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Capítulo 15

15
EL NIÑO DE LA DESGRACIA

Siguió el rastro de Sigurd. La sangre del demonio apestaba en el templo y reflejaba la fosforescencia jade del mármol. Darius apretó la espada y reguló el paso, porque por más que quisiera aniquilar al come-almas la razón empezó a hablarle y a dominar sobre él.
«La primera vez que lo enfrentaste prácticamente te mató. Estabas en desventaja», se dijo a sí mismo. Su cuerpo ya no resentía el hechizo de sangre de Enlil; y aunque tenía el estómago destrozado con una úlcera nerviosa, contaba en general de buena salud. Estaba lo bastante fuerte como para sobrevivir un combate entre dos ejércitos. Pero aun así no era suficiente para enfrentar al come-almas. A Sigurd le bastaba con abrir el hocico para invocar el alma del mestizo. Con solo eso ganaría.
Así, pues, todo lo que podía hacer Darius era avanzar con paso moderado para que sus pisadas no resonaran en el templo. Tenía que seguir la pista sin que Sigurd se percatara de él para que no le tendiera una emboscada. De momento contaba con el elemento sorpresa ¿pero después qué? «Solo el fuego azul puede hacer daño a esa cosa. Yo no puedo usar fuego azul». El ardid de Zoe dio a los profetas dominio sobre Sigurd pero Darius estaba seguro de que esa oportunidad se fue por la ventana. Después de todo, la profetiza prohibió al come-almas alimentarse pero Sigurd aprovechó la batalla para engullir unas cuantas almas. «Desobedeció a Zoe porque puede hacerlo. Ya es libre. Ya no hay fragmento de Jillian en él».
La úlcera le envió una punzada de dolor. Darius sintió el miedo en las entrañas porque supo que era ahora o nunca: debía enfrentar y derrotar al come-almas antes de que llegara a los Dragones. Antes de que lastimara a Sakti. Quizá salvar a la princesa no era ayudarla a disolver la fusión, sino derrotar al demonio antes de que le pusiera un dedo encima.
Darius llegó al nivel del salón de juicio. Lo supo no solo porque el rastro de sangre de Sigurd seguía allí, sino también porque el pasillo de paredes negras –sin sincronización– incrustado de piedras mágicas le pareció el cielo estrellado de la Península. Mientras que los soldados y los Dragones que recorrieron antes ese pasillo solo vieron estrellas, él vio historias. Las estrellas le susurraban. Estas hablaban de la vida de un hombre ermitaño; aquellas sobre una mujer que dio a luz a tres niños en un solo parto; estas otras contaban cómo la vista de un caracol cambió la percepción de un joven guerrero; aquellas contaban la caída del clan Montag y esas otras sobre una mujer que se vengó de su esposo por haberla embarazado solo en busca de un niño.
Darius tuvo problemas para avanzar porque cada historia lo atraía como un imán. Si hubiese tenido una voluntad más débil se habría quedado allí el resto de la vida, escuchando a las estrellas, aprendiendo de ellas las historias de todos aquellos que habitaron ese Universo. «¡No!», se regañó mientras se tapaba los oídos. Un golpe de metal lo hizo saltar en su sitio. Hasta chilló como un chiquillo y se paró de puntillas sobre un pie. Miró detrás de sí: cuando se tapó los oídos dejó caer la espada. ¡Qué idiota era! ¡Adiós al elemento sorpresa! Pensó desesperadamente qué hacer si Sigurd daba media vuelta para ver quién lo había seguido, pero no vio los ojos maliciosos del demonio ni escuchó su carcajada de vidrios rotos.
Lo que sí escuchó fue el crujido de la torre. El pasillo se desquebrajó y tembló bajo los pies de Darius. El profeta miró a uno y otro lado, sin comprender qué sucedía. ¿Era Sigurd? ¿Estaba bajo ataque?
«No», le dijeron las estrellas. Darius extendió los brazos para mantener el equilibrio, así que no pudo taparse los oídos y escuchó con claridad la nueva historia de las estrellas: «Había una vez una torre de hierro, plata y jade que se alzaba hasta alcanzar el cielo. Hasta que una noche –la más larga, triste y terrible de todas las noches– dos Dragones se alzaron en la punta de la torre y empezaron a derribarla. Mientras tanto, en el salón donde hacía poco ellos comenzaron una discusión, la hermana de uno y la amante del otro se marchaba envuelta en una bruma de carmín. A todo lo que podía aferrarse era a un ramillete, que era también el último obsequio que recibió en la vida. Una cosita linda y frágil, como la princesa moribunda. Una cosita destinada a marchitarse pero que cargaba en sus pétalos y tallos todo el peso de la vida. La princesa luchaba por alzar la mano a las flores que llevaba detrás de la oreja, entre el pelo, porque creía que con ese esfuerzo podría también estirar la mano al ara de sacrificio donde dejaría su último aliento. Así podría detenerlo todo. Así podría remediarlo todo. Así podría dejar atrás todo. Pero antes de que pudiera hacerlo, el peso de una mole cayó sobre ella. Al entreabrir los ojos descubrió las orejas disparejas, el hocico sonriente y la mirada amarilla de un viejo enemigo. Sigurd, el come-almas, sonrió con las garras extendidas. La princesa ya no pudo agarrar el ramillete porque el demonio le destajó la garganta con...».
—¡NOOOOO! —aulló Darius mientras echaba a correr.
Los ojos le ardían furiosos con las lágrimas. ¡No dejaría que Sakti terminara así! No se detuvo a pensar que si ya las estrellas contaban esa historia era porque no había forma de cambiar lo que sucedería. «Las estrellas», pensó una parte recóndita de su mente, «eran diferentes la primera vez que esto ocurrió. Porque contaban otras historias». Olvidó el pensamiento al instante.
Al llegar a la pequeña galería no se detuvo anonadado por la belleza del lugar. Ahí las estrellas eran más y más brillantes. No eran solo constelaciones, ¡sino galaxias enteras! Todas gritaban para que Darius las escuchara. Eran como sirenas cantando sus canciones de perdición para que los marineros posaran sus ojos en ellas y se ahogaran en brazos de las mujeres mientras ellas los besaban y atraían a las profundidades del mar.
Darius pasó los ojos por toda la habitación en busca de la siguiente pista de Sigurd. Sabía que si dejaba la vista en un solo lugar caería irremediablemente en la historia de alguna estrella. Por poco falla en ver la puerta doble abierta de par en par. Allí ya no había estrellas y tampoco rastro de Sigurd, porque estaba tan oscuro que ya no podía verse la sangre ni la baba espumeante del come-almas. Pero sí se podían oler. «¡Maldita sea! ¡Ese bicho tiene la sangre podrida!».
Darius se lanzó hacia el pasillo detrás de la puerta pero se detuvo en seco poco antes de poner un pie dentro. Tuvo dos corazonadas.
La primera es que no dejó caer la espada robada allá atrás por un tonto susto, sino porque esa espada no sería suficiente para enfrentar al come-almas. La dejó caer porque más adelante, en la galería, le esperaba una espada mejor. Giró sobre los talones, regresó a la cerradura en el centro del salón y puso la mano sobre la empuñadura de Gungnir. No ardió en llamas ni se hizo cenizas, como cuando un mago ordinario tomaba el arma de un Virtuoso. Claro, porque Gungnir no era como la Hoz de Maat o la Estrella de Carmeil. Sin embargo, era más que un arma ordinaria. Era la espada de los Emperadores y la llave al salón del Juicio Final. Era la espada con que los Emperadores juzgaban a los criminales o nombraban a sus caballeros. Era la espada con que Darius protegería a Sakti.
La segunda corazonada fue menos clara, en parte porque estaba abrumado por las voces de las estrellas. Desde pequeño sentía fascinación por el firmamento nocturno, algo inevitable porque era profeta. Pero jamás había experimentado nada similar. Cerró los ojos e intentó buscar una voz entre las miles que le gritaban pero fue imposible. No podía distinguirlas.
—¡Silencio! —suplicó—. ¡Escucharé a una de ustedes! ¡Solo a una!
Las voces dejaron de gritar pero no hubo silencio definitivo. Más bien fue un zumbido, como si les estrellas se hablaran entre susurros. Fuera como fuese, escuchaban a Darius.
—Quiero la historia de una única estrella. Quiero la historia de Sigurd, el come-almas.
Ahora sí, las estrellas se callaron. Ni siquiera se escuchaba el chasquido distante de sus luces. Darius entreabrió los ojos solo para ver que la galería se oscurecía. Las estrellas titilaron débilmente, como si estuviesen a punto de apagarse. Solo una se mantuvo tan ardiente como el principio, aunque todavía callaba con timidez.
Darius avanzó hasta ella y se acostó para quedar al mismo nivel que el puntito de luz, pues la estrella estaba apenas por encima del suelo.
No era la historia de Sigurd. De alguna forma, Darius supo que ninguna estrella en el firmamento la sabía porque el come-almas no tenía estrella allí.
«Esta es la historia», empezó la estrella, «de un padre que falló en matar a su hijo...».

****

Drake estaba en medio de las flores marchitas. Las plantas estaban pisoteadas. El suelo era una mezcla de barro y sangre. Giró sobre los talones sin apenas saber cómo, dejando que sus sentidos agudos de sicario se encargaran del trabajo. Sintió el golpe certero de la daga en el sitio más blando del adversario y luego la reverberación de la caída del grolien detrás de él. Pesó como bala de cañón pero no pudo sentirla en el corazón. Cuando combatía cuerpo a cuerpo Drake prefería cerrar la mente a lo que hacía. Se entumecía. Prefería mantener la vista pegada al suelo y evitar las miradas de las víctimas. Solo cuando no había más remedio –por ejemplo, cuando el adversario era más fuerte y se necesitaba mayor atención para matarlo– los miraba a los ojos.
En ese instante no sentía nada más que la angustiosa decisión de subir a la torre de hierro, plata y jade.
Salvaría a Sakti a como diera lugar. Y aunque sabía la respuesta que ella le daría estaba dispuesto a confesarse, a pedirle que fuera suya.
En medio del entumecimiento no podía sentir pena por la pradera destrozada alrededor de la torre, esa que una vez fue tan admirada por el anterior Emperador Kardan y de la que Dereck Sunkel logró hacer un ramillete en el último momento. La batalla al fin había llegado a los cuatro costados de la torre y no quedaba muy claro qué bando la protegía. A veces los aesirianos ganaban terreno para apartar a los vanirianos; y a veces los vanirianos cercaban la torre para que ningún aesiriano pudiera entrar.
Si Drake no hubiese estado entumecido habría entendido que los vanirianos le daban tiempo a la nave flotante de llegar y derribar la torre con el cañón. Si no hubiese estado entumecido habría notado que solo tuvo que entrar en combate antes de llegar al pie de la torre, pues al principio del camino todos los enemigos –para él tanto vanirianos como aesirianos eran enemigos– estuvieron inmersos en una distorsión de tiempo que no afectó al sicario.
Y si no hubiese estado entumecido habría notado el crujido de la torre y los rugidos de los Dragones que se alzaban en medio del techo destruido.
Lo que sí notó, en cambio, fue el silencio repentino. Y la voz que se coló en esa quietud hasta sus pensamientos, en donde Sakti figuraba en el centro de la vida de Drake como si fuese la flor más hermosa de un jardín.
«Pero el jardín ya tiene dueño...», murmuró el aire.
—... y no puede tener dos —concluyó una voz muy real.
Drake se congeló. Miró a los combatientes derribados, que eran aesirianos y vanirianos por igual. Ninguno dijo nada. Ninguno lo miraba. El sicario cumplió a cabalidad el trabajo. ¿Entonces quién...?
Una tímida mariposa de añil le hizo cosquillas en la oreja. Al seguir el vuelo de la mariposa se percató de que la batalla en la plaza cercana estaba detenida. Las espadas y lanzas estaban en lo alto; las flechas surcaban los cielos; los gritos se alzaban mudos. Si no hubiese estado entumecido habría pensado que era una rara manifestación de sus poderes de profeta; rara porque casi nunca tenía premoniciones ni alucinaciones, como sí le pasaba a Zoe.
El entumecimiento se fue de repente. Lo dejó con la más profunda de las desesperaciones. Los brazos y las piernas se le suavizaron entre temblores. Se sintió indefenso como un gatito recién nacido y se odió por eso. No era momento para tener miedo o desesperar. Ahora más que nunca debía ser valiente y fuerte.
Se giró despacio con el estómago encogido.
La aparición estaba sentada en una de las pocas rocas de la pradera. Las flores ya no estaban marchitas ni aplastadas. Eran de nuevo un jardín. Solo que ya no había tantas florecillas amarillas, rosadas y fucsias, sino flores de pétalos celestes, largos y delicados. Las allen brotaban de la sangre enlodada. Su dulce perfume se imponía al olor de sangre y heces de la batalla. Los cadáveres alrededor se transformaban. En lugar de podrirse lentamente se deshacían en motas de luz que danzaban en el aire. Ahora eran más mariposas de añil que dibujan círculos juguetones ante los ojos de Drake para llamarle la atención.
Él no las veía. Solo tenía ojos para el ángel. Las plumas de las alas eran blancas como espuma de mar. Los ojos eran azules como un cielo despejado. Y esa sonrisa era el mismísimo sol.
—De todos eres el único que no está rezando a Dios en este momento —dijo el ángel—. Como mensajero, ¿debería sentirme abrumado por tu falta de devoción? ¿O admirado por tu escasez de arrepentimiento? Tu deseo, tu fortaleza, tu amor... me fascinan. Eres increíble. Ojalá yo hubiera tenido tu fuerza.
Drake lo reconoció, de la misma manera que un enamorado reconoce al rival contra el que ha perdido. Y por Dios, ¡cómo había perdido! ¿Cómo podía ganar contra el hombre que murió por ella?
Para cuando la aparición que una vez se llamó Mark Salvot se marchó en medio de motas de luz, Drake ya no sintió el ansia que lo llevó al pie de la torre. Muy a su pesar, Mark le dio a entender por fin por qué nunca podría tener a Sakti: ella era la flor de otro jardín. Esta revelación no le hirió en lo más profundo de su ser, en parte porque desde el principio lo sabía y en parte también porque había cierta honra en perder contra un ser hecho de luz. Si iba a renunciar a Sakti más valía que fuese por un rival que lo superaba. Estaba dispuesto a reconocerlo y también a dar las gracias a Mark.
Porque antes de marcharse por completo, el mensajero le dejó un último regalo.
Drake apretó con suavidad la pluma que cayó en sus manos. Era blanquísima, con excepción de tres trazos delgados: uno púrpura, otro negro y un último que era también blanco, aunque más parecido al color de los huesos que al de la espuma. No sabía si era una pluma de ángel o una pluma de Dragón, pero sí sabía que era la oportunidad de obrar un milagro.
Antes de que pudiera pedir un deseo, la nave vaniriana estalló en lo alto del cielo como un sol azul.

****

Tuvo miedo de que el pasillo se alargara por toda la eternidad. Cuando al fin vio la puerta y el resplandor que surgía en el salón, sus labios esbozaron una sonrisa perversa.
Reconocía esa luz. La había visto hacía años en el Pantano, cuando probó el alma más sabrosa que hubiese devorado jamás. Todavía recordaba la cara de la princesa cuando dijo que el alma con los colores del arcoíris, la luna y el sol pertenecía a un humano. «No», pensó el demonio mientras se lamía los bigotes con la larga lengua al recordar el poder que una vez tuvo. «Era el alma del gran desbalance de esta ocasión».
No le mintió a Darius cuando dijo que al olfatear a sus presas lo sabía todo de ellos. El olor de sus almas le decía qué tan rencorosos, asustados u orgullosos eran; cuáles eran sus puntos débiles y por tanto qué método era el más apropiado para tenderles una trampa que sazonara el alma con desesperación y dolor.
Lo que no dijo al profeta fue que cuando devoraba las almas se apropiaba tanto de sus poderes mágicos como de sus recuerdos. Los dos elementos estaban estrechamente relacionados. Darius se sorprendería al saber que Sigurd pensaba de sí mismo de una manera muy romántica. Se consideraba el único que comprendía a la perfección a sus víctimas porque al devorarlas las conocía íntimamente.
Lo curioso era que guardaba pocos recuerdos de las memorias contenidas en el alma de Mark. Recordaba a la perfección las vidas de aquellas almas que ya no estaban en su estómago después de que algún hechicero de fuego azul se las arrancara. Pero de Mark apenas podía recordar nada. Aunque no era de sorprender. Los recuerdos están ligados al poder mágico de las víctimas. Entre más almas, más recuerdos, y entre más recuerdos más magia. El poder que obtuvo del alma de Mark fue inmenso y correspondía a la cantidad de memorias que contenía. Una cantidad tan grande que ni siquiera el mismo Mark podía recordar. Así, pues, era solo lógico que Sigurd olvidara casi todas esas memorias cuando la maldita Princesa Carmesí le arrancó esa preciosa alma.
Sin embargo, al ver la luz los recuerdos comenzaron a venir lentamente hacia él. «Sí, sí», se dijo. «No tengo que hacer casi nada. Igual ya están casi muertos». Sigurd se agazapó y controló la respiración para que los jadeos no lo delataran. Tuvo cuidado también con sus pasos para que las garras no aruñaran el suelo.
De repente el pasillo se movió con ondulaciones. El aire vibró con un sonido profundo incapaz de ser reconocido, lo que lo hacía aún más terrorífico. Sigurd requirió toda su fuerza de voluntad para olvidar las precauciones tomadas y no echar a correr hacia el salón de luz, en donde esperaba encontrar refugio. Se aferró al suelo tan fuerte como pudo. Le dio la impresión de estar en el estómago de un gusano gigante. El pasillo ya no le parecía un rectángulo sólido, sino un cilindro hecho de oscuridad.
En lo más profundo de su mente comprendía que no estaba en un pasillo común y corriente, y que de hecho ya no estaba en Tyr. El paso entre la galería de estrellas y el salón del juicio ya no pertenecía al mundo aesiriano maldito por Dios. De alguna forma ancestral y primitiva comprendía que el sitio donde los Dragones condenarían o salvarían a una raza no podía ser un sitio de este mundo.
Se acercó más y más a la puerta, todavía con cuidado para no ser descubierto. El ruido profundo y misterioso se hizo cada vez más claro. Algo se rompía. No, se desquebrajaba. Lo que escuchaba era... ¡escombros!
Al fin alcanzó la puerta y asomó un ojo saltón. Vio las siete columnas de colores y las siete esferas de energía. Vio la gema en el centro del salón, que palpitaba con negro ahora y con púrpura después. Y sobre todo, vio las figuras musculosas de los Dragones. Las escamas púrpura como amatistas aprisionaban las escamas negras como alabastro. El ruido que antes Sigurd no pudo descifrar le quedó claro ahora: eran los rugidos de los Dragones. Contuvo el aliento mientras se imaginaba, desilusionado, que los recuerdos de Mark estaban equivocados: «No están casi muertos. ¡Si quiero sus almas tendré que enfrentarlos!». Ni aún con los aperitivos que consumió a las afueras de la torre podría enfrentar a los tres Dragones.
Grande fue su alivio cuando el Dragón Purpura batió las alas y se levantó entre las columnas, con el Dragón Negro fuertemente apretado en las garras. Lo último que vio de ellos fueron las colas: las de Jillian era fina y brillante, como si estuviese hecha de diamantes, mientras que la de Adad era gruesa y con púas.
A pesar de que las columnas se mantuvieron bien erguidas tenían marcadas las siluetas de los Dragones. Los escombros hechos por las escamas de Adad y Jillian estaban esparcidos por doquier, pero no serían los únicos. Sigurd escuchó el golpe contra el techo. Desde donde estaba no podía verlo, pero supo que los Dragones alcanzaron lo más alto de la torre y lo derribaron. Escuchó de nuevo el lamento de la torre y los escombros que se precipitaban al salón.
«¡NO!». Apretó los puños. Había perdido su última oportunidad para devorar las almas de los Dragones. Si el salón de juicio se destruía y los Dragones escapaban, la Profecía no se cumpliría. Nunca más podría acercárseles por la espalda y aprovechar un momento de debilidad para matarlos.
Maldijo por lo bajo y se preparó para girar y empezar la huida cuando la olió. La sangre. Miró de nuevo el salón, recordando que el Púrpura y el Negro no eran los únicos Dragones: todavía faltaba el Blanco. Todavía faltaba Sakti. La buscó detrás de las columnas, casi seguro de que la muy maldita se camuflaría en el salón gracias a sus escamas blancas que reflejarían las luces de las esferas y de la gema. Pero por ninguna parte vio los indicios de su silueta. Por otra parte, el olor a sangre se hizo más intenso.
«Está herida», supo el come-almas mientras daba un paso hacia el salón. Escuchaba los escombros del techo. Venían hacia él. Lo aplastarían. Debía escapar si no quería acabar como cucaracha. «Pero es mi última oportunidad...». No podía irse sin devorar a uno de los Dragones. Y de los tres, Sakti era la que más le apetecía. Esa maldita bruja. Esa maldita zorra que lo había deshonrado al cortarle los testículos y el falo. Esa maldita enana que lo convirtió en el hazmerreír de todos aquellos que vieron su miembro expuesto en Masca como una atracción abierta al público. Esa maldita...
¡Ahí estaba! ¡Delante de la gema!
Era tan pequeña y gris que la confundió con los escombros. Solo la reconoció por el charco de sangre que se extendía alrededor de ella. Sangre tan oscura que parecía negra. Sangre tan intensa que las fosas nasales de Sigurd estaban irritadas. Corrió hacia ella sin importarle ya que las garras aruñaran al suelo y lo delataran. Una sonrisa lobuna y cruel se estiró en sus labios, sin preocuparle ya que los escombros lo aplastaran. Si devoraba a Sakti el poder de su alma le daría la magia necesaria para controlar los escombros y escapar. Y aun si ya era demasiado tarde, aun si la magia de Sakti fallaba en ponerlo a salvo, ¿qué más daba? La mataría. No habría Profecía. Ese sería el último gran terror que el come-almas le daría a los aesirianos. ¡Era una forma tremenda de abandonar este mundo!
Saltó con las garras extendidas, celebrando ya el momento en que la partiría por la mitad y esa alma resplandeciente fuese suya.
El tajo de una espada lo cortó a él. Sigurd cayó a unos pasos de Sakti, tan cerca que si estiraba el brazo podría arañarle las pantorrillas. En efecto, estiró el brazo para agarrar a la princesa y a la vez giró el cuello para ver quién lo atacó. ¿Acaso alguno de los Dragones regresó en su forma aesiriana y lo descubrió en el último momento?
Un nuevo sablazo lo recibió, esta vez en la cara. El corte le corrió de la ceja izquierda al lado inferior derecho del hocico, en una diagonal perfecta. La sangre del demonio salpicó un rostro aesiriano, del que sobresalían dos ojos brillantes y decididos que tenían tanto el color del cielo como el de las montañas.
—¡Tú! —gruñó el come-almas al reconocer a Darius Tonare.
El mestizo no le prestó atención. Sin soltar la espada pasó junto a Sigurd a toda prisa para ir con Sakti y la tomó en el brazo libre. «¡Los escombros!», comprendió Sigurd. Darius ni siquiera se tomaría la molestia de intentar matarlo. Estaba dispuesto a sacar a Sakti antes de que los escombros la aplastaran. Abandonaría al come-almas a ese destino.
—¡INGENUO! —se burló el demonio—. ¡PREPÁRATE PARA UNA BROMA ESPECTACULAR!
No necesitaba destrozar a Sakti para matarla. Saltó antes sobre ella porque quería sentir la sangre de la princesa en las garras. No porque necesitara rematarla. Todo lo que tenía que hacer era abrir el hocico de par en par y soltar uno de sus terroríficos alaridos para invocar el alma de la princesa. Así lo hizo.
Darius se partió por la mitad al sentir el dolor en el pecho, pero no soltó a Sakti. Al contrario, la abrazó más como si con eso pudiera protegerla del hechizo del come-almas. Sigurd ya preveía el momento en que las luces de ambos irían directo a su estómago.
Los escombros se detuvieron. Quedaron suspendidos en el aire. Sigurd abrió los ojos como platos, porque el silencio repentino lo había dejado sordo. Ni siquiera escuchó más su grito para invocar almas. ¿Qué era eso? ¿Una nueva distorsión del tiempo? «No». Estiró el brazo hacia profeta y princesa pero no pudo ni iniciar el movimiento. «Mierda». No era una distorsión como la de Tyr, donde el ritmo de la batalla era más lento y largo. Ahora sí estaba completamente congelado.
Intentó mirar a uno y otro lado, pero ni siquiera pudo pasear la mirada por el salón. Por el rabillo del ojo solo vio algunos detalles, como que la gema quedó suspendida en el momento que pasaba del púrpura al negro. Lo que sí notó, en cambio, fue que la luz que se asomó a los labios de Darius regresaba a él. Y que los hombros del profeta subían y bajaban al ritmo de su respiración.
Darius no estaba detenido en el tiempo.
El profeta abrió los ojos de golpe y miró la escena, sin todavía creer lo que sucedía. Estaba tan sorprendido como el mismo Sigurd.
—¿Allena? —la llamó en un susurro.
Sakti entreabrió los ojos. Se la veía horriblemente pálida y a Darius lo asustó que ella quedara inmóvil en sus brazos, incapaz de moverse.
—Ja, ja —masculló Sakti, moviendo los ojos hacia donde Sigurd estaba congelado en el tiempo—. La broma es para ti. No tengo alma que puedas comer.
Darius inspiró fuerte. Estaba desesperado y más asustado de lo que se atrevía admitir, porque la primera vez que vio a Sakti tan mal fue cuando Sigurd le arrancó un brazo. Él, que la cargó del Pantano al hostal en Aleoni; él, que cargó a su esposa mientras se desangraba de la misma manera que ahora cargaba a Sakti, comprendía que su amiga estaba herida de muerte. No podía haber llegado hasta ahí solo para verla ir como lo hizo Njord. ¿Cómo podía Dios ser tan cruel? Casi podía escuchar a las estrellas de la galería, contándole a otro profeta la historia de un hombre que perdía a los que más quería de la misma manera una y otra vez.
—Tranquila, cariño —dijo mientras la colocaba en el suelo—. Me quedaré aquí hasta el final, pero primero tengo que hacer algo. Tengo que aprovechar el tiempo que me diste.
Porque lo sabía. Sakti había congelado los escombros y el tiempo por él. Había despertado una última vez por él.
Darius fijó los ojos en los de Sigurd y apretó la enorme espada que llevaba consigo. El demonio no podía saber que era la misma que ignoró al entrar al pasillo de oscuridad. No podía ver las runas con los nombres de los Emperadores ni las gemas que adornaban la empuñadura. Todo lo que podía ver era la furia de Darius y un-no-sé-qué que lo asustó.
—Déjame contarte un secreto —dijo el mestizo mientras se levantaba e iba hacia el demonio.
Sigurd estaba medio tirado. Tenía las patas traseras arrodilladas en el suelo, la parte superior del cuerpo apoyado en un codo y el brazo libre estirado hacia la princesa y el profeta. Darius se agachó para que su mirada quedara a la misma altura del demonio y luego, casi con ternura, se acercó a la oreja dispareja para susurrarle:
—A veces las historias se equivocan. Y hace falta contarlas otra vez.
Darius clavó la punta de Gungnir en el pecho del come-almas. Y mientras clavaba la espada de los Emperadores en ese pecho vacío y oscuro, le contó a Sigurd la historia que escuchó antes de una estrella similar a la de él.

****

A veces las historias se equivocan. O, para decirlo de otra manera, están mal contadas. ¿De quién es la culpa que las historias cambien de generación en generación? ¿De los cuentistas originales, por no contar bien las historias? ¿De los niños que las escucharon, que agregan sus propios detalles y pierden otros? ¿O de las estrellas, que solo le hablan a unos pocos –los profetas– para que cuenten la historia como se debe?
No importa. Ahora no, porque la historia ya ha sido corregida.
Esta es la historia que todos conocen: Hace mucho tiempo, una estrella bajó a la Tierra. Allí vino Sigurd, que se comió la luz del astro. Las estrellas son las gemelas del alma. Hay tantas estrellas en el cielo como aesirianos nacidos y por nacer. Cada vez que una estrella se apaga, el alma de un aesiriano se esfuma. La primera estrella que Sigurd comió era el alma de un niño. Así, pues, mató al cachorro y obtuvo sus recuerdos y su magia.
El mundo entero tembló ante su monstruosidad, pues Sigurd era la primera criatura capaz de devorar almas. El desbalance de su existencia sumió al mundo en la oscuridad. Todo aquello que vivía y respiraba, todo aquello que tenía su brillo gemelo en el firmamento, se apagó. Sigurd devoró todo a su paso, dejando solo tierra yerma y cenizas allá donde hubo tierra fértil y esperanza. Mientras sumía a los sobrevivientes en la desesperación, él solo se hacía más y más fuerte.
Para las estrellas el tiempo es un concepto abstracto. Lo mismo son diez mil años que un parpadeo. Pero para los mortales, que no pueden hacer nada más que esperar, el tiempo es tortura en sí mismo. ¿A qué esperaban?
Lo supieron en cuanto ocurrió: un nuevo desbalance, esta vez gracias al llanto de un bebé. Una princesa. Una Virtuosa. Depositaron toda su fe en ella, en Maat, la Virtuosa de la Justicia; y esa fe demostró ser justificada. Maat cumplió su destino: enfrentó al come-almas, lo venció y lo condenó a las entrañas de la Tierra. De haber podido matarlo lo habría hecho.
Es aquí, en esta parte del relato, que inevitablemente todos los niños preguntan a sus padres: «¿Y por qué no lo hizo?». Invariablemente, la respuesta de los padres es siempre la misma: «La Virtuosa arrebató todas las almas que Sigurd devoró durante su reinado de terror, pero no pudo liberar una única alma: la del primer niño que comió. Mientras no se libere esa alma, Sigurd será inmortal. Por eso la Virtuosa lo selló». Y para finalizar el relato cuentan el trágico final de la heroína, cómo su poder salvador amenazó con destruir el mundo ahora que Sigurd no estaba ahí como contrapeso; y cómo, para salvarnos a todos, se clavó la guadaña en el pecho.
Una historia verdaderamente trágica.
Y también algo falsa.
Maat, sin embargo, no tiene la culpa. A ella le contaron la misma historia equivocada. Así ¿cómo podía ella saber que en realidad no era la destinada a destruir al come-almas, sencillamente porque no era hombre? En este caso su padre, el Emperador Kaín, habría sido más indicado. Esto tampoco fue su culpa. Su papel fue siempre sellarlo hasta que el Elegido naciera y tomara su lugar. Quizá, de haberlo sabido, no se habría torturado a sí misma con la larga espera después de su muerte.
Entonces, si esta historia que todos conocen es errónea, ¿cuál es la historia verdadera? ¿En dónde está el error? ¿Cuál es el relato original?
Esta es la historia que las estrellas conocen: Hace mucho tiempo nació un niño especial. No sobresalía por su bondad ni sonrisa, por su calidez ni dulzura, ni por su inocencia ni talento. Al nacer miró a sus padres con ojos que brillaban con la luz de las estrellas y el fuego; esta luz, sin embargo, no era cálida ni alentadora, sino fría y ambiciosa. En lo más profundo de sus corazones, sus padres le temieron. Pero el orden natural indica que todos los padres y madres aman a sus hijos incondicionalmente. Así que en lugar de ahogar al niño en el pozo de la casa le dieron un nombre.
Lo llamaron Sigurd.
Debieron haberlo ahogado.
Las sonrisas de los niños suelen ser por juegos y dulces, por amor y alegría. Las sonrisas de Sigurd, en cambio, eran por desgracias. Por tormentas aciagas que crecían los ríos hasta que se desbordaban y lavaban todo a su paso. Por la caída de los polluelos desde los nidos. Por las peleas repentinas de los perros, que se agarraban a mordiscos hasta arrancarse la piel y los ojos.
Sigurd sonreía, sí. Sus labios esbozaban un arco desde la oreja derecha hasta la izquierda; un arco repugnante de dientecillos pequeños y blancos; un arco que, aunque limpio, parecía sangrar. El orden natural indica que la sonrisa es lo más puro del mundo. Así ¿cómo podían sus padres pedirle que no sonriera? Había algo innatural en ello, en ese miedo que les carcomía el corazón cada vez que veían al niño sonreír, ¿pero cómo explicarlo? Lo único que podían agradecer era que Sigurd se limitara a sonreír en las situaciones más inapropiadas y no que se carcajeara.
Pero lo sabían. Oh, sí, lo sabían: estaba próximo el día en que Sigurd reiría y entonces todo iría mal.
Un día, la madre ya no estaba en casa.
El padre la buscó en el pueblo y la montaña, y en las grutas cercanas donde se conocieron y amaron en los primeros años. Nada. Ni rastros de ella. Los aldeanos lo consolaron sin atreverse a decir lo que creían: lo había abandonado. Para nadie era un secreto lo difícil que era estar junto a Sigurd. Todos lo evadían tanto como pudieran. El orden natural dice que los niños son un regalo de Dios, pero nada se sentía natural junto a Sigurd. Ni el aire ni el sol, ni la bondad ni la justicia.
Había un término para niños como él, aunque en el fondo sabían que Sigurd era el primero de su clase. Ojalá también el último. Era un niño de la desgracia. Atraía la mala suerte sin poder evitarlo, como las tormentas y las caídas de los pajaritos y las peleas de los perros y la huida de su madre. La diferencia con otros niños de la desgracia era que Sigurd disfrutaba. Sí, lo disfrutaba. Por eso su sonrisa era tan temida.
Aunque nadie le decía lo que pensaba, el padre sabía que todos creían que la madre lo abandonó por culpa de Sigurd. Pero él no lo creía. Tenían otros cachorros, otros niños buenos y dulces que eran la columna en la que se apoyaban cuando era imposible amar a Sigurd. Sí, ella era capaz de abandonar a ese niño de la desgracia al que no pudo amar a pesar de lo mucho que lo intentó. Pero jamás abandonaría a los otros niños ni a su esposo. A ellos los amó sin dificultades, aún con mayor facilidad porque ellos también la amaban.
En cambio ¿Sigurd a quién amaba?
El niño de ojos amarillos no lloró la desaparición de la madre. Los otros cachorros sí. Como el padre. Como era natural.
Un día, la hija menor ya no estaba en casa.
El padre la buscó con desesperación en la aldea, las montañas, los bosques, las grutas. Los aldeanos le ayudaron a no aval. Nada, ni rastros de ella.
Otro día, el hijo del medio también se fue.
El padre buscó de nuevo y de nuevo tuvo ayuda, pero menos. Los aldeanos también se iban, pero de ellos sí se sabía con certeza que escapaban. Oh, claro, nadie lo decía en voz alta. Se decía que iban de viaje por una larga temporada, o que se mudarían a otra villa a cuidar los últimos días de familiares ancianos, o que buscarían nuevas oportunidades de negocio en otras tierras. Todo mentiras.
Pronto, la aldea quedó abandonada. Ya no había nadie que ayudara al padre a buscar los hijos que se habían esfumado.
El último cachorro amado desapareció en un día de primavera. El aire cargaba todavía parte del frío del invierno, aunque ya los brotes se abrían sitio en el campo y las ramas se poblaban de hojitas tiernas. El sol brilló en lo alto todo el día pero el padre no lo sintió. Se quedó sentado en el porche de la casa con la vista fija en el suelo y el corazón hundido. No había nada que hacer. Buscaría sin encontrar.
La noche lo encontró en el mismo banquillo a la entrada de la casa. El cielo estaba despejado. En él titilaban las estrellas. Si el padre hubiese sido profeta las habría escuchado gritar. Habría oído por fin las advertencias que le lanzaban todas las noches desde el nacimiento del niño de la desgracia. «Allí abajo, contigo», le advertían, «hay uno sin estrella en el cielo. Hay uno sin alma». Qué lástima que no las pudo escuchar.
Lo que sí escuchaba era un zumbido en los oídos. Las personas tienen diferentes formas de tener presentimientos: algunos sienten un vacío en el estómago, a otros se le adormecen las manos y a unos les da comezón en la punta de la nariz. A él le zumbaban los oídos hasta que le daba cosquillas, pero ahora le dolía. La última vez que se sintió así fue cuando nació Sigurd y tuvo la idea de echarlo al pozo.
Desde el banquillo en el porche podía ver el pozo: era una columna de roca mohosa que a nivel de la superficie apenas le llegaba por las pantorrillas. Pero era muy profundo, tanto que para ver el fondo se necesitaba una linterna en plena luz del día para decidir si el pozo estaba vacío o medio lleno. Tenía encima una tapa de madera roja atada con un lazo para evitar que los niños más pequeños cayeran dentro.
Había pensado en ese pozo todo el maldito día.
Se levantó. Los huesos le tronaron como si hubiese esperado en ese banquillo diez mil años. Avanzó con pies de plomo. No podía sentirlos. Fue como si soñara que era otra persona la que caminaba. Se arrodilló delante del pozo, descorrió el lazo y levantó la tapa roja. No necesitó una linterna. Ni siquiera necesitó la luz de las estrellas para confirmar el presentimiento de los oídos.
El tufo subió al aire como un grito y le sacó las lágrimas. Las estrellas se reflejaron en el agua oscura y en los ojos abiertos que lo recibían. Ojos podridos de muerto que sin embargo brillaban en los rostros oscuros y putrefactos.
Las paredes del pozo tenían aruños y hasta uñas ensangrentadas. La parte baja de la tapa también tenía marcas. Incluso uno de los cachorros todavía tenía los dedos sobre la pared, en espera de la mano salvadora que lo sacaría de ese lugar. Los demás, en cambio, estaban apretujados en las posiciones más incómodas: unos tenían las piernas por encima del cuello, otros tenían la cabeza doblada sobre la espalda, y otros más tenían todo el cuerpo sumergido con excepción de los talones, que se asomaban macabramente por entre los cadáveres. El cachorro que desapareció esa mañana estaba encima del resto; cayó sobre el pecho y sin embargo su rostro estaba dirigido hacia el padre.
—Ni siquiera gritó —susurró Sigurd al oído del hombre—. Abrió el pozo y cayó en él. No tuvo tiempo para más. Los otros, en cambio... —chasqueó la lengua—. Quizá los habrías escuchado de no haberte ido a buscarlos tan lejos. Los últimos que cayeron sabían ya que los buscabas en el lugar equivocado.
El zumbido de los oídos desapareció. El hombre agarró la tapa del pozo, la arrancó del lazo y golpeó con ella la cabeza de Sigurd. Sintió el golpe en el brazo y escuchó las vértebras del cuello infantil que se rompían con mil chasquidos. Esperó que el cuerpecito macabro de su hijo se derrumbara en cualquier instante, pero Sigurd quedó en pie, apoyado aún en la tapa y el brazo de su padre. El hombre apartó la tapa pero Sigurd no cayó.
Sonrió.
—Todos abrieron el pozo cuando ya no lo soportaron más —murmuró el niño mientras se levantaba la cabeza destrozada con el brazo derecho—. Cuando ya no quedaba en ellos ni el deseo de aparentar que me amaban. Cuando estaban listos para lanzarme al pozo.
Acomodó la cabeza en su sitio y recorrió los únicos dos pasos que lo separaban del padre. Sus miradas quedaron a la misma altura; Sigurd de pie, el hombre arrodillado.
—Me odias. Gracias. Con eso me has hecho inmortal. Para agradecértelo te reuniré con los demás. Que su odio llene el vacío que dejo en el cielo.
No hace falta decir que el cadáver del padre terminó en el pozo, como los demás. Pero su alma y la de los otros... Eso si es necesario decir dónde están.

****

—¡Dentro de ti! —exclamó el profeta mientras clavaba Gungnir más y más en el pecho de Sigurd—. ¡Esperaste hasta que su odio fuese lo bastante fuerte! Lo que te da vida es el miedo antinatural de una madre hacia su hijo, de hermanos hacia su hermano y de una hermana hacia su hermano. Todavía hoy los alimentas con la desesperación de más almas para que te odien más y te fortalezcan. Empezaste con la madre y seguiste con los niños, pero dejaste al padre, al más fuerte, hasta el final. ¿Por qué? Lo mejor habría sido acabarlo primero.
Le dio muchas vueltas a ese asunto. Sigurd no era más que un crío. Si su padre hubiese confirmado pronto que el responsable de las muertes era el niño de la desgracia, habría impuesto su fuerza a la de Sigurd. ¿Por qué el demonio se arriesgó a guardarlo hasta el final? Darius creía tener la respuesta.
—Esperaste hasta que todos te odiaran por completo. Los desesperaste hasta que ya no pudieran buscar ni un rastro de amor hacia ti. Porque lo que los hacía fuertes contra tu presencia era cualquier cariño que te tuvieran. Por eso al que temías más era a tu padre, porque él se empeñó más en quererte. Por eso era el que podía matarte.
Hasta que ya no pudo, claro. El momento en que abrió aquel pozo fue el instante en que se condenó, porque entonces ya no le quedó más que miedo y odio hacia Sigurd.
—Ahora lo entiendo: solo un padre que ama puede llegar al centro de la nada y acabar contigo. Y yo me parezco un poco a tu padre, ¿no crees? —siguió Darius con voz agotada—. Mi estrella y la de él son muy parecidas porque ambos sufrimos por ti. También mataste a mi esposa. Mis hijos también desaparecieron por tu culpa. La diferencia es que aunque te odio con todo mi ser, todavía amo a todos mis hijos.
Al fin llegó al centro de Sigurd. Lo supo porque Gungnir se enterró más rápido de pronto, como si hubiese alcanzado un agujero negro que la jalara al interior. Darius tuvo que agarrar más fuerte la empuñadura, seguro de que si no perdería la espada. ¿Y entonces con qué mataría al come-almas? «La única razón por la que he podido hacerle algo es porque la distorsión de Allena me deja moverme libremente. De lo contrario...». De seguro que en el mundo había muchos padres que amaban con locura a sus cachorros y que se armarían con odio para enfrentar al come-almas. Pero Sigurd –supiese o no que eran los únicos que podían llegar al centro de él, al niño sin alma que mató a su gente– no les daba ninguna oportunidad de defenderse. Y nadie antes tuvo la oportunidad de atacarlo mientras estuviese inmóvil.
—Muere de una maldita vez, alimaña —ordenó Darius.
El tiempo congelado pasaba por el profeta en forma de sudor, que le bajaba por la espalda y la cara, sin que Sigurd diese muestras de morir. Sabía que lo tenía en aprietos, sabía que Gungnir apuñalaba al niño maldito en donde más dolía, pero por alguna razón todavía no era suficiente.
Una delicada flor con pétalos de fuego azul brilló en la herida del demonio. Fue tan repentino que Darius estuvo a punto de soltar la espada y lanzar todo al carajo, hasta que vio los resplandores que se escabullían por entre el fuego: las más grandes debían de ser las almas de los guerreros de Tyr, pero había otras que debían de ser las almas de la familia de Sigurd. Esas estaban pequeñas y agotadas, débiles después de los milenios de encierro. Darius mantuvo la espada en su sitio, sabiendo que esa herida era el puente entre el vacío de Sigurd y la libertad para las almas. Los lengüetazos de fuego azul eran la llave que al fin abría la prisión en donde estuvieron atrapadas.
Al fin la punta de Gungnir se asomó por la espalda de Sigurd. Salió limpia, sin rastros de sangre o carne. El fuego azul y las almas se esfumaron, arrastrados por una brisa invisible.
Darius apenas si quiso meditar de dónde vino el fuego. ¿Acaso de Gungnir? Tal vez. Se suponía que la espada de los Emperadores manifestaba diferentes poderes según quién la empuñara. ¿Significaba eso que Gungnir reconocía a Darius aunque no tuviese sangre Real? Bah, a lo mejor Gungnir utilizaba a Darius tanto como Darius la utilizaba. Después de todo, tenía grabados en su hoja los nombres de todos los Emperadores y Emperatrices que la habían sujetado y al menos unos tres –Kaín, el hermano de Maat, y quizá el antiguo Kardan– querían acabar con la alimaña tanto como Darius. Simplemente trabajaron juntos para alcanzar una meta común.
No pensó más en el asunto porque cualquier distracción lo haría perder el momento final de Sigurd.
Empezó por la punta del hocico, que estaba desfigurado en una de esas terribles muecas hambrientas. La nariz húmeda se secó. La sequedad se expandió por los bigotes y dientes, por cada pelo de la cara, por las orejas dispares, los ojos amarillos y bajó por el cuello, el lomo, los brazos y las garras. Darius contuvo el aliento y no se movió, so pena que Gungnir echara a perder el momento con un mal movimiento. Qué curioso que aunque quería la muerte inmediata de Sigurd, quisiese también alargar esos últimos momentos para regocijarse en ellos en los años venideros.
Aunque el tiempo estaba congelado, Darius pudo escuchar el lamento de Sigurd, el estruendo agudo que imploraba salir de la garganta, el último grito que le era prohibido. Lo sentía en las entrañas con placer. El Universo le hizo pasar muchos males al mestizo; pero al final también le dio venganza.
Una pequeña sonrisa se asomó a sus labios cuando el cuerpo de Sigurd se petrificó por completo. Gungnir vibró en sus manos levemente, como si le dijera «Ya está. Acabemos con esto, por favor». Darius asintió. Se imaginó que Gungnir era también un puente entre los Emperadores anteriores y quien fuese que cargara la espada. Y aunque él no era admirador de los Aesir, en ese instante estaba agradecido con la espada por haberle ayudado a cumplir una promesa. Con gusto compartiría la dicha de acabar con Sigurd con Gungnir y los espíritus de los Emperadores.
Sacó la espada de un tirón, con la fuerza que solo el odio puede dar. Otra vez vio el fuego azul, aunque más débil y sutil. Estaba en la hoja de Gungnir y dejó una marca fosforescente en el pecho abierto del demonio. La marca se extendió por el cuerpo de piedra, haciendo grietas de hielo con la forma de raíces pequeñas. Después, lentamente, el cuerpo se rompió en mil pedazos y cada una de las piezas se deshizo en cenizas antes de tocar el suelo.
Ya estaba. Al fin cumplió. Al fin vengó a Njord y a Fenran, a los años de dolor en la casita del lago, al brazo cercenado de Sakti, a la cicatriz que él y todos los que amaba tenían en el hombro. Al fin había acabado.
La euforia que tanto se imaginó no llegó en ningún momento. Sintió alivio por un instante por la venganza lograda, pero era poco comparado con el dolor de la promesa rota detrás de él. No pudo cumplir la promesa más importante.
Salvar a Sakti.
Se giró al tiempo que esbozaba una sonrisa, con la idea de darle a su amiga lo único que podía ofrecer en ese momento. Amor. Consuelo. Un abrazo. La acunaría hasta que ella se quedara dormida y diera su último suspiro. Después... Después no había nada que hacer. Los escombros congelados en el tiempo retomarían la caída y lo aplastarían. Daba igual. Ya a Darius lo aplastaba el dolor de la noche.
—Allena... —la llamó con suavidad, con miedo de que la voz se le quebrara.
Imaginó que el charco de sangre estaría más grande alrededor de Sakti y que ella ya no tendría los ojos abiertos. Grande fue su sorpresa cuando la vio sentada debajo de la gema. Había dejado un camino carmín al arrastrarse por el suelo. Darius dio un paso hacia ella, inflado de esperanza; si Sakti tenía fuerzas para arrastrarse y sentarse todavía podía salvarse. «¡Si la llevo con Connor...!». La princesa cortó esa idea al levantar la mano para pedirle que se detuviera. Darius obedeció. El miedo de lo inevitable sustituyó a la esperanza, y lo dejó clavado a unos pasos de su amiga.
Tan cerca y a la vez tan lejos.
—Viniste por mí... —susurró Sakti con voz trémula.
Los ojos de Darius se llenaron de lágrimas al escuchar la voz de pajarillo que mezclaba la timidez, la dulzura y el amor de Sakti en unas notas tanto felices como tristes.
—Gracias.
«Por supuesto que vine por ti», quiso decirle Darius. «Jamás te abandonaría. Me debes un abrazo. Idiota». Pero no pudo hablar. La voz también estaba clavada. Supo entonces que aunque lo separaban cinco míseros pasos de Sakti, jamás la alcanzaría. Era su última oportunidad para decirle algo, para abrazarla, ¡para lo que fuera! Y sin importar lo que escogiera no podría ayudarla. No tenía tiempo para llevarla con Connor. Más importante aún, no sabía cómo deshacerse la fusión. No sabía cómo salvar las almas de la portadora y el Dragón.
Antes de que pudiera decidirse a hablar o avanzar, las siete columnas vibraron alrededor del salón. Las esferas palpitaron con gritos mudos que aunque Darius no pudo escuchar sí sintió en la mente. Lo que fuesen esas esferas, le decían que ya no podía estar más ahí.
«¡No!», suplicó Darius en su interior. «¡No, por favor! ¡No se la lleven, no me la quiten, no me la arrebaten, no...!».
Una cortina de luces apareció entonces entre él y Sakti. Muy a su pesar, Darius retrocedió enceguecido por el resplandor. Era idéntico a las columnas del salón porque tenía también los siete colores del arcoíris. Pero al mismo tiempo era distinto.
«Tranquilo», dijo la cortina de luces. Darius lo escuchó con claridad. Maldita sea, ¡reconoció la voz! «Ya has hecho todo lo que podías. Creo... Creo que la has salvado». Darius miró a Sakti a través de la cortina. Vio la expresión de la princesa, que debía de ser un reflejo de la del profeta. ¡Ella también tenía que haber reconocido la voz! Estaba tan perpleja como el mestizo.
—¡No, espera...! —aulló Darius a la vez que saltaba hacia Sakti con la mano estirada hacia ella.
Si podía agarrarla, si podía echar a correr con ella entonces tal vez...
En vano, por supuesto. Atravesó la cortina de luces pero al otro lado no estaba Sakti. Al otro lado estaba Tyr.
Darius se encontró en medio del combate. Por todos lados había sangre y gritos, armas, estruendos de metal, chispas de armas.
—No, no, no, ¡no, noooo! —gritó mientras giraba sobre los talones. La cortina de luz debía de estar detrás de él. ¡Si la cruzaba volvería al salón, con Sakti!
Sí, la cortina todavía estaba ahí pero Darius supo que era el único que podía ver tanto la cortina como a la silueta de arcoíris, oro y plata que se adivinaba en ella.
«Gracias, Darius. Aligeraste la maldición que pesaba sobre ellas. Sabía que podía contar contigo».
La cortina de luces se convirtió en blancura pura. La silueta de arcoíris, plata y oro se elevó con el perfil de un par de alas también blancas. El resplandor aumentó, encegueció otra vez a Darius y lo obligó a cerrar los ojos. Para cuando los pudo abrir ya la luz había desaparecido. Tan solo quedaban motas fosforescentes de polvo. «Plumas», dijo la mente agotada y triste del mestizo. «Plumas que se esfuman». Lo que permaneció firme y real fue una flor de pétalos azules que se abrió camino en medio de las losas de mármol de la plaza.
Una flor de allen por supuesto.
Darius levantó la mirada hacia la torre que se caía a pedazos y hacia los Dragones que giraban en medio de los aros de nubes.
—Sálvala... —susurró en una plegaria aunque no sabía a quién le rezaba—. Ayúdala, Mark.
Fue entonces cuando la nave vaniriana se vino abajo envuelta en llamas.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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