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Pluma de Dragón

PLUMA DE DRAGÓN

Drake miró la pluma en la mano. Sintió en las piernas el estruendo de la nave vaniriana al tocar suelo pero no le prestó atención. Pasó un buen rato desde que Mark le dejara la pluma y en todo ese tiempo no pudo hacer más que mirar el pequeño regalo. No es que hubiese olvidado la determinación de subir a la torre para salvar a Sakti, pero ya comprendía que no podía hacerlo. Ese no era el rol que le tocaba interpretar.
No, él era la vía de escape. Tenía una idea de cómo debía hacerlo pero todavía dudaba. Después de todo, solo tenía una pluma mágica. Solo tenía una oportunidad.
Inspiró y exhaló. Inspiró y exhaló. «Bien. De acuerdo. Puedo hacerlo». Apretó con delicadeza la pluma entre las dos manos y acercó el puño a la frente, rezando con todas sus fuerzas.
—Mis antepasados crearon a los Dragones y por tanto también te crearon a ti —susurró a la pluma—. Soy hijo de profetas. Por eso te pido que...
En Tyr, Darius arrulló a su medio hermano. La nave se deshizo sobre Dereck Sunkel y Lemuria Aegis. Sigfrid Montag avanzaba hacia la torre. Dagda y Airgetlam se despedían de Freki con mil caricias a su pelaje enlodado y lleno de gusanos. Y en el cielo, justo por encima de un sicario de corazón blando, el Dragón Negro y el Dragón Púrpura se enfrentaban a muerte.
En la mente de Drake se pintaron las mejores escenas de su vida, aquellas que disfrutó en Kehari con los otros profetas y con Sakti. Eso era lo que deseaba con toda el alma. Recuperar esos días. Que nunca acabaran. Que pudiesen repetirse eternamente. Oh, ya comprendía por qué Darius estuvo tan en contra de que la situación cambiara.
—Por eso te pido que...
Pidió el deseo al tiempo que la luna de sangre se asomaba por el este y la luz, fuese ya mortal o reivindicadora, consumía al mundo.

****

Darius no lo vio pero Sakti le extendió la mano cuando el profeta saltó hacia ella. «Por supuesto», pensó cuando su amigo atravesó la cortina de luz pero sin llegar junto a ella. «Por supuesto. Así tenía que pasar. No es culpa de Darius. No es culpa de nadie. Es solo que esto tiene que acabar. Yo tengo que acabar».
Pero le dolió, claro que le dolió. Desde que tomó la decisión de sacrificarse no dejaba de encontrarse cara a cara con esos momentos de desesperación, que le recordaban una y otra vez que no tenía escapatoria. Por supuesto que sabía que nadie la salvaría, pero cuando vio a Darius allí en contra de las probabilidades, cuando vio su determinación de salvarla, creyó que el mestizo lo lograría. Le quiso creer.
«Hizo todo lo que pudo», se dijo mientras veía desaparecer la cortina de luces que se llevaba a Darius a un sitio donde ya no pudiera intervenir. Ojalá también a un sitio en donde estuviese a salvo. «Vino por mí. Hizo todo lo que pudo por cumplir su promesa. Ahora yo cumpliré la mía».
Miró la gema. Le tenía miedo. No podría mantenerse en pie como hicieron Jillian y Adad. Era la última jueza, la última votante, el último hilo que mantenía con vida a los Dragones. En cuanto ofreciera su poder y votara, los Dragones dejarían de ser.
«Está bien», pensó al tiempo que exhalaba un suspiro agotador. «Es lo que tiene que ser». Los escombros todavía levitaban sobre ella. A través de las rocas flotantes se divisaban los relámpagos de Adad y la silueta púrpura de Jillian. Aunque el salón del juicio debía de estar en otro sitio que no era Tyr, los Dragones habían regresado a la ciudad. Sakti tenía que traerlos de regreso al salón para poner punto final a esa historia.
Se llevó la mano temblorosa al bolsillo debajo de la armadura. De ahí sacó una pequeña tableta envuelta en papel de colores. Disfrutó el sabor del último bocado que probaría en la vida. El chocolate le calentó el cuerpo aunque sabía un poco a sangre. Mientras Sakti tragaba, se quitó el ramillete que Dereck le había puesto. Qué cosilla tan insignificante y preciosa. Que cosilla tan poderosa. Dereck jamás podría imaginar el consuelo de Sakti al ver esas flores por última vez. «¿Quién sabe?», pensó. «A lo mejor podrán echar raíces en mi cadáver y alimentarse de mi sangre. A lo mejor podrán convertir lo que quede de mí en un jardín».
Inspiró y exhaló. Inspiró y exhaló.
Puso el ramillete sobre el regazo y extendió la mano a la gema. No dejaba de temblar. Los escombros sobre ella también temblaban, presas de la gravedad. Cuando Sakti se desplomara a las tinieblas de la muerte los escombros se desplomarían también.
—Mi voto es... —dijo Sakti mientras tocaba la gema.
Sus dedos pintaron cinco puntos blancos en la superficie lisa. El poder blanco de Sakti se diluyó con el negro de Adad y el púrpura de Jillian. La gema parpadeó ahora blanca, ahora negra, ahora púrpura y repitió el proceso una y otra vez, en cada ocasión más rápido.
Sakti apenas podía ver el resplandor del ara de sacrificio. Luchaba por mantener los ojos abiertos, pero la vida se le escapaba entre la pérdida de sangre y la pérdida de magia.
—Mi voto es...
Levantó la mirada. Los escombros se acercaban a ella, y también Adad y Jillian. Los Dragones caían de picada atraídos por la gema, atraídos por Sakti. El aire les arrancaba las escamas, que se convertían en luz al tiempo que el aire las arrastraba hacia el cielo por el canal de la torre. Los músculos de los Dragones, sus crines de plata y sus garras... Todo se convirtió en luz hasta que de ellos ya no quedaba clara la silueta de Dragones, pero sí la silueta de sus alas. Sakti los vio aunque creía que ya no tenía abiertos los ojos. Los vio de la misma manera que Jillian podía ver aunque era ciego.
Quizá también fue así como comprendió que ella también se convertía en luz.
—Mi voto es... —susurró.
Pero sin saber cómo ni por qué, su débil voz se convirtió en melodía. Cuando en Tyr Darius arrulló al bebé, la nave se desplomó sobre Dereck y Lemuria, la luna alcanzó a Sigfrid, los gemelos acariciaron el pelaje de Freki y Drake pidió un deseo, el voto de Sakti se convirtió en una canción.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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