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Capítulo 13

13
SUS TRES DESEOS

Miró atrás, hacia la segunda brecha de Tyr. Pensó en la promesa a Sigfrid y en la despedida silenciosa que se hicieron. «¿De verdad cayó?». Se le hacía imposible imaginar al Primer General muerto. A esa enorme mole de oro destruida. A ese hombre semi-inmortal, que era como un dios, aplastado en los escombros. La parte racional de su ser le decía que así era, que tenía que empezar a hacerse a la idea: Sigfrid estaba muerto. No había forma de que sobreviviese a semejante colapso.
Pero la parte irracional y sentimental –que siempre fue muy grande en Enlil Tonare– le dijo que Sigfrid seguía vivito y coleando. Si el Primer General hubiese muerto Enlil lo sabría con certeza. Habría escuchado el aullido mudo de la luna. Habría sentido la fatalidad de un desbalance ante la pérdida del poder de Sigfrid. Habría sentido su muerte en las entrañas, como si él también hubiese muerto.
Sigfrid seguía vivo, debía de estarlo. Todavía avanzaba, todavía luchaba, así que Enlil seguiría luchando también. Al menos hasta que pudiera.
Las espadas tronaban alrededor. Todo lo que escuchaba eran estruendos como de relámpago que ahogaban hasta los gritos más fieros. Por el rabillo del ojo veía las siluetas saltarinas, fieras y firmes de los soldados del Ejército de Aesir, que degollaban, apuñalaban y destrozaban todo a su paso. Eran más fuertes que él. Más jóvenes y resistentes. Enlil lo daba todo para seguirles el ritmo, para cumplir la promesa hecha a Sigfrid y poder encontrarlo a la mañana siguiente todavía mirándolo a los ojos.
Pero sobre todo, luchaba porque tenía miedo. Los aesirianos dominaban la batalla y los vanirianos caían como moscas, pero él sabía que no lo lograría. Bastaba con un descuido, con un mal pie, para que acabaran con él. ¿Y entonces adónde iría? La certeza de la respuesta le daba escalofríos.
Iría al Infierno.
Un grolien aulló despavorido rumbo a él. Escapaba de dos titanes pero blandía el hacha en el aire como loco, a sabiendas de que los aesirianos lo atraparían. Estaba dispuesto a llevarse consigo a tantos como pudiera. Enlil afianzó la espada para no perderla en el impacto. Apoyó con firmeza los pies en el suelo, esperó un par de segundos al grolien y batió la espada hacia el cuello del enemigo. El golpe fue tan fuerte que la empuñadura le resbaló entre las manos y estuvo a punto de soltarla. Por suerte los titanes alcanzaron al grolien y entre los tres se encargaron de llevarlo al Cielo.
Porque ahí era a donde iría, ¿verdad? Los vanirianos no conocían la desesperación de una maldición. Ellos no temían al Reino de los espíritus. Por muy peludos –como los kredoa y los grolien–, pálidos –como las arpías– y deformes –como los arpías macho– que fueran, eran inocentes y puros en comparación con los aesirianos. No se traicionaban. No engañaban a sus mujeres para que les dieran hijos bastardos. No secuestraban a sus hijos con la ilusión de que en algún momento los amasen. No herían a sus hijos sin querer ni queriendo; no cometían los mismos pecados una y otra vez contra la carne de su carne.
Enlil los envidió tanto, tanto, tantísimo.
Se movió por inercia. Tenía un cuerpo viejo y cansado pero que todavía recordaba el arte de la guerra. Era un cuerpo que ansiaba vivir aún y aplazar los pellizcos del fuego de la pira o los gusanos de la fosa común, dependiendo de quién lo enterrara.
Degolló, apuñaló, destrozó. Los dedos se le entumecieron a pesar de la sangre cálida y resbalosa que los salpicaban a cada instante. Ya ni siquiera veía la sangre. Apenas veía a los aliados, ni qué decir de los enemigos. Tenía la mente en otra parte, en otro tiempo. Pensaba en Darius, encerrado en la jaula, con los ojos incandescentes fijos en él. No. Nunca. Dos palabras que lo apartaron por siempre del mestizo. Dos palabras que negaron el deseo más intenso del General.
Mató otro grolien. Espió a su hijo pequeño desde el mirador en la Península. Cerró la mano derecha sobre la cabeza de un vaniriano ordinario. Se sentó fuera de la jaula jalada por bueyes en donde llevaba a Darius prisionero. Aplastó el cráneo del enemigo con una fuerza alimentada de la desesperación y giró a tiempo para destajar a otro ordinario. Sostuvo el cuerpo fláccido y frío de Darius mientras cabalgaba por el Pantano a toda marcha, loco de angustia, en busca de un doctor que pudiera salvarlo tras el enfrentamiento contra Sigurd...
... Y entonces cayó en cuenta de que llevaba rato sin saber nada del come-almas. Lo había enviado a buscar a la escolta de los Dragones, pues ya se habían retrasado mucho en entrar a la ciudad.
—¿Dónde están los Dragones? —aulló en medio de la batalla—. ¿Dónde está el come-almas?
Alguien debía de saberlo. Alguien debía de decírselo. Temió que el combate fuese un desperdicio de sangre. Temió que el sacrificio de su honor, que los mil dolores que le provocó a su hijo, que la muerte del Emperador y que todos los sacrificios que hicieron los Generales y el monarca hubiesen sido en vano. Temió la traición de los Dragones, que al final hubiesen dado vuelta atrás y abandonaran una vez más al pueblo que luchaba con la ilusión de un nuevo día.
—¡Distorsión! —le gritó un oficial a modo de respuesta.
El hombre giró sobre los talones para cortar a dos enemigos que lo habían rodeado. Antes de que nuevos guerreros lo asaltaran, el soldado señaló una sección de la batalla. Enlil la miró. Allí los soldados estaban como congelados en el tiempo. Sus gritos se prolongaban; las flechas acariciaban suave y lentamente el aire; las espadas creaban lloviznas delicadas e inmóviles de sangre. Ahí el combate era más dulce y más duro al mismo tiempo. La dulzura estaba en la ilusión de su sencillez. Un combate congelado era menos sangre y dolor. Pero era a la vez más siniestro porque las cortadas, la desesperación y el dolor se prolongaban. Los últimos gritos, los últimos suspiros, los últimos pensamientos, los últimos remordimientos... Todo eso también se alargaba. Enlil supo que él no podría soportar pensar por tanto tiempo en la muerte, en lo que lo esperaba y en los deseos rotos que dejaba atrás. No podría.
En medio de estos pensamientos alcanzó a notar que la sección congelada en el tiempo –la distorsión– tenía forma de estela. Cerca del muro de Tyr, por donde el ejército entró, estaba el comienzo. Lo supo porque allí el combate avanzaba un poco más rápido que en el resto de la distorsión, como si fuese la cola de un cometa a punto de extinguirse. Los guerreros atrapados en esa área pronto retomarían el ritmo habitual de la guerra. Siguió el camino de la estela y lo comprendió: los Dragones la habían hecho. Era el camino que tomaron hacia la torre.
Entonces otra terrible idea lo abordó: Sigurd estaba con ellos. Se suponía que el demonio era aliado en esa batalla final pero los aesirianos tomaron todas las precauciones para mantenerlo alejado de los Dragones. Todos sabían que una vez que comenzara la Profecía se rompería el único eslabón de la cadena que sujetaba a Sigurd. No podían permitir que el come-almas estuviese tan cerca de los Dragones en un momento tan crucial. ¿Y qué fue lo que hizo Enlil Tonare? Enviar al demonio con los Dragones. ¿En qué rayos estaba pensando?
En todo. Esa era la respuesta. Afianzó el agarre de la espada y avanzó con ella hacia la torre, aunque no sabía para qué. Los aros de nubes parecían repelerlo, decirle que no pertenecía allí, que no debía avanzar. Todo lo que quería era seguir batallando, seguir viviendo, seguir esperando. Pensaba en el Infierno que lo recibiría si daba un mal paso. Pensó en lo desesperante que era que nadie más notase la ausencia de Sigurd y la todavía existente posibilidad de que la Profecía no se diera.
La crueldad de la maldición le dolía. Sabía que era un ser despreciable que no tenía salvación, pero ¿en verdad todos los allí presentes merecían esa batalla? ¿Todos los aesirianos merecían pender del «sí» de los Tres Dragones? ¿Todos merecían padecer hambre, peste, un come-almas y un destierro más cerca del Infierno que del Cielo una vez que muriesen? «¿En verdad la merecimos?», preguntó a Dios.
Rezó. Su corazón oscuro y su alma condenada pidieron tres milagros. Pensó en lo mucho que anhelaba ver la luz que saldría de las espaldas de los príncipes a los que traicionó. Pensó en el perdón que ya nunca recibiría. Y pensó en...
¿En qué más? No podía recordarlo. Había una ilusión rota, un recuerdo olvidado, una herida sangrante invisible que ardía. Los ojos le ardieron, aunque no supo si fue por la sangre que le corría por la cara, el sudor que le bajaba por la frente o las lágrimas que no se atrevía a llorar por temor a quedarse ciego en el enfrentamiento.
Un soldado reventó delante de él cuando un grolien le aplastó la cabeza con esas manotas, mientras que otros dos lo partieron en tres trozos con las hachas. No había honor en tres adversarios contra uno solo, pero entonces recordó que más temprano él machacó a un grolien con la ayuda de dos titanes. En la guerra ya no había honor, solo desesperación.
Avanzó hacia ellos, sin saber si quería vengar al soldado, si quería atravesarlos solo porque se interponían entre él y la torre, o si es que buscaba acabar la incertidumbre y el miedo hacia la muerte corriendo hacia las hachas. Afianzó de nuevo la espada, preparó las artes de la mente para ayudarle contra los tres enemigos y...
... Se hizo el silencio.
Alrededor, las espadas dejaron de enfrentarse, los soldados dejaron de gritar, el viento dejó de soplar. «¿Entré a la distorsión?». Quizá, de camino a la torre, no se percató de que estaba cada vez más cerca de la batalla congelada. O quizá la estela de la distorsión se movía al azar para atrapar en la lenta ola a los guerreros descuidados.
Pero no, no podía ser. Había algo distinto: aquí todo estaba detenido en el tiempo. Los gritos no eran prolongados, sino que estaba congelados y mudos. Aquí las flechas y las lanzas no avanzaban lentamente en el aire sino que estaba suspendidas por encima de las cabezas de los combatientes. Y él podía moverse.
El silencio repentino le aulló en los oídos mucho más fuerte que el estruendo de las espadas. Lo mareó estar en medio de una vorágine congelada. Giró lentamente sobre los talones, sin saber qué hacer o qué esperar.
Hasta que la vio.
A unos pasos había una mujer de largo cabello negro y con unos ojos púrpuras como amatistas. Algo se rompió dentro del General al verla. Un muro de cristal se desquebrajó en su mente, pero los cristales rotos no le provocaron jaqueca ni desconsuelo. Al contrario. En cada fragmento vio las piezas que le faltaban a su memoria.
—Tan solo permíteme recordarla... —murmuró al tiempo que bajaba la espada.
Ella era su tercer deseo.
Dioné avanzó con una sonrisa tenue, con la hermosura de una promesa y la tierna conmoción de un amanecer. Extendió la mano hasta acariciar la mejilla áspera y ensangrentada de Enlil, y con ese simple gesto unió todos los trozos rotos de la memoria del General. Borró lo terrible y dejó solo lo bueno.
—¿Por qué permití que te olvidara? —preguntó él mientras apretaba los ojos.
No podía soportarlo. Al mirar atrás, en todos esos años de cacería y desesperanza, lo que más lo golpeó no fue la incertidumbre del paradero de las llaves a la Profecía sino la falta de la voz de Dioné. Sus manos. Sus ojos de amatista. Y él nunca lo supo con claridad. Percibió el vacío sin saber qué era lo que faltaba. Percibió el frío donde antes estuvieron los besos y abrazos de su esposa; el silencio donde antes hubo risas y canciones. Pero ella, su figura, su cara, su olor... Toda ella se desvaneció de su memoria. ¿Por qué la olvidó? ¿Cómo era su amor lo bastante fuerte para echarla en falta pero no lo suficiente para haberse dado cuenta de que Dioné desapareció de su vida como si nunca hubiese existido?
—Shhh... —lo consoló ella con una sonrisa.
Enlil entreabrió los ojos, suplicando un beso, un abrazo, cualquier muestra de afecto que lo salvara. Lo que recibió fue incluso mejor: Dioné le mostró el bebé que cargaba en un brazo.
Enlil vio antes el bulto de mantas pero hasta ahora comprendía qué era. Quién era. El niño tenía un pelo suave y castaño que expedía un dulce aroma, como de galletas de avena y vainilla. Como las que Dioné solía hacer para mimar al pequeño príncipe Adad. El bebé dormía ajeno al olor de la sangre, a los gritos enmudecidos en el tiempo y al miedo que cubría la ciudad. Tenía un puñito asomado por la cobija, fieramente apretado. Enlil extendió una mano temblorosa a ese puño, tal y como lo hizo hacia la manita de Darius cuando lo vio por primera vez la tarde en que quiso secuestrarlo con la ayuda de Sigfrid y Dioné.
Recogió la mano. No quiso manchar de sangre las cobijas ni manchar con sus errores la pureza de ese niño. No podía dañar a otro hijo.
—Al fin te lo he dado —sonrió Dioné. Las lágrimas le bajaban por las mejillas, reflejando las luces de la nave y la ciudad sincronizadas—. Cuídalo por mí. No podré estar cerca porque debo regresar al amo. No lo veré crecer, pero tú sí.
Entonces Enlil comprendió que esa era una despedida. El corazón se le volvió a romper. Quiso protestar, suplicar, pero Dioné se le adelantó con un beso tierno y apasionado a la vez. Un beso que sabía a alegría y dolor, a orgullo y tristeza, a despedida y a un «hola» eterno. Y así como comprendió que nunca más volvería a ver a Dioné, supo también que jamás la olvidaría y que ella formaría parte de él hasta el final. De cierta forma nunca más volverían a separarse.
La mujer con ojos de mensajera susurró el nombre del General, pero la voz se desvaneció en la brisa y quedó ahogada por los gritos de los soldados. Enlil nunca vio la estela de sangre que seguía los pasos silenciosos de Dioné, ni llegó a comprender que al darle ese niño, que al sacárselo del vientre para dejarle vivir, la mujer se condenó a sí misma. Aunque en realidad Dioné nunca lo vería como una condena, sino como una conclusión salvadora de su vida. En el fondo de sí mismo, sin embargo, Enlil sí llegó a entender que Dioné se moría.
La batalla retomó el ritmo habitual de la guerra. Otra vez las flechas silbaban, las espadas tronaban, la sangre salpicaba. Otra vez había muerte y muerte y muerte alrededor.
Enlil guardó silencio. Por unos instantes mantuvo los ojos cerrados para así extender el sabor del último beso. En la mano fuerte apenas sostenía la espada; con la otra afianzaba con todas sus fuerzas el bulto de cobijas. Su niño era un brote cálido de esperanza. Enlil sonrió.
Al final, Dios cumplió uno de sus deseos y lo bendijo con un niño que aún no sabía lo horrible que era su padre.

****

Darius avanzó por la distorsión tan rápido como pudo. El costado le ardía de tanto correr. Los tobillos le dolían de tanto resbalar en los charcos inmóviles de carmín y los pies le pesaban por los grumos sangrientos y pegajosos que tenía en las suelas de las botas. Si hubiese mirado atrás habría visto la clara estela de su paso, pues las cortinas de sangre –producto de los cortes entre vanirianos y aesirianos– tenían su silueta recortada. La camisa y el pantalón tenían pringas que empezaban a revolverle el estómago, porque en el fondo de su mente comprendía que eran los últimos vestigios de decenas de personas que morían junto a él sin que el profeta siquiera los mirara. Ahogó esos pensamientos para darle prioridad a Sakti. Ella era todo en lo que podía pensar.
Se abrió paso entre dos guerreros, un grolien con el pelaje erizado –signo inequívoco de su miedo– y un soldado aesiriano de cabello plateado, cuyo rostro pálido destacaba a pesar de la sangre que le brotaba de los labios. Tenía unos ojos pálidos, entre rosa y naranja, que sin embargo brillaban de dolor. En la espalda tenía tres flechas incrustadas –una de ellas aesiriana– que lograron colarse a pesar de la armadura y la cota de malla.
Darius trató de no pensar en cuál de los dos moriría –«¡El aesiriano, el aesiriano!»– hasta que el golpe del hacha vaniriana lo hizo tambalearse. Dio dos pasos hacia atrás, con la mano sobre la frente. Le ardía. Al retirar la mano la vio empapada de sangre. Las gotas le cayeron por encima del párpado derecho. Algo dentro de él hizo «clic», como si por fin comprendiera que avanzaba en medio de un campo de la muerte y que él mismo era una extraña aparición en él. Era un ser sobrenatural que caminaba entre los guerreros, señor de su propio tiempo. Si lo hubiese querido habría podido desviar espadas y hachas, salvar o condenar a tantos combatientes con tan solo mover las armas un pelín para cambiar el sitio en donde golpearían.
Sintió un ligero roce en la espalda. Dio media vuelta y retrocedió otro paso. Un vaniriano estaba de espaldas a él, retrocediendo también de espaldas. Lo hacía lentamente, pero un poco más aprisa que hace unos instantes. Darius volvió a ver a los dos guerreros –el grolien erizado y el aesiriano de cabello plateado– que quiso burlar, solo para notar que ellos también se movían despacio pero más aprisa que hace unos instantes. Por eso se cortó con el hacha: antes de pasar en medio de ambos, el ritmo se aceleró un poco. En lugar de pasar lejos del hacha la rozó con la frente. Con espanto notó que los otros guerreros comenzaron a moverse más aprisa, todavía despacio en comparación con la libertad de Darius. Pero los movimientos de los guerreros eran más fuertes. Podía verse en la tensión de los músculos del cuello, en las venas a punto de reventar por la tensión y el esfuerzo.
La distorsión se cerraba.
En cuanto el tiempo retomara el ritmo habitual, Darius dejaría de ser la exhalación sobrenatural que se movía cual fantasma en medio de la guerra. Se convertiría en un simple civil atrapado en el combate. Un civil desarmado, además.
Miró frenético de un lado a otro, en busca de rutas por dónde escabullirse antes de que fuera demasiado tarde. No había caminos libres. Los guerreros estaban en todas partes, dispersos y enganchados en un combate feroz. Por eso antes quiso pasar en medio de dos combatientes, ¡porque sencillamente no había un sitio libre por donde pudiese caminar! La única opción era echar a correr, empujar a diestra y siniestra y abrirse camino solo. Lástima que era más fácil decir que hacer.
Apenas dio un empujón a un grolien, el peso congelado del vaniriano lo hizo trastabillar. No pudo moverlo ni un ápice. El grolien, en cambio, ya había conectado un hachazo al cuello desprotegido de un enemigo y había comenzado a girar el cuello hacia Darius. Despacio, despacio, pero tan, tan terrorífico. «Dios», alcanzó a pensar el mestizo mientras los ojos canelas se posaban en él, «puede verme. Todos pueden verme». Había creído que el pensamiento de los guerreros en la distorsión estaba también distorsionado, que quizá él era solo una sombra que se movía entre ellos sin apenas dejar impresiones. ¡Qué equivocado estaba!
Los combatientes se movieron un poco más rápido. El grolien giró el cuerpo hacia Darius y levantó otra vez el hacha, al tiempo que el aesiriano detrás de él soltaba un jadeo líquido y escalofriante y la sangre le saltaba a borbotones en el aire.
Darius sabía que los groliens eran tranquilos por naturaleza, que aun en medio del combate tenían la sensibilidad de pacifistas.
No este grolien. Sus ojos eran dos antorchas de ira. La mueca que dejaba ver sus colmillos era de ansia, de triunfo, de sed de más. Darius miró de un lado a otro en busca de una nueva ruta o de algún guerrero que pudiese protegerlo; pero nadie podría, desde luego. Todos estaban muy ocupados protegiéndose a sí mismos.
El grolien caminó hacia él, cada vez más aprisa. Darius retrocedió todavía con la ventaja del tiempo a su favor, aunque esa era una brecha que se cerraba cada vez más. En cuanto la distorsión desapareciera el grolien lo haría picadillo. Sin importar hacia dónde mirase todas las rutas se cerraban, todas las opciones se desvanecían. «Excepto...». Darius miró a los combatientes más cercanos y luego al grolien que lo hizo su nuevo blanco.
—Mira, no quiero pelear —dijo mientras levantaba las manos en son de paz—. Tan solo quiero salir de aquí, mi amiga...
El hacha del vaniriano subió cada vez más. Darius supo que sus palabras caían en oídos sordos y que no tenía más opción que defenderse. Se lanzó hacia un par de guerreros y tomó la mano del soldado aesiriano. Separó los dedos de la espada y agarró el arma para sí. Le dio una patada al aesiriano en el costado para que cuando el tiempo retomara el ritmo habitual el hombre cayera al suelo, lejos del camino del hacha que lo cortaría sin remedio ahora que estaba desarmado. Lo que pasara después con él era algo que Darius no podía controlar ni en lo que quería pensar, aunque sabía muy bien que le quitó a ese pobre hombre casi todas sus posibilidades de sobrevivir en batalla. «Lo siento muchísimo, de verdad. Pero tengo que salir de aquí. Tengo que vivir. Allena me necesita». Pateó al soldado justo a tiempo, porque entonces la distorsión se desvaneció.
El tiempo recuperó el ritmo habitual.
Fue como si dos olas gigantescas se encontraran en el mar y chocaran una contra la otra. El estruendo de los espadazos, los gritos, los silbidos feroces de las flechas... ¡Todo reventó en los oídos de Darius!
Tenía un grolien a la espalda, cuya hacha chocó contra el suelo porque el soldado que enfrentaba de repente había caído a unos pasos. Darius supo que este grolien bien podía atacarlo por detrás pero no podía ocuparse ahora de él. Tenía que concentrarse en el grolien que amaba el combate y quería ver la sangre del mestizo.
Darius repitió que no quería pelear, pero ni él mismo pudo escucharse en medio del caos. El hacha del vaniriano describió un arco de bronce hacia su cabeza. Algo dentro de Darius volvió a hacer «clic». Esta vez fue como si un interruptor se prendiera dentro de él y lo pusiera en «modo guerra». Todo lo que sabía de defensa y combate volvió a él.
La espada que robó era de doble filo, así que la puso de frente al hacha para recibir el golpe sin peligro de cortarse a sí mismo si el grolien resultaba más fuerte que él. Por supuesto que el vaniriano era más fuerte, pero Darius logró moverse al lado antes de que hacha y espada lo golpearan en la cara. Bajó la espada e hizo que el hacha resbalara hasta el suelo. Luego, sin siquiera saber cómo o por qué, giró sobre una pierna y con la otra pateó la cara del grolien. El golpe tomó desprevenido al vaniriano, cosa que aprovechó Darius para levantar la espada y dejarla caer en el cuello del hombre.
Darius gritó cuando la sangre le pringó el rostro. Fue un grito despavorido, como de niño. Nadie reparó en él, ni en la cabeza cornuda que rodó unos pasos lejos del cuerpo y que se perdió después entre las botas de los soldados y las pesuñas de otros groliens.
No quiso hacerlo. No quería participar del combate como un soldado más, como un fanático más que exigía el sacrificio de los Dragones. ¡Quería detener la pelea y el sacrificio! Pero era más fácil pensarlo que hacerlo. Lo próximo que supo fue que avanzaba hacia la torre en medio del caos. Un hombre sin armadura y desesperado en medio de un mar de metal y sangre. Muchos aesirianos lo ignoraban, pero algunos pocos lo atacaron creyendo que era un vaniriano ordinario pues no tenía ninguna insignia que lo identificara con uno u otro bando. Darius ni siquiera pensó en el pañuelo blanco que robó antes de sumergirse en la distorsión. Todo lo que hizo fue responder a las hachas con su espada, a las espadas con su astucia, a los golpes con sus golpes, y a la ira con su dolor.
Dios sabía que no quería estar ahí, haciendo lo que hacía. Pero Dios sabía también que no tenía otra alternativa.
Si fuese al revés Sakti también estaría allí. Si Darius fuese el Dragón y Sakti la profetiza, ella también avanzaría en medio del caos para salvarlo. Porque Darius formaba parte del corazón de Sakti tanto como Sakti formaba parte del corazón de Darius. La idea de perderla, la idea de encontrarla muerta o de no encontrarla jamás, era suficiente para mandarle miles de aguijonazos al corazón.
Una parte suya dijo que debía prepararse para lo peor y enfrentar de nuevo la destrucción del mundo; tal y como le pasó cuando encontró a su madre muerta. A Njord destrozada. A Fenran deshecho en sus brazos.
El resto de su ser se enfrentó a esa posibilidad con un «NOOOOO» furioso. No dejaría jamás que otra pieza de su corazón se marchara. Si miraba atrás, toda su vida fue una lucha constante en busca de la felicidad, en busca de la seguridad de sus tesoros preciados. No podía hacer nada por Njord o Fenran; y había poco que pudiese hacer por Airgetlam ahora. Pero sus hijos estaban a salvo. Lo más seguro era que estuviesen también en medio del combate, pero no repartiendo porrazos ni cortando cabezas como su padre, sino repartiendo alivio y sanando heridas. Estaban a salvo sin comprender –o quizá queriendo ignorarlo– lo mucho que les dolería la mañana siguiente si la princesa ya no estaba ahí para ver el sol con ellos.
Estaba seguro de que si protegía a Sakti protegería también al resto de su familia. Era una ecuación sencilla de descifrar: el dolor de un miembro de la familia dolía a los demás. La partida de uno dejaría un vacío en todos.
Darius no podía llenar más vacíos. No podía dejar más promesas sin cumplir.
Avanzó más. Los pies pesados por la sangre y el punzón en las costillas eran estigmas que cargaba con dignidad. Su misión no era un paseo por el parque. Pero precisamente porque era tan difícil podía sentir el éxito. Dios no le permitiría sufrir tanto al borde de la noche para luego dejarlo a su merced, ¿verdad? Dios no lo dejaría con la palabra en la boca, con los brazos vacíos del abrazo pendiente de Sakti, ni con el ardor eterno de la úlcera en el estómago... ¿cierto?
No. Ahora más que nunca era el momento adecuado para terminar todo lo que había empezado. Cumpliría su promesa. Salvaría a Sakti costase lo que costara. Acabaría esa pesadilla y la llevaría a ver la mañana.
Al fin vio la entrada de la torre. Darius dio lo mejor de sí para ser de los primeros en llegar; aunque, ya sin la distorsión, el combate llegó con él al pie de la torre. Las nubes formaban aros grises alrededor de la cúspide. La nave vaniriana estaba cada vez más cerca. Los campos floreados –repartidos en medio de las avenidas que conectaban con la torre– se regaban con la sangre de los guerreros.
Darius giró a tiempo para defenderse de un hachazo.
—Por favor, ¡solo déjame ir! ¡No debo estar aquí, sino allí, con ella!
Sus súplicas volvieron a caer en oídos sordos. No le sorprendió pues él ni siquiera se fijó en el color de ojos de su nuevo enemigo. ¿Por qué el vaniriano le prestaría atención? Retrocedió un paso para que el grolien perdiera el equilibrio y aprovechó el momento para cortar la muñeca que sostenía el hacha. Dio otra media vuelta y escapó, consciente de que aunque no mató al vaniriano lo lanzó a la muerte. Sin la mano fuerte sus posibilidades de sobrevivir eran nulas, como las del aesiriano a quien Darius robó la espada.
Presintió el peligro de un nuevo ataque pero...
... fue como si el tiempo volviera a suspenderse.
En un rincón de su mente comprendió que no era una distorsión, sino que era él. Quizá era alguna manifestación de sus poderes de profeta o sencillamente que su mente agotada encontró un atajo para enfrentar mejor toda esa situación.
Fuera como fuese, se volteó a tiempo para ver la torre. Los escalones más cercanos a la entrada estaban llenos de sangre que bajaba por los bordes lentamente en goterones densos y perezosos. Su cerebro no tuvo tiempo de imaginar de quién era la sangre.
Sigurd se levantó con disimulo, despacio, con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía una espada clavada en el pecho. Se la arrancó de un tirón. Aunque hizo una mueca de dolor guardó silencio y se mantuvo firme. Con cuidado puso el arma en las baldosas. Fue ese cuidado el que alertó a Darius porque comprendió que el bicho no quería llamar la atención de ninguna manera.
El demonio se agazapó y bajó los escalones despacio. Su oscuro pelaje se tiñó de carmín ahí por donde la sangre bajaba, pero también de verde jade cada vez que pasaba por una grada limpia. Se camuflaba. Sigurd quedó al borde de la batalla, lo bastante lejos para que los guerreros no le prestaran atención. Sus ojos calcularon el momento y las víctimas apropiadas.
A Darius se le hizo un nudo en el estómago al comprenderlo: Sigurd cazaba. Al fin el demonio entró en acción pero nadie le prestó atención. El demonio no lanzó la carcajada que helaba la sangre ni invocó las almas de manera colectiva. Fue tan listo que a Darius le dolió: todo lo que tuvo que hacer fue abrir el hocico para que las almas de los combatientes caídos fueran directamente a él. Nadie se dio cuenta porque la atención caía sobre los enemigos vivos, no los muertos; y porque la luz de las almas se confundía con la del mármol sincronizado.
Sigurd tampoco tentó su suerte. Era difícil calcular cuántas almas absorbió a escondidas, pero las suficientes para que su cuerpecillo maltrecho y flaquenco se endureciera. Los músculos se le inflaron en la espalda, el cuello y las extremidades. Las mejillas se le rellenaron. Y aunque los ojos saltones seguían siendo igual de maliciosos también tenían un brillo de salud y fuerza.
Sigurd volvió a subir las gradas agazapado, con el mismo disimulo con que las bajó. La diferencia era que ahora estaba tan fuerte que Darius pudo escuchar las zarpas que aruñaban el mármol de la plaza y de las gradas. Sigurd sonreía tanto que incluso de espaldas Darius le vio las comisuras de los labios estiradas.
El profeta apretó la espada. Tenía muchísimas promesas pendientes y la más valiosa de todas era la que le hizo a Sakti: la salvaría de la fusión. Pero primero tenía que hacer algo más. «La primera promesa que cumpliré esta noche, Sigurd, será la que te hice». Ignoró el hachazo que venía hacia su espalda y corrió hacia la torre. Por poco lo matan pero Darius ni se dio por enterado. Todo lo que pensaba era en la promesa al come-almas. «Yo te destruiré».

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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