso, enorme y a la vez huesudo; pero sobre todo lo tomó desprevenido lo familiar que se le hacía ese cuerpo. Logró apartarlo pero solo un poco. La sombra giró sobre las patas y quedó de frente a Drake.
Freki lo miró con sus ojos destellantes y locos, tan idénticos a la mirada desesperada con que Airgetlam observó a Drake. La baba le caía del hocico en grandes goterones. Freki emanaba un olor fuerte, a lodo y podredumbre. La cabeza caía al suelo atraída por el peso de los cuernos; y tenía las patas muy abiertas y temblorosas.
A Drake se le hizo un nudo en el estómago al ver lo enfermo y famélico que estaba el lobo; pero no se animó a ir a ayudarlo porque supo que Freki le arrancaría un brazo. Tampoco tuvo las agallas para dar media vuelta y abandonarlo, no cuando el mensajero necesitaba tanta ayuda como Airgetlam.
El gemelo estaba tendido a unos pasos del sicario, echado de medio lado sobre el brazo sano. El izquierdo, que estaba enyesado, también estaba ensangrentado pues Freki le mordió el hombro. Airgetlam levantó un poco la cabeza, lo suficiente para mirar a Drake. Otra vez luchaba contra el vacío de la mente, contra las palabras mudas que quería decir y que no encontraba. Dios, ¿qué quería decirle? ¡¿Qué?! «Airgetlam sabía que Freki venía», se le ocurrió a Drake. «Airgetlam nos derribó antes de que Freki pudiera alcanzarnos e hincarnos el diente».
Freki ignoró a Drake y avanzó con pasos temblorosos hacia Airgetlam. La baba caía cada vez más espesa. Drake se lanzó otra vez hacia el lobo, pero una mano firme y fría se cerró alrededor de su muñeca y lo detuvo. Al bajar la mirada se encontró a Dagda, que apenas se iba levantado.
—No... —murmuró Dagda mientras se llevaba la otra mano a la sien—. Espera. Vete a la torre. Nosotros nos encargamos de Freki.
—Pero...
Dagda lo apretó más fuerte y lo miró a los ojos. En lugar del azul zafiro, Drake vio imágenes. La navaja en el cuello. El día familiar en la playa. El lobo ensangrentado sobre el regazo. Enlil prometiendo que no dejaría que lastimara a su familia. Y un «Nooooooo» eterno que reventaba los oídos.
Comprendió. Era lo que Airgetlam intentó decirle antes sin éxito. Los recuerdos rotos habían regresado. Freki los trajo consigo.
—Déjanos a Freki —pidió Dagda—. Ha venido por nosotros.
—... Déjame ayudar un poco antes.
Levantó a Dagda y los dos se lanzaron a Freki antes de que alcanzara a Airgetlam. Lo agarraron del rabo y lo jalaron para que se apartara del gemelo herido. La cola estaba sucia y húmeda. Desde donde estaban pudieron ver que por entre el pelaje del lomo se asomaban gusanos blancos. Drake apretó los labios, sin atreverse a intercambiar una mirada con Dagda porque supo que su hermano tendría los ojos llorosos. Los dos creían lo mismo: en la locura y desesperación de los recuerdos rotos, Freki hizo todo lo posible para asegurar su muerte. Se mató de hambre. Se enfermó. Y todo para darle oportunidad a sus verdugos, a sus salvadores. No era una casualidad que estuviera en Tyr, en la misma ciudad donde el Tercer Dragón pronto se sacrificaría; tampoco era casualidad que hubiese entrado precisamente por el boquete menos poblado, el mismo que eligieron los profetas para entrar a escondidas.
Eligió a sus verdugos, a sus salvadores. Eligió la mano de los profetas gemelos para que lo llevaran de regreso al Tercer Dragón.
Antes de tomar el caballo y marcharse, Drake dio una daga envenenada a Dagda.
—Lo matará rápido, sin dolor.
El muchacho asintió mientras que tomaba la daga con una mano y con la otra apretaba los dedos sanos de Airgetlam para infundirle valor.
Drake no miró atrás. Mantuvo la vista fija en la torre con espirales de hierro, plata y jade. Dejó que sus hermanos se despidieran de Freki como solo ellos podían hacerlo ahora.

****

Como entraron tarde al combate aún les tomó un rato cruzar la muralla de Tyr. Los escombros se habían apilado hasta convertirse en una montaña, y tuvieron que abrir camino para que el caballo pudiera pasar.
Entraron después de que la nave en la ciudad disparara. Por un instante temieron que al llegar no encontraran más que polvo y fuego, pero la mayoría de los combatientes estaban a salvo. Eso sí, había un enorme abismo entre la torre y el grueso de las tropas. La nave vaniriana cortó la comunicación inmediata con la torre y el acceso se complicó todavía más. «¡Bien!», pensó Darius. Entre más difícil la tuviera la escolta de Sakti para llevarla a la torre, más fácil sería para él salvar a la princesa.
Kardan iba dándole indicaciones para que avanzara entre Tyr sin dificultades apenas se separaran, pues el Emperador prometió a Connor que no se inmiscuiría en la decisión de los Dragones. Darius no le puso atención. Estaba concentrado en el combate, en busca de una ruta por la que pudiera inmiscuirse. A como estaban las cosas era probable que ese Emperador de pacotilla ni siquiera lo llevara a la torre por la estúpida promesa que hizo al doctor. Darius ya estaba planeando meterle un buen golpe en las costillas para derribarlo y robarse el caballo cuando vio la ruta.
—¡Ahí!
Señaló una sección donde los combatientes eran menos violentos. Notó también que había gente de diferentes razas que cargaban con heridos y que eran ignorados por los guerreros. Tenían apariencias variopintas: algunos llevaban armaduras abolladas que les quedaban muy grandes; otros, como los groliens y las arpías, solo llevan botiquines atados con cuerdas de cuero; algunos más llevaban pantalones de algodón algo sucios pero bien cuidados, mientras que había otros que iban desgarbados en todo su esplendor. Eran aesirianos, vanirianos y humanos que solo tenían en común un pañuelo blanco atado alrededor del cuello. No faltaba ser un genio para saber que eran miembros del campamento neutral.
Mientras el caballo se abría paso, Darius se inclinó a un lado para arrebatar el pañuelo a un humano. Confiaba en que fuese disfraz suficiente para burlar a los soldados de ambos bandos y así ir directito a la torre sin que nadie lo molestara.
Kardan espoleó más fuerte el caballo al ver la ruta de Darius: en esa sección no solo los combatientes eran más sosegados sino que además muchos se marchaban. Mientras combatían retrocedían a uno y otro lado, abriendo así una brecha. Kardan no pensó en esta particularidad y se metió de lleno en la brecha.
—¡No, espere! —le gritó algún soldado.
El caballo cruzó una barrera invisible, en cuyo borde había soldados de ambos bandos y también gente neutral. Saltó hacia la sección donde la batalla era menos fiera y poblada y... quedó suspendido en el aire.
Darius arrugó la frente. No, no estaban suspendidos en el aire. El caballo caía lentamente para seguir el trote entre el combate, pero el mismo combate también era lento. Vio espadazos que apenas habían comenzado, otros que conectaron con espadas, lanzas o armaduras y soltaron una lluvia de chispas que todavía caía al suelo. La lluvia que caía era sangre si las espadas cortaban carne. Vio también puñetazos a medio hacer, patadas a punto de conectar, caídas a punto de tocar suelo. Y escuchó, además, gritos lentos; y sablazos y silbidos de flechas largos, muy largos.
Miró a uno y otro lado hasta que comprendió que era una distorsión del tiempo. ¡Y vaya distorsión! Era completamente distinta a lo que experimentaron hasta el momento en la noche eterna. Antes el tiempo marchaba distinto para todos y cada uno tenía su propia percepción de él. Pero ahora todos veían la distorsión en sí misma y escapaban de ella. Eso era la brecha: el camino hecho por los combatientes mientras escapaban del paso inusual del tiempo. Quizá lo más extraño era que él mismo estaba dentro de la distorsión pero no estaba distorsionado.
Miró sobre el hombro hacia los soldados que estaban en el límite invisible de la distorsión. Ellos se movían a un ritmo normal. Algunos retrocedían por temor a que la distorsión se desplazara hacia donde estaban y los atrapara en esa lentitud desesperante. Otros estaban firmes en el límite, con los brazos extendidos hacia los amigos y compañeros que avanzaban lentamente hacia la salida. Seguramente los recibirían para agarrarlos de los brazos o de la armadura para ayudarlos a salir. Y otros más tenían la vista fija en el caballo del Emperador, que todavía caía al suelo, y en Darius porque destacaba al moverse sin ataduras en medio de la gente congelada en el tiempo.
Darius desmontó. Se deslizó al lado y aun se sostuvo del caballo para no resbalarse en el charco de sangre que emanaba de un grolien derribado por dos titanes. Con horror vio que el grolien todavía estaba vivo, que agonizaba lentamente mientras un titán lo degollaba y el otro le abría las tripas de un tajo. El grolien movió despacio los ojos hacia él, como si le suplicara que lo ayudara a morir de una maldita vez. La desesperación también se reflejaba en los ojos de los titanes. En una guerra se mata a los enemigos sin apenas mirarlos; así no pesan en la consciencia. Pero los dos estaban suspendidos en ese asesinato, con tiempo de sobra para mirar el dolor perpetuo del grolien, con tiempo de sobra para preguntarse cuál sería su nombre, si tenía amigos, hijos, esperanzas e ilusiones. Con tiempo de sobra para darse cuenta de que era una persona, como ellos.
Lamentablemente, Darius no sabía cómo acelerar el tiempo en la distorsión. Si tuviese algún control sobre ella seguro que ya el caballo habría tocado suelo y avanzado en medio de la gente.
Agarró al Emperador del cuello de la camisa y lo desmontó también. Fue increíblemente incómodo, porque Kardan estaba rígido en la posición de montura. Darius lo arrastró en esa posición hacia la salida de la distorsión, donde los esperaban varios soldados aesirianos para recibir y proteger al Emperador de los vanirianos cercanos.
Kardan jadeó y se estiró una vez que salieron de la distorsión. Estaba perplejo e incómodo, sin apenas comprender qué acababa de ocurrir.
—¿Cómo logró salir de ahí? —preguntó un oficial a Darius. El mestizó levantó los hombros, incapaz de responder.
—¿Qué es eso? ¿Qué sucede? —preguntó a su vez el Emperador.
—No lo sabemos, Majestad. Aunque... bueno, hay rumores...
«La distorsión debe de llevar un buen rato ahí si hay rumores sobre ella», pensó Darius de mal humor mientras se levantaba de puntillas para visualizar un camino alterno que lo guiara a la torre.
—¿Qué clase de rumores? —preguntó Kardan.
—... Que es el paso de los Dragones —respondió un soldado, inseguro.
Tanto Darius como Kardan se giraron al oficial y lo instigaron con la mirada. El soldado se aclaró la garganta y continuó:
—Ese es el camino que tomaron los Dragones hacia la torre. Por donde avanzan, el tiempo queda suspendido.
—¡Eh, ¿a dónde vas?! —gritó Kardan cuando vio que Darius se volvió a meter a la distorsión.
El mestizo giró sobre los talones.
—¿A dónde crees? ¡Por Allena!
—¡Pero la distorsión...!
—No me hará nada, no puede afectarme. —Ya comprendía por qué—. Soy un profeta. El poder de los Dragones no puede lastimarme.
Los profetas tienen control sobre los Dragones. Por eso Zoe podía manipular a Jillian y por eso Darius podía moverse libremente en la distorsión hecha por Sakti. Porque comprendió también que eso era obra de su amiga. Adad tenía control sobre las nubes de tormenta, Jillian sobre Sigurd y Sakti sobre el tiempo. «Entiendo, entiendo. Tú has hecho la noche eterna, Allena. Porque tienes miedo. Porque quieres aplazar el momento del salto». Echó a correr en medio de los combatientes congelados en el tiempo. Adelantó el caballo de Kardan, que apenas tocaba el suelo con los cascos delanteros. Tenía que llegar a Sakti cuanto antes para abrazarla y prometerle que todo estaría bien, que él la protegería, que ya no tenía que tener miedo porque no estaba sola, que nunca lo estuvo. Él estaba ahí para ella, siempre, tal y como ella siempre estuvo ahí junto a él.
Avanzó entre las espadas, lanzas y flechas; entre los gritos extendidos, los lentos charcos de sangre y la lluvia de vísceras. Avanzó en busca de su amiga.

****

Al fin llegaron a la torre. Al desmontar en el umbral miraron el camino tomado. La ruta fue larga y estaba prácticamente desprovista de guerreros, pues la mayoría se concentraba a la entrada de Tyr y cerca del abismo creado por el cañón de la nave. A eso había que agregar que buena parte de los combatientes escaparon de la distorsión para no quedar suspendidos en el tiempo. Desde luego todavía había guerreros vanirianos en las cercanías de la torre, entre ellos hijos de Vanir. Estaban apostados allí para recibir a los Dragones y acabarlos antes de que entraran a la torre. Sin embargo, no contaron con que la distorsión de Sakti los dejase congelados en el tiempo mientras los Dragones y la escolta pasaban a través de ellos.
Dereck asintió por el éxito de la operación. Fue junto a Sakti y la ayudó a desmontar. La agarró de la cintura y la levantó justo a tiempo, porque le dio la impresión de que la princesa estaba a punto de caerse del caballo. La puso en el suelo con suavidad. Y aun cuando la soltó hasta que ella pudiese sostenerse sola, Sakti se fue de lado. Se habría caído de no ser por Jillian, que se apareció junto a ella para darle apoyo.
—¿Alteza?
—Estoy bien. —Sakti se llevó la mano al estómago—. Solo algo cansada.
Las manos y las rodillas le temblaban. El sudor le bajaba por las mejillas y debajo de las orejas; y cuando Dereck la agarró de la cintura sintió también que sudaba por debajo de la ropa.
—Sí, está bien —la secundó Adad mientras se colocaba al otro lado de Sakti y la acercaba hacia sí para abrazarla—. Estuvo a punto de perder el control pero de milagro todo ha ido bien.
Sakti levantó la mirada y lo fulminó con sus ojos grises. Levantó los labios en una mueca de disgusto y frunció las cejas.
—Pues yo vi un montón de nubes de camino aquí. ¡Habla de perder el control!
—Sí... —Adad sonrió—. El castillo flotante las produce a lo loco, seguro para disfrazar lo que sea que haya soltado sobre nosotros. Qué mal que el camuflaje no les haya servido.
Dereck miró el cielo. De camino a la torre notó los objetos que la nave vaniriana había lanzado, pero en la oscuridad no pudo darles forma. Ahora también notaba las nubes de las que hablaba Sakti. Allí donde no había luz era imposible verlas, pero tanto la torre como el castillo flotante las iluminaban con sus destellos de jade y bronce. Alrededor de la torre, además, comenzaban a formarse aros de nubes. Dereck pensó que era curioso. A lo mejor era otro ardid del castillo flotante. El último movimiento desesperado para derribar la torre de la Profecía. Mientras tanto, la nave todavía avanzaba hacia ellos suspendida en el tiempo.
—Hay que movernos pronto —dijo entonces Kael—. Una vez que inicie la Profecía, la distorsión se desvanecerá.
Lo sabía porque era sencillamente imposible que Sakti mantuviese la distorsión mientras moría.
—Pero mientras tanto debe mantener la distorsión. ¿Cree que pueda hacerlo, Alteza? —preguntó el Guardián alado con voz suave y cariñosa. Sakti asintió—. Bien.
—Sé cómo se sentirá mejor, Alteza.
Dereck se inclinó delante de ella y le pasó la mano detrás de la oreja. A Sakti le llegó el olor de las flores aunque no las pudo reconocer. Acarició con delicadeza el ramillete que el Guardián recogió en el campo de camino a la torre, pero no se atrevió a quitárselo para verlo. Tal vez era una estupidez de su parte, pero le pareció que ese puñado de florecillas tenía la fuerza de un talismán. Era otra de las innumerables muestras de cariño y lealtad que Dereck le mostró en esa noche jodidamente larga y también durante todos esos años.
El Guardián le ofreció una barra envuelta en papel laminado de colores. Sakti supo lo que era aun antes de que rasgara el papel y le llegara el olor del chocolate.
—Es uno de los dulces de Sigfrid.
En Masca, cuando se creía que Darius estaba muerto y Sigfrid era el mentor de los gemelos, la princesa y el Primer General compartían tardes de té mientras veían a los muchachos entrenar. A nadie se le pasaría por la cabeza que a ese inmenso, todopoderoso y adusto General le gustaba la comida dulce acompañada de té. Sigfrid tenía una cajita barnizada con diferentes infusiones y también con chocolates y caramelos de frutas, menta, anís y avellanas. A veces Sakti se lo encontraba de suficiente buen humor como para que el General compartiera unos cuantos con ella.
—Sí, ha sido muy amable de parte de él —comentó Dereck mientras le guiñaba un ojo y se ponía el dedo índice sobre los labios para pedirle que guardara un secreto.
Sakti supo que Dereck tomó a escondidas el chocolate y se lo agradeció de todo corazón, porque en verdad se sentía mejor con tan solo oler el chocolate. Con más fuerzas. Con más cariño de apoyo. Dereck se irguió y giró la muñeca, como si hiciera un truquillo de magia para unos niños. En la mano aparecieron otras dos barras envueltas en papel de colores.
—Tengo también una para usted y Jillian, Alteza —dijo dirigiéndose a Adad.
—Dale la mía a Allena. Será más dulce para mí.
Ni lenta ni perezosa, Sakti tomó la barra. Gracias a ese acto de bondad estaba dispuesta a perdonar el comentario sarcástico de su hermano sobre perder el control.
—¿Jillian? —preguntó Dereck.
—Amm... —El sepulturero se rascó la cabeza—. Dásela también...
—Que se la coma él —lo interrumpió Adad antes de que cediera su porción a Sakti—. Jillian es un plebeyo. No creo que haya probado antes algo como el chocolate.
Dereck se la dio de inmediato. Hasta Sakti, que estaba ensimismada mordiendo la tableta, le dio un pedacito suyo a Jillian para que lo probara. El Guardián volvió a asentir. Aunque fuese solo por unos instantes logró que los Dragones se olvidaran del sacrificio. Disfrutó haberles dado un momento de dulzura antes del final. Lamentablemente, ese momento tenía que acabar.
—Quédense aquí —ordenó Dereck a un puñado de soldados—. Resguarden la torre para evitar intrusos. Tú también te quedas, Sigurd.
—No me das órdenes, niño soldado —lo cortó el demonio mientras le mostraba los dientes—. Yo, el gran come-almas, no me someto a...
—Cierra el pico que te quedas aquí —lo interrumpió Jillian—. Fin de la discusión.
Sigurd cerró el hocico con un chasquido. En sus ojos amarillos reflejó el odio y sufrimiento de mil avernos. Dereck supo que apenas dejaran a los Dragones adentro, los soldados debían escapar de la torre. En cuanto el fragmento que Sigurd tenía de Jillian regresase al Tercer Dragón, el come-almas sería una nueva amenaza.
Entraron a la torre. Kardan les había dado los detalles de la estructura para que no se perdieran. En el primer piso, en las alas oeste y sur, estaban los cuartos de servicio y las habitaciones para la Nobleza Militar y la Realeza. En el ala norte estaba el templo donde se celebraban las fiestas religiosas. Allí también estaba el centro de comando de Tyr, el misterioso Hlidskjalf que necesitaba mil algoritmos de sincronización distintos para que se dejara sincronizar. Todo indicaba que ese era el sitio ideal para llevar a cabo la ceremonia de sacrificio, pero el grupo se encaminó al ala este.
En esta sección subieron las escaleras. Las gradas ascendían a las nubes, casi al infinito. A pesar del chocolate, Sakti iba tan cansada que Dereck prefirió cargarla en la espalda. Cada nivel los recibía con la inscripción de alguna tumba. Dereck prestaba atención a todos los detalles, como los nombres en las lápidas: Kol Kèrmiac, Maura Kèrmiac, Jael Kèrmiac, Kamul Kèrmiac, Freni Kèrmiac... Algunas lápidas eran de mármol verde, como la ciudad; otras eran de mármol negro o tenían vetas de colores que resplandecían con la sincronización. Además de las paredes iluminadas había también piedras mágicas incrustadas en los techos. Cada vez que llegaban a un nuevo nivel y veían los pasillos, era como si las estrellas iluminaran el sueño de los muertos.
Al fin llegaron al nivel que Zoe y los Generales indicaron: el descansillo se abría en dos pasillos. Uno de ellos estaba iluminado tanto por la sincronización como por las piedras; pero el otro solo tenía la luz de las piedras. Las paredes estaban oscuras. Dereck tragó fuerte y se adentró a él. Creyó que lo recorrerían mil escalofríos o que sentiría a Sakti temblar. Pero tanto ella como los soldados miraban el techo. Era como si caminaran en el cielo, tan cerca que podían tocar las estrellas.
Llegaron a la pequeña galería. Era tan baja que Kael tuvo que replegar las alas para no pegarlas en el techo. Por unos instantes todos quedaron anonadados por la belleza del lugar; en verdad era como si estuviesen en el firmamento nocturno. Las piedras no solo parecían estrellas, sino que de verdad lo eran. Dereck distinguió la constelación de la Osa, Kael vio la de los Cisnes, el Guerrero de Arena y la de Kaleiipo. Diez mil estrellas, todas destellando para los Dragones. Diez mil estrellas, como diez mil soldados del Ejército de Aesir que combatían allá abajo, en Tyr, en espera de un mundo mejor.
—Es un observatorio —comprendió Adad.
El príncipe Dragón miró hacia el fondo de la galería. Allí había una puerta de doble hoja, en donde no solo parpadeaban las estrellas sino que también se movían con una suave ondulación que era casi imperceptible. Al seguir la fuente del movimiento se dio cuenta de que las estrellas avanzaban en curvas, como si fuesen los brazos de un pulpo cósmico. Y el centro de ese pulpo era la espada que estaba clavada delante de la puerta.
Adad avanzó hacia ella, atraído como un imán. Jillian llegó antes que el príncipe y puso la mano sobre el pomo unos instantes antes que Adad. Los dos Dragones –incluido Jillian– miraron hacia Dereck o, mejor dicho, hacia Sakti. El Guardián se estremeció con la mirada fantasmagórica de Jillian y con la calma cristalina reflejada en los ojos grises de Adad.
Sakti resbaló de la espalda de Dereck. El Guardián quiso sostenerla, dar media vuelta y echar a correr por el pasillo y escaleras abajo con ella, pero las manos se le pusieron fláccidas y la soltó. La princesa avanzó hacia la espada y puso la mano sobre el pomo, como sus hermanos. Ella también levantó los ojos y miró a Dereck.
—Creo que es mejor que se vayan ya —susurró con voz de pajarillo.
El corazón de Dereck se rompió. De nuevo quiso abrazarla, decirle que no tenía que sacrificarse, que él lucharía por protegerla. Pero ya había dicho todo lo que tenía que decir. Ya había abrazado a Sakti todo lo que pudo abrazarla. Y ya había hecho todo lo que podía por ella. Ese era el fin del camino junto a ella. No había más que hacer.
Se grabó la apariencia limpia de su rostro, lo linda que se veía con las flores y las horquillas de plata y diamantes negros, lo segura y cálida que se miraba en la bufanda de fuego a pesar del frío de las estrellas.
Y la dejó ir.
Dereck inclinó la espalda. Kael lo imitó. No supo si los demás soldados le hicieron alguna última reverencia a los Dragones pero las únicas que importaban eran las de los Guardianes. Dieron media vuelta y se marcharon por el pasillo de estrellas.
—Qué patético —se burló un oficial al ver las lágrimas de Dereck—. Estaban destinados a esto. Era inevitable.
—No sabes de qué hablas —lo regañó Kael. Él también lloraba. Dereck se dio cuenta de que Kael había estado bastante callado en todo el viaje, quizá porque no podía hablar sin que la voz le temblara ahogada—. No los cargaste cuando eran bebés. No los escuchaste hablar por primera vez, ni llorar cuando se rasparon la rodilla al aprender a caminar. No estuviste ahí cuando se enfermaron, ni cuando perdieron a sus padres, ni cuando se sonreían juntos en Masca. No estuviste ahí cuando patearon por primera vez en el vientre de su madre. Así que no puedes saberlo, no puedes entenderlo. Eres solo un maldito cerdo que ha enviado a la muerte a unos niños.
Kael aceleró el paso y se perdió por el pasillo. Dereck también quería echar a correr pero... ¿para qué? Sin importar lo que hiciera ya nada tenía sentido. Ya hizo todo lo que pudo haber hecho.
Miró por encima del hombro para robar una última mirada a los Dragones. «Dios, que estén sonriendo. Dios, que no estén llorando», rezó. No quería los susurros de pajarillo de Sakti, ni la mirada cristalina de Adad ni la fantasmagórica de Jillian. Quería sus sonrisas. Quería la mentira e ilusión de que no los abandonó en el momento de mayor quebranto de sus vidas.
Pero cuando los miró ya no estaban allí. La espada de los Emperadores estaba girada, como si fuese una llave. La puerta doble estaba abierta de par en par, con los brazos de estrellas extendidos a ambos lados. Pero en el interior de la habitación, allí donde los Dragones debieron de haber entrado, no había nada. Solo tinieblas. Solo muerte.
Dereck aspiró fuerte por la nariz y siguió caminando.
La distorsión todavía seguía activa cuando llegaron al pie de la torre donde esperaban Sigurd y parte de los soldados. Kael también estaba allí, sentado en una grada, con las alas y la cabeza bajas, los hombros hundidos, la esperanza rota.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó un oficial.
Dereck miró la nave que se acercaba lentísimo hacia la torre y la señaló.
—Derribarla. Evitar que ataque la torre.
Todavía quería servir a Sakti. Esta era quizá la única forma que le quedaba.
—Vamos todos. Excepto tú, Sigurd. Te quedas aquí.
—No puedes decirme lo que...
—El Tercer Dragón te lo ordenó. Lo último que te dijo fue que cerraras el pico y te quedaras aquí, así que cumple.
Se miraron a los ojos fieramente. Verde, como un bosque vivo, contra amarillo, como un sol maligno. El demonio come-almas gruñó por lo bajo; la baba espumeante cayó sobre el suelo en grandes goterones. Pero Dereck no le temía. Mientras estuviese bajo el dominio del Tercer Dragón Sigurd no podía hacerles daño.
Kael apartó de un empujón a Dereck y clavó una larga espada en el pecho del demonio. Dereck miró perplejo a su amigo pero no tuvo que preguntarle qué hacía: Kael tan solo tomaba precauciones. Una vez que Jillian recuperara el trozo de alma que dejó en Sigurd, el demonio sería libre de hacer lo que quisiera. Tan solo se aseguraba de eliminar una potencial amenaza.
Sigurd cayó de espaldas, con el arma enterrada en lo más profundo del pecho. Jadeó con los ojos fuera de órbita pero cuando iba a lanzar un puñetazo a Kael el Guardián alado le chupó los dientes.
—No, no, no. Recuerda: «Cierra el pico que te quedas aquí. Fin de la discusión».
Las últimas palabras de Jillian eran un conjuro que detuvo los últimos intentos del demonio.
Kael enterró más profundo la espada hasta que la sangre le salpicó las botas. Su intención era asegurar el último respiro de Sigurd, pero notó entonces que la nave vaniriana se movía más rápido. No había retomado el ritmo habitual y todavía estaba presa en la distorsión; pero algo había cambiado.
—La princesa empieza a perder el control —indicó el Guardián alado.
Soltó la espada y la dejó clavada en Sigurd, que todavía jadeaba con la lengua por fuera. La espuma del hocico estaba mezclada con sangre. Kael lo miró para asegurar que hizo un buen trabajo y asintió seguro de que el demonio moriría.
—Hora de derribar esa nave. ¿Ideas?
—Busquemos más soldados alados —decidió Dereck—. Mientras la distorsión se mantenga todavía tendremos algo de tiempo.
Se marcharon. La torre de hierro, plata y jade lanzaba destellos de esperanza detrás de ellos mientras que la sangre del come-almas bajaba por los escalones como un sacrificio a los Dragones.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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