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Capítulo 16

16
ENCUENTROS AL BORDE DEL FINAL

Bajó la mirada hacia la flor y de repente, sin que pudiese contenerse, cayó arrodillado sobre ella. Sabía que daba una imagen patética. Era un tipo perdido en medio de una gran batalla, con gente matándose alrededor. En cualquier momento alguien le clavaría una lanza en la espalda o lo partiría por la mitad con un hachazo. ¿Y qué haría él? ¿Acaso se defendería con Gungnir, la espada más importante de todo el maldito Imperio Aesiriano? No. Se quedaría ahí llorando, regando con sus lágrimas la flor que llevaba el nombre de su amiga porque había fallado en salvarla.
Sí, patético. Verdaderamente patético.
Ni siquiera la explosión en el cielo lo había arrancado del estupor. La nave vaniriana caía envuelta en llamas azules y la gente corría por todos lados para escapar del colapso, a la vez que buscaban hacerse daño unos a otros. Pero él seguía inmóvil junto a la flor, incapaz de pensar en absolutamente nada más que la expresión de Sakti.

«Viniste por mí. Gracias».

El agradecimiento de su voz. La mirada aliviada al verlo ahí. La sonrisa que quería aflorar sin llegar del todo a los labios... Fue por ella, pero no logró nada más que ejecutar venganza. Salvarla, lo más importante, quedó por completo fuera de sus manos.
—¡Hacia la Torre! —gritó una voz en medio de todas las demás—. ¡Hacia la Torre, que nada la derribe!
La úlcera en el estómago volvió a hacerle daño. ¿Cómo era posible que de entre todos los sitios de combate en Tyr Mark lo dejara precisamente allí, a tiro de piedra de Enlil Tonare? Al fin apartó los ojos de la flor. Miró por encima del hombro hacia donde reconoció la voz de Enlil. El General gesticulaba y daba órdenes a todo pulmón aunque Darius ya no podía escucharlo. Un zumbido en los oídos no lo dejaba oír con claridad.
«Tienes una espada», dijo una voz maliciosa en su interior. «Y hay mucha gente alrededor, todos confundidos. Nadie notará si lo haces tú...».
—No. —Darius se levantó. Apretó Gungnir en la mano fuerte—. No. Yo no...
Algo tembló detrás de él al tiempo que una cortina de vaho húmedo y cálido le soplaba la espalda. Darius se volteó y...

****

—¡Hacia la Torre! —gritó Enlil Tonare. En una mano llevaba el mandoble. En la otra un bulto envuelto en sábanas—. ¡Hacia la Torre, que nada la derribe!
Levantó la vista al gigante que colapsaba en las alturas. «Oh, Dios», pensaba. «Si esa cosa llega a la torre será el fin. Y aunque aterrice a cien metros el golpe igual hará que todo se tambalee».
Miró después la punta de la torre. Estaba abierta y los aros de nubes grises se colaban al interior de las habitaciones altas. Los escombros estaban repartidos alrededor de la torre, que tenía varias grietas allí por donde los escombros la habían golpeado al caer. Los Dragones danzaban en el cielo, persiguiéndose el uno al otro. Los relámpagos eran pocos y débiles, pero siempre caían sobre el Dragón Púrpura; este Dragón, a su vez, devolvía la ofensa con giros rápidos y agudos que lo colocaban detrás del Dragón Negro antes de que le diera un buen mordisco en cada ocasión. Desde abajo, en la tierra de los mortales, Enlil no podía ver la sangre de Adad y Jillian pero sí sabía que estaban heridos. «Por Dios, ¿qué ocurre? ¿Por qué pelean?».
Sabía que algo iba mal. Aunque no se atrevía a formular el pensamiento comprendía por qué los Dragones luchaban: no llegaron a un acuerdo. Uno votó a favor y el otro en contra, y ahora decidían el resultado con un combate. «Pero son tres Dragones por algo. Tres jueces que aseguran que no habrá un empate». Tuvo un miedo espantoso: Sakti era la encargada del desempate, ¿verdad?
La dulce princesa de voz de pajarillo. La que cuidó a un humano por simple amor. La que devolvió la sonrisa a Darius. La que protegió a los profetas hasta poner su vida en peligro por ellos. Esa princesa votaría a favor del Imperio porque tenía suficiente corazón para amar y perdonar.
La princesa que no sonreía. La que permitió la invasión a Masca al no advertir a tiempo. La que abandonó un Imperio. La que se ganó el apodo de «Princesa Carmesí». La que lo perdió todo el día de la Fiesta Púrpura. No, esa no olvidaría. Esa jamás perdonaría. Esa los condenaría a todos.
Las probabilidades eran cincuenta-cincuenta. Todo lo que podía hacer Enlil era esperar, rezar y hacer lo posible por proteger la torre hasta que Sakti decidiera el resultado final.
—¡Hacia la to...! —volvió a gritar, pero la voz se ahogó con las demás.
Sus ojos se toparon con otro par que era zafiro y esmeralda al mismo tiempo. Darius se levantó de entre las sombras con una enorme espada en la mano. El estómago de Enlil se contrajo a la vez que la voz de Zoe –la madre del mestizo– sonó juguetona en su mente: «Esto es, querido. Este es el fin».
Dios, era igual a como Zoe se lo mostró. Los gritos, los espadazos, las sombras que se arremolinaban en la guerra y los charcos de sangre en todas partes. ¿Cómo era que lo reconocía hasta ahora?
El bebé lanzó un gemido. Enlil lo miró. Dormía con el ceño fruncido pero estaba a punto de despertarse. ¿Qué debía hacer? No creía que nadie se detuviese al escuchar el llanto del bebé. De hecho era poco probable que alguien lo distinguiera en medio de ese caos, Darius incluido. «Si me va a matar que lo haga en otro sitio», resolvió el General. «No puedo poner a este niño en peligro». No quería huir de la deuda pendiente con el mestizo. Sabía con claridad que debía morir a manos de su hijo mayor. Pero su hijo menor no podía sufrir por culpa de los errores de Enlil. Antes de que el General enfrentara su destino debía asegurar que el bebé estuviese a salvo.
Retrocedió un paso, decidido a dar media vuelta y echar a correr. Parecería un cobarde ante los ojos de sus hombres, en especial después de que ordenara tan vehemente que marcharan hacia la torre. ¿Pero qué podía hacer? El único sitio seguro que se le ocurría en Tyr era en las líneas de combate más débiles, allí donde tanto vanirianos como aesirianos escoltaban a los curanderos del grupo neutral. Dejaría al bebé con el grupo de Connor. Sí. Ese buen doctor cuidaría al bebé. Lo protegería. Lo educaría para que fuese un buen hombre y nada como el padre maldito que debía expiar mil pecados.
Ya se había decidido cuando la segunda parte de la visión de Zoe se cumplió.
Una figura oscura y de grandes cuernos apareció detrás de Darius. El profeta giró al tiempo que un grolien gigantesco soltaba un bramido detrás de él. «No, espera...». Enlil entrecerró los ojos sobre el enemigo a la vez que avanzaba un paso hacia el mestizo. «Eso no es un grolien. Es...».
Era un hijo de Vanir. Era más pequeño que los hijos que recibieron a las tropas a la entrada de Tyr. No estaba erguido y al parecer se había arrastrado hasta Darius. Las piernas eran flacas y estaban cubiertas de sangre. Era difícil saber si era sangre propia o si se manchó con los charcos esparcidos por doquier. El torso, en cambio, era musculoso y bien fornido, cubierto en una capa de baba que reflejaba la luz de Tyr. Un cuerno era más grande que el otro, lo que hacía que la cabeza se le fuera de un lado. Este era uno de los tantos bebés abortados por Vanir; a diferencia de la mayoría de sus hermanos –que yacían explotados por todos lados y eran parte del montón de sangre y deshechos en Tyr– sobrevivió a la caída.
—¡Darius! —llamó Enlil.
¿Eh? ¿En qué momento echó a correr hacia el mestizo? ¿En qué momento agarró más fuerte la espada? ¿Y el niño? Por Dios, ¿qué hizo con el niño? Todavía lo llevaba. Bien. ¿Bien? Por Dios, ¿qué hacía?
El hijo de Vanir enfocó los ojos –uno más grande que el otro, saltón, que parecía salírsele de la cuenca– sobre Darius. Levantó una manota deforme con garras torcidas. No tenía un hacha –como mostró la visión de Zoe– pero partiría al profeta. Lo mataría con un solo golpe.
—¡Agáchate! —suplicó Enlil.
A su mente acudió la imagen clara de Darius con el cuello roto y la cabeza partida. ¡NO! Jamás lo permitiría, ¡jamás!
En el último momento llegó junto al mestizo. Empujó a Darius con el hombro para apartarlo del camino y trazó un arco con la espada para cortar al hijo de Vanir. Aunque el vaniriano era deforme, su cuerpo musculoso demostró ser bien duro porque recibió el espadazo con la resistencia de un escudo. La mano vieja de Enlil no pudo sostener la espada, que salió volando y cayó quién sabe dónde. La garra deforme todavía iba al encuentro de un aesiriano. Entonces el General hizo lo único que podía hacer: dar media vuelta para recibir el golpe en la espalda, así proteger al bebé que llevaba en brazos y a Darius, que cayó al suelo justo bajo los pies de Enlil.
El golpe le hundió las rodillas en el suelo. Supo que tenía rota la espina dorsal porque casi de inmediato perdió la sensibilidad en el cuerpo. Apenas tuvo tiempo de acomodar el brazo donde cargaba el bebé para que se apoyara en una rodilla; la armadura, que a pesar de todos los golpes era aún resistente, se encargaría de dar el último apoyo para que el bebé no cayera al suelo.
Fue una sensación extraña, como si un hormiguero le recorriera el cuerpo entero. No podía decir que tuviera un dolor espantoso –aunque si la sangre alrededor ahora era suya, claramente estaba mal– pero tampoco se sentía del todo bien. Una vena le palpitaba en la sien y dentro, en las entrañas y los pulmones, sentía como una raíz que se expandía abriéndose camino entre los órganos. Enlil no era doctor pero tenía idea de lo que había sucedido: el golpe le explotó algunos órganos. Le quedaban segundos de vida.
El hijo de Vanir volvió a levantar el brazo pero no pudo completar el movimiento. Aunque Enlil era incapaz de sentir los miembros, sí se dio cuenta de que el hijo de Vanir lo había movido. «Dio un buen golpe y enterró la garra en mi espalda. No puede soltarse». El hijo de Vanir tenía que deshacerse del obstáculo para dar un nuevo golpe, lo que implicaba que sacudiría a Enlil y Darius tendría bastante tiempo para escapar; aunque eso significaría que el bebé moriría con el General a menos de que Darius se percatara de que había un infante allí que necesitaba ayuda.
—Darius —llamó el General.
El mestizo estaba justo por debajo de él, con los codos apoyados en el suelo. Miraba a Enlil fijamente con una expresión que el General nunca le había visto. «¡Eh, una primera vez! No hay odio, ni furia, ni nada que busque deliberadamente herirme. Solo hay sorpresa». Lo que tampoco era nada raro. A los ojos de Darius, Enlil siempre fue una figura que le hizo mal. Debía de ser muy raro apreciar en primera fila que Enlil lo salvaba de una muerte segura. Eso estaba bien. Aunque fuese al final, quería darle a su hijo una impresión que fuese más allá del odio y el dolor. Pero para que Darius pudiese meditar en esa impresión primero tenía que escapar del combate y sobrevivir.
—Agarra la espada —indicó—. Es lo bastante grande. Si la clavas en el ángulo correcto le pincharás el cuello. Lo matarás.
Darius era listo. Comprendió de inmediato el plan pero no acató la orden. Miró la espada que todavía medio sujetaba en una mano, al General que hacía de escudo sobre él y al hijo de Vanir, que asomaba el ojo saltón por encima del hombro de Enlil para ver a las presas.
—Pero...
—¡Solo hazlo! —lo urgió Enlil—. ¡Antes de que sea demasiado tarde!
El hijo de Vanir volvió a levantar el brazo, esta vez levantado a Enlil consigo. No perdería el tiempo sacudiendo la garra ¡sino que aplastaría a Darius con el mismo General!
Fue decisión de un instante. Darius vio el cuerpo de Enlil, que se precipitaba hacia él, y apuntó al sitio más blando de la armadura: por encima de la boca del estómago había un punto donde la coraza era ligeramente más tenue para facilitar la respiración. Darius sabía ese tonto detalle por las pocas veces que Sigfrid lo obligó a disfrazarse de heredero de una Casa Militar en el viaje por la región Oeste. Después de tantos años el detalle volvió a su mente en un momento decisivo.
Clavó la punta de Gungnir sin dificultad. Ni siquiera tuvo que poner fuerza, porque el hijo de Vanir iba tan rápido y con tanto ímpetu que Enlil atravesó la espada como si fuese una hoja seca en un pincho. Darius se negó a pensar en la sangre que se derramaba sobre él. Primero tenía que asegurar que la táctica cumplió el objetivo. Sintió el golpe de Gungnir con la parte trasera de la armadura –en la espalda sí era más firme, por supuesto– y también cuando la punta rozó una superficie más sólida. Ya no se valió solo del ímpetu del vaniriano, sino que también agregó su propia fuerza. El cuello del hijo de Vanir era durísimo, como una bota vieja, pero el filo confiable de Gungnir hizo el trabajo.
El hijo de Vanir lanzó un gruñido sangriento. Se agitó y esta vez sí sacudió a Enlil. El General cayó con todo su peso sobre Darius, mientras que el vaniriano se llevaba las dos manos al cuello. El mestizo no pudo ver, pero escuchó la caída del hijo de Vanir. Fue como un terremoto que le estremeció las entrañas. Escuchó también los últimos jadeos, que sonaban como borbotones de un géiser. La sangre que salía del cuello era cálida también. Hirviente. Al final ya no se escucharon más los borbotones. Solo las espadas y los gritos de los guerreros, ajenos de lo que acababa de ocurrir.
Ahora sí, Darius pensó en la sangre que tenía encima. La sangre que no era suya pero que le calentaba la mano con que sostenía a Gungnir. La sangre que le manchaba la camisa y la pernera del pantalón. «Maldición Tonare», susurró una voz asustada dentro de él. Era su propia voz. Dios... ¿Era posible que...?
Sí, era posible. Lo sabía. Acababa de matar a Enlil. Como Enlil mató a Reiner Tonare. Como Reiner Tonare mató a Raykard Tonare. Como Raykard Tonare mató a su padre y así sucesivamente. Darius era solo un eslabón más en la cadena de resentimiento y odio que corrían por las venas de una familia maldita.
Un gemido lo sacó del pozo oscuro de sus contemplaciones. No fue un gemido de hombre sino de...
Darius se enderezó. Apartó la mano de la empuñadura y agarró a Enlil de los hombros para darle media vuelta y colocarlo de espaldas en el suelo.
El gemido volvió a sonar, seguido de un hipo agudo y luego el llanto. Enlil entreabrió los ojos pero no lloraba. Aunque no se podía mover dirigió la mirada hacia el bulto que todavía cargaba en un brazo débil y flojo, que estaba a salvo de Gungnir. Entonces Darius vio al niño.
Su instinto de padre fue coger al bebé, tal y como hizo tantas veces con sus propios cachorros; pero se detuvo antes de tocar el paquete. La sábana estaba manchada de la sangre de Enlil y el bebé lloraba a todo pulmón, pero fuera de eso no tenía absolutamente nada mal. Desde luego que se golpeó cuando Enlil cayó sobre Darius, pero si Dagda y Airgetlam le enseñaron algo al mestizo era que los bebés se llevaban mil costalazos en la vida y solo uno o dos eran graves. Para los demás eran increíblemente resistentes.
—Tómalo... —pidió Enlil.
Darius miró los ojos cansados del General. La súplica. Entonces lo supo porque reconoció la mirada de un padre angustiado y desesperado. Una parte del profeta reclamó. «No es justo. Él nunca me miró as...». «¡Shhh!», lo calló otra parte. «¡Ni pienses en eso!». Agarró al bebé. El brazo de Enlil estaba fláccido y no opuso resistencia cuando Darius le quitó al niño. De nuevo el instinto se encargó de lo demás: tomó al bebé en brazos fuertes y expertos, lo meció con suavidad y le susurró hasta hacerlo callar. El bebé todavía gemía pero ya no soltaba alaridos desesperados. Darius miró la cabeza castaña, la forma de la nariz y el mentón. Necesitaba muchas explicaciones –para empezar, ¿de dónde demonios salió el niño?– pero algo tenía claro: ese era su hermano.
—Lo siento... —susurró Enlil—. Por favor perdóname. Lo lamento tanto por todo. Lo siento mucho, mucho, mucho...
Las palabras que le dijo en la celda vibraron en el corazón del mestizo. «No. Nunca». Pero no le salieron. Darius meditó por unos instantes porque de repente ya esas palabras no tenían la solidez que tuvieron antes. ¿Era que lo había perdonado? No. Nunca podría hacerlo. Enlil le había arrebatado tanto, ¡lo había hecho tan miserable! Dejó en su vida una mancha tan oscura que ningún diluvio podría borrarla.
Pero estaba cansado, ¡tan cansado de todo el peso que cargaba en el corazón! Estaba cansado del remordimiento y enojo que le carcomían el alma. ¿Era así como terminaría sus días? No quería llegar a viejo con los mismos rencores y arrepentimientos de esa noche. Sabía que no llegaría a perdonar porque no estaba en su naturaleza. Pero quizá, con el tiempo, aprendería a aceptar. A olvidar, incluso. Entonces tal vez estaría en paz.
El primer deseo de Enlil Tonare no se cumplió esa noche. Darius nunca le dijo que lo amaba ni que lo perdonaba, pero se quedó allí, con él. Eso debía de valer algo, ¿verdad? Era lo único que Darius podía ofrecer.
Eso y arrullar al bebé.

****

Ya habían decidido qué soldados alados subirían a derribar la nave cuando el castillo estalló en el cielo. Cayó envuelto en llamas azules, con un alarido agudo y largo que erizaba el vello.
Los combatientes se dividieron en dos grupos: uno iba hacia la torre y el otro hacia la salida de Tyr. Todos escapaban del colapso, aunque la batalla no se había detenido. Mientras huían iban dando hachazos o espadazos, picaban con las lanzas o disparaban flechas, o daban cornadas o golpeaban con hechizos de fuego y relámpagos. El mismo Dereck tenía la espada levantada y lista para decapitar a un grolien que corría hacia él.
Pero bajó la espada antes de que pudiera hacer daño.
El vaniriano pasó al lado sin volverlo a ver siquiera. Un soldado con cuchillas, que estaba a pocos pasos de él, dio media vuelta y apuntó al grolien en la espalda. Dereck le tomó la mano antes de que lanzara.
—Oye, ¿pero qué haces? —preguntó el oficial—. Se va a escapar.
Dereck no contestó pero lo sostuvo hasta que el grolien se perdiera de vista. Luego envainó la espada, dio media vuelta y, sin decir una palabra a nadie, tomó la ruta contraria del grolien y todos los demás combatientes.
Se encaminó al impacto del castillo.
Lo sabía. Sabía quién hizo semejante espectáculo.
Nadie le prestaba atención. O, dicho de otra forma, lo ignoraban en combate. Los aesirianos que lo pillaban entre la estampida no lo atacaban porque reconocían el uniforme y la armadura. Los vanirianos tampoco lo enfrentaban porque llevaba la espada enfundada; y, como ya había aprendido Dereck, los vanirianos no mataban por placer. Eran más nobles que eso.
Qué tonto fue por haber creído durante tanto tiempo que eran menos valiosos que el barro bajo las suelas de los zapatos. Se avergonzaba de sus años de juventud prejuiciosa.
La nube de polvo lo envolvió. Se llevó la mano a la nariz para protegerse y entrecerró los ojos para divisar las siluetas en medio del polvazal. Sintió el calor de las llamas. Los gritos le llegaron desde todas las direcciones. Algunos, como él, avanzaban hacia el castillo. Eran los curanderos y guerreros del grupo neutral de Connor, que buscaban sobrevivientes. Ayudarían a los soldados de ambos bandos que quedaron atrapados en los escombros; quizá también salvarían a los oficiales de la nave que sobreviviesen al impacto. Sin embargo, Dereck no creía que encontraran alguno y, si lo hacían, serían muy pocos.
Había visto ya los desperdicios envueltos en sangre y moco que cayeron de la nave antes de que explotara. No eran bombas, como se imaginó al principio. Eran hijos de Vanir enfermos o inmaduros. Algo le decía que esa nave no era para que los oficiales rasos la ocuparan. Era de la Realeza Vaniriana; es decir, para Vanir y sus mujeres. Para las mangodrias como Lemuria. Si había oficiales en el castillo serían contados con los dedos y trabajarían nada más como técnicos o niñeros para los hijos recién nacidos. Nada más.
Entre el polvo vio a los últimos voluntarios que salían de la nave con las manos vacías. Eran dos groliens, un aesiriano y un humano –este era el curandero–. Los cuatro iban cubiertos de polvo de pies a cabeza. Iban con los ojos tan apretados que no prestaron atención a Dereck hasta que era ya demasiado tarde.
—¡No entres! ¡No hay nadie más! —le gritó un vaniriano.
El Guardián lo ignoró y siguió adelante. Se adentró en lo que parecía un hangar. Las paredes estaban desquebrajas de un lado y completamente colapsadas del otro. Solo le quedaba un camino así que lo tomó a pesar de las llamas azules. No tenía miedo de que su alma se quemara porque ya la sentía arder con algo muy distinto a la eterna extinción.
Sentía a Lemuria cerca. Más que nada, el alma le vibraba con la comprensión muda hacia el alma de Lemuria. Miró las paredes rotas, el techo a punto de ceder, el piso desquebrajado y las llamas que ardían por doquier. Lo comprendía, sí. Lemuria hizo todo eso por las hermanas que vivían en la nave. Dereck ignoraba muchas cosas sobre las abejas reina. Pero si dieron a luz a tantos niños deformes y lanzados al vacío no podían estar en buenas condiciones. El fuego de Lemuria era un acto de piedad. Les daba descanso a sus hermanas.
Se detuvo. Supo que Lemuria llegaría a él en cualquier momento y así fue. La mangodria dobló una esquina, apoyada en la pared. Cogía de una pierna e iba llena de sangre y cortes por doquier. Era una suerte que controlara las flamas o de lo contrario iría también cubierta de ampollas.
La mangodria se detuvo de repente y fijó los ojos en Dereck. Él sonrió y extendió los brazos a la vez que avanzaba hacia ella. Lemuria dejó de apoyarse en la pared y cogió al encuentro del Guardián. Se fundió con él al tiempo que las piernas cedían bajo ella. Dereck la estrechó con la ternura de quien abraza a un pajarillo herido.
La amaba, Dios. Oh, cuánto la amaba. Otro hombre habría despotricado contra los cielos y el destino. ¿Cómo era posible que después de tantas batallas, sangre y pérdidas terminaran así? ¿Con ella muerta y él abandonado? Porque lo sabía, Lemuria se iba. Debajo de la sangre la piel sudaba frío. Temblaba de pies a cabeza. No podría quedarse aunque Dereck había atravesado toda una vida por ella.
Dereck Sunkel no era como los demás hombres. Ya no. Había aprendido a entender sin palabras, a amar sin razones y a agradecer por cada pequeño milagro en el camino. Lemuria se lo enseñó. Por eso estaba eternamente agradecido con ella y con la mano divina que la puso delante de él. Y por eso mismo también agradecía estar ahí, en los últimos momentos de la mujer. Agradecía estrecharla, darle calor y ternura, y que Lemuria se marchara sabiendo que era amada. Era un final mil veces mejor que acabar sola, perdida y olvidada bajo el peso de un pasillo colapsado.
Aspiró el perfume que desprendía el cabello de Lemuria. Bajo la sangre, el sudor y el polvo encontró una fragancia que él no podía describir. Era el olor que pertenecía exclusivamente a ella y que nunca más volvería a florecer en el mundo. Salvo en el recuerdo de Dereck.
Con los dedos acarició los cortes, húmedos y calientes a pesar del sudor frío. No necesitó palabras ni explicaciones. Supo quién era responsable. Lemuria tampoco necesitó palabras para comprender los pensamientos de su amado.
—Me dejó ir —susurró al tiempo que temblaba en brazos de Dereck. Dios, qué frío tenía.
—Y tú lo dejaste ir a él también, ¿verdad?
—Fue nuestro acuerdo. Por ti no nos mataríamos el uno al otro.
Era mentira, por supuesto. Sigfrid no dio el golpe de gracia pero hizo bastante daño. Sumados sus ataques a las heridas del impacto del castillo contra Tyr, Lemuria estaba acabada.
¿Y el General? Dereck lo dio por muerto cuando la primera nave abordada por Sigfrid se estrelló contra la muralla de la ciudad. Pero si aún después de semejante golpe el Demonio Montag se las arregló para subir al castillo sobre Tyr, no era descabellado creer que se las arregló otra vez para salir antes de que la nave colapsara. «Más sabe el Diablo por viejo que por Diablo», pensó Dereck a la vez que frotaba los brazos de Lemuria.
Fue el último pensamiento que dedicó a Sigfrid por esa noche. Ahora, supo, todo tenía que ser sobre Lemuria. No sobre el destino del mundo, no sobre el resultado de esa batalla, no sobre los Dragones ni Sakti. El mundo de Dereck giraba alrededor de los últimos respiros de la mujer en sus brazos. Alrededor de los recuerdos que ya nunca podrían construir juntos. De la familia que habían perdido al nunca poder tenerla. De las tardes tomados de la mano. De las madrugadas acurrucados en los brazos del otro. De la dulce vejez compartida. Todo eso se había ido.
—Desearía que hubiésemos tenido más tiempo.
Las lágrimas le bajaban en silencio por las mejillas. Hacía rato que había dejado de sonreír. Lemuria levantó la mirada a él y lo iluminó con ese par de soles color miel.
—Ni siquiera la eternidad habría sido tiempo suficiente, Dereck.
Entonces Lemuria sonrió y Dereck supo que ese era el fin. No necesitaron palabras para despedirse. Solo ese largo y último abrazo. Esa sería su eternidad.
La nave vaniriana colapsó sobre ellos cuando Lemuria todavía titiritaba en brazos de Dereck.

****

Avanzó en medio de la gente y el polvo. La pierna lo estaba matando. Aterrizó en una mala posición solo para levantarse de inmediato y escapar de la nave que se precipitaba hacia él. Dejó atrás la ballesta sin siquiera darle un «Gracias» por su servicio. Fue gracias a ella que salió de la nave antes de que fuera demasiado tarde.
Le bastó con lanzarse al vacío y apuntar la ballesta a la base del castillo. La flecha, todavía atada a la cuerda metálica, se clavó y sostuvo al General. Los motores de la nave lucharon por mantenerla en el aire, lo que le dio tiempo a Sigfrid de planear una caída amortiguada.
Lástima que cayó mal sobre una pierna. Avanzar entre el polvo, los hijos abortados y los demás cadáveres sería muchísimo más fácil si hubiese aterrizado con una pizca más de elegancia.
«¿Qué se sentirá morir?», preguntó su mente. Sigfrid no prestó mucha atención a ese pensamiento porque no era la primera vez que se hacía la pregunta. Era una duda que lo asaltaba en cualquier combate, en especial en los más riesgosos. ¡Y vaya que esa se llevaba el premio a la batalla más dura en la que había participado! Nunca había tenido que derribar y escapar de tantos castillos vanirianos como ahora.
«¿Habrá algo más después de esta vida?». Ahora sí frunció el ceño. Sus preguntas filosóficas solían limitarse a qué se sentiría morir. Él ya había muerto una vez, después de que un grolien le clavara la espada en el corazón. Pero en esa ocasión Istar lo trajo de vuelta con su magia curativa. Lo que Sigfrid se preguntaba era qué habría sentido si Istar no hubiese podido revivirlo. ¿Habría sentido algo? ¿Se habría dado cuenta de que estaba muerto? No era bueno que a esas preguntas se le sumara otra más ridícula. En especial porque él estaba convencido de que no había nada después de la muerte. No creía en el Cielo ni en el Infierno.
«¿Pero y si existen?», volvió a lanzar su mente. «¿Y si existen?».
—Tonterías —masculló mientras cortaba de un tajo la cabeza de un grolien despistado que ni se dio cuenta de que acabó a manos del grandísimo Demonio Montag—. Son tonterías.
Pero la represa de dudas se había roto y ahora caían en cascada sobre Sigfrid. ¿Qué demonios ocurría? Nunca antes se había hecho tantas preguntas en combate. ¿Por qué ahora, en la batalla más importante de la Historia?
Levantó la mirada hacia la torre. ¡Qué figura tan bien delineada! Le gustó las espirales de hierro, plata y jade. Aun con la punta derribada, la torre de Tyr se pintaba como el sitio ideal del juicio final.
Dos de los jueces giraban en el cielo, dándose mordiscos y golpeándose con truenos. Sigfrid avanzaba hacia ellos, sin saber qué podría hacer para detenerlos y forzarlos a regresar al salón de juicio. En serio, ¿es que había algo que pudiera hacer? «No. ¿Sentirás alivio o angustia cuando mueras?». Otra vez las preguntas cuando él necesitaba respuestas.
La piel le ardió. Sigfrid miró de un lado a otro en busca de refugio, porque sabía qué significaba esa sensación. La luna se acercaba. La luna lo reclamaría y él no estaba preparado para negarla. No llevaba la capa gruesa para las noches de luna llena ni se había cubierto de vendajes. Quizá una parte de él esperó morir en el primer castillo abordado, antes de que la luna se asomara. Entonces, ¿por qué se empeñó tanto en sobrevivir después de que Lemuria prendiera fuego a la última nave?
No pudo tomar desprevenido al siguiente grolien. El vaniriano le hizo frente con gracia, mirándolo a los ojos como diciéndole «Soy igual a ti. Ni más ni menos». El embate de la espada vaniriana fue tan fuerte que Sigfrid estuvo a punto de perder la suya. Pero como era una leyenda viviente se las arregló para reforzar el agarre, plantar bien los pies y sobreponer su fuerza a la del enemigo. La sangre del grolien le pringó la cara. «Esa estuvo cerca. ¿Qué se sentirá morir?».
Agarró mejor la espada y avanzó con más cuidado por el campo de batalla, siempre con urgencia, siempre con... ¿Se atrevía a decirlo? Siempre con temor. Ahí estaba. Tenía miedo. Temía que los Dragones se vengaran de las mentiras y traiciones. ¿Por qué no habrían de hacerlo? Era lo lógico. Recordó sus expresiones inflexibles al despedirse de ellos. No lo perdonarían jamás.
Tenía miedo del momento en que Sakti se uniera a sus hermanos en el cielo y, que en lugar de luz, sumiera al mundo en oscuridad. De cierta forma, ya Sakti lo hizo al traer esa larga noche sobre ellos. La pregunta era si los mantendría así por siempre.
Tenía miedo de que después de todos los sacrificios, mentiras y engaños que lo envenenaron al ser él mismo quien los perpetrara, todo fuese en vano. Tenía miedo de morir sin ver la luz del Día Santo.
Un vaniriano ordinario, tan bajito que Sigfrid no pudo verlo hasta que ya lo tenía a la par, lo acuchilló en el costado. Dos groliens se sumaron al ataque y Sigfrid tuvo que decidir a cuál de los dos enfrentar. Y fue ahí, mientras le clavaban una espada entre las costillas, le tiraban otra a la cara y otra más a la espalda, que lo comprendió.
Se hacía todas esas preguntas necias porque tenía miedo, sí, pero también porque estaba seguro de que todo había sido en vano. Moriría en combate –un fin honorable que siempre supuso para él– sin cosechar los frutos de la Profecía, sencillamente porque las semillas le dieron frutas podridas.
«¿Para qué seguir luchando si sabes que todo es en vano?». Sí, ¿por qué? De nuevo hizo honor a su reputación y acabó con los tres enemigos que lo habían asaltado. A un grolien lo decapitó, al otro le rompió el cuello con un codazo y al vaniriano ordinario le dio un rodillazo en el abdomen y le clavó la espada en la columna. «Quizá todo esto sea en vano. Quizá siempre lo fue. Pero no puedo echar atrás».
Tenía que seguir adelante así que lo hizo, aunque cada paso fue más difícil que el anterior. Los meses de luna carmesí lo habían debilitado. Lemuria logró hacerle daño en el castillo flotante. El mal aterrizaje limitó su flexibilidad. Y el espadazo entre el costado le dificultaba respirar. Llegaría hasta donde pudiera. Limpiaría Tyr hasta llegar al límite de sus fuerzas. Y se limitaría a esperar lo mejor de la Profecía para que, si la mañana llegaba, los que quedaran atrás tuvieran una mejor cosecha que él.
«Si pudieses echarte para atrás, ¿qué...?». «No», se interrumpió. «Yo no me echo para atrás. Nunca». Pero pensó también que si pudiera retroceder en el tiempo lo haría. No era lo mismo que echarse para atrás. Echarse para atrás era negar las consecuencias de sus errores. Pero retroceder en el tiempo sería mejorar las cosas antes de que se torcieran. ¿Y en qué punto de la historia todo fue para mal? ¿Cuando el Emperador y los Generales planearon un sacrificio sin consentir? No, eso fue inevitable. Una jugada injusta que tenía que pasar. Y sin embargo fue precisamente eso lo que empujó a Istar a traicionarlos. Ahí fue donde todo fue para mal. Ahí fue donde perdieron por siempre el control de los Dragones.
Y aunque Sigfrid anhelara retroceder en el tiempo para ver una vez más a Istar, para amarla y servirla mejor, supo también que optaría por cambiar algo más en la historia. Cambiaría la mala jugada que él mismo hizo al dejar a Sakti atrás. Eso, supo, fue lo que convirtió a la princesa en todo lo que el Emperador jamás creyó encontrar; en todo lo que Adad necesitaba para abrir los ojos; en todo lo que hizo falta para que los Dragones marcaran un camino distinto al que se planeó para ellos.
Otra vez la piel le ardió. Ya Sigfrid no buscó refugio con la mirada porque supo que era demasiado tarde. Miró la torre, pensó una vez más en Istar y se dejó envolver por la luz.
Solo que no supo si era una luz sangrienta desde el este o una luz clemente desde la torre.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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